DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XIII

4 02 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XIII

 

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EL GRAN SECRETO DE MI VIDA

 

EL DELIRIO- FUGA Y CONTRAPUNTO

 

Toda mi vida ha estado marcada por una vivísima imaginación. De niño hubo momentos en los que fui incapaz de distinguir entre la realidad y la fantasía, ambas  me resultaban igualmente intensas, ambas tenían sus muros infranqueables y ambas desembocaban en el mismo océano, la muerte.

 

Estoy convencido de que utilicé conscientemente la fantasía para fugarme de realidades dolorosas, terribles, dramáticas que yo no era capaz de afrontar. Incluso tengo recuerdos de adolescente en los que me planteé muy seriamente vivir inmerso totalmente en mis poderosas fantasías y olvidarme de la realidad, salvo para cuestiones que no era posible evitar, como la comida, los estudios o las relaciones de convivencia con personas que se me imponían en mi entorno y que no me era posible suprimir de un plumazo con mi fantasía. El episodio de Luisito, que trato en otra parte de este diario, es sintomático de mi actitud hacia la gente que me rodeaba, sentía miedo, casi terror, a lo que pudieran hacer, a lo que pudieran decir de mi, a que gobernaran mi vida y me llevaran por sus caminos que yo nunca comprendí ni acepté. Este terror llegaba a tal extremo que de haber podido suprimir con mi mente a algunas personas que me asustaban tanto que procuraba no verlas nunca, salvo que no me quedara otro remedio, lo habría hecho sin dudarlo. Nunca entendí, ni de niño, ni ahora, cómo es posible que las personas, especialmente algunas, me asusten tanto, hasta el punto de que a pesar de mi sinceridad, que va en mi naturaleza más profunda, ya desde mi más tierna infancia me acostumbré a mentir con destreza, con estrategia, con verosimilitud. Aunque es cierto que después de la primera comunión llegué a confesarme de cuantas mentirijillas semanales era consciente, en mi fuero interno nunca acepté que eso fuera malo o pecaminoso, pensaba que frente a la violencia, verbal, gestual, física, de todas las personas de mi entorno, frente a su prepotencia, su falta de respeto hacia mi libertad, hacia mi condición de ser humano, incluso su desprecio a mi vida física. A lo largo de ella he comprobado, con infinito horror, lo poco que importaba a determinadas personas que yo siguiera viviendo o me muriera, incluso parecían jalear mis deseos de suicidarme.

 

Ya desde muy niño sentía pavor ante el mundo adulto, donde todos se comportaban con una falta de humanidad, de sensibilidad, de empatía, que no me hubiera sorprendido lo más mínimo si cualquier adulto a quien molestara tomara un cuchillo y me lo clavara en el pecho. Creo que por eso no me sorprendió demasiado que mi padre aquel domingo tomara un cuchillo cercano y me lo arrojara a la cabeza, sin dudar, una vez perdido el control de su estallido de cólera. Veía constantemente como los adultos se mentían con todo descaro, cómo hacían ver que les convencían las explicaciones que les daban cuando sabían que no era así y luego, cuando estaban con otros, no se recataban lo más mínimo en burlarse cruelmente  de las explicaciones mentirosas de quienes intentaban ocultar sus vergüenzas. Me dolía el lenguaje poco sensible, las palabrotas, los insultos, la humillación. De niño era incapaz de comprender cómo la sociedad podía ser tan mala, tan absoluta e increíblemente mala, con lo fácil que sería respetarnos todos, ser sinceros, darnos cariño. Cuando iba a confesarme me rebelaba con que yo tuviera que pasar tanta vergüenza al decir mis “pecadillos” cuando veía a los adultos comportarse como auténticas bestias pardas. Me sentía tan indefenso debido a mi condición de niño, cuerpo pequeño y frágil, incapacidad para expresarme y hacer comprender a los demás lo que me pasaba, imposibilidad de vencer mi timidez enfermiza, de responder con insultos a los insultos, con violencia física a la violencia física que padecía, que no tuve otro remedio que buscar una estrategia defensiva, una fuga de la realidad que me permitiera sobrevivir utilizando lo único que me sobraba: la imaginación.

 

Mi rebeldía, que en la mayoría de los casos me parecía justificada, era aplastada sin la menor consideración ni sensibilidad. En aquellos tiempos el castigo físico a los niños estaba considerado como algo perfectamente natural, el adulto era más fuerte físicamente y el niño no podía negarse o rebelarse porque recibía una buena paliza, bofetadas, patadas, zapatillazos, todo estaba permitido para doblegar al rebelde. Hoy en día donde muchas veces se pasa al extremo contrario y los niños, mimados, consentidos, son capaces de humillar, controlar, maltratar a los adultos indefensos con los que conviven, incluso llegando a la violencia más bestial y al asesinato en el caso de algunos menores de edad, con los que nuestra sociedad y nuestras leyes no saben qué hacer, aquella vida de estricto sometimiento que llevábamos los niños de nuestra generación, puede parecer algo tan insólito como inverosímil. Pero ocurrió, vaya si ocurrió. Yo no soportaba el castigo físico, no por el dolor en sí, podía ser muy resistente al dolor físico y rara vez me asustaba la sangre, sino por la humillación y el sometimiento que llevaba consigo.

 

Mi rebeldía siempre terminaba mal, la terrible paliza que me dieron aquellos niños en la escuela cuando me negué a darles mis canicas, algún que otro zapatillazo de mi madre, el cuchillo lanzado por mi padre, me hicieron buscar con desesperación algo que me permitiera sobrevivir. No controlaba mi santa cólera, mis emociones me desbordaban, tenía ataques de asma que no me fue diagnosticada hasta los dieciocho años, no podía respirar, no podía evitar reacciones violentas, romper las cosas, apretar los dientes, desear insultar hasta extremos de verdadero malnacido. Todo esto tuvo que ser desechado porque yo era siempre el perdedor. Si no se me sometía con violencia física, se me humillaba, se me insultaba, se me castigaba. Por eso aprendí a mentir con verosimilitud para no ser descubierto, aprendí a “ser bueno” a convertirme en un niño modelo cercano a la santidad, a conseguir que ante cualquier acusación otras personas lo pusieran en duda. ¡Con lo buenín que es este niño!

 

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En el colegio buscaba el diez en conducta como una especie de coraza que me protegería de cualquier mal. Mi bondad debía resplandecer ante los ojos de los demás. De niño quería salvar las almas de los “negritos” de Africa y por eso ahorraba de mis magras propinas para dar algo el día del Domund. Luego, ya en el colegio, quería ser santo y ser canonizado, ir al cielo de cabeza y allí ser recibido por Dios como su hijo más querido. Por eso hacía tantos sacrificios, me duchaba con agua helada en invierno, a pesar de que se podía usar el grifo del agua caliente, dejaba que la china en el zapato permaneciera allí todo el día para sufrir y así que Dios pudiera utilizar mi sufrimiento para convertir a los pecadores. Llegué incluso a usar pequeños cilicios que me hacía yo y que me ponía bajo la ropa para sufrir durante todo el día. Todo esto lo cuento en mi novela Los pequeños humillados. Ahora, más que adulto ya casi un abuelo, me cuesta un poco hacerme a la idea de lo mucho que todo aquello influyó en el niño sensible que yo era. Cuantas más vueltas le doy más convencido estoy de que si hubiera que buscar las raíces de mi enfermedad mental habría que buscarlas en mi niñez y adolescencia. Pero no puedo dejar de ser consciente de que incluso en los primeros años del niño “sin uso  de razón” –como decían entonces- que fui se encuentran raíces más profundas, kármicas, que llegan hasta vidas pasadas.

 

Si de adolescente decidí utilizar la fantasía para evadirme de la realidad y evitar sufrir tanto como sufría por aquellas cosas que a los demás no parecían afectarles, cuando se abrió el tercer ojo y comenzaron las voces y la telepatía y los sueños vivísimos y el desconcierto de no saber lo que me estaba pasando, de si los demonios habían logrado llegar hasta mí, de si se pueden controlar las mentes, de si se puede matar con la mente, de si se puede hacer algo para bloquear todo aquel río de estímulos invisibles para los demás, que a mí me aterrorizaban, la tentación de aquella fuga que llevaba empleando con tanto éxito desde niño se hizo una tentación tan irresistible que caí en ella.

 

Si de niño podía pasarme largas horas sumergido en mis fantasías, cuando el tercer ojo me permitió descubrir que cuando cerraba los ojos no me acogía la relajante oscuridad sino aquellos extraños fenómenos sin sentido que me abrían la imaginación a infiernos dantescos, terroríficos, tuve que regresar al mundo infantil de los cuentos de hadas y los sueños para evadirme de un terror que bien podía paralizar mi corazón. El delirio se hizo el pan cotidiano con el que me alimentaba todos los días y vivir en dos mundos a la vez algo tan sencillo como la aparente sencillez de la música de Bach, una auténtica obra maestra de mundos entrelazados en uno solo.

Incubos-Sucubos

Necesitaba encontrar una explicación, y como no la encontraba mi mente se disparó hacia auténticas novelas de terror que hoy estoy escribiendo, como mis relatos esotéricos, por ejemplo, y que seguramente, si tengo tiempo y ganas, podré rematar en una serie de relatos que a mí mismo me ponen el vello de punta. “Terror en las mentes” y” Las cartas del telépata loco”, a pesar de su sentido del humor, que los hace tan divertidos, para mí son terroríficos y reflejan muy bien las experiencias que viví en aquella época y que sitúo a partir de aquella mañana, mientras caminaba hacia el trabajo, con la decisión tomada de que iba a dejar de disimular, no me importaba convertirme en un loco, pero para mí lo que me estaba ocurriendo era real y como tal lo iba a vivir.

 

Las explicaciones que busqué a aquellos fenómenos terminaron por convertirse en auténticos delirios en los que día a día profundizaba, como en una novela en fermentación, cada día con personajes diferentes, tramas distintas, pero todas ellas terroríficas. La vivísima imaginación que me acompañaba desde niño puso en mi mente auténticas novelas de terror, pero no era solo eso, algo me ocurría que no podía explicar y que se apoderaba de mí sin que pudiera evitarlo. Las voces era lo más terrorífico para mí, pero también había otras cosas, otras muchas cosas. Lo mismo que hiciera lo que hiciera no podía evitar escuchar aquellas voces que regresaban a mí cuando les parecía más oportuno, siempre en los peores momentos, tampoco podía evitar ver o imaginar o buscar explicaciones a fenómenos que en sí mismos no las tenían.

 

Todo se tambaleó, mi mundo físico, mis ideas filosóficas, el sentido de la vida. Tuve que empezar de nuevo, como un niño que hace preguntas y preguntas que ningún adulto es capaz de responder. ¿Y por qué, si la Tierra es redonda, no nos resbalamos al caminar o por qué, si está en el espacio, en el aire, no nos caemos para abajo? Adoro estas preguntas de los niños, son el comienzo de la mejor filosofía posible, la de Sócrates, solo sé que nada sé. Yo tampoco sabía nada de lo que me estaba ocurriendo, por eso elucubré respuestas y las fui sometiendo a una lógica implacable, la que a mí me gustaba, la que me enseñó el padre Marciano en sus clases de ontología en el colegio.

 

EL DELIRIO DE LAS PROYECCIONES MENTALES

 

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No fue una hipótesis subjetiva, mis estudios rosacruces eran claros al respecto. La proyección mental existe y funciona. Aquellos puntos de luz bien podían ser proyecciones mentales, tanto de mi mente como de las mentes de cualquier otro ser humano. Había estudiado con gran interés las monografías rosacruces donde se habla de la proyección mental. Era algo apasionante pero también bastante confuso. En otras monografías también se hablaba del cuerpo astral y del viaje astral. No tenía clara la diferencia entre viaje astral y proyección mental. Era algo nuevo y difícil de entender. Yo podía entender el concepto de cuerpo astral y de viaje astral. Tenemos un cuerpo físico, sometido a las leyes físicas, si te tiras por una ventana caes y la ley de la gravedad te puede romper los huesos. Si tienes un cuerpo astral puede salir del cuerpo físico de acuerdo a las leyes que correspondan y vagar por ahí haciendo lo que pueda hacer de conformidad con las leyes que rijan en el plano astral. Bien, eso tiene lógica, ¿pero cómo funciona la proyección mental y en qué se diferencia del viaje astral?

 

Esa pregunta consumía muchas horas de mis elucubraciones mentales. Para mí era muy importante encontrar la respuesta. Se suponía que el viaje astral solo se podía producir en sueños o tras un fuerte trauma físico como un accidente o tal vez,  apurando mucho las cosas, cuando la emoción era tan intensísima que el cuerpo astral podía desenclavarse del físico y salir a dar una vuelta, como podía ser el caso de un profundísimo dolor a la muerte de un ser querido. En todos estos casos la posibilidad de un viaje astral era estadísticamente limitada y se producía raras veces. Además, si te ocurría, no tendrías dudas de lo que te estaba sucediendo porque  una vez fuera del cuerpo verías tu cuerpo físico allá abajo, verías tu cordón de plata, pensarías en ir a algún sitio y al estar allí sabrías que estabas haciendo un viaje astral porque un viaje físico requiere un tiempo para recorrer un espacio concreto y aquí habías llegado instantáneamente.  En resumidas cuentas, que la posibilidad de tener un viaje astral era limitada y aún no me había ocurrido, era algo tan remoto como al salir de casa me cayera una teja encima de la cabeza, tendrían que darse un montón de coincidencias, como un día con fuertes vientos, que la teja que caiga sea la de mi tejado, que caiga justo cuando yo salgo por la puerta, etc. Puede ser muy preocupante para un hipocondriaco o un depresivo pero no para una persona razonable, y yo me consideraba un hombre inteligente, culto y por supuesto razonable. No me preocupaba el viaje astral, pero sí me preocupaba, y mucho, la proyección mental. ¿ Por qué razón?

 

No sabía cómo funcionaba el cuerpo astral una vez fuera del cuerpo físico, pero suponía que básicamente sería como el cuerpo físico, que tiene ojos, oídos, tacto, que siente la realidad con esa fuerza indestructible que nos hace sentirnos vivos y creer que la realidad que vemos con los ojos es real y no cabe la menor duda y la pared que tocamos con las manos tan absolutamente real que no se nos ocurriría, ni jugando, darnos un cabezazo contra ella para saber si es real o no, lo es y solo un loco probaría a ver si lo es lanzándose de cabeza contra ella. Por lo tanto pensaba que, aunque con muchas e importantes diferencias, el cuerpo astral podría ver, oír, tocar, viajar, etc. ¿Podía matar como pude matar un cuerpo físico a otro, utilizando las manos para ahogar, instrumentos o herramientas para herir o lacerar? Eso era algo que no tenía claro en absoluto. Un cuerpo físico se puede matar si cortas la respiración, si generas una herida por donde salga la sangre, si te desangras, si haces que fallen ciertos órganos… por supuesto que las causas de la muerte física son numerosas y están muy claras, pero.. ¿cómo se mata la energía? ¿Podemos matar a la corriente eléctrica con otra descarga de corriente eléctrica? La materia se convierte en energía y la energía en materia, pero ¿cómo se mata la energía? ¿Un cuerpo astral puede matar a otro cuerpo astral? Yo creía que no, pero esa no era la cuestión, la cuestión era “cómo puedes evitar que las proyecciones mentales de los demás lleguen hasta ti, ver sus rostros ectoplasmáticos, ver sus cuerpos ectoplasmáticos, ver sus cuerpos físicos en reposo o en movimiento, ver su entorno físico”.

 

Eso para mi era muy importante, fundamental, porque me aterrorizaba la posibilidad de cerrar los ojos y ver mi propia muerte física o la muerte de un ser querido, o ver a alguien en una situación íntima, desde sentado en el retrete hasta teniendo relaciones sexuales. Pero eso casi no era lo peor, al fin y al cabo abres los ojos o contemplas lo que está ocurriendo y ya está. Lo que a mi me preocupaba era que las voces que estaba comenzando a escuchar se hicieran algo constante. Si mi mente se proyecta hacia otras personas y escucha lo que están hablando, puedo intentar pensar en otra cosa, pero si las mentes de otras personas se proyectan hacia mí y no quieren dejar de pensar en mí y me transmiten lo que esas personas están hablando físicamente… entonces esto se transformaría en un auténtico infierno. Escuchar voces todo el día, a todas las horas del día, es agobiante, asfixiante, hasta en el mundo físico, todos sabemos cómo nos podemos encolerizar si los vecinos de arriba montan un escándalo a las tres de la mañana, nos despiertan y ya no nos dejan dormir. O lo que sería tener a nuestro lado a un pelmazo, a un cansino, que diría José Mota, hablando sin parar y sin parar y sin parar… Pues bien, eso, llevado a las voces astrales generadas por proyecciones mentales es como elevar a la undécima potencia un trillón de trillones de trillones. Algo que da vértigo. ¿Y si pudiera escuchar las voces de todos los que piensan en mí o de aquellos en los que yo estoy pensando? ¿Y si además las voces no fueran claras y cambiaran cada poco y…?  Reconozco que tengo una vivísima imaginación y que puedo escribir historias delirantes, pero aquello no era lo mismo, no estaba escribiendo una novela, estaba sufriendo una serie de fenómenos que podían terminar así. Era preciso saber qué ocurría, a qué se debía aquello para hacerme una idea de lo que me pasaría con el tiempo.

 

¿Por qué cuento todo esto? Los pocos que me conozcan y aún piensen que no estoy loco acabarán pensándolo, y con toda razón. Quienes no me conocen lo pensarán al leerme y no querrán saber de mí. En resumen, que todo el mundo acabará pensando que estoy loco, diciéndolo por ahí, y nadie querrá saber de mí, ser mi amigo, ninguna mujer querrá acostarse conmigo, etc. ¡Buaaaa! ¡Ay qué dolor, qué dolor, qué dolor…! Si tuviera algo que perder no lo haría, por supuesto. Mejor vivir bien si puedes hacerlo que vivir mal o que vivir en un infierno. Pero cuando ya no tienes nada que perder hablar de todo esto para mí es un inmenso alivio. Es como si estuviera en la consulta del psicoanalista sacando todos mis traumas al exterior y hablando de todo lo que quiera, sin problemas, porque encima de permitirme explayarme es fácil que me pueda curar. Ya no tengo familia en qué pensar, ni me preocupa que nadie quiera saber de mí, ni que a ninguna mujer de este planeta se le ocurriría la idea de acostarse conmigo, con un loco. No me preocupa lo más mínimo porque todo eso ya me está pasando y no ocurrirá ningún milagro que cambie esta situación. Cuando me jubile, ya pronto, me iré a la montaña, alquilaré una casa, me haré con un cachorrito de perro, un gatito, los cuidaré, me darán cariño y yo les daré cariño, si tengo una huerta la cultivaré, pasearé por el monte, como las cabras, y curiosamente, como en una vuelta circular, llegaré al punto de partida. Aquel psiquiatra me dijo que no tenía remedio y deberían dejarme en el monte, con las cabras, pues bien, aquí estoy, en el monte, con mi perrito y mi gatito y también, eso espero, con una cabra, una cabra que esté tan loca como yo, no más, porque entonces me va a cornear. Jajá. Esto al final está resultando ser divertidísimo. Es como la libertad de que la habla don Juan a Castaneda. Un guerrero en realidad lo que busca es la libertad. Y eso es lo que estoy encontrando yo, según parece. Ahora soy libre para decir lo que quiero, para hablar de mi pasado, para desvelar todos mis secretos, porque no tengo nada que perder, lo he perdido todo y ya no busco nada y aunque lo busque no lo encontraré y aunque lo encontrara no por ello iba a dejar de ser libre.  No sé cuántos años me quedan de vida, no sé lo que haré, ni dónde estaré, pero sí sé que seré libre, podré escribir sobre lo que quiera, contar mi vida con pelos y señales. Los demás serán libres para no leerme pero yo no dejaré de escribir, porque  quiero entender lo que me ha pasado, quiero entender mi vida, como el hermano mayor en las Historias de Bautista, estoy intentando cazar una gallina para abrirle la cabeza y estudiar en su cerebro la enfermedad mental. No es la gallina de los huevos de oro, es la gallina clueca que intenta proteger a sus pollitos y al perrito y al gatito.

 

Nunca creí que iba a sentirme tan libre para decir lo que pienso. Es fantástico haber roto la cárcel de papel, decir lo que quiero, desvelar todos mis secretos, sin que me importe un bledo lo que piensen de mi o lo que hagan, o lo que me hagan, o el tiempo de vida que me quede sobre la tierra. Soy libre y con la libertad del guerrero pasaré ante la boca del Águila, evitaré sus emanaciones coactivas y compulsivas y una vez entregado mi clon, que construyera con mis recapitulaciones, seré libre para vivir como siempre he querido vivir, para pensar como siempre quise pensar, para sentir lo que siempre he sentido y no me he atrevido a mostrar. En otro capítulo me divertiré contando, como en una novela, aquellas extrañas ensoñaciones, aquellos extraños delirios del loco de León, porque ahora sí, ahora me resultan divertidos y es la mejor novela que puedo leer, la más amena, la más divertida, la más terrorífica. La libertad es el mayor don que se nos ha concedido, el don del Águila.

 

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