DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXV

7 02 2016

 

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXV

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AÑO NUEVO EN CÓRDOBA

Me desperté tarde, sin resaca, sin dolor de cabeza, como una rosa. Permanecí en la cama, remoloneando, no tenía prisa, salvo por el estómago vacío, pero aún no había aparecido el hambre, solo el sueño de la soledad, un sueño sin tiempo, sin esperanza, sin lucha. Mi programa era sencillo, regresar al casco histórico, sacar fotos de los lugares recorridos durante la noche y comerme algo sólido, a ser posible un chuletón. No necesitaba madrugar para ello, tenía todo el día para caminar y comer, además aún seguía cansado, con agujetas en todo el cuerpo. Eso me pasa por caminar cinco horas cuando habitualmente no camino ni diez minutos.

Sigo sin acostumbrarme a la soledad, estar solo en la cama, saber que estaré solo, que esté donde esté siempre estaré solo, los tiempos de la convivencia, del primer círculo ya pertenecen al pasado, un pasado muerto y enterrado. Esa sensación angustiosa en la boca del estómago me hace recordar otros tiempos en los que también estuve solo. Una nochevieja en Alcalá de Henares, tal vez la de 1978 o 1979, no pude soportar esa angustia de sentirme solo y cometí uno de mis intentos de suicidio más estúpidos. Compartía el piso con un chico de Zamora, motorista, que había puesto un anuncio y llegamos a un acuerdo ya que la cantidad que me correspondía pagar del alquiler era más que aceptable. No éramos amigos, apenas nos hablábamos y él se limitó a imponerme las normas, puesto que el alquiler estaba a su nombre, él podía traer a su habitación a la novia, y lo hacía cada cierto tiempo. Yo escuchaba los ruidos y movimientos propios del coito con una sensación total de absoluto desamparo. Procuraba no estar cuando intuía que ella iba a venir o cuando entraba y notaba su presencia en la otra habitación, pero aún así fue inevitable percibir sus desahogos sexuales. Aquel hombre era bastante hosco, yo era un compañero de piso al que había aceptado porque así le salía más barato el alquiler, eso era todo.

Aquella Navidad me había comentado que se marchaba a Zamora, a pasar las fiestas con su familia y su novia. Era un detalle de cortesía elemental que él solía tener conmigo, hacerme saber las cosas importantes que yo debería saber. Podía traer al piso a quien quisiera para celebrar las fiestas, incluidas a cuantas “titis” quisiera para follar. El hablaba así, con el lenguaje cheli típico de la época. Yo me reí por fuera y lloré por dentro, estaba más solo que la una, lo más que podía hacer sería emborracharme a conciencia. Han pasado muchos años para recordar detalles o matices de mi estado de ánimo, solo sé que aquella era mi etapa negra y que solo pensaba en la muerte, morir cuanto antes, a cualquier precio, largarme de esta mierda de vida, de mundo, de sociedad. Así pensaba y sentía yo entonces. Aquel intento de suicidio fue patético, aún así pude haber alcanzado el éxito mejor que en otros más drásticos y terribles. Decidí cortarme las venas, una forma de suicidarse que parecía muy habitual en los casos de suicidio. Yo había pensado que cortarse las venas con una cuchilla no iba a ser tan doloroso, al fin y al cabo aquellas cuchillas de Gillete o Filomatic o la marca que fuera, tenían el filo muy cortante, como bien sabía al afeitarme. Bastaría con oprimir el brazo con un cordel para que se notara la vena, apretar la cuchilla contra ella y cerrando los ojos y apretando los dientes dar un tirón, y ya estaba. La sangre manaría como de un manantial, la hemorragia sería incontenible y la muerte sería dulce, como en un sueño. Lo había preparado todo, un caldero de plástico junto a la cama, el estuche de cuchillas y varios tubos de pastillas, de las que estaba tomando, por si acaso… Por si acaso la hemorragia se detenía, ese sería el plan B. Curiosamente en casi todos mis intentos de suicidio siempre hubo un plan B, por si fallaba el A. Había puesto en funcionamiento aquel viejo cassete con la novena de Beethoven, creo que era la versión de Karajan con la Filarmónica de Berlín que había comprado en Madrid. Había puesto dos botellas de cava a enfriar en el frigorífico. Todo estaba planeado y bien planeado. Al sonar las doce campanadas pondría en marcha la novena, comenzaría a beber cava de la botella, comiendo un poco de turrón para acompañar, entonces apretaría la cuerda en el brazo y con cuidado, para probar, haría una incisión con la cuchilla, para ver cuánta sangre salía.

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Recuerdo que aquello fue una verdadera carnicería, el dolor era muy intenso y no me atrevía a hundir demasiado la cuchilla en la carne. Sangraba un poco y luego se producía la coagulación. El fondo del caldero apenas estaba cubierto de sangre, yo había imaginado que en los primeros minutos ya habría acumulado un par de centímetros al menos. Tal vez fallara al cortar la vena. Fui subiendo desde las muñecas, el lugar típico para cortarse las venas, a lo largo del brazo hasta llegar casi hasta el codo. Con cada incisión mi rabia iba creciendo más y más, blasfemaba, maldecía, ni siquiera era capaz de matarme, era un maldito desecho humano. Me tomé mi tiempo, bebía, me emborrachaba poco a poco, comía turrón, escuchaba el primer movimiento de la novena, luego el segundo. Había decidido que con los últimos compases yo debería estar ya inconsciente. Fui tomando pastillas con cada trago. Ahora mismo, reposando en esta cama de hotel en Córdoba, casi cuarenta años después, soy incapaz de comprender la intensidad de la desesperación, del odio, que me llevó a realizar aquella carnicería sin sentido. Cuando comenzaron a sonar los últimos compases el fondo del caldero estaba cubierto de sangre, había terminado un tubo de pastillas y comenzado el otro. Ya iba por la segunda botella de cava, estaba borracho, grogui por las pastillas y mi brazo izquierdo colgaba sobre un caldero de plástico. Era una escena sangrienta, propia de una película cutre.

Seguí bebiendo y tomando pastillas hasta que el sueño irresistible se apoderó de mí y caí en la inconsciencia. Desperté en un hospital. Así pude enterarme de que mi compañero de piso había regresado antes de lo previsto, después de Reyes, porque había discutido seriamente con la novia, habían roto y él se había venido en su moto. Eso me salvó la vida. No hubiera muerto desangrado porque a pesar de la carnicería que me había hecho en el brazo los cortes eran poco profundos y no perdí sangre suficiente, pero sí me habrían matado las pastillas, dos tubos. Durante el resto de mi vida he conservado las señales de los cortes en el brazo. Llevaba camisas de manga larga para evitar que se vieran. Con el tiempo las cicatrices se fueron haciendo menos visibles pero tardé muchos años en llevar camisas de manga corta en verano. A veces alguien se fijaba y no podía evitar decir la verdad, no era como la cicatriz del estómago que podía achacar a una operación de úlcera, como hice durante muchos años. Las heridas en el brazo eran inconfundibles. Recuerdo que se me ocurrió probar con la mentira de que me las había hecho en la montaña, al caer entre unas zarzas, pero nunca coló, era algo demasiado evidente.

Aquel hombre me salvó la vida. Puede que la ruptura con su novia fuera definitiva, pero aquel mal, aquel sufrimiento, salvó mi vida. Dios escribe derecho con renglones torcidos, nos decían en el colegio de frailes y luego lo leería en la novela de Luca de Tena, Los renglones torcidos de Dios. Aquello me hizo comprender, por primera vez, que para que algunos se salven otros deben sufrir. El hombre me dijo que me marchara de su piso, que no quería volver a saber de mí, lo comprendí perfectamente, le pedí disculpas y me fui… ¿A dónde? Ese es un recuerdo que ha quedado sepultado. Tal vez me fuera a Madrid o a una pensión, de momento. Tuve que pedir el traslado en el trabajo tras un terrible intento, con pistola y pastillas. No me hicieron expediente con la condición de que pidiera el traslado, a lo que accedí. Aquellos años fueron un auténtico infierno, mi etapa negra, mi temporada en el infierno, como titulo la novela en la que cuento aquella época.

Mientras intento dormir un poco más y doy vueltas en la cama aquella escena me viene una y otra vez a la cabeza. Un joven de veintidós años, en la plenitud de la vida, tumbado en una cama revuelta y sucia, el brazo izquierdo colgado sobre un cubo de plástico, sucio, el fondo lleno de sangre negra coagulada, inconsciente, con dos botellas de cava vacías sobre las sábanas, con dos tubos de pastillas vacíos, tal vez en el suelo, los ojos cerrados, esperando que la guadaña de la muerte me cortara el cuello, esta vez sí, esta vez no me libraría… Pero me libré. Las fuerzas poderosas no deseaban mi muerte, me lo impedían una y otra vez. ¿Para qué? Para que acabara casándome con quien no debía, haciendo sufrir a una buena persona, convirtiendo muchas vidas a mi paso en auténticos vía crucis. ¿Por qué? Tal vez porque una maravillosa persona debería nacer y no nacería si no era mi hija… bueno al menos no nacería en la forma que la conocemos ahora, con ese cuerpo, esos genes, con la vida que ha tenido. Uno puede reencarnarse en muchos cuerpos distintos, el que una posibilidad falle no significa que un alma no se pueda reencarnar, lo hace, pero si es en otro cuerpo, de otros padres, en otro lugar, tal vez en otro tiempo, nunca será la persona que es ahora, porque eso implica tener un determinado cuerpo, unos determinados padres y un determinado pasado.

Mientras sigo dando vueltas pienso que tal vez esa fuera la razón de que las fuerzas poderosas me salvaran una y otra vez. Si me hubieran consultado a mí habría dicho “no”. Cuando se me planteó la decisión de tener hijos o no, decidí que no estaba preparado, que no quería, al final lo acepté porque la madre estaba decidida a ello, pasara lo que pasara. Y pasó lo que pasó. Si ellas no se arrepienten yo tampoco puedo arrepentirme, pero aún así hubiera preferido morir aquella Nochevieja de 1978 o 1979, haberme librado de todo este infierno. No, no es posible, venimos a esta vida a aprender lecciones y hagamos lo que hagamos no nos libraremos de ello, como dice Milarepa.

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La recapitulación se hace tan angustiosa que decido levantarme, me ducho, me visto y salgo a la calle. Voy hacia el caso histórico sacando fotos diurnas de los lugares que recorrí durante la noche. Llevo paraguas, sigue el chirimiri cordobés. Hay mucha gente, demasiada. Noto la fobia acechando. Intento no pensar en ello. Camino sin prisa, hago las fotos que quiero y busco la mezquita. Sé que no estará abierta, pero quiero saber dónde queda y ver si al día siguiente, sábado, la abrirán. No quiero marcharme de Córdoba sin ver la mezquita. Por fin la encuentro. Está abierto el patio. Entro, hago unas fotos, miro los horarios y decido que mañana, antes de regresar, dedicaré la mañana a la visita de la mezquita. Ahora solo me queda encontrar un restaurante donde pueda comerme un buen chuletón. No me importa el precio, anoche no gasté nada, hoy puedo estirarme. Me acerco a las pizarras de los restaurantes para ver si encuentro un menú que me guste. He caminado un poco, las agujetas me molestan pero me encuentro bastante bien. Antes de las dos encuentro un menú con chuletón de Ávila. Decido entrar. Por suerte hay poca gente, la mayoría extranjeros que suelen comer en horario europeo. Encuentro una mesa que me gusta y me siento. Cerca, varias mesas unidas, una familia está terminando de comer. Me cuesta un poco comprender que son italianos, hablan bastante cerrado. Hay una chica joven al otro lado de la mesa que me gusta, nuestras miradas se entrecruzan con frecuencia, cuanto más intentamos no mirarnos más nos miramos. Parece una familia completa, padres, hermanos, tal vez el otro matrimonio sean tíos. Observo el local, amplio, por suerte está casi vacío, me costaría controlar la fobia si todo estuviera lleno.

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El camarero me dice que tal vez se haya acabado el chuletón, pero puedo pedir un entrecot. Regresa y me dice que tengo suerte, queda uno. De primero elijo una sopa de marisco. Mientras me traen unas aceitunas y algo para picar. He pedido vino de la casa con gaseosa. No voy a conducir, puedo beber vino y si veo que me afecta demasiado lo mezclo con gaseosa. Como tardan un poco saco la libreta y comienzo a escribir todo lo que me ocurrió anoche. Escribo rápido, sin tener que pensar, algo habitual en mí. De vez en cuando miro a la chica, a la familia italiana, a un matrimonio rumano con un hijo que acaban de entrar. El es un bebé y lo traen en su carrito. Miro a una mujer madura, sola, que come al fondo, parece inglesa. La miro, ella me mira, y al final deja de mirarme. Dejo que mi fantasía trabaje un poco. Sé que no va a suceder nada, ya he enterrado mis estrategias y he echado mucha tierra encima. Esto del sexo es aún más complicado que salir vivo de mis intentos de suicidio en la juventud, pero si lo conseguí creo que puedo permitirme el lujo de pensar que bien podría ocurrir un milagro, Pero es más fácil el milagro de salvarse de la muerte que el milagro de tener sexo, en este país, a mi edad, con mis antecedentes y consecuencias. Esto es una mierda, pienso, y me dedico a escribir para olvidarme de algo que no tiene y nunca tendrá remedio.

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Disfruto mucho de la comida, de la sopa de marisco, del chuletón con patatas fritas y pimientos. Del café que me tomo sin prisas. Cuando termino el restaurante está repleto. Me siento ya bastante fóbico, así que pido la cuenta y me voy. Dejo propina porque he disfrutado y no me han atendido mal. Comienzo a caminar buscando un banco donde pueda sentarme a dormir una pequeña siesta. No soporto este trasiego de gente y menos después de comer y tras haberme bebido una jarrita de vino con gaseosa. No es que esté borracho, pero estoy contento, y eso es malo cuando las calles estrechas están repletas de gente. Me gustaría echarme un pitillo, pero sé que eso me pondría más fóbico. Sigo caminando sin prisa, haciendo fotos. Paso por la mezquita camino del río, del puente. Fotos y más fotos, gente y más gente. Necesito con urgencia encontrar un banco. Y lo encuentro, al lado del puente, frente al río. Me acomodo, cierro los ojos y entro en un maravilloso estado de nirvana. De vez en cuando no puedo evitar abrirlos, como si notara la mirada de alguien fija en mí. Y en efecto, no me engaño, estoy despertando curiosidad entre los transeúntes, mucho japonés, inglés, también hay españoles y puede que algunos cordobeses. El tercer ojo me molesta un poco, los puntos de luz, los rostros ectoplasmáticos, algún que otro cuerpo físico. Pero esto ya no es lo que era, lo que fue en otros tiempos. Ahora sé cómo controlar, bloquear. Puedo apretar los ojos, el cráneo, colocarme en la postura que mejor me viene. Ahora es coser y cantar, tengo mucha experiencia. Si en León, en aquella época juvenil, hubiera tenido la experiencia que tengo ahora no me hubiera transformado en el “loco de León” como cuento en El gran secreto de mi vida, la contraparte terrible de este diario de un enfermo mental. Si hubiera tenido experiencia nada de aquello habría ocurrido, pero la experiencia se consigue sufriendo por el camino. Si hubiera tenido un maestro que me dijera cómo funcionaban estas cosas todo habría sido mucho más fácil. Pero uno no elige el maestro ni el tiempo, creo que tampoco el maestro te elige a ti, simplemente cuando el discípulo está preparado aparece el maestro y cuando el maestro está dispuesto aparece el discípulo.

No sé si me duermo o no, no al menos profundamente, pero sí me quedo traspuesto, muy a gusto, un largo rato. Abro los ojos y noto miradas muy curiosas, tal vez haya roncado. El puente está repleto, ahora no puedo moverme entre tanta gente, la fobia me dejaría k.o. como no tengo prisa dejo pasar el tiempo. Cuando me encuentro mejor enciendo un pitillo. Debo hacer fotos del puente, me lo he prometido, pero tal vez más tarde, cuando el efecto del chuletón y el vino hayan pasado.

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