DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXVI

9 02 2016

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXVI

AÑO NUEVO EN CÓRDOBA

Sé muy bien lo que me afecta una copiosa comida, unos vasos de vino, el tercer ojo se activa demasiado, me desequilibro, entro en estado fóbico. Hacerlo en casa es una estupidez, pero aceptable. Hacerlo fuera, en una ciudad desconocida y luego caminar por calles repletas de gente es como tirarse de una ventana de un décimo piso y salir indemne. Entiendo muy bien por qué los budistas son vegetarianos, por qué ponen tanto énfasis en la comida y en no tomar bebidas alcohólicas ni drogas. Si estás desarrollando los chakras, si has abierto el tercer ojo, comer desaforadamente, como he hecho yo, beber vino hasta casi emborracharse, caminar por calles repletas de gente, es una auténtica locura. Les entiendo muy bien, pero soy incapaz de convertirme en vegetariano, de no probar ni una gota de alcohol, de no fumar, de cuidar exquisitamente mis pensamientos, mis emociones. Siempre que me lo planteo llego a la misma conclusión: estoy solo, no tengo placeres en la vida, ni sexo ni nada, ni me dan cariño ni doy cariño, he sufrido mucho, demasiado, que me permita ciertos placeres como un chuletón, como unos vasos de vino, como un pitillo, no me parece el fin del mundo. Con suficiente sexo tal vez podría cuidar la comida, hasta hacerme vegetariano, tal vez renunciar de forma definitiva al alcohol, para siempre, ni una gota, al tabaco…no sería algo imposible, el sexo es para mí un placer tan intenso e importante que los demás quedan un poco en segunda fila. Mis placeres estéticos, la lectura, escribir, escuchar música, ver cine, etc, son muy importantes, pero casi los considero más placeres espirituales que materiales. Sin duda el mayor placer de la vida es el sexo. No he podido evitar mirar con libidinosidad a algunas mujeres que han pasado frente a mí o se han dirigido al puente. Con discreción me he fijado en su culo, en sus pechos. Si no me ven no me parece mal en absoluto, creo que tengo derecho a disfrutar un poco de la vida. No se me ocurriría faltarles al respeto, pero cuando no me ven es solo algo personal, que ocurre en el interior de mi cabeza, no me siento un pecador ni un pervertido, solo un hombre que está vivo, con un chuletón en la barriga y los vapores del vino en la cabeza. Lo malo es que cuando se abre el tercer ojo y comienzan los fenómenos de todo tipo la sensación de la telepatía es tan intensa y el placer sensual que siento cuando me imagino a una mujer desnuda tan orgásmico que no puedo mirar con normalidad a una mujer atractiva que me guste mucho sin que me descontrole, sin que se note, sin que me vuelva fóbico. Sí, en el Gran secreto de mi vida, la contraparte infernal de este diario, narraré cómo son estas sensaciones, cómo me resulta casi imposible el control y por eso llego a esas ridículas manías de hurtar la mirada a las mujeres, de no mirarlas, de intentar por todos los medios que mis ojos vayan a su rostro, a sus ojos, en lugar de a sus pechos o a sus muslos, al pubis que adivino bajo las faldas o los pantalones. Son muchos años viviendo sexo mental a través del tercer ojo para que ahora pueda controlarme, ni siquiera pensando en lo machista de esta actitud, en la falta de respeto. Si no me ven, si soy discreto, no pasa nada, es perfectamente normal. Lo malo ocurre cuando he comido en exceso, he bebido demasiado, estoy en un lugar público, rodeado de gente, cuando el tercer ojo comienza a hacer de las suyas. Entonces prefiero que se burlen de mí, que me llamen loco, que me digan lo que quieran, que me maten si les apetece, antes que dejarme llevar por esas increíbles sensaciones. Es mirarlas, imaginarlas desnudas y siento como si realmente estuviera con ellas en la cama. Es algo increíble, la imaginación al poder, que decían los de mayo del 68.

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Pero no soporto esa forma de hacer el ridículo y sobre todo la angustia de la fobia, ese no poder controlar nada. Así que decido permanecer un tiempo más en el banco. Son las cinco de la tarde, puedo permitirme unos minutos más. Luego, controlando todo lo que pueda, como un guerrero impecable me acercaré al puente, repleto de gente, haré las fotos y regresaré al hotel. Por la mañana me vino a la cabeza el intento de suicidio de aquella nochevieja. No lo pude evitar, fue como si alguien me arrojara desde un puente, tienes que caer, lo quieras o no. Ahora no consigo bloquear ciertos recuerdos. Aquella etapa negra fue espantosa. ¿Cuándo fue el intento de suicidio de la línea de alta tensión? ¿Antes o después? Ahora mismo no puedo comprender qué me pasaba, el por qué de aquellos intentos tan desesperados, tan brutales, tan bestiales. Quería morir a toda costa y ahora creo que fue porque no recibía cariño, estaba solo, mis padres nunca fueron muy cariñosos. Había vivido el despertar de la sexualidad en la adolescencia en un colegio religioso, reprimido, sufriendo como un condenado en el infierno cada vez que tenía que confesarme de las veces que me había masturbado durante la semana. El placer estaba mezclado de ajenjo, de amargura, de veneno. Luego llega la juventud, consigo un trabajo y cuando pienso en las chicas, en el sexo, me encuentro con una absoluta incapacidad para relacionarme con normalidad. Tengo que perder la virginidad, a toca costa, a cualquier precio. Aún sigo comprender de dónde salió aquella idea tan estúpida, salvo que mi sexualidad fuera tan fuerte que me estuviera volviendo o loco, o simplemente que yo fuera un enfermo mental en plena crisis y me diera por ahí.

¿Cuánto tiempo estuve planeando aquel intento tan terrible? Todo esto lo quiero contar en la novela “Una temporada en el infierno”, parafraseando a Rimbaud, una novela que siempre imaginé póstuma, algo así como algunas obras de Kafka, pero ahora que estoy solo ya no tengo por qué esperar. Si no he contado ciertas cosas, sino he hecho ciertas cosas, hasta ahora, no ha sido por mí, he llegado ya a tal extremo de desesperación que me importa un bledo lo que digan, lo que piensen, lo que me hagan o me dejen de hacer. Si yo soy para ellos una partícula infinitesimal en un universo infinito, es decir, nada, ellos también lo son para mí. Nada de lo que digan o hagan me impedirá decir o hacer lo que quiero decir o hacer. Recuerdo también aquella experiencia de película de terror que viví en León, de soltero, cuando el tercer ojo se estaba abriendo con fuerza y la telepatía era algo espantoso. Aquella muchedumbre que gritaba que se acercaba hasta casa, con un odio feroz en sus mentes y corazones, venían a matarme, era un linchamiento en toda regla. Es increíble pero fue la misma sensación que viví al despertar de aquel coma tras el intento de suicidio en Navacerrada, aquella muchedumbre gritando, bestial, subiendo las escaleras de la torre, arrojándome por los escalones, descuartizándome de una forma tan demoníaca, atado a cuatro camellos que tiran y tiran hasta desmembrarme. Aquella experiencia fue casi peor, podía percibir sus pensamientos, un pensamiento colectivo, monstruoso, que me dejaba sin respiración. En la escena del descuartizamiento en mi reencarnación árabe al menos no percibía sus pensamientos, era todo físico, dolor físico, visión de rostros desencajados, de haber percibido también sus mentes me habría ido derechito al infierno, sin más.

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¿Cómo pude hacerlo? Debí de estar planeándolo durante mucho tiempo. Escogí el campo, lejos de edificios, lejos de la carretera, donde nadie pudiera verme sino era mirándome con unos prismáticos y no se me ocurrió ninguna razón para que alguien perdiera el tiempo mirando a aquel idiota. Tenía que subir a lo alto de una torre de alta tensión y colgarme de un cable. Estaba seguro de que moriría sin remedio, esta vez sí. Había estado mirando las torres más bajas, pero no encontré ninguna que no me hiciera pensar en la gran dificultad de subir hasta poder tocar un cable. Creo que lo conseguí porque entonces era joven, unos veintidós o veintitrés años y porque siempre he sido muy cabezón, muy testarudo, muy cabeza cuadrada. Sigo sin entender cómo pude subir hasta una altura que me permitiera tocar un cable. Recuerdo que también tuve dificultades para extender el brazo y tocarlo, estaba lejos, debí agarrarme con una mano y extender la otra, como un trapecista de circo. Lo que sí recuerdo fue la desesperación que me hizo decidirme después de pensarlo un rato. Extendí la mano que tocó el cable y entonces se produjo algo inesperado. No perdí la consciencia y me morí sin más, no. Recibí una sacudida bestial y quedé completamente paralizado, todo el cuerpo. No podía moverme. Por suerte o por desgracia quedé colgado de una barra metálica, allá arriba. Tampoco lo entiendo, fue un perfecto punto de equilibrio, incomprensible. Debería haberme caído y dada la altura tal vez me habría partido la cabeza. Eso hubiera estado bien. Pero no, quedé allí, colgado, sin poder moverme. Y la paralización se prolongó en el tiempo, debí de estar horas. Mi mente esta consciente, yo estaba lúcido, sabía lo que había hecho, lo que había ocurrido, dónde estaba, quién era. No fue como cuando me dieron los electroshocks, que perdí la consciencia y al despertar no recordaba quién era, ni siquiera mi nombre. Es curioso, porque la sacudida que acababa de recibir debió de ser de una potencia muchísimo mayor, y sin embargo ni perdí la consciencia ni perdí la memoria. Tal vez algún experto me podría decir que en realidad recibí más descarga con el electroshock que con aquel cable. ¿En serio? No me lo podría creer. ¿Toda la potencia que pasa por una línea de alta tensión la recibí con los electroshocks? Esto es de locos.

No lo sé, nunca he preguntado ni quiero saberlo, no me importa. Lo que sí recuerdo fue que al cabo de unas horas conseguí mover una mano y un brazo, tal vez un poco una pierna, y como un auténtico funambulista logré descender de la torre, con medio cuerpo paralizado, con un terror que jamás podrá ser expresado en las películas de terror. No sé cuánto tiempo tardé en bajar, pero lo hice. Sentí un infinito alivio al poder apoyarme en la torre y descansar del espantoso esfuerzo del descenso. Un infinito alivio de estar vivo, porque se me habían quitado las ganas de morir. Cuando recobré totalmente el movimiento desprendí la camisa de la piel y miré lo que tenía. Una llaga en carne viva, purulenta, bajo un sobaco. Supuraba, me dolía espantosamente. Pero eso era todo. Decidí no ir a un ambulatorio o a urgencias de un hospital. Sabía muy bien lo que me ocurriría, nuevo internamiento, el resto de mi vida encerrado como un loco. No sabía si aquello se infectaría y me tendrían que amputar el brazo, no sabía si se gangrenaría, si moriría de aquello dentro de unos días. Decidí que después de haber hecho lo más difícil podría hacer lo más fácil. Como pude llegué a casa, debió de haber anochecido. Estaba solo. Me limpié la herida, la desinfecté con alcohol, me puse unas vendas que tenía para secarme la sangre del afeitado y las pegué al sobaco con esparadrapo. Y así permanecí un tiempo, no sé cuánto. Todos los días me cambiaba el vendaje y miraba en el espejo cómo estaba. Al principio pensé que acabaría por infectarse y no me quedaría otro remedio que ir a urgencias, pero no, aquello fue mejorando y a pesar de la dificultad para escribir a máquina en el trabajo, con lo mucho que me dolía, pude superarlo.

Buena parte de mi vida conservé la cicatriz bajo el sobaco. Mi cuerpo podría ser el cuerpo de un guerrero si las heridas las hubiera recibido en el campo de batalla, pero no, son las heridas de un idiota, de un idiota integral. Un tobillo roto en el primer intento de suicidio que me ha hecho cojear toda la vida, especialmente cuando cambia el tiempo. Unas vértebras rotas que a veces duelen mucho cuando tengo que pujar por pesos. Aún recuerdo cómo me fui por la pata abajo en aquella obra donde conseguí trabajo de peón unos meses después de salir del hospital. Aquel cabrón de encargado me tomó por compromiso, algún familiar debió de decirle algo, y solo quería machacarme vivo para convencerme de que no servía. Yo era un estudiante, con las manos suaves, vamos a machacar a este idiota, debió pensar. Y me hacía subir aquel carretillo cargado de baldosas por los tablones que había puesto entre piso y piso, en lugar de subirlos con la pequeña grúa que utilizaban otros. Aquel día las vértebras me restallaron y me fui por la pata abajo. No sabía qué hacer y tomé una decisión drástica. A la mierda el trabajo, a la mierda el encargado –nunca mejor dicho-salí corriendo y me fui a casa. Allí tuve que explicarle a mi madre lo ocurrido. Me bañé mientras mi madre tiraba los calzoncillos y pantalones a la basura. También me duele a veces el lado izquierdo, tal vez el riñón que pude salvar tras la inflamación que se produjo con el golpe. ¿Qué mas cicatrices tengo? Tal vez algún hueso torcido en la nuca, cuando me caí a plomo sobre una barra de hierro de un banco, en la iglesia, tras un desmayo. Si fuera un soldado estaría orgullo de tantas heridas en el campo de batalla, me habrían dado la cruz al mérito militar con distintivo no se qué. Pero como soy un idiota he llevado toda la vida ocultas esas heridas, para que nadie imaginara lo idiota que era. Nunca hablé de este intento de suicidio, salvo a un psiquiatra en una ocasión, y por la expresión de su cara supe que no me creía. Sin duda este es el intento de suicidio más brutal y más anónimo. Nadie se enteró de ello, nadie supo que había cometido la tontería de irme al campo, subirme a una torre de alta tensión y colgarme de un cable. Yo mismo curé mi herida. Muy pocas personas saben lo ocurrido e imagino que ninguna se lo cree. Mientras que otros intentos están documentados en mi historial y hubo pruebas físicas y testigos, este bien podría ser un delirio de mi mente atormentada, una escena de una de mis novelas.

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No he podido bloquear el recuerdo, así que he cerrado los ojos y me he imaginado en un banco de la estación, viendo pasar los trenes sin hacerles caso, como en la meditación de la estación de trenes de mi blog. Por fin decido levantarme y caminar por el puente, por mucha fobia que sienta no será peor que estos recuerdos. Hay mucha gente, pero consigo controlarme. Hay nubes en el cielo, negras, pero ha dejado de llover. El horizonte está bonito para una foto, pero no sé si tendré bastante luz. Hago fotos procurando no chocar, procurando que las chicas y mujeres no atraigan demasiado mi atención. He llegado hasta la mitad del puente. Decido no llegar hasta el final. Tengo un montón de fotos, algunas buenas, con eso me conformo. Un mimo está subido a un taburete, pintado de gris, tiene una flor en la mano. Sería perfecto para sacar una foto y utilizarla en algún relato o poema del desamor, pero lo dejo pasar, no quiero recordar que hace más de un año sufrí una crisis y me perdí, me perdí para siempre. No fue aquel momento, no fue solo aquel momento, toda mi vida está hecha de esos momentos. Mi pregunta es cómo sobreviví colgado de un cable de alta tensión. De haber muerto me habría evitado todo esto.

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Comienzo a ponerme fóbico. Me gustaría salir corriendo de allí, pero debo actuar como un guerrero impecable. Camino sin prisas, saco alguna foto más, no evito mirar a alguna chica o mujer más. Llego a la carretera y decido regresar por el casco histórico. Comprendo la tontería que hice anoche, el increíble rodeo que di. Tal como tenía el tobillo no se me pudo ocurrir otra cosa que ir por el camino más largo, pero me daba miedo perderme en el caso histórico. Ahora sé que rodeando la muralla me ahorraré la mitad del camino de anoche. Hago más fotos y llego a un parque. Decido sentarme y descansar un poco. Enciendo un pitillo. Ha salido el sol. Los pájaros forman una algarabía increíble. Decido grabar un archivo de audio y mandarlo a mi lucecita al otro lado del charco, por el wasape que ha estado medio muerto esta nochevieja. Llega el Groucho Marx de los vagabundos, pero esa escena ya la conté antes, es lo bueno de ser un narrador omnisciente. Llega gente que se sienta en otros bancos, pasan viandantes, pasan chicas a las que miro, mujeres a las que miro, pero sigo allí descansando. Ya he cumplido el año nuevo, no tengo nada que hacer salvo regresar al hotel y tal vez cenar por el camino si me apetece, aunque al final decido no hacerlo porque el chuletón es un señor chuletón. Si luego tengo hambre beberé un poco de la leche que me queda y una galleta. Decido ponerme en pie e ir regresando.

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