DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXVII

14 02 2016

 

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXVII

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AÑO NUEVO EN CÓRDOBA

Inicié el regreso al hotel sin ninguna prisa, desde el divorcio ese concepto ha pasado a la historia. ¿Prisa? ¿Para qué? Cuando uno se desliza hacia la muerte la prisa deja de existir, es un concepto para gente joven y vital. Por eso arrastré los pies por la acera, observando el tráfago de viandantes, la mayoría turistas, que se deslizaban como yo, sin la menor prisa. Delante de mí observé el caminar errático de un hombre curioso, alto, delgado, bigote poblado al estilo de un personaje cuyo nombre no conseguía recordar. Iba acompañado de su mujer o pareja y de lo que parecía otra pareja amiga. Se movía raro, como si estuviera borracho, pero no me lo pareció. Lo que sí tuve claro fue su duda existencial, era uno de esos personajes dubitativos que ni dan un paso para adelante, ni para atrás, ni se quedan quietos, están y no están, porque ser es, que diría José Mota. A pesar del agotamiento, de las agujetas, de la depresión de traer un triste pasado a mi memoria, me sentía libre para verlo todo con humor, con cinismo, con lo que fuera. El hombre se paró, parecía querer seguir adelante pero su mujer le indicó algo y le hizo una seña para que fuera tras ella. El hombre parecía bailar sobre un pie. Decidí que no podía arriesgarme, cuando me encuentro con una persona o un grupo de dubitativos, haga lo que haga, siempre acabo tropezando con él o con ellos. Es algo que me pasa con mucha frecuencia en los supermercados. Es muy curioso. La sabiduría del cuerpo me avisa, aunque he tardado en hacer caso. Nada más entrar a un supermercado ya sé con quién me voy a encontrar en la caja, tras de él. Haga lo que haga esa persona o personas parecen sentirse atraídas hacia mí como el hierro hacia el imán. Si tiro por un pasillo para librarme de ellos me los encuentro dando la vuelta con el carrito justo cuando llego al final. Si decido seguir el recorrido al revés que ellos da igual lo que haga, me los encontraré en cualquier pasillo, estorbando lo más que puedan, el carrito entrampado, molestando, tengo que pedirles por favor que lo retiren o dar la vuelta. Al final en cuanto decido que voy a pasar por caja, de pronto aparecen ellos tras de mí, si me cambio a otra caja resulta que se mueve poco y tengo que regresar o ellos deciden que la suya corre poco y se sitúan tras de mí.

Temo a los dubitativos más que a una tormenta con rayos y truenos y granizo. Y aquel hombre era peligroso. Me dije todo esto mientras arrastraba los pies tras de él, pensando que al final seguirían su propio paso y me dejarían atrás, pero no, parecían ralentizar sus pasos al mismo ritmo que yo arrastraba los míos. Se acabaron las tonterías, me dije, me bajé de la acera a la calzada y me alejé todo lo que pude, puse el turbo y lo pasé. Hice bien porque estaba retrocediendo al tiempo que le decía algo a su pareja, como si no estuviera de acuerdo. De haber intentado pasarlo por su espalda habría chocado conmigo y de haber intentado hacerlo por delante habría cambiado de opinión y se hubiera movido hacia delante. Casi me río en voz alta, de mi, de él, de todos, de la vida, de la muerte… ¿Qué demonios me importaba ya todo? Me alejé todo lo que pude y miré hacia atrás. El hombre al fin estaba haciendo caso a su mujer que al parecer quería tomar algo en una cafetería. Detuve el paso y saqué un par de fotos de la muralla. La acera vacía, nadie delante, nadie detrás, de pronto tuve una erupción de gases, el chuletón parecía revolverse en su tumba, sin poder evitarlo, más bien deseando no evitarlo el volcán tuvo una erupción como de trombón desafinado. Me entró la risa tonta. Volví a mirar, nadie por delante, nadie por detrás, sin daños colaterales. Me olvidé de tomar el protector de estómago antes de comer el chuletón, como me pasa casi siempre. No me quejo de la úlcera, llevo una racha aceptable, ha sido un año bastante bueno, acabo de gastar las dos recetas de Omeprazol, teniendo en cuenta que cada caja debe de tener unas veintiocho cápsulas he pasado muchos más días sin protector que con él. A veces soy un poco bruto, debería tomarlo y no lo hago, es como si quisiera tener una hemorragia y desangrarme en cualquier parte. Me muevo con parsimonia y ahora una erupción más pequeña, una réplica, a menudo me digo que podría llegar a ser instrumentista de viento en una orquesta sinfónica, un nuevo instrumento, divertido y preciso. No puedo evitar la risa. Menos mal que no hay nadie delante, nadie detrás, sin daños colaterales la guerra se convierte en un divertido bombardeo contra uno mismo.

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Miré la hora, llegaría pronto al hotel, buscaré algo interesante en la televisión o me pondré a leer una de las novelas que había comprado muy baratas en el mercadillo de Cáceres. Al día siguiente regresaré a casa, sigo sin poder llamar hogar a un lugar donde vivo solo durante un tiempo que espero sea el menor posible. A pesar de ello no veo el momento de subir al coche y ponerme en camino, sin prisa pero sin pausa. El simple hecho de poder encerrarme entre cuatro paredes, que nadie me vea y hacer lo que quiera sin dar explicaciones, tumbarme en la cama de cualquier manera, descansar, dormir y recuperarme, ya es suficiente aliciente para que piense en el día siguiente con ilusión.

No me equivoqué al elegir este camino, de haberlo hecho en Nochevieja me habría ahorrado más de la mitad del camino. No son ni las ocho cuando salgo del casco histórico y comienzo a moverme por calles que ya conozco en dirección al hotel. Están muy concurridas, la gente ha salido para estirar las piernas tras una larga celebración, una noche en la que se ha dormido poco y bebido mucho, para volver a comer en demasía. Todo el mundo necesita estirar piernas, respirar aire libre, pasear con la familia, haciendo ver que no están solos ante la sociedad, que están protegidos dentro de sus primeros círculos. Yo en cambio camino solitario como si estuviera solo en la vida, lo que no deja de ser muy cierto, arrastrando los pies como si estuviera muy cansado, con agujetas, lo que es verídicamente cierto. Vuelvo a sentirme muy cansado y tan deprimido que me dan ganas de hacer alguna tontería. Solo pensarlo y mis pies resbalan por el suelo mojado. Una mujer suelta un gritito pero yo, acostumbrado a las grandes culadas de la vida me muevo como un funambulista en lo alto del alambre y logro recuperar el equilibrio. Es curioso me basta con pensar en hacer algo malo para que las fuerzas poderosas me pongan la zancadilla, como diciéndome que si quiero caldo me van a dar dos tazas.

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Decido sentarme en un banco mojado, no me importa pillar una pulmonía o lo que sea, con tal de pillar algo. Pero sobre todo lo hago para evitar perder el control. Nada como el agotamiento físico o psíquico, o los dos, como para que la fobia se apodere de mí y me impulse a cometer todo tipo de tonterías. Curiosamente siempre tiendo a lo mismo, a mirar a las chicas, a las mujeres, a desnudarlas con el pensamiento, a imaginar sus cuerpos desnudos, a gozar mentalmente con ellas. En la próxima vida quiero ser un gigoló, si es que no lo he sido ya en alguna otra vida anterior, nacer con un cuerpo atractivo, mucha labia, descaro, desvergüenza y disfrutar del sexo hasta saciarme, que no me queden ganas de volver a las andadas, por lo menos en varias reencarnaciones. Fumo un pitillo y miro el móvil, para disimular, porque no hay nada nuevo, es muy triste depender del aburrimiento de los demás para que alguien se acuerde de ti, de que existes. En realidad debo dar gracias por estar consiguiendo perder la importancia personal sin mover un dedo, sin el menor esfuerzo.

Ya en la habitación del hotel termino el cartón de leche con unas galletas y leo hasta que la mente se descentra. La mayoría de las noches me voy a la cama como las gallinas, apenas se oculta el sol. El sueño es el mejor refugio para un alma cansada y solitaria, en él me siento a gusto, tranquilo, me olvido de angustias y de fuerzas poderosas que hacen la puñeta todos los días y a todas las horas. Por mí no volvería a despertar, tal vez deba comenzar a entrenarme en cómo morir en sueños. Si don Juan le dice a Castaneda que es posible morir en sueños, creo que voy a programarme para ver cómo puedo verme en sueños en un ataúd, ver cómo caigo desde algún lugar alto y me “esnafro”. Quien muere en sueños muere también en la realidad, le dice don Juan. Sí, sería una buna muerte, la mejor de todas. Pero esta noche no, me gustaría tener algún sueño placentero, si puede ser erótico mejor. Activo la alarma del móvil, tengo que estar junto al coche antes de las nueve, mañana es sábado, ya no es festivo y la zona azul se pone en funcionamiento a las nueve, no puedo despistarme y que me pongan una multa, ya sería el colmo.

Al día siguiente el móvil suena a la hora, tengo tiempo suficiente para ducharme y vestirme, para colocar las pocas cosas que he traído en la bolsa de viaje e ir caminando sin prisas, he decidido que desayunaré por aquí, si puedo, un zumo, un café con leche y un croissant, sino hay churros, o si tengo que irme porque no encuentro dónde aparcar, lo haré en cualquier cafetería del camino. Por un lado no quiero marcharme sin ver la mezquita, por lo menos quiero acercarme y si está cerrada ya tendré un motivo para volver. Me subo al coche, arranco y de pronto ya sé lo que me espera. Estoy buscando un parking por el casco histórico, concretamente uno que se llamaba así, parking mezquita y que estaba muy cerca, pero me pierdo una y otra vez, calles de dirección prohibida, vueltas y revueltas. Cuando un día comienza así ya sé que lo mejor es salir pitando y meterme en la cama en cuanto pueda.

Me pongo cabezón, quiero ver por lo menos si está abierta. Mal asunto, cuando me pongo así me pueda pasar cualquier cosa, siempre mala. Desesperado decido buscar el camino de salida, no quiero dar más vueltas de las que ya he dado. Comeré por el camino, bien, para compensar el agotamiento y que todo saliera peor de lo que esperaba. Pero al pasar por la estación de tren veo un letrero de parking, sin saber por qué mis manos han dado un volantazo y me encuentro entrando en el parking, ha sido automático. No sé por qué lo he hecho cuando ya estaba decidido a regresar. Bueno, ahora solo me queda encontrar la mezquita desde aquí, y comienzo de nuevo a dar vueltas y a recorrer el doble o el triple de camino del que debería si fuera en línea recta. Está bien, acepto que esta será una mañana mala, me lo tomaré con calma. Mientras camino, no sé muy bien hacia donde, hago fotos de rotondas, parques y calles más modernas, ya tengo bastantes del casco histórico.

Para mi sorpresa la lucecita del otro lado del charco se comunica por “wasape” es una sorpresa y una alegría. Le mando algunas fotos. Descanso en un parque, sigo estando muy cansado a pesar de haber dormido bien anoche. Me desespero al ver que no acabo de situarme, sé que es inútil, cuando estoy mal y cuando las cosas comienzan a salir mal, una tras otra, es señal de que las fuerzas poderosas quieren hacerme alguna jugarreta. Consigo llegar cerca de la mezquita a una hora prudencial. Y entonces ocurre lo que estaba esperando…

EL TIMO DE LA BUENAVENTURA Y EL MAL DE OJO

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Las fuerzas poderosas han decidido darme un susto de muerte y a fe que lo han conseguido. Una mujer me ha jalado, como diría don Juan, y de pronto me encuentro ante una gitana de edad más bien madura. Lleva en su mano una hierba que me huele a romero. Lo primero que pienso es que quiere sacarme unas monedas y llevo la mano al bolsillo del pantalón donde tengo el monedero. Corro la cremallera y me dispongo a buscar un euro para dejarla contenta y poder seguir mi camino. Pero ella no me deja, noto que me aferra con una fuerza extraordinaria, no es una fuerza física, es energía, el poder de que habla don Juan. Cuando habla de mal de ojo y buenaventura noto un fuerte impacto en el plexo solar. Todo me llega a la cabeza con una fuerza infernal. Soy un guerrero que acaba de ser arrojado al lado izquierdo, al que don Juan le acaba de dar un fuerte golpe en la espalda y le ha situado en un estado alterado de conciencia.

Ocurrió hace años, muchos, cuando estaba pasando una de las épocas más delirantes de mi larga carrera de delirante. El tercer ojo me estaba destrozando, la depresión me había hundido en el abismo. Las voces no me dejaban en paz, constantemente me llegaban cosas a la cabeza que yo consideraba premoniciones. Ahora sé que no estaba muy equivocado porque muchas de ellas se realizaron, no exactamente, con todo detalle, pero sí en lo esencial. Una de estas visiones o delirios, que se convirtió en una manía obsesivo-compulsiva, en un bucle del que no podía librarme (hasta el punto de que se lo comenté a mi esposa, para ver si de esta manera, sacándolo al exterior, perdía fuerza) fue una escena que se repetía una y otra vez. No tenía el menor sentido, era una estupidez, una jugarreta de mi fantasía.

En ella yo me encontraba con un par de mujeres que me decían que sufría el mal de ojo. Unas veces eran mujeres normales pero se fueron transformando en mujeres de raza gitana y ya no pude con ellas. En aquel tiempo ni siquiera era previsible que viniéramos a la Mancha, de todos los lugares de España a donde podríamos ir, la tierra de Don Quijote era la menos previsible para mí. Soy hombre de montaña, no me gustan las llanuras, y menos si no son verdes, y menos si en verano hace un calor terrible. Siempre había querido visitar la tierra de Don Quijote, al menos desde que leyera por primera vez la célebre novela, pero nunca en verano y solo unos días, los suficientes para hacer el recorrido principal. Sin embargo esta escena, que me llegaba una y otra vez a la cabeza, y que luego se transformaría en un sueño, mejor dicho, en una pesadilla terrible, parecía situarse en la Mancha.

Lo peor de esta visión no es que fuera tan insistente, tan agobiante, que estuviera relacionada con el mal de ojo, algo que yo sabía era bastante común por la Mancha y Andalucía, y que a mí no me afectaba mucho porque ya había leído el libro rosacruz “Envenenamiento mental” y sabía muy bien del poder de la sugestión y de cómo la magia negra no es otra cosa que colarse en el subconsciente de la víctima y dejar allí el huevo del dragón, digámoslo de una manera plástica, lo peor de todo era lo que venía con ella. Cuando me encontraba con estas dos mujeres gitanas yo estaba separado o divorciado, o lo que fuera, mi relación de pareja se había roto. Era esto lo que me desquiciaba porque ya llovía sobre mojado.

Esa era una de las obsesiones más terribles de mi vida que me venía acompañando desde hacía ya mucho tiempo. Cuando ella y yo nos hicimos novios, tras unos difíciles años de tanteos en los que terminé por darme por vencido y justo cuando lo hice todo cambió, me llegó a la cabeza una escena premonitoria que no podía quitarme de encima, hiciera lo que hiciera. Ya antes ocurrió algo que marcaría mi vida. Entonces vivía con mi madre en un piso de alquiler, bastante cutre, por cierto, y en el salón de aquel cuchitril sufriría una de las premoniciones más trágicas de mi vida. De pronto supe que mi sobrino mayor iba a morir y aquello no fue una de esas imaginaciones oscuras que nos asaltan a veces, como un pájaro de mal agüero, como un cuervo que grazna sobre nuestras cabezas a todas horas. Aquella visión, que se cumpliría años más tarde, de una forma que me destrozó por dentro, y contra la que luché con todo lo que tenía a mano, incluso comentándoselo directamente a mi hermana tras un sueño demoledor, vino acompañada de una serie de visiones que narraré extensa y profundamente en el “alter ego” oscuro de este diario, en El gran secreto.

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Fue una época trágica y maldita para mí, infernal. Comenzó con aquel sueño que me desequilibró totalmente y que junto con el resto de las visiones acabaría haciendo de mi “el loco de León”. En el sueño me acercaba a la iglesia que está en el Paseo de la Facultad . Subía las escaleras y me llamaba la atención una esquela en la puerta. Al leerla sentí una terrible angustia y me desperté. Mi buena amiga B, una amiga muy querida, a la que llegué a tirar los tejos puesto que los dos estábamos solteros y no me importó que fuera bastante mayor que yo, sufría un ataque al corazón y fallecía. En esa iglesia se celebraba el funeral. Y en efecto, tres meses más tarde falleció y yo estuve en su funeral en esa iglesia.

Mi sobrino fallecía en un accidente de tráfico, como así ocurrió años más tarde, sin que yo pudiera evitarlo a pesar de saberlo con tanta antelación. Supe que C. y P. se acabarían divorciando como así ocurrió, y al vivirlo en mi mente me pareció que ella me recriminaba que pudiera sentir una alegría morbosa, en respuesta me dijo que yo también acabaría dirvorciándome. Teniendo en cuenta que entonces ni siquiera estaba casado, aquello me pareció un delirio bastante estúpido de mi mente. Pero no fue solo aquello. La mujer de un profesional falleció en accidente de tráfico en una carretera de montaña. Yo lo había visto en un sueño y sufrí mucho. Cuando le comenté a B. lo que había visto, su funeral en la iglesia, ella me respondió con una entereza que me asombró, que también había tenido aquel sueño y que dada la condición de su corazón nunca había esperado vivir mucho tiempo. Me planteé decirle al profesional lo que le iba a ocurrir a su esposa, pero no me atreví, iba a pensar que estaba loco, algo que por otro lado él y todo el mundo pensó cuando me convertí en el “loco de León” y sobre todo cuando ocurrió lo que yo había visto en mi sueño. Aquello me afectó tanto y tan terriblemente que ya nunca pude comportarme con naturalidad con aquel pobre hombre que tampoco volvió a ser el mismo.

Fue una etapa espantosa en mi vida. La muerte de B., la muerte de mi sobrino, la muerte de la esposa de aquel profesional al que veía todos los días, y por si fuera poco la muerte de un compañero al que apreciaba mucho, ya en pleno delirio del loco de León. En un periodo de pocos años tuve más de una docena de visiones o premoniciones que se cumplieron al poco tiempo, más o menos la mitad de ellas, y al cabo de algunos años, bastantes, las otras. No todas eran malas pero todas me sacudían como si el cuerpo despertara, como si su sabiduría le hiciera sufrir un impacto del que no podría recuperarse. El que aquel hombre viniera a nuestro juzgado y al hacer las presentaciones yo sintiera un shock inexplicable fue una de las experiencias premonitorias más indubitables de mi vida, y sin embargo fue la que menos influyó en ella de forma concreta y palpable, algo que mantuve oculto como con otras muchas experiencias. Al cabo de los años, de una forma impredecible, casi milagrosa, aquel hombre alcanzaría una jerarquía muy alta en el organigrama de poder de nuestro país. Entre muertes, divorcios, y todo tipo de extrañas visiones que con el tiempo resultaron no ser tan delirantes como me parecieron, no es de extrañar que acabara perdiendo la cabeza, la chaveta. Cuando al fin me casé no pude librarme ya nunca de aquellas visiones. Antes de la boda le regalé a la que sería mi esposa una cinta grabada con la música de “Érase una vez en América” de Morricone, que me había afectado tanto al ver la película, especialmente aquella escena en la que De Niro parece presentir el final que tendrá su relación con aquella preciosa chica, mientras suena la música de la canción “Amapola, lindísima amapola…” Durante unos meses yo viví mi divorcio veinticinco años antes de que ocurriera, aquello era inevitable, acabaría por ocurrir, hiciera lo que hiciera. En realidad, ahora, al cabo del tiempo, sé que no era algo inevitable, que todo pudo ser distinto, que el futuro nunca está escrito, lo escribimos nosotros. Pero no deja de ser cierto que cuando hay nubes negras en el cielo es más fácil que llueva que no que salga el sol. A etapa de mi vida en la que creí a pies juntillas que el futuro no se podía cambiar y que por lo tanto todo lo que había visto en mis premoniciones, todo lo que vería, se iba a cumplir irremediablemente, fue uno de los periodos más angustiosos de mi vida, algo que luego vería reflejado de alguna manera en la novela de ciencia ficción de Robert Silverberg, El hombre estocástico. Por suerte todo pasa y no hay mal que dure mil años, fue un trabajo lento, concienzudo pero al fin logré convencerme de que no era así, de que el futuro se podía cambiar, era como una cuartilla en blanco en la que uno escribía lo que le parecía oportuno, tanto lo bueno como lo malo. Pero fueron determinadas experiencias las que me acabaron de convencer de que el futuro se podía cambiar, de no ser así yo estaría muerto. Nunca entenderé a los que se precian de videntes, lo publican y encima ganan dinero con ello. Cuando se sufre lo que yo sufrí solo se desea que ese don maldito, infernal, sea arrebatado cuanto antes por los dioses y a cambio se conceda la bucólica y apacible ignorancia de pastorear un rebaño de ovejas en la montaña, ayudado por un juguetón y cariñoso perro pastor. Hubiera cambiado buena parte de mi vida por no poseer ese don maldito. Me temo que algunos, tal vez muchos enfermos mentales, sufrimos de ese o de otro don de los dioses, que ciegan a los que quieren perder, como creo que dijo Homero, o más bien dan un tercer ojo a quienes quieren arrojar al infierno. Fue por entonces cuando sufrí el delirio más creativo, novelístico y complejo de mi vida. Yo lo califico de la cumbre de mi locura, del Everest del Loco de León, desde semejante cumbre la vida se transforma en ese prodigio de terror que es la vida del ser humano, según don Juan Mathus. Una pequeña parte de ese delirio lo cuento, muy novelado, en la novela El loco de Ciudadfría. Hubiera preferido cualquier cosa antes de pasar por eso, morir en alguno de mis intentos de suicidio, no llegar a conocer nunca el amor, no llegar a casarme con la mujer que el destino condenó a llevar tan pesada carga, no llegar a tener la maravillosa hija que tuve, cualquier cosa antes que aquello. Ahora entiendo muy bien lo que dicen algunos gurús sobre el ascenso de la kundalini y la actitud del adepto, que debe renunciar de forma absoluta a los poderes mentales que a veces se generan al abrir los chakras, con el ascenso de la kundalini, la serpiente enroscada desde el chakra raía hasta el corona. ¿De qué sirve realmente la telepatía, la telequinesia, la videncia? De nada, absolutamente de nada, salvo para sufrir inútilmente. Nada cambia, nada se puede cambiar, nada nos hace más liviano el camino, al contrario, todo se complica, se sufre como un condenado y para nada, absolutamente para nada. Son los dones de la caja de Pandora, de ella solo salen demonios dispuestos a devorar tu consciencia.

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Cuando aquella gitana madura me apresó en su abrazo mortal todo aquello me vino a la cabeza. Muertes, divorcios, visiones apocalípticas sobre el futuro de la humanidad, accidentes espantosos, actos brutales de terrorismo, visiones morbosas sobre ciertas intimidades de la gente de mi entorno…Pero sobre todo recordé con gran claridad el sueño y la obsesión que me había producido, años antes, la certeza de que en el futuro me encontraría con dos mujeres, de raza gitana al parecer, que me dirían precisamente lo que estaban a punto de decirme, que tenía el mal de ojo, que me iban a leer las palmas de las manos, que me iban a echar la buenaventura… Sentí un terrible golpe en la cabeza, un shock espantoso, porque todo, absolutamente todo me vino a la cabeza en aquel momento. ¡Así que era esto lo que me estaban preparando las fuerzas poderosas! Debí haberme marchado aquella mañana, cuando todo me salía mal, cuando me perdía y tenía los nervios de punta. Fue una cabezonería, típica en mí, el que decidir que vería la mezquita precisamente aquella mañana, cuando bien podría volver en otra ocasión y disfrutar de la ciudad sin tanta caminata agotadora. Todo mi pasado me esperaba allí, al lado de la mezquita, en una mañana soleada, con mucha gente, mucho turista paseando por allí. De pronto toda la rutina y la soledad y la Nochevieja pasaron a un segundo plano y mi pasado vino hasta mí como un demonio dispuesto a llevarme al infierno contra mi voluntad.

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