RELATOS DEL OTRO LADO (UN ENFERMO BIPOLAR) V

19 02 2016

UN ENFERMO BIPOLAR V

Como narrador omnisciente puedo remontarme en el tiempo y comparar experiencias. Aquel fue mi primer contacto con un enfermo bipolar, ni siquiera conocía que existiera ese término. Las etiquetas en psiquiatría duran menos que una piruleta a la puerta de un colegio, según sople el viento sobre las cabezas de los grandes sabios en esta materia, hoy te puedes acostar siendo un bipolar y mañana, según las listas de la OMS (La organización mundial de la salud) te levantas padeciendo un trastorno biocinético compulsivo o el síndrome del “tonto-laba” o el que corresponda. No voy a ser muy sádico con ellos, les entiendo, los pobres se enfrentan a una enfermedad que no es visible, ni siquiera al microscopio electrónico (tal vez dentro de poco descubran qué parte del cerebro está dañada, los tiempos adelantan que es una barbaridad) y cuando no hay materia que palpar, que diseccionar, que echar en la probeta a que cuezca, todo el mundo anda desorientado.

Con el tiempo llegaría a conocer otros enfermos bipolares y debo decir que tal vez pueda estar distorsionando un poco los hechos, al fin y al cabo han pasado muchos años y solo me queda el recuerdo, aún así debo decir que un bipolar en fase alta o hipomaniaca no se diferencia en exceso de lo que estoy contando de este viejo amigo de desgracias con el que compartí un tiempo en la cárcel del alma o psiquiátrico. Como solíamos decir en mi juventud, a ese hay que echarle de comer aparte. En efecto a un bipolar en fase hipomaniaca hay que echarle de comer aparte, es decir que su ritmo nada tiene que ver con el nuestro. Por suerte para mí todos los bipolares que he ido conociendo con el tiempo han sido excelentes personas y buenos amigos, creo que es fácil ser amigo de un bipolar si tienes paciencia y sabes qué le pasa cuando se pone a ir de acá para allá. Ahora mismo entre mis mejores amigos están G. y L. No voy a dar más datos de L porque seguro que me va a leer, baste con decir que, en broma y muy afectuosamente, yo la llamo el ciclón de V. y no digo más. G. no es muy propenso a los periodos hipomaniacos, pero cuando entra en ellos también tiene su aquél, aunque no se mueva tanto como el ciclón de V.

No recuerdo cómo dormí aquella noche, pero imagino que muy bien, no en vano la medicación puede derrumbar a un caballo y hacer que se doblen sus cuatro patas. Al día siguiente, aunque bien pudiera ser el siguiente del siguiente – porque en un psiquiátrico no existe el tiempo y la memoria no da para tanto, aunque fueran menos los años transcurridos- tuve que pasar por la batería de preguntas que los psiquiatras llaman test y yo prefiero llamar “cómo no enterarse de nada haciendo muchas preguntas”. Sí, no voy a negar que quienes hicieron los test eran personas muy sabias, enjundiosas, meticulosas y por supuesto muy trapaceras, porque de otra manera serían incapaces de descubrir tu patología oculta ya que tratarías de enmascararla por todos los medios posibles, pero una persona es una persona, no una estadística, o un número matemático o un lapsus lingúe o un lapsus mentalis. A una persona se la conoce cuando te vinculas a ella afectivamente y decides que la mejor forma de conocerla es desnudar tu alma para que ella desnude la suya y así se pueda ir por la vida en plan nudista, sin los vestidos que ocultan todo, sobre todo nuestras vergüenzas.

Aquella sería la primera psiquiatra que no se mojó al diagnosticarme. En el informe que aún obra en mi poder se califica mi patología como trastorno de la personalidad indefinido. Mi primer diagnóstico fue “psicosis maniaco depresiva”, algo que me sonó muy fuerte, muy mal, porque yo había visto la película “Psicosis” del maestro, como todos ustedes. Luego me comentaron que en aquella época ponían esa etiqueta tan llamativa a lo que hoy sería un depresivo normal y corriente, con una depresión endógena de caballo o también se le podría equiparar a un bipolar, pongamos por caso. Todo iba bien hasta que hace unos días, buscando enfermos mentales para la serie de mi blog “locos egregios” o “locos famosos” (el primero es una copia descarada del libro de Vallejo Nájera) me encontré con Louis Althuser, un filósofo francés del que se habla en la biografía de Michael Foucault, el conocido filósofo francés, escrito por James Millar, que estoy leyendo ahora, lo mismo que alguna de las obras de este filósofo, homosexual confeso, con una vida extraña, que yo calificaría de enfermo mental y que acabó muriendo del SIDA tal vez por su forma de vivir, siempre al límite, con mucho riesgo. He comenzado a leer su historia de la locura, que me parece muy interesante, me he informado sobre Althuser, que al parecer llegó a ser su profesor en La escuela normal superior de Paris de la que tantas lumbreras salieron, y he descubierto que fue uno de esos enfermos mentales que dan miedo, terminó ahogando a su esposa, la tomó del cuello y apretó. Según me he informado existe una polémica respecto a si la asesinó y luego intentó salir irresponsable alegando locura o realmente fue uno de esos enfermos con patologías tan agudas y tan mal tratados y poco cuidados, sin una buena terapia, que terminan haciendo alguna auténtica locura en su delirio. Pues bien, al parecer Althuser fue diagnosticado en su momento, de eso hace ya muchos, muchos años, de psicosis maniaco depresiva.

No he podido evitar que mis pocos pelos se pusieran de punta. Si Althuser fue un psicótico maniaco depresivo y acabó matando a su mujer, yo, que fui diagnosticado de la misma patología, ¿debo considerar que soy un enfermo mental grave y debo tener mucho cuidadito con mis fantasías, imaginaciones e ideas tétricas? Sinceramente todo esto me parece una tomadura de pelo. Al parecer al maniaco depresivo ahora se le llama bipolar y desconozco si la psicosis maniaco depresiva ha sido borrada de la lista de la OMS de enfermedades mentales y sustituida por bipolar. No he querido liarme mirando en Google todos los cambios de etiqueta sufridos por las enfermedades mentales, por la cuenta que me trae.

Sí recuerdo bien que tras aquel episodio trágico, tragi-cómico, o como cada cual lo califique, mi amigo y hermano se sintió muy afectado y dejó de seguirme a todas partes, al menos durante un tiempo, aunque solo fueran unas horas. Tal vez  mi entrevista con la doctora fuera unos días después, como narrador omnisciente que soy he decidido situarlo justo a la mañana siguiente del episodio relatado en el capítulo anterior, aunque puede que no ocurriera así, la memoria nos juega malas pasadas, a veces buenas y a veces ni sabe ni contesta.

LA HERMOSA DOCTORA DE LOS TESTS

Recuerdo cómo me sentía, muy afectado por el episodio tantas veces ya repetido y machacado, recuerdo que estaba harto, saturado de mi estancia en aquél psiquiátrico, recuerdo que me juraba que nunca volvería a ingresar, ni allí ni en otra parte, que se iban a terminar para siempre las pastillas, la medicación, las conversaciones con los psiquiatras, los tests, que se iba a terminar todo, puede que no lo consiguiera y mi siguiente estancia sería en el cementerio, pero ya no podía soportarlo más, se estaba fraguando la decisión que me llevaría a romper con mi pasado y a convertirme en un enfermo mental nuevo, sin medicación, sin psiquiatras, sin estancias en psiquiátricos, un enfermo mental que se apoyaría exclusivamente en el yoga mental y en su fuerza de voluntad, en “mis santos huevos”, por decirlo mal y pronto, con esa forma de hablar tan faltona que reconozco he tenido muchas veces en mis crisis.

Con estos antecedentes entrar al despacho de la doctora para contestar a montones de preguntas, trescientas, cuatrocientas, mil, millones, trillones de preguntas, no era el mejor momento, no podía salir bien, como no salió. Mi memoria no es visual y entonces no existían los móviles para sacarle una foto a la doctora, y aunque hubieran existido me los habrían recogido al ingresar, como hacen ahora, por eso solo puedo basarme en la sensación, esa sensación que nunca me engaña cuando veo a una mujer hermosa. Creo recordar que debí echarle unos treintaytantos, no creo que llegara a los cuarenta. No puedo recordar a estas alturas si era rubia o morena, tal vez teñida. Sí recuerdo el detalle de que su melena era media melena, es decir no le llegaba a los hombros. También recuerdo que su cara me pareció muy hermosa, de rasgos suaves, no diría que angelical pero sí sensual. Pero sobre todo lo que llamó mi atención fueron sus pechos, hermosos, rotundos, perfectos, llamativos, turgiendo desde un jersey, tal vez de cachemir, muy ajustado.

No recordaría su nombre si no apareciera en el informe. Se llamaba Carmen y me gustó tanto que no pude controlarme. Para que los lectores tuvieran una idea cabal de lo que para mí significaban los pechos de las señoras en aquel momento de mi vida personal y como enfermo mental, tendría que remontarme a otros momentos  que relataré en el Gran secreto de mi diario de un enfermo mental. Que a un hombre le gusten los pechos femeninos no es un delito… al menos que yo sepa, que eso no le impida ser discreto, es lo normal; que algunos hombres, tal vez más de los que acepten reconocerlo, acostumbren a desnudar mentalmente a la mujer que acaban de conocer, que están conociendo, no deja de ser un efecto bastante natural de la libido, la lujuria, el deseo carnal, o como quieran llamarlo. Que esto suene a machismo del malo en estos tiempos, es posible, aunque si uno disimula, es discreto, y la mujer no lo nota en exceso, podría ser perfectamente aceptable. Pues bien, conductas que en personas normales son naturales y perfectamente aceptadas, en un loco son un signo más de su locura, porque uno de los más graves problemas que tenemos los locos es que disimulamos mal, somos pésimos hipócritas, malísimos sepulcros blanqueados, nos descontrolamos y se nos nota todo, absolutamente todo.

Recuerdo que una de las primeras ocasiones en las que utilicé mi deseo carnal por los pechos femeninos como un arma arrojadiza, como una piedra tirada a la cabeza de la otra persona, fue tras una terrible discusión con mi madre. Recuerdo muy bien que ella quiso que habláramos y me llevó hasta el saloncito cutre de nuestro piso de alquiler, cutre, sucio, viejo y poca cosa. Allí me pidió que me sentara en el sofá y se puso muy seria, como fuera una ocasión solemne, casi trágica. Quería pedirme que renunciara a casarme con mi novia, con la que luego sería mi esposa, con la que luego sería mi “ex esposa”. Las razones alegadas eran terminantes para ella, era una mujer divorciada, tenía un hijo… y además era enfermera, algo así como la profesión ideal para que una mujer de aquella época fuera considerada ligera de cascos. Para mi madre casarse con una divorciada era un pecado gravísimo, para quienes se sorprendan ahora, que recuerden ciertas manifestaciones en los medios de comunicación, de obispos o del mismo Papa respecto a los divorciados. Ya no serán excomulgados (¡loado sea Dios!). En aquella época, recién salidos del franquismo, en plena transición, recién aprobada la ley del divorcio, las separadas y divorciadas eran anatemizadas socialmente, eran consideradas más putas que las gallinas, digámoslo así, en lenguaje vulgar, coloquial, obsceno, en un lenguaje que hace vomitar pero que se empleaba antes y se emplea ahora. Una separada o divorciada era lo peor de lo peor, la creme de la creme de aquella época. Porque los hombres separados o divorciados, y más si eran unos don juanes, si se “tiraban a todo lo que se moviera”, si tenían amantes y todas estaban muy buenas… entonces eso era otra cosa, muy diferente…¡ya lo creo!

Pues bien, para mi madre era inaceptable que yo, un joven educado en un colegio religioso, que en su tiempo fue para fraile y sacerdote, ahora le dijera que le importaba un pito que alguien estuviera divorciado o no, yo había dejado de lado mis creencias religiosas católicas y andaba en coqueteos con el esoterismo, los rosacruces, el budismo, el zen y un montón de cosas más. Que no, madre, que no, que para mí el que ella esté divorciada no significa nada, no es importante, yo la amo, estoy enamorado de ella y punto. De punto nada, no quiero que te cases con una divorciada, ¡qué van a decir en el pueblo, qué va a decir el resto de la familia! Y punto. Además tiene un hijo que no es tuyo. Que ya lo sé madre, que no me importa, que le querré como a un hijo, que para mí la sangre no es más que sangre, lo que cuenta es el afecto. Se echó a llorar, no podía soportar la tensión. ¡Tanto como hice por ti! Me recordó el sacrificio que les supuso dejarme ir interno al colegio religioso, y cuando estuve a punto de morir de anemia, los filetes de hígado que me compraba y el ponche con jerez y… Yo estaba ya muy harto, hartísimo, pero cuando me dijo que se habían informado de la vecina, que trabajaba en el hospital como costurera y que según ella había escuchado, no solo a sus compañeras, sino al parecer a ella, comentar cosas sobre sexo y cómo muchas se acostaban con médicos y aquello parecía, según ella, la costurera, Sodoma y Gomorra, la depravación más grande que jamás se viera, y por lo tanto no podía casarme con una mujer que me iba a poner los cuernos siempre que quisiera, a mí que era un pazguato, un tonto, buena persona, eso sí, pero tonto hasta decir basta, no se atrevió a llamarme loco porque sabía de mis cóleras. Según le dije hacía más caso a una vecina cotilla, costurera en un hospital, solterona avinagrada y demás que yo sabía porque la conocía, que a su hijo que llevaba tiempo con una mujer a la que quería, con la que había hablado mucho y que no era tan tonto, como ella pensaba, como para no darse cuenta de que era una maravillosa mujer, una buena persona, que había sufrido mucho, que intentaba salir adelante en una sociedad gazmoña, estúpida, recién salida del franquismo, donde la religión le salía a uno por las orejas, una religión sin sentido, dogmática, dictatorial. Que nada de lo que ella me dijera me importaba, que no iba a hacer caso a una mierdecilla de persona, a una vecina cotilla, solterona, avinagrada. Que ya estaba bien de tonterías, que yo no pensaba como ella, como ellos, que yo era un hombre culto, inteligente, que me dejara en paz con esas monsergas.

Pero no me dejó, insistió y terminé por perder los estribos. Para evitar darle un sopapo, algo imperdonable (incluso en una persona que intentaba chantajearme con su condición de madre para que renunciara al amor de mi vida, para renunciar a todo, solo por el qué dirán de cuatro payasos en el pueblo, del resto de la familia, personas con poca cultura, de pueblo, que vivían la religión como una costumbre ancestral que era preciso respetar a cualquier precio) hice algo que sería muy largo de explicar, por eso lo dejo para el Gran secreto de mi diario. Miré sus pechos como si estuviera en toplés, como si en lugar de ser mi madre fuera una desconocida, la vecina. Era rabia no lujuria, era cólera brutal, no deseo. La desconcerté por completo, no se lo podía creer, finalmente, cuando se lo creyó, se echó a reír, era una risa malvada, de bruja, era algo espantoso, como si en lugar de tratarse de mi madre fuera una bruja del bosque del cuento de hadas, del tonto de capirote y la bruja malvada. Finalmente se calmó, nos calmamos, insistió por última vez. ¿No vas a dejarla? No, y si insistes, si me pones entre la espada y la pared, si me obligas a elegir entre ella y tú, que sepas que la elegiré a ella, no tengo la menor duda.

Sigo estando orgulloso de mí, de lo que hice. A pesar de ser un enfermo mental, a pesar de estar ya en la etapa del loco de León, a pesar del pánico que sentía a perder los estribos, de montar en cólera, tuve la frialdad de actuar como actué, de utilizar la herramienta de los pechos para tirarle a la cara que nunca, jamás, le haría caso. Me costó Dios y ayuda, me desgarré por dentro, pero lo tenía claro, siempre lo he tenido claro, aún ahora, divorciado y solo, aunque supiera que la vida me hubiera ido mejor de no haberme casado con ella, lo habría hecho sin dudar.

No es de extrañar que ahora, enfrentado a Carmen, a la doctora, que deseaba hacerme una batería de tests para diagnosticar mi enfermedad mental, me dejara llevar también por esa conducta, que nadie jamás ha comprendido pero que yo sigo comprendiendo muy bien, y utilizara los pechos de Carmen como un instrumento para hacer daño, como una pedrada en la cabeza. Sabía que si decía “NO” me retendrían más tiempo, me aumentarían la medicación, tal vez me ataran con correas. Quienes no han vivido nunca una experiencia de este tipo en un psiquiátrico no pueden saber lo que se puede llegar a hacer para evitarlas, mentir, manipular, engañar, decir verdades a medias, perder la dignidad… Todo sirve para alcanzar el objetivo de librarse de una reclusión mayor a muerte en un centro psiquiátrico. Además los pechos de Carmen eran preciosos, rotundos, llamativos, una delicia. Mataré dos pájaros de un tiro, me dije, dejaré bien claro que sus tests me parecen una mierda, que lo hago por lo que lo hago, porque no tengo otro remedio, y al mismo tiempo disfrutaré de esa delicia que me está volviendo loco.

Pero aquella era una mujer de carácter, de armas tomar, no se dejaría impresionar por un loco de tres al cuarto que pretendía amedrentarla.

Continuará.

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