DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXVIII

24 02 2016

 

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXVIII

AÑO NUEVO EN CÓRDOBA

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Tras el divorcio mi concepto de la vida ha cambiado radicalmente, no es que ahora piense de forma diametralmente diferente a como pensaba antes, lo que ha ocurrido es sencillamente que al perderlo todo ha dejado de importarme lo que la vida quiera hacer conmigo. Es por eso que contar lo que estoy contando no me supone el menor esfuerzo, angustia, ni cualquier otro sentimiento que puedan tener los vivos, porque yo ya no me considero un ser vivo, sino un muerto a quien se le ha aplazado un poco la muerte, como al hipotecado se le puede aplazar los plazos de la hipoteca que le quedan por pagar. Es lo que pensaba hacer antes de mi muerte, no sé si un día antes, cuando los médicos me dijeran que iba a entrar en agonía, o unos meses antes, cuando mi deterioro fuera evidente y la muerte estuviera a la vuelta de la esquina, o si dejaría escrito todo lo que deseara que se publicara tras mi muerte, como una obra póstuma, al estilo de Kafka, pero confiando en que quienes se encontraran mis escritos no los quemaran, al contrario del amigo y albacea de Kafka, Max Brod, quien decidió salvarlos contra la voluntad del mismísimo Frank, posiblemente otro enfermo mental como yo, a quien, que yo sepa no le fue diagnosticada ninguna enfermedad mental concreta.

Por suerte las ciencias avanzan que es una barbaridad y lo que antes de que apareciera Internet sería una apuesta contra el viento, contra el ciclón, el terremoto o el maremoto, ahora es algo tan sencillo como decidir subir los textos a tu blog de Internet y dejarlos allí para que los lea quien quiera. Eso habría hecho, un tiempo prudencial antes de mi previsible muerte, antes de divorciarme, es lo que tenía pensado y programado, pero ahora el divorcio lo ha cambiado todo. No tengo que esperar a estar en las últimas para subir los textos a mi blog, ni tengo por qué callar ni ocultar nada, ni una imagen que conservar, como el político de turno acusado de corrupción, ni me preocupa el qué dirán o dejarán de decir, ni creo que lo que vaya a decir me volverá aún más loco de lo que siempre estuve a los ojos de las personas de mi entorno. No, nada de lo que diga o haga empeorará lo más mínimo mi vida, al contrario, el sentimiento de libertad que me concede el decir ahora todo lo que realmente pienso, en mostrarme ahora tal como realmente soy y no como la sociedad o las diferentes personas de mis entornos vitales querían, es algo casi mágico, una sensación de libertad como no había conocido nunca antes.

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Si hasta ahora no lo había hecho no es porque mis ideas hayan cambiado sino sencillamente porque antes pensaba en la familia, los amigos, el entorno, la sociedad… pensaba hasta en San Pito Pato en los altares, ahora no tengo que pensar en seres queridos puesto que no los tengo, ni en amigos, porque mis únicos amigos son enfermos mentales como yo, ni en el entorno, que le den al entorno, ni en la sociedad, que le den a la sociedad lo que se merece y si puede ser lo mismo que me ha dado a mí, desprecio, marginación, insultos, etc etc. No tengo que preocuparme de las vidas de los demás puesto que los demás no se preocupan de mi vida y como guerrero impecable que soy ahora no adelanto acontecimientos, ni diseño estrategias basadas en premisas falsas, tales como que somos inmortales y vamos a vivir durante toda la eternidad o que nos van a querer para siempre o nosotros vamos a querer para siempre, tales como que si soy políticamente correcto las cosas me van a ir mejor que si no lo soy, que si soy muy bueno, comedido y discreto, no moriré solo o me respetarán las enfermedades físicas, ya que no me han respetado las mentales, o de que alguien, en alguna parte se va a rasgar sus preciosas vestiduras y quedar en pelota picada. No, seamos claros, yo no tengo nada que perder porque lo he perdido todo, no tengo nada que ocultar puesto que mi imagen ha sido siempre la de un loco y no quiero mejorarla, ahora menos que nunca. Por lo tanto puedo escribir este diario aquí y ahora y subirlo a Internet y que lo lea quien quiera y que no lo lea quien no quiera leerlo. Y por supuesto, no tengo el menor problema en confesar sin la menor vergüenza que lo que cuento en él es real como la vida misma, no es ficción, no es una de mis novelas delirantes, no es una extraña pieza literaria, mezcla de realidad y ficción, no voy a poner en el frontispicio la famosa frase de “nada de lo que aquí se dice es cierto y si coincidiera con alguna realidad concreta sería pura coincidencia y cualquier persona real que se sienta aludida no tiene razón puesto que los personajes son todos ficticios y creados por mi delirante imaginación”.

No, todo lo que cuento es real y ha ocurrido, aunque está contado desde mi perspectiva y como bien saben todo es del color del cristal con que se mira. Solo me he puesto como límites el derecho al honor e intimidad de las personas que salen en el diario, por eso muchas aparecen solo con iniciales y no pueden ser identificadas salvo por personas que me conozcan y las conozcan. Como no puedo separar con un bisturí lo que es mi vida de lo que es la vida de las personas que me han conocido o convivido conmigo, mi criterio al respecto es claro: no puedo renunciar a contar mi vida o mi pasado porque en ese pasado existieran determinadas personas, teniendo en cuenta que casi todo lo que me ha ocurrido en la vida no me ha ocurrido exclusivamente a mí, sino a familiares, personas queridas, amigos, entorno social, etc si no pudiera hablar de mi vida salvo cuando he estado absolutamente solo y de cosas que solo y exclusivamente me afectaran a mí, tendría que renunciar al noventa por ciento de mi vida, como no estoy dispuesto a hacerlo en este diario hablaré de mi vida y mi pasado y procuraré no hablar o mencionar a otras personas salvo que fuere estrictamente imprescindible para contar lo que me ocurrió a mí. Todo este preámbulo viene a cuento porque lo que voy a contar se las trae. Hasta ahora los lectores de este diario podrán haber pensado que al fin y al cabo se trata de un texto escrito por un autor que se caracteriza por las historias delirantes que cuenta como escritor de ficción y que por lo tanto este diario podría ser una especie de novela encubierta. Solo así se explicarían los delirios del tercer ojo y otras experiencias que resultan difíciles de aceptar y asimilar para la mayoría de los lectores, de las personas “normales”. Pues bien, yo no lo soy, yo no soy normal y no tengo que contar cosas “normales”. Las cosas que le han ocurrido a mi cuerpo físico son tan reales como las cosas que les ocurren a otros cuerpos físicos o personas, si veo con los ojos de la carne veo lo mismo que verían otros, si palpo carne y sangre lo hago de la misma manera que lo hacen otros. Tan solo lo que ocurre dentro de mi mente es discutible. Quienes crean que todo lo que van a ver con los ojos cerrados es oscuridad que lo sigan creyendo y que recen porque el destino o las fuerzas poderosas no les jueguen una mala pasada y algún día al cerrar los ojos vean lo que no quieren ver. Quienes crean que la única realidad posible es la realidad material, que nacemos sin saber por qué y morimos cuando el cuerpo se deteriora o el destino lo decide, que disfruten de la vida mientras puedan. Quienes piensen que todo lo que cuento en este diario no es otra cosa que el delirio de un loco confeso, mejor que lo sigan pensando y que nunca se retracten porque desde el momento en que se planteen que existe una posibilidad de que no les tome el pelo y de que mi locura no sea tal, habrán iniciado el camino del conocimiento del que nadie puede volverse atrás.

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Para mí sería mucho más fácil si me callara, si no hablara de estas cosas, si intentara disfrutar lo mucho o poco que me quede de vida, en soledad o en compañía, siendo discreto, teniendo la boca cerrada, procurando bailar el agua a todo el mundo, puesto que los “normales” son hoy por hoy los dueños de la Tierra. Pero no quiero una vida fácil, no quiero encerrarme en una casa, en la montaña, tan pronto me jubile, e irme deslizando hacia la muerte procurando pasar lo más desapercibido posible. Yo no gano nada con eso y si los demás ganan algo, pues por mí mejor que lo pierdan, porque si mis problemas son míos, los suyos son suyos y los de la humanidad de ella solita, porque por mi parte ya no soy humano, ni pertenezco a la humanidad, ni me preocupa lo que me pase, lo que les pase, lo que sea del universo infinito, porque una vez lo pierdes todo ya no tienes nada, ni siquiera el apego.

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Eso es lo que de alguna forma pasaba por mi cabeza cuando me dejé enredar por aquella pareja de mujeres de raza gitana que seguramente se dedicaban al timo de la buenaventura para ganarse el garbanzo, como cualquier hijo de vecino. Aquel momento se expandió en mi consciencia y el tiempo se dilató como si en lugar de estar allí cinco minutos hubiera estado toda una vida. Me hubiera gustado que el recuerdo no acudiera a la cita, que me hubiera olvidado de aquel periodo demencial que viviera años atrás, que todo fuera imaginación mía, el delirio de una sobreexcitada mente a la que le gusta fugarse de la realidad más que un chupete a un bebé. Al fin y al cabo pienso mientras escribo, un tiempo después, que todo lo que me ocurrió no fue para tanto y si me afectó como me afectó se debió a que soy un enfermo mental. De no haber iniciado el camino del conocimiento mi delirio hubiera tenido otro molde, pero el magma, digámoslo así, habría sido el mismo. Después de todos estos años sigo sin tener claro si la intensidad de los fenómenos que me ocurrieron puede explicar que me dejara llevar de aquella manera por la montaña rusa de la locura o si todo fue pura sugestión, la sugestión de una persona hipersensible, que nunca estuvo demasiado vinculada con la realidad y que aprovechaba cualquier oportunidad para fugarse de una vida que nunca le gustó.

Al fin y al cabo tener un sueño en el que muere una amiga que luego muere, no es para tanto, esas cosas pasan, todos morimos y un sueño es un sueño. O que en sueños puedas ver otras muertes que luego se cumplen, no es para tanto, repito, todos morimos. Que quien muere no sea un desconocido sino un familiar, pues vale, cuando muere alguien a quien quieres sufres más que cuando muere alguien a quien no quieres, es de cajón, muchacho. Ver rostros con los ojos cerrados, ectoplasmas que se mueven, cuerpos físicos que solo pueden ser vistos con los ojos abiertos, y otros fenómenos varios y variopintos no tiene que ser tan traumatizante. No lo sería sino fueras un enfermo mental, una mierdecilla de loco. Porque, vamos a ver, quién te manda a ti pensar que una gran parte de tus pensamientos no son tuyos, por el simple hecho de que veas lucecitas acercarse a ti en la oscuridad, o ectoplasmas que de pronto se convierten en el rostro de una persona conocida, que tal vez te hayas pasado media vida luchando con pensamientos negativos, que pensaban eran tuyos, nacidos de tu mala naturaleza, de tu ralea demoniaca, cuando en realidad muchos de esos pensamientos no te pertenecían, eran de otros y ahora sabes que te va mejor si los bloqueas, como si no dejaras a alguien entrar a tu casa, si le cerraras la puerta, te evitarías muchos problemas. Cuando pienso en los complejos, profundos y creativos delirios en que me sumergí basándome en cómo funcionaría un supuesto subconsciente colectivo ectoplasmático, una atmósfera mental intercomunicada gracias a las proyecciones mentales, casi me mareo. Cuando lo cuente en el Gran secreto, tendré que tener cuidado con no volver a las andadas, porque aún me sigue pareciendo extraordinariamente verosímil, es la única explicación que me parece aceptable del por qué los seres humanos no somos depredadores que intentan comerse unos a otros en la gran selva y hemos sido capaces de crear normas sociales que nos mantienen vivos en una selva apenas desbrozada por estrechos caminos.

Si en aquel tiempo hubieras leído los libros que has leído ahora sobre el cuerpo astral, libros sobre teosofía, el diario y la biografía de Krishnamurti, tal vez hubieras llevado mucho mejor todos aquellos fenómenos y tal vez tu relación de pareja hubiera sido distinta y tal vez el futuro se hubiera modificado paso a paso. En esos libros se habla de lo que ocurre en el mundo astral, de los elementales, de quiénes lo habitan, de los magos negros, de los magos blancos, de los misterios que nos acechan tan pronto salimos del cuerpo físico. Entonces me hubiera ayudado saber lo que ahora sé, pero me temo que eso no hubiera cambiado gran cosa mi vida, porque era un enfermo mental, soy un enfermo mental y seré un enfermo mental, tal vez a otros les viniera mejor que yo pensara otra cosa, por ejemplo que soy una mala persona que hace daño porque disfruta haciendo daño, que soy un sádico, un egoísta, un hedonista, un… lo que sea, porque ser un enfermo mental es algo muy difícil de asumir para otras personas, tienes que informarte de la enfermedad, nunca sabes si su comportamiento se debe a que está enfermo o es una mala persona, tienes que soportar sus chantajes emocionales, sus manipulaciones, tienes que pensar si merece la pena considerarlo como un ser humano o preferirías verlo como un monstruo demoníaco de maldad, así sería fácil tomar decisiones, todos sabemos cómo hay que comportarse con los monstruos y demonios. Pero eso no parece tan claro si observamos ciertas conductas. Nadie se plantea cómo catalogar a los terroristas, los corta-cabezas, los asesinos en serie, nadie se plantea si los corruptos son enfermos o malas personas, si ellos mismos son buenas o malas personas cuando ven a las pateras estrellarse contra sus muros y no hacen nada. Nadie se plantea si el mundo en el que vive está loco-loco-loco, realmente loco, o es que está hecho por malas personas, por malísimas personas, en todos los estamentos, en todos los países, en cada lugar y en cada tiempo de nuestra vida cotidiana. No lo hacen porque tendrían que plantearse qué están haciendo con el enfermo mental. Porque si a él no se le permiten ciertos comportamientos no se entiende por qué se permiten otros a personas aparentemente normales en una sociedad aparentemente civilizada y normal. No queda sino concluir que al enfermo mental se le trata como se le trata porque es el chivo expiatorio perfecto, pero a los políticos, a los corruptos, a los terroristas, a quienes manejan el cotarro en este mundo infernal, se les debe dejar en su puesto, intocables, porque ellos sí dan miedo, da miedo que nos dejen sin empleo, que nos maten de hambre, que nos encierren en sus cárceles, que nos arrebaten nuestra cómoda vida, no tan buena como desearíamos, pero aceptable.

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¿Por qué  tengo yo ahora que contar tantos delirios, por qué tengo que desnudar la lacra de mi enfermedad mental, cuando en nuestra sociedad todo el mundo miente, estafa, delinque, atenta con armas, con bombas, con cuchillos, todo el mundo vive en una perpetua mentira, en una repelente hipocresía? ¿Por qué no callarme como ellos y dejarme ir haciendo el menor ruido? Al fin y al cabo esta es la vida que escogí y mientras dure haremos lo que se pueda. Nadie está interesado en las cosas que me han pasado y me pasan, en lo que ha sido mi vida, en lo que será mi muerte, en mi soledad, en mis delirios mentales. Todo esto no es sino la justificación de un loco de su locura. Puede, es algo que ya no me preocupa ni me importa, como guerrero impecable hago lo que tengo que hacer y por eso escribo este diario y cuento lo que cuento, tal vez como una estrategia de supervivencia, porque mientras lo escribo no estoy solo, al menos hablo conmigo mismo, con mi otro yo, al menos pienso que alguien lo leerá. Esconderse en una casa en la montaña y dejar pasar el tiempo hasta que llegue la muerte es algo que no digo que no me atraiga pero me conozco y sé que si no me aferro a algo mi vida dejará de tener el menor aliciente y puede que termine como intente terminar en mi juventud.

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Allí, aquella mañana, al lado de la mezquita de Córdoba, también me dejé llevar, me dejé timar, dejé que todo pasara como estaba escrito, como lo había visto. Porque años atrás, “in illo tempore”, también me planteé otras conductas, otras respuestas, otras actitudes y lo que creí ver, no me convenció. Llamar a la policía y denunciar un timo hubiera sido meterse en un follón del que no salía muy bien parado en mi premonición, o especie de premonición, o lo que fuera. Más tarde observaría que no eran las únicas que hacían eso y que me pareció ver a algún hombre, de raza gitana, moviéndose con discreción por allí. Parecía un mercadillo del timo, donde se vendía la buenaventura y la curación del mal de ojo. La opción más clara de todas las que tenía era desprenderme del brazo de la gitana madura y salir de allí por piernas, tal vez recibiendo algún insulto, pero nada más. Esa opción no me gustó porque de alguna manera se me ocurrió que si aquel hecho futuro en mi pasado, presente en ese momento, no sucedía tal como lo había visto tal vez no hubiera recibido aquel aviso, que por lo visto no me sirvió de nada, habida cuenta de mi situación actual, pero mejor que te avisen a que no te enteres, que te avisen mil veces y no solo una. En realidad si mi esposa, mi hija, mi familia, no me hubieran importado gran cosa todo aquello hubiera sido una enorme estupidez, ¿para qué tanta preocupación, sufrimiento, estrategias de todo tipo para burlar el futuro? Tal vez me habría ahorrado también aquel increíble delirio, tan creativo, que contaré con pelos y señales en el “alter ego” de este diario, en el Gran secreto.

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En realidad, visto lo visto, apreciadas las cosas con objetividad y frialdad, en su verdadera dimensión, allí, en Córdoba, cerca de la mezquita, en una mañana soleada tras varios días de lluvia, con la calle repleta de gente, lo que “realmente” ocurrió fue muy sencillo de describir. Un divorciado solitario, deprimido, rumiando su pasado, fue jalado directamente, sin contemplaciones por una mujer madura, de raza gitana, que deseaba que “el turista” cayera en la trampa y se dejara echar la buenaventura y curar el mal de ojo a cambio de un estipendio que no podía ser en moneda –trae mala suerte- y si era en billetes y éstos eran grandes, se podían cambiar. Un timo rápido y eficaz. La mujer madura te lleva junto a la más joven, la verdadera “vidente”, al parecer, y ella te mira la palma de las manos, la izquierda, la derecha, luego te dirá que cada una tiene un precio. Creo que yo, en mis jóvenes tiempos de quiromante, de tarotista, lo hubiera hecho mejor. Vas a recibir una carta del juzgado. Teniendo en cuenta que voy solo, que parezco un divorciado, que estoy afectado y me comporto como si lo que me ha pasado solo me hubiera pasado a mí, deducir que voy a recibir una carta del juzgado, tal vez una citación en el procedimiento de divorcio, parece bastante lógico. La chica, guapa para mi gusto, simpática y con muchas tablas, no se inmutó cuando le dije que más bien sería yo quien enviara esa carta puesto que trabajaba en un juzgado. Tienes dos hijos. Bueno, dada mi edad era la cifra más prudente, lo que no me dijo es que se trataba de una hija biológica y de un hijo adoptivo. Eso sí me hubiera llamado la atención. Tienes el mal de ojo. Bueno, teniendo en cuenta mi aspecto, la expresión de mi rostro, toda la vida miserable que mi cuerpo parece ir pregonando por ahí, lo raro es que hubiera resultado agraciado por la lotería, las musas o las mujeres rendidas a mis pies. Alguien me había echado el mal de ojo porque estaba claro que a simple vista mi ojo estaba turbio, tanto como mi alma. No me dijo quién o cuándo, algo que me hubiera interesado mucho. Ningún dato concreto que me hiciera preguntarme sino estaría ante una vidente real. Las cosas me van a ir mejor, claro, no me podrían ir peor. Nada de una mujer maravillosa del otro lado del charco que va a cambiar mi vida, nada de que tendré tanto sexo que me saldrá por las orejas. Nada de nada. Yo hubiera podido hacer mejores predicciones en mis tiempos de tarotista. Hay que pagar por la lectura de la mano izquierda, la derecha, la buenaventura, la curación del mal de ojo, hay que pagar por todo. No me des monedas, que traen mala suerte, los billetes están benditos. Sacas un billete de la cartera y si es grande, yo te doy el cambio, luego resulta que no tengo cambio y no te vas a atrever a llamar a la policía, etc etc etc Un timo perfecto, una estrategia perfectamente calibrada, si el timado llama hay tiempo para esfumarse. Si intentas arrebatarle el billete que le has dado para que te lo cambie, ella lo defenderá como una pantera, acudirá tal vez el matón o guardaespaldas. Asombroso, un timo tan sencillo y sin embargo tan efectivo, tan bien ejecutado, como una contradanza en el escenario donde se representa una buena obra de ballet. Mientras me dejaba timar acepté perder un poco de dinero, no mucho, tampoco soy tan tonto, a cambio de la experiencia única de que una premonición que había tenido más de una década atrás se cumpliera, a cambio de recordar en un segundo toda una vida, como dicen que les sucede a los muertos, a cambio de recibir la terrible bofetada de que de nada sirve ser vidente y ver el futuro si no eres capaz de vivir el presente como un guerrero impecable.

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Al final un beso, porque el timado no debe marcharse con odio en el corazón, si realmente es vidente sabe que no hay peor magia negra que la del pensamiento de quien te odia y desea tu mal. Si no es vidente, mejor un beso de reconciliación, una promesa en el aire, un contacto físico que te permita pensar que ha sido un poco mejor que una atracción de feria, aunque tal vez un poco más caro. La chica actuó como si realmente creyera en lo que estaba haciendo. A una pregunta la madura contesta que no se puede echar la buenaventura a cualquiera, que yo había sido elegido porque así le sopló la oreja una entidad malévola.

En aquella extraña etapa que viviera años antes un sueño me llevó a una especie de encrucijada, a un enfrentamiento con un supuesto mago negro gitano que respaldaba a sus hechiceras de la buenaventura, a sus curanderas del mal de ojo. Solo fue un sueño, pero siempre tuve claro que no me arriesgaría a algo así por un billete pequeño, ni siquiera por uno grande. Algo se había colado en mi sueño, en mi mente, algo había roto las barreras de espacio y tiempo. Tal vez yo buscara su ayuda en el futuro para poder recibir un aviso que me dijera que me iba a divorciar y debería poner todo lo que estaba en mi mano sino quería que ocurriera. Tal vez una casualidad me afectara mucho, pero no creo que tanto como para que la barrera espacio-temporal fuera tan frágil como un castillo de naipes. Tal vez realmente los magos negros del plano astral protegen a los suyos, porque nunca me creeré que un verdadero vidente venda su don por un plato de lentejas. Quien envenena estos dones muere intoxicado. Tan afectado como estaba aún pude atrapar un recuerdo frágil, que aquellas dos mujeres terminarían mal. No creo que fuera una premonición, al fin y al cabo hasta un tonto sabría que su futuro no podía ser halagüeño. Dos timadoras de turistas cerca de la mezquita de Córdoba acabarían teniendo problemas, sí o sí, en algún momento del futuro, tal vez terminaran en la cárcel o en alguna reyerta resultaran heridas o…¡Menudo vidente estoy hecho! Eso estaba cantado, y sin embargo algo me impulsó a lanzarles una advertencia, de amigo, más que de timado, de quien sabe que hay mundos invisibles donde uno vuela en sueños, y hace magia potagia para domeñar el tiempo y el espacio, donde es mejor que te amen que te odien, porque el odio crea al mal de ojo y los timadores están más expuestos a él que cualquier otra persona en el universo mundo.

Allí, en Córdoba, un sábado, por la mañana, recién comenzado un nuevo año, disfrutando del sol, rodeado de turistas, disfruté de una de las experiencias más ricas de mi vida. Todo el pasado, el presente y el futuro en unos segundos. Todo lo que fui, lo que soy y lo que seré. Todos mis errores, todas mis culpas, todo mi karma y todo aquello que no está en mi mano, la culpa de otros, las decisiones de otros. En unos minutos viví una vida completa y tanto me afectó que salí de allí tambaleándome, como si un dios me hubiera dado una coz.

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