DIARIO DE UN ENFERMOMENTAL XXXIX

24 02 2016

 

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXIX

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No me sentía mal por haberme dejado timar como un tonto, al fin y al cabo fue una decisión voluntaria y consciente. El dinero que me sacaron fue el que yo dejé que me sacaran y no hubo más problemas. Lo que me afectò tanto fue aquel recuerdo de muchos años atrás, cuando no pude quitarme de la cabeza la posibilidad de que, pasado un tiempo, no sabía cuánto, me divorciaría y acabaría encontrándome con dos mujeres, casi con total de seguridad de raza gitana, quienes me timarían mientras yo no dejaba de pensar en que ahora estaba solo y que la premonición se había cumplido. Quienes nunca hayan vivido una experiencia de este tipo no pueden hacerse una idea de la terrible disociación, escisión que sufre la mente, la personalidad. Mientras, en el presente, ocurrido años antes, quien no podía entender al yo futuro era el yo presente, que vivía en pareja, con ciertas dificultades y previendo que aquello tenía toda la pinta de un deterioro irreversible, en este presente actual quien no podía entender al otro yo, al pasado, era el yo presente. No podía comprender cómo podía haber pasado por alto un aviso tan claro, tan dramáticamente intenso. No es que uno necesariamente tenga que vivir en pareja toda la vida o toda la eternidad, a veces las personas no pueden seguir conviviendo y puede incluso que nunca debieran haberlo hecho, pero al menos cuando tienes una experiencia de este tipo tienes que tener claro lo que has de hacer, si quieres o no salvar la relación de pareja, qué tienes que hacer si quieres salvarla y si has decidido no seguir adelante, a lo mejor ha llegado el momento de hacer lo que tengas que hacer, antes de que el deterioro sea máximo.

Recuerdo muy bien la disociación que sufrí entonces, esa escisión espantosa en dos personalidades muy diferentes, que en realidad eres tú mismo, solo que unos años antes y otros años después. Analizando un sentimiento tan extraño y sorprendente comprendí que era algo parecido a lo que podría vivir una persona que sufriera un accidente y entrara en estado de coma con un determinado cuerpo, a una edad y con unas circunstancias concretas en su vida y despertara años más tarde, con un cuerpo que ha cambiado, una persona distinta, con otra edad que solo recuerda lo que había vivido hasta ese momento y que sin embargo tiene que enfrentarse a circunstancias completamente distintas. Ya no tiene los mismos años que tenía, su cuerpo se ha deteriorado, su personalidad intenta seguir siendo la misma pero no puedo porque todo ha cambiado, puede que ya no esté casado, que sus hijos estén lejos, que ya no tenga el trabajo que tenía, que todo a su alrededor sea distinto, otra sociedad, otro gobierno, otros adelantos técnicos… Si uno es capaz de ponerse en la piel de una persona que haya sufrido una experiencia semejante puede comprender cómo se siente un vidente que por algún extraño milagro salta por una puerta dimensional a un espacio-tiempo en el futuro. Así me sentía yo, incapaz de comprender a mi yo futuro, capaz de abandonar a la mujer que amaba, de perder a una hija , de encontrarse a una edad relativamente provecta, cuando la montaña rusa llega al final y solo haces que bajar hacia la tierra, hacia la tumba. Me negaba a aceptarlo, me negaba a aceptar a mi yo futuro.

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Lo curioso de estas experiencias de videncia es que el salto en el tiempo es tal que el yo presente piensa que jamás, jamás de los jamases, hará algo así, no nunca, yo no soy así. Se olvida de que el tiempo todo lo cambia y de que las circunstancias pueden ser tales que la decisión del yo futuro, por muy dramática y terrible que sea, será perfectamente lógica y natural dadas las nuevas circunstancias y la nueva personalidad de un ser que no deja de evolucionar durante toda su vida, que no deja de ser un “ser para la muerte” como diría el filósofo Heidegger. Tras mis experiencias de videncia he llegado a la conclusión de que si algunas de las escenas del futuro que vemos luego no cambian y se hacen realidad es porque realmente deseábamos que eso ocurriera, que no nos interesaba cambiar ese futuro porque era lo mejor para el yo futuro y sus circunstancias. Si a mi yo presente le hubieran hecho vivir de forma comprimida lo que yo viviría luego a lo largo de varios años seguro que estaría de acuerdo en un cien por cien con mi yo futuro, o sea mi yo actual. ¡Tanta angustia por evitar lo que te va a pasar en el futuro cuando, una vez presente ese futuro te das cuenta de que la decisión que tanto temías es la única posible! Es cierto que en aquel momento, el de la visión o premonición, el divorcio era una catástrofe, una tragedia, mejor la muerte, y también es cierto que de haber cambiado, de haber modificado sustancialmente mi carácter y algunas circunstancias, el futuro hubiera cambiado radicalmente, pero seamos prácticos, yo no podía cambiar mi condición de enfermo mental por lo que no podía cambiar sustancialmente mi carácter, no podía cambiar mi forma de ser, de pensar, de sentir, mi filosofía de la vida, así pues no tenía muchas opciones. Tal vez si hubiera logrado modificar ciertas reacciones en las crisis, haber superado mi miedo patológico a quedarme solo, habría cambiado el futuro. No nos engañemos, en el fondo, si el futuro no se puede cambiar es porque cuando llega éste nos damos cuenta de que la elección elegida, y que tan mal le pareció a nuestro yo pasado, era la única posible y aceptable, era inevitable.

     Hubo un tiempo en el que estuve obsesionado por el futuro, vivía aterrorizado, temiendo que en cualquier momento el velo se rasgara y pudiera atisbar escenas que iban a llegar, que no podría cambiar. Ahora, en este momento, muchos años después, si tuviera que confeccionar una fría estadística, diría que no fue para tanto. Unos cuantos muertos, eso es cierto, pero no todos los que creí ver, ¿un diez, un veinte, un treinta por ciento? De algunas experiencias hablé, de otras no, de la mayoría no. Como aquella, tan insólita, tan normal que nunca creí que ocurriera…hasta que pasó. Una foto en un periódico. Una persona va a morir. Solo es una sensación, la bloqueo porque estoy harto de mis delirios. Al cabo de los años tiene lugar. Una persona muerta, otras aherrojadas al infierno de la mente. Mientras como observo en la televisión lo que me parece una representación teatral, todos llevan a cabo sus papeles, como si no los conocieran, como si fuera algo improvisado. Recuerdo lugares, recuerdo personas.  ¿Por qué no me afecta? No soy como otros hermanos que se sienten culpables por bloquear sensaciones que podrían destrozar sus psiquis, que me confiesan sentirse mal porque creen no tener ya emociones, como si fueran a transformarse en asesinos en serie. Yo soy un témpano de hielo, pero no me siento mal en absoluto. Lo escrito escrito está, no hubiera podido evitarse porque los seres humanos somos libres, cada uno elige su camino y lo sigue hasta el final. Cada uno lleva su mochila de karma a sus espaldas y no le es dado desprenderse de ella.

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              Muchos acontecimientos que creí premonitorios no ocurrieron, tal vez porque alguien actuó libremente y modificó la línea temporal, tal vez porque mi mente creó un mundo mental, fuera de la dimensión real. Algunas veces recibí avisos a los que no hice caso, en buena parte porque venían de otros a los que no consideraba videntes. Yo era el único vidente, pero me equivocaba, porque todos lo somos, todos poseemos la misma naturaleza, algunos deciden sumergirse en la realidad y se olvidan de sacar la cabeza del agua porque el cielo, sobre sus cabezas, no les interesa. De haber hecho caso a estos avisos habría evitado muchos problemas, algunos graves, la mayoría menos graves. De haber podido escoger habría puesto una venda sobre mis ojos. De nada sirve atisbar a través de una grieta en el tiempo, el tiempo existe por algo, caminamos hacia delante y no hacia atrás por una razón. Saltarse la cronología no ayuda, no se puede caminar a saltos, como un cangurito gentil, acabas rompiéndote las piernas, sino la cabeza. Sí, puede que la videncia sea un castigo, el castigo de Sísifo, pero tal vez sin él aún seguiría buscando a mi verdadero yo, mi yo más profundo, un yo que es atemporal, eterno, un soplo de viento… y el viento sopla donde quiere. No es que haya encontrado a mi verdadero yo, aún me queda toda una eternidad, pero al menos lo percibo ahí, latiendo en el fondo. Se me muestra cuando asoma la cabeza y veo una escena del futuro, cuando la angustia me oprime la garganta y dejo de respirar. No es lo mejor de mi verdadero yo, preferiría ahogarme de felicidad amando a toda la humanidad, a todo el universo, porque ellos forman parte de mí y yo de ellos, pero si eso aún no puede ser, tal vez sacar la cabeza del agua y mirar cómo a lo lejos se produce un naufragio, no sea tan malo. Todo lo que sea sacar la cabeza de aguas profundas y oscuras es bueno, nos permite ver el cielo azul.

Pero dejémonos de tanto juego verbal, de tanto juego con el pasado, presente y futuro. No tenemos sino el presente, y un guerrero solo tiene sus actos, dentro del mismo presente. Ahora me toca apechugar con lo que fui y soy, con lo que hice y hago. Pero no era fácil aceptarlo, no. Como un borracho caminé hacia la mezquita, como pude disimulé mi estado, como pude saqué la entrada correspondiente y como pude recorrí la famosa mezquita de Córdoba, sacando fotos, con poca luz, intentando huir de los grupos de turistas, intentando encontrar una energía que me llevara a un pasado que tal vez viviera allí, en la Córdoba del califato. Pero todo fue inútil. Estaba demasiado afectado, así que acorté la visita y al salir decidí sentarme en una terraza y tomarme un pincho, tal vez si mi cuerpo conseguía alimento la energía volátil que me estaba llevando de acá para allá, del presente al pasado, del pasado al presente y de éste al futuro, se estabilizara, se amodorrara y pudiera recobrar la ecuanimidad.

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No tenían pinchos y de lo que me ofrecieron solo me apeteció un bocata de tortilla española. Las mañanas suelen ser para mi el peor momento del día, especialmente si he sufrido algún acontecimiento traumático y no he desayunado bien. Esperaba que el bocata me ayudara, pero cometí el error de pedir cerveza para acompañar. Era muy consciente de que no era el momento de beber cerveza pero estaba sediento, la boca seca y hacía sol, apetecía una cervecita bien fresca. La terraza estaba bastante concurrida, demasiado para mi gusto. Me preocupó sobre todo una mujer en una mesa frente a mí. Por el tono de su voz parecía galleguiña, era inconfundible. Hablaba en voz muy alta, demasiado, muy estridente, todos en la terraza estábamos enterados de su conversación. Charlaba con otra mujer, al parecer una amiga, luego llegó un hombre, al parecer el marido de su amiga. No podías dejar de enterarte de lo que hablaba, aunque no pusieras atención. En aquel momento estaba comentando sobre una página de Internet, al parecer estaba divorciada y debía de ser una página de single o algo parecido. Todo me sonaba conocido y archiconocido. La miré, no era una mujer despampanante, tal vez cercana a los cincuenta, pero hubiera sido ideal para mis necesidades sexuales. Dejé de mirarla porque no estaba yo para muchos controles y aquel, aquella mañana, no era el momento de hacer tonterías. Por suerte en los límites de la terraza, rozando la calle de la mezquita, un hombre tocaba la guitarra y cantaba. Me fijé que era el mismo de la noche anterior, el del patio, estilo cortijo, de aquel restaurante que tenía tan buena pinta. Me fijé en él, un hombre de unos cincuenta años, tal vez alguno más, exquisitamente trajeado, sombrero cordobés, chaleco, corbata, botas cordobesas, serio, hierático, rasgaba las cuerdas de la guitarra, miraba hacia delante y cantaba muy bien, tal vez versiones de otras canciones que yo no conocía, o tal vez fueran de creación propia. Era agradable escucharle y también que tapara un poco la voz de aquella galleguiña que parecía tener un megáfono en la boca y disfrutar de que todo el mundo supiera de su vida y milagros. Llegué a saber incluso de dónde era, creo de de Pontevedra, o tal vez Lugo, me enteré a retazos de su vida cotidiana, de sus problemas.

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La camarera trajo el bocata y la jarra de cerveza. Seria, parecía malhumorada, o tal vez fuera yo quien la pusiera así, uno nunca sabe si es que los demás te odian o es que odian a todo el mundo y a ti porque formas parte de todo el mundo. Rubita, con gafas, no era una de esas chicas que cortan la respiración pero a mí me gustaba y me hubiera venido muy bien para mis necesidades sexuales (¡Y dale!). Pero con aquel morro que ponía como si te odiara y te estuviera haciendo un favor, ni me planteé el ser amable para ver si ocurría algo especial. Comencé a comer el bocata con ganas y bebí un par de tragos. Todo iba bien, aunque seguía muy afectado por las gitanas y la bienaventuranza, no estaba en mi mejor momento, podía pasar cualquier cosa… y ocurrió. Llevaba ya mucho tiempo sin escuchar voces, creo que desde los primeros meses del divorcio, cuando las voces llegaron a ser muy difíciles de bloquear y me hicieron pensar que todo volvería a ser como en los viejos y malditos tiempos del Loco de León. Me centré en el bocata y en escuchar al cantante. Tras él una mujer, tal vez su esposa, permanecía atenta. En el suelo un sombrero donde una mujer, claramente inglesa, se levantó, agradecida por las canciones que parecía disfrutar mucho, y echó unas monedas. La esposa del cantante comenzó a pasar el sombrero por las mesas de la terraza. Al llegar a mí eché unas monedas, me dio un papel con una dirección de youtube donde seguramente tendría unos cuantos vídeos. Imaginé el tipo de vida que llevaba aquella pareja, de restaurante en restaurante, de mañana, de tarde, de noche, sacando algunas monedas, no sé cuántas, tal vez fuera buen negocio, tal vez no lo fuera. Algún día libre, momentos de intimidad. La esposa debería estar orgullosa de un marido tan guapo, tan bien vestido, con esa voz. Aquello daba para un relato.

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Terminé el bocata, el cantante terminó de cantar, recogieron sus cosas y se marcharon. Terminé la cerveza y un agradable sopor me invadió. Todo iba bien hasta que comenzaron las malditas voces. Es inútil intentar controlarse, es el cuerpo el que las percibe, el que reacciona, el que sufre sobresaltos, angustias, terrores. Nunca son claras, nunca puedes situarlas en un lugar concreto, nunca sabes quién te puede estar hablando y por qué lo hace. Lo peor de todo es que era la voz de mi hija, la misma voz de los primeros meses tras el divorcio en Manzanares, la misma voz que comenzara a escuchar incluso antes de que ella naciera. No puedo explicármelo, no lo entiendo, es como si quien produjera esa voz no fuera diferente según pasara el tiempo, la misma voz antes de nacer, luego de bebé, luego de niña, luego de joven. Una voz como lejana, muy lejana, como triste, como profundamente triste, como desesperada, algo que conmueve e incita a la compasión, como un alma apresada entre dos mundos, como un espíritu que quisiera comunicarnos toda la infinita tragedia de la vida, de esta, de la otra, de todas. La conmoción me obliga a intentar disimular a toda costa. Saco la libreta y comienzo a releer lo que he escrito sobre mi estancia en Córdoba. Leo porque soy incapaz de escribir. Luego saco el móvil y hago como si consultara y leyera correos que ya he leído y conozco. Lágrimas afloran a mis ojos, saco el pañuelo y las seco, limpio los cristales de las gafas. No puedo soportarlo, es como si todo el pasado se me echara encima, como si regresara a las encrucijadas que me han traído hasta aquí e intentara tomar otros caminos, pero no es posible, el tiempo se mueve hacia delante, no hacia atrás, los agujeros espacio-temporales solo te permiten un atisbo de lo que va a suceder, un atisbo que no te sirve de nada, porque no hay una receta mágica para evitar las tragedias del futuro.

Lo peor de las voces es que no son físicas, si otros las percibieran no te afectarían tanto. ¿Has escuchado ese sonido extraño? Si alguien hubiera dicho eso yo me habría sentido mejor. Tras la marcha del cantante cordobés la galleguiña se ha convertido en la reina de la terraza, habla y habla sin parar, en voz alta, su voz me crispa los nervios ahora que estoy escuchando las voces. Me parece escuchar gritos de niños pero no veo nada en la terraza que me haga pensar que son reales, aunque hay tanto movimiento por la calle de la mezquita que podrían llegarme desde más lejos, al final de la calle. Todo me molesta, me rechina, el cuerpo se sacude, tiembla, me siento mal, cada vez peor. Al menos prefiero que sea la voz de mi hija, no la de mi “ex” o la de P. o la de D. o la de…Odio esta mierda de voces, que ni son claramente físicas, atribuibles a personas físicas, de este mundo, ni puedes decir que vengan de un lugar concreto, a la izquierda o derecha, arriba o abajo, ni sabes lo que dicen, ni sabes lo que quieren de ti. Es como escuchar a un fantasma desde el otro lado a través de un pequeño agujero. Lo malo es que el sentimiento que hay en ese sonido es inconfundible, como el dolor profundo de alguien que ha sido decepcionado hasta lo más profundo, de alguien que ya no cree en la vida. Utilizo la servilleta de papel para secarme los ojos. Estoy pensando en marcharme cuanto antes, en levantarme y salir zumbando, pero no puedo, no porque las piernas no pueden sostenerme, porque el cuerpo caminaría como si estuviera borracho, porque la fobia me atraparía y tendría que salir corriendo, sin poder correr, en mitad de la gente, escuchando insultos y recriminaciones, tal vez. No, debo permanecer aquí hasta que esto termine. Y el tiempo pasa y la galleguiña cada vez me pone más nervioso. Evito mirarla porque la desnudaría con el pensamiento e imaginaría una noche con ella en la cama. Es típico en mí este usar el erotismo la sexualidad para combatir las voces, el descontrol, esta sorda desesperación. La comida tampoco está mal, pero cuando lo hago en demasía luego todo es peor.

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Tengo que salir de aquí o no saldré nunca, como me pasaba en León, durante la etapa de mobbing en el trabajo, si me sentaba en un banco en la calle podían pasar horas hasta que lograba volver a levantarme. Tengo que salir de aquí y lo hago. Tomo la decisión una vez que he pagado la cuenta, la camarera rubita, gafitas y borde parece estar amargada por algo y masticar ajenjo. No me ha salido caro, está bien. Como puedo enfilo la calle de la mezquita. Noto que me tambaleo como un borracho, y no es por la cerveza, no, el recuerdo de las gitanas y de todo el pasado hace que camine en curvas, me mareo, la cabeza se me va, el cuerpo no responde, tengo miedo de caerme al suelo, de desmayarme como me ocurría de adolescente, allá en el colegio de Valladolid, cuando jugaba al futbol y de pronto notaba una vibración en la cabeza que podía escuchar claramente con los oídos y que iba intensificándose, cambiando de tono hasta que todo me daba vueltas y la cabeza se me iba definitivamente. Caía a plomo. Los compañeros se asustaban, me llevaron a la enfermería, me hicieron pruebas y no encontraron nada. Y aquella mañana en la capilla, tras una misa tediosa y larga, me mareé, noté las vibraciones en la cabeza y sin darme tiempo a sentarme en el banco, caí hacia atrás. Luego me dirían que me golpeé la nuca con la barra de hierro del banco trasero y creyeron que había palmado. Al final lo achacaron a los nervios porque los hombres comenzaron a subir y bajar de forma espasmódica y no lo podía controlar, durante horas y horas, terminaba completamente agotado. La monjita de la enfermería me dio la pastilla recetada por el médico, aneurol, aún lo recuerdo. ¿Fue la primera manifestación de mi enfermedad mental, mi primera medicación?

Tengo miedo de caerme como entonces, a plomo. Como puedo, apretando los dientes, me rehago, dejo de tambalearme, esquivo turistas y voy avanzando. Veo a las gitanas, a otra que parece echarle la buenaventura a una mujer madura que está sola. Veo otros gitanos, hombres, que charlan y se mueven cerca de ellas. Veo mucha gente. Decido meterme por una calleja estrecha y dar un rodeo. Ya solo me queda regresar hasta el coche y escapar. Intento seguir el camino de regreso pero me pierdo. No sé muy bien dónde estoy ni por dónde camino. No tengo prisa, me paro en el banco de un parque para echarme un pitillo. No es buena idea pero lo necesito. Las voces murieron cuando me levanté de la mesa en la terraza. A veces ocurre eso, que un gesto brusco las calla, otras veces no funciona. Intento olvidarme de mi hija, de mi pasado, de todo. Fumo el pitillo y miro con descaro a una mujer atractiva que pasa, ahora que las voces se han ido y que estoy sentado y me encuentro mejor, me lo puedo permitir.

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Estoy muy cansado, con agujetas, un poco mareado, el camino es largo y el deambular, arrastrando los pies, como el de un zombi. Llego al lugar del paseo que recuerdo perfectamente, solo tengo que tomar la calle a la izquierda para llegar a la estación y al parking. Me estoy meando, no puedo más. No encuentro una cafetería pero observo que en el pequeño mercadillo, un poco más allá, hay un water closed de esos franceses que probé cuando estuve en París y que luego vería en España años más tarde, de la misma empresa francesa. Espero a que salgan, entro y vacío la vejiga con un infinito suspiro de alivio. Luego me siento mucho mejor. Debe ser eso, la toxicidad de la bebida, de la comida, hace que mi mente se descontrole, por eso cuando orino, como si echara un líquido cargadísimo, me siento mucho mejor. Tal vez sea consecuencia de una diabetes que no quiero que me diagnostiquen ni controlar. Una muerte por un shock hipoglucémico o como se llame no debe de estar mal.

Ahora sí, ahora estoy bien encaminado, me muevo sin prisa y sin pausa y decido que llegaré al coche y me iré. Comeré por el camino o tal vez aquí mismo si encuentro algo interesante. Dos policías de uniforme, dos armarios, charlan frente a una comisaría. Más allá una facultad universitaria, arcos mozárabes, todo muy mezquita, me pregunto si será un edificio de época o es que lo han decorado así. Pasan de las dos cuando llego a una esquina donde hay una franquicia rara, de tapas y menús baratos. Me decido, entro sin pensármelo, me siento a una mesa y espero que me atiendan. Un camarero cordobés, pinta de cordobés, “fabla cordobesa”, encargo dos tapas con una jarra de cerveza. El camarero es muy amable, pero me molesta el exceso de amabilidad cuando he escuchado las voces, cuando he estado mal, como he estado. Decido comer, disfrutar del momento y acabar de una vez en el parking. Me llama la atención algo llamado flamenquín, pienso que puede ser una especie de pescado, como el “pescaíto frito”, pregunto, no es jamón serrano en el interior de algo parecido a un San Jacobo enrollado como los rollitos de primavera chino. Pido unos boquerones y el flamenquín, bebo una jarra de cerveza y luego otra. Ahora sí estoy un poco contento, pero es un contento bueno, sin voces, sin mareos, una especie de euforia que me permitirá mirar a las mujeres con deseo pero controlando lo suficiente para no pasarme.

Cuando creo que llegaré con facilidad me pierdo, decido sentarme en otro banco. Suena el teléfono, es L. esta mujer parece leerme el pensamiento, siempre que necesito un poco de ánimo me llama. Charlamos y por fin me hago una idea de dónde está la estación. Cuando la veo, siento alivio, pero aún me cuesta llegar y caminar entre los coches hasta el mío. Cuando consigo sentarme me felicito y suspiro y resuspiro. Decido fumar un pitillo, que luego son dos. Un matrimonio se acerca buscando su coche. Me pongo en marcha. Escucho la música del pendrive y decido que no sé dónde estoy pero que la mejor receta siempre es buscar un letrero de “Todas las direcciones” y luego la dirección Madrid. No sé si debo tomar la A5, la A4, la A3 o cualquier otra A, pero seguro que hay algún letrero de Madrid, yendo en esa dirección voy bien, ya me desviaré donde sea necesario. Y comienzo el viaje de regreso con la euforia de quien sabe que en unas horas estará en casa, sigo sin decir hogar pero al menos tengo un sito entre cuatro paredes. Paro de camino para echar un pitillo, un pis, no acierto, hay mucha gente en la gasolinera, muchos camiones, estoy cansado y fóbico.

Llego a casa antes de que se haga de noche. No pienso en nada, voy al dormitorio y me dejo caer a plomo sobre la cama. En otro momento haré un resumen, una recapitulación, haré algo, ahora me toca descansar, tal vez dormir si pudiera. El cuerpo está agotado, dejo que se recupere, no muevo un músculo. Tal vez no vuelva a hacerlo, las nocheviejas fuera de casa no son muy agradables. Tal vez disfrute más la próxima vez si me hago una cena exquisita, me bebo un vino exquisito, me emborracho y acabo arrastrándome hasta la cama, pensando en mujeres. La próxima nochevieja, si Dios quiere, estaré en una casa en la montaña, con nieve, solo, al lado del fuego, emborrachándome y brindando por el futuro. Porque, si todo va bien, si Dios quiere, la próxima nochevieja estaré jubilado.

 

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