DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL(EL GRAN SECRETO) XIV

6 03 2016

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XIV

EL LABERÍNTICO DELIRIO DE LA PROYECCIÓN MENTAL

Cuando aquel día, que repito una y otra vez en este diario porque fue un antes y un después en mi vida, mientras me dirigía al trabajo, caminando como un zombie, arrastrando los pies, clavando la mirada en el suelo, atisbé el abismo horroroso que implicaba la proyección mental ya no pude volver atrás, fue como el paso decisivo del guerrero impecable que decide convertirse en un hombre de conocimiento, ya no hay vuelta atrás, como le dice don Juan a Castaneda.

Todos nos caeríamos de culo, mejor dicho, de cabeza en el gran abismo, si aceptáramos que la individualidad no es otra cosa que el velo de Maya, en realidad formamos parte de la mente colectiva de un planeta, Gaia, que a su vez forma parte de la mente colectiva de un universo, de muchos universos, de la Mente Universal. La creencia en que somos individuos separados, con cuerpos físicos separados que contienen mentes individuales separadas, que viven vidas separadas, que transitan por caminos diferentes hacia metas diferentes, que somos lo que somos pero distintos a los demás, que nuestra bondad es solo nuestra y nuestra maldad solo nos pertenece a nosotros, que odiamos a los demás porque son distintos, no son tan guapos como nosotros, no son tan inteligentes, tan sensibles, tan…tan…y tan… Que tenemos la desgracia de vivir en una sociedad imperfecta, terrible, infernal, porque “otros” la han hecho así, sufrimos la consecuencia de sus errores, de sus maldades. ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto? Nos preguntamos con caritas de niños buenos, con caritas del santo Job. Si de nosotros dependiera la vida sería distinta, más feliz, más hermosa. Si de nosotros dependiera esta sociedad no sería la mierda que es. Son otros los que nos hacen vivir en este infierno. Todo esto no es otra cosa que una fuga de la realidad, en ese sentido todos son enfermos mentales, no solo nosotros, los denominados así. Nos hemos sugestionado para creer en algo que nos permita un respiro, que nos libre de caer en el horroroso abismo. Porque no se puede vivir así, formando parte de una mente colectiva, sabiendo que nuestra maldad solo en parte es nuestra y que nuestra bondad no ha sido consecuencia exclusiva de nuestra libertad, de nuestra voluntad, de nuestra conmovedora naturaleza, casi divina. No se puede vivir sabiendo que parte de nuestros pensamientos no son nuestros, que parte de nuestras emociones no son nuestras, que parte de nuestras vidas no son nuestras, sino de otros, lo mismo que sus vidas no son totalmente suyas, sino en parte nuestras.

Sin duda esta es la parte más terrible de la teoría de la vinculación de Milarepa, la parte oscura, la noche del alma. Porque ya no nos sirven los caminos individuales, las decisiones individuales, no podemos pensar que hemos escogido el bien, decidido ser buenos, luchado por serlo, y que lo demás ya no nos incumbe. No podemos seguir pensando que si somos muy buenos recibiremos la recompensa adecuada y no sufriremos lo que los demás están haciendo con nuestra sociedad, con este planeta. No podemos desvincularnos de las vidas ajenas, del sufrimiento ajeno, de lo que ellos decidan libremente, porque todos seguimos el mismo camino, vamos en el mismo barco, y cuando alguien hace un agujero el agua penetra igual para todos y el barco se acabará hundiendo aunque nosotros no hayamos hecho un maldito agujero. ¡Somos tan buenos, nos queremos tanto!

 

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Formamos parte de una mente planetaria, todo en el planeta Gaia se comunica mentalmente, incluso lo que creemos yerto, lo mineral, lo que permanece en la noche absoluta de la consciencia. Todo está compuesto de partículas subatómicas que se relacionan entre sí, que se vinculan, que se comunican. Lo que hacéis a uno de vosotros me lo hacéis a mí. Esto lo dijo el maestro Jesús y no hay mejor forma de expresar la teoría de la vinculación. Podríamos incluso añadir, lo que hacéis a un animal, a un mineral, al agua,al viento, al fuego, a la tierra, todo lo que hacéis me lo hacéis a mí. Es terrible, horroroso, es el fondo del gran abismo. Porque ya no nos sirve pensar que los demás son malos y nosotros buenos, porque cada uno de nuestros pensamientos perversos está afectando a los demás, es una proyección de nuestra mente que está llegando a otros y a través de ellos a todos los demás. Cada uno de nuestros sentimientos malvados se cuela en los demás como el agua a través de los agujeros de un colador. Cuando escribí el episodio del planeta mental en mi trilogía de ciencia ficción “Planeta Omega” debía de estar pensando en esto, aunque aún no lo tenía demasiado claro. Pero ya la atracción de ese abismo había dado buena cuenta de mí.

Mientras caminaba por aquella calle intentando bloquear los pensamientos ajenos que llegaban a mí a través de sus proyecciones mentales, comencé a caer en el laberíntico delirio de la proyección mental. Todo se me vino abajo, porque todo lo que había construido hasta entonces estaba basado en la lógica de la individualidad. Somos islas y nada de los demás llega a nosotros, salvo los restos de sus naufragios, traídos por las olas y las corrientes submarinas hasta nuestra playa. Todo se vino abajo y hasta lo más elemental dejó de serlo. Porque ya ni podía execrar y maldecir a los asesinos en serie, porque algo de mi maldad les había llegado, algo de mí formaba parte de ellos. Las vidas miserables de los otros ya no eran solo cuestión suya, construidas libremente con sus actos de voluntad, también lo que yo pensaba, sentía y hacía les afectaba y por lo tanto en el gran juicio final el Señor Todopoderoso no solo me iba a pedir cuentas de lo que yo había pensado, sentido y hecho, sino de cómo todo eso había afectado a los demás. Quien escandalizare a uno de estos pequeñuelos más le valdría que le ataran una rueda de molino al cuello y lo arrojaran al mar. Esto también lo dijo el maestro Jesús y no encuentro nada más rotundo y terrible que exprese mejor el lado oscuro de la proyección mental.

¿De qué me sirve intentar ser bueno? Yo era un niño muy bueno, muy sensible, que siempre quería hacer el bien, que no quería decir mentiras, que deseaba salvar todas las almas posibles. ¿De qué me sirve luchar a brazo partido toda mi vida para ser bueno si la maldad de los demás va a llegar hasta mí a través de sus proyecciones mentales? Antes debo bloquearlas, solo así sabré que lo que hay en mí es realmente mío, que mi maldad es mía y mi bondad me pertenece. Solo así podré seguir mi camino hasta la meta y alcanzar a Dios. ¡Pobre ignorante, pobre ingenuo, pobre diablillo hipócrita y fariseo! Somos viajeros del tiempo, vamos todos juntos por el mismo camino, y cuando uno se retrasa nos retrasa a todos y cuando uno avanza, empuja para que los demás vayan más deprisa. Cuando alguien es bueno su bondad contagia a todos los que están cerca y llega hasta los que están más lejos, como la onda removida por el agua en la que ha impactado una piedra. Como el efecto mariposa. Cuando alguien es malo contagia a los demás con el más peligroso de los virus. No solo se le pedirán cuentas por lo que ha hecho, sino por lo que ha contagiado.

 

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Mientras caminaba desesperado intentaba que mis pensamientos no llegaran a los demás y los suyos no me llegaran a mí. Así inicié mi andadura por el delirante laberinto de la proyección mental. Solo así se entiende lo que llegué a hacer, que no me importara que los demás me llamaran loco, que no me importara nada. Claro que mi mente no había perdido por completo el norte, la lógica y la racionalidad formaban parte de ella, la lucidez que siempre me ha acompañado seguía en mí, aunque solo fuera en un bolsillo agujereado. Sabía muy bien que los efectos del contagio siempre son limitados, que si el SIDA se contagia a través de las relaciones sexuales, del cuerpo a cuerpo, no era posible que un enfermo contagiara a otra persona de otra manera. Que si la gripe se contagia a través del estornudo, yo nunca podría contagiar a otra persona en las antípodas. Que si mi proyección mental no podía llegar a todo el mundo, ni la de todo el mundo a mí, era imposible que el planeta mental fuera un ordenador perfecto, conectado con el resto de portátiles y puertos USB. Todos sabemos que la comunicación de datos a través de las líneas de Internet dependen mucho de la capacidad de esas líneas, de los ordenadores que estén conectados y del soporte que tengan las operadoras. Todos hemos escuchado la publicidad sobre la fibra de vidrio y la capacidad de descarga, no es lo mismo descargar un archivo, un vídeo, pongamos por caso, a una velocidad de 15 kilobites segundo que a la de 15 megas segundo o a la de 15 gigas segundo. Mientras podemos tardar horas con una velocidad de descarga mínima, podemos tardar segundos con una velocidad de descarga máxima. Entonces yo no sabía estas cosas porque era muy joven y en aquellos tiempos apenas se escuchaba hablar de los portátiles, los ordenadores personales, de Internet. Todo era nuevo. También era nuevo en esto de la proyección mental. ¿Cómo se comunican dos proyecciones mentales? ¿A qué velocidad, digamos, descargan datos la una de la otra y la otra de la una, a qué velocidad se comunican los pensamientos, los sentimientos, las experiencias, y hasta qué punto lo que descargamos es una copia exacta de lo que hay en la mente, en el ser del otro? Todas estas cuestiones eran para mí un misterio, pero no tanto como para no darme cuenta de que a veces creía captar pensamientos ajenos, sentimientos ajenos, la personalidad del otro, y esto no era solo el delirio de un loco, porque la realidad se empecinaba en darme de vez en cuando algunas pildoritas terribles, realmente tóxicas. Como cuando había creído percibir lo que otro pensaba de mí y no hacía caso hasta que su conducta contundente me hacía saber que no me había equivocado. Como cuando creía haberme trasladado el futuro y percibido la muerte de alguien y entonces alguien va y muere y me confirma en mis hipótesis. Como cuando noto una mirada fija a mis espaldas cuando creía que estaba solo y me vuelvo y ahí está alguien mirándome con fijeza y me he vuelto a tal velocidad que no le ha dado tiempo a desviar la mirada. Ahí está, le he pillado. ¿Cuántas veces haría este estúpido experimento, solo para confirmar que no me equivocaba con las proyecciones mentales?

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Pero no todo era tan sencillo. A veces me equivocaba, no sabía distinguir bien lo que era una proyección clara, con información real y luego contrastada, con lo que eran mis fantasías, siempre tan vívidas, tan matizadas, tan realistas… Con el tiempo descubriría que en sueños una fantasía que uno ha revivido una y otra vez puede ser tan real como un hecho real. Tardé en darme cuenta de algo tan elemental, querido Watson. Supuestas premoniciones se convirtieron en puros reflejos de mis fantasías cuando las viví en sueños como reales y supe, deduje, que si el universo es mental, como dice el Kybalión, hasta nuestros pensamientos son reales y para un cuerpo astral en el mundo onírico la diferencia entre la solidez de una pared y la solidez de un pensamiento es pura entelequia, ambas cosas son reales. A veces una muerte no era tal como yo la había percibido, o creído percibir, la premonición no se ajustaba al cien por cien a la realidad. Tuve que deducir que la propia fantasía interviene y corrompe una premonición como un programa es afectado por un virus. No todas las premoniciones de muerte se cumplieron, algunas debieron ser fantasías, imaginaciones perversas o mórbidas, pero las que se cumplieron no fueron exactamente igual que como se habían desarrollado en mi premonición, existían variantes, factores y circunstancias importantes, sino esenciales. Con el tiempo descubrí que alguien podía estar pensando algo y yo percibirlo como real. Pensaba en hacer algo que no hizo y lo percibía yo como algo que hizo y que de alguna manera me lo comunicaba ahora su mente. Tardé mucho en descubrir las diferencias. Un pensamiento, un sentimiento, puede ser tan real para la mente que recibe la proyección como un hecho lo es para nuestra vista y el resto de nuestros sentidos, pero eso no significa que quien piensa o sienta, haga. El pensamiento no delinque, dicen nuestras leyes, pero no son las leyes cósmicas, para ellas quien piensa y siente también hace.

Todo esto me afectaría muy gravemente con el tiempo, sumergiéndome más y más en la locura. El loco de León seguramente miró a personas que solo pensaban como si hubieran hecho, que solo sentían como si hubieran realizado paso a paso lo que habían fantaseado y sentido con su imaginación. Puede incluso que muchas de estas supuestas experiencias solo fueran producto de mi fantasía delirante, algo que como he comprobado con mis escritos está mucho más desarrollada de lo que incluso llegué a imaginar en alguna etapa de mi vida. Esto me hizo cometer graves errores y comportarme con determinadas personas como si supiera todo lo que realmente pensaban y sentían. Aún recuerdo lo que me dijo un profesional en el trabajo al que miré con tal intensidad, como si adivinara su pensamiento, que debió ser evidente lo que pensaba para todo el mundo. Me habló con suavidad y respeto haciéndome ver que puede que sus pensamientos me asustaran, pero seguramente los míos eran tan monstruosos como los suyos o más. Fue un acto impecable, un acto de guerrero, entonces comprendí que hasta que los que no son guerreros pueden actuar como tales en algún momento de su vida. Solo lo entiendo ahora como guiado por el afecto, nadie que no sintiera afecto por mí hubiera sido capaz de atreverme a decir algo parecido. Este comportamiento fue algo habitual en mí durante mi etapa del “loco de León”, del “telépata loco”. Algunos no podían menos de mostrarme su desagrado, si eran buenas personas lo hacían como lo hacen las buenas personas, si no eran tan buenas podían ser realmente muy, muy desagradables. Entiendo perfectamente cómo debían de sentirse tales personas, aún poseo y espero poseer siempre esa capacidad de empatía que nos hace humanos y que nos convierte en bestias cuando la perdemos. Lo que más me dolió fue que personas que me querían, de mi entorno cercano, personas de absoluta confianza, no fueran capaces de hablarme con claridad, sinceridad, cariño y respeto. Solo puedo entenderlo si realmente creían que yo estaba completamente loco, rematadamente loco, si pensaban que había perdido por completo la razón. Esto es algo que me hace entender a mis hermanos, los locos, aquellos a los que los demás han desahuciado, que consideran ya no son capaces de la menor consciencia humana, de la menor empatía. No creo que ni el más loco entre los locos de la historia la haya perdido por completo. Si nadie pudo llegar a ellos fue porque no utilizaron las dos grandes estrategias de Bautista, escuchar siempre y dar apoyo y cariño. Es cierto que eso es pedir mucho. Al fin y al cabo todos pueden pensar que por qué van a dar cariño a alguien que tal vez no se lo merezca, que por su conducta se ha hecho acreedor a ser tratado a patadas, y más cuando los “normales”, “los otros”, están tan necesitados de cariño como el propio loco (es un decir porque si así fuera la locura ya habría hecho presa en ellos). ¿Cómo pedir cariño a alguien que está vacío, que lo necesita tanto como nosotros? Sí, reconozco que los locos tal vez nos merezcamos lo que nos pasa, que no podemos pedir cariño si no lo damos, pero eso es algo que el evangelio, de nuevo, escenifica muy bien. Los hijos que están con el padre, trabajando duramente de sol a sol, no comprenden que este se ponga las sandalias y salga a buscar al hijo pródigo. Tal vez se sientan fatal y murmuren y piensen en marcharse también, pero ¿quién conoce el corazón humano? Solo Dios, así pues, quien crea que un loco no merece cariño tal vez se equivoque.

Cuando he leído los diarios de Krishnamurti, las experiencias de grandes iniciados esotéricos, de otros hermanos que han andado el camino antes que yo, siempre me he preguntado por qué no hablan de esto. Por qué no hablan claramente. Por qué no dicen lo que yo estoy diciendo. ¿Acaso piensan que la humanidad no está preparada, de momento, para conocer estas grandes verdades? ¿Pero sí lo está para ver por televisión cómo se cortan cabezas, se ponen bombas, se disparan balas en la nuca, cómo llegan niños ahogados a nuestras playas? ¿Están preparados para eso y no para conocer los grandes secretos de la naturaleza humana? No lo soporto. Como no lo soporté entonces. Recuerdo que me vino algo a la cabeza en aquellos tiempos delirantes. Cuando me fui de los rosacruces porque no habían contestado a alguna de estas preguntas, que tanto me preocupaban, me juré a mí mismo que cuando fuera viejo, que cuando llegara al final de mi vida, lo contaría todo, todo-todito, y me importaría un bledo lo que me pasara. Entonces creí escuchar en mi cabeza una voz que me explicaba que uno no se puede adelantar a los tiempos y dar fuera de momento a conocer una verdad, no se pueden arrojar perlas a los cerdos, de la manera tan gráfica y terrible que decía todo el maestro. Lo siento, yo no puedo aceptar que la humanidad esté preparada para tragarse sin pestañear comportamientos infernales, tanto sufrimiento de nuestros hermanos, sin mover un dedo y no lo esté para conocer verdades que por muy terribles que sean, por mucho que puedan demoler todo el cimiento de la civilización humana, son reales, tan reales como las paredes que tocamos o el pan que comemos. Al mismo tiempo, por muy espantosas que sean, no dejan de tener su anverso de luz. Si podemos contagiar el mal, también se puede contagiar el bien. Si podemos convertir este planeta en un infierno, también podemos transformarlo en un paraíso.

 

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A veces he pensado que mis experiencias no son para tanto, que podrían ser perfectamente individuales, que otros tal vez hayan tenido otras, que me estoy dejando llevar por mi imaginación, siempre tan viva. Pero visto lo visto y leído lo leído creo que aquí se están callando muchas cosas y estamos viviendo una gran manipulación. Se sigue un camino científico tal vez porque se sabe que eso permitirá a la humanidad un tiempo extra hasta que la ciencia descubra esas mismas grandes verdades. Tal vez cuando el acelerador de partículas descubra las partículas mentales que conforman la proyección mental, cuando se pueda imprimir la mente de un fallecido en un artilugio y todos nos convirtamos en hombres biónicos, en aquellos chalados en sus locos cacharros que quieren ser inmortales, cuando se descubra que no se necesita la curvatura del espacio-tiempo, el agujero de gusano, para viajar al otro lado del universo, ni la máquina del tiempo para viajar al pasado o al futuro, porque ya tenemos algo que lo hace, nuestra propia mente, entonces muchas cosas se tambalearán y caerán. Cuando alguien pueda perseguir con su maquinita al cuerpo astral que sale del cuerpo físico y cómo viaja en sueños y a dónde va y con quién se encuentra, tal vez entonces se dejen de ver los sueños como cloacas de estimulaciones diurnas, o como extraños símbolos que nuestro subconsciente nos pone delante para que nos rompamos la cabeza intentando desentrañarlos. Cuando la ciencia descubra que somos seres multidimensionales, entonces todo será diferente, porque no necesitaremos tantas maquinitas, solo recordar lo que ya sabemos. Entonces tal vez nos preocupemos más de lo que pensamos y sentimos, de lo que comunicamos a los demás con nuestras proyecciones, tal vez nos hagamos más humildes al saber que parte de la maldad de los demás puede ser nuestra y que parte de nuestra bondad puede ser suya. Tal vez entonces perdamos la importancia personal y nos hagamos conscientes de que somos una partícula infinitesimal en un universo infinito, solo que esa partícula es una chispa divina, que puede comunicarse con los demás sin móvil, que puede amar sin tocar, solo con el pensamiento. Entonces tal vez descubramos que los cuerpos de luz que salen del cuerpo físico en la película de Cocoon, pueden ser un extraño adelanto de la verdad que a alguien se le ocurrió hacer película.

Mientras caminaba aquel día por aquella calle, al encuentro con mi locura, creo que esbocé un portentoso delirio sobre las proyecciones mentales, que con el tiempo descubriría que no era para tanto pero tampoco para menos. Tal vez me pasara de la raya, como me paso siempre que está en juego la fantasía, pero si realmente las proyecciones mentales existen, si los puntos de luz que veo cuando cierro los ojos, si los ectoplasmas que adoptan rostros de personas reales, si los cuerpos físicos que veo al final del túnel, son reales, entonces tal vez mis delirios no fueran para tanto. Tal vez estuviera atibando al ser multidimensional que soy, que somos. Tal vez tuviera que volverme loco para recuperar la consciencia, la razón, como don Quijote, tal vez tuviera que morir para renacer, tal vez tuviera que perderlo todo para que no me importara contarlo todo. Porque aquí estoy, al final de mi vida, no tan viejo como pensé en aquel momento de mi juventud, diciendo lo que quiero decir, porque soy libre, contando lo que quiero contar, porque nada tengo que ocultar, mostrándome tal como soy, porque así es como soy y no como les gustaría que fuera a otras personas o incluso a mí mismo. Cuando me pregunto por qué a mí, precisamente a mí, no se me dejó morir cuando lo razonable es que hubiera muerto, otras personas mueren por mucho menos, no se me ocurre otra razón que ésta: el pobre de Milarepa no encontró otro idiota mejor para servirle de instrumento y que contara su teoría de la vinculación para que, con el tiempo, la humanidad acabe entendiendo que no hay caminos individuales, todos viajamos juntos, que no podemos hacer un agujero en el barco y quedarnos tan panchos, porque todos vamos en el mismo barco. No existe salida, no es posible alcanzar una sociedad en que los bienes materiales estén repartidos igualitariamente, al cien por cien, una sociedad hedonista donde todos reciban todos los placeres, donde la maldad sea extirpada, porque eso sería extirpar también la libertad, donde nuestros problemas nos los resuelvan desde arriba, sin que nosotros nos esforcemos al máximo, suframos al máximo, amemos al máximo. No existe una sociedad material perfecta, nos daremos cuenta cuando cerremos los ojos y percibamos las proyecciones mentales de los demás y ellos las nuestras, cuando recordemos lo que hacemos en los sueños, los acuerdos que tomamos cuando estamos fuera del cuerpo físico, cuando sepamos cómo nos hemos dejado manipular por los tontos esbirros de Satanás, esos que pretenden que no servir es el colmo de los colmos. ¿Cómo podemos no servir si todos vamos en el mismo barco, hacia las mismas metas, siguiendo los mismos caminos? ¿Acaso no servimos cuando amamos y dejamos de servir cuando dejamos de amar?

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Tal vez algún día mi vida cobre pleno sentido, pero ahora, mientras preparo la fase final de mi vida, en soledad, aquellos recuerdos del “loco de León” siguen siendo en extremo dolorosos. ¿No pude haber aprendido la lección de otra manera? Tal vez, pero lo que se consigue sin dolor, se pierde sin amor.

 

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