LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN IX (LA REGLA)

9 03 2016

 

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN

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LA REGLA

La regla, la norma, la ley, forma parte de nuestras vidas, lo queramos o no. Todo en el universo está diseñado de acuerdo a una ley que conforme desciende hacia el mundo material se hace más enrevesada y compleja. Existen las leyes físicas que gobiernan nuestro universo dimensional, existen leyes cósmicas, que regulan la compleja existencia de los universos materiales y existen leyes creadas por los humanos para vivir en sociedad. Cada persona también se crea sus propias leyes o normas para regir su vida. La regla, la ley nace de la propia naturaleza de las cosas, de la propia existencia, algo es como es porque se adapta a unas normas concretas, somos como somos porque nos ajustamos a una determinada forma de pensar, sentimos de una manera y los hábitos, normas auto-impuestas, gobiernan nuestras vidas.

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Hay normas tan variadas como complejas, tan simples como dogmáticas, tan flexibles como monolíticas. Las religiones se rigen por la regla de la palabra de Dios, es decir, creen que Dios ha hablado a alguien y esa palabra, recogida por escrito o por tradición verbal, se impone, en forma de dogmas, a los demás. El dogmatismo es la regla de las religiones. Nuestra sociedad funciona en base a un complejo entramado de normas, como una auténtica tela de araña. Algunas son imprescindibles para la convivencia, otras no son otra cosa que una cárcel de papel, burocrática, en la que se quiere mantener a los ciudadanos. La observancia de la regla, de la norma, es imprescindible si se quiere vivir en sociedad. Una desobediencia civil mayoritaria, aunque solo fuera de una norma básica, mientras se mantienen las restantes, provocaría un auténtico caos social. Basta con imaginar que un día una mayoría de ciudadanos se pusieran de acuerdo para no cumplir las normas de tráfico, por ejemplo, y nos podemos hacer una idea cabal del infierno que eso generaría.

Un guerrero impecable, un nagual, también tiene su norma, su “regla”. Solo que, al contrario de lo que sucede con la religión o la sociedad, la norma del guerrero es tan simple como inextricable. No existen dogmas, no existe la palabra de Dios, no existen leyes que deben ser cumplidas de forma coactiva por cuerpos de seguridad y militares. Para un guerrero la norma básica es aceptar que la vida es un misterio, que todo es un misterio. No nos enfrentamos al misterio batallando por vencerle y doblegarle, tampoco le preguntamos para que nos responda como a una sibila, no pretendemos estudiarlo, diseccionarlo para ver qué hay en sus entrañas, un misterio es un misterio y lo único que se puede hacer frente a él es respetarlo, es la primera actitud de un guerrero ante el misterio, el respeto ante algo que nos supera, que nos puede. Un guerrero respeta el misterio de la vida, no pretende analizarla al microscopio para desentrañar su naturaleza y dominarla, no se conoce el misterio, no se domina el misterio, se respeta. Un guerrero sabe que vive en un mundo misterioso, el simple hecho de vivir es un prodigio, un don y también un horror, el terror elevado a la enésima potencia. No sabemos cómo hemos venido a la vida, por qué, quien nos ha dotado de consciencia, para qué, no sabemos nada. Vivimos asumiendo que muy pocas cosas están en nuestras manos. La mayoría de lo que nos sucede escapa a nuestro control y tampoco puede ser controlado por los demás, a este misterioso organizador de nuestras vidas lo han llamado destino, fatum, suerte… en la filosofía chamánica tiene un nombre “fuerzas poderosas que controlan y dirigen el universo”.

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Un guerrero no vive como si supiera qué es la vida, qué le ocurrirá mañana, hoy mismo, dentro de un instante, un guerrero vive sumergido en el misterio, él mismo es un misterio para sí mismo y los demás son aún más misteriosos que él. Aunque las personas “normales”, los no guerreros, viven como si supieran todo de la vida, como si conocieran cada uno de los pasos que les esperan, como si tuvieran un manual que les permitiera arreglar todos los desaguisados con los que se encuentren. Los creyentes asumen que la supuesta palabra de Dios les explica todo, cómo nacieron, para qué nacieron, qué tienen que hacer en cada momento, cómo tienen que reaccionar ante cualquier incidencia de la vida. Tienen una regla otorgada, no una regla propia, abdican de su razón y se la entregan a quienes dicen haber recibido la palabra de Dios. Saben que no pueden mentir, matar, dejarse llevar por la lujuria, saben que tienen que ir a misa o cumplir sus rituales en la forma y tiempo establecidos, saben que ante cualquier duda deben acudir al sacerdote para que les aleccione o rezar para que el mismo Dios les haga saber su voluntad en la forma que él establezca.

Los no creyentes, los agnósticos, los materialistas, los ateos, los cientifistas, o como ellos gusten de llamarse tienen una norma básica que guía sus vidas: ver para creer. Son auténticos “santo-tomases” que no creen en nada que no puedan ver, palpar, gustar, que no puedan abrir, diseccionar, experimentar, comprobar. Su regla es tan imposible de cumplir que la mayor parte de sus vidas es un constante saltarse la regla. No pueden verlo todo y como sus límites son evidentes acaban por fiarse de lo que otros les dicen que ellos han visto. No pueden abarcarlo todo, y por lo tanto deben confiar más, deben tener más fe que los propios religiosos que solo creen en la palabra de Dios. Digamos que la norma del escéptico, del agnóstico, es tener una regla que siempre se deben saltar si quieren adaptarse a la vida, si quieren seguir viviendo. No ven el amor, como lo único que se puede ver son hormonas bailando al microscopio, acaban asegurando que el amor son hormonas, pero cuando tienen que asumir las consecuencias de esta conclusión se echan atrás. ¿Cómo confiar que las hormonas van a durar para siempre, que el cóctel no se revuelva de un momento para otro y lo que hoy es amor mañana sea indiferencia absoluta? Y sin embargo llegan a aceptar la vida en pareja, aún creyendo que lo que sienten es solo instinto, hormona revuelta; llegan a tener hijos y los quieren como si este sentimiento fuera mucho más que una hormona que tira para ese lado. Consideran que todos somos sacos de hormonas, sacos de piel con huesos, músculos y órganos y sin embargo actúan como si los demás fueran algo misterioso y divino. No respetan la vida del prójimo solo porque si se la quitaran les pillarían y les harían morder el polvo, pagar muy caro lo que han hecho. Si así fuera quienes tuvieran la oportunidad clara de arrebatarle la vida al prójimo sin ser descubiertos lo harían sin más, en cambio respetar la vida del otro parece ser una norma básica en sus vidas. Quienes siguen la regla de que nada que no pueda ser visto, oído, gustado, palpado, diseccionado, visto al microscopio electrónico, existe realmente, tendrían que renunciar a gran parte de su vida porque no es “comprobable”. Nadie puede verlo todo y la confianza en que lo que los demás dicen haber visto es ineludible para que nuestras vidas puedan seguir siendo lo que son. Lo curioso es que confían y creen en lo que les dicen los demás, humanos, limitados, no aquilatados como buenas personas dignas de confianza y se ponen insufribles negando todo aquello que supuestamente pueda venir de entidades invisibles a las que lógicamente no pueden ver ni palpar. Podríamos decir, de forma irónica, que hay quienes llegan a creer más en un prójimo mentiroso que en el mismísimo Dios. Claro que los creyentes que dicen creer a pies juntillas en el mismísimo Dios, en realidad están creyendo en sus semejantes que les dicen que Dios les ha hablado. En resumidas cuentas, en el fondo todos creen en sus semejantes, solo que unos les hablan en nombre de Dios y los otros les piden que crean en lo que ellos dicen haber visto. En realidad nuestras vidas se basan en la confianza mutua, nombramos representantes políticos para que establezcan normas y leyes, confiando en que lo harán bien y mejorarán nuestras vidas en lugar de empeorarlas. Cada día nuestra vida es un perpetuo derroche de confianza. Salimos de casa confiando en que nuestro vecino no nos esté esperando, como un depredador, para devorarnos, cruzamos el paso de cebra confiando en que el conductor de turno respete la norma o regla establecida y no nos atropelle. Confiamos en que el alimento que compramos en el supermercado esté en buenas condiciones y no muramos intoxicados. Confiamos en la persona que nos dice que nos ama locamente y nos casamos y tenemos hijos y formamos familias que son las células, las moléculas de nuestra sociedad. La vida del no guerrero es una perpetua confianza, en los demás, en que las leyes físicas seguirán funcionando cada día, en que la mayoría respete las normas y leyes, en que nuestra vida siempre estará en nuestras manos, aunque sabemos muy bien que no lo está, está en manos de quienes hacen las normas y leyes, de los políticos, de las fuerzas y cuerpos de seguridad que dicen velar porque sigamos vivos, de los empresarios que dan trabajo, de los trabajadores que son productivos y cumplen, de los que confeccionan alimentos que nosotros solo compramos, no podemos cultivar. Pero lo curioso de todo esto es que, individualmente, tomados de uno en uno, no podríamos asegurar ni el uno por ciento de nuestras vidas. Nuestras ropas no dependen de nosotros, ni la alimentación, ni nuestras moradas, ni los inventos que mejoran nuestras vidas, ni nuestra seguridad. Lo que realmente está en nuestras manos es tan poco que da miedo.

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Confiamos en los demás porque no nos queda otra opción, pero si miramos bien nos daremos cuenta de que esa confianza es un auténtico misterio, porque la palabra de Dios no nos dice que Él va a intervenir directamente si un malvado mata a nuestros seres queridos o los secuestra o los viola, tenemos que confiar en que las leyes y cuerpos de seguridad disuadan al malvado de sus designios. Confiamos en que la estadística nos sea favorable, puede que no nos toque la lotería, pero confiamos en que no nos toque el tanto por ciento de robos, atracos, secuestros, violaciones, asesinatos, errores conscientes o no conscientes en la confección de alimentos o vestidos o… Confiamos en que las estadísticas nos sean favorables y podamos seguir vivos tras comer algo que hemos comprado en el supermercado, tras vestirnos una ropa que ha confeccionado otro y en la que podría haber puesto algo que nos intoxique. Confiamos en que el coche que compramos esté bien hecho y se ajuste a las normas establecidas y de esta manera que cuando lo utilicemos no estemos jugando con la suerte, si vamos a morir hoy o mañana.

La vida de un no guerrero es un auténtico misterio, solo que él no lo sabe, ni lo quiere saber, actúa como si todo estuviera en su mano. Considera que sigue vivo porque es así como debe estar, vivo, y la muerte solo es un accidente que ocurrirá en algún momento, más bien tarde. Considera que todo lo que le ocurre cada día es lo programado, algo que está perfectamente controlado, algo que sucede así desde el principio de los tiempos y seguirá ocurriendo hasta el final de los tiempos. Todo lo demás son “accidentes”. Descarrila un tren y nosotros no íbamos en él, estadísticamente es muy improbable que fuéramos por esto y lo otro y lo demás allá. Nos convertimos en una parodia ridícula del matemático. ¿Quién nos dice que a nosotros nunca nos tocará un accidente de este tipo, estadístico, porque tenemos la matemática y la suerte a nuestro favor? Y así huimos de la realidad cuando ésta nos golpea con su misterio, fuimos de viaje al extranjero, de turismo y mientras a estos les tocó morir al explotar su avión, a los otros les secuestraron los terroristas, les cortaron la cabeza, les… a nosotros no nos pasó nada. Parece que es pura casualidad el mal que les ocurre a los demás. Si fuéramos unos buenos matemáticos sabríamos que la probabilidad de que nos ocurra algo a nosotros, llevando la vida que llevamos es… Y sin embargo hemos visto morir a nuestros familiares de cáncer y sin embargo nosotros vamos aguantando el tipo; hemos visto morir en accidentes de tráfico a personas que iban por nuestra carretera, unos kilómetros por delante, y nunca nos preguntamos por qué a ellos y no a nosotros. Nunca nos hemos planteado que es más fácil la muerte que la vida, la ley de la entropía que el orden universal, que sea más fácil encontrarnos en la vida con una persona que quiera hacernos daño que con otra que quiera hacernos el bien. Damos por supuesto que todo lo que nos sucede es bueno porque así está establecido por las leyes básicas del funcionamiento del universo, por la regla, y que los accidentes y las excepciones siempre les ocurrirán a los demás, porque la estadística no miente, yo nunca seré un fallecido en accidente de tráfico.

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Un guerrero sabe muy bien que todo esto es un misterio, que nunca lo podrá desentrañar, que la consciencia es un misterio, que el hecho de que él haya sido dotado de consciencia es un misterio, que el hecho de que él haya nacido de una determinada familia y no de otra es un misterio, que las personas que se va a encontrar a lo largo de su vida sean éstas y no otras es un misterio. Un guerrero sabe que la muerte le sigue por el camino, la mano en su hombro izquierdo, que se lo puede llevar cuando ella quiera, todo está en el aire, nada de lo que le suceda a lo largo de la vida es seguro, desde la perspectiva de la muerte todo es un don, la vida es un don, los placeres son un don, hasta el sufrimiento es un don, el amor es un gran don y el desamor sigue siendo un don. Un guerrero sabe que todo es un misterio, es un misterio nacer y es un misterio morir, es un misterio todo lo que le sucede a lo largo de la vida, las personas con las que se encuentra y por qué no se encuentra con otras, por qué algunos le hacen daño y otros le hacen bien, por qué se libra de tragedias terribles no estando donde tal vez debiera haber estado según la lógica de su vida rutinaria y por qué cuando estaba convencido de que iba por el buen camino y nada malo le podría ocurrir de pronto cae al fondo de un abismo que no había visto ni que se podía prever estuviera allí.

Un guerrero respeta el misterio, no intenta desentrañarlo ni busca que le expliquen por qué nacemos o morimos cuando bien podríamos haber adquirido la consciencia desde siempre, recordarlo todo desde siempre y no perderla nunca, ni en la muerte. Un guerrero no lucha a brazo partido con el misterio, obligándole a concederle una buena vida y una buena muerte, a concederle el amor de una determinada persona o el amor de otra o de aquella de más allá, el amor nos puede ser concedido pero también nos puede ser negado, o nos puede ser concedido y luego negado. No lucha porque la vida le conceda todo aquello que cree merecer, porque se considera bueno, inteligente, porque cree haber hecho méritos, porque cree haber sufrido mucho, más que nadie. No sabemos cómo se causa el karma y cómo se nos exige el karma, no sabemos si tenemos algún mérito o más o menos que otros a los que la vida parece concedérselo todo. No conocemos el corazón de los otros, ni siquiera conocemos nuestro propio corazón. Todo es un misterio, un inextricable misterio, un profundo e infinito misterio. Ya el solo hecho de nuestra existencia es un gran misterio. Un guerrero respeta el misterio, es humilde, sabe que sabe lo que sabe, es decir no sabe nada, solo sé que nada sé decía el gran Sócrates. Un guerrero no tiene creencias ni mucho menos se las impone a nadie. Un guerrero sabe que existen fuerzas poderosas que controlan y dirigen el universo, pero no sabe quiénes son ni por qué actúan como actúan ni por qué unas veces le dan y otras le quitan. El respeto y la humildad forman parte de su regla frente al misterio. Ha perdido la importancia personal y por lo tanto no va por la vida exigiendo lo que cree que se merece ni imponiendo a los demás sus creencias y dogmas ni exigiéndoles que se arrodillen y le adoren porque el es el rey de todo y de todos.

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LA QUINTAESENCIA DE LA NORMA

En el libro de Castaneda, el don del Aguila, se narra cómo don Juan encarga a Florinda, una guerrera de su grupo, que instruya a Castaneda en el arte de acechar. Cada uno de estos grupos está compuesto por un nagual y un número determinado de guerreros y guerreras, que tienen su función particular de acuerdo a sus cualidades o capacidades de guerrero. En un pasaje de este libro se quintaesencia la regla del guerrero, por lo que me voy a limitar a copiarla, tal cual.

“El primer precepto de la regla es que todo lo que nos rodea es un misterio insondable.

“El segundo precepto de la regla es que debemos de tratar de descifrar esos misterios pero sin tener la menor esperanza de lograrlo.

“El tercero es que un guerrero, consciente del insondable misterio que lo rodea y consciente de su deber de tratar de descifrarlo, toma su legítimo lugar entre los misterios y él mismo se considera uno de ellos. Por consiguiente, para un guerrero el misterio de ser no tiene fin, aunque ser signifique ser una piedra o una hormiga o uno mismo. Esa es la humildad del guerrero. Uno es igual a todo.

La razón de ser de la regla:

-Los guerreros no tienen al mundo para que los proteja, como lo tienen otras personas, así es que tienen que tener la regla. Sin embargo la regla de los acechadores se aplica a cualquiera.

Ya en otro momento y en otro libro de Castaneda don Juan le explica más extensamente lo que aquí dice Florinda. Cuando habla de los demás se refiere a los no guerreros que se protegen del misterio insondable de la vida y de las emanaciones del Águila escudándose en el grupo, en la vinculación que la primera atención genera entre los no guerreros, algo parecido a la oveja que se refugia en el rebaño cuando ataca el lobo. Los no guerreros se escudan en su hacer cotidiano, en la relación interpersonal y en la convivencia con los demás, unos a otros se van ayudando a intensificar la primera atención que los une al mundo físico. El guerrero como hemos visto está solo, no puede protegerse refugiándose en el grupo y usa la segunda e incluso la tercera atención, moviéndose constantemente entre ambas y viviendo también en la primera atención como los demás. Como no puede “sugestionarse” hablando con los demás, conviviendo con ellos, reafirmando lo que don Juan llama muy acertadamente “la descripción del mundo” que los no guerreros aprenden a hacer en cuanto dejan la infancia y los adultos les “describen el mundo” a su manera, tienen que refugiarse en la regla como tras un escudo. Deben encontrar en ella lo que el dogma es para los religiosos, el refugio que para los otros es la sociedad con su estrecha vinculación de convivencia y su constante bombardeo de ideas y descripciones del mundo.

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LA REGLA COMO MAPA

Es un concepto en el que don Juan insiste mucho. Si para los demás las normas, leyes y reglas son coactivas y se cumplen para evitar ser castigados y uno se las salta a la torera cuando no espera el castigo, si para los religiosos el dogma es una cárcel de la que no pueden salir, so pena de herejía y excomunión, para un guerrero la regla no es coacción, garrote (las fuerzas poderosas te castigan si te saltas la regla) sino un mapa que les permite situarse y moverse para alcanzara su objetivo. La única meta de un guerrero es alcanzar la libertad por lo tanto todo en su mapa debe ser una ayuda para alcanzar esa meta. Se sitúa en un punto, donde está él, y traza un camino (estrategias) para alcanzar la meta (la libertad). Así de sencillo. No buscamos en la regla un apoyo grupal y la cumplimos por miedo al castigo, la regla es para nosotros un mapa que nos permite situarnos en un punto del camino, de la geografía, hacernos una idea de dónde estamos y de los diferentes caminos que nos pueden llevar a la meta, la libertad, diseñando cuantos recorridos-estrategias sean necesarios.

Así pues, se podría decir que lo único que un guerrero debe saber es que todo es un misterio, que puede y debe luchar por desentrañarlo, aunque sabiendo que nunca lo logrará, y que lo quiera o no toda su vida se va a mover en el misterio, con la única esperanza de ser un guerrero, de hacer lo que tiene que hacer cuando tiene que hacerlo y de esta forma propiciar que las fuerzas poderosas sean favorables.

“Descansa, olvídate de ti mismo, no tengas miedo a nada. Solo entonces los poderes que nos guían nos abren el camino y nos auxilian. Sólo entonces”.

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