DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL LXI

17 03 2016

 

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLI

LOBO

POCO QUEDA CUANDO YA NO QUEDA NADA

Poco queda

cuando ya no queda nada.

Nada de amor,

ni un átomo de esperanza.

Ni el sol de día,

ni la luna de noche,

ni un rayo de luz

en la consciencia.

Aunque dicen

que la tumba es fría,

solo hecho de menos mi cuerpo.

Escribí este poema profético hace ya muchos años. No es tan bueno como el de Dylan Thomas, el poeta alcohólico, que tanto gustaba a don Juan Mathus y que Castaneda suele leerle.

d.tHOMAS
He anhelado alejarme

del siseo de la mentira gastada

y del grito continuo del viejo terror

que se torna más terrible a medida que el día

avanza y se desliza dentro del mar profundo.

He anhelado irme pero tengo miedo

de que un pedazo de existencia aún intacto

pudiera explotar al salir de la vieja mentira

quemándose en el suelo,

y, reventando en el aire, me dejase medio ciego.

He anhelado irme pero tengo miedo…

El correo de Sara me me ha tumbado, estoy tan hundido que me cuesta levantarme de la cama. No es que no lo esperara, pero uno siempre enciendo la última vela de esperanza en los rincones más ocultos de su alma, confiando en que la luz del sol llegue alguna vez hasta allí. Los sueños me habían avisado esta temporada, acostumbrado como estoy a sus avisos intuí que pronto tendría noticias de ella y de su madre, como así ha sido. Me dice que no quiere volver a saber de mí. Está realizando una terapia, como me figuraba, y ha decidido que no puede soportar verme sufrir tanto y prefiere que nuestros caminos se separen para siempre. Como hija de su padre se expresa muy bien y hasta ha tenido el detalle de añadir una coletilla esperanzadora que yo mismo hubiera utilizado en sus circunstancias. Pero los dos nos conocemos muy bien para no saber cómo son nuestras decisiones. Alega también que nuestras filosofías de la vida son muy diferentes y en algunos puntos irreconciliables. Es cierto, hay puntos en los que difícilmente nos encontraremos nunca, pero eso no debería significar que no pudiéramos reconducir una relación paterno-filial. Tanto pregonar que la emoción y el sentimiento lo son todo, que sin ellos somos robots y que la mente pinta muy poco en nuestras vidas, para que ahora su decisión se base en parte en nuestras formas de pensar irreconciliables. He respondido que las puertas de mi casa y de mi corazón estarán siempre abiertas para ella y que al menos espero que quiera despedirse de mi cuando note que la muerte se acerca, pero sé muy bien que todo esto solo son palabras. Me lo he tomado como una despedida definitiva, como un adiós hasta la eternidad, de aquí a la eternidad, parafraseando el título de la famosa película. Mi testamento ha sido muy sencillo. Le he mandado el relato que escribí en el taller de la escuela Alonso Quijano, hace años, y que versaba sobre los recuerdos más tristes de nuestras vidas. Lo copiaré al final de este capítulo del diario. Cuando pienso en ella la veo como aquella niña de apenas dos años, como aquel angelito del cielo, que se acerca al sofá donde estoy tumbado, absolutamente hundido, con el televisor encendido para que haya un ruido, cualquiera, que me impida escuchar el silencio infinito. Cuando me dice, papi, quiero jugar, el alma se me cae al suelo y el corazón se desgarra. Entonces me prometo que si algún día logro sacar la cabeza del océano y respirar aire puro escribiré algo que haga llegar a “los otros” ese infinito sufrimiento del enfermo mental, que les haga ver el rostro del cordero, de Dios, en nuestros rostros desencajados por el dolor, buscando la compasión. No pudo recriminarle nada a aquel angelito. No he sido un buen padre, no al menos el padre que ella se merecía, lo reconocí y le pedí perdón en el correo de respuesta, aunque el serlo, también le dije, no estuvo siempre en mi mano. Podría entregarme al potro de tortura y que ella me torturara durante toda la eternidad por mis muchos pecados, a ese angelito se lo permitiría todo, pero no es así, nadie tiene la culpa de todo, ni siquiera yo. Luché e hice lo que estaba en mi mano, no siempre lo máximo que estaba en mi mano, pero sí mucho.

Llevo unos días que al despertar me siento tan hundido, tan angustiado por la recapitulación de recuerdos que llega hasta mí, que si pudiera hacer un viaje al pasado me aniquilaría para que mi hija no sufriera, para que su madre no hubiera sufrido, pero si lo hiciera ella no habría nacido. El karma tiene algo de misterioso y de terrorífico y no hay karma más terrible que el existente entre padres e hijos, entre amantes. Su nacimiento estaba unido a mí y su sufrimiento también, parece un vínculo demoniaco. Esta mañana, al despertar he recordado esos versos del poema, como otros de aquellos poemas juveniles que escribí en Madrid y que he recopilado en un “Poemario negro”. Tal vez debería repasar aquellos poemas y subirlos a Internet, necesito recapitular aquellos sentimientos. Luego, a lo largo del día, esa angustia y esa sensación de culpa se va atenuando, en realidad bastante tengo con mi culpa como para asumir culpas ajenas. El que alguien no me acepte como enfermo mental no es culpa mía, sino suya. Con la luz del sol todo vuelve a la realidad multicolor que es la vida. Anoche estuve hablando por el “wasape” con una hermana que no hace otra cosa que pensar en la muerte y en la mejor forma de morir. Lo mismo que la otra hermana de aquí, con la que me veo de vez en cuando, que no deja de cantar esa vieja cantinela que me conozco tan bien: quiero morir-quiero morir-quiero morir….Cuando les pregunto por qué, la respuesta es siempre la misma. Quiero dejar de sufrir, no soporto más este sufrimiento. Lo mismo, lo mismito que hacía yo, solo que a lo mejor lo decía más bonito, en verso, pero lo mismo. Si alguien piensa que esto no es una enfermedad sino que nos juntamos los más tontos del pueblo, los más apáticos, los más vagos, para no hacer nada, con la disculpa de que estamos enfermos, es que no tiene la menor sensibilidad ni quiere tenerla, y ya sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír. Anoche, mientras intentaba sacarle de la cabeza a esta hermana esa vieja y estúpida idea de que la muerte acaba con nuestro dolor y es como una especie de vientre materno cósmico, donde nada nos afecta y el silencio y el equilibrio son perfectos, recordé mi largo historial de intentos de suicidio, uno tras otro, no hay uno bueno, no hay uno menos doloroso que otro. Le pedí por favor que antes se leyera el libro tibetano de los muertos, el Bardo Thodol, para hacerse una idea de lo que les espera a los muertos y más si es por muerte violenta, y más si es por suicidio. Los demonios de nuestra mente, todos los que hemos creado a lo largo de la vida, los que se agazapan en las cloacas del subconsciente, salen, todos a la vez, e intentan devorarnos, desgarrarnos el alma. Como dijo aquel, saliste de Guatemala y te metiste en Guate-peor. Te suicidas para evitar el sufrimiento y acabas siendo descuartizado por los demonios de tu mente, mala elección, pésima elección. Eso le dije, pero no me hizo mucho caso. Si pudiera conseguir una pistola… Yo la conseguí y recuerdo muy bien aquella plegaria sin palabras que elevé al cielo cuando caí de rodillas, sobre un suelo nevado, en aquel bosque de Navacerrada. Señor, si tanto te he decepcionado, aniquílame, haz que mi existencia regrese a la nada de donde tú la sacaste. No me importa. Si esa es buena forma de suicidarse, acabando con el dolor, que venga Dios y lo vea. Como lo vio, porque no quiso permitirlo. Recuerdo muy bien cómo yo pensaba lo mismo, si muero dejaré de sufrir, si muero dejaré de sufrir… Aquel era mi mantra constante. Es lo primero que tuve que quitarme de la cabeza para sacar la boca de aguas profundas y poder respirar.

Bardo

No queridos hermanos, no, la muerte no es solución, no alivia el dolor, no acaba con él, cuando mueres y pasas al estado intermedio tibetano los demonios de tu mente te desgarran las entrañas, una y otra vez. Mejor vive con tu dolor como puedas que matarte para que los demonios se refocilen con el último tonto que les llega desde el más acá. No, no, no demos esa satisfacción a los “otros”, a los “normales”, a los “sanos”, para que puedan olvidarse de nuestro lamentable espectáculo y sentarse a las puertas de sus casas para ver pasar la gran procesión fallera de los logros alcanzados por los “normales” de este mundo. Puedo ver el espectáculo desde primera fila, tengo una vivísima imaginación. Al frente los yihadistas, con el rostro cubierto con el turbante negro, el machete en la mano, las cabezas, aún sangrantes en bandejas de plata, como la cabeza de San Juan Bautista. Tras ellos vienen los terroristas encapuchados, con sus pistolas en la nuca, y tras ellos los juglares de los terroristas, disculpando las muertes de víctimas inocentes porque papá Estado no les dio la independencia, ni respetó su cultura e idiosincrasia. Y tras ellos vienen los políticos del pacto de la vergüenza, con playas repletas de niños ahogados, con barrizales repletos de niños con los pies gangrenados, con esas miradas tan dulces de angelitos que aunque están viendo la parte más infernal de la vida, aún siguen intentando conservar esa bondad y pureza que se transparenta en sus ojos. Y tras ellos vienen más políticos bien trajeados, con pateras en sus manos, donde van buenos, malos, regulares y muy malos, y donde los malos arrojan al mar a los buenos y todos acaban ahogados, mares repletos de ahogados. Y políticos millonarios levantando muros para que no entre nadie, muros que deberán pagar los pobres, por supuesto, y repartiendo armas por doquier para que cualquiera pueda matar a cualquiera con solo un gesto del dedo. Y tras ellos vienen las bestias feroces del machismo, violando a niñas en los autobuses de la India, y matando a esposas y amantes porque “la maté porque era mía” y tras ellos las feministas intentando cambiar las palabras masculinas del diccionario en lugar de intentar cambiar una sociedad injusta, porque es más fácil cambiar una palabra en un libro que las vidas de millones y millones de seres humanos. Y tras ellas vienen los poderosos de este mundo, con maquetas de la ciudad de Siria que tanto estamos viendo en los telediarios, una ciudad apocalíptica, de ciencia ficción, y uno se pregunta cuántas bombas han debido de tirar para que una ciudad quede así. Y los poderosos llevan en las manos las armas bacteriológicas, las armas químicas, las armas de destrucción masiva, las bombas atómicas, de hidrógeno, de exógeno, de litio y cadmio. Y los dictadores gritan que ellos son queridos por el pueblo que les eligió para la eternidad, mientras encierran a los disidentes y reparten el elixir de la eterna felicidad, el panfleto de la magia-potajia que solucionará en un pis-pás todos los problemas de la humanidad que no han sido resueltos en miles y miles de años. Y tras ellos…

No hay alternativa, o ellos, los papones de esta procesión fallera, pertenecen al gremio de los “normales” o si son enfermos mentales también, no queda otra pregunta que hacer que esta: ¿Pero hay alguien sano en esta sociedad?

 

FALLAS

Tras ellos llegamos nosotros, los enfermos mentales, recién salidos de las cloacas, con el olor apestoso en nuestras ropas, con aspecto de ratas, con las llagas abiertas, supurando, y con carteles donde a grandes letras se dice: Cambio una tonelada de sufrimiento por un poco de cariño. Y somos los más histriónicos, los más ridículos, nos arrodillamos e imploramos un poco de cariño por compasión, por el amor de Dios. Somos los mendigos más patéticos que han visto los siglos. Y desde sus casas “los otros” nos jalean y nos tiran monedas como los hinchas del PSV en la plaza Mayor de Madrid.

Y algún día tras ellos vendremos los guerreros impecables, sin un gesto de miedo en nuestros rostros impecables, bailando nuestra última danza con la muerte, que nos mira en silencio desde su trono de calaveras.

GUERRERO

Pero no puedo ser tan hipócrita de pedirles a ellos que distingan entre un enfermo mental bueno y uno malo que estrella aviones con víctimas inocentes si yo a mi vez no distingo entre “normales” terroristas, insensibles, hipócritas, corruptos y los que no lo son, los que batallan en su vida diaria por un poco de dignidad. Por eso borro esa procesión fallera de mi mente y les digo simplemente a mis hermanos que no, que no, que la muerte no es solución, y tampoco vamos a darles el gusto a los insensibles de vernos morir sufriendo, angustiados, para que los demonios nos recojan al otro lado y nos desgarren las entrañas del alma.

Y durante las horas que paso en la cama, encamado, intento vislumbrar ese futuro que está a punto de llegar. Me jubilo sin problemas, recibo la pensión sin problemas, comienzo a buscar la casita en la montaña, me instalo, organizo la logística e intento vivir como un guerrero mientras contemplo lluvias y soles, fríos y calores, mientras escribo y escribo y trato de no pensar en lo que ya está llegando. Y trato de no pensar en la gelidez de los puñales de hielo que penetran entre el costillar del alma para llegar al mismísimo corazón. Si los seres queridos nos tratan así, qué no harán los que nos odian. Pero no, ahora soy un guerrero impecable, no voy a ponerme de rodillas ante mis seres queridos, ante toda la humanidad y pedirle como le pedí a Dios en aquella aciaga tarde de Navacerrada: Aniquiladme, hacedme regresar a la nada, que nada de lo que he hecho permanezca, que sea como si nunca hubiese existido. Y antes castigadme por toda la eternidad, atormentadme en el potro del desprecio. Me lo merezco, sí me lo merezco por mis muchos pecados, por mis errores, por lo que os hice sufrir.

El guerrero impecable ha enterrado las estrategias que le sirvieron para sobrevivir durante el primer año, el más difícil. Se ha cansado de buscar esto y aquello. Ya no hay líneas rojas, si no soy capaz de mantener el orden en mi vida, que venga el caos y me lleve al infierno. El guerrero impecable se retira a su casita en la montaña y mientras espera bailar la última danza con la muerte escribe sobre sus batallas de poder, sus derrotas, sus errores, y contempla la puesta de sol sobre la montaña, sin vanas nostalgias, sin miedos, sin dudas, sin remordimientos.

Y el desapego parece que me va a quitar hasta la lucecita del otro lado del océano, que cada vez titila más lejos, y ya no queda nada pegado a mi piel desnuda con la que entraré a mi casita de papel, como dice la canción, y allí aguardaré los fríos invernales y los lobos aullantes. Y cuando llegue el momento bailaré mi última danza con la muerte.

DANZA MUERTE

LA DANZA DE LA MUERTE

“Morirás aquí, estés donde estés. Cada guerrero tiene un sitio para
morir, un sitio de su predilección, donde eventos poderosos dejaron su
huella, un sitio donde ha presenciado maravillas, donde se le han
revelado secretos, un sitio donde ha juntado su poder personal. Un
guerrero tiene la obligación de regresar a ese sitio de su
predilección cada vez que absorbe poder, para guardarlo allí. Va allí
caminando o bien soñando. Y por fin un día, un día sabe que su tiempo
en la tierra ha terminado y siente el toque de la muerte en el hombro
izquierdo. Su espíritu, que siempre está listo, vuela al sitio de su
predilección y allí el guerrero baila ante su muerte. Cada guerrero
tiene una forma específica, una determinada postura de poder, que
desarrolla a lo largo de su vida. Es una especie de danza. Un
movimiento que él hace bajo la influencia de su poder personal. Si el
guerrero moribundo tiene poder limitado su danza es corta; si su poder
es grandioso su danza es magnífica. Pero ya sea su poder pequeño o
magnífico la muerte debe pararse a presenciar su última parada sobre
la tierra. La muerte no puede llevarse al guerrero que cuenta por
última vez la labor de su vida, hasta que haya acabado su danza. Cada
movimiento debe adquirirse durante una lucha de poder. Así que
hablando con propiedad, la postura, la forma de un guerrero, es la
historia de su vida, una danza que crece conforme crece en poder
personal.

Un guerrero no es más que un hombre. Un hombre humilde. No puede
cambiar los designios de su muerte. Pero su espíritu impecable, que ha
juntado poder tras penalidades enormes puede ciertamente detener a su
muerte, un momento, un momento lo bastante largo para permitirle
reconocerse por última vez en el recuerdo de ese poder. Podemos decir
que ese es un gesto que la muerte tiene con quienes poseen un espíritu
impecable

Y así bailarás ante tu muerte aquí, en la cima de este cerro, al final
del día. Y en tu última danza dirás de tu lucha, de las batallas que
has ganado y de las que has perdido; dirás de tus alegrías y
desconciertos al encontrarte con el poder personal. Tu danza hablará
de los secretos y las maravillas que has atesorado. Y tu muerte se
sentará aquí, a observarte.

El sol poniente brillará sobre ti sin quemar, como lo hizo hoy. El
viento será suave y dulce y tu cerro temblará. Al llegar al final de
tu danza mirarás el sol porque nunca volverás a verlo, ni despierto ni
soñando y entonces tu muerte apuntará hacia el Sur, hacia la
inmensidad”.

Viaje a Ixtlán de Carlos Castaneda

 

Domingo-Resurrección-Encuentro-León-7
TERCER RECUERDO.-SARA

Aquella tarde permanecía desmadejado en el sofá, mirando el panzudo
televisor, apagado. Por la mañana Conchi me había echado en cara que
no me ocupaba de Sara. Yo sufría una de mis profundas depresiones
cíclicas, que me acompañaban desde la adolescencia. Podían durar meses
y algunos días era incapaz de moverme. Me obligaba a levantarme todos
los días e ir al trabajo. Creía que aquel esfuerzo inhumano sería
comprendido por las personas de mi entorno. Me equivocaba. Ni siquiera
Conchi podía aceptar del todo que yo era un enfermo crónico. La
depresión, la enfermedad mental en general, nunca es asumida y
aceptada con sincera comprensión en el entorno de estos enfermos. La
gente piensa que tienes “mucho morro”, que eres un vago, que no
quieres trabajar, que eres un pusilánime, incapaz de enfrentarte a la
vida y te refugias en la depresión, porque es una enfermedad que no
puede ser medida y pesada.

De pronto la puerta del salón se abrió silenciosamente, como si la
empujara un ángel. Al poco oí una vocecita dulce e ingenua.

-Papi, papi, ¿me puedes comprar un tambor?

Era Sara. Permanecía al lado del brazo del sofá. Ni siquiera me había
dado cuenta de que estaba allí. No tendría ni dos años. Era tan
pequeñita que el brazo del sofá era más alto que ella. Llevaba puesto
un pijama de una sola pieza, creo recordar que morado y amarillo. Le
sentaba muy bien. Estaba preciosa. Era un angelito. Algo se derritió
en mis entrañas. Haciendo un formidable esfuerzo dije:

-Claro preciosa, te compraré un tambor “mu gande, mu gande”.

Desde que viera las procesiones de la Semana Santa no dejaba de
recordarnos que quería un tambor “mu gande”.

Aquella tarde me juré a mi mismo que si algún día era capaz de vencer
a mi feroz enemigo, la depresión, escribiría una novela terrible sobre
un loco. Pondría en ella tanto de mí que los lectores, asustados,
tendrían que dejar de leerla o acabaría para siempre con aquella
maldita incapacidad para ser empáticos con el prójimo. La dejarían en
los primeros capítulos y me odiarían para siempre o se volverían tan
empáticos que serían capaces de arrodillarse delante de un enfermo
mental y ver en él el rostro de Dios.

Hace unos días mi hija Sara, que ya tiene diecisiete años, me enseñó a
tocar en el teclado que le trajera papá Noel esta Navidad. Se lo
merecía. Un año en USA, estudiando como solo es capaz de hacerlo ella,
lejos de su familia, con un terrible dolor de cabeza, casi crónico, y
después de haberse salvado, casi de milagro, como toda su familia de
acogida, de un extraño incendio que había quemado buena parte de la
casa de madera en la que vivían.

Mientras intentaba tocar la melodía del himno a la alegría de
Beethoven, recordé aquel momento. También recordé las semanas que
Sarita pasó tocando el dichoso tambor por toda la casa, moviéndose con
la parsimonia de un papón. Hoy puedo decir que he superado mi
enfermedad depresiva y casi mi fobia social. Ha sido gracias a una
férrea voluntad, al cariño de mi familia y a las técnicas de yoga que
llevo practicando desde los dieciocho años.

Aún no he terminado mi novela, “El loco de Ciudad-fría”, pero voy por
buen camino y estoy convencido de que si algún día consigo publicarla
nadie quedará indiferente. Es posible que la mitad la arroje a la
papelera antes de acabar y lleguen a sentir odio hacia un hombre que
les ha puesto ante el espejo, para que vean el abismo de sus almas. O
bien que consigan comprenderme, tan en profundidad, que ya nunca serán
capaces de mirar a otra persona sin sentir una extremada empatía hacia
ella.

raquetas-de-nieve-guadarrama

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