DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XV

30 03 2016

 

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

EL GRAN SECRETO XV

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EL DELIRIO DE LA BATALLA DE LOS “YOES”

 

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A estas alturas de mi vida aún me sigue costando imaginar cómo algo tan nimio, tan tonto, como un puntito de luz, con todas las transformaciones y manifestaciones que se quieran, pudo llegar a trastornar mi vida de tal manera como para perder el contacto con la realidad, con la “verdadera” realidad, nos pongamos como nos pongamos. Cuando la gente te mira como si fueras un loco y tú miras a la gente como si pudieras leer sus pensamientos más íntimos, es que algo no va bien, nada bien.

 

Y sin embargo debo decir que la lógica, la racionalidad, de mi delirio no deja de sorprenderme. Si todo lo que yo creía entonces y aún creo ahora, al menos en parte, es cierto y real, la posibilidad de que mis ideas delirantes de entonces puedan ajustarse a una realidad, tan sorprendente como terrible, son muchas. Aquella batalla de mis “yoes” que tanto miedo de produjo, hasta la paralización, bien pudiera haber ocurrido.

 

Para quienes solo creen en el cuerpo físico todos estos problemas no dejan de ser delirios de enfermo mental, de loco de tres al cuarto, que se busca problemas en su imaginación, como si la vida no nos diera ya bastantes. Sí, si todo lo que somos es cuerpo, no hay más problema que aceptar que un día moriremos y todo se terminará, todo. Es posible que a muchos les resulte fácil aceptar que van a morir, aunque no me lo creo, no me creo que ante la muerte el mayor agnóstico del mundo pueda quedarse tan pancho, como diciendo, esto no va conmigo. Enfrentarse a la nada puede llegar a estremecer personalidades que se creen de piedra y a prueba de esas tonterías imaginativas que nos asaltan a otros. Por mi parte nunca he aceptado mi mortalidad, nunca he asumido que voy a morir y que todo se va a terminar, una consciencia que llegó a la existencia y que de pronto es privada de ella sin más, como si nada tuviera razón de ser, como si todo fuera un capricho de dioses idiotas. Nunca me conformé y por lo tanto he dedicado mi vida a encontrar un sentido al nacimiento y a la muerte y a todo lo que nos sucede entre ambos, la salida y la meta.

 

Muchas veces he pensado en cómo hubiera sido yo de no haberme preocupado tanto por ese dichoso sentido que para mí debe tener la vida. Muchas veces me he preguntado si de haberme pegado a la realidad como una babosa al suelo, mi vida habría sido distinta y mucho más feliz.Si  en lugar de elucubrar sobre las consecuencias de la proyección mental, de la vida fuera del cuerpo físico, en el mundo astral, de las batallas entre mis “yoes”, si mi vida hubiera sido un lago tranquilo y feliz. Una vida con los alicientes normales en estos casos, un amor, una familia y las comodidades aceptables para un clase- media-todo-terreno, que no tiene la vida solucionada pero tampoco sufre de hambre y penurias. Sí, muchas veces he pensado en lo feliz que habría sido de no haberme propuesto, con ese empecinamiento patológico de enfermo mental, encontrar sentido donde no lo hay y respuestas en el viento. Pero esta sensación no ha durado mucho, ni siquiera unos minutos. Ha sido suficiente con pensar cómo era yo antes de que al cerrar los ojos viera los malditos puntitos de luz y los ectoplasmas que adoptan formas de rostros humanos y los cuerpos físicos al otro lado del túnel o del pequeño agujero en la negrura.  Debo reconocer que aquello no cambió mucho mi vida, en realidad, y si nos ponemos serios, creo que todo aquello ayudó a un enfermo mental a lograr metas que le habrían sido imposibles de alcanzar de otra manera.

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En algún momento de la vida nos preguntamos cómo sería vivir de tal o cual manera, si fuéramos invidentes, si nos hubiéramos quedado parapléjicos, si hubiéramos nacido con dos narices o fuéramos sordomudos, o… No es preciso tener una gran imaginación, basta con poseer un mínimo de empatía. En la vida nos encontramos con personas diferentes a nosotros por uno o mil motivos, incluso en el caso de las enfermedades raras, de las que se está comenzando a hablar gracias a Dios, siempre encontrarás a otra persona, otras dos, una docena, que tienen tu misma enfermedad o sufren de lo mismo que tú sufres. Esto, que parece una tontería estadística, en realidad arropa mucho. Por supuesto que cuando comencé a vivir estos fenómenos ni se me ocurrió pensar que fuera la primera persona del planeta, de la historia, que descubría la existencia real del tercer ojo, y no como un mito o una leyenda más entre todos los mitos y leyendas que han desfilado delante de nuestras narices a lo largo de la historia humana. Había leído lo suficiente para hacerme una idea de que otros seres humanos, tal vez no muchos pero sí bastantes, habían experimentado la apertura de lo que se llama tercer ojo u ojo psíquico. Yo no era un caso excepcional, aunque nunca había conocido a persona alguna que reconociera lo que a mi me pasaba. Bueno, un tiempo después hablaría con algunos rosacruces que me dieron a entender que a ellos les ocurría tres cuartos de lo mismo o peor. Solo una persona llegó a reconocer que ella sufría experiencias mucho más impactantes que las mías y que durante algún tiempo lo había pasado mal.

 

 

Siempre echaré de menos el lujo que hubiera supuesto para mí tener un maestro, un gurú, que me hubiera ayudado en el camino, hablándome de esto y de aquello. No pudo ser, tal vez porque yo no lo merecía. El que algunas personas de mi entorno, que con seguridad, habían pasado por lo mismo que yo estaba pasando, no quisieran hablarme de sus experiencias me desilusionó profundamente. Nunca logré entender por qué razón era preciso ocultar esas experiencias, más aún cuando podían ayudar y alumbrar el camino de tanto neófito como transita por estos caminos esotéricos, seguramente no muchos eran tan tontos como yo, pero sí habría algunos. De haber tenido ayuda, de haberme comentado esas experiencias tal vez yo nunca habría sido el “Loco de León”, aunque no dejo de preguntarme si mi enfermedad no me hubiera llevado, por otros caminos, al mismo terreno pantanoso.

 

Es por eso que ahora me cuesta tan poco hablar de mis “secretos”. Si alguno está pasando por lo mismo que yo pasé le vendrá bien saber que no es el único que ha vivido experiencias semejantes, que no es el tonto del pueblo, vamos. Y si hay quien está pensando en meterse en este camino, mejor se lo piensa ahora, un poquito, antes de dar el paso. Le contaba don Juan a Castaneda que muchos naguales no hablaban a sus aspirantes a guerreros de lo que se iban a encontrar, simplemente les daban un “empujoncito” no más y ya estaban dentro, sin posibilidad de regresar atrás. Me gustó mucho la opinión personal de don Juan de que él prefería hablar de lo que se iban a encontrar antes de darles el “empujoncito”. Yo también soy de la misma opinión, si has de tirarte por un precipicio, porque no te queda otra, al menos que lo sepas y no que te arrastren en noche oscura, como boca de lobo, a algún lugar lejano y que te digan que debes saltar porque te lo piden los dioses o el destino.

 

Uno de mis grandes problemas, desde niño, fue la vivísima imaginación que me representaba todo lo fantástico, lo ficticio, lo mágico, con tales colores y detalles que para mí eran absolutamente reales. Cuando me enfrenté a las consecuencias de la apertura del tercer ojo no solo me dejé llevar por la imaginación, la lógica aplastante, la racionalidad más sobria y sólida, me llevó hasta horizontes que nunca soñé pisar. No entendía a quienes, como yo decía, tiraban la piedra y escondían la mano. No comprendía que los maestros rosacruces hablaran de las proyecciones mentales y no mencionaran siquiera la posibilidad de que todos estuviéramos vinculados en una especie de subconsciente colectivo y las consecuencias que podían deducirse de ello. Cuando hablaban del cuerpo astral, de cómo salía del cuerpo físico, de cómo podía viajar en el tiempo y el espacio, no podía hacerme una idea razonable de por qué se negaban a llevar la lógica a sus últimas consecuencias y hablar de cómo se puede vivir fuera del cuerpo físico.

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Yo decidí llegar hasta el final y plantearme todo tipo de preguntas, sin miedo a las respuestas. Uno de estos caminos me llevó a lo que yo llamo el delirio de la batalla de los “yoes”. Mi razonamiento era como una ecuación matemática, como una suma, con una resta, tal vez con una multiplicación y una división para llegar a un resultado final. Yo pensaba más o menos de esta manera:

 

-Si nuestra proyección mental o nuestro cuerpo astral pueden desprenderse de nuestro cuerpo físico y “viajar” sin los obstáculos del espacio y el tiempo, es razonable, es lógico pensar que pueden viajar al pasado o al futuro, que pueden contactar con otras proyecciones mentales y otros cuerpos astrales, que pueden contactar con cuerpos físicos en cualquier lugar y tiempo en el que estos se encuentren.

 

-Si nuestra proyección mental tiene “sentidos”, sensibilidad para percibir las cosas que cuando estamos en el cuerpo físico percibimos con los sentidos, vista, oído, etc, es lógico pensar que en nuestras proyecciones mentales o viajes astrales podríamos llegar a cualquier lugar y ver a cualquier persona, incluso percibirla con más claridad que si estuviéramos allí con el cuerpo físico. Don Juan le comenta algo parecido a Castaneda, solo que él pone una condición indispensable, para viajar es preciso mucha energía, mucho poder, unos requisitos concretos, no se viaja así como así. Esto no lo sabía yo entonces y por eso mi delirio sobre las batallitas de mis “yoes” no me pareció tan irracional.

 

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-Si no hay, en hipótesis de trabajo, nada más fácil que contactar con nuestra propia mente, en el pasado, mañana, pasado mañana, en el futuro más o menos cercano o lejano, habría que concluir que seguimos una especie de línea temporal en la que vamos contactando con nuestras mentes en diferentes momentos del tiempo y el espacio y éstas nos van suministrando toda la información que nosotros les pedimos. Si no hay obstáculo para este viaje, ¿qué nos impide, por ejemplo, viajar al día de mañana, contactar con nuestra mente y pedirle que nos diga qué le está ocurriendo y si nos espera algún momento difícil? En realidad las premoniciones, las visiones del futuro, las videncias, son así de sencillas, al menos en el plano teórico. No abrimos agujeros en paredes sólidas con nuestra cabeza y asomamos, a ver qué hay al otro lado. Nos limitamos a contactar con nosotros mismos sin tener que utilizar vehículos que nos permitan viajar en el tiempo. No se trata de superar el espacio con una propulsión X y maniobrar en un artilugio que curve el espacio y el tiempo para llegar justo a una semana desde este momento, y allí encontrarnos con nuestro “yo” futuro que estará en un lugar y en un tiempo concretos, preguntarle si todo le va bien y con lo que él nos diga, regresar de nuevo al presente y así nos enteramos de lo que nos va a ocurrir en el futuro. No, esto es complicar las cosas al extremo, si yo fuera Dios, pongamos por caso, no les complicaría tanto las cosas a los viajeros del tiempo, videntes y futurólogos. Hay algo mucho más sencillo que todo eso. Nuestra mente se proyecta, piensa en mañana, qué nos espera, qué nos puede ocurrir. Al proyectarse se encuentra con nuestra propia mente, solo que es la mente de mañana. No es en absoluto complicado. Yo lo visualizo de la siguiente manera: mi mente es un puntito de luz, como los que no he dejado de ver desde hace muchos años, cuando se produjo la apertura del tercer ojo; ese puntito viaja por una llanura oscura, por una oscuridad o negrura, tal como la ve una persona normal cuando cierra los ojos antes de dormir; no atravesamos paredes ni espacios físicos, en esa dimensión solo hay oscuridad y puntitos de luz que se mueven; si el puntito avanza un poco se encontrará con otro puntito que es nuestra propia mente. Digamos que nuestra mente sigue un camino en la llanura oscura y conforme avanza se va encontrando con otros puntitos de luz que son su propia mente solo que en momentos temporales distintos. Los otros seres humanos siguen caminos diferentes al nuestro en la llanura oscura, pero nada impide que en lugar de seguir avanzando por nuestro sendero en la oscuridad nos desplacemos a la izquierda o a la derecha, pongamos por caso, utilizando una imagen física que no se corresponde a una dimensión donde no existe materia ni cosas físicas. Al desplazarnos lateralmente, en lugar de hacia delante, podríamos encontrarnos con otras mentes, las mentes de nuestros semejantes que siguen el mismo camino en el tiempo. Podríamos contactar con esas mentes que nos darían el tipo de información que les pedimos o se negarían por un motivo u otro.

 

-Bien, estas son las bases, los fundamentos, los cimientos, de mi teoría o delirio de la batalla de los “yoes”. No me cuesta nada imaginar cómo reaccionaría mi “yo” de los diecisiete años, pongamos por caso, si mi “yo” de los casi sesenta, se le apareciera, a través de un agujero dimensional y le dijera: no abandones el colegio religioso, no pongas término a un proyecto que has mantenido todos estos años, porque… porque no podrás superar tu “reingreso” al mundo, el demonio y la carne, y acabarás sufriendo severas depresiones, intentarás suicidarte una docena de veces, te internarán en psiquiátricos, te pondrán electroshocks, te atarán con cadenas, sufrirás tanto que desearás no haber nacido, y no solo eso, cuando comiences a superarlo, encontrarás una maravillosa mujer, te enamorarás como un loco de ella, os casaréis, tendréis una maravillosa hija y… al final te divorciarás, no volverás a ver a tu esposa, que posiblemente te odie con todas sus fuerzas, ni a tu hija, que nunca comprendió ni comprenderá que eres un enfermo mental, que siempre lo fuiste y lo seguirás siendo hasta el final, al menos en esta vida. ¿Qué me diría mi “yo” de los diecisiete años? Lo sé muy bien. Diría que eso no está escrito, que le estoy engañando, que no sabe quién soy, podría ser el mismísimo demonio. Nada está escrito hasta que uno toma las decisiones. Lo que mi yo futuro cuenta a mi yo de los dieciocho años es solo una rama de los posibles futuros que me aguardan. Bien podría no ocurrir así. Tal vez el destino me depare un trabajo excepcional que me de una autoestima muy alta, que me permita ser escritor, por ejemplo, que me permita conocer a otras mujeres distintas a las que conocí y olvidarme de mi etapa negra, de los intentos de suicidio, etc etc. Eso le diría mi “yo” juvenil a mi “yo” actual. Y este respondería, no, ese es el futuro más probable puesto que yo lo he vivido. ¿Quieres sufrir todo lo que te acabo de contar, quieres enamorarte para luego divorciarte, quieres tener una hija para luego perderla? Y mi yo juvenil, al que conozco muy bien, y que es tan cabezón como mi yo actual, podría responder que no, que no me cree y que va a seguir su camino. ¿Qué podría hacer mi yo actual para impedirlo? Engañarle, mentirle, manipularle, intentar que tome decisiones que él no quiere tomar. Todo para evitarle el terrible sufrimiento que le espera. Esta sería en síntesis la guerra de los “yoes” que desarrollaremos en otro capítulo, porque hay mucha tela que cortar y muchas preguntas sin respuesta, porque como le dice don Juan a Castaneda, un guerrero debe aceptar el misterio, que nunca podrá desentrañar, pero a la vez debe luchar con todas sus fuerzas para hacerlo. Eso haremos nosotros, no conseguiremos encontrar respuestas a las preguntas, pero al menos lo intentaremos.

 

 

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