LA LEY DE LOS TRES CÍRCULOS VI

31 03 2016

LA LEY DE LOS TRES CÍRCULOS VI

big bang

LA ATRACCIÓN DEL PRIMER CÍRCULO

Está en nuestra naturaleza sentirnos atraídos irresistiblemente y caminar hacia el centro del primer círculo, hasta lo más profundo, hasta su núcleo, el amor, la divinidad. Hagamos lo que hagamos esa atracción será tan férrea como un trozo de hierro es atraído por un poderoso imán, no podemos librarnos. Como dijo el gran Dante, L’amor che move il sole e l’altre stelle (“El amor que mueve el Sol y las demás estrellas. Fuera de este círculo somos exilados, sedientos caminantes en el desierto. Como dijo el gran bardo también, “Tú dejarás todas las cosas que amas
más entrañablemente; y este es el dardo
que el arco del exilio primero saeta.

Tú probarás cuán amargo
es el pan ajeno, y cuán dura es la calle
de subir y bajar por ajena escala.

DAnte

Si partiéramos del primer círculo, el divino, como el punto de concentración máxima, donde se produjo el big bang, la creación de todo lo existente, en un acto infinito de amor, comprenderíamos que la tendencia de todo lo existente es la de volver al vientre divino, alcanzar ese nirvana fetal de perfecta y amorosa comunicación con la divinidad.

El ego es un autoengaño, el velo de Maya que nos oculta nuestra verdadera naturaleza divina, la vinculación perfecta entre todos y con todo lo existente. La consciencia no puede evitar intentar recrear cómo era antes de su primer aliento, necesita regresar al Todo, y por eso se expande, siempre se expande, buscando remedar el universo infinito del amor divino, intentando volver al vientre divino, intentando volver a vincularse con todo, como antes estaba vinculada. Pero antes de que pueda llegar a ello, en un casi eterno viaje en el tiempo, de reencarnación en reencarnación, la piedra de la consciencia traza en el agua las ondas que se van expandiendo en todas las direcciones, de forma concéntrica.

 

Nuestra aspiración máxima, un deseo infinito que nunca será calmado hasta el regreso a la divinidad, es la de que todo lo existente sea atraído hasta nuestro primer círculo y allí formar parte de nuestro vínculo afectivo, más aún, hasta llegar a ser uno con nosotros mismos, como ocurre con la extraordinaria vinculacíón de la pareja, “y serán los dos una sola carne”. Queremos alcanzar la vinculación perfecta, pero antes nos espera un largo camino, nuestra consciencia se expande en círculos concéntricos, llega hasta lo que está fuera de nosotros e intenta atraerlo hasta nuestro núcleo, hasta el centro de nuestro primer círculo.

Somos muy conscientes de lo que significa la intensidad del afecto en el mundo físico, la unión de la pareja, el estrecho abrazo de padres e hijos, de hermanos, de amigos del alma. Es la capa más profunda de nuestro primer círculo, allí donde quisiéramos estar siempre y con todos, con todo lo existente. Pero eso exige un trabajo titánico, una dedicación constante, un cuidado permanente de ese jardín donde brota el afecto por doquier. En cuanto nos descuidamos, en cuanto perdemos la concentración y la intensidad el vínculo se afloja y las personas que están en él se van alejando hasta traspasar la línea que nos separa del segundo círculo, las personas simplemente conocidas que aún no han recorrido el camino hacia el afecto total y de allí pueden seguir retrocediendo, hasta el tercer círculo, el de los desconocidos, aún más, cuando la ruptura violenta es causada por el odio se puede retroceder al cuarto círculo, el círculo infernal. Nadie puede llegar allí si antes no ha estado en el núcleo del primer círculo. El amor y el odio son dos caras de la misma moneda, apenas separadas por un estrecho filo. Solo puede odiar quien antes amó y solo puede odiar infernalmente quien antes amó divinamente.

Nada hay más duro que sobrellevar el vacío del primer círculo, como dijera Dante en sus versos, uno come el amargo pan del exilio, el ajenjo que supone comer el pan ajeno, mendigar el afecto del primer círculo a los desconocidos. Cuando la convivencia abrasiva del primer círculo nos hace sufrir profundamente imaginamos que fuera, en el exterior, en otros círculos encontraremos un reposo a nuestro trabajo constante, a nuestro esfuerzo agotador. Pero es solo un delirio pasajero, no somos islas capaces de sobrevivir en el vacío infinito. La atracción del primer círculo se retuerce en nuestras entrañas y lamentamos lo perdido y anhelamos volver a ello. La condición de viajeros solitarios es la condición de la ballena, que tiene que subir a la superficie para respirar, pero su vida está bajo el agua, en lo profundo.

 

Cuando escucho a algunos manifestar que se encuentran muy bien solos, que no necesitan a nadie, recuerdo la fábula de Samaniego de la zorra y las uvas. La zorra, hambrienta, renuncia a las uvas porque no están maduras. Ella sabe que no es así y que su hambre le haría devorar todas las uvas, pero no puede llegar a ella, la parra es muy alta. Se consuela pensando que están verdes. Decimos que estamos bien solos porque sabemos muy bien lo doloroso y trabajoso que es acercar a otros a nuestro primer círculo y lo complicado que es mantenerlo en el tiempo. Mejor estar solos que mal acompañados, decimos, pero no es verdad, cuando estás solo, absolutamente solo, sabes muy bien lo que darías por un minuto de afecto en el primer círculo.

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Al conocer a alguien, un desconocido, la tendencia natural es la de atraerlo a nuestro primer círculo. Es por eso que nos mostramos sonrientes y simpáticos, abiertos, generosos, comunicativos. No lo hacemos por miedo a que el otro nos rompa la cabeza si le ofendemos, entonces sonreiríamos muy pocas veces. Tampoco lo hacemos porque nos haga un favor perecedero, no vamos por ahí abrazando, besando y estrechando contra el corazón a los desconocidos a los que pedimos que nos den la hora, un esfuerzo tan grande implica que el favor que pedimos es también muy grande, la entrada del desconocido en nuestro primer círculo.

Aunque ni siquiera lo imaginemos, en realidad estamos viendo la chispa divina que habita en el interior de todos, los desconocidos también la poseen, como nosotros, solo que está en su interior, en lo más profundo. Tendríamos que pasarnos la vida perforando el pozo de su consciencia para encontrar el petróleo del amor, de que se compone la chispa divina. Aún así su resplandor no puede ser ocultado por la expresión desagradable de su rostro, sus palabras necias y ofensivas, su carencia de empatía, su incapacidad para el afecto, sus cuerpos feos o monstruosos, su aspecto de vagabundos demoniacos del pecado. La chispa divina ilumina todo lo que se le acerca, lo mismo desde la belleza que desde la fealdad, desde la sonrisa que desde la furia destructiva, desde los cuerpos más erosionados por la vida a los cuerpos jóvenes y bellos, desde las almas más bellas y puras a las más pervertidas. La belleza está en el interior de todos porque allí yace la chispa divina.

 

La atracción del primer círculo no puede ser anulada y se manifiesta de mil maneras. Eso no excluye, por supuesto, la elección libre y la prioridad. Nuestra consciencia no es infinita, no lo abarca todo y de forma absoluta, aunque divina en esa chispa que late en su interior, en sus capas más externas es profundamente humana y hasta bestial. Por mucho que expandamos la consciencia las limitaciones que encontramos son evidentes. Esto aparece muy claro en el mundo físico, donde la dimensión espacio-temporal lo impregna todo. No cabe todo el mundo en nuestro hogar, no todos están en el mismo espacio físico al mismo tiempo, no todos están a la puerta de nuestra casa, esperando que los recibamos con afecto. La dimensión espacial es una ley física y la dimensión tiempo ayuda a que los límites físicos no sean agobiantes, un obstáculo insalvable. Si no existiera el tiempo las personas que podrían ocupar una plaza pública en una gran ciudad, por muy grande que fuera, serían limitadas, salvo las que llegaron primero el resto nunca podría pisar ese lugar. Pero gracias al tiempo la posibilidad de ocupar un lugar físico concreto se hace tan inmensa, tan infinita, como lo es el mismo tiempo. Unos ocuparán la plaza hoy y otros mañana y otros pasado mañana, el tiempo nos permite que todos disfrutemos del espacio, y mientras unos deciden ocupar la plaza pública hoy, otros están en el estadio de fútbol o en un cine. Mañana, en cuanto el tiempo lo cambie todo, las personas podrán disfrutar de otros espacios físicos donde no estuvieron hoy. Lo mismo pasa con nuestro hogar, no todos podrían entrar a la vez, al mismo tiempo, pero como el tiempo se expande, hoy podemos recibir a unos y mañana a otros.

 

En nuestro primer círculo ocurre algo parecido. Nos gustaría que las personas que lo ocupan hoy lo ocuparan siempre, que el afecto fuera permanente y no hiciera sino aumentar. Nos gustaría que llamaran a la puerta para poder recibir nuevos visitantes y que el primer círculo se ampliara, porque así se ampliaría el afecto y ya sabemos, como dijo el gran Dante, que el amor es lo que mueve el sol y las estrellas, lo que mueve el universo. Pero somos limitados y por lo tanto nuestro primer círculo será siempre limitado.

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Tenemos la suerte de recibir con el nacimiento, en el pack, en el pan que traemos bajo el brazo, un primer círculo elemental pero muy intenso. En este círculo está primero nuestro madre, con la que hemos compartido ya vida desde el vientre materno. Ella nos presenta a nuestro padre que es la primera persona de su primer círculo. El bebé tiene ya un primer círculo que le es dado sin esfuerzo, sin buscar. Tiene a sus padres que a su vez le pueden presentar a sus hermanos. El primer círculo del bebé puede ser tan numeroso como lo es la familia y tan estrecho como lo son los primeros círculos de sus componentes. Aún así el bebé sabe que lo que gratis se nos da gratis se nos puede quitar, es por eso que hace sus pinitos para conservar ese primer círculo. Sabe que la sonrisa les atrae y por eso aprende a sonreír, sabe que sus balbuceos, sus risitas, su indefensión, atraen, por eso usa todos estos instrumentos de forma magistral. Porque también sabe que el esfuerzo a que obliga a los otros le llevaría a salir del primer círculo si no los compensara de alguna manera. Y cada vez que le limpian, que atienden sus lloros en la noche, sabe que tiene que compensar de alguna manera. Porque eso forma parte de las normas del primer círculo.

 

Un primer círculo, como hemos visto, tiene unas normas y unos requisitos: la equidad, la comunicación, la generosidad, el perdón, el trabajo constante por conservar lo que ya se tiene. Sin estos requisitos, que nacen de la naturaleza esencial del afecto, el primer círculo se rompe. Cuando ocurre sabemos muy bien por qué ha sido. El afecto ha ido disminuyendo conforme hemos perdido de vista para qué están las personas de nuestro primer círculo, no para servirnos, no para hacer nuestros caprichos, no para recibir todo de ellas sin que puedan esperar nada de nosotros. El afecto disminuye conforme se pierde intensidad y concentración, como el agua, se cuela rápidamente por los agujeros del colador, y cuantos más agujeros hay más agua se pierde y más deprisa. Lo mismo pasa con el afecto.

Si bien tenemos un primer círculo de fábrica, un pack que se nos entrega generosamente, deberemos trabajar toda la vida para conservarlo. Por desgracia algunos, muchos, por diversas circunstancias y rupturas de otros primeros círculos, nacen sin un primer círculo, sus padres les abandonan, quienes les cuidan en los orfanatos son profesionales, desconocidos a los que hay que atraer al primer círculo, que no están en él por derecho de nacimiento. Las familias de acogida, las que adoptan, tienen que pasar rápidamente del tercer círculo, desconocidos, al primer círculo. No hay tiempo que perder, el primer círculo debe ser establecido y sólidamente a la mayor rapidez posible. Aún así se echa de menos la vinculación que viene de fábrica. La madre adoptante no ha tenido al bebé en su vientre y eso implica que la vinculación que allí se produjo debe generarse ahora y a la mayor velocidad posible. Aunque los que no creen en el plano espiritual achacan todo esto a los genes, “a la sangre”, en realidad lo que vincula es el afecto y no la sangre. Cuando se pierde el afecto los vínculos de sangre no son nada, no sirven de nada. Padres e hijos, hermanos, familiares, unidos por la sangre, pueden llegar a salir del primer círculo, atravesar el segundo, llegar al tercero e incluso pasar al cuarto, al círculo infernal del odio. El vínculo de sangre sigue existiendo, pero ya vemos lo que ocurre cuando no existe el afecto, la sangre no vale nada, el afecto lo vale todo.

galaxias

Una vez que contamos con algunas personas en nuestro círculo, la tendencia es a aumentar y expandir este primer círculo, lo mismo que un sol devorador derretiría y asimilaría todo lo que encontrara a su paso, el amor necesita expandirse y vincularse, es su ley suprema. Por eso a lo largo de la vida, de acuerdo a esa dimensión tiempo que nos permite estar en muchos lugares y conocer a muchas personas, vamos encontrándonos con gran número de seres humanos. Al recapitular, de acuerdo a la técnica de Castaneda, me he encontrado con la sorpresa de que si recuerdo todo lo que me ha ocurrido desde el nacimiento, hasta donde alcanza mi memoria, descubro que la cantidad de personas que han pasado por mi vida es abrumadora. Pero de todas ellas solo recuerdo a las que han dejado huella, del círculo de los desconocidos casi no recuerdo a nadie, del círculo de los conocidos a muy pocos, y solo de los que han llegado a estar en el primer círculo, aunque fuera brevemente y tan solo pisando la raya que lo separa del segundo, han dejado huella y recuerdo en mí. El recuerdo va unido a la vinculación que ha existido, recuerdo mejor a los del primer círculo que a los del segundo, y a los del tercero muy poco. En cambio, y esto es curioso, puedo recordar muy bien a los del cuarto círculo, los que me han odiado o a los que he odiado. La razón ya la expusimos, antes solo pueden odiar los que han amado. Los que nos odian es porque de alguna manera nos han amado.

 

Y es aquí donde entra la interacción de los diferentes círculos en los diferentes planos o dimensiones. Muchas veces no sabemos por qué un determinado desconocido nos atrae. Puede que lo hayamos tenido en nuestro primer círculo en alguna vida pasada, puede que lo hayamos conocido en sueños, en el plano astral, puede que forme parte de alguno de nuestros primeros círculos en las dimensiones invisibles. Como es arriba es abajo, dice el Kybalión. La ley de los círculos funciona de forma parecida ya estemos en el plano físico o en el plano más elevado, en el causal, el del alma. Cuando terminemos de analizar todos los círculos estudiaremos cómo funcionan las interacciones. Y al finalizar el estudio, en un apéndice, haremos un estudio concienzudo de los falsos círculos y cómo funcionan. Como veremos nada más fácil que descubrir un círculo falso. En ellos no hay afecto. El algodón no engaña, como diría el conocido anuncio.

Y por hoy dejaremos este apasionante estudio que nos muestra cómo funcionan las leyes cósmicas, las leyes espirituales en nuestra vida cotidiana. La ley de los tres círculos es tan acogedora como implacable. Podemos atraer a los demás a nuestro primer círculo, aunque esté vacío, eso es un consuelo, pero nos exigirá un gran esfuerzo y tendremos que recorrer un largo camino para lograrlo. El hecho de que la mayoría nazcamos con un pack, un primer círculo embrionario, no significa que no lo podamos perder si no lo trabajamos, si no cumplimos las leyes del primer círculo. Nada más triste, más destructivo que la pérdida de un primer círculo, la desvinculación, la ruptura, es una de las experiencias más dramáticas y dolorosas de nuestras vidas. La atracción del primer círculo es tan intensa que a lo largo de la vida remedamos las condiciones de este primer círculo, lo mismo que intentamos volver emocionalmente a la calma y la seguridad del vientre materno. Es por ello que creamos multitud de falsos primeros círculos con los que nos hacemos la ilusión de no estar solos, pero la soledad es una condición intrínseca a la carencia de un primer círculo. Todos los círculos falsos son instrumentales y en todos ellos falta el afecto. Hay círculos de poder, laborales, mercantiles, de supervivencia, círculos para que nuestra vida sea más cómoda. Nuestra sociedad es un gigantesco círculo de círculos, pero por desgracia es falso. No nos une el afecto, nos unen intereses espúrios, necesitamos sobrevivir y para ello creamos una sociedad interdependiente en las que todos colaboran para que mediante el intercambio podamos tener todo aquello que no tendríamos si estuviéramos solos. Pero de esta falsedad, de esta falta de afecto surge toda la perversidad de los primeros círculos falsos. No hay un intercambio de afecto, solo de intereses y como el egoísmo y la comodidad nos llevan a olvidar las leyes básicas del primer círculo, intentamos recibir mucho y dar poco. Instrumentalizamos a los demás, les usamos para luego tirarlos, intentamos convertirlos en nuestros esclavos, que nos sirvan mientras proclamamos a voz en grito el lema de los ángeles caídos, de los demonios: “Non servire”. No serviré, que me sirvan. Así todos los círculos del poder están viciados desde su base, se utilizan para conseguir instrumentalizar a los demás, de alguna manera nosotros también somos ángeles caídos, demonios. Al gritar que no queremos servir lo que hacemos es transformarnos en demonios que solo buscan su placer y su beneficio.

demonios

Por eso nuestra sociedad está viciada desde la raíz y por eso todas las soluciones que se intentan encontrar a los problemas son falsas y como tales se demuestran con el tiempo. Falta afecto, no hay primeros círculos, y la convivencia solo funciona por las normas del segundo círculo, los simples conocidos, o por las del tercero, los desconocidos a los que despreciamos e intentamos utilizar. Nuestra sociedad se está enfrentando a esa gran verdad espiritual y tantea en la oscuridad, buscando soluciones mágicas, cuando solo una es real y posible. Mientras los refugiados claman ante los muros de nuestras sociedades privilegiada nosotros decidimos que no vamos a introducirlos en nuestro primer círculo, no les vamos a dar afecto, solo les soportaremos siguiendo las normas del segundo círculo y cuando nos afecten demasiado los mandaremos al tercer círculo y allí los desconocidos no nos importarán. Podremos masacrarles sin piedad.

Solo las leyes cósmicas, las leyes espirituales nos permitirán salir de este laberinto infernal y solucionar nuestros problemas. No encontraremos soluciones mágicas, ni para la economía ( buscando la cuadratura del círculo), ni para el terrorismo (quien a hierro mata a hierro muere), ni para la superpoblación, ni para el planeta Gaia y su deterioro evidente, ni para un mundo hedonista donde el consumo nos acabará por consumir a todos. Solo el afecto del primer círculo nos aportará luz y soluciones, porque no dejaremos morir a quienes queremos y encontraremos fórmulas para que la equidad reine en nuestra sociedad, aunque para ello tengamos que privarnos de cosas que otros necesitan.

 

Continuaremos estudiando la ley de los tres círculos. Quiero manifestar aquí mi profundo afecto fraternal por Milarepa que es quien me inspira y guía mi mano.

 

QUE LA PAZ PROFUNDA NOS ACOMPAÑE A TODOS EN EL CAMINO.

Milarepa

 

 

 

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