MI CUADERNO DE AUTOESTIMA I

4 04 2016

Cesar perro

MI CUADERNO DE AUTOESTIMA I

 

Hace unos días una curiosa sincronía me llevó a recordar que hace años subí a youtube unos cuantos vídeos que había editado de forma muy pobre con la versión que entonces tenía de Movie Maker. Eso me hizo recordar también  que por aquellas fechas andaba yo trabajando en los cuadernos de autoestima y otros sobre diversos temas. Me había obsesionado con “editar” mis propios libros para hacer mi propia biblioteca con mis textos. La edición consistía en comprar en los chinos álbumes de plástico en los que introducía hojas impresas de mis textos con fotos. Aquello me parecía muy importante en aquel tiempo, no sé por qué razón, tal vez el hecho de no estar solo me permitía plantearme el futuro de otra manera. Ahora no tiene el menor sentido. Cuando muera dejaré mis libros, discos y las paupérrimas posesiones que aún queden en mi poder, junto con la biblioteca personal con mis textos, en manos de quien proceda legalmente. El final de toda la historia es más que previsible, todo terminará en la papelera o quemado. Los textos subidos a Internet terminarán desapareciendo o nadie se preocupará de ellos. “Sic transit gloria mundi” como recuerdo que se decía en latín de mis estudios en la adolescencia.

 

En realidad por muy distintas que fueran las cosas la gloria del mundo pasaría también así, mueres y nadie te recuerda, tu obra desaparece en el anonimato, es quemada o destruida por quienes no le dan la menor importancia, no te quieren o ni siquiera te conocen. Todo pasa, todo muere, todo desaparece. ¿De qué sirve ganar todo el mundo si pierdes tu alma? Decía el bueno de San Ignacio de Loyola.  Sí, lo único que va a permanecer es la chispa divina que nos habita, como dice también el bueno de Milarepa. El alma eterna permanecerá mientras los cuerpos mueren y se destruyen, lo mismo que toda obra humana. “Tempus fugit”.

 

Bien, parece que todos son buenos, el bueno de San Ignacio, el bueno de Milarepa, todo el mundo es “güeno” menos yo. Eso no puede ser. Cuando escribí la primera anotación en mi cuaderno de autoestima, que ahora no encuentro, hacía una pequeña introducción, un subtítulo, diciendo que era un cuaderno de mis buenas obras para exhibir a las puertas del cielo, haber si así convencía al también bueno de San Pedro para que me dejara pasar. Lo dije en tono muy irónico, como es natural, pero de alguna manera pensaba que si me hicieran un juicio final todo el mundo testificaría en mi contra y solo yo tendría que exponer mis buenas obras. Aquella visión hacía que sintiera un amargo regusto en la boca, como a ajenjo. Lo siento, me decía, pero yo no soy malo, no, no lo soy, no soy un canalla, un cabrón, un malnacido, una bestia parda, como piensan algunos, simplemente soy un enfermo mental que ha sufrido mucho, ha luchado mucho y se siente orgulloso de las muchas cosas que ha conseguido, aunque no hayan sido suficientes para que ahora pudiera estar acompañado, por lo visto.

 

Por aquel entonces no había asimilado bien la filosofía del guerrero impecable. Esa que dice que hacer caso de lo que los demás dicen de ti, piensan de ti, a sus gestos y “esparabanes”, a sus señalamientos con el dedo, es dejarse encerrar en una cárcel de papel. Sí, ese ejercicio que les hice a mis alumnos en el cursillo de yoga. Un guerrero impecable hace lo que tiene que hacer, no siente remordimientos, ni culpas, no le da vueltas en la cabeza a cómo pudo haber sido y no fue, a lo que debió haber hecho y no hizo, a lo que no debió haber hecho e hizo, a cómo hubieran cambiado las cosas si… Un guerrero impecable no necesita inyectarse en vena una fuerte dosis de autoestima para seguir caminando, se limita a hacer lo que tiene que hacer, a pelear en solitario sus batallas de poder, a buscar la libertad entregando al Águila un clon de sí mismo, conseguido a través de la recapitulación.

 

Sí, tal vez un cuaderno de autoestima no sea lo mejor, pero guerrero o no la verdad es que necesito una fuerte dosis de autoestima en vena. Tras el divorcio ha habido momentos en los que me he sentido así, como si fuera un canalla, un cabrón, una bestia parda… No, no lo soy. Viendo aquellos vídeos que subí entonces a youtube me siento conmovido por la ingenuidad que destilaba entonces. Si no recuerdo mal, y creo que recuerdo bien, los debí subir tras aquella crisis anterior a la que me ha costado el divorcio. Entonces también estuvimos a punto de divorciarnos, también por las mismas causas. Me encamé, dejé de comer, no hablaba con nadie… Siempre lo mismo, una y otra vez. Ahora que me jubilo, si Dios quiere y las fuerzas poderosas lo permiten, espero tener mucho tiempo para recapitular. Algunos guerreros recapitulaban incluso durante más de cinco años, en profundidad. Yo tendré algunos más, si Dios quiere, por lo que espero que mi recapitulación sea tan profunda como la de aquellos guerreros o más. Solo con que encontrara la razón de mi comportamiento, las raíces de esa patología, me daría por satisfecho. Sigo sin comprender por qué lo hago y de dónde viene esa conducta extraña. La verdad es que lo sigo haciendo, aunque ahora, como estoy solo, nadie se entera ni molesto a nadie. Tras el correo de mi hija me encamé, como he hecho tantas veces, también dejé de comer un poco, me hundí y permanecí dando vueltas a todo. Por mucho que profundice en mis recuerdos nunca conseguiré descubrir la causa profunda de todo esto, tal vez sea kármica, tal vez solo logre encontrarla en el recuerdo de vidas pasadas.

 

Cuando miré aquella felicitación del año 2009 me sentí como quien observa a un niño intentar aparentar ser malo cuando no lo es, solo un ingenuo y cándido niño. Aquella sudadera que me compré, no recuerdo dónde, con aquel perrazo terrible, aparece en el vídeo como diciendo a mis enemigos que “¡cuidado conmigo!”. Había pasado muchos años sufriendo un mobbing salvaje, algo que sigo pensando que no merecí. Muchos, la mayoría de los “enemigos” que menciono en ese vídeo tenían clara relación con el trabajo. No sé si merecían mi odio, sí sé lo mucho que me hicieron sufrir. A pesar de ello en el vídeo aparece Milarepa y su chispa divina y al final eso de “al enemigo de agua” queda olvidado. Sí, en efecto, así soy yo, nunca consigo que mis odios duren para siempre y que me lleven a desear los tormentos del infierno para mis enemigos. Me considero una buena persona y eso es algo que necesito repetirme una y otra vez, eso es algo que debe aparecer en este cuaderno de autoestima, porque creo que muchos han complotado para hacerme creer que soy una mala persona, un canalla, y ello solo porque soy un enfermo mental. Los enfermos mentales necesitamos muchas dosis de autoestima en vena, todos los días, como los diabéticos necesitan su correspondiente dosis de insulina.

 

Calibrando cómo puedo armonizar la filosofía del guerrero impecable con esa necesidad de buscar lo mejor de nosotros para subirnos la autoestima creo que encaja a la perfección con el ejercicio de la cárcel de papel. Si dejamos que los demás nos encarcelen en una cárcel de papel, con las paredes repletas con sus palabras y gestos, con sus conductas, que nos dicen, eres malo, eres tonto, te mereces lo que te pasa, no tienes remedio, hijo, mejor que no hubieras nacido, etc, lo que conseguiremos es permanecer en una celda diminuta de una cárcel toda la vida, cuando en realidad nos bastaría con dar un puñetazo a las paredes de papel y salir en libertad a respirar aire puro. Esas paredes repletas con las frases que nos han dicho desde niños, las miradas que nos han dirigido, los gestos humillantes que han tenido con nosotros, esas paredes deben romperse, a cabezazos si es preciso. Cada vez que pienso en el tiempo que estuve encerrado en mi celdita, en aquella cárcel de papel,, solo porque algunos me llamaban el “loco de León” o me decían que estaba como una cabra, o me miraban con ojos despreciativos o volvían la cabeza a mi pasado; cada vez que pienso en cómo los que me hicieron aquel mobbing salvaje lograron que acabara sufriendo una fobia social que aún me cuesta superar, me entrar ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Si a un guerrero le vencen con una palabra o una mirada ¡qué pobre guerrero es!

 

Sí, yo era un pobre guerrero, aún tendría que seguir un largo camino para llegar hasta donde estoy y por el camino lo iría perdiendo todo, hasta que ya no me queda nada, solo la vida y eso se arreglará no muy tarde. Pero ahora el guerrero impecable ya no tiene que pasar compulsivamente horas y horas editando pequeños vídeos para poner de manifiesto que no es tan malo como los demás le dicen que es. La ingenuidad con que aparezco en esos vídeos me enternece el corazón hoy. Tras el divorcio me planteé que si siendo bueno había sufrido tanto y recibido tantos palos, ya iba siendo hora de ser malo. Sí, fue algo así como la pataleta de un niño rabioso. Alcé los ojos al cielo y grité aquello de “fuerzas poderosas, puesto que me habéis tratado a patadas siendo bueno, ahora seré más malo que la quina, a ver qué hacéis ahora, a lo mejor me premiáis”.  Buen tonto estoy hecho. Sí, puedo que sea un tonto, tener autoestima no excluye de ver también los defectos, pero no soy una mala persona, nunca lo he sido y nunca lo seré.

 

Como guerrero impecable no necesito pregonarlo, ni convencerme de nada, no miro al pasado, no siento remordimientos, no tengo dudas, no tengo miedo, no me angustio por nada, no necesito probar que he sido y soy un hombre bueno, pero me vendrá muy bien recapitular para entregarle al Águila un clon de mi mismo que me permita alcanzar la libertad.

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4 04 2016
Slictik

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