DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLII

16 04 2016

LOS DE ALICANTE…”TÓS PALANTE”

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLII

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-El destino de un guerrero sigue un curso inalterable. El desafío consiste en cuán lejos puede llegar y cuán impecable puede ser dentro de esos rígidos confines.
Carlos Castaneda. La rueda del tiempo.

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A veces las fuerzas poderosas son favorables, solo a veces, pero me basta con que lo sean de vez en cuando. Como le dice don Juan a Castaneda, la diferencia entre un hombre común y un guerrero es que un guerrero toma todo como un desafío, mientras que un hombre ordinario toma todo, ya sea como una bendición o una maldición. Estoy harto de desafíos. Sé muy bien que ahora soy un guerrero y sobre eso de bendecir al cielo cuando todo va bien y maldecirle cuando todo va mal. Pero no puedo evitar maldecir a las fuerzas poderosas cuando todo me sale mal, sea lo que sea.


No es que el correo de mi hija me pillara de nuevas, la esperanza de que recapacitara y diera una oportunidad a nuestra relación era tan escasa que no hubiera apostado ni un céntimo de euro a ella, sin embargo el ser humano necesita de la esperanza tanto como del aire o el alimento, sin esperanza somos menos que nada. Por eso confiaba en que ocurriera algo, un milagro, cualquier cosa. Los sueños eran claros, mi intuición también, mi conocimiento de la vida y de la psicología me decían claramente que no se pueden pedir más oportunidades cuando se han tenido todas y se han desaprovechado. Aquella imagen de aquel angelito mirándome como un ángel y hablándome como una niña de dos añitos mientras yo permanecía tumbado en el sofá, revolcándome en el dolor, me perseguirá siempre. He recapitulado mucho durante este tiempo y sigo sin explicarme lo que me pasa. El deseo de morir, la visión de la vida como un infierno del que es preciso salir cuanto antes, la incapacidad para enfrentarme a los incidentes más naturales de la vida cotidiana, esa visión del ser humano, del otro, como la de alguien que se pasa la vida mintiendo, ocultando su verdadero yo, huyendo de la comunicación profunda y afectiva con el otro, es algo que está en lo más profundo de mis raíces y aún no sé por qué.

Me hundí en la miseria, como me ocurre siempre ante acontecimientos que no está en mi mano evitar o controlar, ante los embates del destino. Me siento como el personaje de mi novela, el buscador del destino. Me gustaría encontrarlo y castrarle sin contemplaciones. Durante muchos días me levantaba con la sensación de que mi vida nunca fue normal, era como una persecución tan ridícula y esperpéntica como la que sufre el personaje de la novela, sin embargo en mi caso era mucho más dramática puesto que un personaje es siempre un personaje, mientras que yo soy un ser humano consciente y sufriente. Eso suponiendo que en realidad no sea otra cosa que un personaje del gran novelista, Dios. Cuando recapitulo no logro entender tal cúmulo de desgracias, de caminos equivocados tomados en cada encrucijada, de incapacidad para tomar decisiones firmes y asumir las consecuencias, aunque todas me precipiten a la muerte. Siempre he sido un hombre con las ideas claras, ¿entonces a qué vienen tantas dudas? Pero es que hay demasiada acumulación de desgracias, de zancadillas de las fuerzas poderosas que quieren ser desfavorables a cualquier precio. No me extraña que en su día yo pensara que tenía el mal de ojo y no me burlara en absoluto cuando me lo dijo la gitana en Córdoba, junto a la mezquita. No es normal, no, me lo he repetido una y otra vez todo este tiempo. Nunca entenderé por qué me ocurre lo que me ocurre. Si fuera una mala persona tendría lo que me merezco, si hubiera escogido determinados caminos a sabiendas de las consecuencias, no tendría motivos para quejarme. Pero es que siempre he procurado ser una buena persona y seguir el camino que menos daño podía causar a los demás. Sí, es cierto que tengo grandes debilidades de carácter, pero aún así nunca he dudado a la hora de tomar decisiones. Todo hubiera podido ser diferente si….

Ese bucle podía haber sido desencadenado por cualquier otro acontecimiento, pero lo causó el correo de mi hija. No se arrojan años de convivencia a la basura y se olvidan así como así. Pasé momentos muy malos y desde entonces no dejo de despertarme por la mañana dando vueltas y recapitulando una y otra vez los mismos acontecimientos. Por suerte las fuerzas poderosas a veces son favorables y cuando ya no puedo más me arrojan un salvavidas.

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G. fue muy oportuno invitándome a ir con él a Alicante, al piso de sus padres. Necesitaba salir de aquí durante la Semana Santa, pero la obsesión, la manía, el maldito bucle de que no sé si cobraré la pensión ni cuándo me hicieron abandonar todo proyecto de ir a parte alguna. Necesito ahorrar porque no sé si mis magros ahorros serán suficientes para aguantar los meses que esté sin cobrar desde que cese. No quiero ni pensar en la posibilidad de que algún “accidente” burocrático haga que rechacen mi petición de pensión y me dejen con el culo al aire bajo un puente. Hacienda es muy suya. Solo de pensarlo se me puso la piel de gallina. Estaba tan mal que estas posibilidades tan inverosímiles se vuelven perfectamente verosímiles y hasta posibles intiuiciones de un trágico futuro. Ya me veía teniendo que dejar el apartamento, sin dinero para ir a parte alguna, muriéndome de hambre. ¡Dios qué horror de visiones apocalípticas! Por suerte un guerrero también puede diseñar estrategias para enfrentarse a futuros acontecimientos. No me costó mucho diseñar una estrategia. Fue la mejor de las posibles si ocurría lo que nunca deberia ocurrir, lo que era inverosímil, ilógico e irracional que ocurriera. Una vez clara la conducta a seguir si lo peor acababa pasando me sentí muy aliviado. Cuando haces lo que está en tu mano, preocuparse por lo que no lo está es de idiotas. Se acabó, me dije, y efectivamente el bucle se deshizo con la explosión de una ventosidad.

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No estaba bien, por supuesto, pero fueron unos días agradables. Me hicieron muy consciente de que desde el divorcio he perdido la poca capacidad que tenía, si es que tenía alguna, para la convivencia y la relación interpersonal. Cuando entro en mi apartamento no pienso en nada, en lo que pudiera pensar de mi conducta alguien que conviviera conmigo. Me dejo llevar hasta extremos de clochard o vagabundo que ha perdido todo interés en la sociedad, a quien ya no le molesta ninguna mirada ni comentario. Convivir con alguien unos días no me resulta nada sencillo. A pesar de ello y de lo que algunos puedan pensar de la convivencia de dos enfermos mentales, lo cierto es que no somos tan malos como parecemos y la convivencia con nosotros no tiene que ser tan desagradable como la pintan. Me adapté, él se adaptó, nos adaptamos. Fueron días agradables y sobre todo disfruté mucho de las comidas. El arroz con bogavante, pendiente desde hacía años, el arroz con ajetes y boquerones… ¿Qué otra cosa puedes pedir en Alicante, en la comunidad valencia, que no sea arroz? Me pasé comiendo arroz, es cierto, pero ya no me preocupa engordar o el colesterol o la diabetes o el ictus o el infarto o que venga el apocalipsis, estoy solo, sin esperanza, sin estrategias, sin futuro, al menos disfrutaré lo que pueda de la vida. Como la cena en el restaurante japonés. Siempre tuve un poco de reparo de comer pescado crudo, nunca me había decidido a pisar un restaurante japonés y fue una experiencia muy agradable que pienso repetir. No solo el pescado crudo, también el pescado a la tempura y otros posibles platos más occidentales. Perfecto y no muy caro. No quise probar el sake porque las calles estaban abarrotadas de gente para las procesiones. El restaurante estaba casi vacío, un alivio, pero justo al otro lado de las grandes ventanas la calle era el camarote de los hermanos Marx.

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La fobia me persiguió toda la semana, pero pude con ella, más o menos. Hubo momentos muy delicados, aunque desde que soy un guerrero ya no sufro esos momentos de absoluta desesperación en los que salgo corriendo en el coche a cualquier parte donde pueda estar solo y pensar en el suicidio. Ahora sé que no me puedo permitir un paso más en esa dirección, las siete o catorce vidas del gato fueron agotadas y las fuerzas poderosas ya no tendrán más consideración conmigo. Me gustó el castillo de Santa Bárbara, me gustaron muchas cosas, aunque no es una ciudad que me vuelva loco, aceptable diría yo.

Cuando Bautista me llamaba por teléfono y me preguntaba cómo estaba yo solía responderle: “como los de Alicante, siempre “palante” o algo parecido. De ahí el título de este capítulo. Podríamos decir que los enfermos mentales somos los de Alicante, o vamos siempre “palante” o si retrocedemos nos caemos al mar, no hay alternativa. Fue una semana en la que hubo de todo, momentos muy agradables y momentos de absoluto hundimiento, pero mucho mejor, infinitamente mejor que haberme quedado en el apartamento. Fue una suerte que me invitara G. Aunque todos estos pequeños acontecimientos los achaquemos a la suerte, yo nunca he creído en ella. Nada de lo que me ha ocurrido en la vida es cuestión de buena o de mala suerte, todo es demasiado reiterado, como si me obligaran a seguir una línea recta y solo de vez en cuando me permitieran hacerme la ilusión de que me he salido del camino. Estoy plenamente de acuerdo con don Juan cuando le habla a Castaneda del camino del guerrero y de que un guerrero tiene el camino trazado de antemano por las fuerzas poderosas, lo único que puede hacer es ser impecable en el uso de la poca libertad que se le permite.

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Ahora que estoy mejor soy muy consciente de lo mal que he estado, un poco antes de recibir el correo de mi hija, luego después y hasta pasados unos días desde el regreso de Alicante. Yo diría que he sufrido una depresión profunda, grave, tal vez como algunas de las peores depresiones que he tenido a lo largo de mi vida. Sin embargo ahora todo es muy distinto y debo dar las gracias a mi condición de guerrero impecable de poder seguir con vida, sobreviviendo día a día. En realidad todo este año y medio, desde el divorcio, no he levantado cabeza, la depresión ha sido más o menos intensa pero nunca me ha dejado. No he dejado de recapitular todo este tiempo, cuando estoy bien, más o menos bien, me doy cuenta de lo mal que he estado, y esta ha sido una constante a lo largo de toda mi vida. He tenido algunos buenos momentos, o si se prefiere, temporadas, pero nunca han durado mucho. Cuando me siento bien, normal, me pregunto por qué no puedo estar así siempre, al parecer los demás lo están, ¿por qué no yo? Es entonces cuando tengo que plantearme necesariamente mi condición de enfermo mental. Estas depresiones, estos hundimientos, este no levantar cabeza no es normal, por mucho que se hayan empeñado, para tranquilizarme, en decirme siempre las mismas frases manidas, que si todo el mundo tiene malos momentos, que si algunas veces están tristes, eso es normal, es que yo le doy demasiada importancia. No pueden entender qué sentimos los enfermos mentales cuando estamos hundidos, cuando clamamos por la muerte, como me han dicho muchos de mis hermanos, con los que me relaciono desde que decidí abandonar las cloacas, “debereían sufrir lo que yo sufro para que me comprendieran”. Claro que a continuación matizan, Dios no lo quiera, no le pido que les haga sufrir, pero a lo mejor no les venía mal hundirse en una depresión como la mía para que se dieran cuenta. No, los enfermos mentales no somos tan malos, de otra forma estaríamos echando el mal de ojo por ahí a todo el mundo. Sí, cuando recapitulo y reflexiono sobre cómo me siento cuando estoy mal y cómo cuando estoy bien, puedo ver ese abismo infranqueable que separa a una persona normal de un enfermo mental. No pido una vida feliz y plena, solo esos momentos “normales” que viven los demás. Ahora que me encuentro mejor, más tranquilo, más aliviado, me digo que así debería estar siempre, hasta se me ha pasado la paranoia de la pensión, de que van a tardar mucho en pagarme y tendré que irme a vivir bajo un puente, de que a lo mejor hay algún problema y me niegan la pensión y tengo que ir al contencioso-administrativo y… ¡Dios mío! Qué negro se ve todo cuando estás deprimido, hundido en la miseria.

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He decidido recapitular esta etapa, tras el divorcio, en cuanto esté instalado en la casita de la montaña. He ido adelantando algunas cuestiones, como los libros leídos. Es increíble, no creí haber leído tanto. Los tengo anotados en mi agenda de lecturas y escritores, mucha novela negra, algo de cienciaficción y fantasía y también literatura moderna y clásica. Libros sobre esoterismo, repaso a los libros de Castaneda. Apenas he escrito algo en mis novelas, pero en cambio el blog del guerrero ha tenido una gran actividad. He subido muchos textos, he contestado algunas consultas… Seguiré dando mi apoyo a los hermanos enfermos mentales, aunque no es precisamente una actividad con mucha recompensa, no se les notan los progresos, algunos de ellos son desagradeciedos, dejan de escribirme correos electrónicos o de llamarme o utilizar el whasap, desaparecen sin más, sin una palabra cortés, sin una frase de agradecimiento. Si no les conociera tan bien hasta me parecería mal, pero es que somos así, eso forma parte de nuestra patología. A veces me río al darme cuenta de que así era yo, así actuaba, puedo verme en ellos como en un espejo. A veces te llaman y están tiempo hablando contigo, contándome sus cuitas y al final tienen que hacer un esfuerzo para preguntarme cómo estoy yo. Lo entiendo, estamos tanto tiempo sin poder hablar con nadie, comiéndonos el “coco”, deprimidos, sufrientes, doloridos, que cuando encontramos una oreja amiga que quiera escucharnos un rato, es que no paramos de hablar y de entornar el viejo mantra del enfermo mental: QUIERO MORIR-QUIERO MORIR-QUIERO MORIR.

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Le he contado a Bautista lo de mi paranoia y he bromeado con él, ya sé que no me dejarás bajo un puente, en cuanto te enteraras vendrías a buscarme en tu furgoneta y me acogerías en tu casa, con toda la tribu. Pero lo he pasado muy mal, ¿y si ocurriera? A veces me vuelvo totalmente paranoico con las fuerzas poderosas, seguro que me la arman, seguro que encuentran la forma de j…y dejarme sin pensión. ¡Oh my God! Me entran ganas de cantar aquella canción de “si yo fuera rico, debe,debe,debe y no bebe” solo que cambiando la letra. Si yo fuera normal, debe-debe-dé, me bebería todo el manantial. Tanto sufrimiento para nada, porque seguro que todo va bien. Ya me queda muy poco y una vez jubilado aprovecharé para hacer todo lo que no pude hacer, para escribir todo lo que tengo pendiente, para disfrutar de la vida, de la comida, del…

Quieto, para el carro, lo del sexo ya está enterrado. Lo que no tiene remedio no lo tiene. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible. Estoy harto de prostitutas, de sexo mercenario, de páginas de contactos, de buscar la aguja en el pajar, de intentar convencer a las mujeres de que el sexo no es malo ni pecaminoso, ni hay que esperar a que llegue el amor y el enamoramiento, que se puede tener sexo sin estar casado, prometido, viviendo en pareja, sin tomárselo tan en serio como si nos dieran a elegir dónde querríamos vivir si viviéramos para siempre. Tampoco es para tanto, vale que el sexo vincula mucho, como dice Milarepa, pero no creo que por un poco de sexo uno tenga que decidir que ya no puede vivir sin el otro y haya que salir corriendo a buscar al cura para que nos case. No, no estoy para otra relación de pareja, “seria” como dicen todas las mujeres de las páginas de contactos -quiero una relación seria, nada de tonterías- creo que ya he tenido bastante con la experiencia que experimenté y sufrí. Sigo siendo un enfermo mental, ninguna otra mujer me va a soportar, tampoco tengo ganas de transformar estos años de jubilación en una maratón de convivencia, siempre con la lengua fuera y el corazón a punto de reventar por el esfurzo. Si no “pue” ser pues que no sea, ya encontraré en qué entretenerme mientras llega la muerte. Lo siento mucho “troncas” pero yo soy como soy y eso no tiene remedio. Porque “ser es” como dice José Mota. Y ya he escrito demasiado, dejaré para otra ocasión ese apéndice que me apetecía meter aquí, como en una cálida cueva. “Ahora puedo decir todo lo que realmente pienso… del sexo”. Bueno, lo dejaremos para otra ocasión.

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Creo que aparcaré este diario hasta que me jubile de una vez, mejor aún, hasta que reciba la primera pensión, porque dejar de trabajar es importante, pero si no me dan para comer todos los meses eso no sería ningún milagro, bien lo podría haber hecho en cualquier momento de mi vida, salir corriendo del trabajo, no regresar, y luego tirarme en cualquier cuneta para morirme de hambre. Sí, al final todo se andará, la verdad es que estoy ilusionado con lo que me permitirá hacer todo ese tiempo nuevo de que voy a disponer. Pero sigo teniendo miedo a estar solo, a la depresión, a ese tirarse en la cama y hoy no me levanto y mañana tampoco y que cocine su padre porque hoy no me apetece cocinar, ni comer, ni nada. Sí, algo habrá que hacer, porque ahora que no tengo que ir a trabajar, como me de por encamarme y decir que “morro-morro”, como el chiste de aquel gallego deprimido que decía aquello de “morro-morro” y “morrió” como decía mi madre cuando nos lo contaba…entonces para qué quiero más. No quiero ni pensar en la tentación que será para mí, cuando esté deprimido, meterme en la cama y dejar pasar un día y otro y otro y otro. Nadie vendrá a ver qué me pasa, ni me llamarán del trabajo para decirme que tengo que pedir la baja, ni “ná”. Como me deje llevar la riada me llevará hasta el mar. Menos mal que tengo a Bautista y a L y a G y a todos mis hermanitos, los enfermos mentales, que seguro me iban a echar de menos.

Bueno, a ver si me animo y vuelvo a ir al gimnasio y a la piscina, que el otro día reventé una camisa. No sé si eran de las que me quedaban estrechas, pero es un aviso. No puedo dejarme ir, hay que trabajar la musculatura, porque nunca se sabe, donde menos te lo piensas salta la liebre o la mujer… para decirte aquello de “quiero una relación seria-quiero una relación seria”. Para que yo pueda responder aquello de “quiero morir-quiero morir- quiero morir”. Esto parece el baile de la yenka, o el pasito “palante” y el pasito “patrás”. Nada, amigos míos, los de Alicante, “tós palante” y que les den morcilla, no, mejor dicho que les den mierda a los de las empresas esas “ofsores” o como se diga y a los corruptos y tanto chorizo y desvergonzado como anda por estos andurriales, que si por ellos fuera yo me quedaría sin mi pensión para que ellos no tuvieran que pagar tantos impuestos. ¡Serán caraduras!

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