LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN X

17 05 2016

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LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN X

COMPRIMIR EL TIEMPO

Un guerrero comprime el tiempo. Esto le dice don Juan a Castaneda, y éste, como siempre se queda con la boca abierta y totalmente desorientado. ¿Qué es comprimir el tiempo? Se podría pensar que se trata de ser feliz, porque cuando uno es feliz, se divierte, parece que el tiempo transcurriera más deprisa, al contrario de lo que sucede cuando uno sufre, cuando uno está en el lecho del dolor, que el tiempo parece no pasar nunca.

¿Para qué necesitaría un guerrero comprimir el tiempo? No para disponer de más tiempo, porque como ya le ha dicho don Juan en otras ocasiones, el tiempo de un guerrero está tasado, sabe que la muerte está tras de él, con su mano derecha en su hombro izquierdo. Un guerrero sabe que no dispone de tiempo, que la muerte se lo puede llevar en cualquier momento. ¿Entonces a qué se refiere don Juan cuando habla de comprimir el tiempo?

Un guerrero no busca tener más tiempo disponible para hacer sus cosas, cumplir su misión. Un guerrero no tiene misión alguna que cumplir, no tiene que “hacer sus cosas”, un guerrero hace lo que tiene que hacer cuando tiene que hacerlo, vive el presente, no hace planes para una vida futura que no está en su mano. Comprimir el tiempo tiene mucho que ver con la intensidad con la que se vive. Como hemos visto en la metáfora de la muerte, que don Juan utiliza con mucha frecuencia, cuando uno sabe que no tiene poder sobre la muerte, que no está en su mano el tiempo que ha de vivir, entonces vive la vida con intensidad máxima, con absoluta concentración. Cuando uno sabe que puede morir al segundo siguiente, no se anda con chiquitas, cada segundo es precioso, todo lo que hace adquiere una importancia y una intensidad inauditas. Esto es lo que da una extraordinaria fortaleza al guerrero, saber que todo está perdido, que nada es suyo, que no dispone de nada, ni siquiera de tiempo de vida. Cada una de sus actos se convierte en impecable, en diamantino, no está contaminado por el apego, por el interés, por metas sin sentido, como conseguir dinero, alcanzar el poder, apegarse a seres queridos. Cuando la muerte está detrás, con su mano en tu hombro, nada de esto es importante. Las personas que hemos tenido la desgracia de vivir experiencias cercanas a la muerte, que hemos estado a punto de morir, que hemos sido absolutamente conscientes de que si no ocurría un milagro íbamos a morir, sabemos muy bien de qué habla don Juan. Esta experiencia cambia una vida, cambia la consciencia de ser, lo cambia todo. Tras mis experiencias cercanas a la muerte, porque han sido varias, toda mi vida cambió. No podía entender cómo las demás personas hacían proyectos, planificaban sus vidas, como si tuvieran seguro que al día siguiente seguirían vivos, en su trabajo, con sus seres queridos. Cuando uno tiene una experiencia cercana a la muerte ya no es capaz de seguir pensando que la muerte es solo una teoría, que sí, que moriremos algún día, pero este día está tan lejano que solo puede pensar en ello si su fantasía es muy viva y es capaz de representarse un acontecimiento futuro con toda intensidad.

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La experiencia cercana a la muerte es lo más próximo que encuentro a comprimir el tiempo, a la actitud del guerrero impecable, que hace todo como si “realmente” la muerte estuviera tras de él, con la mano en su hombro, porque es que “realmente” es así. A todos nos afectan las muertes de niños, las muertes imprevisibles de personas jóvenes que tienen un accidente imprevisto, imprevisible. Todos pensamos que eso les ocurre a los demás, que es una estadística muy baja, que hay muertos en accidentes de tráfico, pero son pocos y no tiene por qué ocurrirnos a nosotros; que a veces un avión cae y mueren todos, pero estadísticamente es muy improbable. Es un engaño que nos ayuda a vivir. Como don Juan le dice en otro momento, las personas normales tienen sus propios escudos, sus propias estrategias para enfrentarse al gran misterio de la vida y no perecer, y una de ellas, la más importante, es creer que su vida está garantizada, que la muerte está muy lejana y ya habrá tiempo de pensar en ello. En cambio el guerrero no dispone de ese escudo, se ha quitado la venda de los ojos y ve el misterio en todo su monstruoso terror. Tras mi última experiencia cercana a la muerte viví esta caída de la venda de los ojos, este caerse el escudo que me protegía del misterio, y tuve que enfrentarme a una nueva vida, con la mano de la muerte en mi hombro izquierdo. Fue algo literal, creo que a esto ahora lo llaman los efectos del síndrome postraumático. Es decir, sufres una experiencia terrible, estás a punto de morir, o tus seres queridos mueren en una catástrofe terrible e impredecible, o sucede cualquier otra cosa que nos deja en nuestro lugar sin importancia, no somos nada. No somos nada es una frase que yo escuchaba muchas veces en los entierros familiares. Venían a dar el pésame y ponían una cara muy larga, muy triste, para decir aquello de “no somos nada”. Pero tú sabías que ellos lo decían con la boca chica, que se habían preparado la interpretación, que eran pésimos actores. Porque a ellos no se les había muerto un ser querido, porque ellos no habían estado a punto de morir y se habían salvado de milagro. Pero de alguna manera inconsciente imitaban la actitud del guerrero, ese “no somos nada”.

Ese síndrome de que hablan ahora no es otra cosa que la caída de la venda, entonces te enfrentas al misterio con toda su intensidad, como don Juan le dice a Castaneda que debe enfrentarse el guerrero al Águila. Las emanaciones del Águila son tan poderosas, tan compulsivas, que un guerrero en solitario suele perecer, a no ser que sea un guerrero formidable, por eso aconseja que se junten los guerreros para ver la verdadera cara del Águila, de otra forma perecerán. De ahí también ese pequeño ejército, conformado por el nagual y sus guerreros. Recuerdo que durante meses yo era incapaz de ver las cosas cotidianas como antes, en cualquier momento puedo morir, pensaba, por qué entonces voy a preocuparme de ahorrar dinero, de hacer planes, de pensar que mis seres queridos estarán siempre conmigo. Fue una experiencia única, estremecedora, cuando te ocurre, o pereces, te suicidas, te dejas morir, te vuelves loco, o te conviertes en un guerrero. Es lo que me ocurrió a mí, aunque tuvieron que pasar años y toda clase de desgracias para que aquella experiencia cobrara todo su valor.

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UN VIAJE EN TREN

Imaginemos un viaje en tren. Tenemos que ir de una estación a otra, donde hay que realizar una tarea que nos espera. El tiempo que tarda el tren en en llegar lo ocupamos “matando el tiempo”. Bonita y aterradora expresión, matar el tiempo. Charlamos de naderías, leemos un libro, miramos el paisaje por la ventanilla, dejamos que la mente se ocupe en mil cosas inútiles.

Si un tren es lento el viaje de una estación a otra puede prolongarse mucho, son los espacios vacíos en nuestras vidas, los agujeros en los que caemos habitualmente hasta que encontramos una tarea que hacer. Una persona normal llega a aburrirse, en su vida hay muchos momentos, largas temporadas de aburrimiento, la vida le parece algo tan aburrido que debe buscarse sus propios entretenimientos para no perecer de hastío. Así llegan las adicciones, nos hacemos adictos a las drogas que nos sacan del aburrimiento, al alcohol, al tabaco, al juego, al sexo, a lo que sea. Necesitamos cubrir con algo esos inmensos agujeros que a veces son nuestras vidas. O nos hacemos adictos al dinero y así estamos siempre ocupados en algo, en contarlo, en ahorrarlo, en idear mil formas de obtener más y más dinero. Y luego pensamos en qué gastaremos el dinero o cómo se lo dejaremos a nuestros hijos, o qué podríamos hacer si fuéramos ricos… Nos pasamos la vida ideando, nos pasamos la vida fabulando, nos pasamos la vida huyendo, fugándonos de ese aburrimiento entre estación y estación. Nos sentimos tan aburridos que hasta un compañero de viaje al que ni miraríamos en nuestra vida cotidiana, mientras nos movemos como peonzas, en el viaje en tren llega a ser hasta un compañero entretenido. Miramos lo que hace como si fuera algo insólito, le preguntamos algo como si fuera importante y esperamos su respuesta muy atentos, como si lo que nos fuera a decir tuviera la potencia de cambiar nuestras vidas. Todo esto son entretenimientos vanos, adicciones, apegos. En realidad somos muy conscientes de que el dinero que acumulemos no nos servirá para sobornar a San Pedro y que nos deje entrar al cielo. De aquí no se saca nada, y menos dinero. Somos muy conscientes de que el apego a un ser querido, que nos parece maravilloso, la muestra del amor más sublime, es un apego que desaparece de forma súbita cuando este ser querido fallece. Entonces pasamos el luto, que no es otra cosa que intentar rellenar de algo el agujero que nos ha dejado el ser querido. Nos afanamos detrás de muchas cosas para sacudirnos la modorra del viaje de una estación a otra.

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Un guerrero no viaja de estación a estación porque cada paso que da es para él una nueva estación. No hay tiempos muertos en su vida que deba rellenar de tonterías, no hay agujeros a los que uno deba echar y echar cosas para que se vayan llenando. Un guerrero sabe que viaja de la estación de la posible muerte a la estación de la muerte segura. No hay tiempo para tonterías, no se entretiene mirando lo que hacen los demás, intentando comunicarse con alguien que en cuanto baje del tren ya no volverá a ver. No se hace ilusiones amontando dinero ni fantaseando con esto o con aquello. Un guerrero no tiene tiempo para estas cosas, porque la muerte le espera a cada paso y nunca sabe si el paso siguiente será aquel que la muerte elija para llevárselo. De ahí que esté siempre preparado para su última danza con la muerte, acumulando poder, renunciando a las tonterías, a perder energía en cosas inútiles. Incluso cuando viaja en tren, de una estación a otra, no pierde el tiempo, porque sabe muy bien que el Espíritu, como dice don Juan también, le puede mandar a alguien a su encuentro y sabe que no se puede despreciar al Espíritu, incumplir sus mandatos. Sabe que en cualquier momento y lugar alguien le puede ser enviado, incluso aunque parezca el ser más lerdo y sin interés del universo, si se lo manda el Espíritu esto se convierte en una misión sagrada. Así cuenta don Juan cómo le fue enviado Castaneda y no le baila el agua, le dice que no le caía simpático, que le parecía un tonto muy tonto, pero como le había sido enviado por el Espíritu tuvo que cumplir su misión sagrada iniciándole en la sabiduría del guerrero, transformándole en un hombre de conocimiento. Esto nos sucede a todos, porque como dijo Julien Green, el gran novelista católico, todos somos enviados, el verdugo a la víctima y la víctima al verdugo. Todos tenemos que cumplir la misión sagrada del Espíritu. Solo que algunos lo ignoran y dejan pasar a los enviados y luego sufren las consecuencias. Como también le dice don Juan a Castaneda, toda persona, guerrero o no, tiene un dedalito de suerte en la vida, un regalo del Águila, del destino, o como queramos llamarlo. La única diferencia entre el guerrero y la persona normal es que el guerrero está siempre atento, concentrado, no deja pasar una y por eso el dedalito de suerte no le pasa desapercibido, en cambio la persona normal se pasa la vida buscando su dedalito de suerte, jugando a la lotería de la suerte, y se olvida de los que le son enviados, se olvida de lo importante y cuando el dedalito de suerte pasa a su lado no es capaz de verlo.

La intensidad, la concentración absoluta y sin fisuras que pone el guerrero impecable en cada acto de su vida hace que no haya viajes en tren entre estaciones donde debe cumplir tareas o si existe este viaje en tren es tan súbito, tan veloz, que es como si el tiempo se comprimiera. Mientras los demás desaprovechan, matan su tiempo, en naderías mientras viajan de una estación a otra, el guerrero lo comprime hasta un extremo inaudito, es como viajar a una velocidad superior a la luz, mientras los demás han vivido mil vidas inútiles el guerrero ha vivido un segundo, intenso, eterno, absoluto. Por eso un guerrero debe comprimir el tiempo, no porque necesite más tiempo que los demás, no porque el tiempo le sobre y lo pueda comprimir y acortar, simplemente porque actuando como guerrero el tiempo se comprime. Los que viajen en tren, perdiendo el tiempo hasta que llegan a su estación, no pueden imaginarse lo que es un viaje a velocidad de la luz, no te da tiempo a respirar y ya has vivido tu vida, mil vidas, millones de vidas. Cuando sabes que tienes la mano de la muerte en tu hombro izquierdo el tiempo pasa veloz y cada instante se convierte en único, no hay tiempo para mirar para otro lado, para dejar que la mente bulla en tonterías sin sentido. Al momento siguiente puedes estar muerto, por lo tanto ahora, en este momento, haciendo lo que haces, pones toda tu intensidad vital, lo pones todo, porque es muy posible que ya no necesites nada para el segundo siguiente en el que estarás muerto.

Los que hemos vivido experiencias cercanas a la muerte sabemos muy bien lo que significa comprimir el tiempo, vivir como un guerrero, con la muerte a tus espaldas. Cuando besamos a un ser querido en una despedida lo hacemos como si nunca más lo volviéramos a ver, cuando nos comemos un helado en un día caluroso de verano lo hacemos como si no volviéramos a tener esa oportunidad. Cuando tenemos una moneda en el bolsillo sabemos que no podemos hacer cábalas, si nos la pide un mendigo y eso es lo que tenemos que hacer en ese momento se la damos, o se la denegamos y se la damos a un niño o nos compramos unos zapatos más cómodos porque los que llevamos nos están moliendo el pie. Cuando yo salí a la superficie tras ahogarme en mi última experiencia cercana a la muerte, el sol brillaba más, la gente era más importante, era única, todo lo que me ocurría, que un pájaro me cagara en la cabeza, que un niño me diera un balonazo, que una chica me mirara, que pasara el camión de la basura, que el reloj diera sus campanadas, todo, todo, absolutamente todo era único, importantísimo, eterno, porque era el momento que me había sido concedido, donado, porque la muerte me había dejado vivir y eso era lo único importante, lo único realmente importante.

Por desgracia desaproveché aquel momento y como Castaneda me puse a tomar notas en los momentos importantes, cuando llegaba el conocimiento, cuando se abría el horizonte y el ramillete de emanaciones del Águila brillaba en todo su esplendor ante mis ojos. Me fugué de la realidad buscando aquella realidad anterior a la experiencia cercana a la muerte, cuando yo era como los demás, los que creen que nunca van a morir, los que no comprimen el tiempo y se aburren. Caí en la depresión, caí en todos los agujeros del camino, no aprendí la lección. Y tuvo que ser el divorcio, el haber perdido a la familia, mi nueva experiencia cercana a la muerte, la que realmente me ha transformado en guerrero. Ahora soy un guerrero impecable, ahora vivo el momento y comprimo el tiempo. Han pasado casi dos años desde aquel momento y es como si fuera ayer, qué digo, como si hubiera ocurrido hace un minuto, un segundo. Ahora, como guerrero, miro hacia atrás, recapitulo y soy consciente de que la vida ha transcurrido como en un soplo. Ese el tiempo del guerrero, el soplo, los demás se aburren como ostras en sus tiempos muertos, matando el tiempo, intentando rellenar los inmensos agujeros de sus vidas, intentando que el dinero lo sea todo, o se adicionan a esto o aquello, o se apegan a nimiedades, a futesas, o sufren tragedias espantosas cuando una moneda se les cae del bolsillo por un agujerito que no habían visto.

El guerrero comprime el tiempo, el guerrero nota la presencia de la muerte a sus espaldas, nota su mano en su hombro izquierdo, vive con intensidad hasta el respirar, porque sabe que el segundo que tarda en respirar es un don, es un auténtico milagro. Si la vida es un misterio terrible comprimir el tiempo es una necesidad ineludible para que la vida adquiera su pleno sentido, para que no se convierta en un viajar entre estación y estación, un largo, larguísimo viaje, aburrido, bostezando, llenando agujeros con conversaciones inútiles, apegándose a viajeros que no nos interesan, que no nos han sido enviados por el Espíritu. Un guerrero comprime el tiempo porque en cada momento está haciendo lo que realmente tiene que hacer y no matando un tiempo que ya nació muerto.

 

la danza de la muerte

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