ERRORES DE CONDUCTA RESPECTO AL ENFERMO MENTAL III

28 07 2016

ERRORES DE CONDUCTA RESPECTO AL ENFERMO MENTAL III

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Hay una conducta patológica que afecta mucho al entorno familiar y social del enfermo y a su vez hay una conducta de este entorno que afecta mucho, tanto o más, al enfermo. Si nos ponemos finos podríamos sacar a relucir la conocida frase evangélica: “Ves la mota en el ojo ajeno y no ves la viga en el tuyo. Solo que en este caso funciona casi con igual intensidad en las dos direcciones.

El enfermo tiene un serio hándicap en este terreno. Por muchas debilidades de carácter, a veces terribles, que tengan los otros, si las ponemos en una balanza de precisión, el platillo siempre parece inclinarse en sentido negativo para el enfermo mental. Esto no es así de forma absoluta y sistemática, como veremos, pero la impresión funciona en la mayoría de los casos en contra del enfermo, lo mismo que un defecto de la vista, pongamos por caso, siempre funciona negativamente en contra del que lo padece, en el terreno de la vista, haga lo que haga éste.

Comparados los defectos de carácter de un “no enfermo” con las conductas patológicas de un enfermo mental, no hay color, en expresión popular, ya que los efectos de los otros nunca le llegan a la suela del zapato a la conducta patológica del enfermo, sobre todo en momentos de crisis o cuando el enfermo sufre un brote. Así, los insultos del enfermo son más terribles que los que le pueden dirigir a él sus familiares o el entorno social, cuando aquellos pierden el control, los estribos. La mentira y la manipulación del enfermo gana por goleada a la conducta de los otros, por mucho “calentón” que sufran. No hay color.

En esto estamos de acuerdo y no hay que darle muchas más vueltas. Pero sigamos una metáfora que nos puede ayudar a comprender la esencia de la situación, aunque como sabemos ninguna metáfora se adapta al cien por cien a lo que pretende explicar.

ERRORES DE CONDUCTA DE LOS OTROS RESPECTO AL ENFERMO MENTAL

-Imaginemos que un enfermo físico, debido a cualquier circunstancia, accidente, secuelas de una enfermedad, etc pierde una pierna, porque se la han tenido que amputar para salvar su vida.

Imaginemos queun familiar, a partir de ese momento, no deja de quejarse de las molestias y sufrimientos que le ocasiona el enfermo amputado. Al principio, cuando sale del hospital, el familiar se queja de que tiene que empujar la silla de ruedas, de las antiguas, porque no le han facilitado una automática por los recortes, porque la sanidad pública está como está. Solo proporcionan herramientas básicas, como muletas o sillas de ruedas tradicionales, o porque en la sanidad privada contratada no entra ese plus.

Éste, el enfermo, está tan deprimido, tan hundido que ni quiere empujar la silla, poniendo las manos en las ruedas, no se ha preocupado de aprender, no tiene voluntad pafra hacer un esfuerzo, solo quiere morir y terminar de una vez.

Las quejas del familiar pueden tener su razón de ser, su lógica, su verdad. Bien, ¿pero alguien puede pensar que el familiar hace bien en meterse con el recién amputado y tratarle como si fuera un estorbo, una basura? Salvo casos puntuales y circunstancias muy especiales todos pensamos que el familiar no tiene sensibilidad, empatía, no es generoso, incluso podríamos llegar a pensar que es una mala persona un canallita.

Bien, ¿qué ocurre con el enfermo mental? No se le reconoce su incapacidad o sus dificultades porque tiene las dos piernas, hablando metafóricamnete, es un hecho y físicamente nada le impide moverse por si mismo. Correcto. Pero ha podido sufrir una amputación de su voluntad, como si le hubieran cortado una pierna, solo que en este caso es algo invisible.

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Este es uno de los graves problemas del enfermo mental, como hemos dicho repetidas veces en otros textos. Su enfermedad no es reconocida por el simple hecho de que es invisible. Su cuerpo físico está entero, no tiene más enfermedad física que el común de los mortales. No se ha descubierto aún ninguna malformación cerebral grave que pueda ser vista con un escáner. Si no hay nada visible que pueda hacernos conscientes de la existencia de una enfermedad mental hay que concluir que estamos exigiendo a los demás que crean en lo que no ven. Puede parecer duro, pero hay mucha gente que cree en lo que no se puede ver, no podemos ver a Dios, porque es invisible, no podemos ver el amor, solo sus signos, no podemos ver un agujero negro, aunque todos los científicos admiten que existen. La tendencia habitual respecto a la enfermedad mental es la de no creer en ella, por lo tanto el enfermo está interpretando, está chantajeando, está utilizando farsas de control para conseguir sus fines. Se le pide que corra los cien metros lisos y en un buen tiempo, como si tuviera las dos piernas en buen estado, cuando en realidad la tiene amputas, hablando metafóricamente. Los enfermos nos rebelamos contra semejantes exigencias, nos sentimos así, amputados y para nosotros sería lo mismo que a un amputado físico se le exigiera correr los cien metros lisos como cualquier otro. Nos resulta repugnante y vomitivo. Un enfermo que sufre una severa depresión no tiene voluntad, está hundido, hasta respirar le cuesta, en esa situación no se le puede pedir que haga lo mismo que hacen los que no están enfermos. Es inhumano. No busquemos, por ahora, las causas de esta depresión, de esta severa falta de voluntad, puede que en parte sea culpa suya, como veremos, pero lo cierto es que aquí y ahora carece de voluntad, carece de piernas, hablando metafóricamente, por lo tanto exige un mínimo de respeto y sensibilidad hacia su enfermedad, hacia su problema. También puede ser verdad que la incapacidad de los otros por aceptar lo que no se puede ver sea su problema. Puede que sea su problema la falta de sensibilidad hacia realidades espirituales que no pueden verse. Cada cual tiene derecho a pensar y sentir lo que considere oportuno, a vivir su vida como le parezca conveniente, pero si decide ser materialista, agnóstico, ateo, cientifista, “tomasiano”, solo veo que lo puedo ver y tocar, solo tengo esta vida, solo tengo un cuerpo, pues bien, que viva de acuerdo a sus creencias siempre que respete las ajenas, pero los que creemos en realidades espirituales invisibles, los que no necesitamos meter nuestra mano en el costado abierto de los demás para saber que en su interior habita la chispa divina, que son nuestros hermanos, también merecemos un respeto. Nos molesta mucho que se utilice con nosotros la ley del embudo, lo ancho para mí, para que pueda caminar erguido, lo estrecho para ti, para que debas arrastrarte como un gusano por la vida. No es aceptable, de ninguna manera. No veo razón alguna para que quienes creen en un Dios que no pueden ver, en un amor que solo pueden percibir por signos, en un alma que no puede ser fotografiada, en la existencia de realidades invisibles al ojo humano, luego tengan tanta dificultad para creer en la existencia de la enfermedad mental, invisible también al ojo humano. Lo entendería más en los agnósticos, materialistas y cientifistas, pero luego ves sus contradicciones, creen en el amor, aunque no lo puedan ver, consideran que estar enamorado es cuestión de química cerebral, pero cuando lo están actúan como si su enamorada fuera algo divino. Y así podríamos seguir y seguir. Te puedes encontrar con agnósticos, materialistas y cientifistas que luego son maravillosas personas, que te tratan como si fueras su hermano, que son capaces de sacrificarse por ti, su generosidad y su humanidad no tiene límites. ¿En base a qué, si para ellos, teóricamente, solo somos un saco de células? Estas contradicciones son muy llamativas cuando vemos cómo se nos trata a los que padecemos una enfermedad invisible. Puedo creer en un agujero negro que no veo, en un Dios que no ven mis ojos de carne, en el amor que está detrás de ciertos signos, pero que no es visible, puedo creer incluso en fenómenos paranormales, pero no puedo creer que mi hermano tenga una enfermedad mental porque es invisible. Esto es inaceptable. Pocas cosas nos molestan más.

Tenemos que defender que somos enfermos porque solo nos queda la alternativa de aceptar que somos malas personas. No es justo, no lo es, ¡vive Dios! Es cierto que en parte es culpa nuestra por utilizar farsas de control, por manipular, por mentir, por utilizar la bula papal de autorizarnos a hacer cosas que no se permiten a los demás solo porque hemos sufrido mucho. Es cierto, pero también lo es que no los otros no tienen tantas dificultades cuando se trata de una enfermedad física, saben muy bien cuándo un amputado, para seguir con el ejemplo, no puede hacer ciertas cosas y cuándo busca la compasión y la manipulación para que se lo den todo a la boca. Eso parece estar muy claro para los otros, pero no lo está en el caso de la enfermedad mental y sigo sin saber la razón.

Como ya he repetido hasta cansarme en otros textos, al familiar solo le queda la opción de considerar una mala persona al enfermo si no se acepta que sufre una enfermedad. ¿Qué camino intermedio queda? ¿Esto significa que debe convertirse en su esclavo? Ya sabemos que con la enfermedad física parece estar todo mucho más claro. Hagamos un esfuercito para que también ocurra con la enfermedad mental, por favor.

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Se puede alegar que las conductas patológicas del enfermo mental se parecen mucho a las que son propias de la mala persona, que miente, manipula, hace daño a los demás y no siente remordimiento, que busca su bien, de forma egoísta, que actúa como si en la vida solo existiera él. Cierto, no vamos a negar a estar alturas el parecido. Pero hay diferencias muy grandes. Un malvado siempre actúa como un malvado y si no lo hace es porque disimula, porque se oculta para no ser castigado. Un enfermo mental puede ser una maravillosa persona cuando está bien y una persona insufrible, incluso malvada en ciertos actos, cuando está mal. Aquí hay algo que no encaja, nadie se vuelve malo de la noche a la mañana, luego bueno, luego vuelve a ser malo, etc. Un malvado mata en lugar de matarse. Un enfermo mental se suicida en lugar de matar a otros. Aquí nos encontramos con el problema de los asesinos que luego se suicidan, sean terroristas o asesinos de género. Sin negar lo que ya dije en otro momento, que los enfermos somos personas normales y como entre los normales, entre nosotros también hay de todo, hasta malas personas, lo cierto es que en una proporción elevadísima un enfermo mental se suicida antes de matar, puede actuar muy mal con los otros cuando sufre crisis o brotes, pero luego se echa la culpa de todo y termina intentando acabar con su vida. No es de recibo que a cualquier asesino se le considere un enfermo mental porque  los otros sean incapaces de aceptar la existencia del mal y todo el que asesina y hace el mal de forma demoniaca tiene que ser necesariamente un enfermo mental. Estamos hartos de ser chivos expiatorios. La existencia de asesinos entre los enfermos mentales es una proporción bajísima, algo que por otro lado no lo es tanto si consideramos que entre los “no enfermos” hay una proporción mucho mayor, como de violentos y delincuentes. Un enfermo de cáncer podría ser un asesino, eso está claro, pero todos sabrían diferenciar entre su enfermedad y su conducta homicida, lo que no se hace con el enfermo mental, si mata es porque está enfermo de la mente, no es cierto somos muchos, en una proporción aplastante los enfermos mentales que no matamos, que no somos violentos, que no somos delincuentes. Si alguien cae en la trampa de considerar enfermo mental a un asesino, a un terrorista, solo porque lo diga él cuando le conviene o lo digan otros a los que les conviene que así se crea, no es nuestro problema. Estamos hartos de ser chivos expiatorios, de que pongan en nuestras filas a todos los desechos que a los otros no les interesa aceptar en las suyas, porque no son capaces de creer en al mal en estado puro. Porque hay muchos asesinos que no son enfermos mentales, que han decidido ser malvados libremente. Si somos libres, somos libres para todo, y quien decide libremente asesinar, ser corrupto, ser un violador, ser un pedófilo, creer que no existe más vida que ésta y por lo tanto solo tiene que pensar en sí mismo y en divertirse lo más posible, aún a costa de los demás, ha decidido ser malvado ejercitando su voluntad, decidiendo libremente lo que quiere hacer con su vida. Si además es un enfermo mental habrá que ver si es cierto y no lo está utilizando para librarse por el castigo de sus actos. Desde luego que es mucho más difícil saber si alguien está enfermo de la mente que del cuerpo, pero no es imposible, y solo con un pequeño esfuerzo se podría conseguir, en lugar de seguir utilizándonos como chivos expiatorios, que es lo más fácil.

Los que hemos estudiado lógica sabemos qué es un silogismo falso, sabemos que un silogismo es falso cuando una premisa también es falsa. Veamos un silogismo falso:

-Quien se comporta de esta manera es una mala persona.

-Tú te comportas así.

ERGO-CONCLUSIÓN

Tú eres una mala persona.

¿Dónde está aquí la premisa falsa? No en “tú te comportas así” Los hechos son inconmovibles. Pero estudiemos la primera premisa. Puede parecer verdadera sin la menor duda, pero si analizamos algunas circunstancias concretas descubriremos que esa premisa exige muchas matizaciones. Uno puede comportarse así porque ha perdido la memoria y está reaccionando con violencia a estímulos que antes no generaban ese comportamiento. Puede que alguien se comporte así tras haber sufrido torturas y toda clase de humillaciones. Puede que a algunos les parezca bien el síndrome de Estocolmo, disculpar a los torturadores, pero a otros no nos parece tan bien. Puede que una persona, cualquiera haya sufrido un calentón y diga cosas de las que luego se arrepiente. O puede que un enfermo esté delirando, esté fuera de la realidad, y tratarle como a un malvado no parece justo.

Así pues, si la primera premisa necesita matizaciones o se la podría considerar falsa, la conclusión no puede ser verdadera al cien por cien.

Si no se acepta la enfermedad mental con todas sus consecuencias, la primera premisa no puede ser cambiada ni matizada y la conclusión tampoco. Es aquí donde los familiares de los enfermos mentales se sienten atrapados. Si fueran lógicos, al no creer en la enfermedad, deberían actuar con el enfermo como actúan con los malvados. No hay vuelta de hoja. Pero no lo hacen. Podría pensarse que se dejan llevar por un falso afecto, una falsa obligación, lo mismo que el familiar de un asesino dice seguir queriéndole sin negar su culpa. Pero no es el caso, de hecho es mucho más fácil que los familiares de los asesinos o grandes delincuentes abjuren de ellos que un familiar lo haga de un enfermo mental. En realidad quieren creer en su enfermedad pero no pueden aceptar sus conductas y en lugar de diferenciar entre patología de la enfermedad y conductas manipulatorias inaceptables prefieren negar la enfermedad porque les resulta más cómodo, así el enfermo haga lo que haga, esté como esté, es siempre un teatrero al que no hay que hacer caso.

También entran en juego otras consideraciones sociales y culturales. La firme creencia que los lazos de sangre son sagrados lleva a muchos familiares a soportar a personas a las que no soportarían si no existieran estos lazos. En realidad como veremos en la ley de los tres círculos, solo el afecto vincula en el primer círculo, las restantes consideraciones, incluidos los lazos de sangre o genéticos no sirven de nada. De esta manera si un familiar no quiere a un enfermo deberían sobrar las consideraciones de sangre, y si le quiere debería actuar como actúan las personas que quieren a otras.

Curiosamente los familiares que son malas personas acaban saliendo de este dilema mucho antes que las buenas personas. Abandonan al enfermo a su suerte mientras que las buenas personas se sacrifican, algunas veces hasta llegar a la heroicidad, otras solo por el qué dirán, hasta convertirse en auténticos esclavos del enfermo mental, incapaces de diferenciar su enfermedad y sus conductas patológicas, solo asumibles y con reparos, durante las crisis o brotes, de lo que es una clara manipulación del enfermo que está utilizando su bula papal con absoluto descaro.

Nos pongamos como nos pongamos, si el familiar no acepta la enfermedad mental, aunque sea una buenísima persona, terminará por tratarlo como a una mala persona, como a un canalla, lo mismo que un maltratado puede llegar a convertirse en maltratador si no tiene mucho cuidado. Es algo tan inevitable como las consecuencias de la ley de la gravedad, si te tiras por la ventana sin paracaídas o sin poner un colchón debajo te “esnafras”, ¡menudo tortazo!

En resumen, no es tan difícil saber cuándo un enfermo mental está haciendo teatro. No somos actores tan maravillosos como creen algunos, en realidad se nos ve el plumero con tanta facilidad que luego nos avergonzamos y lo pasamos fatal. Lo que tiene que hacer el familiar es no caer en las farsas de control. Y me remito a la sección de este blog con el mismo nombre. Si dejamos que un enfermo mental consiga todo lo que quiera amenazándonos con ponerse “muy malito” la culpa es del familiar, no del enfermo.

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¿Qué ocurre con una enfermedad física? Si vemos que fallan las constantes vitales, la tensión está por las nubes o bajo mínimos, que su rostro está blanco como el papel, que se ha desmayado cayendo a plomo sobre el suelo, decidimos que realmente está muy enfermo y avisamos a urgencias. Con la enfermedad mental también hay signos claros: el delirio, su postración evidente y prolongada, su agresividad incontrolada y sin motivo, sus monotemas en la conversación, signos de ideas obsesivo-compulsivas, comportamientos erráticos y sin sentido, despilfarro, ausencias prolongadas sin explicación, etc etc Hay infinitos signos de que el enfermo realmente está enfermo y no haciendo teatro.

En estos casos, si nos equivocamos y le tratamos como si hiciera teatro cuando realmente está enfermo, cuando los signos vitales están descompensados, cuando la tensión le ha subido por las nubes, hablando de nuevo metafóricamente, nos encontraremos con las correspondientes reacciones. Muy parecidas a cómo se comportaría alguien que estuviera para llevarle a urgencias y un gracioso le tomara el pelo con su teatro, más vale que salgrsea corriendo, porque si el enfermo físico puede moverse irá tras él, lo mismo que hará el enfermo mental, solo que éste no tiene impedimentos físicos y puede moverse muy deprisa cuando algo le acucia mucho.

Y con esto damos por terminado este capítulo en el que me he extendido mucho. En el próximo remataremos la faena y hablaremos con detenimiento de la aceptación de la enfermedad mental por parte del enfermo. Un tema delicado y harto difícil pero imprescindible si entre todos queremos llevar la enfermedad mental lo mejor posible. Y de esta forma responderé a una consulta que se hizo como comentario en el blog.

 

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2 responses

2 08 2016
Martha

Como puedo ayudar a hijo de 38 años que vive solo pero que sufre de bipolar . Y sigue pidiendo ayuda monetaria

2 08 2016
Slictik

Hola amiga: Me das pocos datos para que pueda darte una opinión más fundada. Debo decirte que si quieres puedes escribirme al correo electrónico que aparece en el blog. Imagino que deseas saber si es bueno o malo ayudarle económicamente y qué consecuencias tendría esto. Te puedo decir que tengo un amigo bipolar que ha vivido a temporadas solo, otras veces con sus padres. Él trabaja, tiene independencia económica y el único problema es cómo sobrellevar la enfermedad solo o con la familia. Como puedes deducir la soledad es muy dura para cualquier persona con enfermedad mental, pero también lo es la convivencia, incluso con la familia, cuando no hay un buen entendimiento. Pero en tu caso intuyo que hay más, cuando la persona enferma tiene independencia económica, él decide cómo quiere vivir, pero cuando depende de la familia para sobrevivir la cuestión es muy diferente. Es evidente que tiene que hablar con su familia y proponerles cómo quiere vivir y si ellos desean colaborar económicamente para que viva de forma independiente. En este caso hay que hablar, negociar, pactar. No existe un estado ideal para la persona con enfermedad mental porque vaya a donde vaya va consigo su enfermedad, lo mismo que dijo alguien que vayas donde vayas siempre te llevarás a ti mismo y si tú eres el problema el ir de un lado a otro o el vivir de una forma o de otra no te va a permitir fugarte de tí mismo.

A mi entender una persona con enfermedad mental que depende económicamente de otras personas debe hablar con ellas, proponerles un plan de vida y convencerles de que va a estar bien, va a estar mejor que con quienes convive ahora, de que va a llevar bien su enfermedad y de que su proyecto de vida es viable. Si no es así el familiar puede pensar que tiene todo el derecho del mundo para no ayudarle en un proyecto de todo punto inviable. A mi entender si una persona con enfermedad mental puede vivir solo, planificar su futuro y decidir cómo quiere que sea su vida, está en su derecho de al menos intentarlo. Pero cuando dependes económicamente de alguien tienes que convencerle de que te ayude para sobrevivir, no hay otra opción.

Desconozco si esto ya lo habéis probado otras veces y visto el resultado que da. Darle dinero a un hijo para que lleve una vida peor de la que llevaría estando con la familia es como para pensárselo. Por otro lado, cortar las alas a un hijo de 38 años puede ser contraproducente. Lo mismo que los pollitos abandonan el nido cuando les crecen las alas los hijos deberían hacerlo cuando estén preparados. Claro que nuestra sociedad es como es y la falta de trabajo obliga a muchos hijos a vivir en el “nido” mucho más tiempo del que desearían.

Creo que la decisión debería ser tomada en una reunión en la que participara la persona enferma, su terapeuta y la familia. Tras un intercambio de opiniones cada uno tomaría su decisión, pero la última palabra la tiene siempre la familia que va a ayudarle económicamente, mucho más cuando la situación de la propia familia no es muy boyante.

Creo que hay varios puntos que deben tenerse en cuenta a la hora de tomar una decisión.

-La persona enferma quiere vivir sola y ha demostrado que puede hacerlo, aunque haya tenido crisis, algo que tenemos todas las personas con enfermedad mental, es inevitable.

-La persona con enfermedad mental puede conseguir algún tipo de trabajo o de ayuda y la familia tendría que poner el resto.

-La persona con enfermedad mental no tiene trabajo, no existen posibilidades de tenerlo en un plazo razonable, no recibe pensión o subvención y depende en exclusiva de la familia que no puede darle todo lo que necesita.

-La familia tiene posibilidades económicas y el problema es sólo si la persona enferma va a poder vivir solo o no.

En cada caso la decisión a tomar inclinaría la balanza en un sentido o en otro. Si la familia no puede ayudar de forma que el enfermo pueda vivir solo, está claro que salvo que consiga una pensión o subvención o un trabajo, esto no es factible. En España han existido y aún existe, a pesar de la crisis y los recortes, pisos o residencias tutelados, donde varios enfermos conviven en pisos bajo la tutela de una asociación de familiares de personas con enfermedad mental o subvencionadas y con personal de la administración. No sé de qué pais eres, pero eso es cuestión de buscar en Internet si existe este tipo de ayuda o no.

Una persona con enfermedad mental que viva sola va a tener serios problemas a la hora de afrontar sus crisis, incluso cuando no las tiene. Lo ideal es que pueda convivir con otra persona o personas, familiares, amigos o pareja si la tiene. La independencia es buena para el enfermo siempre que tome la medicación, si tiene que tomarla, que sepa y pueda administrar bien su economía, que sepa enfrentarse a sus crisis en soledad, con ayuda del terapeuta y con seguimiento familiar. Si es una persona que sufre una enfermedad que no se controla facilmente sin medicación y estando solo no la toma todos sabemos el riesgo que esto supone. Si no es capaz de administrar bien su economía y el dinero se deja a su disposición, sabemos que habrá problemas. Si queremos experimentar y arriesgarnos a ver qué pasa, podemos hacerlo siempre que hayamos habladoantes con el terapeuta y éste haya dado el visto bueno, dada la enfermedad y las circunstancias.

Si deseas algo más puedes contarme el caso más detalladamente por correo electrónico y te daré mi opinión. Como enfermo mental que ha trabajado toda su vida, hasta mi jubilación, hace tres meses, soy muy consciente de la importancia que tiene un trabajo y una independencia económica para quien sufre una enfermedad mental, pero no todos pueden disponer de un trabajo y menos durante toda su vida. Por otro lado he vivido en el seno de la familia, he vivido solo, he vivido en pareja y con una familia creada, he vuelto a vivir solo en otras circunstancias de mi vida muy diferentes. Mi conclusión es que para nosotros, las personas con enfermedad mental, no es bueno estar solos, las dificultades para enfrentarnos a nuestra enfermedad son mucho mayores que si viviemos en familia, en pareja, si podemos convivir con una familia estructurada, pareja, hijos, etc. Vivir solo es una aventura, que a veces sale bien y a veces mal. Supone un riesgo, como todo en la vida, que la propia persona enferma debe calibrar y decidir al respecto. En mi caso viví solo durante algunos años en mi juventud y el resultado fueron varios intentos de suicidio y largas estancias en psiquiátricos. La convivencia con mi familia no fue mucho mejor porque mis padres no conocían ni aceptaban la enfermedad mental. La convivencia con mi pareja e hijos tuvo periodos, algunos muy buenos, cortos, otros muy malos, largos y periodos de relativa calma y estabilidad, sin alharacas. Mi familia sufrió mucho y eso me hace plantearme si realmente debí haberme arriesgado a una vida en pareja y familiar, pero desde mi perspectiva, desde mi punto de vista, la soledad siempre ha sido mucho peor. En estos momentos vivo solo, con independencia económica, jubilado, en un lugar de montaña bastante solitario, en una casa demasiado grande para mí solo, pero estoy contento y quiero seguir adelante. Como seguidor de la filosofía del guerrero impecable, como guerrero impecable, estoy convencido de que las posibilidades de llevar una alta calidad de vida como enfermo mental, de disfrutar de las ventajas de la soledad y de las ventajas de tener amigos a los que ver de vez en cuando y de superar las crisis sin tener que ser internado o de llegar a un intento de suicidio, son muchas. No puedo hablar por otras personas con enfermedad mental, solo decir que por mi experiencia muchos fracasan porque o no son guerreros impecables, no tienen el dominio de ciertas técnicas de control mental, como el yoga mental, no tiene el apoyo de la familia, no tienen una buena relación interpersonal y social y tampoco tienen un trabajo o una independencia económica.

Para finalizar creo que una experiencia en soledad para una persona con enfermedad mental puede ser positiva si acaba sacando importantes lecciones de ella, aunque termine mal. En cuanto a la familia, si puede permitirse una ayuda económica, por probar nada se pierde,que dice la expresión popular. Un abrazo y suerte.

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