ERRORES DE CONDUCTA RESPECTO AL ENFERMO MENTAL V

1 10 2016

ERRORES DE CONDUCTA RESPECTO AL ENFERMO MENTAL V

 

miau

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DIAGNÓSTICO Y AFRONTAR LA ENFERMEDAD

El despiste que me hizo perder el último capítulo de Diario de un enfermo mental también se llevó este capítulo, por lo que tengo que volver a intentar rehacerlo de la mejor forma posible. Estos despistes suelen formar parte de la patología de una enfermedad mental, el desorden y el caos que suele presidir la vida de una persona con enfermedad mental suele traer estos problemillas cuando no problemas más importantes. Es inútil intentar sugestionarse con eso de que todo el mundo tiene despistes y esto es perfectamente normal, cuando no estás bien los despistes se suceden y a pesar de tus esfuerzos solo te queda rezar porque algún despiste no te traiga como consecuencia un serio problema. Llevo toda la vida luchando contra ellos y nada ha cambiado a pesar de mis esfuerzos, ya no me sirve pensar que todo escritor es despistado por naturaleza o que mi mente está tan ocupada en otras cosas que relega las que considero menos importantes, ahora con la jubilación eso no tiene la menor lógica y sin embargo sigue ocurriendo.

DIAGNÓSTICO

Creo recordar que en la anterior versión hablaba del diagnóstico de una enfermedad mental, poniendo como ejemplo cómo fui diagnosticado yo. Es evidente que la enfermedad existe, con diagnóstico o sin él, lo mismo que una enfermedad física existe antes de ser diagnosticada, te duele la barriga antes de que el doctor te diga que has comido algo en mal estado y te has intoxicado. Lo mismo ocurre con la enfermedad mental aunque es mucho más complicado saber cuándo se ha iniciado la enfermedad porque los síntomas no siempre son lo que parecen y además se puede decir que todo el mundo los tiene, el apreciar hasta dónde debe llegar la intensidad, las líneas rojas, para saber que estás enfermo o no puede llegar a ser extremadamente complejo. Así  la tristeza es patrimonio de la naturaleza humana, de todos, cómo saber si sufres una enfermedad mental llamada depresión es otro cantar. Con la enfermedad mental no se pueden trazar diagramas perfectos, la depresión comienza a las tres semanas de haber anidado la tristeza en tu corazón o a los tres meses, la intensidad debería ser de un 80% o de un 50%. ¿Existen protocolos, baterías de test, algo que nos permita diagnosticar una enfermedad mental con un mínimo de seguridad?

No hay nada seguro, nada cierto en la enfermedad mental. En mi caso fui diagnosticado tras el primer intento de suicidio. Resulta realmente dramático que haya que llegar a semejantes extremos para ser diagnosticado, pero en mis tiempos era así y no creo que ahora esté mucho mejor la cosa. Yo fui un niño muy “rarito”, hipersensible, fantasioso, melancólico y tristón, tímido hasta la patología, pero no creo que nada de esto pudiera considerarse como síntomas de una enfermedad mental. Fui un adolescente complicado, misántropo, reprimido sexual, religiosamente y en todos los terrenos que a uno se le ocurran. Sufrí mi primera experiencia cercana a la muerte cuando me diagnosticaron una anemia que estuvo a punto de transformarse en leucemia. Por primera vez me salvé de milagro, pero no creo que esta primera experiencia cercana a la muerte me traumatizara en exceso. Me vi obligado a guardar cama durante muchos meses, apenas era capaz de moverme, un cansancio infinito se apoderó de mí y hasta mover un dedo suponía un sacrificio terrible. Supe que mi vida estaba en la cuerda floja, eso sí, pero que yo recuerde no fue una espantosa tragedia. ¿Se incubó allí la enfermedad mental o en la infancia, cuando con cinco o seis años me acerqué al cementerio del pueblo y medité larga y profundamente sobre la muerte y los huesos que estaban allí enterrados? Sin duda en mis genes hay alguno torcido, la herencia genética está clara, tanto por parte de padre como de madre hay claros antecedentes de trastornos de personalidad, adicciones, depresiones y todo lo que se quiera. Puede que ninguno fuera diagnosticado en su tiempo pero no tengo la menor duda de que mi abuela materna fue una enferma mental, de que mi tío paterno fue un alcohólico irredento y patético, de que mi tía paterna sufrió un trastorno de personalidad, de que… podría seguir, y eso solo si hablara de las personas que llegué a conocer, si me remontara en el árbol genealógico podría encontrar de todo, como todos.  Nadie niega que la enfermedad mental tiene causas genéticas, pero no son las únicas y a mi juicio tampoco las más importantes. Nadie niega que se puede incubar durante la infancia cuando se sufre maltrato físico o psicológico o se vive en un entorno carente de afecto, de cariño, cuando al niño se le priva de lo que más necesita, el cariño. Pero esa tampoco parece ser la única causa. La enfermedad se puede manifestar tras un acontecimiento dramático y terrible, violación, tortura, presenciar los desastres de la guerra, la muerte de un ser querido a una edad muy temprana… hay tantos acontecimientos dramáticos en la vida de una persona que la lista sería interminable. Pero no todas las personas que han pasado por ellos llegan a sufrir enfermedad mental. ¿Entonces?

La condición humana, si la analizamos objetivamente, ya sería causa suficiente para una enfermedad mental. Somos mortales y eso ya es suficiente para sufrir una angustia feroz que puede llevar fácilmente a la enfermedad. En mi caso aún sigo recordando aquel episodio del cementerio. El hecho de que fuera un niño de cinco o seis años no me impidió sufrir una angustia feroz al darme cuenta de que iba a morir, lo mismo que todos, lo mismo que aquellos a quienes habían pertenecido aquellos huesos que yo intuía blancos, bajo tierra. Si alguien cree que la mortalidad no es causa suficiente para llegar a padecer una enfermedad mental es que es un insensible o sencillamente no piensa en ello, huye de enfrentarse a esta realidad, como hace la mayoría de seres sobre el planeta. Una vez que estamos vivos, conscientes, que llegamos a la existencia, el solo pensamiento de que vamos a morir, de que la vida es corta y frágil, de que se sufre mucho, puede traumatizar a una persona medianamente sensible, tampoco hay que serlo en exceso. La filosofía existencialista se enfrentó a este hecho y aceptó que la angustia existencial forma parte de nuestras vidas. Si luego analizamos lo que es la vida, lo que nos espera, cómo es la sociedad en la que vivimos, si repasamos los telediarios, si intentamos recordar cuánto afecto y cariño hemos recibido en comparación con la agresividad, la violencia, la competitividad, la humillación, la degradación, la insensibilidad, la falta de generosidad… resulta que el peso de la balanza de todo lo negativo, dramático y trágico de la vida es apabullante. Con mucha suerte hemos podido recibir mucho cariño en el seno de la familia y tener recuerdos maravillosos de cierta época de nuestra infancia. Con suerte hemos podido librarnos de acontecimientos dramáticos cercanos, pero la vida es en sí tan dura, la sociedad tan inhumana, mecanicista, insolidaria, competitiva, repugnantemente materialista y egoísta, que lo extraño, lo curioso es que la enfermedad mental no sea lo normal y la “normalidad” el milagro inexplicable.

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Nadie sabe qué se ha quebrado en la mente, en la psiquis de un enfermo mental para que pueda ser diagnostica como tal. Disparamos a ciegas, nos limitamos a constatar lo evidente. Cuando alguien intenta el suicidio, lo consiga o no, ha cruzado la línea roja, no se puede superar o casi superar el instinto de supervivencia, el más poderoso de los instintos, sin que la persona haya caído en un abismo que podemos llamar enfermedad mental o desesperación o lo que queramos, pero lo denominemos como lo denominemos ahí sí sabemos que se ha cruzado una línea roja. Pero me pregunto si nuestra sociedad, que ha avanzado tanto tecnológicamente, que ha logrado tantos adelantos médicos y genéticos que uno siente vértigo, no es capaz de establecer un diagnóstico mínimamente fiable de la enfermedad mental, un protocolo de prevención, de seguimiento, de lo que sea.

Antes de que yo intentara suicidarme por primera vez creo que en mi conducta existían suficientes signos de que algo no iba bien, pero nadie se dio cuenta o no quiso hacerse consciente de un problema que no le incumbía. Había salido de un colegio religioso, donde estuve interno ocho años, y era incapaz de salir de casa, de buscar trabajo, de mirar a las chicas a la cara, me pasaba las horas muertas leyendo en mi habitación, escuchando la radio por las noches –el loco de la colina- lamentándome de que tantos estudios ahora no me sirvieran para nada. Sufrí ataques de asma que obligaron a internarme en un sanatorio antituberculoso, las patologías de mi conducta eran evidentes, pero nadie hizo nada. Mis padres ni siquiera sabían que existiera algo como la enfermedad mental. A veces algunos se volvían locos, sin saber muy bien por qué, aunque ciertos acontecimientos dramáticos parecían justificar ese hecho tan trágico, pero ahí no se podía hacer nada, rezar para que no te tocara a ti. En mis tiempos no eras un enfermo eras un loco, y la locura era como una especie de estigma casi bíblico. Algo habrías hecho, algo habrían hecho tus ancestros, algo sabía Dios de ti como para castigarte con la locura. Salvo raras excepciones, la muerte de un ser querido, locura por amor, etc si te volvías loco es que tenías que ser muy malo, algo habías pensado, algo muy malo como para que tu mente se desequilibrara.

Tras largas horas de conversación con el psiquiatra de turno fui diagnosticado. La etiqueta que me pusieron podría haber sido cualquier otra, me introdujeron en un cajón de sastre donde estábamos los que no teníamos determinados síntomas. Si no escuchaba voces- en mis primeras etapas como enfermo mental nunca escuché voces- si no sufrías delirios o alucinaciones o… entonces no eras un esquizofrénico, si no estabas convencido de que te perseguían no eras un paranoico, etc etc. Las etiquetas en psiquiatría son como el nombre que se pone a una nueva especie botánica recién descubierta, tratan de que suene bien, recurren al latín para darle empaque científico, intentan resumir la esencia peculiar de esa planta para que el nombre se adecúe, pero no deja de ser un nombre que alguien se ha inventado y que luego es refrendado por una mayoría de botánicos.

Sabemos que ciertas enfermedades mentales tienen ciertos síntomas que hacen que uno sea esto y no lo otro, pero seguimos desconociendo las causas profundas de la enfermedad mental. Solo sabemos que determinadas personas parecen tener más predisposición que otras a ser enfermas, sabemos también que una persona de carácter, con voluntad firme, asertiva, tiene menos posibilidades, por muchas tragedias que le ocurran en la vida, que otras con voluntad débil, timoratos, medrosos, dubitativos. Pero no hay nada, nada que nos diga por qué ha surgido la enfermedad mental. No hay un virus detectable o una bacteria malévola o una malformación física, simplemente alguien, al llegar a cierto periodo de su vida, sufre trastornos de personalidad que obligan a llevarle al terapeuta de turno, quien tras escucharle durante horas, hacerle alguna batería de test, echa mano de su vademécum particular sobre la enfermedad mental y te etiqueta, eres esquizofrénico, esquizofrénico paranoide, bipolar, padeces el síndrome de lo que sea, y ya está, ya has sido diagnosticado y ahora comienza el tratamiento, medicamentos que parece calman a los que se ponen gritones o atontan a los agresivos o… lo que sea. No se trata de curar una enfermedad, se trata de mantener al paciente hibernado o lo suficientemente atontado para que no de mucha guerra.

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Nadie niega que intentar descubrir las raíces de la enfermedad mental es como intentar meterse en un agujero negro, estudiar todo lo que hay dentro al microscopio y luego salir sin que tu cuerpo haya sido desfragmentado hasta el infinito. No es fácil, nadie lo niega, pero algo habrá que hacer. Puede que hasta sea verdad que esta no es nuestra primera vida, que la reencarnación exista, que el karma funcione, que no podemos rastrear en nuestra memoria hasta llegar justo al nudo gordiano de la enfermedad mental, eso es cierto, pero al menos algo debería hacerse.

ERRORES DE CONDUCTA SOBRE EL DIAGNÓSTICO

La conducta del enfermo es bastante disculpable. Nadie se mira al espejo por primera vez  y acepta lo feo que es, nadie asume a las primeras de cambio que su conducta sea un trastorno de personalidad susceptible de ser diagnosticado y encuadrado en alguna de las enfermedades mentales aceptadas por la OMS. Nadie quiere asumir, si puede evitarlo, que en cuanto te etiqueten comenzará para ti una vida de perros, un verdadero infierno. No te duele nada, sigues haciendo una vida normal, así que si gritas es porque alguien te ha “cabreado”, si mientes es porque cuando dices la verdad te machacan y tú aguantas poco, enseguida pierdes la calma y estallas en cóleras explosivas, si tienes miedo es porque en esta sociedad habría que tener miedo hasta a los ositos de peluche. Las disculpas son infinitas. Uno puede seguir así años y años, hasta… hasta que ocurre algo tan terrible como un intento de suicidio. Entonces ya te lo empiezas a tomar en serio. Pero siempre acabas pensando que has llegado a ese extremo porque no te dan cariño, te odian, eres más sensible que los demás y te afecta todo mientras ellos son pedruscos que ni sienten ni padecen. El que aceptes ir a un psiquiatra o terapeuta para que te diagnostique sin haber llegado antes al intento de suicidio solo es posible cuando el sufrimiento es tan intenso que algo hay que hacer, lo que sea.  Te da pánico que te pongan la etiqueta correspondiente, porque como sucede con los prospectos de los medicamentos, en cuanto te lo lees crees tener todos los síntomas y contraindicaciones que en ellos se detallan. En cuanto te dicen que eres esquizofrénico o psicótico o bipolar, o lo que sea, no puedes ni estornudar sin pensar que ese es un síntoma de tu enfermedad y que estas muy malito, pero que muy malito. Antes de que sea demasiado tarde a la persona que comienza a sufrir trastornos de personalidad debería animársele y ayudarle a ir al terapeuta correspondiente. No es que el diagnóstico sea el bálsamo de Fierabrás que te va a curar de todo, pero al menos te dará una perspectiva nueva que tal vez te ayude a encuadras tus desórdenes de personalidad y asumir que ciertas conductas deben ser tratadas en el marco de una psicopatología de una enfermedad mental.

Los familiares y seres queridos suelen esperar hasta que ya es demasiado tarde, cuando les llaman diciéndoles que su familiar está en el hospital porque ha intentado suicidarse, se llevan las manos a la cabeza, lloran y se preguntan qué han hecho ellos para merecer semejante desgracia. Pues bien, antes de llegar a ese momento terrible el enfermo ha dado suficientes muestras de que algo no iba bien. Si nos conformamos con echarle a él la culpa de todo, porque es un vago, no tiene voluntad, es abúlico, apático, tiene ideas tan peregrinas sobre todo que no es de extrañar que las cosas le salgan mal, al final un día ocurrirá algo que nos enfrente a la dura realidad. Vale que el estigma social sigue existiendo, que ir a un psiquiatra es casi como ponerte en la cabeza una cinta que diga: estoy grillado, cuidado conmigo, pero cuando a uno le duele la barriguita y no se le cura con una infusión, pues va al médico de cabecera, cuando una persona sufre trastornos de conducta que afectan a todo su entorno debería existir un protocolo que pusiera en marcha los mecanismos preventivos de la enfermedad mental. Si hay que ir al psicólogo o al psiquiatra, pues se va. Todos sabemos cómo está ahora la sanidad y cómo ha estado y cómo estará, pero hay momentos en que uno debe quitarle la manta de la cabeza y enfrentarse a lo que sea. En mi caso fue demasiado tarde, un intento de suicidio y de pronto me vi etiquetado y enfermo mental de por vida, tal vez si en aquellos aciagos tiempos hubieran existido psicólogos para algo más que para ponerte un test y decirte lo inteligente que eras y para qué servías en la vida, una buena terapia a tiempo habría evitado tantos intentos de suicidio, tanta medicación y tanto sufrimiento para mí, para mi familia y seres queridos y tantas molestias para un entorno que no comprendía nada porque los entornos casi nunca comprenden nada.

Bueno, no es lo que había escrito en mi primera versión de este capítulo, tampoco sé si es mejor o peor, pero es lo que ha salido. En el siguiente intentaremos analizar la enorme dificultad que tiene el enfermo para aceptarse como tal y cómo le pueden ayudar sus seres queridos.

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