DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XVIII

3 10 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

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EL GRAN SECRETO DE MI VIDA XVIII

LAS VOCES

Cuando recapitulo lo que ha sido mi vida como enfermo mental me resulta muy sorprendente que las voces no se iniciaran durante mi etapa negra, cuando encadené un intento de suicidio tras otro, a cual más terrible. Me resulta difícil marcar un momento determinado como el inicio de las voces. Es cierto que de niño hablaba con seres creados por mi imaginación, los famosos amigos imaginarios de los niños; que mi fantasía era muy, muy poderosa, como he demostrado al cabo del tiempo con mis delirantes historias como escritor, hasta el punto de que me costó mucho convencerme de que lo que existía en mi imaginación no era real. Dejemos aparte, para otra ocasión, lo que don Juan le dice a Castaneda sobre que los niños no tienen fijado el punto de encaje y por lo tanto éste se mueve, de forma flexible, transportándoles de un mundo a otro, de una dimensión a otra. Según esto de alguna forma yo no estaba equivocado cuando pensaba que mis fantasías eran reales. Dejemos de lado el chamanismo, el esoterismo, el mundo paranormal y centrémonos en lo que todo el mundo considera real.

Puede que otros niños oigan las voces de sus amigos imaginarios o crean escucharlas, yo no. Todo ocurría dentro de mi mente, no escuchaba voces fuera de ella. Es cierto que aquellos personajes que me inventaba o aquellas personas reales con las que convivía, de alguna manera, en mi imaginación parecían estar presentes en mi mundo particular, pero nunca escuché sus supuestas voces hablándome. A lo largo de mi vida esas presencias apenas disminuyeron en intensidad, apenas fueron apartadas por la lógica y el razonamiento de alguien que siempre se ha considerado muy, muy razonable, racional, lógico y pragmático, realista, pero nunca escuché voces.

Incluso cuando me diagnosticaron como psicótico, psicosis maniaco-depresiva, y me informé un poco sobre la psicosis, no llegué a sugestionarme hasta el punto de creer oír voces. Ni siquiera en esos estados críticos que don Juan llama estados alterados de conciencia, en los momentos anteriores al suicidio o mientras éste se desarrollaba, se produjo nunca este fenómeno. Es por eso que cuando ocurrió por primera vez lo achaqué a los ejercicios que venía realizando para desarrollara el tercer ojo, para despertar al ser que habitaba en mi interior, el yo interno rosacruz o el nagual chamánico. Aún sigo pensando que mis voces tenían mucho que ver con todo aquello. Empezaron a manifestarse al mismo tiempo que comenzaba a percibir los puntitos de luz de los que ya he hablado en este diario. Un día, tal vez antes de los treinta años, ya no podía cerrar los ojos y ver la oscuridad que había visto siempre. Los puntitos, los ectoplasmas, la niebla gris o lo que fuera aquello se manifestó por primera vez y ya nunca dejaría de hacerlo el resto de mi vida. Junto con las voces o sonidos o vibraciones comenzaron también a manifestarse otros fenómenos curiosos como la telequinesis, algo de lo que nunca pude estar seguro por razones obvias. Uno puede estar seguro de haber escuchado una voz pero no de que un objeto se haya movido sin causa física apreciable, que algo que estaba aquí hace un momento ahora esté allí. La razón de todo esto es sencilla, somos un prodigio de inventiva cuando no queremos enfrentarnos a algo que nos asusta. Yo comencé a achacar estos supuestos fenómenos a mis despistes o mi falta de memoria a corto plazo. Cuando tras una iniciación rosacruz en mi cuarto, tras haber visto lo que creí era el rostro de una especie de abuelo  o figura patriarcal en el espejo frente al que había realizado la ceremonia, con melena y barba gris, por supuesto, el libro que tenía sobre la mesita de noche ya no estaba allí. Al principio me asusté mucho, seguro que estaba ahí, lo acabo de ver, pero luego eché mano de mi fama de joven fantasioso despistado, de esa falta de memoria que me impedía saber si había dejado algo en un cajón o en cualquier otro sitio, en ese caos perpetuo que era mi vida, falta del orden más elemental. Lo habré llevado al servicio para leer, lo habré depositado en cualquier sitio al pasar. Pues bien, una búsqueda exhaustiva no me permitió encontrarlo, ni otra al día siguiente, ya más tranquilo. Apareció en el mismo sitio, en la mesita de noche, tal vez días o semanas más tarde. No pregunté a mi madre, con la que entonces vivía, si era ella la que lo había encontrado y lo había dejado allí sin decir nada. Es posible que fuera yo quien lo encontrara y lo dejara allí sin recordarlo. Algo así que puede parecer disparatado a una persona normal  no lo era para mí, siempre sumergido en mis mundos mentales, incluso en una época en la que solo escribía esporádicamente y no perdía mucho tiempo imaginando historias o personajes. Era una hipótesis razonable y que me permitía cerrar el caso paranormal y olvidarme de todo aquello.

No fue tan sencillo con los ruidos o golpes que comenzaron a producirse, en las paredes, en el techo, en algún lugar lejano e ilocalizable. Eso me obligó a plantearme si los puntitos de luz, energías, ectoplasmas o lo que fuera eran una especie de materia diferente o una energía que podía interactuar con la materia física más basta. No lo deseché y de hecho al día de hoy sigo sin hacerlo. Cuando ese puntito de luz se movía con rapidez en esa oscuridad que tanto añoraba de aquellos viejos tiempos, en los que podía cerrar los ojos y ver solo negrura, a veces se producía como un golpe en la pared, sin causa aparente, que me asustaba y me dejaba muy preocupado. ¿Podía yo proyectar ese punto de luz que era, de alguna manera, una proyección de mi mente, por esa oscuridad donde no parecía existir ni espacio ni tiempo, y que de alguna manera chocara con la pared, como un objeto invisible y sólido, lo suficiente, para que se produjera un golpe tan fuerte? No me parecía una hipótesis tan descabellada y aquello me aterrorizó tanto que desde entonces caí en una manía compulsiva que no podía controlar de manera alguna. Cuando cerraba los ojos y veía el punto de luz muy intenso, grande, con una gran movilidad, me asustaba que pudiera chocar contra paredes o techo y causar un golpe. Quería a toda costa controlar ese punto de luz para que no se produjeran esos fenómenos, incluso llegué a experimentar buscando la forma de saber cómo controlarlo a voluntad e incluso llegar a producir golpes a mi antojo. Era una estupidez, pero en aquellos tiempos cualquier cosa que pudiera ayudarme a desentrañar lo que me estaba ocurriendo no podía ser descartada.

Cuando me encontraba en algún lugar silencioso y escuchaba ese ruido, ese golpe seco, analizaba todas las posibles causas, hasta que esto se transformó en un análisis meticuloso y delirante. Permanecía en absoluto silencio, incluso intentando contener la respiración, para ver si se producía por segunda vez y así podía situarlo y analizarlo mejor. Como hace la ciencia, descartando hipótesis, analizando un mismo fenómeno una y otra vez en circunstancias y entornos diferentes, yo me propuse desentrañar aquel curioso fenómeno. En cierta ocasión, estando en el baño, cerré con mucha brusquedad el grifo y escuché un golpe muy fuerte. Bueno, pensé, ha sido la tubería, al cortar el flujo del agua con brusquedad se ha producido una retención y un sonido perfectamente natural. Pero no me conformé, lo repetí una y otra vez y el golpe se producía una y otra vez. Bueno, esto parece confirmar mi hipótesis, pensé, pero no estaba seguro. Con el tiempo mi obsesión se volvió paranoica. Recuerdo un episodio muy triste para mí. Yo acostumbraba a comentar estas cosas con mi entonces esposa, pensando que era de las pocas personas que podían comprenderme o por lo menos aceptar que le hablara de ello. Siempre he creído que sacar las cosas que te aterrorizan al exterior, hablarlo con alguien, disminuye la fuerza e intensidad de ese miedo. De lo que no era muy consciente entonces, ahora lo soy con total realismo, era de lo que podría pensar otra persona, aunque fuera tu esposa y te quisiera mucho, de aquello que yo le contaba. No puedo decir que no viera en la expresión de su rostro su preocupación, hasta miedo, porque yo estuviera volviéndome realmente loco, pero en aquel entonces me resultaba muy sencillo desprenderme, fugarme de todo aquello que no quería aceptar.

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Puedo rememorar la escena con todo detalle, yo en el servicio, cerrando con brusquedad  el grifo y escuchando los golpes, y cómo la llamé para decirle que en efecto, mi hipótesis de que esos golpes estaban causados por mis proyecciones mentales acababa de confirmarse. Aún puedo ver la expresión de su rostro, estaba muy asustada de mi delirio, porque en efecto, era un delirio, me había fugado de la realidad y vivía en un mundo más cercano a las novelas de Stephen King que de la vida cotidiana. Vamos a dejar de lado la realidad o fantasía de aquellos fenómenos que desde el punto de vista chamánico, tal como aparece en los libros de Castaneda, no tiene por qué ser algo tan inusitado. Lo importante era que yo había aceptado que las proyecciones mentales, el puntito de luz, podía chocar con cualquier cosa material en el mundo físico y se producía un sonido muy parecido al que ocasionaría un objeto sólido y pesado golpeando contra una pared, algo así como un martillazo seco o una bola de hierro lanzada con fuerza contra una pared en un lugar cerrado. La obsesión por evitar que estos sonidos se manifestaran en presencia de otras personas, especialmente si estaban muy lejos de creer en algo que no pudieran ver y palpar, llegó a angustiarme de tal manera que aún hoy no entiendo cómo logré mantenerme en pie, cómo mi mente no perdió totalmente el rumbo. Esto, unido a las proyecciones mentales, a la imposibilidad de dormir con los ojos cerrados y a todo lo que me estaba sucediendo, me convirtieron en un ser tan medroso y angustiado que cuando pienso en la persona que era entonces me doy una gran pena. Pero aún faltaba lo peor, las voces.

Nunca he logrado que otros enfermos, esquizofrénicos, borderline, bipolares, o lo que sea, me cuenten sus experiencias con las voces, cómo son, qué les dicen, cómo reaccionan ellos. Imagino que algo les habrán contado a sus terapeutas o psiquiatras porque parece que el escuchar voces es uno de los signos para diagnosticar al enfermo. Aunque no quieran hablar de ello, por lo menos algo sí deberían mencionar, he vuelto a escuchar las voces, son más fuertes, me duran más tiempo, necesito aumentar la medicación, necesito un ajuste. Como no puedo comparar desconozco la peculiaridad de mis voces y hasta qué punto se parecen a otras o son exclusivamente mías.

No puedo situar en el tiempo su nacimiento, aunque sí recuerdo que al desarrollar mi mente con los ejercicios que hacía comencé a percibir vibraciones en mi cabeza. Este es un fenómeno sencillo y nada aterrorizante… o lo fue hasta que mi propia esposa me comentó si oía algo, si escuchaba un sonido raro, como un grillo o algo por el estilo. Teniendo en cuenta que antes yo le había hablado de ello, no me pareció demasiado importante, pero con el tiempo otras personas, no muchas, mencionar escuchar sonidos raros. Yo solo estaba escuchando la vibración de mi cabeza, de mi cráneo. Si tuviera que localizar la vibración diría que sale de lo alto de mi cabeza, se podría decir que nace en el chakra corona. Dependiendo de mis estados de ánimo, de lo equilibrado o desequilibrado que esté, del estrés que acumule y de otros muchos factores, la vibración puede ser más o menos intensa, más o menos audible, más o menos rápida o lenta, incluso se pueden unir otras vibraciones, como en el sonido del órgano se unen y armonizan los diferentes registros.

Al principio esta vibración era tan sutil que me costaba escucharla. Con el tiempo fue aumentando en intensidad y en variación. A veces fluía sin obstáculos, como el agua que recorre un tubo sin obstáculos, otras veces parecía encontrar un terrible bloqueo y se producía una lucha extraña, como un equipo de música a todo volumen, intentando encontrar una forma de salir al exterior en un recinto insonorizado con puertas y ventanas herméticamente cerradas. Como esta lucha me ponía muy nervioso, me angustiaba, me descontrolaba, intentaba desbloquear lo que fuera apretando los puños, cerrando con fuerza los dientes, cerrando los ojos, tensando con enorme fuerza la parte de la cabeza, izquierda o derecha, que parecía era la que de alguna manera estaba obstaculizando la salida al exterior de la vibración. Con el tiempo he llegado a adquirir un gran dominio de este ridículo arte. Procuro aislarme cuando me ocurre y tenso el cuerpo, los ojos, la cabeza, la parte de ésta que parece más renuente a dejar salir el sonido, hasta lograrlo. A veces estoy tan agotado, tan deprimido, que en lugar de tensar lo que hago es relajarme al máximo, incluso llegar al sueño, si fuera posible.  Lo que yo entonces no sabía es que lo que estaba haciendo tenía algo que ver con los ejercicios de kriyayoga que luego conocería o con los ejercicios de calentamiento de taichí que llegaría a practicar años más tarde. De alguna manera, por pura intuición, había descubierto la forma de controlar o desbloquear esta energía.

Todo esto viene a cuento porque las voces se suelen manifestar justo cuando estoy escuchando estas vibraciones con mucha intensidad y de una manera muy peculiar. Entonces me asusto, porque sé que en cualquier momento va a llegar hasta mí algún sonido, semejante a una voz, que me va a descontrolar por completo. Reitero que no puedo comparar con las voces que escuchan otros, por eso me limitaré a describir las mías de la mejor manera posible. En mi caso nunca han sido voces claras, a pesar de mis esfuerzos por saber lo que me están diciendo o tratando de decir, nunca he conseguido estar seguro ni siquiera de una sola palabra. No son coercitivas, no se me imponen ni me obligan a hacer esto o aquello o me amenazan con severos castigos si no les hago caso. Lo que me asusta de ellas es el parecido que a veces tienen con las voces de personas que conozco, sobre todo si son seres queridos.

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Parecen llegar de muy lejos, como desde el otro extremo de un túnel dimensional. Muchas veces, en aquel tiempo, imaginaba que alguien estaba hablando de mí a otra persona, y no precisamente bien, y entonces me llegaba una voz distorsionada, lejana, inapreciable, pero con un parecido tal a determinada persona que no podía dejar de plantearme que era su voz. Lo importante de estas voces no era el contenido, puesto que no podía descifrar nada, como un código inextricable que el mejor decodificador se ve impotente para conseguir descifrar ni una sola palabra o signo, lo que me afectaba era el estado de ánimo que creía percibir en esa persona. Un enfado terrible, incluso alguna vez un odio feroz. Yo entonces me preguntaba cómo era posible que esa persona estuviera tan enfadada conmigo o me odiara de esa manera, puesto que de su comportamiento jamás hubiera deducido algo así. No sé cómo podía apreciar que la conversación giraba sobre mí y no sobre otra persona o que su rabia o que su odio iban dirigidos contra mí y no contra esa persona. En alguna ocasión tuve dudas, es cierto, pero en la mayoría de las ocasiones sabía, con una intuición inexplicable, con una certeza que no sé de dónde venía, que ese odio iba dirigido a mí. Con el tiempo, sin necesidad de concretar hechos o personas, llegaría a descubrir que en efecto, esos sentimientos eran reales. Una vez que el tiempo y las circunstancias hicieron explotar la mina que tenía bajo mis pies, era fácil deducir de ciertos comportamientos, de ciertas palabras, de ciertos gestos, de hechos concretos, que lo percibido de aquella peregrina manera era lo que anidaba en el fondo de la mente y el corazón de esa persona, en lo más profundo de su subconsciente.

Pero no se trataba de la premonición oculta en determinadas voces que yo escuchaba lo que me aterrorizaba tanto, sino una sensación angustiosa que te dejaba sin respiración, como si la mente de otra persona se hubiera unido a la mía y se estuviera apoderando de mi. Aquellos pensamientos no eran míos, aquellos sentimientos no armonizaban con lo que yo era y sentía. Durante la primera etapa de las voces llegué a pensar, con mayor o menor seriedad, en la existencia de los demonios y en la posibilidad de que pudieran estar intentando apoderarse de mi alma. Fueron momentos terribles, de una angustia inexpresable. Pero aquello pasó y decidí que era más probable que las proyecciones mentales tuvieran la cualidad de que un contacto directo te permitiera percibir la personalidad de otro, sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Más tarde leería en los libros de Castaneda la explicación que da don Juan al ver, viene a decir que ver es conocer directamente las cosas. Eso sí tenía bastante más sentido que las supuestas posesiones demoniacas que tanto me atormentaron.

Como el tema da para mucho más lo dejaremos para otro capítulo.

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