DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLV

2 12 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLV

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EL MAYOR IMPACTO EMOCIONAL DE MI VIDA

Hoy he sentido la imperiosa necesidad de volver a escribir en el diario, que tengo muy descuidado últimamente debido a  varias razones, el ajetreo infernal de este verano y un poco menos este otoño, aún así ha sido un ajetreo importante, la necesidad de tomarme un respiro y reflexionar sobre el camino que ha seguido este diario durante estos dos años, la terrible apatía que sufro en los últimos tiempos para hacer cualquier cosa y sobre todo la espera, casi angustiosa, que supone la firma de la escritura de venta de la casa. Me da miedo que no se realice porque estoy deseando quitarme de encima el anclaje que supone con un pasado ya muerto. Doy gracias a Dios de ser un guerrero impecable, con el desapego que eso conlleva, porque de otra manera lo estaría pasando muy mal debido a ciertas circunstancias que no voy a mencionar aquí pero que me han hecho consciente del terreno pantanoso y de la fragilidad de algunas relaciones del primer círculo.

Ayer fui a Soria a pagar el alquiler de la casa y aproveché para llenar el maletero con alimentos del Mercadona y del rastro que al parecer se celebra todos los jueves, algo que no sabía. Era imprescindible porque me había quedado con la despensa vacía, me cuesta salir de casa hasta para lo más esencial. Un despiste grave me ha supuesto la pérdida de una cantidad de dinero que no es importante pero sí muy molesta. No es la primera vez que me ocurre, desde el divorcio he perdido dinero a lo tonto que de seguir viviendo en familia me habría supuesto un serio disgusto, ahora que estoy solo es simplemente un toque de atención al deterioro mental que observo en mí desde hace algún tiempo. El físico también es importante, alguna mañana he temido que me diera algo, aunque ahora con el cambio de horario que ha supuesto la convivencia con mis gatitos no se ha vuelto a repetir. No pienso poner remedio, ni a uno ni a otro, la muerte es cada vez una salida más agradable, algo así como mi vida onírica, que por muy repleta de pesadillas que esté durante este último mes no deja de ser algo agradable y perfectamente controlado. Ayer estuve muy hundido, y no solo por ese despiste idiota, creo que estoy cayendo en una depresión grave. Algo que por otro lado parece no ser único y exclusivo de mi patología, porque observo que otros amigos-hermanos enfermos mentales con los que llevo tratando desde hace años han pasado una racha realmente nefasta. Es curioso pero me he sentido muy lúcido al analizar sus patologías, me temo que no solo se trata de la enfermedad concreta que padecen sino de un error gravísimo en su filosofía de la vida al priorizar valores que no deberían estar en la cúspide sino mucho más abajo. Así M. prioriza el dinero, imprescindible en su vida, pero lo pone por encima de otros valores como es el de su propia dignidad personal y eso tiene consecuencias muy serias. Es cierto que el miedo a la soledad, mucho más comprensible, también está influyendo de forma muy negativa puesto que se considera obligada a seguir manteniendo relaciones interpersonales y afectivas con personas que la están destrozando, el hecho de que sean familiares no deja de producir el mismo efecto que si se tratara de enemigos mortales. Tengo muy claro lo que yo haría, vivir con el poco dinero que me quedara, alejarme de esos familiares nefastos y vivir la soledad con la mayor dignidad posible. Pero ella tiene otras prioridades que están destrozando su vida y no saldrá de ahí hasta que cambie su escala de valores, priorizando su salud física y mental, su dignidad como persona a la necesidad de dinero y de tener a alguien a mano para ayudas urgentes. Hemos tenido largas conversaciones telefónicas, he procurado escucharla, darle todo el apoyo posible y hasta tal vez me haya pasado un poco con el cariño, pero en lo único que nunca me arrepentiré de pasarme. A otros les pasa tres cuartos de lo mismo, priorizando valores que nunca deberían estar en la cúspide de la pirámide atraen problema tras problema a sus vidas, entran en un bucle infernal del que nunca conseguirán salir porque la única salida es la que ellos no quieren aceptar, cambiar la jerarquía de sus valores. Creo que a mí me pasa algo parecido pero al menos tengo lucidez suficiente para verlo y creo que mi pirámide de valores es muy razonable y sobre todo está muy adaptada a la jerarquía de valores espirituales que siempre debe primar en nuestras vidas. Así respeto la libertad de un ser querido, sin intentar influir en su vida, pase lo que pase, es un valor espiritual esencial que sin embargo M. no comprende y así le va con su familia.

 

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En octubre estuve en el Balneario de Tus con Bautista y Maria-Luisa. Creo que hice bien en vivir mi primera experiencia como pensionista del Inserso, fueron más de diez días en un balneario que está muy bien y con unas prestaciones excelentes, exquisitos menús, un paisaje increíble para ser manchego y unas prestaciones de balneario gratuitas más que aceptables, tan solo decidí probar el masaje que había que pagar aparte, utilizando un bono de cuatro masajes a un buen precio. Para los días que estuve y las prestaciones recibidas el precio resultó casi ridículo. Fue Bautista quien me lo propuso y yo acepté pensando que me vendría bien estar fuera de casa un tiempo. Como conoce a los dueños y al personal solo tuve que darle los datos a la recepcionista, muy agradable, y ellos tramitaron todo con el Inserso. Al final se complicó todo y estuve a punto de no ir debido a una avería en el coche de última hora que va a coincidir con las fiestas de Soria, estas jugarretas de las fuerzas poderosas me acompañan siempre en los momentos más inesperados y que más daño pueden hacerme. Por suerte todo se arregló y pude disfrutar de unos días agradables, aunque la fobia me molestó un poco. Me dejé embarcar por Bautista en una conferencia sobre salud mental que dimos los dos poniendo el vídeo que me grabaron hace años. Luego decidí apuntarme a una clase de yoga mental que les di, muy suave, y que al parecer gustó, para finalizar con un monólogo en la noche de despedida que fue un desastre del que era muy consciente antes de empezar. A pesar de ello lo hice porque así lo había decidido, como un guerrero, y no me importó el nulo éxito ni lo mal que lo pasé. Era lógico, por otro lado, porque resultó muy narrativo e intelectual, chocando con la ametralladora de chistes de un par de mujeres que se sabían muchos chistes verdes, algunos buenos, otros regulares y alguno muy malo.  Pero de todo esto hablaré en otro capítulo del diario.

Bautista intentó convencerme de que no aceptara la propuesta que me hicieron para presentar el  vídeo de los Goya con motivo del día mundial de la salud mental. Por supuesto que rechacé dos de las tres presentaciones que me propusieron, las de Campo de Criptana y Villafranca de los caballeros, aceptando en cambio la de Alcazar en uno de esos impulsos por los que me dejo llevar a veces y que acaban resultando decisiones propias de un guerrero. En un principio pensaba regresar tras la conferencia pero luego me lo pensé mejor observando la carretera hasta el balneario y decidí quedarme a dormir en la casa de Bautista, así vería a los gatitos que había dejado allí. Salí tras comer pronto y rápido, pero ya supuse que tendría que ocurrir algo, siempre tengo que enfrentarme a circunstancias adversas en estos casos. Debería haber llegado sin problemas pero otro de esos despistes idiotas me hizo perder mucho tiempo, al final apreté el acelerador intuyendo que me caería una multa por exceso de velocidad, como así fue. Ya llegaba tarde y no podían retrasar más la presentación, así que les dije que la hicieran ellos, pusieran el vídeo y yo llegaría al coloquio. Para rematarlo todo otro despiste casi acaba en un disgusto serio. Sabía que los sábados cierran el parking de la plaza del ayuntamiento, pero nervioso como estaba y viendo otro coche que entraba, pensé que tal vez estaría abierto. En realidad ni siquiera fui consciente de que era sábado, desde que me jubilé casi siempre ando perdido en el tiempo. Me encontré con que el otro coche estaba haciendo una maniobra para salir porque estaba cerrado y sin pensármelo dos veces di marcha atrás a pesar de no tener visibilidad, debería haber salido del vehículo, pero los nervios me juegan malas pasadas. Al dar marcha atrás escuché un grito horrísono. Ya está, me dije, he atropellado a alguien. Salí del coche dispuesto a afrontar lo que fuera, como un guerrero impecable. Lo que encontré hizo que se me cayera el alma a los pies. Había estado a punto de atropellar a un paralítico cerebral en silla de ruedas. Así conocí a Pedro. Lo de paralítico cerebral no lo pude comprobar, lo deduzco de su situación. Comprobé que no había sufrido daños físicos, miré la silla que tampoco parecía haberlos sufrido, e intenté comunicarme con él, pero no era capaz de hablar con claridad. Una mujer joven, que había gritado, se acercó y me explicó que él no podía hablar, pero que en la silla venían unos teléfonos, y así era, tomé nota de todos, escribí el mío en una hoja de la libreta que siempre llevo conmigo y viendo que no procedía llevarle al hospital le dije que llamaría a sus familiares y le pregunté si podría llegar a casa solo, por lo visto sí porque se mueve solo habitualmente por Alcázar, luego me enteraría de que era muy conocido, incluso G me dijo que le conocía. Algunos espectadores parecían estar a punto de encresparse conmigo, expliqué la situación, me esperaban allí mismo para una conferencia sobre salud mental, no había pasado nada para lo que podía haber ocurrido, Pedro estaba bien, aunque un poco afectado y si había algún daño en la silla de ruedas que no hubiera visto llamaría al seguro en cuanto hablara con los familiares. Al final salí con el coche, muy nervioso, encontré un sitio donde aparcar tras muchas vueltas y cuando llegué al centro cívico, donde se celebraba el acto, ya había comenzado el corto. Tuve tiempo para calmarme un poco aunque estaba terriblemente nervioso y la fobia ya campaba por sus respetos.

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EL MAYOR IMPACTO EMOCIONAL DE MI VIDA

Por lo visto los asistentes, no demasiados, debieron suponer que yo no había llegado o el corto se les hizo largo, casi una hora, o lo que fuera, porque comenzaron a desfilar. Julián, el psicólogo, les anunció mi presencia y les pidió que se quedaran, algunos lo hicieron. Yo estaba muy fóbico pero decidí actuar como un guerrero, haciendo lo que tenía que hacer, para rematar el micrófono no funcionaba y tuve que elevar la voz hasta la ronquera, fue un esfuerzo extra que me desequilibró aún más. Tenía un esquema mental que no respetó porque todo había cambiado, creo que estuve un poco duro con la sociedad que no quiere comprendernos ni aceptarnos, pero pienso que no me pasé de rosca.

Al final todo terminó, gracias a Dios, se fueron marchando y decidí superar ese momento fóbico especial que siempre tengo al finalizar mis intervenciones activando el móvil que había apagado antes. Cuando estaba en ello levanté la vista y vi acercarse a una chica hasta la mesa. Lo primero que pensé fue que era muy inoportuna, con lo fóbico que estaba no me sentía con fuerzas para hablar con un familiar de un enfermo y menos si era una chica tan guapa como la que se acercaba.  Maldije mentalmente a las fuerzas poderosas que me lo habían puesto realmente difícil. Aquello era inaceptable, hacía un esfuerzo extra para con mis hermanos los enfermos mentales y recibía como agradecimiento un viaje terrible, llegar tarde, casi atropellar a un paralítico cerebral en silla de ruedas y lo que ya intuía y luego sabría con certeza, encima me ponen otra multa. No hay derecho. Y ahora se acerca una chica joven y preciosa para hablarme de algún familiar, enfermo mental, con lo que mi fobia estallará en cualquier momento.

Tenía que mirar a la chica y lo hice, pero con ese distanciamiento que pongo en todo lo que hago siempre que estoy fóbico, es como si resbalara mi vista sobre la realidad, sin verla ni sentirla, como si estuviera en la otra punta de otra dimensión. Algo me llegó, fue el cuerpo, fue la sabiduría del cuerpo del guerrero la que me puso sobreaviso. Yo conocía a esa chica. Miré con más atención, y en efecto, la conocía… era mi hija Sara. Me levanté en un impulso automático y estuve a punto de caerme de culo, porque lo que menos esperaba era verla allí, incluso en mi discurso había comentado que en mi caso ni mis padres ni mi ex mujer, ni mi hija, ni mi familia, ex familia, había aceptado nunca mi condición de enfermo mental… Y ella estaba allí, escuchándome. Yo no la había visto ni creo que la hubiera conocido aunque me hubiera fijado.

Sin duda fue uno de los mayores impactos emocionales de mi vida. Luego recordaría aquella supuesto intuición en la que su madre me escuchaba en una de estas conferencias y luego se presentaba. Lo deseché porque era imposible, los milagros no ocurren, y no volví a pensar en ello. En aquel momento lo recordé, me había equivocado, no era su madre quien me iba a escuchar a una conferencia, era ella, lo que menos esperaba. Decidí que esa era una prueba para un guerrero y actué como tal. A pesar del desconcierto la saludé y le pregunté si podía abrazarla. Fue uno de los momentos más terribles de mi vida, preguntar a tu propia hija si puedes abrazarla es como para que todo tu mundo de valores se desmorone. Ahora que  en el blog del guerrero estoy subiendo numerosos artículos sobre la ley de los tres círculos, aquella experiencia, junto con lo que está ocurriendo con la venta de la casa, es la muestra más pragmática de cómo funciona el primer círculo. Crees que las personas que están en él siempre estarán allí, que la vinculación es tan sólida y profunda como la raíz de un árbol centenario en la tierra, pero de pronto todo se desmorona y los habitantes del primer círculo pueden pasar al segundo o incluso al tercero en un instante, incluso podrían pasar al cuarto, el círculo infernal del odio. Solo habían pasado dos años y mi propia hija era para mí casi una desconocida. En mi disculpa que estaba más delgada, parecía mucho más alta con los tacones y la imagen que yo tenía de ella había cambiado radicalmente. Además vestía muy bien, con una exquisita elegancia, un vestido que me encantó. Pero no puedo engañarme, lo que explica lo sucedido es la patología de enfermo mental, de fóbico social, que no es capaz de mirar a la gente con normalidad, que no es capaz de concentrarse en lo que está haciendo, que no es capaz de mantener una imagen del pasado en la memoria con la vitalidad que suele tener para el resto de los mortales.

Ella me permitió que la abrazara y la propuse irnos a tomar un café y charlar un poco. No puedo saber la razón que la llevó hasta allí, según me dijo había visto los carteles anunciadores del acto, puede que sintiera curiosidad, pero el paso de venir a verme al final era importante, decisivo, propio de una guerrera. Lo acepté en todo su valor. No hablamos mucho porque ella me manifestó que estaba muy impactada emocionalmente y no podía continuar. Yo también lo estaba pero me hubiera gustado seguir un poco más. Me enteré de algunas cosas sobre su vida que me quiso contar y que no relataré aquí porque cuando mencioné el diario me dijo que lo comprendía pero me rogó que fuera discreta en lo que a ella se refería y es lo que voy a hacer. Creo que sentamos las bases de una posible relación, era necesario reconducir nuestra relación paterno-filial y los dos estuvimos de acuerdo en que habría que empezar de cero porque ninguno de los dos éramos los mismos que fuimos cuando convivíamos en familia.

Otra casualidad, antes de sentarnos en una terraza pasó por allí una mujer que me saludó. Yo estaba tan descontrolado que no la reconocí en un primer momento. Era G., la amiga de M. quien en plan bromista me comentó que vaya ligue que me había echado, en referencia a Sara. Le expliqué quién era y las presenté, aunque yo estaba deseando que nos dejara en paz, le dije que ya la llamaría y me despedí un poco bruscamente.  Conocí a G. el día que M. me invitó a su casa para conocer a su madre.  Hablé como hablaba entonces, al poco de divorciarme, con cierta desfachatez teñida de sinceridad. Ella me dijo que no necesitaba un amigo con derecho a roce pero que podía presentarme a una amiga. Así fue cómo conocí a V. la mormona, que creo ya apareció en otro capítulo de este diario. Es la que me ha proporcionado a mis gatitos, Mici y Zapi, de quienes hablaré en otro capítulo porque este se ha prolongado demasiado, y que han cambiado mi vida para mejor.

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Y aquí estoy, esperando que la casa se venda, que me digan fecha para firmar la escritura y que Sara me responda a los dos correos y al wasape que la envié. Me dijo que prefería que la escribiera de forma manuscrita, la entiendo, pero no me dio dirección y no puedo elucubrar si sigue en Madrid o está viviendo con su madre. Tengo miedo de que se pueda echar atrás. Creo que la entiendo muy bien porque a mí me pasa lo mismo, cuando tengo que enfrentarme a algo que me va a causar un gran impacto emocional, procuro retrasarlo al máximo y si puedo, con cualquier otra cosa, un libro, una película, lo que sea que pueda trocearse, lo hago. Leo  muy poco a poco libros que me impactan, o veo películas en varias trozos, de media hora, por ejemplo, o…Necesito filtrar o bloquear todo lo que llegue a mí con una gran carga emocional. Creo que a ella le pasa algo parecido y por eso comprendo su silencio, pero me preocupa.

Me dijo que a veces leía el blog por lo que imagino que podría leer esto. Entiendo muy bien su dificultad y el esfuerzo que le supuso dar ese paso, me gustaría confiar de forma absoluta en ella, pero no puedo, creo que la conozco demasiado bien, es muy duro lo que viene a continuación, si es que ella quiere que venga, podría echarse atrás. Yo mismo lo he hecho muchas veces a lo largo de mi vida, cuando no era guerrero impecable. Recuerdo la ruptura con mi madre y mis hermanos cuando no quería que me casara con su madre, cómo fui drástico y radical. Recuerdo cómo rompí con algunos amigos que no me aceptaron como enfermo mental. Recuerdo la ruptura con mi ex suegra, ya fallecida. Recuerdo el esfuerzo que tuve que hacer para seguir viendo a mi ex suegro tras aquel episodio en el que me desmoroné en un banco y él ser burló de mí, diciéndome palabras muy duras que no he olvidado. Recuerdo el esfuerzo terrible que tuve que hacer para aceptar firmar aquella nota, tras el episodio del piso, algo que yo en mi sano juicio jamás hubiera hecho. Quería darme una oportunidad, quería intentar seguir adelante, aunque para mí lo más fácil del mundo ha sido siempre cortar por lo sano. Es lo más cómodo, desde luego, no soporto convivir con quienes no me aceptan como enfermo mental, ni con quienes me tratan sin respeto, ni con los hipócritas, ni aquellos que tienen una filosofía de la vida tan opuesta a la mía como el día y la noche. Por eso a lo largo de mi vida rompí con mi madre, mis hermanos, mis sobrinos, mis tíos, mis primos, quienes se decían mis amigos, compañeros de trabajo que se burlaban de mi enfermedad, que me acosaron, que me utilizaron, y tantas y tantas personas que han pasado por mi vida y con las que rompí con la brusquedad y dureza con la que Alejandro Magno cortó el nudo gordiano. Si no puedo desentrañarlo saco mi espada y lo corto de un solo golpe, sin más, sin pensármelo dos veces. Por eso temo que Sara pueda tomar una decisión de este tipo, porque sé muy bien que lleva alguno de mis genes.

Ha sido el impacto emocional más terrible de mi vida. He tenido otros, alguno a su mismo nivel, pero creo que ninguno me afectó tanto. Mis creencias budistas, mi condición de guerrero hace que todo me lo tome con el desapego de que hacen gala los budas y los guerreros, en ello me ayuda mucho la filosofía de la vida  que ha guiado mis pasos con enorme lucidez…

He tenido que interrumpir abruptamente la redacción de este texto porque el diablillo de Zapi se ha puesto a bailar la danza del vientre sobre el teclado, y mira que se lo repito una y otra vez, soy un papaíto calzonazos, os consiento todo, pero el ordenador es sagrado, es la línea roja, cuando me pongo a escribir vosotros podéis mirar, sentados sobre vuestros culitos gatunos, pero no podéis bailar sobre el teclado o intentar agarrar con vuestras zarpas los emoticones de Sonymage, o lamer lo que hay en el teclado, que no, que esto es serio. Pues nada, no quieren aprender, a veces consigo algo, poco, pero el ordenador es para ellos como un deux ex machina, algo incomprensible que tienen que olisquear hasta el último bit.

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Ayer les tuve un poco abandonados con lo de Soria y hoy quieren jugar, pero niños, si me paso el día y la noche con vosotros, dejadme respirar un poco. ¿Y ahora qué? Se me ha ido el santo al cielo. En otro capítulo hablaré largo y tendido de vosotros y puede que hasta empiece una historia sobre vosotros, Mici y Zapi, un cuento para niños, pero hoy tengo que terminar esto, porque es una excelente terapia, de hecho ya me siento mejor.

Mientras barría y fregaba el garaje, aprovechando un espléndido día de sol, he estado dándole vueltas a muchas cosas, entre ellas a mi condición de enfermo mental y a lo mucho que me han aguantado, al mismo tiempo que hacía un largo discurso sobre lo mucho que tengo que aguantar yo a los demás. Me salió perfecto, pero no lo voy a repetir aquí, porque recuerdo que soy un guerrero y los guerreros no hacen eso, pero tal vez en otro momento escriba ese discurso para desahogarme, porque necesito decir todo lo que pienso sin miedo a las consecuencias. Bueno, por hoy basta, porque Zapi a regresado del jardín y ha instalado su culo gatuno sobre el ordenador, no sobre el teclado, pero en cualquier momento puede hacerlo. Me siento mal por no haber escrito todo lo que se me ocurrió mientras barría y fregaba la cochera, pero eso es puro narcisismo, impropio de un guerrero impecable.

Y aquí me quedo, esperando que pueda firmar la escritura de venta de la casa, esperando noticias de Sara, esperando que pueda por fin ponerme con las novelas, tras el terrible esfuerzo que me ha supuesto intentar ordenar este caos cósmico que son mis libretas, cuadernos y anotaciones, algo que solo un enfermo mental es capaz de organizar como quien no quiere la cosa. Bueno, otro día más, ahora a comer y a dormir la siesta con mis gatitos.

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7 12 2016
Slictik

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