DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL(EL GRAN SECRETO) XIX

9 01 2017

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XIX

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EL GRAN SECRETO DE MI VIDA

LAS VOCES II

Cuando recapitulo determinadas etapas de mi vida me asombra el que yo pudiera pensar como pensaba, sentir lo que sentía, actuar como actué. Es como si el que fui y el que soy fueran personas completamente distintas, algo así como si tuviera doble personalidad o múltiple. En realidad, pienso ahora, no era para tanto y habría podido controlarme y superar todo aquello simplemente con un poco más de voluntad, fue la dejadez la que me convirtió en el loco de León.  Sin embargo me basta con pasar unos días muy deprimido, pensando en que la muerte es lo mejor, es maravillosa, para que mi mente vuelva a los viejos bucles, a las viejas ideas, todo podría volver a ser como antes con una facilidad que me aterroriza.

Me recuerda a Castaneda y sus experiencias con el nagual. Cuando estás en el tonal y éste no ha sido comprimido todas esas vivencias parecen desatinos y te preguntas cómo has podido llegar a darles la menor importancia. Cierto, visto todo desde este preciso momento me resulta incomprensible que unas simples voces puedan descontrolar de tal forma una psiquis, o que unos simples sueños, por muy premonitorios que fueran, pudieron trastornar de aquella forma mi vida.  Todo lo achacaba a la apertura del tercer ojo y al camino de conocimiento que había emprendido sin saber lo que hacía y sin que nadie me abriera los ojos sobre lo que iba a encontrar en el camino. Recuerdo mi santa cólera contra todos aquellos esoteristas que lo cifraban todo en el secreto, te pedían que guardaras el secreto cuando te iniciaban en sus enseñanzas, como si fueran bombas de neutrones que acabarían con todo si explotaban. Me sentí muy mal y me juré que cuando llegara a “viejo” contaría todo lo que me había sucedido para que otros no cometieran mis errores, para que supieran dónde se metían. Recuerdo aquellos delirios en los que me enfrentaba a los maestros rosacruces y les decía que no estaba de acuerdo con tanto secreto, que si la humanidad era capaz de soportar sin volverse loca tanta violencia, tanta maldad, como aparecían en los telediarios, seguro que podría asimilar, sin inmutarse, todas las enseñanzas esotéricas. Estos enfrentamientos eran mentales, por supuesto, en una época en la que mi supuesta telepatía me había trastornado por completo, arrojándome al abismo de la desesperación. Llegué a creer que realmente hablaba con ellos y lo que ocurrió cuando abandoné el sendero una especie de “venganza” suya. No fue así, claro, fui yo quien abandonó todo cuando una maestra de clase me respondió, a una consulta que le hice, que debería ir a un psiquiatra para que me examinara la cabeza puesto que mis preguntas eran las de un auténtico loco. No lo eran, me limité a llevar al extremo la lógica de las proyecciones mentales y de los viajes astrales. Su incapacidad para darme una respuesta aceptable solo debería haberme indicado que hay muchos supuestos maestros en el camino iniciático que tan solo son discípulos con suerte que han ascendido demasiado deprisa.

Ahora lo veo todo con más equidad. Releyendo los “Relatos de poder” de Castaneda me encuentro con la recapitulación que le hace don Juan a Castaneda de todas sus enseñanzas y de cómo le llevó por un camino, en buena parte engañado, que él no hubiera seguido, sin más, de no haber sido empujado muy astutamente. Toda esa parte del libro de Castaneda me recuerda mis inicios en las enseñanzas rosacruces, mi busca del conocimiento a través del esoterismo, del budismo, del yoga y de toda enseñanza oriental con la que me encontrara. ¿Habría emprendido aquel camino de saber entonces lo que sé ahora? Pues no lo tengo claro, por un lado creo que no me hubiera arriesgado a sufrir el tormento de las voces y la supuesta telepatía sin un maestro que me lo explicara todo previamente, que me hablara extensamente de qué es el tercer ojo, de cómo se desarrolla y de qué se puede esperar cuando lo tienes abierto. Por el otro estoy convencido de que mi ansia de conocimiento y, sobre todo, mi necesidad imperiosa de superar mi enfermedad mental o al menos de encontrar algo que aliviara mi sufrimiento, me habría empujado, antes o después, a seguir este camino.

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Don Juan le cuenta a Castaneda cómo muchos de los experimentos que le proponía, sus extrañas y curiosas iniciaciones, tenían un claro fin, empujarle hacia el camino del guerrero impecable de tal forma que no pudiera elegir. En comparación con otros naguales que le habían iniciado a él, don Juan era un maestro más razonable al que le gustaba explicar todo de forma racional, mientras pudiera ser explicado. En un momento concreto llega a decirle algo parecido a que cada maestrillo tiene su librillo y que él piensa que la teoría del conocimiento es un paso muy importante, imprescindible, antes de que el guerrero inicie un camino sin retorno. La fórmula que don Juan le explica, en la que él es el maestro, el que le enseña todo lo referente al tonal, y don Genaro es el benefactor, el que le muestra el mundo del nagual, me parece muy razonable y a mí me hubiera gustado mucho tener esa oportunidad, que un maestro como don Juan me hubiera explicado de antemano lo que me iba a encontrar. Sin embargo Castaneda cuenta cómo llegado un momento don Juan le da a elegir entre seguir o no el camino del guerrero impecable y cómo él intenta regresar al viejo camino que era su vida antes de conocer al chamán, retomar lo que es la típica vida cotidiana de una persona normal, y cómo no pudo conseguirlo porque ya todo lo que no fuera el camino del conocimiento le parecía insulso y sin sentido. Eso es cierto, el camino del conocimiento es un camino sin retorno, una vez que llegas a cierto momento ya no es posible la vuelta atrás. Aún así yo siempre hubiera deseado una explicación racional de lo que me iba a encontrar y lamento profundamente que aquella consulta que hice a la maestra rosacruz de mi clase no fuera atendida debidamente. Encontrar un maestro es lo mejor que puede pasarle a un iniciado en este camino. Don Juan mismo le dice a Castaneda que cuando el guerrero tiene suficiente poder el Poder, con mayúscula, hace que en su vida aparezcan el maestro y el benefactor que necesita. Yo nunca debí conseguir poder suficiente para que esto ocurriera porque en mi vida no apareció ese maestro o ese benefactor que tanto necesitaba.

El mío fue un camino solitario y autodidacta y los sufrimientos que me trajo esa soledad son los que me han impulsado a hablar de todo ello en este diario, a narrar mi experiencia personal, para que otros no se vean obligados a pasar por lo que yo pasé. Estoy plenamente de acuerdo con don Juan en que la teoría es la mejor forma de iniciar el camino, que alguien con experiencia te diga lo que vas a encontrar y te cuente su propia experiencia. Cuando el discípulo está preparado aparece el maestro, según el famoso dicho oriental, pero no siempre emprendes el camino cuando estás preparado y con un maestro al lado. No somos pocos los que dimos el paso antes de cuenta por la necesidad imperiosa de superar una determina enfermedad mental o simplemente de encontrar una respuesta a las grandes preguntas: qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Cualquiera que hable de su experiencia en el camino está ayudando a que otros no caigan al abismo, y lo siento mucho, pero sigo sin estar de acuerdo con la necesidad del secretismo en las corrientes esotéricas. Sigo pensando que una humanidad que está viendo en los telediarios semejante cúmulo de violencia y despropósitos, semejante maldad, está preparada para que se le desvelen los conocimientos que los sabios de la humanidad, desde el anonimato y el secretismo, lograron alcanzar en su búsqueda. Soy consciente de que el conocimiento es poder y no todo el mundo está preparado para tener poder, aunque sea una pizca. Pero viendo para qué me ha servido a mí todo eso prefiero dejar en manos de las fuerzas poderosas la corrección al abuso de poder que privar a quienes lo necesitan de  una herramienta que puede aliviar el terrible sufrimiento de sus vidas.

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El delirio que sufrí en aquellos tiempos de mi juventud con las voces es algo que no desearía ni a mi peor enemigo. Con los años logré tomarme con humor aquel estúpido sufrimiento e inicié una serie de relatos sobre telepatía en los que ni siquiera el humor es capaz de atenuar el terror. Los inicié con aquel terrible relato titulado “Terror en las mentes” y lo proseguí con “Cartas mentales del telépata loco”. Luego descubriría que yo no era el único que se sentía atraído y aterrorizado por este tema. Tal vez la mejor novela que leí fue la de Dan Simmons sobre vampiros mentales. Por mucho que uno intente convencerse de que su experiencia es única en realidad estamos siguiendo los trillados caminos que otros han recorrido antes que nosotros.

Aún recuerdo el terror que me embargó aquella noche de mi juventud, cuando vivía con mi madre en una casa bastante cutre. Intentando dormir en una diminuta habitación, sin conseguirlo, se apoderaron de mí una multitud de voces encolerizadas que pretendían acabar conmigo. Era la primera vez que me ocurría. Habitualmente solo escuchaba una voz, o como mucho dos, incluso a veces tres o cuatro, pero siempre había una “voz cantante”, nunca mejor dicho, a la que oía con claridad e intensidad mientras las otras parecían formar parte de un diálogo, las escuchaba lejos, como el rumor que te llega de voces lejanas a través de las paredes. Sin embargo en aquella ocasión todas las voces eran intensas, formaban parte de una multitud harta, saturada de mi conducta estúpida y provocativa como telépata loco. Se habían reunido y acordado que debían hacer algo conmigo y lo mejor era venir, sacarme de casa y colgarme a la vista de todos, un linchamiento en debida forma. Entonces no pude evitar recordar aquella espantosa pesadilla que tuve al despertarme de mi intento de suicidio en Navacerrada y que narro en mi novela “El loco de Ciudadfría”. Cómo algunos miembros de una multitud encolerizada subieron aquellas alucinantes escaleras del minarete y me arrojaron por ellas, hasta una plaza pública, donde fui descuartizado, atado a dos camellos, azuzados en direcciones opuestas. Aquello podía volver a repetirse, solo que de forma moderna, en las últimas décadas del siglo XX.

Pocas experiencias tan espantosas como aquella. Mi corazón se desbocó y el terror en estado puro se apoderó de mí. En realidad tal vez solo estaba escuchando las voces de un grupo en una plaza cercana, pero el delirio hizo el resto. Estaba convencido de que podía escuchar los pensamientos de aquella multitud y sus voces colérícas me anunciaban el final de todo, la muerte. Fue una etapa de mi vida verdaderamente terrorífica, a las voces a veces se unían las premoniciones, como la muerte de mi sobrino, mucho antes de que ocurriera, como la caída del muro de Berlín en la televisión antes de que pudiera verlo realmente, como aquella extraña y desesperante experiencia cuando pude ver el divorcio de un matrimonio rosacruz con el que me relacionaba entonces muy estrechamente, y cómo ellos me hablaron también de mi divorcio para ponerme en mi sitio, no solo mucho antes de que ocurriera, sino incluso antes de estar casado. Todo fue mental, por supuesto, aunque hubo también una contraparte física, cuando ella me recomendó que no me casara y él le chistó para que no me revelara algo que no debería saber, algo que yo debía decidir por mí mismo. Ese recuerdo llegó a mí hace unos días cuando tuve un sueño extraño, una ensoñación, diría don Juan, con aquel matrimonio, un sueño que era un “dejá vu” puesto que tengo anotados al menos media docena.

Aquellas experiencias me convirtieron en un gusano aterrorizado que no sabía qué hacer para salir de aquel infierno. Aún recuerdo cómo visité a una rosacruz en su casa para que me hablara de la telepatía, de las voces, de sus experiencias, porque yo ya no podía soportarlo más. Fue una etapa extraña, de auténtica locura. Una etapa en la que se juntaron tantas cosas que aún sigo sin poder comprender cómo no me volví realmente loco. Aquel delirio sobre levitaciones no fue el peor, pero tampoco el más liviano. En el trabajo notaba cómo mi cuerpo parecía elevarse hacia el techo y tenía que tocar la silla en la que estaba sentado para cerciorarme de que realmente no estaba levitando. Justo en una de aquellas experiencias escuché la voz de un bebé, el llanto, diría yo, y supe que era mi hija antes de que naciera realmente. También tuve la extraña premonición de la muerte de la esposa de un profesional, que al final falleció como yo lo había visto, en un accidente con el coche en un puerto de montaña. Sufrí un infierno decidiendo si  debería o no hablarles de ello al matrimonio. Como la premonición de la muerte de aquel compañero de trabajo, que falleció realmente meses después. O como el secreto de aquella persona que yo creí haber desvelado y que al cabo de algún tiempo tuve una confirmación bastante razonable de que era así. El resto eran delirios sin confirmar, relaciones adulterinas entre personas de mi entorno, extrañas escenas que me llegaban a la cabeza sobre gente cercana y que nunca pude confirmar. Era como si de repente la Kundalini hubiera ascendido hasta el chakra corona despertando tantas cosas a su paso que todas las experiencias se estaban produciendo a la vez.

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Pero lo peor de todo eran las voces, el resto de experiencias se producían en momentos concretos, duraban lo que duraban, sufría lo que sufría, pero pasaban. En cambio las voces, lo mismo que la visión de aquellos puntos de luz con los ojos cerrados, era algo constante y tan agobiante y aterrorizante que cuando estaba a solas no podía evitar hablar supuestamente con ellas. Fue la época en la que comencé a visitar el retrete con tanta frecuencia como un prostático, a pesar de mi juventud –tal vez cercano a los treinta- aunque no con la patológica frecuencia con la que llegué a hacerlo durante la etapa del mobbing en el trabajo, cuando se inició la fobia social  y no era capaz de percibir ninguna presencia física cercana sin que me pusiera enfermo. Los mejores momentos era cuando, por algún milagro de la casualidad, me encontraba solo en el trabajo. Esperaba y esperaba, a veces en el retrete, hasta que todos se hubieran ido, a veces mucho tiempo, porque alguien se quedaba hablando en la oficina, y llegaba muy tarde a comer. Era consciente de lo patológico que era todo aquello y buscaba disculpas o entrelazaba mentiras para que la esposa y la familia no se preocuparan más de la cuenta. Todo inútil porque en algún momento tenía que estallar… y estalló.

Me resulta difícil calcular los años que ocupó aquella etapa. Sé que el punto de inflexión del comienzo fue la experiencia en la estación de Chamartín, en Madrid. Yo acababa de trasladarme a León, por lo que calculo que tendría unos veintiséis o veintisiete años.  Sin el menor descanso o alivio se prolongó hasta después de casado, tal vez unos años, no sé cuántos, por lo que haciendo cuentas, a “grosso modo”, diría que la etapa telepática se prolongó al menos una década, sino más. Luego, gracias a Dios, las experiencias se fueron haciendo más intermitentes, tal vez porque fui encontrando medios para que las voces no me hicieran tanto daño o para que pudiera soportarlas o se produjeran con mayor distanciamiento cronológico. Fueron muchos, muchos años. Tal vez la última etapa dura en ese sentido fue tras el divorcio, cuando la voz de mi hija regresó a mí en experiencias puntuales aunque muy intensas. Ahora estoy tranquilo, apenas se produce, muy de vez en cuando, algún atisbo de experiencia que logro controlar casi de inmediato con mis técnicas actuales y con la fuerza del guerrero. Cuando pienso en lo mucho que sufrí me doy cuenta de lo bien que estoy ahora y de lo mucho que tengo que agradecer a las fuerzas poderosas de haber logrado superarlo. Pero sigo siendo consciente de lo sencillo que sería que todo aquello regresara, solo tendría que dejarme ir por el tobogán, una depresión fuerte, encamamiento, dejar de actuar como guerrero impecable… y todo aquello regresaría a mí.

No puedo saber cómo son las voces de los esquizofrénicos, ningún hermano enfermo mental me ha contado cómo son sus voces ni sus experiencias en este sentido. Puede que mi experiencia sea única o bastante peculiar, como casi todo en mi vida. A pesar de ello tengo la sensación de que no pueden ser muy diferentes y de que tal vez ellos lograran controlarlas como yo lo conseguí. No se me ocurriría intentarlo con nadie, mucho menos sin que me contaran previamente cómo son sus voces. Tal vez mis voces sean producto de la apertura del tercer ojo y de mis experiencias esotéricas en el camino del conocimiento, tal vez, pero no puedo evitar pensar que todo está relacionado. ¿Podrán algún día desaparecer las voces con la medicación? Todo es posible, los avances son importantes y bloquear o regular de alguna forma la comunicación entre sinapsis con los neurotransmisores no parece un sueño imposible, el problema viene cuando este bloqueo afecta claramente al funcionamiento del cerebro, cuando estás dormido o abotargado puede que dejes de escuchar las voces pero has perdido gran parte de tu vitalidad. Es un precio muy alto. Tengo experiencia en los dos terrenos, voces con medicación y sin ella, debo decir que en mi caso con medicación eran más intensas e incontrolables puesto que carecía de voluntad para enfrentarme a ellas. Claro que yo no tomaba la medicación que toman los esquizofrénicos, porque nunca se me diagnosticó como tal, solo antipsicóticos y antidepresivos. Sin medicación hubo una etapa en que me resultó imposible soportarlas, para mí no existió una elección clara, ninguna de las dos posibilidades era buena. Aún no tengo clara la génesis de las voces, pero si son causadas, como pienso, por una apertura de la mente a otras dimensiones, por la apertura del tercer ojo, el desarrollo de poderes mentales o la aparición del nagual, una vez comprimido el tonal, según la filosofía chamánica de Castaneda, mucho me temo que el control de las voces estará unido al control de la mente del iniciado que supera las primeras etapas de su evolución o al control del guerrero impecable sobre sí mismo, una vez alcanzada la totalidad de sí mismo.

Desconozco cómo actúa la medicación en un esquizofrénico en cuanto a las voces, lo que sí parece cierto es que no las controlan de forma absoluta, no las extirpan de raíz. Sé que algún esquizofrénico que estaba tomando medicación continuaba oyendo voces, según me dijo, aunque la intensidad de las mismas había disminuido mucho, haciendo más fácil controlarlas, como si estuvieran en un segundo plano, como murmullo de fondo.  No es una maravilla pero es lo que hay en estos momentos, cualquier medicación que ayude al control de las voces debe ser bienvenida, aunque si pare ello te duermen, disminuyen tu vitalidad y te hacen vivir al ralentí, entonces está claro que estamos pagando un alto precio por ello.

Para mí no fue fácil dejar de escuchar las voces o al menos poder controlarlas para que no me desequilibraran de tal forma que me resultaba imposible mantener una vida normal en el día a día. Nunca me pondría como ejemplo a seguir puesto que no soy esquizofrénico y ninguno me ha contado sus experiencias con las voces, para que yo pueda calibrar hasta qué punto se parecían a las mías. En mi caso los ejercicios de yoga mental, ciertas técnicas de control mental y sobre todo la filosofía del guerrero impecable me ayudaron a que las voces dejaran de molestarme hasta casi desaparecer en los últimos tiempos. Este logro ha estado unido al control del tercer ojo y de ciertas experiencias mentales y oníricas, casi podría trazar una línea roja a partir de la cual, si la traspaso, las voces comenzarán de nuevo. Por suerte salvo que me encuentre muy mal y en unas circunstancias muy dramáticas, muy duras emocionalmente, el control de las voces y de todos estos fenómenos que destrozaron mi vida durante tantos años, es algo relativamente sencillo y que no requiere por mi parte un esfuerzo espectacular.

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En el próximo capítulo hablaré de los delirios oníricos, otro fenómeno curioso que se produjo al mismo tiempo que las voces y que llegaron a trastornarme de tal manera que aún hoy tengo que embridar la mente y tirar con fuerza para que no me lleve de nuevo a aquellas espeluznantes pesadillas.

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