DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLVI

24 01 2017

 

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLVI

MIS PRIMERAS NAVIDADES CON MIZI Y ZAPI

No es lo que tenía previsto. Me lo había planteado todo con mucha calma, me trasladaría a cualquier piso o casa, lo mejor que pudiera encontrar, y durante unos meses o un año me dedicaría a buscar la casa de mis sueños. Las mascotas tendrían que esperar ya que no pensaba tenerlas en un piso o en una casa que no reuniera las condiciones. Había pensado en un perrito, un cachorrito de labrador, al que educaría para que viviera como con un hermanito con un cachorro de gatito. Un perrito y un gatito, esos eran mis planes. Como el alquiler del apartamento de Manzanares no caducaba hasta primeros de noviembre tenía unos meses para buscar un paisaje y una casa o piso que me gustara, luego haría la mudanza, poco a poco, con el coche para ahorrarme el dinero del transporte y durante un año, plazo máximo que me había puesto, buscaría una casa que realmente me gustara, con su jardín o su huerto, con un trocito de terreno, que fuera suficientemente amplia para mis libros, vídeos y toda la parafernalia que he ido acumulando a lo largo de la vida. En un año y medio, como máximo, estaría instalado, muy consciente de que el alquiler tiene su lado negativo, te pueden echar cuando a los propietarios les interese. Durante al menos una década me dedicaría a disfrutar de la jubilación, ordenando mis manuscritos, intentando acabar las novelas y relatos que considero más importantes, leyendo todo lo que me queda por leer, disfrutando de la música de forma sistemática, viendo todos los vídeos de documentales y películas que grabé durante años pensando precisamente en disfrutarlos durante la jubilación. Me dedicaría a perfeccionar mi juego ajedrecístico, repasando las partidas históricas más importantes. Viajaría lo que pudiera y cuando el cuerpo y la mente sufrieran un deterioro importante, que me impidiera valerme por mí mismo, buscaría una residencia en la montaña, que me gustara lo suficiente y que estuviera al alcance de mi pensión y me retiraría allí, a esperar la última danza con la muerte.

El hombre propone y Dios dispone, dice el refrán. Las fuerzas poderosas me echaron un cable. Encontré el paisaje y la casa a la primera, no tuve que esperar a que caducara el alquiler porque surgió un inquilino interesado y pude llegar a un acuerdo con el propietario. Comencé a disfrutar de la jubilación a primeros de mayo y a mediados de julio ya estaba preparado para instalarme en mi nueva casita. Inicié una mudanza sin prisas, llenando el coche cada vez que hacía un viaje a la Mancha con las cosas más urgentes e inmediatas. Vivir en dos sitios es un poco esquizofrénico, es como si tuvieras una doble personalidad, una cuando estás en una casa y otra cuando estás en la otra. Debido a una serie de circunstancias en parte que no estaba en mi mano evitar y en parte que yo mismo me busqué con errores idiotas, me preocupaba un poco el dejar el apartamento en unas condiciones aceptables, más o menos limpio y ordenado y todo en el mismo estado en que lo recibí. Para eso tenía que reparar la luz del congelador del frigorífico, que había dejado de lucir sin más (lo mío con los frigoríficos es para hacérselo mirar), la luz del armarito del baño, que no fue culpa mía, pero que no lo puse en conocimiento de la propiedad en su momento por motivos fóbicos, me cuesta mucho hacer estas cosas tan elementales. Luego resultó que el electricista, un hombre mayor y agradable, me cobró menos de lo que pensaba y descubrió que el fallo era muy elemental, aunque no al alcance de este chapucillas. Tuve que quitar yo mismo la instalación de Internet y de la televisión por cable, no fue complicado, pero sí molesto, y entregarlo en la tienda de la operadora más próxima. Es curioso lo mucho que se molestan cuando van a instalarte algo y cómo luego pasan olímpicamente de llevarse lo que han traído.

Fui dejando el empaquetar y limpiar para última hora, y me pilló el toro. La nueva inquilina tenía prisa y en quince días me vi obligado a empaquetar, limpiar, desinstalar Internet, llamar al electricista, mirar a ver cómo solucionar el tema del frigorífico (también se había roto una de las bandejas de plástico que ya estaba mal cuando llegué y que no quise que me cambiaran porque las prisas por encontrar un apartamento tras el divorcio eran prioritarias)y procurar que no se notara demasiado que un Adán como yo había estado viviendo allí durante dos años.

Lo de los gatitos fue también una elección de las fuerzas poderosas. Uno nunca sabe por qué suceden ciertas cosas, hasta que ocurren, o por qué conoce a ciertas personas hasta que con el tiempo descubre que todo tiene una razón de ser. No fui yo quien decidió conocer y ayudar a Mc, una hermana enferma mental, ni tampoco fui yo quien eligió conocer a G. una amiga suya, cuando visité su casa por primera vez para conocer a su madre. Sí fue decisión mía hablarle a G. de mi condición de divorciado buscando una amiga con derecho a roce, pero fue decisión suya hablarme de V. una amiga suya, mormona, con la que tal vez me pudiera entender. Sin que todas y cada una de estas circunstancias se produjeran mis gatitos queridos, Mizi y Zapi, ahora no estarían conmigo. Seguramente habría pasado la Navidad solo y tal vez para la primavera me habría ocupado de buscarme un gatito. Bien mirado cada cosa que nos sucede en la vida es consecuencia de un cúmulo tal de circunstancias que, tanto para lo bueno como para lo malo, hubiera sido muy difícil que se produjera sin que las fuerzas poderosas hubieran contribuido a desbrozar todos los obstáculos.

Lo cierto es que sin yo elegirlo Mc me fue enviada como dice don Juan que el espíritu envía al guerrero a aquellos que deben ser iniciados por él, y a través de ella acabaría recibiendo a mis dos encantadores gatitos, tal vez una recompensa por una modesta contribución a que una hermana enferma mental pudiera ir superando sus crisis durante unos años. Antes tuve que asistir a una reunión mormona y luego a una ridícula sesión de adoctrinamiento por parte de sus dos jóvenes y hermosas sacerdotisas, como narro en otro capítulo de este diario. Nada se consigue sin un pequeño esfuerzo, gracias a ese “esfuercito” ahora vivo en buena armonía con dos gatitos deliciosos y tengo entre mis contactos telefónicos y de wasap a Mc, G. y V. No se puede decir que sean el cincuenta por ciento de mis contactos, porque está Bautista y familia, está mi buen amigo G, están mis buenas amigas rumanas D y M, está mi buena amiga sudamericana E. ahora en Suecia, y a quien pude ayudar un poco con un problema burocrático que hubiera hecho su vida un poco más desgraciada de no haber sido resuelto. Todos estos contactos, además de L. que ya venía de mucho atrás, pero que apareció tras el divorcio como por arte de magia, han sido los que me han felicitado la Navidad y a quienes yo he felicitado. No me atrevería a denominarlos como relaciones de primer círculo, pero sí que están en camino y ahora mismo son todo lo que tengo.

Ya había dado por perdida la fianza del apartamento de Manzanares cuando decidí que era mejor que la propiedad se encargara de todo, así me libraría de algunas complicaciones y de asumir y responsabilizarme de algunos errores idiotas que cometí por lo mal que estaba y por lo tonto que soy. Empaqueté, limpié lo que pude, perdí la fianza y llegué a un acuerdo con el hijo de Bautista para que me hiciera la mudanza de lo que restaba en su furgoneta. Decidí que era el momento de llevarme también al gatito que me había ofrecido V. Cuando fui a recogerlo ella me comentó que por favor me llevara los dos que le quedaban de la camada, puesto que el resto los había entregado a otras personas. Me dijo que eran dos hermanitos que se llevaban muy bien y que sería una pena separarlos. Esta fue también una sabia decisión de las fuerzas poderosas, refrendadas por mi decisión de guerrero impecable. En un principio yo solo quería quedarme con Mici, porque parecía más cariñoso y también tenía más prestancia, al contrario que Zapi, con su cola quebrada y su divertido caminar, mirado desde atrás, como una especie de Charlot gatuno. Una o dos noches antes yo había soñado con una preciosa mamá gatita que me miraba con ojos casi humanos y que parecía decirme que no le arrebatara a sus niños. Yo la consolé diciendo que los cuidaría muy bien y que podía estar segura de que nadie les daría más cariño que yo. Fui impactante comprobar que la gatita de mis sueños era la mamá de Mici y Zapi. Sentada sobre la mesa del comedor me miraba como me había mirado en sueños y yo le repetí, telepáticamente, lo que ya le había dicho, que sus niños iban a ser muy felices conmigo. Lo malo fue que solo me había preocupado de comprar un transportín para un solo gato, junto con el comedero, bebedero y algún juguetito.

Fue muy duro para mí arrebatarle a la mamá a sus niños, encerrarlos juntos en el transportín y llevármelos en el coche al apartamento. Hay quienes creen que los animales son una especie de juguetes mecánicos, como relojitos programados, que se guían por sus instintos y que están hechos para que los humanos nos alimentemos de ellos o nos sirvan de compañía, una compañía paupérrima y mecanicista, como un robotín de juguete. Como aspirante a buda impasible y a guerrero impecable, para mí los animalitos son como personitas, por debajo de nuestra escala evolutiva, por debajo de la estructura espiritual, aunque no tanto como pensamos, y con quienes es un poco más complicado comunicarse, aunque no tanto como algunos creen, porque carecen de nuestro lenguaje y porque su consciencia, la chispita divina que han recibido, les ha reducido a unos límites que para nosotros son más amplios, aunque no tanto como nos gustaría creer. El universo es mental, dice el Kybalión, y yo me lo creo, todos formamos parte de una mente cósmica, universal, en la que está todo lo existente, es una entidad impersonal y como tal no podemos esperar de ella que se comporte como se comporta una persona. Por encima de ella hay otras entidades y al final del camino está el círculo perfecto de la trinidad divina. Todo en el universo tiene su parte de consciencia, su chispita divina, incluso la materia, los minerales. Aún recuerdo con pasmo aquella experiencia onírica en la que pude ver una pared de mi cuarto como un conjunto sólido de innumerables partículas vibrando de una forma espectacular y lo que sintió mi cuerpo de luz, mi cuerpo astral, al atravesarla. Fue una experiencia impactante que me hizo comprender el huevo de luz del que le habla don Juan a Castaneda –lo que somos los humanos- y las emanaciones del Águila o de la mente universal que son las que crean todo lo que nosotros consideramos existente. Todo es un conjunto de partículas subatómicas vibrando y lo que consideramos externo a nosotros, una realidad diferente, no es otra cosa que partículas que están fuera de nuestro huevo luminoso, fuera de los límites en los que ha sido atrapada nuestra consciencia, pero que muy bien pueden llegar a formar parte de nuestra individualidad, como les sucede a los alimentos tras un periodo de digestión, que llegan a formar parte de nuestro cuerpo físico, o como ocurre cuando el nagual brota y supera los límites de esa especie de capa vibratoria que nos separa de todo el resto del universo. La experiencia mística en realidad no es otra cosa que darnos cuenta de que la supuesta individualidad, de que la capa personal que nos separa del resto no es otra cosa que partículas subatómicas vibrando que bien puede vincularse con el resto de partículas siguiendo la teoría de la vinculación de Milarepa. Y ahora me acuerdo de que le debo a Milarepa proseguir con su teoría de la vinculación, conforme me advirtió en su mensaje navideño. Es curioso porque este año pensaba que no habría mensaje navideño ni carta de Milarepa. Mi estado de ánimo me incapacitaba para servirle de instrumento, y sin embargo bastó el impulso de ponerme ante el ordenador, posar las manos en el teclado y todo el texto surgió de forma espontánea y sin detenciones para reflexionar. Algún día espero conocerte, Milarepa, y me explicarás todo este curioso proceso que llevo viviendo desde hace años.

En el capítulo anterior hablaba de mi experiencia mística con Mici. Fue una noche, tumbado en la cama, antes de apagar la luz y disponerme a dormir. Mici se puso sobre mi pecho, sentadito con su peculiar postura gatuna, su culito aposentado a la altura de mi corazón, y allí se quedó, mirándome con sus increíbles ojitos. Yo estaba mal, deprimido, hastiado de tanta soledad, comenzaron las vibraciones en mi cabeza, precursoras de experiencias telepáticas y de otros fenómenos que me aterrorizan. Entonces sentí con total intensidad la personalidad de Mici, creí percibir su reproche por haberles separado de su mamá. Y sin poder evitarlo comencé a hablarle vocalizando las palabras, luego me callé, pero mi mente siguió explicándole lo que es la vida gatuna sobre la tierra y que ellos también, lo mismo que nosotros, debían aprender sus lecciones, tal vez porque estaban destinados en el futuro a formar parte de alguna civilización inteligente, cuando elevaran su consciencia un grado más. Mientras tanto nosotros éramos sus tutores, una mierda de tutores, todo sea dicho, que se los comen o los maltratan como si fueran piedras que uno se encuentra en el camino. Le pedí perdón y le prometí que en sueños les llevaría junto a su mamá gatita, para que pudieran sentir su cariño y pudieran decirle que conmigo no estaban tan mal. También le pedí perdón a su mamá y los límites, las fronteras, entre mi personalidad y las suyas, entre mi individualidad y todo lo existente, pareció desvanecerse. Si esto no es una experiencia mística debe ser algo muy parecido. Desde entonces creo que puedo hablarles mentalmente y que ellos me entienden. No he dejado de hacerlo.

Esto me hizo recordar la novela de Lobsang Rampa, Mi vida con el lama, en el que una gatita siamesa nos cuenta su vida. Comencé a releerla días después. También me hizo recordar el episodio del coyote y Castaneda, cuando éste, tras una experiencia con el peyote, creyó haberse encontrado con un coyote y hablado con él. Resulta muy divertido cómo luego trata de razonar con don Juan intentando explicar que la experiencia había sido debida a los efectos de la droga y que el coyote en realidad podía ser una entidad invisible, un aliado, que había adoptado la forma de un coyote, o que su mente se había trastocado y había vivido una alucinación. Don Juan no deja de troncharse de risa tras cada explicación. Luego recapitulará todas sus enseñanzas, su iniciación, al final de “Relatos de poder”, antes de darle la explicación de los brujos. También recordé la saga de novelas de ciencia-ficción que había leído durante el año, La rebelión de los pupilos, de David Brin, en la que algunas especies animales, que han sido “elevadas” hasta conseguir que sus cerebros se equiparen con los humanos y puedan comunicarse con ellos y entre sí, participan en un viaje espacial con una nave que comparten todos. La saga se compone de varias, novelas, no sé ahora si son cinco, y en ellas podemos ver cómo los “pupilos” acaban rebelándose contra sus tutores que aún siguen contemplándoles como escalones inferiores en la evolución. Recuerdo que la lectura de esta saga me impactó por lo que suponía de poner en su sitio el maltrato animal y el terrible error histórico que supondría, y ha supuesto, tratar a quienes nos fueron encomendados como pupilos para ayudarles en su evolución, como simple carne para llenar nuestros estómagos, como competidores sin sentido en un planeta que siempre hemos creído nuestro. Pero es algo que la humanidad repite y repite a lo largo de su historia, las mujeres no tienen alma, decía Aristóteles, y ahora nos sorprendemos de que no se pueda erradicar la violencia de género, tras siglos de esclavitud en todos los sentidos. Los blancos han tratado así a las personas de raza negra, convirtiéndoles en esclavos, como animales de tiro, los hombres a las mujeres, los adultos a los niños, los normales a los enfermos mentales, los sanos a los enfermos, los listos a los menos listos, los poderosos a los menos poderosos, los verdugos a las víctimas. En realidad, por muchas vueltas que le demos, la raíz de todos estos conflictos está en la incapacidad de ver la chispa divina en los demás. Una mujer no puede tener chispa divina, ni tampoco un negro, ni un niño puede decidir de acuerdo a la chispa que hay en su interior, ni los enfermos mentales, que parecen haber sido privados de esa chispa, ni este, ni aquel, ni el otro, y así llegamos a la gran raza aria nazi que ve como lo más natural terminar con todos los que no se le parecen, el genocidio es la más espantosa de las blasfemias, la negación de la chispa divina que hay en el interior de todo lo existente, humanos y animales, vegetales y minerales. Algún día tendremos que pedir perdón a los animales que hemos masacrado, como a las mujeres, a los niños, a los enfermos mentales, a los discapacitados, a los enfermos, a las víctimas de la violencia y el genocidio. Algún día todas las víctimas, como corderos, se presentarán ante el Padre y los verdugos serán obligados a pedir perdón o acabarán fuera, en la soledad fría, rechinando los dientes. Todo os será perdonado, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada. Esa blasfemia no puede ser otra que no respetar y querer a la chispa divina que hay en el interior de todo lo existente.

Recordé ese episodio mientras vivía la experiencia con Mici. Luego esa noche tendría el sueño de los gnomitos que tengo cuidadosamente anotado. Los cuerpos de los gatitos eran de luz, pero en vez de estar situados verticalmente en el espacio, como los nuestros, lo estaban horizontalmente. Sus cabecitas eran muy grandes, exactamente unas cabecitas gatunas, pero tenían forma antropomórfica, me recordaron a unos gnomitos graciosos. Lo que más me sorprendió fue que Zapi parecía una personita mayor, tal vez un gnomito de unos cincuenta o sesenta años humanos. La expresión de su rostro destilaba la sabiduría de un anciano. Por el contrario Mici era como un niñito juguetón y divertido. Tuve la sensación de que formaban pareja esotérica, es decir, Zapi era el maestro gatuno y Mici el discípulo. Les he observado desde entonces y me he llevado una gran sorpresa, porque Zapi, que parecía el más huraño, el más rebelde, se transformó el más cariñoso, el más serio y pausado, en cambio Mici, que parecía el más cariñoso, se distanció. Zapi actúa como jefe de la manada, como macho alfa, come el primero, es el que toma las decisiones en sus aventuras, como subir el primero al árbol del jardín, y hasta llegó a ronronearle de forma agresiva a Mici cuando intentó arrebatarle un trozo de sardina o de lo que fuera que les había dado, ya no recuerdo. Toda su conducta se adecúa muy bien a su presunta condición de gnomitos, Zapi el anciano sabio, y Mici el niño juguetón y travieso. En el sueño yo iba con ellos por pasadizos subterráneos, era un humano, que pretendía ayudarles en una especie de extraña guerra de razas invisibles, algo así como las que se cuentan en las novelas de fantasía. Tal vez escriba algún día esa novela, una idea muy buena para una novela de fantasía, tal vez el género que más me cuesta y el que menos he cultivado hasta ahora. También pienso escribir unos relatos infantiles basados en ellos, las aventuras de Mici y Zapi, o algo por el estilo.

Pero antes de llegar a esa experiencia mística tuve que pasar el calvario de verles sufrir. Si bien lo pasaron muy bien jugando con las cajas de la mudanza, como si estuvieran en un parque infantil, en Disneyworld o algo por el estilo, todo les parecía sorprendente y propicio a juegos creativos, no por ello dejaron de maullar lastimeramente, supongo que llamando a su mamá. Luego el viaje fue terrible, un error imperdonable por mi parte, debí haber comprado otro transportín y haberme informado mejor por Internet para los viajes de gatos. Sus maullidos durante el viaje me traspasaron el corazón y solo pensaba en llegar, en llegar cuanto antes y en soltarlos en el jardín. Con el tiempo he comprendido que pueden ser muy ladinos con sus maulliditos que parten el corazón, para conseguir una sardina de lata que estoy comiendo, o un trozo de jamón, o un langostino, o lo que sea, incluso para que les abra la puerta para salir al jardín. Si les hiciera siempre caso me convertiría en su esclavo, tengo que educarles, como a niños mimosos, y de hecho lo estoy consiguiendo, ya me dejan escribir al ordenador sin necesidad de esperar a que estén dormidos, por ejemplo.

Estas fiestas les ofrecí una comida especial, sardinas fritas, que para mi sorpresa no les gustaron tanto como los langostinos con cáscara, no tanto si se los pelaba. Por suerte me salieron abstemios, quise ofrecerles un chupito de cava para que se contentaran un poco antes de poner música e intentar bailar con ellos, pero olieron el licos y no lo quisieron probar. Luego Mici se marchó al jardín en nochebuena, aprovechando que me había dejado la puerta entornada, con la esperanza de que cayera algún copo de nieve, y regresó cuando yo me había bebido la botella entera y andaba contento y tropezón. Decidí ver una película y curiosamente fui a topar con París-Texas de Winders, en mi almacén de películas grabadas que guardo en un disco externo. La recordaba como una película que me había impresionado mucho, y no sabía por qué. Lo supe cuando la vi. Extraordinaria historia sobre la relación de su pareja y su hijo. Me hizo pensar en el divorcio y en la relación con Sara y acabé echando unas lagrimitas.

Estas fiestas he comido demasiado, una pierna de cordero para nochebuena y Navidad y un chuletón para Nochevieja y año nuevo. Le prometí a Milarepa que me pensaría lo de hacerme vegetariano tras la experiencia mística con Mici, pero soy tan débil que me doy asco. Algún día lo conseguiré. La compañía de los gatitos me ha ayudado mucho a vivir estas fiestas, solitarias, tristes, melancólicas, recapitulatorias. No han sido tan malas como pensaba, aunque tampoco tan buenas. No cayó la nieve que esperaba y decidí no encender la chimenea y beberme el cava mirando la nieve a través de los grandes ventanales del salón. Imagino que volveré a ello, lo mismo que a mis gatitos, para contar la compleja evolución de nuestra relación.

REENCUENTRO CON SARA

Me pasé todas las fiestas pensando en el reencuentro con Sara, me lo había prometido, pero no las tenía todas conmigo. ¿Se echará atrás? Es una mujer de carácter, con pocas dudas cuando toma sus decisiones, pero sé muy bien lo difícil que resulta reconducir una relación rota, comenzar de cero. Al final se produjo el reencuentro, por suerte antes de su viaje al extranjero que posiblemente sea una encrucijada importante en su vida. Ocurrió hace unos días y para mí fue una experiencia conmovedora. La noche anterior apenas pude dormir y me preguntaba qué me estaba pasando, sencillamente no quería admitir que el reencuentro era una experiencia muy emotiva. Luego cuando llegué a casa, por la noche, me sentía muy desequilibrado emocionalmente, muy impactado. Ha sido una gran lección de la enorme dificultad que supone reconducir una relación hacia el primer círculo cuando hemos dejado de pertenecer a él, bien por haber sido expulsados o simplemente porque las circunstancias de la vida así lo han querido. No puedo decir mucho más porque le he prometido discreción en este diario respecto a su persona. Tampoco subiré fotos porque no le he pedido permiso y me cuesta hacerlo, intuyo lo que supone para ella en el terreno emocional.

Ahora queda lo de la venta de la casa, para que lo que fue mi pasado quede atrás y pueda reiniciar una nueva etapa en mi vida. Sé que antes o después tendré que hacer una seria, prolongada y serena recapitulación de mi vida en Manzanares tras el divorcio, pero aún no estoy preparado. También debo recapitular un poco sobre todas las facetas de mi vida, salud, evolución espiritual, soledad, mis proyectos sobre las novelas, lo que he leído, lo que me queda por leer, mi vida cultural, ahora que tengo tiempo para leer, escuchar música, ver cine, y hacer todo aquello que fui dejando pendiente durante mi vida laboral.

La soledad sigue siendo mi gran obstáculo como guerrero impecable, pero he mejorado mucho. Es como aprender una intragable lección de matemáticas cuando odias las matemáticas. Con el tiempo y tras darle muchas, muchas vueltas, acabas por encontrarle algún sentido, incluso su aspecto lúdico, incluso la parte de la ecuación de la vida que nunca pudiste comprender y que ahora parecer estar mucho más clara, formar parte de la respuesta sobre el misterio de la vida. Un guerrero impecable acepta que la vida es un misterio, que nunca lo podrá desentrañar, pero a pesar de ello no dejará de intentarlo hasta su muerte. Un guerrero impecable es humilde porque sabe que el misterio de la vida lo supera. Un guerrero impecable trata de armonizar el terror de estar vivo con el prodigio de estarlo.

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