EL LOCO DE CIUDADFRÍA VIII

31 01 2017

 

-¿Qué hice? Humillarme hasta transformarme de insecto en gusano. Repté por el suelo hasta llegar a la puntera de sus zapatos, desde allí alcé mis ojos suplicantes, humildes hasta el vómito, y les dije lo que llevaban tanto tiempo deseando escuchar: “Sí, amados cuerdos, generosos normales, he decidido abandonar mi huelga de hambre. Y no lo hago porque os considere más fuertes y poderosos, sino porque he descubierto que estaba equivocado, que mi actitud procedía del demonio tentador, del orgullo satánico, de la testarudez del loco, de la irracionalidad del demente, del rugido de la bestia, de la obcecación del buey atado al yugo.

“Sí, amados cuerdos, generosos mortales, he decidido pediros perdón, suplicar de vuestra generosidad, de vuestra sensibilidad, de vuestra humanidad, me concedáis una oportunidad, una última oportunidad, antes de arrojarme a la sentina, de cubrirme de lodo y de mierda, de transformarme en una rata de cloaca.

“Sí, mis muy amados normales, mis adorados y sensibles amigos, he decidido que nunca, nunca, que jamás volveré a rebelarme contra el poder establecido, contra la cordura, la normalidad, lo políticamente correcto, lo verdadero. Nunca volveré a alzarme contra las palabras de leche y miel que brotan de vuestras bocas, contra la palabra divina que os ha sido transmitida de generación en generación. Vosotros poseéis la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Como poseedores de la verdad absoluta os reverencio, os adoro, os rezo, os suplico. Aquí estoy, arrojado a vuestros pies, como un humilde pecador, deseando el perdón y las sagradas aguas bautismales de la penitencia.

-¿Eso hizo que le soltaran?

-Jaja. Es usted un ingenuo. Ni aunque hubiera pasado mi lengua por la suela de sus zapatos, ni aunque hubiera limpiado los vómitos de todo el frenopático a lengüetazos, ni aunque les hubiera subido a un altar y adorado sacrificando animales y quemando su grasa en sus altares, ni aún entonces me hubieran perdonado. Antes necesitaban saber si mis palabras brotaban de un corazón arrepentido o de un loco, émulo de Marlon Brando, que estaba realizando la mejor interpretación de su vida.

“Por supuesto que no me soltaron de inmediato. Con la disculpa de que eso solo podía autorizarlo el psiquiatra, que no estaba en aquel momento, me mantuvieron atado con cadenas veinticuatro horas más. Cuando el joven terapeuta, el dios de la ciencia, aquel mequetrefe que deseaba medrar a mi costa, llegó a su despacho y se enteró de mi cambio de actitud, fue a visitarme y se alegró de corazón de que hubiera empezado a pisar la dulce senda de la racionalidad. No obstante aquello bien podría deberse a la capacidad simulatoria del loco, que con tal de librarse del merecido castigo, es capaz de arrodillarse ante cualquiera. Otras veinticuatro horas lograrían convencerlo de la sinceridad de mi propósito de enmienda. Y cuando estas pasaron necesito un día más para reafirmar su certeza.

“Aquella humillación extra nunca se la perdoné. Estoy seguro de que si hoy día me lo presentaran cara a cara no lograría controlarme lo suficiente para no aferrarme a su cuello y apretar hasta que el morado pasara al pálido cadavérico. Un terapeuta que actúa de esa manera no pretende curar a un enfermo, sino vengarse de él, doblegarle, humillarle hasta convertirlo en su esclavo, en una marioneta que salta y brinca a su voz meliflua de dictador omnipotente.

“Mire… Nunca negaré mi tozudez, mi cabezonería de tauro redomado, mis delirios y utopías de rebelde estúpido, fuera de la realidad. Nunca negaré mis defectos, porque están ahí, a la vista de todos. Pero hay algo que no soy ni seré nunca: una mierda de persona, capaz de lamer cualquier culo del que pueda obtener una ventaja.

“Soy un ser humano que no puede soportar la injusticia sangrante. Que no puede callarse y decir que no está viendo nada, cuando un hermano es masacrado por un poderoso, aunque su poder sea muy relativo y casual, como en esencia son todos los poderes, que se basan en circunstancias que terminan por pasar con el tiempo.

“Soy un hombre muy paciente, como lo he demostrado en reiteradas ocasiones a lo largo de mi vida. Pero esas situaciones en las que un hombrecillo normal y corriente acaba por considerarse un dios, dueño de vidas y haciendas, me acaban superando siempre. La santa cólera estalla como fuegos artificiales y una situación cualquiera, que bien podría haber sido tan solo un pequeño tropiezo, se transforma en un auténtico infierno.

“Lo peor en realidad no es eso, las complicaciones y pequeñas tragedias que me acarrean esos brotes de rebeldía, el típico problemilla que debería resolverse en un tiempo razonable. Lo peor, la secuela que acaba destrozando mi vida, y debido a la cual nunca seré capaz de perdonar a ese tipo de “personajillos” es el rencor que se va acumulando en mi interior. Lo peor es el odio que se pudre en mis entrañas. Que me impide perdonar a quien me han hecho mucho daño. Que me impide relacionarme con normalidad con quienes ni siquiera me han hecho el menor daño, a los que acabo de conocer y que incluso a simple vista me parecen buenas personas.

“Es el gran defecto de carácter por el que estoy aquí, en esta vida, purgando mi karma, e intentado evolucionar hacia un nivel superior de consciencia, hacia una espiritualidad más pura y generosa. Todo, absolutamente todo, desde que tengo uso de razón, ha gravitado alrededor de este agujero negro.

“Mi incapacidad para perdonar me ha hecho perder amigos, mujeres con las que podría haber tenido una relación más o menos satisfactoria; me ha hecho sufrir cuando debería haber sido feliz; me ha convertido en un marginal, cuando tal vez estaba destinado a ser un buen relaciones públicas, a la fama y al laurel. No podría deletrearle ahora todo lo que he perdido en la vida debido a esa absoluta incapacidad para perdonar a quienes me atan con cadenas, me escupen a la cara, me llaman loco, me insultan, me señalan con el dedo, se burlan de cada paso que doy. No puedo perdonar a quienes hablan a mis espaldas, a mi presencia, como si yo no estuviera presente. A quienes se llevan el índice a la sien y se la barrenan, dando a entender que lo mío solo podría solucionarse si alguien, con suficiente valor, me barrenara el cráneo y me sacara con las uñas todas esas neuronas podridas que me convierten en un rebelde, en un loco sin remedio.

“No puedo perdonarles… y puede usted estar seguro de que lo intento. Lo intento una y otra vez, un día tras otro, dormido y despierto… Pero soy incapaz. Me veo allí, tirado en el suelo de cemento, siendo pateado por brutos sin entrañas. Me veo atado con cadenas sobre una cama llena de orines y humedad. Me veo en el aire, a punto de romperme la columna contra el suelo, para después tener que escuchar el aullido inhumano de mi madre. Me veo con cables pegados a la cabeza, como si fuera un electrodoméstico. Me veo como un amnésico que ha olvidado hasta su nombre, que piensa que bien podría ser un asesino en serie lobotomizado.

“Me veo trepando a una torre de alta tensión y colgándome de un cable. Me veo arrojándome a un metro de cabeza. Me veo apretando el cañón de una pistola contra mi sien. Me veo tragándome pilas y monedas para que si al menos no pudiera salir del frenopático, solo posean un cuerpo muerto, como una cáscara vacía. Me veo humillándome ante todo el mundo, halagando su vanidad, intentando pasar desapercibido… no sea que me reconozcan como el loco, como el loco que tantos sumos sacerdotes de la ciencia consideraron como incurable, como irrecuperable.

“Me veo sufriendo angustias infinitas antes de cada intento de suicidio y después de cada intento de suicidio, y en los intermedios entre suicidio y suicidio. Me veo deseando la muerte una y otra vez. Me veo incapaz de salir de casa, por miedo a que los cuerdos me señalen con el dedo. Me veo arrastrándome como un gusano por las aceras, porque soy incapaz de caminar como un hombre después de que algún cabrón me haya llamado “loco”. Me veo sentado en un banco público, esperando a que la fobia pase, a que la manía obsesivo-compulsiva acabe por deshincharse, como un globo pinchado con un alfiler.

“Me veo renunciando a vivir una vida normal, a tener amigos, a mirar a una mujer a la cara, no sea que mi mirada se desvíe hacia sus senos o hacia sus piernas, o la imagine desnuda o…. ¿Quién sabe lo que es capaz de hacer una persona con tal de no tener que relacionarse con aquellos cabrones que le han puesto cables en la cabeza, le han atado con cadenas, le han obligado a comer a través de un embudo insertado en su boca; le han considerado incurable en nombre de la sagrada ciencia y han escrito cartas a mis padres diciéndoles que donde mejor podría estar sería en el monte, con las cabras… Allí no daría guerra, allí el resto de los normales y cuerdos del planeta podrían seguir viviendo sus maravillosas vidas, colgados de la pantalla del televisor, donde se pueden contemplar programas que rebosan “cordura” por todos sus poros.

“No, no puedo molestar a personas tan maravillosas, que se pasan los días intentando ganar dinero para comprarse otro coche mejor y otro piso mejor y unas mejores vacaciones y… Todo lo centran en el puto dinero y a mí me llaman loco, porque yo he intentado descubrir la razón última de las cosas. He intentado descubrir por qué estamos aquí, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Porque no puedo vivir sin saber si hay un más allá del último suspiro… me llaman loco. “Porque para mí una vida sin amor y sin cariño es una mierda de vida. No merece la pena. Por eso me gusta la amistad y el amor y el cariño y la comunicación y la verdad y la sinceridad y la generosidad y la solidaridad y un mundo mejor donde la gente no pase hambre y no se suba a las pateras buscando un mendrugo de pan… Y ellos, los muy cabrones, me llaman loco y me señalan con el dedo por la calle y se burlan de mi hasta obligarme a sentarme en un banco y esperar que pase la fobia y me ven arrastrarme por las aceras, como un gusano, incapaz de mirarles no sea que mi mirada se desvíe hacia su bragueta y me llaman marica o se desvíe hacia sus senos y me digan que soy un mono lujurioso.

“Pero a pesar de verme así, como un gusano al que todo el mundo se siente con derecho a pisotear y enmerdar… a pesar de ello no soy capaz de perdonarles. Soy consciente de que tendría una vida mejor, de que sería más feliz, de que no tendría tantos problemas como tengo, de que… ¡Qué importa! Porque no puedo perdonarles. ¡Maldita sea! No puedo y lo reconozco… Porque cuando intento perdonarles en mi corazón me veo una y otra vez volando en el aire, electrificado, achicharrado, encerrado como una alimaña. Cada vez que intento mirarles a la cara la mirada se desvía, porque les odio, les odio, ¡maldita sea, cuánto les odio! Aunque muchos de ellos nunca me hayan dicho una palabra, aunque ni siquiera me conozcan. Para mí, en el fondo del subconsciente, no dejan de ser aquellos malditos cabrones de psiquiatras que fueron incapaces de darme un abrazo y decirme una sola palabra de cariño que me habría curado. Ellos, estos malditos cuerdos, actúan de la misma manera. En lugar de tenderme la mano, de darme un beso, un abrazo, de decirme una palabra de cariño, me señalan con el dedo y se burlan de mí, de mi incapacidad para andar con normalidad por una calle, de levantarme de un banco cuando quiero y no cuando me deja la fobia, de mi incapacidad para no mirar los senos de una mujer o las piernas, o imaginarla desnuda, porque esa es mi forma de pedir un poco de cariño, de vengarme de cuanto malnacido y cabrón pulula sobre la faz de este planeta de mierda.

“Ellos, los malditos cuerdos, los hijosdeputa de normales, no son capaces de ver más allá de las apariencias. N o pueden ver en mi cabeza cables que me electrocutan cuando miro al suelo y soy incapaz de alzar la mirada. No pueden ver en mi mirada hacia unos hermosos senos de mujer la despedida de un suicida que va por el aire. La más hermosa despedida de la vida que se le ocurre. No pueden ver en mi encierro en el bunquer de mi casa el miedo que como un garfio al rojo vivo se me clava en el subconsciente. Porque yo, el loco, soy también el judío masacrado por Hitler y el niño violado por el pederasta, y la niña que ejerce la prostitución por un pedazo de pan y el negro que viene en una patera, arriesgando su vida y mil vidas, buscando un futuro mejor para sí y para todos los suyos. Y este maldito loco que se sienta en un banco de un paseo y es incapaz de levantar sus posaderas, es también la víctima del terror, de la tortura, del poder omnipotente y omnímodo. Y soy el depresivo, el esquizofrénico, el paranoico, el niño encantador con síndrome de Dawn, el enano primordial, el abuelo con alzheimer, el niño cristal, el invidente de nacimiento, el cheposo, el obeso elefante, la anoréxica esquelética. Y he sido asesinado millones de veces y he sido torturado y he sido violado y he muerto de hambre y sed y nadie me socorrió y sufría de necesidad de amor y nadie me amó y sufría de necesidad de cariño y nadie me besó y me he pasado toda mi vida siendo un maldito loco porque esos cabrones de cuerdos son incapaces de amar al prójimo, de solidarizarse con él, de ser generosos, de ser sinceros, de ser mejores personas. Y esos malditos cuerdos que se burlan de mí, son incapaces de cambiar, y a mí me piden que les perdone y me olvide de cables achicharrándome, de pistolas en la sien, de cables de alta tensión convirtiéndome en fuegos de artificio; de frenopáticos malolientes donde locos sedientos de amor babean sobre el plato de sopa y esquizofrénicos sin otra culpa que el pecado original me han confundido con Napoleón y alcohólicos se han sincerado conmigo maldiciendo de la adicción que les ha hecho perder la familia. Y drogadictos metidos en el lodo hasta las cachas me han mirado con compasión, porque el loco de… es peor que ellos.

“¡Maldita sea! ¡Malditos cuerdos, cabrones, hijosdeputa! Han destrozado mi vida con sus dogmas sabihondos, con sus burlas, con su malsano ejercicio del poder, con su hipocresía repugnante… con su…. ¡Y aún se atreven a llamarme loco!
“¡Malditos sean ellos y sus descendientes hasta la última generación! Puede que nunca consiga perdonarlos y superar mi locura y mi fobia y mis manías obsesivo-compulsivas. Pero pueden estar seguros de que ellos no son mejores que yo. No, no lo son…

El loco estaba fuera de sí. Su discurso era aterrador. Aún más lo era la expresión de su rostro y sus ojos fijos en la pared de enfrente. Y sus temblores y su mano aferrada al vaso que lanzó contra la pared con un golpe seco y espantoso. El suelo se llenó de cristales y el loco se puso de rodillas sobre ellos y comenzó a darse cabezazos contra el parquet, sembrado de diminutos cristales puntiagudos. Los atropó y juntó sus manos con tal fuerza que hilos de sangre comenzaron a brotar de sus palmas.

Yo no sabía qué hacer. Pensé en marcharme corriendo y en dejarle allí, solo y loco, pensando en la muerte y maldiciendo a todo el género humano. Pero sus palabras terribles, sus maldiciones, me retuvieron. Yo no sería uno de aquellos malditos cuerdos. Yo me quedaría allí con él, hasta el final, sucediera lo que sucediera….

Y allí me quedé, en lugar de salir huyendo como un maldito cuerdo… algo que debí haber hecho sin la menor vacilación. No obstante sus maldiciones y amenazas contra todo el universo cuerdo, y sobre todo, el miedo a que se hiciera realmente daño, me retuvo allí, de pie, paralizado, bloqueado, incapaz de generar un solo pensamiento coherente. Confieso que mis contactos con locos o con la misma locura no dejan de ser meramente literarios. Nunca he visto actuaciones estelares de locos en directo. Hasta aquel momento no tenía ni idea de cómo es la violencia de un loco cuando pierde el control. Ahora lo sabía, pero no era capaz de asimilarlo. Durante varias horas había convivido con un supuesto loco, cenado en su casa, escuchado su conversación perfectamente coherente y hasta narrativamente interesante. Nos habíamos bebidos las dos botellas de vino, estábamos dando buena cuenta de la botella de whisky y lo cierto es que nuestras cabezas no regían muy bien. Ambos estábamos borrachos, sin paliativos ni matizaciones de ningún tipo. Deben agradecer a mi buena voluntad y generosidad que reproduzca aquella primera entrevista debidamente editada y corregida, porque si lo hiciera con absoluta literalidad nos encontraríamos ante un diálogo de borrachos, ininteligible en muchos momentos, con sus carraspeos, vacilaciones y habla gangosa, típica de los tomados por Dionisos.

El loco se trababa a veces, parecía hundido en tétricos pensamientos, de los que lograba zafarse a veces, como un náufrago que asoma su cabeza por encima de una determinada ola. En otros momentos la euforia del alcohol le hacía gesticular, su voz se animaba y su rostro cambiaba de expresión, alegrándose como si le hubiera propuesto rematar la noche en una discoteca, donde le serían presentadas chicas fáciles. Por lo que a mí se refiere la borrachera me tuvo al borde de las lágrimas en ciertos momentos, como un espectador habitual de culebrones televisivos, y en otros me sentí malhumorado, presto a levantarme del sofá y salir de allí para no regresar nunca.

Fue en aquel momento, después de que el loco estampara la copa contra la pared, y la borrachera se aliviara ante una salida tan imprevista, cuando me sentí atrapado en una encrucijada de caminos, todos con muy mala pinta. Me maldije mentalmente por mi estupidez (lo que me facilitó una perspectiva nueva y más moderada de sus maldiciones), por haberme dejado atrapar por la curiosidad morbosa de entrevistar al sujeto. Lancé improperios contra mi esposa, la pobre, que no tenía culpa de nada, como provocadora de aquella dramática situación. Había escuchado toda la perorata del loco, cargada de retórica, megalómana, muy propia del loco profeta apocalíptico que empezaba a entrever en su personalidad. Me pregunté si el mesiánico discurso que me acababa de endilgar no sería propio de una mente psicótica en pleno delirio. Su deseo de hacer llover rayos sobre toda la especie humana, su ruego para que todos los cuerdos fuéramos partidos por la mitad, demostraba bien a las claras su incapacidad para sobrevivir en un mundo que no acepta berrinches infantiloides. Sentía una gran curiosidad por conocer detalles de aquellos supuestos intentos de suicidio que acababa de mencionar en su discurso. También me interesaban sus maldiciones, si en realidad creía en ellas o solo las utilizaba para poner los pelos de punta al personal. Imaginé que ya habría tiempo de mencionar aquellos detalles y muchos otros, si lograba salir con vida de aquella primera entrevista.

Me sorprende cómo pudieron pasar por mi cabeza tantas ideas en el corto espacio de tiempo que empleé en saltar como un muelle desde el sofá, donde había escuchado sentado toda la conversación, hasta quedarme allí de pie, sin saber cómo actuar. El camino más fácil era el del pasillo hasta la puerta, sin embargo no lo elegí –nunca sabré la razón- el otro me hizo presenciar sus aparatosos cabezazos contra el parquet. A pesar de sangrar por la frente su cabeza parecía demasiado dura para romperse por algo tan nimio. Estrujó los cristales entre sus palmas hasta lograr que de sus manos corrieran hilillos de sangre.

Finalmente se tumbó en el suelo, adoptó la postura del feto en el vientre materno y comenzó a sollozar histéricamente. Fue entonces cuando me atreví a dar unos pasos. Me situé a su lado hablándole como a un niño enrabietado. Que resultaba imperdonable su falta de control. Que no era para tanto. Que todo en esta vida tiene solución, menos la muerte… Yo mismo me encontraba tan ridículo que me callé. Me arrodillé a su vera, puse mi mano en su hombro y así permanecimos largo tiempo, como una Pietá de Miguel-Angel, agiornata para ser adaptada a nuestro mundo contemporáneo.

La escena que acababa de presenciar era muy propia de una cutre película de terror. La imagen de un ridículo santón, sangrando por cabeza y manos, mientras maldecía a todo bicho viviente e invocaba a todos los demonios del infierno para que se llevaran a los malditos cuerdos, asaltó mi mente con fuerza inusitada. Les aseguro que no es lo mismo ver películas que presenciar estas escenas en vivo y en directo. El loco no era un pésimo actor interpretando un detestable guión, sino una persona que estaba sufriendo una terrible crisis que bien podría llevarlo hasta las puertas de la muerte. Era preciso hacer algo. Sí, claro que era mi deber ayudarlo… pero cómo. El llanto me tranquilizó bastante. Es mano de santo contra la cólera y la violencia. ¡Qué llorara todo lo que quisiera, con tal de librarme de su santa cólera de profeta apocalíptico (ridículo apocalipsis, sin duda, pero apocalipsis al fin y al cabo) y de su imprevisible violencia!

Necesitaba un trago con urgencia. Eso me hizo reaccionar. Escancié el resto del contenido de la botella en mi vaso y me lo eché al coleto. Trasegué todo el licor casi sin respirar, notando cómo el agua de fuego bajaba por mi gaznate, hasta llegar al estómago, dejando en su camino regueros de llamas. Sin transición los vapores subieron hasta mi cabeza, emborrachando las pocas neuronas que aún quedaban sobrias. Regresé al sofá y me senté. Sin saber por qué comencé a reír histéricamente. Mi risa terminó antes que su llanto.

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