DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLVII

27 02 2017

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLVII

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MI PRIMER INVIERNO EN SORIA

Ha sido mucho mejor de lo que esperaba. Claro que los inviernos ya no son lo que eran, como dice todo el mundo. Apenas un par de nevadas, si se las puede llamar así, que no llegaron a dejar en el suelo ni una capita de nieve de unos centímetros de nada. Ha hecho frío, especialmente durante las olas de frío, hasta llegar a los once bajo cero, pero no ha sido el frío que me esperaba, la sensación térmica ha sido menor que en León, o al menos es el recuerdo que tengo porque hace ya muchos años que no voy por allí. Lo he podido pasar tan pimpante con un nórdico que compré por Internet y unas horas de calefacción, no todos los días, y nunca por las noches.  Encendí la chimenea tres veces, una para probarla y otras dos con las nevadas. Me bebí una copa de vino, un Ribera, mirando por la ventana del salón la nieve, como me había prometido, mientras la chimenea reflejaba una luz rojiza que atraía mucho a los gatitos.

UN DÍA EN LA VIDA DE UN ENFERMO MENTAL…JUBILADO

Creo que me resultará más sencillo hilvanar los recuerdos si me centro en lo que hago habitualmente un día cualquiera. Solo tendré que matizar y añadir detalles puesto que todos los días son iguales, haga sol o esté nublado, llueva o nieve, sople una buena ventolera o todo esté tranquilo y calmo como un paisaje hibernado.

Desde siempre me imaginé que cuando me jubilara dormiría muchas, muchas horas y me levantaría muy tarde. Tal vez se deba a mis peculiares biorritmos, pero la mañana es para mí el peor momento del día. También lo achaqué al peculiar ciclo energético del enfermo mental. Luego a lo bien que lo pasaba en sueños, fueran estos idiotas o terribles pesadillas, pero lo he ido descartando conforme comencé a anotar todos los días los sueños, hace ya bastante más de una década. Sigo disfrutando de los sueños pero no he conseguido encontrar en ellos esa puerta mágica al más allá, a otra dimensión, ni tampoco ese control que me permita programar sueños a gusto y gana, especialmente sueños eróticos. Sin embargo los gatitos han demolido esa tonta fantasía. Observo que los gatos duermen mucho, especialmente cuando son pequeños, se pasan el día durmiendo, sobre todo cuando no tienen nada más interesante que hacer o no encuentran esos divertidos jueguecitos que tanto les gustan. Han despreciado todos los juguetitos que les compré y se divierten mucho más con un tapón de botella que ruedan por el suelo, jugando a una especie de futbito gatuno, o desplumando el plumero como si fuera un pájaro o olisqueando por todas partes. He aprendido mucho de ellos, esa facilidad para dormirse a cualquier momento del día, con una facilidad portentosa, solo tienen que encontrar la postura adecuada, y la encuentran pronto, su lugar favorito,  y se duermen como bebés, luego pueden despertarse con cualquier ruido o simplemente para cambiar de postura. Se estiran con esa maravillosa postura gatuna que también es una postura de yoga físico, elevando la espalda, la chepa y estirando los patitas, luego bostezan un poco abriendo su boquita, dan unas vueltas sobre sí mismos, encuentran la postura que buscan y se duermen en un plis plás. Me acabo de acordar que aún no he comenzado el relato que me he prometido, Las aventuras y desventuras de Mici y Zapi, un cuento para niños…grandes. Tal vez se deba a que siempre retraso todo acontecimiento que conlleva una fuerte intensidad emocional, lo voy retrasando hasta que me produce más molestias el pensar siempre en ello que en hacerlo. Como decía los gatitos demolieron mi fantasía de jubilado. Se despiertan apenas hay un rayo de luz, sino lo han hecho antes, y ya no paran quietos. Antes, al principio, iniciaban su consabida sesión de lametazos. Les gusta especialmente el párpado, quizás por lo suave de su piel. Lamen y lamen hasta que decido que es mejor despertar de una vez y levantarse que soportar esa sesión más tiempo, un tiempo impredecible, puesto que por las noches hasta se quedan dormidos lamiendo, resulta simpático observar su lengüita moverse en el aire cuando están dormidos y yo he retirado mi cara o mis manos. Al principio solía remolonear un poco antes de bajarme de la cama, hubo días que a las ocho y media o nueve ya estaba trasteando un poco. Hace algunas semanas he descubierto que si les abro la puerta del jardín salen a dar una vuelta y yo puedo regresar a la cama a dormir otro rato, cuando lo consigo, hasta las diez o las once.

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Lo primero que hago al levantarme es tomar el cuaderno grande de sueños y anotar los sueños de la noche con una de mis dos plumas, baratas y que tengo que lavar con agua cada poco para que la tinta circule. Cada noche me levanto tres o cuatro veces como mínimo a orinar. Debe ser la próstata que hace años un urólogo me dijo que estaba crecida pero eso era normal para mi edad. Fue una experiencia absolutamente insólita, desconocía los efectos de un tacto rectal para saber cómo está la próstata. De haberlo sabido hubiera elegido a una uróloga, porque el orgasmo está servido, te pongas como te pongas. El hecho es que sea la próstata, la vejez o la gordura, y aunque no beba nada antes de irme a la cama, es imposible que duerma toda la noche de un tirón como fue el caso la mayor parte de mi vida. Esto tiene sus ventajas para recordar los sueños, aunque rara vez recuerdo los que tuve antes del primer despertar, porque no los anoto al momento, espero al despertar definitivo. Si consigo titularlos es más fácil que los recuerde como digo en el manual del perfecto soñador. Poner título a un sueño nada más despertarte y recordarlo supone una alta posibilidad de que lo recuerdes cuando vas a anotarlo. La anotación de sueños matinal me lleva un tiempo, no solo anoto los sueños que recuerdo, sino los acontecimientos del día anterior que han podido influir en ellos, una especie de diminuto diario que luego me sirve para saber qué ocurrió tal día de tal año. Ahora hasta anoto el tiempo, si el día está despejado o nublado, si está lloviendo o sopla fuerte viento.  Suelo anotar también las conversaciones telefónicas con mis amigos enfermos mentales con los que mantengo una relación habitual, o si he recibido una consulta a través del blog, mi estado de ánimo para supervisar cómo puede ir evolucionando una posible depresión, y sobre todo cómo veo el futuro. No puedo evitar recapitular el pasado en el estado de duermevela que precede al despertar definitivo. El pasado se lanza sobre mí y clava sus dientes afilados. Solo las técnicas de yoga mental que he aprendido a manejar, me permiten soportarlo, y cuando no es posible decido que ese momento angustioso me puede servir como recapitulación.

Al principio los gatitos no me dejaban escribir con tranquilidad, tenían que olisquear qué estaba haciendo o aposentaban su culito sobre el cuaderno y tenía que empujarles con delicadeza. Ahora suelen estar dando su paseo matinal y puedo escribir con total tranquilidad. Una vez terminada la anotación decidía ir al huerto, a dar unos azadazos, para limpiar las malas hierbas y prepararlo para la siembra, como me aconsejó Bautista. Hacer un poco de ejercicio cuando hace un frío que pela, viene muy bien antes del desayuno. Luego comenzaron las heladas y la tierra del huerto se endureció como el cemento.  Ahora me limito a subir la trapa de la cochera y sacar el arenero de los gatitos para amontonar sus excrementos en el montón de estiércol que ya había. Espero que me den unas buenas hortalizas.

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El desayuno nunca fue mi comida favorita, y aunque ahora podría hacer un desayuno inglés, con huevos, beicon y demás -nadie me lo impide y mi gordura me importa un pito, teniendo en cuenta que ya he renunciado definitivamente al sexo, lo que me ha costado un… podría hacer un chiste fácil con esta expresión vulgar, pero el que esté solo no debe hacerme zafio- me limito a mi desayuno clásico, kéfir de leche o té o leche con café descafeinado, unos cereales, alguna galleta de fibra o cuando me doy el capricho, un cruasán untado con margarina anticolesterol y mermelada de naranja amarga. Muchos días, cuando he comprado, me doy el capricho de un zumo de naranja natural. Eso es todo. Los gatitos han aprendido que no hay nada en el desayuno que les pueda gustar.

Nunca fumé por las mañanas, pero con la jubilación no me puedo resistir a fumarme un pitillo después del desayuno, siempre en el porche, sentado a la mesa de jardín que hay allí, llueva o diluvie, haga calor o un intenso frío, no importa. Fumo mirando la montaña de enfrente, la naturaleza, y aún medio dormido no puedo evitar que el pasado regrese, son los peores momentos del día, el despertar y el abotargamiento tras el desayuno. Nunca he fumado dentro de casa, a pesar de que ahora estoy solo y esta es mi casa, tal vez se deba a la rutina establecida durante el matrimonio y la vida familiar. Siempre reconocí el derecho de los demás a no tragarse mis humos, aunque tuviera que salir a dar un largo paseo hasta encontrar un sitio solitario. El tabaco es una adicción que asumo como un defecto de carácter. Me llamó la atención, estudiando los chakras, que esta adicción tenga mucho que ver con la falta de desarrollo del chakra garganta, no está abierto, tiene problemas y se producen determinados problemas físicos y de conducta. Comencé a fumar bastante tarde, tal vez a los treinta años, cuando iba de pub y discotecas con un amigo que me ofreció tabaco cuando notó mi nerviosismo en las discotecas, mirando a las chicas. Acepté debido a su insistencia y fue una decisión tonta que tal vez me pase seria factura ahora. Nunca fumé mucho, no más de medio paquete diario, y eso en los peores días. Durante determinadas etapas de mi vida llegué a fumar tan solo cuatro o cinco pitillos al día. Podía haberlo dejado, creo que tengo voluntad suficiente para hacerlo aún hoy, pero nunca quise hacerlo. Cuando sufría serias crisis depresivas y aún pensaba en el suicidio, porque morir de un cáncer de pulmón no me parecía una tragedia tan terrible, y luego porque consideraba que bastante había sufrido y bastante tenía que reprimirme socialmente en multitud de terrenos, como para privarme de un pequeño vicio. Soy consciente de que es un vicio arriesgado y ahora muy mal considerado socialmente (hubo un tiempo en el que fumé en las discotecas sin el menor problema) pero no puedo evitar la rebeldía frente a otros vicios y otras formas de deterioro socialmente aceptadas. Me parece muy hipócrita que papá Estado se preocupe tanto por los fumadores, los bebedores y tantos otros y tan poco por quienes no tienen trabajo, no tienen techo, apenas consiguen algo para comer, y todo eso a pesar de ser derechos reconocidos constitucionalmente. Si papá Estado fuera tan bueno y estuviera tan preocupado por nuestro bienestar no solo se preocuparía de los fumadores, hay temas sangrantes de los que debería preocuparse y mucho, como la pobreza extrema, la violencia de género (ahora, por fin, parece que comienza la lucha en serio). Sé que no son razones, y como guerrero impecable, no puedo aceptarlas, pero es una decisión que he tomado y asumo todas sus consecuencias, intentando perjudicar lo menos posible, vive y deja vivir.

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Los gatitos han salido conmigo al jardín. Al principio eran tan urbanitas que hasta el césped del jardín les daba reparo, como mucho movían una patita, con delicadeza, para tocar una hierba.  Tuve que enseñarles a pisar el jardín sin miedo, para ello daba una vuelta con ellos –me seguían a todas partes- alrededor de la casa, por el camino de baldosas. Al menos dos veces al día hacía ese recorrido, deteniéndome en el huerto y junto a los árboles. Eran demasiado pequeños para trepar a un árbol, pero no tardaron mucho en hacerlo. Fui consciente de que en cuanto crecieran comenzarían a trepar a los árboles y saltarían la tapia del jardín. Quería que fueran gatos pueblerinos, amantes de la naturaleza, y a pesar de los riesgos lo sigo deseando. La amiga que me los regaló los había educado para temer a los coches. Ella vive en una casa, cuya puerta da a la calle, por donde pasan coches habitualmente. Tenían tanto miedo de ellos que en cuanto escuchaban el ruido del motor de un coche por el camino de tierra hasta la casa –algo que ocurre muy pocas veces- salían disparados hacia el interior de la casa. Con el tiempo han ido aprendiendo y acostumbrándose, ahora trepan a los árboles y saltan la tapia como si tal cosa. Aún recuerdo la primera noche que Mici pasó fuera porque no regresaba y decidí irme a la cama y cerrar la puerta porque hacía mucho frío. Luego apareció por la mañana subido a un árbol en un chalet vecino. Estas divertidas anécdotas las contaré en los relatos a ellos dedicados.

Llega el momento de la mañana en que hay que hacer algo. Cuando estoy mal me cuesta no regresar a la cama. Intento llevar a cabo, con determinación férrea, el programa que he confeccionado. Así escucho música. Decidí repasar todos los vinilos que tengo, la mayoría comprados en mi juventud. Comencé con Pink Floyd, luego seguí con música electrónica, jazz y blues y ahora estoy con música celta. Algunos discos están muy rayados, tanto que debería tirarlos, por suerte hace años decidí grabar los que estaban en peores condiciones en cintas. Debió ser hace bastante, cuando ni imaginaba que pudieran llegar a existir cedés o pendrives. Anoto en la agenda correspondiente las audiciones y el estado de los discos. Tengo un montón de agendas para todo, novelas que estoy escribiendo, índice de relatos y dónde están, películas que he visto y que veo, documentales, diccionarios de todo tipo como herramientas del escritor, agendas dedicadas a la recapitulación de mi vida. Es increíble cómo he caído en esta manía obsesivo-compulsiva. Desde hace ya muchos años caí en todo tipo de manías, recuerdo cómo grababa en cintas películas, documentales, programas interesantes, que luego no tenía tiempo de ver. Me consolaba pensando que lo haría cuando me jubilara. Tal vez intuía que mi jubilación iba a ser muy solitaria y muy larga. Cuando recuerdo todo el tiempo perdido en estas cosas, lo mismo que cuando me inicié en Internet y comencé en las comunidades literarias, los talleres literarios y sobre todo con el Hotel de los disparates (ahora lo estoy recuperando y subiendo a Internet) el tiempo que dediqué a todo esto ahora me asusta. No fui una buena pareja ni un buen padre, es algo que ahora veo con mucha más claridad, aunque en aquel entonces también lo veía, pero necesitaba escapar de mi enfermedad, de la fobia, de la realidad. Mi vida era una fuga constante y cualquier cosa me servía, especialmente mis manías “culturales”.  El tiempo dedicado a estas manías y a otras que no lo son tanto, como escribir, leer, escuchar música, es realmente impactante. Yo mismo me asombro, aunque luego, pensándolo mejor, me digo que ese es el tiempo que los demás suelen dedicar a las relaciones sociales. Algo humanamente mucho más positivo, bueno, lo sería si las relaciones fueran realmente “humanas” y no estúpidamente sociales, no me parece que emplear ese tiempo en hablar de futbol con los amigotes, en salir a tomar birras, en reuniones sociales en las que solo se habla de lo que uno se ha comprado o se piensa comprar, etc etc, sea mucho mejor que la forma en que yo pierdo el tiempo. Unas relaciones interpersonales humanas y profundas serían realmente envidiables, pero hablar del tiempo, de que me voy a comprar un piso, un nuevo coche, que los hijos se van a las chimpanpas, que determinados fulanitos y menganitas han hecho o dejado de hacer, o simplemente ver reality shows en la tv no es algo que me resulte envidiable precisamente.  Envidio las verdaderas relaciones interpersonales y me hubiera gustado tener más y mejores amigos, haber tenido actividades sociales generosas y humanas, disfrutar de pequeñas tonterías como tomarse una birra charlando amistosamente, o incluso tampoco está mal hablar y bromear un poco sobre futbol, pero si eso es todo prefiero pasarme horas y horas escribiendo, leyendo, escuchando música, viendo cine, incluso martirizado por esas manías obsesivas de anotarlo todo en mis agendas, que perder el tiempo, horas y horas, días y días, hablando bobadas con personas de las que al cabo de los años acabas no sabiendo nada, excepto que son de un equipo de fútbol o de otro y que tienen un coche marca no sé qué.  Como estudio en la ley de los tres círculos, en el blog, una persona del primer círculo no puede ignorar lo más importante de otra por la que siente afecto, escuchar las desgracias, conocer la intimidad más profunda del otro, aunque duela mucho, forma parte de las leyes del primer círculo, cuando ignoras todo del otro puedes estar en un segundo o tercer círculo aunque creas que son grandes amigos o personas con las que tienes un vínculo maravilloso. Huir del dolor ajeno no es precisamente la mejor manera de establecer un primer círculo, por eso incluso las familias se deshacen, se odian, no vuelven a verse, porque si no compartes el dolor tampoco podrás compartir la alegría y la felicidad. Esto lo veo ahora especialmente claro en mis relaciones con los enfermos mentales, puede que seamos incapaces de relacionarnos, es cierto, pero cuando intentan darnos envidia con esas relaciones de chichinabo, como diría mi padre, uno siente el deseo de echarse a reír y no parar. ¿Un solitario como yo puede tener envidia de personas que se saludan, hablan del tiempo, preguntan cómo estás y tratan de escabullirse si les vas a contar una historia desgraciada, de personas que llevan años hablando contigo y desconocen que eres un enfermo mental, por ejemplo, o que una vez intentaste suicidarte, o que leíste a Dostoievski a los catorce años y te dejó impactado, o que no saben que la música que más te gusta es la de Bach, o que en realidad el sexo es para ti el mayor placer de la vida, pero nunca te atreverías a decírselo ni ellos a escucharlo?

Bueno, acabo de empezar la mañana y ya tengo que pasar a otro capítulo del diario. Esto llevará tiempo. Ahora recuerdo aquella novela, Un día en la vida de Ivan Denisovich, de Soltsenizin, o como se escriba, que no me apetece buscarlo en google. Por mucho que me queje debo de estar agradecido a que un día de mi vida pueda ser tan tranquilo, bucólico y lleno de pequeñas cosas.

Sin noticias de Sara. No es que me preocupe por ella, intuyo que está bien, pero me siento muy triste cuando constato que mi primer círculo está vacío. La vida es un paisaje vacío y desolado cuando no hay nadie en el primer círculo. He comido unos macarrones, me he fumado un pitillo en el porche, está nublado y sopla un viento fuerte y frío, de nieve, los gatitos se han ido a dar un paseo, han llegado los dos perritos que se han acostumbrado a entrar al jardín como perro por su casa, la tapia ya no les resulta ningún obstáculo, han descubierto que por detrás, por fuera, hay un montículo que les permite saltarse el muro de piedra, no puedo hacer nada, no puedo subir la tapia ni cavar el montículo. Me sentaré ante el televisor y me dormiré como casi siempre. Un día más, lleno de pequeñas cosas y de melancolía.

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27 02 2017
Slictik

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