EL LOCO DE CIUDADFRÍA IX (NOVELA)

21 03 2017

El loco logró tranquilizarse, se levantó sangrando por manos y frente y salió del salón. Yo lo seguí, temiendo una desgracia. En realidad se dirigió a la cocina para hacerse con una escoba y un recogedor. Suspiré aliviado. Me ofrecí como señora de la limpieza, no sin antes sugerirle que lo primero era curar las heridas, porque lo estaba poniendo todo perdido. Me dio las gracias, con mansedumbre franciscana y ambos tomamos el camino del baño.  El loco puso las manos bajo el chorro del grifo, en el lavabo. Observé preocupado que en su palma izquierda se había incrustado un trozo de vidrio. Le hice notar la necesidad de sacarlo y desinfectar la herida. Él me señaló un tarro de cristal, en el que pude ver un peine, unas tijeras y curiosamente unas pinzas, como las que usan las mujeres para depilarse las cejas. Ese detalle me sorprendió. A punto estuve de preguntarle si lo había olvidado alguna mujer.  Los efectos de la borrachera se me hacían más y más evidentes. Como bien sabía mi esposa, una cantidad indiscreta de alcohol acostumbra a ponerme rijoso e insufrible. La imagen de una mujer desnuda, depilando las cejas del loco, me hizo soltar una risita nerviosa. Comprendí que el alcohol había arrinconado definitivamente las emociones dramáticas en mi subconsciente y en su lugar las sensaciones eróticas no dejarían de molestarme el resto de la noche. 

 Loco b

Pero lo primero era lo primero. Con las pinzas extraje el pequeño cristal de su carne. Debió de ser muy doloroso, aunque el loco no protestó, se limitó a cerrar los ojos y apretar los dientes. Busqué en el armarito un desinfectante. Rocié la herida con agua oxigenada. Esta vez el loco soltó un “cagamento”. Así los llamaba mi padre siendo yo un niño, “cagamentos” o reniegos. “Caguen tal, caguen cual”.  Así renegaban en mi pueblo. Por mi parte nunca pasé de un ingenuo “caguen diez”. 

 Con un trozo de algodón limpié las heridas de la frente y luego las vendé todas con mucho algodón y trozos de venda que pegué con esparadrapo. El loco me quedó tal como una momia recién salida del sarcófago. Hubiera disfrutado mucho embalsamándolo y vendándolo de cuerpo entero. Luego podría llamar a una prostituta. Estaba dispuesto a pagarla de mi bolsillo, con tal de ser espectador de la escena. Mi cerebro bullía con imágenes eróticas de todo tipo. La borrachera llevaba ese derrotero y no habría ya forma humana de parar su andadura.

 

 Decidí llevar a cabo la broma de la puta. Llamaría por teléfono y luego se la embriscaría al loco. Puede que con un poco de suerte me dejara presenciar su coito. Al fin y al cobo yo sería el pagano.  Todo se vino abajo cuando recordé que nunca había utilizado los servicios de estas profesionales.

¿De dónde sacaría un número al que llamar? No precisamente de las páginas amarillas.  Volví a reírme, comprendiendo que aquella fantasía era solo producto del alcohol. Estaba tan tomado que necesitaba urgentemente sentarme en el sofá y dejar que los efectos de la borrachera fueran remitiendo con el tiempo. 

Obligué al loco a regresar al salón, lo senté en el sofá y ante sus protestas me vi obligado a hacerme cargo de la limpieza. Con la escoba y el recogedor despejé el suelo. Cuando regresé de la cocina me dejé caer en el sofá y estuve riéndome un largo rato.  El loco observó la botella vacía, se levantó y sacó otra del mueble bar, esta vez de vodka. Bebió a morro. Después, con vocecilla de maricón me pidió disculpas.

 -Lo siento mucho. Le ruego me perdone. Cuando me dejo llevar por la cólera y pierdo el control soy capaz de las mayores barbaridades. 

-No importa, jaja. No importa. 

 No era yo quien hablaba, sino la borrachera. A pesar de tener los ojos entrecerrados era capaz de verlo todo con gran nitidez. El loco presentaba una estampa verdaderamente ridícula, con las manos vendadas y una gran venda circundando su oronda cabeza. Yo no era precisamente una maravillosa enfermera. Mi esposa se habría caído de culo de la risa de habernos visto en aquel momento. El suelo del salón aparecía salpicado de manchas de sangre, como seguramente estarían el pasillo y el cuarto de baño. Muy propio de una película barata de terror. Bastaría con apagar las luces y mezclar con la sangre un producto fosforescente para que cualquiera que entrara se cagara en los pantalones. 

 No pude controlar otra vez la risa floja, que como un esfínter sin control expulsaba todo lo que le iba llegando. En la euforia etílica –le arrebaté al loco la botella y eché otro trago- estuve a punto de plantearme seriamente llamar a una puta y rematar la noche. Imaginé la escena.

¿Información? ¡Dígame! Me gustaría que me facilitara el teléfono privado de una buena puta, limpia, bella, rubia, una auténtica madraza. ¿Está usted loco? Consulte los anuncios de la prensa.  Eso era. Me bastaba con mirar en los anuncios de cualquier periódico.  Pero yo no había visto un solo ejemplar y no era cuestión de preguntarle. Creo que lo habría hecho, de no pensar un segundo en la posible reacción violenta del loco. Eso me volvió sobrio un instante, el tiempo suficiente para descartar definitivamente esa posibilidad. 

-Lo siento. Le ruego me perdone. Se lo pido de corazón. Volvió a insistir el loco, que se echó el gollete de la botella a los labios y trasegó hasta quedarse sin respiración. Creo que estaba más borracho que yo, aunque lo llevaba de forma mucho más trágica. 

-No importa, jaja. No importa. 

Era incapaz de repetir otra frase, la risa me atragantaba y tuve que ponerme en pie e intentar darme con una mano en la espalda para desbloquear mis tubos respiratorios. El loco no se molestó por mi risa. Al contrario parecía asumirlo todo como una penitencia necesaria para redimir sus terribles pecados. 

 -¿Quiere que le cuente cómo salí del frenopático? 

-Si usted quiere…

  Lo que yo realmente deseaba saber era el mayor número de detalles sobre la vida sexual del loco. Pasarme el resto de la noche charlando sobre sexo. Reconozco que mis borracheras son insufribles en ese aspecto. Me pongo muy faltón, sobre todo si hay mujeres presentes. Gracias a Dios allí no había ninguna. El loco estaba más calmado, como un actor que acaba de representar una escena durísima, y al que le basta con carraspear unos instantes para adoptar su verdadera personalidad. Se mostraba muy serio y compungido. Cerré los ojos y me dejé llevar por la historia, al tiempo que la imagen de la puta entrando en ese momento al salón y arrojándose sobre aquel loco trágico y ridículo a un tiempo, casi me hace reír de nuevo. 

-Odio la hipocresía, la mentira, la farsa. No obstante reconozco su utilidad, porque fueron ellas las que me permitieron salir de aquel infierno. 

locob1

“Me transformé en un gusano con patas. Un gusano que adoptara la forma antropomórfica (como en el relato de Kafka, solo que al revés) no se hubiera comportado de forma diferente. Me convertí en un joven alegre, simpático, cordial. Reconocí humildemente mis errores. Admití mi locura y confesé mis deseos de curarme. Al cabo de un mes todos estaban convencidos de que yo era un hombre nuevo. El psiquiatra se pavoneó de lo efectivo de sus métodos. Al cabo de dos meses me dio el alta, encantado de haberme conocido. Mis padres… 

-Perdone. Pero después de la escenita que me ha obligado a presenciar, me gustaría pedirle un favor. 

-Dígame.  Espero que no se moleste, pero llevo toda la noche deseando hacerle esta pregunta. 

-Hágala. No importa de qué se trate. Aunque fuera la pregunta más íntima e indiscreta, estoy deseando purgar mi pecado. 

-Me alegro de que piense así. Verá… ¿Qué saca usted de mirarle el pecho a las damas? ¿Se pone cachondo? 

El loco me miró con una tristeza infinita en sus enrojecidos ojos. Me sentí mal, viendo en su mirada la profunda decepción que mi pregunta le había producido. Con el tiempo llegaría a saber que después de un estallido de cólera era posible lograr de él casi cualquier cosa. Su humillación y su deseo de hacerse perdonar resultaban repugnantes, algo hediondo, algo que uno nunca puede olvidar. Me recordó al personaje de Dickens, Uriap Heep, creo que se llamaba, en su novela David Coperfield. Sin duda el personaje más repugnante y hediondo de toda la historia de la literatura. 

 -Está bien. Se lo contaré. Nada tengo que perder. Seré totalmente sincero con usted. A cambio algún día le pediré igual sinceridad. 

-Se lo prometo.

-Pues bien… Se trata de una especie de técnica tántrica. ¿Sabe qué es el tantrismo? 

-Algo he oído. 

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-Las filosofías materialistas todo lo achacan al cuerpo y a las leyes de la materia. Sin embargo la mente es mucho más poderosa. La energía es más elevada que la materia. El orgasmo no es solo ni principalmente un efecto hormonal. Un estímulo que hace acudir sangre a los órganos sexuales y éstos se disparan hasta llevar a efecto aquello para lo que están preparados. Nuestra mente controla nuestro cuerpo y la energía que somos está a su servicio. Estoy convencido de que el orgasmo es algo mental, lo mismo que la vida y el universo. La materia solo es el ropaje, el vestido, que adapta la energía, que es la esencia de todo lo creado. 

“Pues bien. Le aseguro por propia experiencia que se puede alcanzar el orgasmo solo con la mente. La fantasía puede llevarnos aún más lejos que el contacto de dos cuerpos desnudos, piel con piel. 

“Aunque no se lo crea, de esta manera he alcanzado los orgasmos más intensos y maravillosos de mi vida. Solo se me ocurre una metáfora: el éxtasis erótico. Creo que el éxtasis místico y el erótico proceden del mismo tronco, aunque el primero es aún más elevado y espiritual. 

“Me basta con relajarme, con entrar en un estado alterado de consciencia e imaginarme haciendo el amor con una mujer, para que esto se haga realidad de una forma que resulta incomprensible para quienes no lo hayan experimentado… 

-¿También le ha sucedido con mi esposa?

 Me arrepentí antes de haber formulado aquella pregunta. ¿Qué me estaba sucediendo? La maldita borrachera me llevaba más lejos de lo que nunca me habría llevado fuera de la presencia del loco. Solo con el tiempo llegaría a saber el terrible error que acababa de cometer. Es de mal narrador adelantar los acontecimientos, sin embargo como esto no es exactamente un relato, sino más bien la documentación de una locura, me puedo permitir ese lujo. Aquella estúpida pregunta cambió mi vida para siempre. De no haberla hecho tal vez hubiera continuado siendo un cuerdo normal y feliz. A partir de ese momento mi vida entraría en la locura y solo Dios sabe lo que pagaría por hacer retroceder el tiempo y no haberla formulado. Debí haberme mordido la lengua o llenado la boca con algodón y cerrado mis labios con esparadrapo. ¡Maldita sea mi estampa! Como diría el loco. Pude haber elegido otro camino y no lo hice. Pagaría esa culpa el resto de mi vida. 

 El loco me miró casi con lástima, una tristeza infinita latía en sus ojos apagados. El sí era consciente, como supe más tarde, de que yo había pasado el límite del que ya nunca se puede regresar. 

 -Su conducta solo es explicable por la borrachera que lleva encima, aún mayor que la mía. Aún así le prometo que un día, no muy lejano, tal vez más próximo de lo que yo mismo pienso, se arrepentirá de sus palabras. 

-¿Qué piensa hacerme? 

-Yo no haré nada. Pero el karma actuará sobre usted, antes o después.

 

 

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