DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLVIII

28 03 2017
DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLVIII

UNA MAÑANA EN SORIA

El formato que he elegido para seguir con este diario tiene sus pegas. Es cierto que todas las mañanas son iguales o casi iguales, pero de vez en cuando ocurren acontecimientos que no pueden esperar a ser narrados hasta que encajen en la horma del zapato, hay que comprimirlos con calzador e introducirlos en el formato de forma inmediata. Así la alegría de tener noticias de Sara, que me envió por wasap algunas fotos y vídeos, entre ellos uno de un concierto de música clásica al que supongo asistió. Lo que más me alegró fue la noticia de que venía unos días a España y que podríamos vernos, tal vez comer juntos en Madrid el día del padre. Me ilusionó mucho esa posibilidad que por desgracia no pudo ser debido a que tuvo que regresar antes de lo programado. Me sentí muy triste y decepcionado. Lo que más me decepciona es la falta de una carta o un correo electrónico. Uno no puede dejar de elucubrar y formular hipótesis que no sirven de nada. ¿Está bien realmente? ¿Le ocurre algo? Una de las leyes básicas en las relaciones de primer círculo es la comunicación, si no existe o se distancia mucho en el tiempo la sensación que acabas teniendo es la de que esa persona no está en tu primer círculo o solo de forma teórica. Desde luego que tras el divorcio ella desapareció de mi vida y la relación de primer círculo se rompió. Hay que recomponerla desde el principio, desde el punto cero, pero una vez que se da el primer paso uno se ilusiona pensando que de alguna manera ya hemos vuelto al primer círculo. No es así porque el primer círculo requiere también una cierta convivencia, una presencia física, una confianza, una comunicación, una seguridad de que si le ocurre algo a la otra persona ella te lo comunicará y si tiene problemas buscará tu apoyo y si le ocurren acontecimientos felices los compartirá contigo. Es por eso que no puedo quitarme de encima la sensación de que mi primer círculo está vacío. Estoy solo, no convivo, la comunicación con otras personas no es profunda o está distanciada en el tiempo, no me siento con confianza como para comunicar a nadie una posible enfermedad, la necesidad de apoyo y ayuda, un estado depresivo, sabiendo que de una u otra manera habrá una respuesta. Tal vez esto sea lo mejor de la familia como grupo del primer círculo. Salvo que las relaciones se hayan roto, lo que no deja de ser un lugar bastante común, sabes que puedes contar con ellos, que hay confianza, que de alguna manera recibirás respuestas que no son las que te dan los desconocidos, por muy generosos y compasivos que sean. Sin familia estás como desnudo frente a la gelidez del invierno. La soledad nunca podrá ser atenuada por relaciones del segundo o tercer círculo, los conocidos no llenan salvo que el afecto sea muy intenso y la convivencia muy estrecha, y la relación con los desconocidos no deja de ser un encuentro fortuito en el camino cuya huella desaparecerá muy pronto. No puedo quejarme puesto que es lo que estaba previsto tras el divorcio y era lo que yo esperaba en esta última etapa de mi vida, hasta mi muerte, pero la verdad es que uno no puede evitar ilusionarse y pensar que poco a poco las cosas irán cambiando.

Retomando el formato, las mañanas en Soria son muy parecidas, salvo pequeños detalles sin importancia. Unas mañanas me levanto antes y otras un poco más tarde, la mayoría de las veces remoloneo en la cama, después de abrirles la puerta a los gatitos para que salgan a dar una vuelta por el jardín y por donde quieran, porque ya hace tiempo que se les ha quedado pequeño. Nunca me olvido de poner las llaves por fuera, por si la puerta se cerrara, aunque sí es cierto que alguna vez me he olvidado, por la noche, de poner las llaves por dentro, si esto fuera una ciudad y no un pueblecito perdido en el campo, los ladrones hubieran podido desvalijarme sin que me apercibiera de ello si hubieran sido lo suficientemente silenciosos, o me habrían secuestrado y pedido un rescate, o… Me entra la risa tonta. Algo así nunca ocurre cuando realmente te importa un comino que suceda.

Recuerdo cómo me preocupaba lo de las llaves, el tener que llamar a los bomberos para que me abrieran la puerta. Tuvo que ser Bautista, el hombre práctico, el que me diera la solución. En realidad no tendría que llamar a nadie, rompes un cristal de la ventana, el más pequeño y barato y te cuelas dentro, luego llamas al cristalero y que lo reponga, seguro que te sale más barato que llamar a los bomberos. También puedes dejar una llave colgada de una ventana, por dentro, y la ventana sin cerrar. ¿Qué te quedas fuera? Pues empujas la ventana y entras. Claro que eso solo lo puedes hacer cuando estás en casa, porque sería demasiado arriesgado hacerlo cuando te vas de viaje, algo por otro lado innecesario puesto que las llaves las llevas contigo y tienes un juego en el coche. Recuerdo mis monólogos humorísticos con todo aquello, que aún conservo en el ordenador. Nunca he sido un hombre muy práctico, cuando se me ocurren soluciones evidentes ha pasado ya tanto tiempo que el problema ha dejado de ser problema. Creo que era la alegría de tener una casita en el campo, en la montaña, la euforia de los primeros tiempos. Ahora que no queda mucho para que se cumpla el primer año –el tiempo ha pasado tan veloz que apenas me he enterado- soy consciente de que la novedad fue lo que me hizo comportarme como un niño con zapatos nuevos, lo mismo sucede con el problema de los gatitos.

En las anotaciones en mi cuaderno de sueños se repite como un mantra eso de que me levanto deprimido, sin ganas, me quedaría en la cama si no fuera por los gatitos, no me ilusiona hacer nada. A veces también me levanto con ligeras molestias de estómago, intestinales, alergia o de lo que sea. Las mañanas nunca fueron mi momento favorito del día. A media mañana he tenido algún susto. De pronto me he sentido muy mal, como mareado, como agotado, como si todo el cuerpo fallara. Me digo que puede ser el colesterol, sin duda muy alto, o el azúcar, o que me niego a chequearme y cuidarme y eso se paga. En esos momentos he pensado en la posibilidad de un infarto, un ictus, un desmayo y caer al suelo y permanecer allí hasta despertar o no hacerlo. Antes tenía colgado el párrafo de la danza de la muerte de Castaneda en algún sitio, pero con los gatitos he tenido que poner en lugar seguro el folio impreso, todo les llama la atención, todo les sirve para sus juegos. Entonces me veía arrastrándome por el suelo para llegar al folio, leerlo, colocarlo sobre mi pecho y morir como un guerrero impecable. Ahora esas fantasías me hacen reír. Si llega no tendré mucho tiempo, ni para darme cuenta de lo que está ocurriendo, y si todo va como debería ir me basta con advertir el deterioro para tener tiempo que buscarme una plaza en una residencia de ancianos. Debería hacerme un chequeo, debería cuidarme, debería…Me importa un pito lo que debería hacer, no tengo gran ilusión por vivir unos años más que unos menos, estoy subiendo de una forma más o menos continua mis textos a Internet, no porque me importe mucho dejarlos al alcance de alguien a quien seguro que le tendría sin cuidado, sino porque es algo que me propuse hacer y estoy haciendo, como un guerrero impecable.

No tengo una programación a rajatabla para las mañanas. Remoloneo en la cama hasta que los gatitos vienen por segunda vez y me digo que es hora de levantarme. Las cuestiones de aseo, luego puede que salga a cavar en el huerto, antes de que llegara el invierno, o decida desayunar, el kéfir de leche, unas tostadas untadas con margarina Omega 3 para el colesterol (jeje, cómo soy) con mermelada de naranja amarga. No me olvido de las dos nueces, también para el colesterol. Cuando tengo naranjas me hago zumo natural o algún zumo de tetrabrik. A veces tengo cruasanes o madalenas o una torta de aceite, solo cuando acabo de comprar y en casos excepcionales. Algunos días me tomo un té o café con leche, o leche caliente con Nesquik. El pitillo en el porche, haga sol o viento a troche y moche. Limpiar el arenero de los gatos, que cada vez está más limpio, porque como se pasan el día fuera hacen sus necesidades por ahí. A veces arranco el coche, sobre todo cuando hiela, cuando la temperatura baja mucho por la noche de cero.

Luego me lo pienso. Debería hacer kriyayoga, taichí o pases mágicos de Castaneda arriba, donde tengo la alfombra de yoga. Pongo música en el ordenador y subo para arriba. ¡Nunca creí que me costara tanto! La mayoría de las mañanas no estoy de humor y lo dejo para la tarde, sabiendo que tampoco me apetecerá. A veces tengo que utilizar mi férrea voluntad para subir y ponerme a hacer los ejercicios. Son sencillos, no agotan a nadie y los tengo automatizados, pero me sigue costando. Salvo alguna mañana de sol y vitalidad que me apetece subir, hacer los ejercicios mirando los folios de kriyayoga que tengo pegados al cristal del ventanal que da al salón, y luego ponerme a leer en la terraza, si hace calor, o dentro, con la puerta cerrada, si hace un poco de fresquete, mirando de vez en cuando la montaña que tengo enfrente. Es agradable, es placentero, es hermoso. Arriba tengo ya las dos estanterías que pedí por Internet con los libros que tengo por leer o aquellos que he decidido releer. Mi forma de leer es propia del loco que soy, disperso, imprevisible. Ahora mismo estoy leyendo, casi terminando, los diarios de adolescencia de Anais Nin, terminando cuadernos de un vate vago de Torrente Ballester, el puente de Brooklyn de Henry Miller y don Juan de Torrente también, que he comenzado hace unos días. Si hace sol me gusta mirar alguno de mis fascículos o libros de pintura. He terminado con Claude Manet y comenzado con Vangogh, de quien también estoy leyendo en el ordenador las cartas a su hermano Theo, en pdf. De vez en cuando leo algo en francés, Le visionnaire de Julien Green. También estoy leyendo en el libro electrónico Bajo el sol de Satán de Bernanos en francés. He mirado en el ordenador las memorias de Julien Green, pero son caras y además en francés, que me cuesta más leer por más que mi francés sea muy aceptable. Este otoño pedí por Internet varios libros que deseaba tener desde hace tiempo, los diarios de infancia y adolescencia de Anais Nin, completando los diarios con los que me hice en Madrid en mi juventud y un tomo que me faltaba por prestárselo a quien no debía. Decidí que ahora que estaba solo podría permitirme algunos caprichos, como intentar tener la obra completa de Henry Miller, en realidad solo encontré dos libros que no tenía. El cartero estuvo atareado puesto que me mandaron los libros por separado, a pesar de haberlos pedido todos a Amazon. Es cierto que algunos me los mandaban directamente de librerías de viejo, pero podían haberme mandado los demás todos juntos, parece que la logística no es su fuerte. Decidí que ya tenía bastante lectura y lo dejé.

Por cierto que al no tener la llave del buzón tuve que ponerme de acuerdo con los carteros, primero uno interino y luego otro también interino, les di mi teléfono y me llamaban cuando había algo para mí. Ahora viene una chica que es la titular y a la que le he dicho que por favor toque el claxon, que siempre estoy en casa, en lugar de echar la correspondencia en el buzón. Haciendo un repaso de mi agenda de lecturas descubrí que en Manzanares, tras el divorcio, había leído mucho más de lo que recordaba. Mi forma de leer sería imposible para cualquiera. Arriba también tengo el tomo de Freud de la biblioteca del psicoanálisis sobre los sueños, del que sigo tomando notas en la libreta correspondiente. Un tomo de historia de España de Tuñón de Lara. Cuadernos de todo y de nada de Martin Gaite y alguno más. Abajo, para leer en el porche, cuando hace sol, tengo un tomo de las obras completas de Faulkner, el tomo que estoy acabando de La comedia humana de Balzac, premios Pulitzer, el último tomo de Proust, bajo el volcán de Lowry y algunos más. Es increíble cómo puedo leer tantas cosas a la vez y saber lo que he leído antes, sin perder el hilo, recordando toda la historia. No tengo tan buena memoria para lo que escribo, aunque utilice el mismo método, a veces tengo que releer para no repetirme o saber en qué parte estoy de la historia.

Puede que haga eso, subir, hacer kriyayoga y demás y luego leer, o puede que decida encender el ordenador y ponerme a contestar correos de consulta que me llegan a través del blog. Esto es muy aleatorio y va por temporadas. Paso a lo mejor un mes sin correspondencia y de pronto se junta todo, es como si se pusieran de acuerdo. Normalmente me escriben familiares de enfermos mentales, la mayoría mujeres, pidiéndome consejo sobre sus enfermos, novios, amigos, hijos, padres, hermanos… Alguna que otra vez me ha escrito algún enfermo mental que se asustó al cabo de pocos correos con mi propuesta de guerrero impecable. Todas son historias dramáticas, algunas trágicas, y la mayoría sin una solución razonable. La base de mis respuestas es siempre la misma: la enfermedad mental es crónica, habitualmente, hay que perder la esperanza de que una enfermedad grave se cure en dos o tres años de tratamiento; por un enfermo mental solo se pueden hacer tres cosas, escucharle, siempre, darle apoyo y mucho cariño; no se deben aceptar los comportamientos patológicos de que hablo en el blog, la bula papal, la manipulación, el chantaje emocional, la mentira, la falta de responsabilidad; un familiar debe siempre decidir si quiere ayudar a un enfermo –no a una mala persona, ojo- y para ello tendrá que conocer su enfermedad, las patologías de conducta de los enfermos y asumir que eso se prolongará toda la vida, o decidir que no es un enfermo, sino una mala persona, y entonces hay que ser consecuentes, no se puede pensar que el otro no es un enfermo sino una mala persona y seguir a su lado, sufriendo un infierno, hay que tomar una decisión; les remito a los textos del blog sobre errores de conducta respecto al enfermo mental, conociendo y queriendo al enfermo mental, cartas sobre el enfermo mental y todo lo que ya llevo escrito al respecto, que es mucho; por último les doy las gracias por cuidar del enfermo mental, me pongo a su disposición y les deseo lo mejor.

El correo ya es muy numeroso, he decidido copiar los correos y pasarlos a archivos de texto que centralizo en una carpeta y guardo en discos externos y pendrive. Tengo impresos algunos correos que son como historias clínicas del doctor Sun, pero he decidido que es mucho gasto de papel y no merece la pena. Respecto a esta tarea no me siento ni bien ni mal, no creo estar haciendo una gran labor porque como bien sabemos los guerreros, no se puede cambiar a nadie, tampoco creo que los familiares se sientan mucho mejor después de mis respuestas, aunque alguno me ha dado las gracias con gran emotividad, tampoco creo que esté haciendo una labor terapéutica puesto que no soy un profesional. Me limito a hacer lo que tengo que hacer, como el guerrero que soy. Cumplo con la misión que me he impuesto, sin esperar nada, sin buscar nada, sin sentirme bien cuando me elogian o mal cuando me dicen cosas inaceptables o simplemente no me dan las gracias y se olvidan de mí. Por suerte una de mis pocas cualidades de carácter es tener las ideas claras, saber en todo momento lo que debo y quiero hacer y tener la férrea voluntad de hacerlo. Sé hasta dónde puedo llegar y hasta dónde no puedo ni debo. Sé que no soy un gurú ni esto forma parte de una campaña de redención de mis muchos pecados o de limpieza kármica. Un guerrero ni se plantea semejantes desatinos, hace lo que tiene que hacer y cuando considera que no debe de hacerlo, pues no lo hace, y santas pascuas.

Una parte de la mañana se consume en las comidas, algo de limpieza, más bien poco y en tareas que son puntuales, como lo ha sido el ordenar todos los cuadernos y libretas que han venido con la última mudanza desde la casa que fue del matrimonio. Me veo en la mesa del porche mirando cuadernos y libretas, uno por uno, tomando nota en otra libreta sobre índice de textos, y se me cae el alma a los pies. Es imposible que haya escrito tanto, sin el menor orden, un puro caos, que tenga tantas novelas empezadas y sin rematar, tantos textos de todo tipo, relatos, ensayo, poesía, sueños, reflexiones… Solo un misántropo como yo, que no se ha relacionado, que ha dispuesto de todo ese tiempo para escribir ha podido escribir tanto. Solo alguien que necesitaba fugarse de la realidad, para no pensar en su enfermedad mental, en su fobia social, ha podido ocupar su mente durante tantas y tantas horas en escribir. De forma sorprendente la mayoría de esos textos son aprovechables, aunque algunos no sean buenos. Salvo alguna excepción, como los textos delirantes en los que hablo del loco de León, en la peor etapa de mi vida, todos pueden ser aprovechados de una o de otra manera. Algunos son muy originales y creativos, otros aunque mal escritos pueden ser reformados, reescritos, y perfectamente aprovechables. Tengo cuadernos y cuadernos de sueños, los primeros desperdigados en libretas y difíciles de inventariar. Tengo muchos apuntes sobre los libros que sacaba de la biblioteca de León, sobre astronomía, física, sobre todos los temas imaginables. Es imposible ordenar todo esto. Me limité a inventariar y tener a mano los manuscritos sobre las novelas que me he propuesto rematar. Si hubiera dedicado todo ese tiempo a la pareja, a la familia, a los amigos, al entorno, otro gallo me hubiera cantado. Pero eso es pedir peras al olmo. Un enfermo mental ocupa la mayor parte de su tiempo huyendo de la realidad, de su enfermedad, fugándose en fugas, variaciones, contrapuntos, todo sobre el mismo tema. Su necesidad de supervivencia es tal que si supiera que se iba curar reuniendo todas las hojas de todos los árboles del mundo, lo acabaría haciendo. Como enfermo mental he tenido la suerte de apasionarme por la cultura y la escritura, parece que es más positivo que amontonar e inventariar hojas de árbol, pero no creo tampoco que sea algo fantástico. Sí, tengo una cierta cultura, he leído mucho, he escrito mucho, se podría decir que soy un aprendiz de intelectual, que tal vez no tenga mucho que envidiar a otros escritores e intelectuales en el sentido de haber leído tanto como ellos, haberlo asimilado, disponer de unos conocimientos muy parejos a los suyos, y aunque nunca seré tan buen escritor como ellos, por lo menos lo intento. Pero todo eso no deja de ser una fuga, la fuga de un enfermo mental que no quiere enfrentarse a la realidad. De no haber dedicado todo ese tiempo a leer y escribir, tal vez lo habría dedicado a cargar a la pareja, a la familia, al entorno con patologías de conducta e ideas delirantes que no conducen a nada. No era cuestión de elegir entre pareja, familia, entorno y leer y escribir mucho. Lo prioritario para mí era sobrevivir, porque los muertos no pueden hacer nada, ni bueno ni malo, al menos en este mundo. Lo prioritario era hacer el menor daño posible y seguro que mientras aprovechaba mis delirios para escribir mis novelas y leía de forma compulsiva, la familia y el entorno dejaban de sufrirme, aunque fuera por un instante. Es triste, pero eso es lo que hay, un enfermo no elige, un enfermo sobrevive como puede, intentando hacer el menor daño posible.

Y aún queda mucha mañana. Aún me queda hablar de Gatolandia, el nuevo país de los gatos. Sí porque poco a poco han ido llegando otros gatos del pueblo y viendo que soy un buenazo y les dejo entrar a comer el pienso de los gatitos y no les bufo y siempre tengo una frase cariñosa para ellos, esto se ha convertido en una auténtica Gatolandia. Esta mañana mismamente he visto como una preciosa gatita salía de estampida en cuanto me he levantado de la cama. Abrí la puerta a los gatitos y la dejé abierta porque estaba comenzando a nevar. Por ella se coló la preciosa gatita y desayunó en casita. Salí a la puerta y pude observar cómo me miraba desde la esquina y se relamía de gusto. Me encantan sus ojazos. Si se dejara la tomaría en brazos y la daría unos besitos, pero eso es algo que solo me dejan hacer mis nenes. También está el gatazo negrazo malazo de ojos fosforescentes que ha resultado ser un buenazo falto de cariño y muy glotón. Hay otra gatita huidiza que aún no ha entrado a comer a casa y otros gatos que aparecen por aquí de vez en cuando. Eso sin contar con los tres perritos juguetones que hace tiempo que no vienen, desde que comenzó a nevar. No gasto mucho en pienso, casi nada, me puedo permitir el lujo de dar de comer a estos gatitos. Eso sí, la casa es solo de mis nenes, aunque hace dos noches se coló el gatazo y me dio un “zuto de muete” al escuchar más maullidos de los debidos con golpes y cosas que se mueven cuando mis gatitos estaban conmigo en la cama. Todo esto es divertido y además hace más suave la soledad y el aislamiento. A veces tengo la sensación de que mi primer círculo está compuesto de gatitos y de que cualquier día me voy a levantar de la cama transformado en gato, como en la conocida historia kafkiana, solo que en lugar de insecto, yo sería mucho más guapo, ágil y felino. Sí, a veces pienso si la vida de gato no sería mejor que la humana, pero en cuanto veo cómo se trata a los animales en general por los humanos, me digo, quita, quita, tendría mucha suerte de encontrar un humano como yo si fuera gato.

Aún quedan muchas cosas por contar. Como las tres o cuatro nevadas que han caído, la última hace dos días. No puedo ni debo quejarme de nada, pero la verdad es que me siento un poco solo. He renunciado a casi todo, salvo a vivir lo mejor posible en este retiro monástico, a leer mis libros como un cangurito gentil y a rematar mis novelas, por si la posteridad acaba reconociendo que me trató muy mal, mucho peor de lo que merezco. Pero esto no deja de ser tonterías que pienso porque no tengo nada mejor que hacer, como el hablarles a los gatitos todo el día o cantándoles aquellas canciones, con pareados ripiosos, que tanto molestaban a mi antigua familia. Los gatos no parecen molestarse pero me miran raro cuando les canto cosas tan idiotas como: A mis nenes les canto una nana, tanto por la noche como por la mañana. A Micifuz, el amiguito de la luz, y a Zapinín, que es un nene muy guapín. Tengo dos gatitos muy mimosos, son mis “pezqueñines”, que me lamen la cara, tanto por la noche como por la mañana. Etc etc etc.

Cada vez siento menos necesidad del diario por lo que seguro se irán espaciando los capítulos, aunque no creo que pueda renunciar a él. Sin poner frente a mí lo que es mi vida, como en un espejo, es fácil que cayera en algún delirio del que no pudiera salir, me resulta tan fácil dejar que mi mente se vaya y no regrese que si pudiera hacer lo mismo con los sueños creo que hace tiempo que no habría vuelto a despertar.

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