EL BUNKER II

19 04 2017

El bunker II

LA PARÁBOLA DEL BUNKER I

Esta es la historia de cómo un habitante de su bunker se despertó una noche y descubrió que un intruso se había colado en su interior, saltándose a la torera todas las medidas de seguridad. Algo que era imposible había ocurrido y un evento tan imprevisible cambió para siempre su vida.

Recordemos:
Bunker: cuerpo físico.

Habitante del bunker: la consciencia.

Iniciado: Habitante del bunker que se despierta una noche y descubre que hay intrusos.

Esta es la historia de cómo el habitante del búnker llegó a descubrir que ese lugar, donde habitaba de forma permanente, no era inexpugnable como le prometieron, y que el sistema de seguridad, lo mejor del mercado, era en realidad una auténtica birria, y cómo estos acontecimientos fueron cambiando su forma de pensar hasta lograr ver la luz y descubrir que lo increíble era cierto y lo imposible real. Esta es la historia de un ser humano que creía ser vidente y era ciego, que creía ser inmortal y era mortal, que pensaba estar pisando la realidad todos los días cuando en realidad vivía en la ficción y estaba siendo pisoteado por la auténtica realidad, el universo invisible.

Había una vez… un hombre (cámbienlo a su gusto, una mujer, un niño, un adulto, un… lo que sea) que habitaba en un búnker…
Este hombre ingenuo y crédulo pensaba, más bien estaba convencido, de que su búnker era inexpugnable. Así se lo juraron y perjuraron en la tienda donde lo compró. No es eterno, se deteriora con el tiempo, pero eso sí, nada ni nadie podrá entrar en él jamás, a no ser con su permiso y en la forma que usted acuerde con el intruso.

También le dijeron que su búnker, que todos los búnkers estándar llevaban incorporado un sistema de alarma, de altísima seguridad, que permitía al residente saber cuándo alguien intentaba penetrar en su casa y poner remedio a esta intrusión.

Nuestro personaje dio las gracias y se instaló tranquilamente en el búnker. Voy a ser todo lo feliz que pueda, se prometió, y como nadie puede entrar aquí estaré a salvo de coacciones. Me relacionaré con los demás habitantes de este simpático planeta llamado Tierra de igual a igual, pactaremos una forma de convivencia y nos amaremos para siempre. Si no es posible, si el odio comienza a enraizar en nuestros corazones, entonces… entonces, me recluiré en mi búnker y nadie podrá hacerme daño. Aquí podré pensar y sentir a gusto, aquí llevaré una vida íntima que nadie conocerá ni nadie podrá interrumpir o cambiar con amenazas, pistolas o misiles.

No es extraño que nuestro amigo pensara así, nosotros también lo hacemos. Es cierto que nuestro cuerpo se deteriora y no está garantizado a prueba de bombas. El tiempo lo erosiona y una bala, un cuchillo, una bomba pueden acabar con él. Pero al menos nos garantizaron un búnker a prueba de intrusos. Nadie entrará en nuestro hogar si nosotros no le abrimos la puerta, nadie nos espiará si nosotros no se lo permitimos. A lo más que llegamos es a vernos a través de la estrecha rendija que llamamos ojos y que el vendedor del búnker nos dijo que eran en realidad unas ventanas maravillosas con un software especial que casi nos permitiría sugestionarnos con que estábamos en el interior de los búnker ajenos. Podemos notar la textura de las paredes del otro búnker si éste nos lo permite. Podemos escuchar lo que sucede fuera de nuestro refugio a través de un sofisticado sistema de escucha al que llamamos oídos. Y así sucesivamente.

Vale, todo eso entra en el interior de nuestro búnker, pero nosotros lo filtramos a través de un prodigioso ordenador que llamamos “cerebro” y que con un programa maravilloso nos permite dejar pasar solo lo que nos interesa o almacenarlo para estudiarlo más tarde.
Todo perfecto… hasta que un día descubrimos que nuestro búnker tiene “goteras”. Aquí entran intrusos cuando quieren y se van cuando les da la gana. Nos han estafado. Esto parece un queso gruyere.

Permítanme interrumpir aquí esta parábola y comenzar otra muy breve, para que se hagan idea de lo que siente el habitante de la casa cuando descubre intrusos. Será la parábola del vidente y el invidente. Con cierto parecido a la parábola de un ciego que guía a otro ciego hasta caer ambos en el abismo, solo que un poco diferente, ligeramente modificada.
Les espero en el próximo capítulo. Si prefieren seguir pensando que su búnker es inexpugnable, allá ustedes. Si quieren seguir engañados, pues muy bien. Pero si desean conocer la auténtica sabiduría, la única que puede explicarnos el Cosmos, la vida, al ser humano y a Dios… pues entonces regresen por aquí.

Continuará.

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