RELATOS DEL OTRO LADO Y VI

20 05 2017

UN ENFERMO BIPOLAR Y VI

Mi vida como enfermo mental está repleta de recuerdos ridículos, patéticos, pero éste supera a muchos. Cuando pienso en ello y en las razones que me llevaron a una conducta tan estúpida y sin sentido no puedo por menos de recordar la desesperación que me ha acompañado a lo largo de toda mi existencia desde aquel momento terrible en que mi vida pendió de un hilo, en el que alguien que se creía casi omnipotente, decidió jugar conmigo, como una especie de cruz en la doble cara divina, una especie de dios malvado que juega a los dados, algo que no haría el dios einsteniano.

Debo remontarme años atrás. Acababa de salir del despacho del doctor… donde éste me había anunciado que yo le había decepcionado profundamente. Le había suplicado, casi de rodillas, que me dejara salir a Madrid. Necesitaba sentirme libre, aunque fuera por unas pocas horas. El había confiado en mí, haciendo un gran esfuerzo, porque yo no me merecía aquella confianza. ¿Y cómo le pagaba? Ni siquiera me lo había pensado, había ido directamente a la boca de metro más cercana y allí me arrojé de cabeza al primer tren que pasó. Estaba vivo de milagro, pero eso no era lo peor, lo peor era que había decepcionado su confianza en mí. De haber muerto él se habría sentido culpable el resto de su vida y aunque nadie le hubiera pedido responsabilidades por aquel error su carrera habría quedado seriamente dañada.

Me había tratado como a un hijo y yo le respondí como una bestia sin entrañas, haciéndole el mayor daño posible, un daño inimaginable. Merecía quedarme allí internado el resto de mi vida, encerrado para siempre. Incluso ese castigo era poco para mi gran pecado. Sí, lo iba a hacer. No, no cambiaría de opinión por mucho que yo le suplicara, ya no creía en mí, era peor que una bestia.

A pesar de toda la medicación que llevaba encima la rebeldía que sentí, el odio feroz hacia aquel doctor omnipotente y hacia toda la especie humana, fueron superiores al atontamiento de la mente y la catalepsia del cuerpo. En medio de un comedor vacío apreté los puños hasta clavarme las uñas en la piel, rechiné los dientes, alcé la cabeza al techo, buscando a Dios y maldije a todo y a todos, maldije a la vida, a los seres humanos, al mismísimo Dios. Y juré que aunque pasara allí el resto de mis días, nunca perdería la dignidad como ser humano, podían encarcelar mi cuerpo, pero mi mente era libre, mi consciencia era dueña y señora y nadie podría nunca esclavizarla.

Cuando analizo la causa profunda de mis muchas conductas patológicas, la raíz de ciertos comportamientos inexplicables, me encuentro siempre con este momento. Es algo que permanece siempre ahí, escondido en el fondo de mi mente, aunque ni siquiera lo recuerde, sigue acechando, como un reptil maligno y venenoso, dispuesto a terminar con la especie humana si eso fuera posible. Estaba harto de disimular, de clavar la mirada en cualquier sitio, para intentar ocultar aquel impulso maligno. Como un demonio de pacotilla decidí que mirar fijamente los pechos de la doctora, imaginando lo que había bajo la ropa, desnudando su cuerpo con mi mente, era un acto propio de un demonio que había decidido dejar de luchar contra su naturaleza y pasarse el resto de su existencia siendo malo, tan malo que el propio Dios debería intervenir para terminar con su existencia.

La entereza de aquella mujer puso de manifiesto lo ridículo de mi conducta. Se limitó a hacerme ver lo que estaba haciendo, a preguntarme si le gustaban sus pechos y a decirme que mi comportamiento era inaceptable, propio de un hombre grosero y maleducado. Pocas veces en mi vida de enfermo mental me he sentido tan idiota. Por eso cuando se habla de enfermos que son capaces de las mayores atrocidades, incluso de matar casi sin parpadear, recuerdo aquel momento y me digo que si incluso alguien como yo, un suicida desesperado, alguien que no tiene nada que perder, que ha sido amenazado con pasar toda su vida encerrado en un frenopático, que ha lanzado una espantosa maldición sobre todo bicho viviente, a lo más que llega cuando quiere ser malo es a mirar los pechos de una mujer como si estuviera en toplés, entonces los enfermos que matan tienen que haber pasado todas las barreras imaginables, tienen que haber sido malas personas antes de ser enfermos. Cuando alguien decide matar cruza la línea roja de la consciencia, renuncia a toda empatía, decide pasar al otro lado del abismo que separa el bien del mal. Incluso en un estado de absoluta pérdida de control el ser humano sigue siendo libre. Yo lo fui entonces, cuando pensé seriamente en matar a aquel doctor a la primera ocasión. Podría haber vuelto a su despacho, haberme lanzado contra él, haber puesto mis manos en su cuello y apretar sin compasión hasta percibir su último suspiro. Podría haberlo hecho… pero no lo hice.

Elegí permanecer encerrado de por vida antes que quitarle la vida a otro ser humano. Recuerdo que todo aquello pasó por mi cabeza en aquellos momentos, los más terribles de mi vida, porque si morir es duro, vivir encerrado en un frenopático hasta la muerte aún lo es más. Creo que de allí han nacido todas las conductas esperpénticas que he desarrollado a lo largo de mi vida como enfermo mental. Cualquier cosa es mejor que matar a otro ser humano. Creo que incluso si alguien intentara matar a un ser querido me costaría dar ese paso.

Cuando salí de aquel despacho me sentí tan humillado que tal vez, aunque me cueste creerlo, fuera la semilla que me llevaría a dar el paso definitivo, a dejar la medicación, la terapia y a luchar contra mi enfermedad a pecho descubierto, aceptando y asumiendo todos los riesgos, asumiendo una posible muerte por suicidio.

A lo largo de mis estancias en psiquiátricos he llegado a conocer a todo tipo de enfermos mentales, muy pocas veces alguno de ellos me dio la impresión de ser una mala persona, maligna, venenosa, infernal. Como yo mismo, la mayoría de ellos luchaban contra fuerzas inexplicables que les superaban, faltos de voluntad no eran capaces de dar un paso en la dirección correcta, aunque a cualquier persona normal le hubiera parecido lo más fácil del mundo. He hablado con depresivos para quienes la muerte era la única solución posible a sus problemas; con drogadictos que no podían imaginarse verse libres de esa esclavitud; con alcohólicos para quienes la posibilidad de encontrar una alternativa al alcohol cada vez que tenían que enfrentarse a sus problemas era algo inimaginable, un milagro, y ellos no creían en milagros; con ludópatas que parecían luchar a brazo partido con el destino, intentando doblarle la mano para que el dado mostrara la cara de la vida y no de la muerte; con mentes pilladas en un bucle eterno como trampa de un demonio infernal. No he podido hablar con viejos enfermos babeantes, de mirada extraviada, a quienes había que dar de comer a la boca y cambiarles los pañales, con enfermos sufriendo un brote psicótico o esquizofrénicos que me confundían con cualquier personaje histórico, no he podido hablar con la mayoría de aquellos enfermos que poblaban los corredores de mis días y las pesadillas de mis noches, pero aún así he decidido ponerme en su piel y narrar estas historias del otro lado, para que todo el mundo comprenda que aún en la muerte hay vida, que aún en el basurero crecen flores, que aún en lo que consideramos la noche oscura y absoluta de la consciencia aún hay una luz que se tambalea, buscando la salida.

Hablaré de aquel piloto de aviación, internado conmigo en un psiquiátrico, que luchaba a brazo partido con la depresión y no podía soportar pensar en que se podía quedar sin trabajo y su esposa y sus hijos le podían abandonar. Hablaré de aquel esquizofrénico perfectamente trajeado y encorbatado que me confundió con Julio-César y a quien sin querer provoqué una grave crisis al negar que yo fuera en efecto un personaje tan afín a mi propio nombre César-Antonio. Hablaré de aquel hombre maduro, alcohólico, con quien compartiera habitación en un psiquiátrico, en mis primeros pasos como enfermo mental. Hablaré de aquella mujer, funcionaria de prisiones, que no era capaz de superar el ambiente de trabajo y a quien su marido visitaba dándole mucho cariño, y que parecía tan normal que yo no entendía qué hacía allí, con todos nosotros. Hablaré de todos aquellos compañeros de reclusión frenopática que aún recuerdo y de aquellos que conocí en la vida civil, llamémosla así, y contaré más historias del otro lado, el lado oculto de la luna, el que nadie puede ver y no se atreve a imaginar.

Pero antes debo rematar esta historia que tanto me ha costado escribir y luego tomarme un respiro para iniciar la siguiente. Alguien pensará que no tiene el menor sentido recordar tanto dolor, bucear en un pasado que está muerto, intentar describirles a los demás el lado oculto de la luna, que no les interesa lo más mínimo y que ni siquiera quieren imaginar. Hay que rescatar todo dolor oculto, olvidado, enterrado en los cementerios, en las fosas comunes, en lo más profundo de las almas de las víctimas, en los sumideros de la vida, porque es este dolor el que abonará la nueva tierra donde se construirá la nueva Jerusalém espiritual. La oscuridad aborrece que el dolor salga a la luz, porque cada dolor de una vida es la antorcha que ilumina el camino del futuro. Los demonios de la maldad intentan ocultar el dolor que causan, el dolor de las víctimas, de sus seres queridos, el dolor de los niños emponzoñados por armas químicas, muertos en cualquier playa o costa, el dolor de los supervivientes de los bombardeos, de los atentados terroristas, el dolor que genera una sociedad injusta y demencial solo preocupada por lo material y los placeres hedonistas que buscan conseguir a cualquier precio. El dolor de las personas con enfermedad mental y sus familiares también debe ser rescatado, porque aunque parezca que en él nadie tiene la culpa, como en las catástrofes naturales, la sociedad también es culpable y todos debemos enjugar tantas lágrimas con las dosis necesarias de cariño. Porque en el juicio final, en el apocalipsis que se avecina, solo este dolor podrá ser utilizado para equilibrar la balanza de la justicia divina, de la justicia kármica, desequilibrada por tanta violencia gratuita y tanta maldad.

Cuando salí de aquel despacho, cuando mi esposa regresó a la soledad del hogar, yo me refugié en mi habitación, me encamé hasta que me obligaran a salir del cubil y allí rumié todo lo que había pasado, todo lo que me quedaba por hacer.

Mi hermano, el enfermo bipolar, sufrió un gran cambio a raíz del episodio que he narrado, y también, sin duda, debido a la medicación que iba produciendo su efecto. Al verle caminar apagado por los pasillos y entrar en mi habitación a paso de tortuga, después de llamar cortésmente a la puerta, nadie hubiera dicho que se trataba de la misma persona, el cambio era tan radical que me sentí anonadado, compungido y aún más deprimido de lo que estaba. Me pregunté cómo lo prefería y me dije que no tenía la menor duda, por muy incordión y pesado que fuera como huracán, ciclón o torbellino, era infinitamente mejor verlo así que como un zombi, decaído, alicaído, tan tristón que me recordó a Tristón, la famosa hiena de los dibujos animados que me gustaba ver en mi infancia. Me pregunté si eso era curar a un enfermo y me respondí que eso era hibernarle, sacarle de la circulación, convertirle en un vegetal, para que no incordiara, pero eso no era curar a nadie, que Dios me librara de ser curado de esa terrible forma.

Y allí fue donde comenzó a incubarse mi rebeldía y donde comencé a rumiar la decisión que cambiaría mi vida. Los días que siguieron fueron muy tristes, por suerte me dieron pronto el alta. Mi hermano bipolar me pidió las señas al despedirme de él y me escribió durante un tiempo, luego dejó de hacerlo o yo dejé de contestarle porque volvía a estar mal o puede que ambas cosas a la vez. No volví a saber de él. Con el tiempo conocería a más hermanos bipolares y todos me parecieron clavados, puede que con los ciclos más cortos o más largos, más histriónicos o menos, pero todos igualmente sometidos a esa espantosa oscilación que supone la montaña rusa del ánimo en un enfermo bipolar. Puede que yo mismo sea un enfermo bipolar o tenga algo de bipolar, de acuerdo a las nuevas etiquetas que se confeccionaron después de que fuera diagnosticado por primera vez. De ser así mis ciclos son muy irregulares, largos periodos depresivos y otros en los que me siento eufórico, pasado de revoluciones, agresivo, despectivo, cínico, delirante, el rey del mambo. Pero estos periodos suelen ser mucho más cortos, porque basta un episodio de mala suerte, no ya dramático, una pequeña bronca, un traspié en cualquier terreno para que la euforia se transforme en una profunda depresión y el rey del mambo se convierta en un “Ceniciento” que trata de escapar por la chimenea. No hay derecho a que algunas personas pasen por esos ciclos infernales, incapaces de encontrar un mínimo equilibrio en alguna parte, pero hasta ahora no se ha descubierto ese clic que apaga o enciende una bombillita en el cerebro del enfermo bipolar. La medicación no deja de ser otra cosa que curar una gripe a puñetazos, encontrar la medicación perfecta y equilibrada para el enfermo bipolar es como buscar la piedra filosofal que lo transmuta todo, nunca se acaba encontrando.

Aquel sería mi último internamiento, Carmen sería la última psiquiatra que me trataría, faltaba ya muy poco para que diera el paso feroz y definitivo de abandonar la medicación, las terapias, para decidir que prefería sufrir sin anestesia que pasarme la vida anestesiado, que prefería morir de pie que vivir de rodillas. Sería una etapa terrible, pero mil veces preferida a mi etapa como vegetal ambulante.

En el próximo episodio retrocederé en el tiempo, hasta aquel internamiento eterno e infernal en el psiquiátrico Alonso Vega de Madrid. Tenía yo unos veintidós o veintitrés años y no era mi primer internamiento, antes había estado en el psiquiátrico Santa Isabel de León y en el de San Juan de Dios, en Palencia. Allí conocería al esquizofrénico que me confundió con Julio-Cesar o Napoleón, ya no lo recuerdo, y al piloto de Iberia que había caído en una terrible depresión cuando lo tenía todo, un maravilloso trabajo muy bien remunerado, una bella y maravillosa mujer, unos hijos muy cariñosos, una buena casa, una buena vida, y sin embargo la enfermedad mental no le respetó, como no respeta a nadie. También conocería a mi buen amigo…un alcohólico que me invitaría al salir a su piso, con el que conviviría casi tres años y al que vería morir de cirrosis hepática a los treinta y tres años. Su historia la cuento aparte, en la serie “Algunas historias sórdidas”. Conocería al grupo de abueletes que vivían perpetuamente en el nirvana, con la baba cayendo de la comisura de sus bocas. El doctor que me trató seguramente habrá fallecido hace ya tiempo porque yo era muy joven y él un madurito, tal vez todo el personal haya fallecido o esté ya muy mayor, nadie me recordará y puede que hasta mi historia clínica se haya perdido. Con la llegada de la antipsiquiatría todo cambió y los enfermos salimos al asfalto con una mano delante y otra detrás, nos arrojaron desnudos al frío del invierno, sin una triste manta sobre nuestros hombros. Cada enfermo sobrevivió como pudo, aunque desde luego yo siempre preferiré la nueva etapa a aquella en la que te podían condenar a cadena perpetua en cualquier psiquiátrico y no podías esperar que un milagroso “habeas corpus” te sacara de allí.

Aún no sé si comenzaré este segundo episodio de Relatos del otro lado con el piloto de Iberia o con cualquier otro enfermo que me venga a la mente, superados los bloqueos para olvidar lo que siempre llamé “La etapa negra” de mi vida, o mi temporada en el infierno, recordando a Rimbaud. Si las personas que nos han despreciado y nos desprecian por nuestra condición de enfermos mentales supieran lo fácil que resulta caer en la enfermedad mental y acabar en un psiquiátrico, como yo, intentarían caernos simpáticos a cualquier precio, no fuera que les echáramos el mal de ojo. Esta serie de relatos del otro lado pretende tan solo mostrar a quienes nunca dieron un paso más allá de la línea, que al otro lado no hay monstruos, solo seres humanos como tú y como aquel, que habéis tenido la suerte de no conocer qué es la enfermedad mental, ni en vuestra propia piel ni en la de algún ser querido.

forges7_delocosyenajenados

Anuncios

Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: