DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLIX

24 05 2017

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLIX

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MI PRIMER CUMPLEAÑOS EN SORIA

Ha sido tan triste como era de esperar, ni más, ni menos. Antes felicité a Sara por su cumpleaños, unos días antes, y ella me felicitó luego a mí. Fue un alivio, porque el miedo no hay quien te lo quite. Cuando alguien ha dejado de estar en tu primer círculo y estás intentando que regrese a él, todas las certezas que tenías antes desaparecen y las dudas dan siempre lugar a la angustia. También me felicitó D. Fueron las únicas felicitaciones, no esperaba más. Me regalé un libro digital, uno de los últimos de la serie Skarpeta de Patricia Cornwell, que me faltaba. Me compensé con una buena comida y un buen vino, café, helado y un J.B. con hielo, todo encaminado a dormir una siesta larga y demoledora para que el día terminara antes.

Fue un cumpleaños triste porque la soledad siempre es triste, pero procuro compensar la tristeza con unos pequeños placeres que equilibren el platillo del placer en la balanza del placer y el displacer de Freud. Es una estrategia que da muy buen resultado, aunque sea pobre, aunque sepa a muy poco. Cada disgusto o tristeza o hecho dramático debe ser compensado con un “auto-premio”, aunque esté lejos de compensar o igualar los acontecimientos negativos. Sé muy poco de Sara, me hubiera gustado recibir un correo, aunque no fuera muy largo. Nuestra relación va lenta, muy lenta para mi gusto, a este paso nunca recuperaremos la relación del pasado, aunque no dejo de preguntarme si en realidad aquella relación fue mejor que ésta; aún dentro del entorno familiar y de que estuviera encuadrada en un primer círculo mi condición de enfermo mental difumina y pone en solfa cualquier relación, incluso las más íntimas. La entiendo muy bien, entiendo muchas cosas, puedo ponerme en su piel y alcanzar el máximo de empatía que le es permitido a un sujeto, a un “yo”, pero aún así eso no puede evitar la tristeza de lo perdido.

Tengo sesenta y un años, pero me siento como si tuviera ochenta o noventa, la salud no es buena, el ánimo está aún peor, nada me ilusiona, nada espero, nada anhelo, todo me es indiferente, y no con el desapego del guerrero impecable, que eso sería fantástico, sino con la inútil y aburrida desesperación de quien está en el fondo del abismo, lo sabe y no le preocupa ni hace nada por trepar las paredes. Debería hacer una pequeña recapitulación, como acostumbro cada cumpleaños, pero no puedo, me han ocurrido demasiadas cosas malas.

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LAS DESFAVORABLES FUERZAS PODEROSAS

Sí, en efecto, las fuerzas poderosas no me han sido precisamente favorables en estos últimos meses, pero no puedo hablar de ello, la intensidad emocional es demasiado fuerte para que pueda hacer un relato detallado, una recapitulación profunda, sin ahorrar la menor emoción, sentimiento o dolor. He visto todo lo sucedido con una metáfora terrible que sin embargo me parece graciosa, porque a pesar de todo sigo sin perder el sentido del humor. Es como si las fuerzas poderosas hubieran atropado todos los cartuchos de dinamita puestos en mi camino por ellas, para hacerme pagar mis muchos pecados y aprender las muchas lecciones que aún me quedan por aprender, y me los hubieran colocado bajo el trasero para que estallaran a la vez, no uno detrás de otro, con un pequeño espacio temporal, no para recuperarme, porque es imposible, pero al menos para hacer una respiración profunda y afrontar la siguiente explosión. Han explotado todos a la vez, sincronizados, aumentando uno con otro sus terroríficos efectos individuales. No, no hablaré de ello, tal vez más adelante.

Es curioso que en momentos como estos, todos, no solo los creyentes en Dios o en la espiritualidad, o en el más allá, o en las fuerzas poderosas, hagamos una especie de inventario para saber si nos están cobrando porque debemos mucho o anda por aquí un avaro de tres al cuarto que pretende cobrar antes de dar el préstamo o incluso se lo pretende cobrar en la libra de carne de la pieza de Shakespeare antes incluso de que la primera moneda llegue a nuestra temblorosa mano. Todos hacemos cuentas, he sido bueno, he hecho esto, lo otro, lo demás allá, tengo tantos créditos por mis buenas acciones, ahora merecería una recompensa, un karma positivo, algo, por poco que sea, pero algo positivo. He observado, a lo largo de mi vida, que también los que se confiesan ateos, agnósticos, incrédulos, materialistas, cientifistas, que solo creen en la aleatoriedad de una suerte que a veces escapa de las estadísticas, de las leyes físicas, hacen cuentas cuando les llega una mala racha. Bueno, piensan, es cierto que las cosas me iban aceptablemente, era una buena racha, pero esta mala racha que estoy pasando ahora no encaja, es como si el péndulo no regresara justo a un punto equidistante de donde estuvo, en el otro lado, empujado por una fuerza física de tantos kilopondios, o lo que sea, que suspendí la física en el bachillerato, al menos una vez. De alguna manera, incrédulos y creyentes, materialistas y espiritualistas, damos por supuesta la ley cósmica que dice que toda buena acción tiene su recompensa, que toda mala acción tiene su castigo, que toda acción neutra debería tener efectos neutros. Los espiritualistas pensamos que hemos acumulado suficiente buen karma para que si no recibimos recompensas, al menos en este momento, tampoco tengamos por qué recibir castigos.

Me cuesta pensar como un guerrero impecable, que no tiene metas, o más bien solo tiene una meta: la libertad. Un guerrero impecable no quiere nada y todo lo que le sucede no se lo toma como un premio o castigo, solo como un desafío. Un guerrero impecable tiene estrategias, pero solo en el hacer de la vida corriente y solo para no depender en nada de los demás. Un guerrero impecable sabe que a veces las fuerzas poderosas son desfavorables, lo mismo que otras son favorables, no sabe por qué, tampoco se lo pregunta. Es parte del misterio de la vida. Me he sentido muy mal regresando a los viejos tiempos, cuando podía pensar, con la mayor naturalidad del mundo, en que después de todo siempre nos queda la muerte. Me basta con ir a un psiquiatra, contarle mi historia clínica, decirle que estoy mal y necesito volver a la medicación, me dará algún tipo de medicación, antidepresivos, antipsicóticos o cualquier otra que se estile ahora, me haré con los frasquitos correspondientes en la farmacia, llegaré a casa, cogeré la botella de Pacharán y me iré tomando pastilla tras pastilla en la cama, ayudado por traguitos de un licor dulce y suave que me gusta mucho. Entraré en el consabido coma y me iré sin que nadie se entere. Lo que ocurra después ya no es cosa mía, me importa un bledo. Ni siquiera he podido recordar con claridad lo que me ocurrió cuando hice algo parecido en Alcalá de Henares, allá por el año 1979. Sí he tenido la sensación de que no todo fue tan fácil, de que mientras las pastillas hacían y no hacían su efecto el malestar físico y la angustia psíquica fueron realmente terribles. No, no pude recordar, nunca aprendemos las lecciones. La gran ilusión del suicida es una muerte dulce, sin sufrimiento, ni físico, ni psíquico, pero es un gran engaño, no puedes luchar contra el más poderoso instinto de supervivencia, enraizado en lo profundo de nuestra naturaleza, sin pagar un altísimo precio. Recordé la meditación de la estación de trenes que inventé para el cursillo de yoga mental. No puedes ponerte en la vía para detenerlo, te aplasta y te machaca, solo puedes convertirte en espectador, sentado en el banco del andén. El tren llega, lo ves llegar, no te inmutas, puede parar, largo, muy largo tiempo, ves bajar a los viajeros, ves todo lo que tienes que ver, cómo la mano llena de pastillas sube hasta la boca, cómo subes la botella de pacharán y echas un largo trago para que las pildoritas se deslicen por tu conducto digestivo hasta el estómago; ves cómo sin la menor duda ni angustia repites el proceso y cómo los efectos te van nublando la mente, el sueño se va apoderando de ti, pronto estarás profundamente dormido, en coma, antes de que todo acabe te puedes regodear en un futuro que tú ya no vivirás ni contemplarás. ¿Quién descubrirá tu cuerpo putrefacto, cuándo, cuánto tiempo tardarán en hacerlo, qué pensarán, saldrás en los medios y durante cuánto tiempo?

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Puedes vivirlo con todo detalle, sufriendo todo lo que haya que sufrir, pero sabes que nada de esto está ocurriendo, eres un espectador sentado en un banco, mirando el tren que se ha detenido frente a ti, en algún momento, aunque tarde horas, días, meses, en algún momento arrancará de nuevo y se irá. Cuando termines la meditación descubrirás que nada de esto ha ocurrido realmente, ha sido un engaño de tu mente. Los trenes-ideas-sentimientos-emociones-fantasías, van y vienen, no se pueden controlar, no los puedes detener, no puedes arrojarte a las vías gritando “soy un valiente, nada puede conmigo, yo puedo con todo”, porque sabes que no es cierto, ni eres valiente ni tienes poder suficiente para detener un tren con toda la potencia de sus motores, con toda su masa y envergadura. No puedes controlar tu mente, ni detenerla, ni conseguir el anhelado vacío, pero sí puedes permanecer como espectador, sin mover un dedo, hasta que el tren se vaya. Sí, puede que todo sea tan real como si hubiera ocurrido realmente, porque la mente tiene este poder terrible y fantástico, pero lo que no puede hacer la mente es transformar lo mental en real, para eso se necesita la voluntad, el impulso, el intento chamánico, la acción. Has pensado en… pero no has movido un dedo, lo has vivido como real, pero no era real, la imaginación no se transformó en acto porque no fuiste a un psiquiatra de Soria, no le contaste tu patética historia, no te acercaste a una farmacia, no compraste varias botellas de pacharán en el supermercado, no te encerraste en tu habitación, dejando fuera a los gatitos y repetiste el proceso que ya realizaste una vez en tu juventud. No pudiste detener a tu mente, controlarla, no paraste el tren como si fueras un supermán, pero te mantuviste firme, ni un paso, ni un movimiento de un dedo, ni un pestañeo. El tren arrancó por fin y se fue, vinieron otros, distintos, y todo regresó a la normalidad.

Luego, reflexionando, me dije que esto era natural, ningún enfermo mental supera del todo su enfermedad, siempre regresamos a las viejas conductas patológicas, a las viejas manías obsesivo-compulsivas, siempre nos volvemos a montar en el tiovivo infernal de siempre, pero no pude evitar un estremecimiento, recordé viejos tiempos y me dije que es tan fácil caer al abismo que nos resulta complicado imaginar que trepar luego por las paredes del abismo, desde el suelo, pudiera ser tan fácil como caer. No lo es, subir al Everest sin oxígeno es infinitamente más sencillo que trepar por las paredes del abismo de la desesperación. Me sentí mal y muy preocupado. ¿Qué me sucede? Pero fue aún peor llegar a sentir que mi camino del guerrero era una simple añagaza para fugarme de la realidad, creyendo que ya soy incombustible, invencible, que nada puede contra mí. Aunque el sentimiento solo durara unas horas, fue lo más espantoso que me ha ocurrido desde hace bastantes años. De pronto me encontré sin nada, ni siquiera poseía ya la filosofía del guerrero. Fueron momentos infernales. Pero al final todo pasó.

Recordé a mi amiga…enferma mental y compañera en este camino hacia ninguna parte. Ella siempre lleva en su bolso una jeringa e insulina, para inyectarse cuando quiera morir. Nunca le he pedido ver ese instrumento diabólico. En dos ocasiones en estas últimas semanas me ha dicho por teléfono que no aguantaba más y que iba a suicidarse, se iba a inyectar la insulina. Ni siquiera me he preocupado de mirar si es posible hacerlo inyectándose insulina, en qué cantidad, de qué manera, y con qué efectos. No, no insistas, no me convencerás. No, querida, yo no voy a convencerte de nada, un guerrero impecable no intenta cambiar a nadie porque no se puede cambiar a nadie. Tuve que utilizar de nuevo esa estrategia o terapia ante los posibles intentos de suicidio, intentando no reírme, pensando que yo podría estar muerto y no habría llamado antes a nadie para decirle que me iba a suicidar. Es buena señal que te digan que van a intentar el suicidio, si lo dicen existen grandes posibilidades de que no lo hagan, pero eso no siempre es así, nunca sabes cuándo vas a perder el control y en un momento de fuga total, delirio, desesperación, hagas algo que nadie imaginó que pudieras hacer.  Querida, eres libre y yo respeto tu libertad, la mayor muestra de afecto que puede darte alguien es respetar tu libertad, pero antes podríamos vernos, podríamos hablar, podríamos… No, no me vas a convencer. Vale, ni lo voy a intentar. Eres dueña de tu cuerpo, de tu mente, de tu vida, eres libre, puedes hacer lo que quieras, pero piensa en lo que ocurriría si no lo consiguieras y quedaras en coma durante meses, años, en lo que ocurriría si quedaras parapléjica, tetrapléjica, teniendo que aguantar el resto de tu vida cómo tu mente te lleva a donde no quieres ir sin poder hacer nada, cómo dependerás de quienes no te quieren, de quienes te odian, de quienes desean verte muerta, cómo tendrás que soportar humillaciones sin cuento. No, es una muerte segura y dulce y luego descansaré para siempre. Eso es lo que tú crees, nada es seguro en esta vida y respecto al más allá no creo que sea el descanso que tú piensas. Solo tienes que leerte el libro tibetano de los muertos. Si después de la muerte nos vamos a encontrar con eso, especialmente en las muertes violentas, mejor seguir como estamos. Madrecita, déjame seguir como estoy.

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Volvió a suceder, otro acontecimiento de esos que nos desarman a los enfermos mentales. Me voy a inyectar, no intentes convencerme, esta vez sí, te mandaré un mensaje cuando me la haya puesto. Querida, si haces eso yo llamaré al 112, no puedes pensar que yo voy a actuar como si te odiara, lo haría por cualquiera, por un desconocido, por mi peor enemigo. Querida, pareces no darte cuenta de que tú no eres el centro del universo, de que no existe nadie sino tú, de que nadie sufre sino tú. ¿No has pensado en cómo puede sentirse alguien, aunque sea un desconocido, cuando se entere de que te han encontrado muerta? ¿Crees que todos somos pedruscos sin corazón? Eres libre, no voy a encadenarte para que no te suicides, pero si me dices que te la has puesto yo llamaré al 112, vive Dios que lo haré. ¿Pero no me habías dicho que respetarías mi libertad? Respetar la libertad no es quedarse de brazos cruzados, sin hacer nada, cuando alguien se está muriendo, no soy médico, no he realizado el juramento hipocrático, pero solo las bestias inhumanas pueden actuar así. Entonces no te diré nada. Como lo veas, eres libre, pero te digo que la vida merece la pena, que no hay nada por lo que merezca la pena morir, salvo si te intercambias por un ser querido. Y además piensa que no hay método seguro e indoloro, todo son patrañas. Y además piensa que el dulce descanso del más allá puede ser en realidad el terrible infierno del estado intermedio tibetano. Para sufrir puedes hacerlo aquí, que sabes lo que hay y que el dolor no será tan intenso ni tan largo como en una dimensión donde no existe el tiempo.

Ella sigue viva, yo sigo vivo, todos seguimos vivos, pero ¿por cuánto tiempo? Por si fuera poco también…quiere suicidarse. Cogeré el coche, lo pondré a toda velocidad por la autovía, daré un volantazo y zás, ya estoy muerto. Que no, que no, que puedes quedarte parapléjico, tetrapléjico, puede incluso que el coche de unas cuantas volteretas y mates a personas inocentes que no querían morir. Que no, leche, es una estupidez. No me convencerás.  Te juro que si lo haces y matas a alguien y te matas tú yo mismo iré al más allá para darte una somanta de “ostias”. Y si te quedas parapléjico o tetrapléjico no pienses que voy a ir a verte para bailarte el agua, no cuentes conmigo, yo no voy a consolar a cobardes. No lo hizo, hoy le dan el alta tras unos días de internamiento.

Ella sigue viva, él sigue vivo, yo sigo vivo, todos seguimos vivos, pero ¿Por cuánto tiempo? Ayer, después de subir a Internet un primer episodio de Luciferino, un imitador divino, puse el telediario mientras comía y me enteré del terrible atentado en Mánchester. No lo supe hasta entonces, la noche anterior estuve viendo el estreno de la nueva temporada de Twin Peaks, mi serie favorita, disfrutando con David Lynch. Me levanté tarde, hice las cosas habituales, y me dije que debería ponerme con mis personajes humorísticos. De pronto me entero de que han muerto personas que no querían morir, niños, niñas, adolescentes, jóvenes, en la plenitud de la vida, mientras disfrutaban de un concierto. Hay algo que sigo sin entender, que forma parte del misterio de la vida. ¿Qué les costaría a las fuerzas poderosas juntarnos a todos los suicidas en un concierto, un estadio, una plaza, un avión, lo que fuera, y hacer que la bestia terrorista que corresponda nos haga volar en pedazos?  Nosotros queremos morir, nuestras vidas no valen nada, no sirven para nada, las despreciamos, nos sentiríamos muy felices de terminar con todo esto, con tanto sufrimiento, con años de desesperación, ¿entonces por qué las fuerzas poderosas no nos usan a nosotros en lugar de permitir que se lleven por delante a niños, adolescentes, jóvenes?  ¿No sería mejor que en lugar de dejarnos elucubrar sobre la forma más dulce y rápida de morir las fuerzas poderosas, con su inmenso poder, su estrategia, su dominio de las leyes físicas, las fuerzas naturales y artificiales, nos juntaran a todos los suicidas del planeta y nos hicieran morir en lugar de tantas vidas jóvenes segadas por bestias sin entrañas? Nosotros conseguiríamos lo que llevamos pretendiendo toda la vida y además nuestras muertes tendrían sentido, puesto que las intercambiaríamos por otras vidas jóvenes que siempre quisieron vivir y disfrutar de la vida. ¿Y si a todos los enfermos mentales del planeta, suicidas en potencia, se nos ocurriera ofrecernos para intercambiarnos por ellos? ¿Vas a matar a veintitrés personas, el día tal, en tal lugar? Pues nada, mira, te ahorramos el trabajo, nosotros vamos a estar el día tal, en tal lugar, ve allí, pon tus malditas bombas en nuestros traseros y hazlas explotar, o si tú también quieres morir con nosotros, pues podemos celebrar una comida de hermanamiento, echamos unas risas y luego tú te vas donde quieras, nosotros te seguimos y morimos todos de una puta vez…

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Esto es una espantosa locura. Si a los enfermos mentales se nos diera esa posibilidad, seguro que la rechazábamos. En realidad no queremos morir, lo que nos sucede es parte de nuestra enfermedad, una enfermedad que nadie comprende ni quiere comprender, pero que está ahí. Pero si hay que hacerlo, se hace. ¿Con cuántas víctimas estarían satisfechos esos demonios sin entrañas? ¿Con mil, dos mil, cien mil? Creo que sobre este planeta de mierda hay suficientes enfermos mentales con deseos de suicidarse, pueden pedir incluso más voluntarios. Nada, mira qué forma tan bonita de suicidarse, además haciendo el bien, además siendo unos héroes. ¡Malditos demonios! Si vais a quedar saciados con un número concreto de víctimas, aquí nos tenéis, luego abandonad esa mierda de camino que habéis emprendido y que llamáis guerra santa, no hay nada santo en vosotros, ni en vuestros pensamientos, ni en vuestros sentimientos, ni en vuestro odio, ni en vuestra mezquindad, ni en vuestra falta de empatía, ni en esa irracional creencia de que Dios puede pediros que acabéis con la especie humana para que los pocos que queden, vosotros, seáis los únicos que cumplís sus leyes. ¿Qué leyes? ¿Puede existir un Dios semejante? Ni siquiera un demonio, un Satanás de maldad infinita podría aceptar semejantes leyes.

Todo esto es muy literario, pero si ocurriera un milagro y se celebrara una asamblea de terroristas, yihadistas y demás demonios del infierno, yo me ofrecería a intercambiar mi vida por todas las víctimas futuras. ¿No sería mejor que acabar cualquier día muerto en una cama solitaria por una depresión de mierda?  Tal vez los enfermos mentales tengamos un papel a desempeñar en el futuro apocalíptico que se avecina. Si en realidad, como parece, casi todos queremos morir y acabar con tanto sufrimiento, si no tenemos nada que perder, podríamos  ser la vanguardia del nuevo ejército antiterrorista. Sí, porque como ellos no tememos a la muerte, la deseamos, como ellos creemos que si no vamos a encontrarnos un paraíso, al menos vamos a descansar de una vez, como ellos somos tan cobardes que no se nos ha ocurrido hasta ahora la solución perfecta para terminar con el terrorismo, hacer que nos suiciden ellos a cambio de que dejen en paz a los que desean vivir en un mundo que puede que sea una mierda, pero es el que tenemos.

¿De verdad que a nadie se le había ocurrido hasta ahora que la mejor forma de suicidio para nosotros, los enfermos mentales, que andamos toda la vida buscando el suicidio perfecto, dulce y rápido, sería dejar que nos suicidaran los terroristas a cambio de que dejen en paz a los demás? Bueno, pues si no se la había ocurrido a nadie, se me acaba de ocurrir a mí. No puedo hablar en representación de mis hermanos, los enfermos mentales, pero sí en el mío propio. Aquí me tenéis, a cambio de todas las vidas que vais a segar en el futuro, podéis cortarme la cabeza y sacarme por televisión, por todos los canales, o ponerme una bomba en el trasero y hacerme estallar en el lugar que más os guste, un estadio, en un concierto, en una plaza pública. Además os ahorraréis muchos guerreros de la guerra santa, aunque si en realidad son mártires y van al paraíso puede que también os interese la oferta de juntarles a todos conmigo en el lugar que elijáis y que exploten todas sus bombas a la vez, esto va a ser una fiesta, estas van a ser las primeras fallas de una nueva humanidad. Un guerrero impecable contra miles o millones de guerreros yihadistas de la guerra santa. No hay color. ¿Por qué no aceptáis mi oferta? Sencillamente porque sois unos malditos cobardes, alguien que realmente cree en lo que cree, que está dispuesto a inmolarse por sus creencias, da la cara, como hace aquí un guerrero impecable que realmente cree en lo que cree y lo demuestra.  No tengo miedo a la muerte, no os tengo miedo a vosotros, si la humanidad perdiera el miedo a la muerte no duraríais ni el tiempo que tardáis en apretar el botón de vuestras bombas. Por desgracia la humanidad está demasiado ocupada en su hedonismo de pacotilla para darse cuenta de que todos somos mortales, todos vamos a morir, de que el tiempo es fugaz, más rápido que un ciclón, de que tampoco es tan importante morir antes o después, un día más un día menos carece de importancia. Tal vez esté llegando el momento de que por fin la humanidad despierte y reconozca lo que siempre supo, que somos mortales, que a todos nos espera la muerte, que morir hoy o mañana no tiene la menor trascendencia, pero que morir con dignidad, con el orgullo infinito de entregar la vida por tus hermanos, no es lo mismo que morir como un cobarde. Tal vez la humanidad descubra que el único camino es el de la fraternidad y el amor, porque tras de los terroristas vendrán los de las pateras y los niños que se mueren de hambre con los estómagos hinchados, y todas las víctimas de todos los desmanes que la humanidad ha cometido, comete y cometerá. El día que comprendan que todos somos mortales, que todos vamos a morir y que es mucho mejor hacerlo con dignidad espiritual que escondiéndose como cobardes para que el destino aleatorio y demoniaco de los terroristas no nos alcance, entonces vuestra vida como terroristas habrá acabado para siempre, entonces la humanidad estará preparada para abrir sus ojos a la luz. ¿Acaso no morimos todos? ¿Entonces a qué viene tanta estupidez, tanta mentira y lucha inútil para terminar en la misma tumba?

Ella quería suicidarse y está viva, él quería suicidarse y está vivo, yo quería suicidarme y estoy vivo. Pero hay personas que ya no lo están, como los vilmente asesinados el  22 M en Mánchester. Tal vez sea hora de que los enfermos mentales nos replanteemos el sentido de nuestras vidas. Si vamos a morir, que sea por nuestros hermanos, en una misión espiritual. Tal vez nuestra enfermedad tenga algún sentido, después de todo.

Y así termina un capítulo de este diario que comencé preguntándome qué había hecho mal para que las fuerzas poderosas me castigaran con una serie de extrañas coincidencias que me las han hecho pasar de a kilo estos últimos meses. ¿Qué han hecho las víctimas del 22M, todas las víctimas del terrorismo, para merecer semejante castigo? Nada, pues entonces deja de quejarte. Puede que en el próximo capítulo todo haya vuelto a la normalidad, si es que los cobardes y demoniacos terroristas no han aceptado mi reto. ¿Alguien había creído por un momento que esto era una broma macabra? No, el reto sigue siendo válido y lo seguirá hasta mi muerte.

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