EL LOCO DE CIUDADFRÍA XI (NOVELA)

10 07 2017

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El aire fresco de la calle me hizo consciente de la borrachera que me llevaba en zig-zag. La cabeza me daba vueltas y se me escapaba una risa floja, que hubiera asustado a cualquier transeúnte, de no haber estado la ciudad dormida y sus calles desiertas. Las farolas del alumbrado me permitían ver por dónde caminaba (no es cierto que los borrachos vean doble las cosas, al menos a mí no me pasa) aunque no siempre acertaba a poner el pie allí donde antes había puesto la bala.

Sí, porque me dio por disparar sin pistola, con la vista, a las ventanas y farolas. Emitía ese ruidito que tanta gracia me hace en los niños: bang-bang. O algo parecido. En mi mente iba provocando a los pacíficos ciudadanos que dormían tras las ventanas. “Aquí tenéis a un borracho que os va a dar caña, jaja”.

De pronto necesité una escena lujuriosa para calmar mi borrachera y me vino a la cabeza la imagen del loco montando su almohada, abrazándola como si fuera Marilyn Monroe a punto de salir corriendo y taladrando la tela como si se tratara del suave terciopelo de los muslos de la Monroe. La carcajada se me disparó como una flecha tirante. No pude resistirme a la histeria durante un largo tiempo, tal vez un par de minutos o tal vez más. Luego otra imagen pasó fugazmente ante mi nariz: la almohada era mi esposa desnuda. Eso me calmó mejor que un buen puñetazo.

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Miré hacia las ventanas por si algún honrado ciudadano había sido despertado por mis risas… Nada. Todo seguía tranquilo. Caminé haciendo eses o zetas o lo que fuera, incluso puede que círculos. Para probar hasta qué punto estaba borracho decidí someterme a la prueba que me enseñara años atrás un primo… carnal, no un tonto. Consiste en alzar una pierna doblada por la rodilla y situarla a la altura de la cadera. Luego intentas poner el codo en la rodilla y tocarte la nariz con la mano… todo al mismo tiempo.

Me desplomé como un saco. Al levantarme la risa me brotaba por todos los poros. Hasta por el de atrás. Una ventosidad sonora se me escapó sin que pudiera evitarlo. Miré de nuevo a mi alrededor. La calle continuaba desierta, las ventanas cerradas y la ciudad dormida.

Ignoro el tiempo que tardé en llegar a casa. Solo recuerdo que miré el reloj de pulsera en algún momento del recorrido y las agujas señalaban las cuatro de la mañana. También recuerdo que deseé que pasara alguna jovencita, para experimentar la técnica tántrica del loco… Pero no pasó ninguna, tan solo un perrito vagabundo, que me miró un segundo y luego salió disparado, como si le hubiera pisado el rabo.

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Imaginé que una farola era una mujer desnuda, e intenté ponerme cachondo. No lo conseguí. Pero sí se me empinó cuando desnudé mentalmente a mi actriz favorita. Me senté en un banco, intentando descansar unos minutos y espantar la borrachera. La fantasía me llevó hasta el interior de mi dulce hogar, donde mi mujercita me esperaba con el rodillo de madera tras de la puerta. Eso me despejó mucho mejor que el agua de una fuente cercana.

Cuando pisé mi calle decidí apretar los puños y los dientes y tratar de caminar recto… por si algún vecino se asomaba… pero ninguno lo hizo. Mi esposa estaría dormida y bien dormida. Caminé por la casa tratando de no tropezar. No quería despertarla. Logré llegar al salón sin tropiezos. Me desnudé, dejando la ropa en el suelo, de cualquier manera. El dormitorio estaba a oscuras. Caminé, casi de puntillas, y muy despacio, muy despacito tiré de la punta de la sábana y me introduje bajo ella. Tardé una eternidad en respirar, escuchando la plácida respiración de la ocupante, que me daba el culo.

Permanecí boca arriba largos minutos, intentando no moverme y respirar con cuidado. Por mi mente pasaban imágenes corriendo tras de mí como las mujeres tras Buster Keaton en una película. La acompasada respiración de mi partenaire, que roncaba dulcemente, en cuanto se descuidaba un poco, me ayudó a conciliar el sueño.

PRIMERA PESADILLA

Desperté angustiado, empapado en sudor frío. Acababa de sufrir una terrible pesadilla.

“El loco bajó conmigo en el ascensor. Me condujo a los trasteros, situados en el sótano, y me invitó a pasar primero. La oscuridad era absoluta. El loco encendió un mechero, me puso un pitillo en la boca y lo encendió. Sacó un manojo de llaves y con una de ellas abrió la puerta metálica. Ya en el interior se arrodilló sobre el cemento y comenzó a cavar con sus uñas. Se las arrancó sin un gemido. Los dedos le sangraban, pero él no cejaba en su empeño.

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“Por fin un gran agujero quedó al descubierto. Hurgó hasta encontrar lo que me pareció la tibia de un esqueleto. Con ella en la mano se alzó hasta mí, poniéndomela en las manos.

-Soy un asesino en serie. Ahora ya lo sabes. ¡A ver si tienes cojones para denunciarme!

Se arrodillo de nuevo. Esta vez en sus manos aparecía una calavera, monda y lironda. La colocó en mis manos. No pude reaccionar. El terror me paralizaba. Bajé la vista hacia el cráneo. Éste comenzó a cubrirse de carne, casi a cámara lenta. En un principio no fui capaz de identificar aquel rostro. Su boca se abrió, intentando decirme algo.

-¿No me reconoces?

Solté un grito de horror… Era la cabeza de mi esposa, no tuve la menor duda. Tan bella como siempre, su cuello aparecía cortado de un solo tajo y sin una sola gota de sangre.

El loco se estaba riendo a mandíbula batiente. Me contó cómo había asesinado a sus víctimas, enterrándolas en el trastero, sin que nadie sospechara nada. En cuanto a mi esposa, la había violado en sueños y luego le había cortado la cabeza con un hacha muy afilada, mientras yo dormía a pata suelta.

-¿Te pasa algo?

Era mi esposa, la real, la auténtica, no la del sueño, que acababa de encender la lamparilla de la mesita de noche.

-Has gritado.

Me pasó la mano por la frente.

-Estás sudando y puede que tengas fiebre… ¡Pero bueno, si estás empapado y tiemblas como una vara verde!

Se inclinó sobre mi boca y me olió.

-¡Borracho perdido! No deberías beber. Ya te he dicho un millón de veces que no te sienta bien.

Eso era cierto. Me sentía tan mal que adopté una postura fetal para intentar controlar mis piernas, que saltaban como las patas de una cabra sobre una peña. Mis dientes castañeteaban y un frío espantoso había llegado hasta la médula de mis huesos.

-¿Os bebisteis las dos botellas de vino?

-Y una de whisky y empezamos una de vodka…

Apenas podía articular las palabras. La pesadilla era tan real que gruesos lagrimones de alegría brotaron de mis ojos, al cerciorarme de que el amor de mi vida estaba allí a mi lado, vivita y coleando.

-¡Pero bueno…! ¿Además de loco también es un borracho?

-No, pero los dos necesitábamos un buen trago. Fue muy duro.

-Lo imagino. Aunque no fue precisamente un trago lo que os echasteis al coleto.

Me vi obligado a contarle toda la conversación… Bueno, en realidad me callé la última parte, la que le afectaba a ella. Me escuchó atentamente. Yo continuaba temblando, el frío no decrecía y la angustia me hacía sudar a chorros.

-¿Has tenido una pesadilla?

Se la conté, aún estremecido. Ella me abrazó, obligándome a reclinar mi cabeza sobre sus pechos. Me acunó como a un bebé, sin dejar de hablar.

-¡Has grabado la conversación?… Pues quiero oírla. ¡Pobre hombre! La historia de su intento de suicidio es terrible… algo espantoso.

 

Continuó hablando. Yo me iba calmando poco a poco. En un momento determinado me alcé y acaricié sus pechos.

-¡No me digas que ahora te apetece! Sabes muy bien lo que me molesta el olor a alcohol y que no soporto a los borrachos… No los soporto, es superior a mis fuerzas. Hueles que apestas. Deberías darte un baño. ¡Das asco!

Me tragué mi orgullo y supliqué y supliqué… Necesitaba hacer el amor para calmar la angustia de su pérdida. Lo necesitaba como un naufrago una tabla de salvación. Perdí el control y sollocé como un niño.

Ella comprendió que no estaba bromeando.

-Vale, por una vez… No se volverá a repetir. Pero antes vete al servicio y enjuágate la boca con el colutorio. Te das una ducha rápida y te frotas bien. Luego échate colonia.

Hice lo que me pedía. Regresé, me tumbé a su lado y la abracé. La besé con pasión. Ella se mostraba distante, como obligada. La besé una y otra vez, largamente, con pasión, hundiendo mi boca entre sus dientes, buscando su lengua. Acaricié sus flancos. Introduje mi mando entre sus piernas y acaricié su pubis. Ella comenzó a mostrarse más receptiva. Mordisqueé sus pechos y lamí sus pezones. Ahora había dejado de lado toda prevención contra mi borrachera. Respondió con pasión.

Hicimos el amor como si lleváramos años sin hacerlo, como si nos hubiéramos perdido durante años en islas desiertas, muy lejanas una de la otra y nos acabáramos de encontrar. Descubrimos nuevas posibilidades en nuestros cuerpos y en nuestras almas.

Al terminar la abracé con terrible fuerza. Ella quería saber más detalles de la conversación. Yo me sentía completamente agotado. Bajé mi boca hasta el lóbulo de su oreja, que mordisqueé con dulzura.

-Gracias, amor, muchas gracias… No imaginas hasta qué punto necesitaba esto.

Ella, a su vez, necesitaba charlar. La había desvelado y no podría conciliar el sueño en un buen rato. Yo estaba y no estaba. De pronto no estuve. A la mañana siguiente ella me comentaría, riéndose, que me puse a roncar como una locomotora.

 

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