FARSAS DE CONTROL VI

19 07 2017

FARSAS DE CONTROL VI

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LA FALTA DE COMUNICACIÓN- EL SECRETISMO

Hace ya mucho tiempo que no toco este tema, tal vez se deba a que me resulta muy desagradable. Las farsas de control son como las malas hierbas en un huerto, por mucha buena simiente que plantes y por mucho cuidado y esfuerzo que pongas en regar, en cuidar de las plantas, las malas hierbas acaban con todo. Eso mismo ocurre en las relaciones interpersonales, por muy buena voluntad que pongas en “llevarte bien” con el otro, en preocuparte de él, en dar todo el afecto y cariño de que seas capaz, al final si las farsas de control se apoderan del huerto de la relación interpersonal éste se convertirá en un erial capaz de tragarse todo el agua que le eches sin dar a cambio otra cosa que no sean ortigas y abrojos.

Me resulta molesto analizar cómo funcionan las farsas de control en las relaciones interpersonales porque todos las utilizamos, de una manera o de otra, todos caemos en esa tentación tan atrayente de utilizar constantemente farsas de control con los otros para conseguir lo que deseamos de ellos, para tenerlos sometidos, para manipularles, para ser sus amos, en una palabra. Observar las farsas de control en los otros me obliga a analizar éstas en mí mismo y no hay nada más desagradable que ser consciente de que ciertas conductas que pensabas eran el colmo de la generosidad y de la bondad, son en realidad mezquinas farsas de control con las que intentas vampirizar a los demás.

¡Hay tantas malas hierbas en un jardín! Todos buscamos librarnos de recargar energía de la mejor de las formas posibles, a través del amor, del afecto, del cariño, porque recibir amor sin darlo es algo tan mezquino que nos hace sentirnos muy mal, por otra parte el amor nos desnuda y nos sentimos avergonzados de mostrarnos tal como somos, aún más el amor requiere un gran trabajo, esfuerzo, concentración, una batalla sangrienta con lo peor de nosotros mismos. Es mucho más fácil enchufar nuestra batería en el enchufe del otro, sin pagar luego la factura de la luz, cuando nos convenga, y encima pedirle que nos pase la mano por el lomo, que nos halague y que nos entretenga contándonos historias divertidas. El amor exige más esfuerzo, sacrificio, renuncia, mayor esfuerzo de voluntad. No es de extrañar que hayamos caído en la tentación de las farsas de control, como arañitas que diseñan sus estratégicas redes para cazar a quien se acerque con las mejores intenciones.

Como hemos visto a lo largo de esta serie de textos, he tomado prestado el nombre y el concepto de James Redfield y de sus libros sobre las revelaciones. Ya el nombre me parece extraordinario, perfecto y contundente. En efecto así son muchas de nuestras conductas con los demás, auténticas farsas de control. Hemos visto cómo acabar con ellas a través de la metáfora del partido de tenis y hemos analizado algunas tan evidentes que nos preguntamos cómo seguimos cayendo en ellas. En esta nueva serie de textos analizaremos otras más sutiles, más astutas, y habrá un apartado especial para analizarlas en las personas con enfermedad mental.

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La falta de comunicación, el secretismo en las relaciones interpersonales es una de las farsas de control más sutiles, porque se enmascara con bastante facilidad haciendo creer que en realidad nuestra conducta solo tiene motivos generosos y altruistas.  Damos a entender al otro que le escuchamos durante horas, que cargamos sus problemas sobre nuestras espaldas, que somos la generosidad pura al permitirle que nos cuente su vida de “pé a pá” sin que nosotros lo agobiemos con nuestros estúpidos problemas que no vienen al caso. Con esto conseguimos que el otro se sienta culpable, que se sienta deudor, que crea que nos debe mucho y se muestre dispuesto a retribuir nuestro sacrificio cuando llegue el caso. Es como si nos prestaran mucho dinero y muchas veces, haciéndonos creer que el interés es muy bajo, o casi no existe, son préstamos a fondo perdido, pero de esta manera el otro se convierte en nuestro perpetuo acreedor y si quiere ya encontrará la fórmula para hacernos pagar muy caros todos estos supuestos préstamos.

Cuando tras un tiempo prudencial de relación interpersonal nos encontremos, haciendo el balance que propongo, y que es como la prueba del algodón del anuncio de limpieza, con que el otro lo sabe casi todo de nosotros y en cambio nosotros no sabemos casi nada del otro, ojo, la prueba del algodón ha encontrado mucha suciedad oculta. Puede parecer muy mezquina esta prueba, como si anotáramos en una agenda negra todo lo malo de los demás y nada de lo nuestro, o como si pesáramos en una balanza de precisión atómica a los demás y nosotros nos pesamos en una balanza con trampa. Descartemos este sentimiento que es solo consecuencia de los efectos tóxicos de esta farsa de control. Si no llegamos esta prueba, antes o después, en el curso de una relación, al final nos podremos encontrar con la gran sorpresa de que no sabemos nada del otro, de que el otro sabe casi todo de nosotros, incluso nuestras debilidades más ocultas con las que nos puede chantajear y lo que es peor, nos encontramos frente a un deudor implacable al que debemos mucho sin ser conscientes de que nos haya prestado tanto como él dice.

En una relación interpersonal la comunicación es esencial y el secretismo el mayor obstáculo para que la vinculación sea cada vez más estrecha.  Como sabemos la comunicación es una autopista de doble dirección y con muchos carriles. Si comunicamos mucho pero no nos comunican nada, esto no es comunicación ni relación interpersonal, sencillamente lo que estamos haciendo es llevar nuestro descapotable a plena luz del día, a una velocidad no muy alta, para que todo el mundo que quiera pueda vernos y saber cómo somos. Y aquí introduzco también la filosofía del cazador del guerrero impecable. Si estamos siempre en medio del camino, dejando que todo el mundo se encuentre con nosotros y nos vea, nos observe, si además estamos desnudos con lo que los otros no tienen la menor dificultad para ver nuestras vergüenzas, nos convertimos en presa.  Un buen guerrero-cazador sabe cuándo ponerse en mitad del camino, para que todos lo vean, y cuándo esconderse y observar a los demás. Un buen guerrero-cazador puede llegar a la maestría de no necesitar saber cuándo ponerse en mitad del camino o cuándo esconderse, porque se ha vuelto inaccesible a los demás, y de esta forma da igual dónde esté, nadie puede acceder a él si él no quiere.

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Es curioso que los que emplean con mucha frecuencia esta farsa de control, en el fondo buscan también la inaccesibilidad, pero no como guerreros sino cazadores sin entrañas en busca de presas. No comunican, no son sinceros, dicen lo justo y la mayoría de las veces ni eso, pensando que así ellos no están en mitad del camino, así no son presas. Aunque se engañan de forma muy sutil, en el fondo están convencidos de que la falta de comunicación con el otro es una forma de no ser vulnerables. Tienen miedo a que el otro pueda utilizar sus “debilidades” para hacerles daño, y sin embargo escuchan impertérritos todas las manifestaciones sobre las debilidades del otro. También resulta curioso que muchos de estos “oyentes generosos” sean al mismo tiempo unos grandes cotillas. Escuchan al otro pero luego no tienen la discreción de mantener en secreto conversaciones que tácitamente se entiende han sido depositadas en él con la etiqueta de “secreto” o confidencial, porque de otra manera lo hubieran publicitado a través de las redes sociales y todo el mundo lo conocería. La farsa de control del “cotilleo”, no precisamente demasiado sutil, la analizaemos más adelante, sin prisas, porque aunque hace mucho daño es tan evidente y tan sencilla de rebatir que solo quienes quieren caer en ella caen. Es un poco como el tema de los timos, una especie de farsas de control de la delincuencia, se supone que quien cae en las garras de un timador es porque no es trigo limpio, algo andaba buscando que no era precisamente muy ético.  No es que el que sufre la farsa de control del cotilleo no sea trigo limpio, como las presas de los timadores, pero sí está claro que todos los que sufren por los cotilleos tienen una importancia personal tan, tan desmesurada, que uno tiene la tentación de pensar que les vendrá bien un poco de cotilleo sobre su persona para rebajarla, lo mismo que la presa del timador siempre debe reflexionar sobre su ética porque está claro que le han pillado por ahí.

Para combatir la farsa de control que estamos tratando nada mejor que hacer de vez en cuando “la prueba del algodón”. Si tras un tiempo prudencial descubrimos que el otro sabe de nosotros casi todo y nosotros ignoramos casi todo sobre el otro, es que algo falla y aunque el otro emplee mil razonamientos muy lógicos, supuestamente muy generosos y humanitarios, es preciso examinar con detenimiento cómo va esa relación. Esto resulta especialmente llamativo en el caso de las personas con enfermedad mental que estudiaremos en otro apartado. Cuando en una relación interpersonal alguien ignora casi todo del otro, y este otro se disculpa, se cubre, con el manto de la generosidad máxima, “ te escucho, te escucho siempre, porque de esta forma te ayudo, y tú no necesitas saber nada de mí”, hay que meditar muy seriamente sobre esa relación. Curiosamente hay profesiones en las que “escuchar siempre y no contar nada” parece la esencia de esa profesión, y me estoy refiriendo, por ejemplo, a psicoanalistas, entre otras, pero esto poco tiene que ver con las relaciones interpersonales, nadie que haya realizado un psicoanálisis podrá luego presumir de una amistad profunda con el psicoanalista. La famosa transferencia en el fondo pretende deshumanizar a terapeuta y enfermo, no son dos personas que se comunican, hay un terapeuta que pretende desaparecer, convertirse en un espejo, un objeto frío e impersonal, y hay un enfermo que pretende “curarse” y lo mismo le daría que el terapeuta fuera un robot o un frasco de píldoras. El que el terapeuta intente no “involucrarse” con la disculpa de que el enfermo  evolucionará mejor si afronta solo sus problemas, con la presencia simbólica del otro, para que esto le ayude a objetivar sus problemas, no es otra cosa que el escudo que se pone el profesional para evitar que el enfermo le arroje sus problemas a la cara, para evitar sufrir, para que de esta manera pueda atender a muchos enfermos diariamente y de esta forma ganarse honradamente la vida. Mucho me temo que la economía acaba primando sobre la relación interpersonal, el enfermo paga para ser curado, el terapeuta cobra por hacer lo que esté en su mano para curarle, pero sin “mancharse”, sin sufrir, sin iniciar una relación interpersonal que no viene al caso y que el terapeuta considera que siempre será negativa para él.  Intentar curar a otro, economía de por medio, sin el menor atisbo de relación interpersonal, porque la transferencia va a hacer mucho daño, no puede funcionar, ni siquiera en las enfermedades físicas, mucho menos en las mentales o enfermedades del alma.

De alguna manera en esta farsa de control se funciona así, el que no habla de sí mismo es porque se considera el terapeuta, el “normal”, el que sabe, el fuerte, y el que no deja de hablar de sí mismo es porque es el débil, el enfermo, el que necesita a los demás. Este desequilibrio de inicio, putrefacta de raíz la relación interpersonal. Como hemos visto en la ley de los tres círculos, cada círculo tiene sus normas, que si no se cumplen no es posible permanecer en él. Una de las normas básicas del primer círculo es la equidad, hay que dar tanto como se recibe, hay que comunicar tanto como se nos comunica.  Y se supone que quien escucha a otro hablar y hablar durante horas, contarle sus intimidades, es porque aspira a una relación de primer círculo, de otra forma le bastaría con cumplir las normas básicas de cortesía del segundo círculo, o comportarse con el respeto básico que exige el tercer círculo. Pues bien si aspiramos al primer círculo, no podemos olvidarnos de la equidad y la comunicación, no podemos utilizar la farsa de control de “tú cuéntame toda tu vida, que yo, que soy muy bueno y generoso, te escucharé con paciencia y no necesitaré contarte nada de mí”.

La sutileza de esta farsa de control reside en esa aparente generosidad del que no se comunica porque considera que está haciendo mucho bien al otro escuchándole durante horas y horas; también en lo fácil que resulta enmascararla entre las debilidades de carácter más comprensibles y disculpables.  Soy tímido, me cuesta hablar de mí mismo, en cambio para ti parece ser lo más natural del mundo. Me avergüenza hablar de mis intimidades, supone un sacrificio terrible para mí, en cambio tú no tienes secretos, me cuentas hasta tus intimidades más íntimas sin pestañear. Todos somos tímidos, a todos nos cuesta hablar de intimidades, todos nos sentimos mal cuando cargamos nuestros problemas sobre la espalda de los demás, a todos nos llevará luego un tiempo recuperarnos del  streaptease del alma que hemos hecho. Todos sabemos también lo mal que nos sentimos cuando escuchamos los problemas del otro sin poder contarle los nuestros. Es por eso que esta farsa de control es tan, tan sutil. Siempre se puede alegar que sufrimos mucho escuchando las desgracias que nos cuenta el otro y no queremos aumentar aún más su sufrimiento contándole las nuestras. Sí, en efecto, las disculpas por este comportamiento son de mucho peso, razón por las que las aceptamos con tanta facilidad. Lo que falla es que esta conducta se prolongue en el tiempo y no haya la menor alternancia. Siempre es uno el que cuenta y el otro el que escucha, que a su vez no cuenta nunca nada de él. Digamos que lo que puede ser perfectamente comprensible en un momento determinado, no lo será al cabo del tiempo.

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Estos “escuchantes” acaban por profesionalizarse. Se encuentran a gusto escuchando y no solo eso, suelen terminar convirtiéndose en interrogadores. Otra farsa de control muy emparentada con ésta que veremos en otra ocasión.  Se convierten en auténticos inquisidores que lo quieren saber todo de nosotros y no se avergüenzan de utilizar manipulaciones y chantajes para obligarnos a “desembuchar”. Se transforman en detectives que nos asaetean a preguntas durante horas y horas, buscando un resquebrajamiento en nuestras “coartadas”.  Los que sufren estas farsas de control llegan a sentirse culpables si ocultan algo, culpables si han hecho algo que saben disgustará al interrogador.  Los famosos “escuchantes” nunca suelen quedarse ahí, acaban siendo “interrogadores” y de ahí a la manipulación más drástica solo hay un paso. No necesitan pasarse largas horas intentando convencer al otro de sus ideas o de que deben cambiar su conducta, adaptándola a la suya, que sin duda es la mejor, o que deben hacer esto o lo otro, o dejar de hacer esto o aquello, porque les basta con preguntar, con “interrogar” para que el otro se sienta tan culpable que o bien se vea obligado a mentir, y ya sabemos que antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, o se verá obligado a cambiar de conducta, haciendo al final lo que el otro quiere que haga. En resumidas cuentas,  cuando hacemos la prueba del algodón y descubrimos que el otro lo sabe todo de nosotros, pero nosotros no sabemos nada del otro, no hay que elucubrar mucho para saber quién está utilizando una farsa de control y quién se supone que va a salir ganando siempre.

Para combatir con éxito esta farsa de control, hay que tener en cuenta las siguientes cuestiones:

-Si el otro quiere realmente formar parte de nuestro primer círculo, llegar a una relación interpersonal profunda y afectiva, deberá cumplir las normas del primer círculo, es decir, tiene que haber comunicación y equidad.  Solo un psicoanalista puede saberlo todo de nosotros, sin que nosotros sepamos nada de él, y aún en este supuesto, mi opinión subjetiva y personal es que no puede funcionar bien para curar una supuesta enfermedad mental o del alma de la otra persona.

-Es comprensible que el otro pueda ser más tímido que nosotros, que sienta más vergüenza al hablarnos de sus intimidades, que le suponga un esfuerzo mucho mayor que a nosotros el hablar de lo que realmente importante y no de tópicos y nimiedades, pero eso no es una disculpa, podemos dar nosotros el primer paso, contar primero nuestras intimidades, pero tiene que haber respuesta del otro, antes o después, porque si no, ipso facto, el otro está utilizando con nosotros esta farsa de control de la falta de comunicación y el secretismo.

-En una relación de primer círculo siempre se sufre, no todo son besitos y halagos y abracitos cariñosos y jijí y jajá, compartir el dolor del otro es otra de las normas básicas de un primer círculo, por eso quienes renuncian a comunicarse, alegando que no quieren hacer sufrir al otro, o no entienden qué es un primer círculo, o no quieren pertenecer a él, o están enmascarando esta farsa de control.

-No nos engañemos, quienes utilizan esta farsa de control con nosotros, por muy convincentes que sean, por mucho que digan querernos, por muchas razones que esgriman para no hablarnos de sus intimidades, son tóxicos para nosotros, nos vampirizan, están alimentándose de nuestra energía, están poniendo a recargar sus baterías en nuestros enchufes, aunque puedan llegar a convencernos con facilidad de que las cosas son al revés, que somos nosotros los que enchufamos nuestra batería a sus enchufes. Si fuera así, no habría el menor problema de que lo hicieran, en efecto, enchufándose a nuestros enchufes y contándonos sus intimidades.

`PECULIARIDADES DE ESTA FARSA DE CONTROL EN LA PERSONA CON ENFERMEDAD MENTAL

Como sucede con otros tipos de conducta en el enfermo mental, hay que estar atentos para que nada se enmascare y podamos descubrir lo profundo al otro lado del supuesto espejo de lo evidente. Parecería evidente que el enfermo mental es el que cuenta sus intimidades, puesto que siempre nos está hablando de lo mal que se siente, de la mierda que es la vida, de que desea morir, todo ello supuestamente lo más íntimo de lo que puede hablar una persona. Pero no nos engañemos, para el enfermo esta forma de expresarse es un mantra nacido de una idea obsesivo-compulsiva. No hay en ello nada de sinceridad, de contar realmente sus intimidades más íntimas.  Puede pasarse horas contándonos sus desgracias, supuestas o reales, hablando de todo lo que le sale mal, de lo mal que se siente hoy en relación a ayer, de que alguien se ha reído de él por la calle, se ha burlado de su condición de enfermo, de cómo le afecta todo esto, de lo íntimo que es contar algo así, de que no se lo cuenta a nadie, excepto a nosotros, etc etc. Pues bien, hagamos la prueba del algodón. Analicemos qué es realmente lo que sabemos del otro y lo que el otro sabe de nosotros. De él sabemos siempre lo mismo, que está mal, que está deprimido, que hoy, lo mismo que ayer y que siempre, alguien se ha reído de él, se ha burlado de él por la calle; que la vida es una mierda por esto, por lo otro y por lo demás allá; que desea morir y ya, ahora mismito, que está pensando en cómo hacerlo; que la culpa de todo la tienen los demás, porque su familia, el otro y el otro no le comprenden, no quieren comprenderle, no le dan afecto, cariño, no aceptan que él es libre y puede tomar sus decisiones, que tiene razón al pensar de esta manera y que ellos no, por esto y por lo otro, y blá, blá y blá…

Este es el bucle que se repite y se repite en el enfermo mental, el tiovivo infernal en que está dando vueltas hoy, ayer, mañana y siempre y del que nunca se bajará porque él tiene razón y los demás no, pero sobre todo porque solo lo haría si recibe cariño y nadie se lo da. Pero si analizamos con objetividad su supuesta sinceridad, las intimidades tan íntimas que nos cuenta, seremos conscientes de todo lo que nos oculta, que es mucho. Aparte de las conductas de sus familiares y seres queridos que más le molestan y que nos cuenta una y otra vez, en realidad sabemos muy poco o nada de su familia, porque no habla de ella con sinceridad, como personas que pertenecen a su primer círculo, o bien unos días intenta disculparles, cuando está bien, o bien otros días tienen la culpa de todo, cuando está mal.

Una persona con enfermedad mental nos puede ocultar lo más importante, no que esté deprimido y quiera morirse, pero sí que pudo sufrir maltrato en su infancia, por ejemplo, o que bebe más de lo que debiera, en realidad solo bebe muy de vez en cuando, según él y solo cuando los demás se portan mal con él. Nos puede ocultar que ha caído en la droga, bien la droga blanda o la dura y que  se gasta mucho dinero en ella, porque no es gratis precisamente. Nos puede ocultar que muchas veces sus delirios, alucinaciones, las voces que escucha, comienzan cuando ha consumido alcohol o drogas. Nos puede ocultar que sus problemas no son solo estar deprimido, hundido, a causa de su enfermedad, sino problemas objetivos en los que él mismo se ha metido por falta de voluntad, por una absoluta falta de organización, por no saber administrarse.  Nos puede ocultar que tiene problemas económicos que le preocupan mucho y que contribuyen en gran medida a que esté deprimido. Nos puede ocultar que no es capaz de vivir solo, como lo ha comprobado cuando se ha marchado de casa, ha comenzado a vivir solo y ha descubierto que la soledad es terrible para el enfermo mental. Nos puede ocultar que tampoco puede convivir con sus familiares en el domicilio paterno porque no se entienden, no solo por su culpa, por culpa de todos, no son capaces de llegar a un acuerdo, a un protocolo y todo son broncas y follones diarios. Nos puede ocultar que estos problemas, objetivos, le están destrozando la vida, pero él todo lo achacará a su enfermedad, estoy deprimido, soy un enfermo mental y si no lo fuera todo sería distinto.

Un enfermo mental nos puede ocultar que se siente muy solo, porque en realidad tiene muy pocos amigos o ninguno, y a veces tratará de ocultar este extremo hablando de que ha quedado con un amigo o que le ha llamado una amiga… Nos puede ocultar que se siente muy triste y desesperado porque no tiene pareja y nunca la tendrá, porque todos sus intentos han sido estrepitosos fracasos, porque su enfermedad mental le impide ser como los demás, tener una familia y vivir como vive casi todo el mundo. Nos puede ocultar que a pesar de lo que nos dice, de sus ideas conservadoras sobre el sexo, le gustaría encontrar un poco de cariño en el sexo, aunque fuera muy poco, con alguien, con algunos, con muchos, con todos.  Nos puede ocultar que lo ha intentado, que fue un fracaso porque quisieron aprovecharse. Nos puede ocultar que busca pareja en Internet o en la tv o que se ha gastado un dineral en las páginas de contactos… para nada.

Aún cuando el enfermo mental se pueda pasar horas al teléfono, hablándonos de sus intimidades, o lo haga en persona, hablando durante horas delo que le preocupa, en realidad, no nos engañemos, está utilizando con nosotros la farsa de control de la incomunicación y el secretismo. Puede que apenas podamos contarle nada porque él lo habla todo, durante horas y horas, porque somos los únicos con los que puede hablar y eso le autoriza para hacerlo. Pero si al cabo de un tiempo descubrimos que en realidad nosotros le hemos contado más cosas íntimas que él a nosotros, porque eso de que quiero morir o de que se han burlado de mí o que me llevo mal con la familia, ya no cuela, es evidente que está utilizando esta farsa de control. Es difícil asumir que un enfermo mental pueda hacerlo, puesto que en realidad no habla con nadie, o con casi nadie y con la mayoría no habla de nada que sea realmente íntimo. Es difícil comprender que cuando habla con nosotros horas y horas en realidad sea un “escuchante” que esté utilizando la farsa de control de la falta de comunicación y el secretismo. Pero es así. Si hacemos la prueba del algodón descubriremos que de él no sabemos casi nada, aparte del mantra de quiero morir, de sus ideas obsesivas sobre la forma de suicidarse y de que la culpa de todo la tienen los demás. Puede que nosotros hayamos tenido poco tiempo para contar cosas, pero seguro que él sabe bastante más de nosotros que nosotros de él. Un enfermo mental lo guarda todo, lo que realmente importa, en su interior, en un búnker, con siete mil llaves, y al final solo sabremos de él lo que sabemos de todos los enfermos mentales, que quieren morir porque la vida es una mierda.

CÓMO DESMONTAR ESTA FARSA DE CONTROL EN EL ENFERMO MENTAL

Sin duda la mejor forma es hablarle de nuestras intimidades más íntimas, más dolorosas, de nuestros secretos más profundos, más vergonzosos. Aprovechando las oportunidades que nos dé cuando nos esté recitando su mantra, podemos intercalar que nosotros también pensamos en suicidarnos cuando… que nos llevábamos fatal con nuestros padres y nos marchamos de casa, para descubrir que la soledad es muy dura…que en realidad nosotros no tenemos tantas oportunidades para formar pareja, porque… que estamos tan necesitados de sexo como él o más…que nuestras vidas no han sido precisamente fáciles… Si nos abrimos, si somos sinceros, si contamos nuestras intimidades más íntimas, sin vergüenza, sin callarnos con la disculpa de que en realidad no hablamos de nosotros porque él lo necesita más y nos vamos a limitar a escucharle…entonces él, con el tiempo, con dificultad, comenzará a sincerarse, tendrá confianza en nosotros, la suficiente para dejar de echar la culpa a los vaivenes de su enfermedad cuando sabe que le sucede cuando se pasa fumando droga o bebiendo o tras una discusión terrible con un familiar. Con el tiempo un enfermo mental puede dejar de escudarse en sus viejos mantras y admitir lo que ni siquiera había admitido ante sí mismo, que muchos de sus problemas no son achacables a la enfermedad mental, sino al tipo de vida que lleva.

Nada más fácil para el enfermo mental que renunciar a esta farsa de control, que no le beneficia en nada, con la que no se siente a gusto, puesto que lo que más le ayuda es hablar con sinceridad de sus intimidades y atraer a su primer círculo a cuantas más personas mejor. Necesita mucho cariño y sabe que las farsas de control, concretamente ésta, no sirven para nada, así que puede renunciar a ella tan ricamente, sin mucha dificultad.

 

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