EL LOCO DE CIUDADFRÍA XII (NOVELA)

4 08 2017
EL LOCO ESOTÉRICO
lOCO ESOTÉRICO
I
Mi esposa se tomó a broma lo sucedido. Por mi parte no era capaz de hacerlo. Me sentía muy molesto por haberme dejado llevar por las circunstancias, por haber bebido más de la cuenta y sobre todo por haber mezclado a mi mujer en una conversación que era una cuestión entre el loco y yo.
Tras haber almorzado a las seis de la tarde, después de largas y reparadoras horas de sueño, decidí, sin posibilidad alguna de cambiar de opinión, no volver a ver a semejante sujeto nunca más. Cuando se lo planteé, con cara muy seria, ella sonrió, respondiéndome que era normal no me sintiera muy satisfecho de cómo había transcurrido la primera entrevista. No obstante no podía culpar al loco ni de no haberme controlado con la bebida, ni de las preguntas que él respondiera con sinceridad.
Una vez tomada una decisión una persona madura acepta la responsabilidad y las consecuencias de la misma. Mi insistencia logró enfadarla. Era preciso ayudar a aquel hombre y sobre todo debía finalizar la historia que me había propuesto. Caso contrario la estimación que ella me profesaba, como persona y como escritor, disminuiría mucho. No quise preguntar cuánto, ni tampoco si esa disminución de estima repercutiría en su afecto. Una pareja sabe muy bien hasta dónde llegar en las decisiones que modificarán su relación y sobre todo qué límites nunca deben sobrepasarse.
Claudiqué, una vez sopesadas otras alternativas. El cariño que me mostró en días sucesivos también ayudó mucho. No obstante me tomé un tiempo para reflexionar y replantearme mi relación con el loco. No estaba dispuesto a volver a su casa, por lo que analicé qué otras posibilidades me quedaban. Finalmente, sabiendo de su amor por la naturaleza y planteándome que en el campo sus crisis o ataques de cólera serían más llevaderos, resolví sugerirle un día de campo.
Lo llamé, tras muchas dudas, planteándome pedirle disculpas por mi conducta. Sin embargo fue él quien se adelantó y me las pidió a mí, apenas intercambiados los preceptivos saludos. Nos enzarzamos en un combate de disculpas, hasta que me di por vencido. Aceptó encantado mi insinuación. Hiciera el tiempo que hiciera, para él salir al campo era siempre un placer. Quedamos en que lo recogería el sábado por la mañana en su casa. Ambos llevaríamos la comida y los enseres que consideráramos precisos para una agradable jornada campestre. Mi esposa preparó de mil amores la correspondiente tortilla, embutidos y algunas cosillas más, igualmente sabrosas.
A las nueve de la mañana me encontraba llamando al telefonillo de su domicilio. Como la primera vez tuve la sensación de que el loco aguardaba mi llamada de pie, sin moverse un paso de este artilugio tan práctico. Insistió en que subiera, pero le presioné para no perder un solo segundo del maravilloso día que nos esperaba. Teniendo en cuenta que la ciudad aparecía cubierta de niebla, no fue una disculpa muy acertada para evitar volver a pisar su casa. Bajó con una bolsa frigorífica donde llevaba sus viandas y vestido con un chándal nuevecito, de estreno. Dado lo voluminoso de su figura cualquier ropa le quedaba como a un elefante un frac. Ante mi solicitud de que se repensara el no llevar algo de ropa de abrigo me respondió que con sus grasas ya tenía bastante. Me enseñó el contenido de la bolsa. Otra tortilla, de jamón, chorizo y pimiento; salchichas franfurt. Una hogaza de pan, un par de botellas de buen vino, media docena de cervezas enlatadas; una ensalada campera de patata; embutidos, latas de conserva… Me pregunté cómo controlaba aquel hombre su colesterol. A mi vez exhibí mis viandas.
-La tortilla la hizo mi esposa. Yo soy un pésimo cocinero, me cuesta hasta hacerme un par de huevos fritos. Probaremos las dos. A ver cuál de ellas está más rica.
-Seguro que la de su esposa.
-Eso ya lo veremos.
Me agradó que no me recordara la fatídica noche y mis estúpidas preguntas. Subimos al cuatro por cuatro y el loco se encasquetó sus gafas de sol, a pesar de que era evidente que el sol no nos saludaría hasta que estuviéramos muy lejos de la ciudad. La niebla era un manto espeso sobre ella, que casi se podía cortar con la mano. Puse el vehículo en marcha y quise saber qué le parecía el itinerario que había diseñado sin su previo acuerdo.
-Mientras haya montaña me da lo mismo el lugar. La vista de las cumbres me relaja.
Puede que él se sintiera relajado, por mi parte nunca me sentí a gusto en su compañía, aunque tras la borrachera de infausto recuerdo y sobre todo tras aquella maldita pesadilla que me tenía descentrado, además de estar a disgusto a su lado juraría que hasta me daba miedo. No es que se tratara de algo palpable, uno puede sentir miedo de otras personas por mil motivos, porque son violentos, porque ya te la han jugado, porque alguien te ha dicho esto o lo otro y tú te lo has creído… El miedo al loco tenía mucho que ver con sus derrumbamientos, sus estallidos de cólera, su carácter imprevisible… Sin embargo, aunque no era capaz de admitirlo con claridad ante mí mismo, fue la pesadilla la que desencadenó un estado de ánimo al que no estaba precisamente acostumbrado. En su presencia los monstruos de mi subconsciente parecían salir por alguna puerta oculta, a dar un paseo.
Mi comportamiento cuando me dirigía hacia su domicilio; ese extraño morbo por conocer las facetas más ocultas del loco; la borrachera en la que caí sin el menor control y dejando de lado toda prudencia; las preguntas sobre las fantasías eróticas de aquel hombre con mi mujer… no me resultaban extrañas a mi carácter, aunque todas a la vez y en tan corto espacio de tiempo, me daban perspectivas nuevas sobre lo que realmente era yo, allá en lo más profundo de mi subconsciente, donde solo habitan monstruos. Fue la pesadilla la gota de agua que colmó el vaso de mi paciencia.
No suelo recordar los sueños y debo remontarme a mi adolescencia para encontrarme con alguna pesadilla. Duermo bien, de un tirón y sin el menor sobresalto. Pero me bastó charlar con el loco una sola noche para que se produjera la primera pesadilla en años. La lógica me decía que había sido causada por el exceso de alcohol en sangre, por la sugestión que la presencia y la forma de hablar del loco producían en mi mente. No obstante algo en mi interior estaba cavando hasta las raíces del sólido árbol que yo siempre había creído ser. Teniendo en cuenta que un genio de la entidad de Shakespeare hace decir a su personaje Hamlet que hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que puede imaginar tu entendimiento, Horacio… ( O algo así. No soy bueno para las citas literales, aunque sí para los conceptos) no debería sentirme tan mal pensando que el loco bien podría poseer algunas facultades mentales o poderes que le permitían generar pesadillas en sus enemigos o en las personas que le habían hecho alguna “putada”. Si al amigo Shakespeare le había pasado por la cabeza semejante posibilidad, ¡quién era yo para llevarle la contraria!
Si no era así, me preguntaba, por qué el loco me había hablado tanto de karma, de que sufriría las consecuencias y toda esa mierda de palabrería hueca. No me hubiera venido mal esa facultad de hacer vivir pesadillas a mis enemigos, aunque realmente no creía que algo así pudiera ser cierto. La vida sería una auténtica pesadilla si personas como el loco poseyeran semejantes poderes mentales. Sin embargo ahora, conduciendo por calles poco transitadas de la ciudad, un sábado muy de mañana, en dirección al norte de nuestra provincia, donde están las montañas más altas, necesitaba urgentemente romper el silencio.
El loco aún llevaba sus gafas de sol, de cristales muy oscuros, y parecía dormitar. Así que decidí disparar en esa dirección.
Nueva imagen de mapa de bits (2)
-No entiendo por qué se pone esas gafas, cuando no se ve ni para jurar en arameo.
-Algunos me han hecho la misma pregunta. Querían saber las razones, los motivos, la lógica de semejante comportamiento. Los muy idiotas no eran conscientes de que yo hubiera podido hacerles mil preguntas semejantes sobre algunas facetas de sus conductas que a mí particularmente me parecen sin sentido, de un surrealismo atroz. Cada cual es muy libre de crearse sus propias manías y obsesiones para defenderse del entorno o para atacarlo, según se tercie. Es cierto que me pongo las gafas hasta para mear, como dijo alguno, o que estoy loco por llevar gafas de sol en plena noche, como dijo otro, o que me hago el interesante, como dijo un tercero; o que solo pretendo humillarle como me lanzó un buen enemigo con mucha rabia. Todo eso es cierto y aún lo son otras muchas razones que a ninguno de ellos se le ocurrió. Tales como que si me llaman mono lujurioso por mirarles los pechos a las damas o maricón por mirar las braguetas de los caballeros, o si se burlan de mí por clavar la vista en el suelo, no tiene el menor sentido que también les moleste el hecho de que oculte la mirada tras unas gafas de sol. ¿Les molesta que mire y que no mire? ¿Les molesta que me comporte como un loco cuando ellos no cesan de llamarme loco? ¿Les parece mal que sea libre, que no entre al redil del gran rebaño, cuando no cesan de darme coces cada vez que me ven cerca? A los muy cabrones les molesta todo lo que yo hago. Claro que a mí no puede molestarme nada de lo que hacen ellos, porque los señores son la perfección absoluta. Son tan guapos, tan simpáticos, tan buenas personas, que el simple hecho de pensar que pueden estar equivocados les molesta.
-¿Qué les ha respondido usted?
-Normalmente me callo, a no ser que se dirijan a mí, no como persona (puesto que estoy loco, según ellos, no tengo nada que responder) sino en el trabajo o en circunstancias donde alguna faceta social de mi persona exija una respuesta que no me molesto en dar cuando todos los que me rodean son conscientes de estar ante el “loco”. Si el jefe me pide explicaciones por llevar gafas en su presencia, se las doy, tiene derecho a recibirlas; si me pide que me las quite, lo hago, puesto que posee autoridad sobre mí. En otras circunstancias les mando a “tomar por el culo” mentalmente, por supuesto. Si encima que estoy loco, creen que no me voy a tomar algunas ventajas, es que los locos son ellos.
-¿Qué saca usted con este comportamiento excéntrico?
-La primera ventaja es ponerles difícil saber dónde estoy mirando. Como dice el refrán: “al enemigo ni agua”. La segunda que con esta conducta me siento más cómodo y mi fobia logra menos poder sobre mí. La tercera que puedo mirarles los pechos a las damas sin que ellas se enteren. La cuarta que puedo mirarles la bragueta a los cabrones sin tener que oír burlas sobre mis tendencias sexuales. La quinta que me siento protegido de sus mezquinas miradas… En cierta ocasión le respondí a uno que me preguntó sobre las gafas: “Me protegen de los malos pensamientos que lanzan sobre mí”.
-¿Y se lo creyó?
-Nadie cree nada de lo que digo, aunque procuro dar respuestas que les pongan la mosca tras la oreja. De esta forma el poder de la sugestión irá haciendo un agujero en sus cráneos vacíos. Es un hecho que el poder del pensamiento y de las maldiciones y conjuros ha sido aceptado por muchos a lo largo de la historia. Ahí tiene el “mal de ojo”, por ejemplo.
Había encendido la grabadora sin que él se diera cuenta. Me sentí mal ocultándoselo. La saqué de mi bolsillo ostensiblemente y le pedí permiso para enchufarla. El loco ni siquiera me miró.
-Puede grabarme cuando quiera sin pedirme permiso. No necesita autorizaciones a cada minuto. No somos burócratas. Me molestó un poco su respuesta y permanecí en silencio durante algunos minutos.

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El loco miraba hacia su lado, a través de sus gafas oscuras. Como he dicho no había mucha gente por las calles. Sin embargo me fijé en que cada vez que pasaba una jovencita o señora de buen ver el loco se quedaba mirando fijamente, en dirección a sus piernas o a su culo, si iban de espaldas o a sus piernas y a sus pechos, si venían de frente. A veces parecía sentirse culpable y apartaba la mirada con rapidez. Otras clavaba ojos con rabia, como diciéndose: “soy un puto loco y todos sabéis de mi manía, así que no voy a disimular”. El tráfico, un sábado por la mañana, era muy fluido. No obstante la niebla entorpecía la conducción. No tuvimos suerte y los semáforos en rojo nos retuvieron bastante tiempo. Una vez embocamos la carretera de salida y ascendimos un pequeño puerto la niebla se fue haciendo cada vez menos opaca. Detuve el coche en un parking, donde la guardia civil de tráfico pesaba los camiones en ruta. Allí me detuve un rato para contemplar la ciudad, que parecía dormida, envuelta en un manto lechoso y sutil, como mis pensamientos ahora tan temprana.
-¿Tienes alguna preferencia sobre nuestro itinerario?
-Mientras sea montaña me da lo mismo. La vista de las cumbres me relaja. Don Juan le decía a Castaneda que cada persona tiene su propio lugar, aquel en el que se siente más a gusto, el más adecuado a su propia energía. Estoy convencido de que la montaña es ese lugar para mí. ¿Ha leído usted algo de Castaneda?
-Sí, algo he leído. Sus libros me interesan como novelas, aunque no puedo comprender ni aceptar lo que en ellos cuenta. La fantasía es un mundo maravilloso, pero la realidad es como es. No la podemos cambiar.
-Sobre eso habría mucho que hablar. Sin la mente la humanidad estaría viviendo en las cavernas. Y la mente es también fantasía en un tanto por ciento muy elevado. La lógica no deja de ser un trabajo arduo, al que apenas dedicamos unos minutos cada día. ¿No está usted de acuerdo?
-Sobre eso también habría mucho que hablar, pero me cuesta pensar ahora tan temprana. Me siento más vital por las tardes, y sobre todo por las noches.
Callamos. Noté que el loco parecía nervioso. Más tarde me explicaría que no era capaz de soportar las mañanas, y sobre todo el despertar. “ Es como si me sacaron a patadas del mundo de los sueños, donde soy tan feliz, para arrojarme de bruces al duro asfalto”.
Reanudé la marcha por la carretera nacional. Atravesamos varios pueblos. Alguno de ellos con bastante población. De reojo observé que loco fijaba la mirada, con intensidad desusada, en una chica joven que caminaba por la acera con la gracia y la vitalidad de una joven gacela. Venía a nuestro encuentro, por lo que pudimos observarla a gusto durante bastante tiempo. Levanté el pie del acelerador y yo también la miré fijamente sin el menor disimulo. Era natural que acabara dándose cuenta de nuestras miradas. Levantó la vista hacia nosotros y luego miró hacia otro lado, completamente azorada. El loco se quitó las gafas de sol y disimuló limpiándolas con un pañuelo. No pude evitar la pregunta. Fue entonces cuando decidí sacar a colación el otro tema que me preocupara desde que mi esposa me habló del loco. En realidad, más que preocuparme, sentía una morbosa curiosidad, que deseaba satisfacer cuanto antes.
-¿Cree usted en la telepatía?
El loco se puso rígido en el asiento, como si acabara de mentarle al demonio, que devoraba sus entrañas.
-Imagino que lo que usted quiere preguntarme qué si estoy convencido de hablar mentalmente con los demás. Quienes han oído hablar del loco alguna vez, saben dos cosas: que el loco le mira las tetas a las mujeres y que a veces actúa como si fuera capaz de leer el pensamiento.
-En efecto, eso era lo que pretendía preguntarle.
-Bien, su sinceridad merece una recompensa. No tengo inconveniente alguno en hablarle con absoluta franqueza del tema… Creo que todo empezó, por situar mi evolución en algún punto del espacio, con los fosfenos.
-¿Los fosfenos?
-Sí, ¿sabe que son los fosfenos?
-Claro. Esos puntitos de luz que aparecen en cuanto uno se frota con fuerza los ojos.
-O cuando recibe un fuerte golpe. Si ha leído comics o tebeos habrá observado que cuando uno de sus personajes dibujados recibe un garrotazo en la cabeza, a su alrededor se dibujan estrellitas.
-Me gustaban mucho los dibujos animados de niño.
-Pues esas estrellitas son los fosfenos.
-¿Recibió algún golpe fuerte en la cabeza que le produjo efectos indeseados?
-¡Oh,no! Es cierto que he recibido golpes terribles en la cabeza –y no hablo metafóricamente- pero la tengo demasiado dura para que eso me afectara. Quiero decir, que cuando aparecieron los fosfenos, tras una larga temporada de ejercicios de relajación y práctica de técnicas mentales (había ingresado en una sociedad esotérica) se insinuó mi manía por la telepatía.
-¿Estuvo usted en una secta?
-Yo no la llamaría así. No me obligaron a entrar, no tuve la menor dificultad para salir, recibía fascículos con las enseñanzas, que pagaba religiosamente. Puede que el precio fuera elevado, pero el conocimiento que estaba recibiendo me compensaba del dinero que daba cambio. Para mí las sectas son grupos que captan a las personas lavando su cerebro, que las secuestran y las exprimen, dejando sus bolsillos vacíos y sus cerebros aún más huecos.
-¿Puedo preguntarle el nombre de esa secta… quiero decir de esa sociedad secreta a la que llegó a pertenecer?
-Puede preguntar, pero no le voy a contestar. No tiene la menor importancia. Hace ya muchos años que no pertenezco ella y mi testimonio ni la beneficiaría ni la perjudicaría. Soy un Don Nadie, un loco, y mis palabras nunca son tenidas en cuenta.
“ Cuando regresé de Madrid, tras un periodo de casi cinco años, decidí buscar asociaciones o grupos espiritistas, que estudiarán el fenómeno ovni o los fenómenos paranormales. Llegué destrozado, tras una temporada en el infierno, tras “un sejour dans le inferne”, que dijo Rimbaud, si no recuerdo mal.
-¿Qué le ocurrió en Madrid?
-Poca cosa, algún intento de suicidio y una estancia en un frenopático durante casi dos años. Pero no me apetece hablar de ello ahora. Tal vez en otro momento. Tal vez.
-¿Solo tal vez?
-Solo o con leche, como prefiera.
-No se ponga así. Entiendo que le cueste hablar de ello. Puedo esperar.
-Me alegra que lo entienda, porque quienes no entienden algo tan elemental nunca formarán parte de mi vida. “Como le decía, llegué de Madrid en buen estado de forma, con ciento ocho kilos de peso, una gabardina (era otoño) comprada en el Corte Inglés, porque no encontraba ropa de mi talla en ninguna otra parte, un vaquero viejo y unas deportivas que no me quitaba ni para mear.
“Acudí a tomar posesión de esa guisa, añadiendo una mariconera en la que siempre llevaba una novela negra (Bruguera bolsillo) y una libreta, donde anotaba algunos versos, escribía algunas cosillas y llevaba un diario (lo quemé años más tarde).
-¿Escribía usted?
-Y escribo… A veces.
-¿No me enseñaría algo?
-Tal vez.
-¿Solo tal vez?
-Solo tal vez y debe conformarse con ello.
-Disculpe. ¿Pero también llevaba la novela negra y la libreta, en su mariconera, cuando llegó a esta ciudad?
-También. No tenía sentido, lo sé, porque por entonces vivía a cinco minutos del trabajo. Soy así, ¡qué le voy hacer ¡una vez incrustado un chip en mi cerebro me cuesta desencrustarlo…La mariconera estaba de moda en Madrid, pero aquí resultaba muy llamativa. Eso acentuó las risas y mi fama de loco. Pronto la abandonaría para siempre.
“ Me tocó situarme en una mesa, al lado de una chica agradable y atractiva para mí…

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