DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XX

8 05 2017

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

 

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EL GRAN SECRETO DE MI VIDA XX

 

EL DELIRIO ONÍRICO

 

Es una expresión que de por sí suena rara, los sueños ya son suficientemente delirantes como calificar así a unos determinados sueños, y sin embargo los que tuve durante aquella etapa concreta de mi vida fueron absolutamente delirantes y no se han vuelto a repetir. Ya el hecho de que por muchos años que lleve trabajando en la programación onírica no haya conseguido tener sueños con determinadas temáticas  a pesar del esfuerzo que puse en la programación indica bien a las claras que aquellos sueños no fueron programados ni tuvieron relación con las voces o los fenómenos que entonces estaba experimentando. Otro factor muy curioso que me indica su especial naturaleza fue la sincronización de estos sueños, es decir que se produjeron seguidos, que tenían todos la misma temática y eran como capítulos de una misma novela, algo especialmente llamativo, ya que a pesar de haber tenido algunos sueños muy largos, auténticas historias independientes que luego he aprovechado para alguna novela, estos siempre fueron muy poco habituales y se produjeron con una gran distancia en el tiempo.

Aunque imagino que la mayoría de las personas con enfermedad mental no se preocupan en lo más mínimo de sus sueños, no intentan recordarlos ni mucho menos los anotan e interpretan, lo cierto es que me consta que muchos de ellos sufren con frecuencia de pesadillas y su mundo onírico termina siendo un auténtico tormento. La medicación suele inhibir la capacidad para recordar los sueños, produce un sueño pesado, agitado y uno se levanta con la sensación de haber recibido una buena paliza, poco descansado y con la mente muy abotargada. Mi experiencia onírica a lo largo de los años  en los que tomé una fuerte medicación me indica que la sensación de no poder controlar los sueños, que con mucha frecuencia se transformaban en pesadillas, fue muy agobiante. Me daba miedo quedarme dormido por la posibilidad de entrar en un mundo de pesadillas incontrolables. Recuerdo muy bien que durante la cura de sueño que me propusieron como terapia en un psiquiátrico privado, donde ingresé voluntariamente tras uno de mis juveniles intentos de suicidio, la sensación de estar en un perpetuo sueño, observando una película inacabable, fue muy intensa. De hecho, cuando me despertaban para tomar la medicación y comer, creo que tres veces al día, podía recordar algunos sueños con total nitidez. Mi gusto por los sueños, que me acompaña desde niño, creo que ayudó mucho a soportar aquella vida vegetal salpicada constantes escenas oníricas. No llevé mal aquella terapia, de hecho creo que fue una de las mejores entre todas aquellas que tuve que sufrir en mi etapa negra. No recuerdo cuántos días duró, sí que fueron bastantes, y cuando me despertaron definitivamente me sentía bastante descansado, vital, con la sensación de que todo lo que me había pasado hasta entonces, especialmente mis intentos de suicidio, era una especie de pesadilla sin la menor lógica, no podía comprender cómo había llegado a semejante extremo. Desconozco los efectos físicos y mentales de esta terapia, en mi caso, supongo porque estaba tan mal que nada podía empeorarme, por lo que estar dormido tantas horas solo podía mejorarme. De hecho durante todas mis crisis siento un fuerte deseo de dormir el mayor número posible de horas y esto me ayuda mucho a distanciarme del drama que estoy viviendo en esos momentos.

El delirio onírico puede ser algo excepcional en las personas con enfermedad mental, pero habida cuenta de lo mucho que se parece a los delirios en estado de vigilias que sufren los enfermos que padecen ciertas enfermedades, creo que el hablar extensamente de ello puede servirles de ayuda. Por otro lado este diario secreto intenta narrar toda mi vida íntima como enfermo mental, sin ocultar nada, mucho menos mis experiencias como buscador de la verdad en el camino del conocimiento, el duro camino que me tocó recorrer como iniciado en el conocimiento esotérico, mientras desarrollaba las facultades mentales que todos poseemos pero que solo logran activarse tras un constante y exhaustivo trabajo abriendo y desarrollando los chakras, buscando en nuestro interior al maestro interno, el yo interno rosacruz, que es en realidad nuestro verdadero yo y el que antes o después, en esta vida o en vidas posteriores, durante la vigilia o el sueño, acabará haciendo su aparición, lo mismo que uno, por mucho que huya de ello, no puede evitar acabar mirándose en el espejo y viendo cómo es realmente. Por eso este diario no solo va destinado a las personas con enfermedad mental, sino también y muy especialmente a cuantos están iniciando el camino que yo decidí recorrer, sin dudas y sin la posibilidad de dar marcha atrás, durante los duros años de mi juventud. Tal vez sin haber sufrido la enfermedad mental no habría sentido un impulso tan compulsivo y obsesivo por alcanzar la verdad, por saber realmente qué somos, qué hacemos aquí y a dónde se supone que vamos.

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El sueño que marcaría mi vida onírica y todas las restantes experiencias, muchas de ellas delirantes, que viví a través de los sueños, tuvo lugar entre los veintisiete y treinta años, no puedo ser más preciso porque mi memoria no da para más, solo puedo situarlo tras el fallecimiento de mi padre y antes de mi matrimonio, lo que viene a ser un periodo aproximado al que he señalado. Por aquel entonces yo estaba soltero, vivía con mi madre en una casa bastante cutre cerca del Barrio húmedo de León, acababa de ingresar en los rosacruces tras un periodo de busca un tanto confuso y difuso. Me interesaba el fenómeno OVNI y todos los fenómenos paranormales, hasta el punto que me había hecho con la enciclopedia del doctor Jimenes del Oso, que acababa de salir en fascículos. Estaba leyendo los libros de Allan Kardec sobre espiritismo y llevaba ya algunos años leyendo sobre budismo, yoga, zen y todo lo que cayera en mis manos y se refiriera a alguna filosofía oriental. En mi biblioteca, aparte de literatura, podían encontrarse libros sobre espiritismo, hipnotismo, ovnis, fenómenos paranormales, conocimiento esotérico, budismo y todo aquello que me llamara la atención en un momento concreto, recuerdo haber adquirido libros sobre las pirámides, sobre biorritmos, muerte después de la vida, médiums y fenómenos mediúmnicos.  Pero lo que centraba y absorbía mi atención en aquellos momentos eran las enseñanzas rosacruces que recibía puntualmente todos los meses en monografías y otros folletos que me remitían desde USA, San José, California, donde estaba y creo sigue estando la sede de AMORC, Antigua y mística orden rosacruz. Aunque mi situación económica no era precisamente boyante, puesto que tenía que atender a mi madre, que tan solo recibía una pensión de viudedad, no me importaba hacer un esfuerzo y ahorrar todo lo necesario para pagar en dólares estas monografías, y aún ahorraba para comprar libros y música.

Ya había pasado mi etapa negra, la que viviera en Madrid, entre los años 1978 y 1982, más o menos. Como resultado de ella había quedado seriamente trastornado, llevaba a mis espaldas una docena de suicidios, muy largas estancias en psiquiátricos, una delirante experiencia con los medios de comunicación, interesados en el hombre que más veces había intentado suicidarse sin conseguirlo, la dramática muerte de mi padre, el intento de incapacitación laboral por parte de mi jefe en Madrid, la relación interpersonal con un buen número de personas con graves problemas mentales, un amigo alcohólico que falleció de cirrosis poco antes de trasladarme a León, amigos drogadictos, todo tipo de experiencias nefastas en mundos y submundos que no me aportaron nada, solo un mayor deterioro de mi personalidad, generando trastornos de conducta y de personalidad con los que luego tendría que lidiar el resto de mi vida. Por suerte aún no había comenzado mi fase como telépata loco –así me denomino yo, en una parodia humorística que ha dado como resultado mis textos sobre el telépata loco, iniciados con Terror en las mentes- y ciertos fenómenos paranormales que luego me traerían de cabeza, apenas comenzaban a producirse. Se podría decir que acababa de salir de mi etapa negra y aún no había comenzado mi etapa como el Loco de León. Entonces me dedicaba fundamentalmente a los estudios rosacruces y a perfeccionar las técnicas de yoga mental, especialmente la relajación, que me ayudaría muchísimo a soportar lo que estaba al caer.

El sueño tuvo lugar durante la siesta, tras una muy trabajada y profunda relajación que me llevó a un sueño profundo.  No puedo calcular muy bien lo que pudo durar aquel sueño, tal vez entre media hora y una hora. Al despertar estaba tan traumatizado que decidí escribir todo lo que había soñado e intentar recordar todos los detalles posibles. Aquel sueño marcaría mi vida, por un lado sufriría un trauma del que sigo sin recuperarme, y por otro me daría una esperanza firme y sólida, en que ocurriera lo que ocurriera, yo iba a sobrevivir.

Mi obsesión por los ovnis era intensa y muy molesta. De hecho creí haber visto algún ovni en el pueblo de mis abuelos y recuerdo haberlo comentado con mi tío y mi primo. También esta obsesión me llevaría a buscar un contacto extraterrestre, visitando, por ejemplo, el valle del Silencio, en León, que por entonces tenía fama de ser un lugar donde se producían muchos avistamientos, incluso abduciones. Que esta obsesión tuviera algo que ver con el contenido de aquel sueño es seguro, pero la extraordinaria nitidez y realismo del sueño y la claridad con que lo recordé al despertarme es totalmente insólito en mi vida onírica, incluso las sensaciones eran tan realistas, repercutían de tal forma en mi cuerpo que llegué a sentir y a quejarme de lo que me hicieron en aquella especie de quirófano metálico, bucear en mi cerebro con una sonda y colocarme aquella especie de microchip emisor que me tuvo en jaque tanto tiempo y formó parte de mis delirios más desatinados de aquella época.

GAIA

Fue un repaso en toda regla de mi supuesta vida como entidad consciente, un rastreo implacable de mi nacimiento a la consciencia que en algunos de mis relatos más delirantes he llamado “el fotoncito consciente”. Comenzaba como partícula subatómica formando parte de la materia en alguna parte y terminaba en un lejano futuro, cuando al fin iba a conseguir la fusión con el Todo. Nunca entendí aquella parte en la que yo de alguna parte formaba parte del mundo mineral. Pude aceptar mi vida como planta, porque creo que las plantas están vivas, pero no tenía el menor sentido aquella especie de vida mineral consciente, sin evolucionar, sintiéndome de una manera muy extraña parte de un planeta. El concepto de Gaia tardaría en llegar a mí y creo que fue a raíz de la lectura de una novela de Asimov. El planeta consciente en su totalidad es un concepto que me fascina y que he utilizado en mi novela de cienciaficción “Diario de Ermantis”. Muchos años más tarde, la teoría de la vinculación de Milarepa, me daría la clave para todo esto, pero sigo sin comprender todo aquello. La voz de mi guía contestaba a mi pregunta sobre la necesidad de todo aquello. No podrás respetar, comprender ni amar todo lo que existe, desde el mineral hasta las entidades más evolucionadas espiritualmente si no recapitulas lo que ha sido tu largo trayecto en la materia. Todos aquellos recuerdos están muy borrosos, casi han desaparecido de mi memoria, pero de vez en cuando me viene a la cabeza un “deja vu”, algo ya vivido y que ahora se dispara como un breve fogonazo, intentando que desde la oscuridad del olvido se produzca la visión de una experiencia que me mostró todo el sentido de la existencia. Porque esa fue la sensación más fuerte y poderosa que salió de aquel sueño, la de que todo tenía sentido, un profundo sentido, aunque nos costara tanto poder percibirlo ahora.

Recuerdo vaga y confusamente algunas experiencias como animal, tal vez un toro, un animal totémico para mí por mi signo astrológico, algún animal salvaje, pero sobre todo fue intensa la percepción a través de mis supuestas vidas como animal presa, depredado y comido. Tal vez esa sensación de haber vivido muchas vidas como animal sea la que me hace tan receptivo al mundo animal. Ahora con mis gatitos no tengo la menor dificultad para ponerme en su piel e imaginarme cómo es su vida, para recibir sus comunicaciones en forma de maullidos. El cariño que siento por los animales me viene desde niño y comprendo muy bien a los grupos animalistas y su lucha por conseguir que los animales sean tratados con el respeto que merece toda forma de vida. Tengo la sensación de haber hecho algunas preguntas a mi guía al respecto y su respuesta fue consoladora, aunque también muy dolorosa. Podremos llegar, algún día, a la alimentación puramente energética, sin necesidad de la depredación de cualquier forma de vida, pero eso requiere una evolución muy avanzada de toda la humanidad, no solo de una persona o de un grupito. Aunque en mi juventud intentaba burlarme de aquellos grupos budistas que llevaban una máscara en la boca para evitar comerse, sin advertencia, algún insecto o criatura viva que pululara en al aire, nunca pude hacerlo del todo. Lo mismo que sentiría como una invasión inaceptable que alguien depredara y se comiera alguna célula de mi cuerpo, aún en contacto directo con mi consciencia, formando parte de mi cuerpo físico –no una escama de piel muerta o un pelo, o una uña- también percibo de alguna manera que la depredación de cualquier forma de vida tiene un componente parecido. Aún no he conseguido librarme de la carne, sigo siendo un carnívoro, aunque esa etapa parece estar llegando a su fin, y me gustaría que algún día pudiera anularme totalmente como depredador, incluso de depredador vegetariano, porque quien se come un vegetal también se está comiendo, de alguna manera un ser vivo. Algún día podré alimentarme solo de formas de energía, pero aún en ese caso también estaré alimentándome de algo vivo, porque todo lo que existe en el universo está vivo, es el universo Gaia.

Aún recuerdo cómo a los dieciocho años fui capaz de imaginar aquella delirante novela, El planeta de los vampiros, que luego se transformaría en la trilogía de cienciaficción “Omega”. Parece inevitable que el alimento, físico o energético, suponga siempre la depredación de otra forma de vida que debe perecer, pasando a formar parte de nuestro círculo de consciencia, cuerpo físico o cuerpo energético. Con aquella experiencia onírica fui consciente de que en el universo todos se alimentan de todos, la pirámide depredadora no tiene fin, mientras que los depredadores físicos se alimentan de todo tipo de seres físicos inferiores a su jerarquía depredadora, las entidades energéticas también se alimentan de todo tipo de seres inferiores a su escalón depredador. Fue por eso que me afectó tanto también el libro de Atienza, “La gran manipulación cósmica”. Incluso llegué a imaginar lo que podría ser toda una dimensión de fallecidos, sin cuerpo físico, alimentándose de los pensamientos y emociones de los vivos, las famosas larvas, los seres ectoplasmáticos. A través del libro de Atienza me planteé muy seriamente la posibilidad de que lo mismo que nosotros utilizamos a los animales como despensa, entidades superiores en el universo nos utilicen a nosotros como la suya, una despensa psíquica, por supuesto, pero al fin y al cabo despensa. Podrían criarnos como alimento, lo mismo que nosotros criamos a los animales. Aquellas ideas también fueron la causa de terribles y poderosos delirios de aquella época.

La voz de mi guía me explicaba que todo aquello tenía un sentido que algún día llegaría a comprender, pero que no podría librarme nunca, hasta mi fusión con el Todo, de la elección que supone un universo formado por el ying y el yang, la luz y la oscuridad. Hay que elegir, siempre hay que elegir, en nuestro camino evolutivo, desde la consciencia más baja del mineral, hasta la más alta de la entidad energética, la elección conforma parte esencial de nuestro camino. Podemos tomar lo necesario de las orillas del camino y seguir adelante, aceptando que no podemos caminar sin pisar tierra y todo lo que hay en ella, pero sin que eso suponga un paso atrás en nuestra evolución, o podemos elegir la oscuridad de aquellos que consideran que su existencia, su consciencia, les permite elegir todo aquello que necesiten, sin más, solo para su propio placer, aunque eso signifique causar daños irreparables a las formas de vida con las que se tropiezan en su camino. Quienes eligen la oscuridad se transforman en depredadores demoniacos, amparándose en una supuesta libertad absoluta –non servire, no serviré a nadie- consideran a todo lo que no sean ellos mismos como una forma de alimento para su ansia depredadora infinita. Solo la meta final, la fusión con el Todo, dignifica de alguna manera el daño que vamos causando al movernos por el camino de nuestra evolución. Aplicando aquí la teoría de Milarepa, se podría decir que el intercambio de electrones, la vinculación con otros átomos, es parte indispensable y esencial de la vida, de la existencia, pero en esta vinculación se reparte el beneficio y la pérdida, el dolor y la felicidad, unas veces nos toca a nosotros ceder electrones y otras veces son los demás los que nos los ceden a nosotros, sin embargo la elección de la oscuridad, del mal, amparándose en una supuesta libertad infinita, no es otra cosa que el intento de apropiarnos de los electrones de los demás, creando a nuestro alrededor un universo poderoso, al tiempo que los demás se quedan sin lo más mínimo para sobrevivir, física y espiritualmente. Es una forma de intentar ser dioses, sometiendo y depredando todo aquello que no pueda oponerse a nuestro poder depredador. “Non servire” a la divinidad y sus planes globales y totalizadores y en cambio yo mismo quiero convertirme en dios, pero un dios depredador e implacable que usa y depreda a todo lo demás, en lugar de vincularse con ello. Un dios que no se encarna en el cuerpo físico de sus criaturas más elementales para compartir con ellas todo lo que supone estar vivos en ese plano, en esa dimensión, sino un dios que se come todo lo que le resulta inferior, causando dolor y sufrimiento, sintiendo solo placer, evitando el sufrimiento. Esta y no otra es la elección entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Querer ser dioses a costa de los demás es el mal y llegar a ser dioses vinculándose con todo lo existente, tanto para el sufrimiento como para la felicidad, es el bien.

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De alguna manera aquella fue la enseñanza que aprendí con aquella recapitulación que viviera ante la pantalla de aquella portentosa pantalla donde se me mostraba toda mi evolución. Años más tarde, leyendo la saga de David Brin, la rebelión de los pupilos, con su genial idea de elevar a la consciencia formas de vida inferiores (en el caso de la humanidad, chimpancés, delfines, etc) comprendí a la perfección lo que se me había mostrado. Pero aún quedaba mucho por recorrer en aquella experiencia onírica. No me sorprende nada que las personas con enfermedad mental caigamos con tanta frecuencia y tan fácilmente en este tipo de delirios, que si no son oníricos, como es mi caso, porque pocos trabajan los sueños, sí tienen mucho parecido con los míos, especialmente todos los que tienen que ver con delirios proféticos, esotéricos, paranormales, con el prodigioso poder de la mente. Muchos enfermos caen en estos delirios, de los que les resulta muy complicado salir, porque es muy difícil aceptar con humidad lo poco que somos. Y aquí entra en juego el perder la importancia personal del guerrero impecable. Quien no es humilde, quien no es un guerrero, al vivir estas experiencias las transforma en delirios de los que él es el gran protagonista, se cree un nuevo profeta enviado para salvar a la humanidad. Las personas con enfermedad mental tenemos tendencia a compensar nuestra falta de autoestima en la vida real, cotidiana, con la enorme autoestima que nos da el haber experimentado todas estas experiencias, que realmente son apabullantes y desconcertantes. Yo mismo me creí, durante una etapa de mi vida, un profeta enviado para salvar a la humanidad, a quien se le había mostrado todo aquello, como se le mostrara a San Juan en el Apocalipsis, para advertir a la humanidad del camino errado. Con el tiempo he comprendido que estas experiencias son naturales en una etapa de la evolución y que nuestro afán por convertirnos en profetas no es otra cosa que una falta de humidad, tenemos demasiada importancia personal y estamos convencidos de que si faltamos nosotros todo se desmorona. Nada más incierto. Un guerrero sabe el humilde papel que desempeña en el plan cósmico. Pero aún queda mucho sueño por recorrer.

 





DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL(EL GRAN SECRETO) XIX

9 01 2017

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XIX

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EL GRAN SECRETO DE MI VIDA

LAS VOCES II

Cuando recapitulo determinadas etapas de mi vida me asombra el que yo pudiera pensar como pensaba, sentir lo que sentía, actuar como actué. Es como si el que fui y el que soy fueran personas completamente distintas, algo así como si tuviera doble personalidad o múltiple. En realidad, pienso ahora, no era para tanto y habría podido controlarme y superar todo aquello simplemente con un poco más de voluntad, fue la dejadez la que me convirtió en el loco de León.  Sin embargo me basta con pasar unos días muy deprimido, pensando en que la muerte es lo mejor, es maravillosa, para que mi mente vuelva a los viejos bucles, a las viejas ideas, todo podría volver a ser como antes con una facilidad que me aterroriza.

Me recuerda a Castaneda y sus experiencias con el nagual. Cuando estás en el tonal y éste no ha sido comprimido todas esas vivencias parecen desatinos y te preguntas cómo has podido llegar a darles la menor importancia. Cierto, visto todo desde este preciso momento me resulta incomprensible que unas simples voces puedan descontrolar de tal forma una psiquis, o que unos simples sueños, por muy premonitorios que fueran, pudieron trastornar de aquella forma mi vida.  Todo lo achacaba a la apertura del tercer ojo y al camino de conocimiento que había emprendido sin saber lo que hacía y sin que nadie me abriera los ojos sobre lo que iba a encontrar en el camino. Recuerdo mi santa cólera contra todos aquellos esoteristas que lo cifraban todo en el secreto, te pedían que guardaras el secreto cuando te iniciaban en sus enseñanzas, como si fueran bombas de neutrones que acabarían con todo si explotaban. Me sentí muy mal y me juré que cuando llegara a “viejo” contaría todo lo que me había sucedido para que otros no cometieran mis errores, para que supieran dónde se metían. Recuerdo aquellos delirios en los que me enfrentaba a los maestros rosacruces y les decía que no estaba de acuerdo con tanto secreto, que si la humanidad era capaz de soportar sin volverse loca tanta violencia, tanta maldad, como aparecían en los telediarios, seguro que podría asimilar, sin inmutarse, todas las enseñanzas esotéricas. Estos enfrentamientos eran mentales, por supuesto, en una época en la que mi supuesta telepatía me había trastornado por completo, arrojándome al abismo de la desesperación. Llegué a creer que realmente hablaba con ellos y lo que ocurrió cuando abandoné el sendero una especie de “venganza” suya. No fue así, claro, fui yo quien abandonó todo cuando una maestra de clase me respondió, a una consulta que le hice, que debería ir a un psiquiatra para que me examinara la cabeza puesto que mis preguntas eran las de un auténtico loco. No lo eran, me limité a llevar al extremo la lógica de las proyecciones mentales y de los viajes astrales. Su incapacidad para darme una respuesta aceptable solo debería haberme indicado que hay muchos supuestos maestros en el camino iniciático que tan solo son discípulos con suerte que han ascendido demasiado deprisa.

Ahora lo veo todo con más equidad. Releyendo los “Relatos de poder” de Castaneda me encuentro con la recapitulación que le hace don Juan a Castaneda de todas sus enseñanzas y de cómo le llevó por un camino, en buena parte engañado, que él no hubiera seguido, sin más, de no haber sido empujado muy astutamente. Toda esa parte del libro de Castaneda me recuerda mis inicios en las enseñanzas rosacruces, mi busca del conocimiento a través del esoterismo, del budismo, del yoga y de toda enseñanza oriental con la que me encontrara. ¿Habría emprendido aquel camino de saber entonces lo que sé ahora? Pues no lo tengo claro, por un lado creo que no me hubiera arriesgado a sufrir el tormento de las voces y la supuesta telepatía sin un maestro que me lo explicara todo previamente, que me hablara extensamente de qué es el tercer ojo, de cómo se desarrolla y de qué se puede esperar cuando lo tienes abierto. Por el otro estoy convencido de que mi ansia de conocimiento y, sobre todo, mi necesidad imperiosa de superar mi enfermedad mental o al menos de encontrar algo que aliviara mi sufrimiento, me habría empujado, antes o después, a seguir este camino.

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Don Juan le cuenta a Castaneda cómo muchos de los experimentos que le proponía, sus extrañas y curiosas iniciaciones, tenían un claro fin, empujarle hacia el camino del guerrero impecable de tal forma que no pudiera elegir. En comparación con otros naguales que le habían iniciado a él, don Juan era un maestro más razonable al que le gustaba explicar todo de forma racional, mientras pudiera ser explicado. En un momento concreto llega a decirle algo parecido a que cada maestrillo tiene su librillo y que él piensa que la teoría del conocimiento es un paso muy importante, imprescindible, antes de que el guerrero inicie un camino sin retorno. La fórmula que don Juan le explica, en la que él es el maestro, el que le enseña todo lo referente al tonal, y don Genaro es el benefactor, el que le muestra el mundo del nagual, me parece muy razonable y a mí me hubiera gustado mucho tener esa oportunidad, que un maestro como don Juan me hubiera explicado de antemano lo que me iba a encontrar. Sin embargo Castaneda cuenta cómo llegado un momento don Juan le da a elegir entre seguir o no el camino del guerrero impecable y cómo él intenta regresar al viejo camino que era su vida antes de conocer al chamán, retomar lo que es la típica vida cotidiana de una persona normal, y cómo no pudo conseguirlo porque ya todo lo que no fuera el camino del conocimiento le parecía insulso y sin sentido. Eso es cierto, el camino del conocimiento es un camino sin retorno, una vez que llegas a cierto momento ya no es posible la vuelta atrás. Aún así yo siempre hubiera deseado una explicación racional de lo que me iba a encontrar y lamento profundamente que aquella consulta que hice a la maestra rosacruz de mi clase no fuera atendida debidamente. Encontrar un maestro es lo mejor que puede pasarle a un iniciado en este camino. Don Juan mismo le dice a Castaneda que cuando el guerrero tiene suficiente poder el Poder, con mayúscula, hace que en su vida aparezcan el maestro y el benefactor que necesita. Yo nunca debí conseguir poder suficiente para que esto ocurriera porque en mi vida no apareció ese maestro o ese benefactor que tanto necesitaba.

El mío fue un camino solitario y autodidacta y los sufrimientos que me trajo esa soledad son los que me han impulsado a hablar de todo ello en este diario, a narrar mi experiencia personal, para que otros no se vean obligados a pasar por lo que yo pasé. Estoy plenamente de acuerdo con don Juan en que la teoría es la mejor forma de iniciar el camino, que alguien con experiencia te diga lo que vas a encontrar y te cuente su propia experiencia. Cuando el discípulo está preparado aparece el maestro, según el famoso dicho oriental, pero no siempre emprendes el camino cuando estás preparado y con un maestro al lado. No somos pocos los que dimos el paso antes de cuenta por la necesidad imperiosa de superar una determina enfermedad mental o simplemente de encontrar una respuesta a las grandes preguntas: qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Cualquiera que hable de su experiencia en el camino está ayudando a que otros no caigan al abismo, y lo siento mucho, pero sigo sin estar de acuerdo con la necesidad del secretismo en las corrientes esotéricas. Sigo pensando que una humanidad que está viendo en los telediarios semejante cúmulo de violencia y despropósitos, semejante maldad, está preparada para que se le desvelen los conocimientos que los sabios de la humanidad, desde el anonimato y el secretismo, lograron alcanzar en su búsqueda. Soy consciente de que el conocimiento es poder y no todo el mundo está preparado para tener poder, aunque sea una pizca. Pero viendo para qué me ha servido a mí todo eso prefiero dejar en manos de las fuerzas poderosas la corrección al abuso de poder que privar a quienes lo necesitan de  una herramienta que puede aliviar el terrible sufrimiento de sus vidas.

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El delirio que sufrí en aquellos tiempos de mi juventud con las voces es algo que no desearía ni a mi peor enemigo. Con los años logré tomarme con humor aquel estúpido sufrimiento e inicié una serie de relatos sobre telepatía en los que ni siquiera el humor es capaz de atenuar el terror. Los inicié con aquel terrible relato titulado “Terror en las mentes” y lo proseguí con “Cartas mentales del telépata loco”. Luego descubriría que yo no era el único que se sentía atraído y aterrorizado por este tema. Tal vez la mejor novela que leí fue la de Dan Simmons sobre vampiros mentales. Por mucho que uno intente convencerse de que su experiencia es única en realidad estamos siguiendo los trillados caminos que otros han recorrido antes que nosotros.

Aún recuerdo el terror que me embargó aquella noche de mi juventud, cuando vivía con mi madre en una casa bastante cutre. Intentando dormir en una diminuta habitación, sin conseguirlo, se apoderaron de mí una multitud de voces encolerizadas que pretendían acabar conmigo. Era la primera vez que me ocurría. Habitualmente solo escuchaba una voz, o como mucho dos, incluso a veces tres o cuatro, pero siempre había una “voz cantante”, nunca mejor dicho, a la que oía con claridad e intensidad mientras las otras parecían formar parte de un diálogo, las escuchaba lejos, como el rumor que te llega de voces lejanas a través de las paredes. Sin embargo en aquella ocasión todas las voces eran intensas, formaban parte de una multitud harta, saturada de mi conducta estúpida y provocativa como telépata loco. Se habían reunido y acordado que debían hacer algo conmigo y lo mejor era venir, sacarme de casa y colgarme a la vista de todos, un linchamiento en debida forma. Entonces no pude evitar recordar aquella espantosa pesadilla que tuve al despertarme de mi intento de suicidio en Navacerrada y que narro en mi novela “El loco de Ciudadfría”. Cómo algunos miembros de una multitud encolerizada subieron aquellas alucinantes escaleras del minarete y me arrojaron por ellas, hasta una plaza pública, donde fui descuartizado, atado a dos camellos, azuzados en direcciones opuestas. Aquello podía volver a repetirse, solo que de forma moderna, en las últimas décadas del siglo XX.

Pocas experiencias tan espantosas como aquella. Mi corazón se desbocó y el terror en estado puro se apoderó de mí. En realidad tal vez solo estaba escuchando las voces de un grupo en una plaza cercana, pero el delirio hizo el resto. Estaba convencido de que podía escuchar los pensamientos de aquella multitud y sus voces colérícas me anunciaban el final de todo, la muerte. Fue una etapa de mi vida verdaderamente terrorífica, a las voces a veces se unían las premoniciones, como la muerte de mi sobrino, mucho antes de que ocurriera, como la caída del muro de Berlín en la televisión antes de que pudiera verlo realmente, como aquella extraña y desesperante experiencia cuando pude ver el divorcio de un matrimonio rosacruz con el que me relacionaba entonces muy estrechamente, y cómo ellos me hablaron también de mi divorcio para ponerme en mi sitio, no solo mucho antes de que ocurriera, sino incluso antes de estar casado. Todo fue mental, por supuesto, aunque hubo también una contraparte física, cuando ella me recomendó que no me casara y él le chistó para que no me revelara algo que no debería saber, algo que yo debía decidir por mí mismo. Ese recuerdo llegó a mí hace unos días cuando tuve un sueño extraño, una ensoñación, diría don Juan, con aquel matrimonio, un sueño que era un “dejá vu” puesto que tengo anotados al menos media docena.

Aquellas experiencias me convirtieron en un gusano aterrorizado que no sabía qué hacer para salir de aquel infierno. Aún recuerdo cómo visité a una rosacruz en su casa para que me hablara de la telepatía, de las voces, de sus experiencias, porque yo ya no podía soportarlo más. Fue una etapa extraña, de auténtica locura. Una etapa en la que se juntaron tantas cosas que aún sigo sin poder comprender cómo no me volví realmente loco. Aquel delirio sobre levitaciones no fue el peor, pero tampoco el más liviano. En el trabajo notaba cómo mi cuerpo parecía elevarse hacia el techo y tenía que tocar la silla en la que estaba sentado para cerciorarme de que realmente no estaba levitando. Justo en una de aquellas experiencias escuché la voz de un bebé, el llanto, diría yo, y supe que era mi hija antes de que naciera realmente. También tuve la extraña premonición de la muerte de la esposa de un profesional, que al final falleció como yo lo había visto, en un accidente con el coche en un puerto de montaña. Sufrí un infierno decidiendo si  debería o no hablarles de ello al matrimonio. Como la premonición de la muerte de aquel compañero de trabajo, que falleció realmente meses después. O como el secreto de aquella persona que yo creí haber desvelado y que al cabo de algún tiempo tuve una confirmación bastante razonable de que era así. El resto eran delirios sin confirmar, relaciones adulterinas entre personas de mi entorno, extrañas escenas que me llegaban a la cabeza sobre gente cercana y que nunca pude confirmar. Era como si de repente la Kundalini hubiera ascendido hasta el chakra corona despertando tantas cosas a su paso que todas las experiencias se estaban produciendo a la vez.

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Pero lo peor de todo eran las voces, el resto de experiencias se producían en momentos concretos, duraban lo que duraban, sufría lo que sufría, pero pasaban. En cambio las voces, lo mismo que la visión de aquellos puntos de luz con los ojos cerrados, era algo constante y tan agobiante y aterrorizante que cuando estaba a solas no podía evitar hablar supuestamente con ellas. Fue la época en la que comencé a visitar el retrete con tanta frecuencia como un prostático, a pesar de mi juventud –tal vez cercano a los treinta- aunque no con la patológica frecuencia con la que llegué a hacerlo durante la etapa del mobbing en el trabajo, cuando se inició la fobia social  y no era capaz de percibir ninguna presencia física cercana sin que me pusiera enfermo. Los mejores momentos era cuando, por algún milagro de la casualidad, me encontraba solo en el trabajo. Esperaba y esperaba, a veces en el retrete, hasta que todos se hubieran ido, a veces mucho tiempo, porque alguien se quedaba hablando en la oficina, y llegaba muy tarde a comer. Era consciente de lo patológico que era todo aquello y buscaba disculpas o entrelazaba mentiras para que la esposa y la familia no se preocuparan más de la cuenta. Todo inútil porque en algún momento tenía que estallar… y estalló.

Me resulta difícil calcular los años que ocupó aquella etapa. Sé que el punto de inflexión del comienzo fue la experiencia en la estación de Chamartín, en Madrid. Yo acababa de trasladarme a León, por lo que calculo que tendría unos veintiséis o veintisiete años.  Sin el menor descanso o alivio se prolongó hasta después de casado, tal vez unos años, no sé cuántos, por lo que haciendo cuentas, a “grosso modo”, diría que la etapa telepática se prolongó al menos una década, sino más. Luego, gracias a Dios, las experiencias se fueron haciendo más intermitentes, tal vez porque fui encontrando medios para que las voces no me hicieran tanto daño o para que pudiera soportarlas o se produjeran con mayor distanciamiento cronológico. Fueron muchos, muchos años. Tal vez la última etapa dura en ese sentido fue tras el divorcio, cuando la voz de mi hija regresó a mí en experiencias puntuales aunque muy intensas. Ahora estoy tranquilo, apenas se produce, muy de vez en cuando, algún atisbo de experiencia que logro controlar casi de inmediato con mis técnicas actuales y con la fuerza del guerrero. Cuando pienso en lo mucho que sufrí me doy cuenta de lo bien que estoy ahora y de lo mucho que tengo que agradecer a las fuerzas poderosas de haber logrado superarlo. Pero sigo siendo consciente de lo sencillo que sería que todo aquello regresara, solo tendría que dejarme ir por el tobogán, una depresión fuerte, encamamiento, dejar de actuar como guerrero impecable… y todo aquello regresaría a mí.

No puedo saber cómo son las voces de los esquizofrénicos, ningún hermano enfermo mental me ha contado cómo son sus voces ni sus experiencias en este sentido. Puede que mi experiencia sea única o bastante peculiar, como casi todo en mi vida. A pesar de ello tengo la sensación de que no pueden ser muy diferentes y de que tal vez ellos lograran controlarlas como yo lo conseguí. No se me ocurriría intentarlo con nadie, mucho menos sin que me contaran previamente cómo son sus voces. Tal vez mis voces sean producto de la apertura del tercer ojo y de mis experiencias esotéricas en el camino del conocimiento, tal vez, pero no puedo evitar pensar que todo está relacionado. ¿Podrán algún día desaparecer las voces con la medicación? Todo es posible, los avances son importantes y bloquear o regular de alguna forma la comunicación entre sinapsis con los neurotransmisores no parece un sueño imposible, el problema viene cuando este bloqueo afecta claramente al funcionamiento del cerebro, cuando estás dormido o abotargado puede que dejes de escuchar las voces pero has perdido gran parte de tu vitalidad. Es un precio muy alto. Tengo experiencia en los dos terrenos, voces con medicación y sin ella, debo decir que en mi caso con medicación eran más intensas e incontrolables puesto que carecía de voluntad para enfrentarme a ellas. Claro que yo no tomaba la medicación que toman los esquizofrénicos, porque nunca se me diagnosticó como tal, solo antipsicóticos y antidepresivos. Sin medicación hubo una etapa en que me resultó imposible soportarlas, para mí no existió una elección clara, ninguna de las dos posibilidades era buena. Aún no tengo clara la génesis de las voces, pero si son causadas, como pienso, por una apertura de la mente a otras dimensiones, por la apertura del tercer ojo, el desarrollo de poderes mentales o la aparición del nagual, una vez comprimido el tonal, según la filosofía chamánica de Castaneda, mucho me temo que el control de las voces estará unido al control de la mente del iniciado que supera las primeras etapas de su evolución o al control del guerrero impecable sobre sí mismo, una vez alcanzada la totalidad de sí mismo.

Desconozco cómo actúa la medicación en un esquizofrénico en cuanto a las voces, lo que sí parece cierto es que no las controlan de forma absoluta, no las extirpan de raíz. Sé que algún esquizofrénico que estaba tomando medicación continuaba oyendo voces, según me dijo, aunque la intensidad de las mismas había disminuido mucho, haciendo más fácil controlarlas, como si estuvieran en un segundo plano, como murmullo de fondo.  No es una maravilla pero es lo que hay en estos momentos, cualquier medicación que ayude al control de las voces debe ser bienvenida, aunque si pare ello te duermen, disminuyen tu vitalidad y te hacen vivir al ralentí, entonces está claro que estamos pagando un alto precio por ello.

Para mí no fue fácil dejar de escuchar las voces o al menos poder controlarlas para que no me desequilibraran de tal forma que me resultaba imposible mantener una vida normal en el día a día. Nunca me pondría como ejemplo a seguir puesto que no soy esquizofrénico y ninguno me ha contado sus experiencias con las voces, para que yo pueda calibrar hasta qué punto se parecían a las mías. En mi caso los ejercicios de yoga mental, ciertas técnicas de control mental y sobre todo la filosofía del guerrero impecable me ayudaron a que las voces dejaran de molestarme hasta casi desaparecer en los últimos tiempos. Este logro ha estado unido al control del tercer ojo y de ciertas experiencias mentales y oníricas, casi podría trazar una línea roja a partir de la cual, si la traspaso, las voces comenzarán de nuevo. Por suerte salvo que me encuentre muy mal y en unas circunstancias muy dramáticas, muy duras emocionalmente, el control de las voces y de todos estos fenómenos que destrozaron mi vida durante tantos años, es algo relativamente sencillo y que no requiere por mi parte un esfuerzo espectacular.

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En el próximo capítulo hablaré de los delirios oníricos, otro fenómeno curioso que se produjo al mismo tiempo que las voces y que llegaron a trastornarme de tal manera que aún hoy tengo que embridar la mente y tirar con fuerza para que no me lleve de nuevo a aquellas espeluznantes pesadillas.





DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XVIII

3 10 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

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EL GRAN SECRETO DE MI VIDA XVIII

LAS VOCES

Cuando recapitulo lo que ha sido mi vida como enfermo mental me resulta muy sorprendente que las voces no se iniciaran durante mi etapa negra, cuando encadené un intento de suicidio tras otro, a cual más terrible. Me resulta difícil marcar un momento determinado como el inicio de las voces. Es cierto que de niño hablaba con seres creados por mi imaginación, los famosos amigos imaginarios de los niños; que mi fantasía era muy, muy poderosa, como he demostrado al cabo del tiempo con mis delirantes historias como escritor, hasta el punto de que me costó mucho convencerme de que lo que existía en mi imaginación no era real. Dejemos aparte, para otra ocasión, lo que don Juan le dice a Castaneda sobre que los niños no tienen fijado el punto de encaje y por lo tanto éste se mueve, de forma flexible, transportándoles de un mundo a otro, de una dimensión a otra. Según esto de alguna forma yo no estaba equivocado cuando pensaba que mis fantasías eran reales. Dejemos de lado el chamanismo, el esoterismo, el mundo paranormal y centrémonos en lo que todo el mundo considera real.

Puede que otros niños oigan las voces de sus amigos imaginarios o crean escucharlas, yo no. Todo ocurría dentro de mi mente, no escuchaba voces fuera de ella. Es cierto que aquellos personajes que me inventaba o aquellas personas reales con las que convivía, de alguna manera, en mi imaginación parecían estar presentes en mi mundo particular, pero nunca escuché sus supuestas voces hablándome. A lo largo de mi vida esas presencias apenas disminuyeron en intensidad, apenas fueron apartadas por la lógica y el razonamiento de alguien que siempre se ha considerado muy, muy razonable, racional, lógico y pragmático, realista, pero nunca escuché voces.

Incluso cuando me diagnosticaron como psicótico, psicosis maniaco-depresiva, y me informé un poco sobre la psicosis, no llegué a sugestionarme hasta el punto de creer oír voces. Ni siquiera en esos estados críticos que don Juan llama estados alterados de conciencia, en los momentos anteriores al suicidio o mientras éste se desarrollaba, se produjo nunca este fenómeno. Es por eso que cuando ocurrió por primera vez lo achaqué a los ejercicios que venía realizando para desarrollara el tercer ojo, para despertar al ser que habitaba en mi interior, el yo interno rosacruz o el nagual chamánico. Aún sigo pensando que mis voces tenían mucho que ver con todo aquello. Empezaron a manifestarse al mismo tiempo que comenzaba a percibir los puntitos de luz de los que ya he hablado en este diario. Un día, tal vez antes de los treinta años, ya no podía cerrar los ojos y ver la oscuridad que había visto siempre. Los puntitos, los ectoplasmas, la niebla gris o lo que fuera aquello se manifestó por primera vez y ya nunca dejaría de hacerlo el resto de mi vida. Junto con las voces o sonidos o vibraciones comenzaron también a manifestarse otros fenómenos curiosos como la telequinesis, algo de lo que nunca pude estar seguro por razones obvias. Uno puede estar seguro de haber escuchado una voz pero no de que un objeto se haya movido sin causa física apreciable, que algo que estaba aquí hace un momento ahora esté allí. La razón de todo esto es sencilla, somos un prodigio de inventiva cuando no queremos enfrentarnos a algo que nos asusta. Yo comencé a achacar estos supuestos fenómenos a mis despistes o mi falta de memoria a corto plazo. Cuando tras una iniciación rosacruz en mi cuarto, tras haber visto lo que creí era el rostro de una especie de abuelo  o figura patriarcal en el espejo frente al que había realizado la ceremonia, con melena y barba gris, por supuesto, el libro que tenía sobre la mesita de noche ya no estaba allí. Al principio me asusté mucho, seguro que estaba ahí, lo acabo de ver, pero luego eché mano de mi fama de joven fantasioso despistado, de esa falta de memoria que me impedía saber si había dejado algo en un cajón o en cualquier otro sitio, en ese caos perpetuo que era mi vida, falta del orden más elemental. Lo habré llevado al servicio para leer, lo habré depositado en cualquier sitio al pasar. Pues bien, una búsqueda exhaustiva no me permitió encontrarlo, ni otra al día siguiente, ya más tranquilo. Apareció en el mismo sitio, en la mesita de noche, tal vez días o semanas más tarde. No pregunté a mi madre, con la que entonces vivía, si era ella la que lo había encontrado y lo había dejado allí sin decir nada. Es posible que fuera yo quien lo encontrara y lo dejara allí sin recordarlo. Algo así que puede parecer disparatado a una persona normal  no lo era para mí, siempre sumergido en mis mundos mentales, incluso en una época en la que solo escribía esporádicamente y no perdía mucho tiempo imaginando historias o personajes. Era una hipótesis razonable y que me permitía cerrar el caso paranormal y olvidarme de todo aquello.

No fue tan sencillo con los ruidos o golpes que comenzaron a producirse, en las paredes, en el techo, en algún lugar lejano e ilocalizable. Eso me obligó a plantearme si los puntitos de luz, energías, ectoplasmas o lo que fuera eran una especie de materia diferente o una energía que podía interactuar con la materia física más basta. No lo deseché y de hecho al día de hoy sigo sin hacerlo. Cuando ese puntito de luz se movía con rapidez en esa oscuridad que tanto añoraba de aquellos viejos tiempos, en los que podía cerrar los ojos y ver solo negrura, a veces se producía como un golpe en la pared, sin causa aparente, que me asustaba y me dejaba muy preocupado. ¿Podía yo proyectar ese punto de luz que era, de alguna manera, una proyección de mi mente, por esa oscuridad donde no parecía existir ni espacio ni tiempo, y que de alguna manera chocara con la pared, como un objeto invisible y sólido, lo suficiente, para que se produjera un golpe tan fuerte? No me parecía una hipótesis tan descabellada y aquello me aterrorizó tanto que desde entonces caí en una manía compulsiva que no podía controlar de manera alguna. Cuando cerraba los ojos y veía el punto de luz muy intenso, grande, con una gran movilidad, me asustaba que pudiera chocar contra paredes o techo y causar un golpe. Quería a toda costa controlar ese punto de luz para que no se produjeran esos fenómenos, incluso llegué a experimentar buscando la forma de saber cómo controlarlo a voluntad e incluso llegar a producir golpes a mi antojo. Era una estupidez, pero en aquellos tiempos cualquier cosa que pudiera ayudarme a desentrañar lo que me estaba ocurriendo no podía ser descartada.

Cuando me encontraba en algún lugar silencioso y escuchaba ese ruido, ese golpe seco, analizaba todas las posibles causas, hasta que esto se transformó en un análisis meticuloso y delirante. Permanecía en absoluto silencio, incluso intentando contener la respiración, para ver si se producía por segunda vez y así podía situarlo y analizarlo mejor. Como hace la ciencia, descartando hipótesis, analizando un mismo fenómeno una y otra vez en circunstancias y entornos diferentes, yo me propuse desentrañar aquel curioso fenómeno. En cierta ocasión, estando en el baño, cerré con mucha brusquedad el grifo y escuché un golpe muy fuerte. Bueno, pensé, ha sido la tubería, al cortar el flujo del agua con brusquedad se ha producido una retención y un sonido perfectamente natural. Pero no me conformé, lo repetí una y otra vez y el golpe se producía una y otra vez. Bueno, esto parece confirmar mi hipótesis, pensé, pero no estaba seguro. Con el tiempo mi obsesión se volvió paranoica. Recuerdo un episodio muy triste para mí. Yo acostumbraba a comentar estas cosas con mi entonces esposa, pensando que era de las pocas personas que podían comprenderme o por lo menos aceptar que le hablara de ello. Siempre he creído que sacar las cosas que te aterrorizan al exterior, hablarlo con alguien, disminuye la fuerza e intensidad de ese miedo. De lo que no era muy consciente entonces, ahora lo soy con total realismo, era de lo que podría pensar otra persona, aunque fuera tu esposa y te quisiera mucho, de aquello que yo le contaba. No puedo decir que no viera en la expresión de su rostro su preocupación, hasta miedo, porque yo estuviera volviéndome realmente loco, pero en aquel entonces me resultaba muy sencillo desprenderme, fugarme de todo aquello que no quería aceptar.

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Puedo rememorar la escena con todo detalle, yo en el servicio, cerrando con brusquedad  el grifo y escuchando los golpes, y cómo la llamé para decirle que en efecto, mi hipótesis de que esos golpes estaban causados por mis proyecciones mentales acababa de confirmarse. Aún puedo ver la expresión de su rostro, estaba muy asustada de mi delirio, porque en efecto, era un delirio, me había fugado de la realidad y vivía en un mundo más cercano a las novelas de Stephen King que de la vida cotidiana. Vamos a dejar de lado la realidad o fantasía de aquellos fenómenos que desde el punto de vista chamánico, tal como aparece en los libros de Castaneda, no tiene por qué ser algo tan inusitado. Lo importante era que yo había aceptado que las proyecciones mentales, el puntito de luz, podía chocar con cualquier cosa material en el mundo físico y se producía un sonido muy parecido al que ocasionaría un objeto sólido y pesado golpeando contra una pared, algo así como un martillazo seco o una bola de hierro lanzada con fuerza contra una pared en un lugar cerrado. La obsesión por evitar que estos sonidos se manifestaran en presencia de otras personas, especialmente si estaban muy lejos de creer en algo que no pudieran ver y palpar, llegó a angustiarme de tal manera que aún hoy no entiendo cómo logré mantenerme en pie, cómo mi mente no perdió totalmente el rumbo. Esto, unido a las proyecciones mentales, a la imposibilidad de dormir con los ojos cerrados y a todo lo que me estaba sucediendo, me convirtieron en un ser tan medroso y angustiado que cuando pienso en la persona que era entonces me doy una gran pena. Pero aún faltaba lo peor, las voces.

Nunca he logrado que otros enfermos, esquizofrénicos, borderline, bipolares, o lo que sea, me cuenten sus experiencias con las voces, cómo son, qué les dicen, cómo reaccionan ellos. Imagino que algo les habrán contado a sus terapeutas o psiquiatras porque parece que el escuchar voces es uno de los signos para diagnosticar al enfermo. Aunque no quieran hablar de ello, por lo menos algo sí deberían mencionar, he vuelto a escuchar las voces, son más fuertes, me duran más tiempo, necesito aumentar la medicación, necesito un ajuste. Como no puedo comparar desconozco la peculiaridad de mis voces y hasta qué punto se parecen a otras o son exclusivamente mías.

No puedo situar en el tiempo su nacimiento, aunque sí recuerdo que al desarrollar mi mente con los ejercicios que hacía comencé a percibir vibraciones en mi cabeza. Este es un fenómeno sencillo y nada aterrorizante… o lo fue hasta que mi propia esposa me comentó si oía algo, si escuchaba un sonido raro, como un grillo o algo por el estilo. Teniendo en cuenta que antes yo le había hablado de ello, no me pareció demasiado importante, pero con el tiempo otras personas, no muchas, mencionar escuchar sonidos raros. Yo solo estaba escuchando la vibración de mi cabeza, de mi cráneo. Si tuviera que localizar la vibración diría que sale de lo alto de mi cabeza, se podría decir que nace en el chakra corona. Dependiendo de mis estados de ánimo, de lo equilibrado o desequilibrado que esté, del estrés que acumule y de otros muchos factores, la vibración puede ser más o menos intensa, más o menos audible, más o menos rápida o lenta, incluso se pueden unir otras vibraciones, como en el sonido del órgano se unen y armonizan los diferentes registros.

Al principio esta vibración era tan sutil que me costaba escucharla. Con el tiempo fue aumentando en intensidad y en variación. A veces fluía sin obstáculos, como el agua que recorre un tubo sin obstáculos, otras veces parecía encontrar un terrible bloqueo y se producía una lucha extraña, como un equipo de música a todo volumen, intentando encontrar una forma de salir al exterior en un recinto insonorizado con puertas y ventanas herméticamente cerradas. Como esta lucha me ponía muy nervioso, me angustiaba, me descontrolaba, intentaba desbloquear lo que fuera apretando los puños, cerrando con fuerza los dientes, cerrando los ojos, tensando con enorme fuerza la parte de la cabeza, izquierda o derecha, que parecía era la que de alguna manera estaba obstaculizando la salida al exterior de la vibración. Con el tiempo he llegado a adquirir un gran dominio de este ridículo arte. Procuro aislarme cuando me ocurre y tenso el cuerpo, los ojos, la cabeza, la parte de ésta que parece más renuente a dejar salir el sonido, hasta lograrlo. A veces estoy tan agotado, tan deprimido, que en lugar de tensar lo que hago es relajarme al máximo, incluso llegar al sueño, si fuera posible.  Lo que yo entonces no sabía es que lo que estaba haciendo tenía algo que ver con los ejercicios de kriyayoga que luego conocería o con los ejercicios de calentamiento de taichí que llegaría a practicar años más tarde. De alguna manera, por pura intuición, había descubierto la forma de controlar o desbloquear esta energía.

Todo esto viene a cuento porque las voces se suelen manifestar justo cuando estoy escuchando estas vibraciones con mucha intensidad y de una manera muy peculiar. Entonces me asusto, porque sé que en cualquier momento va a llegar hasta mí algún sonido, semejante a una voz, que me va a descontrolar por completo. Reitero que no puedo comparar con las voces que escuchan otros, por eso me limitaré a describir las mías de la mejor manera posible. En mi caso nunca han sido voces claras, a pesar de mis esfuerzos por saber lo que me están diciendo o tratando de decir, nunca he conseguido estar seguro ni siquiera de una sola palabra. No son coercitivas, no se me imponen ni me obligan a hacer esto o aquello o me amenazan con severos castigos si no les hago caso. Lo que me asusta de ellas es el parecido que a veces tienen con las voces de personas que conozco, sobre todo si son seres queridos.

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Parecen llegar de muy lejos, como desde el otro extremo de un túnel dimensional. Muchas veces, en aquel tiempo, imaginaba que alguien estaba hablando de mí a otra persona, y no precisamente bien, y entonces me llegaba una voz distorsionada, lejana, inapreciable, pero con un parecido tal a determinada persona que no podía dejar de plantearme que era su voz. Lo importante de estas voces no era el contenido, puesto que no podía descifrar nada, como un código inextricable que el mejor decodificador se ve impotente para conseguir descifrar ni una sola palabra o signo, lo que me afectaba era el estado de ánimo que creía percibir en esa persona. Un enfado terrible, incluso alguna vez un odio feroz. Yo entonces me preguntaba cómo era posible que esa persona estuviera tan enfadada conmigo o me odiara de esa manera, puesto que de su comportamiento jamás hubiera deducido algo así. No sé cómo podía apreciar que la conversación giraba sobre mí y no sobre otra persona o que su rabia o que su odio iban dirigidos contra mí y no contra esa persona. En alguna ocasión tuve dudas, es cierto, pero en la mayoría de las ocasiones sabía, con una intuición inexplicable, con una certeza que no sé de dónde venía, que ese odio iba dirigido a mí. Con el tiempo, sin necesidad de concretar hechos o personas, llegaría a descubrir que en efecto, esos sentimientos eran reales. Una vez que el tiempo y las circunstancias hicieron explotar la mina que tenía bajo mis pies, era fácil deducir de ciertos comportamientos, de ciertas palabras, de ciertos gestos, de hechos concretos, que lo percibido de aquella peregrina manera era lo que anidaba en el fondo de la mente y el corazón de esa persona, en lo más profundo de su subconsciente.

Pero no se trataba de la premonición oculta en determinadas voces que yo escuchaba lo que me aterrorizaba tanto, sino una sensación angustiosa que te dejaba sin respiración, como si la mente de otra persona se hubiera unido a la mía y se estuviera apoderando de mi. Aquellos pensamientos no eran míos, aquellos sentimientos no armonizaban con lo que yo era y sentía. Durante la primera etapa de las voces llegué a pensar, con mayor o menor seriedad, en la existencia de los demonios y en la posibilidad de que pudieran estar intentando apoderarse de mi alma. Fueron momentos terribles, de una angustia inexpresable. Pero aquello pasó y decidí que era más probable que las proyecciones mentales tuvieran la cualidad de que un contacto directo te permitiera percibir la personalidad de otro, sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Más tarde leería en los libros de Castaneda la explicación que da don Juan al ver, viene a decir que ver es conocer directamente las cosas. Eso sí tenía bastante más sentido que las supuestas posesiones demoniacas que tanto me atormentaron.

Como el tema da para mucho más lo dejaremos para otro capítulo.

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL(EL GRAN SECRETO) XVII

6 07 2016

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

EL GRAN SECRETO XVII

EL DOBLE

Llevo años releyendo los libros de Carlos Castaneda y con cada relectura encuentro algo, sino nuevo, al menos distinto, visto con nuevas perspectivas.  Es el caso del doble. Releyendo Relatos de poder me llamaron la atención los episodios relacionados con el doble. Aún sin yo saberlo o ser muy consciente de ello, porque aunque en mi etapa del “Loco de León”, hace ya muchos años, también leía a Castaneda y es posible que esos párrafos de Relatos de poder me fueran conocidos, lo cierto es que llegué a experimentar muchos delirios relacionados con el doble, hasta el punto de que hubo momentos en que creí haber perdido la razón.

Según le dicen don Juan y don Genaro a Castaneda, durante los experimentos o iniciaciones del doble, éste, el doble, es construido o generado en sueños. Este es un dato muy interesante puesto que todas mis experiencias y delirios respecto al doble se iniciaron en sueños. Durante la vigilia tenía la experiencia real de las proyecciones mentales que podía ver si cerraba los ojos, pero fue en sueños, cuando conseguí recordar muchos sueños y con mucha intensidad, cuando alcancé estados de lucidez, sino perfecta al menos muy aceptable, en sueños, que llegué a plantearme con lógica aplastante, no basado en la pura fantasía que siempre me ha acompañado, la posibilidad de una vida onírica muy diferente a la que llevamos cuando estamos despiertos en el mundo físico.

Como ya hemos visto en otros textos del blog, somos seres multidimensionales que existimos en diferentes dimensiones y llevamos allí vidas diferentes a ésta, aunque no las recordemos. Esta posibilidad está claramente expuesta por algunos gurús en sus enseñanzas y en algunas corrientes esotéricas. La posibilidad de que en sueños nuestro cuerpo astral se desprenda del cuerpo físico y viaje a otros lugares y tiempos, experimentando otras experiencias diferentes a las que recordamos haber experimentado en el mundo físico, parece de una lógica aplastante si aceptamos que somos algo más que un cuerpo físico, que poseemos otros cuerpos, como dice el budismo. El único problema sería el de restablecer los puentes de la memoria respecto a las experiencias vividas con otros cuerpos.

Sin embargo en los libros de Castaneda las enseñanzas de don Juan y don Genaro al respecto son muy novedosas y realmente inquietantes.  Ya no se trata del conocido y clásico “viaje astral” en el que el cuerpo astral sale del cuerpo físico en sueños y tiene experiencias que en gran parte son recordadas luego al despertar (porque la memoria del viaje astral en sueños funciona mucho mejor que la memoria normal de nuestros sueños) sino de algo novedoso y aterrador, tal como lo vivió Castaneda, como de alguna manera también lo viví yo y como lo viven todos los guerreros impecables que alcanzan la totalidad de uno mismo, en la terminología chamánica de don Juan.

- Carlos Castañeda

Durante una larga etapa, hace ya muchos años, de aterradores delirios que me llevaron al límite de la locura, no solo la creencia, sino la sensación casi palpable e inevitable de poseer una especie de doble que actuaba a mis espaldas, se convirtió en una idea obsesivo-compulsiva, en un bucle de tal magnitud que mi conducta en el mundo real se vio muy seriamente alterada, hasta el punto de que fue percibida con claridad por todo mi entorno que llegó a calificarme del “loco de León”, según pude escuchar claramente en numerosas ocasiones a través de mi oído físico y no solo debido a las voces telepáticas de aquel enfermo mental que años más tarde se calificaría a sí mismo, con cínico humor, del “telépata loco”. Una cuestión muy espinosa respecto al trato que nos dan los otros a los enfermos mentales es la obsesión que les atrapa de querer convencernos de que todo lo que según ellos “nos hace daño” no existe en realidad y es solo producto de nuestra imaginación. Así el que te llamen loco por la calle acaba siempre por ser producto de tu delirio y es inútil cualquier intento por parte del enfermo mental de que acepten una realidad que todos conocen y que él mismo ha vivido con claridad en el mundo físico. Esta inútil obsesión termina en situaciones tan ridículas y esperpénticas que si los enfermos mentales poseyéramos el sentido del humor, como es debido, nos troncharíamos de risa ante semejantes desaguisados. Mis seres queridos en aquella época llegaron a extremos casi patológicos. Aún recuerdo con sorprendente lucidez e intensidad aquel episodio de mi madre preguntándole a mi hermano si había guardado los periódicos. Nunca llegué a verlos, aunque supuse, tal vez con razón, que tras aquel claro episodio delirante de telépata en la estación de Chamartín en Madrid, que había salido en “los papeles”, incluso es posible que con fotos.

Si mi fase delirante como telépata fue terrible, si la obsesión con las proyecciones mentales me hizo muchísimo daño, si las premoniciones en sueños y las intuiciones durante la vigilia, relacionadas con muertes y desgracias, me angustiaron hasta el límite de la locura, nada comparable con el delirio del doble que me llevó más allá de los límites de la demencia, de donde solo pude volver gracias a un extraño milagro que aún no soy capaz de explicarme.

Según don Juan solo un guerrero que alcanza la totalidad de sí mismo es capaz de crear un doble. Está claro que yo entonces no era un guerrero impecable y que hoy, aunque lo sea, no he alcanzado la totalidad de mí mismo, por lo que la cuestión del doble queda descartada. Sin embargo algo me ocurría, puesto que en el mundo de los sueños, desde donde se crea el doble, me estaban pasando cosas muy extrañas. No se trataba solo de premoniciones, de saber cosas que en el mundo físico yo no podía conocer de ninguna forma, parecía como si hubiera comenzado a actuar en sueños de acuerdo a una programación.

Que no era un guerrero estaba claro porque un guerrero sabe que no se puede cambiar nada ni a nadie y por lo tanto no lo intenta. Yo entonces quería cambiar muchas cosas, mejorar la situación de otras personas y la mía propia, mejorar a la propia humanidad. Es el típico delirio profético que sufrimos algunos enfermos mentales, convencidos de haber sido designados para una misión salvífica. De acuerdo a una lógica implacable, si tenemos un cuerpo astral y éste puede salir de viaje por las noches, en sueños, algo podremos hacer con él, aunque no pueda interactuar con la realidad física. Se me ocurrió que podría convertirme en una especie de superhéroe onírico, en el superhéroe Espiritualín, como luego me parodiaría a través de mi personaje humorístico. Con mi invisible capa de supermán iría en sueños de acá para allá, arreglando las cosas que no tenían arreglo en el mundo físico. Lo curioso es que comencé a tener sueños muy extraños y muy lúcidos. En una de ellos estaba en la habitación de unos terroristas que montaban una bomba. Mi mente, en contacto con la de uno de los terroristas, lograba distraerle para que cometiera un error. Por supuesto que solo era un sueño y que en los sueños no se pueden hacer estas cosas…pero unos días más tarde en un telediario dieron la noticia de que a los terroristas les había fallado una bomba. Y no sería la primera vez que un sueño sincronizaba de esta forma con la realidad cotidiana.

Comencé a obsesionarme, hasta el punto de que un tiempo después sufrí un delirio angustioso que no me pude quitar de la cabeza. Los terroristas me habían descubierto y venían a por mí y a por mi familia. Era algo tan real que fue uno de los delirios más realistas y terroríficos que he tenido nunca. Recuerdo que hasta llegué a mirar los bajos de mi coche por si se les había ocurrido poner allí una bomba lapa. Los sueños “terroristas” como los llamo yo menudearon durante aquella etapa llena de pesadillas en los que parecía seguir en sueños a un grupo terrorista, escuchar sus conversaciones, ver cómo planificaban sus atentados mientras yo, el superhéroe Espiritualín, trataba de minimizar los daños todo lo que estuviera en mi mano.

TERRORISTAS

Esta obsesión por utilizar los sueños para mejorar las cosas llegó a convertirse en un estado de angustia permanente. Por las noches, antes de dormir, me programaba para viajar al futuro y ver todo aquello que pudiera influir en mi vida, y no me conformaba solo con arreglar los supuestos desaguisados y desgracias que me esperaban, también continuaba con mis misiones oníricas de superhéroe. Había decidido que si viajaba al futuro y veía lo que iba a ocurrir, bien podría, a través de los sueños modificar algo que lo cambiara todo. Simplemente con una sugerencia mental a la persona adecuada, con una pesadilla que avisara a las víctimas, en fin, algo se podría hacer.

De pronto, como si estuviera programado, acontecimientos de la vida cotidiana me fueron confirmando lo que supuestamente había descubierto en sueños. Personas que guardaban celosamente sus secretos, eran descubiertas por tonterías; personas de mi entorno a las que yo había creído descubrir telepáticamente y a través de los sueños, eran puestas al descubierto por conocidos que me contaban secretos que ya conocía o creía conocer gracias a mis supuestas misiones oníricas.

Años más tarde llegaría a leer el diario de… y descubriría, aterrorizado, que todos mis sueños al respecto eran ciertos. La persona que decía amarme en realidad me veía como una especie de monstruo perverso de quien manifestaba tener miedo. No hay secreto que no haya de ser descubierto, dice el  Evangelio. Puede que en el mundo físico podamos ocultar nuestros más íntimos secretos, puesto que los demás no pueden leer nuestra mente y emociones, puesto que la carne física recubre un rostro ocultando lo que no podría ser ocultado si todos nuestros pensamientos y emociones se imprimieran en una impresora 3D o fueran revelados en el cuarto oscuro, fijando, mediante procedimientos químicos imágenes claras de pensamientos y sentimientos, pero en el mundo onírico, en el mundo astral, el rostro astral refleja con claridad lo que estamos pensando y sintiendo. Muchos de esos monstruos y demonios de los que se habla en el budismo o en otras corrientes esotéricas, con los que tenemos que enfrentarnos en el mundo intermedio, no son en realidad otra cosa que durmientes que están de viaje onírico o personas que debido a traumas están realizando viajes incontrolados, o drogadictos que han salido de su cuerpo físico en un mal viaje, o alcohólicos que ya no controlan su mente, o enfermos terminales que casi se han desprendido de su cuerpo, o fallecidos que no han sido capaces de despegarse de sus cuerpos físicos, o larvas, o entidades del astral, o ¡vaya usted a saber!

Durante mi etapa de “Loco de León” me obsesioné con mi supuesta capacidad de ver las proyecciones mentales de los otros. Cuando podía ver ese rostro ectoplasmático reflejando supuestos pensamientos o emociones del otro montaba en santa cólera. Todos eran mentirosos y trapaceros, hipocritillas de tres al cuarto. Me estaban hablando muy serios y de pronto yo cerraba los ojos y veía su rostro ectoplasmático distorsionado en una mueca repugnante de burla. Se estaba riendo por dentro. Es curioso cómo muchas expresiones populares, vulgares, que parecen metafóricas, descriptivas, en realidad son auténtica sabiduría esotérica. Como este “reírse por dentro”. En efecto, yo podía ver que personas que se mostraban amables conmigo, compasivas, deferentes, que parecían comprenderme y aceptarme, en realidad se estaban riendo por dentro de mí. Incluso podía ver con claridad, como dibujado en un cuadro, cómo me veían y lo que realmente pensaban de mí.

La experiencia más terrible al respecto fue la lectura de aquel diario personal que me abrió los ojos a la aceptación de un mundo onírico contra el que llevaba muchos años luchando, como si fueran las tentaciones del mismísimo Satanás. Era como si viviera en varios mundos diferentes, relacionándome con varias personalidades diferentes. Fue algo demoledor, no he vivido experiencia semejante. Creánme si les digo que no hay nada parecido a descubrir un diario íntimo de una persona con la que te relacionas estrechamente y verte reflejado en su particular espejo. Tus mejores gestos, palabras, actos, pueden ser interpretados desde otra perspectiva completamente distinta. Te creías una buena persona y descubres que eres una especia de bestia parda, un malvado de película. Creías que te amaban y descubres que en realidad  te tienen miedo, un miedo atroz, que solo resulta comprensible cuando eres un enfermo mental y sabes que todo el mundo tiene la idea del psicótico de la película del maestro con su cuchillo en alto, clavándolo una y otra vez en el cuerpo juvenil de la chica. Descubres que creías haber pasado desapercibido, haber sido una persona discreta, pero todo el mundo te tiene fichado, y no como un enfermo mental sino como un loco peligroso. Los muy hipócritas son amables contigo, te sonríen, parecen sentir una maravillosa compasión espiritual por un enfermo que sufre, pero en realidad saldrían corriendo y no regresarían, sino fuera por el qué dirán y el miedo ridículo que tienen a la masa, a la sociedad.

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Tras aquella lectura pasé casi una década intentando olvidar, buscando una fórmula que me permitiera aceptar como delirios lo que yo ahora sabía que eran crudas realidades. Pero no fue posible. Ni siquiera los errores de bulto en la interpretación de algunos sueños, de algunas intuiciones, de las confusas visiones a través del tercer ojo, de las proyecciones mentales, pudieron ayudarme a renegar de otros mundos, de mi personalidad multidimensional. Todo aquello contribuyó a mi fobia social, a la desconfianza patológica en los demás, a los comportamientos estúpidos y delirantes que me acompañarían buena parte de mi vida. De alguna manera les odiaba, no podía soportarles, soportar su hipocresía, sus mentiras, sus conductas estúpidas buscando siempre ocultar lo que no se puede ocultar. Como no podía superar este odio y sin embargo intentaba vivir en sociedad y ser amable mi personalidad se escindió de alguna manera, caí en la neurosis, en las ideas obsesivo-compulsivas, en conductas patológicas esperpénticas. Nunca lo vi tan claro como aquella mañana, en el trabajo, cuando al cerrar los ojos pude ver el rostro ectoplasmático de un profesional solo obsesionado por el dinero, avaro, rácano, cuya aparente única ilusión en la vida era hacer dinero a cualquier precio, como hay muchos en nuestra sociedad, y que lo manifestaba claramente en aquel ectoplasma que reflejaba con claridad sus pensamientos y emociones. No pude contenerme y con conducta de loco le hice ver mi desprecio. Aquel buen hombre, que creo que en el fondo me apreciaba, se conmovió, hasta lloró y me dijo algo que nunca olvidaré. Si pudieras ver tu mente tal como crees ver la mía, seguro que no harías lo que estás haciendo. En efecto, como comprendí reflexionando luego, yo no podía verme a mí mismo, ni mis pensamientos y emociones, en mi propio rostro ectoplasmático, así que no tenía ni idea de cómo podría verme un espectador imparcial.  Luego, con el tiempo, sí llegué a verme y comprendí muchas cosas.

La lectura de aquel diario fue mucho más contundente que el resto de mis experiencias. En efecto, así me veían los demás, era increíble, pero cierto. Si por un milagro apocalíptico todos nuestros pensamientos y emociones fueran desvelados y se produjera un día milagroso de puertas abiertas, de nudismo absoluto, tal como parece que ahora intentan en Madrid, el día sin bañador en las piscinas, descubriríamos asombrados que habíamos estado viviendo en mundos de colorines, irreales. Algo así como escuchar las conversaciones telefónicas grabadas entre personas que no creen estar siendo espiadas y se manifiestan como son a personas que las conocen muy bien.  Sus ocultos pensamientos y sentimientos quedan al descubierto y nosotros, al verlo y escucharlo, sentimos una incontrolable repugnancia, unas ganas infinitas de vomitar. Como cuando me enteré de que determinada persona que me consideraba una especie de loco de atar no tenía inconveniente en poner en mis manos la vida de sus seres queridos a cambio de que pudieran seguir disfrutando de mi nómina mensual.

Cuando me he visto en estos diarios personales que son los rostros ectoplasmáticos de los otros he llegado a sentir miedo de mí mismo. Sí, parece increíble pero es cierto. Llegué a sentir tanto miedo que tuve sueños, pesadillas, en los que yo era un asesino en serie y me daba tanto terror poder hacer daño físico a mis seres queridos que hubiera aceptado ser atado de pies y manos para el resto de mi vida con tal de no tener la menor posibilidad de ser violento con nadie. Luego he visto la confirmación de muchas de mis experiencias en la vida real, personas respetables que son halladas corruptas, personas amables que se preocupan supuestamente de los demás a través de obras benéficas que ocultan al fisco unos dineros que podrían ayudar en obras sociales imprescindibles. Personas que dicen buenas palabras de boquilla para afuera y luego descubres, cuando les graban sus conversaciones privadas que no tienen la menor vergüenza, ni ética, si empatía, ni les preocupa nada que no sea ellos y cómo conseguir dinero, meterse monedas en la boca y guardarlas en la caja fuerte de sus intestinos hasta que revienten. Secretos revelados que nos hacen pensar que vivimos en una sociedad de hipócritas redomados, de auténticos enfermos que son los primeros en arrojar la piedra sobre la cabeza de los enfermos mentales.

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Durante muchos años sentía terror de lo que mi “doble” pudiera estar haciendo a mis espaldas. De que se vengara en sueños de los que me habían hecho daño sin que yo tuviera la menor posibilidad de pararle los pies, de tomar mis propias decisiones. Al tiempo que impedía que bombas terroristas explotaran bien podría estar poniendo zancadillas a mis enemigos. Cuando veía mi propio cuerpo astral salir de mi cuerpo físico y luego regresar, cuando veía mis proyecciones mentales ir y venir, sentía terror de que mis clones estuvieran organizando sus propias vidas y sus propios mundos  a mis espaldas. No hay mayor terror que ser matado por uno mismo. Esto que ya conocía de mis intentos de suicidio en la vida física, se convirtió en un infierno en aquella vida onírica y esotérica que estaba viviendo. ¿Cómo impedir que mis dobles, mis clones, reaccionaran mal ante las claras asechanzas de mis enemigos, como dice la Biblia, de las que solo nos puede proteger el Padre, y ayudándose, utilizando sus supuestos poderes, que los demás no tienen, organizarles una buena, para que se j… y me dejen en paz? ¿Se imagina cómo quedaría alguien que tramara algo contra nosotros si pudiéramos escuchar lo que dice, no a través de aparatos espías, sino telepáticamente, si pudiéramos leer en su rostro ectoplasmático todo lo que está tramando?  Quedaría como un auténtico idiota. Sería como ir pregonando por ahí a voz en grito los planes que tenemos para hacer daño a alguien. Los demás nos mirarían como locos y harían bien. Y sin embargo todos nos comportamos así en el mundo físico, creyendo que nuestros secretos no pueden ser desvelados, ocultamos nuestra verdadera personalidad a los demás, decimos lo que no sentimos, sonreímos cuando nos gustaría morder, somos unos hipócritas de tomo y lomo y luego nos llevamos las manos a la cabeza y rompemos nuestras filacterias, como los fariseos, cuando alguien  graba nuestras conversaciones íntimas y todo el mundo puede ver cómo somos realmente.

Todos aquellos terrores hubieran desaparecido de haber sabido que un doble solo puede crearse cuando el guerrero alcanza la totalidad de sí mismo. Es ridículo sentir terror de lo que hará nuestro doble cuando nosotros mismos somos guerreros impecables y estamos conformes con nuestros propios actos. Según don Juan y don Genaro el doble tiene poderes portentosos, pero sería ridículo de que los utilizara mal cuando es nuestro doble, el doble de un guerrero impecable y sus poderes le hacen muy superior a nosotros, le permiten conocer más cosas, le permiten tomar decisiones mejor fundadas.  Sufrí una angustia indecible pensando que mi cuerpo astral, que en sueños, yo podía estar haciendo cosas que mi yo físico no aceptaría ni compartiría. De alguna manera aún sigo sintiendo ese temor, porque al contrario de lo que sucede con el doble, que según don Juan no puede transmitirnos lo que hace –un guerrero nunca sabe lo que hace su doble- el cuerpo astral en sueños sí puede transmitirnos sensaciones e información.

Carlos Castaneda, Un Guerrero Espiritual De Nuestro Tiempo - 14

Don Juan reconoce desconocer la naturaleza del doble, así como otras cuestiones, sin embargo hay cosas de las que sí está absolutamente seguro, de que el doble existe, de que tiene poderes portentosos, de que el guerrero nunca sabe lo que hace su doble y de que éste es creado por el guerrero que alcanza la totalidad de uno mismo, en sueños. Pero estas cuestiones ya las veremos en su momento en al capítulo correspondiente de Las enseñanzas de don Juan.

 





DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL(EL GRAN SECRETO) XVI

18 04 2016

 

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

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EL GRAN SECRETO

 

EL RÍO DE LA CONSCIENCIA

 

Estamos acostumbrados a percibir el “yo” como un instante en el tiempo, el presente; somos lo que ahora mismo somos, este cuerpo, este pensamiento, esta emoción, éste deseo…y sin embargo si nos fijamos bien somos también todo lo que fuimos porque los cuerpos que fuimos siguen en este que somos y nuestros recuerdos nos persiguen a todas partes, allá donde vayamos, lo que hicimos hace diez, veinte, treinta años se convierte en presente en cuanto nuestra consciencia le presta atención y nustra memoria recapitula todo lo ocurrido. Si esto es así nada debería impedirnos adelantarnos al tiempo presente y caminar tranquilamente por el futuro, de esta forma nuestro cuerpo presente, emociones, recuerdos, también serían en buena parte de lo que seremos en el futuro.

 

Este fue uno de los delirios que más me angustiaron en aquelle época, hasta el punto de llegar a la paralización y casi a la catatonia, mi entonces pareja se asustó tanto que incluso buscó asesoramiento. Llegué incluso a convencerme de que en sueños viajaba al futuro y al ver lo que me esperaba me programaba para actuar en el presente, intentando cambiar las cosas. El ver constantemente delante de mi aquel puntito de luz me estaba desquiciando, porque no solo era el puntito que se movía hacia delante, que retrocedía, que aparecía con una fuerza y a una velocidad terribles en algunas ocasiones y en otras permanecía como aletargado, sin apenas brillo, como un simple velo sucio, casi invisible, que me pusieran delante estando medio dormido. Con el tiempo las experiencias fueron de lo más variado y abundante, desde supuestamente las más eróticas y agradables hasta las más violentas y desagradables. Eso del ver como el cuerpo atral, ectoplasmático de una mujer  aparecía delante de mis ojos con una solidez y una vitalidad que no tenía su cuerpo físico y que me hizo comprender a qué se referían los rosacruzces cuando hablaban de fuerza vital, o qué quiere decir la Biblia cuando dice que Dios insufló el aliento vital al trozo de barro que era Adán, o cuando Platón habla de la caverna y cómo nuestra realidad física es solo una sombra de la auténtica realidad, las ideas, la luz, o cómo el budismo habla de diferentes cuerpos, unos dentro de otros, como las famosas muñecas rusas. Porque aquellos cuerpos femeninos, en la plenitud de su brillo y vitalidad, eran mucho más hermosos, sólidos y reales que sus remedos, sus cuerpos físicos. Entonces comprendí muy bien lo que ocurre cuando alguien fallece y vemos su cuerpo físico como un cascarón vacío, porque en efecto, le falta algo, le falta lo que le habitaba.

 

No es que no viera cuerpos físicos masculinos o de niños, o de ancianos, lo que ocurría es que me llamaban mucho más la atención los cuerpos femeninos, como en una playa nudista, repleta de todo tipo de personas, con los cuerpos desnudos, siempre me llamarían más la atención los cuerpos femeninos desnudos, y dentro de ellos los de las mujeres más atractivas. Era muy curioso cómo lo que más identificaba al cuerpo femenino y lo distinguía del masculino eran los senos, los pechos, realmente espléndidos en el cuerpo astral. Digamos que habitalmente lo que yo veía eran caras, rostros, que al cabo de unos segundos perdían su brillo, su esplendor y se transformaban en sucios ectoplasmas, en puntitos de luz apenas brillantes. Pero cuando un cuerpo astral salía del cuerpo físico, con rapidez, con fuerza, como impulsado por un trauma o por una emoción fuerte y violenta, el punto de luz se transformaba en un auténtico cuerpo, con todas sus formas y circunstancias. Mi susto era tal que no podía fijar la mirada mucho tiempo en aquel cuerpo, y además, aunque la fijara, la vitalidad, la fuerza, el brillo y esplendor de aquel cuerpo no duraba mucho, como un móvil con la batería a punto de agotarse, apenas daba unos avisos antes de extinguirse. Nunca llegué a ver con claridad el sexo femenino en el cuerpo astral y en muy raras ocasiones el sexo masculino y normalmente esto siempre o casi siempre ocurría en sueños. Pero en cambio los pechos femeninos estaban a la orden del día, era ver un rostro femenino y cuando el cuerpo se manifestaba lo que más llamaba la atención eran los pechos. Era como si las mujeres tuvieran centrada su atención, su consciencia en esa parte del cuerpo, algo que me parece bastante lógico, habida cuenta de que ellas llevan un peso que nosotros, los hombres, no llevamos y que nosotros, los hombres, nos estamos fijando constantemente en sus pechos, como distintivo de su femineidad, es como si ellas temieran que al verlas solo viéramos sus pechos. Eso aparecía tan claro en mis visiones de los pechos femeninos y era tal la atracción y el deseo que acabé sufriendo una extraña y ridícula manía obsesivo-compulsiva que amargó aquella etapa de mi vida, durante muchos años, y que aún ahora me sigue causando molestias.

Knock, knock.

Es difícil hacer comprender a alguien que no haya vivido esto cómo se puede llegar a sufrir tal agobio que se busca cualquier clase de compensación. Para que se hagan una idea, les pondré un ejemplo plástico. Imaginen que su intimidad mental, psíquica, emocional, es como si su “yo” fuera una casa física, su propio hogar. Es normal que de vez en cuando alguien llame a la puerta, que ustedes abran, inquieran lo que quiere la persona que llama a la puerta y luego decidan si le dejan pasar, si le rechazan con buenas palabras, si lo mantienen a la puerta mientras dan la concisa información que el otro recaba o si deciden que es un amigo, un ser querido y entonces le reciben con los consabidos besos y abrazos y enseguida lo hacen pasar, le invitan a tomar algo, le ceden su mejor sitio en el salón y hablan con absoluta confianza. Todas estas posibilidades se pueden dar y son perfectamente normales y asumibles. Ahora bien, imagínense que de pronto un día en cuanto despiertan por la mañana y abren los ojos estuvieran llamando al timbre constantemente. Abren la puerta, ven a un desconocido, le preguntan qué quiere y al saberlo le responden que no les interesa y le despiden, si insiste, con cajas destempladas. Y luego viene otro y otro, algunos son molestos, tienen los rostros desencajados por sentimientos de cólera, son agresivos, la expresión de sus caras denota incluso maldad, si me apuran. Durante todo el día no para de sonar el timbre, ustedes no cesan de abrir y cerrar la puerta y cuando se produce una pausa ustedes están tan cansados que lo único que quieren es tumbarse y descansar. Todo esto lo narrado también en mi novela corta “El bunker”.

bunker

 

Algo así le ocurre a la persona que está viviendo su vida, tranquilamente, que entiende que la realidad, la única realidad posible es la que ha estado viviendo hasta ese momento. Es decir, un yo que es físico, que permanece en su casa buena parte del tiempo, que cuando sale al exterior procura guardar unas normas elementales de cortesía, como no mirar con demasiada fijeza a los demás, no hablarles sino en determinadas circunstancias, no mostrar en el rostro la profunda antipatía o malhumor que nos depara la conducta de otra persona, etc etc. Eso es la vida, eso es la realidad, pensamos. Pero cuando se abre el tercer ojo nos encontramos con algo muy diferente. Lo bueno de vivir en un mundo físico es que estamos sometidos a las leyes físicas que a su vez están sometidas al tiempo. Todo en el mundo físico es pausado, a veces lento, todo efecto generado por una causa lleva su tiempo y no se produce sin más, en un fogonazo. En cambio en el mundo mental, astral, en otros planos de existencia las cosas son muy diferentes. Uno no llama por teléfono para avisar que esta tarde vendrá por tu casa para verte y charlar un rato contigo. En el mundo de las proyecciones mentales basta con pensar en otra persona para que su proyección mental esté frente a ti, ya, con el rostro que tiene cuando está pensando en ti, con sus emociones plasmadas en ese rostro. Puede que esté discutiendo con alguien y tenga el rostro distorsionado por la cólera. Si tú no sabes con quién está hablando y qué está ocurriendo bien podrías pensar que esa cara la pone porque está enfadado contigo. Cuando tienes tu primera experiencia con el tercer ojo todo es nuevo, hasta las cosas más elementales necesitan ser aprendidas y asimiladas. Es como descubrir que las paredes han desaparecido, que el espacio ya no existe, es solo una llanura oscura que puede atravesar tu mente con enorme rapidez, es como descubrir que todo, absolutamente todo, está a tu alcance, la intimidad de los otros que no puede esconderse al otro lado de las paredes o en algún lugar del tiempo. Cuando piensas que todo está a tu alcance tienes que aceptar que así es, pero siendo consciente al mismo tiempo que tú también estás al alcance de los demás, no hay paredes que te protejan y que lo mismo que puedes ser el cazador que juega con la presa puedes ser la presa con la que juega otro cazador, donde las dan las toman. Las únicas limitaciones son las que aparecen a simple vista. Sabes que todo en ese mundo se mueve a golpe de energía, si no tienes energía, si tienes el móvil descargado, no te puedes comunicar, no puedes desplazarte, no puedes mantener tu atención, tu concentración, en ese mundo. Esto me recuerda mucho a las atenciones de que habla don Juan a Castaneda, algo que en aquellos tiempos no tenía bien asimilado. Digamos que la primera atención se mueve en el mundo físico y rara vez puedes atisbar algo fuera de ese mundo físico, y solo cuando entra en juego la segunda atención podemos percibir la realidad de la segunda atención. Aunque don Juan intenta enseñarle a Castaneda el ensoñar despierto, es decir, el permanecer en el mundo de la segunda atención al tiempo que estás en la primera, este logro está solo al alcance de los guerreros que han conseguido la totalidad. Según don Juan la totalidad es vivir al mismo tiempo con la energía del lado izquierdo y del lado derecho o dicho de otra manera, vivir al mismo tiempo en la primera y segunda atención. Esto es un logro increíble. Nos podemos hacer una idea de ello si nos imagináramos cómo debe ser recordar todos los sueños, hasta el último detalle, mientras estás despierto, y al mismo tiempo recordar en sueños, mientras estás soñando todos los detalles de tu vida mientras estás despierto. Quienes llevamos muchos años trabajando los sueños e intentando anotar lo que recordamos al despertar sabemos muy bien la enorme dificultad que esto entraña. También en el budismo se habla de esta cuestión, según Krishnamurti no debería haber abismo alguno entre nuestras diferentes vidas o nuestros diferentes cuerpos. Si ahora tenemos una sola memoria, la memoria física, que con sus limitaciones es la que nos ancla al único mundo que consideramos real, el mundo físico, el poseer una memoria completa, es decir la memoria total de nuestra vida onírica, de nuestra vida en el plano astral e incluso de nuestra vida en el plano causal, nos daría un potencial inimaginable. Los abismos existentes entre los diferentes cuerpos y dimensiones se acaban pagando, de ahí que muchas veces ignoremos si una determinada enfermedad física no puede estar causada por una enfermedad en la dimensión astral o incluso sea producto de un karma generado en una vida anterior.

 

En aquella primera etapa de mi vida como vidente, es decir, como iniciado que está desarrollando su tercer ojo, todas estas cuestiones fueron de una tremenda importancia y el desconocimiento y la falta de resolución de estos problemas generaron momentos especialmente angustiosos y trágicos. Uno de ellos, el peor, fue esta especie de batalla de los “yoes” que me trajo a mal traer. Para que se hagan una idea básica de por dónde iban los tiros les describiré brevemente la esencia de mi delirio.

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EL YO FUTURO QUE MANIPULA AL YO PRESENTE

 

Cuando a veces al mirar el punto de luz con los ojos cerrados éste se transformaba en un rostro, conocido o desconocido, también ocurría en alguna rara ocasión que ese punto se partiera por la mitad, digámoslo así y junto al rostro de otra persona, conocida o desconocida, aparecía un rostro que era el mío. El susto era morrocotudo, casi tan terrorífico como lo fue en aquel sueño observar que la persona que llegaba caminando por el pasillo, que entraba en mi habitación, donde yo estaba durmiendo, que me despertaba y me obligaba a mirarle, era yo mismo. Este sueño en concreto lo relato en la novela El loco de Ciudad fría. También en el capítulo dedicado a los sueños, en la misma novela, me planteo claramente en qué puede consistir esta batalla de los “yoes”.

 

Para quien no haya vivido alguna experiencia de este tipo todas estas elucubraciones tienen que parecerle, necesariamente, los delirios de un loco. ¿Qué otra cosa podrían ser? Pero cuando vives estas experiencias y las vives no un segundo de un día, sino todos los segundos de todos los días, durante años, el delirio deja de serlo. Como yo razonaba entonces: alguien me podría convencer de que estoy viviendo un delirio, una alucinación, si en algún momento se terminara, pero no es posible que viva a perpetuidad en una alucinación o un delirio constantes, entonces por la misma regla de tres simple, por el mismo razonamiento yo podría decirles a ellos, a los “normales” que viven en perpetua alucinación y delirio y que su realidad no es otra cosa que una alucinación, por que no habría otra diferencia entre lo que a mí me estaba ocurriendo y lo que les estaba ocurriendo a ellos. Nos pongamos como nos pongamos, la única diferencia válida entre un estado de realidad y un estado de alucinación o delirio es que éste último acaba por desaparecer y uno vuelve al otro estado.

 

Reconozco poseer una vivísima imaginación, de otra forma no hubiera elucubrado lo que elucubré. Con el tiempo llegué a fantasear con lo que estaba ocurriendo como una batalla de “yoes”. Cerraba los ojos y veía proyecciones mentales o cuerpos astrales que parecían moverse frente a mí, en la gran llanura oscura, o que permanecían a mi lado, al menos esa era mi impresión, como dos ángeles de la guarda. Esto, en su momento, también me creó otro delirio bastante angustioso, llegué a pensar que tenía a mi lado a dos ángeles, es decir a un ángel de la guarda y a un demonio. El primero trataba de llevarme por el buen camino y el segundo me tentaba poniendo ante mí los objetos de mis deseos y debilidades, entre los cuales estaba el sexo,  éste ocupaba el número uno, por supuesto.

 

Llegué a pensar que viajaba en sueños al futuro, allí me encontraba con el yo del futuro que tenía su propia visión de lo que me convenía o no, de acuerdo a lo que me había ocurrido hasta ese momento. Ese yo futuro viajaba al pasado y trataba de convencer al yo “presente” de que determinadas decisiones no eran buenas y debería tomar otras, de que en determinadas encrucijadas de caminos debería tomar el camino de la derecha, pongamos por caso, y no el de la izquierda. La lucha entre esos “yoes” era como un río de consciencia, no había intervalos, interrupciones, el río de la consciencia es permanente y su continuidad es absoluta, de otra forma, como es lógico, en cuanto se interrumpe un momento la consciencia estamos hablando de muerte. Ambos “yoes” permanecían a mi lado, como dos ángeles, uno bueno y otro malo, que intentaban llevarme por sus caminos. El problema era que yo no tenía claro quién era el ángel bueno y quién el malo.

guerra de los yoes

Esta lucha, esta guerra inhumana, fue especialmente trágica y dolorosa en el terreno de la vida de pareja. Todo lo que ha terminado por ocurrir, el divorcio, la ruptura sentimental, me llegaba con mucha fuerza de mi yo futuro. Llegó a convertirse en una obsesión que era incapaz de controlar y bloquear. El episodio de la gitana que me leyó las manos y supuestamente me quitó el mal de ojo, y que narro en el Diario de un enfermo mental, la parte dedicada a la primera atención o al mundo físico (este segundo diario está dedicado a la segunda atención o al mundo onírico o astral)  fue solo uno de los episodios mentales que yo viví con total realismo en aquel momento de mi vida. Hubo sueños que me dejaron muy “tocado”, muy angustiado. Como es lógico, si vives en pareja y ves en sueños que está ocurriendo o que puede ocurrir en un futuro próximo que tu pareja se acueste con otros hombres y que tú te acuestes con otras mujeres, la sensación no puede ser más angustiosa. Si todo parece ir bien en la relación, o algo en realidad no va bien o es posible que si ahora las cosas son normales puede que en un tiempo no muy prolongado vayan a ir muy mal. Al delirio de la batalla de los “yoes” se le añadió el delirio de los celos, el delirio celotípico.

 

Con el tiempo llegaría a saber, con toda certeza, que aquellas premoniciones que me llegaban del futuro, sin que pudiera impedirlo, tenían sentido, aunque no precisamente el que yo les daba. Porque si con el tiempo acabábamos divorciándonos el que cada cual viviera su sexualidad a su manera y siguiera su propio camino era algo elemental, querido Watson, pero no lo hubiera sido de haber permanecido en pareja, habría sido una señal evidente de que la relación había llegado a un deterioro casi ridículo en el que cada miembro de la pareja vivía libremente su vida, lo que ahora creo que llaman parejas abiertas, es decir que viven en pareja, están casados, pero cada cual se busca sus propias relaciones sexuales sin contar con el contrario. Todo esto lo viví yo entonces, sin poder explicarme de forma racional lo que me estaba ocurriendo. Ahora sé que la comunicación entre nuestros diferentes “yoes” es mucho más normal de lo que pensamos, como lo es el equivocarse en la interpretación de lo que nos llega desde la segunda atención, como lo es el confundir las fantasías (reales en la segunda atención) con lo que nosotros llamamos realidad. De haber sabido con claridad todas estas cosas en aquel tiempo no habría sufrido tanto y me habría dedicado más a tomar notas para luego aclarar lo que realmente estaba recibiendo de una futura realidad o de lo que mi fantasía se estaba inventando. En aquella terrible batalla de los “yoes” no solo me sentí como una víctima de fuerzas que me estaban manipulando, lo curioso es que esas fuerzas fueran mis “yoes”, es decir, yo mismo, sino que comencé a vivir delirios espantosos que me hicieron mucho daño, tales como delirios celotípicos, miedo a reacciones violentas por mi parte, miedo al karma que pudiera existir entre nosotros, etc. Todo esto parece una novela y puede que lo sea, al menos lo voy a contar como tal novela. Pero nunca olvido lo que don Juan le dice a Castaneda cuando éste le pregunta si las cosas que está percibiendo, que está viviendo en la segunda atención, tal como viajar y estar en otros planetas, o en otros planos de existencia, son “reales”. Don Juan se ríe y le dice con cara muy seria que en efecto, eso es tan real como todo lo que le ocurre en el mundo físico. Por mis experiencias oníricas puedo decir que lo que hace y le ocurre al cuerpo astral es tan real como lo que le ocurre al cuerpo físico o más. Todo esto lo narro en el capítulo El sueño iniciático de la novela “El loco de Ciudadfría”. Algunas experiencias que viví durante aquella etapa en sueños me llegaron a convencer de que en realidad todos tenemos una vida paralela en sueños. Salimos del cuerpo físico por las noches y vemos a otras personas, tenemos otros amantes, llevamos una vida distinta a la que experimentamos en el mundo físico. Esto también se explica muy bien en el capítulo “El universo de los sueños” de la novela El loco de Ciudadfría. Sigo sin tener claro si eso es posible o no; mis lecturas, las narraciones de las vivencias de otras personas, gurús, expertos en el mundo esotérico, me dicen que aunque no recordemos, en efecto, estamos viviendo vidas paralelas en dimensiones paralelas. Cuando recobremos las memorias perdidas de otras dimensiones que no son el mundo físico, cuando deje de haber abismos entre la memoria del mundo físico, del mundo onírico, del mundo astral, del mundo causal, sabremos con absoluta seguridad qué es lo que vivimos en esas dimensiones, en esas vidas, y cómo influyeron en nuestra vida en el mundo físico. Estoy convencido de que algún día sabré qué ocurrió en esos mundos con mi pareja para que llegáramos a la ruptura. Mientras recobro la memoria y llego a la totalidad de mí mismo, a la memoria global, contaré en forma novelada lo que viví en aquella época y cómo aquel terrible sufrimiento estuvo a punto de precipitarme en la locura absoluta, aunque para algunos que me conocieron entonces yo no necesitaba aproximarme mucho más a la locura absoluta, al cero absoluto, porque ya estaba en él, ya era un loco con todas las consecuencias.

 

 

Lo que voy a contar nunca lo habría contado de haber seguido viviendo en pareja o de haber tenido algún ser querido con el que hubiera debido contar a la hora de vivir mi propia vida o de contarla, pero como ya he repetido en numerosas ocasiones, ahora estoy solo, lo he perdido todo, ya no me queda nada que perder, y por lo tanto puedo contar mi vida con todas las consecuencias, puedo narrar mi locura sin que me importe un comino lo que piensen o dejen de pensar de mi. Mientras se acerca mi última danza con la muerte narraré lo que fue mi vida, puede que les sirva a algunos que ya están en el camino o que han decidido iniciarlo, porque si lo que  voy a contar me lo  hubieran contado a mí no habría vivido tantos años como el “Loco de León”. Aunque solo sea por la razón de que me lo debo a mí mismo, porque debo reparar el gran error de mi vida –vivir en la mentira y en el disimulo- dedicaré los últimos años de esta vida terrible a contar lo que realmente fui, lo que realmente soy y no lo que algunos quisieron que fuera, querrían que siguiera siendo, como una máscara de carnaval, como un actor de teatro. Soy el que soy y no me avergüenzo de ello y si esta sociedad hipócrita quiere seguir viviendo en la mentira, que lo haga, porque yo siempre creí en la máxima evangélica: LA VERDAD OS HARÁ LIBRES.

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XV

30 03 2016

 

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

EL GRAN SECRETO XV

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EL DELIRIO DE LA BATALLA DE LOS “YOES”

 

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A estas alturas de mi vida aún me sigue costando imaginar cómo algo tan nimio, tan tonto, como un puntito de luz, con todas las transformaciones y manifestaciones que se quieran, pudo llegar a trastornar mi vida de tal manera como para perder el contacto con la realidad, con la “verdadera” realidad, nos pongamos como nos pongamos. Cuando la gente te mira como si fueras un loco y tú miras a la gente como si pudieras leer sus pensamientos más íntimos, es que algo no va bien, nada bien.

 

Y sin embargo debo decir que la lógica, la racionalidad, de mi delirio no deja de sorprenderme. Si todo lo que yo creía entonces y aún creo ahora, al menos en parte, es cierto y real, la posibilidad de que mis ideas delirantes de entonces puedan ajustarse a una realidad, tan sorprendente como terrible, son muchas. Aquella batalla de mis “yoes” que tanto miedo de produjo, hasta la paralización, bien pudiera haber ocurrido.

 

Para quienes solo creen en el cuerpo físico todos estos problemas no dejan de ser delirios de enfermo mental, de loco de tres al cuarto, que se busca problemas en su imaginación, como si la vida no nos diera ya bastantes. Sí, si todo lo que somos es cuerpo, no hay más problema que aceptar que un día moriremos y todo se terminará, todo. Es posible que a muchos les resulte fácil aceptar que van a morir, aunque no me lo creo, no me creo que ante la muerte el mayor agnóstico del mundo pueda quedarse tan pancho, como diciendo, esto no va conmigo. Enfrentarse a la nada puede llegar a estremecer personalidades que se creen de piedra y a prueba de esas tonterías imaginativas que nos asaltan a otros. Por mi parte nunca he aceptado mi mortalidad, nunca he asumido que voy a morir y que todo se va a terminar, una consciencia que llegó a la existencia y que de pronto es privada de ella sin más, como si nada tuviera razón de ser, como si todo fuera un capricho de dioses idiotas. Nunca me conformé y por lo tanto he dedicado mi vida a encontrar un sentido al nacimiento y a la muerte y a todo lo que nos sucede entre ambos, la salida y la meta.

 

Muchas veces he pensado en cómo hubiera sido yo de no haberme preocupado tanto por ese dichoso sentido que para mí debe tener la vida. Muchas veces me he preguntado si de haberme pegado a la realidad como una babosa al suelo, mi vida habría sido distinta y mucho más feliz.Si  en lugar de elucubrar sobre las consecuencias de la proyección mental, de la vida fuera del cuerpo físico, en el mundo astral, de las batallas entre mis “yoes”, si mi vida hubiera sido un lago tranquilo y feliz. Una vida con los alicientes normales en estos casos, un amor, una familia y las comodidades aceptables para un clase- media-todo-terreno, que no tiene la vida solucionada pero tampoco sufre de hambre y penurias. Sí, muchas veces he pensado en lo feliz que habría sido de no haberme propuesto, con ese empecinamiento patológico de enfermo mental, encontrar sentido donde no lo hay y respuestas en el viento. Pero esta sensación no ha durado mucho, ni siquiera unos minutos. Ha sido suficiente con pensar cómo era yo antes de que al cerrar los ojos viera los malditos puntitos de luz y los ectoplasmas que adoptan formas de rostros humanos y los cuerpos físicos al otro lado del túnel o del pequeño agujero en la negrura.  Debo reconocer que aquello no cambió mucho mi vida, en realidad, y si nos ponemos serios, creo que todo aquello ayudó a un enfermo mental a lograr metas que le habrían sido imposibles de alcanzar de otra manera.

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En algún momento de la vida nos preguntamos cómo sería vivir de tal o cual manera, si fuéramos invidentes, si nos hubiéramos quedado parapléjicos, si hubiéramos nacido con dos narices o fuéramos sordomudos, o… No es preciso tener una gran imaginación, basta con poseer un mínimo de empatía. En la vida nos encontramos con personas diferentes a nosotros por uno o mil motivos, incluso en el caso de las enfermedades raras, de las que se está comenzando a hablar gracias a Dios, siempre encontrarás a otra persona, otras dos, una docena, que tienen tu misma enfermedad o sufren de lo mismo que tú sufres. Esto, que parece una tontería estadística, en realidad arropa mucho. Por supuesto que cuando comencé a vivir estos fenómenos ni se me ocurrió pensar que fuera la primera persona del planeta, de la historia, que descubría la existencia real del tercer ojo, y no como un mito o una leyenda más entre todos los mitos y leyendas que han desfilado delante de nuestras narices a lo largo de la historia humana. Había leído lo suficiente para hacerme una idea de que otros seres humanos, tal vez no muchos pero sí bastantes, habían experimentado la apertura de lo que se llama tercer ojo u ojo psíquico. Yo no era un caso excepcional, aunque nunca había conocido a persona alguna que reconociera lo que a mi me pasaba. Bueno, un tiempo después hablaría con algunos rosacruces que me dieron a entender que a ellos les ocurría tres cuartos de lo mismo o peor. Solo una persona llegó a reconocer que ella sufría experiencias mucho más impactantes que las mías y que durante algún tiempo lo había pasado mal.

 

 

Siempre echaré de menos el lujo que hubiera supuesto para mí tener un maestro, un gurú, que me hubiera ayudado en el camino, hablándome de esto y de aquello. No pudo ser, tal vez porque yo no lo merecía. El que algunas personas de mi entorno, que con seguridad, habían pasado por lo mismo que yo estaba pasando, no quisieran hablarme de sus experiencias me desilusionó profundamente. Nunca logré entender por qué razón era preciso ocultar esas experiencias, más aún cuando podían ayudar y alumbrar el camino de tanto neófito como transita por estos caminos esotéricos, seguramente no muchos eran tan tontos como yo, pero sí habría algunos. De haber tenido ayuda, de haberme comentado esas experiencias tal vez yo nunca habría sido el “Loco de León”, aunque no dejo de preguntarme si mi enfermedad no me hubiera llevado, por otros caminos, al mismo terreno pantanoso.

 

Es por eso que ahora me cuesta tan poco hablar de mis “secretos”. Si alguno está pasando por lo mismo que yo pasé le vendrá bien saber que no es el único que ha vivido experiencias semejantes, que no es el tonto del pueblo, vamos. Y si hay quien está pensando en meterse en este camino, mejor se lo piensa ahora, un poquito, antes de dar el paso. Le contaba don Juan a Castaneda que muchos naguales no hablaban a sus aspirantes a guerreros de lo que se iban a encontrar, simplemente les daban un “empujoncito” no más y ya estaban dentro, sin posibilidad de regresar atrás. Me gustó mucho la opinión personal de don Juan de que él prefería hablar de lo que se iban a encontrar antes de darles el “empujoncito”. Yo también soy de la misma opinión, si has de tirarte por un precipicio, porque no te queda otra, al menos que lo sepas y no que te arrastren en noche oscura, como boca de lobo, a algún lugar lejano y que te digan que debes saltar porque te lo piden los dioses o el destino.

 

Uno de mis grandes problemas, desde niño, fue la vivísima imaginación que me representaba todo lo fantástico, lo ficticio, lo mágico, con tales colores y detalles que para mí eran absolutamente reales. Cuando me enfrenté a las consecuencias de la apertura del tercer ojo no solo me dejé llevar por la imaginación, la lógica aplastante, la racionalidad más sobria y sólida, me llevó hasta horizontes que nunca soñé pisar. No entendía a quienes, como yo decía, tiraban la piedra y escondían la mano. No comprendía que los maestros rosacruces hablaran de las proyecciones mentales y no mencionaran siquiera la posibilidad de que todos estuviéramos vinculados en una especie de subconsciente colectivo y las consecuencias que podían deducirse de ello. Cuando hablaban del cuerpo astral, de cómo salía del cuerpo físico, de cómo podía viajar en el tiempo y el espacio, no podía hacerme una idea razonable de por qué se negaban a llevar la lógica a sus últimas consecuencias y hablar de cómo se puede vivir fuera del cuerpo físico.

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Yo decidí llegar hasta el final y plantearme todo tipo de preguntas, sin miedo a las respuestas. Uno de estos caminos me llevó a lo que yo llamo el delirio de la batalla de los “yoes”. Mi razonamiento era como una ecuación matemática, como una suma, con una resta, tal vez con una multiplicación y una división para llegar a un resultado final. Yo pensaba más o menos de esta manera:

 

-Si nuestra proyección mental o nuestro cuerpo astral pueden desprenderse de nuestro cuerpo físico y “viajar” sin los obstáculos del espacio y el tiempo, es razonable, es lógico pensar que pueden viajar al pasado o al futuro, que pueden contactar con otras proyecciones mentales y otros cuerpos astrales, que pueden contactar con cuerpos físicos en cualquier lugar y tiempo en el que estos se encuentren.

 

-Si nuestra proyección mental tiene “sentidos”, sensibilidad para percibir las cosas que cuando estamos en el cuerpo físico percibimos con los sentidos, vista, oído, etc, es lógico pensar que en nuestras proyecciones mentales o viajes astrales podríamos llegar a cualquier lugar y ver a cualquier persona, incluso percibirla con más claridad que si estuviéramos allí con el cuerpo físico. Don Juan le comenta algo parecido a Castaneda, solo que él pone una condición indispensable, para viajar es preciso mucha energía, mucho poder, unos requisitos concretos, no se viaja así como así. Esto no lo sabía yo entonces y por eso mi delirio sobre las batallitas de mis “yoes” no me pareció tan irracional.

 

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-Si no hay, en hipótesis de trabajo, nada más fácil que contactar con nuestra propia mente, en el pasado, mañana, pasado mañana, en el futuro más o menos cercano o lejano, habría que concluir que seguimos una especie de línea temporal en la que vamos contactando con nuestras mentes en diferentes momentos del tiempo y el espacio y éstas nos van suministrando toda la información que nosotros les pedimos. Si no hay obstáculo para este viaje, ¿qué nos impide, por ejemplo, viajar al día de mañana, contactar con nuestra mente y pedirle que nos diga qué le está ocurriendo y si nos espera algún momento difícil? En realidad las premoniciones, las visiones del futuro, las videncias, son así de sencillas, al menos en el plano teórico. No abrimos agujeros en paredes sólidas con nuestra cabeza y asomamos, a ver qué hay al otro lado. Nos limitamos a contactar con nosotros mismos sin tener que utilizar vehículos que nos permitan viajar en el tiempo. No se trata de superar el espacio con una propulsión X y maniobrar en un artilugio que curve el espacio y el tiempo para llegar justo a una semana desde este momento, y allí encontrarnos con nuestro “yo” futuro que estará en un lugar y en un tiempo concretos, preguntarle si todo le va bien y con lo que él nos diga, regresar de nuevo al presente y así nos enteramos de lo que nos va a ocurrir en el futuro. No, esto es complicar las cosas al extremo, si yo fuera Dios, pongamos por caso, no les complicaría tanto las cosas a los viajeros del tiempo, videntes y futurólogos. Hay algo mucho más sencillo que todo eso. Nuestra mente se proyecta, piensa en mañana, qué nos espera, qué nos puede ocurrir. Al proyectarse se encuentra con nuestra propia mente, solo que es la mente de mañana. No es en absoluto complicado. Yo lo visualizo de la siguiente manera: mi mente es un puntito de luz, como los que no he dejado de ver desde hace muchos años, cuando se produjo la apertura del tercer ojo; ese puntito viaja por una llanura oscura, por una oscuridad o negrura, tal como la ve una persona normal cuando cierra los ojos antes de dormir; no atravesamos paredes ni espacios físicos, en esa dimensión solo hay oscuridad y puntitos de luz que se mueven; si el puntito avanza un poco se encontrará con otro puntito que es nuestra propia mente. Digamos que nuestra mente sigue un camino en la llanura oscura y conforme avanza se va encontrando con otros puntitos de luz que son su propia mente solo que en momentos temporales distintos. Los otros seres humanos siguen caminos diferentes al nuestro en la llanura oscura, pero nada impide que en lugar de seguir avanzando por nuestro sendero en la oscuridad nos desplacemos a la izquierda o a la derecha, pongamos por caso, utilizando una imagen física que no se corresponde a una dimensión donde no existe materia ni cosas físicas. Al desplazarnos lateralmente, en lugar de hacia delante, podríamos encontrarnos con otras mentes, las mentes de nuestros semejantes que siguen el mismo camino en el tiempo. Podríamos contactar con esas mentes que nos darían el tipo de información que les pedimos o se negarían por un motivo u otro.

 

-Bien, estas son las bases, los fundamentos, los cimientos, de mi teoría o delirio de la batalla de los “yoes”. No me cuesta nada imaginar cómo reaccionaría mi “yo” de los diecisiete años, pongamos por caso, si mi “yo” de los casi sesenta, se le apareciera, a través de un agujero dimensional y le dijera: no abandones el colegio religioso, no pongas término a un proyecto que has mantenido todos estos años, porque… porque no podrás superar tu “reingreso” al mundo, el demonio y la carne, y acabarás sufriendo severas depresiones, intentarás suicidarte una docena de veces, te internarán en psiquiátricos, te pondrán electroshocks, te atarán con cadenas, sufrirás tanto que desearás no haber nacido, y no solo eso, cuando comiences a superarlo, encontrarás una maravillosa mujer, te enamorarás como un loco de ella, os casaréis, tendréis una maravillosa hija y… al final te divorciarás, no volverás a ver a tu esposa, que posiblemente te odie con todas sus fuerzas, ni a tu hija, que nunca comprendió ni comprenderá que eres un enfermo mental, que siempre lo fuiste y lo seguirás siendo hasta el final, al menos en esta vida. ¿Qué me diría mi “yo” de los diecisiete años? Lo sé muy bien. Diría que eso no está escrito, que le estoy engañando, que no sabe quién soy, podría ser el mismísimo demonio. Nada está escrito hasta que uno toma las decisiones. Lo que mi yo futuro cuenta a mi yo de los dieciocho años es solo una rama de los posibles futuros que me aguardan. Bien podría no ocurrir así. Tal vez el destino me depare un trabajo excepcional que me de una autoestima muy alta, que me permita ser escritor, por ejemplo, que me permita conocer a otras mujeres distintas a las que conocí y olvidarme de mi etapa negra, de los intentos de suicidio, etc etc. Eso le diría mi “yo” juvenil a mi “yo” actual. Y este respondería, no, ese es el futuro más probable puesto que yo lo he vivido. ¿Quieres sufrir todo lo que te acabo de contar, quieres enamorarte para luego divorciarte, quieres tener una hija para luego perderla? Y mi yo juvenil, al que conozco muy bien, y que es tan cabezón como mi yo actual, podría responder que no, que no me cree y que va a seguir su camino. ¿Qué podría hacer mi yo actual para impedirlo? Engañarle, mentirle, manipularle, intentar que tome decisiones que él no quiere tomar. Todo para evitarle el terrible sufrimiento que le espera. Esta sería en síntesis la guerra de los “yoes” que desarrollaremos en otro capítulo, porque hay mucha tela que cortar y muchas preguntas sin respuesta, porque como le dice don Juan a Castaneda, un guerrero debe aceptar el misterio, que nunca podrá desentrañar, pero a la vez debe luchar con todas sus fuerzas para hacerlo. Eso haremos nosotros, no conseguiremos encontrar respuestas a las preguntas, pero al menos lo intentaremos.

 

 

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL(EL GRAN SECRETO) XIV

6 03 2016

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XIV

EL LABERÍNTICO DELIRIO DE LA PROYECCIÓN MENTAL

Cuando aquel día, que repito una y otra vez en este diario porque fue un antes y un después en mi vida, mientras me dirigía al trabajo, caminando como un zombie, arrastrando los pies, clavando la mirada en el suelo, atisbé el abismo horroroso que implicaba la proyección mental ya no pude volver atrás, fue como el paso decisivo del guerrero impecable que decide convertirse en un hombre de conocimiento, ya no hay vuelta atrás, como le dice don Juan a Castaneda.

Todos nos caeríamos de culo, mejor dicho, de cabeza en el gran abismo, si aceptáramos que la individualidad no es otra cosa que el velo de Maya, en realidad formamos parte de la mente colectiva de un planeta, Gaia, que a su vez forma parte de la mente colectiva de un universo, de muchos universos, de la Mente Universal. La creencia en que somos individuos separados, con cuerpos físicos separados que contienen mentes individuales separadas, que viven vidas separadas, que transitan por caminos diferentes hacia metas diferentes, que somos lo que somos pero distintos a los demás, que nuestra bondad es solo nuestra y nuestra maldad solo nos pertenece a nosotros, que odiamos a los demás porque son distintos, no son tan guapos como nosotros, no son tan inteligentes, tan sensibles, tan…tan…y tan… Que tenemos la desgracia de vivir en una sociedad imperfecta, terrible, infernal, porque “otros” la han hecho así, sufrimos la consecuencia de sus errores, de sus maldades. ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto? Nos preguntamos con caritas de niños buenos, con caritas del santo Job. Si de nosotros dependiera la vida sería distinta, más feliz, más hermosa. Si de nosotros dependiera esta sociedad no sería la mierda que es. Son otros los que nos hacen vivir en este infierno. Todo esto no es otra cosa que una fuga de la realidad, en ese sentido todos son enfermos mentales, no solo nosotros, los denominados así. Nos hemos sugestionado para creer en algo que nos permita un respiro, que nos libre de caer en el horroroso abismo. Porque no se puede vivir así, formando parte de una mente colectiva, sabiendo que nuestra maldad solo en parte es nuestra y que nuestra bondad no ha sido consecuencia exclusiva de nuestra libertad, de nuestra voluntad, de nuestra conmovedora naturaleza, casi divina. No se puede vivir sabiendo que parte de nuestros pensamientos no son nuestros, que parte de nuestras emociones no son nuestras, que parte de nuestras vidas no son nuestras, sino de otros, lo mismo que sus vidas no son totalmente suyas, sino en parte nuestras.

Sin duda esta es la parte más terrible de la teoría de la vinculación de Milarepa, la parte oscura, la noche del alma. Porque ya no nos sirven los caminos individuales, las decisiones individuales, no podemos pensar que hemos escogido el bien, decidido ser buenos, luchado por serlo, y que lo demás ya no nos incumbe. No podemos seguir pensando que si somos muy buenos recibiremos la recompensa adecuada y no sufriremos lo que los demás están haciendo con nuestra sociedad, con este planeta. No podemos desvincularnos de las vidas ajenas, del sufrimiento ajeno, de lo que ellos decidan libremente, porque todos seguimos el mismo camino, vamos en el mismo barco, y cuando alguien hace un agujero el agua penetra igual para todos y el barco se acabará hundiendo aunque nosotros no hayamos hecho un maldito agujero. ¡Somos tan buenos, nos queremos tanto!

 

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Formamos parte de una mente planetaria, todo en el planeta Gaia se comunica mentalmente, incluso lo que creemos yerto, lo mineral, lo que permanece en la noche absoluta de la consciencia. Todo está compuesto de partículas subatómicas que se relacionan entre sí, que se vinculan, que se comunican. Lo que hacéis a uno de vosotros me lo hacéis a mí. Esto lo dijo el maestro Jesús y no hay mejor forma de expresar la teoría de la vinculación. Podríamos incluso añadir, lo que hacéis a un animal, a un mineral, al agua,al viento, al fuego, a la tierra, todo lo que hacéis me lo hacéis a mí. Es terrible, horroroso, es el fondo del gran abismo. Porque ya no nos sirve pensar que los demás son malos y nosotros buenos, porque cada uno de nuestros pensamientos perversos está afectando a los demás, es una proyección de nuestra mente que está llegando a otros y a través de ellos a todos los demás. Cada uno de nuestros sentimientos malvados se cuela en los demás como el agua a través de los agujeros de un colador. Cuando escribí el episodio del planeta mental en mi trilogía de ciencia ficción “Planeta Omega” debía de estar pensando en esto, aunque aún no lo tenía demasiado claro. Pero ya la atracción de ese abismo había dado buena cuenta de mí.

Mientras caminaba por aquella calle intentando bloquear los pensamientos ajenos que llegaban a mí a través de sus proyecciones mentales, comencé a caer en el laberíntico delirio de la proyección mental. Todo se me vino abajo, porque todo lo que había construido hasta entonces estaba basado en la lógica de la individualidad. Somos islas y nada de los demás llega a nosotros, salvo los restos de sus naufragios, traídos por las olas y las corrientes submarinas hasta nuestra playa. Todo se vino abajo y hasta lo más elemental dejó de serlo. Porque ya ni podía execrar y maldecir a los asesinos en serie, porque algo de mi maldad les había llegado, algo de mí formaba parte de ellos. Las vidas miserables de los otros ya no eran solo cuestión suya, construidas libremente con sus actos de voluntad, también lo que yo pensaba, sentía y hacía les afectaba y por lo tanto en el gran juicio final el Señor Todopoderoso no solo me iba a pedir cuentas de lo que yo había pensado, sentido y hecho, sino de cómo todo eso había afectado a los demás. Quien escandalizare a uno de estos pequeñuelos más le valdría que le ataran una rueda de molino al cuello y lo arrojaran al mar. Esto también lo dijo el maestro Jesús y no encuentro nada más rotundo y terrible que exprese mejor el lado oscuro de la proyección mental.

¿De qué me sirve intentar ser bueno? Yo era un niño muy bueno, muy sensible, que siempre quería hacer el bien, que no quería decir mentiras, que deseaba salvar todas las almas posibles. ¿De qué me sirve luchar a brazo partido toda mi vida para ser bueno si la maldad de los demás va a llegar hasta mí a través de sus proyecciones mentales? Antes debo bloquearlas, solo así sabré que lo que hay en mí es realmente mío, que mi maldad es mía y mi bondad me pertenece. Solo así podré seguir mi camino hasta la meta y alcanzar a Dios. ¡Pobre ignorante, pobre ingenuo, pobre diablillo hipócrita y fariseo! Somos viajeros del tiempo, vamos todos juntos por el mismo camino, y cuando uno se retrasa nos retrasa a todos y cuando uno avanza, empuja para que los demás vayan más deprisa. Cuando alguien es bueno su bondad contagia a todos los que están cerca y llega hasta los que están más lejos, como la onda removida por el agua en la que ha impactado una piedra. Como el efecto mariposa. Cuando alguien es malo contagia a los demás con el más peligroso de los virus. No solo se le pedirán cuentas por lo que ha hecho, sino por lo que ha contagiado.

 

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Mientras caminaba desesperado intentaba que mis pensamientos no llegaran a los demás y los suyos no me llegaran a mí. Así inicié mi andadura por el delirante laberinto de la proyección mental. Solo así se entiende lo que llegué a hacer, que no me importara que los demás me llamaran loco, que no me importara nada. Claro que mi mente no había perdido por completo el norte, la lógica y la racionalidad formaban parte de ella, la lucidez que siempre me ha acompañado seguía en mí, aunque solo fuera en un bolsillo agujereado. Sabía muy bien que los efectos del contagio siempre son limitados, que si el SIDA se contagia a través de las relaciones sexuales, del cuerpo a cuerpo, no era posible que un enfermo contagiara a otra persona de otra manera. Que si la gripe se contagia a través del estornudo, yo nunca podría contagiar a otra persona en las antípodas. Que si mi proyección mental no podía llegar a todo el mundo, ni la de todo el mundo a mí, era imposible que el planeta mental fuera un ordenador perfecto, conectado con el resto de portátiles y puertos USB. Todos sabemos que la comunicación de datos a través de las líneas de Internet dependen mucho de la capacidad de esas líneas, de los ordenadores que estén conectados y del soporte que tengan las operadoras. Todos hemos escuchado la publicidad sobre la fibra de vidrio y la capacidad de descarga, no es lo mismo descargar un archivo, un vídeo, pongamos por caso, a una velocidad de 15 kilobites segundo que a la de 15 megas segundo o a la de 15 gigas segundo. Mientras podemos tardar horas con una velocidad de descarga mínima, podemos tardar segundos con una velocidad de descarga máxima. Entonces yo no sabía estas cosas porque era muy joven y en aquellos tiempos apenas se escuchaba hablar de los portátiles, los ordenadores personales, de Internet. Todo era nuevo. También era nuevo en esto de la proyección mental. ¿Cómo se comunican dos proyecciones mentales? ¿A qué velocidad, digamos, descargan datos la una de la otra y la otra de la una, a qué velocidad se comunican los pensamientos, los sentimientos, las experiencias, y hasta qué punto lo que descargamos es una copia exacta de lo que hay en la mente, en el ser del otro? Todas estas cuestiones eran para mí un misterio, pero no tanto como para no darme cuenta de que a veces creía captar pensamientos ajenos, sentimientos ajenos, la personalidad del otro, y esto no era solo el delirio de un loco, porque la realidad se empecinaba en darme de vez en cuando algunas pildoritas terribles, realmente tóxicas. Como cuando había creído percibir lo que otro pensaba de mí y no hacía caso hasta que su conducta contundente me hacía saber que no me había equivocado. Como cuando creía haberme trasladado el futuro y percibido la muerte de alguien y entonces alguien va y muere y me confirma en mis hipótesis. Como cuando noto una mirada fija a mis espaldas cuando creía que estaba solo y me vuelvo y ahí está alguien mirándome con fijeza y me he vuelto a tal velocidad que no le ha dado tiempo a desviar la mirada. Ahí está, le he pillado. ¿Cuántas veces haría este estúpido experimento, solo para confirmar que no me equivocaba con las proyecciones mentales?

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Pero no todo era tan sencillo. A veces me equivocaba, no sabía distinguir bien lo que era una proyección clara, con información real y luego contrastada, con lo que eran mis fantasías, siempre tan vívidas, tan matizadas, tan realistas… Con el tiempo descubriría que en sueños una fantasía que uno ha revivido una y otra vez puede ser tan real como un hecho real. Tardé en darme cuenta de algo tan elemental, querido Watson. Supuestas premoniciones se convirtieron en puros reflejos de mis fantasías cuando las viví en sueños como reales y supe, deduje, que si el universo es mental, como dice el Kybalión, hasta nuestros pensamientos son reales y para un cuerpo astral en el mundo onírico la diferencia entre la solidez de una pared y la solidez de un pensamiento es pura entelequia, ambas cosas son reales. A veces una muerte no era tal como yo la había percibido, o creído percibir, la premonición no se ajustaba al cien por cien a la realidad. Tuve que deducir que la propia fantasía interviene y corrompe una premonición como un programa es afectado por un virus. No todas las premoniciones de muerte se cumplieron, algunas debieron ser fantasías, imaginaciones perversas o mórbidas, pero las que se cumplieron no fueron exactamente igual que como se habían desarrollado en mi premonición, existían variantes, factores y circunstancias importantes, sino esenciales. Con el tiempo descubrí que alguien podía estar pensando algo y yo percibirlo como real. Pensaba en hacer algo que no hizo y lo percibía yo como algo que hizo y que de alguna manera me lo comunicaba ahora su mente. Tardé mucho en descubrir las diferencias. Un pensamiento, un sentimiento, puede ser tan real para la mente que recibe la proyección como un hecho lo es para nuestra vista y el resto de nuestros sentidos, pero eso no significa que quien piensa o sienta, haga. El pensamiento no delinque, dicen nuestras leyes, pero no son las leyes cósmicas, para ellas quien piensa y siente también hace.

Todo esto me afectaría muy gravemente con el tiempo, sumergiéndome más y más en la locura. El loco de León seguramente miró a personas que solo pensaban como si hubieran hecho, que solo sentían como si hubieran realizado paso a paso lo que habían fantaseado y sentido con su imaginación. Puede incluso que muchas de estas supuestas experiencias solo fueran producto de mi fantasía delirante, algo que como he comprobado con mis escritos está mucho más desarrollada de lo que incluso llegué a imaginar en alguna etapa de mi vida. Esto me hizo cometer graves errores y comportarme con determinadas personas como si supiera todo lo que realmente pensaban y sentían. Aún recuerdo lo que me dijo un profesional en el trabajo al que miré con tal intensidad, como si adivinara su pensamiento, que debió ser evidente lo que pensaba para todo el mundo. Me habló con suavidad y respeto haciéndome ver que puede que sus pensamientos me asustaran, pero seguramente los míos eran tan monstruosos como los suyos o más. Fue un acto impecable, un acto de guerrero, entonces comprendí que hasta que los que no son guerreros pueden actuar como tales en algún momento de su vida. Solo lo entiendo ahora como guiado por el afecto, nadie que no sintiera afecto por mí hubiera sido capaz de atreverme a decir algo parecido. Este comportamiento fue algo habitual en mí durante mi etapa del “loco de León”, del “telépata loco”. Algunos no podían menos de mostrarme su desagrado, si eran buenas personas lo hacían como lo hacen las buenas personas, si no eran tan buenas podían ser realmente muy, muy desagradables. Entiendo perfectamente cómo debían de sentirse tales personas, aún poseo y espero poseer siempre esa capacidad de empatía que nos hace humanos y que nos convierte en bestias cuando la perdemos. Lo que más me dolió fue que personas que me querían, de mi entorno cercano, personas de absoluta confianza, no fueran capaces de hablarme con claridad, sinceridad, cariño y respeto. Solo puedo entenderlo si realmente creían que yo estaba completamente loco, rematadamente loco, si pensaban que había perdido por completo la razón. Esto es algo que me hace entender a mis hermanos, los locos, aquellos a los que los demás han desahuciado, que consideran ya no son capaces de la menor consciencia humana, de la menor empatía. No creo que ni el más loco entre los locos de la historia la haya perdido por completo. Si nadie pudo llegar a ellos fue porque no utilizaron las dos grandes estrategias de Bautista, escuchar siempre y dar apoyo y cariño. Es cierto que eso es pedir mucho. Al fin y al cabo todos pueden pensar que por qué van a dar cariño a alguien que tal vez no se lo merezca, que por su conducta se ha hecho acreedor a ser tratado a patadas, y más cuando los “normales”, “los otros”, están tan necesitados de cariño como el propio loco (es un decir porque si así fuera la locura ya habría hecho presa en ellos). ¿Cómo pedir cariño a alguien que está vacío, que lo necesita tanto como nosotros? Sí, reconozco que los locos tal vez nos merezcamos lo que nos pasa, que no podemos pedir cariño si no lo damos, pero eso es algo que el evangelio, de nuevo, escenifica muy bien. Los hijos que están con el padre, trabajando duramente de sol a sol, no comprenden que este se ponga las sandalias y salga a buscar al hijo pródigo. Tal vez se sientan fatal y murmuren y piensen en marcharse también, pero ¿quién conoce el corazón humano? Solo Dios, así pues, quien crea que un loco no merece cariño tal vez se equivoque.

Cuando he leído los diarios de Krishnamurti, las experiencias de grandes iniciados esotéricos, de otros hermanos que han andado el camino antes que yo, siempre me he preguntado por qué no hablan de esto. Por qué no hablan claramente. Por qué no dicen lo que yo estoy diciendo. ¿Acaso piensan que la humanidad no está preparada, de momento, para conocer estas grandes verdades? ¿Pero sí lo está para ver por televisión cómo se cortan cabezas, se ponen bombas, se disparan balas en la nuca, cómo llegan niños ahogados a nuestras playas? ¿Están preparados para eso y no para conocer los grandes secretos de la naturaleza humana? No lo soporto. Como no lo soporté entonces. Recuerdo que me vino algo a la cabeza en aquellos tiempos delirantes. Cuando me fui de los rosacruces porque no habían contestado a alguna de estas preguntas, que tanto me preocupaban, me juré a mí mismo que cuando fuera viejo, que cuando llegara al final de mi vida, lo contaría todo, todo-todito, y me importaría un bledo lo que me pasara. Entonces creí escuchar en mi cabeza una voz que me explicaba que uno no se puede adelantar a los tiempos y dar fuera de momento a conocer una verdad, no se pueden arrojar perlas a los cerdos, de la manera tan gráfica y terrible que decía todo el maestro. Lo siento, yo no puedo aceptar que la humanidad esté preparada para tragarse sin pestañear comportamientos infernales, tanto sufrimiento de nuestros hermanos, sin mover un dedo y no lo esté para conocer verdades que por muy terribles que sean, por mucho que puedan demoler todo el cimiento de la civilización humana, son reales, tan reales como las paredes que tocamos o el pan que comemos. Al mismo tiempo, por muy espantosas que sean, no dejan de tener su anverso de luz. Si podemos contagiar el mal, también se puede contagiar el bien. Si podemos convertir este planeta en un infierno, también podemos transformarlo en un paraíso.

 

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A veces he pensado que mis experiencias no son para tanto, que podrían ser perfectamente individuales, que otros tal vez hayan tenido otras, que me estoy dejando llevar por mi imaginación, siempre tan viva. Pero visto lo visto y leído lo leído creo que aquí se están callando muchas cosas y estamos viviendo una gran manipulación. Se sigue un camino científico tal vez porque se sabe que eso permitirá a la humanidad un tiempo extra hasta que la ciencia descubra esas mismas grandes verdades. Tal vez cuando el acelerador de partículas descubra las partículas mentales que conforman la proyección mental, cuando se pueda imprimir la mente de un fallecido en un artilugio y todos nos convirtamos en hombres biónicos, en aquellos chalados en sus locos cacharros que quieren ser inmortales, cuando se descubra que no se necesita la curvatura del espacio-tiempo, el agujero de gusano, para viajar al otro lado del universo, ni la máquina del tiempo para viajar al pasado o al futuro, porque ya tenemos algo que lo hace, nuestra propia mente, entonces muchas cosas se tambalearán y caerán. Cuando alguien pueda perseguir con su maquinita al cuerpo astral que sale del cuerpo físico y cómo viaja en sueños y a dónde va y con quién se encuentra, tal vez entonces se dejen de ver los sueños como cloacas de estimulaciones diurnas, o como extraños símbolos que nuestro subconsciente nos pone delante para que nos rompamos la cabeza intentando desentrañarlos. Cuando la ciencia descubra que somos seres multidimensionales, entonces todo será diferente, porque no necesitaremos tantas maquinitas, solo recordar lo que ya sabemos. Entonces tal vez nos preocupemos más de lo que pensamos y sentimos, de lo que comunicamos a los demás con nuestras proyecciones, tal vez nos hagamos más humildes al saber que parte de la maldad de los demás puede ser nuestra y que parte de nuestra bondad puede ser suya. Tal vez entonces perdamos la importancia personal y nos hagamos conscientes de que somos una partícula infinitesimal en un universo infinito, solo que esa partícula es una chispa divina, que puede comunicarse con los demás sin móvil, que puede amar sin tocar, solo con el pensamiento. Entonces tal vez descubramos que los cuerpos de luz que salen del cuerpo físico en la película de Cocoon, pueden ser un extraño adelanto de la verdad que a alguien se le ocurrió hacer película.

Mientras caminaba aquel día por aquella calle, al encuentro con mi locura, creo que esbocé un portentoso delirio sobre las proyecciones mentales, que con el tiempo descubriría que no era para tanto pero tampoco para menos. Tal vez me pasara de la raya, como me paso siempre que está en juego la fantasía, pero si realmente las proyecciones mentales existen, si los puntos de luz que veo cuando cierro los ojos, si los ectoplasmas que adoptan rostros de personas reales, si los cuerpos físicos que veo al final del túnel, son reales, entonces tal vez mis delirios no fueran para tanto. Tal vez estuviera atibando al ser multidimensional que soy, que somos. Tal vez tuviera que volverme loco para recuperar la consciencia, la razón, como don Quijote, tal vez tuviera que morir para renacer, tal vez tuviera que perderlo todo para que no me importara contarlo todo. Porque aquí estoy, al final de mi vida, no tan viejo como pensé en aquel momento de mi juventud, diciendo lo que quiero decir, porque soy libre, contando lo que quiero contar, porque nada tengo que ocultar, mostrándome tal como soy, porque así es como soy y no como les gustaría que fuera a otras personas o incluso a mí mismo. Cuando me pregunto por qué a mí, precisamente a mí, no se me dejó morir cuando lo razonable es que hubiera muerto, otras personas mueren por mucho menos, no se me ocurre otra razón que ésta: el pobre de Milarepa no encontró otro idiota mejor para servirle de instrumento y que contara su teoría de la vinculación para que, con el tiempo, la humanidad acabe entendiendo que no hay caminos individuales, todos viajamos juntos, que no podemos hacer un agujero en el barco y quedarnos tan panchos, porque todos vamos en el mismo barco. No existe salida, no es posible alcanzar una sociedad en que los bienes materiales estén repartidos igualitariamente, al cien por cien, una sociedad hedonista donde todos reciban todos los placeres, donde la maldad sea extirpada, porque eso sería extirpar también la libertad, donde nuestros problemas nos los resuelvan desde arriba, sin que nosotros nos esforcemos al máximo, suframos al máximo, amemos al máximo. No existe una sociedad material perfecta, nos daremos cuenta cuando cerremos los ojos y percibamos las proyecciones mentales de los demás y ellos las nuestras, cuando recordemos lo que hacemos en los sueños, los acuerdos que tomamos cuando estamos fuera del cuerpo físico, cuando sepamos cómo nos hemos dejado manipular por los tontos esbirros de Satanás, esos que pretenden que no servir es el colmo de los colmos. ¿Cómo podemos no servir si todos vamos en el mismo barco, hacia las mismas metas, siguiendo los mismos caminos? ¿Acaso no servimos cuando amamos y dejamos de servir cuando dejamos de amar?

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Tal vez algún día mi vida cobre pleno sentido, pero ahora, mientras preparo la fase final de mi vida, en soledad, aquellos recuerdos del “loco de León” siguen siendo en extremo dolorosos. ¿No pude haber aprendido la lección de otra manera? Tal vez, pero lo que se consigue sin dolor, se pierde sin amor.