EL LOCO DE CIUDADFRÍA XII (NOVELA)

4 08 2017

EL LOCO ESOTÉRICO

lOCO ESOTÉRICO

I

Mi esposa se tomó a broma lo sucedido. Por mi parte no era capaz de hacerlo. Me sentía muy molesto por haberme dejado llevar por las circunstancias, por haber bebido más de la cuenta y sobre todo por haber mezclado a mi mujer en una conversación que era una cuestión entre el loco y yo.

Tras haber almorzado a las seis de la tarde, después de largas y reparadoras horas de sueño, decidí, sin posibilidad alguna de cambiar de opinión, no volver a ver a semejante sujeto nunca más. Cuando se lo planteé, con cara muy seria, ella sonrió, respondiéndome que era normal no me sintiera muy satisfecho de cómo había transcurrido la primera entrevista. No obstante no podía culpar al loco ni de no haberme controlado con la bebida, ni de las preguntas que él respondiera con sinceridad.

Una vez tomada una decisión una persona madura acepta la responsabilidad y las consecuencias de la misma. Mi insistencia logró enfadarla. Era preciso ayudar a aquel hombre y sobre todo debía finalizar la historia que me había propuesto. Caso contrario la estimación que ella me profesaba, como persona y como escritor, disminuiría mucho. No quise preguntar cuánto, ni tampoco si esa disminución de estima repercutiría en su afecto. Una pareja sabe muy bien hasta dónde llegar en las decisiones que modificarán su relación y sobre todo qué límites nunca deben sobrepasarse.

Claudiqué, una vez sopesadas otras alternativas. El cariño que me mostró en días sucesivos también ayudó mucho. No obstante me tomé un tiempo para reflexionar y replantearme mi relación con el loco. No estaba dispuesto a volver a su casa, por lo que analicé qué otras posibilidades me quedaban. Finalmente, sabiendo de su amor por la naturaleza y planteándome que en el campo sus crisis o ataques de cólera serían más llevaderos, resolví sugerirle un día de campo.

Lo llamé, tras muchas dudas, planteándome pedirle disculpas por mi conducta. Sin embargo fue él quien se adelantó y me las pidió a mí, apenas intercambiados los preceptivos saludos. Nos enzarzamos en un combate de disculpas, hasta que me di por vencido. Aceptó encantado mi insinuación. Hiciera el tiempo que hiciera, para él salir al campo era siempre un placer. Quedamos en que lo recogería el sábado por la mañana en su casa. Ambos llevaríamos la comida y los enseres que consideráramos precisos para una agradable jornada campestre. Mi esposa preparó de mil amores la correspondiente tortilla, embutidos y algunas cosillas más, igualmente sabrosas.

A las nueve de la mañana me encontraba llamando al telefonillo de su domicilio. Como la primera vez tuve la sensación de que el loco aguardaba mi llamada de pie, sin moverse un paso de este artilugio tan práctico. Insistió en que subiera, pero le presioné para no perder un solo segundo del maravilloso día que nos esperaba. Teniendo en cuenta que la ciudad aparecía cubierta de niebla, no fue una disculpa muy acertada para evitar volver a pisar su casa. Bajó con una bolsa frigorífica donde llevaba sus viandas y vestido con un chándal nuevecito, de estreno. Dado lo voluminoso de su figura cualquier ropa le quedaba como a un elefante un frac. Ante mi solicitud de que se repensara el no llevar algo de ropa de abrigo me respondió que con sus grasas ya tenía bastante. Me enseñó el contenido de la bolsa. Otra tortilla, de jamón, chorizo y pimiento; salchichas franfurt. Una hogaza de pan, un par de botellas de buen vino, media docena de cervezas enlatadas; una ensalada campera de patata; embutidos, latas de conserva… Me pregunté cómo controlaba aquel hombre su colesterol. A mi vez exhibí mis viandas.

-La tortilla la hizo mi esposa. Yo soy un pésimo cocinero, me cuesta hasta hacerme un par de huevos fritos. Probaremos las dos. A ver cuál de ellas está más rica.
-Seguro que la de su esposa.
-Eso ya lo veremos.

Me agradó que no me recordara la fatídica noche y mis estúpidas preguntas. Subimos al cuatro por cuatro y el loco se encasquetó sus gafas de sol, a pesar de que era evidente que el sol no nos saludaría hasta que estuviéramos muy lejos de la ciudad. La niebla era un manto espeso sobre ella, que casi se podía cortar con la mano. Puse el vehículo en marcha y quise saber qué le parecía el itinerario que había diseñado sin su previo acuerdo.

-Mientras haya montaña me da lo mismo el lugar. La vista de las cumbres me relaja.

Puede que él se sintiera relajado, por mi parte nunca me sentí a gusto en su compañía, aunque tras la borrachera de infausto recuerdo y sobre todo tras aquella maldita pesadilla que me tenía descentrado, además de estar a disgusto a su lado juraría que hasta me daba miedo. No es que se tratara de algo palpable, uno puede sentir miedo de otras personas por mil motivos, porque son violentos, porque ya te la han jugado, porque alguien te ha dicho esto o lo otro y tú te lo has creído… El miedo al loco tenía mucho que ver con sus derrumbamientos, sus estallidos de cólera, su carácter imprevisible… Sin embargo, aunque no era capaz de admitirlo con claridad ante mí mismo, fue la pesadilla la que desencadenó un estado de ánimo al que no estaba precisamente acostumbrado. En su presencia los monstruos de mi subconsciente parecían salir por alguna puerta oculta, a dar un paseo.

Mi comportamiento cuando me dirigía hacia su domicilio; ese extraño morbo por conocer las facetas más ocultas del loco; la borrachera en la que caí sin el menor control y dejando de lado toda prudencia; las preguntas sobre las fantasías eróticas de aquel hombre con mi mujer… no me resultaban extrañas a mi carácter, aunque todas a la vez y en tan corto espacio de tiempo, me daban perspectivas nuevas sobre lo que realmente era yo, allá en lo más profundo de mi subconsciente, donde solo habitan monstruos. Fue la pesadilla la gota de agua que colmó el vaso de mi paciencia.
No suelo recordar los sueños y debo remontarme a mi adolescencia para encontrarme con alguna pesadilla. Duermo bien, de un tirón y sin el menor sobresalto. Pero me bastó charlar con el loco una sola noche para que se produjera la primera pesadilla en años. La lógica me decía que había sido causada por el exceso de alcohol en sangre, por la sugestión que la presencia y la forma de hablar del loco producían en mi mente. No obstante algo en mi interior estaba cavando hasta las raíces del sólido árbol que yo siempre había creído ser. Teniendo en cuenta que un genio de la entidad de Shakespeare hace decir a su personaje Hamlet que hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que puede imaginar tu entendimiento, Horacio… ( O algo así. No soy bueno para las citas literales, aunque sí para los conceptos) no debería sentirme tan mal pensando que el loco bien podría poseer algunas facultades mentales o poderes que le permitían generar pesadillas en sus enemigos o en las personas que le habían hecho alguna “putada”. Si al amigo Shakespeare le había pasado por la cabeza semejante posibilidad, ¡quién era yo para llevarle la contraria!

Si no era así, me preguntaba, por qué el loco me había hablado tanto de karma, de que sufriría las consecuencias y toda esa mierda de palabrería hueca. No me hubiera venido mal esa facultad de hacer vivir pesadillas a mis enemigos, aunque realmente no creía que algo así pudiera ser cierto. La vida sería una auténtica pesadilla si personas como el loco poseyeran semejantes poderes mentales. Sin embargo ahora, conduciendo por calles poco transitadas de la ciudad, un sábado muy de mañana, en dirección al norte de nuestra provincia, donde están las montañas más altas, necesitaba urgentemente romper el silencio.

El loco aún llevaba sus gafas de sol, de cristales muy oscuros, y parecía dormitar. Así que decidí disparar en esa dirección.

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-No entiendo por qué se pone esas gafas, cuando no se ve ni para jurar en arameo.
-Algunos me han hecho la misma pregunta. Querían saber las razones, los motivos, la lógica de semejante comportamiento. Los muy idiotas no eran conscientes de que yo hubiera podido hacerles mil preguntas semejantes sobre algunas facetas de sus conductas que a mí particularmente me parecen sin sentido, de un surrealismo atroz. Cada cual es muy libre de crearse sus propias manías y obsesiones para defenderse del entorno o para atacarlo, según se tercie. Es cierto que me pongo las gafas hasta para mear, como dijo alguno, o que estoy loco por llevar gafas de sol en plena noche, como dijo otro, o que me hago el interesante, como dijo un tercero; o que solo pretendo humillarle como me lanzó un buen enemigo con mucha rabia. Todo eso es cierto y aún lo son otras muchas razones que a ninguno de ellos se le ocurrió. Tales como que si me llaman mono lujurioso por mirarles los pechos a las damas o maricón por mirar las braguetas de los caballeros, o si se burlan de mí por clavar la vista en el suelo, no tiene el menor sentido que también les moleste el hecho de que oculte la mirada tras unas gafas de sol. ¿Les molesta que mire y que no mire? ¿Les molesta que me comporte como un loco cuando ellos no cesan de llamarme loco? ¿Les parece mal que sea libre, que no entre al redil del gran rebaño, cuando no cesan de darme coces cada vez que me ven cerca? A los muy cabrones les molesta todo lo que yo hago. Claro que a mí no puede molestarme nada de lo que hacen ellos, porque los señores son la perfección absoluta. Son tan guapos, tan simpáticos, tan buenas personas, que el simple hecho de pensar que pueden estar equivocados les molesta.
-¿Qué les ha respondido usted?
-Normalmente me callo, a no ser que se dirijan a mí, no como persona (puesto que estoy loco, según ellos, no tengo nada que responder) sino en el trabajo o en circunstancias donde alguna faceta social de mi persona exija una respuesta que no me molesto en dar cuando todos los que me rodean son conscientes de estar ante el “loco”. Si el jefe me pide explicaciones por llevar gafas en su presencia, se las doy, tiene derecho a recibirlas; si me pide que me las quite, lo hago, puesto que posee autoridad sobre mí. En otras circunstancias les mando a “tomar por el culo” mentalmente, por supuesto. Si encima que estoy loco, creen que no me voy a tomar algunas ventajas, es que los locos son ellos.
-¿Qué saca usted con este comportamiento excéntrico?
-La primera ventaja es ponerles difícil saber dónde estoy mirando. Como dice el refrán: “al enemigo ni agua”. La segunda que con esta conducta me siento más cómodo y mi fobia logra menos poder sobre mí. La tercera que puedo mirarles los pechos a las damas sin que ellas se enteren. La cuarta que puedo mirarles la bragueta a los cabrones sin tener que oír burlas sobre mis tendencias sexuales. La quinta que me siento protegido de sus mezquinas miradas… En cierta ocasión le respondí a uno que me preguntó sobre las gafas: “Me protegen de los malos pensamientos que lanzan sobre mí”.
-¿Y se lo creyó?
-Nadie cree nada de lo que digo, aunque procuro dar respuestas que les pongan la mosca tras la oreja. De esta forma el poder de la sugestión irá haciendo un agujero en sus cráneos vacíos. Es un hecho que el poder del pensamiento y de las maldiciones y conjuros ha sido aceptado por muchos a lo largo de la historia. Ahí tiene el “mal de ojo”, por ejemplo.

Había encendido la grabadora sin que él se diera cuenta. Me sentí mal ocultándoselo. La saqué de mi bolsillo ostensiblemente y le pedí permiso para enchufarla. El loco ni siquiera me miró.

 
-Puede grabarme cuando quiera sin pedirme permiso. No necesita autorizaciones a cada minuto. No somos burócratas. Me molestó un poco su respuesta y permanecí en silencio durante algunos minutos.

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El loco miraba hacia su lado, a través de sus gafas oscuras. Como he dicho no había mucha gente por las calles. Sin embargo me fijé en que cada vez que pasaba una jovencita o señora de buen ver el loco se quedaba mirando fijamente, en dirección a sus piernas o a su culo, si iban de espaldas o a sus piernas y a sus pechos, si venían de frente. A veces parecía sentirse culpable y apartaba la mirada con rapidez. Otras clavaba ojos con rabia, como diciéndose: “soy un puto loco y todos sabéis de mi manía, así que no voy a disimular”. El tráfico, un sábado por la mañana, era muy fluido. No obstante la niebla entorpecía la conducción. No tuvimos suerte y los semáforos en rojo nos retuvieron bastante tiempo. Una vez embocamos la carretera de salida y ascendimos un pequeño puerto la niebla se fue haciendo cada vez menos opaca. Detuve el coche en un parking, donde la guardia civil de tráfico pesaba los camiones en ruta. Allí me detuve un rato para contemplar la ciudad, que parecía dormida, envuelta en un manto lechoso y sutil, como mis pensamientos ahora tan temprana.

 
-¿Tienes alguna preferencia sobre nuestro itinerario?
-Mientras sea montaña me da lo mismo. La vista de las cumbres me relaja. Don Juan le decía a Castaneda que cada persona tiene su propio lugar, aquel en el que se siente más a gusto, el más adecuado a su propia energía. Estoy convencido de que la montaña es ese lugar para mí. ¿Ha leído usted algo de Castaneda?
-Sí, algo he leído. Sus libros me interesan como novelas, aunque no puedo comprender ni aceptar lo que en ellos cuenta. La fantasía es un mundo maravilloso, pero la realidad es como es. No la podemos cambiar.
-Sobre eso habría mucho que hablar. Sin la mente la humanidad estaría viviendo en las cavernas. Y la mente es también fantasía en un tanto por ciento muy elevado. La lógica no deja de ser un trabajo arduo, al que apenas dedicamos unos minutos cada día. ¿No está usted de acuerdo?
-Sobre eso también habría mucho que hablar, pero me cuesta pensar ahora tan temprana. Me siento más vital por las tardes, y sobre todo por las noches.
Callamos. Noté que el loco parecía nervioso. Más tarde me explicaría que no era capaz de soportar las mañanas, y sobre todo el despertar. “ Es como si me sacaron a patadas del mundo de los sueños, donde soy tan feliz, para arrojarme de bruces al duro asfalto”.

 
Reanudé la marcha por la carretera nacional. Atravesamos varios pueblos. Alguno de ellos con bastante población. De reojo observé que loco fijaba la mirada, con intensidad desusada, en una chica joven que caminaba por la acera con la gracia y la vitalidad de una joven gacela. Venía a nuestro encuentro, por lo que pudimos observarla a gusto durante bastante tiempo. Levanté el pie del acelerador y yo también la miré fijamente sin el menor disimulo. Era natural que acabara dándose cuenta de nuestras miradas. Levantó la vista hacia nosotros y luego miró hacia otro lado, completamente azorada. El loco se quitó las gafas de sol y disimuló limpiándolas con un pañuelo. No pude evitar la pregunta. Fue entonces cuando decidí sacar a colación el otro tema que me preocupara desde que mi esposa me habló del loco. En realidad, más que preocuparme, sentía una morbosa curiosidad, que deseaba satisfacer cuanto antes.

 
-¿Cree usted en la telepatía?
El loco se puso rígido en el asiento, como si acabara de mentarle al demonio, que devoraba sus entrañas.
-Imagino que lo que usted quiere preguntarme qué si estoy convencido de hablar mentalmente con los demás. Quienes han oído hablar del loco alguna vez, saben dos cosas: que el loco le mira las tetas a las mujeres y que a veces actúa como si fuera capaz de leer el pensamiento.
-En efecto, eso era lo que pretendía preguntarle.
-Bien, su sinceridad merece una recompensa. No tengo inconveniente alguno en hablarle con absoluta franqueza del tema… Creo que todo empezó, por situar mi evolución en algún punto del espacio, con los fosfenos.
-¿Los fosfenos?
-Sí, ¿sabe que son los fosfenos?
-Claro. Esos puntitos de luz que aparecen en cuanto uno se frota con fuerza los ojos.
-O cuando recibe un fuerte golpe. Si ha leído comics o tebeos habrá observado que cuando uno de sus personajes dibujados recibe un garrotazo en la cabeza, a su alrededor se dibujan estrellitas.
-Me gustaban mucho los dibujos animados de niño.
-Pues esas estrellitas son los fosfenos.
-¿Recibió algún golpe fuerte en la cabeza que le produjo efectos indeseados?
-¡Oh,no! Es cierto que he recibido golpes terribles en la cabeza –y no hablo metafóricamente- pero la tengo demasiado dura para que eso me afectara. Quiero decir, que cuando aparecieron los fosfenos, tras una larga temporada de ejercicios de relajación y práctica de técnicas mentales (había ingresado en una sociedad esotérica) se insinuó mi manía por la telepatía.
-¿Estuvo usted en una secta?
-Yo no la llamaría así. No me obligaron a entrar, no tuve la menor dificultad para salir, recibía fascículos con las enseñanzas, que pagaba religiosamente. Puede que el precio fuera elevado, pero el conocimiento que estaba recibiendo me compensaba del dinero que daba cambio. Para mí las sectas son grupos que captan a las personas lavando su cerebro, que las secuestran y las exprimen, dejando sus bolsillos vacíos y sus cerebros aún más huecos.
-¿Puedo preguntarle el nombre de esa secta… quiero decir de esa sociedad secreta a la que llegó a pertenecer?
-Puede preguntar, pero no le voy a contestar. No tiene la menor importancia. Hace ya muchos años que no pertenezco ella y mi testimonio ni la beneficiaría ni la perjudicaría. Soy un Don Nadie, un loco, y mis palabras nunca son tenidas en cuenta.
“ Cuando regresé de Madrid, tras un periodo de casi cinco años, decidí buscar asociaciones o grupos espiritistas, que estudiarán el fenómeno ovni o los fenómenos paranormales. Llegué destrozado, tras una temporada en el infierno, tras “un sejour dans le inferne”, que dijo Rimbaud, si no recuerdo mal.
-¿Qué le ocurrió en Madrid?
-Poca cosa, algún intento de suicidio y una estancia en un frenopático durante casi dos años. Pero no me apetece hablar de ello ahora. Tal vez en otro momento. Tal vez.
-¿Solo tal vez?
-Solo o con leche, como prefiera.
-No se ponga así. Entiendo que le cueste hablar de ello. Puedo esperar.
-Me alegra que lo entienda, porque quienes no entienden algo tan elemental nunca formarán parte de mi vida. “Como le decía, llegué de Madrid en buen estado de forma, con ciento ocho kilos de peso, una gabardina (era otoño) comprada en el Corte Inglés, porque no encontraba ropa de mi talla en ninguna otra parte, un vaquero viejo y unas deportivas que no me quitaba ni para mear.
“Acudí a tomar posesión de esa guisa, añadiendo una mariconera en la que siempre llevaba una novela negra (Bruguera bolsillo) y una libreta, donde anotaba algunos versos, escribía algunas cosillas y llevaba un diario (lo quemé años más tarde).
-¿Escribía usted?
-Y escribo… A veces.
-¿No me enseñaría algo?
-Tal vez.
-¿Solo tal vez?
-Solo tal vez y debe conformarse con ello.
-Disculpe. ¿Pero también llevaba la novela negra y la libreta, en su mariconera, cuando llegó a esta ciudad?
-También. No tenía sentido, lo sé, porque por entonces vivía a cinco minutos del trabajo. Soy así, ¡qué le voy hacer ¡una vez incrustado un chip en mi cerebro me cuesta desencrustarlo…La mariconera estaba de moda en Madrid, pero aquí resultaba muy llamativa. Eso acentuó las risas y mi fama de loco. Pronto la abandonaría para siempre.
“ Me tocó situarme en una mesa, al lado de una chica agradable y atractiva para mí…





EL LOCO DE CIUDADFRÍA XI (NOVELA)

10 07 2017

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El aire fresco de la calle me hizo consciente de la borrachera que me llevaba en zig-zag. La cabeza me daba vueltas y se me escapaba una risa floja, que hubiera asustado a cualquier transeúnte, de no haber estado la ciudad dormida y sus calles desiertas. Las farolas del alumbrado me permitían ver por dónde caminaba (no es cierto que los borrachos vean doble las cosas, al menos a mí no me pasa) aunque no siempre acertaba a poner el pie allí donde antes había puesto la bala.

Sí, porque me dio por disparar sin pistola, con la vista, a las ventanas y farolas. Emitía ese ruidito que tanta gracia me hace en los niños: bang-bang. O algo parecido. En mi mente iba provocando a los pacíficos ciudadanos que dormían tras las ventanas. “Aquí tenéis a un borracho que os va a dar caña, jaja”.

De pronto necesité una escena lujuriosa para calmar mi borrachera y me vino a la cabeza la imagen del loco montando su almohada, abrazándola como si fuera Marilyn Monroe a punto de salir corriendo y taladrando la tela como si se tratara del suave terciopelo de los muslos de la Monroe. La carcajada se me disparó como una flecha tirante. No pude resistirme a la histeria durante un largo tiempo, tal vez un par de minutos o tal vez más. Luego otra imagen pasó fugazmente ante mi nariz: la almohada era mi esposa desnuda. Eso me calmó mejor que un buen puñetazo.

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Miré hacia las ventanas por si algún honrado ciudadano había sido despertado por mis risas… Nada. Todo seguía tranquilo. Caminé haciendo eses o zetas o lo que fuera, incluso puede que círculos. Para probar hasta qué punto estaba borracho decidí someterme a la prueba que me enseñara años atrás un primo… carnal, no un tonto. Consiste en alzar una pierna doblada por la rodilla y situarla a la altura de la cadera. Luego intentas poner el codo en la rodilla y tocarte la nariz con la mano… todo al mismo tiempo.

Me desplomé como un saco. Al levantarme la risa me brotaba por todos los poros. Hasta por el de atrás. Una ventosidad sonora se me escapó sin que pudiera evitarlo. Miré de nuevo a mi alrededor. La calle continuaba desierta, las ventanas cerradas y la ciudad dormida.

Ignoro el tiempo que tardé en llegar a casa. Solo recuerdo que miré el reloj de pulsera en algún momento del recorrido y las agujas señalaban las cuatro de la mañana. También recuerdo que deseé que pasara alguna jovencita, para experimentar la técnica tántrica del loco… Pero no pasó ninguna, tan solo un perrito vagabundo, que me miró un segundo y luego salió disparado, como si le hubiera pisado el rabo.

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Imaginé que una farola era una mujer desnuda, e intenté ponerme cachondo. No lo conseguí. Pero sí se me empinó cuando desnudé mentalmente a mi actriz favorita. Me senté en un banco, intentando descansar unos minutos y espantar la borrachera. La fantasía me llevó hasta el interior de mi dulce hogar, donde mi mujercita me esperaba con el rodillo de madera tras de la puerta. Eso me despejó mucho mejor que el agua de una fuente cercana.

Cuando pisé mi calle decidí apretar los puños y los dientes y tratar de caminar recto… por si algún vecino se asomaba… pero ninguno lo hizo. Mi esposa estaría dormida y bien dormida. Caminé por la casa tratando de no tropezar. No quería despertarla. Logré llegar al salón sin tropiezos. Me desnudé, dejando la ropa en el suelo, de cualquier manera. El dormitorio estaba a oscuras. Caminé, casi de puntillas, y muy despacio, muy despacito tiré de la punta de la sábana y me introduje bajo ella. Tardé una eternidad en respirar, escuchando la plácida respiración de la ocupante, que me daba el culo.

Permanecí boca arriba largos minutos, intentando no moverme y respirar con cuidado. Por mi mente pasaban imágenes corriendo tras de mí como las mujeres tras Buster Keaton en una película. La acompasada respiración de mi partenaire, que roncaba dulcemente, en cuanto se descuidaba un poco, me ayudó a conciliar el sueño.

PRIMERA PESADILLA

Desperté angustiado, empapado en sudor frío. Acababa de sufrir una terrible pesadilla.

“El loco bajó conmigo en el ascensor. Me condujo a los trasteros, situados en el sótano, y me invitó a pasar primero. La oscuridad era absoluta. El loco encendió un mechero, me puso un pitillo en la boca y lo encendió. Sacó un manojo de llaves y con una de ellas abrió la puerta metálica. Ya en el interior se arrodilló sobre el cemento y comenzó a cavar con sus uñas. Se las arrancó sin un gemido. Los dedos le sangraban, pero él no cejaba en su empeño.

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“Por fin un gran agujero quedó al descubierto. Hurgó hasta encontrar lo que me pareció la tibia de un esqueleto. Con ella en la mano se alzó hasta mí, poniéndomela en las manos.

-Soy un asesino en serie. Ahora ya lo sabes. ¡A ver si tienes cojones para denunciarme!

Se arrodillo de nuevo. Esta vez en sus manos aparecía una calavera, monda y lironda. La colocó en mis manos. No pude reaccionar. El terror me paralizaba. Bajé la vista hacia el cráneo. Éste comenzó a cubrirse de carne, casi a cámara lenta. En un principio no fui capaz de identificar aquel rostro. Su boca se abrió, intentando decirme algo.

-¿No me reconoces?

Solté un grito de horror… Era la cabeza de mi esposa, no tuve la menor duda. Tan bella como siempre, su cuello aparecía cortado de un solo tajo y sin una sola gota de sangre.

El loco se estaba riendo a mandíbula batiente. Me contó cómo había asesinado a sus víctimas, enterrándolas en el trastero, sin que nadie sospechara nada. En cuanto a mi esposa, la había violado en sueños y luego le había cortado la cabeza con un hacha muy afilada, mientras yo dormía a pata suelta.

-¿Te pasa algo?

Era mi esposa, la real, la auténtica, no la del sueño, que acababa de encender la lamparilla de la mesita de noche.

-Has gritado.

Me pasó la mano por la frente.

-Estás sudando y puede que tengas fiebre… ¡Pero bueno, si estás empapado y tiemblas como una vara verde!

Se inclinó sobre mi boca y me olió.

-¡Borracho perdido! No deberías beber. Ya te he dicho un millón de veces que no te sienta bien.

Eso era cierto. Me sentía tan mal que adopté una postura fetal para intentar controlar mis piernas, que saltaban como las patas de una cabra sobre una peña. Mis dientes castañeteaban y un frío espantoso había llegado hasta la médula de mis huesos.

-¿Os bebisteis las dos botellas de vino?

-Y una de whisky y empezamos una de vodka…

Apenas podía articular las palabras. La pesadilla era tan real que gruesos lagrimones de alegría brotaron de mis ojos, al cerciorarme de que el amor de mi vida estaba allí a mi lado, vivita y coleando.

-¡Pero bueno…! ¿Además de loco también es un borracho?

-No, pero los dos necesitábamos un buen trago. Fue muy duro.

-Lo imagino. Aunque no fue precisamente un trago lo que os echasteis al coleto.

Me vi obligado a contarle toda la conversación… Bueno, en realidad me callé la última parte, la que le afectaba a ella. Me escuchó atentamente. Yo continuaba temblando, el frío no decrecía y la angustia me hacía sudar a chorros.

-¿Has tenido una pesadilla?

Se la conté, aún estremecido. Ella me abrazó, obligándome a reclinar mi cabeza sobre sus pechos. Me acunó como a un bebé, sin dejar de hablar.

-¡Has grabado la conversación?… Pues quiero oírla. ¡Pobre hombre! La historia de su intento de suicidio es terrible… algo espantoso.

 

Continuó hablando. Yo me iba calmando poco a poco. En un momento determinado me alcé y acaricié sus pechos.

-¡No me digas que ahora te apetece! Sabes muy bien lo que me molesta el olor a alcohol y que no soporto a los borrachos… No los soporto, es superior a mis fuerzas. Hueles que apestas. Deberías darte un baño. ¡Das asco!

Me tragué mi orgullo y supliqué y supliqué… Necesitaba hacer el amor para calmar la angustia de su pérdida. Lo necesitaba como un naufrago una tabla de salvación. Perdí el control y sollocé como un niño.

Ella comprendió que no estaba bromeando.

-Vale, por una vez… No se volverá a repetir. Pero antes vete al servicio y enjuágate la boca con el colutorio. Te das una ducha rápida y te frotas bien. Luego échate colonia.

Hice lo que me pedía. Regresé, me tumbé a su lado y la abracé. La besé con pasión. Ella se mostraba distante, como obligada. La besé una y otra vez, largamente, con pasión, hundiendo mi boca entre sus dientes, buscando su lengua. Acaricié sus flancos. Introduje mi mando entre sus piernas y acaricié su pubis. Ella comenzó a mostrarse más receptiva. Mordisqueé sus pechos y lamí sus pezones. Ahora había dejado de lado toda prevención contra mi borrachera. Respondió con pasión.

Hicimos el amor como si lleváramos años sin hacerlo, como si nos hubiéramos perdido durante años en islas desiertas, muy lejanas una de la otra y nos acabáramos de encontrar. Descubrimos nuevas posibilidades en nuestros cuerpos y en nuestras almas.

Al terminar la abracé con terrible fuerza. Ella quería saber más detalles de la conversación. Yo me sentía completamente agotado. Bajé mi boca hasta el lóbulo de su oreja, que mordisqueé con dulzura.

-Gracias, amor, muchas gracias… No imaginas hasta qué punto necesitaba esto.

Ella, a su vez, necesitaba charlar. La había desvelado y no podría conciliar el sueño en un buen rato. Yo estaba y no estaba. De pronto no estuve. A la mañana siguiente ella me comentaría, riéndose, que me puse a roncar como una locomotora.

 





EL LOCO DE CIUDADFRÍA X (NOVELA)

2 06 2017

lOCO X 

 

-¿Qué es el karma?

-Veo que no está muy al tanto de filosofías orientales como el budismo. El karma es sencillamente la ley de causa y efecto. Cada uno de nuestros actos genera unos efectos que regresarán a nosotros, como un boomerang, antes o después.

-¡Ajá! Pero eso es algo tan elemental como mear para arriba, lo más fácil es que uno se acabe orinando encima de su cabeza.

-Algo así, pero con las complicaciones que producen billones de causas generando efecto y entrecruzándose entre sí.

-¿El efecto mariposa?

-Sí, un efecto mariposa a nivel cósmico.

No me sentía muy preparado para una conversación filosófica. La euforia dionisiaca me empujaba una y otra vez hacia el sexo en todas sus formas y matices.

-Si no le importa me gustaría volver a mi pregunta. ¿Es usted capaz de imaginarse a una mujer desnuda y sentir un placer tan satisfactorio como si estuviera poseyendo su cuerpo en el coito? Si es así me gustaría conocer esa técnica.

-El sexo es un cóctel en el que la bebida esencial es la imaginación, la fantasía, la mente. Es cierto que nuestros códigos genéticos nos impulsan en determinada dirección, que el instinto de supervivencia de la especie obliga a cada espécimen al coito, para que la humanidad no desaparezca. Pero dudo mucho que, superada la juventud, los seres humanos continuáramos con la reproducción sexual si en ella no encontráramos un placer superior al resto de los placeres. Y créame que algo así solo es posible si nuestra mente nos ayuda en el empeño. Sin la fantasía el acto sexual sería tan insípido como el agua, que calma la sed, pero que no se puede decir que sea una bebida que un gourmet hubiera escogido si el creador le hubiera permitido darle saber a esta bebida universal.

-Estoy de acuerdo con usted, la imaginación es muy poderosa y la más creadora de nuestras facultades, pero no me negará que para alcanzar un orgasmo con la misma intensidad que en un buen coito hay que tener una imaginación muy, pero que muy exaltada. No todo el mundo está preparado para ejercerla con tal intensidad. ¿Qué diferencia su imaginación del resto de imaginaciones?

-La consciencia de estar viajando con mi mente. Todos lo hacemos, aunque la mayoría está convencida de que nuestra mente funciona únicamente dentro de nuestro cráneo, gracias a conexiones neuronales.

-¿Y no es así? ¿Acaso cree que su mente viaje por ahí y se acuesta con los cuerpos de las mujeres en las que está pensando?

-Si supiéramos lo que hace nuestra mente cuando pensamos y lo que hace nuestro cuerpo astral cuando dormimos, le aseguro que se nos quitarían las ganas de pensar en los demás o de sentir emociones hacia el prójimo que no fueran esencialmente amor puro. En un libro que leí hace ya muchos años, creo que de un lama tibetano, se decía que solo un tercio de nuestros pensamientos son realmente nuestros…

-¿Y el resto? ¡No me diga que los pensamientos nadan en el aire como los peces en el agua!

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-Suena surrealista, tanto como que a nuestros sesudos científicos se les haya ocurrido pensar que las ondas de los móviles pueden producir cáncer o la electricidad de nuestros electrodomésticos podría influir negativamente en la salud de nuestros cuerpos. Le aseguro que es un tema serio. Algo en lo que merece la pena pensar, aunque solo sea un minuto.

-Ja,ja. Me imagino su pensamiento nadando como un pez en el aire y buscando a las tías más buenas del planeta, para acostarse con ellas.

El loco puso mala cara. Debo reconocer que estaba sorprendido de su actitud, tan calmada y tranquila, cuando pocos minutos antes había estado a punto de crucificarse con cristales. En posteriores conversaciones, al mencionar el tema, me confesaría que él mismo se sorprendió, porque normalmente los efectos de sus estallidos de cólera le duraban varios días, cuando no algunas semanas. Lo achacó a mi presencia y al embotamiento de sus sentidos debido al grado de alcohol en sangre. No obstante se le notaba que estaba hablando gracias a un esfuerzo de voluntad. Ni la borrachera, ni el tema del sexo (mucho más después de mi broma respecto a mi esposa y al loco) ayudaban a que la conversación fuera fluida. A pesar de ello no desvariábamos en exceso, tal vez debido a la entidad de nuestras mentes, dicho sea sin falsa modestia. Apenas me miraba, se limitaba a centrar sus ojos en la botella de vodka y a echar un trago de vez en cuando. Me la pasó, pero la rechacé con un gesto. El vodka debe beberse bien frío y aquella botella debía llevar tiempo a temperatura ambiente. Debió captar mi pensamiento, porque se levantó, regresando con una cubitera repleta de cubitos de hielo y dos copas pequeñas. Puso un par de cubitos en cada copa y las llenó hasta el bordo. Ahora sí me apetecía echar un trago. Antes hice un brindis:

-Por sus orgasmos mentales, sin obstáculos, sin dificultades para seducir a las mujeres más bellas del mundo… ¡Ojalá algún día pueda alcanzar su maestría!

El loco se enfadó aún más de lo que estaba y se bebió la copa de un trago. Luego tosió unos segundos, hasta despejar sus conductos obstruidos. Por sus gestos deduje que estaba luchando contra sus estúpidas manías. Juraría que nada le hubiera complacido más que mirarme la bragueta.

-Algún día se arrepentirá de estas palabras. Se lo aseguro.

-¿Va a pegarme?

-No sea idiota.

Nada me habría disgustado más que terminar la borrachera con unos buenos mamporros. Por eso agradecí cuando el loco se puso serio y decidió responder a mi curiosidad, antes de echarme. En su cara pude ver que la decisión estaba tomada.

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       -Mire, le voy a explicar en qué consiste mi técnica tántrica, luego puede hacer con ella lo que le salga de los c… pero le aconsejo que no vuelva a hablarme de ello hasta que alcance un orgasmo con técnicas exclusivamente mentales. Y en cuanto a su esposa le daré hasta el último detalle de mis experiencias erótico-tántricas con ella. Le aseguro que fueron muy, pero que muy agradables. Usted ha tenido la desvergüenza de preguntarme por ello, no se preocupe, que le contestaré cumplidamente.

        -Sí, jaja, espero que no se corte un pelo.

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         A estas alturas ya arrastraba el culo cuesta abajo, sin la menor inhibición. Mis amigos y las personas que me conocen bien saben que no pueden dejarme beber más allá de cierto límite. Cuando lo he pasado ellos suelen salir corriendo sin despedirse siquiera. Quienes se quedan saben lo que tendrán que soportar a partir de ese momento. En cuanto a mi esposa, me aguanta estos excesos porque no suelen repetirse más allá de una vez al año. A veces, cuando estamos solos y ella se siente un poco aburrida o contenta –si ha bebido un poco- me anima a beber, buscando la diversión lujuriosa que indefectiblemente le proporcionaré. Hasta ahora no se ha atrevido a hacerlo en público, desde la última vez que caí en la tentación. Fue en un cóctel, posterior a la entrega de un premio literario. Todas las mujeres asistentes salieron “quemadas” por mis bromas eróticas. El editor se las vio y deseó para evitar que la prensa hablara de ello. 

        -Como quiera. Usted se lo ha buscado…La prueba de que en esta técnica mental hay algo más que simple fantasía llevada al exceso está en cómo viven “sus fantasías” los drogadictos o alcohólicos. Para ellos las experiencias que están viviendo son reales. Un drogadicto podría tirarse por una ventana, creyéndose supermán, si el delirio fuera bastante intenso. O un alcohólico que sufre delirium tremens, no podrá ser convencido de que las arañas, cucarachas o serpientes, que ve en las paredes, no son reales. Le estoy hablando por experiencia. En mi caso ni siquiera colocando mi mano en la pared y relatando cómo las serpientes me mordían y su veneno no me producía el menor efecto, pude convencer a un amigo que sufría “delirium tremens”, de que aquellos animalillos que veía subir y bajar por la pared de enfrente no le producirían el menor daño.

          “No se trata solo de que la droga o el alcohol intensifiquen sus sentidos, autentificando sus fantasías, sino de que realmente su mente viaja y puede “ver” las escenas que un espectador considera sencillamente delirios. ¿Por qué cree usted que cuando se emborracha no es capaz de controlar sus pensamientos eróticos?

          -¿Cómo sabe que me ocurre eso?

          Por un momento quedé pasmado, aterrorizado, pensando que tal vez tuviera facultades telepáticas. Todo el mundo se burla de aquello en lo que no cree, sin embargo cuando nos quedamos solos, de noche, en el campo, hasta el más incrédulo llega a creer que ha sido un fantasma el que le ha pellizcado el trasero y no una zarza que no puede ver.

         -No se preocupe. No se necesitan facultades telepáticas para saber ciertas cosas. Basta con una mínima capacidad deductiva y sumar dos y dos. Usted lleva un buen rato haciendo preguntas eróticas y tratando temáticas referidas específicamente a la lujuria. Curiosamente esto le sucede desde que la bebida le impide controlarse. El alcohol u otras sustancias abren las puertas de nuestro subconsciente, nos desinhiben y permiten que ese universo escondido, que esa fiera encadenada, salgan de su jaula y se apoderen de nuestra vida cotidiana. A mí también me suele ocurrir, por eso aprovecho mis borracheras para vivir experiencias tántricas, pensando en las mujeres más deseables.

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         Como mi esposa.

          -Es usted idiota y no tiene remedio. ¿Quiere que le hable de ello? Pues ahí va.

        “Mire, la técnica es muy sencilla. Basta con utilizar cualquier técnica de relajación. Lo importante es parar el diálogo interno. Como sabe, el pensamiento no es otra cosa que hablar con nosotros mismos. No dejamos de hacerlo nunca en estado de vigilia. Por eso es tan importante pararlo, para que nos permita percibir otras cosas, otros mundos, que permanecen ocultos tras su sempiterno “raca-raca” y a los que solo accedemos en sueños o en estados de experiencias alteradas de consciencia, tal como el alcohol o las drogas. También se pueden alcanzar las mismas metas con nuestra mente desnuda, sin ayuda de sustancias estupefacientes. Relájese hasta notar que su pensamiento vaya bajando sus latidos, lo mismo que su corazón. Entonces comience a crear un cuadro mental en el que desee estar. A esto se le llama “visualización”. Puede imaginarse que conoce a una hermosa mujer, que habla con ella, que la invita a su casa, que ésta accede y le acompaña. Que entra con ella en su piso y la invita a una copa. Que se declara y pone en hermosas palabras su deseo. Y así sucesivamente… Nada impedirá que terminen en el lecho.

        -Al menos en una cosa tiene usted razón. La imaginación puede superar todos los obstáculos. Pero eso no deja de ser una masturbación, por muy tecnificada que me la presente.

        -Si lo hace bien. Si logra crear un cuadro con el mayor número de detalles posibles. Si la sensación de estar allí es tan intensa que se olvida que está en otra parte. Si al desvestir a la hermosa señora puede notar su piel suave y cálida en la yema de sus dedos, entonces ya ha atravesado la puerta y está al otro lado. La prueba de que es así la notará de diversas maneras. Por ejemplo si nota oposición por parte de ella. Suele ocurrir que al contactar mentalmente con una mujer, con la que se desea vivir una experiencia tántrica, ésta te rechace, bien porque está pensando en otras cosas, haciendo su vida normal o sencillamente porque no le apetece o porque alguna característica del que ha contactado mentalmente con ella le desagrada profundamente. Si conoce a esa persona es algo que ya ha experimentado en otras ocasiones. Si no lo conoce es fácil que las perciba de forma subconsciente.

         “Sin embargo cuando ella te acepta notas una entrega absoluta, una generosidad sin límites. La razón está clara. Como no estás presente, como ella considera que es tan solo un juego con su pensamiento, sin consecuencias, no le importa entregarse si el objeto de su deseo mental es lo suficientemente atractivo para que sus inhibiciones caigan al suelo, como la falda que yo acabo de quitar en este momento a la bella mujer con la que estoy viviendo una experiencia tántrica.

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          “Le diré que eso me ocurrió con su esposa. Puesto que deseaba que yo le contara detalles, ahí van todos los detalles que usted quiera. No me costó visualizarla, imaginarla, puesto que ya la había visto en la calle en numerosas ocasiones y me había sentido muy atraído por ella. Así pues me relajé antes de dormir, visualicé un encuentro con su esposa en la calle. Cómo charlábamos, cómo ella se sentía atraída por mí, cómo la invitaba a mi casa y ella accedía. Como allí nos besábamos, nos desnudábamos y hacíamos el amor. Si en su mente mi imagen le hubiera causado disgustos yo lo hubiera notado. Sencillamente me asaltarían otras ideas a las que no podría hacer frente o notaría un fuerte rechazo que me haría muy difícil seguir pensando en ella. No lo noté, por lo que mi conclusión es que caigo bien a su esposa.

         “Una vez pasada la puerta acostumbro a montarme encima de la almohada y abrazarla con deseo, pasión y ternura. A partir de ese momento ya no es una almohada sino una mujer de carne y hueso, a la que yo estoy acariciando. Si la visualización es perfecta uno no necesita forzar la fantasía, todo va sobre ruedas. Si la mente de ella no te rechaza y participa en el juego voluntariamente puedes notar sus respuestas. Incluso puedes llegar a percibir la solidez de su cuerpo y cómo responde al tuyo. La penetración sobre la almohada es cómoda y agradable, el resto lo hace tu mente. Le aseguro que el orgasmo, el éxtasis, puede alcanzar niveles casi místicos. Sobre todo si uno está desinhibido, no tiene barreras religiosas o morales y no siente estar cometiendo un pecado. Está claro que si la otra te rechaza esa experiencia es imposible y se transforma en una simple masturbación. Debe existir un previo consenso entre esas dos mentes para que la experiencia sea posible.

         El loco hablaba con tal convencimiento y con tal intensidad emotiva que por un momento me imaginé a mi esposa en sus brazos, realmente, y sentí el mordisco de los celos. Luego me dije que aquello era imposible y no pude por menor de reírme de la imagen del loco aferrado a una almohada, clavándole las espuelas y penetrando la tela con su miembro enhiesto. La escena era terriblemente divertida. Me reí a carcajadas hasta lograr controlarme al cabo de unos segundos. El loco no se inmutó.

         -Mucho me temo que nadie excepto usted pueda creer que semejantes experiencias son reales.

         -El tantrismo se basa en ello. En que somos energía y la energía no tiene que superar ningún obstáculo para comunicarse. Incluso los católicos podrían llegar hasta ese límite y cruzarlo si hicieran caso de todas las palabras de su maestro Jesús y no solo de las que les interesan. En el evangelio se pone en boca de Jesús la siguiente frase: “Quien desea a la mujer de su prójimo ya adulteró con ella en su corazón”. ¿Qué cree que puede significar esta frase? Podemos darle mil vueltas, pero para mí está más clara que el agua.

           -¿Ha llegado al orgasmo pensando en mi esposa?

El loco estaba perdiendo los estribos. Esta vez me miró directamente la bragueta, como dándome a entender que de buena gana me cortaría los c… Luego se sirvió otra copa de vodka y se la bebió de un trago. Esto le dio fuerzas suficientes para continuar.

-Sí, así es. Imagino que ella le habrá contado cómo la miro cuando nos encontramos por la calle. Pues bien, quiero que sepa que para mí es como si nos hubiéramos acostado juntos, como si hubiéramos hecho el amor. La experiencia tántrica fue perfecta y maravillosa. Puede que ella no lo recuerde, pero incluso en sueños he tenido experiencias eróticas con ella. Me siento muy feliz cada vez que me sucede. Le aseguro que para mí no estoy taladrando una almohada cuando la penetro, sino que realmente estoy dentro de su vagina, sintiendo todo lo que puede sentirse en estos casos.

La sonrisa irónica se me congeló en mi boca. Aunque aquello era pura imaginación, el delirio de un loco, la convicción con la que hablaba me puso las pelotas de corbata. Incluso llegué a pensar si en realidad no se habrían acostado de verdad y el loco me lo estaba contando de aquella manera para irme preparando. Yo tenía absoluta confianza en ella, aunque nadie puede poner la mano en el fuego por nadie, ni siquiera por sí mismo. Yo había sentido la tentación de la infidelidad cuando alguna admiradora me había propuesto una cita en una carta. La editorial me hacía llegar esta correspondencia, que de una manera u otra reciben todos los autores de éxito. La posibilidad de acostarme con las más hermosas admiradoras había pasado por mi cabeza. ¿Quién me decía que a mi esposa o a cualquier mujer en su situación no le pasara tres cuartos de lo mismo? Si a ella le caía bien el loco, ¿por qué no dar ese paso y llevar a la práctica una imaginación repetida en numerosas ocasiones?

             Estuve a punto de levantarme y salir de su casa sin más circunloquios. Solo fue un instante de debilidad, porque enseguida comprendí que a pesar de la narración perfecta de la escena, era tan solo una fantasía de su imaginación delirante. Volví a reírme, esta vez con más ganas, viendo una y otra vez aquella ridícula escena del loco montando una almohada. Decidí continuar hasta donde me permitiera la paciencia de aquel hombre.

         -¿Es que nunca va usted de putas?

-Si estas experiencias tántricas, tan intensas y maravillosas, fueran sencillas de alcanzar, imagino que usted se hará una idea bastante aproximada de lo poco que yo necesitaría la presencia física de la mujer para vivir una sexualidad sana y satisfactoria. Sin embargo esto no es así. Cada experiencia de esta altura es como una perla maravillosa que uno debe conseguir buceando hasta profundidades abisales, con mucho riesgo, incluso el de su propia vida. Cuando uno decide bucear a pleno pulmón, sin escafandra, sabe que se arriesga a que le fallen los pulmones y a que la muerte le pille en el momento más inesperado. 

 “Por eso sigo necesitando de la presencia física de la mujer. En cuanto a las putas no las visito porque las desprecie, ni tampoco por falta de dinero, sino sencillamente porque como usted sabe, si hasta salir a la calle me cuesta, imagínese lo complicado que me resulta visitar un puticlub. 

 -Pero puede llamarlas por teléfono y que vengan a casa. 

-Sí, alguna vez he pensando en hacerlo. Aunque eso sería tirar definitivamente la toalla y aún tengo esperanzas de que mi vida pueda cambiar. 

-Disculpe mis risas, pero me resulta difícil aceptar que alguien pueda vivir fantasías con tal intensidad que le parezcan reales. 

-Bien. Todos sabemos lo que es la hipnosis. En cierta ocasión presencié en un programa de televisión cómo un showman hipnotizaba a un voluntario. Le hizo creer que se estaba comiendo una manzana, cuando en realidad lo que hacía era mordisquear una cebolla. Su cara decía que realmente degustaba una manzana y no una cebolla. La sugestión puede ser muy poderosa. Si supiéramos hasta qué punto, nos costaría incluso ver los spots publicitarios. 

        “Una persona puede llegar a ver a otra como una maravilla, a pesar de que todos los demás la consideren una mierda (caso del enamoramiento). Otra persona puede ver en otra a su peor enemigo, a pesar de que tenga de canalla lo que tienen el común de los mortales. Su odio pude llegar a ser patológico. Todo es producto del poder de la sugestión. “Podría darle más ejemplos. Pero no es necesario. Si no cree en la posibilidad de que estas técnicas nos lleven a universos “reales”, al menos acepte que el poder de la sugestión nos permite “vivir” experiencias tan intensas como las reales. 

         -La diferencia es que en las reales hay respuesta del entorno y de las otras personas. En el caso de la fantasía no hay respuesta porque no hay comunicación. 

       -Se equivoca. Estas experiencias pueden llegar a compartirse, aunque la otra persona no hable de ello o se avergüence de haber vivido algo inexplicable que solo puede achacar a su mente pecaminosa.  Podemos compartir los sueños y podemos compartir estas experiencias.  

       -¿Tiene alguna prueba al respecto? 

-Sí, aunque a usted estas pruebas no le dirán nada. En cierta ocasión viví una experiencia tántrica con una chica con la que me relacionaba en mi entorno. Tuve sueños eróticos con ella. Al cabo de un tiempo una amiga común me habló de ello. Me confió discretamente y con la promesa de que lo guardaría como secreto, que fulanita le había contado que había tenido sueños eróticos conmigo y alguna experiencia muy extraña estando despierta. Por supuesto que yo no había hablado de ello con nadie y tampoco lo comenté en aquel momento. Me limité a sentirme halagado y a notar lo peculiar de la experiencia. En realidad había sido yo el iniciador de la misma y el culpable. Aquella indiscreción de la amiga solo me confirmaba que semejantes experiencias pueden ser compartidas. 

       -¿Quiere decir que tal vez mi esposa recuerda esas experiencias? Le aseguro que tenemos absoluta confianza y nunca me ha dicho nada. Lo habría hecho de recordarlo. Se lo aseguro. 

        El loco me miró con resentimiento. Mi obsesión en llevar un tema para él puramente abstracto al terreno más personal le estaba poniendo en el disparadero. Yo era consciente de ello y decidí forzar la situación al máximo, esperando al menos lograr el mayor número de detalles posible. 

 -Podemos compartir sueños y sin embargo cada uno de los que lo han compartido tomar decisiones distintas. Mientras uno decide recordarlo en su totalidad otro lo bloquea de forma absoluta y no recuerda nada y un tercero puede recordar una escena manipulada. Eso no significa nada. También bloqueamos recuerdos molestos. De otra forma los psicoanalistas no podrían ganarse la vida. 

-Lo siento, pero por muy bien que lo pase de esa forma nunca aceptaré cambiar una experiencia física por otra mental. 

       -Le aseguro que en sueños la experiencia puede ser infinitamente más satisfactoria. En estado de vigilia solo alcanzando altos niveles de relajación y visualización es posible lograr orgasmos que nada tienen que envidiar a los físicos. 

          -No va a convencerme. El contacto piel con piel nada tiene que ver con la estimulación imaginativa. 

-No siempre, claro. Ya le he dicho que experiencias de calidad son complicadas y muy difíciles de alcanzar. Pero incluso las menos intensas resultan agradables. Se puede tener una vida sexual bastante satisfactoria solo utilizando técnicas tántricas. No voy a decirle que no eche de menos el contacto físico, la sexualidad piel con piel y cuerpo con cuerpo, pero si no se tiene otra cosa la experiencia resulta muy agradable. Tan solo falta la comunicación, la charla, la realidad sólida que uno puede palpar, el resto es igual.  

-¿Y eso no le crea problemas con las mujeres de su entorno? 

-¿Por qué cree que a veces salgo huyendo al ver a determinadas mujeres por la calle? Uno puede sufrir fobias y manías, pero no es idiota. Cuando he tenido una experiencia tántrica de gran intensidad con una de estas mujeres me siento como si realmente hubiéramos hecho el amor.  Usted imaginará lo difícil que debe ser comportarse con naturalidad con una amante en presencia de otras personas. Aunque usted nunca le haya sido infiel a su esposa puede hacerse una idea de cómo se sentiría si tuviera que hablar con su amante en presencia de su esposa. A mí me ocurre lo mismo, solo que ellas no saben nada o si han tenido algún sueño o experiencia de esa clase nunca imaginan que yo sepa algo. Así tengo que hablar con ellas en presencia de sus esposos o de otras personas. Las veo por la calle y recuerdo cómo me sentí cuando estaban desnudas en mis brazos. Solo una experiencia de una intensidad tan objetiva como la real puede hacer que uno se comporte de esa manera. 

 -¿Por eso huye de mi esposa? Ella me ha insistido en que le convenza para que venga algún día a comer o a cenar. Aunque no se lo crea para ella sus miradas no son algo tan terrible como usted piensa. No le ha dado gran importancia. Por supuesto que le ha perdonado y le encantaría ser su amigo. Claro que si ha tenido alguna experiencia tántrica con ella y se empalma cada vez que la ve, comprendo su reticencia a relacionarse con ella. 

 Mano de santo para terminar la conversación. El loco volvió a mirarme la bragueta. Yo a mi vez no pude menos de volver a imaginarlo sobre la almohada, montando como un jinete experto y taladrando la tela hasta llegar a las espumillas de su interior. Me doblé en dos a causa de la risa.  Esta vez el loco no pudo controlarse y me instó de malas maneras a abandonar su domicilio.

            Mientras me acompañaba por el pasillo logró controlarse lo suficiente para pedirme disculpas y achacar al sueño y a la borrachera su actitud.  Comprobé que llevaba la grabadora encima, que había permanecido enchufada todo el rato, sin olvidarme de cambiar la cinta cada periodo de tiempo preestablecido por su duración. Comprobé que llevaba la cazadora y la libreta de notas y la estilográfica y que no me dejaba nada en un domicilio que tal vez no volviera a pisar.

 El loco se despidió en la puerta con un simple buenas noches. Antes de que llegara el ascensor pude oír cómo cerraba la puerta con brusquedad. Una vez en el interior y bajando no pude aguantar más y solté el trapo. Por un instante creí que me llegaba el pensamiento del loco, que estaba oyendo mis carcajadas, fueron tan solo unos segundos, pero resultaron más terroríficos que la presencia de un asesino en serie con un cuchillo de carnicero en su mano. Eso me curó de la risa… solo de momento.

 





EL LOCO DE CIUDADFRÍA IX (NOVELA)

21 03 2017

El loco logró tranquilizarse, se levantó sangrando por manos y frente y salió del salón. Yo lo seguí, temiendo una desgracia. En realidad se dirigió a la cocina para hacerse con una escoba y un recogedor. Suspiré aliviado. Me ofrecí como señora de la limpieza, no sin antes sugerirle que lo primero era curar las heridas, porque lo estaba poniendo todo perdido. Me dio las gracias, con mansedumbre franciscana y ambos tomamos el camino del baño.  El loco puso las manos bajo el chorro del grifo, en el lavabo. Observé preocupado que en su palma izquierda se había incrustado un trozo de vidrio. Le hice notar la necesidad de sacarlo y desinfectar la herida. Él me señaló un tarro de cristal, en el que pude ver un peine, unas tijeras y curiosamente unas pinzas, como las que usan las mujeres para depilarse las cejas. Ese detalle me sorprendió. A punto estuve de preguntarle si lo había olvidado alguna mujer.  Los efectos de la borrachera se me hacían más y más evidentes. Como bien sabía mi esposa, una cantidad indiscreta de alcohol acostumbra a ponerme rijoso e insufrible. La imagen de una mujer desnuda, depilando las cejas del loco, me hizo soltar una risita nerviosa. Comprendí que el alcohol había arrinconado definitivamente las emociones dramáticas en mi subconsciente y en su lugar las sensaciones eróticas no dejarían de molestarme el resto de la noche. 

 Loco b

Pero lo primero era lo primero. Con las pinzas extraje el pequeño cristal de su carne. Debió de ser muy doloroso, aunque el loco no protestó, se limitó a cerrar los ojos y apretar los dientes. Busqué en el armarito un desinfectante. Rocié la herida con agua oxigenada. Esta vez el loco soltó un “cagamento”. Así los llamaba mi padre siendo yo un niño, “cagamentos” o reniegos. “Caguen tal, caguen cual”.  Así renegaban en mi pueblo. Por mi parte nunca pasé de un ingenuo “caguen diez”. 

 Con un trozo de algodón limpié las heridas de la frente y luego las vendé todas con mucho algodón y trozos de venda que pegué con esparadrapo. El loco me quedó tal como una momia recién salida del sarcófago. Hubiera disfrutado mucho embalsamándolo y vendándolo de cuerpo entero. Luego podría llamar a una prostituta. Estaba dispuesto a pagarla de mi bolsillo, con tal de ser espectador de la escena. Mi cerebro bullía con imágenes eróticas de todo tipo. La borrachera llevaba ese derrotero y no habría ya forma humana de parar su andadura.

 

 Decidí llevar a cabo la broma de la puta. Llamaría por teléfono y luego se la embriscaría al loco. Puede que con un poco de suerte me dejara presenciar su coito. Al fin y al cobo yo sería el pagano.  Todo se vino abajo cuando recordé que nunca había utilizado los servicios de estas profesionales.

¿De dónde sacaría un número al que llamar? No precisamente de las páginas amarillas.  Volví a reírme, comprendiendo que aquella fantasía era solo producto del alcohol. Estaba tan tomado que necesitaba urgentemente sentarme en el sofá y dejar que los efectos de la borrachera fueran remitiendo con el tiempo. 

Obligué al loco a regresar al salón, lo senté en el sofá y ante sus protestas me vi obligado a hacerme cargo de la limpieza. Con la escoba y el recogedor despejé el suelo. Cuando regresé de la cocina me dejé caer en el sofá y estuve riéndome un largo rato.  El loco observó la botella vacía, se levantó y sacó otra del mueble bar, esta vez de vodka. Bebió a morro. Después, con vocecilla de maricón me pidió disculpas.

 -Lo siento mucho. Le ruego me perdone. Cuando me dejo llevar por la cólera y pierdo el control soy capaz de las mayores barbaridades. 

-No importa, jaja. No importa. 

 No era yo quien hablaba, sino la borrachera. A pesar de tener los ojos entrecerrados era capaz de verlo todo con gran nitidez. El loco presentaba una estampa verdaderamente ridícula, con las manos vendadas y una gran venda circundando su oronda cabeza. Yo no era precisamente una maravillosa enfermera. Mi esposa se habría caído de culo de la risa de habernos visto en aquel momento. El suelo del salón aparecía salpicado de manchas de sangre, como seguramente estarían el pasillo y el cuarto de baño. Muy propio de una película barata de terror. Bastaría con apagar las luces y mezclar con la sangre un producto fosforescente para que cualquiera que entrara se cagara en los pantalones. 

 No pude controlar otra vez la risa floja, que como un esfínter sin control expulsaba todo lo que le iba llegando. En la euforia etílica –le arrebaté al loco la botella y eché otro trago- estuve a punto de plantearme seriamente llamar a una puta y rematar la noche. Imaginé la escena.

¿Información? ¡Dígame! Me gustaría que me facilitara el teléfono privado de una buena puta, limpia, bella, rubia, una auténtica madraza. ¿Está usted loco? Consulte los anuncios de la prensa.  Eso era. Me bastaba con mirar en los anuncios de cualquier periódico.  Pero yo no había visto un solo ejemplar y no era cuestión de preguntarle. Creo que lo habría hecho, de no pensar un segundo en la posible reacción violenta del loco. Eso me volvió sobrio un instante, el tiempo suficiente para descartar definitivamente esa posibilidad. 

-Lo siento. Le ruego me perdone. Se lo pido de corazón. Volvió a insistir el loco, que se echó el gollete de la botella a los labios y trasegó hasta quedarse sin respiración. Creo que estaba más borracho que yo, aunque lo llevaba de forma mucho más trágica. 

-No importa, jaja. No importa. 

Era incapaz de repetir otra frase, la risa me atragantaba y tuve que ponerme en pie e intentar darme con una mano en la espalda para desbloquear mis tubos respiratorios. El loco no se molestó por mi risa. Al contrario parecía asumirlo todo como una penitencia necesaria para redimir sus terribles pecados. 

 -¿Quiere que le cuente cómo salí del frenopático? 

-Si usted quiere…

  Lo que yo realmente deseaba saber era el mayor número de detalles sobre la vida sexual del loco. Pasarme el resto de la noche charlando sobre sexo. Reconozco que mis borracheras son insufribles en ese aspecto. Me pongo muy faltón, sobre todo si hay mujeres presentes. Gracias a Dios allí no había ninguna. El loco estaba más calmado, como un actor que acaba de representar una escena durísima, y al que le basta con carraspear unos instantes para adoptar su verdadera personalidad. Se mostraba muy serio y compungido. Cerré los ojos y me dejé llevar por la historia, al tiempo que la imagen de la puta entrando en ese momento al salón y arrojándose sobre aquel loco trágico y ridículo a un tiempo, casi me hace reír de nuevo. 

-Odio la hipocresía, la mentira, la farsa. No obstante reconozco su utilidad, porque fueron ellas las que me permitieron salir de aquel infierno. 

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“Me transformé en un gusano con patas. Un gusano que adoptara la forma antropomórfica (como en el relato de Kafka, solo que al revés) no se hubiera comportado de forma diferente. Me convertí en un joven alegre, simpático, cordial. Reconocí humildemente mis errores. Admití mi locura y confesé mis deseos de curarme. Al cabo de un mes todos estaban convencidos de que yo era un hombre nuevo. El psiquiatra se pavoneó de lo efectivo de sus métodos. Al cabo de dos meses me dio el alta, encantado de haberme conocido. Mis padres… 

-Perdone. Pero después de la escenita que me ha obligado a presenciar, me gustaría pedirle un favor. 

-Dígame.  Espero que no se moleste, pero llevo toda la noche deseando hacerle esta pregunta. 

-Hágala. No importa de qué se trate. Aunque fuera la pregunta más íntima e indiscreta, estoy deseando purgar mi pecado. 

-Me alegro de que piense así. Verá… ¿Qué saca usted de mirarle el pecho a las damas? ¿Se pone cachondo? 

El loco me miró con una tristeza infinita en sus enrojecidos ojos. Me sentí mal, viendo en su mirada la profunda decepción que mi pregunta le había producido. Con el tiempo llegaría a saber que después de un estallido de cólera era posible lograr de él casi cualquier cosa. Su humillación y su deseo de hacerse perdonar resultaban repugnantes, algo hediondo, algo que uno nunca puede olvidar. Me recordó al personaje de Dickens, Uriap Heep, creo que se llamaba, en su novela David Coperfield. Sin duda el personaje más repugnante y hediondo de toda la historia de la literatura. 

 -Está bien. Se lo contaré. Nada tengo que perder. Seré totalmente sincero con usted. A cambio algún día le pediré igual sinceridad. 

-Se lo prometo.

-Pues bien… Se trata de una especie de técnica tántrica. ¿Sabe qué es el tantrismo? 

-Algo he oído. 

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-Las filosofías materialistas todo lo achacan al cuerpo y a las leyes de la materia. Sin embargo la mente es mucho más poderosa. La energía es más elevada que la materia. El orgasmo no es solo ni principalmente un efecto hormonal. Un estímulo que hace acudir sangre a los órganos sexuales y éstos se disparan hasta llevar a efecto aquello para lo que están preparados. Nuestra mente controla nuestro cuerpo y la energía que somos está a su servicio. Estoy convencido de que el orgasmo es algo mental, lo mismo que la vida y el universo. La materia solo es el ropaje, el vestido, que adapta la energía, que es la esencia de todo lo creado. 

“Pues bien. Le aseguro por propia experiencia que se puede alcanzar el orgasmo solo con la mente. La fantasía puede llevarnos aún más lejos que el contacto de dos cuerpos desnudos, piel con piel. 

“Aunque no se lo crea, de esta manera he alcanzado los orgasmos más intensos y maravillosos de mi vida. Solo se me ocurre una metáfora: el éxtasis erótico. Creo que el éxtasis místico y el erótico proceden del mismo tronco, aunque el primero es aún más elevado y espiritual. 

“Me basta con relajarme, con entrar en un estado alterado de consciencia e imaginarme haciendo el amor con una mujer, para que esto se haga realidad de una forma que resulta incomprensible para quienes no lo hayan experimentado… 

-¿También le ha sucedido con mi esposa?

 Me arrepentí antes de haber formulado aquella pregunta. ¿Qué me estaba sucediendo? La maldita borrachera me llevaba más lejos de lo que nunca me habría llevado fuera de la presencia del loco. Solo con el tiempo llegaría a saber el terrible error que acababa de cometer. Es de mal narrador adelantar los acontecimientos, sin embargo como esto no es exactamente un relato, sino más bien la documentación de una locura, me puedo permitir ese lujo. Aquella estúpida pregunta cambió mi vida para siempre. De no haberla hecho tal vez hubiera continuado siendo un cuerdo normal y feliz. A partir de ese momento mi vida entraría en la locura y solo Dios sabe lo que pagaría por hacer retroceder el tiempo y no haberla formulado. Debí haberme mordido la lengua o llenado la boca con algodón y cerrado mis labios con esparadrapo. ¡Maldita sea mi estampa! Como diría el loco. Pude haber elegido otro camino y no lo hice. Pagaría esa culpa el resto de mi vida. 

 El loco me miró casi con lástima, una tristeza infinita latía en sus ojos apagados. El sí era consciente, como supe más tarde, de que yo había pasado el límite del que ya nunca se puede regresar. 

 -Su conducta solo es explicable por la borrachera que lleva encima, aún mayor que la mía. Aún así le prometo que un día, no muy lejano, tal vez más próximo de lo que yo mismo pienso, se arrepentirá de sus palabras. 

-¿Qué piensa hacerme? 

-Yo no haré nada. Pero el karma actuará sobre usted, antes o después.

 

 





EL LOCO DE CIUDADFRÍA VIII

31 01 2017

 

-¿Qué hice? Humillarme hasta transformarme de insecto en gusano. Repté por el suelo hasta llegar a la puntera de sus zapatos, desde allí alcé mis ojos suplicantes, humildes hasta el vómito, y les dije lo que llevaban tanto tiempo deseando escuchar: “Sí, amados cuerdos, generosos normales, he decidido abandonar mi huelga de hambre. Y no lo hago porque os considere más fuertes y poderosos, sino porque he descubierto que estaba equivocado, que mi actitud procedía del demonio tentador, del orgullo satánico, de la testarudez del loco, de la irracionalidad del demente, del rugido de la bestia, de la obcecación del buey atado al yugo.

“Sí, amados cuerdos, generosos mortales, he decidido pediros perdón, suplicar de vuestra generosidad, de vuestra sensibilidad, de vuestra humanidad, me concedáis una oportunidad, una última oportunidad, antes de arrojarme a la sentina, de cubrirme de lodo y de mierda, de transformarme en una rata de cloaca.

“Sí, mis muy amados normales, mis adorados y sensibles amigos, he decidido que nunca, nunca, que jamás volveré a rebelarme contra el poder establecido, contra la cordura, la normalidad, lo políticamente correcto, lo verdadero. Nunca volveré a alzarme contra las palabras de leche y miel que brotan de vuestras bocas, contra la palabra divina que os ha sido transmitida de generación en generación. Vosotros poseéis la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Como poseedores de la verdad absoluta os reverencio, os adoro, os rezo, os suplico. Aquí estoy, arrojado a vuestros pies, como un humilde pecador, deseando el perdón y las sagradas aguas bautismales de la penitencia.

-¿Eso hizo que le soltaran?

-Jaja. Es usted un ingenuo. Ni aunque hubiera pasado mi lengua por la suela de sus zapatos, ni aunque hubiera limpiado los vómitos de todo el frenopático a lengüetazos, ni aunque les hubiera subido a un altar y adorado sacrificando animales y quemando su grasa en sus altares, ni aún entonces me hubieran perdonado. Antes necesitaban saber si mis palabras brotaban de un corazón arrepentido o de un loco, émulo de Marlon Brando, que estaba realizando la mejor interpretación de su vida.

“Por supuesto que no me soltaron de inmediato. Con la disculpa de que eso solo podía autorizarlo el psiquiatra, que no estaba en aquel momento, me mantuvieron atado con cadenas veinticuatro horas más. Cuando el joven terapeuta, el dios de la ciencia, aquel mequetrefe que deseaba medrar a mi costa, llegó a su despacho y se enteró de mi cambio de actitud, fue a visitarme y se alegró de corazón de que hubiera empezado a pisar la dulce senda de la racionalidad. No obstante aquello bien podría deberse a la capacidad simulatoria del loco, que con tal de librarse del merecido castigo, es capaz de arrodillarse ante cualquiera. Otras veinticuatro horas lograrían convencerlo de la sinceridad de mi propósito de enmienda. Y cuando estas pasaron necesito un día más para reafirmar su certeza.

“Aquella humillación extra nunca se la perdoné. Estoy seguro de que si hoy día me lo presentaran cara a cara no lograría controlarme lo suficiente para no aferrarme a su cuello y apretar hasta que el morado pasara al pálido cadavérico. Un terapeuta que actúa de esa manera no pretende curar a un enfermo, sino vengarse de él, doblegarle, humillarle hasta convertirlo en su esclavo, en una marioneta que salta y brinca a su voz meliflua de dictador omnipotente.

“Mire… Nunca negaré mi tozudez, mi cabezonería de tauro redomado, mis delirios y utopías de rebelde estúpido, fuera de la realidad. Nunca negaré mis defectos, porque están ahí, a la vista de todos. Pero hay algo que no soy ni seré nunca: una mierda de persona, capaz de lamer cualquier culo del que pueda obtener una ventaja.

“Soy un ser humano que no puede soportar la injusticia sangrante. Que no puede callarse y decir que no está viendo nada, cuando un hermano es masacrado por un poderoso, aunque su poder sea muy relativo y casual, como en esencia son todos los poderes, que se basan en circunstancias que terminan por pasar con el tiempo.

“Soy un hombre muy paciente, como lo he demostrado en reiteradas ocasiones a lo largo de mi vida. Pero esas situaciones en las que un hombrecillo normal y corriente acaba por considerarse un dios, dueño de vidas y haciendas, me acaban superando siempre. La santa cólera estalla como fuegos artificiales y una situación cualquiera, que bien podría haber sido tan solo un pequeño tropiezo, se transforma en un auténtico infierno.

“Lo peor en realidad no es eso, las complicaciones y pequeñas tragedias que me acarrean esos brotes de rebeldía, el típico problemilla que debería resolverse en un tiempo razonable. Lo peor, la secuela que acaba destrozando mi vida, y debido a la cual nunca seré capaz de perdonar a ese tipo de “personajillos” es el rencor que se va acumulando en mi interior. Lo peor es el odio que se pudre en mis entrañas. Que me impide perdonar a quien me han hecho mucho daño. Que me impide relacionarme con normalidad con quienes ni siquiera me han hecho el menor daño, a los que acabo de conocer y que incluso a simple vista me parecen buenas personas.

“Es el gran defecto de carácter por el que estoy aquí, en esta vida, purgando mi karma, e intentado evolucionar hacia un nivel superior de consciencia, hacia una espiritualidad más pura y generosa. Todo, absolutamente todo, desde que tengo uso de razón, ha gravitado alrededor de este agujero negro.

“Mi incapacidad para perdonar me ha hecho perder amigos, mujeres con las que podría haber tenido una relación más o menos satisfactoria; me ha hecho sufrir cuando debería haber sido feliz; me ha convertido en un marginal, cuando tal vez estaba destinado a ser un buen relaciones públicas, a la fama y al laurel. No podría deletrearle ahora todo lo que he perdido en la vida debido a esa absoluta incapacidad para perdonar a quienes me atan con cadenas, me escupen a la cara, me llaman loco, me insultan, me señalan con el dedo, se burlan de cada paso que doy. No puedo perdonar a quienes hablan a mis espaldas, a mi presencia, como si yo no estuviera presente. A quienes se llevan el índice a la sien y se la barrenan, dando a entender que lo mío solo podría solucionarse si alguien, con suficiente valor, me barrenara el cráneo y me sacara con las uñas todas esas neuronas podridas que me convierten en un rebelde, en un loco sin remedio.

“No puedo perdonarles… y puede usted estar seguro de que lo intento. Lo intento una y otra vez, un día tras otro, dormido y despierto… Pero soy incapaz. Me veo allí, tirado en el suelo de cemento, siendo pateado por brutos sin entrañas. Me veo atado con cadenas sobre una cama llena de orines y humedad. Me veo en el aire, a punto de romperme la columna contra el suelo, para después tener que escuchar el aullido inhumano de mi madre. Me veo con cables pegados a la cabeza, como si fuera un electrodoméstico. Me veo como un amnésico que ha olvidado hasta su nombre, que piensa que bien podría ser un asesino en serie lobotomizado.

“Me veo trepando a una torre de alta tensión y colgándome de un cable. Me veo arrojándome a un metro de cabeza. Me veo apretando el cañón de una pistola contra mi sien. Me veo tragándome pilas y monedas para que si al menos no pudiera salir del frenopático, solo posean un cuerpo muerto, como una cáscara vacía. Me veo humillándome ante todo el mundo, halagando su vanidad, intentando pasar desapercibido… no sea que me reconozcan como el loco, como el loco que tantos sumos sacerdotes de la ciencia consideraron como incurable, como irrecuperable.

“Me veo sufriendo angustias infinitas antes de cada intento de suicidio y después de cada intento de suicidio, y en los intermedios entre suicidio y suicidio. Me veo deseando la muerte una y otra vez. Me veo incapaz de salir de casa, por miedo a que los cuerdos me señalen con el dedo. Me veo arrastrándome como un gusano por las aceras, porque soy incapaz de caminar como un hombre después de que algún cabrón me haya llamado “loco”. Me veo sentado en un banco público, esperando a que la fobia pase, a que la manía obsesivo-compulsiva acabe por deshincharse, como un globo pinchado con un alfiler.

“Me veo renunciando a vivir una vida normal, a tener amigos, a mirar a una mujer a la cara, no sea que mi mirada se desvíe hacia sus senos o hacia sus piernas, o la imagine desnuda o…. ¿Quién sabe lo que es capaz de hacer una persona con tal de no tener que relacionarse con aquellos cabrones que le han puesto cables en la cabeza, le han atado con cadenas, le han obligado a comer a través de un embudo insertado en su boca; le han considerado incurable en nombre de la sagrada ciencia y han escrito cartas a mis padres diciéndoles que donde mejor podría estar sería en el monte, con las cabras… Allí no daría guerra, allí el resto de los normales y cuerdos del planeta podrían seguir viviendo sus maravillosas vidas, colgados de la pantalla del televisor, donde se pueden contemplar programas que rebosan “cordura” por todos sus poros.

“No, no puedo molestar a personas tan maravillosas, que se pasan los días intentando ganar dinero para comprarse otro coche mejor y otro piso mejor y unas mejores vacaciones y… Todo lo centran en el puto dinero y a mí me llaman loco, porque yo he intentado descubrir la razón última de las cosas. He intentado descubrir por qué estamos aquí, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Porque no puedo vivir sin saber si hay un más allá del último suspiro… me llaman loco. “Porque para mí una vida sin amor y sin cariño es una mierda de vida. No merece la pena. Por eso me gusta la amistad y el amor y el cariño y la comunicación y la verdad y la sinceridad y la generosidad y la solidaridad y un mundo mejor donde la gente no pase hambre y no se suba a las pateras buscando un mendrugo de pan… Y ellos, los muy cabrones, me llaman loco y me señalan con el dedo por la calle y se burlan de mi hasta obligarme a sentarme en un banco y esperar que pase la fobia y me ven arrastrarme por las aceras, como un gusano, incapaz de mirarles no sea que mi mirada se desvíe hacia su bragueta y me llaman marica o se desvíe hacia sus senos y me digan que soy un mono lujurioso.

“Pero a pesar de verme así, como un gusano al que todo el mundo se siente con derecho a pisotear y enmerdar… a pesar de ello no soy capaz de perdonarles. Soy consciente de que tendría una vida mejor, de que sería más feliz, de que no tendría tantos problemas como tengo, de que… ¡Qué importa! Porque no puedo perdonarles. ¡Maldita sea! No puedo y lo reconozco… Porque cuando intento perdonarles en mi corazón me veo una y otra vez volando en el aire, electrificado, achicharrado, encerrado como una alimaña. Cada vez que intento mirarles a la cara la mirada se desvía, porque les odio, les odio, ¡maldita sea, cuánto les odio! Aunque muchos de ellos nunca me hayan dicho una palabra, aunque ni siquiera me conozcan. Para mí, en el fondo del subconsciente, no dejan de ser aquellos malditos cabrones de psiquiatras que fueron incapaces de darme un abrazo y decirme una sola palabra de cariño que me habría curado. Ellos, estos malditos cuerdos, actúan de la misma manera. En lugar de tenderme la mano, de darme un beso, un abrazo, de decirme una palabra de cariño, me señalan con el dedo y se burlan de mí, de mi incapacidad para andar con normalidad por una calle, de levantarme de un banco cuando quiero y no cuando me deja la fobia, de mi incapacidad para no mirar los senos de una mujer o las piernas, o imaginarla desnuda, porque esa es mi forma de pedir un poco de cariño, de vengarme de cuanto malnacido y cabrón pulula sobre la faz de este planeta de mierda.

“Ellos, los malditos cuerdos, los hijosdeputa de normales, no son capaces de ver más allá de las apariencias. N o pueden ver en mi cabeza cables que me electrocutan cuando miro al suelo y soy incapaz de alzar la mirada. No pueden ver en mi mirada hacia unos hermosos senos de mujer la despedida de un suicida que va por el aire. La más hermosa despedida de la vida que se le ocurre. No pueden ver en mi encierro en el bunquer de mi casa el miedo que como un garfio al rojo vivo se me clava en el subconsciente. Porque yo, el loco, soy también el judío masacrado por Hitler y el niño violado por el pederasta, y la niña que ejerce la prostitución por un pedazo de pan y el negro que viene en una patera, arriesgando su vida y mil vidas, buscando un futuro mejor para sí y para todos los suyos. Y este maldito loco que se sienta en un banco de un paseo y es incapaz de levantar sus posaderas, es también la víctima del terror, de la tortura, del poder omnipotente y omnímodo. Y soy el depresivo, el esquizofrénico, el paranoico, el niño encantador con síndrome de Dawn, el enano primordial, el abuelo con alzheimer, el niño cristal, el invidente de nacimiento, el cheposo, el obeso elefante, la anoréxica esquelética. Y he sido asesinado millones de veces y he sido torturado y he sido violado y he muerto de hambre y sed y nadie me socorrió y sufría de necesidad de amor y nadie me amó y sufría de necesidad de cariño y nadie me besó y me he pasado toda mi vida siendo un maldito loco porque esos cabrones de cuerdos son incapaces de amar al prójimo, de solidarizarse con él, de ser generosos, de ser sinceros, de ser mejores personas. Y esos malditos cuerdos que se burlan de mí, son incapaces de cambiar, y a mí me piden que les perdone y me olvide de cables achicharrándome, de pistolas en la sien, de cables de alta tensión convirtiéndome en fuegos de artificio; de frenopáticos malolientes donde locos sedientos de amor babean sobre el plato de sopa y esquizofrénicos sin otra culpa que el pecado original me han confundido con Napoleón y alcohólicos se han sincerado conmigo maldiciendo de la adicción que les ha hecho perder la familia. Y drogadictos metidos en el lodo hasta las cachas me han mirado con compasión, porque el loco de… es peor que ellos.

“¡Maldita sea! ¡Malditos cuerdos, cabrones, hijosdeputa! Han destrozado mi vida con sus dogmas sabihondos, con sus burlas, con su malsano ejercicio del poder, con su hipocresía repugnante… con su…. ¡Y aún se atreven a llamarme loco!
“¡Malditos sean ellos y sus descendientes hasta la última generación! Puede que nunca consiga perdonarlos y superar mi locura y mi fobia y mis manías obsesivo-compulsivas. Pero pueden estar seguros de que ellos no son mejores que yo. No, no lo son…

El loco estaba fuera de sí. Su discurso era aterrador. Aún más lo era la expresión de su rostro y sus ojos fijos en la pared de enfrente. Y sus temblores y su mano aferrada al vaso que lanzó contra la pared con un golpe seco y espantoso. El suelo se llenó de cristales y el loco se puso de rodillas sobre ellos y comenzó a darse cabezazos contra el parquet, sembrado de diminutos cristales puntiagudos. Los atropó y juntó sus manos con tal fuerza que hilos de sangre comenzaron a brotar de sus palmas.

Yo no sabía qué hacer. Pensé en marcharme corriendo y en dejarle allí, solo y loco, pensando en la muerte y maldiciendo a todo el género humano. Pero sus palabras terribles, sus maldiciones, me retuvieron. Yo no sería uno de aquellos malditos cuerdos. Yo me quedaría allí con él, hasta el final, sucediera lo que sucediera….

Y allí me quedé, en lugar de salir huyendo como un maldito cuerdo… algo que debí haber hecho sin la menor vacilación. No obstante sus maldiciones y amenazas contra todo el universo cuerdo, y sobre todo, el miedo a que se hiciera realmente daño, me retuvo allí, de pie, paralizado, bloqueado, incapaz de generar un solo pensamiento coherente. Confieso que mis contactos con locos o con la misma locura no dejan de ser meramente literarios. Nunca he visto actuaciones estelares de locos en directo. Hasta aquel momento no tenía ni idea de cómo es la violencia de un loco cuando pierde el control. Ahora lo sabía, pero no era capaz de asimilarlo. Durante varias horas había convivido con un supuesto loco, cenado en su casa, escuchado su conversación perfectamente coherente y hasta narrativamente interesante. Nos habíamos bebidos las dos botellas de vino, estábamos dando buena cuenta de la botella de whisky y lo cierto es que nuestras cabezas no regían muy bien. Ambos estábamos borrachos, sin paliativos ni matizaciones de ningún tipo. Deben agradecer a mi buena voluntad y generosidad que reproduzca aquella primera entrevista debidamente editada y corregida, porque si lo hiciera con absoluta literalidad nos encontraríamos ante un diálogo de borrachos, ininteligible en muchos momentos, con sus carraspeos, vacilaciones y habla gangosa, típica de los tomados por Dionisos.

El loco se trababa a veces, parecía hundido en tétricos pensamientos, de los que lograba zafarse a veces, como un náufrago que asoma su cabeza por encima de una determinada ola. En otros momentos la euforia del alcohol le hacía gesticular, su voz se animaba y su rostro cambiaba de expresión, alegrándose como si le hubiera propuesto rematar la noche en una discoteca, donde le serían presentadas chicas fáciles. Por lo que a mí se refiere la borrachera me tuvo al borde de las lágrimas en ciertos momentos, como un espectador habitual de culebrones televisivos, y en otros me sentí malhumorado, presto a levantarme del sofá y salir de allí para no regresar nunca.

Fue en aquel momento, después de que el loco estampara la copa contra la pared, y la borrachera se aliviara ante una salida tan imprevista, cuando me sentí atrapado en una encrucijada de caminos, todos con muy mala pinta. Me maldije mentalmente por mi estupidez (lo que me facilitó una perspectiva nueva y más moderada de sus maldiciones), por haberme dejado atrapar por la curiosidad morbosa de entrevistar al sujeto. Lancé improperios contra mi esposa, la pobre, que no tenía culpa de nada, como provocadora de aquella dramática situación. Había escuchado toda la perorata del loco, cargada de retórica, megalómana, muy propia del loco profeta apocalíptico que empezaba a entrever en su personalidad. Me pregunté si el mesiánico discurso que me acababa de endilgar no sería propio de una mente psicótica en pleno delirio. Su deseo de hacer llover rayos sobre toda la especie humana, su ruego para que todos los cuerdos fuéramos partidos por la mitad, demostraba bien a las claras su incapacidad para sobrevivir en un mundo que no acepta berrinches infantiloides. Sentía una gran curiosidad por conocer detalles de aquellos supuestos intentos de suicidio que acababa de mencionar en su discurso. También me interesaban sus maldiciones, si en realidad creía en ellas o solo las utilizaba para poner los pelos de punta al personal. Imaginé que ya habría tiempo de mencionar aquellos detalles y muchos otros, si lograba salir con vida de aquella primera entrevista.

Me sorprende cómo pudieron pasar por mi cabeza tantas ideas en el corto espacio de tiempo que empleé en saltar como un muelle desde el sofá, donde había escuchado sentado toda la conversación, hasta quedarme allí de pie, sin saber cómo actuar. El camino más fácil era el del pasillo hasta la puerta, sin embargo no lo elegí –nunca sabré la razón- el otro me hizo presenciar sus aparatosos cabezazos contra el parquet. A pesar de sangrar por la frente su cabeza parecía demasiado dura para romperse por algo tan nimio. Estrujó los cristales entre sus palmas hasta lograr que de sus manos corrieran hilillos de sangre.

Finalmente se tumbó en el suelo, adoptó la postura del feto en el vientre materno y comenzó a sollozar histéricamente. Fue entonces cuando me atreví a dar unos pasos. Me situé a su lado hablándole como a un niño enrabietado. Que resultaba imperdonable su falta de control. Que no era para tanto. Que todo en esta vida tiene solución, menos la muerte… Yo mismo me encontraba tan ridículo que me callé. Me arrodillé a su vera, puse mi mano en su hombro y así permanecimos largo tiempo, como una Pietá de Miguel-Angel, agiornata para ser adaptada a nuestro mundo contemporáneo.

La escena que acababa de presenciar era muy propia de una cutre película de terror. La imagen de un ridículo santón, sangrando por cabeza y manos, mientras maldecía a todo bicho viviente e invocaba a todos los demonios del infierno para que se llevaran a los malditos cuerdos, asaltó mi mente con fuerza inusitada. Les aseguro que no es lo mismo ver películas que presenciar estas escenas en vivo y en directo. El loco no era un pésimo actor interpretando un detestable guión, sino una persona que estaba sufriendo una terrible crisis que bien podría llevarlo hasta las puertas de la muerte. Era preciso hacer algo. Sí, claro que era mi deber ayudarlo… pero cómo. El llanto me tranquilizó bastante. Es mano de santo contra la cólera y la violencia. ¡Qué llorara todo lo que quisiera, con tal de librarme de su santa cólera de profeta apocalíptico (ridículo apocalipsis, sin duda, pero apocalipsis al fin y al cabo) y de su imprevisible violencia!

Necesitaba un trago con urgencia. Eso me hizo reaccionar. Escancié el resto del contenido de la botella en mi vaso y me lo eché al coleto. Trasegué todo el licor casi sin respirar, notando cómo el agua de fuego bajaba por mi gaznate, hasta llegar al estómago, dejando en su camino regueros de llamas. Sin transición los vapores subieron hasta mi cabeza, emborrachando las pocas neuronas que aún quedaban sobrias. Regresé al sofá y me senté. Sin saber por qué comencé a reír histéricamente. Mi risa terminó antes que su llanto.





EL LOCO DE CIUDAD FRÍA VII

19 01 2017

PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO/CONTINUACIÓN
La carta que escribí aquellas vacaciones marcó una ruptura abisal en mi vida. No era muy larga. Me limitaba a decir que no volvería. Que después de haberlo pensado mucho, estaba convencido de que no tenía vocación y esperaba llevar una vida más cristiana fuera que dentro. Agradecía sus desvelos y me despedía de todos ellos. Me contestaron muy solícitos, explicándome que aquella era una de esas crisis vocacionales que todos padecemos en el camino del Señor.

“No cedí. Salí al mundo, al demonio y a la carne –como calificaban ellos la vida profana- para descubrir que era un auténtico bobo indefenso, un corderito balador al que los lobos depredarían en un santiamén.

El loco se levantó. Tomó el cenicero y lo colocó sobre sus rodillas. Encendió un pitillo y lo chupó como si fuera una teta. Sus rodillas estaban temblando. El temblor se fue acentuando hasta resultar llamativo. Mi madre hubiera observado que tenía el baile de San Vito. Imagino que se trataba de una enfermedad de posguerra, caracterizada por temblores. Cerró los ojos, procurando que el cenicero no se fuera al suelo. Bueno, pensé, ahora me contará lo que le produce ese miedo, sea lo que sea.

“Fue un choque del que nunca me recuperé. Mis padres se trasladaron del pueblo a la ciudad. Me puse a buscar trabajo, desesperadamente. Mi padre estaba de baja por enfermedad (le descontaban un 25% del sueldo y éste era muy bajo) y yo no deseaba ser una carga. Lo pasábamos mal. Mi propina consistía en cinco duros al mes. Con ellos podía comprarme un libro de bolsillo de bruguera o ir al cine. La necesidad de un nuevo sueldo era imperiosa.

“A pesar de mi bachillerato superior me resultaba imposible encontrar trabajo. Ni siquiera de peón de albañil o camarero encontraba nada. Miraba los periódicos, pateaba las calles, todo era inútil. Mi desesperación subía un grado más cada día que pasaba. Me levantaba tarde. Las noches en claro oyendo la radio, al loco de la colina (yo me sentía un auténtico loco de la colina) o leyendo, o intentando escribir algo, cualquier cosa. “Recuerdo que fue un verano. Nunca soporté el calor. Permanecía en la cama, oyendo al loco, leyendo una novela de Julien Green, creo que era “Cada hombre en su noche. Me sentía deprimido, hundido, desesperado. Para mí el futuro no existía. No encontraba trabajo, no tenía amigos, no lograba ni mirar a una mujer sin echarme a temblar. A pesar de que había logrado arrancar de mi mente el infierno y la religión, no podía dejar de pensar que el abandono del camino hacia el sacerdocio estaba siendo mi perdición. Dios me estaba castigando por ello.

“Los nervios estaban rotos, la desesperación crecía y crecía y la vida no tenía para mí el menor sentido. Prefería enfrentarme a Dios y aceptar las consecuencias que enfrentarme a la vida, solo e indefenso. Me levanté de la cama, pasee por la pequeña habitación como un lobo enjaulado. Me asomé a la ventana. Una idea satánica pasó por mi mente. Me alcé hasta el alfeizar. Estaba en calzoncillos. Allí, de pie, me planteé durante unos segundos si sería capaz de arrojarme al vacío.

“Nunca entenderé de dónde saqué la resolución para doblar las rodillas y saltar. Vivíamos en un tercer piso. Una altura no demasiado alta, sino fuera porque los pisos eran bastante altos. Dicen que antes de morir pasa tu vida en la pantalla de tu mente y esos segundos previos al final son eternos. Debo decir que por mi experiencia eso no es cierto. Ni siquiera me dio tiempo formar una sola idea en la cabeza.

“De pronto estuve tumbado en el suelo. Ni siquiera sentía dolor. Solo la sensación de un golpe espantoso y de que los nervios debían haberse cortado, porque no sentía nada. Mi cuerpo estaba paralizado, mi mente sufría un shock que me impedía pensar con claridad. Tenía los ojos abiertos, porque podía ver el color de la noche.

“De pronto se abrió una ventana y un grito desgarrador taladró mi alma. Pude reconocer la voz de mi madre. Nunca olvidaré aquel grito inhumano que me partió en dos. El resto lo viví como una pesadilla. Una ambulancia debió llevarme al hospital, mientras en mi cabeza continuaba oyendo la voz de mi madre que me consideraba muerto.

“Supongo que perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba sobre una cama de hospital, sábanas blancas, paredes blancas… mente en blanco. Algún médico me explicó con la frialdad que los caracteriza cómo estaba mi cuerpo. Me había roto varias vértebras, puede que lumbares, me había roto el tobillo derecho; pensaban que no podrían salvarme el riñón izquierdo; desconocían los daños internos; temían que el trauma craneal pudiera tener consecuencias serias. Permanecería en observación una temporada. Tal vez tuvieran que operarme. Tal vez quedara paralítico. No podían saber cómo evolucionaría.

“No recuerdo las visitas de mis padres, aunque me las imagino. Curiosamente evolucioné bien y deprisa. Los médicos, como me ocurriría a lo largo de mi vida, no salían de su asombro. Poseía una naturaleza digna de estudio. El riñón curó sin operar. Solo utilizaron antiinflamatorios y otra clase de medicación que me introdujeron a través de un gotero, como lo llamaba mi padre.

“No me operaron la columna. Me pusieron una faja ortopédica, me escayolaron el tobillo. Me colocaron un collarín en el cuello. No podía moverme. Las enfermeras me daban cambios posturales cada cierto tiempo. Creo que podía mover las manos, porque me recuerdo leyendo un libro y moviendo el dial de un transistor.

-¡Dios mío! La voz era mía. Creí haberlo pensado, pero solo cuando oí la grabación comprendí que no pude retenerla dentro de mi cráneo. Me sentía muy afectado, a pesar de la borrachera. El loco lo había narrado con los ojos cerrados y el cenicero temblando en sus rodillas. Ahora se levantó y bebió de un trago el licor que restaba en su copa. Se sirvió otra, doble, echó unos cubitos de hielo, que aún no se habían deshecho, y se la bebió sin respirar. Luego volvió a llenar la copa y la dejó reposar sobre la mesa. Retrocedió hasta el sofá y se sentó. Los ojos cerrados. En silencio. Nunca he podido entender el suicidio. Puedo comprender a un asesino en serie que mata por impulso, por venganza o por pura bestialidad. Puedo comprender la violencia. Puedo comprenderlo casi todo. Pero no puedo con el suicidio. Se me atraganta. Haga uno lo que haga siempre estará vivo. Excepto en el caso del suicidio. Desarrollas una violencia bestial contra ti mismo y luego mueres. Desapareces. No queda nada de ti. Nada. Nothing. No es una cuestión religiosa. No creo que exista Dios, por lo tanto no puedo castigarte. No es una cuestión moral. Nadie tiene derecho a disponer de su propia vida y bla, bla y blá. Ni siquiera es una cuestión humanitaria: los que se quedan, los que te han querido.

No, nada de eso me conmueve. Es otra cosa. Es decir, ahora existo, ahora no existo. Si la muerte te atrapa, te resignas, todos somos mortales. Pero si tú mismo alzas tu mano contra tu cuerpo y violentamente lo destruyes. Entonces…Entonces no comprendo nada. En la grabación se mascaba el silencio. Cuando la escuché, en mi despacho, pude oír mis gemidos y hasta me atrevería a decir que mis sollozos. En cambio del loco no oí nada. Su silencio era absoluto. Un cadáver hubiera hecho menos ruido. Me serví una copa hasta el borde y me la bebí sin respirar. Sentí el licor quemándome la garganta las entrañas. Posé mi cabeza en el sofá y respiré hondo. Una y otra vez… Una y otra vez…

No sé cuánto duró el silencio. Podría saberlo si dejara correr la cassette con un cronómetro en la mano. Pero vomitaría si me atreviera a hacerlo. Finalmente hablé, para que el silencio no nos devorase a los dos.

-¿Cuánto tiempo estuvo en el hospital?

-Creo que más de seis meses. Lo peor fue la columna. No se atrevían a operar por miedo a dejarme paralítico de por vida. Incluso hasta un mes antes pensaron que tal vez no pudiera andar. Dejaron que las vértebras se soldaran solas.

“Cuando salí de allí llevaba una faja ortopédica, una muleta en cada mano y el alma destrozada. Permanecí en casa. En la cama. Leyendo, escuchando al loco de la colina. No podía asimilar que estuviera vivo. No podía aceptar que hubiera intentado matarme.

-¿Cómo reaccionaron sus padres?

-Mal . Nunca me lo perdonaron. Mi madre me cuidaba y mi padre hablaba poco. A veces les oía hablar desde la cama. Mi madre pensaba que yo no tenía remedio y se quejaba a Dios de haberle dado un hijo así. Creo que sí es cierto que intenté matarme con el cordón umbilical en su vientre, debió de ser previendo esta escena.

-¿Cómo se recuperó?

-Físicamente solo fue cuestión de tiempo. Pero psicológicamente nunca me recuperé.

“Estaba tan mal de los nervios que mis padres gestionaron mi ingreso en una clínica psiquiátrica. Yo era entonces menor de edad. Recuerde que durante el franquismo la mayoría de edad no se alcanzaba hasta los veintiuno. Allí tuve que aceptar que hicieran conmigo lo que quisieran.

“Los psiquiatras estaban convencidos de que una patología tan seria solo desaparecería con electroshocks. Ya sabe… Te ponen unos cables en la cabeza, te colocan un aparato de goma en la boca, para que no te rompas los dientes y… Te dan corriente como si fueras un horno eléctrico.

-¿Qué efectos le produjo ese tratamiento?

-No sentía dolor. Creo que al principio un poco. Lo peor era despertarse y no recordar quién eras.

-¿Ni siquiera recordaba su nombre?

-Ni siquiera. Tardaba horas en recuperar algo de memoria. Durante ellas no cesaba de preguntarme quién era y qué hacía allí. A las enfermeras las volvía locas. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? No querían responderme. Pronto recuperará la memoria, decían sin el menor esfuerzo para no resultar secas. Yo insistía, porque una entidad consciente no puede vivir sin memoria. En cierta ocasión leí algo sobre un científico que pensaba que el ser humano era un 99% de memoria y el resto… Pues bien. A mí me faltaba el 99% de mi personalidad.

“Me pasaba las horas formulando hipótesis. Yo era un asesino en serie al que habían lobotomizado para que no recordara su pasado…

-¿En serio que llegó a pensar eso?

-Entre otras muchas cosas. No se puede vivir sin memoria. La personalidad no existe si no recuerdas. Yo intentaba llenar ese vacío. Hasta llegué a plantearme si no estaría muerto y viviendo la confusión que sufren los muertos, antes de darse cuenta de que lo están.

“Me dieron diez sesiones, más o menos. Eso que recuerde. O puede que me dieran aún otra tanda. Cada vez que me llevaban en la camilla, camino del sótano, pataleaba y gritaba. Me rebelaba y les amenazaba con matarles en cuanto pudiera librarme de las correas. Ellos se reían y yo les maldecía. Pedía a Dios que acabara con ellos, que les castigara como ellos me castigaban a mí.

-¿Cómo salió de allí?

-Gracias a Dios la clínica era de pago y mis padres no podían mantenerme allí más tiempo. No les llegaba el dinero. Gestionaron mi traslado a otra clínica de otra ciudad, regentada por una orden religiosa. La Diputación se hacía cargo. O fue otro organismo. No lo recuerdo. Me llevaron en una ambulancia y me ingresaron en una habitación con otros tres enfermos. Imagino que no debieron pensar que era un loco peligroso, porque sí recuerdo que uno de ellos era un alcohólico.

“No podía comprender lo que estaban haciendo conmigo. Porque yo no mejoraba. Cada día estaba peor, más deprimido, más hundido, con más ganas de quitarme la vida. Cuando mis padres me visitaban les suplicaba llorando que me sacaran de allí. Pero ellos hacían caso de un médico, joven, con gafas, y más tieso que un palo. Él creía que era preciso tenerme allí el tiempo que fuera necesario hasta conseguir mi curación.

“¿Cómo pensaban curarme? ¿Con electroshocks? ¿Teniendo que ver todos los días a dementes y otros enfermos con patologías severas? ¿Privándome de cariño y tratándome como a una silla? Decidí ponerme en huelga de hambre.

-¿Fue capaz de hacerlo?

-Mire. Si hay algo difícil en la vida para mí, es dejar de comer. Me quedo un día sin ingerir alimento y mi vida se convierte en un infierno. Sin embargo lo hice.

-¿Cuánto persistió en la huelga de hambre?

-Hubiera aguantado hasta morirme. La decisión estaba tomada y cuando yo tomo una decisión ni Dios puede conmigo. Sin embargo no me dejaron. Me alimentaban a la fuerza. Y no con suero. Me ataban fuertemente, me ponían un embudo de plástico en la boca y por allí echaban el alimento en puré, desde una gran perola. Me obligaban a tragar. Me golpeaban. Yo me atragantaba y vomitaba. Y ellos insistían una y otra vez… una y otra vez… El loco estaba a punto de sollozar. Se levantó y apuró de nuevo la copa. Apenas era capaz de hablar sin balbuceos e incoherencias. Su borrachera era ya muy acusada. A pesar de ello se esforzaba en seguir narrando su historia. Lo hacía como si estuviera viendo lo sucedido. Como si delirara y aquellas escenas estuvieran delante de sus ojos. Decidí parar un poco semejante desatino. Le ofrecí un pitillo del paquete que él mismo había colocado sobre la mesa. Se lo encendí y casi a empujones lo llevé hasta la ventana. La abrí y el ruido de la ciudad penetró hasta aquel salón, que muy bien hubiera podido ser la mazmorra de un castillo de la Edad Media, a juzgar por lo que él loco estaba contando. Un aire fresco penetró en una gran oleada. Respiramos. La boca muy abierta, sin decir nada.

Allí estuvimos largo rato en silencio. Miré el reloj. Eran más de las dos de la madrugada. Llevábamos horas hablando. Deseé marcharme. Pero como escritor y buen periodista, su historia era demasiado interesante para cortarla justo en ese punto. Cuando le noté más calmado le invité a sentarse y seguir con una historia que pocos creerán real. Sin embargo, luego me documenté sobre las prácticas psiquiátricas de aquella época y pude comprobar que el loco aún se quedaba corto. Los frenopáticos de aquel tiempo, anterior a la nueva psiquiatría, eran auténticos infiernos. Duchas frías, cadenas, etc. La locura es una de las enfermedades menos conocidas y más terroríficas. Estoy convencido de que aquellos psiquiatras que trataron al loco procuraron más exorcizar sus demonios que curarle. La locura nos da miedo, nos aterroriza. Porque si hay algo que va más allá del horror es la posibilidad de que alguien siga vivo sin consciencia de sí mismo. -Siga con lo que me estaba contando….

-¿Qué más podría contarle? A partir de aquel momento –y no tendría más de veinte años- mi vida se transformó en un infierno, no una temporada como creo que dice Rimbaud, sino muchas temporadas, con algún que otro periodo de calma. La huelga de hambre tuvo que ser descartada como medida de presión, porque la alimentación que recibía era realmente brutal. Aparte de lo mal que lo pasaba intentando no ahogarme, la humillación terrible que recibía día tras día, era algo superior a mis fuerzas.

-¿Abandonó la huelga de hambre?

-No sin luchar hasta el último aliento. Me sacaron de la habitación y me llevaron a un sótano, con camas de hierro, húmedo y solitario. Allí estaba solo todo el día. Me ataron a la cama. Pero no con vendas o con ataduras de cuero, como he visto que a veces atan a los pacientes en los hospitales. No. Me ataron con cadenas.

-¿Con cadenas? ¿Lo dice en serio?

-Muy en serio. Eran auténticas cadenas y muy gruesas. Me sentí como un condenado a muerte en una mazmorra de un castillo medieval. Es cierto que había luchado por desprenderme de mis ataduras, como haría cualquier preso. El derecho a la libertad es lo más sagrado del hombre. Pero nunca hubiera podido romper unas ataduras de cuero. Fue un castigo humillante, salvaje, y concienzudamente pensado para destrozar mi “ego”. No podía romper las cadenas, pero podía salvar mi dignidad. Lo hice con la madurez que un joven de veinte años es capaz de desarrollar en una vida dura y repleta de tragedias.

“Pero discúlpeme, creo que he recordado mal la secuencia de los hechos. Han pasado ya tantos años que no es extraño que la memoria me juegue a veces malas pasadas. La huelga de hambre no la decidí así como así. En realidad lo que ocurrió fue lo siguiente:

“ Llegaron mis padres a visitarme y una vez más les reiteré la necesidad de que me sacaran de allí. De no hacerlo terminaría por volverme realmente loco. Les supliqué que no hicieran caso de aquel psiquiatra joven e inexperto. El hecho de que hubiera estudiado una carrera universitaria y tuviera una docena de títulos no le hacía necesariamente una persona sensata y sabia… No me hicieron caso. Para ellos era sencillo decidir entre la ciencia de un sumo sacerdote y la evidente locura de un hijo. Les bastaba con hacer caso de la cabeza, en lugar de escuchar a su corazón.

“Desesperado salí corriendo hacia la salida. Atravesé el inmenso patio como si me persiguieran los peores demonios del infierno, lo que no dejaba de ser cierto, y decidido emboqué la puerta de salida, donde un portero controlaba todas las entradas y salidas. Pero no pude llegar hasta él. Había previsto que sería fácil deshacerme de un portero mayor y menos fuerte que yo. Algo imprevisible, el destino, me tumbó en el suelo. Siendo un niño ya había sufrido una crisis nerviosa, con efectos asmáticos, cuando me enfrenté en la escuela con los matoncitos que deseaban mis canicas. No recuerdo si le he contado ese episodio. Imagino que sí. En aquel momento ni se me pasó por la cabeza esa posibilidad. Sin embargo ocurrió. El estado de nervios en que me encontraba, unido a la desesperación y a una cólera sorda que no era capaz de controlar, me produjeron una terrible crisis asmática. No podía respirar, me ahogaba literalmente. Tuve que dejarme caer al suelo y desde allí, boca arriba, rogué a Dios que no permitiera mi muerte de una forma tan humillante. Abría la boca hasta desencajarme las mandíbulas e intentaba que un poco de aire penetrara hasta mis pulmones.

“Los celadores que habían salido tras de mí, siguiendo las órdenes del psiquiatra, se lanzaron sobre aquel deshecho humano que jadeaba en el suelo. No se anduvieron con contemplaciones, no tuvieron compasión, ni siquiera se llegaron a plantear que yo era un ser humano. Sencillamente debieron pensar que su trabajo estaba en juego y decidieron darme una paliza de muerte, para que aprendiera a pensar en los demás.

“¿Qué necesidad existía de patear a un joven que, tirado en el suelo, estaba más preocupado de respirar lo suficiente para no ahogarse, que de escapar? Me patearon como en las películas. Con la puntera de sus zapatos me golpearon en los costados, hasta cansarse. Luego me pisaron el pecho, por si aún lograba aspirar algo de oxígeno. Creo que también llovieron puñetazos sobre mi rostro, hasta hacerme sangrar por la nariz. Yo no podía suplicar, porque no era capaz de hablar. Tampoco podía enfrentarme a ellos, dos matones de gran envergadura. Me limité a encogerme como si fuera un fetillo en el vientre materno y a decirle a Dios que si me sacaba de allí vivo le prometía ser bueno el resto de mi vida.

“Ni Dios ni los matones me hicieron mucho caso. Si logré sobrevivir no se debió a que la divinidad aceptara mi pacto, ni a que los matones consideraran que la paliza había sido más que suficiente. La aparición de mi madre, chillando como una loca y llorando como una “mater pietatis”, la intervención de mi padre, y sobre todo la orden del terapeuta (que no se dio mucha prisa en darla) me libraron de una muerte cierta, a los pies de unos auténticos bestias que con absoluta seguridad estaban más locos que yo. Como puede ver la cordura y la locura no se miden por normas inmutables. Quien tiene poder será siempre cuerdo, haga lo que haga, y quien carece del menor resorte para meter miedo en su entorno, será siempre un loco, aunque esté sobre el suelo, recibiendo una mortal paliza. Aquello no podía ser cierto, pensé, con estupor.

-¿Me dice en serio que recibió una paliza tan terrible de quienes estaban encargados de cuidar de su salud?

-¿Cree que miento? Ahora resulta difícil imaginarse cómo eran los frenopáticos en aquellos tiempos. Solo quienes hemos vivido en ellos sabemos el “trato” que los supuestos y amables cuerdos daban a los locos, poseídos por Satanás y capaces de matar a nuestra propia madre, si no se nos sujetaba con cadenas, en sótanos inmundos.

-Disculpe si le he dado esa sensación. No veo que tenga tanta imaginación como para escribir esa novela en su cabeza, ni mucho menos considero que le mueva algún interés en desprestigiar a profesionales e instituciones que ya están fuera de la circulación.

-No, no me mueve ese interés. Si así fuera le daría nombres y apellidos y situaría los centros en lugares perfectamente identificables. Al salir de allí hubiera puesto una denuncia y habría intentado que aquellos malnacidos no quedaran impunes.

-¿Cómo logró salir de allí?

-Me costó un tiempo. Los celadores me arrastraron por el suelo de cemento, sin la menor consideración. Mis padres contemplaron horrorizados la escena y el psiquiatra debió de esbozar una sonrisa irónica.

“Ya te lo dije, chaval, te necesito aquí el tiempo suficiente para poder estudiar a mi conejillo de indias favorito”. “Permanecí atado con cadenas, como un forzado, durante varios días, tal vez más de una semana. Continuaban obligándome a comer, utilizando el embudo de plástico. Me sujetaban la cabeza, me introducían en la boca una horma de goma, para que no pudiera cerrarla y a través de ese artilugio me arrojaban el puré lo que fuera, como el surtidor de una gasolinera echa, implacable y rítmicamente, el combustible en el depósito del coche. Aunque debo decirle que más que un coche yo me veía como un cerdo cebado para el matadero. No me hubiera sorprendido la aparición de un matarife, con un cuchillo bien afilado, en aquel sótano húmedo, infecto.

“Lo esperé con cierta ilusión. Prefería que me descuartizaran a soportar aquellas horas que se hacían infinitas, tumbado en la cama de hierro, con el colchón meado por mis predecesores y oliendo como en una cloaca. Las manos atadas me impedían leer, suponiendo que alguien me hubiera dejado un libro; no me permitieron el transistor –a mis razones contestaban con risas, era evidente que intentaban doblegarme a cualquier precio- solo tenía mi mente para viajar sobre nubes de fantasía o para ser torturado por imágenes de un previsible futuro que no cesaban de atormentarme un solo segundo… Solo la mente era mía, porque mi cuerpo era totalmente suyo.

“Aprendí a fantasear sin interrumpirme durante horas y horas, días y días. De aquel infierno me quedó mi facilidad para inventarme cualquier tipo de historias, para delirar como un auténtico demente, sin serlo. Llegué a descubrir todas las argucias que la cabra loca de mi mente inventaba para perderme. Cuando años más tardes leí esa misma expresión en un libro de budismo, me eché reír con ganas. ¿Acaso necesitaba yo a un lama para saber que nuestra mente es la peor cabra loca que uno puede echarse a la cara?

“Me hice más duro, mucho más duro, de lo que era al entrar en aquel infierno. Al salir llegaría a pensar que yo era el hombre más duro de este planeta, un auténtico superviviente… Ja,ja. Era un ingenuo y lo seguiré siendo hasta mi muerte. Si hubiera sido la mitad de duro de lo que pensaba, la vida no me hubiera sacudido tantas “hostias” como recibiría la siguiente década.

“Decidí abdicar de una parte de mi dignidad, de la que era capaz de prescindir sin volverme loco, sin dejar de considerarme un ser humano y buscar, a través de la astucia y la interpretación magistral, una puerta abierta que me permitiera alejarme de aquellas calderas de pez y sangre hirviendo, hacia la cumbre de cualquier montaña, donde pudiera respirar a gusto, sin recibir una patada en la barriga. Lo planeé cuidadosamente, con gran meticulosidad … y así lo hice.

-¿Qué hizo?





EL LOCO DE CIUDADFRÍA VI (NOVELA)

29 10 2016

PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO IV

Me quedé con el tenedor en el que había pinchado un trozo de tortilla, a mitad de camino de mi boca. ¿Cómo alguien puede “ver” lo que aún no ha sucedido? No tenía sentido, a no ser que estuviera hablando del ojo del culo, nuestro tercer ojo, sin duda. Fue una imagen fugaz, nacida de la parte más oscura de mí mismo. Al fin y al cabo yo era el que había llegado hasta el loco, con una petición, no él quien se había acercado hasta mí para hablarme del tercer ojo. Si bien hasta aquel momento había relativizado su locura –como simples manías llevadas al extremo de la patología fóbica, debido a la soledad en que llevaba años viviendo – ahora me planteo que tal vez me equivocara y su locura esté más soterrada de lo que yo pensaba.

Me repuse, continué el movimiento de mi brazo hasta mi boca y mastiqué con calma el trozo de tortilla. Luego me serví otra copa de vino y la apuré de un trago. Iba a necesitar la euforia del alcohol. Decidí cambiar de tema, sin profundizar más en sus palabras.

La cena fue un agradable momento gastronómico, salpimentado con una conversación inteligente y culta. Quise saber cómo se las arreglaba para llevar sus días solitarios. Me habló de su pasión por la lectura. Sus autores favoritos eran Dostoievski y tres novelistas católicos que yo no conocía muy bien. Graham Greene, Julien Greene y Bernanos. Me habló de música, de cine, de arte, de filosofía… Sin dura era un hombre culto, que había asimilado muy bien sus lecturas.

Al terminar el loco salió del salón, regresando con luna cajetilla de tabaco. Encendió un pitillo y me ofreció. Fumo muy poco, pero me apetecía un cigarrillo. Acepté el ofrecimiento. Entonces decidí que era el momento de comenzar la entrevista. Nuestros estados anímicos no podían ser mejores tras una sustanciosa cena, muy bien regada.

-¿Puedo encender la grabadora?

El loco se levantó para buscar mi cazadora, que había colgado de una percha en el pasillo. Me la tendió. Extraje la grabadora, colocándola sobre la mesa, después de hacer un poco de sitio. Mi experiencia me decía que ni un solo carraspeo del loco se perdería desde aquella distancia.

-¿Cómo empezó todo esto? –le solté a bocajarro.

-¿Mi locura? Claro, no podría tratarse de otra cosa… Pues verá… Estoy convencido de que el loco se hace, no nace. ¿Acaso ha visto usted un bebé diagnosticado de una grave patología mental? ¿ Y un niño? Un adolescente es más fácil. La adolescencia es una etapa complicada. Se puede caer en una depresión o incluso llegar a un intento de suicidio. Y en cuanto a patologías severas… Hay adolescentes acosadores, incluso asesinos.

-¿Su locura comenzó también en la adolescencia?

-Tal vez, aunque fui un niño muy rarito. Muchos confunden la “rareza” con la locura. Te califican de loso solo porque eres distinto a ellos. Alguna vez he llegado a pensar que tal vez la locura no sea otra cosa que hacer en público lo que los demás creen que debe hacerse en privado. Si yo me hubiera desahogado en la intimidad nada de esto habría ocurrido. Pero es mejor comenzar por el principio… No tendría ni seis años cuando me escapé de casa –entonces vivíamos en un pueblecito de montaña- y me dirigí al cementerio. Necesitaba saber cómo era posible que personas vivas, a las que uno se acostumbra de ver todos los días, podían terminar como simples huesos, enterrados bajo tierra.

“El cementerio estaba cerrado, como es natural. Me senté en el suelo, frente a la cancela, y la verdad apabullante de que la muerte era un hecho real y no una hipótesis de futuro, me invadió hasta la médula. ¿Cómo podía un niño de esa edad plantearse una cuestión tan filosófica, tan madura? Al niño que permanecía en silencio, mediante sobre las postrimerías, no le importaba cómo había surgido la vida, ni qué explicación tenían para ello los científicos, solo necesitaba una respuesta: ¿existía un más allá, seguiríamos viviendo, aunque fuera de otra forma, una vez que el cuerpo hubiera sido devorado por los gusanos? Nada tenía el menor interés. Uno podía vivir años y años y tener todo lo que quisiera, hasta los mejores juguetes, pero si un día iba a morir, nada importaba un comino. Tardaría algunos años en saber que no era el único que pensaba así. En unos ejercicios espirituales, en Semana Santa y en el colegio religioso donde estudiaría el bachillerato, un fraile nos habló de San Ignacio de Loyola y sus ejercicios espirituales. Por lo visto se había convertido al contemplar el cadáver de una joven, puede que fuera su novia o no, mi memoria no llega a tanto, fallecida en la plenitud de la vida. El también se había planteado para qué servía la vida si uno tendría que morir, antes o después.

-¿Fue entonces cuando comenzó a pensar en la telepatía como una forma de no sentirse solo, de imaginar que si todos podíamos hablarnos con la mente, tal vez se pudiera probar la existencia del más allá?

-Veo que no le han ahorrado detalles sobre mi locura. Sí, reconozco que durante un tiempo me comporté como si fuera un telépata. No es que estuviera absolutamente convencido de percibir pensamientos ajenos, no, mi locura no llegó al extremo. Simplemente ocurrieron cosas que superaban mi capacidad de asimilación. Mi fantasía pudo a la lógica.

-¿Qué importancia tuvo para usted aquella visita al cementerio a tan temprana edad?

-Aunque resulte difícil de creer en un niño tan pequeño, fui muy consciente de la gran revelación que acababa de vivir y tomé una decisión que ha marcado mi vida. Decidí que el más allá existía y nada ni nadie me ha podido arrebatar esa creencia a lo largo de mi vida? Permítame que deje de momento el tema de la telepatía. Antes de narrarle cómo llegué al borde de la locura y aventuré un paso más allá, antes de retroceder, me gustaría mostrarle, aunque solo sea muy por encima, los hitos fundamentales en mi camino hacia la demencia.

“Me he olvidado de mencionar dos acontecimientos que marcaron mi niñez. El primero debió de ocurrir teniendo yo unos tres años. Me regalaron una perrita muy cariñosa, la llamé Tula y me encapriché de tal manera con ella que me pasaba el día en la calle, jugando y acariciándola constantemente. Por desgracia un día se escapó de mi lado e intentó cruzar la carretera? La atropelló un camión. Fue un trauma tan espantoso que solo años más tarde llegaría a recordarlo, cuando mi madre lo mencionó una vez, como de pasada.

“El otro acontecimiento también tuvo que ver con la muerte. Mi padre era minero, un trabajo muy duro. Ganaba poco y comíamos lo que podíamos. Había salido de Asturias tras una huelga salvaje, duramente reprimida. Una tarde, al volver del trabajo, se desmayó al bajar del autobús. Mi madre recibió la visita de una vecina del pueblo. Cuchichearon en voz baja, pero yo pude entender que mi padre había sufrido un ataque fulminante y estaba muerto.

“Para un niño no existen medias tintas. Si alguien te dice que tu padre está muerto crees a pies juntillas que lo está. No te planteas si la otra persona está equivocada o si tal vez solo sea el susto del momento. Si un adulto te dice algo, lo crees y basta. Así pues debí enfrentarme a la muerte de mi padre con seis años. Quise acompañar a mamá, pero ésta me dejó a cargo de la vecina y salió corriendo? Luego resultó que si bien la muerte estuvo mirando largo rato a los ojos de mi papá, éste logró salir a flote. En realidad se trataba de una úlcera de duodeno. Había estado perdiendo sangra durante un tiempo, pero no quiso darse cuenta o si lo observó prefirió callarse, puesto que una baja por enfermedad nos dejaría con serias dificultades para comer.

“Lo ingresaron, lo operaron y regresó a casa. La muerte había pasado de largo esta vez. Pero no por eso la impresión dejó de ser algo indeleble en el corazón de aquel niño sensible. A los diez años me reclutó un fraile que iba por los pueblos, como un pescador, intentando que ingenuos infantes picaran el cebo. Nunca olvidaré el sacrificio que supuso para mi familia el dejarme marchar a un colegio religioso, donde estuve interno ocho años.

-¿Ha sido su obsesión por la muerte la causa del miedo que dice tener a sus semejantes?. Si es así permítame decirle que no encuentro mucho sentido en esta relación causa-efecto.

-Y no lo tiene…al menos aparentemente. Si uno profundiza lo suficiente acaba por encontrar razones y sentido a todo; lo mismo que si una perforadora abre un agujero hasta la profundidad adecuada, termina por rebosar el magma del centro de la Tierra.

“En mi juventud, en cierta ocasión, pasé varios días en coma, a causa de un intento de suicidio. Pues bien, al despertar recordaba con todo detalle una terrible pesadilla. Desde una torre, en unamezquita, me dirigía a una gran multitud. No sabía ni en qué tiempo ni en qué lugar me encontraba, pero el jefe religioso árabe, vestido con túnica negra y turbante, que arengaba a la masa, era yo. Con otro cuerpo, pero era mi consciencia quien lo habitaba.

“En un momento determinado tomé la decisión de que estaba harto de mentiras e hipocresías. Entonces dije a los fieles, que acudían a la oración de la tarde, todo lo que pensaba de ellos y del mundo en el que habitábamos. Conforme me iba calentando, la masa comenzó a rebullir, a moverse, a gritar. Me increpaban con las frases más soeces, amenazándome de muerte. Llegado el punto crítico de mi exposición un grupo de gente, en las primeras filas, alzó la voz para pedir mi ejecución. Muchos se precipitaron a mi encuentro, por las escaleras de caracol, buscándome con odio feroz. Yo les esperaba, muy consciente de que mi muerte era segura. No me importó lo más mínimo. Antes de seguir engañándome y engañando a los demás, llevando una vida sin sentido, prefería la muerte.

“Pero una cosa es aceptar la transición y otra afrontar un sufrimiento prolongado en el tiempo y que llega a la máxima intensidad que es capaz de soportar un ser humano. Se arrojaron sobre mí, empujándome sin consideración por las escaleras. Caí rebotando de escalón en escalón, hasta llegar a la plaza donde estaba situada la mezquita. Allí habían preparado cuatro camellos y unas cuerdas. Me ataron de manos y pies, engancharon las sogas a los respectivos camellos y la multitud comenzó a gritar, con aullidos demoniacos. Las mujeres ululaban a la manera árabe que vemos en las películas.

“Los jefes de la rebelión tomaron de las riendas a los camellos, obligándoles a caminar hacia adelante. Un espantoso dolor me recorrió desde la punta de los pies a la coronilla. Los músculos se tensaron, apreté los dientes y juré por mi salvación eterna que nunca cedería ante una masa de canallas satánicos, que solo pensaban en sus intereses y que no sentían el menor reparo en asesinar, torturar, violar, masacrar a sus hermanos, para lograr riqueza y poder.

“Durante el tiempo que transcurrió, atormentado hasta el límite de la resistencia humana, sentí en repetidas ocasiones la tentación de arrepentirme, de chillar que me soltaran, les pediría perdón y sería su esclavo para siempre. Pero no lo hice, no fui capaz. Descoyuntaron mis miembros, me los arrancaron y expiré con un infinito odio en mi corazón y un deseo de venganza que no atenuarían los siglos ni las vidas.

“Al recobrar la consciencia me encontraba sobre una cama de hospital. Por la ventana creí escuchar el ulular de la multitud y la voz, llamando a la oración de un personaje religioso que hace esto en las películas?ahora no recuerdo como lo llaman?

“Tardé en darme cuenta de que en realidad lo que estaba oyendo era una taladradora, abajo en la acera y el tráfico y ajetreo normal en una ciudad. Tardé mucho tiempo en quitarme aquellas imágenes de la cabeza. Cuando entró una enfermera y me encontró despierto llamó a los doctores. Yo sudaba copiosamente ?un sudor frío- y la angustia me impedía articular palabra? Nunca he podido olvidar aquella pesadilla?

-Es terrible. Lo lamento. Pero pudo deberse sencillamente a las consecuencias del largo coma. Esto explicaría su miedo a la gente?si en realidad hubiera ocurrido, claro. Pero como usted imagina, no creo en otras vidas, ni en la posibilidad de la reencarnación.

-Sí, yo tampoco creía en la reencarnación entonces. Esta pesadilla y muchos otros sueños, me fueron haciendo cambiar de opinión. Nada es definitivo en esta vida, pero le aseguro que antes podría hacerme dudar de la existencia de esta pared que convencerme de que la reencarnación sea un cuento chino.

El loco tocó con la palma de la mano la pared, para a continuación golpearla con el puño una y otra vez. Me sentí molesto, deseoso de que la conversación tomara otro rumbo.

-¿De niño sentía el mismo miedo hacia la gente de su entorno?

-Eso es algo muy curioso. Es normal que un niño tema a los adultos que pueden castigarlo o que los vea como a monstruos, debo a que son mentirosos y mezquinos, pero llegar a sentir pánico en su presencia indica una patología muy severa y muy extraña. Desde que sufrí aquella pesadilla yo lo achaco a las consecuencias de una vida pasada en la que fui descuartizado por la furiosa multitud.

-No logrará convencerme. Tal vez se debiera sencillamente a que usted era un niño muy tímido, muy sensible, al que tomaban el pelo más de la cuenta. Los niños sensibles pueden reaccionar así.

-Pudiera ser una buena explicación cuando no hay otra, aunque a mí no me convence. ¡Qué quiere que le diga! Cuando uno toma un determinado camino siempre tiene alguna explicación a mano para razonar por qué lo ha hecho. Solo cuando se llega al final se sabe sin lugar a dudas se uno se ha equivocado o no… Mire, de niño me recuerdo ya mirando el suelo y la punta de mis zapatos, cuando caminaba por el pueblo, camino de la iglesia, para aprender el catecismo. Si me encontraba con alguien cambiaba de acera o me introducía en calles adyacentes y daba rodeo sin cuentos para evitar a una sola persona.

“En una sesión hipnótica- he pasado por todas o casi todas las terapias que conozco- el terapeuta me hizo retroceder al vientre materno. Descubrí con sorpresa –nunca fui consciente de haber pensado en ello alguna vez- que aquel bebé se movió conscientemente buscando enredarse al cuello el cordón umbilical. Estuve a punto de asfixiarme. Aunque le parezca increíble no deseaba nacer. Mi madre contó en alguna ocasión lo mucho que sufrió con mi parto. Al parecer me negaba a sacar la cabeza…

-¿También sabe lo que es la hipnosis?

-Sí. Fue una experiencia muy interesante y aleccionadora, aunque también muy dura. Pero si me permite seguiré con mi historia.

Me interesaban sus experiencias hipnóticas, pero decidí que lo mejor era dejar que el loco hablara libremente. Adopté la postura del terapeuta, que deja que el paciente charle por los codos y toma nota de lo que le parece interesante, haciendo como quien oye llover en las parrafadas que ya se sabe de memoria. No me sentía precisamente como un terapeuta con el loco. Sus problemas eran suyos y era él quien debería afrontarlos. Tampoco como un periodista que con sus preguntas encarrila la entrevista por el camino que a él le interesa. Se trataba de obtener todo el material posible de la vida de aquel hombre. Después decidiría qué hacer con él.

Tomé otro sorbo de mi copa y me recosté tranquilamente en el sofá. El loco hizo lo mismo y cerró los ojos, como si yo no existiera, como si no estuviera presente. Parecía hablar solo, dejando que las palabras flotaran en el aire. Supuse que estaba muy acostumbrado a hablar en voz alta consigo mismo. Todos los locos hacen lo mismo. Me pregunté cómo era posible que una persona ignorara de aquella manera a otra con la que supuestamente estaba hablando. No me di por ofendido, aceptando que los locos tienen sus propias normas de comportamiento social.

“Nos habíamos quedado en mi infancia. ¿Le he contado lo de mi perrita? Creo que no. Yo era un niño extraño… Sensible, decían los hipócritas de mi entorno. A los tres años perdí a mi perrita Tula, a la que amaba como si fuera mi hermanita. La atropelló un camión. Viví una tragedia sespiriana. Hasta el punto el punto que llegué a olvidarme por completo de haber tenido alguna vez una perrita. Solo años más tarde mi madre me recordaría un acontecimiento crucial en mi vida, que había bloqueado totalmente en mi memoria.A los dieciséis años me paseaba, de noche, antes de que nos recogiéramos para ir a dormir, por el patio del colegio. Entonces estudiaba sexto de bachillerato, o tal vez ya hubiera iniciado los dos años de estudios libres, fuera del esquema de estudios oficial, antes de entrar oficialmente en lo que ellos llamaban noviciado. Se pronunciaban los votos simples de pobreza, castidad y obediencia y se estudiaba teología.

Aquellos dos años preliminares nos daban un poco de todo y un mucho de nada. Filosofía, sociología, psicología y alguna cosilla más. Fue la filosofía la que más me afectó. Era tomista, por supuesto, aunque un cura “progre” nos enseñaba filosofía kantiana, y algo de Hegel, de Husserl y de Merlau Ponty, un filósofo contemporáneo por el que sentía pasión (creo que había estudiado en la universidad de Lieja, en Bélgica, me refiero al fraile). “Los silogismos tomistas me abrieron la mente a nuevos horizontes. Me permitieron poner en entredicho todo lo que me habían enseñado sobre la religión católica. Descubrí terribles contradicciones. Pero no fueron solo ellas las que me llevaron a plantearme el abandono. No entendía una vida de absoluta castidad. Me gustaban demasiado las mujeres para creer que podría ser casto el resto de mi vida. Y una vida hipócrita, intentando salvar almas, no me convencía.

“ Por entonces el balompié era mi pasión. Yo era seguidor incondicional del Real Madrid de su mejor época. Aún recuerdo la cancioncilla que cantábamos los niños del pueblo: Zoco tira a Pirri, Pirri tira a Muñoz, Muñoz se tira un pedo y atufa al portero… O algo así. No puedo recordarlo con exactitud. Mi meta en la vida era ser algún día jugador del Real Madrid, por lo que cuando el frailuco pidió voluntarios no pude resistirme y levanté el brazo. Aquel gesto cambió mi vida…

“La estancia en aquel colegio religioso me permitió tomar contacto con la cultura, pero también me convirtió en un adolescente angustiado, temiendo siempre que el pecado mortal de la masturbación me llevara irremisiblemente al infierno. Me lavaron el cerebro y durante el resto de mi vida no he hecho otra cosa que intentar llegar a las raíces de aquella planta y arrancarla entrenar la mente y adquirir una base lógica, con la que desmenucé y destruí todos los dogmas que habían introducido sibilinamente en el tierno subconsciente de aquel adolescente sensible. Tardé dos años en de cuajo.

“Como le decía, caminaba todas las noches por el patio, siguiendo las líneas marcadas con yeso en el campo de futbol. Sufría una crisis vocacional, en la terminología de los curas. Estaba pensando en abandonar mi carrera hacia el sacerdocio y salir al mundo, al demonio y a la carne. El estudio de la filosofía me permitió decidirme. Fue allí, paseando a la luz de las farolas, hasta que la llamada del timbre nos obligaba a recogernos, cuando mi creencia en el infierno se hundió para siempre. También se hundieron con ella el resto de mis creencias y especialmente mi confianza en los adultos y en el ser humano en general.

“Ahora estoy convencido de haber sufrido allí mi primer ataque de locura. No pensaba en otra cosa. Le daba vueltas y más vueltas a la idea de abandonar. Estuviera donde estuviera, en clase, comiendo, en la capilla, en el patio, mi obsesión era decidirme de una vez por todas. Creía estarme jugando no solo mi vida, sino incluso mi destino espiritual, mi futuro y la posibilidad de salvación. No creía en el infierno, pero de alguna manera pensaba que Dios me castigaría si abandonaba.

El loco se levantó, bebió de un trago el güisqui de su copa y se sirvió una buena ración. Sin decirme nada fue a buscar más hielo. Colocó algunos cubitos en mi vaso, sin pedirme permiso y escanció un buen trago. Llenó su copa de cubitos de hielo y se bebió el contenido sin parpadear. Con nerviosismo se sirvió una tercera copa. Pensé que estaba a punto de contarme algo muy doloroso y dramático. Su nerviosismo rayaba la paranoia.