EL LOCO DE CIUDADFRÍA IX (NOVELA)

21 03 2017

El loco logró tranquilizarse, se levantó sangrando por manos y frente y salió del salón. Yo lo seguí, temiendo una desgracia. En realidad se dirigió a la cocina para hacerse con una escoba y un recogedor. Suspiré aliviado. Me ofrecí como señora de la limpieza, no sin antes sugerirle que lo primero era curar las heridas, porque lo estaba poniendo todo perdido. Me dio las gracias, con mansedumbre franciscana y ambos tomamos el camino del baño.  El loco puso las manos bajo el chorro del grifo, en el lavabo. Observé preocupado que en su palma izquierda se había incrustado un trozo de vidrio. Le hice notar la necesidad de sacarlo y desinfectar la herida. Él me señaló un tarro de cristal, en el que pude ver un peine, unas tijeras y curiosamente unas pinzas, como las que usan las mujeres para depilarse las cejas. Ese detalle me sorprendió. A punto estuve de preguntarle si lo había olvidado alguna mujer.  Los efectos de la borrachera se me hacían más y más evidentes. Como bien sabía mi esposa, una cantidad indiscreta de alcohol acostumbra a ponerme rijoso e insufrible. La imagen de una mujer desnuda, depilando las cejas del loco, me hizo soltar una risita nerviosa. Comprendí que el alcohol había arrinconado definitivamente las emociones dramáticas en mi subconsciente y en su lugar las sensaciones eróticas no dejarían de molestarme el resto de la noche. 

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Pero lo primero era lo primero. Con las pinzas extraje el pequeño cristal de su carne. Debió de ser muy doloroso, aunque el loco no protestó, se limitó a cerrar los ojos y apretar los dientes. Busqué en el armarito un desinfectante. Rocié la herida con agua oxigenada. Esta vez el loco soltó un “cagamento”. Así los llamaba mi padre siendo yo un niño, “cagamentos” o reniegos. “Caguen tal, caguen cual”.  Así renegaban en mi pueblo. Por mi parte nunca pasé de un ingenuo “caguen diez”. 

 Con un trozo de algodón limpié las heridas de la frente y luego las vendé todas con mucho algodón y trozos de venda que pegué con esparadrapo. El loco me quedó tal como una momia recién salida del sarcófago. Hubiera disfrutado mucho embalsamándolo y vendándolo de cuerpo entero. Luego podría llamar a una prostituta. Estaba dispuesto a pagarla de mi bolsillo, con tal de ser espectador de la escena. Mi cerebro bullía con imágenes eróticas de todo tipo. La borrachera llevaba ese derrotero y no habría ya forma humana de parar su andadura.

 

 Decidí llevar a cabo la broma de la puta. Llamaría por teléfono y luego se la embriscaría al loco. Puede que con un poco de suerte me dejara presenciar su coito. Al fin y al cobo yo sería el pagano.  Todo se vino abajo cuando recordé que nunca había utilizado los servicios de estas profesionales.

¿De dónde sacaría un número al que llamar? No precisamente de las páginas amarillas.  Volví a reírme, comprendiendo que aquella fantasía era solo producto del alcohol. Estaba tan tomado que necesitaba urgentemente sentarme en el sofá y dejar que los efectos de la borrachera fueran remitiendo con el tiempo. 

Obligué al loco a regresar al salón, lo senté en el sofá y ante sus protestas me vi obligado a hacerme cargo de la limpieza. Con la escoba y el recogedor despejé el suelo. Cuando regresé de la cocina me dejé caer en el sofá y estuve riéndome un largo rato.  El loco observó la botella vacía, se levantó y sacó otra del mueble bar, esta vez de vodka. Bebió a morro. Después, con vocecilla de maricón me pidió disculpas.

 -Lo siento mucho. Le ruego me perdone. Cuando me dejo llevar por la cólera y pierdo el control soy capaz de las mayores barbaridades. 

-No importa, jaja. No importa. 

 No era yo quien hablaba, sino la borrachera. A pesar de tener los ojos entrecerrados era capaz de verlo todo con gran nitidez. El loco presentaba una estampa verdaderamente ridícula, con las manos vendadas y una gran venda circundando su oronda cabeza. Yo no era precisamente una maravillosa enfermera. Mi esposa se habría caído de culo de la risa de habernos visto en aquel momento. El suelo del salón aparecía salpicado de manchas de sangre, como seguramente estarían el pasillo y el cuarto de baño. Muy propio de una película barata de terror. Bastaría con apagar las luces y mezclar con la sangre un producto fosforescente para que cualquiera que entrara se cagara en los pantalones. 

 No pude controlar otra vez la risa floja, que como un esfínter sin control expulsaba todo lo que le iba llegando. En la euforia etílica –le arrebaté al loco la botella y eché otro trago- estuve a punto de plantearme seriamente llamar a una puta y rematar la noche. Imaginé la escena.

¿Información? ¡Dígame! Me gustaría que me facilitara el teléfono privado de una buena puta, limpia, bella, rubia, una auténtica madraza. ¿Está usted loco? Consulte los anuncios de la prensa.  Eso era. Me bastaba con mirar en los anuncios de cualquier periódico.  Pero yo no había visto un solo ejemplar y no era cuestión de preguntarle. Creo que lo habría hecho, de no pensar un segundo en la posible reacción violenta del loco. Eso me volvió sobrio un instante, el tiempo suficiente para descartar definitivamente esa posibilidad. 

-Lo siento. Le ruego me perdone. Se lo pido de corazón. Volvió a insistir el loco, que se echó el gollete de la botella a los labios y trasegó hasta quedarse sin respiración. Creo que estaba más borracho que yo, aunque lo llevaba de forma mucho más trágica. 

-No importa, jaja. No importa. 

Era incapaz de repetir otra frase, la risa me atragantaba y tuve que ponerme en pie e intentar darme con una mano en la espalda para desbloquear mis tubos respiratorios. El loco no se molestó por mi risa. Al contrario parecía asumirlo todo como una penitencia necesaria para redimir sus terribles pecados. 

 -¿Quiere que le cuente cómo salí del frenopático? 

-Si usted quiere…

  Lo que yo realmente deseaba saber era el mayor número de detalles sobre la vida sexual del loco. Pasarme el resto de la noche charlando sobre sexo. Reconozco que mis borracheras son insufribles en ese aspecto. Me pongo muy faltón, sobre todo si hay mujeres presentes. Gracias a Dios allí no había ninguna. El loco estaba más calmado, como un actor que acaba de representar una escena durísima, y al que le basta con carraspear unos instantes para adoptar su verdadera personalidad. Se mostraba muy serio y compungido. Cerré los ojos y me dejé llevar por la historia, al tiempo que la imagen de la puta entrando en ese momento al salón y arrojándose sobre aquel loco trágico y ridículo a un tiempo, casi me hace reír de nuevo. 

-Odio la hipocresía, la mentira, la farsa. No obstante reconozco su utilidad, porque fueron ellas las que me permitieron salir de aquel infierno. 

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“Me transformé en un gusano con patas. Un gusano que adoptara la forma antropomórfica (como en el relato de Kafka, solo que al revés) no se hubiera comportado de forma diferente. Me convertí en un joven alegre, simpático, cordial. Reconocí humildemente mis errores. Admití mi locura y confesé mis deseos de curarme. Al cabo de un mes todos estaban convencidos de que yo era un hombre nuevo. El psiquiatra se pavoneó de lo efectivo de sus métodos. Al cabo de dos meses me dio el alta, encantado de haberme conocido. Mis padres… 

-Perdone. Pero después de la escenita que me ha obligado a presenciar, me gustaría pedirle un favor. 

-Dígame.  Espero que no se moleste, pero llevo toda la noche deseando hacerle esta pregunta. 

-Hágala. No importa de qué se trate. Aunque fuera la pregunta más íntima e indiscreta, estoy deseando purgar mi pecado. 

-Me alegro de que piense así. Verá… ¿Qué saca usted de mirarle el pecho a las damas? ¿Se pone cachondo? 

El loco me miró con una tristeza infinita en sus enrojecidos ojos. Me sentí mal, viendo en su mirada la profunda decepción que mi pregunta le había producido. Con el tiempo llegaría a saber que después de un estallido de cólera era posible lograr de él casi cualquier cosa. Su humillación y su deseo de hacerse perdonar resultaban repugnantes, algo hediondo, algo que uno nunca puede olvidar. Me recordó al personaje de Dickens, Uriap Heep, creo que se llamaba, en su novela David Coperfield. Sin duda el personaje más repugnante y hediondo de toda la historia de la literatura. 

 -Está bien. Se lo contaré. Nada tengo que perder. Seré totalmente sincero con usted. A cambio algún día le pediré igual sinceridad. 

-Se lo prometo.

-Pues bien… Se trata de una especie de técnica tántrica. ¿Sabe qué es el tantrismo? 

-Algo he oído. 

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-Las filosofías materialistas todo lo achacan al cuerpo y a las leyes de la materia. Sin embargo la mente es mucho más poderosa. La energía es más elevada que la materia. El orgasmo no es solo ni principalmente un efecto hormonal. Un estímulo que hace acudir sangre a los órganos sexuales y éstos se disparan hasta llevar a efecto aquello para lo que están preparados. Nuestra mente controla nuestro cuerpo y la energía que somos está a su servicio. Estoy convencido de que el orgasmo es algo mental, lo mismo que la vida y el universo. La materia solo es el ropaje, el vestido, que adapta la energía, que es la esencia de todo lo creado. 

“Pues bien. Le aseguro por propia experiencia que se puede alcanzar el orgasmo solo con la mente. La fantasía puede llevarnos aún más lejos que el contacto de dos cuerpos desnudos, piel con piel. 

“Aunque no se lo crea, de esta manera he alcanzado los orgasmos más intensos y maravillosos de mi vida. Solo se me ocurre una metáfora: el éxtasis erótico. Creo que el éxtasis místico y el erótico proceden del mismo tronco, aunque el primero es aún más elevado y espiritual. 

“Me basta con relajarme, con entrar en un estado alterado de consciencia e imaginarme haciendo el amor con una mujer, para que esto se haga realidad de una forma que resulta incomprensible para quienes no lo hayan experimentado… 

-¿También le ha sucedido con mi esposa?

 Me arrepentí antes de haber formulado aquella pregunta. ¿Qué me estaba sucediendo? La maldita borrachera me llevaba más lejos de lo que nunca me habría llevado fuera de la presencia del loco. Solo con el tiempo llegaría a saber el terrible error que acababa de cometer. Es de mal narrador adelantar los acontecimientos, sin embargo como esto no es exactamente un relato, sino más bien la documentación de una locura, me puedo permitir ese lujo. Aquella estúpida pregunta cambió mi vida para siempre. De no haberla hecho tal vez hubiera continuado siendo un cuerdo normal y feliz. A partir de ese momento mi vida entraría en la locura y solo Dios sabe lo que pagaría por hacer retroceder el tiempo y no haberla formulado. Debí haberme mordido la lengua o llenado la boca con algodón y cerrado mis labios con esparadrapo. ¡Maldita sea mi estampa! Como diría el loco. Pude haber elegido otro camino y no lo hice. Pagaría esa culpa el resto de mi vida. 

 El loco me miró casi con lástima, una tristeza infinita latía en sus ojos apagados. El sí era consciente, como supe más tarde, de que yo había pasado el límite del que ya nunca se puede regresar. 

 -Su conducta solo es explicable por la borrachera que lleva encima, aún mayor que la mía. Aún así le prometo que un día, no muy lejano, tal vez más próximo de lo que yo mismo pienso, se arrepentirá de sus palabras. 

-¿Qué piensa hacerme? 

-Yo no haré nada. Pero el karma actuará sobre usted, antes o después.

 

 





EL LOCO DE CIUDADFRÍA VIII

31 01 2017

 

-¿Qué hice? Humillarme hasta transformarme de insecto en gusano. Repté por el suelo hasta llegar a la puntera de sus zapatos, desde allí alcé mis ojos suplicantes, humildes hasta el vómito, y les dije lo que llevaban tanto tiempo deseando escuchar: “Sí, amados cuerdos, generosos normales, he decidido abandonar mi huelga de hambre. Y no lo hago porque os considere más fuertes y poderosos, sino porque he descubierto que estaba equivocado, que mi actitud procedía del demonio tentador, del orgullo satánico, de la testarudez del loco, de la irracionalidad del demente, del rugido de la bestia, de la obcecación del buey atado al yugo.

“Sí, amados cuerdos, generosos mortales, he decidido pediros perdón, suplicar de vuestra generosidad, de vuestra sensibilidad, de vuestra humanidad, me concedáis una oportunidad, una última oportunidad, antes de arrojarme a la sentina, de cubrirme de lodo y de mierda, de transformarme en una rata de cloaca.

“Sí, mis muy amados normales, mis adorados y sensibles amigos, he decidido que nunca, nunca, que jamás volveré a rebelarme contra el poder establecido, contra la cordura, la normalidad, lo políticamente correcto, lo verdadero. Nunca volveré a alzarme contra las palabras de leche y miel que brotan de vuestras bocas, contra la palabra divina que os ha sido transmitida de generación en generación. Vosotros poseéis la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Como poseedores de la verdad absoluta os reverencio, os adoro, os rezo, os suplico. Aquí estoy, arrojado a vuestros pies, como un humilde pecador, deseando el perdón y las sagradas aguas bautismales de la penitencia.

-¿Eso hizo que le soltaran?

-Jaja. Es usted un ingenuo. Ni aunque hubiera pasado mi lengua por la suela de sus zapatos, ni aunque hubiera limpiado los vómitos de todo el frenopático a lengüetazos, ni aunque les hubiera subido a un altar y adorado sacrificando animales y quemando su grasa en sus altares, ni aún entonces me hubieran perdonado. Antes necesitaban saber si mis palabras brotaban de un corazón arrepentido o de un loco, émulo de Marlon Brando, que estaba realizando la mejor interpretación de su vida.

“Por supuesto que no me soltaron de inmediato. Con la disculpa de que eso solo podía autorizarlo el psiquiatra, que no estaba en aquel momento, me mantuvieron atado con cadenas veinticuatro horas más. Cuando el joven terapeuta, el dios de la ciencia, aquel mequetrefe que deseaba medrar a mi costa, llegó a su despacho y se enteró de mi cambio de actitud, fue a visitarme y se alegró de corazón de que hubiera empezado a pisar la dulce senda de la racionalidad. No obstante aquello bien podría deberse a la capacidad simulatoria del loco, que con tal de librarse del merecido castigo, es capaz de arrodillarse ante cualquiera. Otras veinticuatro horas lograrían convencerlo de la sinceridad de mi propósito de enmienda. Y cuando estas pasaron necesito un día más para reafirmar su certeza.

“Aquella humillación extra nunca se la perdoné. Estoy seguro de que si hoy día me lo presentaran cara a cara no lograría controlarme lo suficiente para no aferrarme a su cuello y apretar hasta que el morado pasara al pálido cadavérico. Un terapeuta que actúa de esa manera no pretende curar a un enfermo, sino vengarse de él, doblegarle, humillarle hasta convertirlo en su esclavo, en una marioneta que salta y brinca a su voz meliflua de dictador omnipotente.

“Mire… Nunca negaré mi tozudez, mi cabezonería de tauro redomado, mis delirios y utopías de rebelde estúpido, fuera de la realidad. Nunca negaré mis defectos, porque están ahí, a la vista de todos. Pero hay algo que no soy ni seré nunca: una mierda de persona, capaz de lamer cualquier culo del que pueda obtener una ventaja.

“Soy un ser humano que no puede soportar la injusticia sangrante. Que no puede callarse y decir que no está viendo nada, cuando un hermano es masacrado por un poderoso, aunque su poder sea muy relativo y casual, como en esencia son todos los poderes, que se basan en circunstancias que terminan por pasar con el tiempo.

“Soy un hombre muy paciente, como lo he demostrado en reiteradas ocasiones a lo largo de mi vida. Pero esas situaciones en las que un hombrecillo normal y corriente acaba por considerarse un dios, dueño de vidas y haciendas, me acaban superando siempre. La santa cólera estalla como fuegos artificiales y una situación cualquiera, que bien podría haber sido tan solo un pequeño tropiezo, se transforma en un auténtico infierno.

“Lo peor en realidad no es eso, las complicaciones y pequeñas tragedias que me acarrean esos brotes de rebeldía, el típico problemilla que debería resolverse en un tiempo razonable. Lo peor, la secuela que acaba destrozando mi vida, y debido a la cual nunca seré capaz de perdonar a ese tipo de “personajillos” es el rencor que se va acumulando en mi interior. Lo peor es el odio que se pudre en mis entrañas. Que me impide perdonar a quien me han hecho mucho daño. Que me impide relacionarme con normalidad con quienes ni siquiera me han hecho el menor daño, a los que acabo de conocer y que incluso a simple vista me parecen buenas personas.

“Es el gran defecto de carácter por el que estoy aquí, en esta vida, purgando mi karma, e intentado evolucionar hacia un nivel superior de consciencia, hacia una espiritualidad más pura y generosa. Todo, absolutamente todo, desde que tengo uso de razón, ha gravitado alrededor de este agujero negro.

“Mi incapacidad para perdonar me ha hecho perder amigos, mujeres con las que podría haber tenido una relación más o menos satisfactoria; me ha hecho sufrir cuando debería haber sido feliz; me ha convertido en un marginal, cuando tal vez estaba destinado a ser un buen relaciones públicas, a la fama y al laurel. No podría deletrearle ahora todo lo que he perdido en la vida debido a esa absoluta incapacidad para perdonar a quienes me atan con cadenas, me escupen a la cara, me llaman loco, me insultan, me señalan con el dedo, se burlan de cada paso que doy. No puedo perdonar a quienes hablan a mis espaldas, a mi presencia, como si yo no estuviera presente. A quienes se llevan el índice a la sien y se la barrenan, dando a entender que lo mío solo podría solucionarse si alguien, con suficiente valor, me barrenara el cráneo y me sacara con las uñas todas esas neuronas podridas que me convierten en un rebelde, en un loco sin remedio.

“No puedo perdonarles… y puede usted estar seguro de que lo intento. Lo intento una y otra vez, un día tras otro, dormido y despierto… Pero soy incapaz. Me veo allí, tirado en el suelo de cemento, siendo pateado por brutos sin entrañas. Me veo atado con cadenas sobre una cama llena de orines y humedad. Me veo en el aire, a punto de romperme la columna contra el suelo, para después tener que escuchar el aullido inhumano de mi madre. Me veo con cables pegados a la cabeza, como si fuera un electrodoméstico. Me veo como un amnésico que ha olvidado hasta su nombre, que piensa que bien podría ser un asesino en serie lobotomizado.

“Me veo trepando a una torre de alta tensión y colgándome de un cable. Me veo arrojándome a un metro de cabeza. Me veo apretando el cañón de una pistola contra mi sien. Me veo tragándome pilas y monedas para que si al menos no pudiera salir del frenopático, solo posean un cuerpo muerto, como una cáscara vacía. Me veo humillándome ante todo el mundo, halagando su vanidad, intentando pasar desapercibido… no sea que me reconozcan como el loco, como el loco que tantos sumos sacerdotes de la ciencia consideraron como incurable, como irrecuperable.

“Me veo sufriendo angustias infinitas antes de cada intento de suicidio y después de cada intento de suicidio, y en los intermedios entre suicidio y suicidio. Me veo deseando la muerte una y otra vez. Me veo incapaz de salir de casa, por miedo a que los cuerdos me señalen con el dedo. Me veo arrastrándome como un gusano por las aceras, porque soy incapaz de caminar como un hombre después de que algún cabrón me haya llamado “loco”. Me veo sentado en un banco público, esperando a que la fobia pase, a que la manía obsesivo-compulsiva acabe por deshincharse, como un globo pinchado con un alfiler.

“Me veo renunciando a vivir una vida normal, a tener amigos, a mirar a una mujer a la cara, no sea que mi mirada se desvíe hacia sus senos o hacia sus piernas, o la imagine desnuda o…. ¿Quién sabe lo que es capaz de hacer una persona con tal de no tener que relacionarse con aquellos cabrones que le han puesto cables en la cabeza, le han atado con cadenas, le han obligado a comer a través de un embudo insertado en su boca; le han considerado incurable en nombre de la sagrada ciencia y han escrito cartas a mis padres diciéndoles que donde mejor podría estar sería en el monte, con las cabras… Allí no daría guerra, allí el resto de los normales y cuerdos del planeta podrían seguir viviendo sus maravillosas vidas, colgados de la pantalla del televisor, donde se pueden contemplar programas que rebosan “cordura” por todos sus poros.

“No, no puedo molestar a personas tan maravillosas, que se pasan los días intentando ganar dinero para comprarse otro coche mejor y otro piso mejor y unas mejores vacaciones y… Todo lo centran en el puto dinero y a mí me llaman loco, porque yo he intentado descubrir la razón última de las cosas. He intentado descubrir por qué estamos aquí, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Porque no puedo vivir sin saber si hay un más allá del último suspiro… me llaman loco. “Porque para mí una vida sin amor y sin cariño es una mierda de vida. No merece la pena. Por eso me gusta la amistad y el amor y el cariño y la comunicación y la verdad y la sinceridad y la generosidad y la solidaridad y un mundo mejor donde la gente no pase hambre y no se suba a las pateras buscando un mendrugo de pan… Y ellos, los muy cabrones, me llaman loco y me señalan con el dedo por la calle y se burlan de mi hasta obligarme a sentarme en un banco y esperar que pase la fobia y me ven arrastrarme por las aceras, como un gusano, incapaz de mirarles no sea que mi mirada se desvíe hacia su bragueta y me llaman marica o se desvíe hacia sus senos y me digan que soy un mono lujurioso.

“Pero a pesar de verme así, como un gusano al que todo el mundo se siente con derecho a pisotear y enmerdar… a pesar de ello no soy capaz de perdonarles. Soy consciente de que tendría una vida mejor, de que sería más feliz, de que no tendría tantos problemas como tengo, de que… ¡Qué importa! Porque no puedo perdonarles. ¡Maldita sea! No puedo y lo reconozco… Porque cuando intento perdonarles en mi corazón me veo una y otra vez volando en el aire, electrificado, achicharrado, encerrado como una alimaña. Cada vez que intento mirarles a la cara la mirada se desvía, porque les odio, les odio, ¡maldita sea, cuánto les odio! Aunque muchos de ellos nunca me hayan dicho una palabra, aunque ni siquiera me conozcan. Para mí, en el fondo del subconsciente, no dejan de ser aquellos malditos cabrones de psiquiatras que fueron incapaces de darme un abrazo y decirme una sola palabra de cariño que me habría curado. Ellos, estos malditos cuerdos, actúan de la misma manera. En lugar de tenderme la mano, de darme un beso, un abrazo, de decirme una palabra de cariño, me señalan con el dedo y se burlan de mí, de mi incapacidad para andar con normalidad por una calle, de levantarme de un banco cuando quiero y no cuando me deja la fobia, de mi incapacidad para no mirar los senos de una mujer o las piernas, o imaginarla desnuda, porque esa es mi forma de pedir un poco de cariño, de vengarme de cuanto malnacido y cabrón pulula sobre la faz de este planeta de mierda.

“Ellos, los malditos cuerdos, los hijosdeputa de normales, no son capaces de ver más allá de las apariencias. N o pueden ver en mi cabeza cables que me electrocutan cuando miro al suelo y soy incapaz de alzar la mirada. No pueden ver en mi mirada hacia unos hermosos senos de mujer la despedida de un suicida que va por el aire. La más hermosa despedida de la vida que se le ocurre. No pueden ver en mi encierro en el bunquer de mi casa el miedo que como un garfio al rojo vivo se me clava en el subconsciente. Porque yo, el loco, soy también el judío masacrado por Hitler y el niño violado por el pederasta, y la niña que ejerce la prostitución por un pedazo de pan y el negro que viene en una patera, arriesgando su vida y mil vidas, buscando un futuro mejor para sí y para todos los suyos. Y este maldito loco que se sienta en un banco de un paseo y es incapaz de levantar sus posaderas, es también la víctima del terror, de la tortura, del poder omnipotente y omnímodo. Y soy el depresivo, el esquizofrénico, el paranoico, el niño encantador con síndrome de Dawn, el enano primordial, el abuelo con alzheimer, el niño cristal, el invidente de nacimiento, el cheposo, el obeso elefante, la anoréxica esquelética. Y he sido asesinado millones de veces y he sido torturado y he sido violado y he muerto de hambre y sed y nadie me socorrió y sufría de necesidad de amor y nadie me amó y sufría de necesidad de cariño y nadie me besó y me he pasado toda mi vida siendo un maldito loco porque esos cabrones de cuerdos son incapaces de amar al prójimo, de solidarizarse con él, de ser generosos, de ser sinceros, de ser mejores personas. Y esos malditos cuerdos que se burlan de mí, son incapaces de cambiar, y a mí me piden que les perdone y me olvide de cables achicharrándome, de pistolas en la sien, de cables de alta tensión convirtiéndome en fuegos de artificio; de frenopáticos malolientes donde locos sedientos de amor babean sobre el plato de sopa y esquizofrénicos sin otra culpa que el pecado original me han confundido con Napoleón y alcohólicos se han sincerado conmigo maldiciendo de la adicción que les ha hecho perder la familia. Y drogadictos metidos en el lodo hasta las cachas me han mirado con compasión, porque el loco de… es peor que ellos.

“¡Maldita sea! ¡Malditos cuerdos, cabrones, hijosdeputa! Han destrozado mi vida con sus dogmas sabihondos, con sus burlas, con su malsano ejercicio del poder, con su hipocresía repugnante… con su…. ¡Y aún se atreven a llamarme loco!
“¡Malditos sean ellos y sus descendientes hasta la última generación! Puede que nunca consiga perdonarlos y superar mi locura y mi fobia y mis manías obsesivo-compulsivas. Pero pueden estar seguros de que ellos no son mejores que yo. No, no lo son…

El loco estaba fuera de sí. Su discurso era aterrador. Aún más lo era la expresión de su rostro y sus ojos fijos en la pared de enfrente. Y sus temblores y su mano aferrada al vaso que lanzó contra la pared con un golpe seco y espantoso. El suelo se llenó de cristales y el loco se puso de rodillas sobre ellos y comenzó a darse cabezazos contra el parquet, sembrado de diminutos cristales puntiagudos. Los atropó y juntó sus manos con tal fuerza que hilos de sangre comenzaron a brotar de sus palmas.

Yo no sabía qué hacer. Pensé en marcharme corriendo y en dejarle allí, solo y loco, pensando en la muerte y maldiciendo a todo el género humano. Pero sus palabras terribles, sus maldiciones, me retuvieron. Yo no sería uno de aquellos malditos cuerdos. Yo me quedaría allí con él, hasta el final, sucediera lo que sucediera….

Y allí me quedé, en lugar de salir huyendo como un maldito cuerdo… algo que debí haber hecho sin la menor vacilación. No obstante sus maldiciones y amenazas contra todo el universo cuerdo, y sobre todo, el miedo a que se hiciera realmente daño, me retuvo allí, de pie, paralizado, bloqueado, incapaz de generar un solo pensamiento coherente. Confieso que mis contactos con locos o con la misma locura no dejan de ser meramente literarios. Nunca he visto actuaciones estelares de locos en directo. Hasta aquel momento no tenía ni idea de cómo es la violencia de un loco cuando pierde el control. Ahora lo sabía, pero no era capaz de asimilarlo. Durante varias horas había convivido con un supuesto loco, cenado en su casa, escuchado su conversación perfectamente coherente y hasta narrativamente interesante. Nos habíamos bebidos las dos botellas de vino, estábamos dando buena cuenta de la botella de whisky y lo cierto es que nuestras cabezas no regían muy bien. Ambos estábamos borrachos, sin paliativos ni matizaciones de ningún tipo. Deben agradecer a mi buena voluntad y generosidad que reproduzca aquella primera entrevista debidamente editada y corregida, porque si lo hiciera con absoluta literalidad nos encontraríamos ante un diálogo de borrachos, ininteligible en muchos momentos, con sus carraspeos, vacilaciones y habla gangosa, típica de los tomados por Dionisos.

El loco se trababa a veces, parecía hundido en tétricos pensamientos, de los que lograba zafarse a veces, como un náufrago que asoma su cabeza por encima de una determinada ola. En otros momentos la euforia del alcohol le hacía gesticular, su voz se animaba y su rostro cambiaba de expresión, alegrándose como si le hubiera propuesto rematar la noche en una discoteca, donde le serían presentadas chicas fáciles. Por lo que a mí se refiere la borrachera me tuvo al borde de las lágrimas en ciertos momentos, como un espectador habitual de culebrones televisivos, y en otros me sentí malhumorado, presto a levantarme del sofá y salir de allí para no regresar nunca.

Fue en aquel momento, después de que el loco estampara la copa contra la pared, y la borrachera se aliviara ante una salida tan imprevista, cuando me sentí atrapado en una encrucijada de caminos, todos con muy mala pinta. Me maldije mentalmente por mi estupidez (lo que me facilitó una perspectiva nueva y más moderada de sus maldiciones), por haberme dejado atrapar por la curiosidad morbosa de entrevistar al sujeto. Lancé improperios contra mi esposa, la pobre, que no tenía culpa de nada, como provocadora de aquella dramática situación. Había escuchado toda la perorata del loco, cargada de retórica, megalómana, muy propia del loco profeta apocalíptico que empezaba a entrever en su personalidad. Me pregunté si el mesiánico discurso que me acababa de endilgar no sería propio de una mente psicótica en pleno delirio. Su deseo de hacer llover rayos sobre toda la especie humana, su ruego para que todos los cuerdos fuéramos partidos por la mitad, demostraba bien a las claras su incapacidad para sobrevivir en un mundo que no acepta berrinches infantiloides. Sentía una gran curiosidad por conocer detalles de aquellos supuestos intentos de suicidio que acababa de mencionar en su discurso. También me interesaban sus maldiciones, si en realidad creía en ellas o solo las utilizaba para poner los pelos de punta al personal. Imaginé que ya habría tiempo de mencionar aquellos detalles y muchos otros, si lograba salir con vida de aquella primera entrevista.

Me sorprende cómo pudieron pasar por mi cabeza tantas ideas en el corto espacio de tiempo que empleé en saltar como un muelle desde el sofá, donde había escuchado sentado toda la conversación, hasta quedarme allí de pie, sin saber cómo actuar. El camino más fácil era el del pasillo hasta la puerta, sin embargo no lo elegí –nunca sabré la razón- el otro me hizo presenciar sus aparatosos cabezazos contra el parquet. A pesar de sangrar por la frente su cabeza parecía demasiado dura para romperse por algo tan nimio. Estrujó los cristales entre sus palmas hasta lograr que de sus manos corrieran hilillos de sangre.

Finalmente se tumbó en el suelo, adoptó la postura del feto en el vientre materno y comenzó a sollozar histéricamente. Fue entonces cuando me atreví a dar unos pasos. Me situé a su lado hablándole como a un niño enrabietado. Que resultaba imperdonable su falta de control. Que no era para tanto. Que todo en esta vida tiene solución, menos la muerte… Yo mismo me encontraba tan ridículo que me callé. Me arrodillé a su vera, puse mi mano en su hombro y así permanecimos largo tiempo, como una Pietá de Miguel-Angel, agiornata para ser adaptada a nuestro mundo contemporáneo.

La escena que acababa de presenciar era muy propia de una cutre película de terror. La imagen de un ridículo santón, sangrando por cabeza y manos, mientras maldecía a todo bicho viviente e invocaba a todos los demonios del infierno para que se llevaran a los malditos cuerdos, asaltó mi mente con fuerza inusitada. Les aseguro que no es lo mismo ver películas que presenciar estas escenas en vivo y en directo. El loco no era un pésimo actor interpretando un detestable guión, sino una persona que estaba sufriendo una terrible crisis que bien podría llevarlo hasta las puertas de la muerte. Era preciso hacer algo. Sí, claro que era mi deber ayudarlo… pero cómo. El llanto me tranquilizó bastante. Es mano de santo contra la cólera y la violencia. ¡Qué llorara todo lo que quisiera, con tal de librarme de su santa cólera de profeta apocalíptico (ridículo apocalipsis, sin duda, pero apocalipsis al fin y al cabo) y de su imprevisible violencia!

Necesitaba un trago con urgencia. Eso me hizo reaccionar. Escancié el resto del contenido de la botella en mi vaso y me lo eché al coleto. Trasegué todo el licor casi sin respirar, notando cómo el agua de fuego bajaba por mi gaznate, hasta llegar al estómago, dejando en su camino regueros de llamas. Sin transición los vapores subieron hasta mi cabeza, emborrachando las pocas neuronas que aún quedaban sobrias. Regresé al sofá y me senté. Sin saber por qué comencé a reír histéricamente. Mi risa terminó antes que su llanto.





EL LOCO DE CIUDAD FRÍA VII

19 01 2017

PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO/CONTINUACIÓN
La carta que escribí aquellas vacaciones marcó una ruptura abisal en mi vida. No era muy larga. Me limitaba a decir que no volvería. Que después de haberlo pensado mucho, estaba convencido de que no tenía vocación y esperaba llevar una vida más cristiana fuera que dentro. Agradecía sus desvelos y me despedía de todos ellos. Me contestaron muy solícitos, explicándome que aquella era una de esas crisis vocacionales que todos padecemos en el camino del Señor.

“No cedí. Salí al mundo, al demonio y a la carne –como calificaban ellos la vida profana- para descubrir que era un auténtico bobo indefenso, un corderito balador al que los lobos depredarían en un santiamén.

El loco se levantó. Tomó el cenicero y lo colocó sobre sus rodillas. Encendió un pitillo y lo chupó como si fuera una teta. Sus rodillas estaban temblando. El temblor se fue acentuando hasta resultar llamativo. Mi madre hubiera observado que tenía el baile de San Vito. Imagino que se trataba de una enfermedad de posguerra, caracterizada por temblores. Cerró los ojos, procurando que el cenicero no se fuera al suelo. Bueno, pensé, ahora me contará lo que le produce ese miedo, sea lo que sea.

“Fue un choque del que nunca me recuperé. Mis padres se trasladaron del pueblo a la ciudad. Me puse a buscar trabajo, desesperadamente. Mi padre estaba de baja por enfermedad (le descontaban un 25% del sueldo y éste era muy bajo) y yo no deseaba ser una carga. Lo pasábamos mal. Mi propina consistía en cinco duros al mes. Con ellos podía comprarme un libro de bolsillo de bruguera o ir al cine. La necesidad de un nuevo sueldo era imperiosa.

“A pesar de mi bachillerato superior me resultaba imposible encontrar trabajo. Ni siquiera de peón de albañil o camarero encontraba nada. Miraba los periódicos, pateaba las calles, todo era inútil. Mi desesperación subía un grado más cada día que pasaba. Me levantaba tarde. Las noches en claro oyendo la radio, al loco de la colina (yo me sentía un auténtico loco de la colina) o leyendo, o intentando escribir algo, cualquier cosa. “Recuerdo que fue un verano. Nunca soporté el calor. Permanecía en la cama, oyendo al loco, leyendo una novela de Julien Green, creo que era “Cada hombre en su noche. Me sentía deprimido, hundido, desesperado. Para mí el futuro no existía. No encontraba trabajo, no tenía amigos, no lograba ni mirar a una mujer sin echarme a temblar. A pesar de que había logrado arrancar de mi mente el infierno y la religión, no podía dejar de pensar que el abandono del camino hacia el sacerdocio estaba siendo mi perdición. Dios me estaba castigando por ello.

“Los nervios estaban rotos, la desesperación crecía y crecía y la vida no tenía para mí el menor sentido. Prefería enfrentarme a Dios y aceptar las consecuencias que enfrentarme a la vida, solo e indefenso. Me levanté de la cama, pasee por la pequeña habitación como un lobo enjaulado. Me asomé a la ventana. Una idea satánica pasó por mi mente. Me alcé hasta el alfeizar. Estaba en calzoncillos. Allí, de pie, me planteé durante unos segundos si sería capaz de arrojarme al vacío.

“Nunca entenderé de dónde saqué la resolución para doblar las rodillas y saltar. Vivíamos en un tercer piso. Una altura no demasiado alta, sino fuera porque los pisos eran bastante altos. Dicen que antes de morir pasa tu vida en la pantalla de tu mente y esos segundos previos al final son eternos. Debo decir que por mi experiencia eso no es cierto. Ni siquiera me dio tiempo formar una sola idea en la cabeza.

“De pronto estuve tumbado en el suelo. Ni siquiera sentía dolor. Solo la sensación de un golpe espantoso y de que los nervios debían haberse cortado, porque no sentía nada. Mi cuerpo estaba paralizado, mi mente sufría un shock que me impedía pensar con claridad. Tenía los ojos abiertos, porque podía ver el color de la noche.

“De pronto se abrió una ventana y un grito desgarrador taladró mi alma. Pude reconocer la voz de mi madre. Nunca olvidaré aquel grito inhumano que me partió en dos. El resto lo viví como una pesadilla. Una ambulancia debió llevarme al hospital, mientras en mi cabeza continuaba oyendo la voz de mi madre que me consideraba muerto.

“Supongo que perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba sobre una cama de hospital, sábanas blancas, paredes blancas… mente en blanco. Algún médico me explicó con la frialdad que los caracteriza cómo estaba mi cuerpo. Me había roto varias vértebras, puede que lumbares, me había roto el tobillo derecho; pensaban que no podrían salvarme el riñón izquierdo; desconocían los daños internos; temían que el trauma craneal pudiera tener consecuencias serias. Permanecería en observación una temporada. Tal vez tuvieran que operarme. Tal vez quedara paralítico. No podían saber cómo evolucionaría.

“No recuerdo las visitas de mis padres, aunque me las imagino. Curiosamente evolucioné bien y deprisa. Los médicos, como me ocurriría a lo largo de mi vida, no salían de su asombro. Poseía una naturaleza digna de estudio. El riñón curó sin operar. Solo utilizaron antiinflamatorios y otra clase de medicación que me introdujeron a través de un gotero, como lo llamaba mi padre.

“No me operaron la columna. Me pusieron una faja ortopédica, me escayolaron el tobillo. Me colocaron un collarín en el cuello. No podía moverme. Las enfermeras me daban cambios posturales cada cierto tiempo. Creo que podía mover las manos, porque me recuerdo leyendo un libro y moviendo el dial de un transistor.

-¡Dios mío! La voz era mía. Creí haberlo pensado, pero solo cuando oí la grabación comprendí que no pude retenerla dentro de mi cráneo. Me sentía muy afectado, a pesar de la borrachera. El loco lo había narrado con los ojos cerrados y el cenicero temblando en sus rodillas. Ahora se levantó y bebió de un trago el licor que restaba en su copa. Se sirvió otra, doble, echó unos cubitos de hielo, que aún no se habían deshecho, y se la bebió sin respirar. Luego volvió a llenar la copa y la dejó reposar sobre la mesa. Retrocedió hasta el sofá y se sentó. Los ojos cerrados. En silencio. Nunca he podido entender el suicidio. Puedo comprender a un asesino en serie que mata por impulso, por venganza o por pura bestialidad. Puedo comprender la violencia. Puedo comprenderlo casi todo. Pero no puedo con el suicidio. Se me atraganta. Haga uno lo que haga siempre estará vivo. Excepto en el caso del suicidio. Desarrollas una violencia bestial contra ti mismo y luego mueres. Desapareces. No queda nada de ti. Nada. Nothing. No es una cuestión religiosa. No creo que exista Dios, por lo tanto no puedo castigarte. No es una cuestión moral. Nadie tiene derecho a disponer de su propia vida y bla, bla y blá. Ni siquiera es una cuestión humanitaria: los que se quedan, los que te han querido.

No, nada de eso me conmueve. Es otra cosa. Es decir, ahora existo, ahora no existo. Si la muerte te atrapa, te resignas, todos somos mortales. Pero si tú mismo alzas tu mano contra tu cuerpo y violentamente lo destruyes. Entonces…Entonces no comprendo nada. En la grabación se mascaba el silencio. Cuando la escuché, en mi despacho, pude oír mis gemidos y hasta me atrevería a decir que mis sollozos. En cambio del loco no oí nada. Su silencio era absoluto. Un cadáver hubiera hecho menos ruido. Me serví una copa hasta el borde y me la bebí sin respirar. Sentí el licor quemándome la garganta las entrañas. Posé mi cabeza en el sofá y respiré hondo. Una y otra vez… Una y otra vez…

No sé cuánto duró el silencio. Podría saberlo si dejara correr la cassette con un cronómetro en la mano. Pero vomitaría si me atreviera a hacerlo. Finalmente hablé, para que el silencio no nos devorase a los dos.

-¿Cuánto tiempo estuvo en el hospital?

-Creo que más de seis meses. Lo peor fue la columna. No se atrevían a operar por miedo a dejarme paralítico de por vida. Incluso hasta un mes antes pensaron que tal vez no pudiera andar. Dejaron que las vértebras se soldaran solas.

“Cuando salí de allí llevaba una faja ortopédica, una muleta en cada mano y el alma destrozada. Permanecí en casa. En la cama. Leyendo, escuchando al loco de la colina. No podía asimilar que estuviera vivo. No podía aceptar que hubiera intentado matarme.

-¿Cómo reaccionaron sus padres?

-Mal . Nunca me lo perdonaron. Mi madre me cuidaba y mi padre hablaba poco. A veces les oía hablar desde la cama. Mi madre pensaba que yo no tenía remedio y se quejaba a Dios de haberle dado un hijo así. Creo que sí es cierto que intenté matarme con el cordón umbilical en su vientre, debió de ser previendo esta escena.

-¿Cómo se recuperó?

-Físicamente solo fue cuestión de tiempo. Pero psicológicamente nunca me recuperé.

“Estaba tan mal de los nervios que mis padres gestionaron mi ingreso en una clínica psiquiátrica. Yo era entonces menor de edad. Recuerde que durante el franquismo la mayoría de edad no se alcanzaba hasta los veintiuno. Allí tuve que aceptar que hicieran conmigo lo que quisieran.

“Los psiquiatras estaban convencidos de que una patología tan seria solo desaparecería con electroshocks. Ya sabe… Te ponen unos cables en la cabeza, te colocan un aparato de goma en la boca, para que no te rompas los dientes y… Te dan corriente como si fueras un horno eléctrico.

-¿Qué efectos le produjo ese tratamiento?

-No sentía dolor. Creo que al principio un poco. Lo peor era despertarse y no recordar quién eras.

-¿Ni siquiera recordaba su nombre?

-Ni siquiera. Tardaba horas en recuperar algo de memoria. Durante ellas no cesaba de preguntarme quién era y qué hacía allí. A las enfermeras las volvía locas. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? No querían responderme. Pronto recuperará la memoria, decían sin el menor esfuerzo para no resultar secas. Yo insistía, porque una entidad consciente no puede vivir sin memoria. En cierta ocasión leí algo sobre un científico que pensaba que el ser humano era un 99% de memoria y el resto… Pues bien. A mí me faltaba el 99% de mi personalidad.

“Me pasaba las horas formulando hipótesis. Yo era un asesino en serie al que habían lobotomizado para que no recordara su pasado…

-¿En serio que llegó a pensar eso?

-Entre otras muchas cosas. No se puede vivir sin memoria. La personalidad no existe si no recuerdas. Yo intentaba llenar ese vacío. Hasta llegué a plantearme si no estaría muerto y viviendo la confusión que sufren los muertos, antes de darse cuenta de que lo están.

“Me dieron diez sesiones, más o menos. Eso que recuerde. O puede que me dieran aún otra tanda. Cada vez que me llevaban en la camilla, camino del sótano, pataleaba y gritaba. Me rebelaba y les amenazaba con matarles en cuanto pudiera librarme de las correas. Ellos se reían y yo les maldecía. Pedía a Dios que acabara con ellos, que les castigara como ellos me castigaban a mí.

-¿Cómo salió de allí?

-Gracias a Dios la clínica era de pago y mis padres no podían mantenerme allí más tiempo. No les llegaba el dinero. Gestionaron mi traslado a otra clínica de otra ciudad, regentada por una orden religiosa. La Diputación se hacía cargo. O fue otro organismo. No lo recuerdo. Me llevaron en una ambulancia y me ingresaron en una habitación con otros tres enfermos. Imagino que no debieron pensar que era un loco peligroso, porque sí recuerdo que uno de ellos era un alcohólico.

“No podía comprender lo que estaban haciendo conmigo. Porque yo no mejoraba. Cada día estaba peor, más deprimido, más hundido, con más ganas de quitarme la vida. Cuando mis padres me visitaban les suplicaba llorando que me sacaran de allí. Pero ellos hacían caso de un médico, joven, con gafas, y más tieso que un palo. Él creía que era preciso tenerme allí el tiempo que fuera necesario hasta conseguir mi curación.

“¿Cómo pensaban curarme? ¿Con electroshocks? ¿Teniendo que ver todos los días a dementes y otros enfermos con patologías severas? ¿Privándome de cariño y tratándome como a una silla? Decidí ponerme en huelga de hambre.

-¿Fue capaz de hacerlo?

-Mire. Si hay algo difícil en la vida para mí, es dejar de comer. Me quedo un día sin ingerir alimento y mi vida se convierte en un infierno. Sin embargo lo hice.

-¿Cuánto persistió en la huelga de hambre?

-Hubiera aguantado hasta morirme. La decisión estaba tomada y cuando yo tomo una decisión ni Dios puede conmigo. Sin embargo no me dejaron. Me alimentaban a la fuerza. Y no con suero. Me ataban fuertemente, me ponían un embudo de plástico en la boca y por allí echaban el alimento en puré, desde una gran perola. Me obligaban a tragar. Me golpeaban. Yo me atragantaba y vomitaba. Y ellos insistían una y otra vez… una y otra vez… El loco estaba a punto de sollozar. Se levantó y apuró de nuevo la copa. Apenas era capaz de hablar sin balbuceos e incoherencias. Su borrachera era ya muy acusada. A pesar de ello se esforzaba en seguir narrando su historia. Lo hacía como si estuviera viendo lo sucedido. Como si delirara y aquellas escenas estuvieran delante de sus ojos. Decidí parar un poco semejante desatino. Le ofrecí un pitillo del paquete que él mismo había colocado sobre la mesa. Se lo encendí y casi a empujones lo llevé hasta la ventana. La abrí y el ruido de la ciudad penetró hasta aquel salón, que muy bien hubiera podido ser la mazmorra de un castillo de la Edad Media, a juzgar por lo que él loco estaba contando. Un aire fresco penetró en una gran oleada. Respiramos. La boca muy abierta, sin decir nada.

Allí estuvimos largo rato en silencio. Miré el reloj. Eran más de las dos de la madrugada. Llevábamos horas hablando. Deseé marcharme. Pero como escritor y buen periodista, su historia era demasiado interesante para cortarla justo en ese punto. Cuando le noté más calmado le invité a sentarse y seguir con una historia que pocos creerán real. Sin embargo, luego me documenté sobre las prácticas psiquiátricas de aquella época y pude comprobar que el loco aún se quedaba corto. Los frenopáticos de aquel tiempo, anterior a la nueva psiquiatría, eran auténticos infiernos. Duchas frías, cadenas, etc. La locura es una de las enfermedades menos conocidas y más terroríficas. Estoy convencido de que aquellos psiquiatras que trataron al loco procuraron más exorcizar sus demonios que curarle. La locura nos da miedo, nos aterroriza. Porque si hay algo que va más allá del horror es la posibilidad de que alguien siga vivo sin consciencia de sí mismo. -Siga con lo que me estaba contando….

-¿Qué más podría contarle? A partir de aquel momento –y no tendría más de veinte años- mi vida se transformó en un infierno, no una temporada como creo que dice Rimbaud, sino muchas temporadas, con algún que otro periodo de calma. La huelga de hambre tuvo que ser descartada como medida de presión, porque la alimentación que recibía era realmente brutal. Aparte de lo mal que lo pasaba intentando no ahogarme, la humillación terrible que recibía día tras día, era algo superior a mis fuerzas.

-¿Abandonó la huelga de hambre?

-No sin luchar hasta el último aliento. Me sacaron de la habitación y me llevaron a un sótano, con camas de hierro, húmedo y solitario. Allí estaba solo todo el día. Me ataron a la cama. Pero no con vendas o con ataduras de cuero, como he visto que a veces atan a los pacientes en los hospitales. No. Me ataron con cadenas.

-¿Con cadenas? ¿Lo dice en serio?

-Muy en serio. Eran auténticas cadenas y muy gruesas. Me sentí como un condenado a muerte en una mazmorra de un castillo medieval. Es cierto que había luchado por desprenderme de mis ataduras, como haría cualquier preso. El derecho a la libertad es lo más sagrado del hombre. Pero nunca hubiera podido romper unas ataduras de cuero. Fue un castigo humillante, salvaje, y concienzudamente pensado para destrozar mi “ego”. No podía romper las cadenas, pero podía salvar mi dignidad. Lo hice con la madurez que un joven de veinte años es capaz de desarrollar en una vida dura y repleta de tragedias.

“Pero discúlpeme, creo que he recordado mal la secuencia de los hechos. Han pasado ya tantos años que no es extraño que la memoria me juegue a veces malas pasadas. La huelga de hambre no la decidí así como así. En realidad lo que ocurrió fue lo siguiente:

“ Llegaron mis padres a visitarme y una vez más les reiteré la necesidad de que me sacaran de allí. De no hacerlo terminaría por volverme realmente loco. Les supliqué que no hicieran caso de aquel psiquiatra joven e inexperto. El hecho de que hubiera estudiado una carrera universitaria y tuviera una docena de títulos no le hacía necesariamente una persona sensata y sabia… No me hicieron caso. Para ellos era sencillo decidir entre la ciencia de un sumo sacerdote y la evidente locura de un hijo. Les bastaba con hacer caso de la cabeza, en lugar de escuchar a su corazón.

“Desesperado salí corriendo hacia la salida. Atravesé el inmenso patio como si me persiguieran los peores demonios del infierno, lo que no dejaba de ser cierto, y decidido emboqué la puerta de salida, donde un portero controlaba todas las entradas y salidas. Pero no pude llegar hasta él. Había previsto que sería fácil deshacerme de un portero mayor y menos fuerte que yo. Algo imprevisible, el destino, me tumbó en el suelo. Siendo un niño ya había sufrido una crisis nerviosa, con efectos asmáticos, cuando me enfrenté en la escuela con los matoncitos que deseaban mis canicas. No recuerdo si le he contado ese episodio. Imagino que sí. En aquel momento ni se me pasó por la cabeza esa posibilidad. Sin embargo ocurrió. El estado de nervios en que me encontraba, unido a la desesperación y a una cólera sorda que no era capaz de controlar, me produjeron una terrible crisis asmática. No podía respirar, me ahogaba literalmente. Tuve que dejarme caer al suelo y desde allí, boca arriba, rogué a Dios que no permitiera mi muerte de una forma tan humillante. Abría la boca hasta desencajarme las mandíbulas e intentaba que un poco de aire penetrara hasta mis pulmones.

“Los celadores que habían salido tras de mí, siguiendo las órdenes del psiquiatra, se lanzaron sobre aquel deshecho humano que jadeaba en el suelo. No se anduvieron con contemplaciones, no tuvieron compasión, ni siquiera se llegaron a plantear que yo era un ser humano. Sencillamente debieron pensar que su trabajo estaba en juego y decidieron darme una paliza de muerte, para que aprendiera a pensar en los demás.

“¿Qué necesidad existía de patear a un joven que, tirado en el suelo, estaba más preocupado de respirar lo suficiente para no ahogarse, que de escapar? Me patearon como en las películas. Con la puntera de sus zapatos me golpearon en los costados, hasta cansarse. Luego me pisaron el pecho, por si aún lograba aspirar algo de oxígeno. Creo que también llovieron puñetazos sobre mi rostro, hasta hacerme sangrar por la nariz. Yo no podía suplicar, porque no era capaz de hablar. Tampoco podía enfrentarme a ellos, dos matones de gran envergadura. Me limité a encogerme como si fuera un fetillo en el vientre materno y a decirle a Dios que si me sacaba de allí vivo le prometía ser bueno el resto de mi vida.

“Ni Dios ni los matones me hicieron mucho caso. Si logré sobrevivir no se debió a que la divinidad aceptara mi pacto, ni a que los matones consideraran que la paliza había sido más que suficiente. La aparición de mi madre, chillando como una loca y llorando como una “mater pietatis”, la intervención de mi padre, y sobre todo la orden del terapeuta (que no se dio mucha prisa en darla) me libraron de una muerte cierta, a los pies de unos auténticos bestias que con absoluta seguridad estaban más locos que yo. Como puede ver la cordura y la locura no se miden por normas inmutables. Quien tiene poder será siempre cuerdo, haga lo que haga, y quien carece del menor resorte para meter miedo en su entorno, será siempre un loco, aunque esté sobre el suelo, recibiendo una mortal paliza. Aquello no podía ser cierto, pensé, con estupor.

-¿Me dice en serio que recibió una paliza tan terrible de quienes estaban encargados de cuidar de su salud?

-¿Cree que miento? Ahora resulta difícil imaginarse cómo eran los frenopáticos en aquellos tiempos. Solo quienes hemos vivido en ellos sabemos el “trato” que los supuestos y amables cuerdos daban a los locos, poseídos por Satanás y capaces de matar a nuestra propia madre, si no se nos sujetaba con cadenas, en sótanos inmundos.

-Disculpe si le he dado esa sensación. No veo que tenga tanta imaginación como para escribir esa novela en su cabeza, ni mucho menos considero que le mueva algún interés en desprestigiar a profesionales e instituciones que ya están fuera de la circulación.

-No, no me mueve ese interés. Si así fuera le daría nombres y apellidos y situaría los centros en lugares perfectamente identificables. Al salir de allí hubiera puesto una denuncia y habría intentado que aquellos malnacidos no quedaran impunes.

-¿Cómo logró salir de allí?

-Me costó un tiempo. Los celadores me arrastraron por el suelo de cemento, sin la menor consideración. Mis padres contemplaron horrorizados la escena y el psiquiatra debió de esbozar una sonrisa irónica.

“Ya te lo dije, chaval, te necesito aquí el tiempo suficiente para poder estudiar a mi conejillo de indias favorito”. “Permanecí atado con cadenas, como un forzado, durante varios días, tal vez más de una semana. Continuaban obligándome a comer, utilizando el embudo de plástico. Me sujetaban la cabeza, me introducían en la boca una horma de goma, para que no pudiera cerrarla y a través de ese artilugio me arrojaban el puré lo que fuera, como el surtidor de una gasolinera echa, implacable y rítmicamente, el combustible en el depósito del coche. Aunque debo decirle que más que un coche yo me veía como un cerdo cebado para el matadero. No me hubiera sorprendido la aparición de un matarife, con un cuchillo bien afilado, en aquel sótano húmedo, infecto.

“Lo esperé con cierta ilusión. Prefería que me descuartizaran a soportar aquellas horas que se hacían infinitas, tumbado en la cama de hierro, con el colchón meado por mis predecesores y oliendo como en una cloaca. Las manos atadas me impedían leer, suponiendo que alguien me hubiera dejado un libro; no me permitieron el transistor –a mis razones contestaban con risas, era evidente que intentaban doblegarme a cualquier precio- solo tenía mi mente para viajar sobre nubes de fantasía o para ser torturado por imágenes de un previsible futuro que no cesaban de atormentarme un solo segundo… Solo la mente era mía, porque mi cuerpo era totalmente suyo.

“Aprendí a fantasear sin interrumpirme durante horas y horas, días y días. De aquel infierno me quedó mi facilidad para inventarme cualquier tipo de historias, para delirar como un auténtico demente, sin serlo. Llegué a descubrir todas las argucias que la cabra loca de mi mente inventaba para perderme. Cuando años más tardes leí esa misma expresión en un libro de budismo, me eché reír con ganas. ¿Acaso necesitaba yo a un lama para saber que nuestra mente es la peor cabra loca que uno puede echarse a la cara?

“Me hice más duro, mucho más duro, de lo que era al entrar en aquel infierno. Al salir llegaría a pensar que yo era el hombre más duro de este planeta, un auténtico superviviente… Ja,ja. Era un ingenuo y lo seguiré siendo hasta mi muerte. Si hubiera sido la mitad de duro de lo que pensaba, la vida no me hubiera sacudido tantas “hostias” como recibiría la siguiente década.

“Decidí abdicar de una parte de mi dignidad, de la que era capaz de prescindir sin volverme loco, sin dejar de considerarme un ser humano y buscar, a través de la astucia y la interpretación magistral, una puerta abierta que me permitiera alejarme de aquellas calderas de pez y sangre hirviendo, hacia la cumbre de cualquier montaña, donde pudiera respirar a gusto, sin recibir una patada en la barriga. Lo planeé cuidadosamente, con gran meticulosidad … y así lo hice.

-¿Qué hizo?





EL LOCO DE CIUDADFRÍA VI (NOVELA)

29 10 2016

PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO IV

Me quedé con el tenedor en el que había pinchado un trozo de tortilla, a mitad de camino de mi boca. ¿Cómo alguien puede “ver” lo que aún no ha sucedido? No tenía sentido, a no ser que estuviera hablando del ojo del culo, nuestro tercer ojo, sin duda. Fue una imagen fugaz, nacida de la parte más oscura de mí mismo. Al fin y al cabo yo era el que había llegado hasta el loco, con una petición, no él quien se había acercado hasta mí para hablarme del tercer ojo. Si bien hasta aquel momento había relativizado su locura –como simples manías llevadas al extremo de la patología fóbica, debido a la soledad en que llevaba años viviendo – ahora me planteo que tal vez me equivocara y su locura esté más soterrada de lo que yo pensaba.

Me repuse, continué el movimiento de mi brazo hasta mi boca y mastiqué con calma el trozo de tortilla. Luego me serví otra copa de vino y la apuré de un trago. Iba a necesitar la euforia del alcohol. Decidí cambiar de tema, sin profundizar más en sus palabras.

La cena fue un agradable momento gastronómico, salpimentado con una conversación inteligente y culta. Quise saber cómo se las arreglaba para llevar sus días solitarios. Me habló de su pasión por la lectura. Sus autores favoritos eran Dostoievski y tres novelistas católicos que yo no conocía muy bien. Graham Greene, Julien Greene y Bernanos. Me habló de música, de cine, de arte, de filosofía… Sin dura era un hombre culto, que había asimilado muy bien sus lecturas.

Al terminar el loco salió del salón, regresando con luna cajetilla de tabaco. Encendió un pitillo y me ofreció. Fumo muy poco, pero me apetecía un cigarrillo. Acepté el ofrecimiento. Entonces decidí que era el momento de comenzar la entrevista. Nuestros estados anímicos no podían ser mejores tras una sustanciosa cena, muy bien regada.

-¿Puedo encender la grabadora?

El loco se levantó para buscar mi cazadora, que había colgado de una percha en el pasillo. Me la tendió. Extraje la grabadora, colocándola sobre la mesa, después de hacer un poco de sitio. Mi experiencia me decía que ni un solo carraspeo del loco se perdería desde aquella distancia.

-¿Cómo empezó todo esto? –le solté a bocajarro.

-¿Mi locura? Claro, no podría tratarse de otra cosa… Pues verá… Estoy convencido de que el loco se hace, no nace. ¿Acaso ha visto usted un bebé diagnosticado de una grave patología mental? ¿ Y un niño? Un adolescente es más fácil. La adolescencia es una etapa complicada. Se puede caer en una depresión o incluso llegar a un intento de suicidio. Y en cuanto a patologías severas… Hay adolescentes acosadores, incluso asesinos.

-¿Su locura comenzó también en la adolescencia?

-Tal vez, aunque fui un niño muy rarito. Muchos confunden la “rareza” con la locura. Te califican de loso solo porque eres distinto a ellos. Alguna vez he llegado a pensar que tal vez la locura no sea otra cosa que hacer en público lo que los demás creen que debe hacerse en privado. Si yo me hubiera desahogado en la intimidad nada de esto habría ocurrido. Pero es mejor comenzar por el principio… No tendría ni seis años cuando me escapé de casa –entonces vivíamos en un pueblecito de montaña- y me dirigí al cementerio. Necesitaba saber cómo era posible que personas vivas, a las que uno se acostumbra de ver todos los días, podían terminar como simples huesos, enterrados bajo tierra.

“El cementerio estaba cerrado, como es natural. Me senté en el suelo, frente a la cancela, y la verdad apabullante de que la muerte era un hecho real y no una hipótesis de futuro, me invadió hasta la médula. ¿Cómo podía un niño de esa edad plantearse una cuestión tan filosófica, tan madura? Al niño que permanecía en silencio, mediante sobre las postrimerías, no le importaba cómo había surgido la vida, ni qué explicación tenían para ello los científicos, solo necesitaba una respuesta: ¿existía un más allá, seguiríamos viviendo, aunque fuera de otra forma, una vez que el cuerpo hubiera sido devorado por los gusanos? Nada tenía el menor interés. Uno podía vivir años y años y tener todo lo que quisiera, hasta los mejores juguetes, pero si un día iba a morir, nada importaba un comino. Tardaría algunos años en saber que no era el único que pensaba así. En unos ejercicios espirituales, en Semana Santa y en el colegio religioso donde estudiaría el bachillerato, un fraile nos habló de San Ignacio de Loyola y sus ejercicios espirituales. Por lo visto se había convertido al contemplar el cadáver de una joven, puede que fuera su novia o no, mi memoria no llega a tanto, fallecida en la plenitud de la vida. El también se había planteado para qué servía la vida si uno tendría que morir, antes o después.

-¿Fue entonces cuando comenzó a pensar en la telepatía como una forma de no sentirse solo, de imaginar que si todos podíamos hablarnos con la mente, tal vez se pudiera probar la existencia del más allá?

-Veo que no le han ahorrado detalles sobre mi locura. Sí, reconozco que durante un tiempo me comporté como si fuera un telépata. No es que estuviera absolutamente convencido de percibir pensamientos ajenos, no, mi locura no llegó al extremo. Simplemente ocurrieron cosas que superaban mi capacidad de asimilación. Mi fantasía pudo a la lógica.

-¿Qué importancia tuvo para usted aquella visita al cementerio a tan temprana edad?

-Aunque resulte difícil de creer en un niño tan pequeño, fui muy consciente de la gran revelación que acababa de vivir y tomé una decisión que ha marcado mi vida. Decidí que el más allá existía y nada ni nadie me ha podido arrebatar esa creencia a lo largo de mi vida? Permítame que deje de momento el tema de la telepatía. Antes de narrarle cómo llegué al borde de la locura y aventuré un paso más allá, antes de retroceder, me gustaría mostrarle, aunque solo sea muy por encima, los hitos fundamentales en mi camino hacia la demencia.

“Me he olvidado de mencionar dos acontecimientos que marcaron mi niñez. El primero debió de ocurrir teniendo yo unos tres años. Me regalaron una perrita muy cariñosa, la llamé Tula y me encapriché de tal manera con ella que me pasaba el día en la calle, jugando y acariciándola constantemente. Por desgracia un día se escapó de mi lado e intentó cruzar la carretera? La atropelló un camión. Fue un trauma tan espantoso que solo años más tarde llegaría a recordarlo, cuando mi madre lo mencionó una vez, como de pasada.

“El otro acontecimiento también tuvo que ver con la muerte. Mi padre era minero, un trabajo muy duro. Ganaba poco y comíamos lo que podíamos. Había salido de Asturias tras una huelga salvaje, duramente reprimida. Una tarde, al volver del trabajo, se desmayó al bajar del autobús. Mi madre recibió la visita de una vecina del pueblo. Cuchichearon en voz baja, pero yo pude entender que mi padre había sufrido un ataque fulminante y estaba muerto.

“Para un niño no existen medias tintas. Si alguien te dice que tu padre está muerto crees a pies juntillas que lo está. No te planteas si la otra persona está equivocada o si tal vez solo sea el susto del momento. Si un adulto te dice algo, lo crees y basta. Así pues debí enfrentarme a la muerte de mi padre con seis años. Quise acompañar a mamá, pero ésta me dejó a cargo de la vecina y salió corriendo? Luego resultó que si bien la muerte estuvo mirando largo rato a los ojos de mi papá, éste logró salir a flote. En realidad se trataba de una úlcera de duodeno. Había estado perdiendo sangra durante un tiempo, pero no quiso darse cuenta o si lo observó prefirió callarse, puesto que una baja por enfermedad nos dejaría con serias dificultades para comer.

“Lo ingresaron, lo operaron y regresó a casa. La muerte había pasado de largo esta vez. Pero no por eso la impresión dejó de ser algo indeleble en el corazón de aquel niño sensible. A los diez años me reclutó un fraile que iba por los pueblos, como un pescador, intentando que ingenuos infantes picaran el cebo. Nunca olvidaré el sacrificio que supuso para mi familia el dejarme marchar a un colegio religioso, donde estuve interno ocho años.

-¿Ha sido su obsesión por la muerte la causa del miedo que dice tener a sus semejantes?. Si es así permítame decirle que no encuentro mucho sentido en esta relación causa-efecto.

-Y no lo tiene…al menos aparentemente. Si uno profundiza lo suficiente acaba por encontrar razones y sentido a todo; lo mismo que si una perforadora abre un agujero hasta la profundidad adecuada, termina por rebosar el magma del centro de la Tierra.

“En mi juventud, en cierta ocasión, pasé varios días en coma, a causa de un intento de suicidio. Pues bien, al despertar recordaba con todo detalle una terrible pesadilla. Desde una torre, en unamezquita, me dirigía a una gran multitud. No sabía ni en qué tiempo ni en qué lugar me encontraba, pero el jefe religioso árabe, vestido con túnica negra y turbante, que arengaba a la masa, era yo. Con otro cuerpo, pero era mi consciencia quien lo habitaba.

“En un momento determinado tomé la decisión de que estaba harto de mentiras e hipocresías. Entonces dije a los fieles, que acudían a la oración de la tarde, todo lo que pensaba de ellos y del mundo en el que habitábamos. Conforme me iba calentando, la masa comenzó a rebullir, a moverse, a gritar. Me increpaban con las frases más soeces, amenazándome de muerte. Llegado el punto crítico de mi exposición un grupo de gente, en las primeras filas, alzó la voz para pedir mi ejecución. Muchos se precipitaron a mi encuentro, por las escaleras de caracol, buscándome con odio feroz. Yo les esperaba, muy consciente de que mi muerte era segura. No me importó lo más mínimo. Antes de seguir engañándome y engañando a los demás, llevando una vida sin sentido, prefería la muerte.

“Pero una cosa es aceptar la transición y otra afrontar un sufrimiento prolongado en el tiempo y que llega a la máxima intensidad que es capaz de soportar un ser humano. Se arrojaron sobre mí, empujándome sin consideración por las escaleras. Caí rebotando de escalón en escalón, hasta llegar a la plaza donde estaba situada la mezquita. Allí habían preparado cuatro camellos y unas cuerdas. Me ataron de manos y pies, engancharon las sogas a los respectivos camellos y la multitud comenzó a gritar, con aullidos demoniacos. Las mujeres ululaban a la manera árabe que vemos en las películas.

“Los jefes de la rebelión tomaron de las riendas a los camellos, obligándoles a caminar hacia adelante. Un espantoso dolor me recorrió desde la punta de los pies a la coronilla. Los músculos se tensaron, apreté los dientes y juré por mi salvación eterna que nunca cedería ante una masa de canallas satánicos, que solo pensaban en sus intereses y que no sentían el menor reparo en asesinar, torturar, violar, masacrar a sus hermanos, para lograr riqueza y poder.

“Durante el tiempo que transcurrió, atormentado hasta el límite de la resistencia humana, sentí en repetidas ocasiones la tentación de arrepentirme, de chillar que me soltaran, les pediría perdón y sería su esclavo para siempre. Pero no lo hice, no fui capaz. Descoyuntaron mis miembros, me los arrancaron y expiré con un infinito odio en mi corazón y un deseo de venganza que no atenuarían los siglos ni las vidas.

“Al recobrar la consciencia me encontraba sobre una cama de hospital. Por la ventana creí escuchar el ulular de la multitud y la voz, llamando a la oración de un personaje religioso que hace esto en las películas?ahora no recuerdo como lo llaman?

“Tardé en darme cuenta de que en realidad lo que estaba oyendo era una taladradora, abajo en la acera y el tráfico y ajetreo normal en una ciudad. Tardé mucho tiempo en quitarme aquellas imágenes de la cabeza. Cuando entró una enfermera y me encontró despierto llamó a los doctores. Yo sudaba copiosamente ?un sudor frío- y la angustia me impedía articular palabra? Nunca he podido olvidar aquella pesadilla?

-Es terrible. Lo lamento. Pero pudo deberse sencillamente a las consecuencias del largo coma. Esto explicaría su miedo a la gente?si en realidad hubiera ocurrido, claro. Pero como usted imagina, no creo en otras vidas, ni en la posibilidad de la reencarnación.

-Sí, yo tampoco creía en la reencarnación entonces. Esta pesadilla y muchos otros sueños, me fueron haciendo cambiar de opinión. Nada es definitivo en esta vida, pero le aseguro que antes podría hacerme dudar de la existencia de esta pared que convencerme de que la reencarnación sea un cuento chino.

El loco tocó con la palma de la mano la pared, para a continuación golpearla con el puño una y otra vez. Me sentí molesto, deseoso de que la conversación tomara otro rumbo.

-¿De niño sentía el mismo miedo hacia la gente de su entorno?

-Eso es algo muy curioso. Es normal que un niño tema a los adultos que pueden castigarlo o que los vea como a monstruos, debo a que son mentirosos y mezquinos, pero llegar a sentir pánico en su presencia indica una patología muy severa y muy extraña. Desde que sufrí aquella pesadilla yo lo achaco a las consecuencias de una vida pasada en la que fui descuartizado por la furiosa multitud.

-No logrará convencerme. Tal vez se debiera sencillamente a que usted era un niño muy tímido, muy sensible, al que tomaban el pelo más de la cuenta. Los niños sensibles pueden reaccionar así.

-Pudiera ser una buena explicación cuando no hay otra, aunque a mí no me convence. ¡Qué quiere que le diga! Cuando uno toma un determinado camino siempre tiene alguna explicación a mano para razonar por qué lo ha hecho. Solo cuando se llega al final se sabe sin lugar a dudas se uno se ha equivocado o no… Mire, de niño me recuerdo ya mirando el suelo y la punta de mis zapatos, cuando caminaba por el pueblo, camino de la iglesia, para aprender el catecismo. Si me encontraba con alguien cambiaba de acera o me introducía en calles adyacentes y daba rodeo sin cuentos para evitar a una sola persona.

“En una sesión hipnótica- he pasado por todas o casi todas las terapias que conozco- el terapeuta me hizo retroceder al vientre materno. Descubrí con sorpresa –nunca fui consciente de haber pensado en ello alguna vez- que aquel bebé se movió conscientemente buscando enredarse al cuello el cordón umbilical. Estuve a punto de asfixiarme. Aunque le parezca increíble no deseaba nacer. Mi madre contó en alguna ocasión lo mucho que sufrió con mi parto. Al parecer me negaba a sacar la cabeza…

-¿También sabe lo que es la hipnosis?

-Sí. Fue una experiencia muy interesante y aleccionadora, aunque también muy dura. Pero si me permite seguiré con mi historia.

Me interesaban sus experiencias hipnóticas, pero decidí que lo mejor era dejar que el loco hablara libremente. Adopté la postura del terapeuta, que deja que el paciente charle por los codos y toma nota de lo que le parece interesante, haciendo como quien oye llover en las parrafadas que ya se sabe de memoria. No me sentía precisamente como un terapeuta con el loco. Sus problemas eran suyos y era él quien debería afrontarlos. Tampoco como un periodista que con sus preguntas encarrila la entrevista por el camino que a él le interesa. Se trataba de obtener todo el material posible de la vida de aquel hombre. Después decidiría qué hacer con él.

Tomé otro sorbo de mi copa y me recosté tranquilamente en el sofá. El loco hizo lo mismo y cerró los ojos, como si yo no existiera, como si no estuviera presente. Parecía hablar solo, dejando que las palabras flotaran en el aire. Supuse que estaba muy acostumbrado a hablar en voz alta consigo mismo. Todos los locos hacen lo mismo. Me pregunté cómo era posible que una persona ignorara de aquella manera a otra con la que supuestamente estaba hablando. No me di por ofendido, aceptando que los locos tienen sus propias normas de comportamiento social.

“Nos habíamos quedado en mi infancia. ¿Le he contado lo de mi perrita? Creo que no. Yo era un niño extraño… Sensible, decían los hipócritas de mi entorno. A los tres años perdí a mi perrita Tula, a la que amaba como si fuera mi hermanita. La atropelló un camión. Viví una tragedia sespiriana. Hasta el punto el punto que llegué a olvidarme por completo de haber tenido alguna vez una perrita. Solo años más tarde mi madre me recordaría un acontecimiento crucial en mi vida, que había bloqueado totalmente en mi memoria.A los dieciséis años me paseaba, de noche, antes de que nos recogiéramos para ir a dormir, por el patio del colegio. Entonces estudiaba sexto de bachillerato, o tal vez ya hubiera iniciado los dos años de estudios libres, fuera del esquema de estudios oficial, antes de entrar oficialmente en lo que ellos llamaban noviciado. Se pronunciaban los votos simples de pobreza, castidad y obediencia y se estudiaba teología.

Aquellos dos años preliminares nos daban un poco de todo y un mucho de nada. Filosofía, sociología, psicología y alguna cosilla más. Fue la filosofía la que más me afectó. Era tomista, por supuesto, aunque un cura “progre” nos enseñaba filosofía kantiana, y algo de Hegel, de Husserl y de Merlau Ponty, un filósofo contemporáneo por el que sentía pasión (creo que había estudiado en la universidad de Lieja, en Bélgica, me refiero al fraile). “Los silogismos tomistas me abrieron la mente a nuevos horizontes. Me permitieron poner en entredicho todo lo que me habían enseñado sobre la religión católica. Descubrí terribles contradicciones. Pero no fueron solo ellas las que me llevaron a plantearme el abandono. No entendía una vida de absoluta castidad. Me gustaban demasiado las mujeres para creer que podría ser casto el resto de mi vida. Y una vida hipócrita, intentando salvar almas, no me convencía.

“ Por entonces el balompié era mi pasión. Yo era seguidor incondicional del Real Madrid de su mejor época. Aún recuerdo la cancioncilla que cantábamos los niños del pueblo: Zoco tira a Pirri, Pirri tira a Muñoz, Muñoz se tira un pedo y atufa al portero… O algo así. No puedo recordarlo con exactitud. Mi meta en la vida era ser algún día jugador del Real Madrid, por lo que cuando el frailuco pidió voluntarios no pude resistirme y levanté el brazo. Aquel gesto cambió mi vida…

“La estancia en aquel colegio religioso me permitió tomar contacto con la cultura, pero también me convirtió en un adolescente angustiado, temiendo siempre que el pecado mortal de la masturbación me llevara irremisiblemente al infierno. Me lavaron el cerebro y durante el resto de mi vida no he hecho otra cosa que intentar llegar a las raíces de aquella planta y arrancarla entrenar la mente y adquirir una base lógica, con la que desmenucé y destruí todos los dogmas que habían introducido sibilinamente en el tierno subconsciente de aquel adolescente sensible. Tardé dos años en de cuajo.

“Como le decía, caminaba todas las noches por el patio, siguiendo las líneas marcadas con yeso en el campo de futbol. Sufría una crisis vocacional, en la terminología de los curas. Estaba pensando en abandonar mi carrera hacia el sacerdocio y salir al mundo, al demonio y a la carne. El estudio de la filosofía me permitió decidirme. Fue allí, paseando a la luz de las farolas, hasta que la llamada del timbre nos obligaba a recogernos, cuando mi creencia en el infierno se hundió para siempre. También se hundieron con ella el resto de mis creencias y especialmente mi confianza en los adultos y en el ser humano en general.

“Ahora estoy convencido de haber sufrido allí mi primer ataque de locura. No pensaba en otra cosa. Le daba vueltas y más vueltas a la idea de abandonar. Estuviera donde estuviera, en clase, comiendo, en la capilla, en el patio, mi obsesión era decidirme de una vez por todas. Creía estarme jugando no solo mi vida, sino incluso mi destino espiritual, mi futuro y la posibilidad de salvación. No creía en el infierno, pero de alguna manera pensaba que Dios me castigaría si abandonaba.

El loco se levantó, bebió de un trago el güisqui de su copa y se sirvió una buena ración. Sin decirme nada fue a buscar más hielo. Colocó algunos cubitos en mi vaso, sin pedirme permiso y escanció un buen trago. Llenó su copa de cubitos de hielo y se bebió el contenido sin parpadear. Con nerviosismo se sirvió una tercera copa. Pensé que estaba a punto de contarme algo muy doloroso y dramático. Su nerviosismo rayaba la paranoia.





EL LOCO DE CIUDADFRÍA V(NOVELA)

29 10 2016

Llamé al timbre del telefonillo una sola vez. Mientras caminaba los últimos metros había tomado la decisión: si no contestaba a la primera me largaría. Luego podría decirle a mi esposa que el loco se echó atrás… por miedo. Era una actitud muy mezquina por mi parte, lo reconozco. Sin embargo en ella existía un componente intuitivo que no fui capaz de apreciar en aquel momento.

Hasta que conocí al loco nunca me planteé la importancia de la intuición, esa milagrosa facultad que posee el ser humano de conocer la verdad de un solo vistazo, sin análisis ni razonamiento. Entonces no lo sabía, claro está, pero el tiempo me daría serios motivos para pensar que aquella fue en realidad mi última resistencia frente al destino, que acabaría echándoseme encima, como lobo hambriento.

El lector desocupado no entenderá esta obsesión mía por recalcar una y otra vez una circunstancia ya conocida, que tan solo sirve para ralentizar el ritmo narrativo. El lector desea saber cómo era en realidad el loco y qué circunstancias tan extraordinarias pudieron ocurrir para que pudiera llegar a lamentar el resto de mi vida haberle conocido. Todo llegará en su momento. Permítanme este regodeo morboso. Dejen que me detenga en esta encrucijada de mi vida y mire con nostalgia los restantes caminos, que pude haber elegido y no escogí. Porque una vez se toman decisiones de este calibre en la vida ya no hay marcha atrás.

Hubiera jurado que el loco estuvo todo el tiempo al lado del telefonillo, aguardando mi llamada. De otra manera no habría respondido con tal celeridad. Con el tiempo llegué a convencerme de que era capaz de intuir cada uno de mis pasos y adelantarse a ellos.

Me identifiqué y la puerta se abrió con un ligero chasquido. El edificio en el que habitaba el loco era antiguo, más bien diría viejo, y muy poco cuidado. Por suerte el ascensor aparecía reluciente, como recién instalado. Me sentía tan nervioso que me asustó un ruidito percutiente… hasta que descubrí que mi brazo derecho estaba temblando y golpeaba el botellero contra la pared.

El loco me esperaba con la puerta abierta. Vestía un chandal muy gastado, yo diría que sucio, y calzaba unas deportivas tan deterioradas por el uso que daba grima mirarlas. Sin duda estaba tan nervioso como yo. Su postura era todo lo rígida que le permitía su físico obeso y su barriga. Llevaba la chaqueta desabrochada, tal vez porque le quedaba pequeña y no podía subir la cremallera. Parte de su barriga, a la altura del ombligo, tomaba el aire, debido a que la sudadera no podía contenerla. Me echó una mirada de arriba abajo, tan extraña, que por un momento pensé que le molestaba verme con un regalo, como un huésped cualquiera. De pronto comprendí que en realidad intentaba no fijar su mirada en la bragueta de mi pantalón.

Recordé la advertencia de mi mujer. No solo miraba los pechos a las mujeres, cuando estaba nervioso o asustando, también los hombres eran objeto de su ira contenida. Clavaba su mirada en esa zona tan morbosa de la anatomía masculina. En una de las posteriores entrevistas, cuando ya existía entre nosotros una cierta confianza, me atreví a preguntarle por aquella curiosa manía.

-Verá –me respondió- con los hombres no puedo utilizar mi “técnica” de compensación erótica, porque por gracia o por desgracia, mis gustos sexuales son muy claros: me gustan las mujeres, solo las mujeres, y cuanto más atractivas más me gustan. Con los hombres utilizo otra “técnica” que no es precisamente de “compensación erótica” y que tiene mucho de venganza.

-¿En qué consiste?

-Imagino que a los cabrones que me llaman loco les corto los c… y los dejo castrados de por vida.

-¿También a mí?

-Lo dice por la mirada que le eché la primera vez que vino a casa? No, usted no es mi “enemigo”… al menos de momento. Lo que ocurre con las manías –no le resultará difícil entenderlo- es que no se pueden controlar, de otra manera ya no serían manías, como es lógico. Cuando me pongo muy nervioso o fóbico, me da por ahí. Algunos disfrutarían mucho si me hubiera dado por comer piedras. Por suerte esta manía es más inocua para mi estómago, aunque le aseguro que en ciertos momentos de mi vida habría preferido una buena indigestión de piedras.

-¿Qué le ocurrió?

-Poca cosa… Que a uno le llamen maricón, tan solo porque es víctima de una estúpida manía no es agradable. He procurado ponerme en la piel de los homosexuales y pensar que mi sufrimiento puede servirles de expiación por los pecados de tanto “machito” de mierda, como anda suelto por ahí. Pero no me consuela, no.

-¿Respondió con violencia?

-¡Oh, no! Tan solo recuerdo haberme peleado una vez en mi vida… Tendría unos seis años. Fue en la escuela. Unos matoncitos de mierda querían que les diera mis canicas. Me defendí a puñetazos y patadas. Pero eran muchos y muy cobardes. No vinieron de uno en uno, sino todos a la vez. Terminé en el suelo, pateado como un perro y con un ataque de nervios que me impedía respirar. La maestra se asustó mucho. Creyó que me moría. Fue la única vez que habló con mis padres… para decirles que era un niño demasiado sensible… En cuanto a los cabrones que me llamaron maricón, me hubiera gustado responderles que me presentaran a sus esposas, madres o hermanas, tal vez ellas luego pudieran corroborar su apreciación y si yo en la cama era tan maricón como les parecía a ellos.

-Pero no lo hizo…

-No. Me detuvo pensar que a lo mejor sus esposas o hermanas eran unos auténticos monstruitos y no se me hubiera levantado.

-Jaja. Veo que al menos conserva el sentido del humor… Pero ellas, las pobres, no tenían culpa de nada.

-Cierto, aunque eso nunca se sabe…La culpa es una cadena infinita de eslabones y el último no puede quejarse de sufrir las consecuencias cuando los demás son golpeados. Cuando golpean a los eslabones a los que estás unido terminas por sufrir tú también el golpe, aunque no tengas la menor culpa.

Así me explicó el loco su extraña conducta. Entonces me hice una idea aproximada de la génesis de su patología. Pero justo en aquel momento, allí, de pie, en el pasillo, observando cómo el loco procuraba apartar su mirada de mi bragueta también yo me pregunté si sus gustos sexuales no acabarían por traerme problemas. Con el tiempo -¡las sorpresas que nos da el tiempo!- descubriría que los problemas más bien podrían venirme por el lado de mi esposa. Pero no adelantemos acontecimientos…

Me invitó a pasar y se hizo a un lado. Atravesé el umbral con miedo, procurando dejar a salvo mi culo. Me indicó que dejara el botellero en la cocina, la primera puerta a la izquierda.

Como la mayoría de nuestras modernas cocinas era un espacio muy reducido. Solo los campesinos o los ricos parecen poder permitirse el lujo de poseer una cocina amplia, de “gourmet”. Observé que el fregadero estaba hasta arriba de platos y cazuelas sin fregar. Hasta olía mal. El loco se disculpó mientras yo dejaba el botellero en la encimera.

-Disculpe usted esta mierda (una palabra que utilizaba con frecuencia, como pude comprobar). Los que vivimos solos no nos preocupamos demasiado de la higiene o la limpieza. No suelo fregar hasta que necesito platos. Pensaba hacerlo para recibirle, aunque no entraba en mis planes enseñarle la casa, y menos la cocina, pero no voy a andarme con remilgos. Ha traído vino y hay que abrir las botellas.

No me ofrecí a echarle una mano con los platos. Eso sí, observé que en la mesa había varias fuentes y platos, entremeses, tortilla, aceitunas, patatas fritas y una gran variedad de cositas para picar… en platos limpios, por supuesto. Me pidió que le ayudara a llevarlo todo al salón.

Sobre la mesita de cristal había puesto un hule nuevo. Debió de leer mis pensamientos porque dijo:

-He pasado el aspirador y puesto un hule nuevo. De no haberme dormido habría limpiado el resto de la casa y fregado los cacharros, pero nunca controlo mis siestas. Debí haber puesto el despertador.

-No se preocupe. Lo entiendo perfectamente. Yo también viví solo un tiempo en un piso, durante mi época universitaria. Hacía lo mismo que usted. Los hombres somos unos auténticos “adanes” para estas cosas.

Me alegro que lo entienda, porque no estoy dispuesto a cambiar mi forma de vivir. Ni por usted, ni por nadie.

-¿Ni por una bella mujer?

-Esa es otra canción. Las mujeres pueden lograr de los hombres hasta esos milagros.

-¡Dígamelo a mí!

Regresamos a la cocina en busca de copias, cubiertos y servilletas.

-¿Vive usted solo?

-Las cucarachas me hacen mucha compañía…No, no ponga esa cara. Es una broma. Aunque con la falta de limpieza que hay aquí y la vetustez del piso no me extrañaría que una fila de lindas cucarachitas acabaran bailando cancán para mí.
-¿Por qué no contrata una asistenta, al menos para que le haga lo mayor una vez por semana? Incluso, se me ocurre, que podría escoger. Una chica joven y soltera podría acabar siendo el milagroso remedio a sus males.

-Supongo que bromea, aunque le voy a confesar que lo he pensado más de una y de dos veces. Poner un anuncio en el periódico y entrevistar a las candidatas hasta dar con una que me gustara. La pagaría bien, no tengo problemas económicos. Con el tiempo nadie sabe lo que puede pasar. Aunque yo estoy ya muy viejo y muy gordo.

-Como usted dice “nunca se sabe”. Conocerá el refrán: “nunca falta un roto para un descosido”.

-Sí he fantaseado con esa posibilidad. Siempre fantaseo con esas posibilidades. Pero mi fobia me hace recular ante la posibilidad de conocer a alguien.

-¿Siempre ha vivido solo? ¿No estuvo casado? Perdone mi indiscreción, pero usted me dijo que nada de secretos entre nosotros. ¿Ni siquiera vivió en pareja en su juventud?

-Esa es una historia muy dolorosa para mí. Permítame que me la reserve para otro día. Tengo que prepararme.

El loco tenía que prepararse para contarme las historias más dolorosas de su vida. Con el tiempo me explicaría que era una persona en extremo emocional. Necesitaba tiempo para “entrenarse”, como un atleta antes de la prueba.

Para ocultar su turbación buscó un sacacorchos por toda la cocina. Tal vez debido a su nerviosismo o quizás a que todo estaba manga por hombro, tardó mucho en encontrarlo. Antes tuvo que revolver cajones y armarios. Finalmente me lo tendió.

-El alcohol me excita y a veces me pone agresivo. Pero hoy lo necesito. No es fácil, ni siquiera para un loco, contar ciertas historias.

El loco me invitó a hacer honor a las viandas. La tortilla estaba buena, con cebolla, pimiento y trozos de chorizo y jamón. El loco traga más que come. Intenta controlar su ansia poniendo los platos y las fuentes bajo mis narices, para que me sirva. Así quiere ralentizar su ritmo de tragón inconfeso.

El jamón, el chorizo y la cecina son excelentes. Se lo hago notar.

-Sí, lo compré expresamente para esta cena.

¿-No había dormido toda la tarde? ¿Cuándo decidió hacer la compra?

-Lo compré todo ayer por la tarde. Me conozco y sabía que no podía permitirme el lujo de dejarlo todo al azar.

-¿Pero cómo sabía que iba a venir? No se lo confirmé hasta esta tarde, después de la comida.

-Era probable, pero no lo hice solo pensando en la probabilidad. En realidad llegué a verlo, aquí, comiendo y supuse que sería hoy.

-¿Cómo que me vio?

Sí, por el tercer ojo. Ya le hablaré de ello en otra ocasión.





EL LOCO DE CIUDADFRÍA III (NOVELA)

29 10 2016

EL LOCO DE CIUDAD-FRÍA/MI PRIMERA ENTREVISTA CON EL LOCO I

Cuando llegué a casa mi esposa estaba haciendo la comida. Volvió la cabeza al oír que se abría la puerta… Y allí estaba yo, apoyado en el quicio de la cocina. Le bastó un vistazo para saber: que no me había olvidado del pan; que había contactado con el loco, aunque no me sentía muy satisfecho del encuentro; que estaba dudando entre seguir adelante con la historia o no…y que me había zampado una palmera rellena con crema –esto último lo supo a través del olfato, en cuanto me puse a su espalda, la abracé y la besé en el cuello- seguramente descubrió más cosas, pero no me las dijo y yo no fui capaz de intuirlas.

Comimos en el salón toda la familia, matrimonio e hijos, viendo el telediario, lo que me libró de contestar a más preguntas de mi inquisidora particular respecto al loco. Después me eché la siesta en el sofá y durante toda la tarde tuve que soportar las indirectas de mi mujer sobre el motivo de no aprovechar la tarde para la primera entrevista con mi loco particular.

Tres días aguanté, defendiéndome de las insinuaciones de mi “partenaire” y al tercero, durante la siesta, soñé con el loco, y eso me decidió.

Fue la primera cosa rara (empleando el lenguaje coloquial del loco, que acabaría conociendo muy bien, quien no gustaba de palabras técnicas, ni de términos cultos, a pesar de que sabía utilizarlos muy bien, como pude comprobar) que me sucediera tras mi encuentro con aquel hombre. Luego comenzarían a sucederme extraños acontecimientos, para los que no tengo, de momento, explicación lógica o científica alguna.

EL PRIMER SUEÑO

“El loco me estaba viendo a través de una pantalla de televisión… Oía su voz, que parecía hablarme desde un micrófono situado en alguna parte, fuera de mi vista. Más que hablarme me estaba reprochando algo, tal vez lo que estuviera haciendo en ese momento… Seguidamente me echó una bronca por lo que estaba pensando. No recuerdo de qué se trataba, solo que me sentía muy molesto. Busqué la cámara desde la que el loco me estaba vigilando…La localicé en el techo del salón, en una esquina. Apareció una escalera, por arte de bibirloque… Me subí a ella. Golpeé la cámara con el puño cerrado, una y otra vez…hasta darme cuenta de que en realidad no podía hacer lo que estaba haciendo… porque no tenía manos. Bueno, en realidad sí las tenía… pero no las podía mover, porque alguien me había sujetado los brazos con cables.

Me estaban sometiendo al tercer grado en el polígrafo. No supe cómo había llegado hasta allí. Estaba en un programa de televisión. Me preguntaban si yo apreciaba realmente al loco… Sí, claro, naturalmente… Y el polígrafo dice…que…miente”.

Me desperté sobresaltado. El televisor permanecía encendido, con el volumen muy alto y sintonizado precisamente a un canal generalista. En la pantalla un personajillo de tres al cuarto era sometido al tercer grado del…polígrafo. “Y el polígrafo dice…que miente…y el polígrafo dice…que miente… y…” Aquel hombre mentía más que un sacamuelas vendiendo un crecepelo.

Apagué el televisor y llamé malhumorado a mi esposa. ¡Muy típico de ella amenizarme la siesta de esta manera!, como si tuviera celos de mi facilidad para quedarme dormido hasta de pie.

No me contestó nadie. La casa estaba silenciosa. Habrá ido a la compra, pensé, mientras empezaba a notar un fuerte dolor de cabeza. Miré en las habitaciones de los niños. Estaban vacías. Habrán ido a estudiar a casa de algún amigo. Me dije sin ganas de elucubrar sobre una supuesta tragedia acaecida en el mundo mientras yo soñaba con el loco.

Decidí encerrarme en mi despacho y poner por escrito todos los detalles que recordaba de mi encuentro con el loco. Al acabar cerré mi libreta de notas, guardándola en un cajón del escritorio. Aún seguía sin decidirme a utilizar la historia para mis relatos urbanitas. El personaje es real –reflexioné- lo he visto con mis propios ojos, pero más parece sacado de una narración de un Poe devaluado, que de una calle de nuestra amable ciudad.

Permanecí un rato meditando. Finalmente encendí el portatil, abrí la carpeta de esbozos y eché un vistazo a todo lo que tengo pendiente. En la editorial me han pedido que resucite al detective, protagonista de mi primera novela; publicada por una pequeña editorial y que pasó completamente desapercibida. Una sugerencia de una gran editorial es una orden para un escritor profesional. Aprovechando el tirón del último y prestigioso premio que había caído en mis manos (¡el destino sabe por qué!) querían lanzar una edición popular de toda mi obra. Se distribuiría en quioscos, a un precio muy asequible, y estaría precedida de una campaña publicitaria a bombo y platillo.

Leo asombrado el esbozo que redactara en un momento de extraña debilidad mental. Un depresivo mata con un hacha a su mujer, a sus hijos, a su suegra… y a la vecina del quinto que pasaba por allí. Surrealismo puro y tenebroso. Sin embargo hay una nota remitiéndome a la carpeta de recortes de prensa. Por lo visto esto sucedió realmente…Casi prefiero la historia del loco.

Repaso el esbozo de una saga que estoy terminando de esbozar. La historia de una familia española, desde la guerra civil hasta el 11-M. Un fresco realista, con personajes novelescos, que llegué a conocer o de los que me hablaron mis padres. Me digo que la historia del loco es más divertida. Verlo sumergido en esa estúpida tragedia de las miraditas, en esos gestos de seminarista represivo, es mucho más refrescante que sumergirme en el cainismo más atroz, por muy documentado hasta la extenuación que esté.

Tomo una decisión repentina. Busco en las estanterías, entre libros, discos de vinilo, cedés, cintas de música, de vídeo, cuadernos de notas y un montón de regalos –de la mujer, de los hijos, de los amigos… Hay estatuillas, barcos de vela, ceniceros y cuadritos con frases hirientes para los fumadores.

Al fin doy con la grabadora japonesa, de alta sensibilidad, que me trajo un amigo escritor, tras un viaje alrededor del mundo, América, Oceanía y sudeste asiático. Un día la probé en un parque, comprobando cómo grababa desde el cua-cua de los patos, al otro extremo, hasta las confidencias de dos señoras, que a una distancia más que prudencial, se contaban a la oreja las aventuras y desventuras de sus respectivos en la cama. Tras esta primera prueba la escondí en algún lugar de mi despacho, imaginando que acabaría por olvidarme de ella… y casi lo consigo.

Busqué una cinta en el cajón de las cintas vírgenes, comprobé la batería y la enchufé…Seguía funcionando perfectamente. Hasta se podía oír el raca-raca de mis uñas sobre la pernera del pantalón. Coloqué la grabadora a mano. Me hice con una libretita virgen e inicié una serie de anotaciones sobre las preguntas a las que me interesaba especialmente que respondiera el loco; así como los temas que no debería olvidar mencionar en la primera entrevista.

Cuando terminé los preparativos comprendí que mi subconsciente ya había tomado la decisión hacía mucho tiempo. El consciente ni siquiera se lo había planteado. Me encogí de hombros, aceptando lo irremediable de la situación. Había llegado el momento, para mí muy desagradable, de enfrentarme por primera vez, cara a cara, con el loco. Desde luego no sería aquella tarde. El sueño del polígrafo me había puesto de muy mal humor. Y tal vez tampoco sería mañana. ¡Ya veríamos! Aunque el hecho era que la decisión estaba tomada.





EL LOCO DE CIUDADFRÍA (NOVELA)

6 08 2016

  EL LOCO DE CIUDAD-FRÍA

 

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NOTA DEL AUTOR

Han pasado algunos años desde que escribiera la introducción a esta novela que pueden leer a continuación. Desde entonces muchas cosas han cambiado en mi vida, la mayoría para mejor. La obsesión que transmito en ese texto por mi supuesta locura y lo que se supone que los demás piensan, han pensado o pensarán de ese pobre loco ha ido remitiendo con el tiempo, gracias a Dios. He superado casi por completo mis viejos problemas depresivos y estoy en vías de solucionar mi fobia social. No me considero un loco, más allá de lo que implica ese concepto en el sentido de rebelde, peculiar, original o minoritario y por lo tanto no me siento obligado a dar explicaciones de lo que pienso, hago o de cómo es, o deja de ser, mi vida. Aún así sigo pensando lo mismo o parecido sobre el trato recibido de un gran número de personas de mis diferentes entornos a lo largo de las distintas etapas de mi vida. No me apeo del burro en cuanto a cómo creo que somos tratados los enfermos mentales en esta sociedad y sobre cuánta hipocresía y “mala leche” es desplegada por los “normales” o “intocables”  para marginarnos, aislarnos y mantenernos constantemente fuera de sus vidas y sus presencias. Sigo en mis trece cuando expreso mi convencimiento de que solo el amor, el cariño, la proximidad física y afectiva a los enfermos mentales puede acabar curando o atenuando sus patologías. Si hay genes torcidos será complicado curar completamente a un enfermo mental, aún así nadie me convencerá de que el amor y el cariño no podrían, incluso, enderezar un gen torcido.

En cuanto a lo novela en sí, es sin duda mi novela más ambiciosa, también la más autobiográfica. Eso no quiere decir que todo lo que en ella se cuenta sea cierto y real hasta la médula. La manipulación a la que he sometido mis vivencias, mi pasado y todo lo que soy o me ha sucedido, es tan fuerte que solo un iniciado, alguien que me conociera muy a fondo, podría descubrir dónde miento descaradamente o dónde me acerco a lo más real de mí mismo o de mi trayectoria vital. No importa lo que el autor haya hecho con sus vivencias porque lo verdaderamente importante es lo que en esta novela se cuenta de la supuesta o real “locura”, de cómo reaccionan los demás ante quienes se niegan sistemáticamente a formar parte del rebaño, de cualquier rebaño, y cómo toda vida que se precie no es sino una profundización espiritual en uno mismo. Como diría Milarepa, hemos venido a esta vida para aprender las lecciones espirituales que nuestros maestros han considerado indispensables para nuestra evolución como seres espirituales. Algunos parece que necesitábamos más lecciones y mucho más severas que otros o puede ser que voluntariamente hayamos elegido las experiencias más terribles para dar un salto de gigante en nuestro progreso espiritual. Hay muchas cosas que ignoramos, sin embargo de algo sí deberíamos estar seguros: todos acabaremos aprendiendo las mismas lecciones, de una forma o de otra, todos procedemos del Todo y a él regresaremos, todos estamos expuestos a que la tortilla se voltee y cuando pensábamos que nuestro orondo trasero estaba a salvo de quemarse, lo encontremos chamuscado y maloliente. Quien crea que a él nunca le sucederá nada de lo que nos ha sucedido alguna vez a los “locos”, que las desgracias están para que las sufran los demás, no él y que su buena estrella le acompañará hasta la muerte y más allá de ella, es un auténtico ciego y más le vale que abra los ojos y empiece a ver la auténtica realidad o el golpe que acabará recibiendo antes o después será todo un apocalipsis.

Aprovechando la nueva subida de capítulos que ya tengo en otras páginas he decidido hacer una revisión concienzuda y casi definitiva del texto que me servirá para guardar en mi biblioteca, con ilustraciones y todo, a la espera de que algún día otro “loco” como yo se atreva a publicar esta novela que seguramente revolverá muchos estómagos y muchas almas sensibles, para siempre.

No espero que les guste. Mi máxima ambición sería que les disgustara hasta el límite de hacer que se replanteen sus propias vidas. Un abrazo.

 

                        EL LOCO DE CIUDAD-FRÍA

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                 A MODO DE PRÓLOGO

 

Hace unos días pude leer en la prensa una pequeña nota, perdida entre otras muchas informaciones, tal vez más importantes. En ella se decía que el 6% -han leído bien- de la población mundial, padece trastorno bipolar. Teniendo en cuenta que con casi total seguridad la mayoría de los bipolares están en países ricos ( a los pobres solo les preocupa el hambre y ni se enteran del resto de trastornos) y si a esto añadimos que además de bipolares hay paranoicos, psicóticos, neuróticos leves o menos leves, fóbicos, obsesivo-compulsivos … y podríamos seguir y seguir… la conclusión, al menos por mi parte, es que la enfermedad mental no es moco de pavo, ni por el número de enfermos, ni por las consecuencias para la persona que la sufre.

Para completar esta información pude escuchar en un programa de radio que en este país somos más de ochocientas mil personas las que hemos sufrido algún tipo de enfermedad mental a lo largo de nuestras vidas y que 1 de cada 4 españoles sufre algún trastorno psicológico. No es una estadística para olvidar, desde luego. La estadística se centraba en las pérdidas económicas que esto producía en la economía del país y creo recordar que se atrevía a cuantificarlas. Lo cierto es que a mí, particularmente, me interesa mucho más el sufrimiento por milímetro cuadrado de piel o de neurona que las pérdidas que esto puede suponer para una economía globalizada (sobre todo si quienes pierden tienen mucho, porque a los que tienen muy poco les da igual morirse de hambre hoy que mañana… es un decir sarcástico… ustedes me entienden).

Si algún día el bienestar del planeta se cuantificara por el sufrimiento de sus enfermos mentales nos daríamos cuenta que el bienestar económico es en realidad una paparrucha. El enfermo mental, aparte del sufrimiento intrínseco de su enfermedad, tiene que padecer una marginación social de no te menees, y a veces un acoso por parte de ciertos grupitos que es más propio de depredadores sin escrúpulos que de seres humanos. Se llaman a sí mismo cuerdos y normales y se burlan desvergonzadamente de quienes han tenido la desgracia de que su psiquis se resquebraje por una infinidad de motivos. A ellos, a los cuerdos y normales, los encerraría yo en una isla desierta, a ver si se devoraban entre sí o por el contrario demostraban que su cordura es auténtica y no un simple dar cuerda a los demás para que se ahorquen.

Suena duro, lo sé, muy duro, pero les aseguro que si se les ocurre leer el relato que sigue a este largo prólogo, “El loco de Ciudadfría”, tal vez cambien un poco de opinión. Si bien las fronteras entre la locura y la cordura nunca han estado muy claras; si es cierto que muchas veces se confunde lo políticamente correcto con la cordura y la filosofía personal con la locura; si los surrealistas de principios del siglo XX trabajaron mucho este aspecto de la locura –el enfrentamiento con una sociedad patéticamente cuerda, hasta extremos vomitivos- y si Dalí utilizó el método paranoico-crítico ( como él lo definió) para mantener ciertos estratos de su vida y de su obra –delirios de loco- al margen del resto de su personalidad ( ” La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco”), no deja de ser absolutamente cierto que la enfermedad mental y la locura existen. Bien sea debido a causas sociales, culturales, psicológicas, o a la herencia genética o a malformaciones biológicas, lo cierto es que la enfermedad mental y la locura existen….

Pocos seres tan marginados e incomprendidos como el loco. ¿Han visto ustedes a algún profesional de la mendicidad utilizar a un loco como gancho de su negocio? A un amputado, a un niño, a un ser deforme, sí, a un loco nunca. El loco no produce compasión, sino instintivo rechazo. Tal vez sea debido a que lo mismo que sucede con el cáncer, nadie está libre de la depresión, la locura o la demencia senil.

Quienes se consideren cuerdos confesos e irredimibles puede que no estén aún preparados para leer estas páginas. Si este prólogo contiene palabras duras (de las que no me arrepiento) la lectura del relato que sigue “El loco de Ciudad-fría”, encuadrado dentro de mi serie de “Relatos urbanitas” les revolverá la hiel, se lo garantizo. Como en el Lobo estepario de Hesese, concretamente en su Teatro Mágico (donde aparece la leyenda: solo para locos) lo que va a seguir es solo para locos, absténganse cuerdos, su vesícula biliar no soportaría el impacto.

 

No me hubiera perdonado nunca si no aprovechara la presentación de mi relato para romper una lanza, mil, todas, en favor del enfermo mental. Puede que se sientan incapaces de mirarle a la cara, pero recuerden que la condición humana es frágil, nadie está libre de padecer cáncer o de terminar loco. La vida es a veces espantosamente justa. Quizás el loco del que ustedes se burlan hoy, mañana puede estar a la puerta de su casa riéndose locamente del cáncer que arruina sus vidas.

Son palabras duras, lo sé, pero creanme si les digo que tengo serios motivos para pronunciarlas aquí. Una panda de psiquiatras ( a quienes mejor les hubiera venido un corazón más grande que tantos datos en las neuronas) me diagnosticaron en mi juventud todo tipo de patologías, con nombres terribles, incluso uno de ellos se atrevió a profetizar que yo nunca saldría adelante, y que lo mejor sería abandonarme en el monte, con las cabras.

Años más tarde, una mujer (¡tenía que ser mujer!, ellas tienen una especial sensibilidad para estos temas) una psiquiatra, tras unas horas de conversación y una batería de tests me dijo, con justa dureza, que lo mío no era una patología mental irreversible, sino mi cobardía, mi incapacidad para enfrentarme a la vida. En una palabra: yo no tenía c…. para darle cara a mis problemas.

Me reboté como el loco que me habían dicho que era y miré sus rotundos y hermosos senos con ojos de sátiro lujurioso (quería ofenderla en lo más profundo de su femineidad) pero el tiempo me hizo apreciar el inmenso favor que me regaló aquella mujer valiente y excepcional. Liberado del peso de la locura me enfrenté a la vida con valor, con arrojo. No fue fácil, pero con la ayuda de una férrea voluntad, de métodos y técnicas mentales de relajación (yoga y otras técnica que encontré buscando sin parar) y sobre todo gracias a mi esposa, que apareció en mi vida como un ángel y en el momento más oportuno, pude superar con los años el infierno en el que habité, como el más loco entre los locos.

Aquellos estúpidos psiquiatras no fueron capaces de ver en mí un joven destrozado por una educación religiosa represiva y miserable, que le fue embutida a trompazos a un niño tan necesitado de cariño que lo buscaba de las formas más insólitas y surrealistas. Me diagnosticaron la locura y muchoa gente en mi entorno me señaló con el dedo y se burló del pobre loco de “Ciudad-fría”. Si ellos hubieran conocido mis pensamientos se habrían encerrado en un bunker, para que mis maldiciones lo les alcanzaran. Habría ido a la puerta de su casa para reírme del cáncer que les acababan de descubrir en los c….

Son palabras duras, muy duras, lo sé, pero no me arrepiento de ellas. Solo Dios y yo conocemos el infierno en el que tuve que vivir tantos años, porque, fuera lo que fuera lo que me estaba ocurriendo, en ninguna parte encontré una brizna de cariño, de comprensión y de respeto.

El loco de Ciudad-fría no es mi autobiografía. Forma parte de mis “Relatos urbanitas”. Se desgajó de esta serie al adquirir vida propia. ¿Cuánto hay de realidad en éste texto y cuánto de ficción? Sería complicado poner un número. Digamos un 50%, mitad y mitad. En algunos episodios la realidad superará a la ficción y en otros será al contrario.

¿Por qué no escribo una autobiografía y doy la cara con todas las consecuencias? Pues sencillamente porque soy un loco, lo reconozco, pero no soy tonto. Los locos no tenemos que ser necesariamente tontos. Al contrario, muchos locos son tan inteligentes que algunos han acuñado aquella frase de que la locura y la genialidad se tocan y no se sabe dónde. Si yo escribiera todo lo que me ocurrió, con pelos y señales, nadie me creería. Es demasiado fuerte y crudo para ser real, me dirían. Como siempre la realidad supera a la ficción. Si esta ficción les parece dura y cruda imaginen cómo sería la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Para evitarles el mal trago he utilizado el material autobiográfico para manipularlo a mi gusto y gana y hacer más asimilable una historia que ninguno de ustedes creería. Estoy seguro. Como además hay mucho material lo he dividido en muchas partes. El loco de Ciudad-fría tiene la parte “más suave” y en cambio una novela que tal vez conozcan a mi muerte, una obra póstuma, y que titulo “Una temporada en el infierno” , les dará a conocer el resto.

Pero dejémonos de prólogos y vayamos al grano. Como verán el autor se ha desdoblado en el personaje del loco y en el periodista y escritor que escribe la historia para un supuesto suplemento dominical de un diario de provincial. En ambos hay mucho de mí. Las reflexiones del narrador intentan ser las mías propias, vistos los acontecimientos desde un futuro lejano y con la frialdad que da el no ser parte de ellos –supuestamente,claro-.

LES REITERO. ESTA ES UNA HISTORIA SOLO PARA LOCOS COMO LEYÓ EL LOBO ESTEPARIO DE HESSE. ABSTÉNGANSE LOS CUERDOS, PORQUE PUEDE HERIR SU SENSIBILIDAD.