LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XVII

5 03 2017

LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XVII

LA RECAPITULACIÓN DE BAUTISTA II

He interrumpido estas historias durante demasiado tiempo, me costaría mucho escribirlas de un tirón, son demasiados recuerdos, vivencias, sufrimiento, toda una vida como enfermo mental para que pueda recapitular de seguido, sin tomarme un descanso, un respiro. Me ha venido bien porque eso me ha permitido encontrar la libreta donde anoté mis conversaciones con Bautista e intentar poner un poco de orden en tanto material como obra en mi poder, un auténtico caos de datos. Aprovecharé este capítulo, no solo para continuar con la recapitulación que hizo Bautista sobre la historia de la enfermedad mental en España al cumplirse el treinta aniversario de la reforma psiquiátrica en España, sino también para decirme a mí mismo sobre qué enfermos mentales que conociera Bautista en el psiquiátrico de Alcohete voy a escribir, convertidos en parte en personajes, y hacer un pequeño esquema de cómo era Alcohete y de las experiencias de Bautista en sus visitas a este centro durante años.

Durante las entrevistas que mantuvimos en su antigua tienda de pinturas le pedí expresamente que me hablara de los enfermos que había conocido allí y con los que había tenido más trato. Aunque no doy por cerrada la historia de los dos hermanos, primos carnales de Bautista, sobre los que ya he escrito en esta serie de historias, sí voy a hacer un inciso para hablar de Alcohete, intercalando las vidas noveladas de estos enfermos sobre los que me hablara Bautista. Quiero hacer aquí una pequeña lista antes de que vuelva a perder la libreta y me pase otra temporada buscándola, algo muy típico de mi patología como enfermo mental.

Estas son las personas con enfermedad mental de las que me habló Bautista y sobre las que escribiré en futuros capítulos:

-La Señorita collares,como la llama Bautista. Cincuenta años, bajita, portaba un montón de collares al cuello.

-El fotógrafo. Una delirante historia de un joven que fue escondido en un psiquiátrico para librarle de la muerte durante la guerra civil española y que acabó sufriendo una enfermedad mental aunque al parecer no existen datos de que ya fuera un enfermo cuando se le internó. Le regalaron una cámara fotográfica, sin carrete, y con ella no cesaba de hacer fotos a todo el que aparecía por allí, inmortalizando personas y eventos. Aunque se trata de un caso muy poco habitual no deja de ser una perspectiva distinta sobre la enfermedad mental que algunos se empeñan en reducir a un problema genético. Parece claro que el entorno es también fundamental en el nacimiento y evolución de la enfermedad mental.

-El tahur, así lo llamo yo. Un enfermo que al parecer fue croupier en un casino francés y que terminó en el psiquiátrico de Alcohete. Al parecer tenía una portentosa memoria matemática.

-El niño Jesús. En Alcohete se hacía todas las navidades un belén viviente en el que participaban los enfermos. Mis notas son confusas al respecto puesto que también aparece otro enfermo que quería ser rey mago y lo vestían siempre de pastor. No tengo claro si se trata de dos personas distintas o de una sola. Antes de escribir esta historia tengo que hablar con Bautista para que me refresque la memoria.

-La hija adoptada de Bautista. Así la llamo yo en broma. Se trataba de una enferma mental, joven, que se sentía hija de Bautista, de alguna manera lo adoptó como padre y sentía auténticos celos de otras enfermas que se le acercaban. Los datos que tengo anotados son incompletos y un tanto confusos, también hablaré con Bautista al respecto. Al parecer tenía veintisiete años, tenía un hijo de un embarazo, siendo enferma mental con un trastorno severo de conducta. Al parecer pudo ser violada por su padre a los ocho años. Alcohólica. Se escapa de casa a la muerte de su madre, con diez o doce años y vive en la calle.

-El peripatético. Lo llamo así porque al parecer le gustaba caminar casi corriendo. Tenía treinta y nueve años. Era alcohólico y sufría a veces de delirium tremens. Al parecer comenzó a beber de estudiante, finalizado el PREU. A los veinte años le pegó, en una borrachera, a un guardia civil. Quería hacerse famoso y ayudar a la gente. Su sueño era que le tocara la lotería y repartirla entre todos. También las anotaciones que tengo son un tanto confusas y tendré que aclararlas con Bautista.

Debo tener anotadas más historias de enfermos pero no las encuentro, tal vez haya otra libreta que aún no he encontrado. Creo recordar que cambié de libreta durante las entrevistas, al terminarse la primera. Confiaba en mi buena memoria para estos temas y solo pensaba utilizar las anotaciones para recordar algún dato concreto o matiz, pero ha pasado demasiado tiempo y voy a necesitar todas las notas que tomé en su momento e incluso las cintas que grabé, si logro encontrarlas.

Respecto a la historia de Alcohete utilizaré los datos anotados para hacer un esquema básico de su historia. Creo que también voy a utilizar el formato de “Un día en la historia de Alcohete” para dar unidad a la gran variedad de datos que tengo anotados sobre el personal, el edificio con sus dependencias y los acontecimientos que Bautista me fue contando. Por último iré insertando, cuando proceda, la gran aventura de Bautista con la fundación Madre y el comienzo del asociacionismo de los familiares de enfermos mentales. No daré nombres cuando no tenga permiso expreso de las personas que participaron en esta aventura, aunque hay un caso especialísimo del que tendré que hablar necesariamente porque su trabajo tiene un enorme mérito y Bautista expresamente me pidió que dejara bien claro que su contribución fue superior incluso a la del propio Bautista. Me limitaré a dar detalles imprescindibles dejando en la oscuridad si esta persona era hombre o mujer y sobre todo me cuidaré mucho de no hablar de su biografía o cualquier otro detalle que pueda identificar a la persona. También me veré obligado a contar como ficticios algunos acontecimientos de que me hablara Bautista, no porque haya en ellos nada de inmoral o vergonzoso, todo lo contrario, considero que así es como deberían haber sido tratados los enfermos mentales incluso antes de la reforma psiquiátrica. Cuando sea preciso haré constar expresamente en el título y notas que lo que voy a narrar es una historia ficticia, aunque al final, si así procediere, haré constar los datos reales en que he basado la historia que cuento. Y sin más proseguiremos con la tarea que resta pendiente.

LA RECAPITULACIÓN DE BAUTISTA/CONTINUACIÓN

LUCES DE LA REFORMA PSIQUIÁTRICA/CONTINUACIÓN

3-AUMENTO DE LA INVESTIGACIÓN, CON LA APARICIÓN DE SEGUNDA Y TERCERA GENERACIÓN DE MEDICAMENTOS MENOS AGRESIVOS Y MÁS EFECTIVOS

COMENTARIO PERSONAL

Por suerte no puedo hablar de este tema por experiencia propia ya que cuando decidí dejar la medicación, hace ya más de dos décadas, los nuevos medicamentos estaban justo apareciendo en el mercado y aunque yo era el conejillo de indias favorito de mis psiquiatras para probarlos, apenas puedo hablar de uno de ellos, el p…, que fue el último medicamento que tomara.

Es preciso e imprescindible agradecer el esfuerzo de profesionales y empresas farmacéuticas que llevan décadas trabajando en la investigación de medicamentos para la enfermedad mental. No me duelen prendas en reconocer que sin estos medicamentos, algunos con efectos secundarios terribles, sobre todo los primeros, muchos enfermos mentales no hubiéramos podido sobrevivir a la enfermedad. Durante las crisis más terribles de mi enfermedad, en mi juventud, sin la medicación que me hicieron tomar es más que probable que yo no estaría aquí para contarlo. Ya de por sí es un auténtico milagro que esté, no quiero ni imaginarme cómo hubiera terminado de no haber sido “amansado”, digámoslo así, por la medicación.

Por desgracia esto es lo que entonces, e incluso ahora, es lo máximo que se puede pedir a la medicación, que “amanse” al enfermo durante sus crisis, para que una vez pasadas se pueda trabajar con él en otras terapias menos drásticas y más positivas. Los efectos de la medicación que tomé durante mis años de enfermo mental medicado y con patologías severas, se podrían dividir en dos efectos básicos: adormecerme, dormirme, hibernarme, convertirme en un vegetal y por otro lado animarme, producirme euforia artificial, drogarme para que pasara de un deseo irresistible de morir, de acabar con mi vida, de un estado de ánimo oscuro, negro como la noche, a otro de una euforia irreal, casi delirante.
Ninguno de estos efectos era real, quiero decir que ni el adormecimiento era normal, ni convertirse en un vegetal sea algo que yo eligiera voluntariamente ni siquiera en los peores momentos de mi enfermedad, ni tampoco esa euforia artificial y a veces ridícula sea un estado de ánimo que yo elegiría para vivir habitualmente. Por mucho que dormir pueda ser positivo durante una crisis grave, no deja de ser una fuga de la realidad y desde luego si estoy aquí quiero estarlo a todos los efectos. Por otro lado por mucho que uno se sienta en la cumbre de la montaña y capaz de despegar con alas ficticias y volar por el universo mundo, no deja de ser algo artificial, efecto de una droga. Aún recuerdo aquel episodio último con el P…, antes de que tomara la firme decisión de abandonar la medicación. Yo estaba asomado a la ventana de nuestro piso y en un estado tal de euforia que por un momento –gracias a Dios solo fue un instante- estuve convencido de que si extendía mis manos como alas podría salir por la ventana, volando como un pájaro. Para quienes nunca hayan vivido este tipo de experiencias, el delirio o la alucinación, les tiene que resultar complicado ponerse en mi piel y hacerse una idea de hasta qué punto nos puede parecer real a los enfermos hacer ciertas cosas que son claramente conductas patológicas de un demente. Aquella experiencia me asustó tanto, puesto que hubo un momento en que temí que fuera arrojarme por la ventana, convencido de que podría volar, que tras pensarlo seriamente tomé la decisión de mi vida. Prefiero mil veces afrontar el mayor de los sufrimientos posibles en estado de plena lucidez que vivir artificialmente, dopado por drogas. Por suerte para mí conseguí superar los peores momentos, tal vez una especie de síndrome de abstinencia, que llegó a durar unos seis meses y durante los cuales muchas veces creí que no lo superaría y estuve a punto de abandonar, y acostumbrarme a enfrentarme a los problemas de la vida y de mi enfermedad a pecho descubierto, sin el consuelo de que en caso de emergencia podré tomar unas pastillas y regresar al limbo del que salí.
Jamás aconsejaré a una persona con enfermedad mental, más en las enfermedades muy graves, que deje la medicación. Yo no tenía nada que perder y algo a ganar. Fue la decisión libre de un auténtico guerrero, pero sin la ayuda del yoga mental que llevaba practicando ya algunos años, sin la ayuda de la familia, sin mi férrea voluntad de no volver jamás a intentar el suicidio, ocurriera lo que ocurriera, estoy convencido de que no habría logrado salir adelante. A pesar de ello mi vida no fue fácil precisamente. Todo esto lo estoy contando y espero terminar de hacerlo algún día en Diario de un enfermo mental, el gran secreto. No estoy orgulloso de las conductas patológicas que siguieron jalonando mi vida después de haber dejado la medicación, pero volvería a hacerlo, incluso ahora, cuando lo he perdido todo, realmente todo, entre vivir como un vegetal o como un Sísifo, empujando el pedrusco hasta la cima de la montaña, para ver cómo vuelve a caer, yo elegiré siempre ser un Sísifo.

Algunos medicamentos que llegué a tomar en mi juventud, durante mi etapa negra, fueron auténticas drogas alucinógenas y con unos efectos secundarios terribles. Muchos de ellos me transformaron en un auténtico vegetal durante largos periodos de mi vida. Aunque no soy un profesional puedo decir que los efectos sobre mi cerebro fueron drásticos y perviven en el tiempo. Desde luego yo no los hubiera empleado, ahora que conozco sus efectos, ni torturando a mi peor enemigo.

Desconozco los efectos de la medicación actual, como ya he dicho, por los efectos que producen en otros enfermos mentales con los que trato considero que la medicación ha mejorado mucho, muchísimo, desde mi época, aún así observo esos efectos secundarios tan demoledores, la somnolencia, la ralentización del proceso mental, el casi bloqueo de algunos reflejos, la enorme dificultad que supone vivir una vida normal con la medicación. Pienso que se podría hacer más si se estudiara más a fondo el cerebro y se buscaran y experimentaran medicamentos cada vez con menos efectos secundarios y que fueran directos a la causa de la enfermedad y no a dormir al enfermo como única salida a sus crisis. Me temo que la enfermedad mental, como enfermedad psíquica, del alma, que es, requiere una terapia totalizadora de la personalidad del enfermo, pero una medicación que permitiera disminuir la intensidad de las crisis sin dormir o convertir en un vegetal al enfermo sería un gran avance.

Estoy de acuerdo con Bautista en que la medicación ha progresado mucho, pero debería hacerlo aún más. Me apena profundamente ver a otros enfermos luchando con el sueño, intentando expresarse con enorme dificultad, adaptando su vida a los ciclos de la medicación, perdiendo muchas horas simplemente permaneciendo pasivo hasta que pase lo peor del efecto de la medicación. Teniendo en cuenta el mercantilismo en el que vivimos, cómo es nuestra sociedad, cómo son los recortes durante las crisis que cada vez parecen más frecuentes y más largas, me temo que esto va a tener que esperar un tiempo.

Me estoy basando para esta recapitulación en las fotocopias que me dio Bautista sobre sus apuntes para una conferencia. Hasta ahora solo hemos visto los tres primeros puntos de las luces, de nueve. Intentaré que mis comentarios sean más sobrios con los restantes puntos o esto se prolongará en exceso. Acompaño a este texto una foto que le hicieron para acompañar una entrevista periodística y finalizo con la frase que la encabeza, que yo entiendo que está un poco adornada por el periodista, porque conociendo como conozco a Bautista sé lo que le cuesta salir de su anonimato y más con frases grandilocuentes. Tomo nota de que deberé trabajar un poco más en estas historias, aunque con cierta prudencia, a pesar de mi condición de guerrero impecable los recuerdos de mi pasado pueden tumbarme a poco que me descuide. Me lo tomaré con una cierta calma, pero sabiendo que esto sigue pendiente, lo mismo que los relatos del otro lado que inicié hace ya mucho tiempo con gran entusiasmo y que ahora están bloqueados porque me cuesta ponerme a recordar aquella época de mi vida. Y termino con la mencionada frase de Bautista.

DIEZ VECES QUE VIVIERA, DIEZ VECES QUE QUISIERA VIVIR LO MISMO
Bautista.





LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XVI

18 09 2016

 

LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XVI

LA RECAPITULACIÓN DE BAUTISTA

Aunque he recibido permiso expreso de Bautista para escribir estas historias he procurado en todo momento ser muy discreto sobre su vida personal y lo seguiré siendo. Soy muy consciente de que mi caso es excepcional, lo he perdido todo, nada tengo que perder y puedo permitirme el lujazo de hablar de mi vida privada, íntima, con absoluta sinceridad, sin el menor miedo y sin la menor duda. Aún así procuro que al hablar de mí no hacerlo de otras personas que forman parte de mi vida o han formado parte de ella, salvo que su intervención en mi vida sea de tal calibre que no hablar de ello, al menos mencionarlo, sería como recortar o podar buena parte de mi vida, algo a lo que no estoy dispuesto porque nunca he sido masoquista y cortarme extremidades o seccionar órganos internos no es lo mío. Aunque mi filosofía budista no me permite decir sin más que mi vida es mía y hago con ella lo que quiero mi condición de guerrero impecable sí me permite mencionar la influencia que otras personas tienen en ella y asumir todas y cada una de las consecuencias con absoluta impecabilidad. En mi diario personal de enfermo mental apenas menciono a otras personas y casi siempre con iniciales. Eso hace que algunas cuestiones personales no sean del todo entendibles pero prefiero que sea así a involucrar a terceras personas, salvo, como he dicho que sea absolutamente imprescindible para entenderme a mí. Así en el diario no menciono a enfermos mentales con los que tengo actualmente una relación muy estrecha, salvo alguna excepción en que resulta necesario mencionar algo y procuro utilizar siempre las iniciales. Es por eso que en mi relación con Bautista debo podar experiencias que podrían desvelar alguna de sus intimidades que no procede salgan a la luz. Aún así debo decir que ha pasado una etapa difícil en algunos aspectos y que su vida de jubilado no es tan vaga y bonancible como la mía. Es una de esas personas que cuando se jubilan no puede estarse quieto, sentado mirando las “apabardas” como hago yo sin el menor remordimiento. Cuida de su numerosa familia en todos los aspectos, sigue en la brecha de la lucha por el enfermo mental, aunque ahora sin cargos, y sigue ocupándose de su granja de animalitos, de su viña (estará a punto de iniciar la vendimia) y de un montón de cuestiones que yo ni me plantearía como jubilado. Hay otras cuestiones que influyen en su salud que no quiero mencionar. A pesar de todo ello aún tiene tiempo para dejarse entrevistar –con dificultad, porque es muy humilde- y para hacer una recapitulación sobre la evolución de la enfermedad mental en España. Ha tenido el detalle de pasarme la entrevista que le hicieron como “gran hermano”, como le llamo yo de todos los enfermos mentales y las notas que tomó para hacer la recapitulación que es objeto de este capítulo.

A pesar de que estando jubilado deberíamos habernos visto con más frecuencia, ha ocurrido al revés, debido sobre todo a lo muy ocupado que he estado tras mi jubilación, arreglando asuntos de diversa índole, viajando para encontrar mi paisaje y mi casita y haciendo la mudanza en mi propio coche en algunos viajes un tanto pesados pero que llevo muy bien porque me encanta conducir. Por fin ahora se ha terminado. Uno de los hijos de Bautista, un chaval tan amable como trabajador, tanto o más que su padre, aceptó traerme lo que restaba de mis pertenencias en su furgón. Eso me ha permitido dar por finalizada una etapa. He podido entregar las llaves del apartamento y asentarme de una vez por todas en Soria. Aunque Bautista es muy discreto, especialmente con los enfermos mentales, intuyo que ha sufrido un poco al verme partir lejos y saber que voy a estar solo en una casita en un lugar montañoso, especialmente agreste en invierno. El me había hablado del balneario de Tus, en Albacete, un lugar donde estuve unos días con él y su mujer hace ya algún tiempo. Es un lugar increíble para ser manchego, una media montaña con mucho verde que me sorprendió, como la provincia de Albacete, de la que tenía una idea equivocada, algo así como un erial seco y tan plano como una moneda. Me gustó mucho el lugar pero no quise aceptar su ofrecimiento de buscarme una casita, cerca de un matrimonio amigo, el marido profesor de yoga, experto en yerbas y terapeuta alternativo. Llevan allí instalados y hubiera sido agradable tener cerca algún amigo, además de estar bastante más cerca de Bautista que desde Soria. Mi idea era distinta, quería alta montaña, un paisaje del norte, frío, invernal, un lugar relativamente solitario y una casa con jardín, huerta y mis mascotas. Tras el rotundo fracaso de mis estrategias ya había previsto que hasta mi muerte iba a ser una especie de monje solitario, dedicado a mis cosas. Deseaba estar solo, que no me molestaran vecinos, olvidarme para siempre del calor, disfrutar del frío, de la nieve, de la montaña cercana, de mi perrito y gatito, como pensaba entonces, y caminar hacia mi última danza con la muerte en un lugar y en unas circunstancias que fueran las que yo había deseado siempre. Por desgracia mi gran sueño, la casa de mis abuelos, su pueblo, en la zona de los Picos de Europa, ya fue descartado hace años debido a mi enfermedad mental y sus consecuencias familiares y de todo tipo. Aquel era el paisaje de mi vida pero había demasiada gente que me conocía, demasiados familiares, demasiados problemas para alguien como yo que deseaba estar solo, tranquilo y sin que nadie me recordara a cada paso lo que había sido mi vida. Así que éste es mejor lugar que encontré, de nuevo el plan B adueñándose de mi vida. Intuyo que a Bautista le habría gustado más que yo me quedara en Tús, estaría más acompañado por sus amigos, no me sentiría tan solo, nos podríamos ver con más frecuencia y ambos compartiríamos la última etapa de la vida, que siempre suele ser más solitaria y achacosa que la anterior. Sin embargo no dijo nada, como tampoco lo hizo, actuando con mucha discreción cuando le hablé de la posibilidad de irme a vivir a México, donde residía una gran amiga que me contactó a través del blog por ser familiar de un enfermo mental. A pesar de no conocernos entre los dos surgió algo importante. Yo estaba dispuesto a dar el paso, no sin antes actuar con prudencia y conocer el entorno a donde pensaba ir. Sé que a Bautista aquello le preocupó bastante, pero su respeto hacia las decisiones de los demás, especialmente de los enfermos mentales, y su extremada discreción hizo que se limitara a gastarme algunas bromas. Todo esto también me consta por mis sueños que de vez en cuando siguen anunciándome cosas. En sueños ya me planteé lo de Tus y tomé una decisión y en sueños también supe que mi historia mexicana, a pesar de los numerosos e importantes sueños que tuve sobre el tema desde hace años, no cuajaría como así ha sido.

Bautista es un hombre práctico al que estas cosas de los sueños o del yoga mental no le atraen demasiado, a pesar de ello su respeto a nuestras creencias en ese sentido es también exquisito. Durante todo este tiempo no he escrito prácticamente nada, demasiado ocupado en mis cosas, pero no pensé en ningún momento en abandonar estas historias, a veces demasiado sensibles para mí por mi condición de enfermo mental. Aún me queda mucho que contar sobre el psiquiátrico de Alcohete y algunos enfermos que conoció allí Bautista, cuyas historias no deben quedar en el anonimato. Pero antes creo que vendrá muy bien repasar la recapitulación que hizo Bautista sobre la evolución de la enfermedad y el trato a los enfermos en España durante tres décadas.

LA RECAPITULACIÓN DE BAUTISTA

Entre la documentación que obra en mi poder están unas páginas impresas desde el ordenador, imagino que por su hijo, y que me gustaría comentar y apostillar.

XXX ANIVERSARIO DE LA REFORMA PSIQUIÁTRICA
30 AÑOS DE LUCES Y SOMBRAS

LUCES

-El cierre de los antiguos manicomios.

COMENTARIO PERSONAL

Aunque la palabra sigue sonando muy dura, así se expresaban antes. Vas a terminar en el manicomio, solías escuchar cuando estabas mal y hacías determinadas cosas, cuando eras un enfermo mental y tu familia empezaba a estar harto de ti. Los personajes raros del pueblo también tenían que escuchar a veces esta expresión. Vas a terminar en el manicomio tío Paco, Pacorro. Yo la escuché muchas veces en mi infancia, adolescencia e incluso juventud. Según la RAE, manicomio sería:
manicomio

De manía y el gr. κομεῖν komeîn ‘cuidar’.
1. m. Hospital para locos.

La definición no sería tan insultante si no fuera por lo de “locos”. Es cierto que somos maniáticos y que se nos “cuide” no estaría mal, siempre que se hiciera con cariño, pero eso de “locos” lo estropea todo. Un loco en mis tiempos era alguien que había perdido totalmente la cordura, que no tenía el menor contacto con la realidad, que casi siempre era agresivo, muy agresivo, hasta llegar a temer que nos clavara un cuchillo o nos hiciera cualquier barbaridad en cuanto nos pillara descuidados.

En mis tiempos ir al manicomio era infinitamente peor que ir a la cárcel, era una especie de infierno dantesco reservado para auténticas bestias pardas, como éramos los enfermos mentales entonces, una especie de monstruos demoniacos que en su mayoría habían llegado a ese estado por culpa propia o tal vez como castigo divino. Y los pecados de los padres caerán sobre los hijos hasta la undécima generación, como decía más o menos la Biblia.

Los locos pasamos con el tiempo a ser enfermos mentales y ahora, a mi juicio rizando el rizo, somos “personas con enfermedad mental”. Algo que me parece peor remedio que la enfermedad, porque tener que recalcar que somos “personas” es algo muy triste. ¡Qué somos sino! ¿animales? Entiendo y respeto a los familiares que pretenden darnos otra imagen pero me temo que ese no es el problema, cómo nos llamen puede ser importante para algunos no para mí, que me enorgullezco de ser “el loco de León”. El problema, el gran problema es el estigma social, la marginación, el desconocimiento, la ignorancia más supina de algunos, el trato que hemos recibido y que seguimos recibiendo. A mí que me llamen “loco”, enfermo mental, o persona con enfermedad mental, a estas alturas de mi vida ya me importa un comino. Entiendo que a otros sí les importe, mi respeto y cariño fraternal. Me preocupa mucho más el estigma social, la marginación, el miedo que nos genera confesar que padecemos una enfermedad mental, pero sobre todo me molesta mucho, no lo soporto, que pretendan colarnos en nuestro redil de corderos a auténticos lobos, asesinos en serie, terroristas, violadores, pedófilos…porque son incapaces de aceptar que el mal existe, que las personas malvadas, demoniacas, forman parte de nuestra humanidad. Por eso prefieren etiquetarlos como enfermos mentales, somos el chivo expiatorio perfecto, nunca nos quejamos, así nos llamen locos o pretendan hacer creer a esta sociedad hipócrita y gazmoña que somos también asesinos en serie y si no lo somos ahora, lo seremos mañana. Ese es uno de nuestros grandes problemas, no que la gente acabe por llamarnos “personas con una enfermedad mental”.

Lo mismo que ya no me importa que me llamen loco, tampoco me preocupa que me digan que yo estuve en un manicomio o frenopático, como lo llamo yo en mi novela humorística “Crazyworld”, un frenopático para millonarios locos.

RAE
frenopático, ca.
1. adj. Psiquiatr. Perteneciente o relativo a la frenopatía.

frenopatía

(Del griego phrén, ‘mente’, ‘inteligencia’, ‘razón’; y el griego pátheia, ‘enfermedad’)
1. f. Estudio de las enfermedades mentales. Variante: frenopatología.
2. f. Antiguamente, cualquier enfermedad o desorden mental.
3. f. Afección del diafragma.
DICCIONARIO ACADÉMICO DE LA MEDICINA

2-ERRADICACIÓN DE MEDIOS LESIVOS PARA LAS PERSONAS AFECTADAS (ELECTRO-HOCK, BAÑOS FRÍOS, CUARTOS DE CASTIGO, ETC)

COMENTARIO PERSONAL

Totalmente de acuerdo con Bautista, en esto y en casi todo. El que se cerraran los manicomios, el que se erradicaran esos medios lesivos ha sido uno de los logros más descomunales en la historia de la psiquiatría y de la enfermedad mental. Las personas con enfermedad mental vimos el cielo cuando ocurrió, al margen de las consecuencias del cierre de los manicomios, que supongo que Bautista las mencionará en las sombras, a las que aún no he llegado. Para quienes nunca hayan estado encerrados en un manicomio todo esto les debe sonar a Edad Media, Inquisición y demás, pero aún hoy día hay quienes hemos vivido esa época en toda su intensidad y sabemos muy bien por qué Bautista considera el cierre de esta etapa terrible como una de las mayores luces de estos treinta años.

Yo viví en mi propia carne el electroshock, sé de qué hablo. Puede que aún existan psiquiatras que lo consideren necesarios en estos casos. No soy un profesional, no he estudiado la carrera de medicina, pero soy un paciente que ha sufrido sus efectos, la pérdida de memoria momentánea, cuando me desperté sin saber quién era ni cómo me llamaba y acabé encontrando la explicación a lo que me ocurría: Yo era un asesino en serie y me habían lobotomizado. No recibí baños fríos, aunque conozco sus efectos porque de adolescente me duchaba en invierno, en el colegio religioso, con agua helada, como penitencia. Conozco los cuartos de castigo, como los llama Bautista, aunque yo prefiero llamarlos celdas de aislamiento, como en la cárcel, y así los llamo en Crazyworld. En esta época en la que gracias a Dios comienza a existir una sensibilidad social hacia el maltrato debo decir que las personas con enfermedad mental hemos sido maltratados a lo largo de la historia de una forma que pone los pelos de punta. No éramos personas, éramos bestias y como tales fuimos tratados, confundidos con poseídos por el demonio, torturados por la Santa Inquisición, tratados como basura, torturados, menospreciados, humillados, considerados la hez de la sociedad. Sí, amigo Bautista, demos gracias a Dios porque aquellos castigos fueran erradicados, aunque a algunos aún nos tocó sufrirlo

Y aquí termino este capítulo en el que solo he podido tocar los dos primeros puntos de las luces, aún me quedan otros nueve. Y todo esto se logró gracias a la lucha denonada de personas como Bautista, el gran hermano de los enfermos mentales, quien merecería un homenaje nacional. Y espero que no se ofenda cuando lea esto. Yo por mi parte ya le hago mi particular y cariñoso homenaje. También lo propondría como santo a canonizar por la iglesia católica, apostólica y romana, incluso en vida, que por suerte parece empezar a ocuparse de los desheredados, de los pobres de la Tierra, canonizando a Santa Teresa de Calculta. ¿Para cuándo los enfermos mentales, papa Francisco? Sí, ya conozco la vida de San Juan de Dios y de otros santos que se dedicaron a cuidarnos con la mentalidad y la generosidad de otros tiempos, pero tal vez necesitemos que nos canonicen a Bautista para que nos convenzamos de que la iglesia católica se ocupa de nosotros. Perdóname, amigo Bautista, ya sé que te vas a enfadar mucho, pero ya me conoces, soy como soy y aunque esto parezca una broma típica de mi peculiar sentido del humor puede que hasta lo diga en serio, muy en serio.

Y para finalizar vamos a quitar hierro al asunto. He tenido que interrumpirme porque mis gatitos se despertaron de la siesta de mediodía (¡es increíble lo que duermen, más que yo en mis mejores tiempos de dormilón) y han venido como flechas a ver lo que hacía. Puedo confiar en Mici, este angelote, al que le han llamado la atención los iconos de Sonymage y al que le gustaría jugar con ellos, pero no en Zapi, este diablillo que está obsesionado con tirarme el monitor abajo, ya lo hizo una vez y no ocurrió ninguna desgracia, ahora, cuando lo veo, dejo de escribir y tiro yo el monitor, lo coloco en horizontal hasta su próxima siesta. Los enfermos mentales somos un poco como gatitos, necesitados de cariño, juguetones y a veces unos diablillos peligrosos, pero ya trataré este tema en el diario. De momento puedo asegurar cuánto nos gustaría a las personas con enfermedad mental que nos rascaran tras las dos orejas para entonar ese mantra maravilloso que entona Mici cuando le acaricio. ¡ojalá a nosotros también nos rascaran detrás de las orejas de vez en cuando, entonaríamos un ronroneante mantra de agradecimiento!





LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XV

25 04 2016

 

LAS HISTORIAS DE BAUTIXTA XV

ALCOHETE

Bautista y yo hemos dejado de hablar de su experiencia vital al servicio de los enfermos mentales. Las conversaciones mantenidas han sido muchas, largas e instructivas. He conseguido suficiente material para escribir un montón de capítulos sin necesidad de volver a hablar del tema. Nos hemos seguido viendo, estuve con él y su familia en Navidad, me ha llevado varias veces a su “granja” para ver a los animalitos que tanto me gustan, al cerdito Vicente y la cerdita Vicenta y sus cerditos, al gallito peleón y a tantos otros. Es un detalle que siempre agradeceré de corazón. Mi amor por los animales me acompaña desde niño y es una de las razones, una más y no la más importante, por las que no me considero una mala persona. Quien es capaz de amar a un animal, inferior en la jerarquía de la consciencia, mucho más frágil que nosotros y mejor candidato a convertirse en víctima que nosotros, no puede ser mala persona. Es cierto que amar a los animales y no amar a los seres humanos es realmente patológico, pero algo tan poco habitual que me gustaría conocer a una persona que amara a los animales y odiara a las personas, para saber qué demonios le ha ocurrido a su psiquis.

Con motivo de llevar el coche al taller, para poder pasar la ITV, estuve con Bautista un día completo, por la mañana le acompañé al hospital para hablar con una psiquiatra y ver cómo solucionara el problema de un familiar de un enfermo mental que no tomaba la medicación, se comportaba de forma agresiva y le estaba haciendo la vida imposible. Suele ser algo frecuente cuando el enfermo mental no pone de su parte, nada, se deja llevar hasta llegar a un deterioro insostenible para él y para los demás. Cuando llegas a este extremo estás tocando el abismo de la desesperación, solo que en lugar de pensar en el suicidio intentas “suicidar” a los demás. Esto también indica un mal carácter natural en el enfermo. En mi caso soy muy consciente de haber vivido etapas de mi vida en las que realmente, aunque no fuera muy consciente de ello, estaba intentando “suicidar” a los demás. Siempre buscaba la mejor solución para ellos, aunque no lo fuera para mí, buscaba el suicidio pensando que si yo desaparecía de la faz de la tierra mis familiares respirarían aliviados. Sin trompetería planificaba el suicidio, no decía nada y lo llevaba a cabo sin que nadie se enterara hasta que todo hubiera pasado. En algún caso hasta conseguí que el terrible intento de suicidio, una vez fallido, no fuera conocido por nadie. Recuerdo el episodio de la torre de alta tensión. Cuando buscas otra salida, la agresividad, la violencia, el hacer imposible la vida a los demás, estás utilizando la enfermedad mental como disculpa para sacar a relucir los peores instintos de tu naturaleza humana. No es algo frecuente en el enfermo mental, pero sí ocurre a veces, sobre todo cuando abandonas la medicación y no tienes nada más para reemplazarla. Mi sugerencia fue el internamiento forzoso, vía judicial, algo que muchos familiares no saben cómo hacer y no es tan difícil. Basta con poner en conocimiento del Fiscal lo que está ocurriendo y pedirle que intervenga. Una demanda del fiscal en el juzgado correspondiente, el juez acuerda que el médico forense vea al enfermo, se hace una evaluación y se puede acordar su internamiento forzoso, algo que además facilita el encontrar alguna plaza en algún centro. La doctora le dijo a Bautista que no había plazas, estamos en época de recortes y ni siquiera hay dinero para internar a un enfermo violento que puede llegar a extremos trágicos. Los enfermos mentales son un colectivo más que sufre por los recortes, lo mismo que los discapacitados o los disminuidos o todos aquellos enfermos que no pueden valerse por sí mismos. No es que haya una especial animadversión en este sentido hacia el enfermo mental, en esto estamos en el mismo saco con todos los demás.

María-Luisa, su esposa, me preparó unas deliciosas alubias blancas de La Bañeza, muy suaves, pero muy sabrosas. Fui muy consciente del detalle, estas alubias cuestan bastante más que las normales. Aprecio mucho estos detalles, aunque me gusta que ellos acepten los míos, algo que les cuesta. Bautista llegó a decirme que “les humillaba” un poco. No es una humillación que alguien que tiene más dinero que tú te regale cosas que pueden ser ligeramente más valiosas que las tuyas. En este aspecto Bautista es un hombre de su generación. Recuerdo muy bien cómo cada vez que íbamos al pueblo de mis abuelos, los parientes a los que visitábamos nos “embutían” de comida. Yo, que entonces tenía “un buen saque” me comía las pastas, el chorizo, el jamón y todo lo que me pusieran a mano. Luego mi madre me recriminaba la falta de educación. No lo entendía y sigo sin entenderlo. Si alguien te invita es porque quiere hacerlo, porque puede hacerlo y si le parece mal que comas poco, aunque sea su problema, no deja de ser una lección que él debe aprender y no tú. Si comes demasiado y no dejas nada en el plato, si el otro se ofende, también es su problema. No pongas más de lo que te puedes permitir. La educación y la cortesía son una cosa y “fardar”, intentar hacer ver a tus visitantes que tu economía va mejor de lo que va es tu problema y solo tuyo. No me siento ofendido cuando sucede esto, me resulta divertido y entrañable, como si regresara a mis tiempos de niño y adolescente en el pueblo de mis abuelos. Aunque Bautista y yo somos amigos entrañables no estamos de acuerdo en todo, hay formas de pensar que yo no comparto, tampoco sentimos igual ni somos gemelos en ningún sentido. Esto es algo perfectamente normal y debería ser de uso común, aceptado y asimilado, entre parejas, familiares y amigos, dentro del primer círculo, aunque no siempre es así. Hay cosas que me sorprenden en Bautista y que no entiendo, pero que respeto absolutamente y jamás intentaría cambiar. Mi lema de que la mayor muestra de amor hacia otra persona es respetar su libertad sigue vigente y lo ha estado mucho tiempo en mi vida. Con mis seres queridos hacía igual, poniéndoles el ejemplo de Dios, si Dios que nos ama infinitamente y es absolutamente poderoso, nos ha hecho libres, ¿quiénes somos nosotros para ser más dioses que Dios, más papistas que el Papa? Mis seres queridos no lo entendían y hay mucha gente que no lo entiende, mucha. Esto me ha causado problemas y me los seguirá causando. Creo incluso que un sacerdote que me hizo una consulta en el blog sobre su madre, enferma mental, dejó de escribirme también porque le puse este ejemplo. El contra-argumento siempre es el mismo, si no haces nada por cambiar a tu ser querido, si dejas que camine al abismo y se precipite en él, en realidad no le quieres. Bueno, yo también respondo siempre igual, la forma de llegar a un ser querido es a través del cariño, si esto no lo consigue no intentes cambiarle de ninguna otra forma, porque lo que estás haciendo es dominarlo, controlarlo, manipularlo, esclavizarlo, aunque te disculpes pensando que estás en la verdad y que lo haces por su bien. ¡Cuántas desgracias infligimos a los demás con la disculpa de que los queremos! Yo prefiero ver cómo un ser querido se precipita al abismo, después de haberle dado todo el cariño posible, sin descanso, sin desmayo, después de haberle hablado y escuchado, después de haberme arrodillado ante él, que tenerle atado a la pata de la mesa porque de esta forma seguro que no se va a precipitar al abismo. A mí me parece claro, meridiano, no tengo la menor duda, pero hay otros que no piensan así, si son buenas personas acabarán dándose cuenta de que respetar la libertad del ser querido es mejor que controlarle, manipularle y esclavizarle, aunque si eres mala persona utilizarás ese argumento para convertir en bestia a tu hermano. Y estoy pensando en una noticia que vi en el televisor, un enfermo mental encontrado atado en una cochiquera. Nadie niega que el enfermo les pudo estar haciendo la vida imposible a sus familiares, pero llegar a estos extremos solo indica que el familiar es aún peor que el enfermo.

Esta es para mí una de las cualidades más hermosas de Bautista, cuando de joven se preguntó qué les hacíamos a los enfermos mentales para que nos odiaran tanto y decidió cambiar de tácticas, escuchar, dar apoyo, dar cariño, se transformó en un poderoso valedor de los enfermos mentales, en una especie de Quijote en lucha contra los molinos de viento de la ignorancia, la incomprensión y la estigmatización. Y nunca mejor traído este ejemplo porque Bautista es de Campo de Criptana. Cuando sacó al hermano mayor de Ciempozuelos y lo llevó a Alcohete, este superhéroe, que compararía con mi personaje humorístico, el superhéroe Espiritualín, sin faltarle en absoluto al respeto, consideró que no solo debía ayudar a sus primos, los dos hermanos, sino a todos los enfermos mentales, hermanos también, auténticos hermanos.

Lo que me contó al respecto es aleccionador. Hablaba con el resto de pacientes de Alcohete, jugaba con ellos, convivía, y cuando descubrió que aún podía hacer algo más, lo hizo. En estas historias no hablo de personas que no me han dado su permiso para hablar de ellas, pero sí debo mencionarlas, aunque sea de forma anónima, porque forman parte esencial de las historias de Bautista y considero que la libertad de expresión, amparada por nuestra constitución, debe ser aplicada en el terreno de la narración de la propia vida. Si no pudiéramos mencionar a nadie no podríamos contar nuestras vidas porque ellas están llenas de personas. Otra cosa muy diferente es que demos sus nombres y apellidos o describamos circunstancias que puedan identificarlas, eso no, antes hay que pedir permiso, pero no para decir que X apareció en la vida de Bautista y le dio el empujón que necesitaba y desde entonces estuvo a su lado, le apoyó en todo y se convirtió en el otro Quijote, la pareja perfecta para luchar contra los molinos de viento de la ignorancia sobre la enfermedad mental y de los follones y malandrines que maltratan al enfermo mental.

No voy a dar el nombre de esta persona, ni sus circunstancias personales, ni ningún otro dato que pueda identificarla. Por no dar no voy a dar ni su sexo. Puedo decir que conozco a esta persona y admiro su trabajo aunque no estemos de acuerdo en algunas cuestiones, incluso importantes. Tampoco lo estoy con Bautista y somos entrañables. Mi cariño hacia esta persona y mi agradecimiento por su trabajo a favor de los enfermos mentales no es menor, aunque por desgracia creo que nunca podremos llegar a ser amigos entrañables, por una y otra circunstancia, pero eso no me impide hacerle aquí este homenaje, que me gustaría fuera más concreto, más ámplio y más profundo.

Pues bien, esta persona catapultó lo que luego sería el germen de la asociación de familiares de enfermos mentales de Alcohete, el germen de la fundación madre y una importante vanguardia del asociacionismo de familiares de enfermos mentales en España. Bautista, siempre tan cuidadoso, siempre tan discreto, me insistió una y otra vez en que fue esta persona y no él quien dio los primeros pasos y la que más hizo y ayudó. Lo acepto sin más, aunque conociendo a Bautista, por lo menos pienso que hubo un claro “hombro-con-hombro”. Este hombre no soporta que lo ensalcen y si acepta ser conocido es porque no queda otro remedio, no puedes permanecer en el anonimato si te pones al frente del ejército de Quijotes que luchan a favor de los enfermos mentales. Tuvimos una pequeña y divertida discusión, al caer la tarde, tras regresar de su “granja”, cuando me enseñó un artículo que una periodista estaba escribiendo sobre él. Tenía subrayadas muchas cosas que deseaba cambiar y sobre todo el titular que para mí era perfecto, si fuera periodista también lo hubiera puesto, aunque no se ajustara a toda la verdad y nada más que la verdad, porque como Bautista insiste, él hizo lo que hizo, fue uno más y no quiere cavarle el suelo a nadie. En este sentido jamás podría ser un buen político, jajá. Y así me reí de algunas cosas que me decía Bautista. No importa, Bautista, le dije, yo te convertiré en un santo, te subiré a los altares, haré que todos te conozcan y te aprecien, te convertiré en una gloria nacional, en un superhéroe. Por supuesto que era una broma y así se lo tomó él, porque de otra forma sé muy bien que se habría enfadado conmigo.

Con estas historias no pretendo ensalzarle ni convertirme en su hagiógrafo, solo quiero contar lo que él me contó, tantas historias de enfermos anónimos que merecen ser conocidas, aunque eso no me impedirá resaltar la figura de Bautista cuando sea preciso. Lo siento amigo, pero como dijo aquel escritor, no recuerdo ahora quién, si Bernanos u otro escritor católico, si dejamos que los malos nos gobiernen, salgan a la luz, dirijan a la humanidad, nos mereceremos lo que nos pase. Los buenos son los que deben dar un paso al frente, en lugar de permanecer escondidos, creyendo que así salvan su humildad, creyendo que así castigan su supuesto orgullo y soberbia. El mejor entre los luchadores no puede permanecer en retaguardia, escondido, con la disculpa de que si se pone en vanguardia le sacarán las cámaras. Bautista siempre estuvo en vanguardia, pero entonces no había cámaras, ni luchar a favor del enfermo mental era algo que te diera fama y laurel, solo sinsabores, problemas y sufrimiento.

En las historias de Alcohete quiero narrar, en forma paralela, la titánica labor a favor del asociacionismo de los familiares de enfermos mentales y las historias, breves, que me contó de algunos pacientes que el conoció, tales como el “fotógrafo”. Serán historias divertidas, a veces muy divertidas, pero en ellas siempre habrá el respeto hacia el enfermo, el cariño más entrañable y el amor fraternal más profundo. Alguno de estos “personajes” son realmente interesantes, curiosos, profundos, aunque su lado divertido, siendo el narrador el que es, no puede quedar de lado.

Antes de terminar quiero concretar algo que debí hacer al principio. ¿Qué es Alcohete? Se trata de un psiquiátrico de Guadalajara, un centro para un número de enfermos limitado, no como sucedía en Ciempozuelos. Creo recordar que había unos doscientos, según me dijo Bautista, quien me corregirá si me equivoco, porque no me apetece ahora repasar mis notas. Un edificio cedido por un aristócrata y que se convertiría, al menos durante una etapa, en el cielo de los enfermos mentales, lo mismo que podríamos decir, sin ofender, que Ciempozuelos fue el infierno de los enfermos mentales. Algo que, quiere dejar muy claro Bautista, entiende no se debió al personal sino a la escasez de medios. No se puede controlar y cuidar a diez mil enfermos con un personal limitado, con medios limitados, en circunstancias terribles. Eso es cierto y por lo tanto aquí no hablamos del personal de Ciempozuelos, que yo no conocí, ni Bautista me ha hablado para nada, salvo para concretar detalles imprescindibles sobre la estancia allí de su hermano. Nada que objetar al trabajo del personal de Ciempozuelos, quede claro, pero sí todo que objetar a la acumulación de enfermos, a convertir el centro en una auténtica ciudad de locos, mucho que objetar a todas las instituciones que no hicieron lo que estuviera en su mano para mejorar aquello, y desde luego yo no sé qué instituciones fueron ni la parte de culpa que les corresponde, pero no por eso voy a dejar pasar que Ciempozuelos se convirtiera en el psiquiátrico más complejo e infernal de estos pagos.

Continuará.





LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XIV

12 01 2016

 

LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XIV

 

Carlos-Castaneda-el-guerrero-entre-dos-mundos-600x315.jpg

LA MUERTE DE UN GUERRERO

Debo salir de la piel del hermano menor y pasar de la primera a la tercera persona, de otra forma no sería capaz de narrar el trágico fin de un guerrero. No soy Homero que narra las supuestas desventuras de los dioses inmortales, solo soy otro enfermo mental que siente en su piel el sufrimiento de mis hermanos. Por eso debo poner un filtro, bloquear lo peor de ese drama inhumano, para que no me afecte demasiado.

Me siento muy identificado con el hermano menor. Para mí fue un auténtico guerrero impecable aunque él nunca oyera hablar de Castaneda ni de ese concepto. Estoy convencido de que de alguna manera la idea pasó por su cabeza, luchar hasta el final, hacer todo lo que estuviera en su mano y dejar que el destino, o las fuerzas poderosas, como yo las llamo, trenzaran a su gusto los hilos de la Parca.

Cuando Bautista me contó su historia lo que más me sorprendió fue que el hermano menor nunca tomara medicación ni fuera internado, salvo por voluntad propia, en la clínica de Lopez Ibor, por entonces muy famosa. No me lo creía, por lo que insistí en la pregunta. ¿Nunca tomó medicación? Así es, me respondió Bautista, nunca quiso tomarla. Entiendo que solo la protección que le dispensó durante toda su vida pudo impedir algo así. En efecto, el hermano menor era un esquizofrénico paranoide que no llegó a conocer la reforma psiquiátrica que llegaría con el tiempo. Un esquizofrénico sin medicación suena extraño, incluso en estos tiempos.

Hasta escuchar lo que Bautista me contó al respecto yo me consideraba una “rara avis”, un enfermo mental que es capaz de abandonar la medicación y pasar varias décadas a pelo, superando las crisis o siendo destrozado por ellas, como me ocurrió en la última, pero con las ideas muy claras y la firme decisión de no volver nunca a ella. Quienes han tomado alguna vez antidepresivos y antipsicóticos saben bien de lo que estoy hablando. Vivir con medicación, al menos en la época que me tocó a mí, era renunciar a una parte importante de la vida. El cerebro se ralentiza, la sensación de llevar a tu espalda la piedra de Sísifo se hace insoportable. Para mí, al menos, la medicación me producía efectos terribles que nunca fui capaz de llevar con un mínimo de equilibrio. Esa presión, ese peso en la cabeza, esa sensación de estar siempre medio dormido, de tener que arrastrar un cuerpo que se rebela contra una especie de parálisis artificial, un sueño inducido, pero sobre todo esa incapacidad para pensar, para fantasear, para lograr que las ideas acudan a mi cabeza y se muevan en ella de la forma habitual, era demasiado para un hombre tan creativo e imaginativo como fui siempre, pero sobre todo desde que comencé a escribir de forma habitual. Desconozco cómo es la medicación moderna, pero por los efectos que veo les produce a los enfermos con los que trato me temo que los terribles efectos secundarios que yo era incapaz de aceptar siguen existiendo.

 

psiquiatria-medicacion

En mi caso la decisión de abandonar la medicación se produjo cuando asumí que estaba preparado para hacerlo gracias al yoga mental. Tras dos décadas medicándome la posibilidad de intentar dejarla y ver cómo me arreglaba solo con el yoga fue muy fuerte. Desde luego que hubiera regresado a ella si no me hubiera quedado otro remedio, pero tras los primeros meses, los peores, comprendí que con un gran esfuerzo de voluntad y la ayuda inestimable de las técnicas de yoga mental era posible sobrevivir sin medicación. No fue sencillo, a veces las crisis soportadas a pelo se convertían en etapas realmente inhumanas, de intenso sufrimiento solo superado gracias a una voluntad férrea, pero con el tiempo vivir sin medicación se hizo algo habitual, perfectamente normal. Las crisis eran otro cantar, pero una vez superada la primera, las demás se convierten en obstáculos ya conocidos.

Lo que más me sorprendió del hermano menor es que nunca hubiera tomado medicación, no era cuestión de tomarla, saber sus efectos y luego decidir que estás mejor sin ella, como me ocurrió a mí. Creo que somos muy pocos los enfermos mentales que hemos tomado esa decisión, algo así como mejor morir de pie que vivir de rodillas. Es la sensación que tuve yo cuando comparé los efectos de la medicación en mi vida con poder vivir una vida normal, aunque sufriendo las correspondientes crisis que suelen producirse de forma cíclica. Mejor morir de pie, luchando, que vivir de rodillas, dormido por la medicación, a medio gas, con la sensación de que eres un vegetal que se mueve casi por inercia. El hermano menor tomó la decisión sin saber cómo sería su vida con ella, eso tiene mucho mérito, aunque estoy convencido que fue el ejemplo de su hermano mayor el que le decidió. Por lo que me contó Bautista no tuvo mucho contacto con él, pero seguro que supo algo de su vida y la asoció a los efectos de la medicación en un centro psiquiátrico, encerrado de por vida.

Tiene un gran mérito, un mérito de guerrero, sufrir los efectos de las terribles crisis esquizofrénicas sin medicación. Sus alucinaciones auditivas y visuales, tal como me las contó Bautista, enfrentándose durante el tiempo de cada crisis a una auténtica vida en el frente, viendo a los soldados disparar sus armas sobre él y silbar las balas sobre su cabeza, es algo difícil de imaginar para quien no ha sufrido algo ni siquiera parecido. A mí me basta con saber los efectos que las voces producían en mí para hacerme una idea bastante aproximada de lo que debió ser para el hermano menor sentirse en un frente de batalla, con los soldados corriendo y alzando sus armas para dispararle y escuchar las balas silbar, realmente para él, sobre su cabeza. La razón puede poco en momentos como estos, no sirve de nada razonar que no hay guerra, que no puede haber soldados en pleno campo, que nadie te dispara, que…tú ves lo que ves y oyes lo que oyes. Lo mismo me pasaba a mí con las voces, yo las escuchaba aunque nadie más las oyera, y no podía controlarlas, estaban ahí y eran reales. Ahora que sé de dónde procedían y cómo funciona la mente comprendo que es imposible convencer a alguien que ve y escucha que realmente no ve ni escucha, que simplemente se ha vuelto loco. Yo no me sentía loco, sencillamente escuchaba lo que otros no eran capaces de escuchar, como un vidente ve lo que un invidente no puede ver.

Intento imaginarme cómo debió de ser para él sufrir estas crisis y resistir la tentación de aceptar la medicación, pensando tal vez que ese sería el primer paso que le llevaría antes o después al psiquiátrico, donde permanecería el resto de su vida, como le había ocurrido a su hermano mayor. Sin duda fue una elección entre la libertad y la prisión, entre morir de pie y vivir de rodillas. Estoy convencido de que él siempre supo que algún día podría perder una batalla importante y morir. Es lo que tiene la vida de guerrero, puedes ganar mil batallas, pero cuando pierdes una mueres.

Su internamiento voluntario en la clínica de López Ibor es uno de los episodios más llamativos de su vida de enfermo mental, al menos para mí. Aceptar, en un momento determinado, lo que nunca quiso aceptar, ser internado, tal vez medicado, aunque en eso Bautista no ha podido darme detalles importantes, como si durante su estancia tomó medicación en algún momento, es una decisión de guerrero impecable, sin duda. Lo hizo, estoy convencido, porque quería saber todo lo que alguien le pudiera enseñar sobre enfermedad mental. Llevaba muchos años leyendo libros por su cuenta, estudiando lo que estaba a su alcance, su deseo de saber sobre la enfermedad debió de ser insaciable, como nos ocurre a todos o a casi todos. Es lo que también he hecho yo, solo que en lugar de leerme manuales de psiquiatría (lo que también hice y hago a veces leyendo mi biblioteca del psicoanálisis) me dediqué a buscar en las filosofías orientales, en el esoterismo, en Castaneda, respuestas más convincentes y prácticas para mí sobre la causa de la enfermedad mental.

No tengo detalles sobre dicho internamiento, lo que me dice Bautista es que aceptó ir pensando que tal vez aquellos doctores señores, aquellos doctores encopetados, le podían enseñar lo que él no sabía. Dejarse “encarcelar”, digámoslo así, asumir lo que podía pasarle, solo para cerciorarse de si le podían enseñar algo o no, dice mucho de su espíritu de guerrero. Tampoco tengo el dato sobre el tiempo que pasó allí y si en algún momento existió el riesgo de que alguien pudiera decidir que lo mejor era pasarse el resto de su vida internado, como me pasó a mí durante mi juventud, cuando un “doctorcito” decidió que lo mejor para mí sería pasarme toda la vida internado en un psiquiátrico, puesto que no tenía remedio, era un desahuciado. Pienso que el hecho de que Bautista estuviera siempre protegiéndole, como una sombra benefactora, debió ayudar lo suyo a que a ninguno se le ocurriera la peregrina idea de mantenerle internado el resto de su vida, probando en él cuanta medicación y terapia saliera a la luz, como me ocurriera a mí.

Bautista se reía mientras contestaba a mi pregunta. ¿Descubrió algo que no supiera? No, salió de allí diciendo que ninguno de ellos podía enseñarle nada nuevo sobre la enfermedad mental. Debió de ser un momento difícil y al mismo tiempo divertido para el hermano menor. Difícil, porque debió perder la poca esperanza que le quedaba de que alguien, sobre la faz del planeta, tuviera la solución al problema de la enfermedad mental, y divertido, porque tanto doctor encopetado con sus batas blancas no podían saber más que un enfermo que sufre en su propia piel la enfermedad.

Debieron de ser años bastante monótonos y a veces terriblemente difíciles los que vivió el hermano menor. Recuerdo que de niño me hacía mucha gracia la frase de Tony Leblanc cuando hacía el papel del boxeador. Del gimnasio a la Casa de Campo y de la Casa de Campo al gimnasio, así era la vida de aquel divertido boxeador, cuando preparaba un combate. La vida del hermano menor pudo ser algo parecido, de la tienda de Bautista a casa, encerrado en su habitación, trancada por dentro con un pestillo, tal vez leyendo o tal vez intentando dormir lo que pudiera. Creo recordar que Bautista me dijo que no le gustaba la radio ni la televisión, artilugios arriesgados para quien oye voces o tiene alucinaciones, en cambio, al parecer, sí leía la prensa y estaba bastante bien enterado de lo que ocurría en el mundo. A veces comía con la familia de Bautista y se relacionaba con sus hijos, a veces iba algún fin de semana a Ciudad Real y luego regresaba con la copla de que tenía novia, algo que Bautista nunca se creyó. A veces hacía algún viaje en tren, solo, un viaje relativamente largo para un enfermo esquizofrénico que tiene crisis y no se medica. A pesar de todos estos alicientes creo que su vida fue eso, del gimnasio a la Casa de Campo y de la Casa de Campo al gimnasio.

Pasaron los años, la lucha contra la enfermedad fue titánica, propia de un guerrero impecable, la erosión se produjo, como una gota de agua cayendo sobre la cabeza de los condenados de la Inquisición, un tormento que imagino solo pueden conocer en profundidad los que lo hayan sufrido. Y tras mil batallas en las que salió vencedor, herido, gravemente herido, pero vencedor, llegó la última batalla, la única que perdió, pero fue la definitiva, la que le mató. Me va a costar narrar lo ocurrido, voy a sufrir mucho, pero debo hacerlo como un homenaje a un hermano que fue un guerrero impecable antes de que yo llegara a planteármelo. Espero que esté donde esté sepa que lo que voy a contar será escrito con el mayor de los afectos, el cariño de un hermano sufriente hacia otro hermano que conoció los abismos del sufrimiento humano.

Guerrero Castaneda

LA MUERTE DE UN GUERRERO

No creo que fuera un acto impulsivo, pensado de pronto y llevado a cabo con todas las consecuencias. Debió de pensarlo y meditarlo durante mucho tiempo. Toda una vida soportando aquellas alucinaciones, sintiéndose una persona sin el menor valor, puesto que no podía contribuir a la sociedad, sin la menor posibilidad de encontrar a una mujer, el amor, los hijos, la familia. Aunque Bautista está convencido de que fue ese complejo de ser un inútil que no podía aportar nada a la sociedad la causa primera y fundamental de su decisión, yo discrepo, creo que fue la soledad, la imposibilidad de encontrar una novia y casarse, lo que le llevó al abismo, sin desdeñar ese sentimiento implacable de ser un inútil en una sociedad donde todos tienen que trabajar duramente para sobrevivir. Desconozco si murió virgen, puede parecer algo fútil, sin la menor importancia, pero para mí sí es algo muy importante. Yo que sufrí tanto durante mi juventud porque era virgen, que me arrastré hasta un prostíbulo para perder la virginidad porque me sentía el hombre más estúpido del mundo, que incluso llegué a visitar otro prostíbulo con la medicación rezumando de las orejas y sufrí la humillación terrible, en aquel tiempo para mí, de ver cómo las pastillas impedían la erección, aún en presencia de una sueca despampanante desnuda, sé muy bien lo que puede ser una vida siendo virgen y mártir, sobre todo si tus necesidades sexuales son muy acuciantes, algo que como es lógico desconozco sobre el hermano menor, y más si éstas no son atenuadas por la medicación (dudo que tomara bromuro, por ejemplo). ¿Iría alguna vez a un prostíbulo? ¿Perdería la virginidad? No lo creo, de haberlo hecho su vida hubiera cambiado y tal vez la decisión terrible que tomó la hubiera cambiado por un fin de semana en un prostíbulo. Sé que estas cosas molestan a algunos que piensan que el sexo debe ser algo tan discreto que ni siquiera se puede hablar con otros de ello, y menos si se trata de un enfermo mental, como si la enfermedad llevara en sí la castración. Pues no es así, algunos o tal vez muchos, o quizá casi todos los enfermos mentales, tenemos las mismas necesidades sexuales que el común de los mortales, me atrevería a decir que en muchos casos más, porque aunque sea un tema sobre el que la mayoría de los profesionales prefieren pasar de puntillas, la enfermedad, sobre todo en las crisis, sobre todo cuando no tomas medicación, y sobre todo cuando eres una persona con una sexualidad fuerte, la exacerbación de la libido en el enfermo mental puede llegar a ser verdaderamente patológica, porque no solo intentas satisfacer una necesidad sino que también intentas equilibrar en la balanza eros y thanatos, como ya he dicho en otros textos. El deseo de morir puede ser atenuado o compensado y equilibrado a través del sexo. Es por eso que creo muy verosímil la idea de que el hermano menor muriera virgen, que se pasara toda la vida sin llegar a una sexualidad mínimamente aceptable, porque la masturbación, por muy buena que sea y por mucho que pueda ayudar en ciertos momentos, no es satisfactoria para quienes vemos en el sexo una relación interpersonal íntima y profunda.

Estoy convencido de que el hermano menor lo pensó y lo planificó durante algún tiempo, tal vez fuera una idea descartada una y otra vez, pero siempre recurrente, un bucle del que no podía salir. ¿Por qué aquel día y no otro? Me lo imagino caminando por el descampado, hacia la vía del tren, un lugar alejado de la estación, porque no me lo imagino pensando que podría ser descubierto de otra manera. No tengo estos detalles de Bautista, imagino que fue durante el día porque él estaba celebrando la comunión de… no recuerdo si me dijo de un nieto, supongo que sí. También imagino que el hermano menor renunció a estar presente en el acontecimiento familiar. Según me confiesa Bautista nunca pensó que en unas horas pudiera ocurrir algo así, no había notado en él nada extraño, ni los días anteriores ni ese día. Los que hemos intentado el suicidio, en más de una ocasión, como es mi caso, sabemos que quien realmente quiere suicidarse no lo dice, no habla de lo que podría hacer, no busca la compasión, no busca el cariño con el chantaje, simplemente lo piensa, durante el tiempo que sea preciso, y lo hace. Lo hace buscando la forma menos dolorosa de morir, buscando que nadie le vea, le descubra, lo intuya. La visualización de los detalles puede ser realmente terrible, horrorosa. ¡Oh Dios mío,hermano menor, solo soy capaz de rezar porque no tuvieras una imaginación tan viva como la mía! ¡Solo le pido a Dios que no la tuvieras! Porque visualizarte siendo atropellado por un tren, siendo consciente de que estás muriendo, de que tu cuerpo está siendo destrozado, es una de las experiencias más espantosas que puede sufrir un ser humano. Espero que no te vieras caminando hacia la vía, que no calcularas todos los detalles, hasta los más superficiales. Espero que fuera un arrebato y que tu consciencia disminuyera lo suficiente para evitar tanto sufrimiento.

decapitaddooo_60_600_340

Soy consciente al escribir esto que muchos piensan que no se debe hablar de estas cosas, que deben permanecer ocultas, enterradas, donde nadie se atreva a descubrirlas, que no se debe dar a un enfermo mental, a alguien que piensa en el suicidio, detalles que puedan animarle a llevar a cabo un acto irreparable. Soy consciente y sin embargo lo hago, y lo hago porque no soporto tanta hipocresía. Si la humanidad, incluso los enfermos mentales, estamos preparados para ver cortar cabezas en la televisión, para ver cómo un hermano, con un cuchillo afilado o un machete, descabeza a otro ser humano que está mirando la vida con esos ojos inescrutables que tiene todo aquel que sabe que va a morir, también estamos preparados, tenemos que estarlo, para afrontar el suicidio de un ser humano. Matar a otro siempre será más terrible, más bestial, que matarse a uno mismo. Si somos capaces de asumir, como quien oye llover, lo espantoso que es matar a otro ser humano, también debemos asumir la realidad de que haya seres humanos que acaben con su propia vida.

Estoy de acuerdo en que nunca se deben dar detalles que puedan descubrir a alguien que está pensando en el suicidio una forma novedosa o menos dolorosa de morir. Pero en este caso el suicidio poniéndose en la vía del tren es muy conocido y el que alguien pudiera estar pensándolo (¡Dios no lo quiera!) me obliga a razonar que si uno conociera el terrible sufrimiento que conlleva siempre un intento de suicidio se lo pensaría mil veces antes. Lo sé porque yo soy un suicida, porque yo me arrojé a un metro en Madrid, porque yo me tiré por una ventana, porque yo… Basta ya de tanto sufrimiento, no quiero seguir por ese camino. Si yo hubiera sido consciente de que el metro me hubiera podido cortar los pies o la cabeza y lo que eso supone de sufrimiento infinito durante el tiempo de consciencia que hay entre tenerla y perderla para siempre, creo que no lo hubiera hecho. Si yo hubiera sido consciente de que defenestrarme me habría podido dejar tetrapléjico en una cama para el resto de mi vida o parapléjico en una silla de ruedas, con unas incapacidades tan espantosas que hubieran convertido mi vida en un infierno, estoy seguro de que no lo hubiera hecho. A pesar del infinito dolor que me supone hablar de estas cosas, lo hago, porque no quiero que ningún hermano enfermo mental piense que morir es la única forma de soportar su enfermedad. No, mil veces no, cualquier cosa, casi cualquier cosa, antes que acabar con la propia vida. Si hay anuncios de la DGT sobre accidentes de tráfico que ponen los pelos de punta, si en las cajetillas de tabaco se nos recuerda que el tabaco mata, con imágenes horrorosas, si algún psicólogo o psiquiatra ha pensado que eso puede ayudar a evitar los accidentes y las muertes por cáncer de pulmón, no veo qué se me podría reprochar a mí, si con toda la delicadeza y ternura de la que soy capaz, intento hacer desistir a otros hermanos de una decisión tan terrible.

Por eso creo que soy capaz de ponerme en la piel del hermano menor, ahora desde fuera, como espectador, y llegar a intuir todo el infinito sufrimiento, la infinita desesperación, que llevó al hermano menor a suicidarse de tan infernal manera. Es algo que sigo sin comprender. Hay formas de suicidio que en las que yo nunca pensé, ni siquiera me atreví a imaginar, si hay que morir, porque ya no puedes soportar la vida, al menos que sea con el menor sufrimiento posible, eso pensaba entonces y pienso ahora. Estas formas de suicidio me indican el grado de desesperación, sin duda mayor que el mío, cuando lo intenté.

Hay quienes piensan que no se puede hacer algo así sin perder la consciencia, sin llegar a la anulación total de la consciencia, sin alcanzar la demencia total, sin el desdoblamiento de personalidad, sin el delirio de una ingestión de drogas, no estoy de acuerdo. Por mi personal experiencia sé muy bien que a pesar de que en esos momentos uno llega a estar fuera de sí, tan desequilibrado, tan desesperado, sufriendo tal angustia, que es capaz de dar el paso, nunca se pierde la consciencia completamente. Para hacerlo se necesita un acto de voluntad, por pequeño que sea, y la voluntad no funciona sin algo de consciencia, por mínima que sea. El suicida es consciente, más o menos, de lo que está haciendo y si lo hace es solo porque su deseo de morir es infinitamente mayor que su deseo de vivir, porque su angustia es infinitamente mayor que el instinto de supervivencia. Sé muy bien que llega un momento en que el instinto de supervivencia se anula, y eso solo es posible si el deseo de vivir ha desaparecido por completo. Entonces el cuerpo físico se prepara para la muerte, generando todo lo que puede generar para evitar el sufrimiento más atroz, incluso la pérdida de la consciencia, pero ésta solo desaparece cuando se ha dado el paso, cuando la voluntad lleva a efecto lo acordado.

 

constelaciones andinas

Puedo imaginarte, querido hermano menor, caminando hacia el lugar elegido, pienso que alejado de la estación, de la gente, un lugar que pensaste adecuado para que la velocidad del tren fuera suficiente para matarte y el maquinista no tuviera tiempo para frenar. Puedo imaginarte dando órdenes a tus pies para que te lleven y dejando que lo hicieran casi automáticamente. Puedo imaginar tu angustia al pensar que la vida se habrá terminado esta tarde y para siempre. Puedo imaginar que tal vez no creías en el más allá, como yo, y eso me entristece hasta el infinito porque arrojarse de cabeza a la nada, sin pensar siquiera en la posibilidad de que exista un más allá, es el paso más horroroso que puede dar un ser humano. Yo mismo me lo planteé cuando veía acercarse la muerte. ¿Y si no hubiera nada? Perder la consciencia, la personalidad, la individualidad, el cuerpo, perderlo todo y de pronto ya eres nada, ni sientes ni padeces, pero tampoco eres consciente de ti mismo, y eso durante toda la eternidad. Querido hermano menor, solo tú y yo y los que han dado ese terrible paso, sabemos que no hay sufrimiento mayor, ese lanzarse de bruces en brazos de la nada y ver cómo hasta la última partícula de tu consciencia desaparece…eso es algo que ningún ser humano bien nacido desearía, ni a su peor enemigo. Algo así sienten también los que son asesinados con previo aviso y saben que van a morir, lo único que no hacen ellos es dar el paso, tomar la decisión, porque son otros las que la toman por ellos. Salvo en este aspecto ellos también saben lo que es el sufrimiento infinito de ir a morir. ¿Y los que mueren de muerte natural? También se enfrentan a ello, pero al menos su organismo está tan deteriorado y el sufrimiento físico es tan atroz que morir supone un consuelo.

Querido hermano menor, mientras esperas en la vía a que el tren te atropelle, a que destroce tu cuerpo, me gustaría que allá donde estés implores a quien tenga más poder, para que de una vez por todas esta sociedad conozca y comprenda lo que supone para un enfermo mental el suicidio y que cesen todas esas sonrisas cínicas, esas palabras hipócritas, que tanto hieren. Que tu muerte no haya sido en vano, querido hermano.

Bautista fue llamado y acudió. No me contó ningún detalle ni yo se lo pregunté. Hay cosas que deben permanecer ocultas porque el sufrimiento humano, cuando se sufre por otro, solo debe ser conocido por Dios. Lo que sí me dijo es que cedió el panteón familiar para su entierro. No hace mucho tiempo me llevó a conocerlo, entré en él y estuve pensando en ti, querido hermano menor. Saqué algunas fotos, malas por la escasez de luz, alguna mejor desde el exterior, cuando caía la tarde y se acercaba la noche. Pero no voy a subirlas para ilustrar este texto. El gesto de Bautista debería permanecer también oculto si no hubiera en juego cosas tan importantes como el futuro de los enfermos mentales.

Han pasado muchos años, el hermano menor estaría olvidado si Bautista no lo recordara, si no me lo hubiera contado a mí. A pesar del sufrimiento que me supone escribir estas líneas debe hacerse. La muerte de un guerrero impecable es solitaria, su última danza con la muerte paraliza el universo durante un instante, pero permite que en este caso atisbe por una rendija tu soledad y lo narre para que todos, en este mundo de nuestros pecados, comprendan de una vez por todas que ningún sufrimiento debe ser despreciado, que sube hasta el altar divino como la sangre de los corderos degollados, para que la humanidad sea consciente de su destino y de una vez por todas haga todo lo que esté en su mano para que el sufrimiento termine. El sufrimiento de los enfermos mentales, de todos los enfermos, el sufrimiento de los desheredados, el sufrimiento de las víctimas de las guerras, las torturas, las violaciones, el sufrimiento causado por el hermano al hermano, todo sufrimiento, absolutamente todo, sube hasta el altar de Dios y allí permanece durante el tiempo acordado ( un día es como mil años y mil años como un día en mi presencia) pero tiempo llegará en que serán pedidas cuentas y solo el amor y el perdón podrán impedir que al apocalipsis decretado sea atenuado o extinguido. Porque ningún sufrimiento ha sido en vano y solo Dios puede pedir cuentas.

Querido hermano menor, gracias por tu compañía durante este amargo trayecto. Que la paz profunda te acompañe siempre, allá donde estés, y si te es posible implora que el sufrimiento kármico de la humanidad sea atenuado, porque nos esperan días terribles y solo los que han sufrido como tú pueden interceder ante lo alto.

QUE LA PAZ PROFUNDA NOS ACOMPAÑE SIEMPRE A TODOS EN EL CAMINO

 

Castaneda





LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XIII

22 11 2015

logotipoguerracivilespa.jpg

LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XIII

EN LA PIEL DEL HERMANO MENOR

UNA VIDA SIN ESPERANZA

No soportaría ingresar en Ciempozuelos, como mi hermano. Tengo que encontrar la manera de que eso no suceda nunca. Mi hermano no tuvo suerte, tal vez no supo controlarse, tal vez algo le pudo, pero no podrá conmigo. Sé que no es real porque solo yo lo veo, solo yo escucho las balas silbar sobre mi cabeza, pero no puedo evitarlo, me arrojo al suelo, repto hasta encontrar un refugio y espero que pase todo… porque al final acaba pasando. No puedo encontrar una explicación, pero tiene que haberla. Las religiones lo explican todo, son la palabra de Dios y no pueden mentir. Dios lo sabe todo, Él también tiene que saber lo que me pasa.

Algún día conseguiré mantenerme de pie, mientras contemplo cómo los soldados corren frente a mi, con sus fusiles preparados para disparar. No tendré miedo, dejaré que me atraviese, como un rayo de luz, sin tocarme. No agacharé la cabeza cuando las balas corten el aire sobre mi cráneo. No es real, diré en voz alta, y lo repetiré hasta creérmelo. No es real. Pero hasta que eso suceda debo proteger mi vida, evitar que una bala me atraviese el pecho. A veces pienso que esa sería una buena forma de morir, sin tener que hacer nada, solo mantenerme en pie el tiempo suficiente para que algún soldado afine el tiro. No hay esperanza para mí, solo una muerte rápida. Lo he pensado muchas veces, pero cuando ocurre no soy capaz de hacerlo. Todo es tan real, los soldados corriendo, con sus uniformes y sus cascos, el sonido de la metralla a lo lejos, las balas que cortan el aire a mi alrededor, que no puedo permanecer de pie. Un impulso ciego me impulsa a correr, a tirarme al suelo, a buscar una trinchera donde refugiarme. Es el instinto ciego de supervivencia, el deseo de seguir vivo a cualquier precio. El terror me hace temblar, estremece todo mi cuerpo, siento un frío gélido recorriendo mi piel, noto cómo el vello de me pone de punta, siento retorcerse mis entrañas. A veces no he podido evitar orinarme encima.

Por suerte Bautista no lo ha notado, o al menos ha hecho como si no lo supiera. Es la única persona de este mundo de la que me puedo fiar. Él no me traicionará nunca, lo sé. Se limita a estar ahí, esperando hasta que todo pase, luego me da un abrazo, como si no hubiera pasado nada y habla de otra cosa. Hasta ahora he conseguido que no me pase en público, que nadie se entere. No sé la razón, tal vez logro controlarme cuando hay gente desconocida a mi alrededor. También me ha pasado alguna vez, estando solo, pero entonces es más fácil dejarme llevar, solo tengo que encontrar algo detrás de lo que refugiarme y esperar que todo pase… porque siempre acaba pasando.

No se lo he dicho, no hemos hablado de ello. Él sabe lo que me pasa pero calla porque yo no quiero hablar. Por suerte solo me ocurre muy de vez en cuando, a veces lo veo llegar y procuro estar solo, en mi cuarto, entonces me escondo bajo la cama y dejo que las balas silben a mi alrededor hasta cansarse. No sé por qué me ha dado por ahí. Odio la guerra, es la manifestación más brutal de la naturaleza humana. Me dan miedo los hombres, me doy miedo yo. Tal vez de niño oyera contar alguna historia de algún familiar muerto en el frente. Es como una pesadilla, hermano contra hermano, padres contra hijos, tiros en la nuca, fusilamientos, violaciones en la oscuridad de la noche. Una guerra fratricida recorrió las tierras de este país, soplaron vientos de odio, la tierra se empapó de sangre. Tengo miedo de que vuelva a ocurrir. Uno nunca está libre del odio, de la venganza, de acabar con la vida del hermano. Me dan miedo los hombres. Será por eso que mi cabeza la ha tomado con eso. Podría ver cualquier otra cosa, fantasmas, monstruos que intentan devorarme, pero no, tiene que ser la guerra, hombres en el frente, disparando a todo lo que se mueve, gritos de dolor, vidas que se siegan como la espiga en los campos.

 

guerra-civil.jpg

No es real, no es real, lo repito una y otra vez. El tiempo pasa, casi me olvido de la guerra, del tableteo de las armas. Y luego un día me vuelve a ocurrir, algo se dispara en mi cabeza, un tornillo se suelta y de pronto todo es real. No sé por qué estoy ahí, no sé por qué de pronto la guerra ha vuelto, el ansia fratricida de muerte, pero está ahí, frente a mí. Nada parece haber cambiado, los caminos son los de siempre, la llanura es la misma, los campos están como deben de estar en cada época del año. No he escuchado el rugido del motor de los camiones que se acercan, no veo aviones en el cielo tirando bombas, solo esos soldados frente a mí, corriendo como locos, disparando a todo lo que se mueve y las balas que pasan cerca, sin tocarme. Cuando ocurre no puedo razonar, no puedo pensar por qué nunca me da una bala perdida, se introduce en mi pecho, rasgando mi carne. Veo lo que veo, oigo lo que oigo. No puedo evitarlo.

Bautista me ha dejado algunos libros de religión y yo me he buscado algunos más. Leo mientras él atiende al público en la tienda. No creo ser tonto, entiendo lo que leo, lo rumio. Tal vez en algún libro haya un párrafo que me lo explique. Es cuestión de tener paciencia y leer con calma, sin que una sola palabra se pierda, encontrar sentido a todo. Leo la Biblia, el Corán, leo lo que dicen las religiones del mundo. Si Dios ha hablado a sus profetas necesariamente ha tenido que tener alguna palabra para nosotros. Él tiene que saberlo, lo sabe todo, no ha podido dejarnos de su mano. Ni una sola hoja cae del árbol sin que vuestro Padre celestial lo sepa. El tiene palabras para todos, para los fariseos hipócritas, para el hijo pródigo, para los publicanos, para los corderos llevados al matadero. Los grandes profetas de las religiones se ocupan de todo el mundo, de los lujuriosos, los adúlteros, los soberbios, los mentirosos, los ricos, los pobres, los sacerdotes, las vírgenes… ¿Por qué no dicen nada de nosotros? Jesús hasta expulsó demonios de algunos poseídos, pero de nosotros no dice nada. Tenemos que vivir sin esperanza, ver cosas que nadie ve, escuchar lo que nadie escucha, estar tristes todo el tiempo, cuando luce el sol en lo alto, cuando las mozas bailan con los mozos en la fiesta del pueblo, cuando llegan las fiestas y todo el mundo come hasta reventar. Pero nosotros seguimos tristes, como si de pronto la oscuridad hubiera caído sobre nuestras cabezas y la noche ya no nos abandonará nunca. Tristes, deprimidos, pensando en morir, pensando en lo peor que se puede pensar, sin poder evitarlo. Nos miran y sacuden la cabeza. ¿Qué le ocurre a este hombre para estar tan triste? No tiene que trabajar para comer, como nosotros, lleva una vida muelle, hace el vago cuanto quiere y nadie le dice nada. ¿De qué se queja?

illustration7-sevilla.jpg

Lo veo en sus miradas, sé que es lo que cuchichean cuando me ven pasar. Es lo que peor llevo, no ser productivo, no aportar algo a la sociedad, que todo el mundo trabaje, que todo el mundo haga algo mientras yo me levanto todas las mañanas para ir al encuentro de Bautista. Permanezco allí, en la trastienda, leyendo sobre religión, leyendo cualquier cosa que pueda darme una explicación a lo que me pasa. Luego hablamos de cualquier tema y eso me hace sentirme bien. Creo que él piensa que soy inteligente y tal vez lo sea, más que muchos, puede que esa sea la razón de que esté como esté, vea lo que vea y escuche lo que escucho, porque soy tan listo que me he pasado de rosca. Cuando leo libros sobre la enfermedad mental me asombra que piensen que se nos va la cabeza, así, sin más, y de pronto nos hemos convertido en locos. Yo no me siento un loco. Sé que me pasan cosas que no entiendo, que veo guerras cuando no hay guerras, al menos no aquí, que escucho el silbar de las balas cuando no se mueve una brizna y que no soy normal, pero no soy un loco, puedo ver lo que ven los demás, puedo hablar con Bautista como un amigo y no se me ocurre agarrar un cuchillo de la cocina y salir corriendo tras los soldados que disparan, ni confundirlos con las buenas gentes de mi pueblo. Puedo leer libros y entenderlos, puedo lamentar lo que me pasa y desear que todo fuera distinto, pero no puedo cambiarlo.

Todas las mañanas me levanto tranquilo porque sé que me espera Bautista, incluso algunas veces viene a buscarme. Descorro el pestillo de la puerta de mi habitación, escucho que mi padre no esté en casa y salgo. Sé que él me tiene miedo, lo veo en sus ojos, como yo le tengo miedo a él. Bautista me puso el cerrojo por dentro, sin preguntar, como hace siempre. Mi padre también colocó el suyo en su habitación. Somos como dos enemigos separados por trincheras, escuchando lo que hace el otro y temiendo que en cualquier momento se desencadenen las hostilidades y alguien tire la puerta del otro a patadas. No quiero pensar en ello, imagino que mi padre tiene motivos para temerme y sé que yo le tengo miedo por cosas que prefiero callarme. La sombra de mi hermano es como una nube negra sobre nuestras cabezas. Desde Ciempozuelos parece planear sobre nosotros, como un cuervo, un pájaro de mal agüero, graznando improperios. El no tiene la culpa de nada, pero es como si nos hubieran castigado y él fuera el cuervo que viene a posarse en la rama antes de que el suicida se cuelgue.

Libros-viejos-2.jpg

Los días no son un vacío infernal porque tengo mis libros, porque tengo a Bautista, pero me siento infeliz, no puedo evitarlo. Me gustaría ayudarle con la tienda, me gustaría encontrar un trabajo y ser útil a la sociedad, pero teme que en cualquier momento venga la guerra y todo el mundo sepa que soy un loco que ve soldados disparando tiros donde solo hay música de baile o el pregonero anunciando que llega Paquito, el de los pollos. Me da miedo que los demás sepan, porque sé que no me van a comprender, no van a intentarlo, ni siquiera me darán un abrazo compasivo, se alejarán de mí porque soy el cuervo de los desgracias. Me siento infeliz cuando veo a los novios darse un beso furtivo, cuando Bautista me invita a comer a su casa y veo lo que una familia puede hacer por un hombre. Me gustaría tener novia, que ella me viera como un hombre normal y cuando me fueran a pasar esas cosas malas me iría al campo, a escuchar el sonido de las balas hasta que todo pasara. A veces él ha bromeado, para luego callarse bruscamente, como si temiera ofenderme. Cuando voy a Ciudad Real, algún fin de semana, me gusta fantasear con que una chica se acerca a decirme algo bonito y nos hacemos novios. No sé, a veces hasta yo mismo creo que tengo novia. Cuando se lo cuento, que voy a ver a mi novia a Ciudad Real, hasta yo mismo me lo creo, pero luego veo su mirada y sé que él no me cree. Ningún loco puede tener novia. Ni novia ni nada, ni trabajo, ni una familia, ni un futuro, nada una vida sin esperanza.

No se lo digo a Bautista porque temo entristecerle, pero eso es lo que pienso, que no tengo esperanza, que mi vida es una vida sin esperanza. Tal vez consiga que nunca me encierren en Ciempozuelos, pasar desapercibido, leer libros, estudiar, hablar con él cada mañana, imaginar que algún día un sabio descubrirá qué nos ocurre en la mente a los enfermos mientras investiga cualquier cosa, cualquier virus nuevo. Sé que mi hermano quería hacerle la autopsia a una gallina, para saber qué nos ocurre en el cerebro a nosotros, pero la explicación tiene que ser más simple, solo encontrar ese tornillo que se ha aflojado, esa tuerca que se ha pasado de rosca, ese mecanismo entrampado. Alguien, algún día se ocupará de nosotros, sabrá que existimos, que no somos monstruos. A veces pienso que tal vez me habría venido mejor que la viruela me hubiera marcado o que la polio me hubiera dejado tullido, ellos sí creen que estás enfermo cuando a tu cuerpo le pasa algo y lo pueden ver, pero no se creen nada de la mente, esos son cuentos chinos, se trata de vagos que han descubierto la forma de no trabajara, son malas personas que no quieren reconocerlo y buscan disculpas.

Una vida sin esperanza, eso es lo que me espera. Día tras día acudo a la tienda de Bautista y mientras hablamos me creo por un momento una persona normal. Hasta me gusta contarle de vez en cuando lo que me ha dicho mi novia o cómo le he robado un beso cuando estaba descuidada. El no se burla de mí, me escucha y a veces me pregunta algo, como si me creyera. A veces pienso que si encontrara una mujer que me comprendiera y me quisiera tal vez podría curarme. Al menos mi vida tendría sentido, tendría una esperanza. Sé que voy a terminar mal, todos los locos terminamos mal, pero no quiero decírselo a Bautista, no quiero hacerlo sufrir. No soporto que la gente sufra, daría mi vida porque nadie sufriera. Puede que sea eso lo que me ha trastornado, el sufrimiento de las guerras es inhumano, tal vez no haya podido soportar que los hermanos maten a los hermanos y como consecuencia mi cráneo se haya reblandecido. Me miran como a un loco pero no se dan cuenta de lo locos que están los que corren en el frente disparando a todo lo que se mueve, los que se odian hasta al punto de derramar la sangre de su hermano, de su padre, de su hijo. Ellos sí que están locos, pero no se les reblandece la mollera, porque la tienen muy dura.

Una vida sin esperanza. Sé que terminaré mal, como terminamos mal todos los locos, pero voy a luchar, porque no me encierren en Ciempozuelos, no tomaré medicación, no hablaré con los médicos de locos. Sé que puedo resistir… y cuando no pueda dejaré que la muerte me lleve a donde nadie pueda verme… para no molestar.





LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XII

21 09 2015

HISTORIAS DE BAUTISTA XII

EN LA PIEL DEL HERMANO MENOR

Se han llevado a mi hermano a Ciempozuelos y ya no saldrá de allí. Dicen que los locos no tenemos remedio. ¡Que Dios los confunda a todos! Algo pasa en nuestras cabezas, eso está claro, pero no hay derecho a que nos encierren, como animales, una vida perdida, sin esperanza, renunciando a todo. Quiero saber qué nos pasa, no voy a abrirles el cerebro a las gallinas, como mi hermano, porque eso no arregla nada, pero seguro que en las religiones se explica algo, lo de las posesiones diabólicas, cualquier cosa, alguien tiene que saber algo sobre este maldito planeta, y si nadie sabe nada yo estudiaré toda mi vida hasta descubrirlo.

Mi hermano no era malo, no es malo, simplemente le pasa algo que nadie comprende. Yo acabaré lo mismo, lo sé. No sé si hay una maldición sobre nosotros o una cepa maldita que ha contaminado toda la viña. Tengo miedo. Ni siquiera puedo pensar en mi hermano porque se me nubla la cabeza, una cinta roja tapa mis ojos y no puedo ver nada. Yo no quiero acabar como él, no me van a encerrar, lo juro. Haré todo lo que esté en mi mano pero no me van a encarcelar. Yo quería a mi hermano, quiero a mi hermano, también a mi madre, creo que en el fondo también quiero a mi padre. Pero hay algo que no comprendo, la vida debería ser de otra forma, no entiendo por qué nos odiamos tanto, por qué no somos capaces de llegar a un acuerdo frente a cualquier problema.

Estoy condenado. Es terrible saber que hagas lo que hagas no te vas a librar. No quiero ir a verle, nunca me acercaré por Ciempozuelos. ¿Qué esperan que vea? ¿Hombres tratados como bestias, convertidos en vegetales, sin la menor ilusión, sin alicientes en la vida, todos los días iguales, las semanas, los meses, los años, esperando que llegue la muerte y nos libere? Sufro mucho cuando me imagino la vida de mi hermano allí. No quiero hablar de ello, no quiero que me hablen, me gustaría levantar un muro dentro de mi cabeza para que ni un solo recuerdo regrese del fondo del pozo donde lo he tirado. ¿Para qué recordar? ¿Solo para sufrir? No puedo ayudarle y cada vez que pienso en él algo me araña las entrañas, es como si mil gusanos se pusieran escarbar en mis entrañas. ¿De dónde sale tanto sufrimiento? ¿Por qué Dios nos hace sufrir tanto si es tan bueno?

No sé cómo hacerlo, no sé cómo evitar acabar como mi hermano mayor. A veces veo cosas que no debería ver, escucho voces que no debería escuchar. No sé por qué me ha dado por la guerra, odio nuestra guerra, odio todas las guerras, hombres disparando sobre otros hombres, hombres que mueren entre el barro, hombres que dejan mujer, hijos, familias destrozadas. No puedo soportarlo. Algo no va bien en mi cabeza, a veces escucho disparos, estoy en el frente, solo pienso en esconderme en la trinchera para que no me den. ¿Qué otra cosa puedo hacer? No digo nada para que no piensen que estoy loco, para que me encierren en Ciempozuelos, como a mi hermano mayor. Tengo que evitar que los demás lo noten, que esto trascienda. Si ellos supieran lo que sufro, si vivieran lo que yo estoy viviendo entonces me abrazarían y llorarían conmigo. No entiendo por qué no pueden comprenderme, por qué no pueden ponerse en mi piel y sentir lo que yo siento. No es tan difícil. Cuando yo veo sufrir a alguien se me encoge el corazón y no puedo soportar su sufrimiento, me cambiaría por ellos, le pediría a Dios que ellos dejaran de sufrir aunque yo tuviera que vivir toda la eternidad en el infierno.

¿Es verdad la religión? Dios tiene que existir y si existe es posible que haya hablado con alguien y la Biblia sea la palabra de Dios. Aunque si lo es, ¿por qué existen otras religiones, por qué otros hombres dicen que Dios les ha hablado también a ellos? ¿Cómo saber dónde está la verdad? Me prometo que estudiaré todo lo que pueda, descubriré la verdad, descubriré a Dios, descubriré qué me pasa, qué le ocurre a mi hermano, que nos ocurre a todos nosotros, los locos. Lo juro, lo prometo, me pasaré la vida leyendo, estudiando.

Veo que mi madre sufre y no puedo soportarlo, no quiero mirarla, no quiero verla, me voy a volver loco. A mi padre no le entiendo, nunca habla conmigo, ni habló con mi hermano mayor, apenas habla con mi madre. Es un hombre callado y raro. No recuerdo un abrazo o un beso en esta casa. Creo que me sentiría mejor si alguien me abrazara de vez en cuando, si pudiera contarle a alguien lo que me pasa por dentro, sin miedo a que me mire como a un loco e intente encerrarme el resto de mi vida.

BAUTISTA, EL GRAN HERMANO

Mi primo Bautista se ha portado muy bien con mi hermano, es un buen chico. No sé por qué lo hace, supongo que porque cree en Dios y quiere hacer el bien, aunque no es de esos que van a la iglesia todos los días y se confiesan y escuchan las monsergas del cura con cara compungida. Creo que hizo lo que hizo con mi hermano porque le quiere y creo que a mi también me quiere. Se ha muerto su padre, mi tío, ahora tiene que cuidar de la familia. Se casó, va a tener hijos, está muy ocupado, trabaja mucho. A mí también me gustaría trabajar, ser útil en esta sociedad, me gustaría ayudarle, en lo que fuera. No soporto estar mano sobre mano mientras otros trabajan. He tenido la suerte de nacer en una familia que tiene posibles. No nos vamos a morir de hambre, eso no, pero qué voy a hacer el resto de mi vida, mano sobre mano. ¿Qué puedo hacer? No me dejan trabajar, tampoco sé si podría. ¿Qué ocurriría si estoy trabajando y de pronto comienzo a escuchar tiros y viene la guerra y tengo que salir corriendo para esconderme en el fondo de una trinchera? Sé que ellos no me creen, piensan que estoy loco, que la guerra terminó hace algunos años y que ahora todo está en calma. Pero yo sigo escuchando los disparos de los fusiles, los cañonazos, las voces de los heridos, las voces de rabia, las maldiciones. Yo veo lo que veo, no puedo evitarlo. Sé que ellos no me creen, pero no puedo hacer nada para convencerlos. Esto es muy raro, pero me está pasando a mí.

Bautista ha venido a visitarme, ya no me habla de mi hermano, ha debido ver cómo reacciono y no quiere hacerme sufrir. También ha debido darse cuenta de que no hago preguntas.¿Qué pensará de mí? ¿Qué soy un hermano sin entrañas? Creo que no, que él me comprende. No sé cómo lo hace, pero sé que puedo hablarle, que él me escuchará, que puedo estar a su lado, incluso cuando comienza la guerra, y que él no se burlará de mí, ni intentaré que me encierren en Ciempozuelos como a mi hermano. He visto lo que ha hecho por él después de que le castraran. No me ha dicho nada, pero me he enterado. No sé si se lo he escuchado contar a él o a mi madre o por la calle, ¡yo qué se! Por mucho que intento cerrar mis oídos, mis ojos, por mucho que intento aislarme al final todo me llega, me acabo enterando de todo. Le ha sacado de allí y lo ha llevado a Alcohete donde al parecer está mucho mejor. Creo que puedo confiar en él. No me venderá como hacen todos, te sonríen, te hablan, te tratan como si fueras persona, pero solo es para que te calmes, tienen miedo de que pille un cuchillo y salga corriendo tras ellos. Son mentirosos, hipócritas, beatones que van a misa pero que no saben amar, solo odiar, solo burlarse. Cuando crees que no estás te llaman loco y se ríen de ti, sus risas son hirientes, a veces me entra una rabia sorda y entonces sí, pillaría un cuchillo y saldría tras ellos. Los mataría a todos. No quiero hacerlo. Bastante tengo con soportar la guerra, los disparos, los cañonazos, los ayes de dolor, bastante tengo con luchar para no matarme yo mismo.

Me gusta que me invite a su tienda. Allí estoy a gusto, hablamos, no me siento solo y cuando entra alguien me saluda o me escondo en la trastienda si no me encuentro bien. Mi vida cobra sentido, ya no me paso las horas muertas intentando no pensar en mi hermano, ni en mi madre, ni en mi padre, no pensar en nada, porque todo lo que pienso me hace sufrir, me angustia, me pone peor. También puedo leer, me deja libros o los compra. No es mala vida, estar con Bautista, leer, y luego llegar a casa por la noche y no tener que ver a mi padre porque ya está encerrado en su habitación.

Tras la muerte de madre nos hemos quedado solos los dos, en el piso. No lo soporto, hay algo en él que me excita a la rabia, me parece una mala persona. No quiero verle, ni hablar con él. Me viene muy bien que Bautista venga a recogerme por las mañanas y me lleve a la tienda. Me gusta verle atender al público, me gusta verle mezclar las pinturas o decirles cómo quedará un color o cómo quedará otro. No sé si le gusta lo que hace, pero lo hace bien y sabe tratar con la gente. Me gustaría ayudarle, hacer cualquier cosa que me pidiera, pero no me pide nada. Al menos me deja pasar el día con él y no tengo que ver a mi padre, que permanecer con él, allí los dos solos, en la casa. La familia no nos hace mucho caso, solo Bautista.

No sé si sufrí mucho cuando murió madre. No dejo de sufrir, todos los días, a todas las horas, me da miedo todo, que venga la guerra, que se burlen de mí, que me miren por la calle, que piensen que estoy loco. No me gusta pensar en ella, ni en cómo era, ni en cómo sufrió con mi hermano, ni cómo se llevó con padre. No sé si se casaron porque se querían o porque así se decidió, tampoco sé muy bien cómo se querían en su dormitorio ni qué pensaban realmente el uno del otro. En esta familia, como en tantas otras familias, no se habla de estas cosas, ni hay besos, ni abrazos, es como si todo eso fuera pecado, como si lo único que no fuera pecado es la maldita guerra, que los hombres maten a otros hombre en nombre de Dios, porque Dios así lo quiere.

No quiero pensar en ella, sufro, no quiero sufrir más, bastante sufro ya. No sé si mi hermano se enteró de la muerte de madre, si se lo dijo Bautista, si se lo dijo padre. No sé cómo se sintió, cómo reaccionó, ni siquiera sé si fue consciente de que madre había muerto. No quiero pensar en mi hermano, no quiero pensar en madre, tampoco quiero pensar en padre ni verle. Solo me hace sufrir. Con Bautista es distinto, no me pregunta nada, no quiere saber si veo a los soldados con casco o sin él, si escucho realmente los cañonazos, no quiere saber nada que yo no quiera decirle. Hablamos de todo un poco. Bautista es un hombre listo, estudiado, yo no he podido estudiar como él, pero puedo leer, leer mucho y aprender. No se necesita ir con maestros para aprender, yo leo los libros y los entiendo, también puedo pensar, no soy tonto. Algunos piensan que los locos somos tontos, que no sabemos nada ni nada podemos aprender. Yo pienso que soy más listo que muchos de ellos, puede que sea el más listo del pueblo, de la comarca. Pero como piensan que estoy loco creen que ellos son más listos, que yo soy el tonto, que se pueden burlar de mí. Me gustaría demostrarles algún día que ellos son los tontos, pero no sé qué ocurrirá conmigo, a lo mejor termino en Ciempozuelos como mi hermano y entonces serán ellos los que se rían de mí.

Me gusta que me invite a comer a su casa, aunque a veces preferiría hacerlo solo. No es que me de miedo la gente, pero nunca sé en quién puedo confiar, quién se va a burlar de mí cuando se entere de que a veces yo sigo en la guerra, veo la guerra, escucho los disparos y los cañonazos. No importa que no estuviera allí, que no fuera al frente, es como si realmente hubiera ido y hubiera presenciado todo lo que ahora veo. No sé si alguna vez escuché a alguien contar historias de la guerra, no lo recuerdo, yo era muy niño, pero lo que veo es real, así es la guerra. Si Bautista se lo contara a alguien todo el pueblo se reiría de mí, pero sé que puedo confiar en él, no es bacín, no irá por ahí pregonando lo que hablamos. Pero estas cosas se saben, aunque nadie me ha dicho nada, yo creo notar algo en sus miradas. Ellos saben, pero callan. Por eso a veces tengo que disimular cuando estoy con más gente, intento mirarles como ellos me miran, hablarles como ellos me hablan, los locos tenemos que aprender de los cuerdos, imitarles, solo así podemos engañarles.

Agradezco a su mujer que me acepte en su casa, no todas las mujeres lo hubieran hecho. Creo que Bautista y ella se quieren y se llevan bien, al menos se respetan. Otra le hubiera obligado a no estar tanto conmigo, al fin y al cabo yo no soy su hermano, ni su hijo, solo un primo. Me gusta que vayan a tener hijos, así podré jugar con ellos. Me gustan los niños, ellos no te miran como si estuvieras loco ni te preguntan cosas que no les interesan. Creo que podría llevarme bien con los niños, tal vez hubiera podido ser maestro. No soporto este vivir de gorra, sin hacer nada, todo el mundo trabaja, todo el mundo aporta algo, mientras yo como la sopa boba. Esto me hace sufrir, no puedo soportarlo, puedo aguantar cualquier cosa, casi todo, que de repente suene un cañonazo y salga corriendo, espantado, ver morir en el frente, escuchar los lamentos, puedo acostumbrarme a ver a mi padre, cualquier cosa sería aceptable, pero no este vivir sin trabajar. Otros tal vez lo estén deseando, pero yo no puedo verles trabajar, sufrir, ver cómo se afanan en llegar a fin de mes y que a su familia no le falte nada. Y yo aquí, mano sobre mano, como un vago, como un idiota, como el loco que soy.

Lo que peor llevo es regresar a casa y ver cómo mi padre permanece en su habitación para no verme. Yo tampoco quiero verle a él. Le voy a pedir a Bautista que me ponga una cerradura por dentro, para que no pueda entrar. O tal vez lo haga yo, puedo comprar un pestillo y colocarlo, tampoco soy tan tonto. Creo que yo le doy miedo a mi padre, pero lo que él tal vez no sepa es el miedo que me da él. No sé si me echa la culpa de algo. ¿Qué culpa puedo tener yo? No hice nada para que mi hermano se volviera así, ni para que muriera madre, yo he procurado pasar desapercibido, entretenido con mis libros y pensando en mis cosas. Sí, lo haré, pondré un pestillo por dentro y así estaré seguro. Me cuesta dormir, pensando que él está allí, al otro lado de la pared, que puede levantarse y venir a aporrear mi puerta. ¿Por qué lo haría? No lo sé, pero es un hombre raro, muy raro.

Lo mejor del día es despertarme y saber que puedo ir a ver a Bautista o que él vendrá a buscarme si me retraso. Ni un solo día se olvida de mí. No sé si alguna vez le canso o se cansa de escucharme o preferiría que yo no estuviera allí, con él, en la trastienda, pero nunca me reprocha nada y no tiene un gesto ni una palabra que me haga pensar que preferiría que yo no estuviera allí. Creo que mientras pueda estar con él no me volveré loco.





LAS HISTORIAS DE BAUTISTA X

15 07 2015

LA DECISIÓN

En la vida de todo enfermo mental llega un momento en el que se toma la decisión, la decisión por antonomasia. Es el momento clave en la vida de todo enfermo. Algunos no llegan a tomar esa decisión nunca y eso significa que aún hay esperanza. Aún no han traspasado las puertas del infierno donde el genial Dante escribiera aquello de “lasciate ogni speranza, voi ch’entrate” Vosotros que entráis dejad toda esperanza.

En mi caso tengo muy claro cuál fue ese momento. Acababa de salir del despacho de mi psiquiatra en el Alonso Vega. Había sido una conversación durísima, la primera tras mi intento de suicidio en el metro. Aquel doctor me miró con mirada acerada, fría, sin mover un músculo, y me dijo que había traicionado su confianza, que había perdido completamente la fe en mí. Me dijo cosas muy duras. Han pasado muchos años para que pueda transmitir la literalidad de sus palabras, ni siquiera el sentido aproximado, pero sí recuerdo lo que sentí, lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer. El final de su discurso fue terrible. Permanecería encerrado el resto de mi vida. No se podía hacer nada conmigo. Era el deshaucio definitivo de mi condición de persona.

Recuerdo que salí de su despacho, entré en el comedor, desierto a aquella hora y me quedé allí de pie. Firme, rígido, los puños cerrados, apretados, clavándome las uñas en la carne hasta hacerme sangre. No creo que hablara en voz alta o gritara porque en ese caso me habrían atado con correas a la cama, ya no habría la menor consideración conmigo. Y no lo hicieron, de lo que deduzco que aquel espantoso monólogo lo hice en silencio, conmigo mismo. Subí la cabeza, miré al techo, el cuello rígido hasta romperse, los dientes apretados hasta rechinar, con la fuerza de un loco. Y comencé mis improperios. Al primero que le tocó fue al bueno de Dios. Le dije de todo. Abjuré de su existencia, de su bondad. Ya no creo en ti, le dije, no creo en tu bondad, me has condenado sin darme opción a defenderme, me has traído a la vida para que viva en un infierno. ¡Qué te has creído! Luego continué con el doctor por quien sentía tanto odio que aún hoy me estremezco.

Cuando le conocí parecía una buena persona, simpático, amable, discreto, buenos modales. Una persona culta, tal vez de buena familia. No niego que intentara comprenderme, pero fue incapaz de darme el menor afecto, un poco de cariño. Nunca he estado de acuerdo con la transferencia de Freud. Si el doctor no se involucra contigo, no se hace tu amigo, no te da su afecto, su cariño, si permanece como un espectador que solo mueve un dedo para apagar la alarma del despertador cuando termina la hora, si te escucha como una pared, si no percibes nada humano en él, como si fuera un témpano de hielo, entonces puede hacerte los test que quiera, las preguntas que le de la gana, ahondar en ti como si fueras un pozo de petroleo a perforar. Todo será inútil. Los enfermos mentales necesitamos afecto y cariño, no una batería de test o un muñeco que hace que nos escucha durante horas.

Seguramente era una buena persona, con una mujer hermosa y dulce, con unos hijos cariñosos y simpáticos, tal vez viviera en un bonito lugar, tuviera un prestigio profesional, unos amigos cultos con los que charlar de vez en cuando; seguramente daba fiestas y tenia una posición social envidiable. No puedo saberlo porque nunca habló conmigo de sí mismo, de su familia, de su vida. Era un muñeco diabólico, solo quería encontrar el mecanismo roto en mi interior y arreglarlo, como si fuera un mecánico y yo un coche. Era lo que había estudiado, lo que se llevaba, lo que se consideraba debía hacerse con los enfermos mentales. Ahora, tras conocer a Bautista, pienso que era su antítesis. Nunca des cariño a un enfermo mental, busca la tuerca oxidada en su mecanismo y reemplázala. Eres un sumo sacerdote de la ciencia y dices misa todos los días ante tus enfermos. No eres humano, no te muestras humano, no eres amigo de nadie, solo un muñeco diabólico. Si una de las máximas de Bautista es que nunca podrás curar a un enfermo si no le das cariño, amor, aquel hombre nunca hubiera podido llegar a curarme, aunque hubiera permanecido en sus garras el resto de mi vida.

Mi capacidad de empatía me permite ponerle en su piel y no odiarle. Como me dijo Bautista en realidad hubo una época en la que los psiquiatras eran unos don nadies, no tenían prestigio, no estaban tan bien considerados como hoy en día. Incluso puede que aquel doctor no ganara tanto dinero como yo pensé, ni tuviera la mansión que yo imaginaba, tal vez su esposa no fuera tan bella y trabajara, tuviera una profesión universitaria de algún tipo, y tal vez sus hijos no fueran tan educados y simpáticos. Nunca lo supe porque fue él quien abrió un abismo entre nosotros. Yo necesitaba más un amigo que un doctor, porque no tenía amigos, me sentía muy solo. Necesitaba afecto porque nadie me daba afecto. Pero el genial Freud estableció la norma de la transferencia. Si el doctor se involucra demasiado en los problemas del paciente se produce la transferencia, el doctor se convierte en un amigo y no en el mecánico que arreglará su cerebro. Tal vez el genial Freud se equivocara, estoy convencido de ello. Ningún psiquiatra puede involucrarse en los problemas de todos sus pacientes, hacerse amigo de todos, sin acabar sufriendo las consecuencias, tal vez convirtiéndose él en un paciente. Es cierto, pero no se trata de ejercer una profesión teniendo muchos clientes, ganando mucho dinero y adquiriendo mucho prestigio. De lo que se trata es de hacer lo que se pueda con el enfermo mental, darle una pizca de cariño, como un aceite benefactor para lubricar el mecanismo. Bautista no ganó dinero en su trato con los enfermos, incluso puso de su parte cuando fue preciso, no tuvo miedo a la transferencia, se limitó a escuchar, dar cariño, hacerse amigo de los enfermos y a no enfadarse cuando éstos no se curaban milagrosamente.

Aquel doctor se enfadó mucho conmigo. No había logrado saber cuál era la pieza rota de mi mecanismo, yo era un fracaso terrible en su carrera. Yo era el espejo más descarado de su gran fracaso. Y tomó una decisión canallesca. No niego que lo pensara, incluso mucho, que tirara la toalla, que decidiera fríamente que lo mejor para mí sería permanecer encerrado para siempre. Pero no existe mayor tortura que privar a un ser humano de su libertad de por vida, que incapacitarle como ser humano, que privarle de su dignidad. Mi odio cuando salí de su despacho y permanecí allí de pie, en el comedor, maldiciendo de todo y de todos, fue casi infinito. Puedo entender su desesperanza, su desesperación, tal vez incluso llegó a cobrarme afecto, al fin y al cabo yo era un joven prometedor, inteligente, culto, que citaba escritores, que le daba mi propia versión de mi enfermedad, que podría llegar a ser alguien en la sociedad. Tantas horas perdidas, tiradas a la papelera. ¡Qué fracaso más estrepitoso! ¿Qué pensaba? ¿Que yo iba a sentir afecto por quien no me lo daba, que yo no iba a mentir a quien me retenía como a un prisionero en un psiquiátrico durante meses y meses, por quien se burlaba de mi teoría de que mi problema era no haber tenido cariño durante la infancia, luego haber sido adoctrinado y reprimido en un colegio religioso, imbuyéndome teorías dogmáticas e inaceptables sobre la vida, por quien sonreía paternalmente cuando yo le decía que el sexo podría ayudarme mucho, que perder la virginidad podría ser algo importante en mi curación? Fracasó porque no me trató como a un amigo, porque no me dio afecto, porque nunca creyó que algo tan simple como el cariño, como la amistad, como ayudarme a soportar la soledad, como encontrar una chica con la que tener sexo cariñoso, pudiera ser el medicamento que necesitaba. Era un sumo sacerdote de la ciencia, Dios le hablaba en su “sancta sanctorum” y era yo el hereje, el profano, el incrédulo.

Allí, de pie en el comedor, con el cuerpo tan rígido que bien podría haberme partido algún hueso, con los dientes tan apretados que bien podría haberme roto alguno, con tal odio en el corazón que aún hoy día me pregunto cómo pude llegar a amar, cómo fui capaz de enamorarme y de tratar de ser una persona normal, fue allí cuando tomé la decisión. La decisión de que yo no pertenecía a la especie humana y nunca querría saber nada de ella. La decisión de que si nadie me comprendería nunca, me daría nunca el menor afecto, de que si otro ser humano como yo se arrogaba el derecho de privarme de mi libertad durante el resto de mi vida, de privarme de la dignidad a la que todo ser humano tiene derecho, yo iba a permanecer desligado del futuro de la humanidad, de la sociedad, del resto de seres humanos. Si me consideraban una bestia, si nunca confiarían en mí, si jamás me darían afecto, yo les haría el mayor desprecio que un ser humano puede hacerle a otro, ellos dejarían de existir para mí, se harían invisibles, serían como pedruscos que encuentro en el camino. El fin de la empatía, el fin de la esperanza, el fin de la condición de ser humano.

Me transformé en un actor, y muy bueno. Debí de serlo para convencerle de que tenía que volverse atrás de su decisión y darme el alta, algún día, dentro de mucho tiempo, muchos años, pero algún día. Aún no soy capaz de recordar cómo salí de allí. Mis recuerdos están bloqueados, como tantos otros. Como me ocurriera antes, cuando fui atado con cadenas a una cama y alimentado por un embudo, a la fuerza, comprendí que no sobreviviría en aquella sociedad con la verdad, buscando afecto, buscando amistad, buscando amor. Tenía que actuar, engañar, para que me permitieran respirar. Comprendí que era una bestia y que nadie me aceptaría nunca, solo podía actuar, como si interpretara un papel en una obra titulada “Puede que no sea normal, ¿pero no lo parezco?”. No importaba que los disimularan, que fueran hipócritas, mientras la obra siguiera su curso, mientras mi interpretación fuera buena. No podía ser yo mismo, no podía mostrarme como era. La bestia salía a la calle con máscaras para que nadie saliera corriendo. Así me sentía yo, una especie de asesino en serie que trata de que no le descubran, imitando a los demás, como el personaje de Dexter, de las novelas y la serie televisiva, solo que yo no había perdido la empatía ni el afecto por los seres humanos, y eso me hacía sufrir tanto que si el mismísimo demonio se me hubiera aparecido le hubiera vendido mi alma a cambio de ser tan poderoso que nadie, nunca más, hubiera podido amenazarme con encerrarme el resto de mi vida en aquella cárcel para las almas.

Solo una vez, haciendo el mayor esfuerzo de mi vida, con una desesperación terrible, me volví atrás de aquella decisión, cuando decidí darme una oportunidad, buscando el amor de una mujer e intentando ser una persona normal. Pero no fue posible, ahora lo entiendo, había tomado aquella decisión y como las de un guerrero impecable, como las de un hombre de conocimiento, hay decisiones de las que uno no puede volverse atrás nunca. Ahora lo entiendo.

¿Tomó el hermano menor aquella decisión? Estoy seguro. ¿Cuándo lo hizo? No lo sé. De lo que me ha contado Bautista no puedo hacerme una idea, ni aproximada, de lo que le llevó a tomar la decisión, pero sí estoy seguro que lo hizo, como lo hizo el hermano mayor, como lo hacen todos los enfermos que dejan de intentar relacionarse y formar parte de la sociedad en la que viven. Deciden que siempre estarán solos, porque se les considera unas bestias, porque no pueden contribuir con su trabajo a lo único que se aprecia en esta sociedad, el dinero, la productividad, el dar tu esfuerzo para que te den un mendrugo de pan. Tal vez fuera una decisión prolongada en el tiempo. Yo situaría el comienzo cuando decidió no ir a ver a su hermano. Entonces aceptó que él no sería capaz de verlo sin sufrir las consecuencias. No hay nada más doloroso que decidir permanecer solo el resto de tu vida. Saber que vayas donde vayas te van a mirar como los humanos miran a las bestias, con miedo, con recelo, con absoluta desconfianza. Una desconfianza que yo he percibido muchas veces a lo largo de mi vida. Cuando aquel psiquiatra me dijo que permanecería encerrado el resto de mi vida, cuando mi madre clamaba a Dios con aquello de “qué he hecho yo para merecer esto”, cuando la persona a la que más amaba en mi vida me decía que yo no cambiaría nunca, cuando notaba que su desconfianza era visceral, salía de sus entrañas, de su naturaleza, que lo mismo que les ocurría a los demás, ella también me tenía miedo. Cuando te miran con miedo sabes que eres una bestia, cuando no confían en ti sabes que no puedes convivir con nadie.

El hermano menor tomó la decisión y a partir de aquel momento su vida se llamó Bautista, el único ser humano que le escuchaba, que no le miraba con miedo o desconfianza. Ignoro sus intentos de buscar trabajo, de intentar hacer amigos, de buscarse novia, de hacer un esfuerzo de interpretación para que los demás le vieran como una persona normal. Existieron, tuvieron que existir, porque como el propio Bautista me cuenta, a menudo le mentía sobre unas supuestas novias en Ciudad Real. Antes de tirar la toalla, de tomar la decisión, los enfermos mentales hacemos unos esfuerzos ímprobos, que nunca son apreciados, por socializarnos, por intentar ser normales. Luego, un día, tomamos la decisión y nos convertimos en actores, algunos podemos ser actores patéticos, otros mejores, pero todos actores. Y desde ese momento nuestras vidas dejan de ser vidas y se transforman en un camino, más o menos doloroso y solitario, hacia la muerte.

Sé que me va a costar ponerme en la piel del hermano menor, porque voy a sufrir mucho, pero debo hacerlo, se lo debo. Se lo debo a todos los hermanos, a todos los enfermos mentales. Ahora ya no me importa salir a la calle sin máscaras, la bestia puede mostrar su fealdad porque lo ha perdido todo y el camino que le queda es más corto y más llevadero.