RELATOS ESOTÉRICOS VIII

19 04 2017

Todos los iniciados son así de patéticos, se creen el ombligo del universo y montan estos ridículos follones incluso a presencia de los dioses del karma. Por suerte para él y para todos nosotros no se llega a ser dios sin antes haber adquirido un maravilloso, un divino sentido del humor. De no ser así mi pupilo estaría ahora en el infierno, sufriendo todos los tormentos posibles y hasta los imposibles, luego sería aniquilado por el fuego de la justicia divina y no quedaría nada de él, ni de mi, ni de ustedes, nada de nada. Me aburría aquel idiota que no cesaba de contemplarse el ombligo, sin embargo no perdí la paciencia con él, no porque ya hubiera adquirido el sentido del humor de los dioses del karma, sino porque recordé algo que por otro lado nunca olvido ni podré olvidar, mi propia historia personal y los patinazos que yo mismo diera ante los dioses del karma, archivero mayor y toda la jerarquía cósmica, antes de ser propuesto y entrenado como verdugo del karma. Es algo que siempre tengo presente y que me vino a la cabeza en aquel preciso momento, mientras mi pupilo se retorcía las meninges buscando explicaciones y soluciones. Era tan sumamente aburrido que me dejé llevar por mis propios recuerdos. Lo que aprovecho para endilgarles a ustedes la segunda entrega de mi diario, que quieran o no se van a leer muy modositos, en primer lugar para que me vayan conociendo mejor, no en vano soy el protagonista de esta historia, y por otro lado para aliviar la tensión de llevar tanto tiempo soportando a este inepto. En cuanto lean con calma esta segunda entrega y todos nos sintamos un poco aliviados de perder de vista por unos minutos a este portento de la iniciación que tengo a mi cargo, proseguiremos el recorrido previamente estipulado, podrán reírse un poco más de las tragedias de este incauto e irán conociendo este mundo invisible e inimaginable para ustedes, benditos soñadores que nunca recuerdan lo que sueñan.

DIARIO DE UN VERDUGO DEL KARMA

SEGUNDA ENTREGA

Fue una gran sorpresa para mí el que los dioses del karma me ofrecieran quedarme en el más allá –más acá para mí- sin obligarme a una nueva reencarnación. A pesar de que el cargo de verdugo del karma es uno de los más bajos en el escalafón cósmico y de que en esta dimensión somos considerados más o menos como proletarios de baja estofa –basureros espirituales- no lo dudé ni un segundo. Estaba harto de reencarnaciones, con todo lo que esto lleva consigo. A pesar de que uno siente la tentación de introducirse en un cuerpo y volver a disfrutar de algunos placeres, tales como el sexo corporal o el indudable placer de la comida material y tantas, tantas otras cosas, lo cierto es que el dolor, el sufrimiento, la falta de control de tu destino, los avatares por los que pasa tu memoria –de recordarlo todo a no recordar casi nada- hacen bastante molesto, para mí terrible, la sola idea de tener que volver a encarnarme.

Fue aún más sorprendente que no tuvieran en cuenta las circunstancias de mi fallecimiento. Me desencarné de forma violenta y por mi culpa, de eso no hay la menor duda. Ya en otras reencarnaciones había tenido problemas, a veces serios problemas, con la lujuria. Me gusta la comida y en alguna reencarnación he sido obeso y he muerto de diversas causas, todas relacionadas con mi gordura, pero el sexo se lleva siempre la palma.

En este caso cometí el error de intentar seducir y vincularme con una preciosa mujer con la que ya había compartido lecho, como amante, como marido y hasta como recambio o pieza de quita y pon. Claro que yo esto no lo recordaba entonces –lo supe con todo detalle al morir- y por eso me dejé llevar por el impulso. Adoraba a aquella mujer y sobre todo adoraba su espléndido cuerpo. A pesar de esta adoración ella me dio calabazas. Así mismo supe al morir que no lo había hecho porque no le gustara yo –al contrario le gustaba mucho- sino por ese sentido práctico que tienen las mujeres en general y del que carecemos los hombres, a pesar de nuestros vanos intentos por convencernos de que ellas son “mariposillas que van de flor en flor” y nosotros “gente seria”. Ella era muy consciente, cuando me rechazó, de que lo podría pasar muy bien conmigo durante una temporada, pero que dada mi acreditada fama de “picaflores” tendría todas las cartas de la bajara para perder la partida y de forma dolorosa.

El hecho de que me rechazara no me desanimó. Seguí insistiendo. Ella acabó casándose con un hombre al que yo consideraba un calzonazos, pero que acabaría por matarme, lo que no deja de ser una chocante manera de comprobar lo mucho que me había equivocado al juzgarlo. No me importó ni poco ni mucho que ella estuviera casada y aprovechando una ocasión propicia –ella estaba muy desanimada con su marido y habían tenido una bronca bastante importante- logré obtener sus favores. Yo creía por primera vez, aunque luego, al morir, repito, supe que llevaba obteniendo sus favores y ella los míos durante muchas vidas.

Todo fue bien durante un tiempo. Lo pasábamos maravillosamente en la cama, nos entendíamos muy bien fuera de ella. Las ausencias de su marido, por su profesión y porque cada vez discutían más, nos permitían vivir como pareja de hecho durante largos periodos, a veces hasta semanas enteras. Como el matrimonio no tenía hijos ella podía dedicarme todo su tiempo.

Yo había subestimado al calzonazos de su marido –como he dicho antes- y no estaba preocupado, ni poco ni mucho, con que sospechara algo, y mucho menos que nos sorprendiera. Ella en cambio no las tenía todas consigo y no cesaba de prevenirme contra sus celos y su mezquina forma de actuar en ciertos supuestos. No hice caso y eso me costó la vida.
Al morir sabría todos los detalles, pero en aquel preciso momento, mientras galopaba sobre ella, con un enorme placer por mi parte y casi tanto o más por parte suya, y daba la espalda a la puerta de la habitación, ni podía imaginar que la peor de todas mis posibles pesadillas se haría presente. Lo supe con certeza cuando un cuchillo penetró por mi espalda y se astilló en una costilla. Aún estaba vivo y, muy consciente de que debería reaccionar con urgencia si quería seguir estándolo, me retiré de mi amante y me lancé sobre su marido, buscando el cuerpo a cuerpo que me permitiera estrangularlo. Sí, porque eso era lo que pensaba hacer si nada me detenía. Para mi desgracia el calzonazos era muy fuerte y estaba tan rabioso con lo que había visto que me lanzó contra la mesita de noche… Y aquí entra en juego mi karma, aunque muchos lo llaman destino o mala suerte. Me golpeé la nuca contra la esquina del mueble, con tan mala fortuna kármica que la madera penetró en mi nuca y me segó la columna vertebral, bulbo raquídeo o lo que fuera o fuese -¡maldito sea su nombre!- haciéndome fallecer “ipso facto”.

No tuve ni tiempo para prepararme a morir, porque mientras luchaba estaba convencido de que saldría vivo y el otro idiota muerto. Mi típica sobreestima, mi maldita inconsciencia para afrontar los riesgos más evidentes, me catapultó al más allá –ahora más acá- sin la menor preparación.

Eso es malo. Morir sin saber que te estás muriendo y si además es una muerte violenta, te crea un shock de padre y muy señor mío. Te quedas que no sabes dónde estás, ni quién eres, ni si estás vivo o muerto. Y eso te genera una angustia espantosa. Yo supe que estaba muerto enseguida, en cuanto contemplé mi cuerpo desangrado sobre el suelo.

Estaba revoloteando sobre el techo y todo lo veía desde arriba. Mi cuerpo desmadejado, el cuerpo del marido que me miraba con ojos extraviados (mi mente captó la suya y supe que no había deseado mi muerte; sí darme un susto, un buen susto, pero solo eso) y el cuerpo desnudo de la esposa y amante y adúltera y preciosa mujer de mi vida, que no se había vestido, casi ni se había movido, y gritaba, histérica, y golpeaba con los puños en el lecho y miraba a su marido con ojos de lunática.

Por suerte –según supe después- el número de mis muertes violentas era muy alto y la experiencia me permitió tomar al toro por los cuernos y lograr calmar al marido. Sí, porque una vez tomada consciencia de la situación, comenzó un razonamiento que a él le pareció muy lógico y que a mí me llegó como la locura más terrible que cerebro alguno pudiera concebir. Estaba pensando en matar a su esposa, puesto que: me van a condenar lo mismo por una muerte que por dos, unos días arriba o abajo no son nada cuanto te vas a pasar el resto de tu vida entre barrotes.

Yo no quería que muriera ella. Ya había muerto yo y con eso era bastante. Así que me puse manos a la obra y contactando con la mente del otro logré transmitirle toda mi angustia. Eso le hizo mirar mi cadáver unos instantes y ponerse en mi piel, antes de lanzarse, cuchillo en ristre contra su esposa. Fue tiempo suficiente para que comprendiera la enormidad de lo que había hecho. Su esposa, y mi amante, se desmayó, y eso me libró de intentar calmarla, porque estaba pensando en arrojarse por la ventana.

Según sabría después con todo detalle, la fortuna hizo que alguien avisara pronto a la policía y que ésta compareciera en el piso y esposara al asesino y se llevaran en ambulancia a la esposa y los forenses se llevaran mi cuerpo, un poco después.

Había conseguido salvar a mi amante y eso me daba un tiempo para no hacer nada y limitarme a intentar desvincularme de un cuerpo al que el forense iba a abrir por la cavidad torácica, sin la menor compasión ni sensibilidad (se estaba comiendo un sándwich sobre mi cavidad torácica).

Pero será mejor que deje esta historia por el momento. A pesar del tiempo que llevo aquí, como verdugo del karma, aún sigue siendo para mí muy doloroso recordar aquel acontecimiento. Será por eso que los archivos akásicos no se consultan tanto como supondría una persona encarnada, quien seguramente se lo pasaría en grande consultando los vídeos más íntimos de las personas que conoce o que desea conocer “en profundidad”.





LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN X

17 05 2016

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LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN X

COMPRIMIR EL TIEMPO

Un guerrero comprime el tiempo. Esto le dice don Juan a Castaneda, y éste, como siempre se queda con la boca abierta y totalmente desorientado. ¿Qué es comprimir el tiempo? Se podría pensar que se trata de ser feliz, porque cuando uno es feliz, se divierte, parece que el tiempo transcurriera más deprisa, al contrario de lo que sucede cuando uno sufre, cuando uno está en el lecho del dolor, que el tiempo parece no pasar nunca.

¿Para qué necesitaría un guerrero comprimir el tiempo? No para disponer de más tiempo, porque como ya le ha dicho don Juan en otras ocasiones, el tiempo de un guerrero está tasado, sabe que la muerte está tras de él, con su mano derecha en su hombro izquierdo. Un guerrero sabe que no dispone de tiempo, que la muerte se lo puede llevar en cualquier momento. ¿Entonces a qué se refiere don Juan cuando habla de comprimir el tiempo?

Un guerrero no busca tener más tiempo disponible para hacer sus cosas, cumplir su misión. Un guerrero no tiene misión alguna que cumplir, no tiene que “hacer sus cosas”, un guerrero hace lo que tiene que hacer cuando tiene que hacerlo, vive el presente, no hace planes para una vida futura que no está en su mano. Comprimir el tiempo tiene mucho que ver con la intensidad con la que se vive. Como hemos visto en la metáfora de la muerte, que don Juan utiliza con mucha frecuencia, cuando uno sabe que no tiene poder sobre la muerte, que no está en su mano el tiempo que ha de vivir, entonces vive la vida con intensidad máxima, con absoluta concentración. Cuando uno sabe que puede morir al segundo siguiente, no se anda con chiquitas, cada segundo es precioso, todo lo que hace adquiere una importancia y una intensidad inauditas. Esto es lo que da una extraordinaria fortaleza al guerrero, saber que todo está perdido, que nada es suyo, que no dispone de nada, ni siquiera de tiempo de vida. Cada una de sus actos se convierte en impecable, en diamantino, no está contaminado por el apego, por el interés, por metas sin sentido, como conseguir dinero, alcanzar el poder, apegarse a seres queridos. Cuando la muerte está detrás, con su mano en tu hombro, nada de esto es importante. Las personas que hemos tenido la desgracia de vivir experiencias cercanas a la muerte, que hemos estado a punto de morir, que hemos sido absolutamente conscientes de que si no ocurría un milagro íbamos a morir, sabemos muy bien de qué habla don Juan. Esta experiencia cambia una vida, cambia la consciencia de ser, lo cambia todo. Tras mis experiencias cercanas a la muerte, porque han sido varias, toda mi vida cambió. No podía entender cómo las demás personas hacían proyectos, planificaban sus vidas, como si tuvieran seguro que al día siguiente seguirían vivos, en su trabajo, con sus seres queridos. Cuando uno tiene una experiencia cercana a la muerte ya no es capaz de seguir pensando que la muerte es solo una teoría, que sí, que moriremos algún día, pero este día está tan lejano que solo puede pensar en ello si su fantasía es muy viva y es capaz de representarse un acontecimiento futuro con toda intensidad.

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La experiencia cercana a la muerte es lo más próximo que encuentro a comprimir el tiempo, a la actitud del guerrero impecable, que hace todo como si “realmente” la muerte estuviera tras de él, con la mano en su hombro, porque es que “realmente” es así. A todos nos afectan las muertes de niños, las muertes imprevisibles de personas jóvenes que tienen un accidente imprevisto, imprevisible. Todos pensamos que eso les ocurre a los demás, que es una estadística muy baja, que hay muertos en accidentes de tráfico, pero son pocos y no tiene por qué ocurrirnos a nosotros; que a veces un avión cae y mueren todos, pero estadísticamente es muy improbable. Es un engaño que nos ayuda a vivir. Como don Juan le dice en otro momento, las personas normales tienen sus propios escudos, sus propias estrategias para enfrentarse al gran misterio de la vida y no perecer, y una de ellas, la más importante, es creer que su vida está garantizada, que la muerte está muy lejana y ya habrá tiempo de pensar en ello. En cambio el guerrero no dispone de ese escudo, se ha quitado la venda de los ojos y ve el misterio en todo su monstruoso terror. Tras mi última experiencia cercana a la muerte viví esta caída de la venda de los ojos, este caerse el escudo que me protegía del misterio, y tuve que enfrentarme a una nueva vida, con la mano de la muerte en mi hombro izquierdo. Fue algo literal, creo que a esto ahora lo llaman los efectos del síndrome postraumático. Es decir, sufres una experiencia terrible, estás a punto de morir, o tus seres queridos mueren en una catástrofe terrible e impredecible, o sucede cualquier otra cosa que nos deja en nuestro lugar sin importancia, no somos nada. No somos nada es una frase que yo escuchaba muchas veces en los entierros familiares. Venían a dar el pésame y ponían una cara muy larga, muy triste, para decir aquello de “no somos nada”. Pero tú sabías que ellos lo decían con la boca chica, que se habían preparado la interpretación, que eran pésimos actores. Porque a ellos no se les había muerto un ser querido, porque ellos no habían estado a punto de morir y se habían salvado de milagro. Pero de alguna manera inconsciente imitaban la actitud del guerrero, ese “no somos nada”.

Ese síndrome de que hablan ahora no es otra cosa que la caída de la venda, entonces te enfrentas al misterio con toda su intensidad, como don Juan le dice a Castaneda que debe enfrentarse el guerrero al Águila. Las emanaciones del Águila son tan poderosas, tan compulsivas, que un guerrero en solitario suele perecer, a no ser que sea un guerrero formidable, por eso aconseja que se junten los guerreros para ver la verdadera cara del Águila, de otra forma perecerán. De ahí también ese pequeño ejército, conformado por el nagual y sus guerreros. Recuerdo que durante meses yo era incapaz de ver las cosas cotidianas como antes, en cualquier momento puedo morir, pensaba, por qué entonces voy a preocuparme de ahorrar dinero, de hacer planes, de pensar que mis seres queridos estarán siempre conmigo. Fue una experiencia única, estremecedora, cuando te ocurre, o pereces, te suicidas, te dejas morir, te vuelves loco, o te conviertes en un guerrero. Es lo que me ocurrió a mí, aunque tuvieron que pasar años y toda clase de desgracias para que aquella experiencia cobrara todo su valor.

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UN VIAJE EN TREN

Imaginemos un viaje en tren. Tenemos que ir de una estación a otra, donde hay que realizar una tarea que nos espera. El tiempo que tarda el tren en en llegar lo ocupamos “matando el tiempo”. Bonita y aterradora expresión, matar el tiempo. Charlamos de naderías, leemos un libro, miramos el paisaje por la ventanilla, dejamos que la mente se ocupe en mil cosas inútiles.

Si un tren es lento el viaje de una estación a otra puede prolongarse mucho, son los espacios vacíos en nuestras vidas, los agujeros en los que caemos habitualmente hasta que encontramos una tarea que hacer. Una persona normal llega a aburrirse, en su vida hay muchos momentos, largas temporadas de aburrimiento, la vida le parece algo tan aburrido que debe buscarse sus propios entretenimientos para no perecer de hastío. Así llegan las adicciones, nos hacemos adictos a las drogas que nos sacan del aburrimiento, al alcohol, al tabaco, al juego, al sexo, a lo que sea. Necesitamos cubrir con algo esos inmensos agujeros que a veces son nuestras vidas. O nos hacemos adictos al dinero y así estamos siempre ocupados en algo, en contarlo, en ahorrarlo, en idear mil formas de obtener más y más dinero. Y luego pensamos en qué gastaremos el dinero o cómo se lo dejaremos a nuestros hijos, o qué podríamos hacer si fuéramos ricos… Nos pasamos la vida ideando, nos pasamos la vida fabulando, nos pasamos la vida huyendo, fugándonos de ese aburrimiento entre estación y estación. Nos sentimos tan aburridos que hasta un compañero de viaje al que ni miraríamos en nuestra vida cotidiana, mientras nos movemos como peonzas, en el viaje en tren llega a ser hasta un compañero entretenido. Miramos lo que hace como si fuera algo insólito, le preguntamos algo como si fuera importante y esperamos su respuesta muy atentos, como si lo que nos fuera a decir tuviera la potencia de cambiar nuestras vidas. Todo esto son entretenimientos vanos, adicciones, apegos. En realidad somos muy conscientes de que el dinero que acumulemos no nos servirá para sobornar a San Pedro y que nos deje entrar al cielo. De aquí no se saca nada, y menos dinero. Somos muy conscientes de que el apego a un ser querido, que nos parece maravilloso, la muestra del amor más sublime, es un apego que desaparece de forma súbita cuando este ser querido fallece. Entonces pasamos el luto, que no es otra cosa que intentar rellenar de algo el agujero que nos ha dejado el ser querido. Nos afanamos detrás de muchas cosas para sacudirnos la modorra del viaje de una estación a otra.

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Un guerrero no viaja de estación a estación porque cada paso que da es para él una nueva estación. No hay tiempos muertos en su vida que deba rellenar de tonterías, no hay agujeros a los que uno deba echar y echar cosas para que se vayan llenando. Un guerrero sabe que viaja de la estación de la posible muerte a la estación de la muerte segura. No hay tiempo para tonterías, no se entretiene mirando lo que hacen los demás, intentando comunicarse con alguien que en cuanto baje del tren ya no volverá a ver. No se hace ilusiones amontando dinero ni fantaseando con esto o con aquello. Un guerrero no tiene tiempo para estas cosas, porque la muerte le espera a cada paso y nunca sabe si el paso siguiente será aquel que la muerte elija para llevárselo. De ahí que esté siempre preparado para su última danza con la muerte, acumulando poder, renunciando a las tonterías, a perder energía en cosas inútiles. Incluso cuando viaja en tren, de una estación a otra, no pierde el tiempo, porque sabe muy bien que el Espíritu, como dice don Juan también, le puede mandar a alguien a su encuentro y sabe que no se puede despreciar al Espíritu, incumplir sus mandatos. Sabe que en cualquier momento y lugar alguien le puede ser enviado, incluso aunque parezca el ser más lerdo y sin interés del universo, si se lo manda el Espíritu esto se convierte en una misión sagrada. Así cuenta don Juan cómo le fue enviado Castaneda y no le baila el agua, le dice que no le caía simpático, que le parecía un tonto muy tonto, pero como le había sido enviado por el Espíritu tuvo que cumplir su misión sagrada iniciándole en la sabiduría del guerrero, transformándole en un hombre de conocimiento. Esto nos sucede a todos, porque como dijo Julien Green, el gran novelista católico, todos somos enviados, el verdugo a la víctima y la víctima al verdugo. Todos tenemos que cumplir la misión sagrada del Espíritu. Solo que algunos lo ignoran y dejan pasar a los enviados y luego sufren las consecuencias. Como también le dice don Juan a Castaneda, toda persona, guerrero o no, tiene un dedalito de suerte en la vida, un regalo del Águila, del destino, o como queramos llamarlo. La única diferencia entre el guerrero y la persona normal es que el guerrero está siempre atento, concentrado, no deja pasar una y por eso el dedalito de suerte no le pasa desapercibido, en cambio la persona normal se pasa la vida buscando su dedalito de suerte, jugando a la lotería de la suerte, y se olvida de los que le son enviados, se olvida de lo importante y cuando el dedalito de suerte pasa a su lado no es capaz de verlo.

La intensidad, la concentración absoluta y sin fisuras que pone el guerrero impecable en cada acto de su vida hace que no haya viajes en tren entre estaciones donde debe cumplir tareas o si existe este viaje en tren es tan súbito, tan veloz, que es como si el tiempo se comprimiera. Mientras los demás desaprovechan, matan su tiempo, en naderías mientras viajan de una estación a otra, el guerrero lo comprime hasta un extremo inaudito, es como viajar a una velocidad superior a la luz, mientras los demás han vivido mil vidas inútiles el guerrero ha vivido un segundo, intenso, eterno, absoluto. Por eso un guerrero debe comprimir el tiempo, no porque necesite más tiempo que los demás, no porque el tiempo le sobre y lo pueda comprimir y acortar, simplemente porque actuando como guerrero el tiempo se comprime. Los que viajen en tren, perdiendo el tiempo hasta que llegan a su estación, no pueden imaginarse lo que es un viaje a velocidad de la luz, no te da tiempo a respirar y ya has vivido tu vida, mil vidas, millones de vidas. Cuando sabes que tienes la mano de la muerte en tu hombro izquierdo el tiempo pasa veloz y cada instante se convierte en único, no hay tiempo para mirar para otro lado, para dejar que la mente bulla en tonterías sin sentido. Al momento siguiente puedes estar muerto, por lo tanto ahora, en este momento, haciendo lo que haces, pones toda tu intensidad vital, lo pones todo, porque es muy posible que ya no necesites nada para el segundo siguiente en el que estarás muerto.

Los que hemos vivido experiencias cercanas a la muerte sabemos muy bien lo que significa comprimir el tiempo, vivir como un guerrero, con la muerte a tus espaldas. Cuando besamos a un ser querido en una despedida lo hacemos como si nunca más lo volviéramos a ver, cuando nos comemos un helado en un día caluroso de verano lo hacemos como si no volviéramos a tener esa oportunidad. Cuando tenemos una moneda en el bolsillo sabemos que no podemos hacer cábalas, si nos la pide un mendigo y eso es lo que tenemos que hacer en ese momento se la damos, o se la denegamos y se la damos a un niño o nos compramos unos zapatos más cómodos porque los que llevamos nos están moliendo el pie. Cuando yo salí a la superficie tras ahogarme en mi última experiencia cercana a la muerte, el sol brillaba más, la gente era más importante, era única, todo lo que me ocurría, que un pájaro me cagara en la cabeza, que un niño me diera un balonazo, que una chica me mirara, que pasara el camión de la basura, que el reloj diera sus campanadas, todo, todo, absolutamente todo era único, importantísimo, eterno, porque era el momento que me había sido concedido, donado, porque la muerte me había dejado vivir y eso era lo único importante, lo único realmente importante.

Por desgracia desaproveché aquel momento y como Castaneda me puse a tomar notas en los momentos importantes, cuando llegaba el conocimiento, cuando se abría el horizonte y el ramillete de emanaciones del Águila brillaba en todo su esplendor ante mis ojos. Me fugué de la realidad buscando aquella realidad anterior a la experiencia cercana a la muerte, cuando yo era como los demás, los que creen que nunca van a morir, los que no comprimen el tiempo y se aburren. Caí en la depresión, caí en todos los agujeros del camino, no aprendí la lección. Y tuvo que ser el divorcio, el haber perdido a la familia, mi nueva experiencia cercana a la muerte, la que realmente me ha transformado en guerrero. Ahora soy un guerrero impecable, ahora vivo el momento y comprimo el tiempo. Han pasado casi dos años desde aquel momento y es como si fuera ayer, qué digo, como si hubiera ocurrido hace un minuto, un segundo. Ahora, como guerrero, miro hacia atrás, recapitulo y soy consciente de que la vida ha transcurrido como en un soplo. Ese el tiempo del guerrero, el soplo, los demás se aburren como ostras en sus tiempos muertos, matando el tiempo, intentando rellenar los inmensos agujeros de sus vidas, intentando que el dinero lo sea todo, o se adicionan a esto o aquello, o se apegan a nimiedades, a futesas, o sufren tragedias espantosas cuando una moneda se les cae del bolsillo por un agujerito que no habían visto.

El guerrero comprime el tiempo, el guerrero nota la presencia de la muerte a sus espaldas, nota su mano en su hombro izquierdo, vive con intensidad hasta el respirar, porque sabe que el segundo que tarda en respirar es un don, es un auténtico milagro. Si la vida es un misterio terrible comprimir el tiempo es una necesidad ineludible para que la vida adquiera su pleno sentido, para que no se convierta en un viajar entre estación y estación, un largo, larguísimo viaje, aburrido, bostezando, llenando agujeros con conversaciones inútiles, apegándose a viajeros que no nos interesan, que no nos han sido enviados por el Espíritu. Un guerrero comprime el tiempo porque en cada momento está haciendo lo que realmente tiene que hacer y no matando un tiempo que ya nació muerto.

 

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LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN IX (LA REGLA)

9 03 2016

 

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN

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LA REGLA

La regla, la norma, la ley, forma parte de nuestras vidas, lo queramos o no. Todo en el universo está diseñado de acuerdo a una ley que conforme desciende hacia el mundo material se hace más enrevesada y compleja. Existen las leyes físicas que gobiernan nuestro universo dimensional, existen leyes cósmicas, que regulan la compleja existencia de los universos materiales y existen leyes creadas por los humanos para vivir en sociedad. Cada persona también se crea sus propias leyes o normas para regir su vida. La regla, la ley nace de la propia naturaleza de las cosas, de la propia existencia, algo es como es porque se adapta a unas normas concretas, somos como somos porque nos ajustamos a una determinada forma de pensar, sentimos de una manera y los hábitos, normas auto-impuestas, gobiernan nuestras vidas.

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Hay normas tan variadas como complejas, tan simples como dogmáticas, tan flexibles como monolíticas. Las religiones se rigen por la regla de la palabra de Dios, es decir, creen que Dios ha hablado a alguien y esa palabra, recogida por escrito o por tradición verbal, se impone, en forma de dogmas, a los demás. El dogmatismo es la regla de las religiones. Nuestra sociedad funciona en base a un complejo entramado de normas, como una auténtica tela de araña. Algunas son imprescindibles para la convivencia, otras no son otra cosa que una cárcel de papel, burocrática, en la que se quiere mantener a los ciudadanos. La observancia de la regla, de la norma, es imprescindible si se quiere vivir en sociedad. Una desobediencia civil mayoritaria, aunque solo fuera de una norma básica, mientras se mantienen las restantes, provocaría un auténtico caos social. Basta con imaginar que un día una mayoría de ciudadanos se pusieran de acuerdo para no cumplir las normas de tráfico, por ejemplo, y nos podemos hacer una idea cabal del infierno que eso generaría.

Un guerrero impecable, un nagual, también tiene su norma, su “regla”. Solo que, al contrario de lo que sucede con la religión o la sociedad, la norma del guerrero es tan simple como inextricable. No existen dogmas, no existe la palabra de Dios, no existen leyes que deben ser cumplidas de forma coactiva por cuerpos de seguridad y militares. Para un guerrero la norma básica es aceptar que la vida es un misterio, que todo es un misterio. No nos enfrentamos al misterio batallando por vencerle y doblegarle, tampoco le preguntamos para que nos responda como a una sibila, no pretendemos estudiarlo, diseccionarlo para ver qué hay en sus entrañas, un misterio es un misterio y lo único que se puede hacer frente a él es respetarlo, es la primera actitud de un guerrero ante el misterio, el respeto ante algo que nos supera, que nos puede. Un guerrero respeta el misterio de la vida, no pretende analizarla al microscopio para desentrañar su naturaleza y dominarla, no se conoce el misterio, no se domina el misterio, se respeta. Un guerrero sabe que vive en un mundo misterioso, el simple hecho de vivir es un prodigio, un don y también un horror, el terror elevado a la enésima potencia. No sabemos cómo hemos venido a la vida, por qué, quien nos ha dotado de consciencia, para qué, no sabemos nada. Vivimos asumiendo que muy pocas cosas están en nuestras manos. La mayoría de lo que nos sucede escapa a nuestro control y tampoco puede ser controlado por los demás, a este misterioso organizador de nuestras vidas lo han llamado destino, fatum, suerte… en la filosofía chamánica tiene un nombre “fuerzas poderosas que controlan y dirigen el universo”.

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Un guerrero no vive como si supiera qué es la vida, qué le ocurrirá mañana, hoy mismo, dentro de un instante, un guerrero vive sumergido en el misterio, él mismo es un misterio para sí mismo y los demás son aún más misteriosos que él. Aunque las personas “normales”, los no guerreros, viven como si supieran todo de la vida, como si conocieran cada uno de los pasos que les esperan, como si tuvieran un manual que les permitiera arreglar todos los desaguisados con los que se encuentren. Los creyentes asumen que la supuesta palabra de Dios les explica todo, cómo nacieron, para qué nacieron, qué tienen que hacer en cada momento, cómo tienen que reaccionar ante cualquier incidencia de la vida. Tienen una regla otorgada, no una regla propia, abdican de su razón y se la entregan a quienes dicen haber recibido la palabra de Dios. Saben que no pueden mentir, matar, dejarse llevar por la lujuria, saben que tienen que ir a misa o cumplir sus rituales en la forma y tiempo establecidos, saben que ante cualquier duda deben acudir al sacerdote para que les aleccione o rezar para que el mismo Dios les haga saber su voluntad en la forma que él establezca.

Los no creyentes, los agnósticos, los materialistas, los ateos, los cientifistas, o como ellos gusten de llamarse tienen una norma básica que guía sus vidas: ver para creer. Son auténticos “santo-tomases” que no creen en nada que no puedan ver, palpar, gustar, que no puedan abrir, diseccionar, experimentar, comprobar. Su regla es tan imposible de cumplir que la mayor parte de sus vidas es un constante saltarse la regla. No pueden verlo todo y como sus límites son evidentes acaban por fiarse de lo que otros les dicen que ellos han visto. No pueden abarcarlo todo, y por lo tanto deben confiar más, deben tener más fe que los propios religiosos que solo creen en la palabra de Dios. Digamos que la norma del escéptico, del agnóstico, es tener una regla que siempre se deben saltar si quieren adaptarse a la vida, si quieren seguir viviendo. No ven el amor, como lo único que se puede ver son hormonas bailando al microscopio, acaban asegurando que el amor son hormonas, pero cuando tienen que asumir las consecuencias de esta conclusión se echan atrás. ¿Cómo confiar que las hormonas van a durar para siempre, que el cóctel no se revuelva de un momento para otro y lo que hoy es amor mañana sea indiferencia absoluta? Y sin embargo llegan a aceptar la vida en pareja, aún creyendo que lo que sienten es solo instinto, hormona revuelta; llegan a tener hijos y los quieren como si este sentimiento fuera mucho más que una hormona que tira para ese lado. Consideran que todos somos sacos de hormonas, sacos de piel con huesos, músculos y órganos y sin embargo actúan como si los demás fueran algo misterioso y divino. No respetan la vida del prójimo solo porque si se la quitaran les pillarían y les harían morder el polvo, pagar muy caro lo que han hecho. Si así fuera quienes tuvieran la oportunidad clara de arrebatarle la vida al prójimo sin ser descubiertos lo harían sin más, en cambio respetar la vida del otro parece ser una norma básica en sus vidas. Quienes siguen la regla de que nada que no pueda ser visto, oído, gustado, palpado, diseccionado, visto al microscopio electrónico, existe realmente, tendrían que renunciar a gran parte de su vida porque no es “comprobable”. Nadie puede verlo todo y la confianza en que lo que los demás dicen haber visto es ineludible para que nuestras vidas puedan seguir siendo lo que son. Lo curioso es que confían y creen en lo que les dicen los demás, humanos, limitados, no aquilatados como buenas personas dignas de confianza y se ponen insufribles negando todo aquello que supuestamente pueda venir de entidades invisibles a las que lógicamente no pueden ver ni palpar. Podríamos decir, de forma irónica, que hay quienes llegan a creer más en un prójimo mentiroso que en el mismísimo Dios. Claro que los creyentes que dicen creer a pies juntillas en el mismísimo Dios, en realidad están creyendo en sus semejantes que les dicen que Dios les ha hablado. En resumidas cuentas, en el fondo todos creen en sus semejantes, solo que unos les hablan en nombre de Dios y los otros les piden que crean en lo que ellos dicen haber visto. En realidad nuestras vidas se basan en la confianza mutua, nombramos representantes políticos para que establezcan normas y leyes, confiando en que lo harán bien y mejorarán nuestras vidas en lugar de empeorarlas. Cada día nuestra vida es un perpetuo derroche de confianza. Salimos de casa confiando en que nuestro vecino no nos esté esperando, como un depredador, para devorarnos, cruzamos el paso de cebra confiando en que el conductor de turno respete la norma o regla establecida y no nos atropelle. Confiamos en que el alimento que compramos en el supermercado esté en buenas condiciones y no muramos intoxicados. Confiamos en la persona que nos dice que nos ama locamente y nos casamos y tenemos hijos y formamos familias que son las células, las moléculas de nuestra sociedad. La vida del no guerrero es una perpetua confianza, en los demás, en que las leyes físicas seguirán funcionando cada día, en que la mayoría respete las normas y leyes, en que nuestra vida siempre estará en nuestras manos, aunque sabemos muy bien que no lo está, está en manos de quienes hacen las normas y leyes, de los políticos, de las fuerzas y cuerpos de seguridad que dicen velar porque sigamos vivos, de los empresarios que dan trabajo, de los trabajadores que son productivos y cumplen, de los que confeccionan alimentos que nosotros solo compramos, no podemos cultivar. Pero lo curioso de todo esto es que, individualmente, tomados de uno en uno, no podríamos asegurar ni el uno por ciento de nuestras vidas. Nuestras ropas no dependen de nosotros, ni la alimentación, ni nuestras moradas, ni los inventos que mejoran nuestras vidas, ni nuestra seguridad. Lo que realmente está en nuestras manos es tan poco que da miedo.

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Confiamos en los demás porque no nos queda otra opción, pero si miramos bien nos daremos cuenta de que esa confianza es un auténtico misterio, porque la palabra de Dios no nos dice que Él va a intervenir directamente si un malvado mata a nuestros seres queridos o los secuestra o los viola, tenemos que confiar en que las leyes y cuerpos de seguridad disuadan al malvado de sus designios. Confiamos en que la estadística nos sea favorable, puede que no nos toque la lotería, pero confiamos en que no nos toque el tanto por ciento de robos, atracos, secuestros, violaciones, asesinatos, errores conscientes o no conscientes en la confección de alimentos o vestidos o… Confiamos en que las estadísticas nos sean favorables y podamos seguir vivos tras comer algo que hemos comprado en el supermercado, tras vestirnos una ropa que ha confeccionado otro y en la que podría haber puesto algo que nos intoxique. Confiamos en que el coche que compramos esté bien hecho y se ajuste a las normas establecidas y de esta manera que cuando lo utilicemos no estemos jugando con la suerte, si vamos a morir hoy o mañana.

La vida de un no guerrero es un auténtico misterio, solo que él no lo sabe, ni lo quiere saber, actúa como si todo estuviera en su mano. Considera que sigue vivo porque es así como debe estar, vivo, y la muerte solo es un accidente que ocurrirá en algún momento, más bien tarde. Considera que todo lo que le ocurre cada día es lo programado, algo que está perfectamente controlado, algo que sucede así desde el principio de los tiempos y seguirá ocurriendo hasta el final de los tiempos. Todo lo demás son “accidentes”. Descarrila un tren y nosotros no íbamos en él, estadísticamente es muy improbable que fuéramos por esto y lo otro y lo demás allá. Nos convertimos en una parodia ridícula del matemático. ¿Quién nos dice que a nosotros nunca nos tocará un accidente de este tipo, estadístico, porque tenemos la matemática y la suerte a nuestro favor? Y así huimos de la realidad cuando ésta nos golpea con su misterio, fuimos de viaje al extranjero, de turismo y mientras a estos les tocó morir al explotar su avión, a los otros les secuestraron los terroristas, les cortaron la cabeza, les… a nosotros no nos pasó nada. Parece que es pura casualidad el mal que les ocurre a los demás. Si fuéramos unos buenos matemáticos sabríamos que la probabilidad de que nos ocurra algo a nosotros, llevando la vida que llevamos es… Y sin embargo hemos visto morir a nuestros familiares de cáncer y sin embargo nosotros vamos aguantando el tipo; hemos visto morir en accidentes de tráfico a personas que iban por nuestra carretera, unos kilómetros por delante, y nunca nos preguntamos por qué a ellos y no a nosotros. Nunca nos hemos planteado que es más fácil la muerte que la vida, la ley de la entropía que el orden universal, que sea más fácil encontrarnos en la vida con una persona que quiera hacernos daño que con otra que quiera hacernos el bien. Damos por supuesto que todo lo que nos sucede es bueno porque así está establecido por las leyes básicas del funcionamiento del universo, por la regla, y que los accidentes y las excepciones siempre les ocurrirán a los demás, porque la estadística no miente, yo nunca seré un fallecido en accidente de tráfico.

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Un guerrero sabe muy bien que todo esto es un misterio, que nunca lo podrá desentrañar, que la consciencia es un misterio, que el hecho de que él haya sido dotado de consciencia es un misterio, que el hecho de que él haya nacido de una determinada familia y no de otra es un misterio, que las personas que se va a encontrar a lo largo de su vida sean éstas y no otras es un misterio. Un guerrero sabe que la muerte le sigue por el camino, la mano en su hombro izquierdo, que se lo puede llevar cuando ella quiera, todo está en el aire, nada de lo que le suceda a lo largo de la vida es seguro, desde la perspectiva de la muerte todo es un don, la vida es un don, los placeres son un don, hasta el sufrimiento es un don, el amor es un gran don y el desamor sigue siendo un don. Un guerrero sabe que todo es un misterio, es un misterio nacer y es un misterio morir, es un misterio todo lo que le sucede a lo largo de la vida, las personas con las que se encuentra y por qué no se encuentra con otras, por qué algunos le hacen daño y otros le hacen bien, por qué se libra de tragedias terribles no estando donde tal vez debiera haber estado según la lógica de su vida rutinaria y por qué cuando estaba convencido de que iba por el buen camino y nada malo le podría ocurrir de pronto cae al fondo de un abismo que no había visto ni que se podía prever estuviera allí.

Un guerrero respeta el misterio, no intenta desentrañarlo ni busca que le expliquen por qué nacemos o morimos cuando bien podríamos haber adquirido la consciencia desde siempre, recordarlo todo desde siempre y no perderla nunca, ni en la muerte. Un guerrero no lucha a brazo partido con el misterio, obligándole a concederle una buena vida y una buena muerte, a concederle el amor de una determinada persona o el amor de otra o de aquella de más allá, el amor nos puede ser concedido pero también nos puede ser negado, o nos puede ser concedido y luego negado. No lucha porque la vida le conceda todo aquello que cree merecer, porque se considera bueno, inteligente, porque cree haber hecho méritos, porque cree haber sufrido mucho, más que nadie. No sabemos cómo se causa el karma y cómo se nos exige el karma, no sabemos si tenemos algún mérito o más o menos que otros a los que la vida parece concedérselo todo. No conocemos el corazón de los otros, ni siquiera conocemos nuestro propio corazón. Todo es un misterio, un inextricable misterio, un profundo e infinito misterio. Ya el solo hecho de nuestra existencia es un gran misterio. Un guerrero respeta el misterio, es humilde, sabe que sabe lo que sabe, es decir no sabe nada, solo sé que nada sé decía el gran Sócrates. Un guerrero no tiene creencias ni mucho menos se las impone a nadie. Un guerrero sabe que existen fuerzas poderosas que controlan y dirigen el universo, pero no sabe quiénes son ni por qué actúan como actúan ni por qué unas veces le dan y otras le quitan. El respeto y la humildad forman parte de su regla frente al misterio. Ha perdido la importancia personal y por lo tanto no va por la vida exigiendo lo que cree que se merece ni imponiendo a los demás sus creencias y dogmas ni exigiéndoles que se arrodillen y le adoren porque el es el rey de todo y de todos.

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LA QUINTAESENCIA DE LA NORMA

En el libro de Castaneda, el don del Aguila, se narra cómo don Juan encarga a Florinda, una guerrera de su grupo, que instruya a Castaneda en el arte de acechar. Cada uno de estos grupos está compuesto por un nagual y un número determinado de guerreros y guerreras, que tienen su función particular de acuerdo a sus cualidades o capacidades de guerrero. En un pasaje de este libro se quintaesencia la regla del guerrero, por lo que me voy a limitar a copiarla, tal cual.

“El primer precepto de la regla es que todo lo que nos rodea es un misterio insondable.

“El segundo precepto de la regla es que debemos de tratar de descifrar esos misterios pero sin tener la menor esperanza de lograrlo.

“El tercero es que un guerrero, consciente del insondable misterio que lo rodea y consciente de su deber de tratar de descifrarlo, toma su legítimo lugar entre los misterios y él mismo se considera uno de ellos. Por consiguiente, para un guerrero el misterio de ser no tiene fin, aunque ser signifique ser una piedra o una hormiga o uno mismo. Esa es la humildad del guerrero. Uno es igual a todo.

La razón de ser de la regla:

-Los guerreros no tienen al mundo para que los proteja, como lo tienen otras personas, así es que tienen que tener la regla. Sin embargo la regla de los acechadores se aplica a cualquiera.

Ya en otro momento y en otro libro de Castaneda don Juan le explica más extensamente lo que aquí dice Florinda. Cuando habla de los demás se refiere a los no guerreros que se protegen del misterio insondable de la vida y de las emanaciones del Águila escudándose en el grupo, en la vinculación que la primera atención genera entre los no guerreros, algo parecido a la oveja que se refugia en el rebaño cuando ataca el lobo. Los no guerreros se escudan en su hacer cotidiano, en la relación interpersonal y en la convivencia con los demás, unos a otros se van ayudando a intensificar la primera atención que los une al mundo físico. El guerrero como hemos visto está solo, no puede protegerse refugiándose en el grupo y usa la segunda e incluso la tercera atención, moviéndose constantemente entre ambas y viviendo también en la primera atención como los demás. Como no puede “sugestionarse” hablando con los demás, conviviendo con ellos, reafirmando lo que don Juan llama muy acertadamente “la descripción del mundo” que los no guerreros aprenden a hacer en cuanto dejan la infancia y los adultos les “describen el mundo” a su manera, tienen que refugiarse en la regla como tras un escudo. Deben encontrar en ella lo que el dogma es para los religiosos, el refugio que para los otros es la sociedad con su estrecha vinculación de convivencia y su constante bombardeo de ideas y descripciones del mundo.

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LA REGLA COMO MAPA

Es un concepto en el que don Juan insiste mucho. Si para los demás las normas, leyes y reglas son coactivas y se cumplen para evitar ser castigados y uno se las salta a la torera cuando no espera el castigo, si para los religiosos el dogma es una cárcel de la que no pueden salir, so pena de herejía y excomunión, para un guerrero la regla no es coacción, garrote (las fuerzas poderosas te castigan si te saltas la regla) sino un mapa que les permite situarse y moverse para alcanzara su objetivo. La única meta de un guerrero es alcanzar la libertad por lo tanto todo en su mapa debe ser una ayuda para alcanzar esa meta. Se sitúa en un punto, donde está él, y traza un camino (estrategias) para alcanzar la meta (la libertad). Así de sencillo. No buscamos en la regla un apoyo grupal y la cumplimos por miedo al castigo, la regla es para nosotros un mapa que nos permite situarnos en un punto del camino, de la geografía, hacernos una idea de dónde estamos y de los diferentes caminos que nos pueden llevar a la meta, la libertad, diseñando cuantos recorridos-estrategias sean necesarios.

Así pues, se podría decir que lo único que un guerrero debe saber es que todo es un misterio, que puede y debe luchar por desentrañarlo, aunque sabiendo que nunca lo logrará, y que lo quiera o no toda su vida se va a mover en el misterio, con la única esperanza de ser un guerrero, de hacer lo que tiene que hacer cuando tiene que hacerlo y de esta forma propiciar que las fuerzas poderosas sean favorables.

“Descansa, olvídate de ti mismo, no tengas miedo a nada. Solo entonces los poderes que nos guían nos abren el camino y nos auxilian. Sólo entonces”.





LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN VIII

8 01 2016

LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN VIII

 

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PERDER LA FORMA HUMANA

Suena extraño, sorprendente, casi delirante. ¿Cómo puede perder la forma humana un ser humano y seguir siendo un ser humano? Algo así debió de pensar Castaneda cuando don Juan le habló de ello. Un guerrero debe perder la forma humana para transformarse en un guerrero impecable. Creo que me parezco bastante a Castaneda en esa intelectualidad feroz que intenta encajarlo todo en la racionalidad, la lógica más estricta. Es lo que hace Carlos a lo largo de todos sus libros, pelear con don Juan para intentar armonizar sus enseñanzas con la razón, la lógica de nuestro mundo cotidiano. Muchas veces acaba cayendo en la desesperación más feroz, no se puede armonizar la filosofía chamánica de don Juan con la razón, no al menos la mayoría de las veces. Y eso que don Juan es un nagual más cercano a Castaneda que los otros de los que le habla su maestro, quien tuvo como nagual a Elías quien era un maestro que gustaba de enseñar con “sustos” con terribles tretas del arte de acechar, haciendo que don Juan sufriera verdaderos ataques de pánico. En cambio don Juan gusta más de teorizar, de hablar, de explicar las cosas antes de que sucedan. Digamos que es un nagual más amable, un maestro que prefiere no engañar, decir las cosas como son antes de que el discípulo de un paso irreversible. Creo que yo también sintonizo mucho con don Juan, cuando comencé mi personal camino del conocimiento eché de menos tener un maestro así, saber a qué me enfrentaba antes de dar un paso irreversible. Puede que tal vez no lo hubiera hecho, puede que no hubiera intentado desarrollar el tercer ojo de haber sabido las consecuencias, pero siempre estoy más a favor de la libertad que del empujón que nos arroja al abismo donde solo podemos patear. Como también le dice don Juan, si supiéramos lo que nos espera tal vez nunca iniciaríamos el camino del guerrero, por eso a veces un empujón es imprescindible.

¿Qué es perder la forma humana? Suena extraño, pero no lo es si conocemos un poco la filosofía chamánica. En realidad todo lo que existe no es otra cosa que las emanaciones del Águila, de la Mente universal, en terminología rosacruz, que son compulsivas, amedrentadoras. Todo en el universo es pura energía, en forma de emanaciones del Águila, y en forma de huevo luminoso en el caso de los seres humanos. Vivimos en esta realidad porque hemos encajado el punto de encaje en la misma posición, todos, sino fuera así cada uno viviría en su propio mundo. Se puede decir que nuestra realidad, la única que conocemos, la única que aceptamos, solo es una de las múltiples realidades o dimensiones existentes, como intenta explicar la teoría de cuerdas en la física teórica, pero eso no significa que no existan otras realidades, otras dimensiones, otras existencias, aceptamos mejor ésta porque nuestro punto de encaje ha permanecido en la misma posición desde que de niños nos quitaron la flexibilidad para mover ese punto de encaje y nos educaron férreamente para creer solo en determinadas cosas y no en otras.

La filosofía rosacruz habla de las vibraciones, todo vibra en el universo, según su vibración así es su existencia. La vibración del mundo físico, material, es baja y lenta, de ahí ha surgido el tiempo y el espacio, pero conforme vamos subiendo en la escala de lo existente las vibraciones se hacen más elevadas, más rápidas, hasta llegar al mundo espiritual, donde se puede decir que deja de existir el tiempo y el espacio. Como hemos visto en otros textos del blog, en la ley de los tres círculos y en el cursillo de yoga mental, no somos seres unidimensionales, materiales, sino seres multidimensionales que aúnan un montón de cuerpos, unidos por la misma consciencia, por el mismo yo. El cuerpo físico está en el mundo material, pero como muñecas rusas, unas dentro de otras, también poseemos un cuerpo astral, emocional, mental, causal… Están unidos por la consciencia y los puentes que hay entre todos ellos se basan en la memoria, sin memoria la unión de estos cuerpos es muy endeble, el yo se convierte solo en aquello que percibimos y de lo que tenemos memoria.

huevo luminoso

¿En qué consiste perder la forma humana? Según la filosofía chamánica de don Juan somos seres luminosos, capaces de volvernos conscientes de nuestra luminosidad. Podemos enfocar distintas facetas de nuestras consciencia o de nuestra atención. Este enfoque puede ser deliberado o accidental, a través de un trauma corpóreo. Un guerrero es alguien que busca la libertad y esto solo se consigue perdiendo la forma humana.

Así lo expresa literalmente Castaneda: “Experimenté repetidamente una leve sensación de incomodidad, que la explicaba como causada por una marea o como una repentina pérdida del aliento causada por cualquier esfuerzo físico agotador. Culminó todo esto una noche en que desperté aterrorizado, sin pode respirar… calmadamente ella me explicó que no se trataba de ninguna enfermedad sino que al fin y al cabo estaba yo perdiendo mis salvaguardias, y que lo que experimentaba era la “pérdida de mi forma humana”. Y el ingreso en un estado de separación con los hombres. No te hagas lucha-aconsejó-. Nuestra reacción normal es asustarnos y pelearnos con todo esto. Al hacerlo lo alejamos. Deja los temores a un lado y sigue la pérdida de la forma humana paso a paso”.

Las sensaciones físicas pueden ser diferentes. En el caso de La Gorda fue un dolor severo en el vientre y presión excesiva hacia las piernas y hacia la garganta. En el caso de Castaneda fue una presión en la cabeza, peso muy intenso en los oídos, párpados y paladar. Febrilidad. Tuvo miedo a sufrir un derrame cerebral. La presión descendió hacia el pecho, luego al estómago, las ingles, piernas y pies, por allí abandonó el cuerpo. Según Castaneda tardó dos horas en desplegarse. Tuvo la imagen de una alfombra que se enrolla o una burbuja que se mueve dentro de la cavidad del cuerpo.

el don del aguila

Las consecuencias de esto fueron: Un sentimiento de lejanía. La capacidad para sumergirse en el momento presente sin tener pensamiento alguno sobre ello. No le afectan las actuaciones de la gente. No se poseen expectativas. El desapego es uno de los conceptos básicos del guerrero y ello solo se adquiere cuando éste pierde la forma humana. Este desapego, el perder la forma, no supone una sabiduría automática, no sabemos más que antes, es solo una ventaja que  permite al guerrero detenerse un momento para reconsiderar las situaciones, para volver a sopesar las posibilidades. Sin embargo para poder usar constante y correctamente ese momento don Juan dijo que el guerrero tenía que luchar insobornablemente durante toda una vida.

En el don del Águila, el libro donde don Juan ya ha desaparecido, es libre, y Castaneda se queda como nagual de un grupito que no le acepta porque no encaja, en el que el personaje de La Gorda adquiere una gran importancia, donde Castaneda habla con ella constantemente y emprenden juntos algunas aventuras chamánicas, Castaneda habla así de las consecuencias de haber perdido la forma: Me sentía desapegado de todo, sin prejuicios. Lo que sentía no era indiferencia voluntaria o negligencia, tampoco se trataba de una enajenación o del deseo de la soledad. Más bien era un extraño sentimiento de lejanía, una capacidad de sumergirme en el momento actual sin tener pensamiento alguno. Las acciones de la gente ya no me afectaban porque ya no tenía ninguna expectativa. La fuerza que gobernaba mi vida era una extraña paz. Sentí que de alguna manera había adoptado uno de los conceptos básicos del guerrero: el desapego.

Según cuenta se despertó con una intolerable presión en la cabeza. No era un dolor de cabeza, más bien se trataba de un peso muy intenso en los oídos. También en los párpados y el paladar. Febril, pero el calor solo estaba en mi cabeza. Sensación de que sufría un derrame cerebral. La presión en la cabeza disminuye al cabo de un rato. El resto ya lo hemos descrito antes. La presión se vuelve más pesada y dolorosa conforme baja. El dolor más agudo lo sufre en las rodillas y pies, sobre todo en el pie derecho, que sigue caliente media hora.

He insistido en estos signos físicos porque la apertura y desarrollo de los chakras, la apertura del tercer ojo, la sensación de que el cuerpo astral se desprende del cuerpo físico por primera vez y parece acaparar nuestra consciencia, a mí particularmente me produjeron efectos físicos que se parecen bastante. Esa presión en la cabeza la he sentido durante décadas, es una presión extraña, como si te pusieran pequeñas pesas en lo alto de la cabeza, al lado izquierdo y derecho, que te dan la sensación de que bajan una parte de tu cráneo, que lo hunden. El dolor puede ser muy intenso, pero no es un dolor normal de cabeza, una jaqueca, es algo muy peculiar. A veces se hacía tan insoportable que sin saber lo que hacía apoyaba las palmas de las manos en la zona o presionaba con los dedos, buscando un alivio. Cuando ese dolor aparecía sabía que iba a tener problemas con el tercer ojo sufriendo extrañas experiencias, a veces delirantes. Generaba también una vibración muy curiosa que al principio era muy tenue y que con el tiempo se fue haciendo muy intensa. La vibración comenzó siendo muy simple y se fue haciendo más y más compleja. Se mezclaron diferentes vibraciones, como si al principio uno tocara una melodía sencilla en el piano y luego ésta se fuera haciendo más compleja al unirse otras melodías en forma de fuga o contrapunto con cierta semejanza a la música de Bach. Parecían estar unidas, ser una sola, pero en cuanto me fijaba atentamente enseguida descubría que eran vibraciones muy diferentes, a veces muchas, y si intentaba aislarlas podía escuchar su propia música, por así decirlo. Estas vibraciones llegaron a ser muy claras. En un principio pensé que sólo podía escucharlas yo, tal vez debido a un desarrollo del oído psíquico, pero con el tiempo alguna persona muy cercana llegó a comentarlo. Para ella sonaban algo así como el monótono canto de un grillo. Observando la aparición de este fenómeno, su desarrollo y desaparición, llegué a asociarlo con mi estado de energía. Según tuviera más o menos energía la vibración podía ser intensa o casi imperceptible, según estuviera calmado, relajado, armonizado o muy estresado la vibración cambiaba de forma muy evidente.

He tenido serios problemas de garganta, tal vez debido a una difícil apertura y desarrollo del chakra garganta. Desde niño sufrí enfermedades en esa zona, anginas, faringitis, resfriados, asma… El que acabara convirtiéndome en fumador también está relacionado con ese chakra como se puede ver en los textos que hay en el blog sobre la apertura del chakra garganta.

Según describe Castaneda parece que a él la pérdida de la forma humana le vino de forma brusca, repentina y muy intensa. En mi caso, tal vez por el desarrollo muy gradual y autodidacta de los chakras, los fenómenos fueron muy espaciados en el tiempo y nunca tuve una sensación tan fuerte. Pero sí puedo decir que hay muchas semejanzas, aunque nunca tuve la sensación de una alfombra que se enrollara o una burbuja que se moviera dentro del cuerpo, en mi caso la sensación fue distinta, comencé a percibir como que algo se desprendía de mi cuerpo físico, lo que achaqué a que el cuerpo astral ahora se desprendía con más facilidad y sin control. La sensación era parecida a una especie de masa de aire, con la forma del cuerpo, que en un momento determinado permanecía sobre él, sin despegarse, pero claramente diferenciada. Esta masa de aire llegó a ser muy pesada, hasta el punto de que me presionaba contra el lecho y lo hundía. Llegué a tener experiencias verdaderamente terroríficas, como si un fantasma u otro cuerpo astral estuviera sobre el mío y lo hundiera con su peso, un peso incomprensible puesto que se supone que el aire no pesa. Mis terrores me llevaron al delirio y me hicieron pensar en entidades invisibles que estaban sobre mi cuerpo, incluso íncubos y súcubos que buscaban el acto sexual para arrebatarme la energía. Sin perjuicio de hablar de ello en el Diario de un enfermo mental, el gran secreto, debo decir aquí que gran parte de estas experiencias sin duda fueron generadas por lo que don Juan llama la pérdida de la forma humana de un guerrero impecable.

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Estamos acostumbrados a vernos como humanos porque el cuerpo físico tiene una determinada forma, sabemos que poseemos cabeza, tronco y extremidades, pero eso no significa que sea una forma de la energía que somos, que vaya a permanecer para siempre, como bien sabemos, ni que sea en realidad tal como somos. La energía se puede decir que no tiene forma y se adopta al recipiente en el que está. La razón por la que poseemos cuerpos físicos como los que tenemos se me escapa. Según el libro de Urantia parece que pudiéramos ser diseños de los sembradores de vida, entidades que crean formas de vida en los diferentes planetas, adaptadas a un entorno y a una previsible y buscada evolución. Pero eso no significa que seamos así, se podría decir que nuestra energía, nuestro cuerpo luminoso, como lo llama don Juan, no tiene forma y si hemos adoptado la forma humana es porque la necesitamos para sobrevivir en el mundo físico. Puede que los sembradores de vida diseñaran genéticamente nuestros cuerpos o puede que nosotros mismos desde otros planos hayamos buscado durante siglos el mejor vehículo para nuestros fines, de todas formas un vehículo no deja de ser un vehículo, el conductor es otra cosa, y en nuestro caso es un cuerpo luminoso sin forma.

Perder la forma humana sería entonces recuperar la consciencia y el control de nuestro cuerpo de luz. Somos conscientes de todo nuestro cuerpo, eso está claro, por eso cualquier lesión o dolor en cualquier parte de nuestro cuerpo físico es asumida como un dolor “nuestro” de nuestra consciencia. Se podría decir que ese cuerpo luminoso se ha adaptado a la vasija y ha dividido y situado partes de su consciencia en diferentes zonas para hacer que ese vehículo funcione mejor. Sentimos la consciencia intelectual en la cabeza, cuerpo mental, la consciencia emocional en el corazón, cuerpo emocional, chakra corazón, la voluntad en el plexo solar, la función de alimentación en el estómago e intestino, pero eso no significa que el resto de la consciencia no participe, solo que se concentra allí con más intensidad para realizar ciertas funciones. Perder la forma es volver a darnos cuenta de que nuestra consciencia total está o puede estar en todas partes y en ninguna. Lo mismo que cuando conducimos un vehículo nuestra consciencia se centra en las manos para encender el motor, en los pies para mover los pedales, de nuevo en las manos para utilizar el volante, etc. el cuerpo luminoso o consciencia se adapta en cada momento a lo que necesita nuestro cuerpo. Un fuerte dolor de tobillo, debido a un esguince, hace que toda la consciencia parezca acudir ahí y somos solo dolor de tobillo. Cuando usamos las manos la consciencia va a ellos con más intensidad y parecemos tener solo manos. Cuando pensamos con intensidad podemos llegar a sufrir dolor de cabeza, pero no porque solo piense la energía de la cabeza, sino porque el vehículo está adaptado para que piense el cerebro y no piensen los pies. Somos una energía global, una consciencia global, un cuerpo luminoso sin forma que se adapta, como el agua que es echada a una vasija a la forma de ésta. En nuestro caso somos una vasija con cabeza, tronco y extremidades y el agua de la consciencia se despliega y derrama hasta ocuparlo todo. Por eso se puede decir que ninguna enfermedad es local, que afecta solo a una parte de nuestro cuerpo, la enfermedad es algo global, estamos enfermos totalmente y no solo un órgano o una extremidad. Cuando necesitamos sangre ésta acude a la parte del cuerpo que la necesita, es una buena metáfora de cómo actúa el cuerpo luminoso dentro de nuestro cuerpo físico. Por eso la curación de una enfermedad debe ser global y por eso la curación de una enfermedad mental debe ser global, debemos curarnos enteros, debemos curar todo nuestro cuerpo físico, todo nuestro cuerpo astral, todo nuestro cuerpo emocional y mental, pero sobre todo debemos curar nuestro cuerpo causal o alma. La medicina que intenta curar por partes no deja de ser una medicina de taller de coches, cambiamos piezas, las pulimos, las encajamos, pero si el coche globalmente no está bien, si el motor no funciona el coche quedará varado, para el desgüace.

Perder la forma humana significa eso, recuperar la fluidez sin forma de nuestro cuerpo luminoso, hacernos de nuevo conscientes de que no somos solo un cuerpo físico, de que no tenemos una forma determinadas, sino que somos luz sin forma. Esto supone unos cambios brutales, tanto en el cuerpo físico, que se queja al notar la ausencia o supuesta ausencia de consciencia en ciertas partes que se rebelan generando dolores, presiones, vibraciones y todo tipo de avisos, como en nuestra mente que comienza a percibir de forma distinta. Ya no se constriñe a la forma normal de conocimiento, sentidos que nos hacen llegar vibraciones, estímulos, que son llevadas al cerebro por los nervios y allí procesadas por el cerebro que a través de su complejo laberinto de neuronas, bloquea aquí, abre allá, hace que un recuerdo se asiente en esta zona, otro en otra, bloqueamos estos recuerdos, abrimos otros, generamos una consciencia limitada y constreñida para unos determinados fines que a veces son solo la supervivencia física. Se generan traumas emocionales con los bloqueos, se generan enfermedades solo para evitarnos una consciencia global que parece que el cuerpo físico no puede o no quiere soportar.

Perder la forma humana nos permite percibir directamente, la sabiduría del cuerpo, de la que ya hemos hablado en otra parte. Es toda la consciencia que está en el cuerpo, toda el agua que contiene la vasija la que “piensa” y es consciente de lo que sucede, no solo una parte, enraizada en el cerebro que se limita a hacer funciones serviles de empleado cuando en realidad es el jefe, es el total, es el cuerpo luminoso. Se podría decir que nos hemos constreñido a vivir en un cuerpo físico y nos hemos olvidado de lo que verdaderamente somos, esto nos hace limitados, sitúa nuestro punto de encaje en un punto concreto de anclaje y nos hace esclavos de ese mundo de esa dimensión, cuando nuestro cuerpo de luz es libre para viajar por todas las dimensiones, por todos los universos. Una vez perdida la forma humana podemos viajar, podemos ensoñar, podemos llegar a la segunda, a la tercera atención, podemos por fin aceptarnos como superhéroes cuando pensábamos que solo éramos mierdecillas, incapaces de sobrevivir en un entorno físico. Alcanzar la calidad de superhéroe, de guerrero impecable, es un largo y trabajoso camino, y una de las condiciones básicas para alcanzar esa condición es perder la forma humana.

Nos dice Castaneda: “Especulé que el concepto de perder la forma humana se refería a una reacción corporal que el aprendiz tiene cuando alcanza cierto nivel en el curso de su entrenamiento. El resultado final consistió no solo en llegar a la buscada y ansiada condición de desapego,sino a la ejecución completa de la elusiva tarea de recordar”.

De nuevo la memoria, tan importante, tan imprescindible. Se podría decir que somos lo que recordamos. Si no recordamos los sueños, los ensueños, no recordamos que somos también cuerpo astral y así sucesivamente. Los puentes deben de ser reconstruidos, revitalizados si queremos regresar a la condición de seres multidimensionales, de superhéroes. En cuanto al desapego es una consecuencia lógica de todo esto. Nos apegamos a la vida porque nos consideramos mortales y morimos, si supiéramos que el cuerpo físico es solo un vehículo que se puede dejar para ocupar otro o simplemente que podemos seguir vivos y más conscientes sin el cuerpo físico, no nos apegaríamos tanto a él, como a la condición ineludible para seguir existiendo. La muerte deja de ser algo terrible y se convierte en un cambio, no solo aceptable, sino incluso deseable cuando se llega a cierta evolución, nos hace más libres. Nos desapegamos de las riquezas porque no las necesitamos para ser libres, la meta última del guerrero, y tampoco nos preocupa la supervivencia del cuerpo gracias a la herramienta de la riqueza porque sabemos que los otros cuerpos pueden buscarnos la supervivencia mucho mejor que la posesión de riquezas. Nos desapegamos de los seres queridos, del resto de la humanidad, porque sabemos que al perderlos en el mundo físico no los perdemos absolutamente, que podemos seguir con ellos en el mundo astral, en el mundo espiritual. La sabiduría nueva nos hace distantes y desapegados de todo porque ahora sabemos lo que somos, seres multidimensionales, que todo es fugaz y pasa en el mundo físico, incluso en el mundo astral, pero todo permanece en la consciencia más elevada. Dejamos de sufrir por nosotros, por los demás, nos volvemos seres de luz y la luz no sufre solo ilumina según camina en la noche cósmica.

Tao

Retomemos el concepto de que la pérdida de la forma humana no es sabiduría automática. En efecto saber que somos fluidos no nos da fluidez, necesitamos la voluntad, el intento. Saber que somos multidimensionales no nos hace recordar lo que vivimos en otras dimensiones. La memoria, el recuerdo es esencial, de ahí que don Juan les insista tanto en recordar. Al perder la forma tenemos ese instante del que carecen los demás, fuera del tiempo y el espacio, no constreñido ni coaccionado por nada, para reflexionar sobre la decisión a tomar. Ya no la vamos a tomar apegados a las cosas o a las personas, la va a tomar todo el ser multidimensional y no el unidimensional. Parece poco pero es un auténtico milagro, es como tomar una decisión constreñidos por montañas que nos rodean, sin ver nada más, o tomar la decisión volando como un águila en el cielo, mirando el horizonte con ojos de águila. Por eso el guerrero impecable que ha perdido la forma humana parece ser el mismo, el mismo pobre hombre de siempre, pero bajo su apariencia gris de siempre se esconde el superhéroe que puede volar donde quiere y puede actuar allí donde desea.

Las dos técnicas básicas para perder la forma son la recapitulación y la ensoñación, que ya hemos visto en esta serie de textos. Recordamos y al recordar somos conscientes de ser cuerpos de luz, seres multidimensionales. Al ensoñar nos damos cuenta de que la forma humana no nos sirve para nada en el ensueño, ni caminamos con las piernas, ni hablamos con la boca, ni escuchamos con los oídos ni pensamos con el cerebro dentro del cráneo. La forma humana solo nos sirve cuando estamos dentro del vehículo, cuando estamos fuera no la necesitamos para nada y hacer de esto un “continuum” conseguir que la vida onírica, astral, causal y la vida física sean un todo continuo y no mundos separados por puentes medio derruidos es lo que da libertad al guerrero.

FÓRMULA U ORACIÓN DEL GUERRERO IMPECABLE SACADA DEL DON DEL ÁGUILA

Ya me di al poder que mi destino rige.

No me agarra ya de nada, para así no tener nada que defender.

No tengo pensamientos, para así poder ver.

No temo ya a nada para así poder acordarme de mí.

Sereno y desprendido me dejará el Águila pasar a la libertad.





RELATOS ESOTÉRICOS VII

1 12 2015

EL INICIADO/CONTINUACIÓN

LA CEREMONIA INICIÁTICA

La supuesta cámara ascendió de nuevo hasta el techo y allí quedó suspendida. De pronto el cuerpo dormido desapareció y su lugar fue ocupado por un cuerpo despierto que se movía por la habitación haciendo algo.

-Ahí estoy preparando mi ceremonia de iniciación, colocando el espejo, encendiendo el incienso… No puedo creérmelo.

Estos monitores son una maravilla, una auténtica maravilla.

El monitor parece dejar de captar mi mente porque las imágenes que sucedieron poco tenían que ver con mi interés en el asunto. La cámara buscaba el pasado del iniciado. Los momentos que él consideraba muy interesantes.

Pero de pronto el iniciado perdió los papeles, porque las nuevas imágenes eran muy poco satisfactorias para su honrilla de ser humano y la imagen de persona pública que había intentado mantener todos los años de su existencia.
Intenté no reírme de su pasmo ni de lo que estaba viendo. El pobre incauto aún estaba comprendiendo las frases bíblicas sobre la visión profunda y omnímoda de Yahveh que ve en lo más profundo de nuestros corazones y a quien nada se le escapa.

Era verdad, por supuesto, ni el tiempo ni el espacio son barreras que no puedan ser obviadas por las consciencias evolucionadas y las paredes materiales ni siquiera soportan el escrutinio de las nuevas tecnologías.

Estamos desnudos ante la divinidad y desnudos ante cualquiera que tenga interés y medios para espiarnos. Perdemos el tiempo creando imágenes falsas para que los demás nos tengan por lo que no somos. Nada hay oculto que no haya de ser descubierto. Gran verdad.

El iniciado pasó de la estupefacción a la rabia, suele suceder habitualmente.

-Esto me lo deberían haber dicho. Este es un secreto que no puede permanecer oculto por más tiempo… Cuando regrese a mi cuerpo lo pienso pregonar hasta al lucero del alba… Maldita sea mi alma….

Y esto fue lo más suave y dulce que dijo. Blasfemaba como un condenado y me vi obligado a pausar sus desvaríos para no llamar la atención de los dioses del karma. Lancé una imagen contundente, contra su mente: un dios levantándose molesto por la interrupción y aplastándole bajo su inmenso pie.

Dio resultado instantáneo. El iniciado supo que aquello no era una broma y se controló como buenamente pudo, no sin antes jurar y perjurar en voz baja que desvelaría aquel secreto a todo bicho viviente.

Me sonreí pero no dije nada. Aquí todos saben lo que se cuece, si alguien no lo recuerda es porque no quiere, porque considera que su vida terrestre será más fácil sin algunos recuerdos específicos.

El monitor continuó mostrando imágenes del iniciado. Era claro que ahora que él sabía aún quería saber más y más y más….

De vez en cuando farfullaba algo en voz baja que yo podía entender perfectamente.

-Somos hormiguitas, controlados y manipulados por quienes se creen dioses , aunque no dejan de ser como nosotros. ¿ Acaso la chispa divina no está en cada ser consciente, incluso en cada ser vivo o aún más, en cada pedazo de materia? ¿A qué viene, entonces, asumir funciones de dioses manipulando las existencias de quienes están por debajo en la escala evolutiva?

Todo aquello y más dije yo cuando me enteré, cuando supe… La rebeldía contra la manipulación es congénita a la naturaleza humana, que ignora que el individualismo no es sino un accidente evolutivo. Solo el Todo absoluto , consciente, omnipotente, perfecto, que nada necesita fuera de él y que es, no está ni tiene puede permitirse el lujo de decir que es para siempre sin alternativas evolutivas de ninguna especie.

El iniciado iba cobrando la calma en su exterior, aunque en su interior la rabia, el odio y un cúmulo de sentimientos negros como la noche cósmica, se iban agitando, buscando un asentamiento en la consecución de una meta que pudiera satisfacerle.

Quería cambiar toda la estructura del universo, de arriba abajo. No haría ningún tipo de concesión. Se enfrentaría a dioses y a lo que fuera. Lo que le habían hecho a él no tenía nombre ni disculpa de ningún tipo. Cuando volviera a su cuerpo pregonaría a todo bicho viviente la manipulación que se estaba cociendo en las estructuras de poder del universo.
Yo podía captar sus pensamiento. Intentaba controlarme para no soltar el trapo. Era de todo punto ridícula su actitud. En el monitor se iban reflejando sus pensamientos y sentimientos como en un espejo.

Cada uno de sus movimientos en la pantalla mostraba la auténtica realidad, no la que manipulamos para que el espejo nos de la imagen de nosotros que queremos ver, sino la realidad pura y dura, la que no contenta ni a unos ni a otros, ni da la razón a este sobre aquel.

De haberse tratado de una película al uso que fabricaran los seres conscientes de la realidad material para divertirse y engañarse un poco, ocultando la realidad que no quieren ver, habría pensado enseguida que estaba viendo una película claustrofóbica, de terror.

El iniciado aparecía tomado por la supuesta cámara desde arriba, desde lo alto. No parecía existir techo, solo paredes que enclaustraban al personaje, que cuadriculaban su vida. Paredes que en realidad eran vidrios transparentes puesto que la cámara que tomaba las imágenes se las saltaba sin la menor dificultad cuando así se estimaba oportuno por su manejador. Las barreras espaciales o temporales eran pura engañifa, como un espejo truncado a través del cual tú no pudieras ver; pero que sin embargo todo el mundo pudiera verte a ti desde el otro lado. Para quien cree descubrir por primera vez que su intimidad es algo tan ficticio como todo lo que cubre el velo de Maya, resulta muy amargo reconocer que no somos islas y que nada absolutamente nada, permanecerá oculto para siempre.

En el rostro del iniciado, yo podía observar todas las emociones que iban empapando su consciencia. La desesperación iba aumentando en grados como era previsible inició una huida hacia delante. Ya que no podía regresar al feliz estado, de ignorancia anterior, quiso saberlo todo, sin restricciones, aunque el conocimiento lo matara. Típico de algunos iniciados fogosos, como fue mi caso en su momento.

Deseó conocer cuáles habían sido sus relaciones con los dioses del karma.y en el monitor surgió la imagen de tres dioses kármicos, de pie, sobre una especie de nube. El iniciado observó atentamente sus rostros pero ninguno de ellos estaba en aquel momento de guardia en la oficina del karma.

Los dioses del karma tienen un aspecto muy semejante. Altos ancianos de melena gris, rostros de abuelos que no habían envejecido, como debieran, sin arrugas, miradas como reyes que te traspasan, sonrisa mitad amable, mitad irónica. Visten largas túnicas de diferentes colores, predomina el blanco, y todo en ellos revela poder, majestuosidad, empaque. Es decir, como uno se imaginaría a un dios, poderoso, omnipotente, bondadoso… y como a uno le gustaría imaginarse a un dios: irónico, asequible, humano, a veces terrible y a veces entrañable.

Por cómo se desarrollaba la escena supuse que el iniciado estaba recordando un momento entre reencarnación, justo cuando se ventila con los dioses del karma cómo será la siguiente reencarnación: qué defectos de carácter hay que limar y qué experiencia son precisas para evolucionar un poco más, si puede ser dos, en el camino hacia la liberación absoluta.
El iniciado se rebelaba y discutía fieramente con ellos. No estaba de acuerdo en que en su próxima vida tuviera que sufrir tanto. Sus deudas kármicas no eran tan grandes, a su juicio, y en cuanto al ritmo de evolución que se le proponía, le parecía muy acelerado. No porque no deseara liberarse y cuanto antes, sino porque por cada pedazo de liberación se exigía un precio muy alto y él no estaba de acuerdo en pagarlo todo en una sola vida. Vale un poco de sufrimiento por la libertad, pero no tanto que su vida se tuviera que convertir necesariamente en una tragedia shakespeariana.

Por otro lado los dioses estaban interesados en que el iniciado cumpliera una misioncita dde nada. La humanidad estaba necesitando un giro de timón y él debería contribuir en su especialidad y en la forma en que los dioses habían estudiado previamente.

Al iniciado aquello le parecía una tomadura de pelo:

-¿Queréis convencerme de que además de llevar una vida de perros, apaleado cada dos por tres; además tengo que poner la cama, como una puta y aceptar la terrible angustia de la violencia y la locura esperpéntica del profeta fuera de ambiente, de tiempo, de la lógica más elemental en una etapa histórica concreta?

El iniciado estaba fuera de sí. Había perdido toda compostura. Ni siquiera era consciente de estar hablando con dioses que podrían fulminarle de una mirada. De haber podido habría tomado a cada dios del cuello y apretaría hasta que sus rostros impasibles se volvieran púrpura y sus respiraciones se hicieran jadeantes, espasmódicas.

Los impasibles dioses se lo tomaron muy bien. No eran capaces de ocultar su intenso regocijo. Se daban codazos entre sí, se carcajeaban a mandíbula batiente, expresaban lo divertido de la situación con comentarios irónicos, a veces tan sarcásticos que el iniciado se hubiera sentido manipulado hasta lo más profundo de su ser de no ser por la terrible cólera que le embargaba.

-¡Maldita sea! Dioses o humanos, me importa un rábano lo que hayáis planeado sobre mi futuro. Mi futuro es mío y lo decido yo. Y no vayáis a pensar que podréis doblegarme. Aunque sea un mísero humano, dentro de mí habita una chispa divina, como en vosotros, y si aún no soy tan consciente de ello como lo sois vosotros, dioses del karma, os aseguro que no me doblegarán torturas ni coacciones, ni halagos.

Los dioses del karma se tronchaban de la risa. Para ellos aquella situación debía de ser en extremo hilarante, porque no paraban de reírse, aunque lo hacían amablemente. No como un humano se puede reír de una hormiga rebelde. Que se le enfrentara y le amenazara con un severo castigo.

El iniciado comprendió lo ridículo de su postura y adoptó otra más receptiva. Les pidió disculpas por su arrebato de cólera, se humilló pero en ningún momento cedió en sus pretensiones.

-Vale, si tengo que vivir una tragedia shakesperiana, al menos me gustaría que me concedieran la posibilidad de vivir un tiempo un amor humano y carnal. Ustedes me entienden… Una mujer a la que amar y que ame un poco, una pizca de sexo para endulzar hieles de la tragedia y una familia de apoyo, por muy reducida que sea. Si me conceden eso les prometo que me pensaré lo de pagar mi karma de una sentada.

Los dioses sonreían joviales.

-Bueno, ¿y cómo elegirías esa mujer?

-En sueños buscaría la mujer ideal y pediría su consentimiento. Para trenzar las circunstancias que nos llevasen al conocimiento mutuo y a la posibilidad de elegir o no una relación muy estrecha.

-Nos parece bien, pero nada de coacciones o de forzar la voluntad de nadie. Tú no estás en condiciones de exigir. ¿Lo entiendes?

-¡Que si lo entiendo!

Si estuviera en condiciones de exigir pediría una placentera vida de millonario, muchas mujeres, mucho sexo, y una fuerte dosis de poder. ¡Qué más si tengo que hacer de vidente o de profeta!

-¿Aceptas pues la misión?

De eso me gustaría hablar. Si no tuvieran ustedes inconveniente. Los dioses le realizaron varias propuestas que se escenificaron en el monitor. En una de ellas el iniciado levitaba como un globo. En cuanto se descuidaba zás, se elevaba en el aire, en postura sedente, si estaba sentado a sus pies dejaba de tocar suelo y permanecía en el aire, un par de metros del suelo.

Las imágenes eran tan nítidas que hasta yo podía percibir las sensaciones que el iniciado experimentaba. El terror de comprobar cómo su trasero perdía contacto con la silla y se elevaba en el aire, como un globo demasiado hinchado. El terror de observar las miradas asombradas de quienes le rodeaban, sus ojos como platos, clavados en él, como si fuera un monstruo, un fenómeno de la naturaleza, un milagro tan estúpido que resultaba absolutamente incoherente. Algo así como un pato asustado que comenzara a levitar, al tiempo que el terror le producía una imparable flojedad de vientre , sin darse cuenta de lo sencillo que era extender sus alas y volar lejos de allí.

La incoherencia de un fenómeno milagroso, que solo servía para la comodidad aterrorizada de un hombre idiota, era tan llamativa que no pude contenerse la risa. Era algo tan divertido que me carcajeé sin la menor vergüenza. Sin embargo el iniciado no se quejó, ni siquiera era consciente de que seguía a su lado,. Las imágenes del monitor le hipnotizaban. Su vista se había clavado en él como un dardo, ni siquiera parpadeaba.

Ahora se imaginaba lo que sería una levitación controlada. Sentado en el aire como el maharajá de Kapurtala. Podía desplazarse al soplo de su pensamiento. Se trasladaba por las calles de la ciudad, repletas de tráfico, a una altura agradable, ni tan alto que sintiera vértigo, ni tan bajo que le diera miedo chocar contra los vehículos o la gente.
Podía tratarse perfectamente de una película en un futuro hipotético, en el que los ciudadanos se trasladaran por el aire y los coches volaran y la vida estaba tan tecnificada que la vieja realidad conocida se había puesto patas arriba. Pero para nuestro iniciado no se trataba precisamente de una película como mostraba claramente la reacción de los espectadores que le miraban asombrados y se ponían el dedo índice en la sien y hacían el gesto de perforársela como un taladro. Los más valientes le llamaban loco y los más cobardes comentaban con otra voz baja que estaba como un cencerro de una vaca loca.

El era consciente de que su cuerpo no levitaba sobre la silla ni sus pies se despegaban del suelo más allá de lo que se despegan unos pies que caminan. No obstante las sensaciones y emociones se ajustaban como un guante a lo que sentiría un ciudadano levitando sobre la ciudad.

¿Qué le estaba sucediendo? El no lo tenía muy claro, sin embargo lo achacaba al mal café con leche que bebían los dioses del karma en su universo particular. Se había negado a participar en la farsa del profeta levitando y ahora unos dioses tan vengativos como los propios humanos le obligaba a vivir dentro de su cráneo,lo que según ellos debería haber vivido en la realidad física.





RELATOS ESOTÉRICOS VI

1 12 2015

 

La supuesta cámara ascendió de nuevo hasta el techo y allí quedó suspendida. De pronto el cuerpo dormido desapareció y su lugar fue ocupado por un cuerpo despierto que se movía por la habitación haciendo algo.

-Ahí estoy preparando mi ceremonia de iniciación, preparando el espejo, encendiendo el incienso… No puedo creérmelo. Estos monitores son una maravilla, una auténtica maravilla.

El monitor parece dejar de captar mi mente porque las imágenes que sucedieron poco tenían que ver con mi interés en el asunto. La cámara buscaba el pasado del iniciado. Los momentos que él consideraba muy interesantes.

Pero de pronto el iniciado perdió los papeles, porque las nuevas imágenes eran muy poco satisfactorias para su honrilla de ser humano y la imagen de persona pública que había intentado mantener los años de su existencia.
Intenté no reírme de su pasmo ni de lo que estaba viendo. El pobre incauto aún estaba comprendiendo las frases bíblicas sobre la visión profunda y omnímoda de Yahvé que ve en lo más profundo de nuestros corazones y a quien nada se le escapa.
Era verdad, por supuesto, ni el tiempo ni el espacio son barreras que no se puedan saltar por las consciencias evolucionadas y las paredes materiales ni siquiera soportan el escrutinio de las nuevas tecnologías.

Estamos desnudos ante la divinidad y desnudos ante cualquiera que tenga interés y medios para espiarnos. Perdemos el tiempo creando imágenes falsas para que los demas nos tengan por lo que no somos. Nada hay oculto que no haya de ser descubierto. Gran verdad.

El iniciado pasó de la estupefacción a la rabia, suele suceder habitualmente.

-Esto me lo deberían haber dicho. Este es un secreto que no puede permanecer oculto por más tiempo… Cuando regrese a mi cuerpo lo pienso pregonar hasta al lucero del alba….Maldita sea mi alma….

Y esto fue lo más suave y dulce que dijo. Blasfemaba como un condenado y me vi obligado a pausar sus desvarios para no llamar la atención de los dioses del karma. Lancé una imagen contundente, contra su mente: un dios levantándose molesto por la interrupción y aplastándole bajo su inmenso pie.

Dio resultado instantáneo. El iniciado supo que aquello no era una broma y se controló como buenamente pudo, no sin antes jurar y perjurar en voz baja que desvelaría aquel secreto a todo bicho viviente.

Me sonreí pero no dije nada.

El iniciado continuó observando en el monitor diferentes etapas de su vida. La sensación que tiene un espectador frío y objetivo como éste verdugo del karma se parece a la de un carcelero que contemplara a un recluso a través de una cámara de vigilancia, sin que el recluso sepa que le observan, y aún más, sin que conozca siquiera su condición de recluso. La cara que se le estaba poniendo al iniciado era todo un poema de la sorpresa, la desesperación y la impotencia. Hubiera sentido pena de su sufrimiento de no haber pasado yo por ello y saber que todos, antes o después, han de pasar por este trago.

Mi actitud era la de quien siente deseos de troncharse de risa viendo a un actor de cine cómica o quien ha puesto la zancadilla una vez, quejarse dramáticamente de su destino, cuando el resto de actores de la película han pasado por lo mismo mil veces, y sin rechistar ni perder la sonrisa.

Me daban ganas de patearle el culo a semejante imbécil y enchufarlo con los instrumentos de tortura que me son propios, como verdugo del karma, así aprendería que la facultad empática es la forma de conocimiento más perfecta, puesto que nos sitúa dentro de la piel del otro, colocándonos en la perspectiva adecuada en la jerarquía cósmica.

El iniciado no solo percibía su realidad física, en un entorno concreto, sino también sus pensamientos y emociones más íntimas. Esta sorprendente condición del monitor dejó a mi iniciado totalmente “turulato”, como decíamos los niños en la infancia de mi última reencarnación.

-¿Cómo es posible que pueda suceder algo así? Me preguntó con verdadero pasmo.

-Creo que has leído el Kybalion. Recordarás que allí se dice que el universo es “mental”. Si es así nada más fácil para un dios kármico que confeccionar, con la energía, instrumentos donde se reflejen los pensamientos y emociones humanas.

Al iniciado esa explicación no le calmó en absoluto.

-¿Quieres decir que el esfuerzo que realizamos para ocultar nuestros pensamientos y sentimientos más íntimos es un esfuerzo inútil y ridículo, puesto que los dioses lo ven y lo conocen todo y parece que hasta las moscas pueden entrar aquí y ver en los monitores lo que desean, siempre que no hagan ruido.

Dejé que siguiera pataleando. Al fin y al cabo la pataleta es el derecho de la víctima. Mientras tanto no perdía ripio de lo que iba proyectándose en el monitor.

El iniciado era un hombre como cualquier otro, con sus debilidades y sus grandezas anónimas que él creía que nadie puede conocer, como sucede a tantos y tantos héroes anónimos que llevan una vida de entrega, de generosidad hacia el prójimo y de pensamientos y sentimientos tan puros que hasta los querubines y serafines se asombran de que los humanos, tan débiles y tan tentados puedan preservar su esencia más pura y cristalina, sin la menor mancha.

El iniciado en cambio no se cortaba con sus pensamientos y emociones que más deberían avergonzarle. Pensamientos de lujuria o de odio, emociones mezquinas, tan mezquinas que en vez de risa daban asco, auténtico asco. No quiero detallar lo que vi, porque hasta el ser más miserable merece un respeto a su intimidad, que por quien corresponda se corra un tupido velo sobre las debilidades más vergonzosas de la especie humana. En este caso a quien corresponde correr un tupido velo es a a mí y lo hago de mil amores.

El iniciado sufrió un shock postraumático.

Continuará.





RELATOS ESOTÉRICOS V

1 12 2015

 

LOS DIOSES DEL KARMA

EL INICIADO/ CONTINUACIÓN

El susto que se llevó el iniciado hubiera descontrolado mi equilibrio emocional de no estar ya acostumbrado a estos sobresaltos.

-Esto es un sueño. Esto es un sueño. No puede ser verdad.

Es lo que dicen todos, la típica reacción de incredulidad. Tuve que ponerme inmediatamente a darle explicaciones de dónde estábamos y qué hacían aquellos gigantes, por qué estaban sentados delante de unas desmesuradas pantallas, observando con detenimiento escenas que no se nos permitía ver, al tiempo que pulsaban extraños controles de diferentes colores y formas.

-Los dioses del karma hacen sus turnos de tres en tres. Como bien sabes la trinidad es el símbolo del equilibrio. En él están presentes las dos fuerzas fundamentales del universo y una tercera, resultante de su mezcla y equilibrio.

No voy a presentarte a los dioses porque no está previsto y porque para ellos somos tan poca cosa que tienen que esforzarse para vernos. Sin embargo tenemos el correspondiente permiso que nos libraría de los efectos de su cólera en el improbable caso de que les molestáramos con alguna conducta reprobable e imperdonable.

Saqué un pergamino con el sello del Consejo de Ancianos y se lo mostré.

-Esto nos librará de su cólera, pero no se te ocurra abusar o nos veremos en un buen lío.

Nos encontrábamos a las puertas de un salón de altos techos, muy amplio y casi vacío, a no ser por varias enormes consolas en su centro, unidas a gigantescas pantallas que se mantenían en el aire por algún raro milagro. Enormes ventanales rectangulares permitían la visión del exterior. Los dibujos multicolores de las galaxias producían un efecto en el ojo que los ve por primera vez a través de este ventanal que me permitiría calificar de pasmo y éxtasis.

Así quedó mi iniciado, estático y pasmado, observando el universo a través de los ventanales de la oficina del karma.

Cuando recuperó el habla me gritó, como si yo fuera sordo.

-Esto no puede ser, es imposible. El universo es infinito, no se puede ver desde un ventana, como si fuera el jardín que tenemos delante de nuestra casa.

-Recuerda que no estás en el cuerpo físico. Esto no lo estás viendo con tus ojos de carne, sino con tu ojo espiritual o tercer ojo. Para el ojo del espíritu no hay espacio ni distancias, todo puede ser visto fuera del tiempo y por encima o por debajo del espacio, en un punto donde todas las perspectivas convergen y lo que se ve es más el dibujo geométrico del creador que la materia burda que contempla la criatura.

El iniciado se acercó a un ventanal, un poco temeroso, como si temiera que no de aquellos gigantes se levantara de pronto y la aplastara bajo sus descomunales pies.

Me acerqué y me puse a su lado.

El espectáculo del universo desde los ventanales de los dioses del karma siempre resulta profundamente bello y estremecedor. Uno comprende entonces que la cantidad o extensión no deja de ser una cuestión del grosor de la lupa que utilizas, es decir algo exterior a ti y a la esencia auténtica de la realidad.

Para los dioses del karma el universo puede que sea poco más que el jardincillo que tienes delante del ventanal. En cambio para una hormiga escapa a su consciencia ampliada hasta el infinito.

La percepción del universo no es cuestión de proporciones, sino de consciencias. Par aun verdugo del karma el universo sigue siendo estremecedoramente bello e inmenso. Para un iniciado aún más. Por eso ambos permanecimos con la nariz pegada al ventanal y la respiración suspendida. Tuve que pellizcarme el brazo, hablando metafóricamente para volver a aquella realidad (hay muchas realidades). Al iniciado tardé más en recuperarlo para la vida práctica. No hacía más que lanzar exclamaciones. ¡Uuh! Aah! Y repetía una y otra vez: Esto deberían verlo los que no creen en nada. Ya lo creo.

Le conminé a seguir a rajatabla mis instrucciones.

-Estamos aquí para que conozcan cómo funcionan las oficinas del karma. Empezaremos por lo que se ve en los monitores kármicos. Este de aquí. Está vacío. Usted póngase detrás de mi y no haga ruido, se lo suplico.

El monitor estaba apagado, los dioses de guardia utilizaban los tres centrales, situados en forma triangular. Encendí el monitor oprimiendo un mando con forma de cráneo peludo. Sin un zumbido la pantalla se encendió y en su centro un planeta azul inconfundible parpadeó ligeramente y luego se quedó fijo, como muerto…

-Bien estos monitores son una prolongación de las consciencias de los dioses del karma. Construidos de pura energía sus mandos están pensados más para inexpertos como nosotros que para los propios dioses, a quienes basta con el deseo para manejar sus instrumentos generadores de sus mentes y consciencias. Aparece enfocado hacia la Tierra porque el ordenador está ligando mi mente, supongo.

La imagen del monitor fue cambiando, caímos en picado hacia el planeta, que se fue viendo cada vez más y más nítido. Estaba claro que nos dirigíamos hacia un país llamado España. En unos segundos estuvimos suspendidos sobre el techo de un cuarto. En el lecho, un cuerpo en horizontal parecía dormido, o más bien muerto.

La imagen pasó a primer plano del rostro y el iniciado soltó un gritito de sorpresa:

-Soy yo, soy yo… No puedo creerlo.