EL LOCO DE CIUDAD FRÍA XVII (NOVELA)

24 05 2018

  -¿Le apetece comer ahora o prefiere esperar un poco?

-Suelo comer más tarde, sin embargo hoy la hora europea del almuerzo me viene muy bien. Este país debería adaptar el horario europeo de comidas, aunque hubiera que modificar los horarios de trabajo.

Abrí el maletero y comencé a sacar fiambres, taperweres y todo lo necesario para el almuerzo. El loco tomó su mochila, llevándola hasta la mesa de madera más cercana. Allí desempaquetó lo que él traía y juntos preparamos la mesa. Después de haber escuchado el sonido de su voz durante todo el camino el silencio que ahora se alzó entre nosotros se me hizo un tanto ominoso, como si fuera el presagio de algo terrible. Es curioso, debo admitir que su cháchara constante me daba menos miedo que lo que su mente podía estar tramando en silencio. Era de mal agüero seguir más tiempo en esa situación, por lo que mientras comíamos las viandas en plena naturaleza, disfrutando del paisaje majestuoso, de la belleza de la montaña, me puse a hablar, como una novia nerviosa, de todo lo que se me fue ocurriendo sobre la marcha. Necesitaba cambiar de tema. Me interesé sobre sus gustos literarios, cinematográficos, quise saber cómo empleaba su tiempo libre, qué pensaba cuando su mente no estaba ocupada en darle vueltas y más vueltas a los mismos problemas sin solución de los que no había cesado de hablarme a lo largo de nuestras entrevistas.

 Al loco le molestaba hablar mientras comía con un apetito de lobo. También me confesaría más tarde que hablar tan de corrido le ponía nervioso. No estaba acostumbrado a ello. El silencio era uno de los estados de la realidad que más le satisfacían y en el que se encontraba más a su gusto. La ausencia de ruido de fondo calmaba sus nervios y permitía a su mente moverse de un lado para otro, con gran comodidad. Por eso acostumbraba a salir al campo de vez en cuando, fuera verano o invierno. Si estaba en casa necesitaba escuchar música o encendía la radio o la televisión, aunque solo fuera para sentirse acompañado por voces de fondo.

Comencé mi cháchara mientras poníamos la mesa. Una vez las viandas sobre ella y sentados sobre el banco de madera le invité a probar la tortilla de mi esposa en primer lugar.

 -Pruébela y dígame que le parece.

 Lo hizo sin remilgos. El apetito de aquel hombre no dejaría de asombrarme a lo largo del tiempo que duró nuestra relación.

  -¡Excelente! Aunque por mi parte echo a faltar algunos taquitos de jamón y de chorizo. Le dan un sabor fuerte que me agrada mucho.

 -Sí, tiene razón, pero ya sabe cómo acostumbran a comportarse las mujeres con la comida. Prefieren quitar sabor a los alimentos si a cambio creen que van a engordar menos. Mi esposa es vegetariana convencida, si bien no lo lleva siempre a rajatabla, sobre todo si debe compartir mesa con quienes no lo somos. Como verá, ha puesto un poco de calabacín, champiñón y pimiento verde.

  -También me gusta mezclar con la patata champiñones o setas y el inevitable pimiento verde, que me encanta.  Pero eso no impide que eche de menos el sabor del jamón y del chorizo.

 -¿Le gusta cocinar?

-Tengo que hacerlo por obligación. No podría comer de restaurante todos los días, aunque me gustara hacerlo. Lo cierto es que me gusta mucho cocinar y como nadie me controla no puedo resistirme a los platos más nutritivos de nuestra cocina, a pesar de que el colesterol siempre ha sido un problema para mí. Cada vez que voy al médico y me hago análisis de sangre me encuentran el colesterol muy alto. La última vez el médico me hizo una severa advertencia.  Si continuaba por ese camino cualquier día iba a morir de un infarto.

 -¿Y no le parece que debería cuidarse un poco más?

  -¿Cree que me importa morir? Después de todos mis intentos de suicidio morir a estas alturas de la vida de un infarto no me parece mala muerte.

 -¿Acaso piensa que ya ha disfrutado de la vida todo lo que  podía disfrutar?

  -No, en absoluto. Siempre me quedará un libro por leer, la esperanza de seducir o ser seducido por una mujer, volver a escuchar de nuevo la música de Bach… Sin embargo nada de eso me compensa ya. La soledad es muy dura, amigo, lo más duro de la vida.

 -Sarna con gusto no pica, dice la sabiduría popular. Usted mismo ha elegido esa soledad de la que tanto se queja.

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-¿Usted cree? Es cierto que durante ciertas etapas de mi vida busqué en la soledad un refugio contra el mundo. Pero no siempre ha sido así. Me gustan las mujeres y no diría que no a una relación. Me gustan los amigos y no rechazo a la gente por pura misantropía. Es una cuestión de dignidad. Sí, prefiero estar solo y digno que andar mendigando afecto y dando las gracias por las migajas que me arrojan de su mesa a cambio de sufrir en silencio sus burlas e insultos.

  Abrí una botella de tinto con cierta reticencia, recordando la noche de nuestra primera entrevista.  A pesar de ello el momento era el adecuado. El loco se me volvía a escapar por los agujeros del colador que había puesto para tapar la sentina de su alma. No deseaba que me amargara la comida, así que le serví un largo trago en su vaso de plástico y le invité a que lo apurara.

  Yo me serví otro que probé con mucho tiento. El loco bebía con auténtica delectación, como un gourmet y buen conocedor del vino. Dijo algunas sentidas palabras de elogio sobre mi buen gusto al elegir el vino y me pidió le sirviera más. Siguió picando de todo lo que había sobre la mesa y contestando a mis preguntas sobre sus autores literarios favoritos, sus películas preferidas y la música que le gustaba, con cierto malestar, como si le pareciera un sacrilegio mezclar palabras y alimentos.

 Una vez satisfecho la conversación se hizo más amena y seguida. Pude enterarme de su afición al ajedrez, de las horas que pasaba inventariando sus libros, sus discos y cintas, de los índices que escribía en cuadernos sobre los libros que leía, que había leído, que tenía o que había perdido, que había sacado de la biblioteca pública; de las películas que anotaba cuidadosamente, el director, los actores, dónde las había visto y su impresión sobre ellas. Por lo visto era algo compulsivo, una especie de manía que se apoderaba de él cuando pasaba horas y más horas refugiado en su piso, como en un bunker, aterrorizado por la posibilidad de salir a otra cosa que no fuera cumplir con su horario laboral.

  La botella se vació sin que nos diéramos cuenta. La comida animaba a libar sin precaución y así lo hicimos. Nuestras lenguas se trabaron un poco, aunque tal vez por la suave brisa que soplaba ahora sobre nosotros y debido a la muy sustanciosa comida el efecto no fue el mismo que aquella nefasta noche en su casa. El buen humor se apoderó de nosotros y desató nuestras lenguas.  Observé que el loco poseía una amplia cultura. Había leído mucho y con provecho. Sus críticas a grandes autores estaban muy bien fundamentadas y eran tan certeras como perspicaces. Era un placer charlar con él sobre estos temas. Especialmente me gustaba escucharle hablar de sus películas favoritas, de cómo reaccionó al ver por primera vez Ciudadano Kane en su juventud o la impresión que le produjo Viridiana de Buñuel.

Acabado el almuerzo recogimos a medias, echando las sobras en una bolsa de plástico y amontonando platos y cubiertos sucios en otra. Le propuso dar un pequeño paseo para bajar la comida, pero él declinó, incapaz de dar un paso con la barriga repleta. Entonces le propuse que se quedara en el coche, podría inclinar el asiento y dormir a gusto. Yo podría cerrar por fuera, más que nada por miedo a que alguien hurgara en el maletero.

 -¿Quién cree que va a acercarse por aquí para mangarnos algo? ¿Una vaca?

 Tenía razón, mi reticencia era propia de un urbanita que anda siempre a la defensiva. Apenas habían pasado un par de vehículos mientras comíamos y no se veía a nadie en leguas a la redonda. La montaña estaba tan desierta como podía estarlo en un día otoñal, amanecido con muy mala cara. 

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 El loco me dijo que conocía bien la zona y me sugirió subir hasta lo alto del puerto y contemplar el paisaje desde el mirador, apenas doscientos metros más arriba. Luego un camino de tierra, bastante cómodo, bajaba en dirección al valle cercano, aunque sin llegar a él. En realidad daba la vuelta a la montaña y se podía llegar otra vez al área de reposo donde nos encontrábamos, solo que por el lado contrario.

  Decidí seguir su consejo y una vez se hubo instalado en el coche y cerrado los ojos comencé a caminar en la dirección que me había sugerido. Apenas hube dado unos pasos escuché con gran nitidez sus ronquidos, especialmente trompeteros. Con el mando a distancia cerré el coche, esperando que al despertar no tuviera la cabeza tan ida que no se diera cuenta de que podría abrir desde dentro apretando el seguro de su puerta. Mientras me alejaba se me ocurrió pensar que con aquella forma de roncar no habría mujer que lo soportara en la cama -¡con lo tiquismiquis que son ellas para estas cosas!- aunque bien pensado no encontraba muchas cualidades por las que una mujer pudiera sentirse atraída por el loco. Claro que yo no era mujer.

 ¡Pero a qué venía eso!  Ascendí con mucha calma la empinada carretera hasta llegar a lo alto del puerto. Me acodé en la baranda de madera para contemplar el paisaje.  Un gran eructo me vino a la boca y decidí sentarme en el único banco del pequeño mirador. Por lo visto la montaña estaba llena de miradores. Algo que se agradecía. Sin saber por qué me vino a la cabeza la historia del loco. Hasta el momento no había encontrado muchos alicientes en una relación que solo me daba quebraderos de cabeza. Al menos el material que estaba logrando me parecía bueno, muy aprovechable. Me pregunté qué tipo de novela construiría con él. ¿Un relato de suspense con un fuerte toque esotérico, al estilo de Katherine Neville? ¿Y qué tal una historia psicológica, marginal, con una pizca de surrealismo mágico, al estilo del “Lobo estepario” de Hesse?  Puede que el loco fuera más bien un personaje de Dostoievsky, una especia de “Idiota” moderno. Tendría que pensarlo, aunque estaba más por construir una historia novedosa y original, con algo de suspense, pero sin llegar al thriller.  Me puse a darle vueltas a las diferentes posibilidades del material sin lograr gran cosa. Me dolía la cabeza y me estaba poniendo nervioso.

 Necesitaba un pitillo, pero no había tenido la prudencia de pedirle un par de ellos al loco. Había dejado de fumar algunos meses antes, más bien por la fuerza coactiva de las circunstancias que por verdadero convencimiento. Con la nueva y restrictiva ley contra los fumadores mi esposa había insistido tanto en que dejara de hacerlo que me vi obligado a intentarlo al menos. Al principio había utilizado los chicles de nicotina, luego sesiones de acupuntura… Nunca fui un fumador empedernido, aunque a veces echaba de menos un pitillo en ciertos momentos, como era el caso.

  Decidí que caminar me haría olvidar el tabaco.  Encontré con facilidad el camino de tierra del que me hablara el loco y pronto me sumergí en un bosque de hayas que ocultaba por completo la pendiente montañosa. El silencio era casi absoluto. De vez en cuando escuchaba a lo lejos el trinar de un pájaro que no podía identificar porque nunca llegaron a interesarme gran cosa los pájaros, ni los árboles, ni la naturaleza, no era precisamente uno de esos ecologistas convencidos capaces hasta de defender una boñiga de vaca que se encontraran por el camino.

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  Mis pasos sonaban raros sobre el lecho de hojas muertas, como si no fueran míos. La soledad del lugar empezaba a sugestionarme. Comprendí cómo debía de funcionar la mente del loco, encerrada en una perpetua soledad. Uno era capaz de convencerse de que los delirios más idiotas podían llegar a ser ciertos. Me detuve y escuché durante un rato, conteniendo la respiración. Cualquiera podría salir tras de un árbol y apuñalarme.  La fragilidad de la vida hizo que me estremeciera. Noté una extraña molestia en el cráneo, a la altura de la coronilla, como si un hueso chascara al moverse, intentando encontrar su sitio.

 Fue entonces cuando creí percibir una voz en medio del espantoso silencio que me rodeaba. Era como si alguien me llamara. Las orejas se me pusieron en tensión. Juraría que aquella voz pertenecía al loco, era inconfundible.  Me puse a temblar. ¡Qué demonios me estaba pasando! Sin duda se trataba de un momento de debilidad, debido a la sugestión hipnótica que suelen producir estos lugares en los caminantes solitarios.

 El loco parecía estar enfadado conmigo o tal vez fuera yo quien estuviera percibiendo ese supuesto malestar que vibraba dentro de la cabeza de aquel hombre. La sugestión llegó a tal extremo que me vi obligado a reaccionar de alguna manera. Avergonzado fui consciente de que estaba gritando. Insultaba al loco, lo maldecía e incluso echaba pestes contra mi esposa. Por su culpa estaba yo ahora viviendo experiencias que no tenían el menor sentido y que ponían de relieve lo débiles que son nuestras mentes, incluso las mentes que se consideran más sólidas.

  Cuanto más nervioso me ponía más se acentuaba aquella sensación de estar escuchando la voz del loco. Finalmente tuve que apretar los puños, cerrar la boca hasta que los dientes rechinaron y jurarme a mí mismo que no iba a caer en aquel delirio sugestivo, en una conducta tan estúpida como irracional. Eché a correr ladera abajo hasta que me faltó el resuello y tuve que sentarme sobre el tronco de un árbol. Recordé que llevaba la grabadora conmigo. La enchufé y estuve dictando media hora. Mis impresiones sobre aquel lugar solitario, un análisis de la personalidad del loco, algunas ideas sobre cómo debería estructurar la novela… El escuchar mi propia voz hablando de cosas cotidianas, lógicas, me fue calmando.

 Seguí el camino, ahora ya más calmado, y pronto salí del bosque. Respiré aliviado. La amplitud del horizonte me hizo ver con la perspectiva adecuada el momento de debilidad sufrido allí dentro.  Cuando con el tiempo el loco me habló de sus largas estancias en la montaña, solo, fui muy comprensivo con los delirios que su mente formaba en aquellas soledades.

 Regresé un par de horas más tarde. Al acercarme hacia el área de descanso escuché sorprendentes sonidos que no supe atribuir a algo concreto. No eran ronquidos, eso seguro, pero tampoco eran voces convencionales.  Decidí encender la grabadora y con un impulso bastante irracional, que me asustó un poco, me fui acercando sin hacer ruido, escondiéndome tras cada árbol, como si pensara que en el área de descanso había una presencia extraña. Los sonidos se iban haciendo cada vez más nítidos. Sin duda eran humanos, aunque sin el menor sentido.    Escondido tras el tronco del último árbol  pude por fin observar de qué se trataba. Casi me echo a reír. La escena que contemplé era totalmente ridícula. El loco estaba sentado sobre la hierba adoptando una postura de yoga que creo llaman “el loto”. Los talones sobre los muslos, las palmas de las manos apoyadas sobre las rodillas, los dedos pulgar e índice formando un círculo y el resto de los dedos extendidos y rígidos. Había cerrado los ojos y de su boca salían los extraños sonidos que tanto me había costado identificar.

 Quedé paralizado, incrédulo ante una situación tan grotesca.  Escuchando más atentamente los sonidos deduje que se trataba de una combinación de vocales y consonantes sin el menor sentido. Algo así como: “Auuumm”  “Ooommmm” y otros diferentes sonidos, nacidos de uniones aleatorias de vocales con diferentes consonantes, especialmente la “m”. 

 Lo más sorprendente era sin duda la extraña fuerza del sonido. No parecía salir hacia el exterior, en forma convencional, sino que iba dirigido hacia dentro, formando dentro de su cráneo una resonancia extraña. Yo diría que los sonidos brotaban más de su cabeza que de su boca. Se extendían por el claro en ondas concéntricas y para mi confusión llegaban hasta mis oídos haciendo vibrar toda mi cabeza.

Aquel maldito chasquido volvió a repetirse a la altura de mi coronilla y una sensación de entrega, de impotencia, se apoderó de mí. No podía hacer nada para evitarlo, o al menos no sabía qué hacer para atenuar la fuerza de aquel sonido. Mi cuerpo acabó vibrando en la misma frecuencia.  Dudé entre darme a conocer y terminar de una vez con una sugestión tan insólita o esperar y ver en qué terminaba todo aquello. Me decidí por la segunda opción. Al moverme en su dirección la supuesta vibración de mi cuerpo, y especialmente de mi cabeza, se atenuó hasta resultar casi imperceptible.

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EL LOCO DE CIUDAD FRÍA XVI (NOVELA)

28 02 2018

-Por supuesto. Pero en realidad ya la tiene en la Biblia. La historia de la lucha de Jacob con el ángel en la escalera. A él su doble le paralizó la cadera. A mí me amenazó con la locura.

 -Es realmente buena y muy aleccionadora. Pero permítame decirle que no creo nada. Se lo acaba de inventar.

 -El sueño ocurrió en realidad. Puede creer lo que quiera, pero ocurrió. Es cierto que la conversación no se produjo con estas palabras literales, sino que fue una transmisión de pensamientos… o más bien de sentimientos. Yo la he traducido a palabras para que usted me comprenda.

-¿Entonces puede ver de verdad el futuro?

 -Todos podemos verlo, si queremos.

 -No lo creo.

 El loco se enfadó un poco Estaba afectado. Fuera lo que fuera lo que él había vivido, para él era “real”.

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-Sí, he visto partes del futuro. Por desgracia en la mayoría de los casos han sido muertes. Estoy convencido de que atraemos energías que sintonizan con nuestros pensamientos y sentimientos. Un suicida sólo podrá atraer la muerte. Eso estaba claro para mí.

 “¿Le he contado la premonición de la muerte de una amiga? No lo recuerdo.

 -Cuente, cuente…

-Soñé, en cierta ocasión, que me acercaba a una iglesia. Me atrajo la esquela que aparecía clavada en la puerta. Sin poder evitarlo me acerqué y la leí. Era la esquela de una amiga recién fallecida. Padecía del corazón y yo lo sabía. Era lógico que el sueño tuviera un sentido muy evidente. Lo terrible para mí fue que al cabo de tres meses recibí una llamada. Mi amiga había fallecido de un ataque al corazón.

 -¿Ha tenido más premoniciones?

-Bastantes. Una vez me dormí mientras estaba viendo el telediario. Estaban derribando el muro de Berlín. Desperté y en la pantalla la noticia era otra… Al cabo de unos años el muro de Berlín cayó.

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-Algo que todos esperábamos y que hubiera ocurrido antes o después.

 -Sí, era el futuro más probable, aunque bien pudieron ocurrir cosas muy diferentes. También la muerte es probable, más bien inevitable, lo que hace a la premonición tan terrible son los detalles…

 “Mire. Volviendo a lo que le estaba contando, cuando caí en la locura (la locura pública, la otra ya llevaba algún tiempo conmigo) me empezaron a suceder cosas muy extrañas. Supongo que mi tercer ojo se abrió de golpe, o más bien el tiempo que tarda habitualmente en abrirse se aceleró, porque abierto, abierto del todo, no lo tengo.

 -¡Menos mal!

 -Sí, no creo que pudiera resistir algo así. Por suerte parece que se va abriendo según podemos asimilar las nuevas experiencias. Aunque tal vez en mi caso el acelerón se debió a los electroshcks que me hicieron sufrir sin mi consentimiento.

 “En otra ocasión tuve la premonición de la muerte de un compañero de trabajo. Se quejaba de dolores en una pierna. A veces se arrodillaba para dictarme algo. Entonces yo estaba en plena locura y llegué a pensar que lo hacía porque había visto en mí al profeta moderno, en el que me iba a convertir. Algún día le hablaré de estos delirios.

 “Lo cierto es que no quiso seguir nuestro consejo de ir al médico y falleció poco tiempo después. Yo estuve en su funeral, en la iglesia donde había visto en sueños su ataúd.

 -¿Alguna premonición más?

 -Sí. Otro compañero falleció de infarto. Yo le acompañé al hospital en la ambulancia. A veces he soñado con escritores conocidos que van a morir… y no tardan en hacerlo.

 -¿Me puede dar nombres?

 -¡Para qué! Es un detalle morboso sin la menor importancia. Pero déjeme continuar con la historia. Ya le hablaré en otra ocasión de la posibilidad de ver el futuro.

 -¡Adelante!

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 Habíamos pasado un pantano. Enfrascados en la conversación apenas miramos la belleza del paisaje. Comencé a pensar en la posibilidad de pararnos en algún sitio. La conversación del loco me distraía de la conducción y además empezaba a sentir hambre. Me sorprendí pensando en la tortilla. Los aires de la montaña suelen abrirme el apetito.

 A lo largo de esta narración he procurado cuidadosamente reservarme mis opiniones. Un buen entrevistador no puede cortar la entrevista a cada minuto para opinar sobre lo que acaba de decir el entrevistado. Este acabaría largándose con viento fresco, no sin antes mandar al entrevistador a tomar por donde amargan los pepinos, en expresión popular y sexista que debería ser archivada de una vez por todas. Al fin y al cabo cada cual puede dar y tomar por donde quiera, el placer es algo personal e intransferible, lo mismo que el dolor.

He procurado dejar que el loco hablara con sus propias palabras, mostrándome su universo particular, se explayara en sus delirios, sin que yo pusiera un solo punto sobre una sola “i”. No obstante ahora debo hacer un inciso para que el loco no me cuele por alguno de sus agujeros de gusano y acabe apareciendo en alguno de sus universos ficticios o posibles o imposibles o delirantes o surrealistas, o… como cada cual quiera denominarlos.

Su imaginación desbordaba a cada palabra, atravesando las puertas del delirio, en una u otra dirección a gusto y gana. No niego que sus historias podrían muy bien dar lugar a narraciones literarias de pasmosa originalidad. Su lógica a veces me parecía sutil, convincente y tan enmarañada como una tela de araña, creada por la araña-minotaura (la que fabricó el laberinto de Creta).

Pero seamos serios, yo no puedo creer en viajes astrales, proyecciones mentales, viajes al futuro, telepatía, precognición, sexo mental, etc etc El problema del loco nacía de su soledad casi absoluta. Su viva imaginación le había sorbido el seso y el sexo. Necesitaba relacionarse más, echarse algún que otro amigo y disfrutar de un buen polvo de vez en cuando. Con esto y algunas cosillas más yo le daría por curado. Al menos eso pensaba mientras subíamos un puerto de primera categoría, con muchas curvas y donde era precisa la máxima atención al manejar el vehículo.

No creía en aquellas mandangas que me estaba soltando, por muy hermosas y metafóricas que fueran, como aquella visita de su propio yo-futuro a su yo-presente, en sueños. No creía… pero en este momento, en el que escribo estas palabras, no sería capaz de decir lo mismo. Desde que aquella mañana de otoño ascendiéramos el puerto han ocurrido muchos acontecimientos, absolutamente inesperados para mí. Faltaría a la verdad si dijera que he dejado de ser un incrédulo. Lo cierto es que ahora, mientras escribo esta historia en el ordenador, puedo asegurar que le comprendo mejor, aunque hubiera preferido no llegar a conocerlo nunca. Tal vez si su mente se hubiera dedicado a temas más prácticos que a elucubrar sobre posibles universos paralelos, yo ahora sería más feliz.

Pero hecho este inciso pongo oreja a lo que me está narrando el loco.

“Sin duda, de todas mis etapas de loco, la que le voy a contar a continuación es la que más me avergüenza. Me siento ridículo, idiota… ¿Cómo pude llegar a hacer lo que hice, a pensar como pensé, a sentir lo que sentí, y sobre todo, cómo pude mostrar esos pensamientos y sentimientos sin el menor control, con absoluta desvergüenza?

“No lo sé. Aún no he logrado desentrañar los motivos ocultos de mi extraña conducta. He llegado a pensar que en realidad estaba buscando que me lincharan. Sí, como nunca lo consiguiera con mis propios medios, quizás también ayudado por la buena o mala suerte –aún no lo sé- deduzco que mi conducta, de una forma sutil, buscaba el suicidio…esta vez por mano ajena.

“Si es cierto que existe la reencarnación, y si la pesadilla que recordé al despertar de aquel intento de suicidio es real, corresponde a una vida pasada, la posibilidad de que en el fondo quisiera repetir la experiencia, que la gente de mi entorno perdiera el control y se arrojara sobre mí, terminando con mi existencia de forma parecida a como ocurriera entonces, es más que probable.

“Si lo había logrado entonces, ¿por qué no ahora? Ese era el pensamiento de un hombre desesperado. Puede que incluso alguno o varios de los que participaran en mi descuartizamiento público –de los que ataron mis muñecas y tobillos y azuzaron a los camellos- fueran los mismos, con otros cuerpos, que aquellos a los que yo estaba provocando con tanta desvergüenza.

-Si usted fuera un escritor le diría que se planteara seriamente escribir una novela sobre ese sueño. Puede que hasta lograra convertirla en un best-seller, estos temas están muy de moda en estos tiempos. Pero como persona le digo que comete un gravísimo error. Creer algo así solo puede perjudicarle, que su fobia eche raíces en las capas más profundas de su subconsciente. Así nunca superará sus problemas. ¿Y qué me dice de las personas a las que usted achaca haber participado en algo que estoy seguro que solo es un delirio de su mente?

-Es cierto. Si esas personas pudieran llegar a enterarse de lo que pienso, yo sería un auténtico canalla. Permítame mentarle de pasada ( es algo de lo que espero poder hablarle en otro momento) la magia negra. Semejante conducta por mi parte sería un auténtico acto de magia negra. Aunque esas personas no creyeran ni media palabra de lo que estoy diciendo, el subconsciente es muy traidor, todo se cuela en él y allí va haciendo una labor de zapa que puede derrumbar hasta a un elefante al cabo de los años.

-Discúlpeme, pero no quiero que deje esto para más adelante. ¿Usted cree en la magia negra, en el poder de la mente para hacer daño?

-¡Toma! ¿Y usted no? ¿Es que no ve los efectos que producen ciertas conductas sugestivas? Una madre le repite día tras día a su hijo que es un zoquete, que nunca llegará a nada en la vida … y ahí tiene a ese niño, crecidito, hecho un hombrecito de pelo en pecho, haciéndose psicoanálisis una vez por semana, porque no consigue elevar su autoestima un solo centímetro del suelo, a pesar de que ha podido hacerse millonario o a pesar de que pueda ser considerado como una gran persona en su entorno. ¿ No le parece que esto es una clara muestra del poder de la mente? ¿No cree que es pura magia negra?

“¿Y qué me dice de lo que unos cuantos cabrones han logrado conmigo? Han repetido una y otra vez a mi presencia que yo era un loco, que no tenía remedio, que era una basura, una mierda, y yo llegué a creérmelo… hasta el punto que hoy en día sigo luchando por arrojar esa maldita idea de mi cabeza. ¿No cree que esto es magia negra?

-¡Hombre! ¡Visto así…!

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-¿Y cómo hay que verlo, según usted? Ahí tiene a Marilyn Monroe, deseada por todos los machos del planeta y que tenía la autoestima hecha unos zorros debido tal vez a que su mamá era una enferma mental…

-Desconocía ese dato.

-Y yo también. Puede incluso que me haya informado mal, aunque creo haberlo leído en una biografía de la actriz. Sin embargo es una clara muestra del poder de la magia negra. Basta con que un número suficiente de personas le digan a uno que es un idiota, para que se lo crea, aunque en realidad sea un genio y lo haya demostrado por activa y por pasiva… Si usted cree que unas simples palabras, sonidos; que unos sencillos gestos, repetidos en el tiempo, pueden alcanzar objetivos tan reales y dramáticos, como es destrozar la vida de una persona, entonces usted cree en la magia negra.

El loco había pasado en un santiamén de la tragedia a la comedia bufa. No sería la primera vez que su sentido del humor aflorara en momentos muy inesperados. Era un hombre extraño –el loco- trágico y cómico, inesperado y capaz de las obviedades más estúpidas; un día se conducía excéntricamente en el momento más inadecuado y otro se sentía aterrorizado hasta el esperpento por el qué dirán. En realidad todos somos así, contradictorios, unos Janos de múltiples caras. Al loco se le notaba más. Su sentido del humor era muy especial, a veces me gustaba y a veces me repateaba las tripas. Algún día les comentaré alguna de sus salidas humorísticas. Pero no adelantemos acontecimientos…

De haberle conocido mejor hubiera sabido que su salida sobre algunos ejemplos de magia negra era en realidad una forma de decirme que no estaba dispuesto a que yo le forzara a hablar de lo que no deseaba hablar en ese momento. Lo achaqué a una reacción malhumorada, debida al hambre que ya nos acuciaba a los dos. Estábamos llegando a lo alto del puerto cuando observé, a la derecha del asfalto, una fuente en el centro de un lugar vallado, rodeada de mesas de madera con bancos y unas cuantas plazas de aparcamiento. Se trataba de un área de descanso, pequeñita, aunque muy coqueta y práctica. Señalicé la maniobra e introduje el 4X 4 en un prado, amplio, con algunos arbolitos, aledaño al cercado que delimitaba el área de descanso. Paré el motor y antes de bajarme del vehículo pregunté al loco:

-¿Tiene hambre? 

  -Yo siempre tengo hambre.





EL LOCO DE CIUDADFRÍA XV (NOVELA)

27 01 2018

EL LOCO DE CIUDADFRÍA XV

EL LOCO ESOTÉRICO/CONTINUACIÓN

Rogué al loco que no se moviera. Salí del coche con cuidado y le supliqué que él también lo hiciera por mi lado, procurando moverse lo menos posible. Este lo hizo como si supiera que no existía el menor peligro de que el 4×4 se despeñara, ladera abajo.

Busqué grandes piedras para calzar por delante las tres ruedas que aún permanecían en contacto con el terreno. El loco me ayudó en la tarea con gran pericia. Entonces decidí subirme de nuevo al coche, una vez seguro de que el vehículo estaba bien calzado, y maniobrar para hacerlo retroceder hasta el asfalto. Quité el freno de mano con suavidad y como apenas se moviera encendí el motor, puse la marcha atrás y aceleré muy poco a poco.
No hubo el menor problema. Una vez a salvo, las cuatro ruedas perfectamente asentadas sobre el terreno, el loco movió las piedras y pude situar el coche sobre el asfalto, no sin antes cerciorarme de que no había coche alguno a la vista. Le grité que subiera –aún seguía muy nervioso por el incidente- y en cuanto ocupó su asiento regresé a la carretera y conduje con lentitud, esperando encontrar pronto un buen lugar para aparcar y relajarme un poco.

Le pedí disculpas. Suelo ser un buen conductor, aunque la conversación con el loco me había despistado y puesto muy nervioso la macabra idea que acudió a mi mente mientras él me contaba tan peregrinas historias. Por un momento me había planteado la posibilidad de que el loco sufriera un trastorno transitorio y se arrojara sobre mí, en el momento más inoportuno, buscando que el coche se despeñara, con nosotros dentro, por el terrible precipicio que observaba, no sin vértigo, a la derecha de la carretera –ésta carecía de quitamiedos- encontrando ambos una muerte tan inesperada como espantosa.

No es extraño que la falta de concentración me impidiera advertir la llegada del otro coche y tomara la pronunciada curva a demasiada velocidad, invadiendo la otra parte de la calzada.

Logramos llegar a la cima sin percances y la bajada del puerto fue mucho más llevadera. Ambos permanecimos en silencio. Al llegar al valle me planteé aparcar en un camino de tierra que conducía a una típica casa de piedra, muy común por estas montañas. Desistí de hacerlo pensando que si parábamos y reflexionaba sobre lo ocurrido me costaría volver a ponerme en marcha durante algunas horas. Me fui tranquilizando poco a poco. Se anunciaba un pantano a un par de kilómetros.
No sé cómo me atreví a formularle la pregunta. Creo que el inesperado episodio me había trastornado y la necesidad de satisfacer la curiosidad fue más poderosa que mi prudencia.

-Parece que no le ha afectado mucho el incidente. ¿Acaso lo había previsto?

-No me creerá. Anoche soñé que nos salíamos de la carretera. En el sueño no existía un peligro claro, todo concluía sin mayores consecuencias. Por eso he permanecido tranquilo.

-¿Acostumbra a soñar con acontecimientos futuros? ¿Usted se considera un vidente? ¿Cree en la premonición?

Le estaba ametrallando a preguntas. Uno no sabe, hasta que le sucede algo tan demoledor como que su vehículo quede con una rueda en el aire, al borde de un precipicio, lo cerca que todos estamos de la muerte. Lo milagroso no es que estemos vivos, sino que no estemos todos muertos. Teniendo en cuenta los millones de virus y bacterias, la fragilidad de nuestros cuerpos, las casi infinitas posibilidades de que nos suceda algo malo, en caso o fuera de casa, deberíamos estar más preparados para enfrentarnos a la muerte… Sin embargo no lo estamos. Me sentía extrañamente afectado, como si una mano milagrosa me acabara de salvar de la muerte en el último momento. Al calzar una rueda me asomé al borde de la plataforma y sentí un vértigo como nunca había sentido. La montaña caía a pico desde allí. No hubiéramos tenido la menor posibilidad de sobrevivir de haber frenado el coche tan solo unos centímetros más allá.

-Mire –me respondió el loco- le voy a responder a su pregunta. Creo que a todos nos resulta muy atractiva la idea de conocer el futuro, aunque esa posibilidad solo nos la planteemos en el plano de las hipótesis o como simple fantasía que nos entretiene un rato. El viaje en el tiempo de Wells, las películas que se han hecho sobre el tema demuestran que al hombre le interesa y le preocupa la posibilidad de conocer el futuro.

“Curiosamente –eso pone de manifiesto una vez más la ola de materialismo que nos invade- los viajes en el tiempo se realizan siempre con vehículos materiales. Recuerdo ahora “El fin de la eternidad” la novela de Asimov, por ejemplo. Sin embargo pocos se plantean la posibilidad –evidente- de viajar con la mente hacia el pasado o hacia el futuro. Se considera un inocuo divertimento del que nadie sale dañado. Rememoramos la muerte de nuestros seres queridos, nos echamos a llorar y pensamos que se debe a la emoción provocada por las hormonas. Pensamos en el futuro y si luego algo coincide con nuestras fantasías exclamamos: ¡Qué casualidad!

“Somos tan tontos que no vemos lo que está delante de nuestras narices. Es cierto que muchos falsos videntes y futurólogos han hecho un daño incalculable a las creencias de la gente sobre la posibilidad de ver el futuro. No obstante basta pensar en la hipótesis de que la mente pueda existir al margen de las neuronas, a las que usa para contactar con la materia, como un puente eléctrico, para que a uno se le pongan los pelos de punta.

-¿Por qué razón? ¿Qué ha elucubrado sobre el tema?

-Las conclusiones son muy simples. ¿Qué necesidad hay de inventar un vehículo para viajar en el tiempo si lo podemos hacer con nuestra mente? ¿Acaso nuestra mente no podría cambiar el futuro y el pasado? ¿No lo hacemos ya cuando entre dos caminos elegimos uno después de analizar los pros y los contras?

“Le voy a hablar de un sueño que tuve hace tiempo. Servirá para que se haga una idea de las infinitas posibilidades de viajar con nuestra mente, con nuestro cuerpo astral. Al mismo tiempo le explicará lo que le dije antes sobre el maestro que encuentra el iniciado nada más atravesar la puerta del conocimiento: él mismo.

EL SUEÑO DEL DOBLE

“Me desperté porque había escuchado ruidos raros en el pasillo de mi casa. Estaba muy asustado. Quienes vivimos solos conocemos muy bien esos momentos en los que podríamos llegar a convencernos de que un extraterrestre camina por nuestra casa. La soledad debilita nuestras defensas y diluye cualquier perspectiva realista de ciertas situaciones.

“Me pregunté quién podría haber entrado, estando la puerta cerrada y bien cerrada, como la había dejado al irme a dormir. Los pasos se acercaban cada vez más próximos, más nítidos, con esa ralentización extraordinaria que tan solo es posible en los sueños. Pero entonces yo no sabía que estaba dormido. Para mí lo que estaba ocurriendo era absolutamente real.

“Se abrió la puerta del dormitorio y mi corazón dio un vuelco, quedándose con la cabeza para abajo. Quise levantarme y enfrentarme al intruso. No pude hacerlo, porque como usted sabe uno no se levanta de la cama estando dormido.

“Alguien se acercó hasta mí. Yo estaba durmiendo de costado, como acostumbro. Me tocó en el hombro y a punto estuve de cagarme de miedo. Es una expresión vulgar, lo reconozco, aunque no me negará que es la imagen más plástica para explicar el miedo, el pánico, el terror…

“Haciendo de tripas corazón miré hacia el intruso…¡Pero si era yo mismo! El rostro aparecía un tanto diferente, más tranquilo, más alegre, más imperturbable… sin embargo era yo. De eso no cabía la menor duda.

“Naturalmente no le pregunté quién era: eso resultaba evidente. Quise saber qué hacía allí mi doble. Con palabras suaves, aunque muy irónicas, me respondió que me visitaba porque yo mismo se la había pedido.

“El pánico me atenazó las entrañas. ¿Cómo era posible que yo lo hubiera llamado? ¿Cuándo lo había hecho? Sí, me dijo, deseabas conocer tu futuro, querías saber qué te iba a ocurrir a unos años vista… Pues bien, aquí estoy para contártelo…

“¿De dónde vienes? Pregunté, con tanto miedo como si mi interlocutor fuera el mismo Dios y no mi doble. Se echó a reír con suavidad. ¿De dónde voy a venir, alma cándida?… Del futuro. Soy el que tú serás dentro de un tiempo…

“Esa posibilidad me aterrorizó aún más, hasta el punto que me creí morir. No obstante pensé que era una ocasión única para saber qué me depararía el futuro. Le pedí, pues, que me lo contara todo.

“¿Estás seguro? Claro, respondí, con la alegría de quien va a saber cómo será dentro de unos años, sin necesidad alguna de envejecer de repente.

“Piénsalo bien –me dijo, con tono preocupado- eso puede destrozarte la vida.

“No tuvo que especificar, mi mente asimiló en un segundo el terrible shock que me produciría descorrer el velo del futuro.

“Al menos quise saber hasta dónde podría llegar y cómo era posible que mi “yo” futuro pudiera visitar a mi “yo” presente como quien no quiere la cosa.

“Es tan sencillo como si usted se levantara ahora de su cama y llamara a la puerta del vecino. Si éste abre y le admite en su casa, estará dentro de la misma sin la menor dificultad.

“¿Entonces por qué no me has visitado antes? Yo le estaba hablando con la confianza de quien está hablando consigo mismo. En cambio él se dirigía a mí como si fuera alguien tan distinto a él como si en lugar de visitarse a sí mismo, lo estuviera haciendo con el vecino de enfrente.

“Hubiera podido hacerlo en cualquier momento, me replicó, pero respeté tu miedo y me contuvo la posibilidad de que cambiaras de algunas forma lo que yo soy ahora. Me gusta cómo soy y no querría que esto se modificase.

“¿Puedo hacerlo? Claro que puedes, cualquier decisión que tomes de aquí en adelante me podrá cambiar.

“-No entiendo. Si te puedo cambiar… ¿por qué no lo he hecho ya?

-Soy el resultado de tus elecciones.

-Pero si ahora mismo decidiera elegir otro camino distinto, tú no serías el que eres… tendrías que cambiar…

-Así es. Sin embargo no lo harás, porque sabes que es el camino que más te conviene.

-Eso significa que podré ver todos mis futuros posibles y elegiré éste, porque los otros son peores.

-Lo haces todas las noches. En sueños viajas al futuro inmediato y decides entre los posibles caminos.

-¿Por qué no lo recuerdo?

-Porque no quieres. Te bloqueas…te bloquea el terror de conocer tu futuro con todo detalle.

“Entonces recordé un sueño espantoso, que había sufrido años atrás.

-¿Por qué no me lo cuenta ahora?

-No es el momento.

-Está bien, siga.

“Supe que lo que mi doble me estaba diciendo era cierto.

-¿Puedo decidir conocer todo mi futuro ahora?

-Puedes, pero no lo harás.

-Al menos dime que todo irá bien.

-No, no irá bien si crees que ir bien es ahorrarte sufrimiento. Debes sufrir para ampliar tu conocimiento interior y evolucionar.

-¿Y no podrías evitarme tanto sufrimiento?

-Sí, tú sabes que sí. Tú sabes que eso es posible, pero no lo harás… porque eso retrasaría tu evolución y quieres llegar cuanto antes a donde yo estoy.

-¿A dónde hay que llegar?

-No lo sé. Si lo supiera ya no podría estar aquí, ahora… contigo. Solo puedo decirte que somos dioses y algún día lo descubriremos.

-¿De qué punto de mi futuro has llegado?

-De muy lejos. Desde otras vidas futuras. No voy a darte detalles, solo quiero que sepas que tu sufrimiento no será en vano. Ahora ya casi no me afecta el dolor, pero el camino que me resta es todavía muy, muy largo… No sé qué descubriré, ni qué nuevas dimensiones me esperan. Solo sé que ya no tengo miedo.

“Eso me consoló tanto que me eché a llorar.

-¿Podría acompañarte y ver ese futuro?

-Claro. Podrías. Pero no lo harás.

-¿Algún día podré hacerlo?

-Cuando tú quieras. Con el tiempo dejarás de tener miedo y entonces recordarás… Lo recordarás todo.

-Gracias por venir a visitarme.

-Tú me lo pediste. Puedes volver a hacerlo cuando quieras. Pero te aconsejo que no lo hagas, al menos hasta que estés preparado. Adelantar el camino a trompicones puede causarte daños inesperados.

-¿La locura?

-Tú lo sabes muy bien.

“Sin saber por qué razón sentí animadversión hacia mi doble. Él estaba ya muy lejos. Se había liberado del dolor. ¿Por qué no dar el salto ahora y forzar a mi doble a transmitirme toda su sabiduría, todos sus logros? Al fin y al cabo era yo mismo. No se haría daño a sí mismo.

“Era solo un pensamiento. Sin embargo él parecía leer mis pensamientos.

-No podrías forzarme a hacer lo que yo no quiero hacer.

“Se rió dulcemente, como un dios se reiría de una hormiga que le estuviera haciendo frente.

“Deseché la posibilidad de luchar con él. Era muy consciente de que existe una ley cósmica que nos impide dar saltos en el tiempo para evitar el sufrimiento.

“Volví a darle las gracias. Él me tocó en el hombro, como se hace con un amigo.

-Ahora debo irme. No vuelvas a tener miedo. Siempre estaré contigo.

-¿Eres una especie de ángel de la guarda?

-¿Tú qué crees?

“Me sonrió y vi cómo retrocedía hasta la puerta. Luego escuché pasos en el pasillo y me desperté bruscamente.

“Por desgracia sólo era un sueño. Sin embargo nunca lo olvidaré. Sigo convencido de que su realidad está más allá del alcance de mi conocimiento. Fue muy consolador, aunque permanecí largo rato despierto, pensando en la posibilidad de luchar con él, como con un ángel de luz… como en realidad luchó Jacob con el ángel, en la famosa escalera de Jacob. No me importaba la locura, si podía librarme de tanto sufrimiento y angustia.

“Aplacé la decisión para el futuro. Tardé en dormirme de nuevo.

-Es una preciosa historia. ¿Puedo utilizarla para algún relato?





EL LOCO DE CIUDADFRÍA XIV (NOVELA)

3 12 2017

LOCODE1 

“Miré al niño como si fuera un adulto que estuviera pensando alguna barbaridad de mí. Eso le resultó tan llamativo que lo comentó con su mamá, a la que miré tal vez con demasiada lujuria. Era joven y atractiva.

 “La mamá, más discreta que el niño, se limitó a decirse a su hija, en voz baja, que yo estaba mal y que me dejara en paz. El resto del viaje fue un infierno. Las escenas de Chamartín regresaban una y otra vez a mi cabeza. Había decidido que puesto que yo era un loco me comportaría como tal de allí en adelante.

ELLOCODE3

“Cuando abrí la puerta de mi casa era noche avanzada y mi madre estaba en su habitación, dormida. Me desnudé de prisa y me refugié en el lecho, como en un bunker. Me costó quedarme dormido. Los fosfenos iban y venían frente a mis ojos cerrados. Maldije mi suerte. ¡Nunca podría asumir que el tercer ojo iba a permanecer abierto el resto de mi vida! ¡Por qué me había metido en aquel laberinto sin haberlo pensado bien antes? ¿Por qué atravesé la puerta sin la menor duda respecto a lo que me convenía hacer o no?

 ELLOCODE2

 “Por fin el agotamiento me pudo. A la mañana siguiente me despertó una conversación al otro lado de la puerta. Mi madre hablaba con mi hermano. Como usted sabe los españoles somos muy gritones, incluso cuando hablamos en voz baja nos oye todo el mundo a nuestro alrededor y cuando hablamos en voz alta nos escuchan a varias leguas de distancia.

“Mi madre le preguntaba a mi hermano si había escondido el periódico. Este se lo confirmó y continuaron charlando. La voz de mi madre me hacía pensar que estaba muy nerviosa, sentía miedo, y mi hermano también estaba preocupado.

 -¿De eso deduce que había salido en la prensa?

 -¿Qué otra cosa podría deducir? ¿Por qué sino me escondían el periódico?

-¿Y no se cercioró?

 -No. Podría haberme levantado y acercado al quiosco de la esquina. Si mi foto y una breve reseña de mi conducta en Chamartín aparecían en algún periódico, me bastaría con ojear los periódicos del día…Pero no lo hice.

 -¿Por qué no?

 -Eso mismo me pregunté yo durante algún tiempo. El conocimiento es siempre mejor que no saber. Pero yo no estaba preparado para afrontar la situación, al menos no en aquel preciso momento. Continué en la cama. Creo que era domingo. Me levanté para comer. Tanto mi madre como mi hermano estaban tan tensos que no pudieron evitar dirigirme miradas extrañas. Actuaban como si yo me hubiera vuelto repentinamente loco, como si fuera un demente peligroso. ¿Qué había ocurrido? Un odio feroz brotó de mi interior como un monstruo incontrolable.

 “Por primera vez en mi vida actué como el loco que ellos pensaban que era. Miré los pechos de mi madre, con fijeza y repugnancia, como si estuvieran al aire. Miré la bragueta del pantalón de mi hermano, como si estuviera pensando en castrarlo. Mi madre primero se rió sin ganas, con una risa estúpida y ofensiva, luego se echó a llorar y se refugió en su habitación, cerrando por dentro.

 -Disculpe. Yo no hubiera actuado así. ¿Por qué no se cercioró de lo que decía el periódico y luego planteó el tema abiertamente?

 -Sí, debí haberlo hecho. Mi gran error durante años ha sido no afrontar cara a cara mi situación de loco confeso y responder a la hipócrita conducta que las personas de mi entorno siguieron conmigo a partir de aquel día. Pero como le he dicho antes, no estaba preparado. La huida no es el mejor de los caminos posibles para enfrentarse a situaciones problemáticas, sin embargo te da algo de tiempo extra.

 -¿De qué le sirvió el tiempo?

 -De nada. Al día siguiente regresé al trabajo… Mis compañeros adoptaron la misma actitud farisaica que mi madre y mi hermano. Entonces tomé la decisión que me llevaría a convertirme en el loco de esta ciudad durante años… y tal vez para siempre.

 -¿Qué hizo?

 -¿Qué hice? Me enfrenté a ellos. Cerré los ojos y pude ver los ectoplasmas de sus rostros internos danzando frente a mí, luego los abrí y mostré bien a las claras lo que sus pensamientos de mierda me parecían.

 “Se produjo una reacción, de asombro primero, y después, como persistiera en mi actitud, de hostilidad manifiesta, de ira sin tapujos. Un compañero comentó que era preciso internarme. Los demás guardaron un silencio ominoso.

 “El resto de la mañana fue un constante ajetreo de idas y venidas, de conversaciones en voz baja, de entradas de profesionales que venían a tramitar sus papeles o simplemente a echarme un vistazo, con una curiosidad morbosa y repugnante. A las mujeres las miraba como si estuvieran desnudas frente a mí y como si fuéramos amantes, como si ya nos hubiéramos acostado; a los hombres como si llevaran sus vergüenzas al aire y desear cercenarlas con una motosierra… Por un momento pensé que la policía aparecería de un momento a otro, para conducirme a un psiquiátrico.

 -Eso hubiera sido lo más lógico. Su conducta fue inadmisible. No entiendo cómo no ocurrió nada. Porque no ocurrió nada… ¿No es así?

 -Así es. Nunca he podido entender la conducta que a partir de aquel instante adoptaron conmigo las personas de mi entorno. A pesar de mis esfuerzos me resulta de todo punto inexplicable… Aunque he barajado algunas hipótesis…

-¿Qué hipótesis?

-La primera se basa en mi forma de ser. Después de regresar de Madrid cambié mucho. Como ya le he contado bajé treinta kilos gracias a una dieta muy estricta y a la natación. También adecenté un poco mi forma de vestir. Claro que eso no me resultó difícil… me vi obligado a desechar mi vestuario y a adquirir otro nuevo. Por otro lado era una persona discreta, introvertida, que procuraba ser amable con los demás, a quienes dejaba vivir su vida con entera libertad mientras no intentaran cambiar la mía.

“En segundo lugar imagino que siempre es más sencillo no mover un dedo para cambiar una situación compleja que meterse en camisa de once varas, intentando modificar algo que no les afecta directamente. Cualquier intento de incapacitarme hubiera supuesto molestias para muchas personas. Al fin y al cabo no insultaba verbalmente, no golpeaba a nadie, ni siquiera gesticulaba… me limitaba a transmitir mis pensamientos a través de la mirada. Debo confesarle que ya había estudiado las repercusiones “legales” de mi conducta y llegado a la conclusión de que “el pensamiento no delinque” según un axioma jurídico que conocía muy bien. No era tan tonto como para no hacer una gran defensa, en el caso de que se promoviera mi incapacitación.

“Pronto me transformé en una curiosidad tan llamativa como cuando salió mi reportaje en la prensa y fui entrevistado en radio y televisión sobre mis intentos de suicidio…

ELLOCODE4

Di un volantazo.  Estábamos subiendo un puerto de montaña y había tomado una curva pronunciada a demasiada velocidad. A punto estuvimos de chocar contra otro vehículo que circulaba en dirección contraria. Nos salimos del asfalto. Por suerte logré frenar a tiempo. El vehículo quedó sobre una pequeña plataforma herbosa. La rueda delantera resbaló hasta quedar en el aire.

El susto fue mayúsculo. Entoné una letanía mental, dando gracias a quien quiera que hubiera ayudado en el incidente: al destino, a la suerte, a Dios…

El loco permaneció tan imperturbable como un buda. Su nerviosismo no era mayor que el que ya había advertido durante la conversación sobre hechos que al parecer le molestaban bastante. Por un momento me vino a la cabeza la idea de que aquel hombre extraño había previsto lo ocurrido. Ni un solo comentario por su parte. Espanté la macabra fantasía como si fuera un pájaro siniestro que acabara de pasar ante mis ojos, moviendo sus alas frente a mis narices. El frío del aleteo permaneció un tiempo, invisible, sobre mi cabeza.





EL LOCO DE CIUDADFRÍA XIII

12 10 2017

Tomé nota mental para decírselo a mi esposa. Ella se lo haría llegar a la interfecta. No dije ni pio, deseando que el loco me diera su versión de unos hechos que ya conocía. Estaba seguro de que no desentonarían mucho. Si por algo se caracterizaba el  loco era por su sinceridad y por no tener pelos en la lengua. Seguíamos la carretera nacional. Pasamos un par de pueblos y la niebla se fue desdibujando en el aire. Ahora giré a la izquierda, la carretera comarcal nos llevaría a las montañas, que ya podían verse en el horizonte.   

 LOCOE

“ Ella, la chica, me echó un cable, que agradecí, cuando un profesional, de los que iban a tramitar allí sus papeles, intentó tomarme el pelo con una muy mala baba, que no me sorprendió. Ahora está muerto y parte de la mierda que dejó atrás acabó saliendo a la luz… ¡Así es la vida! Todo pasa, todo cambia y quien enmerdó a otro, acaba él enmerdado hasta las cejas. Si fuéramos menos idiotas nos daríamos cuenta de algo tan elemental y nos lo pensaríamos dos veces antes de señalar con el dedo al prójimo. 

  “Decidí que era hora de cambiar. Me puse en manos de una doctora, experta en dietética y casada, de la que me enamoré un poco, como el idiota que era y que soy. Bajé treinta kilos en seis meses, ayudado por el deporte. Me gusta la natación y soy un buen nadador. Me hice socio (me costó una buena pasta) de la piscina de un hotel y allí braceaba como una ballena al menos una hora diaria. Dio resultado, claro.  Allí conocí a dos señoras maduritas y de buen ver, que insistieron e insistieron, hasta sacarme una palabra. Acabe sacando la cabecita de mi caparazón de tortugo y nos hicimos amigos. Solíamos tomar un café y charlar en alguna cafetería tras el baño. 

 -¿Se las tiró a las dos? 

 Mi intervención era mezquina, machista y sarcástica. Pero no pude evitarlo, el loco jalaba de mi pozo infecto cada vez que decía una palabra.

-No. Le aseguro que no fue porque yo no quisiera. Entonces era joven, mis testículos rebosaban de esperma, y tenía las ideas muy claras respecto al sexo y a la libertad que posee cada cual de disfrutarlo como le parezca oportuno… Tenía las ideas claras, pero el chip que me incrustaron en el colegio religioso continuaba haciendo sus bucles sin salida sobre el pecado y la culpa. 

 “Una de ellas me habló de un grupo esotérico. Yo había estado buscando… Buscando grupos espiritistas, asociaciones que estudiaran el fenómeno ovni, temas paranormales… 

-¿Le gustaban estas cosas? 

 -Era un apasionado. Suena extraño, y más para usted, un científista  y materialista a ultranza, pero le aseguro que para el joven que yo era existían algunas preguntas fundamentales para las que necesitaba respuestas. Tales como: ¿tiene sentido vivir unos años y que luego se acabe todo? ¿Existe el más allá? ¿Somos una maldita casualidad de la vida o existen razones ocultas para que permanezcamos aquí y luego nos vayamos, sin haber aprendido nada?

  “Recuerdo que a pesar de mi timidez enfermiza me fui a la delegación de cultura e intenté informarme sobre si existían asociaciones de este tipo en nuestra ciudad. La señora madurita que me atendió puso cara de estar ante un loco y aquello me recordó que da lo mismo lo lejos que un loco se traslade, siempre será catalogado por los “cuerdos” con los que se encuentre como “el loco” que es. 

 LOCOE2

 “Todos los días practicaba técnicas de relajación, después de comer (siempre me gustó la siesta) y antes de dormir. Me venían muy bien, fui progresando y logré relajarme y controlar la angustia, el estrés y mis estallidos emotivos y coléricos. Al cabo de unos meses comencé a ver fosfenos y sucedieron cosas muy extrañas. De pronto se abrió una puerta, la puerta del conocimiento y permaneció abierta mientras yo meditaba sobre si debería o no dar el paso. Era muy consciente de que ya nunca podría volverme atrás.

 “Los budistas dicen que el maestro aparece cuando el discípulo está preparado. Es cierto. La puerta solo se abre cuando tú te has cansado de llamar a ella una y otra vez… 

-¿Cómo era el maestro? 

 -Idéntico a mí…Era yo mismo. 

-Suena extraño. 

 -Y lo es. Nosotros somos nuestros propios maestros…solo que no lo sabemos. 

 -No conseguirá enredarme con esa paradoja. 

 -No lo intento. Cuando el discípulo está preparado aparece el maestro…y puede que en su caso eso suceda muy pronto. Tal vez demasiado pronto…Es como una escala de Jacob. Subes un escalón y ya no puedes bajarlo… porque aparece el ángel y debes luchar con él o morir. El ángel de luz o el ángel de las tinieblas; el ángel de Dios o el enviado de Satanás. No importa, porque en realidad eres tú mismo, revestido con otros ropajes y más sabio… pero tú mismo, no tienes la menor duda. 

“Lo malo del conocimiento es que cuando dejas de ser “tonto del culo” ya no puedes seguir comportándote como tal. Puedes hacer teatro, pero en la vida solo se puede hacer teatro unas horas, luego tienes que volver a ser tú mismo. 

“Una vez que se abre la puerta miras a través del dintel y solo ves oscuridad, negrura y oscuridad. Sin embargo hay algo más, tú lo sabes, aunque no quieras saberlo, y ese “algo” sabe que ya estás ahí. Te espera un nuevo universo y sientes miedo, mucho miedo, temor, terror, pánico… 

-Yo no sentiría miedo. 

 -El miedo anida en tus entrañas, como un feto que no deja de crecer y crecer…Pronto será un monstruo y te devorará. 

-No conseguirá asustarme con esas pamplinas. 

 -Ya lo está… Solo que no lo sabe… No importa. Como le decía se abrió la puerta y di el primer paso. Lo que ocurrió después tiene mucho que ver con el miedo en estado puro. Me acechaba la locura y ésta se manifestó con una fuerza terrible. Mi primer paso en la vida pública de loco no tardó en producirse. Curiosamente ocurrió en la estación de Chamartín, en Madrid. 

LOCOE3

-¿En Chamartín? 

-Sí. Regresaba de visitar a una amiga. Al dejar Madrid le dije que volvería a verla. Ella no se lo creyó. Supuso acertadamente que no querría volver a pisar aquella metrópoli, en la que había vivido un infierno. No se equivocaba. No obstante antes era muy fiel con los amigos. Cuando aceptaba a alguien como verdadero amigo era preciso que ocurriera algo fuera de lo normal, que me hiciera “la puñeta” constantemente, para que yo decidiera romper esa amistad. 

“Al llegar a Madrid conocí a las personas que más daño podían hacerme. Aunque usted considere una tontería lo que voy a decirle, lo cierto es que nuestros pensamientos y nuestros estados anímicos atraen a las personas que sincronizan con ellos. Lo mismo sucede con los acontecimientos. Las personas “negras”, que se pasan el día pensando en tragedias, suelen terminar viviendo alguna.  

“Mis pensamientos se acercaban a la desesperación más absoluta y mi estado anímico estaba muy próximo al nihilismo. No es extraño que las personas que atrajera a mi lado fueran alcohólicos, drogadictos, marginales…Como buena persona que era en aquel tiempo intenté ayudarles dentro de mis posibilidades. Pero claro está que el que necesitaba más ayuda era yo.  

 

 “Mi temporada en el infierno terminó de una forma chusca y rocambolesca. La amiga de la que le hablo tenía un amigo periodista. Entre los dos me convencieron para que  me dejara entrevistar. En casa del periodista confesé a un micrófono (era la primera vez que veía un magnetofón enorme, con una cinta que no dejaba de dar vueltas y vueltas…) mis más profundos sentimientos de loco y narré, sin pelos en la lengua, mi estancia en el psiquiátrico y todos mis intentos de suicidio. 

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 “Confiaba en que el periodista contara la verdad y no manipulara mis sentimientos más profundos como ser humano…Me equivoqué. En realidad tan solo salió un reportaje en el suplemento dominical de un conocido periódico de la época. Casi todo eran fotos. El loco suicida tragándose unas pastillas, etc etc Apenas una pequeña reseña de mi historia, haciendo hincapié en que había logrado salir vivo de todos mis intentos de suicidio. 

 “Años más tarde escucharía en la radio una noticia que me puso los pelos de punta. Un chino había intentado suicidarse casi un centenar de veces. Había pulverizado mi record. Pero no era eso lo que me preocupaba precisamente, sino cómo se tomaron los locutores lo que estaban contando. Me gusta el humor, adoro el humor, sin embargo a veces es conveniente dejarlo en segundo plano y sacar a pasear a la señora empatía.  Un hombre que intenta suicidarse un centenar de veces ha tenido que sufrir una tragedia espantosa. Deberíamos intentar comprenderle y luego, pero solo luego, suavizar el drama con un poco de humor. 

 -¿Llegó usted a ser un personaje mediático? No puedo creerlo. No lo recuerdo. 

-Pues créaselo. Todos tenemos nuestros segundos de gloria. Mi estancia en el candelero, o candelabro, como dijo una famosilla,  no duró mucho más. 

  “Cuando vi el reportaje en el suplemento dominical se me cayó el alma a los pies. No podía creer que todo el sufrimiento, todo el infierno, que había narrado, con el corazón en la mano, a aquel periodista y que había tenido buen cuidado de guardar en una larga grabación de horas, se reducía ahora a media docena de fotografías, de una morbosidad repugnante, y mis pensamientos más profundos ni siquiera eran mencionados. Lo único que importaba era llamar la atención sobre un loco que había intentado suicidarse una docena de veces, salvándose siempre de milagro. 

-¿No conservará aquel reportaje? 

 -No, lo guardé durante años, para recordarme constantemente que jamás debería volverme a fiar de un periodista. Pero terminé por quemarlo. 

-Pues ahora ha vuelto a cometer el mismo error. Se está fiando de otro periodista.

  -Es cierto. No obstante han pasado muchos años y ahora sí estoy en disposición de ponerle a caer de un burro como se le ocurra hacer lo mismo con lo que le estoy contando.

  -No lo haré. Puede creerme. Era solo una broma. ¿Y qué paso con la grabación? 

 -Imagino que aquel periodistillo de “chichinabo” la destruyó. Un auténtico periodista, un auténtico escritor, una buena persona, habría escrito un libro o una novela basándose en lo que yo le había contado.  Adoptara la postura que adoptara al menos el loco suicida habría aparecido como una persona de carne y hueso y no como un fantoche.

 -¿Qué ocurrió en Chamartín? 

Las montañas estaban ya muy cerca. De momento no quedaba ni rastro de niebla. Atravesamos un populoso pueblo. El loco se dispuso a observar mujeres a través de los cristales ahumados de sus gafas de sol. Era un hombre realmente insaciable con la belleza femenina. La conversación se interrumpió. Me pregunté cómo era posible que una persona tuviera el instinto sexual tan desarrollado, una lujuria tan potente. A punto estuve de preguntarle sobre esta cuestión. Me retrajo la posibilidad de que se ofendiera y se negara a hablarme de lo ocurrido en la estación de Chamartín. ¿Qué había ocurrido allí, para que el loco la considerara un episodio tan importante en su vida?

LOCOE5

 Dejamos atrás el pueblo. El loco se relajó y decidí inquirir sobre el tema pendiente.

-¿Qué ocurrió en Chamartín?

 – De haberme logrado controlar allí tal vez el loco no existiera. Es cierto que fui un personaje mediático durante unos días, pero la gente olvida con la misma facilidad con la que encumbra a los “famosos”. De hecho, años más tarde nadie recordaba aquel desgraciado episodio de mi vida y los pocos que conservaban memoria no me situaban en el escenario apropiado. El tiempo nos erosiona a todos implacablemente. Basta con adelgazar unos kilos, con tener unos años más y, salvo raras excepciones, la gente no te identifica, a no ser que haya convivido contigo todo ese tiempo.

 

“Para quienes me conocen un poco, aquella decisión estaba cantada. Soy un depresivo que se deja llevar fácilmente por la desesperación. Y ya sabe usted que la desesperación es la emoción más destructiva que existe. Anula el instinto de supervivencia y sin él uno llega a cometer las locuras más irreversibles. Solo la suerte, el milagro, la actuación de mi “ángel de la guarda” o como usted prefiera denominarlo, me salvaron de una muerte segura o de la locura más absoluta.

LOCOE6

 “Sentado sobre un asiento de plástico en la estación de Chamartín, me dejé llevar por la desesperación más abisal. Estaba harto de los malditos fosfenos, como un jorobado de su joroba. No soportaba continuar el resto de mi vida con el tercer ojo abierto y cada vez más y más sensible. Entonces pensaba que la cosa no tenía remedio y que yo nunca podría asimilar lo que me estaba sucediendo. No quería recordar que el tiempo todo lo cura.

 “Parafraseando una canción de Amancio Prada, con letra de Agustín Garcia Calvo, si no me equivoco, yo quería que Dios “apartara de mí aquel cáliz, lanzar un grito sobrehumano, como la única esperanza de ser escuchado”.

 -¿Conoce usted la canción?

 -Naturalmente. Me gusta la poesía de Agustín García Calvo y las versiones que Amancio Prada hace de algunos hermosos poemas. ¿Pero qué pudo ocurrir que le pareciera tan irremediable? Nada lo es, salvo la muerte.

 -Tiene usted razón. Nada lo es, incluso la muerte puede que no sea tan irreversible como parece. Sin embargo para un desesperado todo es irremediable y la muerte una salida.

 “Decidí dejar de disimular y mostrar a las claras, públicamente, lo que me estaba sucediendo y lo que yo pensaba de ello. Si era cierto que los fosfenos, los ectoplasmas, no eran otra cosa que nuestros pensamientos, ¿ por qué no actuar de acuerdo a una “realidad” incontrovertible, aunque para los demás fuera algo tan indemostrable como la existencia de los ovnis?

LOCOE7

 “Visto desde la distancia puede que mi conducta no fuera tan “aparatosa” como la percibí en aquel momento. Un hombre que en una estación repleta de gente actúa como si pudiera leer los pensamientos ajenos, debe de llamar la atención necesariamente. Aunque pienso que comportamientos tan excéntricos, tan “locos”, los hay en todas partes y en cuanto ese “loco” deja de actuar como tal la gente olvida. La gente tiene una enorme facilidad para el olvido.

“Cerré los ojos. El nerviosismo, el estrés, la angustia y la desesperación aumentaron la sensibilidad del tercer ojo. Es curioso, pero cuando estoy tranquilo, equilibrado, ocupado en otras cosas, todo parece calmarse y aunque siga viendo “esas cosas” logro situarlas en su contexto adecuado, algo así como el jorobado que sabe que su deformidad, aunque visible, no deja de ser “una más” entre todas las deformidades físicas que padece el ser humano. Los imbéciles se burlan, los compasivos se compadecen y las personas sensibles y equilibradas lo aceptan con la naturalidad con que deberían ser aceptados todos los reveses de la vida.

LOCOE8

“Sumido en la desesperación comencé a comportarme como se comportaría un verdadero telépata en medio de una multitud. Mostré cómo me molestaban los pensamientos de los que me rodeaban. Cómo me repugnaba su cólera, su enfado, su estrés incontrolado, su lujuria desvergonzada…

 “Se puede imaginar usted las reacciones que ocurrieron a mi alrededor. Incredulidad, curiosidad, morbo… La palabra “loco” corrió como la pólvora. Los más comedidos y sensibles simplemente comentaron que yo estaba mal.

 “La incredulidad dejó paso a emociones más contundentes. Insultos, miradas agresivas, frases hirientes, amenazas… Temí que acabaran por agredirme y me envalentoné más. Una buena paliza me vendría bien. O reaccionaba de una vez por todas o tal vez la multitud, enardecida, terminaría por lincharme. Cualquiera de estas dos opciones era buena para mí.

 “Mi descaro produjo reacciones más y más airadas. Me sentía una especie de “Mesías” que les iba a desvelar un nuevo universo, invisible y desconocido para miradas miopes. No obstante, al final, mi fuerza, mi arrojo, se vino abajo. La depresión pasó a la fase ciclotímica del hundimiento más profundo. Clavé la mirada en la puntera de mis zapatos y luego cerré los ojos. Era consciente de que solo el paso del tiempo volvería las cosas a su sitio. Si la multitud se enfurecía y me linchaba… ¡estupendo!

 “Aunque la parte razonable de mi cerebro me decía que eso ocurría tan solo en las películas del Oeste americano. La gente se termina cansando hasta de los espectáculos más insólitos y aquellas personas que me rodeaban no eran precisamente una excepción.

 “Tal vez transcurrieran un par de horas. Intenté por todos los medios relajarme. Conocía muy bien la técnica, respiración, centrarme en los dedos de los pies, ir subiendo, aislarme del entorno… Todo resultó inútil. Yo estaba viviendo un auténtico delirio. Aquellos malditos fosfenos iban y venían sin tregua. En momentos determinados se formaban caras ectoplasmáticas que reflejaban a la perfección los auténticos rostros de algunas personas que me habían insultado o mirado con ira. El ectoplasma era un espejo mágico, en el que las emociones más íntimas y extremadas de las personas que me rodeaban en aquella estación, se desvelaban con una claridad y sencillez espantosas.

“Puede creerme si le digo que ningún rostro de carne podrá reflejar nunca con tal nitidez nuestras emociones más profundas. Era como si tecnología extraterreste me estuviera mostrando por dentro cómo eran aquellas personas, cómo somos todos en realidad. Si alguna vez intenta usted mentir sistemáticamente se dará cuenta de la dificultad, incluso física, que encuentra en su camino. La sangre acude al rostro y éste enrojece de manera manifiesta. Las manos no pueden quedarse quietas. Aparece un tic en un ojo o en un pie o… En nuestra tierra se dice que antes se coge a un mentiroso que a un cojo. Es cierto, puede estar seguro de ello. Incluso los asesinos fríos, los psicópatas, que matan en serie a una persona tras otra, tienen dificultades para ocultar su auténtica personalidad a los demás. De ahí que acaben escindiéndose en personalidades dobles o múltiples.

“En aquel momento, allí sentado, con los ojos cerrados y viendo aquellas caras ectoplasmáticas que intensificaban su brillo, mostrando la fuerte emoción que embargaba a las personas físicas, y luego disminuyendo el brillo y la expresión del ectoplasma, cuando alcanzaban un estado anímico más equilibrado, comprendí a la perfección la razón por la que nos resulta tan complicado mentir, ocultar nuestras emociones a nuestro interlocutor. No es posible hacerlo sin sufrir una severa patología. En el fondo, aunque no lo recordemos, aunque lo hayamos olvidado, sabemos que los seres de luz que somos pueden comunicarse mediante proyecciones mentales o expresando con total nitidez la esencia más profunda de nuestro ser. Lo hacemos en sueños, lo hacemos entre vidas, cuando recobramos nuestro auténtico ser, y cuando nacemos, a pesar de que después de haber bebido de las aguas del Leteo hayamos olvidado lo que fuimos y lo que somos, algo en nuestro interior nos lo recuerda constantemente. Haga la prueba, amigo. Haga la prueba alguna vez y se convencerá de que es imposible que un trozo de carne refleje a la perfección nuestras emociones más íntimas… y sin embargo lo creemos… porque sabemos que “algo” le está comunicando al otro nuestros pensamientos y emociones, y no son precisamente nuestras palabras. Póngase un día delante de un espejo y trate de expresar las emociones más intensas sin mover un solo músculo. Comprenderá que hay algo impalpable que le está diciendo si realmente siente lo que intenta expresar o hace comedia. Si es capaz de verse desde fuera, como si usted fuera otro, comprenderá lo que quiero decirle. Un trozo de carne no es tan maleable como para mostrarles a los demás nuestras emociones y pensamientos más íntimos.

El loco calló. Se afanaba en respirar por la boca, como si un enorme peso le aplastara el pecho. Comprendí que el recuerdo estaba haciendo mella en él. Puede que lo que me estaba contando fuera tan solo producto de su delirio, pero de lo que sí estaba seguro era de que para él era real, absolutamente real.

Confieso que los límites de mi capacidad imaginativa no llegaban para hacerme una idea cabal de cómo una persona puede llegar a creerse telépata y actuar como tal. Si bien la pesadilla que había sufrido días antes fue muy impactante, no  hasta el punto de actuar luego como si lo soñado fuera real. El delirio es algo que me supera, nunca he vivido una experiencia que se le aproxime lo más mínimo, y por lo tanto no puedo suponer “el realismo” de las vivencias de alguien que delira.

El loco se fue recomponiendo poco a poco. En cuanto le noté lo bastante calmado hice la pregunta.

 -¿Eso fue todo? Su conducta era extravagante, por supuesto, pero nadie allí lo conocía y al regresar bien pudo adoptar un comportamiento normal.

-Así es. Creo que nadie allí podía conocerme y naturalmente yo no conocía a nadie. Me hubiera costado olvidar el episodio, aunque estoy convencido de que lo hubiera logrado. Sin embargo ocurrieron más cosas.

 -¿Qué pasó?

 -Permítame que vaya paso a paso.

 -¡Adelante!

 -Bien. Como le decía estuve un par de horas intentando tranquilizarme, con los ojos cerrados. Se acercaba la hora del tren y tenía que sacar el correspondiente billete. Me puse a la cola y esperé mi turno.

“El poder de la sugestión es casi tan grande como el que la realidad ejerce sobre nosotros. Me sugestioné con que las personas de la cola me miraban de forma poco natural. Comencé a ponerme nervioso y cuando llegué hasta el taquillero no pude evitar recaer en mi conducta anterior. Imagino que el pobre hombre estaba cansado y malhumorado tras un trabajo burocrático muy intenso. Mucha gente, mucho trabajo, a cualquiera le puede pasar. Me miró mal, de eso estoy seguro. Su rostro expresaba una fría cólera, sus palabras fueron destempladas.

 “La lógica me decía que él no pudo observar mi conducta desde aquella distancia, ocupado tras los cristales en despachar billetes. No obstante yo estaba convencido de que a esas alturas todos en la estación sabían de mi locura.

 “Lo enfrenté telepáticamente. Sí, no se ría. Imaginé que su proyección mental, su ectoplasma, se estaba peleando con el mío y opuse una férrea resistencia. Finalmente el hombre cedió, cambió su expresión y en tono compasivo me preguntó para dónde deseaba el billete.

 “Creo que fue la primera vez que me enfrenté a alguien telepáticamente.

 -¿Eso fue todo?

 -No. Creo que hubo algo más, pero no estoy seguro.

 -¿Cómo que no está seguro?

 -Verá. Sospecho que por allí rondaba un periodista… y tal vez un fotógrafo.

 -¿Sospecha? ¿No cree que actuó usted con mucha susceptibilidad?

 -Pues no. Pero permítame que cuente la historia por sus pasos contados.

 -¡Adelante!

 -Subí al Talgo completamente destrozado. Debí de dar un espectáculo bastante patético. Por suerte el vagón no estaba lleno. Me alegré de que nadie ocupara algún asiento cercano. Rechacé el auricular que me ofrecía una preciosa azafata, a la que hurté la mirada, por miedo a desnudarla con mi mente y entretenerme luego en alcanzar un orgasmo, con los ojos cerrados y el ectoplasma de su rostro frente a mí.

“No logré calmarme. Clavé la mirada en la pantallita, donde daban una película sin el menor interés. Actué como si realmente escuchara el sonido y pudiera enterarme de algo. La fijeza de mi mirada llamó la atención de un niño. No me había dado cuenta de que en la siguiente estación subieron un niño y su mamá, ocupando asiento al otro lado del pasillo.





EL LOCO DE CIUDADFRÍA XII (NOVELA)

4 08 2017
EL LOCO ESOTÉRICO
lOCO ESOTÉRICO
I
Mi esposa se tomó a broma lo sucedido. Por mi parte no era capaz de hacerlo. Me sentía muy molesto por haberme dejado llevar por las circunstancias, por haber bebido más de la cuenta y sobre todo por haber mezclado a mi mujer en una conversación que era una cuestión entre el loco y yo.
Tras haber almorzado a las seis de la tarde, después de largas y reparadoras horas de sueño, decidí, sin posibilidad alguna de cambiar de opinión, no volver a ver a semejante sujeto nunca más. Cuando se lo planteé, con cara muy seria, ella sonrió, respondiéndome que era normal no me sintiera muy satisfecho de cómo había transcurrido la primera entrevista. No obstante no podía culpar al loco ni de no haberme controlado con la bebida, ni de las preguntas que él respondiera con sinceridad.
Una vez tomada una decisión una persona madura acepta la responsabilidad y las consecuencias de la misma. Mi insistencia logró enfadarla. Era preciso ayudar a aquel hombre y sobre todo debía finalizar la historia que me había propuesto. Caso contrario la estimación que ella me profesaba, como persona y como escritor, disminuiría mucho. No quise preguntar cuánto, ni tampoco si esa disminución de estima repercutiría en su afecto. Una pareja sabe muy bien hasta dónde llegar en las decisiones que modificarán su relación y sobre todo qué límites nunca deben sobrepasarse.
Claudiqué, una vez sopesadas otras alternativas. El cariño que me mostró en días sucesivos también ayudó mucho. No obstante me tomé un tiempo para reflexionar y replantearme mi relación con el loco. No estaba dispuesto a volver a su casa, por lo que analicé qué otras posibilidades me quedaban. Finalmente, sabiendo de su amor por la naturaleza y planteándome que en el campo sus crisis o ataques de cólera serían más llevaderos, resolví sugerirle un día de campo.
Lo llamé, tras muchas dudas, planteándome pedirle disculpas por mi conducta. Sin embargo fue él quien se adelantó y me las pidió a mí, apenas intercambiados los preceptivos saludos. Nos enzarzamos en un combate de disculpas, hasta que me di por vencido. Aceptó encantado mi insinuación. Hiciera el tiempo que hiciera, para él salir al campo era siempre un placer. Quedamos en que lo recogería el sábado por la mañana en su casa. Ambos llevaríamos la comida y los enseres que consideráramos precisos para una agradable jornada campestre. Mi esposa preparó de mil amores la correspondiente tortilla, embutidos y algunas cosillas más, igualmente sabrosas.
A las nueve de la mañana me encontraba llamando al telefonillo de su domicilio. Como la primera vez tuve la sensación de que el loco aguardaba mi llamada de pie, sin moverse un paso de este artilugio tan práctico. Insistió en que subiera, pero le presioné para no perder un solo segundo del maravilloso día que nos esperaba. Teniendo en cuenta que la ciudad aparecía cubierta de niebla, no fue una disculpa muy acertada para evitar volver a pisar su casa. Bajó con una bolsa frigorífica donde llevaba sus viandas y vestido con un chándal nuevecito, de estreno. Dado lo voluminoso de su figura cualquier ropa le quedaba como a un elefante un frac. Ante mi solicitud de que se repensara el no llevar algo de ropa de abrigo me respondió que con sus grasas ya tenía bastante. Me enseñó el contenido de la bolsa. Otra tortilla, de jamón, chorizo y pimiento; salchichas franfurt. Una hogaza de pan, un par de botellas de buen vino, media docena de cervezas enlatadas; una ensalada campera de patata; embutidos, latas de conserva… Me pregunté cómo controlaba aquel hombre su colesterol. A mi vez exhibí mis viandas.
-La tortilla la hizo mi esposa. Yo soy un pésimo cocinero, me cuesta hasta hacerme un par de huevos fritos. Probaremos las dos. A ver cuál de ellas está más rica.
-Seguro que la de su esposa.
-Eso ya lo veremos.
Me agradó que no me recordara la fatídica noche y mis estúpidas preguntas. Subimos al cuatro por cuatro y el loco se encasquetó sus gafas de sol, a pesar de que era evidente que el sol no nos saludaría hasta que estuviéramos muy lejos de la ciudad. La niebla era un manto espeso sobre ella, que casi se podía cortar con la mano. Puse el vehículo en marcha y quise saber qué le parecía el itinerario que había diseñado sin su previo acuerdo.
-Mientras haya montaña me da lo mismo el lugar. La vista de las cumbres me relaja.
Puede que él se sintiera relajado, por mi parte nunca me sentí a gusto en su compañía, aunque tras la borrachera de infausto recuerdo y sobre todo tras aquella maldita pesadilla que me tenía descentrado, además de estar a disgusto a su lado juraría que hasta me daba miedo. No es que se tratara de algo palpable, uno puede sentir miedo de otras personas por mil motivos, porque son violentos, porque ya te la han jugado, porque alguien te ha dicho esto o lo otro y tú te lo has creído… El miedo al loco tenía mucho que ver con sus derrumbamientos, sus estallidos de cólera, su carácter imprevisible… Sin embargo, aunque no era capaz de admitirlo con claridad ante mí mismo, fue la pesadilla la que desencadenó un estado de ánimo al que no estaba precisamente acostumbrado. En su presencia los monstruos de mi subconsciente parecían salir por alguna puerta oculta, a dar un paseo.
Mi comportamiento cuando me dirigía hacia su domicilio; ese extraño morbo por conocer las facetas más ocultas del loco; la borrachera en la que caí sin el menor control y dejando de lado toda prudencia; las preguntas sobre las fantasías eróticas de aquel hombre con mi mujer… no me resultaban extrañas a mi carácter, aunque todas a la vez y en tan corto espacio de tiempo, me daban perspectivas nuevas sobre lo que realmente era yo, allá en lo más profundo de mi subconsciente, donde solo habitan monstruos. Fue la pesadilla la gota de agua que colmó el vaso de mi paciencia.
No suelo recordar los sueños y debo remontarme a mi adolescencia para encontrarme con alguna pesadilla. Duermo bien, de un tirón y sin el menor sobresalto. Pero me bastó charlar con el loco una sola noche para que se produjera la primera pesadilla en años. La lógica me decía que había sido causada por el exceso de alcohol en sangre, por la sugestión que la presencia y la forma de hablar del loco producían en mi mente. No obstante algo en mi interior estaba cavando hasta las raíces del sólido árbol que yo siempre había creído ser. Teniendo en cuenta que un genio de la entidad de Shakespeare hace decir a su personaje Hamlet que hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que puede imaginar tu entendimiento, Horacio… ( O algo así. No soy bueno para las citas literales, aunque sí para los conceptos) no debería sentirme tan mal pensando que el loco bien podría poseer algunas facultades mentales o poderes que le permitían generar pesadillas en sus enemigos o en las personas que le habían hecho alguna “putada”. Si al amigo Shakespeare le había pasado por la cabeza semejante posibilidad, ¡quién era yo para llevarle la contraria!
Si no era así, me preguntaba, por qué el loco me había hablado tanto de karma, de que sufriría las consecuencias y toda esa mierda de palabrería hueca. No me hubiera venido mal esa facultad de hacer vivir pesadillas a mis enemigos, aunque realmente no creía que algo así pudiera ser cierto. La vida sería una auténtica pesadilla si personas como el loco poseyeran semejantes poderes mentales. Sin embargo ahora, conduciendo por calles poco transitadas de la ciudad, un sábado muy de mañana, en dirección al norte de nuestra provincia, donde están las montañas más altas, necesitaba urgentemente romper el silencio.
El loco aún llevaba sus gafas de sol, de cristales muy oscuros, y parecía dormitar. Así que decidí disparar en esa dirección.
Nueva imagen de mapa de bits (2)
-No entiendo por qué se pone esas gafas, cuando no se ve ni para jurar en arameo.
-Algunos me han hecho la misma pregunta. Querían saber las razones, los motivos, la lógica de semejante comportamiento. Los muy idiotas no eran conscientes de que yo hubiera podido hacerles mil preguntas semejantes sobre algunas facetas de sus conductas que a mí particularmente me parecen sin sentido, de un surrealismo atroz. Cada cual es muy libre de crearse sus propias manías y obsesiones para defenderse del entorno o para atacarlo, según se tercie. Es cierto que me pongo las gafas hasta para mear, como dijo alguno, o que estoy loco por llevar gafas de sol en plena noche, como dijo otro, o que me hago el interesante, como dijo un tercero; o que solo pretendo humillarle como me lanzó un buen enemigo con mucha rabia. Todo eso es cierto y aún lo son otras muchas razones que a ninguno de ellos se le ocurrió. Tales como que si me llaman mono lujurioso por mirarles los pechos a las damas o maricón por mirar las braguetas de los caballeros, o si se burlan de mí por clavar la vista en el suelo, no tiene el menor sentido que también les moleste el hecho de que oculte la mirada tras unas gafas de sol. ¿Les molesta que mire y que no mire? ¿Les molesta que me comporte como un loco cuando ellos no cesan de llamarme loco? ¿Les parece mal que sea libre, que no entre al redil del gran rebaño, cuando no cesan de darme coces cada vez que me ven cerca? A los muy cabrones les molesta todo lo que yo hago. Claro que a mí no puede molestarme nada de lo que hacen ellos, porque los señores son la perfección absoluta. Son tan guapos, tan simpáticos, tan buenas personas, que el simple hecho de pensar que pueden estar equivocados les molesta.
-¿Qué les ha respondido usted?
-Normalmente me callo, a no ser que se dirijan a mí, no como persona (puesto que estoy loco, según ellos, no tengo nada que responder) sino en el trabajo o en circunstancias donde alguna faceta social de mi persona exija una respuesta que no me molesto en dar cuando todos los que me rodean son conscientes de estar ante el “loco”. Si el jefe me pide explicaciones por llevar gafas en su presencia, se las doy, tiene derecho a recibirlas; si me pide que me las quite, lo hago, puesto que posee autoridad sobre mí. En otras circunstancias les mando a “tomar por el culo” mentalmente, por supuesto. Si encima que estoy loco, creen que no me voy a tomar algunas ventajas, es que los locos son ellos.
-¿Qué saca usted con este comportamiento excéntrico?
-La primera ventaja es ponerles difícil saber dónde estoy mirando. Como dice el refrán: “al enemigo ni agua”. La segunda que con esta conducta me siento más cómodo y mi fobia logra menos poder sobre mí. La tercera que puedo mirarles los pechos a las damas sin que ellas se enteren. La cuarta que puedo mirarles la bragueta a los cabrones sin tener que oír burlas sobre mis tendencias sexuales. La quinta que me siento protegido de sus mezquinas miradas… En cierta ocasión le respondí a uno que me preguntó sobre las gafas: “Me protegen de los malos pensamientos que lanzan sobre mí”.
-¿Y se lo creyó?
-Nadie cree nada de lo que digo, aunque procuro dar respuestas que les pongan la mosca tras la oreja. De esta forma el poder de la sugestión irá haciendo un agujero en sus cráneos vacíos. Es un hecho que el poder del pensamiento y de las maldiciones y conjuros ha sido aceptado por muchos a lo largo de la historia. Ahí tiene el “mal de ojo”, por ejemplo.
Había encendido la grabadora sin que él se diera cuenta. Me sentí mal ocultándoselo. La saqué de mi bolsillo ostensiblemente y le pedí permiso para enchufarla. El loco ni siquiera me miró.
-Puede grabarme cuando quiera sin pedirme permiso. No necesita autorizaciones a cada minuto. No somos burócratas. Me molestó un poco su respuesta y permanecí en silencio durante algunos minutos.

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El loco miraba hacia su lado, a través de sus gafas oscuras. Como he dicho no había mucha gente por las calles. Sin embargo me fijé en que cada vez que pasaba una jovencita o señora de buen ver el loco se quedaba mirando fijamente, en dirección a sus piernas o a su culo, si iban de espaldas o a sus piernas y a sus pechos, si venían de frente. A veces parecía sentirse culpable y apartaba la mirada con rapidez. Otras clavaba ojos con rabia, como diciéndose: “soy un puto loco y todos sabéis de mi manía, así que no voy a disimular”. El tráfico, un sábado por la mañana, era muy fluido. No obstante la niebla entorpecía la conducción. No tuvimos suerte y los semáforos en rojo nos retuvieron bastante tiempo. Una vez embocamos la carretera de salida y ascendimos un pequeño puerto la niebla se fue haciendo cada vez menos opaca. Detuve el coche en un parking, donde la guardia civil de tráfico pesaba los camiones en ruta. Allí me detuve un rato para contemplar la ciudad, que parecía dormida, envuelta en un manto lechoso y sutil, como mis pensamientos ahora tan temprana.
-¿Tienes alguna preferencia sobre nuestro itinerario?
-Mientras sea montaña me da lo mismo. La vista de las cumbres me relaja. Don Juan le decía a Castaneda que cada persona tiene su propio lugar, aquel en el que se siente más a gusto, el más adecuado a su propia energía. Estoy convencido de que la montaña es ese lugar para mí. ¿Ha leído usted algo de Castaneda?
-Sí, algo he leído. Sus libros me interesan como novelas, aunque no puedo comprender ni aceptar lo que en ellos cuenta. La fantasía es un mundo maravilloso, pero la realidad es como es. No la podemos cambiar.
-Sobre eso habría mucho que hablar. Sin la mente la humanidad estaría viviendo en las cavernas. Y la mente es también fantasía en un tanto por ciento muy elevado. La lógica no deja de ser un trabajo arduo, al que apenas dedicamos unos minutos cada día. ¿No está usted de acuerdo?
-Sobre eso también habría mucho que hablar, pero me cuesta pensar ahora tan temprana. Me siento más vital por las tardes, y sobre todo por las noches.
Callamos. Noté que el loco parecía nervioso. Más tarde me explicaría que no era capaz de soportar las mañanas, y sobre todo el despertar. “ Es como si me sacaron a patadas del mundo de los sueños, donde soy tan feliz, para arrojarme de bruces al duro asfalto”.
Reanudé la marcha por la carretera nacional. Atravesamos varios pueblos. Alguno de ellos con bastante población. De reojo observé que loco fijaba la mirada, con intensidad desusada, en una chica joven que caminaba por la acera con la gracia y la vitalidad de una joven gacela. Venía a nuestro encuentro, por lo que pudimos observarla a gusto durante bastante tiempo. Levanté el pie del acelerador y yo también la miré fijamente sin el menor disimulo. Era natural que acabara dándose cuenta de nuestras miradas. Levantó la vista hacia nosotros y luego miró hacia otro lado, completamente azorada. El loco se quitó las gafas de sol y disimuló limpiándolas con un pañuelo. No pude evitar la pregunta. Fue entonces cuando decidí sacar a colación el otro tema que me preocupara desde que mi esposa me habló del loco. En realidad, más que preocuparme, sentía una morbosa curiosidad, que deseaba satisfacer cuanto antes.
-¿Cree usted en la telepatía?
El loco se puso rígido en el asiento, como si acabara de mentarle al demonio, que devoraba sus entrañas.
-Imagino que lo que usted quiere preguntarme qué si estoy convencido de hablar mentalmente con los demás. Quienes han oído hablar del loco alguna vez, saben dos cosas: que el loco le mira las tetas a las mujeres y que a veces actúa como si fuera capaz de leer el pensamiento.
-En efecto, eso era lo que pretendía preguntarle.
-Bien, su sinceridad merece una recompensa. No tengo inconveniente alguno en hablarle con absoluta franqueza del tema… Creo que todo empezó, por situar mi evolución en algún punto del espacio, con los fosfenos.
-¿Los fosfenos?
-Sí, ¿sabe que son los fosfenos?
-Claro. Esos puntitos de luz que aparecen en cuanto uno se frota con fuerza los ojos.
-O cuando recibe un fuerte golpe. Si ha leído comics o tebeos habrá observado que cuando uno de sus personajes dibujados recibe un garrotazo en la cabeza, a su alrededor se dibujan estrellitas.
-Me gustaban mucho los dibujos animados de niño.
-Pues esas estrellitas son los fosfenos.
-¿Recibió algún golpe fuerte en la cabeza que le produjo efectos indeseados?
-¡Oh,no! Es cierto que he recibido golpes terribles en la cabeza –y no hablo metafóricamente- pero la tengo demasiado dura para que eso me afectara. Quiero decir, que cuando aparecieron los fosfenos, tras una larga temporada de ejercicios de relajación y práctica de técnicas mentales (había ingresado en una sociedad esotérica) se insinuó mi manía por la telepatía.
-¿Estuvo usted en una secta?
-Yo no la llamaría así. No me obligaron a entrar, no tuve la menor dificultad para salir, recibía fascículos con las enseñanzas, que pagaba religiosamente. Puede que el precio fuera elevado, pero el conocimiento que estaba recibiendo me compensaba del dinero que daba cambio. Para mí las sectas son grupos que captan a las personas lavando su cerebro, que las secuestran y las exprimen, dejando sus bolsillos vacíos y sus cerebros aún más huecos.
-¿Puedo preguntarle el nombre de esa secta… quiero decir de esa sociedad secreta a la que llegó a pertenecer?
-Puede preguntar, pero no le voy a contestar. No tiene la menor importancia. Hace ya muchos años que no pertenezco ella y mi testimonio ni la beneficiaría ni la perjudicaría. Soy un Don Nadie, un loco, y mis palabras nunca son tenidas en cuenta.
“ Cuando regresé de Madrid, tras un periodo de casi cinco años, decidí buscar asociaciones o grupos espiritistas, que estudiarán el fenómeno ovni o los fenómenos paranormales. Llegué destrozado, tras una temporada en el infierno, tras “un sejour dans le inferne”, que dijo Rimbaud, si no recuerdo mal.
-¿Qué le ocurrió en Madrid?
-Poca cosa, algún intento de suicidio y una estancia en un frenopático durante casi dos años. Pero no me apetece hablar de ello ahora. Tal vez en otro momento. Tal vez.
-¿Solo tal vez?
-Solo o con leche, como prefiera.
-No se ponga así. Entiendo que le cueste hablar de ello. Puedo esperar.
-Me alegra que lo entienda, porque quienes no entienden algo tan elemental nunca formarán parte de mi vida. “Como le decía, llegué de Madrid en buen estado de forma, con ciento ocho kilos de peso, una gabardina (era otoño) comprada en el Corte Inglés, porque no encontraba ropa de mi talla en ninguna otra parte, un vaquero viejo y unas deportivas que no me quitaba ni para mear.
“Acudí a tomar posesión de esa guisa, añadiendo una mariconera en la que siempre llevaba una novela negra (Bruguera bolsillo) y una libreta, donde anotaba algunos versos, escribía algunas cosillas y llevaba un diario (lo quemé años más tarde).
-¿Escribía usted?
-Y escribo… A veces.
-¿No me enseñaría algo?
-Tal vez.
-¿Solo tal vez?
-Solo tal vez y debe conformarse con ello.
-Disculpe. ¿Pero también llevaba la novela negra y la libreta, en su mariconera, cuando llegó a esta ciudad?
-También. No tenía sentido, lo sé, porque por entonces vivía a cinco minutos del trabajo. Soy así, ¡qué le voy hacer ¡una vez incrustado un chip en mi cerebro me cuesta desencrustarlo…La mariconera estaba de moda en Madrid, pero aquí resultaba muy llamativa. Eso acentuó las risas y mi fama de loco. Pronto la abandonaría para siempre.
“ Me tocó situarme en una mesa, al lado de una chica agradable y atractiva para mí…





EL LOCO DE CIUDADFRÍA XI (NOVELA)

10 07 2017

LOCOC

El aire fresco de la calle me hizo consciente de la borrachera que me llevaba en zig-zag. La cabeza me daba vueltas y se me escapaba una risa floja, que hubiera asustado a cualquier transeúnte, de no haber estado la ciudad dormida y sus calles desiertas. Las farolas del alumbrado me permitían ver por dónde caminaba (no es cierto que los borrachos vean doble las cosas, al menos a mí no me pasa) aunque no siempre acertaba a poner el pie allí donde antes había puesto la bala.

Sí, porque me dio por disparar sin pistola, con la vista, a las ventanas y farolas. Emitía ese ruidito que tanta gracia me hace en los niños: bang-bang. O algo parecido. En mi mente iba provocando a los pacíficos ciudadanos que dormían tras las ventanas. “Aquí tenéis a un borracho que os va a dar caña, jaja”.

De pronto necesité una escena lujuriosa para calmar mi borrachera y me vino a la cabeza la imagen del loco montando su almohada, abrazándola como si fuera Marilyn Monroe a punto de salir corriendo y taladrando la tela como si se tratara del suave terciopelo de los muslos de la Monroe. La carcajada se me disparó como una flecha tirante. No pude resistirme a la histeria durante un largo tiempo, tal vez un par de minutos o tal vez más. Luego otra imagen pasó fugazmente ante mi nariz: la almohada era mi esposa desnuda. Eso me calmó mejor que un buen puñetazo.

LOCOC1

Miré hacia las ventanas por si algún honrado ciudadano había sido despertado por mis risas… Nada. Todo seguía tranquilo. Caminé haciendo eses o zetas o lo que fuera, incluso puede que círculos. Para probar hasta qué punto estaba borracho decidí someterme a la prueba que me enseñara años atrás un primo… carnal, no un tonto. Consiste en alzar una pierna doblada por la rodilla y situarla a la altura de la cadera. Luego intentas poner el codo en la rodilla y tocarte la nariz con la mano… todo al mismo tiempo.

Me desplomé como un saco. Al levantarme la risa me brotaba por todos los poros. Hasta por el de atrás. Una ventosidad sonora se me escapó sin que pudiera evitarlo. Miré de nuevo a mi alrededor. La calle continuaba desierta, las ventanas cerradas y la ciudad dormida.

Ignoro el tiempo que tardé en llegar a casa. Solo recuerdo que miré el reloj de pulsera en algún momento del recorrido y las agujas señalaban las cuatro de la mañana. También recuerdo que deseé que pasara alguna jovencita, para experimentar la técnica tántrica del loco… Pero no pasó ninguna, tan solo un perrito vagabundo, que me miró un segundo y luego salió disparado, como si le hubiera pisado el rabo.

LOCOC2

 

Imaginé que una farola era una mujer desnuda, e intenté ponerme cachondo. No lo conseguí. Pero sí se me empinó cuando desnudé mentalmente a mi actriz favorita. Me senté en un banco, intentando descansar unos minutos y espantar la borrachera. La fantasía me llevó hasta el interior de mi dulce hogar, donde mi mujercita me esperaba con el rodillo de madera tras de la puerta. Eso me despejó mucho mejor que el agua de una fuente cercana.

Cuando pisé mi calle decidí apretar los puños y los dientes y tratar de caminar recto… por si algún vecino se asomaba… pero ninguno lo hizo. Mi esposa estaría dormida y bien dormida. Caminé por la casa tratando de no tropezar. No quería despertarla. Logré llegar al salón sin tropiezos. Me desnudé, dejando la ropa en el suelo, de cualquier manera. El dormitorio estaba a oscuras. Caminé, casi de puntillas, y muy despacio, muy despacito tiré de la punta de la sábana y me introduje bajo ella. Tardé una eternidad en respirar, escuchando la plácida respiración de la ocupante, que me daba el culo.

Permanecí boca arriba largos minutos, intentando no moverme y respirar con cuidado. Por mi mente pasaban imágenes corriendo tras de mí como las mujeres tras Buster Keaton en una película. La acompasada respiración de mi partenaire, que roncaba dulcemente, en cuanto se descuidaba un poco, me ayudó a conciliar el sueño.

PRIMERA PESADILLA

Desperté angustiado, empapado en sudor frío. Acababa de sufrir una terrible pesadilla.

“El loco bajó conmigo en el ascensor. Me condujo a los trasteros, situados en el sótano, y me invitó a pasar primero. La oscuridad era absoluta. El loco encendió un mechero, me puso un pitillo en la boca y lo encendió. Sacó un manojo de llaves y con una de ellas abrió la puerta metálica. Ya en el interior se arrodilló sobre el cemento y comenzó a cavar con sus uñas. Se las arrancó sin un gemido. Los dedos le sangraban, pero él no cejaba en su empeño.

LOCOC3

“Por fin un gran agujero quedó al descubierto. Hurgó hasta encontrar lo que me pareció la tibia de un esqueleto. Con ella en la mano se alzó hasta mí, poniéndomela en las manos.

-Soy un asesino en serie. Ahora ya lo sabes. ¡A ver si tienes cojones para denunciarme!

Se arrodillo de nuevo. Esta vez en sus manos aparecía una calavera, monda y lironda. La colocó en mis manos. No pude reaccionar. El terror me paralizaba. Bajé la vista hacia el cráneo. Éste comenzó a cubrirse de carne, casi a cámara lenta. En un principio no fui capaz de identificar aquel rostro. Su boca se abrió, intentando decirme algo.

-¿No me reconoces?

Solté un grito de horror… Era la cabeza de mi esposa, no tuve la menor duda. Tan bella como siempre, su cuello aparecía cortado de un solo tajo y sin una sola gota de sangre.

El loco se estaba riendo a mandíbula batiente. Me contó cómo había asesinado a sus víctimas, enterrándolas en el trastero, sin que nadie sospechara nada. En cuanto a mi esposa, la había violado en sueños y luego le había cortado la cabeza con un hacha muy afilada, mientras yo dormía a pata suelta.

-¿Te pasa algo?

Era mi esposa, la real, la auténtica, no la del sueño, que acababa de encender la lamparilla de la mesita de noche.

-Has gritado.

Me pasó la mano por la frente.

-Estás sudando y puede que tengas fiebre… ¡Pero bueno, si estás empapado y tiemblas como una vara verde!

Se inclinó sobre mi boca y me olió.

-¡Borracho perdido! No deberías beber. Ya te he dicho un millón de veces que no te sienta bien.

Eso era cierto. Me sentía tan mal que adopté una postura fetal para intentar controlar mis piernas, que saltaban como las patas de una cabra sobre una peña. Mis dientes castañeteaban y un frío espantoso había llegado hasta la médula de mis huesos.

-¿Os bebisteis las dos botellas de vino?

-Y una de whisky y empezamos una de vodka…

Apenas podía articular las palabras. La pesadilla era tan real que gruesos lagrimones de alegría brotaron de mis ojos, al cerciorarme de que el amor de mi vida estaba allí a mi lado, vivita y coleando.

-¡Pero bueno…! ¿Además de loco también es un borracho?

-No, pero los dos necesitábamos un buen trago. Fue muy duro.

-Lo imagino. Aunque no fue precisamente un trago lo que os echasteis al coleto.

Me vi obligado a contarle toda la conversación… Bueno, en realidad me callé la última parte, la que le afectaba a ella. Me escuchó atentamente. Yo continuaba temblando, el frío no decrecía y la angustia me hacía sudar a chorros.

-¿Has tenido una pesadilla?

Se la conté, aún estremecido. Ella me abrazó, obligándome a reclinar mi cabeza sobre sus pechos. Me acunó como a un bebé, sin dejar de hablar.

-¡Has grabado la conversación?… Pues quiero oírla. ¡Pobre hombre! La historia de su intento de suicidio es terrible… algo espantoso.

 

Continuó hablando. Yo me iba calmando poco a poco. En un momento determinado me alcé y acaricié sus pechos.

-¡No me digas que ahora te apetece! Sabes muy bien lo que me molesta el olor a alcohol y que no soporto a los borrachos… No los soporto, es superior a mis fuerzas. Hueles que apestas. Deberías darte un baño. ¡Das asco!

Me tragué mi orgullo y supliqué y supliqué… Necesitaba hacer el amor para calmar la angustia de su pérdida. Lo necesitaba como un naufrago una tabla de salvación. Perdí el control y sollocé como un niño.

Ella comprendió que no estaba bromeando.

-Vale, por una vez… No se volverá a repetir. Pero antes vete al servicio y enjuágate la boca con el colutorio. Te das una ducha rápida y te frotas bien. Luego échate colonia.

Hice lo que me pedía. Regresé, me tumbé a su lado y la abracé. La besé con pasión. Ella se mostraba distante, como obligada. La besé una y otra vez, largamente, con pasión, hundiendo mi boca entre sus dientes, buscando su lengua. Acaricié sus flancos. Introduje mi mando entre sus piernas y acaricié su pubis. Ella comenzó a mostrarse más receptiva. Mordisqueé sus pechos y lamí sus pezones. Ahora había dejado de lado toda prevención contra mi borrachera. Respondió con pasión.

Hicimos el amor como si lleváramos años sin hacerlo, como si nos hubiéramos perdido durante años en islas desiertas, muy lejanas una de la otra y nos acabáramos de encontrar. Descubrimos nuevas posibilidades en nuestros cuerpos y en nuestras almas.

Al terminar la abracé con terrible fuerza. Ella quería saber más detalles de la conversación. Yo me sentía completamente agotado. Bajé mi boca hasta el lóbulo de su oreja, que mordisqueé con dulzura.

-Gracias, amor, muchas gracias… No imaginas hasta qué punto necesitaba esto.

Ella, a su vez, necesitaba charlar. La había desvelado y no podría conciliar el sueño en un buen rato. Yo estaba y no estaba. De pronto no estuve. A la mañana siguiente ella me comentaría, riéndose, que me puse a roncar como una locomotora.