FARSAS DE CONTROL V

25 04 2014

FARSAS DE CONTROL V

LA CADENA DE FAVORES

Hay una película con ese título en la que se aprecia muy bien el lado positivo del favor y de lo que supone una cadena de favores, hoy vamos a ver el lado negativo, el lado oscuro de esta farsa de control. Como sucede con todo en la vida nada es en sí bueno o malo, todo depende de cómo lo instrumentalicemos. El favor no es otra cosa que un acto generoso que hacemos por alguien –normalmente por nuestros seres queridos, amigos o personas con las que nos sentimos vinculados afectivamente- no esperando nada a cambio. No se trata de una deuda que estamos pagando o de remordimiento por algún daño causado. El favor es el brazo amoroso que extendemos, como un puente, para que la comunicación con el otro se afiance y por ese puente se produzca todo tipo de intercambios.

El favor nos vincula con aquel a quien hacemos el favor y asimismo cada vez que nos hacen uno nos sentimos vinculados con la persona que nos lo está haciendo. Forma parte de esa vinculación afectiva que es una tupida tela de araña en nuestras vidas. Dentro de la teoría de los tres círculos, el favor sería un paso que estamos dando para atraer al primer círculo a quienes están en el segundo o tercero.

Un favor es siempre un don que se da sin esperar nada a cambio, un regalo que hacemos, no para que nos lo devuelvan, sino para mostrar nuestro afecto y hacer más sólido el vínculo afectivo. No es malo ser conscientes de que aún en el caso de generosidad más extrema y espiritual de alguna forma siempre estamos buscando una respuesta, un “toma y daca”. Puede que no se trate tanto de pesar en la balanza lo que damos y lo que nos dan o esperamos recibir, como de crear vínculos afectivos o espirituales con otras personas, algo que a la postre es mucho más valioso e importante que cualquier respuesta material a un favor o a un regalo.

Damos regalos en fechas señaladas o tenemos un detalle con un ser querido aunque no sea una fecha establecida, simplemente porque nuestro afecto nos impulsa a ello. Dentro del primer círculo, entre los seres queridos, los regalos suelen ser frecuentes y los favores algo cotidiano. Esta estrategia en las relaciones interpersonales es positiva y hace más sólidas nuestras relaciones, pero como sucede con todo en la vida siempre hay un lado oculto, un reverso oscuro, siempre hay personas que utilizan y se aprovechan hasta de los instrumentos más positivos o aparentemente inocuos para intentar “captarnos”, controlarnos, manipularnos. Vamos a estudiar cómo funciona esta farsa de control.

Incluso en el primer círculo, entre los seres queridos, entre la pareja, las farsas de control de la cadena de favores están al día. Si la relación es positiva, afectiva, amorosa, los regalos, los favores, no se “interpretan”, simplemente se dan y se reciben, se agradecen. Ahora bien, cuando se busca una respuesta excesiva a nuestra “súplica” estamos cayendo en la farsa. Un familiar nos pide que avalemos un crédito que ha pedido al banco, él sabe y nosotros sabemos que si no paga nosotros tendremos que hacerlo en su lugar o nos embargarán. El favor que se pide es excesivo, el riesgo inasumible. Y, sin embargo, el familiar insistirá y nos achacará falta de afecto, egoísmo, si no aceptamos caer en la trampa. Lo mismo que la cadena de favores puede vincularnos espiritualmente, también puede atraparnos en una tela de araña o atarnos con grilletes a otra persona o personas y tendremos que ir donde vayan ellos. En el caso del crédito también se ha podido desarrollar antes una estrategia de araña acechante, ese familiar ha insistido en hacernos favores que no queríamos durante un tiempo y de alguna manera ha conseguido que nos sintamos deudores. Si no andamos con cuidado podremos acabar como avalistas de un préstamo y candidatos al embargo y al desalojo de nuestro propio hogar. Si decidimos hacer el favor siempre debe ser con plena consciencia de todo lo que está sucediendo. Nosotros sabemos el riesgo, él sabe el riesgo y nos lo explica, buscamos alternativas y no las encontramos, decidimos arriesgarnos porque la persona que nos pide el favor es para nosotros más importante que los bienes materiales. Bien, en ese caso no existiría farsa de control, cada uno es muy dueño de hacer lo que considere oportuno por sus seres queridos, como si quiere sacrificar su vida si es necesario. Aquí estamos hablando de esos chantajes psicológicos, de esas farsas de control que buscan atarnos con grilletes, atraparnos en una tela de araña para que la araña de turno nos sorba la energía.

La farsa de control de la cadena de favores es mucho más frecuente de lo que nos imaginamos, incluso en la convivencia diaria con nuestros seres queridos. No es infrecuente que en la pareja que en los malos momentos se echen en cara lo que uno hace o ha hecho por el otro y el otro por el uno. Que si yo soy tu esclava porque hago todas las tareas de la casa y tú no colaboras; que si yo soy el que traigo el dinerito a casa porque tú no tienes trabajo; que si yo quiero favores sexuales y tú no me los das porque quieres que haga esto, lo otro o lo demás allá. Suena muy mezquino, pero es muy frecuente. Hay parejas en las que se necesitaría una balanza de precisión para pesar y medir los favores que se hacen uno al otro y el otro al uno y si uno es acreedor en un momento determinado o deudor y si debe más o menos, o si… Caer en esta farsa de control es jugar un partido de tenis en el que ambos jugadores terminarían agotados y con ganas de darse de raquetazos. Es aquí cuando hay que emplear la estrategia del guerrero impecable. No vuelvo la vista atrás, no peso en la balanza lo que me deben o debo, hago lo que tengo que hacer y confío en que todo salga bien y si se producen nuevas circunstancias que exigen nuevas decisiones vuelto a actuar como un guerrero impecable y hago lo que tengo que hacer.

Todos funcionamos de una manera u otra con esta farsa de control en nuestras vidas y la sociedad se mueve al ritmo de la cadena de favores. En la política esto resulta especialmente visible y claro. Tú haces el favor de votar a un partido político y él te dice que te devolverá el favor haciendo aquello por lo que tú le votaste. Luego resulta que donde dije digo ahora es Diego. O puede que alguien done una cantidad importante a un partido y a cambio pida una concesión de una obra. Los enchufismos laborales, políticos, es tú me haces este favor y a cambio yo te haré este otro, o eres familiar y me debes esto o lo otro cuando llegues al poder, es algo tan cotidiano en nuestras vidas que casi ni nos fijamos en ello. Sin embargo es una de las farsas de control más efectivas y terribles, es la imagen perfecta de la araña que atrapa a la mosca y luego la va devorando poco a poco.

Por eso hay personas que son muy reacias a que les hagan favores. De alguna manera inconsciente saben que si reciben muchos favores luego se sentirán en deuda y no quieren estar en deuda con ciertas personas en ninguna circunstancia. En cambio otras parecen estar siempre dispuestas a hacer favores, pero solo determinados favores, en determinadas circunstancias y con determinadas personas. Esto resulta bastante sospechoso. Es como aquel que te presta un bolígrafo BIC cuando observa que tienes que anotar algo y te has olvidado tu bolígrafo. Luego te dicen aquello de quédate con él y no aceptan una negativa. Tiempo más tarde un día te ven con una pluma estilográfica de valor que te han regalado por tu cumpleaños y te la piden para anotar algo. Si te descuidas se quedan con la pluma y te hacen creer tácitamente que no debes quejarte puesto que él te hizo aquel “favor”, ¿recuerdas? Es un ejemplo basto pero que ilustra ciertas conductas farsantes. Hay quienes creen que hacerte un pequeño favor les da derecho a luego pedirte un gran favor. El caso de los acosadores es patológico. Hay hombres que hacen el favor de contratar a mujeres para su empresa y luego a cambio les piden sus favores más íntimos, como si el contrato de trabajo, yo te doy un sueldo y a cambio tú me das tu trabajo, no fuera suficiente. Los acosadores sexuales son auténticos depredadores que acostumbran a engañar a sus presas con una sutil cadena de favores.

Hay quienes son invitados a comer a casa de alguien y luego tienen a ese alguien todos los días en su casa, comiendo, cenando, desayunando, a por sal, a por huevos, a por lo que sea. Es un típico caso de la farsa de control. Hay quienes no son capaces de medir ni el valor material de los favores, ni el valor afectivo, ni el valor espiritual. Hay familiares que por el mero hecho de llevar tu misma sangre ya se consideran con derecho a chupártela, como si fueran vampiros. Mucho cuidado con los desvergonzados, los que no tienen el menor rubor en utilizar otras farsas de control como la mentira, porque acabarán utilizando también ésta y con la sutileza de la araña. Mucho cuidado con quienes se ofrecen a hacerte favores sin que tú se los pidas porque detrás puede haber gato encerrado.

Incluso hay personas que son buenas, generosas, que se han propuesto como la meta de su vida ayudar al prójimo allí donde se encuentre, se lo pida o no y hasta las últimas consecuencias. Personas que están convencidas de su bondad sublime y de su sacrificio hasta el martirio y que luego se enfadan muchísimo contigo si no estás de acuerdo con sus ideas, si no te consideras deudor de favores que no has pedido, si te niegas a abdicar de tu libertad y dejarte controlar y manipular. Lo curioso de muchas de estas personas es que no actúan de forma consciente, buscando atrapar a la mosca en su tela de araña, no, te lo dan todo, son unos verdaderos mártires, unos héroes, pero luego, a la hora de la verdad, son incapaces de respetar tu libertad, tus ideas, tu dignidad, tu personalidad. ¡Con lo que yo he hecho por ti! Te lo dicen con tal sentimiento que se les cae el alma a los pies. ¡Pero quién te pidió nada! Acabas sintiéndote como un auténtico verdugo. Estas cadenas son las más difíciles de romper, te sientes culpable, porque al fin y al cabo es verdad que el otro hizo mucho por ti y cosas importantes y te dio de comer cuando tenías hambre y de beber cuando tenías sed y te acogió en su casa cuando estabas en la calle y te vistió cuando estabas desnudo e incluso te dio sexo cuando estabas desesperado, cuando llevabas años sin un contacto piel con piel. Hay quienes son capaces de llegar hasta esos extremos, hasta de acostarse con las personas a las que quieren hacer favores a toda costa. Hay quienes son capaces de transformarse en verdaderos esclavos a tu servicio. Y entonces, poco a poco, día a día, te van pidiendo pequeñas cosas, que les dejes decidir en esto o aquello, que cambies esa forma de pensar que les gusta tan poco, que dejes de ser asertivo y digas a todo que sí. Mucho cuidado con estos farsantes. El verdadero amor respeta la libertad del otro y no mide en una balanza lo que ha hecho por ti para que se lo devuelvas, hasta el último céntimo. Abdicar de nuestra libertad, de nuestra dignidad, de nuestra personalidad, de nuestras ideas más profundas, de lo que somos y queremos, solo porque alguien nos hizo o nos está haciendo un montón de favores que no hemos pedido, es caer prisionero en esta sutil farsa de control que tanto se parece a la verdadera bondad, generosidad, al verdadero amor. Nada engaña tanto como lo mejor y lo máximo. Ojo con la trampa de comprar una prenda de diseño, de los mejores diseñadores del mundo, en el rastro, a un precio de ganga. Podemos hacerlo si queremos pero conscientes de que no estamos comprando un carísimo diseño a un precio ridículo, estamos comprando lo que estamos comprando. Podemos aceptar, si así lo queremos, la farsa del supuesto amor, del sexo que se entrega con generosidad casi surrealista, de los favores sin pedir nada a cambio que se repiten una y otra vez, un día y otro, pero si lo hacemos tenemos que ser conscientes de que en algún momento nos van a pedir la devolución y puede que el precio sea demasiado alto para nosotros. No nos engañemos, un favor recibido de una persona que no está en nuestro primer círculo, a la que no conocemos bien, que he demostrado ser más interesada que bondadosa, puede ser la trampa de la tela de araña. Incluso entre nuestros seres queridos se pueden producir estas farsas. Ahora bien, la convivencia estrecha e íntima con las personas hace que no sea posible el engaño por mucho tiempo. Todos podemos caer en la tentación de utilizar esta farsa de control contra un ser querido, pero solo durará un instante, será un “calentón” porque quien ama verdaderamente no se pasa la vida pesando en la balanza lo que él hace por el otro y lo que el otro hace por él. Y si estamos intentando atraer a un desconocido a nuestro primer círculo tendremos que medir mucho cada paso que damos porque en una cadena de favores nada es más fácil que los anillos de desposados se transformen en grilletes.





LAS FARSAS DE CONTROL IV

7 11 2013

FARSAS DE CONTROL IV

LA FARSA DE CONTROL DE LA COMPASIÓN

Reconozco que hablar de las farsas de control es desagradable, es como hurgar en la herida. A nadie le gusta que diseccionen su conducta como si estuviéramos cortando rodajitas de un salchichón. Mirar la conducta de los demás y la nuestra como si fuéramos cazadores y presas (el arte de acechar) o teniendo mucho cuidado de no caer en una farsa de control ajena, resulta un tanto paranoico y gélido, como si esto fuera una selva y no pudiéramos esperar otra cosa de los demás que nos tomen por presas o nos causen dolor.

Es cierto que lo que hay que buscar es la comunicación, el amor, la solidaridad, la empatía y una vida más feliz para todos. Esa es nuestra meta, pero por el camino hay que cuidar de dónde se pisa y mirar las posibles trampas. Para un enfermo mental caer en estas trampas es como recaer en una depresión, nunca sabes cuándo vas a salir y cómo.

La observación de las conductas ajenas y de la nuestra no es algo tan “antinatural”. De hecho todos lo hacemos y existen terapias basadas en ello, por ejemplo el psicoanálisis o la psicoterapia de grupo. Don Juan le dice a Castaneda que en la vida, en nuestra sociedad existe una lucha de poder. Ese poder no es tanto la riqueza o el poder político o la fama o estar en la cresta de la ola, se trata de un poder más sutil. Somos seres energéticos y sin energía no podemos funcionar. Sin el alimento para el cuerpo, que le proporciona energía vital nos iríamos deteriorando hasta morir. Sin el alimento para la mente, la cultura y el arte, nuestra evolución se ralentizaría hasta desaparecer. Sin el alimento para el espíritu, el afecto y la comunicación, caemos en la depresión, en la patología, en la incapacidad para regir nuestra vida y convivir con los demás.

Esa energía la adquirimos de diversas formas, como hemos visto. Quien tiene poder para estar bien alimentado controlará al que no lo está. Quien consigue llegar a lo alto de la pirámide de poder controlará a quien está por debajo de él. No es tanto tener cosas o alcanzar jerarquía social o poseer grandes riquezas o que la fama le permita acceder a lo que la persona corriente no puede, como disponer de medios, de herramientas para “abastecernos de energía”. Si tienes poder para ordenar dispondrás de más tiempo para ti mismo y para los tuyos, otros harán el trabajo por ti, podrás disponer de más tiempo para cultivarte, adquirir cultura y conocimientos. Si tienes poder podrás lograr que tu batería vital, psíquica y espiritual esté cargada de continuo mientras que los demás se las verán y desearán para “enchufarse a la red”.

Es de este poder del que le habla don Juan a Castaneda. La energía es poder y para conseguirla empleamos todo tipo de “añagazas”. Estas son las farsas de control. Hoy vamos a tratar de la compasión.

LA COMPASIÓN

No es mala, al contrario. Se puede decir que en el universo nada es bueno o malo, según y cómo, algo maravilloso, en este caso la compasión, será utilizada como la trampa del cazador para hacerse con la presa. La compasión nos hace empáticos, solidarios, nos permite amar.

Es cierto, pero mal empleada puede ser un arma mortal. Si la empleamos para conseguir cosas que no podemos lograr de otra manera, si intentamos que los demás nos sirvan, si la utilizamos para controlarles, esto deja de ser compasión para transformarse en una poderosa arma de control.

Todos conocemos algún caso, aunque sea por los medios de comunicación, en los que un mendigo que ha estado pidiendo limosna en nuestra ciudad durante muchos años y por el que alguna vez hemos sentido compasión, al morir se descubre que tenía una cantidad importante en el banco. He sido testigo directo de uno de estos casos. Es cierto que no son frecuentes pero nos sirve para ilustrar la farsa de control de la compasión.

Alguien pone cara compungida, se viste con ropas de pordiosero, pide limosna por el amor de Dios, y resulta que está consiguiendo una pequeña fortuna que tiene a buen recaudo en el banco. No ha trabajado, no ha contribuido a la sociedad, se ha limitado a explotar la farsa de control de la compasión para lograr sus metas egoístas. Puede ser cierto que estas personas sean enfermos, que padezcan una severa patología, que su avaricia y mezquindad sea algo más digno de lástima que de reproche. Pero no se trata de esto, sino de cómo esa farsa de control funciona.

Todos conocemos verdaderos “profesionales de la compasión”. Nos piden algo porque no tienen nada y se lo damos, luego resulta que tienen mucho más que nosotros. Están muy “malitos” para no ir a trabajar y luego cuando nosotros pillamos una baja de un día porque nos duelen las muelas a rabiar, es un decir, porque la muela del juicio ha perdido el juicio, entonces se nos echan encima como lobos feroces. Nos cuentan sus desgracias cada vez que los vemos y cuando nosotros les contamos las nuestras se burlan. La muerte de un ser querido es para ellos una espantosa tragedia y en cambio la muerte de uno de nuestros seres queridos es algo “que pasa”, es inevitable, todos tenemos que morir. Nos despachan con la frasecita y en cambio nosotros hemos tenido que pasarnos horas y horas escuchando sus terribles desgracias.

Y así podríamos seguir. Todos conocemos a “profesionales de la compasión” en nuestro entorno. Podríamos pensar que no somos tan tontos como para hacerles caso, que no consiguen lo que buscan porque no somos tontos, que… ¿Es realmente así? Observemos su vida y comparemos los resultados. No tienen nada pero su cuenta en el banco tiene más números positivos que la nuestra. Están siempre muy malitos (¡pobrecitos!) pero si un día fuéramos a una fiesta determinada les veríamos reír y festejar mientras nosotros estamos en casa deprimidos. Consiguen los mejores turnos en el trabajo porque nosotros hemos sentido compasión por ellos. Les hemos escuchado durante horas y horas y luego resulta que ellos se marchan “tan panchos” y nosotros hemos agarrado una depresión de caballo.

Por supuesto que no siempre es así. Hay enfermos muy enfermos y hay personas que se mueren de hambre y hay quienes sufren auténticos tormentos porque se quedan de baja y hacen que los compañeros trabajen más, cuando ellos padecen un cáncer galopante o tienen una depresión que les hace los seres más infelices del mundo. Eso es cierto, pero no estoy hablando de ellos sino de los “profesionales”. Nada más fácil que observar sus vidas y analizar si realmente son tan dignos de compasión como intentan hacernos creer. Si en realidad nosotros tenemos menos que ellos, somos más desgraciados, nuestras condiciones laborales son peores , logramos menos con nuestra autenticidad que ellos con su compasión… entonces, mucho ojo, porque estamos ante auténticos profesionales. Nos vampirizarán nuestra energía y ellos, los mosquitas muertas, vivirán una vida apacible y satisfactoria.

No todo el mundo vale para ser “profesional” de la compasión. Es preciso poseer una capacidad portentosa para ser insensibles, para bloquear la empatía, una capacidad memorable para le desvergüenza, unas facultades interpretativas propias de un actor shakespeariano. Y muchas cosas más. Hay quienes no podríamos utilizar esa farsa de control ni aunque nos estuviéramos muriendo.

Puede parecer que ceder a esta farsa no nos traerá consecuencias. Al fin y al cabo si hemos dado limosna ha sido con la mejor de las intenciones, no importa que el dinero haya ido a parar a la mafia explotadora de turno. Puede parecer que ser compasivo con alguien no nos suponga mucho, pero podemos terminar llevando en la chepa al “pobrecito” de turno. Nos quedamos sin energía, sin tiempo, sin dinero, en medio de una terrible oscuridad. Pero eso no tiene importancia. ¿Es así?

Los enfermos mentales tenemos la tentación de caer en esta farsa. Al fin y al cabo somos frágiles, nos marginan, se burlan de nosotros, no nos dan trabajo, sufrimos mucho y los demás se ríen mientras nosotros lloramos. ¿Por qué no utilizarla para sobrevivir? Craso error, es lo peor que puede hacer un enfermo mental. Lo que consigue es muy poco y las consecuencias negativas de esta farsa de control son terribles. Los demás se aprovecharán y puesto que somos “incapaces” de casi todo tomarán las riendas de nuestras vidas, nos exprimirán cuando tengamos algo de zumo y cuando estemos secos por dentro nos arrojarán al cubo de la basura.

Confieso que durante buena parte de mi enfermedad mental sentí la tentación de caer en esta farsa de control y lo hice. De esta forma ya nunca he podido superar mi fama de “loco” ni obtener la confianza de nadie. Ahora todo el mundo cree que si estoy bien acabaré cayendo y que si estoy mal es porque quiero. Solo cuando decidí actuar como un guerrero impecable, hacer lo que tenía que hacer cuando tenía que hacerlo, sin buscar compasión, afrontando todas las consecuencias, logré empezar a superar mi enfermedad mental.

Esa precisamente es la estrategia para combatir cualquier farsa de control que utilice la compasión como un arma arrojadiza. Hago lo que tengo que hacer cuando tengo que hacerlo, no me siento culpable por no enjugar lágrimas de cocodrilo, no voy a permitir que “un malito cualquiera” me amargue la vida.
No es fácil, de hecho en ciertas circunstancias todos caemos en la trampa y las consecuencias no son moco de pavo. Saber cuándo algo merece nuestra compasión o es una farsa de control es importante, actuar siempre como guerrero impecable es fundamental, y dejar de quejarnos de nuestras desgracias y actuar es lo único que puede hacer un guerrero, su única libertad. No somos libres para evitar las desgracias pero sí lo somos para actuar como guerreros impecables, afrontando cualquier circunstancia vital y enfrentándonos incluso a la muerte bailando la danza del guerrero.





FARSAS DE CONTROL III

31 10 2013

FARSAS DE CONTROL III

Hoy vamos a añadir una cuarta pata al taburete que nos va a permitir sentarnos con cierta comodidad y enfocar las relaciones interpersonales con una perspectiva nueva que nos ayudará a no perdernos en este laberinto.

Antes habíamos tratado la estrategia del guerrero impecable, la ley de los tres círculos y las farsas de control. Hoy haremos un pequeño esbozo del arte de acechar. Pero antes hablemos un poco de una nueva farsa de control.

LA MENTIRA

Se puede decir que todas las farsas de control las aprendemos en la infancia, como una forma de sobrevivir en un mundo de adultos. El niño es frágil y cualquier ayuda le vendrá bien en un juego que no conoce y donde todo el mundo parece hacer trampas.

El niño miente con ingenuidad, con una bondad innata que no haría daño ni a una hormiga. Sus mentiras son descubiertas antes de ser formuladas. Por un momento piensa que la mentirijilla de turno le librará del castigo. No suele ser así, salvo que el niño se haya endurecido y aprendido a mentir con aplomo.
En el mundo de los adultos la mentira es el pan de cada día, la coraza del guerrero que teme asaltos por todos los lados. El adulto vive en una sociedad de mentiras donde la hipocresía es tan aceptable como aceptada. Los políticos nos mienten porque quieren nuestro voto y luego se olvidan de las promesas que nos han hecho, de las mentiras de ayer y hasta de las de mañana. Miente quien quiere el poder o la riqueza o tan solo sobrevivir. La mentira forma parte de nuestra vida cotidiana.

Si la farsa de control de la autoestima consiste en explotar las debilidades ajenas, la farsa de la mentira se basa en engañar al contrario haciendo ver que vas a darle a la pelota para que vaya a la izquierda del contrario y luego se la envías a la derecha. Siguiendo con la metáfora del partido de tenis, podríamos decir que la farsa de la autoestima consiste en explotar las debilidades del otro, si corre poco le hacemos correr, si sube muy mal a la red le tiramos pelotas muy cortas, etc. En la segunda farsa lo que hacemos es amagar, miramos para un lado y tiramos la pelota para el otro. Esperamos a que esté descuidado y “zaca” pelota al cuerpo.

En nuestra vida cotidiana mentimos como bellacos, intentamos por todos los medios sobrevivir en la selva y si para ello debemos camuflarnos como camaleones lo hacemos sin el menor remordimiento. Incluso en el primer círculo, con nuestros seres queridos, con nuestras parejas, la mentira se convierte en algo natural, lo hacemos para evitar la bronca, para ocultar nuestros tejemanejes, para conseguir algo sin tener que organizar una guerra de trincheras…

Esta farsa de control, como las demás, no casa muy bien con las relaciones interpersonales del primer círculo donde debería reinar la confianza, el afecto, la comunicación. Claro que cuando empleamos esta farsa con alguien del primer círculo es que ya lo hemos mandado al segundo o al tercero.
Toda farsa de control, y la mentira más que ninguna, nos aleja de los demás, bloquea la comunicación y el afecto, es solo una trampa para incautos que nos da un breve respiro. A pesar de ello un guerrero impecable la emplea, como emplea cualquier cosa, en un momento determinado, formando parte de su estrategia de guerrero impecable. Así por ejemplo se miente para evitar el acoso de un jefe. Puede que esto no aumente la confianza y la comunicación pero se supone que ya se han perdido y nunca se recobrarán. Se miente a la pareja que quiere controlarnos y que considera que nuestro terreno es también su terreno. Una mentira nos libra de una bronca, quien no ve no sufre.

La mentira es una estrategia de guerra. En la guerra todo vale, dicen algunos. Puede que sea imprescindible para sobrevivir pero no es buena y solo debería usarse cuando el guerrero no tiene otra opción. Evitar males mayores no es una mala estrategia. Sin embargo la mentira también es una tela de araña que nos acabará atrapando. Como dice el refrán, antes se pilla a un mentiroso que a un cojo. La mentira exige memoria, seguridad en uno mismo, meticulosidad, interpretación, es algo así como interpretar el papel de tu vida cuando ni siquiera has ensayado en un escenario de aficionados.
Y aquí avanzamos un paso más para esbozar la cuarta pata del taburete en las relaciones interpersonales: el arte de acechar.

EL ARTE DE ACECHAR

Don Juan le dice a Castaneda que solo hay dos clases de guerreros: los enseñadores y los acechadores. El ensoñador viaja con su mente a mundos extraños y allí encuentra tesoros que le servirán en este. El acechador cambia su punto de encaje a voluntad y se convierte en un maestro de la interpretación. Según le interese será una cosa u otra. El acechador se mueve en la vida cotidiana como pez en el agua, mientras el ensoñador se siente tan a disgusto que mueve su punto de encaje para ir a otros mundos.
Cuando Don Juan le habla a Castaneda del cazador y la presa éste último se siente un tanto desorientado. ¿A qué viene esto? Don Juan le dice que la vida es en realidad una lucha de poder en la que todos somos necesariamente cazadores o presas.

¿Qué hace un cazador? Le pregunta a Castaneda y éste responde: se esconde, se disimula y observa a la presa hasta que pueda echarle el guante. ¿Y una presa? Se mueve de acá para allá, confiada.
Esa es la gran diferencia entre el cazador y la presa. Un cazador es imprevisible, hoy puede esconderse aquí y mañana allí, hoy puede estar detrás de un matorral y mañana detrás de un peñasco. Es invisible y es observador. Observa la conducta de su presa, sus pautas y pronto todo lo que haga la presa se hace previsible. Puede poner las trampas sabiendo que por allí, precisamente por allí, pasará su presa.
Es una buena metáfora. La lucha por el poder no significa matar para subir al trono o llegar a lo alto para aplastar al de abajo. En realidad es algo más sencillo y más sutil. Cuando dominamos al otro, le controlamos, le manipulamos, le estamos robando su energía, nosotros tenemos la batería cargada y el otro vacía. Con la batería cargada podemos movernos mientras el otro se queda tirado. Podemos llamar mientras el otro solo puede dar voces en el desierto. Con la batería llena podemos luchar con la seguridad de que saldremos vencedores. Con la batería baja somos víctimas, presas fáciles. De ahí la importancia ser un cazador, de permanecer invisible observando la conducta de los demás, de resultar totalmente imprevisible para quien nos enfrenta.

En otro capítulo ahondaremos más en este tema. Quienes piensen que es una forma un tanto contradictoria de afrontar las relaciones interpersonales, que se planteen qué está sucediendo ahora con el tema del espionaje y si en un momento determinado, cuando se vieron acosados por el jefe, no hubieran preferido conocer todas sus debilidades que ver cómo él se aprovecha de las nuestras.

Lo ideal es siempre relacionarse en el primer círculo. Lo ideal es la amistad, el afecto, el amor, la comunicación, la confianza…Pero no siempre en la vida es eso posible. Cuando estamos en otros círculos, cuando la supervivencia depende de la buena estrategia del guerrero impecable, cuando incluso tenemos que enfrentarnos a enemigos mortales, en el cuarto círculo, ser cazador y no presa puede ser una cuestión de vida o muerte.





LAS FARSAS DE CONTROL II

23 10 2013

bajaautoestima

FARSAS DE CONTROL II

Si ciertas farsas de control son disculpables, como es el caso de los bebés que deben llorar hasta desgañitarse para que a la madre y a las personas que le cuidan no les quepa la menor duda de su necesidad, y en el caso de los adultos también podría ser disculpable la mentira para evitar el férreo control y manipulación del semejante (la mentira es una poderosa farsa de control que veremos en otro capítulo), lo cierto es que toda farsa de control en el mundo adulto genera problema tras problema y no resuelve ninguno. Hoy vamos a ver una de las más frecuentes, socorridas y efectivas, a pesar de su uso y abuso.

LA FARSA DE CONTROL DE BAJAR LA AUTOESTIMA DEL OPONENTE

Siguiendo con la metáfora del partido de tenis podríamos decir que la técnica de bajar la autoestima al contrario sería utilizar los defectos del oponente para lanzarle pelotas envenenadas. Si sabemos que le va peor el lado derecho que el izquierdo, allí le van las pelotas, si no domina el revés, pelota al revés, si no tiene fondo físico… pues a hacerle correr todo el partido.
La estrategia de la farsa de control para bajar la autoestima del contrario es muy parecida. Todos tenemos defectos, no hay ser humano que sea perfecto. Si bien en el evangelio el maestro Jesús nos pedía que “fuéramos perfectos como nuestro padre celestial es perfecto” lo cierto es que estamos muy lejos de la perfección, quien no cojea ve mal de un ojo o tiene un poco de chepa o tartamudea… y los hay que parecen reunir todos los defectos a la vez. Pues bien, bajar la autoestima al oponente no es difícil, basta con fijarse en sus defectos de carácter más sobresalientes y hablar de ellos. Es curioso pero es habitual entre los que utilizan con frecuencia esta farsa de control que no se conformen con su lengua viperina o su habilidad para el histrionismo o la pantomima, necesitan público que les jalee. Es como si en un partido de tenis un jugador se burlara del contrario y se lo señalara al público, como diciendo: ¡Veis que tonto es este “gachó”!
Cuantos más espectadores le animen y abucheen al contrario… pues más presión para el oponente y mejor le pinta al farsista de turno. Es por eso que muchos “profesionales” no tienen empacho en utilizar esta farsa con otro en público. Los “no profesionales” huyen de se indiscretos y procuran que el partido se juegue en la intimidad, en casita.
Esta farsa de control se utiliza tanto en el primer círculo de las personas queridas como el segundo de “los conocidos y ya es bastante” o incluso en el tercer círculo, el de los desconocidos. Hay quienes son capaces de utilizarla al segundo siguiente de serles presentada una persona. Ya comienzan a decir en voz alta y sin la menor vergüenza que el otro es esto o es lo otro. Si se lo ha presentado una persona querida del primer círculo son capaces de comentar en voz alta, para que el otro se entere “bien enterado” de que le sobresale demasiado la nariz o le bizquea un ojo. Las personas queridas que no son profesionales de estas farsas se sienten avergonzadísimas y procuran que la otra persona les presente a muy pocos desconocidos. Ya les han dicho un millón de veces que no soportan que hagan esos comentarios en voz alta, pero que “si quieres arroz Catalina”, no hay manera, repiten y repiten la farsa de control hasta encender de rabia a quienes procuran ser discretos.
El argumento que suelen emplear estos descarados es más o menos éste: “Yo no soy un hipócrita, digo lo que pienso, no ando por ahí poniendo paños calientes, si uno es bizco le digo que es bizco y si tuerto que es tuerto”. Claro que parece que no quieren darse cuenta de una ley elemental de la física: donde las dan las toman. En un partido de tenis podríamos decir que si te han mandado una bola al cuerpo, con toda intención, donde más duele, tu podrás tener serias dificultades en devolver la pelota y el punto será del otro, pero hay muchos puntos en un juego y se la guardas… ¡vaya si se la guardas!

LA FARSA DE CONTROL EN EL PRIMER CÍRCULO

Todos hemos visto algunos programas televisivos, comedias sobre parejas o matrimonios, donde el marido le dice a la esposa, por ejemplo, que es una foca y ella le responde que él es un tortugo, un hipopótamo y un rinoceronte a la vez. Claro que es un diálogo metafórico y ficticio, aunque no se aleja mucho de la realidad. La peleas matrimoniales, las broncas, están sembradas de farsas de control para bajar la autoestima al contrario. Tu eres… y tú más… y el doble… y el triple… Esto es muy común en la infancia, lo que significa que los adultos en realidad no evolucionamos tanto como nos gusta pensar.

Mi hija Sara, para quien va un cariñoso besito por si se le ocurre leer esto, llama a estos diálogos, “diálogos de besugos” y con toda razón. No sé quién inventaría la frase pero la verdad es que lo bordó porque los peces no hablan, se lanzan burbujitas unos a otros, burbujitas que estallan y no pasa nada, el agua sigue tan tranquila y los demás peces ni se inmutan, pero hay que jugar el partido de tenis, pelota tras pelota, a ver si el otro termina agotado y pidiendo la hora.

A mí me sucede en mi relación de pareja y a todo el mundo (si hay alguno al que no le suceda que se ponga en contacto conmigo porque quiero saber el truco). Cuando tu pareja te echa en cara esto o aquello, que puede ser verdad y muchas veces lo es, no te limitas a tomar la pelota del suelo, guardarla en el bolsillo y decirle: “punto, juego, set y partido, tú ganas”. No, no hacemos eso, tenemos que seguir ese estúpido juego del peloteo. Le respondemos que ella es esto o es lo otro y que basta ya de pedirnos que cambiemos si ella no cambia y… Estos partidos son interminables, agotadores y nadie gana y todos pierden, hasta el perrito que pasaba por allí y que puede recibir una patada perdida si se descuida.

Es común en la pareja y entre hermanos y padres e hijos y primos y tíos y… Aquí todo el mundo gusta de jugar, a ver si da muchos pelotazos y no recibe ninguno. Lo que suele pasar es que de tanto pelotazo mandamos al otro al tercer círculo y él nos manda a nosotros y nos comportamos como dos desconocidos, y no nos hablamos, ni nos miramos, y procuramos que uno esté en el polo norte y el otro en la Antártida, o lo que es lo mismo, que uno esté en el salón y el otro en la cocina, uno en el retrete y el otro en el dormitorio. Lo cierto es que estés donde estés siempre hará un frío que pela porque el ambiente es gélido, realmente gélido.

Como esta farsa de control se las trae, dejaremos el tema por hoy y hablaremos más y mejor del “gobierno” en próximos capítulos. Buscaremos sus mecanismos, quiénes la utilizan, cómo, para qué y sus efectos devastadores. La solución es casi siempre la misma: “punto, juego, set, partido, tú ganas, la bola queda en mi terreno, concretamente en mi bolsillo, pero no quiero seguir con el partido, esto se acabó-yseacabó-yseacabó y ya está”. Es la única forma de que el maldito partido se acabe de una vez.
Continuará.





LAS FARSAS DE CONTROL I

17 10 2013

CURSILLO DE YOGA MENTAL

APÉNDICES

CÓMO ENFOCAR LAS RELACIONES INTERPERSONALES

Como ya os dije en las diferentes recapitulaciones que hemos estado haciendo a lo largo del cursillo, para un enfermo mental las relaciones interpersonales son una piedra de toque de su enfermedad y una necesidad ineludible. Sin buenas relaciones interpersonales un enfermo mental jamás podrá mejorar lo suficiente como para sobrellevar su enfermedad con una calidad de vida mínima.

También os dije que asentaríamos este taburete sobre tres patas:

-LA ESTRATEGIA DEL GUERRERO IMPECABLE
-LA LEY DE LOS TRES CÍRCULOS.
-LAS FARSAS DE CONTROL

ESTRATEGIA DEL GUERRERO IMPECABLE

Ya os di el archivo de las máximas del guerrero impecable que podéis consultar también en el blog. Recordad que hay una máxima básica y una estrategia. Aquí veremos luego todo lo referente a la estrategia del guerrero impecable a través del arte de acechar.

MÁXIMA DEL GUERRERO IMPECABLE
“Un guerrero impecable hace lo que tiene que hacer cuando tiene que hacerlo y confía en que las poderosas fuerzas que controlan el universo le sean favorables”.

LA LEY DE LOS TRES CÍRCULOS

Vimos que en el primero están los seres queridos, en el segundo los conocidos con los que mantenemos una relación más o menos amistosa y en el tercero los desconocidos a los que intentamos acercarnos o ellos intentan aproximarse a nosotros. Podríamos hablar de un cuarto círculo donde están las personas que no solo son desconocidas sino a las que incluso hemos anulado, como si no existieran, sería el círculo del odio, el auténtico círculo infernal.
Las relaciones interpersonales en los tres círculos están mediatizadas por la conducta de las farsas de control que vamos a ver a continuación.

LAS FARSAS DE CONTROL

Voy a citar un párrafo del libro de James Redfiel donde se habla de qué son las farsas de control.

“Y la cuarta expone la tendencia humana a robar energía de otros seres humanos a través de ejercer el control de éstos sobreponiéndonos a su mente, un crimen que cometemos porque con demasiada frecuencia nos sentimos vacíos de energía y desconectamos. Esta carencia de energía puede remediarse, por supuesto, cuando conectamos con la fuente superior. El universo nos proporciona toda la que necesitamos, sólo con que nos abramos a él. He aquí lo que revela la quinta revelación.
(…) nuestro estilo particular de control sobre los demás es un truco que aprendimos en la infancia para atraer la atención, (…) “la farsa de control”.
Lo llamo farsa porque es una representación, con la que estamos familiarizados igual que con muchas sucesivas películas, para la cual escribimos el guión siendo niños. Después hemos repetido la escena un número incontable de veces en nuestra vida cotidiana, sin percatarnos. (…) si estamos repitiendo sin cesar una determinada escena, entonces las restantes escenas (…) marcadas por las coincidencias, no pueden desarrollarse.

EL PARTIDO DE TENIS DE LAS FARSAS DE CONTROL

Esta metáfora no la utiliza James Redfield en su libro pero se me ha ocurrido a mí para visualizar con más claridad cómo funcionan las farsas de control y sus efectos en nosotros.

Vamos a imaginarnos que estamos jugando un partido de tenis con otra persona, de forma virtual o psíquica, digamos. El partido consiste en que la pelota, metafóricamente hablando, esté siempre en terreno contrario. Eso es en realidad un partido de tenis normal, un jugador le da un raquetazo a la pelota y la manda por encima de la red (límite del terreno personal) a terreno contrario, allí el otro la recibe, la da otro raquetazo y la devuelve. Digamos que uno saca, el otro devuelve de drive con la derecha, el otro devuelve con un buen revés y así sucesivamente. Esto en un partido de tenis funciona hasta que uno falla, punto para el otro, cuando obtiene tantos puntos tiene un juego, cuando obtiene tantos juegos tiene un set y cuando tiene tantos sets tiene el partido ganado. No puede haber empate, uno siempre es el ganador.
En el partido de tenis de las farsas de control nunca hay un ganador, ni siquiera se puede empatar el partido, los dos jugadores siempre pierden. ¿Por qué sucede así?
En otro capítulo estudiaremos detalladamente las principales farsas de control, ahora voy a hablarles de una para que nos sirva para visualizar el partido que estamos jugando.
FARSA DE CONTROL DE LA BAJA AUTOESTIMA
Consiste en mostrar al otro algún defecto de carácter que suele ser real aunque tal vez no tan extremado. Pongamos por ejemplo que un jugador saca la pelota diciendole al otro: Eres tan tonto que nadie te dice nada por miedo a que no lo entiendas. Bien la pelota ya está en terreno contrario. Ahora es el otro el que tiene el problema. Responde con un drive de derecha: Eres tan listo que todos los tontos, que somos muchos, huímos de tí como del mismo demonio. Ya tenemos la pelota en terreno contrario, ahora el otro responde con un revés, pongamos por caso… etc. etc.
El partido puede seguir indefinidamente, durante toda la eternidad, si los jugadores no lo dejan. No hay vencedores porque en cualquier momento el otro puede devolver la pelota. Digamos que la meta del juego consiste en que la pelota esté en terreno contrario para que el otro se canse, se enfade, pierda el control (de ahí el nombre, farsas de control). De esta manera le estamos vampirizando la energía porque al contrario de lo que sucede en un partido de tenís real, si uno se cansa el otro se aprovecha pero no está mejor físicamente, no le sorbe la sangre, como si fuera un vampiro. En las farsas de control la energía que uno pierde devolviendo la pelota el otro la consigue como si fuera un vampiro psíquico, es decir que el agotamiento del otro es porque el uno le está robando la energía.
Se supone que tendría que haber un ganador puesto que el vampiro se queda con toda la sangre del otro, pero esto no es así porque como sabemos siempre podemos devolver la pelota. Si uno le dice al otro que es tonto, le está robando la energía, pero si el otro responde que él es demasiado listo, la pelota está en su terreno, se cansa intentando devolverla y esa energía la absorbe el otro. Esto es algo parecido al cuento de la buena pipa que me contaba mi padre: Niño, ¿quieres que te cuente el cuento de la buena pipa? Si yo respondí que sí, él me decía si realmente quería que le contara el cuento y si decía que no el me respondía que me lo pensara mejor y si no me interesaría que me contara el cuento de la buena pipa. Esto es un juego eterno, sin principio ni fin, como las comidas del Buscón de Quevedo, y donde todo el mundo pierde, porque quien gana un punto pierde otro y así sucesivamente.
En el siguiente capítulo hablaremos de las farsas de control más comunes, de su efecto en nosotros y de cómo debemos evitarlas a toda costa salvo que la estrategia del guerrero impecable nos pida que la utilicemos como último recurso.
La forma de acabar con este partido de tenis es la siguiente: Tomas la pelota del suelo, la guardas en el bolsillo del pantalón y le dices al otro: punto, juego, set y partido. Has ganado. Estoy harto de este partido. Se acabó. Hasta pronto. Chao.

Ya hermos terminado el partido y acabado con las farsas de control.