RELATOS DEL OTRO LADO Y VI

20 05 2017

UN ENFERMO BIPOLAR Y VI

Mi vida como enfermo mental está repleta de recuerdos ridículos, patéticos, pero éste supera a muchos. Cuando pienso en ello y en las razones que me llevaron a una conducta tan estúpida y sin sentido no puedo por menos de recordar la desesperación que me ha acompañado a lo largo de toda mi existencia desde aquel momento terrible en que mi vida pendió de un hilo, en el que alguien que se creía casi omnipotente, decidió jugar conmigo, como una especie de cruz en la doble cara divina, una especie de dios malvado que juega a los dados, algo que no haría el dios einsteniano.

Debo remontarme años atrás. Acababa de salir del despacho del doctor… donde éste me había anunciado que yo le había decepcionado profundamente. Le había suplicado, casi de rodillas, que me dejara salir a Madrid. Necesitaba sentirme libre, aunque fuera por unas pocas horas. El había confiado en mí, haciendo un gran esfuerzo, porque yo no me merecía aquella confianza. ¿Y cómo le pagaba? Ni siquiera me lo había pensado, había ido directamente a la boca de metro más cercana y allí me arrojé de cabeza al primer tren que pasó. Estaba vivo de milagro, pero eso no era lo peor, lo peor era que había decepcionado su confianza en mí. De haber muerto él se habría sentido culpable el resto de su vida y aunque nadie le hubiera pedido responsabilidades por aquel error su carrera habría quedado seriamente dañada.

Me había tratado como a un hijo y yo le respondí como una bestia sin entrañas, haciéndole el mayor daño posible, un daño inimaginable. Merecía quedarme allí internado el resto de mi vida, encerrado para siempre. Incluso ese castigo era poco para mi gran pecado. Sí, lo iba a hacer. No, no cambiaría de opinión por mucho que yo le suplicara, ya no creía en mí, era peor que una bestia.

A pesar de toda la medicación que llevaba encima la rebeldía que sentí, el odio feroz hacia aquel doctor omnipotente y hacia toda la especie humana, fueron superiores al atontamiento de la mente y la catalepsia del cuerpo. En medio de un comedor vacío apreté los puños hasta clavarme las uñas en la piel, rechiné los dientes, alcé la cabeza al techo, buscando a Dios y maldije a todo y a todos, maldije a la vida, a los seres humanos, al mismísimo Dios. Y juré que aunque pasara allí el resto de mis días, nunca perdería la dignidad como ser humano, podían encarcelar mi cuerpo, pero mi mente era libre, mi consciencia era dueña y señora y nadie podría nunca esclavizarla.

Cuando analizo la causa profunda de mis muchas conductas patológicas, la raíz de ciertos comportamientos inexplicables, me encuentro siempre con este momento. Es algo que permanece siempre ahí, escondido en el fondo de mi mente, aunque ni siquiera lo recuerde, sigue acechando, como un reptil maligno y venenoso, dispuesto a terminar con la especie humana si eso fuera posible. Estaba harto de disimular, de clavar la mirada en cualquier sitio, para intentar ocultar aquel impulso maligno. Como un demonio de pacotilla decidí que mirar fijamente los pechos de la doctora, imaginando lo que había bajo la ropa, desnudando su cuerpo con mi mente, era un acto propio de un demonio que había decidido dejar de luchar contra su naturaleza y pasarse el resto de su existencia siendo malo, tan malo que el propio Dios debería intervenir para terminar con su existencia.

La entereza de aquella mujer puso de manifiesto lo ridículo de mi conducta. Se limitó a hacerme ver lo que estaba haciendo, a preguntarme si le gustaban sus pechos y a decirme que mi comportamiento era inaceptable, propio de un hombre grosero y maleducado. Pocas veces en mi vida de enfermo mental me he sentido tan idiota. Por eso cuando se habla de enfermos que son capaces de las mayores atrocidades, incluso de matar casi sin parpadear, recuerdo aquel momento y me digo que si incluso alguien como yo, un suicida desesperado, alguien que no tiene nada que perder, que ha sido amenazado con pasar toda su vida encerrado en un frenopático, que ha lanzado una espantosa maldición sobre todo bicho viviente, a lo más que llega cuando quiere ser malo es a mirar los pechos de una mujer como si estuviera en toplés, entonces los enfermos que matan tienen que haber pasado todas las barreras imaginables, tienen que haber sido malas personas antes de ser enfermos. Cuando alguien decide matar cruza la línea roja de la consciencia, renuncia a toda empatía, decide pasar al otro lado del abismo que separa el bien del mal. Incluso en un estado de absoluta pérdida de control el ser humano sigue siendo libre. Yo lo fui entonces, cuando pensé seriamente en matar a aquel doctor a la primera ocasión. Podría haber vuelto a su despacho, haberme lanzado contra él, haber puesto mis manos en su cuello y apretar sin compasión hasta percibir su último suspiro. Podría haberlo hecho… pero no lo hice.

Elegí permanecer encerrado de por vida antes que quitarle la vida a otro ser humano. Recuerdo que todo aquello pasó por mi cabeza en aquellos momentos, los más terribles de mi vida, porque si morir es duro, vivir encerrado en un frenopático hasta la muerte aún lo es más. Creo que de allí han nacido todas las conductas esperpénticas que he desarrollado a lo largo de mi vida como enfermo mental. Cualquier cosa es mejor que matar a otro ser humano. Creo que incluso si alguien intentara matar a un ser querido me costaría dar ese paso.

Cuando salí de aquel despacho me sentí tan humillado que tal vez, aunque me cueste creerlo, fuera la semilla que me llevaría a dar el paso definitivo, a dejar la medicación, la terapia y a luchar contra mi enfermedad a pecho descubierto, aceptando y asumiendo todos los riesgos, asumiendo una posible muerte por suicidio.

A lo largo de mis estancias en psiquiátricos he llegado a conocer a todo tipo de enfermos mentales, muy pocas veces alguno de ellos me dio la impresión de ser una mala persona, maligna, venenosa, infernal. Como yo mismo, la mayoría de ellos luchaban contra fuerzas inexplicables que les superaban, faltos de voluntad no eran capaces de dar un paso en la dirección correcta, aunque a cualquier persona normal le hubiera parecido lo más fácil del mundo. He hablado con depresivos para quienes la muerte era la única solución posible a sus problemas; con drogadictos que no podían imaginarse verse libres de esa esclavitud; con alcohólicos para quienes la posibilidad de encontrar una alternativa al alcohol cada vez que tenían que enfrentarse a sus problemas era algo inimaginable, un milagro, y ellos no creían en milagros; con ludópatas que parecían luchar a brazo partido con el destino, intentando doblarle la mano para que el dado mostrara la cara de la vida y no de la muerte; con mentes pilladas en un bucle eterno como trampa de un demonio infernal. No he podido hablar con viejos enfermos babeantes, de mirada extraviada, a quienes había que dar de comer a la boca y cambiarles los pañales, con enfermos sufriendo un brote psicótico o esquizofrénicos que me confundían con cualquier personaje histórico, no he podido hablar con la mayoría de aquellos enfermos que poblaban los corredores de mis días y las pesadillas de mis noches, pero aún así he decidido ponerme en su piel y narrar estas historias del otro lado, para que todo el mundo comprenda que aún en la muerte hay vida, que aún en el basurero crecen flores, que aún en lo que consideramos la noche oscura y absoluta de la consciencia aún hay una luz que se tambalea, buscando la salida.

Hablaré de aquel piloto de aviación, internado conmigo en un psiquiátrico, que luchaba a brazo partido con la depresión y no podía soportar pensar en que se podía quedar sin trabajo y su esposa y sus hijos le podían abandonar. Hablaré de aquel esquizofrénico perfectamente trajeado y encorbatado que me confundió con Julio-César y a quien sin querer provoqué una grave crisis al negar que yo fuera en efecto un personaje tan afín a mi propio nombre César-Antonio. Hablaré de aquel hombre maduro, alcohólico, con quien compartiera habitación en un psiquiátrico, en mis primeros pasos como enfermo mental. Hablaré de aquella mujer, funcionaria de prisiones, que no era capaz de superar el ambiente de trabajo y a quien su marido visitaba dándole mucho cariño, y que parecía tan normal que yo no entendía qué hacía allí, con todos nosotros. Hablaré de todos aquellos compañeros de reclusión frenopática que aún recuerdo y de aquellos que conocí en la vida civil, llamémosla así, y contaré más historias del otro lado, el lado oculto de la luna, el que nadie puede ver y no se atreve a imaginar.

Pero antes debo rematar esta historia que tanto me ha costado escribir y luego tomarme un respiro para iniciar la siguiente. Alguien pensará que no tiene el menor sentido recordar tanto dolor, bucear en un pasado que está muerto, intentar describirles a los demás el lado oculto de la luna, que no les interesa lo más mínimo y que ni siquiera quieren imaginar. Hay que rescatar todo dolor oculto, olvidado, enterrado en los cementerios, en las fosas comunes, en lo más profundo de las almas de las víctimas, en los sumideros de la vida, porque es este dolor el que abonará la nueva tierra donde se construirá la nueva Jerusalém espiritual. La oscuridad aborrece que el dolor salga a la luz, porque cada dolor de una vida es la antorcha que ilumina el camino del futuro. Los demonios de la maldad intentan ocultar el dolor que causan, el dolor de las víctimas, de sus seres queridos, el dolor de los niños emponzoñados por armas químicas, muertos en cualquier playa o costa, el dolor de los supervivientes de los bombardeos, de los atentados terroristas, el dolor que genera una sociedad injusta y demencial solo preocupada por lo material y los placeres hedonistas que buscan conseguir a cualquier precio. El dolor de las personas con enfermedad mental y sus familiares también debe ser rescatado, porque aunque parezca que en él nadie tiene la culpa, como en las catástrofes naturales, la sociedad también es culpable y todos debemos enjugar tantas lágrimas con las dosis necesarias de cariño. Porque en el juicio final, en el apocalipsis que se avecina, solo este dolor podrá ser utilizado para equilibrar la balanza de la justicia divina, de la justicia kármica, desequilibrada por tanta violencia gratuita y tanta maldad.

Cuando salí de aquel despacho, cuando mi esposa regresó a la soledad del hogar, yo me refugié en mi habitación, me encamé hasta que me obligaran a salir del cubil y allí rumié todo lo que había pasado, todo lo que me quedaba por hacer.

Mi hermano, el enfermo bipolar, sufrió un gran cambio a raíz del episodio que he narrado, y también, sin duda, debido a la medicación que iba produciendo su efecto. Al verle caminar apagado por los pasillos y entrar en mi habitación a paso de tortuga, después de llamar cortésmente a la puerta, nadie hubiera dicho que se trataba de la misma persona, el cambio era tan radical que me sentí anonadado, compungido y aún más deprimido de lo que estaba. Me pregunté cómo lo prefería y me dije que no tenía la menor duda, por muy incordión y pesado que fuera como huracán, ciclón o torbellino, era infinitamente mejor verlo así que como un zombi, decaído, alicaído, tan tristón que me recordó a Tristón, la famosa hiena de los dibujos animados que me gustaba ver en mi infancia. Me pregunté si eso era curar a un enfermo y me respondí que eso era hibernarle, sacarle de la circulación, convertirle en un vegetal, para que no incordiara, pero eso no era curar a nadie, que Dios me librara de ser curado de esa terrible forma.

Y allí fue donde comenzó a incubarse mi rebeldía y donde comencé a rumiar la decisión que cambiaría mi vida. Los días que siguieron fueron muy tristes, por suerte me dieron pronto el alta. Mi hermano bipolar me pidió las señas al despedirme de él y me escribió durante un tiempo, luego dejó de hacerlo o yo dejé de contestarle porque volvía a estar mal o puede que ambas cosas a la vez. No volví a saber de él. Con el tiempo conocería a más hermanos bipolares y todos me parecieron clavados, puede que con los ciclos más cortos o más largos, más histriónicos o menos, pero todos igualmente sometidos a esa espantosa oscilación que supone la montaña rusa del ánimo en un enfermo bipolar. Puede que yo mismo sea un enfermo bipolar o tenga algo de bipolar, de acuerdo a las nuevas etiquetas que se confeccionaron después de que fuera diagnosticado por primera vez. De ser así mis ciclos son muy irregulares, largos periodos depresivos y otros en los que me siento eufórico, pasado de revoluciones, agresivo, despectivo, cínico, delirante, el rey del mambo. Pero estos periodos suelen ser mucho más cortos, porque basta un episodio de mala suerte, no ya dramático, una pequeña bronca, un traspié en cualquier terreno para que la euforia se transforme en una profunda depresión y el rey del mambo se convierta en un “Ceniciento” que trata de escapar por la chimenea. No hay derecho a que algunas personas pasen por esos ciclos infernales, incapaces de encontrar un mínimo equilibrio en alguna parte, pero hasta ahora no se ha descubierto ese clic que apaga o enciende una bombillita en el cerebro del enfermo bipolar. La medicación no deja de ser otra cosa que curar una gripe a puñetazos, encontrar la medicación perfecta y equilibrada para el enfermo bipolar es como buscar la piedra filosofal que lo transmuta todo, nunca se acaba encontrando.

Aquel sería mi último internamiento, Carmen sería la última psiquiatra que me trataría, faltaba ya muy poco para que diera el paso feroz y definitivo de abandonar la medicación, las terapias, para decidir que prefería sufrir sin anestesia que pasarme la vida anestesiado, que prefería morir de pie que vivir de rodillas. Sería una etapa terrible, pero mil veces preferida a mi etapa como vegetal ambulante.

En el próximo episodio retrocederé en el tiempo, hasta aquel internamiento eterno e infernal en el psiquiátrico Alonso Vega de Madrid. Tenía yo unos veintidós o veintitrés años y no era mi primer internamiento, antes había estado en el psiquiátrico Santa Isabel de León y en el de San Juan de Dios, en Palencia. Allí conocería al esquizofrénico que me confundió con Julio-Cesar o Napoleón, ya no lo recuerdo, y al piloto de Iberia que había caído en una terrible depresión cuando lo tenía todo, un maravilloso trabajo muy bien remunerado, una bella y maravillosa mujer, unos hijos muy cariñosos, una buena casa, una buena vida, y sin embargo la enfermedad mental no le respetó, como no respeta a nadie. También conocería a mi buen amigo…un alcohólico que me invitaría al salir a su piso, con el que conviviría casi tres años y al que vería morir de cirrosis hepática a los treinta y tres años. Su historia la cuento aparte, en la serie “Algunas historias sórdidas”. Conocería al grupo de abueletes que vivían perpetuamente en el nirvana, con la baba cayendo de la comisura de sus bocas. El doctor que me trató seguramente habrá fallecido hace ya tiempo porque yo era muy joven y él un madurito, tal vez todo el personal haya fallecido o esté ya muy mayor, nadie me recordará y puede que hasta mi historia clínica se haya perdido. Con la llegada de la antipsiquiatría todo cambió y los enfermos salimos al asfalto con una mano delante y otra detrás, nos arrojaron desnudos al frío del invierno, sin una triste manta sobre nuestros hombros. Cada enfermo sobrevivió como pudo, aunque desde luego yo siempre preferiré la nueva etapa a aquella en la que te podían condenar a cadena perpetua en cualquier psiquiátrico y no podías esperar que un milagroso “habeas corpus” te sacara de allí.

Aún no sé si comenzaré este segundo episodio de Relatos del otro lado con el piloto de Iberia o con cualquier otro enfermo que me venga a la mente, superados los bloqueos para olvidar lo que siempre llamé “La etapa negra” de mi vida, o mi temporada en el infierno, recordando a Rimbaud. Si las personas que nos han despreciado y nos desprecian por nuestra condición de enfermos mentales supieran lo fácil que resulta caer en la enfermedad mental y acabar en un psiquiátrico, como yo, intentarían caernos simpáticos a cualquier precio, no fuera que les echáramos el mal de ojo. Esta serie de relatos del otro lado pretende tan solo mostrar a quienes nunca dieron un paso más allá de la línea, que al otro lado no hay monstruos, solo seres humanos como tú y como aquel, que habéis tenido la suerte de no conocer qué es la enfermedad mental, ni en vuestra propia piel ni en la de algún ser querido.

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MÁXIMAS DEL GUERRERO IMPECABLE XI

18 05 2017

CÓMO LUCHA UN GUERRERO IMPECABLE

Castaneda

EL DON DEL ÁGUILA

CARLOS CASTANEDA

-El reto de un guerrero es llegar a un equilibrio muy sutil de las fuerzas positivas y negativas. Esto no quiere decir que un guerrero debe luchar para tenerlo todo bajo control, sino que debe luchar por enfrentar cualquier situación concebible, lo esperado y lo inesperado, con igual conciencia.

-Para un guerrero era normal olvidar lo que acontece cuando las acciones ocurren en el lado izquierdo.

-Después de luchar toda una vida, el guerrero termina, por supuesto, borrándose, pero esa lucha deja mellas en el hombre. Se vuelve reservado, siempre en guardia contra sí mismo.

-La obsesión por los secretos es la manera como pagan los hombres por ser importantes en esta sociedad. La contienda es solo para los hombres porque les agrava el tener que borrarse y encuentran maneras curiosas de reaparecer, como sea, de vez en cuando.

-Aplica toda la concentración que tienes para decidir si entras o no en la batalla, porque cada batalla es de vida o muerte. Este es el tercer principio del arte de acechar.

-Un guerrero debe estar dispuesto y listo para entrar en su última batalla, al momento y en cualquier lugar. Pero no así nomás, a la loca.

Castaneda 2

VIAJE A IXTLAN

-Un guerrero jamás vuelve la espalda al poder sin pagar los favores recibidos.

-Enseñar al espíritu a ser impasible.

-Un guerrero se entera de muchas cosas fijándose en las sombras.

-Un guerrero trata siempre de afectar la fuerza de hacer cambiándola en no-hacer. Hacer sería dejar la piedra por ahí, porque no sería más que una piedrita. No-hacer sería tratarla como si fuera mucho más que una simple piedra. En este caso la piedrita se ha empapado de ti durante largo rato y es tú y por eso no puedes dejarla ahí nomás, sino debes enterrarla. Pero si tuvieras poder personal no-hacer sería convertir esa piedra en un objeto de poder.

-De ahora en adelante lo que importa es la estrategia de tu vida.

-Puedes ir a donde se te antoje, pero si vas debes aceptar la entera responsabilidad de ese acto… Un guerrero vive su vida estratégicamente. Solo asiste a una fiesta  o a una reunión así, en el caso de que su estrategia se lo pida. Eso significa, desde luego que tiene un dominio total y realiza todos los actos que considera necesarios.

-¿Y sino sobrevivo?

Un guerrero nunca se entrega a esos pensamientos. Cuando tiene que actuar con sus semejantes un guerrero sigue el hacer de la estrategia, y en ese hacer no hay victorias ni derrotas, solo hay acciones.

-El hacer de la estrategia implica que uno no está a merced de la gente.

-Si quieres sobrevivir debes ser claro como el cristal y estar mortalmente seguro de ti mismo.

-Los videntes se enfrentan a grandes enemigos creados por el mismo conocimiento que los guerreros buscan.

-El mundo cotidiano es indolencia, imprudencia e importancia personal.

-Los guerreros se preparan para tener conciencia y la conciencia total solo llega cuando ya no queda en ellos nada de importancia personal. Solo cuando son nada se convierten en todo.

-Los guerreros están en el mundo, realmente, con el fin de entrenarse a ser testigos sin prejuicios para así descubrir y entender el misterio que somos.

-Para ser un guerrero sin par uno tiene que amar la libertad y uno tiene que alcanzar una despreocupación, un desinterés supremo.

-El hombre moderno ha abandonado el reino de lo desconocido y de lo misterioso y se ha instalado en el reino de lo funcional. Le ha dado la espalda al mundo de los presentimientos y el júbilo y le ha dado la bienvenida al mundo del aburrimiento.

-Sabes que es imposible hacerlo, pero mientras sea algo que debas hacer, tienes que hacerlo.

Castaneda 3





CARTAS SOBRE EL ENFERMO MENTAL VII

12 05 2017

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Manzanares 19-06-2016

Hola amigo: Hoy procedo a contestar tu segunda pregunta.

Por mi experiencia, el enfermo mental, incluso cuando está bien,
bloquea una serie de mensajes que no puede aceptar ni asumir y con los
que no puede vivir. Este bloqueo es mucho más intenso, por supuesto,
cuando sufre una crisis depresiva o psicótica, entra en delirio y se
aleja visceralmente de la realidad.

-El enfermo mental no es capaz de aceptarse  a sí mismo, ni como
cuerpo, suele despreciar su propio cuerpo aún en el caso de enfermos
con un cuerpo físico más que aceptable y atractivo, ni como persona,
siempre ve su imagen distorsionada en el espejo y de alguna manera se
considera un monstruito, ni como ser social, tiene serias dificultades
para la socialización puesto que considera que ya ha sido rechazado de
forma contundente y no siente ningún interés en esforzarse para volver
a ser readmitido.

-Rechazo del propio cuerpo. Es algo curioso e intrigante.
Recuerdo que de joven, tengo fotos, poseía un cuerpo joven, vital,
cuidado, practicaba deporte, no tenía los problemas que tuve con la
obesidad con posterioridad, debido en parte a la medicación que nos
cambia el metabolismo. Mirando ahora aquellas fotos soy consciente de
que mi nulo éxito con las mujeres se debió a mi enfermedad mental y no
a mi físico. Y sin embargo recuerdo muy bien que en aquellos tiempos
también rechazaba mi cuerpo, no me gustaba, lo consideraba defectuoso
y no me sentía satisfecho con el cuerpo que me había tocado en la
tómbola de la vida, como decía. Este rechazo al propio cuerpo puede
nacer de la sensación de ser un vehículo frágil, fugaz, que no refleja
nuestra verdadera personalidad. Nos recuerda la muerte, nuestra
mortalidad y la fugacidad de la vida y por lo tanto la inutilidad de
hacer cualquier esfuerzo para conservar y mejorar nuestro cuerpo
físico.

Los enfermos mentales cuidamos muy poco nuestros cuerpos
físicos, es más fácil que tengamos una patología de falta de higiene,
de limpieza, de caos y desorden con nuestras cosas, que no controlemos
la alimentación y tengamos problemas de obesidad o trastornos de la
alimentación, que el caso contrario. Aunque es cierto que hay enfermos
mentales con patologías severas, obsesivo-compulsivas, que no pueden
controlar y que les llevan a una obsesión incontrolable respecto a la
limpieza, la higiene, el orden en la casa, en sus ropas, en su vida.
Resulta curioso que estas patologías pasen más desapercibidas que las
mencionadas anteriormente y que caracterizan mucho al enfermo mental.
Si alguien ve a una persona desaseada, falta de higiene, poco
preocupada por la salud, viviendo en un perpetuo caos, muy cercana al
síndrome de Diógenes en el que se acumula toda clase de cosas inútiles
y se convierte el hogar en una especie de almacén putrefacto, lo
primero que piensa es que se trata de un enfermo mental. En cambio
cuando se ve a una persona que dedica un tiempo exagerado a la
limpieza de la casa, con una obsesión insufrible para los que conviven
con ella, que no soporta una mota de polvo, que sufre miedos
patológicos a ser contaminada por bacterias y virus, que lo limpia
todo, obsesionada por la comida natural, puesto que la otra produce
cáncer,etc. la mayoría de la gente nunca la considera como una enferma
mental, salvo que con el tiempo se den cuenta de que su vida está
dedicada a eso y es incapaz de convivir con otras personas puesto que
convierte en un infierno sus vidas.

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He conocido personas así que antes o después acaban siendo
diagnosticadas como enfermos mentales y puestas en tratamiento para
evitar un grave deterioro de su psiquis. Sin embargo la imagen más
común del enfermo mental es la de una persona mal vestida, sucia, que
se cuida muy poco, que ni siquiera es consciente de cosas tan
elementales  como tener abierta la bragueta del pantalón (me ha pasado
y me sigue pasando cuando estoy mal). Me atrevería a decir que el
rechazo del propio cuerpo es el rechazo de nuestra mortalidad, no
podemos identificarnos con algo que va a morir y que se deteriora a
ojos vistas en el tiempo, no somos el cuerpo que tuvimos de niños, ni
el de adolescentes o jóvenes, no nos gusta el cuerpo que tenemos
ahora, como personas maduras. ¿Cuál es nuestro cuerpo en realidad?
Recuerdo que de niño, con seis años, me senté frente a la tapia del
cementerio del pueblo donde vivía y me imaginé los huesos de las
personas allí enterradas. ¿En eso acaba todo? Sufrí una angustia
terrible, que ahora identifico como propia de mi enfermedad. Me dije
que el ser humano era algo más que eso, mucho más, era un ser de luz,
un alma, un espíritu. Aquel fue el comienzo de mi visión
espiritualista de la vida.

Muchas veces las patologías del enfermo mental nacen de
auténticas realidades, de grandes verdades, que otros rechazan y que
sin embargo el enfermo mental asume con demasiada intensidad. Muchas
veces he contestado a quienes me reprochaban mi profunda tristeza ante
la vida que ellos no eran alegres sino inconscientes. La huída de la
gran realidad de nuestras vidas, la de que somos mortales, no
significa alegría y vitalidad, es solo una fuga, una fuga que en
realidad es la raíz de la enfermedad mental y de hecho muchas personas
así han acabado enfermas mentales a la muerte de un ser querido,
cuando la mortalidad se les ha impuesto con toda su crudeza.

Muchos enfermos mentales me dicen que no se identifican con
su propio cuerpo cuando se miran al espejo. Yo no soy ese, me dicen.
Se consideran algo que está en su interior y su cuerpo es como el
disfraz de carnaval que les han puesto de forma coactiva pero con el
que nunca se sentirán a gusto. Una enferma me decía que no entendía
por qué los hombres solo nos fijamos en el cuerpo físico de las
mujeres, nos gustan si tienen un cuerpo atractivo y no nos gustan si
no lo tienen. Para ella era tan evidente que la esencia de la persona
está en el interior que no podía comprender que un hombre deseara a
una mujer por tener un cuerpo físico muy seductor y no deseara tanto a
otra que no lo tuviera. Para ella el cuerpo era la prolongación de la
personalidad interior y si una mujer era maravillosa cualquier hombre
debería desearla, tuviera el cuerpo que tuviera. Este rechazo del
propio cuerpo es un serio problema a la hora de socializar, al enfermo
mental le cuesta comunicarse porque la base más elemental de la
comunicación, comunicar desde un cuerpo físico, falla en él.

Cuando está mal un enfermo mental no está atento a su cuerpo
físico, no percibe su olor, no se fija en qué ropa lleva, ni si se ha
duchado o peinado, en si su ropa ha sido pasada por la lavadora, en si
le cae un moco de la nariz o si sangra por haberse cortado mientras se
afeitaba (algo muy frecuente en mi caso y que me indica, es un signo
de que estoy en crisis). Ya hemos visto que la causa de esta conducta
puede ser su no aceptación de su condición de mortal pero también es
una rebeldía contra la sociedad que le trata tan mal y contra otras
personas que le llaman loco y le marginan. Recuerdo muy bien que
durante mis crisis cuando los familiares me achacaban mi desaseo yo les
respondía que si yo tenía que soportar su repugnante carácter, su
vomitiva forma de ser, su falta de humanidad, el que ellos soportaran
mi desaseo no me parecía tan mal. El enfermo mental también utiliza la
falta de cuidado de su cuerpo físico como una protesta, un arma
arrojadiza contra quienes le niegan el cariño y le tratan mal.

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-Bloqueo de la memoria. Ya hemos visto que la memoria es una
parte esencial de nuestra personalidad, como el enfermo mental no está
conforme con lo que es, con su carácter y personalidad, como se siente
culpable, de forma inconsciente bloquea su memoria para evitar
enfrentarse a las partes más oscuras de su personalidad. Esto lo suele
hacer a través de la fantasía o imaginación. No es tan sencillo
olvidar que en un momento de crisis has insultado o tratado mal a un
ser querido o has dado un espectáculo público que está en boca de
todos. Pero si te conviertes en otra persona, si te creas tu propio
mundo y vives en él, todo eso que te afecta tanto que no puedes vivir
con ello, va desapareciendo. La puerta que el enfermo mental utiliza
para fugarse de la realidad es la fantasía o imaginación. No he
conocido a un solo enfermo mental que sea tan poco imaginativo que no
pueda fugarse de la realidad de esta manera.

Como enfermo mental una de las sensaciones más fuertes que he
tenido nunca es la de ser capaz de crearme mi propio mundo, mi propia
personalidad, y vivir allí durante horas y horas, feliz, controlando
lo que soy y mi propia vida. Antes de dedicarme a escribir, a ser
novelista, ya era capaz, de adolescente, de crearme mi propia novela
con una chica que pasaba por la calle. Yo era otro diferente al que
era, buscaba mil fórmulas para que el encuentro con la chica fuera
feliz. Me pasaba horas y horas imaginando todo tipo de historias con
la chica, románticas, eróticas, heróicas. La fantasía era tan intensa
que luego, cuando en la vida real, me encontraba con la chica me
costaba aceptar que lo ocurrido en mi imaginación no hubiera sucedido
realmente. Incluso llegaba a orgasmos cuando la fantasía era muy viva.
También me iba a África, a “salvar negritos” cuando la iglesia
católica pedía para el DOMUND, o salvaba a la humanidad de terribles
catástrofes. Con los años conseguí encauzar esa vivísima imaginación a
través de la literatura. Algunos me han comentado que determinadas
escenas de mis novelas o relatos son tan vivas que el lector cree que
el autor las ha vivido, experimentado. Es cierto, las he vivido en mi
imaginación, y eso para el enfermo mental es casi como haberlas vivido
en la vida real. Recuerdo que para huir de problemas familiares o
escolares, recurría a la imaginación y me aislaba de tal modo del
entorno que siempre tuve fama de despistado, de estar en mis mundos de
colorines. Aún más, hasta casi los diez años, no acepté que la
imaginación no fuera real. Estaba convencido de que si creaba con mi
mente algo, esto debía suceder necesariamente. No voy a extenderme
pero en la filosofía chamánica de Castaneda don Juan le dice que los
niños tienen el punto de encaje muy flexible y pueden ir de un mundo a
otro con suma facilidad, y todos esos mundos son reales. Así lo viví
yo de niño.

El bloqueo de la memoria en el enfermo mental no es cerrar
una puerta, ponerle un fuerte cerrojo y no dejar pasar nada ni a
nadie. El bloqueo es utilizar la imaginación para transformarse en
otra persona y crearse una nueva vida. Eso lo hacemos los escritores y
lo hace el enfermo mental sin necesidad de escribir novelas. ¿Hasta
qué puntos son reales esas personalidades y esos mundos para nosotros?
Te puedo contar que a veces, incluso estando bien, tengo serios
problemas para distinguir algo que he imaginado hacer de algo que
realmente he realizado en el mundo real. Por eso he aprendido muy
duramente a no imaginar en ciertos temas, porque sé que luego mi
memoria no sabrá distinguir entre lo que realmente hice o imaginé,
entre lo que es real y lo que es solo fantasía o ficción. Así, no
puedo imaginarme yendo a pagar el alquiler del apartamento, porque
luego tendré que comprobar en mi cuenta bancaria que no lo he hecho,
porque la fantasía y la realidad son para mí igualmente intensas.

Y aquí entramos en un tema complejo. Mientras que para la
persona no enferma solo existe una realidad y ésta es como es, para el
enfermo mental existe la realidad que le imponen los otros y la
realidad que él mismo vive, sin cortapisas, en su mente. Todas las
filosofías y corrientes de conocimiento se han planteado el tema del
conocimiento, de la percepción, la fenomenología, como la base de la
que partir para explicar la realidad. Teniendo en cuenta que la
realidad no está ahí y se nos impone, sino que es un conjunto de
estímulos que llegan a nuestros sentidos físicos y que luego son
transportados al cerebro e “interpretados”, habría que concluir que
toda realidad, nos pongamos como nos pongamos, es muy “interpretable”.
En la filosofía chamánica de Castaneda esto aparece muy claro, pero no
me quiero extender. Baste decir que el hecho de que el enfermo mental
viva en otros mundos no significa necesariamente que viva fuera de la
realidad, sino que vive en “otras realidades” que no puede comunicar
porque no existe un puente común por el que se transmitan los mensajes
para que puedan ser comprendidos.

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Teniendo en cuenta lo dicho hasta ahora, si el enfermo tiene
problemas con la aceptación de su cuerpo físico, una base fundamental
para la comunicación, comunicamos desde un cuerpo físico que es el
hogar de nuestra personalidad, y tiene problemas con la memoria, que
conforma nuestra personalidad y tiene problemas con el consenso sobre
lo que es real o no lo es y tiene problemas para no fugarse de la
realidad a sus otros mundos, donde puede controlar lo que le sucede y
podría ser más feliz si no le asaltaran los monstruos y las voces, la
posibilidad que tiene un enfermo mental de comunicarse con los demás
está seriamente disminuida por estos obstáculos. Por mi parte propongo
un puente infalible, un mensaje que siempre aceptará el enfermo
mental: el cariño.

Creo que podría hacer una pequeña cronología o una story
board cinematográfica de la crisis o el brote psicótico en un enfermo
mental.

-El enfermo mental está bien o al menos así se siente. La
medicación altera su percepción, ralentiza su mente, paraliza su
vitalidad, pero eso es algo a lo que está acostumbrado. Se percibe y
se siente bien, como normal.

-Estas sensaciones pueden cambiar muy rápidamente en el
enfermo mental, de un día para otro, incluso de una hora para otra.
Basta un pequeño detonante para que todo cambie. Un reproche de un
familiar o ser querido, un tono de voz más alto de lo debido en otra
persona. Un hecho externo potente o bien un simple problema al que el
enfermo da excesiva importancia. Todo esto  le obliga a buscar la fuga
de la realidad.

-El enfermo mental tiene serios problemas con la voluntad.
Es como un atleta que hubiera pasado años en una silla de ruedas,
debido a un accidente, y de pronto se recupera y se pone a entrenar.
Las dificultades son infinitas. Es como si el enfermo mental no
hubiera utilizado la voluntad nunca, desde una vida anterior (la
familia, la infancia, el entorno son factores a analizar) y por lo
tanto cada vez que desea utilizarla se encuentra a un problema
infranqueable, como el atleta que no ha entrenado durante años. Carece
de músculo. La mayoría de los enfermos con los que me relaciono me
dicen que mi caso no es el suyo, que yo tengo una voluntad de hierro y
por eso he conseguido lo que he conseguido. No es cierto. Yo tenía tan
poca voluntad como ellos, solo que la he entrenado, como en un
gimnasio. Les propongo que afronten este problema como si se tratara
de un problema físico, hay que decidirse a ir al gimnasio, hay que
empezar con un programa suave, si no puedes con las pesas, déjalas
para más adelante, comienza con un suave paseo en la cinta sin fin. Un
enfermo mental nunca tendrá voluntad si no la entrena. Este axioma es
difícil de comprender y asimilar por el enfermo que piensa que la
voluntad es un don del cielo que a él no le ha tocado, solo le tocó la
enfermedad. Cuando yo les explico cómo era, cómo tuve que luchar y
entrenar la voluntad para llegar hasta donde estoy, me miran raro, no
me comprenden, creen que les estoy engañando, no aceptan que pasados
unos años, si trabajan como yo, llegarán hasta donde yo he llegado, a
vivir sin medicación, sin acudir al psiquiatra, soportando las crisis
a pelo. No me creen y en parte es porque eso supone un terrible
sacrificio.

-El enfermo no es capaz de afrontar el menor problema, ni el
más fácil, aquel que hasta un niño resolvería.No es asertivo, no
piensa en qué es lo mejor para él, no piensa en las posibles
soluciones al problema y toma una decisión inquebrantable. Sabe muy
bien que la mejor solución para él será puesta en solfa por familiares
y seres queridos, que le presionarán hasta el punto de que le resulte
más sencillo adoptar las soluciones de los otros que las suyas
propias. En mi caso ante estos problemas llegué a razonar de la
siguiente forma: Si decir la verdad me supone tantos problemas que
luego acaban en una crisis fuerte, mentiré con astucia, con sutileza,
para que la familia, los seres queridos, no se enteren de lo que he
hecho y de esta forma no tenque que enfrentarme a ellos, lo que me
produciría una crisis grave.

-El enfermo mental sabe que no puede enfrentarse a los
problemas como hacen los demás. Se podría considerar que tiene tan
poca voluntad como un niño y está tan inmaduro emocionalmente como
ellos, pero ese es un tema más complejo para tratar en otro momento.
Lo cierto es que no puede ser asertivo porque eso le enfrenta a
situaciones emocionales muy difíciles de sobrellevar, la bronca con
seres queridos o familiares, la batalla de razonamientos durante horas
y horas que le agota…Debe buscar alternativas y las busca.

-La mentira en el enfermo mental es un mecanismo de defensa
para evitar situaciones potencialmente graves para su integridad
psíquica. Lo mismo que la manipulación, las farsas de control, como yo
las llamo, los chantajes emocionales, todos tienen un único fin:
sobrevivir y no tener que enfrentarse con situaciones emociones
agresivas, desagradables, violentas, Un enfermo puede llegar a creerse
sus propias mentiras y a pensar que sus manipulaciones son
inevitables, sino buenas. En mi caso las broncas con seres queridos me
afectaban tanto que asumí que cualquier otra solución sería siempre
mejor. Mentí en cosas pequeñas y formé un entramado de tela de araña
del que era difícil salir. Nunca llegue a mentir en cosas importantes
porque mi lógica, mi razón, mi cultura y personalidad me hacían ver
con claridad que antes se pilla a un mentiroso que a un cojo y que eso
solo era aplazar el problema. Si no podía tomar una decisión, porque
no tenía voluntad, la aplazaba buscando el momento y tramando sutiles
añagazas para que la solución se fuera acercando sin que yo tuviera
que dar un salto importante. Llegué a plantearme estratagemas tan
sutiles e insidiosas que acabaron generándome fobia social y manías
obsesivo-compulsivas contra las que hoy aún sigo luchando.

-Cuando el enfermo mental no encuentra forma de tomar una
decisión y salir bien librado lo que hace es fugarse a su mundo
mental. Cuando huye de relacionarse, se encama, se aisla, se margina,
está preparando el terreno para la fuga definitiva. Sin oponer
resistencia deja que su personalidad se precipite en el abismo, el
hundimiento es de por sí tan terrible que no necesita más para fugarse
de la realidad. Solo cuando entra en juego el instinto de
supervivencia, cuando los instintos básicos le obligan a reaccionar,
es cuando entra en juego su imaginación para librarle tomar decisiones
muy difíciles para él, que generarán un descontrol emocional, psíquico
y mental muy grave, un descontrol que él sabe que le llevará a un
psiquiátrico o a un aumento de medicación.

-Mientras no somos molestados podemos vivir en nuestro mundo.
Nos transformamos en otra persona, la fantasía nos lleva a otras
realidades, podemos estar sin comer varios días, podemos estar
encamados sin ver la luz el tiempo que haga falta, podemos librarnos
de la compulsión de los instintos básicos puesto que la estancia en
nuestro mundo mental es agradable y retarda el momento de enfrentarse
a la realidad con todas sus consecuencias.

-El problema comienza cuando otros interfieren y nos obligan
a tomar decisiones. Debemos enfrentarnos a la realidad y tomar
decisiones. Debemos ser asertivos y no podemos. Ya hemos estado un
tiempo fuera de la realidad, en delirio, ya tenemos otra personalidad,
y con esa personalidad delirante nos enfrentamos al problema.
Incapaces de transmitir un mensaje puesto que la personalidad que lo
debería transmitir no es la nuestra, incapaces de conformar el mismo
mensaje, puesto que el mundo delirante en el que vivimos no permite la
comunicación con otros que no estén en él, solo se encuentra la
agresividad y la violencia como única fórmula para defender el propio
territorio, el enfermo mental solo quiere que le dejen en paz en su
mundo de colorines. Cualquier intento por sacarlo de él se considerará
como un agresión, como la invasión por un ejército extranjero. Es por
eso que propugno el acercamiento cariñoso como única formula que va a
funcionar. El cariño no necesita que tras él esté una personalidad
concreta, aceptamos el cariño de cualquiera, aceptamos el cariño de
personalidades inferiores, como pueden ser las mascotas o los animales
domésticos, incluso aceptaríamos el cariño de una pared si pudiera
proporcionar algo tan valioso.

Es un tema muy largo y complejo, con muchas ramificaciones
que podremos tratar punto por punto. Resumiendo te diría que un
enfermo mental tiene serios problemas para ser emisor puesto que le
cuesta percibirse a sí mismo, como cuerpo físico, como personalidad,
como consciencia en un espejo. Le cuesta conformar cualquier mensaje
puesto que todo es muy confuso, ¿quién es el emisor?, puesto que él no
tiene claro quién es realmente. Bloquea su memoria para evitar que
sucesos sufridos por su personalidad en el pasado le angustien en el
presente y le lleven a una crisis. Ante la incomprensión y el rechazo
de sus mensajes se aísla, se margina, huye a su mundo de fantasía. A
un enfermo mental solo se le llega con el cariño, el único mensaje que
puede llegar a una personalidad desestructurada, sin núcleo, el único
mensaje que no requiere una compleja conformación mental, el único
mensaje capaz de superar cualquier patología, cualquier trauma,
cualquier obstáculo, porque lo queramos admitir o no el ser humano
está hecho para el amor, el amor es el alimento del alma y por lo
tanto si queremos curar a un enfermo del alma tenemos que darle amor.

Dejo que analices lo que te he dicho y seguremos matizando todo
aquello que te interese. Un abrazo.

 

Frase del día #6





DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XX

8 05 2017

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

 

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EL GRAN SECRETO DE MI VIDA XX

 

EL DELIRIO ONÍRICO

 

Es una expresión que de por sí suena rara, los sueños ya son suficientemente delirantes como calificar así a unos determinados sueños, y sin embargo los que tuve durante aquella etapa concreta de mi vida fueron absolutamente delirantes y no se han vuelto a repetir. Ya el hecho de que por muchos años que lleve trabajando en la programación onírica no haya conseguido tener sueños con determinadas temáticas  a pesar del esfuerzo que puse en la programación indica bien a las claras que aquellos sueños no fueron programados ni tuvieron relación con las voces o los fenómenos que entonces estaba experimentando. Otro factor muy curioso que me indica su especial naturaleza fue la sincronización de estos sueños, es decir que se produjeron seguidos, que tenían todos la misma temática y eran como capítulos de una misma novela, algo especialmente llamativo, ya que a pesar de haber tenido algunos sueños muy largos, auténticas historias independientes que luego he aprovechado para alguna novela, estos siempre fueron muy poco habituales y se produjeron con una gran distancia en el tiempo.

Aunque imagino que la mayoría de las personas con enfermedad mental no se preocupan en lo más mínimo de sus sueños, no intentan recordarlos ni mucho menos los anotan e interpretan, lo cierto es que me consta que muchos de ellos sufren con frecuencia de pesadillas y su mundo onírico termina siendo un auténtico tormento. La medicación suele inhibir la capacidad para recordar los sueños, produce un sueño pesado, agitado y uno se levanta con la sensación de haber recibido una buena paliza, poco descansado y con la mente muy abotargada. Mi experiencia onírica a lo largo de los años  en los que tomé una fuerte medicación me indica que la sensación de no poder controlar los sueños, que con mucha frecuencia se transformaban en pesadillas, fue muy agobiante. Me daba miedo quedarme dormido por la posibilidad de entrar en un mundo de pesadillas incontrolables. Recuerdo muy bien que durante la cura de sueño que me propusieron como terapia en un psiquiátrico privado, donde ingresé voluntariamente tras uno de mis juveniles intentos de suicidio, la sensación de estar en un perpetuo sueño, observando una película inacabable, fue muy intensa. De hecho, cuando me despertaban para tomar la medicación y comer, creo que tres veces al día, podía recordar algunos sueños con total nitidez. Mi gusto por los sueños, que me acompaña desde niño, creo que ayudó mucho a soportar aquella vida vegetal salpicada constantes escenas oníricas. No llevé mal aquella terapia, de hecho creo que fue una de las mejores entre todas aquellas que tuve que sufrir en mi etapa negra. No recuerdo cuántos días duró, sí que fueron bastantes, y cuando me despertaron definitivamente me sentía bastante descansado, vital, con la sensación de que todo lo que me había pasado hasta entonces, especialmente mis intentos de suicidio, era una especie de pesadilla sin la menor lógica, no podía comprender cómo había llegado a semejante extremo. Desconozco los efectos físicos y mentales de esta terapia, en mi caso, supongo porque estaba tan mal que nada podía empeorarme, por lo que estar dormido tantas horas solo podía mejorarme. De hecho durante todas mis crisis siento un fuerte deseo de dormir el mayor número posible de horas y esto me ayuda mucho a distanciarme del drama que estoy viviendo en esos momentos.

El delirio onírico puede ser algo excepcional en las personas con enfermedad mental, pero habida cuenta de lo mucho que se parece a los delirios en estado de vigilias que sufren los enfermos que padecen ciertas enfermedades, creo que el hablar extensamente de ello puede servirles de ayuda. Por otro lado este diario secreto intenta narrar toda mi vida íntima como enfermo mental, sin ocultar nada, mucho menos mis experiencias como buscador de la verdad en el camino del conocimiento, el duro camino que me tocó recorrer como iniciado en el conocimiento esotérico, mientras desarrollaba las facultades mentales que todos poseemos pero que solo logran activarse tras un constante y exhaustivo trabajo abriendo y desarrollando los chakras, buscando en nuestro interior al maestro interno, el yo interno rosacruz, que es en realidad nuestro verdadero yo y el que antes o después, en esta vida o en vidas posteriores, durante la vigilia o el sueño, acabará haciendo su aparición, lo mismo que uno, por mucho que huya de ello, no puede evitar acabar mirándose en el espejo y viendo cómo es realmente. Por eso este diario no solo va destinado a las personas con enfermedad mental, sino también y muy especialmente a cuantos están iniciando el camino que yo decidí recorrer, sin dudas y sin la posibilidad de dar marcha atrás, durante los duros años de mi juventud. Tal vez sin haber sufrido la enfermedad mental no habría sentido un impulso tan compulsivo y obsesivo por alcanzar la verdad, por saber realmente qué somos, qué hacemos aquí y a dónde se supone que vamos.

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El sueño que marcaría mi vida onírica y todas las restantes experiencias, muchas de ellas delirantes, que viví a través de los sueños, tuvo lugar entre los veintisiete y treinta años, no puedo ser más preciso porque mi memoria no da para más, solo puedo situarlo tras el fallecimiento de mi padre y antes de mi matrimonio, lo que viene a ser un periodo aproximado al que he señalado. Por aquel entonces yo estaba soltero, vivía con mi madre en una casa bastante cutre cerca del Barrio húmedo de León, acababa de ingresar en los rosacruces tras un periodo de busca un tanto confuso y difuso. Me interesaba el fenómeno OVNI y todos los fenómenos paranormales, hasta el punto que me había hecho con la enciclopedia del doctor Jimenes del Oso, que acababa de salir en fascículos. Estaba leyendo los libros de Allan Kardec sobre espiritismo y llevaba ya algunos años leyendo sobre budismo, yoga, zen y todo lo que cayera en mis manos y se refiriera a alguna filosofía oriental. En mi biblioteca, aparte de literatura, podían encontrarse libros sobre espiritismo, hipnotismo, ovnis, fenómenos paranormales, conocimiento esotérico, budismo y todo aquello que me llamara la atención en un momento concreto, recuerdo haber adquirido libros sobre las pirámides, sobre biorritmos, muerte después de la vida, médiums y fenómenos mediúmnicos.  Pero lo que centraba y absorbía mi atención en aquellos momentos eran las enseñanzas rosacruces que recibía puntualmente todos los meses en monografías y otros folletos que me remitían desde USA, San José, California, donde estaba y creo sigue estando la sede de AMORC, Antigua y mística orden rosacruz. Aunque mi situación económica no era precisamente boyante, puesto que tenía que atender a mi madre, que tan solo recibía una pensión de viudedad, no me importaba hacer un esfuerzo y ahorrar todo lo necesario para pagar en dólares estas monografías, y aún ahorraba para comprar libros y música.

Ya había pasado mi etapa negra, la que viviera en Madrid, entre los años 1978 y 1982, más o menos. Como resultado de ella había quedado seriamente trastornado, llevaba a mis espaldas una docena de suicidios, muy largas estancias en psiquiátricos, una delirante experiencia con los medios de comunicación, interesados en el hombre que más veces había intentado suicidarse sin conseguirlo, la dramática muerte de mi padre, el intento de incapacitación laboral por parte de mi jefe en Madrid, la relación interpersonal con un buen número de personas con graves problemas mentales, un amigo alcohólico que falleció de cirrosis poco antes de trasladarme a León, amigos drogadictos, todo tipo de experiencias nefastas en mundos y submundos que no me aportaron nada, solo un mayor deterioro de mi personalidad, generando trastornos de conducta y de personalidad con los que luego tendría que lidiar el resto de mi vida. Por suerte aún no había comenzado mi fase como telépata loco –así me denomino yo, en una parodia humorística que ha dado como resultado mis textos sobre el telépata loco, iniciados con Terror en las mentes- y ciertos fenómenos paranormales que luego me traerían de cabeza, apenas comenzaban a producirse. Se podría decir que acababa de salir de mi etapa negra y aún no había comenzado mi etapa como el Loco de León. Entonces me dedicaba fundamentalmente a los estudios rosacruces y a perfeccionar las técnicas de yoga mental, especialmente la relajación, que me ayudaría muchísimo a soportar lo que estaba al caer.

El sueño tuvo lugar durante la siesta, tras una muy trabajada y profunda relajación que me llevó a un sueño profundo.  No puedo calcular muy bien lo que pudo durar aquel sueño, tal vez entre media hora y una hora. Al despertar estaba tan traumatizado que decidí escribir todo lo que había soñado e intentar recordar todos los detalles posibles. Aquel sueño marcaría mi vida, por un lado sufriría un trauma del que sigo sin recuperarme, y por otro me daría una esperanza firme y sólida, en que ocurriera lo que ocurriera, yo iba a sobrevivir.

Mi obsesión por los ovnis era intensa y muy molesta. De hecho creí haber visto algún ovni en el pueblo de mis abuelos y recuerdo haberlo comentado con mi tío y mi primo. También esta obsesión me llevaría a buscar un contacto extraterrestre, visitando, por ejemplo, el valle del Silencio, en León, que por entonces tenía fama de ser un lugar donde se producían muchos avistamientos, incluso abduciones. Que esta obsesión tuviera algo que ver con el contenido de aquel sueño es seguro, pero la extraordinaria nitidez y realismo del sueño y la claridad con que lo recordé al despertarme es totalmente insólito en mi vida onírica, incluso las sensaciones eran tan realistas, repercutían de tal forma en mi cuerpo que llegué a sentir y a quejarme de lo que me hicieron en aquella especie de quirófano metálico, bucear en mi cerebro con una sonda y colocarme aquella especie de microchip emisor que me tuvo en jaque tanto tiempo y formó parte de mis delirios más desatinados de aquella época.

GAIA

Fue un repaso en toda regla de mi supuesta vida como entidad consciente, un rastreo implacable de mi nacimiento a la consciencia que en algunos de mis relatos más delirantes he llamado “el fotoncito consciente”. Comenzaba como partícula subatómica formando parte de la materia en alguna parte y terminaba en un lejano futuro, cuando al fin iba a conseguir la fusión con el Todo. Nunca entendí aquella parte en la que yo de alguna parte formaba parte del mundo mineral. Pude aceptar mi vida como planta, porque creo que las plantas están vivas, pero no tenía el menor sentido aquella especie de vida mineral consciente, sin evolucionar, sintiéndome de una manera muy extraña parte de un planeta. El concepto de Gaia tardaría en llegar a mí y creo que fue a raíz de la lectura de una novela de Asimov. El planeta consciente en su totalidad es un concepto que me fascina y que he utilizado en mi novela de cienciaficción “Diario de Ermantis”. Muchos años más tarde, la teoría de la vinculación de Milarepa, me daría la clave para todo esto, pero sigo sin comprender todo aquello. La voz de mi guía contestaba a mi pregunta sobre la necesidad de todo aquello. No podrás respetar, comprender ni amar todo lo que existe, desde el mineral hasta las entidades más evolucionadas espiritualmente si no recapitulas lo que ha sido tu largo trayecto en la materia. Todos aquellos recuerdos están muy borrosos, casi han desaparecido de mi memoria, pero de vez en cuando me viene a la cabeza un “deja vu”, algo ya vivido y que ahora se dispara como un breve fogonazo, intentando que desde la oscuridad del olvido se produzca la visión de una experiencia que me mostró todo el sentido de la existencia. Porque esa fue la sensación más fuerte y poderosa que salió de aquel sueño, la de que todo tenía sentido, un profundo sentido, aunque nos costara tanto poder percibirlo ahora.

Recuerdo vaga y confusamente algunas experiencias como animal, tal vez un toro, un animal totémico para mí por mi signo astrológico, algún animal salvaje, pero sobre todo fue intensa la percepción a través de mis supuestas vidas como animal presa, depredado y comido. Tal vez esa sensación de haber vivido muchas vidas como animal sea la que me hace tan receptivo al mundo animal. Ahora con mis gatitos no tengo la menor dificultad para ponerme en su piel e imaginarme cómo es su vida, para recibir sus comunicaciones en forma de maullidos. El cariño que siento por los animales me viene desde niño y comprendo muy bien a los grupos animalistas y su lucha por conseguir que los animales sean tratados con el respeto que merece toda forma de vida. Tengo la sensación de haber hecho algunas preguntas a mi guía al respecto y su respuesta fue consoladora, aunque también muy dolorosa. Podremos llegar, algún día, a la alimentación puramente energética, sin necesidad de la depredación de cualquier forma de vida, pero eso requiere una evolución muy avanzada de toda la humanidad, no solo de una persona o de un grupito. Aunque en mi juventud intentaba burlarme de aquellos grupos budistas que llevaban una máscara en la boca para evitar comerse, sin advertencia, algún insecto o criatura viva que pululara en al aire, nunca pude hacerlo del todo. Lo mismo que sentiría como una invasión inaceptable que alguien depredara y se comiera alguna célula de mi cuerpo, aún en contacto directo con mi consciencia, formando parte de mi cuerpo físico –no una escama de piel muerta o un pelo, o una uña- también percibo de alguna manera que la depredación de cualquier forma de vida tiene un componente parecido. Aún no he conseguido librarme de la carne, sigo siendo un carnívoro, aunque esa etapa parece estar llegando a su fin, y me gustaría que algún día pudiera anularme totalmente como depredador, incluso de depredador vegetariano, porque quien se come un vegetal también se está comiendo, de alguna manera un ser vivo. Algún día podré alimentarme solo de formas de energía, pero aún en ese caso también estaré alimentándome de algo vivo, porque todo lo que existe en el universo está vivo, es el universo Gaia.

Aún recuerdo cómo a los dieciocho años fui capaz de imaginar aquella delirante novela, El planeta de los vampiros, que luego se transformaría en la trilogía de cienciaficción “Omega”. Parece inevitable que el alimento, físico o energético, suponga siempre la depredación de otra forma de vida que debe perecer, pasando a formar parte de nuestro círculo de consciencia, cuerpo físico o cuerpo energético. Con aquella experiencia onírica fui consciente de que en el universo todos se alimentan de todos, la pirámide depredadora no tiene fin, mientras que los depredadores físicos se alimentan de todo tipo de seres físicos inferiores a su jerarquía depredadora, las entidades energéticas también se alimentan de todo tipo de seres inferiores a su escalón depredador. Fue por eso que me afectó tanto también el libro de Atienza, “La gran manipulación cósmica”. Incluso llegué a imaginar lo que podría ser toda una dimensión de fallecidos, sin cuerpo físico, alimentándose de los pensamientos y emociones de los vivos, las famosas larvas, los seres ectoplasmáticos. A través del libro de Atienza me planteé muy seriamente la posibilidad de que lo mismo que nosotros utilizamos a los animales como despensa, entidades superiores en el universo nos utilicen a nosotros como la suya, una despensa psíquica, por supuesto, pero al fin y al cabo despensa. Podrían criarnos como alimento, lo mismo que nosotros criamos a los animales. Aquellas ideas también fueron la causa de terribles y poderosos delirios de aquella época.

La voz de mi guía me explicaba que todo aquello tenía un sentido que algún día llegaría a comprender, pero que no podría librarme nunca, hasta mi fusión con el Todo, de la elección que supone un universo formado por el ying y el yang, la luz y la oscuridad. Hay que elegir, siempre hay que elegir, en nuestro camino evolutivo, desde la consciencia más baja del mineral, hasta la más alta de la entidad energética, la elección conforma parte esencial de nuestro camino. Podemos tomar lo necesario de las orillas del camino y seguir adelante, aceptando que no podemos caminar sin pisar tierra y todo lo que hay en ella, pero sin que eso suponga un paso atrás en nuestra evolución, o podemos elegir la oscuridad de aquellos que consideran que su existencia, su consciencia, les permite elegir todo aquello que necesiten, sin más, solo para su propio placer, aunque eso signifique causar daños irreparables a las formas de vida con las que se tropiezan en su camino. Quienes eligen la oscuridad se transforman en depredadores demoniacos, amparándose en una supuesta libertad absoluta –non servire, no serviré a nadie- consideran a todo lo que no sean ellos mismos como una forma de alimento para su ansia depredadora infinita. Solo la meta final, la fusión con el Todo, dignifica de alguna manera el daño que vamos causando al movernos por el camino de nuestra evolución. Aplicando aquí la teoría de Milarepa, se podría decir que el intercambio de electrones, la vinculación con otros átomos, es parte indispensable y esencial de la vida, de la existencia, pero en esta vinculación se reparte el beneficio y la pérdida, el dolor y la felicidad, unas veces nos toca a nosotros ceder electrones y otras veces son los demás los que nos los ceden a nosotros, sin embargo la elección de la oscuridad, del mal, amparándose en una supuesta libertad infinita, no es otra cosa que el intento de apropiarnos de los electrones de los demás, creando a nuestro alrededor un universo poderoso, al tiempo que los demás se quedan sin lo más mínimo para sobrevivir, física y espiritualmente. Es una forma de intentar ser dioses, sometiendo y depredando todo aquello que no pueda oponerse a nuestro poder depredador. “Non servire” a la divinidad y sus planes globales y totalizadores y en cambio yo mismo quiero convertirme en dios, pero un dios depredador e implacable que usa y depreda a todo lo demás, en lugar de vincularse con ello. Un dios que no se encarna en el cuerpo físico de sus criaturas más elementales para compartir con ellas todo lo que supone estar vivos en ese plano, en esa dimensión, sino un dios que se come todo lo que le resulta inferior, causando dolor y sufrimiento, sintiendo solo placer, evitando el sufrimiento. Esta y no otra es la elección entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Querer ser dioses a costa de los demás es el mal y llegar a ser dioses vinculándose con todo lo existente, tanto para el sufrimiento como para la felicidad, es el bien.

donde-viven-los-delfines

De alguna manera aquella fue la enseñanza que aprendí con aquella recapitulación que viviera ante la pantalla de aquella portentosa pantalla donde se me mostraba toda mi evolución. Años más tarde, leyendo la saga de David Brin, la rebelión de los pupilos, con su genial idea de elevar a la consciencia formas de vida inferiores (en el caso de la humanidad, chimpancés, delfines, etc) comprendí a la perfección lo que se me había mostrado. Pero aún quedaba mucho por recorrer en aquella experiencia onírica. No me sorprende nada que las personas con enfermedad mental caigamos con tanta frecuencia y tan fácilmente en este tipo de delirios, que si no son oníricos, como es mi caso, porque pocos trabajan los sueños, sí tienen mucho parecido con los míos, especialmente todos los que tienen que ver con delirios proféticos, esotéricos, paranormales, con el prodigioso poder de la mente. Muchos enfermos caen en estos delirios, de los que les resulta muy complicado salir, porque es muy difícil aceptar con humidad lo poco que somos. Y aquí entra en juego el perder la importancia personal del guerrero impecable. Quien no es humilde, quien no es un guerrero, al vivir estas experiencias las transforma en delirios de los que él es el gran protagonista, se cree un nuevo profeta enviado para salvar a la humanidad. Las personas con enfermedad mental tenemos tendencia a compensar nuestra falta de autoestima en la vida real, cotidiana, con la enorme autoestima que nos da el haber experimentado todas estas experiencias, que realmente son apabullantes y desconcertantes. Yo mismo me creí, durante una etapa de mi vida, un profeta enviado para salvar a la humanidad, a quien se le había mostrado todo aquello, como se le mostrara a San Juan en el Apocalipsis, para advertir a la humanidad del camino errado. Con el tiempo he comprendido que estas experiencias son naturales en una etapa de la evolución y que nuestro afán por convertirnos en profetas no es otra cosa que una falta de humidad, tenemos demasiada importancia personal y estamos convencidos de que si faltamos nosotros todo se desmorona. Nada más incierto. Un guerrero sabe el humilde papel que desempeña en el plan cósmico. Pero aún queda mucho sueño por recorrer.

 





AGENDA ONÍRICA XIII

1 05 2017

SORIA/Martes/4-402017

habitación

LA HABITACIÓN MULTIDIMENSIONAL

Único sueño que he conseguido recordar, el último de todos/ Colores muy vivos, solidez de los objetos/ Una especie de apartamento o ático que al despertar, curiosamente, he descubierto que podría ser esta casa, un gran parecido aunque con algunas diferencias notables/Salón y cocina unidos, como en ésta, un piso superior con una o dos habitaciones, una escalera de madera, todo encaja/ En el sueño parecía estar sobre un lugar elevado, puede que un lugar en la costa y existía otro apartamento idéntico al mío, donde al parecer vive un hombre con dos niñas, hijas, entre 8 y 15 años/Entablo relación y les explico que hay una especie de habitación común entre ambos apartamentos, multidimensional, a través de la cual se pueden pasar objetos, como su fuera común/ Se lo explico utilizando la mochila verde que tengo aquí, donde meto una especie de agenda que luego aparece en su habitación/ Sólo esta habitación es multidimensional y está en el piso de arriba, habitación pequeña, no sabría decir si se trata de un dormitorio/ Le aconsejo no dejar en ella dinero, podría desaparecer/ Aunque el recuerdo es confuso, parece que estaba con … ella en bikini, tomando el sol, un bikini más bien blanco o gris, la miraba desde lejos, estaba cerca de una piscina, parecía más joven, no le veía la cara, tampoco tengo la seguridad de que fuera ella, una seguridad onírica, tan solo, en el sueño estaba convencido de que era ella/ La piscina bien podría ser de la urbanización, las casas parecían pertenecer a algún tipo de urbanización/ Creo que también estaba …, con la que hablaba y le explicaba algunas cosas/ Un gatito salía del televisor, como a través de una puerta dimensional/ Sensación de euforia al poseer una habitación fuera del tiempo que puedo utilizar para moverme entre dimensiones y gguardar cosas/ Al despertar todo era muy vívido y real/ La interpretación que hago es que se trata de esta casa en dos momentos temporales distintos y que tal vez el hombre y las dos chicas fueran propietarios o inquilinos del futuro/ Eso sería preocupante ya que indicaría que no me renovarían el contrato.

 

LA HABITACIÓN DEL TIEMPO-RESUMEN-VIERNES SANTO 14-4-2017

Sueño muy largo en el que aparece una antigua compañera de trabajo, un conocido personaje televisivo actual, un hombre relacionado con mi trabajo que aparece en muchos de mis sueños sin que haya podido encontrar explicación puesto que apenas le recuerdo alguna vez y la relación no fue muy buena, sin motivos racionales para que aparezca en sueños con tanta frecuencia/ Lo importante del sueño es la lucidez, sé que estoy allí en sueños, quiero aprovechar para obtener algunos datos, así la fecha/ Estoy en una oficina, al parecer vuelvo a ser un burócrata, busco calendarios o algo, cualquier cosa que pueda darme un indicio de la fecha/ Veo algo escrito que intento leer y aunque no lo consigo con nitidez me parece el año tres mil y pico/ Me digo a mí mismo en el sueño, intentando darme una explicación, que esta escena podría pertenecer a una posible reencarnación futura/ Si es así no parece que haya mejorado mucho, sigo en una oficina, haciendo un trabajo que odio, sigo con una mujer con la que he tenido algunos sueños que parecían vidas pasadas, todo parece indicar que hay una relación kármica pendiente que no consigo liquidar/ Me sorprende que el personaje televisivo muy conocido ande por allí, pero esta vez realizando un trabajo monótono, en el anonimato, a pesar de ello conserva su peculiar personalidad, es inconfundible, nos toma el pelo/ Ella está al lado de unos ventanales, me acerco y miro, siento un poco de vértigo, muy poco, recuerdo que en esta vida tenía mucho vértigo, especialmente de niño, al menos en esto he mejorado bastante/ Le pregunto en qué piso estamos, me dice que en un séptimo, pero habría que contar el vestíbulo/ Veo un edificio en forma de U, nosotros estamos en la línea que divide los dos palotes de la U, es un edificio moderno, actual, no parece que las cosas hayan cambiado mucho en estos años/ Yo estoy muy ocupado intentando recordar cómo es mi vida fuera de esta oficina, qué hago, dónde vivo, quiero recordar todo lo que pueda/ No lo consigo, es como si esa habitación estuviera blindada, hay comunicación entre mis yoes presente y futuro, pero solo dentro de esos límites/ Me quedo pensativo y hago un esfuerzo por recordar algo, cualquier cosa.

morir

DATOS MÁS IMPORTANTES DE LOS SUEÑOS DE ESTOS ÚLTIMOS MESES

Pesadillas repetidas con variantes sobre la posibilidad de morir en sueños, concretamente hay una muy real, muy larga, muy sólida, extraordinaria que debería analizar en otro momento. En una de esas pesadillas me enfrento a alguien, tal vez un ladrón, para evitar que me robe la cartera, aún sabiendo que me puede matar y que no llevo tanto dinero, salvar la cartera no es importante, en realidad es una tontería, soy consciente de que si lo hago es porque quiero que me mate/ El ladrón me apuñala en el vientre, me derrumbo al lado de una pared, quedo sentado, alguien, una chica, busca mi móvil entre la ropa y llama a emergencias/ Escucho el sonido de la sirena de la ambulancia que se acerca/ No quiero que me reanimen, quiero morir, no hago el menor esfuerzo por conservar la vida mientras llega la ambulancia, soy consciente de que si muero en el sueño moriré también en la realidad/ Sueño plenamente lúcido, soy consciente de que estoy soñando, de que me he programado para morir en sueños y he encontrado esta fórmula/ Quiero perder la consciencia y subir hacia lo alto, pero algo me bloquea, algo ha tomado otra decisión por mí y me despierto con una sensación tan real que me asusto, esta vez sí que estuve a punto de lograrlo. He conseguido que la programación para buscar formas de morir en sueños, si es que necesito morir en la vida real, cale profundamente en el subconsciente, hasta el punto de que se han producido numerosas pesadillas con variantes de muertes, que recuerde, ésta del cuchillo, una con una pistola, desplomarme desde un pico muy alto al abismo, muerte por infarto o como consecuencia de una enfermedad física grave.

He soñado con los gatos varias veces. Ha existido un claro mensaje, una sólida intuición sobre lo que podía pasar. No he querido hacer caso y se ha cumplido. Ahora estoy en un serio problema que voy a intentar solucionar de la mejor manera posible, como un guerrero impecable, pero está difícil. He puesto en movimiento todas las estrategias que pueden ayudarme a solucionar el problema, pero va a ser muy complicado y tal vez no lo consiga. Me preocupa, me preocupa que en sueños esté buscando la muerte con tanta desesperación, me preocupa la depresión que atravieso.

Sueños con personas del pasado, del trabajo, situaciones de hace ya muchos años que de alguna manera pudieron condicionar mi presente. Sueños con mi ex familia y mi situación de pareja y familiar/ Es como si estuviera recapitulando, buscando decisiones que me han traído hasta aquí/ También pueden indicar que me estoy preparando para una posible muerte cercana, buscando las líneas maestras que pudieran permitirme una buena última danza con la muerte, como el guerrero que creo ser/ He vuelto a tener sueños con una ciudad onírica que pudiera ser N.Y. sueños que se repitieron con mucha frecuencia cuando … estaba por allí, he vuelto a lugares y tiempos oníricos como si analizara posibles ramas temporales, lo que pudo pasar y no pasó, lo que tal vez pueda ocurrir en un futuro.

Grandes, formidables avances oníricos que deberé analizar más adelante. Escuchar música en sueños, un concierto, algo que en contadísimas ocasiones había logrado. Gran dominio de imágenes y secuencias en sueños, como si rebobinara o manipulara algún vídeo, como si fuera una especie de montador o editor de imágenes de una película onírica que yo mismo creo y construyo. Extraordinaria creación de imágenes oníricas, como si fuera capaz de montarme mi propia película onírica/ Hablar en sueños con personas, escuchando mi propia voz y la suya, con gran lucidez, consciente de que estoy en sueños, de lo que quiero hacer/ Distanciamiento de la persona que soy en sueños de lo que me está pasando en ellos y también de lo que me ocurre en la vida real, es como si fuera un divertido espectador que contempla todo lo que me pasa como si fuera una broma o una película que quiero representar/ Regresa la vieja sensación de que mi otro yo está viajando en sueños y organizando un posible futuro con el que mi yo vigil, cuando estoy despierto, no estaría de acuerdo/ He comenzado el capítulo de Diario de un enfermo mental, el gran secreto, sobre los delirios oníricos/ No puedo evitarlo, tengo la sensación de que mi yo onírico está organizando mi muerte, quiere acabar con todo esto y cuanto antes, regreso a una etapa terrible de mi pasado, cuando los sueños se apoderaban de mi/ Por desgracia están ocurriendo algunas cosas en el mundo real que me confirman, hasta cierto punto esa posibilidad/ Tengo miedo de que todo se esté enredando de una forma tan inextricable que la única salida aceptable sea la muerte/ Confirmación sueño compartido con una enferma mental/ Hacía ya muchos años que no reaparecían en sueños esas tareas oníricas que me había impuesto de ayudar a los demás o de cambiar ciertas cosas/ Apabullante sensación de que lo estoy organizando todo para una muerte más o menos cercana, como si buscara enredar de tal forma las cosas en el laberinto, que en el mundo físico me encuentre en un callejón sin salida/ Viejas ideas depresivas y oscuras, sensación de que cualquier intento de suicidio, en estas circunstancias, en el momento presente, sería un éxito y ningún milagro podría salvarme.

 

CONCLUSIONES

A pesar de todos los logros oníricos sigo sin conseguir el máximo logro posible, como le dice don Juan a Castaneda, que es recordar el inicio de los sueños, cómo empiezan y por qué. Todos mis sueños siguen una línea que comenzó en alguna parte, pero que no puedo recordar. Hay avances que me parecen portentosos porque nunca pensé que podría conseguirlos, pero no sirven de nada, porque lo importante, lo fundamental, lo único válido, sería saber cómo entro al sueño, dónde empieza, qué busco, por qué hago en sueños los viajes que hago y veo a las personas que veo. La firmeza inquebrantable de guerrero que tuve tras el divorcio se está haciendo añicos, en realidad he tenido la sensación, esta última temporada, de que mi condición de guerrero ha sido solo un sueño, una fuga, para evitar enfrentarme a una realidad que bien podría acabar conmigo. Mi yo onírico está tramando algo, como lo constato con algunos acontecimientos en la vida real, imprevisibles, que no estaba en mi mano evitar, que se suceden como si alguien los estuviera organizando. Seria preocupación por una posible regresión a etapas superadas como enfermo mental. Ideas recurrentes que aunque no son aún obsesivas pudieran serlo en cualquier momento, es como si estuviera volviendo atrás y pensando como pensaba antes. Muy triste y muy preocupante.

La extraña obsesión por intentar rematar algunas de mis novelas y ordenar mis escritos antes de la muerte ha desaparecido, es como si ya me importara un comino lo que fuera a dejar atrás, lo que ocurriera tras mi muerte. Los gatos han comenzado a tener una importancia desmesurada, la sensación de que los elegí para que me hicieran compañía y evitar el suicidio, pensando en lo que sería de ellos, parece haber sido retorcida por mi yo onírico, como si intentara utilizarlos para obligarme a dar un paso que mi yo consciente no quiere dar. Lucha delirante que analizaré en los capítulos que voy a dedicar a este tema en mi diario al delirio onírico. El pasado no está superado y el futuro cada vez me importa menos. Lo sueños se hacen anodinos, con intermitentes pesadillas sobre la busca de la muerte en sueños, personas del pasado aparecen sin la menor lógica, sin que hubiera pensado en ellos, cuando pasan semanas sin un solo sueño sobre mi situación actual, de pronto aparecen las pesadillas o sueños extraordinarios por el gran control que demuestro en ellos y que me producen una sensación de vértigo irrefrenable de que mi otro yo está tramando mi propia muerte. Según las enseñanzas de don Juan sobre el doble no existe comunicación entre ambos, el uno no sabe lo que hace el otro y el otro lo que hace el uno, pero bien pudiera ser que por esa puerta cerrada a veces se colara un pensamiento, un vago recuerdo, de la vida paralela del otro yo.

Necesidad imperiosa de retomar la voluntad inquebrantable del guerrero impecable. No puedo abandonar los sueños ni las intuiciones, porque como he visto me habrían salvado de estos serios problemas, pero no debería angustiarme ni preocuparme por todo ello, ocurra lo que ocurra todo será un reto para el guerrero impecable y si la muerte que está tras de mí, con su mano en mi hombro izquierdo, decide llevarme lucharé contra ella y antes de que venza, como debe ser, bailaré mi última danza con la muerte.

Necesidad imperiosa de descanso, de olvido, centrándome en las pequeñas cosas de cada día. No puedo regresar a etapas pasadas.





LA LINTERNA (RELATOS ESOTÉRICOS)

19 04 2017
   RELATOS ESOTÉRICOS
    EL VELO DE MAYA I
    LA LINTERNA

Al morir se elevó hacia lo alto y pudo ver, bajo sus pies, que sentía de cristal, la esfera azul a la que los vivos llaman planeta Tierra. Creyó entrar en una nueva dimensión, aunque a su alrededor todo era noche profunda. Pudo contemplar allá, abajo, una infinita llanura oscura por la que caminaban, con gran lentitud, una inmensa muchedumbre de seres bípedos. Portaban en sus manos diminutas linternas, de las que brotaban rayitos de luz de corto alcance. Ellos no lo sabían, porque apenas eran capaces de ver unos metros por delante de sus pies, pero, contemplados desde lo alto, formaban infinitas líneas paralelas que fosforecían en la oscuridad. Dejaban a sus espaldas un rastro de luz que cada vez se hacía menos brillante. Solo en el lugar en el que se encontraban ahora la luz de la linterna permitía observarlos con nitidez. Dicen que las líneas paralelas no se encuentran nunca o tal vez únicamente en el infinito. Por lo que él podía ver ninguna de ellas se entrecruzaba con otra a lo largo del camino.

Aunque ellos se hicieran la ilusión de seguir el mismo camino, en realidad eran muy distintos. Cada uno trazaba un sendero individual y no intercambiable. La corta distancia que separaba a cada uno de ellos de los más próximos podía darles la impresión de estar conviviendo juntos en la misma vida.

Permaneció largo tiempo contemplando la oscura llanura en la que millones de seres humanos creían compartir sus vidas, al tiempo que se trasladaban, casi a cámara lenta, hacia delante, como si en realidad hubiera una meta al final, que ellos desearan alcanzar. Sin embargo por mucho que él se esforzara, era incapaz de percibir nada en aquel horizonte, negro como boca de lobo. Lo mismo hubieran podido caminar hacia atrás o hacia los lados, por todas partes les rodeaba la noche, apenas iluminada por el tenue haz de luz de sus linternas.

A pesar de su vista de águila era imposible apreciar otra cosa que no fuera el rastro luminoso que dejaban los caminantes a su paso y las linternas moviéndose en la noche. Imaginó que todos se habían puesto de acuerdo para caminar en la misma dirección puesto que muy bien hubieran podido moverse en cualquier otra, incluso formando círculos o las más variadas figuras geométricas. Resultaba chocante observar un movimiento tan perfecto en medio de la oscuridad.

Entonces comprendió que la línea que seguían era la línea del tiempo. Atrás quedaba el pasado en forma de rastro apenas luminoso, que algunos iluminaban unos segundos al darse la vuelta para observar el camino recorrido. Enseguida reanudaban su marcha hacia el futuro, que no podían ver, puesto que el haz de sus linternas apenas alcanzaba unos pasos más allá de donde se encontraban. Ponían mucho más empeño en avanzar que en retroceder. El no encontraba explicación a este vehemente deseo de seguir hacia delante. La noche estaba también atrás y a los costados. ¿Por qué este empeño en seguir la línea del tiempo en esa dirección precisamente?. Tal vez el impulso hacia lo desconocido les impedía darse cuenta de lo chocante que era ver el tiempo avanzar en una dirección precisamente, cuando nada le impedía retroceder, por ejemplo, o moverse en diagonal.

De vez en cuando dos haces de luz se encontraban al girar en semicírculo. El tiempo que duraba este entrecruzamiento de luces les hacía sentirse unidos en el amor, en la amistad, en la fraternidad, para luego regresar a su camino solitario, sintiéndose más aislados y vacíos que al principio. Quienes no se sentían capaces de soportar la pérdida movían sus linternas frenéticamente, buscando llenar sus vidas con la compasión de los otros.

Curiosamente los amantes, los padres y los hijos, los amigos, los familiares, caminaban paralelos en un espacio tan próximo que hubieran podido pisarse, moviéndose apenas un par de pasos hacia los costados. Sin embargo creyéndoles muy alejados de su vida,  perdidos para siempre, abandonaban la ilusión de seguir caminando, posaban la linterna en el suelo y se ponían a llorar y a gemir como si no hubiera ya esperanza para ellos. Se golpeaban con los puños en el rostro y lamían la sangre que brotaba de sus heridas, como si en ello hallaran consuelo. Finalmente, agotados, se tumbaban sobre el suelo oscuro, deseando morir.

Comprendió que eso y no otra cosa era el famoso velo de Maya, sobre el que había leído en su juventud, cuando buscaba en el budismo una respuesta que no encontraba en parte alguna. El engaño en el que todos estaban inmersos procedía de la escasa luz que generaban sus linternas. Sus consciencias se adaptaban a lo que podían ver dos metros por delante y de esta manera vivían y morían en la más burda de las mentiras.

Echó mano a su rostro de vidrio y palpó buscando los ojos que le permitían estar viendo todo aquello. Encontró un ojo en mitad de su frente que desprendía una claridad muy suave y cálida. Este debe ser el tercer ojo, pensó, ese del que habla el conocimiento secreto. Unos cuantos consiguen abrirlo en vida y sus visiones son consideradas como delirios de locos. El resto permanece feliz, con sus dos ojos de carne, que no pueden ver más allá del muro de oscuridad que tienen delante de sus narices.

Ahora que había perdido la visión de sus dos ojos, pudo darse cuenta que la realidad incontrovertible, que ellos creían percibir a lo largo de su vida,  no era otra cosa que la sólida oscuridad que les rodeaba. La luz de la linterna creaba reflejos multicolores en el muro. Eso les hacía pensar en una multitud de objetos que reafirmaban su concepto de la realidad como sólida diversidad de cosas.

Cuando los haces de sus linternas se entrecruzaban con los más próximos y cambiaban unas cuantas palabras, descubrían que todos veían lo mismo. Si todos percibimos las mismas cosas, no podemos estar equivocados, pensaban, y continuaban su camino en la noche, imaginando soles y lunas, planetas y estrellas, un presente continuo, rodeado de enseres que no colmaban la sed de sus almas.

El, ahora que estaba muerto, asumía las viejas palabras bíblicas: Vanidad de vanidades y todo es vanidad; oscuridad de oscuridades, todo es oscuridad. ¿Cómo había podido ser tan ingenuo para pensar que algo que duraba tan poco podía ser tan real?. La realidad no se mide por la intensidad del estímulo, sino por el tiempo que permanece en nuestra consciencia. Un delirio no es real, por muy intenso que sea. En cambio, si su duración se prolongara en el tiempo, el delirio iría adquiriendo categoría de realidad. Eso que todos pensamos es real, aunque bien podría ser un delirio compartido. La prueba  de ello es lo poco que dura. Basta morir para que las viejas fantasías se desvanezcan. 

Los caminantes, con sus linternas férreamente oprimidas entre sus manos, no se dan cuenta de la invisible prisión en la que habitan. Creen no poder comunicarse, amarse, porque sus caminos son paralelos y nunca se encuentran. ¡Pobres ingenuos! No comprenden que bastaría con enfocar las linternas de su consciencia hacia un costado  y permanecer el tiempo suficiente entrelazando sus haces de luz, para que ambos pudieran fundirse en una sola consciencia y un solo sentimiento.

Son como ciegos con linternas, que a veces se pelean por un trozo de suelo negro cuanto tienen el infinito a su disposición. Me dan pena y desearía volar sobre ellos, como un ángel con alas, para anunciarles la buena nueva, para que apagaran sus linternas y pudieran abrir ese tercer ojo que palpita ahora en mi frente, con el que puedo ver la auténtica realidad, una vez rasgado el velo de Maya.

Así piensa al tiempo que descubre la inutilidad de su deseo. No puede moverse, está como clavado en el tiempo, y aunque pudiera hacerlo nunca se oyó de nadie que escarmentara en cabeza ajena. Por eso deberán seguir caminando, con la linterna en sus manos, imaginando que sus vidas son para siempre, felices rodeados de objetos que en el fondo no son otra cosa que un sólido muro de oscuridad. Al morir no dejarán de percibir la diversidad, porque el “yo” de su consciencia aún no ha despertado. Alguien les dará otra linterna y se creerán nuevas identidades que acabarán por iniciar un nuevo camino, cuando llevan ya milenios dando las mismas vueltas a la noria.

Algún día despertarán y entonces… Ha perdido interés en continuar contemplando tan triste panorama. Está sintiendo que algo le atrae hacia lo alto. Se deja llevar, imbuido en la paz de quien por fin ha despertado de una larga pesadilla. Una luz poderosa y tan amorosa que no puede resistirse a su atracción, lo va envolviendo. No desea volver a reencarnarse nunca, regresar otra vez para coger aquella ridícula linterna. Algo le dice que su futuro está ensus manos. Siempre lo estuvo, aunque no pudiera comprenderlo. Ahora, que está viendo la luz, nada podrá engañarlo otra vez.

Se deja atrapar en el infinito sol, no sin antes pensar por última vez en aquellos pobres ciegos, caminando en línea recta hacia la oscuridad infinita. No echa de menos el paso del tiempo, porque ahora sabe que era simplemente la luz de una linterna, iluminando un presente que en realidad existía desde siempre.

FIN





EL BUNKER II

19 04 2017

El bunker II

LA PARÁBOLA DEL BUNKER I

Esta es la historia de cómo un habitante de su bunker se despertó una noche y descubrió que un intruso se había colado en su interior, saltándose a la torera todas las medidas de seguridad. Algo que era imposible había ocurrido y un evento tan imprevisible cambió para siempre su vida.

Recordemos:
Bunker: cuerpo físico.

Habitante del bunker: la consciencia.

Iniciado: Habitante del bunker que se despierta una noche y descubre que hay intrusos.

Esta es la historia de cómo el habitante del búnker llegó a descubrir que ese lugar, donde habitaba de forma permanente, no era inexpugnable como le prometieron, y que el sistema de seguridad, lo mejor del mercado, era en realidad una auténtica birria, y cómo estos acontecimientos fueron cambiando su forma de pensar hasta lograr ver la luz y descubrir que lo increíble era cierto y lo imposible real. Esta es la historia de un ser humano que creía ser vidente y era ciego, que creía ser inmortal y era mortal, que pensaba estar pisando la realidad todos los días cuando en realidad vivía en la ficción y estaba siendo pisoteado por la auténtica realidad, el universo invisible.

Había una vez… un hombre (cámbienlo a su gusto, una mujer, un niño, un adulto, un… lo que sea) que habitaba en un búnker…
Este hombre ingenuo y crédulo pensaba, más bien estaba convencido, de que su búnker era inexpugnable. Así se lo juraron y perjuraron en la tienda donde lo compró. No es eterno, se deteriora con el tiempo, pero eso sí, nada ni nadie podrá entrar en él jamás, a no ser con su permiso y en la forma que usted acuerde con el intruso.

También le dijeron que su búnker, que todos los búnkers estándar llevaban incorporado un sistema de alarma, de altísima seguridad, que permitía al residente saber cuándo alguien intentaba penetrar en su casa y poner remedio a esta intrusión.

Nuestro personaje dio las gracias y se instaló tranquilamente en el búnker. Voy a ser todo lo feliz que pueda, se prometió, y como nadie puede entrar aquí estaré a salvo de coacciones. Me relacionaré con los demás habitantes de este simpático planeta llamado Tierra de igual a igual, pactaremos una forma de convivencia y nos amaremos para siempre. Si no es posible, si el odio comienza a enraizar en nuestros corazones, entonces… entonces, me recluiré en mi búnker y nadie podrá hacerme daño. Aquí podré pensar y sentir a gusto, aquí llevaré una vida íntima que nadie conocerá ni nadie podrá interrumpir o cambiar con amenazas, pistolas o misiles.

No es extraño que nuestro amigo pensara así, nosotros también lo hacemos. Es cierto que nuestro cuerpo se deteriora y no está garantizado a prueba de bombas. El tiempo lo erosiona y una bala, un cuchillo, una bomba pueden acabar con él. Pero al menos nos garantizaron un búnker a prueba de intrusos. Nadie entrará en nuestro hogar si nosotros no le abrimos la puerta, nadie nos espiará si nosotros no se lo permitimos. A lo más que llegamos es a vernos a través de la estrecha rendija que llamamos ojos y que el vendedor del búnker nos dijo que eran en realidad unas ventanas maravillosas con un software especial que casi nos permitiría sugestionarnos con que estábamos en el interior de los búnker ajenos. Podemos notar la textura de las paredes del otro búnker si éste nos lo permite. Podemos escuchar lo que sucede fuera de nuestro refugio a través de un sofisticado sistema de escucha al que llamamos oídos. Y así sucesivamente.

Vale, todo eso entra en el interior de nuestro búnker, pero nosotros lo filtramos a través de un prodigioso ordenador que llamamos “cerebro” y que con un programa maravilloso nos permite dejar pasar solo lo que nos interesa o almacenarlo para estudiarlo más tarde.
Todo perfecto… hasta que un día descubrimos que nuestro búnker tiene “goteras”. Aquí entran intrusos cuando quieren y se van cuando les da la gana. Nos han estafado. Esto parece un queso gruyere.

Permítanme interrumpir aquí esta parábola y comenzar otra muy breve, para que se hagan idea de lo que siente el habitante de la casa cuando descubre intrusos. Será la parábola del vidente y el invidente. Con cierto parecido a la parábola de un ciego que guía a otro ciego hasta caer ambos en el abismo, solo que un poco diferente, ligeramente modificada.
Les espero en el próximo capítulo. Si prefieren seguir pensando que su búnker es inexpugnable, allá ustedes. Si quieren seguir engañados, pues muy bien. Pero si desean conocer la auténtica sabiduría, la única que puede explicarnos el Cosmos, la vida, al ser humano y a Dios… pues entonces regresen por aquí.

Continuará.