DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL ( EL GRAN SECRETO DE MI VIDA) XXI

7 09 2017

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

EL GRAN SECRETO DE MI VIDA XXI

EL DELIRIO ONÍRICO/CONTINUACIÓN

universo

Muchas veces me he preguntado qué hubiera sido de mi vida de no haberme obsesionado por los sueños, por el mundo onírico. En general muchas veces me he preguntado qué hubiera sido de mi vida de no haberme hecho preguntas, ¿de dónde vengo, a dónde voy, quién soy, qué es la vida, qué sentido tiene estar vivo, qué puedo esperar cuando llegue la muerte?  ¿Cómo hubiera vivido si me hubiera centrado en lo que muchos consideran la vida, despertar y olvidarte de lo que has soñado, centrarte en las “cosas que importan” en el mundo de vigilia, en el mundo, en esta realidad física, tener buena salud, relacionarte lo mejor posible, trabajar honradamente con los menores conflictos, ganar dinero, cuanto más mejor, tener una familia agradable, un status social interesante, llevarse bien con todos, recibir palmaditas en el hombro, anclar la mente en lo que estoy haciendo y solo en ello, sin dejarla volar, sin permitir a la fantasía la menor libertad, sin reflexionar, sin meditar, sin hacer preguntas tontas, que son todas aquellas que no tienen respuesta? Sí, qué hubiera sido de mi vida. La verdad es que ni lo sé ni me importa. Hay algo que anula absolutamente cualquier interés por una vida “políticamente correcta”, y es la muerte. Desde la perspectiva de la muerte solo encontrar sentido a la vida y a la propia muerte tiene para mí algún sentido. Luego descubriría que un guerrero todo lo mira desde la perspectiva de la muerte, que un guerrero sabe que nunca descubrirá el misterio de la existencia, pero lo intentará hasta el último aliento. De alguna manera yo intuía ya lo que era ser un guerrero antes de conocer este concepto y de dar el primer paso en el camino.

No me importa saber que otros caminos hubieran sido más fáciles, tampoco me importaría saber que de no haber tenido aquel sueño tal vez mi vida no hubiera sido tan trágica. En realidad pienso que todo esto son elucubraciones sin sentido, puesto que mi condición de enfermo mental ya existía antes de que ocurrieran estas cosas y uno no se libra fácilmente de las consecuencias de una enfermedad mental. De todas formas debo señalar aquel sueño como un hito en mi camino en la vida, hubo un antes y un después, todo cambió. A lo largo de mi vida onírica he tenido muchos sueños extraños, algunos muy largos, algunos muy lúcidos, algunos muy impactantes, pero ninguno como aquel. Me trastornó por completo porque consideré que no era posible tener un sueño como aquel por “propios méritos”, digámoslo así, es decir, yo no era un soñador avezado, creativo, no dominaba las técnicas oníricas, apenas conseguía tener una pizca de lucidez en algunos sueños.  Pero sobre todo me trastornó lo que yo intuí que había perdido al despertar y conforme fue pasando el tiempo. Aquella película tan extensa y detallada sobre el futuro se convirtió con el paso de los días en un pequeño fragmento de un cortísimo documental en el que lo verdaderamente importante había sido suprimido, una elipsis brutal había terminado con lo que a mí me interesaba.

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Una de las sensaciones más fuertes al terminar el sueño fue aquella especie de pregunta que me hicieron aquellos ancianos. ¿Quieres recordarlo todo? No, no, por Dios no, os lo suplico, no. Estaba convencido de que algo así me mataría o me volvería loco. La tentación de recordar cada una de aquellas escenas fue muy fuerte, saber todo lo que me iba a pasar durante años, todo lo que pasaría en el mundo durante décadas, saber que en cualquier momento podría epatar a cualquiera anunciando un acontecimiento global y sorprendente, saber que nada me podría sorprender, poder esperar sentado frente al televisor los acontecimientos mundiales con una sonrisa aviesa en la boca: la caída del muro de Berlín (una premonición que no soy capaz de recordar si fue antes o después del sueño), aquel momento crítico que iba desde la presidencia de un americano de raza negra, Obama, al sucesor de quien en aquel sueño debió de ser la primera presidenta de USA, y que resultó el primer millonario presidente, pasando por la muerte de un Papa, el ascenso al papado de un Papa de raza negra y el fin, la disolución de la Iglesia católica. En medio todo aquel infernal apocalipsis que San Juan debió de ver pero fue incapaz de comprender, por lo que tuvo que recurrir a bestias y demonios. Desde el 11S lo peor de la línea cronológica de aquel sueño fue suprimido. La guerra bacteriológica, de la que los episodios del Antrax solo fueron una pequeña muestra, las bombas sucias, el robo de bombas nucleares y su venta a terroristas, la virulencia del terrorismo en Europa, de la que apenas da idea lo que está ocurriendo realmente. Las manifestaciones en las calles, la violencia sin objetivo de los antisistema, la caída de gobiernos democráticos, uno tras otro, el ascenso de los populismos sin meta, sin orden ni concierto y su caída rápida y sin paliativos, todo lo que intentaba recordar de aquel sueño era mucho más terrible y apocalíptico. En el momento del sueño no tenía claro que se pudiera cambiar el futuro, de hecho pensaba que era más verosímil que no pudiera hacerse y eso me atormentó durante años. Pero la sensación que tuve durante el sueño era la de que aquellos ancianos, aquellas entidades, estaban velando para que la humanidad tuviera un futuro mejor, de hecho lo más probable era que consiguieran suprimir lo peor de lo que había visto. Un vago recuerdo de una frase del apocalipsis, algo así como si no nos fuera ahorrado la hez de las copas de las plagas, nadie sobreviviría. Eso era lo que estaba ocurriendo.

Lo terrible de estos delirios oníricos es la imposibilidad que siente el que los vive de librarse de ellos con elementales razonamientos prácticos. ¿De qué sirve conocer el futuro si no lo puedes cambiar, y aunque lo pudieras cambiar, estás seguro de que eso sería lo mejor visto a largo plazo para la humanidad?  ¿Es razonable pensar que el ver acontecimientos futuros te tenga que convertir necesariamente en un superhéroe a jornada completa, responsable de todo lo que ocurra sobre la faz de la Tierra?  ¿Acaso la visión de una imagen, como mucho una corta secuencia del futuro, te pueden dar todos los datos necesarios para saber cuál sería la mejor de las decisiones, cuando estando en el presente no eres capaz de saberlo, aún contando con toda la memoria del pasado, años y años de datos y vivencias?  ¿Acaso la visión concreta de un hecho concreto de una persona concreta te puede facilitar la mejor de las decisiones respecto a ella?

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Hay algo morboso en esto de querer conocer el futuro a toda costa y la persona con enfermedad mental no se resiste a estas conductas morbosas que forman parte inextricable de su enfermedad. Pero también hay algo difícil de asumir por la persona objeto de este tipo de vivencias, y es la sensación de poder que te da el saber que en el futuro va a pasar tal o cual cosa. Es algo totalmente irracional, porque el conocer una desgracia futura o saber que tal o cual personajillo va a saltar a la política mundial y va a remojar nuestras barbas para pasar luego la navaja de afeitar por nuestras gargamtas, o simplemente saber que en tal lugar –porque la fecha es casi imposible de obtener en estas visiones- va a ocurrir un atentado terrorista con tantos muertos y con una secuencia de hechos perfectamente cronometrada, no te van a aportar nada, ni como persona, ni como ser humano, ni como miembro de la humanidad, ni como entidad espiritual, ni como enfermo mental, ni como vidente, ni como nada de nada. Lo que se obtienen de estas visiones de futuro solo es miedo, terror, angustia e incapacidad para hacer nada o salirse de ese bucle infernal. A pesar de ello, de la irracionalidad que supone dejarse llevar por acontecimientos futuros que si fueran presentes no nos afectarían de la forma que lo hacen cuando son futuros, uno puede dejar que todo esto condicione y destruya su vida futura.

Sin duda aquel sueño en el que yo veía claramente mi futuro y el de la humanidad en una pantalla de televisión gigantesca, condicionó mi vida para siempre y me temo que no de una forma positiva. No es que no me planteara razonamientos tan lógicos como la posibilidad de que el futuro no esté escrito y entonces lo que estás viendo no es “el futuro” sino uno de los futuros posibles, y de que si el futuro está ya escrito es inútil plantearte cambiar nada y de que la visión de ese futuro ya escrito no solo no te puede aportar nada, sino que puede destrozar tu vida para nada. Estos argumentos fueron barajados por mí tras aquel sueño y todos los demás que le siguieron. Pero por mucho que uno baraje estas cartas del tarot siempre te saldrá la misma carta, la muerte. Porque en realidad todas estas experiencias se resumen en una: el miedo a la muerte. Recuerdo muy bien que tras cada visión premonitoria lo que más me preocupaba no era el sufrimiento inevitable de cientos y cientos de personas y de sus familiares (un sufrimiento que yo percibía en mi propia piel, tal vez porque la sugestión que uno sufre tras una experiencia de este tipo es tan poderosa que nada le impide creer que pueda estar sufriendo miles y miles de muertes y miles y miles de lutos de seres queridos, a la vez y de forma misteriosa e inexplicable)sino la posibilidad de acabar viendo mi propia muerte. Una muerte que uno tiende a pensar es la más dolorosa de las muertes posibles, somos así de morbosos y de irracionales. Morir con dolor, cuando es inevitable, puede ser terrible, infernal, pero al menos sabes que no estuvo en tu mano evitarlo, pero cuando eres capaz de ver premonitoriamente tu muerte con dolor, la obsesión por evitar esa muerte se convierte en única y prioritaria, no piensas en nada más, no vives para nada más.

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El evitar la visión de mi propia muerte en el futuro se convirtió para mí, en una época de mi vida, en un verdadero infierno. Porque no solo creía a veces recordar cómo terminaba mi vida en esa proyección del futuro con la que fuera “premiado” por aquellos ancianos de los días, sino que llegaba a convencerme de que mis imaginaciones eran absolutamente reales. Luego, con el tiempo, un gran número de sueños se fueron añadiendo a éste, hasta transformar mi mundo onírico en un delirio sin pies ni cabeza, en una auténtica locura. Así los sueños en los que me veía desactivando una bomba terrorista, aparentemente confirmados por alguna noticia del no estallido de esa bomba o del estallido de la misma en manos del terrorista, dieron lugar a todo un delirio onírico, complejo, aparentemente razonable, que me convenció de la posibilidad de que uno podía realizar en sueños todas aquellas cosas que no podía llevar a cabo en la vida real, tal como desactivar bombas que los terroristas estaban preparando. De ahí a transformarte en un superhéroe a jornada completa no había apenas trecho. Recuerdo que llegué a programarme, antes de dormirme, para viajar al futuro en sueños, descubrir las tragedias que iban a ocurrir e intentar evitarlas. Esto no hubiera dado el menor resultado si luego no se hubieran producido los sueños que ocurrieron, tales como estar en un edificio concreto viendo a un terrorista manipular una bomba e intentar sugestionarle, de mente a mente, para que uniera un cable con el equivocado, o experimentar con la posibilidad de sugestionar al terrorista para que se llevara la pistola a la sien y apretara el gatillo, tal como se ha podido ver en algunas películas, la mayoría muy cutres, sobre el poder de la mente.

Aún hoy me pregunto cómo pude llegar a semejante extremo, cómo fui doblegado por un delirio sin pies ni cabeza, que además era onírico, con lo que su credibilidad era aún mucho menor. Todo comenzó con aquel sueño. No estaba acostumbrado a sueños tan largos, tan vívidos, tan intensos, que pudiera recordar con tanta intensidad al despertar. No podía convencerme de que fuera un sueño normal, había algo en él de realidad fuera de esta dimensión, algo de apabullante y misterioso. Luego, poco a poco, iría razonando sobre las implicaciones de ese sueño y las lógicas conclusiones no pudieron evitarme todo aquel inútil delirio. La pregunta clave era: ¿qué saco yo de este sueño; para qué se me ha obligado a vivirlo y recordarlo? Y la respuesta no podía ser más decepcionante, especialmente cuando fue pasando el tiempo. No se produjo la tercera guerra mundial, tal como yo creí haberla recordado al despertar, es decir, un helicóptero norteamericano derribado en el golfo pérsico que originaba toda una serie de carambolas hasta llegar a una apocalíptica guerra mundial. Es cierto que no se produjo el derribo de ese helicóptero, pero sí la guerra del golfo, algo que antes que se produjera ni había pasado por mi imaginación ni creo que los analistas de la CIA tuvieran claro que algo así se iba a desencadenar. Tampoco el tema Bin Laden llegó hasta donde yo creí haber visto en el sueño, es decir, a una auténtica guerra bacteriológica con ántrax y otro tipo de material apocalíptico, pero sí es cierto que se produjeron algunos casos de ántrax enviado por correo y el terror que produjo esto sería indescriptible para alguien que lo viera en sueños. Tampoco la guerra de Ucrania, con sus nefastas consecuencias para Europa, pero sí es cierto que la invasión de Ucrania por tropas prorusas se produjo en el año 2014 y si bien es cierto que ya no se ha vuelto a hablar de ello en los telediarios, me ha bastado con buscar en Google para saber que dicha guerra aún sigue activa y sus consecuencias son imprevisibles. Creí recordar que en aquel sueño a Obama le sucedía en la presidencia, por primera vez, una mujer, la posibilidad de que fuera un millonario con muy poca cabeza, era remotísima, y sin embargo ocurrió, las dos cosas, que una mujer estuvo a punto de ser la primera presidenta y que un millonario ascendió a la presidencia. Los ataques terroristas en Europa no fueron tan virulentos como yo creí verlos en aquel sueño, pero se han producido y se siguen produciendo. La situación en España no ha llegado hasta el terrible deterioro que yo creí ver en aquel sueño, pero nada indica que no estemos siguiendo un buen camino para ello. Los tumultos y revueltas antisistema en toda Europa que creí ver en aquel sueño no se ha producido, pero nada indica que no se vayan a producir en un próximo futuro. La estrepitosa caída de las democracias occidentales no se ha producido, pero tampoco nada indica que no llevemos ese camino.

En resumen, que se podría decir que del material de aquel sueño, no se ha llegado a confirmar ni un uno por ciento, el resto son variantes más o menos complejas y verosímiles. Mi pregunta es: ¿para qué demonios me sirvió aquel sueño? No cambió nada del destino de la humanidad, no cambió mi vida, al menos para mejor, no me convertí en un mejor vidente capaz de ver tragedias futuras en un tiempo y espacio concretos para poder impedirlas, no evolucioné espiritualmente, no me transformé en una mejor persona, solo en un guiñapo de carne temblorosa por el terror. Visto con total pragmatismo no puedo decir que aquellas experiencias me sirvieran de nada, por lo tanto si las califico de delirio y las rechazo como algo que está fuera de la realidad y que no sirve para otra cosa que para generar terror en una mente enferma, seguro que no estaré tan lejos de la verdad.

Cuando los sueños no nos cambian a mejor, no solucionan nuestros problemas, no curan nuestras enfermedades, no permiten una ayuda concreta y eficaz para nuestros próximos, cuando no van desvelando poco a poco el misterio, corriendo la cortina o el velo de Maya, cuando no nos hacen evolucionar espiritual mente y nos transforman en mejores personas, no sirven de nada, en todo caso son solo obstáculos en nuestra camino, con los que tropezamos, dándonos de bruces. Tal vez llegara a plantearme de qué me ha servido intentar recordar sueños, anotarlos, para verme destrozado por delirios infernales oníricos durante alguna etapa de mi vida, sino fuera porque mi condición de guerrero impecable me obliga a intentar, siempre, intentar desvelar el misterio de la vida, aunque no se pueda conseguir, y desde luego si hay un estado desde el que se puede intentar escalar ese castillo en la niebla con algún éxito, es el mundo onírico. De nuevo el dilema, si yo no me hubiera metido en la camisa de once varas del mundo onírico, ¿mi vida habría sido mejor? Lo dudo mucho, como enfermo mental, puede que tomar ciertos caminos en lugar de otros tal vez habría decrecido el número de obstáculos a los que me he enfrentado a lo largo de mi vida, pero ni el número de obstáculos ni su entidad habrían sido escandalosamente inferiores, porque la enfermedad mental es como es y solo se puede medir en sufrimiento, tal como los terremotos se miden en la escala Richter. Mucho me temo que la intensidad del sufrimiento en un enfermo mental no esté tanto en los acontecimientos exteriores como en las vueltas y revueltas que da su propia mente. De no haber caído en el delirio onírico seguro que habría caído en otro cualquiera, el mal estaba en mi mente y no fuera de ella. Creo que el tema da aún mucho más de sí, porque analizar cómo fueron mis sueños y las consecuencias en mi vida no es una tontería de un psicoanalista diletante sino una vivisección a fondo de la enfermedad mental, algo que no me resisto a hacer a pesar de las posibles consecuencias en mi psiquis, porque ahora puedo decidir con total libertad sobre mi vida, cuando uno vive solo no se preocupa de si alguien le puede estar mirando por la ventana ni por las consecuencias en hipotéticos seres queridos que ni se preocupan de si uno puede estar vivo o muerto. Cuando tu primer círculo está vacío la soledad puede ser tan intensa que llega a generar terror, pero tiene una gran ventaja, el círculo no tiene peso, es como un globo, puede subir hacia arriba en cualquier momento y llevarte a donde quiera el destino, porque ahora tu destino no lo marcan los seres queridos sino tu propia libertad o dejadez, que de todo hay.

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XX

8 05 2017

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

 

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EL GRAN SECRETO DE MI VIDA XX

 

EL DELIRIO ONÍRICO

 

Es una expresión que de por sí suena rara, los sueños ya son suficientemente delirantes como calificar así a unos determinados sueños, y sin embargo los que tuve durante aquella etapa concreta de mi vida fueron absolutamente delirantes y no se han vuelto a repetir. Ya el hecho de que por muchos años que lleve trabajando en la programación onírica no haya conseguido tener sueños con determinadas temáticas  a pesar del esfuerzo que puse en la programación indica bien a las claras que aquellos sueños no fueron programados ni tuvieron relación con las voces o los fenómenos que entonces estaba experimentando. Otro factor muy curioso que me indica su especial naturaleza fue la sincronización de estos sueños, es decir que se produjeron seguidos, que tenían todos la misma temática y eran como capítulos de una misma novela, algo especialmente llamativo, ya que a pesar de haber tenido algunos sueños muy largos, auténticas historias independientes que luego he aprovechado para alguna novela, estos siempre fueron muy poco habituales y se produjeron con una gran distancia en el tiempo.

Aunque imagino que la mayoría de las personas con enfermedad mental no se preocupan en lo más mínimo de sus sueños, no intentan recordarlos ni mucho menos los anotan e interpretan, lo cierto es que me consta que muchos de ellos sufren con frecuencia de pesadillas y su mundo onírico termina siendo un auténtico tormento. La medicación suele inhibir la capacidad para recordar los sueños, produce un sueño pesado, agitado y uno se levanta con la sensación de haber recibido una buena paliza, poco descansado y con la mente muy abotargada. Mi experiencia onírica a lo largo de los años  en los que tomé una fuerte medicación me indica que la sensación de no poder controlar los sueños, que con mucha frecuencia se transformaban en pesadillas, fue muy agobiante. Me daba miedo quedarme dormido por la posibilidad de entrar en un mundo de pesadillas incontrolables. Recuerdo muy bien que durante la cura de sueño que me propusieron como terapia en un psiquiátrico privado, donde ingresé voluntariamente tras uno de mis juveniles intentos de suicidio, la sensación de estar en un perpetuo sueño, observando una película inacabable, fue muy intensa. De hecho, cuando me despertaban para tomar la medicación y comer, creo que tres veces al día, podía recordar algunos sueños con total nitidez. Mi gusto por los sueños, que me acompaña desde niño, creo que ayudó mucho a soportar aquella vida vegetal salpicada constantes escenas oníricas. No llevé mal aquella terapia, de hecho creo que fue una de las mejores entre todas aquellas que tuve que sufrir en mi etapa negra. No recuerdo cuántos días duró, sí que fueron bastantes, y cuando me despertaron definitivamente me sentía bastante descansado, vital, con la sensación de que todo lo que me había pasado hasta entonces, especialmente mis intentos de suicidio, era una especie de pesadilla sin la menor lógica, no podía comprender cómo había llegado a semejante extremo. Desconozco los efectos físicos y mentales de esta terapia, en mi caso, supongo porque estaba tan mal que nada podía empeorarme, por lo que estar dormido tantas horas solo podía mejorarme. De hecho durante todas mis crisis siento un fuerte deseo de dormir el mayor número posible de horas y esto me ayuda mucho a distanciarme del drama que estoy viviendo en esos momentos.

El delirio onírico puede ser algo excepcional en las personas con enfermedad mental, pero habida cuenta de lo mucho que se parece a los delirios en estado de vigilias que sufren los enfermos que padecen ciertas enfermedades, creo que el hablar extensamente de ello puede servirles de ayuda. Por otro lado este diario secreto intenta narrar toda mi vida íntima como enfermo mental, sin ocultar nada, mucho menos mis experiencias como buscador de la verdad en el camino del conocimiento, el duro camino que me tocó recorrer como iniciado en el conocimiento esotérico, mientras desarrollaba las facultades mentales que todos poseemos pero que solo logran activarse tras un constante y exhaustivo trabajo abriendo y desarrollando los chakras, buscando en nuestro interior al maestro interno, el yo interno rosacruz, que es en realidad nuestro verdadero yo y el que antes o después, en esta vida o en vidas posteriores, durante la vigilia o el sueño, acabará haciendo su aparición, lo mismo que uno, por mucho que huya de ello, no puede evitar acabar mirándose en el espejo y viendo cómo es realmente. Por eso este diario no solo va destinado a las personas con enfermedad mental, sino también y muy especialmente a cuantos están iniciando el camino que yo decidí recorrer, sin dudas y sin la posibilidad de dar marcha atrás, durante los duros años de mi juventud. Tal vez sin haber sufrido la enfermedad mental no habría sentido un impulso tan compulsivo y obsesivo por alcanzar la verdad, por saber realmente qué somos, qué hacemos aquí y a dónde se supone que vamos.

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El sueño que marcaría mi vida onírica y todas las restantes experiencias, muchas de ellas delirantes, que viví a través de los sueños, tuvo lugar entre los veintisiete y treinta años, no puedo ser más preciso porque mi memoria no da para más, solo puedo situarlo tras el fallecimiento de mi padre y antes de mi matrimonio, lo que viene a ser un periodo aproximado al que he señalado. Por aquel entonces yo estaba soltero, vivía con mi madre en una casa bastante cutre cerca del Barrio húmedo de León, acababa de ingresar en los rosacruces tras un periodo de busca un tanto confuso y difuso. Me interesaba el fenómeno OVNI y todos los fenómenos paranormales, hasta el punto que me había hecho con la enciclopedia del doctor Jimenes del Oso, que acababa de salir en fascículos. Estaba leyendo los libros de Allan Kardec sobre espiritismo y llevaba ya algunos años leyendo sobre budismo, yoga, zen y todo lo que cayera en mis manos y se refiriera a alguna filosofía oriental. En mi biblioteca, aparte de literatura, podían encontrarse libros sobre espiritismo, hipnotismo, ovnis, fenómenos paranormales, conocimiento esotérico, budismo y todo aquello que me llamara la atención en un momento concreto, recuerdo haber adquirido libros sobre las pirámides, sobre biorritmos, muerte después de la vida, médiums y fenómenos mediúmnicos.  Pero lo que centraba y absorbía mi atención en aquellos momentos eran las enseñanzas rosacruces que recibía puntualmente todos los meses en monografías y otros folletos que me remitían desde USA, San José, California, donde estaba y creo sigue estando la sede de AMORC, Antigua y mística orden rosacruz. Aunque mi situación económica no era precisamente boyante, puesto que tenía que atender a mi madre, que tan solo recibía una pensión de viudedad, no me importaba hacer un esfuerzo y ahorrar todo lo necesario para pagar en dólares estas monografías, y aún ahorraba para comprar libros y música.

Ya había pasado mi etapa negra, la que viviera en Madrid, entre los años 1978 y 1982, más o menos. Como resultado de ella había quedado seriamente trastornado, llevaba a mis espaldas una docena de suicidios, muy largas estancias en psiquiátricos, una delirante experiencia con los medios de comunicación, interesados en el hombre que más veces había intentado suicidarse sin conseguirlo, la dramática muerte de mi padre, el intento de incapacitación laboral por parte de mi jefe en Madrid, la relación interpersonal con un buen número de personas con graves problemas mentales, un amigo alcohólico que falleció de cirrosis poco antes de trasladarme a León, amigos drogadictos, todo tipo de experiencias nefastas en mundos y submundos que no me aportaron nada, solo un mayor deterioro de mi personalidad, generando trastornos de conducta y de personalidad con los que luego tendría que lidiar el resto de mi vida. Por suerte aún no había comenzado mi fase como telépata loco –así me denomino yo, en una parodia humorística que ha dado como resultado mis textos sobre el telépata loco, iniciados con Terror en las mentes- y ciertos fenómenos paranormales que luego me traerían de cabeza, apenas comenzaban a producirse. Se podría decir que acababa de salir de mi etapa negra y aún no había comenzado mi etapa como el Loco de León. Entonces me dedicaba fundamentalmente a los estudios rosacruces y a perfeccionar las técnicas de yoga mental, especialmente la relajación, que me ayudaría muchísimo a soportar lo que estaba al caer.

El sueño tuvo lugar durante la siesta, tras una muy trabajada y profunda relajación que me llevó a un sueño profundo.  No puedo calcular muy bien lo que pudo durar aquel sueño, tal vez entre media hora y una hora. Al despertar estaba tan traumatizado que decidí escribir todo lo que había soñado e intentar recordar todos los detalles posibles. Aquel sueño marcaría mi vida, por un lado sufriría un trauma del que sigo sin recuperarme, y por otro me daría una esperanza firme y sólida, en que ocurriera lo que ocurriera, yo iba a sobrevivir.

Mi obsesión por los ovnis era intensa y muy molesta. De hecho creí haber visto algún ovni en el pueblo de mis abuelos y recuerdo haberlo comentado con mi tío y mi primo. También esta obsesión me llevaría a buscar un contacto extraterrestre, visitando, por ejemplo, el valle del Silencio, en León, que por entonces tenía fama de ser un lugar donde se producían muchos avistamientos, incluso abduciones. Que esta obsesión tuviera algo que ver con el contenido de aquel sueño es seguro, pero la extraordinaria nitidez y realismo del sueño y la claridad con que lo recordé al despertarme es totalmente insólito en mi vida onírica, incluso las sensaciones eran tan realistas, repercutían de tal forma en mi cuerpo que llegué a sentir y a quejarme de lo que me hicieron en aquella especie de quirófano metálico, bucear en mi cerebro con una sonda y colocarme aquella especie de microchip emisor que me tuvo en jaque tanto tiempo y formó parte de mis delirios más desatinados de aquella época.

GAIA

Fue un repaso en toda regla de mi supuesta vida como entidad consciente, un rastreo implacable de mi nacimiento a la consciencia que en algunos de mis relatos más delirantes he llamado “el fotoncito consciente”. Comenzaba como partícula subatómica formando parte de la materia en alguna parte y terminaba en un lejano futuro, cuando al fin iba a conseguir la fusión con el Todo. Nunca entendí aquella parte en la que yo de alguna parte formaba parte del mundo mineral. Pude aceptar mi vida como planta, porque creo que las plantas están vivas, pero no tenía el menor sentido aquella especie de vida mineral consciente, sin evolucionar, sintiéndome de una manera muy extraña parte de un planeta. El concepto de Gaia tardaría en llegar a mí y creo que fue a raíz de la lectura de una novela de Asimov. El planeta consciente en su totalidad es un concepto que me fascina y que he utilizado en mi novela de cienciaficción “Diario de Ermantis”. Muchos años más tarde, la teoría de la vinculación de Milarepa, me daría la clave para todo esto, pero sigo sin comprender todo aquello. La voz de mi guía contestaba a mi pregunta sobre la necesidad de todo aquello. No podrás respetar, comprender ni amar todo lo que existe, desde el mineral hasta las entidades más evolucionadas espiritualmente si no recapitulas lo que ha sido tu largo trayecto en la materia. Todos aquellos recuerdos están muy borrosos, casi han desaparecido de mi memoria, pero de vez en cuando me viene a la cabeza un “deja vu”, algo ya vivido y que ahora se dispara como un breve fogonazo, intentando que desde la oscuridad del olvido se produzca la visión de una experiencia que me mostró todo el sentido de la existencia. Porque esa fue la sensación más fuerte y poderosa que salió de aquel sueño, la de que todo tenía sentido, un profundo sentido, aunque nos costara tanto poder percibirlo ahora.

Recuerdo vaga y confusamente algunas experiencias como animal, tal vez un toro, un animal totémico para mí por mi signo astrológico, algún animal salvaje, pero sobre todo fue intensa la percepción a través de mis supuestas vidas como animal presa, depredado y comido. Tal vez esa sensación de haber vivido muchas vidas como animal sea la que me hace tan receptivo al mundo animal. Ahora con mis gatitos no tengo la menor dificultad para ponerme en su piel e imaginarme cómo es su vida, para recibir sus comunicaciones en forma de maullidos. El cariño que siento por los animales me viene desde niño y comprendo muy bien a los grupos animalistas y su lucha por conseguir que los animales sean tratados con el respeto que merece toda forma de vida. Tengo la sensación de haber hecho algunas preguntas a mi guía al respecto y su respuesta fue consoladora, aunque también muy dolorosa. Podremos llegar, algún día, a la alimentación puramente energética, sin necesidad de la depredación de cualquier forma de vida, pero eso requiere una evolución muy avanzada de toda la humanidad, no solo de una persona o de un grupito. Aunque en mi juventud intentaba burlarme de aquellos grupos budistas que llevaban una máscara en la boca para evitar comerse, sin advertencia, algún insecto o criatura viva que pululara en al aire, nunca pude hacerlo del todo. Lo mismo que sentiría como una invasión inaceptable que alguien depredara y se comiera alguna célula de mi cuerpo, aún en contacto directo con mi consciencia, formando parte de mi cuerpo físico –no una escama de piel muerta o un pelo, o una uña- también percibo de alguna manera que la depredación de cualquier forma de vida tiene un componente parecido. Aún no he conseguido librarme de la carne, sigo siendo un carnívoro, aunque esa etapa parece estar llegando a su fin, y me gustaría que algún día pudiera anularme totalmente como depredador, incluso de depredador vegetariano, porque quien se come un vegetal también se está comiendo, de alguna manera un ser vivo. Algún día podré alimentarme solo de formas de energía, pero aún en ese caso también estaré alimentándome de algo vivo, porque todo lo que existe en el universo está vivo, es el universo Gaia.

Aún recuerdo cómo a los dieciocho años fui capaz de imaginar aquella delirante novela, El planeta de los vampiros, que luego se transformaría en la trilogía de cienciaficción “Omega”. Parece inevitable que el alimento, físico o energético, suponga siempre la depredación de otra forma de vida que debe perecer, pasando a formar parte de nuestro círculo de consciencia, cuerpo físico o cuerpo energético. Con aquella experiencia onírica fui consciente de que en el universo todos se alimentan de todos, la pirámide depredadora no tiene fin, mientras que los depredadores físicos se alimentan de todo tipo de seres físicos inferiores a su jerarquía depredadora, las entidades energéticas también se alimentan de todo tipo de seres inferiores a su escalón depredador. Fue por eso que me afectó tanto también el libro de Atienza, “La gran manipulación cósmica”. Incluso llegué a imaginar lo que podría ser toda una dimensión de fallecidos, sin cuerpo físico, alimentándose de los pensamientos y emociones de los vivos, las famosas larvas, los seres ectoplasmáticos. A través del libro de Atienza me planteé muy seriamente la posibilidad de que lo mismo que nosotros utilizamos a los animales como despensa, entidades superiores en el universo nos utilicen a nosotros como la suya, una despensa psíquica, por supuesto, pero al fin y al cabo despensa. Podrían criarnos como alimento, lo mismo que nosotros criamos a los animales. Aquellas ideas también fueron la causa de terribles y poderosos delirios de aquella época.

La voz de mi guía me explicaba que todo aquello tenía un sentido que algún día llegaría a comprender, pero que no podría librarme nunca, hasta mi fusión con el Todo, de la elección que supone un universo formado por el ying y el yang, la luz y la oscuridad. Hay que elegir, siempre hay que elegir, en nuestro camino evolutivo, desde la consciencia más baja del mineral, hasta la más alta de la entidad energética, la elección conforma parte esencial de nuestro camino. Podemos tomar lo necesario de las orillas del camino y seguir adelante, aceptando que no podemos caminar sin pisar tierra y todo lo que hay en ella, pero sin que eso suponga un paso atrás en nuestra evolución, o podemos elegir la oscuridad de aquellos que consideran que su existencia, su consciencia, les permite elegir todo aquello que necesiten, sin más, solo para su propio placer, aunque eso signifique causar daños irreparables a las formas de vida con las que se tropiezan en su camino. Quienes eligen la oscuridad se transforman en depredadores demoniacos, amparándose en una supuesta libertad absoluta –non servire, no serviré a nadie- consideran a todo lo que no sean ellos mismos como una forma de alimento para su ansia depredadora infinita. Solo la meta final, la fusión con el Todo, dignifica de alguna manera el daño que vamos causando al movernos por el camino de nuestra evolución. Aplicando aquí la teoría de Milarepa, se podría decir que el intercambio de electrones, la vinculación con otros átomos, es parte indispensable y esencial de la vida, de la existencia, pero en esta vinculación se reparte el beneficio y la pérdida, el dolor y la felicidad, unas veces nos toca a nosotros ceder electrones y otras veces son los demás los que nos los ceden a nosotros, sin embargo la elección de la oscuridad, del mal, amparándose en una supuesta libertad infinita, no es otra cosa que el intento de apropiarnos de los electrones de los demás, creando a nuestro alrededor un universo poderoso, al tiempo que los demás se quedan sin lo más mínimo para sobrevivir, física y espiritualmente. Es una forma de intentar ser dioses, sometiendo y depredando todo aquello que no pueda oponerse a nuestro poder depredador. “Non servire” a la divinidad y sus planes globales y totalizadores y en cambio yo mismo quiero convertirme en dios, pero un dios depredador e implacable que usa y depreda a todo lo demás, en lugar de vincularse con ello. Un dios que no se encarna en el cuerpo físico de sus criaturas más elementales para compartir con ellas todo lo que supone estar vivos en ese plano, en esa dimensión, sino un dios que se come todo lo que le resulta inferior, causando dolor y sufrimiento, sintiendo solo placer, evitando el sufrimiento. Esta y no otra es la elección entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Querer ser dioses a costa de los demás es el mal y llegar a ser dioses vinculándose con todo lo existente, tanto para el sufrimiento como para la felicidad, es el bien.

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De alguna manera aquella fue la enseñanza que aprendí con aquella recapitulación que viviera ante la pantalla de aquella portentosa pantalla donde se me mostraba toda mi evolución. Años más tarde, leyendo la saga de David Brin, la rebelión de los pupilos, con su genial idea de elevar a la consciencia formas de vida inferiores (en el caso de la humanidad, chimpancés, delfines, etc) comprendí a la perfección lo que se me había mostrado. Pero aún quedaba mucho por recorrer en aquella experiencia onírica. No me sorprende nada que las personas con enfermedad mental caigamos con tanta frecuencia y tan fácilmente en este tipo de delirios, que si no son oníricos, como es mi caso, porque pocos trabajan los sueños, sí tienen mucho parecido con los míos, especialmente todos los que tienen que ver con delirios proféticos, esotéricos, paranormales, con el prodigioso poder de la mente. Muchos enfermos caen en estos delirios, de los que les resulta muy complicado salir, porque es muy difícil aceptar con humidad lo poco que somos. Y aquí entra en juego el perder la importancia personal del guerrero impecable. Quien no es humilde, quien no es un guerrero, al vivir estas experiencias las transforma en delirios de los que él es el gran protagonista, se cree un nuevo profeta enviado para salvar a la humanidad. Las personas con enfermedad mental tenemos tendencia a compensar nuestra falta de autoestima en la vida real, cotidiana, con la enorme autoestima que nos da el haber experimentado todas estas experiencias, que realmente son apabullantes y desconcertantes. Yo mismo me creí, durante una etapa de mi vida, un profeta enviado para salvar a la humanidad, a quien se le había mostrado todo aquello, como se le mostrara a San Juan en el Apocalipsis, para advertir a la humanidad del camino errado. Con el tiempo he comprendido que estas experiencias son naturales en una etapa de la evolución y que nuestro afán por convertirnos en profetas no es otra cosa que una falta de humidad, tenemos demasiada importancia personal y estamos convencidos de que si faltamos nosotros todo se desmorona. Nada más incierto. Un guerrero sabe el humilde papel que desempeña en el plan cósmico. Pero aún queda mucho sueño por recorrer.

 





DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL(EL GRAN SECRETO) XIX

9 01 2017

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XIX

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EL GRAN SECRETO DE MI VIDA

LAS VOCES II

Cuando recapitulo determinadas etapas de mi vida me asombra el que yo pudiera pensar como pensaba, sentir lo que sentía, actuar como actué. Es como si el que fui y el que soy fueran personas completamente distintas, algo así como si tuviera doble personalidad o múltiple. En realidad, pienso ahora, no era para tanto y habría podido controlarme y superar todo aquello simplemente con un poco más de voluntad, fue la dejadez la que me convirtió en el loco de León.  Sin embargo me basta con pasar unos días muy deprimido, pensando en que la muerte es lo mejor, es maravillosa, para que mi mente vuelva a los viejos bucles, a las viejas ideas, todo podría volver a ser como antes con una facilidad que me aterroriza.

Me recuerda a Castaneda y sus experiencias con el nagual. Cuando estás en el tonal y éste no ha sido comprimido todas esas vivencias parecen desatinos y te preguntas cómo has podido llegar a darles la menor importancia. Cierto, visto todo desde este preciso momento me resulta incomprensible que unas simples voces puedan descontrolar de tal forma una psiquis, o que unos simples sueños, por muy premonitorios que fueran, pudieron trastornar de aquella forma mi vida.  Todo lo achacaba a la apertura del tercer ojo y al camino de conocimiento que había emprendido sin saber lo que hacía y sin que nadie me abriera los ojos sobre lo que iba a encontrar en el camino. Recuerdo mi santa cólera contra todos aquellos esoteristas que lo cifraban todo en el secreto, te pedían que guardaras el secreto cuando te iniciaban en sus enseñanzas, como si fueran bombas de neutrones que acabarían con todo si explotaban. Me sentí muy mal y me juré que cuando llegara a “viejo” contaría todo lo que me había sucedido para que otros no cometieran mis errores, para que supieran dónde se metían. Recuerdo aquellos delirios en los que me enfrentaba a los maestros rosacruces y les decía que no estaba de acuerdo con tanto secreto, que si la humanidad era capaz de soportar sin volverse loca tanta violencia, tanta maldad, como aparecían en los telediarios, seguro que podría asimilar, sin inmutarse, todas las enseñanzas esotéricas. Estos enfrentamientos eran mentales, por supuesto, en una época en la que mi supuesta telepatía me había trastornado por completo, arrojándome al abismo de la desesperación. Llegué a creer que realmente hablaba con ellos y lo que ocurrió cuando abandoné el sendero una especie de “venganza” suya. No fue así, claro, fui yo quien abandonó todo cuando una maestra de clase me respondió, a una consulta que le hice, que debería ir a un psiquiatra para que me examinara la cabeza puesto que mis preguntas eran las de un auténtico loco. No lo eran, me limité a llevar al extremo la lógica de las proyecciones mentales y de los viajes astrales. Su incapacidad para darme una respuesta aceptable solo debería haberme indicado que hay muchos supuestos maestros en el camino iniciático que tan solo son discípulos con suerte que han ascendido demasiado deprisa.

Ahora lo veo todo con más equidad. Releyendo los “Relatos de poder” de Castaneda me encuentro con la recapitulación que le hace don Juan a Castaneda de todas sus enseñanzas y de cómo le llevó por un camino, en buena parte engañado, que él no hubiera seguido, sin más, de no haber sido empujado muy astutamente. Toda esa parte del libro de Castaneda me recuerda mis inicios en las enseñanzas rosacruces, mi busca del conocimiento a través del esoterismo, del budismo, del yoga y de toda enseñanza oriental con la que me encontrara. ¿Habría emprendido aquel camino de saber entonces lo que sé ahora? Pues no lo tengo claro, por un lado creo que no me hubiera arriesgado a sufrir el tormento de las voces y la supuesta telepatía sin un maestro que me lo explicara todo previamente, que me hablara extensamente de qué es el tercer ojo, de cómo se desarrolla y de qué se puede esperar cuando lo tienes abierto. Por el otro estoy convencido de que mi ansia de conocimiento y, sobre todo, mi necesidad imperiosa de superar mi enfermedad mental o al menos de encontrar algo que aliviara mi sufrimiento, me habría empujado, antes o después, a seguir este camino.

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Don Juan le cuenta a Castaneda cómo muchos de los experimentos que le proponía, sus extrañas y curiosas iniciaciones, tenían un claro fin, empujarle hacia el camino del guerrero impecable de tal forma que no pudiera elegir. En comparación con otros naguales que le habían iniciado a él, don Juan era un maestro más razonable al que le gustaba explicar todo de forma racional, mientras pudiera ser explicado. En un momento concreto llega a decirle algo parecido a que cada maestrillo tiene su librillo y que él piensa que la teoría del conocimiento es un paso muy importante, imprescindible, antes de que el guerrero inicie un camino sin retorno. La fórmula que don Juan le explica, en la que él es el maestro, el que le enseña todo lo referente al tonal, y don Genaro es el benefactor, el que le muestra el mundo del nagual, me parece muy razonable y a mí me hubiera gustado mucho tener esa oportunidad, que un maestro como don Juan me hubiera explicado de antemano lo que me iba a encontrar. Sin embargo Castaneda cuenta cómo llegado un momento don Juan le da a elegir entre seguir o no el camino del guerrero impecable y cómo él intenta regresar al viejo camino que era su vida antes de conocer al chamán, retomar lo que es la típica vida cotidiana de una persona normal, y cómo no pudo conseguirlo porque ya todo lo que no fuera el camino del conocimiento le parecía insulso y sin sentido. Eso es cierto, el camino del conocimiento es un camino sin retorno, una vez que llegas a cierto momento ya no es posible la vuelta atrás. Aún así yo siempre hubiera deseado una explicación racional de lo que me iba a encontrar y lamento profundamente que aquella consulta que hice a la maestra rosacruz de mi clase no fuera atendida debidamente. Encontrar un maestro es lo mejor que puede pasarle a un iniciado en este camino. Don Juan mismo le dice a Castaneda que cuando el guerrero tiene suficiente poder el Poder, con mayúscula, hace que en su vida aparezcan el maestro y el benefactor que necesita. Yo nunca debí conseguir poder suficiente para que esto ocurriera porque en mi vida no apareció ese maestro o ese benefactor que tanto necesitaba.

El mío fue un camino solitario y autodidacta y los sufrimientos que me trajo esa soledad son los que me han impulsado a hablar de todo ello en este diario, a narrar mi experiencia personal, para que otros no se vean obligados a pasar por lo que yo pasé. Estoy plenamente de acuerdo con don Juan en que la teoría es la mejor forma de iniciar el camino, que alguien con experiencia te diga lo que vas a encontrar y te cuente su propia experiencia. Cuando el discípulo está preparado aparece el maestro, según el famoso dicho oriental, pero no siempre emprendes el camino cuando estás preparado y con un maestro al lado. No somos pocos los que dimos el paso antes de cuenta por la necesidad imperiosa de superar una determina enfermedad mental o simplemente de encontrar una respuesta a las grandes preguntas: qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Cualquiera que hable de su experiencia en el camino está ayudando a que otros no caigan al abismo, y lo siento mucho, pero sigo sin estar de acuerdo con la necesidad del secretismo en las corrientes esotéricas. Sigo pensando que una humanidad que está viendo en los telediarios semejante cúmulo de violencia y despropósitos, semejante maldad, está preparada para que se le desvelen los conocimientos que los sabios de la humanidad, desde el anonimato y el secretismo, lograron alcanzar en su búsqueda. Soy consciente de que el conocimiento es poder y no todo el mundo está preparado para tener poder, aunque sea una pizca. Pero viendo para qué me ha servido a mí todo eso prefiero dejar en manos de las fuerzas poderosas la corrección al abuso de poder que privar a quienes lo necesitan de  una herramienta que puede aliviar el terrible sufrimiento de sus vidas.

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El delirio que sufrí en aquellos tiempos de mi juventud con las voces es algo que no desearía ni a mi peor enemigo. Con los años logré tomarme con humor aquel estúpido sufrimiento e inicié una serie de relatos sobre telepatía en los que ni siquiera el humor es capaz de atenuar el terror. Los inicié con aquel terrible relato titulado “Terror en las mentes” y lo proseguí con “Cartas mentales del telépata loco”. Luego descubriría que yo no era el único que se sentía atraído y aterrorizado por este tema. Tal vez la mejor novela que leí fue la de Dan Simmons sobre vampiros mentales. Por mucho que uno intente convencerse de que su experiencia es única en realidad estamos siguiendo los trillados caminos que otros han recorrido antes que nosotros.

Aún recuerdo el terror que me embargó aquella noche de mi juventud, cuando vivía con mi madre en una casa bastante cutre. Intentando dormir en una diminuta habitación, sin conseguirlo, se apoderaron de mí una multitud de voces encolerizadas que pretendían acabar conmigo. Era la primera vez que me ocurría. Habitualmente solo escuchaba una voz, o como mucho dos, incluso a veces tres o cuatro, pero siempre había una “voz cantante”, nunca mejor dicho, a la que oía con claridad e intensidad mientras las otras parecían formar parte de un diálogo, las escuchaba lejos, como el rumor que te llega de voces lejanas a través de las paredes. Sin embargo en aquella ocasión todas las voces eran intensas, formaban parte de una multitud harta, saturada de mi conducta estúpida y provocativa como telépata loco. Se habían reunido y acordado que debían hacer algo conmigo y lo mejor era venir, sacarme de casa y colgarme a la vista de todos, un linchamiento en debida forma. Entonces no pude evitar recordar aquella espantosa pesadilla que tuve al despertarme de mi intento de suicidio en Navacerrada y que narro en mi novela “El loco de Ciudadfría”. Cómo algunos miembros de una multitud encolerizada subieron aquellas alucinantes escaleras del minarete y me arrojaron por ellas, hasta una plaza pública, donde fui descuartizado, atado a dos camellos, azuzados en direcciones opuestas. Aquello podía volver a repetirse, solo que de forma moderna, en las últimas décadas del siglo XX.

Pocas experiencias tan espantosas como aquella. Mi corazón se desbocó y el terror en estado puro se apoderó de mí. En realidad tal vez solo estaba escuchando las voces de un grupo en una plaza cercana, pero el delirio hizo el resto. Estaba convencido de que podía escuchar los pensamientos de aquella multitud y sus voces colérícas me anunciaban el final de todo, la muerte. Fue una etapa de mi vida verdaderamente terrorífica, a las voces a veces se unían las premoniciones, como la muerte de mi sobrino, mucho antes de que ocurriera, como la caída del muro de Berlín en la televisión antes de que pudiera verlo realmente, como aquella extraña y desesperante experiencia cuando pude ver el divorcio de un matrimonio rosacruz con el que me relacionaba entonces muy estrechamente, y cómo ellos me hablaron también de mi divorcio para ponerme en mi sitio, no solo mucho antes de que ocurriera, sino incluso antes de estar casado. Todo fue mental, por supuesto, aunque hubo también una contraparte física, cuando ella me recomendó que no me casara y él le chistó para que no me revelara algo que no debería saber, algo que yo debía decidir por mí mismo. Ese recuerdo llegó a mí hace unos días cuando tuve un sueño extraño, una ensoñación, diría don Juan, con aquel matrimonio, un sueño que era un “dejá vu” puesto que tengo anotados al menos media docena.

Aquellas experiencias me convirtieron en un gusano aterrorizado que no sabía qué hacer para salir de aquel infierno. Aún recuerdo cómo visité a una rosacruz en su casa para que me hablara de la telepatía, de las voces, de sus experiencias, porque yo ya no podía soportarlo más. Fue una etapa extraña, de auténtica locura. Una etapa en la que se juntaron tantas cosas que aún sigo sin poder comprender cómo no me volví realmente loco. Aquel delirio sobre levitaciones no fue el peor, pero tampoco el más liviano. En el trabajo notaba cómo mi cuerpo parecía elevarse hacia el techo y tenía que tocar la silla en la que estaba sentado para cerciorarme de que realmente no estaba levitando. Justo en una de aquellas experiencias escuché la voz de un bebé, el llanto, diría yo, y supe que era mi hija antes de que naciera realmente. También tuve la extraña premonición de la muerte de la esposa de un profesional, que al final falleció como yo lo había visto, en un accidente con el coche en un puerto de montaña. Sufrí un infierno decidiendo si  debería o no hablarles de ello al matrimonio. Como la premonición de la muerte de aquel compañero de trabajo, que falleció realmente meses después. O como el secreto de aquella persona que yo creí haber desvelado y que al cabo de algún tiempo tuve una confirmación bastante razonable de que era así. El resto eran delirios sin confirmar, relaciones adulterinas entre personas de mi entorno, extrañas escenas que me llegaban a la cabeza sobre gente cercana y que nunca pude confirmar. Era como si de repente la Kundalini hubiera ascendido hasta el chakra corona despertando tantas cosas a su paso que todas las experiencias se estaban produciendo a la vez.

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Pero lo peor de todo eran las voces, el resto de experiencias se producían en momentos concretos, duraban lo que duraban, sufría lo que sufría, pero pasaban. En cambio las voces, lo mismo que la visión de aquellos puntos de luz con los ojos cerrados, era algo constante y tan agobiante y aterrorizante que cuando estaba a solas no podía evitar hablar supuestamente con ellas. Fue la época en la que comencé a visitar el retrete con tanta frecuencia como un prostático, a pesar de mi juventud –tal vez cercano a los treinta- aunque no con la patológica frecuencia con la que llegué a hacerlo durante la etapa del mobbing en el trabajo, cuando se inició la fobia social  y no era capaz de percibir ninguna presencia física cercana sin que me pusiera enfermo. Los mejores momentos era cuando, por algún milagro de la casualidad, me encontraba solo en el trabajo. Esperaba y esperaba, a veces en el retrete, hasta que todos se hubieran ido, a veces mucho tiempo, porque alguien se quedaba hablando en la oficina, y llegaba muy tarde a comer. Era consciente de lo patológico que era todo aquello y buscaba disculpas o entrelazaba mentiras para que la esposa y la familia no se preocuparan más de la cuenta. Todo inútil porque en algún momento tenía que estallar… y estalló.

Me resulta difícil calcular los años que ocupó aquella etapa. Sé que el punto de inflexión del comienzo fue la experiencia en la estación de Chamartín, en Madrid. Yo acababa de trasladarme a León, por lo que calculo que tendría unos veintiséis o veintisiete años.  Sin el menor descanso o alivio se prolongó hasta después de casado, tal vez unos años, no sé cuántos, por lo que haciendo cuentas, a “grosso modo”, diría que la etapa telepática se prolongó al menos una década, sino más. Luego, gracias a Dios, las experiencias se fueron haciendo más intermitentes, tal vez porque fui encontrando medios para que las voces no me hicieran tanto daño o para que pudiera soportarlas o se produjeran con mayor distanciamiento cronológico. Fueron muchos, muchos años. Tal vez la última etapa dura en ese sentido fue tras el divorcio, cuando la voz de mi hija regresó a mí en experiencias puntuales aunque muy intensas. Ahora estoy tranquilo, apenas se produce, muy de vez en cuando, algún atisbo de experiencia que logro controlar casi de inmediato con mis técnicas actuales y con la fuerza del guerrero. Cuando pienso en lo mucho que sufrí me doy cuenta de lo bien que estoy ahora y de lo mucho que tengo que agradecer a las fuerzas poderosas de haber logrado superarlo. Pero sigo siendo consciente de lo sencillo que sería que todo aquello regresara, solo tendría que dejarme ir por el tobogán, una depresión fuerte, encamamiento, dejar de actuar como guerrero impecable… y todo aquello regresaría a mí.

No puedo saber cómo son las voces de los esquizofrénicos, ningún hermano enfermo mental me ha contado cómo son sus voces ni sus experiencias en este sentido. Puede que mi experiencia sea única o bastante peculiar, como casi todo en mi vida. A pesar de ello tengo la sensación de que no pueden ser muy diferentes y de que tal vez ellos lograran controlarlas como yo lo conseguí. No se me ocurriría intentarlo con nadie, mucho menos sin que me contaran previamente cómo son sus voces. Tal vez mis voces sean producto de la apertura del tercer ojo y de mis experiencias esotéricas en el camino del conocimiento, tal vez, pero no puedo evitar pensar que todo está relacionado. ¿Podrán algún día desaparecer las voces con la medicación? Todo es posible, los avances son importantes y bloquear o regular de alguna forma la comunicación entre sinapsis con los neurotransmisores no parece un sueño imposible, el problema viene cuando este bloqueo afecta claramente al funcionamiento del cerebro, cuando estás dormido o abotargado puede que dejes de escuchar las voces pero has perdido gran parte de tu vitalidad. Es un precio muy alto. Tengo experiencia en los dos terrenos, voces con medicación y sin ella, debo decir que en mi caso con medicación eran más intensas e incontrolables puesto que carecía de voluntad para enfrentarme a ellas. Claro que yo no tomaba la medicación que toman los esquizofrénicos, porque nunca se me diagnosticó como tal, solo antipsicóticos y antidepresivos. Sin medicación hubo una etapa en que me resultó imposible soportarlas, para mí no existió una elección clara, ninguna de las dos posibilidades era buena. Aún no tengo clara la génesis de las voces, pero si son causadas, como pienso, por una apertura de la mente a otras dimensiones, por la apertura del tercer ojo, el desarrollo de poderes mentales o la aparición del nagual, una vez comprimido el tonal, según la filosofía chamánica de Castaneda, mucho me temo que el control de las voces estará unido al control de la mente del iniciado que supera las primeras etapas de su evolución o al control del guerrero impecable sobre sí mismo, una vez alcanzada la totalidad de sí mismo.

Desconozco cómo actúa la medicación en un esquizofrénico en cuanto a las voces, lo que sí parece cierto es que no las controlan de forma absoluta, no las extirpan de raíz. Sé que algún esquizofrénico que estaba tomando medicación continuaba oyendo voces, según me dijo, aunque la intensidad de las mismas había disminuido mucho, haciendo más fácil controlarlas, como si estuvieran en un segundo plano, como murmullo de fondo.  No es una maravilla pero es lo que hay en estos momentos, cualquier medicación que ayude al control de las voces debe ser bienvenida, aunque si pare ello te duermen, disminuyen tu vitalidad y te hacen vivir al ralentí, entonces está claro que estamos pagando un alto precio por ello.

Para mí no fue fácil dejar de escuchar las voces o al menos poder controlarlas para que no me desequilibraran de tal forma que me resultaba imposible mantener una vida normal en el día a día. Nunca me pondría como ejemplo a seguir puesto que no soy esquizofrénico y ninguno me ha contado sus experiencias con las voces, para que yo pueda calibrar hasta qué punto se parecían a las mías. En mi caso los ejercicios de yoga mental, ciertas técnicas de control mental y sobre todo la filosofía del guerrero impecable me ayudaron a que las voces dejaran de molestarme hasta casi desaparecer en los últimos tiempos. Este logro ha estado unido al control del tercer ojo y de ciertas experiencias mentales y oníricas, casi podría trazar una línea roja a partir de la cual, si la traspaso, las voces comenzarán de nuevo. Por suerte salvo que me encuentre muy mal y en unas circunstancias muy dramáticas, muy duras emocionalmente, el control de las voces y de todos estos fenómenos que destrozaron mi vida durante tantos años, es algo relativamente sencillo y que no requiere por mi parte un esfuerzo espectacular.

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En el próximo capítulo hablaré de los delirios oníricos, otro fenómeno curioso que se produjo al mismo tiempo que las voces y que llegaron a trastornarme de tal manera que aún hoy tengo que embridar la mente y tirar con fuerza para que no me lleve de nuevo a aquellas espeluznantes pesadillas.





DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XVIII

3 10 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

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EL GRAN SECRETO DE MI VIDA XVIII

LAS VOCES

Cuando recapitulo lo que ha sido mi vida como enfermo mental me resulta muy sorprendente que las voces no se iniciaran durante mi etapa negra, cuando encadené un intento de suicidio tras otro, a cual más terrible. Me resulta difícil marcar un momento determinado como el inicio de las voces. Es cierto que de niño hablaba con seres creados por mi imaginación, los famosos amigos imaginarios de los niños; que mi fantasía era muy, muy poderosa, como he demostrado al cabo del tiempo con mis delirantes historias como escritor, hasta el punto de que me costó mucho convencerme de que lo que existía en mi imaginación no era real. Dejemos aparte, para otra ocasión, lo que don Juan le dice a Castaneda sobre que los niños no tienen fijado el punto de encaje y por lo tanto éste se mueve, de forma flexible, transportándoles de un mundo a otro, de una dimensión a otra. Según esto de alguna forma yo no estaba equivocado cuando pensaba que mis fantasías eran reales. Dejemos de lado el chamanismo, el esoterismo, el mundo paranormal y centrémonos en lo que todo el mundo considera real.

Puede que otros niños oigan las voces de sus amigos imaginarios o crean escucharlas, yo no. Todo ocurría dentro de mi mente, no escuchaba voces fuera de ella. Es cierto que aquellos personajes que me inventaba o aquellas personas reales con las que convivía, de alguna manera, en mi imaginación parecían estar presentes en mi mundo particular, pero nunca escuché sus supuestas voces hablándome. A lo largo de mi vida esas presencias apenas disminuyeron en intensidad, apenas fueron apartadas por la lógica y el razonamiento de alguien que siempre se ha considerado muy, muy razonable, racional, lógico y pragmático, realista, pero nunca escuché voces.

Incluso cuando me diagnosticaron como psicótico, psicosis maniaco-depresiva, y me informé un poco sobre la psicosis, no llegué a sugestionarme hasta el punto de creer oír voces. Ni siquiera en esos estados críticos que don Juan llama estados alterados de conciencia, en los momentos anteriores al suicidio o mientras éste se desarrollaba, se produjo nunca este fenómeno. Es por eso que cuando ocurrió por primera vez lo achaqué a los ejercicios que venía realizando para desarrollara el tercer ojo, para despertar al ser que habitaba en mi interior, el yo interno rosacruz o el nagual chamánico. Aún sigo pensando que mis voces tenían mucho que ver con todo aquello. Empezaron a manifestarse al mismo tiempo que comenzaba a percibir los puntitos de luz de los que ya he hablado en este diario. Un día, tal vez antes de los treinta años, ya no podía cerrar los ojos y ver la oscuridad que había visto siempre. Los puntitos, los ectoplasmas, la niebla gris o lo que fuera aquello se manifestó por primera vez y ya nunca dejaría de hacerlo el resto de mi vida. Junto con las voces o sonidos o vibraciones comenzaron también a manifestarse otros fenómenos curiosos como la telequinesis, algo de lo que nunca pude estar seguro por razones obvias. Uno puede estar seguro de haber escuchado una voz pero no de que un objeto se haya movido sin causa física apreciable, que algo que estaba aquí hace un momento ahora esté allí. La razón de todo esto es sencilla, somos un prodigio de inventiva cuando no queremos enfrentarnos a algo que nos asusta. Yo comencé a achacar estos supuestos fenómenos a mis despistes o mi falta de memoria a corto plazo. Cuando tras una iniciación rosacruz en mi cuarto, tras haber visto lo que creí era el rostro de una especie de abuelo  o figura patriarcal en el espejo frente al que había realizado la ceremonia, con melena y barba gris, por supuesto, el libro que tenía sobre la mesita de noche ya no estaba allí. Al principio me asusté mucho, seguro que estaba ahí, lo acabo de ver, pero luego eché mano de mi fama de joven fantasioso despistado, de esa falta de memoria que me impedía saber si había dejado algo en un cajón o en cualquier otro sitio, en ese caos perpetuo que era mi vida, falta del orden más elemental. Lo habré llevado al servicio para leer, lo habré depositado en cualquier sitio al pasar. Pues bien, una búsqueda exhaustiva no me permitió encontrarlo, ni otra al día siguiente, ya más tranquilo. Apareció en el mismo sitio, en la mesita de noche, tal vez días o semanas más tarde. No pregunté a mi madre, con la que entonces vivía, si era ella la que lo había encontrado y lo había dejado allí sin decir nada. Es posible que fuera yo quien lo encontrara y lo dejara allí sin recordarlo. Algo así que puede parecer disparatado a una persona normal  no lo era para mí, siempre sumergido en mis mundos mentales, incluso en una época en la que solo escribía esporádicamente y no perdía mucho tiempo imaginando historias o personajes. Era una hipótesis razonable y que me permitía cerrar el caso paranormal y olvidarme de todo aquello.

No fue tan sencillo con los ruidos o golpes que comenzaron a producirse, en las paredes, en el techo, en algún lugar lejano e ilocalizable. Eso me obligó a plantearme si los puntitos de luz, energías, ectoplasmas o lo que fuera eran una especie de materia diferente o una energía que podía interactuar con la materia física más basta. No lo deseché y de hecho al día de hoy sigo sin hacerlo. Cuando ese puntito de luz se movía con rapidez en esa oscuridad que tanto añoraba de aquellos viejos tiempos, en los que podía cerrar los ojos y ver solo negrura, a veces se producía como un golpe en la pared, sin causa aparente, que me asustaba y me dejaba muy preocupado. ¿Podía yo proyectar ese punto de luz que era, de alguna manera, una proyección de mi mente, por esa oscuridad donde no parecía existir ni espacio ni tiempo, y que de alguna manera chocara con la pared, como un objeto invisible y sólido, lo suficiente, para que se produjera un golpe tan fuerte? No me parecía una hipótesis tan descabellada y aquello me aterrorizó tanto que desde entonces caí en una manía compulsiva que no podía controlar de manera alguna. Cuando cerraba los ojos y veía el punto de luz muy intenso, grande, con una gran movilidad, me asustaba que pudiera chocar contra paredes o techo y causar un golpe. Quería a toda costa controlar ese punto de luz para que no se produjeran esos fenómenos, incluso llegué a experimentar buscando la forma de saber cómo controlarlo a voluntad e incluso llegar a producir golpes a mi antojo. Era una estupidez, pero en aquellos tiempos cualquier cosa que pudiera ayudarme a desentrañar lo que me estaba ocurriendo no podía ser descartada.

Cuando me encontraba en algún lugar silencioso y escuchaba ese ruido, ese golpe seco, analizaba todas las posibles causas, hasta que esto se transformó en un análisis meticuloso y delirante. Permanecía en absoluto silencio, incluso intentando contener la respiración, para ver si se producía por segunda vez y así podía situarlo y analizarlo mejor. Como hace la ciencia, descartando hipótesis, analizando un mismo fenómeno una y otra vez en circunstancias y entornos diferentes, yo me propuse desentrañar aquel curioso fenómeno. En cierta ocasión, estando en el baño, cerré con mucha brusquedad el grifo y escuché un golpe muy fuerte. Bueno, pensé, ha sido la tubería, al cortar el flujo del agua con brusquedad se ha producido una retención y un sonido perfectamente natural. Pero no me conformé, lo repetí una y otra vez y el golpe se producía una y otra vez. Bueno, esto parece confirmar mi hipótesis, pensé, pero no estaba seguro. Con el tiempo mi obsesión se volvió paranoica. Recuerdo un episodio muy triste para mí. Yo acostumbraba a comentar estas cosas con mi entonces esposa, pensando que era de las pocas personas que podían comprenderme o por lo menos aceptar que le hablara de ello. Siempre he creído que sacar las cosas que te aterrorizan al exterior, hablarlo con alguien, disminuye la fuerza e intensidad de ese miedo. De lo que no era muy consciente entonces, ahora lo soy con total realismo, era de lo que podría pensar otra persona, aunque fuera tu esposa y te quisiera mucho, de aquello que yo le contaba. No puedo decir que no viera en la expresión de su rostro su preocupación, hasta miedo, porque yo estuviera volviéndome realmente loco, pero en aquel entonces me resultaba muy sencillo desprenderme, fugarme de todo aquello que no quería aceptar.

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Puedo rememorar la escena con todo detalle, yo en el servicio, cerrando con brusquedad  el grifo y escuchando los golpes, y cómo la llamé para decirle que en efecto, mi hipótesis de que esos golpes estaban causados por mis proyecciones mentales acababa de confirmarse. Aún puedo ver la expresión de su rostro, estaba muy asustada de mi delirio, porque en efecto, era un delirio, me había fugado de la realidad y vivía en un mundo más cercano a las novelas de Stephen King que de la vida cotidiana. Vamos a dejar de lado la realidad o fantasía de aquellos fenómenos que desde el punto de vista chamánico, tal como aparece en los libros de Castaneda, no tiene por qué ser algo tan inusitado. Lo importante era que yo había aceptado que las proyecciones mentales, el puntito de luz, podía chocar con cualquier cosa material en el mundo físico y se producía un sonido muy parecido al que ocasionaría un objeto sólido y pesado golpeando contra una pared, algo así como un martillazo seco o una bola de hierro lanzada con fuerza contra una pared en un lugar cerrado. La obsesión por evitar que estos sonidos se manifestaran en presencia de otras personas, especialmente si estaban muy lejos de creer en algo que no pudieran ver y palpar, llegó a angustiarme de tal manera que aún hoy no entiendo cómo logré mantenerme en pie, cómo mi mente no perdió totalmente el rumbo. Esto, unido a las proyecciones mentales, a la imposibilidad de dormir con los ojos cerrados y a todo lo que me estaba sucediendo, me convirtieron en un ser tan medroso y angustiado que cuando pienso en la persona que era entonces me doy una gran pena. Pero aún faltaba lo peor, las voces.

Nunca he logrado que otros enfermos, esquizofrénicos, borderline, bipolares, o lo que sea, me cuenten sus experiencias con las voces, cómo son, qué les dicen, cómo reaccionan ellos. Imagino que algo les habrán contado a sus terapeutas o psiquiatras porque parece que el escuchar voces es uno de los signos para diagnosticar al enfermo. Aunque no quieran hablar de ello, por lo menos algo sí deberían mencionar, he vuelto a escuchar las voces, son más fuertes, me duran más tiempo, necesito aumentar la medicación, necesito un ajuste. Como no puedo comparar desconozco la peculiaridad de mis voces y hasta qué punto se parecen a otras o son exclusivamente mías.

No puedo situar en el tiempo su nacimiento, aunque sí recuerdo que al desarrollar mi mente con los ejercicios que hacía comencé a percibir vibraciones en mi cabeza. Este es un fenómeno sencillo y nada aterrorizante… o lo fue hasta que mi propia esposa me comentó si oía algo, si escuchaba un sonido raro, como un grillo o algo por el estilo. Teniendo en cuenta que antes yo le había hablado de ello, no me pareció demasiado importante, pero con el tiempo otras personas, no muchas, mencionar escuchar sonidos raros. Yo solo estaba escuchando la vibración de mi cabeza, de mi cráneo. Si tuviera que localizar la vibración diría que sale de lo alto de mi cabeza, se podría decir que nace en el chakra corona. Dependiendo de mis estados de ánimo, de lo equilibrado o desequilibrado que esté, del estrés que acumule y de otros muchos factores, la vibración puede ser más o menos intensa, más o menos audible, más o menos rápida o lenta, incluso se pueden unir otras vibraciones, como en el sonido del órgano se unen y armonizan los diferentes registros.

Al principio esta vibración era tan sutil que me costaba escucharla. Con el tiempo fue aumentando en intensidad y en variación. A veces fluía sin obstáculos, como el agua que recorre un tubo sin obstáculos, otras veces parecía encontrar un terrible bloqueo y se producía una lucha extraña, como un equipo de música a todo volumen, intentando encontrar una forma de salir al exterior en un recinto insonorizado con puertas y ventanas herméticamente cerradas. Como esta lucha me ponía muy nervioso, me angustiaba, me descontrolaba, intentaba desbloquear lo que fuera apretando los puños, cerrando con fuerza los dientes, cerrando los ojos, tensando con enorme fuerza la parte de la cabeza, izquierda o derecha, que parecía era la que de alguna manera estaba obstaculizando la salida al exterior de la vibración. Con el tiempo he llegado a adquirir un gran dominio de este ridículo arte. Procuro aislarme cuando me ocurre y tenso el cuerpo, los ojos, la cabeza, la parte de ésta que parece más renuente a dejar salir el sonido, hasta lograrlo. A veces estoy tan agotado, tan deprimido, que en lugar de tensar lo que hago es relajarme al máximo, incluso llegar al sueño, si fuera posible.  Lo que yo entonces no sabía es que lo que estaba haciendo tenía algo que ver con los ejercicios de kriyayoga que luego conocería o con los ejercicios de calentamiento de taichí que llegaría a practicar años más tarde. De alguna manera, por pura intuición, había descubierto la forma de controlar o desbloquear esta energía.

Todo esto viene a cuento porque las voces se suelen manifestar justo cuando estoy escuchando estas vibraciones con mucha intensidad y de una manera muy peculiar. Entonces me asusto, porque sé que en cualquier momento va a llegar hasta mí algún sonido, semejante a una voz, que me va a descontrolar por completo. Reitero que no puedo comparar con las voces que escuchan otros, por eso me limitaré a describir las mías de la mejor manera posible. En mi caso nunca han sido voces claras, a pesar de mis esfuerzos por saber lo que me están diciendo o tratando de decir, nunca he conseguido estar seguro ni siquiera de una sola palabra. No son coercitivas, no se me imponen ni me obligan a hacer esto o aquello o me amenazan con severos castigos si no les hago caso. Lo que me asusta de ellas es el parecido que a veces tienen con las voces de personas que conozco, sobre todo si son seres queridos.

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Parecen llegar de muy lejos, como desde el otro extremo de un túnel dimensional. Muchas veces, en aquel tiempo, imaginaba que alguien estaba hablando de mí a otra persona, y no precisamente bien, y entonces me llegaba una voz distorsionada, lejana, inapreciable, pero con un parecido tal a determinada persona que no podía dejar de plantearme que era su voz. Lo importante de estas voces no era el contenido, puesto que no podía descifrar nada, como un código inextricable que el mejor decodificador se ve impotente para conseguir descifrar ni una sola palabra o signo, lo que me afectaba era el estado de ánimo que creía percibir en esa persona. Un enfado terrible, incluso alguna vez un odio feroz. Yo entonces me preguntaba cómo era posible que esa persona estuviera tan enfadada conmigo o me odiara de esa manera, puesto que de su comportamiento jamás hubiera deducido algo así. No sé cómo podía apreciar que la conversación giraba sobre mí y no sobre otra persona o que su rabia o que su odio iban dirigidos contra mí y no contra esa persona. En alguna ocasión tuve dudas, es cierto, pero en la mayoría de las ocasiones sabía, con una intuición inexplicable, con una certeza que no sé de dónde venía, que ese odio iba dirigido a mí. Con el tiempo, sin necesidad de concretar hechos o personas, llegaría a descubrir que en efecto, esos sentimientos eran reales. Una vez que el tiempo y las circunstancias hicieron explotar la mina que tenía bajo mis pies, era fácil deducir de ciertos comportamientos, de ciertas palabras, de ciertos gestos, de hechos concretos, que lo percibido de aquella peregrina manera era lo que anidaba en el fondo de la mente y el corazón de esa persona, en lo más profundo de su subconsciente.

Pero no se trataba de la premonición oculta en determinadas voces que yo escuchaba lo que me aterrorizaba tanto, sino una sensación angustiosa que te dejaba sin respiración, como si la mente de otra persona se hubiera unido a la mía y se estuviera apoderando de mi. Aquellos pensamientos no eran míos, aquellos sentimientos no armonizaban con lo que yo era y sentía. Durante la primera etapa de las voces llegué a pensar, con mayor o menor seriedad, en la existencia de los demonios y en la posibilidad de que pudieran estar intentando apoderarse de mi alma. Fueron momentos terribles, de una angustia inexpresable. Pero aquello pasó y decidí que era más probable que las proyecciones mentales tuvieran la cualidad de que un contacto directo te permitiera percibir la personalidad de otro, sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Más tarde leería en los libros de Castaneda la explicación que da don Juan al ver, viene a decir que ver es conocer directamente las cosas. Eso sí tenía bastante más sentido que las supuestas posesiones demoniacas que tanto me atormentaron.

Como el tema da para mucho más lo dejaremos para otro capítulo.

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XIII

4 02 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XIII

 

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EL GRAN SECRETO DE MI VIDA

 

EL DELIRIO- FUGA Y CONTRAPUNTO

 

Toda mi vida ha estado marcada por una vivísima imaginación. De niño hubo momentos en los que fui incapaz de distinguir entre la realidad y la fantasía, ambas  me resultaban igualmente intensas, ambas tenían sus muros infranqueables y ambas desembocaban en el mismo océano, la muerte.

 

Estoy convencido de que utilicé conscientemente la fantasía para fugarme de realidades dolorosas, terribles, dramáticas que yo no era capaz de afrontar. Incluso tengo recuerdos de adolescente en los que me planteé muy seriamente vivir inmerso totalmente en mis poderosas fantasías y olvidarme de la realidad, salvo para cuestiones que no era posible evitar, como la comida, los estudios o las relaciones de convivencia con personas que se me imponían en mi entorno y que no me era posible suprimir de un plumazo con mi fantasía. El episodio de Luisito, que trato en otra parte de este diario, es sintomático de mi actitud hacia la gente que me rodeaba, sentía miedo, casi terror, a lo que pudieran hacer, a lo que pudieran decir de mi, a que gobernaran mi vida y me llevaran por sus caminos que yo nunca comprendí ni acepté. Este terror llegaba a tal extremo que de haber podido suprimir con mi mente a algunas personas que me asustaban tanto que procuraba no verlas nunca, salvo que no me quedara otro remedio, lo habría hecho sin dudarlo. Nunca entendí, ni de niño, ni ahora, cómo es posible que las personas, especialmente algunas, me asusten tanto, hasta el punto de que a pesar de mi sinceridad, que va en mi naturaleza más profunda, ya desde mi más tierna infancia me acostumbré a mentir con destreza, con estrategia, con verosimilitud. Aunque es cierto que después de la primera comunión llegué a confesarme de cuantas mentirijillas semanales era consciente, en mi fuero interno nunca acepté que eso fuera malo o pecaminoso, pensaba que frente a la violencia, verbal, gestual, física, de todas las personas de mi entorno, frente a su prepotencia, su falta de respeto hacia mi libertad, hacia mi condición de ser humano, incluso su desprecio a mi vida física. A lo largo de ella he comprobado, con infinito horror, lo poco que importaba a determinadas personas que yo siguiera viviendo o me muriera, incluso parecían jalear mis deseos de suicidarme.

 

Ya desde muy niño sentía pavor ante el mundo adulto, donde todos se comportaban con una falta de humanidad, de sensibilidad, de empatía, que no me hubiera sorprendido lo más mínimo si cualquier adulto a quien molestara tomara un cuchillo y me lo clavara en el pecho. Creo que por eso no me sorprendió demasiado que mi padre aquel domingo tomara un cuchillo cercano y me lo arrojara a la cabeza, sin dudar, una vez perdido el control de su estallido de cólera. Veía constantemente como los adultos se mentían con todo descaro, cómo hacían ver que les convencían las explicaciones que les daban cuando sabían que no era así y luego, cuando estaban con otros, no se recataban lo más mínimo en burlarse cruelmente  de las explicaciones mentirosas de quienes intentaban ocultar sus vergüenzas. Me dolía el lenguaje poco sensible, las palabrotas, los insultos, la humillación. De niño era incapaz de comprender cómo la sociedad podía ser tan mala, tan absoluta e increíblemente mala, con lo fácil que sería respetarnos todos, ser sinceros, darnos cariño. Cuando iba a confesarme me rebelaba con que yo tuviera que pasar tanta vergüenza al decir mis “pecadillos” cuando veía a los adultos comportarse como auténticas bestias pardas. Me sentía tan indefenso debido a mi condición de niño, cuerpo pequeño y frágil, incapacidad para expresarme y hacer comprender a los demás lo que me pasaba, imposibilidad de vencer mi timidez enfermiza, de responder con insultos a los insultos, con violencia física a la violencia física que padecía, que no tuve otro remedio que buscar una estrategia defensiva, una fuga de la realidad que me permitiera sobrevivir utilizando lo único que me sobraba: la imaginación.

 

Mi rebeldía, que en la mayoría de los casos me parecía justificada, era aplastada sin la menor consideración ni sensibilidad. En aquellos tiempos el castigo físico a los niños estaba considerado como algo perfectamente natural, el adulto era más fuerte físicamente y el niño no podía negarse o rebelarse porque recibía una buena paliza, bofetadas, patadas, zapatillazos, todo estaba permitido para doblegar al rebelde. Hoy en día donde muchas veces se pasa al extremo contrario y los niños, mimados, consentidos, son capaces de humillar, controlar, maltratar a los adultos indefensos con los que conviven, incluso llegando a la violencia más bestial y al asesinato en el caso de algunos menores de edad, con los que nuestra sociedad y nuestras leyes no saben qué hacer, aquella vida de estricto sometimiento que llevábamos los niños de nuestra generación, puede parecer algo tan insólito como inverosímil. Pero ocurrió, vaya si ocurrió. Yo no soportaba el castigo físico, no por el dolor en sí, podía ser muy resistente al dolor físico y rara vez me asustaba la sangre, sino por la humillación y el sometimiento que llevaba consigo.

 

Mi rebeldía siempre terminaba mal, la terrible paliza que me dieron aquellos niños en la escuela cuando me negué a darles mis canicas, algún que otro zapatillazo de mi madre, el cuchillo lanzado por mi padre, me hicieron buscar con desesperación algo que me permitiera sobrevivir. No controlaba mi santa cólera, mis emociones me desbordaban, tenía ataques de asma que no me fue diagnosticada hasta los dieciocho años, no podía respirar, no podía evitar reacciones violentas, romper las cosas, apretar los dientes, desear insultar hasta extremos de verdadero malnacido. Todo esto tuvo que ser desechado porque yo era siempre el perdedor. Si no se me sometía con violencia física, se me humillaba, se me insultaba, se me castigaba. Por eso aprendí a mentir con verosimilitud para no ser descubierto, aprendí a “ser bueno” a convertirme en un niño modelo cercano a la santidad, a conseguir que ante cualquier acusación otras personas lo pusieran en duda. ¡Con lo buenín que es este niño!

 

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En el colegio buscaba el diez en conducta como una especie de coraza que me protegería de cualquier mal. Mi bondad debía resplandecer ante los ojos de los demás. De niño quería salvar las almas de los “negritos” de Africa y por eso ahorraba de mis magras propinas para dar algo el día del Domund. Luego, ya en el colegio, quería ser santo y ser canonizado, ir al cielo de cabeza y allí ser recibido por Dios como su hijo más querido. Por eso hacía tantos sacrificios, me duchaba con agua helada en invierno, a pesar de que se podía usar el grifo del agua caliente, dejaba que la china en el zapato permaneciera allí todo el día para sufrir y así que Dios pudiera utilizar mi sufrimiento para convertir a los pecadores. Llegué incluso a usar pequeños cilicios que me hacía yo y que me ponía bajo la ropa para sufrir durante todo el día. Todo esto lo cuento en mi novela Los pequeños humillados. Ahora, más que adulto ya casi un abuelo, me cuesta un poco hacerme a la idea de lo mucho que todo aquello influyó en el niño sensible que yo era. Cuantas más vueltas le doy más convencido estoy de que si hubiera que buscar las raíces de mi enfermedad mental habría que buscarlas en mi niñez y adolescencia. Pero no puedo dejar de ser consciente de que incluso en los primeros años del niño “sin uso  de razón” –como decían entonces- que fui se encuentran raíces más profundas, kármicas, que llegan hasta vidas pasadas.

 

Si de adolescente decidí utilizar la fantasía para evadirme de la realidad y evitar sufrir tanto como sufría por aquellas cosas que a los demás no parecían afectarles, cuando se abrió el tercer ojo y comenzaron las voces y la telepatía y los sueños vivísimos y el desconcierto de no saber lo que me estaba pasando, de si los demonios habían logrado llegar hasta mí, de si se pueden controlar las mentes, de si se puede matar con la mente, de si se puede hacer algo para bloquear todo aquel río de estímulos invisibles para los demás, que a mí me aterrorizaban, la tentación de aquella fuga que llevaba empleando con tanto éxito desde niño se hizo una tentación tan irresistible que caí en ella.

 

Si de niño podía pasarme largas horas sumergido en mis fantasías, cuando el tercer ojo me permitió descubrir que cuando cerraba los ojos no me acogía la relajante oscuridad sino aquellos extraños fenómenos sin sentido que me abrían la imaginación a infiernos dantescos, terroríficos, tuve que regresar al mundo infantil de los cuentos de hadas y los sueños para evadirme de un terror que bien podía paralizar mi corazón. El delirio se hizo el pan cotidiano con el que me alimentaba todos los días y vivir en dos mundos a la vez algo tan sencillo como la aparente sencillez de la música de Bach, una auténtica obra maestra de mundos entrelazados en uno solo.

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Necesitaba encontrar una explicación, y como no la encontraba mi mente se disparó hacia auténticas novelas de terror que hoy estoy escribiendo, como mis relatos esotéricos, por ejemplo, y que seguramente, si tengo tiempo y ganas, podré rematar en una serie de relatos que a mí mismo me ponen el vello de punta. “Terror en las mentes” y” Las cartas del telépata loco”, a pesar de su sentido del humor, que los hace tan divertidos, para mí son terroríficos y reflejan muy bien las experiencias que viví en aquella época y que sitúo a partir de aquella mañana, mientras caminaba hacia el trabajo, con la decisión tomada de que iba a dejar de disimular, no me importaba convertirme en un loco, pero para mí lo que me estaba ocurriendo era real y como tal lo iba a vivir.

 

Las explicaciones que busqué a aquellos fenómenos terminaron por convertirse en auténticos delirios en los que día a día profundizaba, como en una novela en fermentación, cada día con personajes diferentes, tramas distintas, pero todas ellas terroríficas. La vivísima imaginación que me acompañaba desde niño puso en mi mente auténticas novelas de terror, pero no era solo eso, algo me ocurría que no podía explicar y que se apoderaba de mí sin que pudiera evitarlo. Las voces era lo más terrorífico para mí, pero también había otras cosas, otras muchas cosas. Lo mismo que hiciera lo que hiciera no podía evitar escuchar aquellas voces que regresaban a mí cuando les parecía más oportuno, siempre en los peores momentos, tampoco podía evitar ver o imaginar o buscar explicaciones a fenómenos que en sí mismos no las tenían.

 

Todo se tambaleó, mi mundo físico, mis ideas filosóficas, el sentido de la vida. Tuve que empezar de nuevo, como un niño que hace preguntas y preguntas que ningún adulto es capaz de responder. ¿Y por qué, si la Tierra es redonda, no nos resbalamos al caminar o por qué, si está en el espacio, en el aire, no nos caemos para abajo? Adoro estas preguntas de los niños, son el comienzo de la mejor filosofía posible, la de Sócrates, solo sé que nada sé. Yo tampoco sabía nada de lo que me estaba ocurriendo, por eso elucubré respuestas y las fui sometiendo a una lógica implacable, la que a mí me gustaba, la que me enseñó el padre Marciano en sus clases de ontología en el colegio.

 

EL DELIRIO DE LAS PROYECCIONES MENTALES

 

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No fue una hipótesis subjetiva, mis estudios rosacruces eran claros al respecto. La proyección mental existe y funciona. Aquellos puntos de luz bien podían ser proyecciones mentales, tanto de mi mente como de las mentes de cualquier otro ser humano. Había estudiado con gran interés las monografías rosacruces donde se habla de la proyección mental. Era algo apasionante pero también bastante confuso. En otras monografías también se hablaba del cuerpo astral y del viaje astral. No tenía clara la diferencia entre viaje astral y proyección mental. Era algo nuevo y difícil de entender. Yo podía entender el concepto de cuerpo astral y de viaje astral. Tenemos un cuerpo físico, sometido a las leyes físicas, si te tiras por una ventana caes y la ley de la gravedad te puede romper los huesos. Si tienes un cuerpo astral puede salir del cuerpo físico de acuerdo a las leyes que correspondan y vagar por ahí haciendo lo que pueda hacer de conformidad con las leyes que rijan en el plano astral. Bien, eso tiene lógica, ¿pero cómo funciona la proyección mental y en qué se diferencia del viaje astral?

 

Esa pregunta consumía muchas horas de mis elucubraciones mentales. Para mí era muy importante encontrar la respuesta. Se suponía que el viaje astral solo se podía producir en sueños o tras un fuerte trauma físico como un accidente o tal vez,  apurando mucho las cosas, cuando la emoción era tan intensísima que el cuerpo astral podía desenclavarse del físico y salir a dar una vuelta, como podía ser el caso de un profundísimo dolor a la muerte de un ser querido. En todos estos casos la posibilidad de un viaje astral era estadísticamente limitada y se producía raras veces. Además, si te ocurría, no tendrías dudas de lo que te estaba sucediendo porque  una vez fuera del cuerpo verías tu cuerpo físico allá abajo, verías tu cordón de plata, pensarías en ir a algún sitio y al estar allí sabrías que estabas haciendo un viaje astral porque un viaje físico requiere un tiempo para recorrer un espacio concreto y aquí habías llegado instantáneamente.  En resumidas cuentas, que la posibilidad de tener un viaje astral era limitada y aún no me había ocurrido, era algo tan remoto como al salir de casa me cayera una teja encima de la cabeza, tendrían que darse un montón de coincidencias, como un día con fuertes vientos, que la teja que caiga sea la de mi tejado, que caiga justo cuando yo salgo por la puerta, etc. Puede ser muy preocupante para un hipocondriaco o un depresivo pero no para una persona razonable, y yo me consideraba un hombre inteligente, culto y por supuesto razonable. No me preocupaba el viaje astral, pero sí me preocupaba, y mucho, la proyección mental. ¿ Por qué razón?

 

No sabía cómo funcionaba el cuerpo astral una vez fuera del cuerpo físico, pero suponía que básicamente sería como el cuerpo físico, que tiene ojos, oídos, tacto, que siente la realidad con esa fuerza indestructible que nos hace sentirnos vivos y creer que la realidad que vemos con los ojos es real y no cabe la menor duda y la pared que tocamos con las manos tan absolutamente real que no se nos ocurriría, ni jugando, darnos un cabezazo contra ella para saber si es real o no, lo es y solo un loco probaría a ver si lo es lanzándose de cabeza contra ella. Por lo tanto pensaba que, aunque con muchas e importantes diferencias, el cuerpo astral podría ver, oír, tocar, viajar, etc. ¿Podía matar como pude matar un cuerpo físico a otro, utilizando las manos para ahogar, instrumentos o herramientas para herir o lacerar? Eso era algo que no tenía claro en absoluto. Un cuerpo físico se puede matar si cortas la respiración, si generas una herida por donde salga la sangre, si te desangras, si haces que fallen ciertos órganos… por supuesto que las causas de la muerte física son numerosas y están muy claras, pero.. ¿cómo se mata la energía? ¿Podemos matar a la corriente eléctrica con otra descarga de corriente eléctrica? La materia se convierte en energía y la energía en materia, pero ¿cómo se mata la energía? ¿Un cuerpo astral puede matar a otro cuerpo astral? Yo creía que no, pero esa no era la cuestión, la cuestión era “cómo puedes evitar que las proyecciones mentales de los demás lleguen hasta ti, ver sus rostros ectoplasmáticos, ver sus cuerpos ectoplasmáticos, ver sus cuerpos físicos en reposo o en movimiento, ver su entorno físico”.

 

Eso para mi era muy importante, fundamental, porque me aterrorizaba la posibilidad de cerrar los ojos y ver mi propia muerte física o la muerte de un ser querido, o ver a alguien en una situación íntima, desde sentado en el retrete hasta teniendo relaciones sexuales. Pero eso casi no era lo peor, al fin y al cabo abres los ojos o contemplas lo que está ocurriendo y ya está. Lo que a mi me preocupaba era que las voces que estaba comenzando a escuchar se hicieran algo constante. Si mi mente se proyecta hacia otras personas y escucha lo que están hablando, puedo intentar pensar en otra cosa, pero si las mentes de otras personas se proyectan hacia mí y no quieren dejar de pensar en mí y me transmiten lo que esas personas están hablando físicamente… entonces esto se transformaría en un auténtico infierno. Escuchar voces todo el día, a todas las horas del día, es agobiante, asfixiante, hasta en el mundo físico, todos sabemos cómo nos podemos encolerizar si los vecinos de arriba montan un escándalo a las tres de la mañana, nos despiertan y ya no nos dejan dormir. O lo que sería tener a nuestro lado a un pelmazo, a un cansino, que diría José Mota, hablando sin parar y sin parar y sin parar… Pues bien, eso, llevado a las voces astrales generadas por proyecciones mentales es como elevar a la undécima potencia un trillón de trillones de trillones. Algo que da vértigo. ¿Y si pudiera escuchar las voces de todos los que piensan en mí o de aquellos en los que yo estoy pensando? ¿Y si además las voces no fueran claras y cambiaran cada poco y…?  Reconozco que tengo una vivísima imaginación y que puedo escribir historias delirantes, pero aquello no era lo mismo, no estaba escribiendo una novela, estaba sufriendo una serie de fenómenos que podían terminar así. Era preciso saber qué ocurría, a qué se debía aquello para hacerme una idea de lo que me pasaría con el tiempo.

 

¿Por qué cuento todo esto? Los pocos que me conozcan y aún piensen que no estoy loco acabarán pensándolo, y con toda razón. Quienes no me conocen lo pensarán al leerme y no querrán saber de mí. En resumen, que todo el mundo acabará pensando que estoy loco, diciéndolo por ahí, y nadie querrá saber de mí, ser mi amigo, ninguna mujer querrá acostarse conmigo, etc. ¡Buaaaa! ¡Ay qué dolor, qué dolor, qué dolor…! Si tuviera algo que perder no lo haría, por supuesto. Mejor vivir bien si puedes hacerlo que vivir mal o que vivir en un infierno. Pero cuando ya no tienes nada que perder hablar de todo esto para mí es un inmenso alivio. Es como si estuviera en la consulta del psicoanalista sacando todos mis traumas al exterior y hablando de todo lo que quiera, sin problemas, porque encima de permitirme explayarme es fácil que me pueda curar. Ya no tengo familia en qué pensar, ni me preocupa que nadie quiera saber de mí, ni que a ninguna mujer de este planeta se le ocurriría la idea de acostarse conmigo, con un loco. No me preocupa lo más mínimo porque todo eso ya me está pasando y no ocurrirá ningún milagro que cambie esta situación. Cuando me jubile, ya pronto, me iré a la montaña, alquilaré una casa, me haré con un cachorrito de perro, un gatito, los cuidaré, me darán cariño y yo les daré cariño, si tengo una huerta la cultivaré, pasearé por el monte, como las cabras, y curiosamente, como en una vuelta circular, llegaré al punto de partida. Aquel psiquiatra me dijo que no tenía remedio y deberían dejarme en el monte, con las cabras, pues bien, aquí estoy, en el monte, con mi perrito y mi gatito y también, eso espero, con una cabra, una cabra que esté tan loca como yo, no más, porque entonces me va a cornear. Jajá. Esto al final está resultando ser divertidísimo. Es como la libertad de que la habla don Juan a Castaneda. Un guerrero en realidad lo que busca es la libertad. Y eso es lo que estoy encontrando yo, según parece. Ahora soy libre para decir lo que quiero, para hablar de mi pasado, para desvelar todos mis secretos, porque no tengo nada que perder, lo he perdido todo y ya no busco nada y aunque lo busque no lo encontraré y aunque lo encontrara no por ello iba a dejar de ser libre.  No sé cuántos años me quedan de vida, no sé lo que haré, ni dónde estaré, pero sí sé que seré libre, podré escribir sobre lo que quiera, contar mi vida con pelos y señales. Los demás serán libres para no leerme pero yo no dejaré de escribir, porque  quiero entender lo que me ha pasado, quiero entender mi vida, como el hermano mayor en las Historias de Bautista, estoy intentando cazar una gallina para abrirle la cabeza y estudiar en su cerebro la enfermedad mental. No es la gallina de los huevos de oro, es la gallina clueca que intenta proteger a sus pollitos y al perrito y al gatito.

 

Nunca creí que iba a sentirme tan libre para decir lo que pienso. Es fantástico haber roto la cárcel de papel, decir lo que quiero, desvelar todos mis secretos, sin que me importe un bledo lo que piensen de mi o lo que hagan, o lo que me hagan, o el tiempo de vida que me quede sobre la tierra. Soy libre y con la libertad del guerrero pasaré ante la boca del Águila, evitaré sus emanaciones coactivas y compulsivas y una vez entregado mi clon, que construyera con mis recapitulaciones, seré libre para vivir como siempre he querido vivir, para pensar como siempre quise pensar, para sentir lo que siempre he sentido y no me he atrevido a mostrar. En otro capítulo me divertiré contando, como en una novela, aquellas extrañas ensoñaciones, aquellos extraños delirios del loco de León, porque ahora sí, ahora me resultan divertidos y es la mejor novela que puedo leer, la más amena, la más divertida, la más terrorífica. La libertad es el mayor don que se nos ha concedido, el don del Águila.

 

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXIII

20 01 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XXXIII

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NOCHEVIEJA EN CÓRDOBA V

EL CAMPOSANTO DE LOS MÁRTIRES

Mi obsesión por los cementerios debió comenzar a los cinco años en aquel pueblecito de montaña. No recuerdo qué me impulsó hacia el cementerio, en las afueras del pueblo, sobre la ladera de una montaña. Sin duda debió tratarse de algo profundo, porque allí permanecí, mirando las blancas tapias y pensando en los huesos enterrados dentro y que en un momento del tiempo fueron personas como yo. El que en aquel momento fueran solo huesos me produjo tal impacto que no pude soportar la angustia y deseé morir. Con cinco años, es increíble que un niño pueda ser tan consciente. Siempre quise descubrir las razones que me han impulsado hacia la muerte. Tiene que haber una razón y tiene que estar en vidas pasadas. Mi “ex” se burlaba de mi extraña facilidad para encontrar los cementerios en cualquier ciudad o pueblo, solo tenía que perderme y seguro que terminaba al lado de un cementerio.

Parece broma, pero no lo es. He dado mil vueltas al casco histórico de Córdoba, para un lado, para otro, arriba y abajo, de haber tenido el temido GPS ahora sabría a ciencia cierta cuántas vueltas he dado, cuántos kilómetros he recorrido y el número de pasos desde que saliera del hotel.. Y todo acabar mirando las tapias de un cementerio. He llegado hasta el parquecito y me he sentado en un banco de madera, está mojado pero no me importa. He abierto y cerrado el paraguas más veces de las que puedo recordar. El chirimiri cordobés viene y va, ahora parece que nos va a dejar tranquilos el resto de la noche. Una pareja ha pasado por allí con un perro y se ha ido. Estoy solo, con el pitillo en la boca, pensando que definitivamente esta noche no voy a cenar, pensando que definitivamente estaré solo el resto de mi vida, sin sexo, sin mujeres, sin nada que merezca la pena salvo darle vueltas en el caletre a las mismas tonterías de siempre. Me gusta la luz rojiza que desprenden las farolas. Me produce la sensación de estar en un ensueño de Castaneda, el tono rojizo de la luz es lo que distingue el ensueño del sueño normal, le dice don Juan. Yo estoy en un ensueño, sentado en un banco mojado, fumando un pitillo sin prisa, mirando las hojas de los árboles cercanos, mirando el suelo mojado, mirando la enorme tapia que tengo a mi izquierda… Y de pronto he sido consciente. Esas enormes tapias pertenecen a un cementerio.

Hay un letrero al final de la tapia, a la izquierda, intento saber qué dice, forzando la vista, al fin lo consigo. Es el Camposanto de los mártires. Saco una foto con el móvil, la luz no es buena pero al menos me ayudará a recordar que la Nochevieja del año 2015 estuve aquí, en Córdoba, solo, sin cenar, en una ciudad vacía y desierta, mientras la lluvia fina que ya para siempre llamaré el chirimiri cordobés intenta humedecer mi alma, pero está ya tan reseca que nada podría florecer en ella. Observo que las tapias tienen una gran altura. Una imagen delirante acude a mi cabeza, los difuntos intentando saltar la tapia con pértigas. Me río yo solo, tendrían que ser campeones del mundo de pértiga para poder saltar aquello. ¿Cuál era el record del ruso? ¿Más de seis metros? No creo que la tapia sea tan alta. Y la idea comienza a dar vueltas y más vueltas en mi cabeza hasta llegar a un bucle perfecto. De pronto…

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Comienzan a sonar unas campanas, por un momento pienso que están tocando a muerto en una iglesia cercana y me asusto. Como le dice don Juan a Castaneda, antes de morir un guerrero recibe una señal de su muerte, no tiene por qué ser dramática, escandalosa, a veces es simplemente un detalle relacionado con algo que el guerrero conoce muy bien. Me he estremecido, por un instante he pensado que esas campanas estaban anunciando mi muerte. Luego he comprendido que era un reloj dando las diez. He tardado en recuperar el resuello. Salí del hotel antes de las siete o diecinueve horas, si ahora son las diez llevo más de tres horas caminando, deambulando, sentándome tan solo unos minutos en los bancos. Es una caminata excesiva para mí, un vejestorio gordito al que nunca le ha gustado mucho caminar. Debería parar un taxi y regresar al hotel. He traído turrón y una botella de cava, suficiente para emborracharme y dormir el resto de la noche a pata suelta. Estoy tentado de hacerlo, pero aunque esta noche he abdicado de mi condición de guerrero impecable mi obstinación y cabezonería es la misma de siempre. Si no encuentro algo para tomarme unas tapas al menos espero hallar alguna cafetería o pub abierto, necesito tomarme una cerveza y luego tal vez un gintonic, no sé por qué he comenzado a pensar en esta bebida que hace mucho tiempo que no tomo. Esta noche estoy de capricho.

Me fumo tres pitillos más, no me apetece nada levantarme aunque el banco está muy mojado y debo tener la culera del pantalón totalmente empapada. El tobillo acabará conmigo esta noche, lo he forzado demasiado y además la lluvia no suele hacerle mucho bien. Una bocanada recapitulatoria me deja sin aliento. No es posible que esté aquí, que haya llegado hasta donde he llegado tras una vida insólita y sin sentido. Cuando reviso loa pasos dados me gustaría encontrar uno que me explicara lo que ahora soy pero no puedo concretar en una decisión el camino que me ha traído hasta aquí, a esta soledad, a este vacío absoluto, como si hubiera tirado mi vida por la ventana. No es posible, me digo una y otra vez, no es posible que de repente todo lo conseguido, todo aquello por lo que luché a lo largo de mi vida, se haya ido por la borda. La angustia se hace insoportable, hasta que el viejo ídolo del pasado tropieza y se rompe en mil pedazos. Ahora no soy peor persona de lo que fui en el pasado, ni estoy más enfermo ni más loco ni soy más perverso, más canalla, en absoluto, al contrario, creo que estoy mejor de lo que nunca estuve. La prueba es que no he pensado ni un solo segundo en subir al coche y buscar un precipicio para arrojarme, como despeñarme por ese puente que he visto a lo lejos hace un rato, iluminado por luces fantasmagóricas. ¿Cuándo he estado bien? Ni de niño, siempre triste, aterrorizado por lo que pudieran hacerme los otros niños, los adultos, incapaz de controlar una imaginación tan viva que a menudo me despegaba de la realidad y me resultaba imposible regresar a ella, ni de adolescente, tan obsesionado con el sexo que no pensaba en otra cosa, ni de joven, siempre dándole vueltas en la cabeza buscando la fórmula más sencilla e indolora de suicidarme. ¿Pude haber estado peor que cuando viví lo que yo llamo mi temporada en el infierno? No, no puedo quejarme de cómo estoy ahora, sin amor, sin familia, sin nada, pero al menos he superado aquellas ideas suicidas tan obsesivas contra las que no podía hacer nada. Estoy mejor que nunca, más cuerdo, más lúcido, más dueño de mí mismo. Y tampoco es que esté más solo de lo que nunca estuve en el pasado, es solo la sensación de una nochevieja que intento celebrar de alguna manera, como siempre, aunque tal vez no debiera haberme emperrado en ello. Para el próximo año cenaré bien y me iré a la cama tan ricamente, bueno, tal vez me emborrache si estoy tan deprimido que no puedo dormir, pero siempre será mejor que este patético intento de celebrar algo a toda costa cuando no hay nada que celebrar.

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Cuando pienso en lo que pude haber hecho para no estar ahora aquí, solo, triste, desesperado, se me revuelven las tripas. Desde esta atalaya de mi vida todo parece mucho más fácil de lo que fue en realidad. El amor es bello pero terrible, la convivencia erosiona tanto que lo milagroso es observar aún a parejas caminando por el mundo en lugar de solitarios peripatéticos mirando con ojos esperanzados el abismo que contemplan desde el puente. Si no hubiera sido un enfermo mental…Creo que los problemas de convivencia de la pareja tal vez no hubieran sido los mismos pero sí parecidos. El día y la noche solo se encuentran al alba y al ocaso, es ley natural, ley física, no pueden convivir el resto del tiempo. Pero aún así tal vez hubiera podido reaccionar mejor a los problemas. Ese salir de estampida de casa cuando se produce la bronca y yo estoy tan mal que solo lejos de allí puedo esperar que la angustia se vaya atenuando mientras no dejo de pensar que al fin y al cabo la muerte lo acabará solucionando todo antes o después. ¿Por qué esa falta de control? Cuando sube la ola de la cólera hasta la cabeza ya no puedo hacer nada, es como si la ola de un tsunami me arrastrara, con fuerza imponente, hasta donde ella quiera. Me gustaría saber de dónde me viene esto. No me sirve eso de los genes, ni el maltrato infantil, ni observar a mi padre cómo golpeaba a mi madre y le dejaba el ojo a la virulé, ni sus infernales estallidos de cólera, como cuando aquel domingo me lanzó el cuchillo a la cabeza porque no quería tomar la sopa, ni cuando le veía borracho y tenía tanto miedo que no sabía dónde meterme. No, aquí hay algo más, mucho más. Me gustaría conocer mis vidas pasadas, de “pé a pá”, para así rastrear la causa de esta cólera casi apocalíptica. No es que quiera convencer al otro de mis razones, puedo vivir tan ricamente aunque todo el mundo pienso lo contrario a lo que yo pienso, no es que tenga tanto miedo a que me hagan daño, no, es otra cosa, es el miedo a la soledad, ese quedarte solo en medio del mundo, del universo, porque no eres capaz de rendirte con armas y bagajes y arrodillarte ante ellos dejando que hagan contigo lo que quieran. Es ese sentimiento de santa justicia que te impide asumir que los demás sean más poderosos que tú, que puedan obligarte a hacer lo que no quieres hacer, porque en tu interior habita la misma chispa divina que en los demás, ellos no son superiores a ti, y por supuesto tú no lo eres para sentirte elevado sobre ellos. Pero ese comportamiento demoníaco de quienes se creen dioses y consideran que pueden esclavizar a los demás, hacerles pasar hambre, hacerles trabajar para ellos como esclavos, humillarles, mirarles como si fueran una mierda. No, eso nunca pude soportarlo y mis estallidos de cólera eran como bombas atómicas. Pero, ahora que lo pienso, bien podría haber actuado con la calma con la que actúo ahora. Soy un guerrero impecable, hago lo que tengo que hacer, no me preocupa morir, no me preocupa nada. Sin embargo cuando noto esta infinita soledad en mi interior se aviva esa llama colérica, ese infierno dantesco, regresa a mi todo el pasado, como si regresaran a mí todas mis vidas. Es la soledad, el quedarme solo, el que hace saltar todas las alarmas, el que aviva el sentimiento de cólera hasta hacerme pensar que la destrucción del universo entero no sería nada, no importaría lo más mínimo. ¿Por qué me asusta tanto quedarme solo, por qué es lo único que no puedo soportar?

¿Cómo hubieran sido las cosas de no ser yo un enfermo mental? Es la pregunta que siempre me hago, la coletilla de todas mis reflexiones, la curiosidad malsana que me lleva a explorar con la mente los otros caminos de cada encrucijada. ¿Hubiera actuado de la misma forma cuando mi familia no quería que me casara con una divorciada con un hijo? Vacié mi primer círculo, ni padres (bueno, mi padre ya había fallecido), ni hermanos, ni primos, ni tíos, ni sobrinos… Cuanto más pienso en todo ello más me convenzo de que en realidad mi enfermedad mental no tiene nada que ver con lo que pienso, lo que siento, lo que soy. Enfermo o no, nunca habría renunciado a mis creencias más profundas, a mi forma de pensar, a mi forma profunda de ser, a mi filosofía espiritualista de la vida. No, no renunciaría a ello por nada ni por nadie. Y sin embargo…Sí, es cierto, ser asertivo no implica romper con todo el mundo y encerrarte en tu búnker. Hubiera podido ser más flexible, utilizar más la mano izquierda, como hace todo el mundo o como todo el mundo dice que hace. No, no puedo engañarme, en realidad me disgusta profundamente la hipocresía, prefiero la verdad directa. De no haber sido un enfermo mental tal vez no habría actuado como lo hice, nada de marcharme de casa a cada bronca, pasarme horas por ahí, solo, pensando en el suicidio, no me habría encamado, dejado de hablar, dejado de comer, ni daría voces, ni perdería el control y daría un puñetazo a la puerta. Sí, tal vez no habría hecho eso, una patología típica de mi enfermedad, pero me temo que las cosas no hubieran sido muy diferentes, tal vez más suaves, tal vez se pueden decir las mismas cosas con un tono de voz normal, tal vez se puedan hacer las mismas cosas sin que parezcan pataletas de niño malcriado. Tal vez, pero uno no puede renunciar a lo que es, a sus creencias más profundas, y ni lo que soy ni lo que pienso encajan en esta sociedad, los demás no pueden aceptar una visión espiritualista de la vida porque para ellos no existe otra cosa que el mundo físico y la vida hasta que mueres y lo que tienes que hacer para sobrevivir. Nada más. No, no es posible llegar a un acuerdo, solo reaccionar mejor, como una persona “normal” como ellos dicen.

No era posible. Por eso la ruptura es tal vez el hecho del que me siento más orgulloso. Haber podido librarles a ellas de mi peso a sus espaldas, que puedan seguir su vida sin tener que preocuparse de un peso muerto. Tal vez debí haberlo hecho antes. Al concluir el primer año del matrimonio y darme cuenta de que no era posible, no era posible que un enfermo mental tuviera pareja, no era posible la convivencia con una persona tan distinta. Pero si lo hubiera hecho no tendría una hija. Bueno, tal vez debí haberlo hecho tras mi último intento de suicidio, estando ya casado o tras la explosión de gas en el piso. Sí, allí debió haber acabado todo. Pero no pude hacerle. No me sentía capaz de renunciar al amor y tampoco creía poder seguir vivo solo, no al menos entonces. Cometí un grave error y todos lo pagaron, yo lo pagué. Ahora, aquí sentado en este banco mojado, mirando la tapia del Camposanto de los mártires, pienso que en efecto, que debí haberlo hecho mucho antes. Pero sigo sin entender por qué seguí vivo tras mis intentos de suicidio. Entonces nada de esto habría ocurrido, muchas vidas hubieran sido distintas… pero mi hija no habría nacido. La vida es compleja, misteriosa, inexplicable. Mejor tarde que nunca. Estando solo no perjudicaré a nadie.

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Al fin me levanto y decido regresar al hotel, pero no sé si ir hacia abajo o hacia arriba. Decido ir hacia abajo y me equivoco, como sabré al día siguiente. Elegí el camino más largo, dando un gran rodeo. La reflexión en el Camposanto de los mártires me ha hecho vulnerable. La fobia puede atacar en cualquier momento. ¡Pero quién podría desencadenarla! Todo está vacío, desierto, las calles mojadas, apenas circulan coches. Son más de las diez, todo el mundo estará cenando en sus casas, con sus familias, la ciudad está desierta. Veo un parque que creo reconocer, estaba cerca de la muralla, cerca del búho sabio, pero está cerrado. Un gato se mueve felinamente cerca de un trozo de muralla, me pareció que era un callejón estrecho, pero está cerrado. Bordearé todo el parque. Sigo la carretera. Veo el puente. Si subo hacia arriba llegaré al hotel, estoy en la dirección buena, al menos eso creo. Pero el tobillo se queja a gritos, cojeo con enorme dificultad. Demasiado esfuerzo para un día. Esto parece el viacrucis que hacíamos en el colegio en Semana Santa. En cada estación yo imaginaba el dolor que sentía aquel hombre con una cruz a cuestas, despreciado, insultado, escupido. Si me dejaba llevar lo bastante hasta yo mismo podía sentir cada matiz de aquel dolor, en toda su intensidad. Ahora siento lo mismo. Con cada paso mi vida me sale al camino y en cada estación debo detenerme para dar una bocanada antes de ahogarme. Nochevieja en Córdoba. No soy un guerrero impecable, solo un tonto que cometió el error de intentar cenar por ahí. Ahora las pasaré canutas para regresar. No importa, cuando estás solo todas las nocheviejas son iguales, pase lo que pase. Y sigo mi camino, esperando encontrar pronto otro banco.

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SOLO COMO GUERRERO SE PUEDE SOBREVIVIR EN EL CAMINO DEL CONOCIMIENTO. PORQUE EL ARTE DEL GUERRERO ES EQUILIBRAR EL TERROR DE SER HOMBRE CON EL PRODIGIO DE SER HOMBRE.

VIAJE A IXTLAN

CARLOS CASTANEDA





DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL (EL GRAN SECRETO) XII

28 12 2015

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

 

EL GRAN SECRETO DE MI VIDA

 

VIVIR DOS VIDAS

 

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Como ya he dicho en otros textos, somos seres multidimensionales, no solo poseemos un cuerpo físico que se mueve en una dimensión espacio-temporal, también somos un cuerpo astral, un cuerpo emocional, mental, causal… La metáfora de las muñecas rusas es perfecta, cada cuerpo está unido al otro y éste al otro y así sucesivamente y todos ellos están unidos y habitan el cuerpo físico que es el único admitido por el común de los mortales que creen que todo lo que son, incluida su consciencia, no es otra cosa que el impresionante y milagroso resultado que la vida ha conseguido juntando células, gracias al código de ADN, y generando así la máquina más perfecta que una simple y aleatoria casualidad pudo conseguir jamás en el universo. Bien, que cada cual crea en lo que quiera, yo por mi parte creo que mi consciencia habita un cuerpo físico y no es generado por éste. La vieja adivinanza infantil de qué fue antes, el huevo o la gallina, para mí siempre ha estado resuelta, para que existan huevos tiene que haber antes gallinas y para que  pueda existir un universo material tiene que haber antes un universo energético y el bing-bang o explosión primigenia solo es posible  si antes existía algo y así sucesivamente. Como es arriba es abajo, dice el Kybalión, por lo tanto el cuerpo físico no deja de ser una imitación de los otros cuerpos superiores que le han creado al descender.

 

No es que yo me planteara todo esto al caminar aquella mañana, no sé de qué estación, ni de qué año, por la calle que me llevaba desde la vieja y destartalada casa de alquiler donde vivía con mi madre hasta el lugar de trabajo. Una y otra vez en este diario regreso a aquella calle y a aquel momento de mi vida porque considero que me marcó para siempre, que cavó un abismo entre la persona que yo era antes y la que sería después. Aquella persona que comencé a ser en el momento concreto de mi vida en que tomé una decisión sin retorno no era nueva, no fue un segundo nacimiento, ya existía en el niño que fui, en el adolescente que llegué a ser, en el joven que ahora se deslizaba hacia la madurez pisando los huevos de la locura. No comencé a ser un enfermo mental entonces, ya lo era de niño y adolescente, la locura, si así se la quiere llamar, ya anidaba en mí y solo se necesitaba tiempo para que el huevo creciera y al romperse nos dejara ver al polluelo enclenque, asustado y solitario que ya sería para siempre.

 

No es que aquel día comenzara a vivir dos vidas a la vez, o múltiples vidas, como hay múltiples dimensiones, no, eso era algo que yo llevaba haciendo desde mi nacimiento a la carne y que todos hacemos, aunque no seamos capaces de reconocerlo, pero sí debo decir que fue aquel día cuando adquirí la plena consciencia de estar viviendo en dos dimensiones a la vez, de vivir dos vidas distintas en la misma vida, dos por una, o si se prefiere, de tener una doble personalidad. Para quienes no saben nada del mundo de la enfermedad mental o de la locura, ni quieren o querrán saber nunca, nada hay tan terroríficamente atractivo como la doble o múltiple personalidad. Eso de ser una persona ahora y otra muy diferente al minuto siguiente es algo que pone el vello de punta. De hecho la historia de la literatura y de la ciencia han abordado y mitificado esta sorprendente faceta del ser humano que nos acompaña desde la edad de las cavernas, habiendo generado todo tipo de mitos y leyendas, desde la posesión diabólica hasta la ficción del Dr. Jekyl y Mr. Hyde, llegando a las supuestas dobles o múltiples personalidades de loa asesinos en serie o algunos enfermos mentales.

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Lo que realmente aterroriza de la doble o múltiple personalidad es la pérdida del “ego” de la personalidad, de la individualidad, lo que al parecer, según muchos, conforma lo esencial de nuestra naturaleza. Somos lo que somos porque somos individuos, diferentes de otros, la consciencia conforma la individualidad porque no podría existir una consciencia que no fuera individual. Quienes piensan así han tenido que inventarse extrañas teorías para poder explicarse ciertas cosas. Así el genial Jung tuvo que sacarse del sombrero el subconsciente colectivo para poder explicar arquetipos, símbolos y esa, al parecer, incontrovertible verdad  de que las mentes, los subconscientes individuales, se comunican entre sí, única forma de explicar lo inexplicable.

 

La pérdida de la individualidad es el gran terror de la especie humana, de cada individuo. La nada es una posibilidad insufrible para todo ser humano. Y no solo se alcanza la nada a través de la muerte, cualquier pérdida de la personalidad, de la individualidad, genera una muerte real de la consciencia, el cuerpo se convierte en una cáscara vacía, como les sucede a los enfermos de Alzheimer o demencia senil, a los amnésicos. Podemos tener el mismo cuerpo físico que tuvimos pero si nos falla la memoria nos falla la personalidad, nada más aterrorizante que enfrentarse a una persona a la que hemos conocido toda la vida y que ahora, debido a una enfermedad de este tipo, no recuerda lo que fue ni quién fue. En el interior del mismo cuerpo físico ahora habita una nueva personalidad, para quienes convivieron con la personalidad anterior, convivir ahora con la nueva es una de las experiencias más dramáticas que le ha dado vivir al ser humano.

 

Pues bien, esto debería ser lo más natural del mundo. Al nacer olvidamos todo lo anterior, como en el mito clásico del río Leteo. Puede que en una vida anterior fuéramos ésta u otra personalidad, habitáramos este cuerpo físico, de este sexo, o cualquier otro. Una vez que olvidamos ya no somos lo que fuimos sino lo que recordamos. Para quienes no creen en la reencarnación el nacimiento supone la primera personalidad, si son creyentes religiosos pueden pensar que un alma nueva e impoluta se une a un cuerpo nuevo que ha estado creciendo como feto en el vientre de la madre. Para quienes creen que el cuerpo físico no es otra cosa que lo que vemos y palpamos la personalidad comienza en el vientre materno, cuando las células se dividen, la culpa de la personalidad y la individualidad la tiene el código genético y a él hay que echarle la culpa de todo, los enfermos mentales de nuestra enfermedad, los que sufren enfermedades degenerativas a errores en dicho código. La culpa de todo la tiene el dichoso código.

 

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En cambio para quienes creemos en la reencarnación todo esto es mucho más complejo, infinitamente más complejo. El schok del nacimiento nos hace olvidarnos de la vida anterior, pero eso no significa que no exista, lo mismo que un enfermo de Alzheimer que no recuerde quién fue ni qué cosas hizo puede tener la sensación de ser una nueva persona cada día o a cada momento, según el recuerdo desaparece o regresa. No somos una vida, somos múltiples vidas vividas y no recordadas en este momento. No somos una personalidad, somos múltiples personalidades viviendo a la vez en diferentes dimensiones. Esto es algo tan incomprensible que solo cuando se experimenta uno llega a saber cómo funciona.

 

Y esto es lo que yo percibí en aquel momento. Lo mismo que uno no sabe que otra persona le miente hasta que descubre la mentira, lo mismo que uno no sabe que su pareja le es infiel hasta que la descubre “in fraganti”, lo mismo que uno puede sufrir un shock al descubrir que es adoptado y que sus padres supuestos no lo son en realidad, lo mismo que uno puede creer que no sueña hasta que una noche tiene un sueño larguísimo y vivísimo que recuerda en su totalidad, cuando uno descubre que existen más dimensiones, y no porque se lo digan otros, sino porque las ve y las palpa, cuando uno convierte su vida onírica en una vida tan intensa y compleja como la vida cotidiana, cuando la cortina se rasga, el velo de Isis, y las vidas pasadas nos golpean, entonces  descubrí que había vivido sin saber, sin saber que en sueños tenemos otra vida y nos relacionamos y luego olvidamos; sin saber que cuando se te abre el tercer ojo ya no ves solamente lo que te permiten los dos ojos de carne cuando los tienes abiertos, un tercer ojo supone una tercera visión, un nuevo mundo. Y ese conocimiento me aplastó, me aterrorizó. Bien hubiera podido murmurar, mientras caminaba por la calle, aquello que dice Marlon Brando en la película Apocalipsis Now: “el horror, el horror”.

 

No es fácil  vivir dos vidas, no es fácil, por ejemplo, acostarse en sueños con alguien y luego en la vida cotidiana ver a esa persona como a una desconocida. Quienes alguna vez hayan vivido en pareja y sido infieles, sabrán lo complicado que es vivir dos vidas de pareja a la vez. Yo no lo sé porque nunca lo he hecho, pero sí puedo hacerme una idea de lo que se siente cuando en sueños tienes una amante, te acuestas con ella, vives con ella, y al despertar esa vida desaparece y comienza otra. Cuando ninguno de los dos recuerda es fácil vivir la única vida que se recuerda. Pero cuando tú despiertas y la otra persona no, la situación llega a ser esperpéntica. Te encuentras con que en sueños has tenido relaciones sexuales con tu compañera de trabajo y luego resulta que en la vida cotidiana ella está casada con otro y tú casado con otra y cuando ella te mira no mira al amante onírico, mira al compañero de trabajo con el que tal vez le gustaría tener una relación sexual, pero nunca se lo ha planteado seriamente.

 

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Quienes conocieron en aquella época al loco de León, al telépata loco, saben muy bien  lo chocante, lo ridículo que resultaban ciertas conductas. Todo fue tan evidente que hasta se produjeron algunos comentarios en voz alta, y por eso me consta que se produjeron, los que se hicieron en voz baja o lejos de mi presencia, eso no los puedo saber, aunque si realmente fuera el telépata loco, hasta eso sabría. Un comentario en el trabajo me hizo saber claramente hasta dónde estaba llegando mi conducta. Comportarme con una mujer como si fuéramos realmente amantes y al mismo tiempo como si ella no se acordara de nada, y en cambio yo de todo, fue una de las experiencias más extraordinarias que he vivido. Tal vez, si alguien se pone serio, esa fuera mi conducta más evidente de loco. ¿Quién puede disimular tan bien, interpretar tan bien, que convenza a todo el mundo de que es amante de quien no lo es?

 

En algunos casos yo había tenido ya sueños eróticos con algunas mujeres, tan vívidos, tan placenteros que al verlas en la vida real no podía dejar de recordar lo ocurrido y sentir vergüenza y confusión. Pero estos sueños no fueron muchos ni con demasiadas mujeres ni todas ellas formaban parte de mi entorno más cercano. En cambio las experiencias a través del tercer ojo, en la cama, abrazado a la almohada, mientras los cuerpos físicos de esas mujeres estaban al otro lado del túnel dimensional o las estaba viendo allí, frente a mí, en cambio esas experiencias orgásmicas, mientras me abrazaba a la almohada creyendo hacer el amor con esas mujeres reales, fueron algo tan intenso y terrible que llegaron a trastornar mi mente y hacer que me comportara como un loco, como un auténtico loco.

 

La prueba de que mi conducta no era solo pura fantasía e imaginación llegó poco a poco, a partir de aquel día, tras recorrer aquel trecho hasta el trabajo y empezar a comportarme como el telépata loco. Risitas, comentarios. ¡Qué va a pensar tu marido! Se sucedieron en el tiempo y fueron creando a mi alrededor el aura de loco que ya no me abandonaría nunca. Nadie que no haya vivido nunca este tipo de experiencias podrá hacerse una idea de hasta qué punto lo que ellos llamarían la “sugestión” puede convertir en algo absolutamente real lo que para los demás solo es pura fantasía. Porque con el tiempo llegaría a vivir con tal intensidad estas experiencias que a veces me bastaba con imaginar desnuda a una mujer para sentir un orgasmo y eyacular. En esa época tuve sueños eróticos muy fuertes, orgasmos oníricos, eyaculaciones en sueños que me obligaron a utilizar calzoncillos en mal estado solo para este uso. Fue una época muy orgásmico, podría decir, tenía orgasmos en sueños, tenía orgasmos cuando me abrazaba a la almohada y a través del tercer ojo veía a mujeres, tenía orgasmos impresionantes cuando tumbado en la cama, boca arriba,  me parecía sentir un cuerpo astral sobre mí y con el tercer ojo veía un rostro conocido de mujer. Era como si mi cuerpo astral hubiera empezado a sentirse consciente y cuando salía de mi cuerpo físico éste percibía todo lo que estuviera haciendo, fuera lo que fuera. El cuerpo energético se desdobló del cuerpo físico y todo aquello que hasta aquel momento yo solo había creído posible sentir a través del cuerpo físico también lo comencé a sentir a través del cuerpo astral o cuerpo energético.

 

El terror se apoderó de mí porque ignoraba cómo el cuerpo astral se puede desdoblar, cuándo y con qué efectos. Llegue a pensar que solo con pensar en algo el cuerpo astral iba y lo hacía. Por desgracia entonces aún no había encontrado mi sentido del humor, porque me hubiera reído a mandíbula batiente de aquellas locas experiencias, y le hubiera dicho al cuerpo astral, lo mismo que el humorista José Mota: Ahora vas y lo cascas. Llegue a pensar que podía lanzar mi cuerpo astral para escuchar lo que otros decían de mí, o para tener relaciones sexuales con las mujeres que me gustaban, o incluso para hacer daño. Y esto fue lo peor de todo. Porque al fin y al cabo tener sexo con otras mujeres, y más si éstas ni se enteraban o me lo decían, era algo realmente placentero, pero hacer daño con el cuerpo astral a otras personas, o incluso “matarlas” era ya algo muy, pero que muy serio. ¿Es posible que llegara a pensar que se puede matar con la mente o con el cuerpo astral? Pues sí, lo llegué a pensar y esto formó parte sustancial de mi locura. Aún hoy día sigo sin tener totalmente claro si uno puede hacer el amor con otro cuerpo astral sin que el otro se entere, si tú puede hacer el amor en sueños con otra persona y ésta puede que al despertar no recuerde nada, si uno puede hacer daño físico, mejor dicho energético, real, a otro cuerpo astral o solo es posible si eres capaz de sugestionar su mente y entonces él se lo hace así mismo. Mi lógica me decía que si eres capaz de hacerte daño real a ti mismo con tus pensamientos y emociones, es decir, si puedes causarte una enfermedad psicosomática a ti mismo, pensando y sintiendo de una determinada manera, por qué no sería posible hacérselo a otros. En realidad mi forma de pensar, por muy de loco que fuera, tenía cierta lógica, yo diría que una lógica aplastante, porque por suerte o por desgracia la lógica nunca me faltó, ni en mi vida de loco ni en mi vida de persona normal.

 

Si alguien, en este momento, tiene la morbosa idea de que es posible vivir dos vidas a la vez y permanecer cuerdo, si alguien cree que puedes vivir dos vidas diferentes, una en el plano astral y otra en el real, lo mismo que si alguien cree que un asesino en serie puede ser un asesino y pasar desapercibido ante los demás, pues le aconsejo que se lea los siguientes capítulos de este diario, verá que pasar de ser unidimensional a ser multidimensional, no es tan sencillo como parece.