FARSAS DE CONTROL VI

19 07 2017

FARSAS DE CONTROL VI

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LA FALTA DE COMUNICACIÓN- EL SECRETISMO

Hace ya mucho tiempo que no toco este tema, tal vez se deba a que me resulta muy desagradable. Las farsas de control son como las malas hierbas en un huerto, por mucha buena simiente que plantes y por mucho cuidado y esfuerzo que pongas en regar, en cuidar de las plantas, las malas hierbas acaban con todo. Eso mismo ocurre en las relaciones interpersonales, por muy buena voluntad que pongas en “llevarte bien” con el otro, en preocuparte de él, en dar todo el afecto y cariño de que seas capaz, al final si las farsas de control se apoderan del huerto de la relación interpersonal éste se convertirá en un erial capaz de tragarse todo el agua que le eches sin dar a cambio otra cosa que no sean ortigas y abrojos.

Me resulta molesto analizar cómo funcionan las farsas de control en las relaciones interpersonales porque todos las utilizamos, de una manera o de otra, todos caemos en esa tentación tan atrayente de utilizar constantemente farsas de control con los otros para conseguir lo que deseamos de ellos, para tenerlos sometidos, para manipularles, para ser sus amos, en una palabra. Observar las farsas de control en los otros me obliga a analizar éstas en mí mismo y no hay nada más desagradable que ser consciente de que ciertas conductas que pensabas eran el colmo de la generosidad y de la bondad, son en realidad mezquinas farsas de control con las que intentas vampirizar a los demás.

¡Hay tantas malas hierbas en un jardín! Todos buscamos librarnos de recargar energía de la mejor de las formas posibles, a través del amor, del afecto, del cariño, porque recibir amor sin darlo es algo tan mezquino que nos hace sentirnos muy mal, por otra parte el amor nos desnuda y nos sentimos avergonzados de mostrarnos tal como somos, aún más el amor requiere un gran trabajo, esfuerzo, concentración, una batalla sangrienta con lo peor de nosotros mismos. Es mucho más fácil enchufar nuestra batería en el enchufe del otro, sin pagar luego la factura de la luz, cuando nos convenga, y encima pedirle que nos pase la mano por el lomo, que nos halague y que nos entretenga contándonos historias divertidas. El amor exige más esfuerzo, sacrificio, renuncia, mayor esfuerzo de voluntad. No es de extrañar que hayamos caído en la tentación de las farsas de control, como arañitas que diseñan sus estratégicas redes para cazar a quien se acerque con las mejores intenciones.

Como hemos visto a lo largo de esta serie de textos, he tomado prestado el nombre y el concepto de James Redfield y de sus libros sobre las revelaciones. Ya el nombre me parece extraordinario, perfecto y contundente. En efecto así son muchas de nuestras conductas con los demás, auténticas farsas de control. Hemos visto cómo acabar con ellas a través de la metáfora del partido de tenis y hemos analizado algunas tan evidentes que nos preguntamos cómo seguimos cayendo en ellas. En esta nueva serie de textos analizaremos otras más sutiles, más astutas, y habrá un apartado especial para analizarlas en las personas con enfermedad mental.

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La falta de comunicación, el secretismo en las relaciones interpersonales es una de las farsas de control más sutiles, porque se enmascara con bastante facilidad haciendo creer que en realidad nuestra conducta solo tiene motivos generosos y altruistas.  Damos a entender al otro que le escuchamos durante horas, que cargamos sus problemas sobre nuestras espaldas, que somos la generosidad pura al permitirle que nos cuente su vida de “pé a pá” sin que nosotros lo agobiemos con nuestros estúpidos problemas que no vienen al caso. Con esto conseguimos que el otro se sienta culpable, que se sienta deudor, que crea que nos debe mucho y se muestre dispuesto a retribuir nuestro sacrificio cuando llegue el caso. Es como si nos prestaran mucho dinero y muchas veces, haciéndonos creer que el interés es muy bajo, o casi no existe, son préstamos a fondo perdido, pero de esta manera el otro se convierte en nuestro perpetuo acreedor y si quiere ya encontrará la fórmula para hacernos pagar muy caros todos estos supuestos préstamos.

Cuando tras un tiempo prudencial de relación interpersonal nos encontremos, haciendo el balance que propongo, y que es como la prueba del algodón del anuncio de limpieza, con que el otro lo sabe casi todo de nosotros y en cambio nosotros no sabemos casi nada del otro, ojo, la prueba del algodón ha encontrado mucha suciedad oculta. Puede parecer muy mezquina esta prueba, como si anotáramos en una agenda negra todo lo malo de los demás y nada de lo nuestro, o como si pesáramos en una balanza de precisión atómica a los demás y nosotros nos pesamos en una balanza con trampa. Descartemos este sentimiento que es solo consecuencia de los efectos tóxicos de esta farsa de control. Si no llegamos esta prueba, antes o después, en el curso de una relación, al final nos podremos encontrar con la gran sorpresa de que no sabemos nada del otro, de que el otro sabe casi todo de nosotros, incluso nuestras debilidades más ocultas con las que nos puede chantajear y lo que es peor, nos encontramos frente a un deudor implacable al que debemos mucho sin ser conscientes de que nos haya prestado tanto como él dice.

En una relación interpersonal la comunicación es esencial y el secretismo el mayor obstáculo para que la vinculación sea cada vez más estrecha.  Como sabemos la comunicación es una autopista de doble dirección y con muchos carriles. Si comunicamos mucho pero no nos comunican nada, esto no es comunicación ni relación interpersonal, sencillamente lo que estamos haciendo es llevar nuestro descapotable a plena luz del día, a una velocidad no muy alta, para que todo el mundo que quiera pueda vernos y saber cómo somos. Y aquí introduzco también la filosofía del cazador del guerrero impecable. Si estamos siempre en medio del camino, dejando que todo el mundo se encuentre con nosotros y nos vea, nos observe, si además estamos desnudos con lo que los otros no tienen la menor dificultad para ver nuestras vergüenzas, nos convertimos en presa.  Un buen guerrero-cazador sabe cuándo ponerse en mitad del camino, para que todos lo vean, y cuándo esconderse y observar a los demás. Un buen guerrero-cazador puede llegar a la maestría de no necesitar saber cuándo ponerse en mitad del camino o cuándo esconderse, porque se ha vuelto inaccesible a los demás, y de esta forma da igual dónde esté, nadie puede acceder a él si él no quiere.

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Es curioso que los que emplean con mucha frecuencia esta farsa de control, en el fondo buscan también la inaccesibilidad, pero no como guerreros sino cazadores sin entrañas en busca de presas. No comunican, no son sinceros, dicen lo justo y la mayoría de las veces ni eso, pensando que así ellos no están en mitad del camino, así no son presas. Aunque se engañan de forma muy sutil, en el fondo están convencidos de que la falta de comunicación con el otro es una forma de no ser vulnerables. Tienen miedo a que el otro pueda utilizar sus “debilidades” para hacerles daño, y sin embargo escuchan impertérritos todas las manifestaciones sobre las debilidades del otro. También resulta curioso que muchos de estos “oyentes generosos” sean al mismo tiempo unos grandes cotillas. Escuchan al otro pero luego no tienen la discreción de mantener en secreto conversaciones que tácitamente se entiende han sido depositadas en él con la etiqueta de “secreto” o confidencial, porque de otra manera lo hubieran publicitado a través de las redes sociales y todo el mundo lo conocería. La farsa de control del “cotilleo”, no precisamente demasiado sutil, la analizaemos más adelante, sin prisas, porque aunque hace mucho daño es tan evidente y tan sencilla de rebatir que solo quienes quieren caer en ella caen. Es un poco como el tema de los timos, una especie de farsas de control de la delincuencia, se supone que quien cae en las garras de un timador es porque no es trigo limpio, algo andaba buscando que no era precisamente muy ético.  No es que el que sufre la farsa de control del cotilleo no sea trigo limpio, como las presas de los timadores, pero sí está claro que todos los que sufren por los cotilleos tienen una importancia personal tan, tan desmesurada, que uno tiene la tentación de pensar que les vendrá bien un poco de cotilleo sobre su persona para rebajarla, lo mismo que la presa del timador siempre debe reflexionar sobre su ética porque está claro que le han pillado por ahí.

Para combatir la farsa de control que estamos tratando nada mejor que hacer de vez en cuando “la prueba del algodón”. Si tras un tiempo prudencial descubrimos que el otro sabe de nosotros casi todo y nosotros ignoramos casi todo sobre el otro, es que algo falla y aunque el otro emplee mil razonamientos muy lógicos, supuestamente muy generosos y humanitarios, es preciso examinar con detenimiento cómo va esa relación. Esto resulta especialmente llamativo en el caso de las personas con enfermedad mental que estudiaremos en otro apartado. Cuando en una relación interpersonal alguien ignora casi todo del otro, y este otro se disculpa, se cubre, con el manto de la generosidad máxima, “ te escucho, te escucho siempre, porque de esta forma te ayudo, y tú no necesitas saber nada de mí”, hay que meditar muy seriamente sobre esa relación. Curiosamente hay profesiones en las que “escuchar siempre y no contar nada” parece la esencia de esa profesión, y me estoy refiriendo, por ejemplo, a psicoanalistas, entre otras, pero esto poco tiene que ver con las relaciones interpersonales, nadie que haya realizado un psicoanálisis podrá luego presumir de una amistad profunda con el psicoanalista. La famosa transferencia en el fondo pretende deshumanizar a terapeuta y enfermo, no son dos personas que se comunican, hay un terapeuta que pretende desaparecer, convertirse en un espejo, un objeto frío e impersonal, y hay un enfermo que pretende “curarse” y lo mismo le daría que el terapeuta fuera un robot o un frasco de píldoras. El que el terapeuta intente no “involucrarse” con la disculpa de que el enfermo  evolucionará mejor si afronta solo sus problemas, con la presencia simbólica del otro, para que esto le ayude a objetivar sus problemas, no es otra cosa que el escudo que se pone el profesional para evitar que el enfermo le arroje sus problemas a la cara, para evitar sufrir, para que de esta manera pueda atender a muchos enfermos diariamente y de esta forma ganarse honradamente la vida. Mucho me temo que la economía acaba primando sobre la relación interpersonal, el enfermo paga para ser curado, el terapeuta cobra por hacer lo que esté en su mano para curarle, pero sin “mancharse”, sin sufrir, sin iniciar una relación interpersonal que no viene al caso y que el terapeuta considera que siempre será negativa para él.  Intentar curar a otro, economía de por medio, sin el menor atisbo de relación interpersonal, porque la transferencia va a hacer mucho daño, no puede funcionar, ni siquiera en las enfermedades físicas, mucho menos en las mentales o enfermedades del alma.

De alguna manera en esta farsa de control se funciona así, el que no habla de sí mismo es porque se considera el terapeuta, el “normal”, el que sabe, el fuerte, y el que no deja de hablar de sí mismo es porque es el débil, el enfermo, el que necesita a los demás. Este desequilibrio de inicio, putrefacta de raíz la relación interpersonal. Como hemos visto en la ley de los tres círculos, cada círculo tiene sus normas, que si no se cumplen no es posible permanecer en él. Una de las normas básicas del primer círculo es la equidad, hay que dar tanto como se recibe, hay que comunicar tanto como se nos comunica.  Y se supone que quien escucha a otro hablar y hablar durante horas, contarle sus intimidades, es porque aspira a una relación de primer círculo, de otra forma le bastaría con cumplir las normas básicas de cortesía del segundo círculo, o comportarse con el respeto básico que exige el tercer círculo. Pues bien si aspiramos al primer círculo, no podemos olvidarnos de la equidad y la comunicación, no podemos utilizar la farsa de control de “tú cuéntame toda tu vida, que yo, que soy muy bueno y generoso, te escucharé con paciencia y no necesitaré contarte nada de mí”.

La sutileza de esta farsa de control reside en esa aparente generosidad del que no se comunica porque considera que está haciendo mucho bien al otro escuchándole durante horas y horas; también en lo fácil que resulta enmascararla entre las debilidades de carácter más comprensibles y disculpables.  Soy tímido, me cuesta hablar de mí mismo, en cambio para ti parece ser lo más natural del mundo. Me avergüenza hablar de mis intimidades, supone un sacrificio terrible para mí, en cambio tú no tienes secretos, me cuentas hasta tus intimidades más íntimas sin pestañear. Todos somos tímidos, a todos nos cuesta hablar de intimidades, todos nos sentimos mal cuando cargamos nuestros problemas sobre la espalda de los demás, a todos nos llevará luego un tiempo recuperarnos del  streaptease del alma que hemos hecho. Todos sabemos también lo mal que nos sentimos cuando escuchamos los problemas del otro sin poder contarle los nuestros. Es por eso que esta farsa de control es tan, tan sutil. Siempre se puede alegar que sufrimos mucho escuchando las desgracias que nos cuenta el otro y no queremos aumentar aún más su sufrimiento contándole las nuestras. Sí, en efecto, las disculpas por este comportamiento son de mucho peso, razón por las que las aceptamos con tanta facilidad. Lo que falla es que esta conducta se prolongue en el tiempo y no haya la menor alternancia. Siempre es uno el que cuenta y el otro el que escucha, que a su vez no cuenta nunca nada de él. Digamos que lo que puede ser perfectamente comprensible en un momento determinado, no lo será al cabo del tiempo.

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Estos “escuchantes” acaban por profesionalizarse. Se encuentran a gusto escuchando y no solo eso, suelen terminar convirtiéndose en interrogadores. Otra farsa de control muy emparentada con ésta que veremos en otra ocasión.  Se convierten en auténticos inquisidores que lo quieren saber todo de nosotros y no se avergüenzan de utilizar manipulaciones y chantajes para obligarnos a “desembuchar”. Se transforman en detectives que nos asaetean a preguntas durante horas y horas, buscando un resquebrajamiento en nuestras “coartadas”.  Los que sufren estas farsas de control llegan a sentirse culpables si ocultan algo, culpables si han hecho algo que saben disgustará al interrogador.  Los famosos “escuchantes” nunca suelen quedarse ahí, acaban siendo “interrogadores” y de ahí a la manipulación más drástica solo hay un paso. No necesitan pasarse largas horas intentando convencer al otro de sus ideas o de que deben cambiar su conducta, adaptándola a la suya, que sin duda es la mejor, o que deben hacer esto o lo otro, o dejar de hacer esto o aquello, porque les basta con preguntar, con “interrogar” para que el otro se sienta tan culpable que o bien se vea obligado a mentir, y ya sabemos que antes se pilla a un mentiroso que a un cojo, o se verá obligado a cambiar de conducta, haciendo al final lo que el otro quiere que haga. En resumidas cuentas,  cuando hacemos la prueba del algodón y descubrimos que el otro lo sabe todo de nosotros, pero nosotros no sabemos nada del otro, no hay que elucubrar mucho para saber quién está utilizando una farsa de control y quién se supone que va a salir ganando siempre.

Para combatir con éxito esta farsa de control, hay que tener en cuenta las siguientes cuestiones:

-Si el otro quiere realmente formar parte de nuestro primer círculo, llegar a una relación interpersonal profunda y afectiva, deberá cumplir las normas del primer círculo, es decir, tiene que haber comunicación y equidad.  Solo un psicoanalista puede saberlo todo de nosotros, sin que nosotros sepamos nada de él, y aún en este supuesto, mi opinión subjetiva y personal es que no puede funcionar bien para curar una supuesta enfermedad mental o del alma de la otra persona.

-Es comprensible que el otro pueda ser más tímido que nosotros, que sienta más vergüenza al hablarnos de sus intimidades, que le suponga un esfuerzo mucho mayor que a nosotros el hablar de lo que realmente importante y no de tópicos y nimiedades, pero eso no es una disculpa, podemos dar nosotros el primer paso, contar primero nuestras intimidades, pero tiene que haber respuesta del otro, antes o después, porque si no, ipso facto, el otro está utilizando con nosotros esta farsa de control de la falta de comunicación y el secretismo.

-En una relación de primer círculo siempre se sufre, no todo son besitos y halagos y abracitos cariñosos y jijí y jajá, compartir el dolor del otro es otra de las normas básicas de un primer círculo, por eso quienes renuncian a comunicarse, alegando que no quieren hacer sufrir al otro, o no entienden qué es un primer círculo, o no quieren pertenecer a él, o están enmascarando esta farsa de control.

-No nos engañemos, quienes utilizan esta farsa de control con nosotros, por muy convincentes que sean, por mucho que digan querernos, por muchas razones que esgriman para no hablarnos de sus intimidades, son tóxicos para nosotros, nos vampirizan, están alimentándose de nuestra energía, están poniendo a recargar sus baterías en nuestros enchufes, aunque puedan llegar a convencernos con facilidad de que las cosas son al revés, que somos nosotros los que enchufamos nuestra batería a sus enchufes. Si fuera así, no habría el menor problema de que lo hicieran, en efecto, enchufándose a nuestros enchufes y contándonos sus intimidades.

`PECULIARIDADES DE ESTA FARSA DE CONTROL EN LA PERSONA CON ENFERMEDAD MENTAL

Como sucede con otros tipos de conducta en el enfermo mental, hay que estar atentos para que nada se enmascare y podamos descubrir lo profundo al otro lado del supuesto espejo de lo evidente. Parecería evidente que el enfermo mental es el que cuenta sus intimidades, puesto que siempre nos está hablando de lo mal que se siente, de la mierda que es la vida, de que desea morir, todo ello supuestamente lo más íntimo de lo que puede hablar una persona. Pero no nos engañemos, para el enfermo esta forma de expresarse es un mantra nacido de una idea obsesivo-compulsiva. No hay en ello nada de sinceridad, de contar realmente sus intimidades más íntimas.  Puede pasarse horas contándonos sus desgracias, supuestas o reales, hablando de todo lo que le sale mal, de lo mal que se siente hoy en relación a ayer, de que alguien se ha reído de él por la calle, se ha burlado de su condición de enfermo, de cómo le afecta todo esto, de lo íntimo que es contar algo así, de que no se lo cuenta a nadie, excepto a nosotros, etc etc. Pues bien, hagamos la prueba del algodón. Analicemos qué es realmente lo que sabemos del otro y lo que el otro sabe de nosotros. De él sabemos siempre lo mismo, que está mal, que está deprimido, que hoy, lo mismo que ayer y que siempre, alguien se ha reído de él, se ha burlado de él por la calle; que la vida es una mierda por esto, por lo otro y por lo demás allá; que desea morir y ya, ahora mismito, que está pensando en cómo hacerlo; que la culpa de todo la tienen los demás, porque su familia, el otro y el otro no le comprenden, no quieren comprenderle, no le dan afecto, cariño, no aceptan que él es libre y puede tomar sus decisiones, que tiene razón al pensar de esta manera y que ellos no, por esto y por lo otro, y blá, blá y blá…

Este es el bucle que se repite y se repite en el enfermo mental, el tiovivo infernal en que está dando vueltas hoy, ayer, mañana y siempre y del que nunca se bajará porque él tiene razón y los demás no, pero sobre todo porque solo lo haría si recibe cariño y nadie se lo da. Pero si analizamos con objetividad su supuesta sinceridad, las intimidades tan íntimas que nos cuenta, seremos conscientes de todo lo que nos oculta, que es mucho. Aparte de las conductas de sus familiares y seres queridos que más le molestan y que nos cuenta una y otra vez, en realidad sabemos muy poco o nada de su familia, porque no habla de ella con sinceridad, como personas que pertenecen a su primer círculo, o bien unos días intenta disculparles, cuando está bien, o bien otros días tienen la culpa de todo, cuando está mal.

Una persona con enfermedad mental nos puede ocultar lo más importante, no que esté deprimido y quiera morirse, pero sí que pudo sufrir maltrato en su infancia, por ejemplo, o que bebe más de lo que debiera, en realidad solo bebe muy de vez en cuando, según él y solo cuando los demás se portan mal con él. Nos puede ocultar que ha caído en la droga, bien la droga blanda o la dura y que  se gasta mucho dinero en ella, porque no es gratis precisamente. Nos puede ocultar que muchas veces sus delirios, alucinaciones, las voces que escucha, comienzan cuando ha consumido alcohol o drogas. Nos puede ocultar que sus problemas no son solo estar deprimido, hundido, a causa de su enfermedad, sino problemas objetivos en los que él mismo se ha metido por falta de voluntad, por una absoluta falta de organización, por no saber administrarse.  Nos puede ocultar que tiene problemas económicos que le preocupan mucho y que contribuyen en gran medida a que esté deprimido. Nos puede ocultar que no es capaz de vivir solo, como lo ha comprobado cuando se ha marchado de casa, ha comenzado a vivir solo y ha descubierto que la soledad es terrible para el enfermo mental. Nos puede ocultar que tampoco puede convivir con sus familiares en el domicilio paterno porque no se entienden, no solo por su culpa, por culpa de todos, no son capaces de llegar a un acuerdo, a un protocolo y todo son broncas y follones diarios. Nos puede ocultar que estos problemas, objetivos, le están destrozando la vida, pero él todo lo achacará a su enfermedad, estoy deprimido, soy un enfermo mental y si no lo fuera todo sería distinto.

Un enfermo mental nos puede ocultar que se siente muy solo, porque en realidad tiene muy pocos amigos o ninguno, y a veces tratará de ocultar este extremo hablando de que ha quedado con un amigo o que le ha llamado una amiga… Nos puede ocultar que se siente muy triste y desesperado porque no tiene pareja y nunca la tendrá, porque todos sus intentos han sido estrepitosos fracasos, porque su enfermedad mental le impide ser como los demás, tener una familia y vivir como vive casi todo el mundo. Nos puede ocultar que a pesar de lo que nos dice, de sus ideas conservadoras sobre el sexo, le gustaría encontrar un poco de cariño en el sexo, aunque fuera muy poco, con alguien, con algunos, con muchos, con todos.  Nos puede ocultar que lo ha intentado, que fue un fracaso porque quisieron aprovecharse. Nos puede ocultar que busca pareja en Internet o en la tv o que se ha gastado un dineral en las páginas de contactos… para nada.

Aún cuando el enfermo mental se pueda pasar horas al teléfono, hablándonos de sus intimidades, o lo haga en persona, hablando durante horas delo que le preocupa, en realidad, no nos engañemos, está utilizando con nosotros la farsa de control de la incomunicación y el secretismo. Puede que apenas podamos contarle nada porque él lo habla todo, durante horas y horas, porque somos los únicos con los que puede hablar y eso le autoriza para hacerlo. Pero si al cabo de un tiempo descubrimos que en realidad nosotros le hemos contado más cosas íntimas que él a nosotros, porque eso de que quiero morir o de que se han burlado de mí o que me llevo mal con la familia, ya no cuela, es evidente que está utilizando esta farsa de control. Es difícil asumir que un enfermo mental pueda hacerlo, puesto que en realidad no habla con nadie, o con casi nadie y con la mayoría no habla de nada que sea realmente íntimo. Es difícil comprender que cuando habla con nosotros horas y horas en realidad sea un “escuchante” que esté utilizando la farsa de control de la falta de comunicación y el secretismo. Pero es así. Si hacemos la prueba del algodón descubriremos que de él no sabemos casi nada, aparte del mantra de quiero morir, de sus ideas obsesivas sobre la forma de suicidarse y de que la culpa de todo la tienen los demás. Puede que nosotros hayamos tenido poco tiempo para contar cosas, pero seguro que él sabe bastante más de nosotros que nosotros de él. Un enfermo mental lo guarda todo, lo que realmente importa, en su interior, en un búnker, con siete mil llaves, y al final solo sabremos de él lo que sabemos de todos los enfermos mentales, que quieren morir porque la vida es una mierda.

CÓMO DESMONTAR ESTA FARSA DE CONTROL EN EL ENFERMO MENTAL

Sin duda la mejor forma es hablarle de nuestras intimidades más íntimas, más dolorosas, de nuestros secretos más profundos, más vergonzosos. Aprovechando las oportunidades que nos dé cuando nos esté recitando su mantra, podemos intercalar que nosotros también pensamos en suicidarnos cuando… que nos llevábamos fatal con nuestros padres y nos marchamos de casa, para descubrir que la soledad es muy dura…que en realidad nosotros no tenemos tantas oportunidades para formar pareja, porque… que estamos tan necesitados de sexo como él o más…que nuestras vidas no han sido precisamente fáciles… Si nos abrimos, si somos sinceros, si contamos nuestras intimidades más íntimas, sin vergüenza, sin callarnos con la disculpa de que en realidad no hablamos de nosotros porque él lo necesita más y nos vamos a limitar a escucharle…entonces él, con el tiempo, con dificultad, comenzará a sincerarse, tendrá confianza en nosotros, la suficiente para dejar de echar la culpa a los vaivenes de su enfermedad cuando sabe que le sucede cuando se pasa fumando droga o bebiendo o tras una discusión terrible con un familiar. Con el tiempo un enfermo mental puede dejar de escudarse en sus viejos mantras y admitir lo que ni siquiera había admitido ante sí mismo, que muchos de sus problemas no son achacables a la enfermedad mental, sino al tipo de vida que lleva.

Nada más fácil para el enfermo mental que renunciar a esta farsa de control, que no le beneficia en nada, con la que no se siente a gusto, puesto que lo que más le ayuda es hablar con sinceridad de sus intimidades y atraer a su primer círculo a cuantas más personas mejor. Necesita mucho cariño y sabe que las farsas de control, concretamente ésta, no sirven para nada, así que puede renunciar a ella tan ricamente, sin mucha dificultad.

 

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LAS FARSAS DE CONTROL EN EL ENFERMO MENTAL I

13 07 2015

LAS FARSAS DE CONTROL EN EL ENFERMO MENTAL

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INTRODUCCIÓN

Hace algún tiempo dejé de subir textos sobre las farsas de control a este blog, como hice también con otras series de textos, mi prioridad era escribir El diario de un enfermo mental y las historias de Bautista. Ahora retomo las farsas de control aprovechando que durante esta etapa de mi vida me estoy relacionando con más intensidad con algunos enfermos mentales. Ellos me han servido como espejo para hacerme consciente de mis propias farsas de control como enfermo mental y de cómo los enfermos mentales tenemos una forma personal de utilizar las farsas de control, una estrategia de conducta que empleamos todos, incluso los “normales”, a la hora de intentar conseguir nuestros fines personales. Las aprendemos desde niños, incluso forman parte de la estrategia de supervivencia del propio bebé. En parte son aprendidas y en parte parecen ser instintos con los que nacemos todos para sobrevivir en sociedad.

Para quienes no hayan leído el resto de textos sobre las farsas de control, recapitulo de forma somera. Este concepto lo encontré en el libro de James Redfiel, la novena revelación y siguientes. Me impactó profundamente porque descubrí que este autor sistematizaba todas esas conductas mentirosas, manipuladoras, chantajistas, que forman parte de nuestra vida cotidiana. Es un concepto novedoso y diseccionador de unas determinadas conductas que forman parte de la “lucha de poder”, un concepto chamánico de don Juan en los libros de Castaneda.

La lucha de poder o las batallas de poder son aquellas a las que debe enfrentarse todo guerrero impecable. Ya veremos con mucha calma el concepto de “poder” en el diccionario chamánico. Es un concepto bastante diferente del que se tiene en nuestra sociedad. En ella el poder es la fuerza, la herramienta, que unos seres humanos utilizan contra otros para conseguir sus fines: jerarquía social, posición de mando en la estructura social, fuerza para imponer a los otros los propios criterios o los fines egoístas que cada persona busca en su vida. Así existe el poder político, el poder mediático, el poder militar, el poder de la riqueza, el poder de la inteligencia, el poder de la sugestión, el poder religioso, etc. El concepto chamánico es más profundo, más visceral. Una persona, un guerrero tiene poder cuando tiene energía, cuando está completo, cuando domina el arte de acechar, el arte de ensoñar, cuando es un hombre de conocimiento, cuando deja de lado dudas, remordimientos, angustias, miedos, cuando hace lo que tiene que hacer y confía en que las fuerzas poderosas le sean favorables.

Un guerrero no busca el poder político porque no intenta cambiar a nadie, no quiere gobernar a nadie, imponer su criterio. Un guerrero no busca el poder de la riqueza porque las cosas tienen solo el poder que nosotros les damos, y el dinero y la riqueza son nada si quien las posee no tiene poder personal. No busca en la religión una herramienta para “convencer” a los demás de que sus fines son loables y sociales y no egoístas. No busca el poder militar, el poder de la fuerza para imponer en guerras inhumanas su propio camino. Un guerrero sigue su camino, no intenta cambiar a nadie porque no se puede, no busca poseer cosas porque las cosas acaban poseyéndole a él. Es un concepto que entronca también con el desapego budista. La impecabilidad del guerrero y el desapego del buda son la misma cosa, solo que en el caso del guerrero se busca el poder personal en el infinito, en la certeza de la muerte que nos sigue con la mano en nuestro hombro izquierdo. El poder personal se adquiere con la impecabilidad, el guerrero es consciente de estar en un mundo generado por la posición del punto de encaje que puede moverse y llevarnos a otros mundos. El guerrero es consciente de que no es libre porque las emanaciones del Águila, que él ha aceptado al colocar su punto de encaje en determinada forma, son compulsivas, ordenan y mandan y uno solo puede obedecer. Y aquí aparece un concepto muy creativo, fantástico, que también me impactó cuando lo leí por primera vez.

El desnate como lo llama don Juan no es otra cosa que elegir entre las emanaciones del Águila la que nos interesan, elegimos en el arcoiris de emanaciones aquellas que nos sirven en un momento determinado, pero no las seguimos compulsivamente, porque un guerrero quiere ser ante todo un hombre libre y seguir cualquier emanación es hacerse esclavo del mundo que nos obliga a ver, del camino que nos obliga a seguir. La lucha de poder aparece cuando un grupo de personas, con el punto de encaje situado en el mismo lugar, que perciben el mismo mundo, viven en el mismo mundo, deciden que no pueden vivir y dejar vivir porque quieren el lugar que ocupan otros, quieren las cosas que tienen otros, quieren arrebatarles su poder, vampirizarles.

Para que nos hagamos una idea de cómo funciona esto pondré una metáfora que nos ayudará a comprender. En un mundo espacial infinito donde todos pudieran moverse líbremente y sin obstáculos, no habría necesidad de pelear por un lugar donde vivir. Si alguien decide asentarse en un espacio, en un entorno, yo puedo irme al otro punto de la galaxia, del universo, donde tendré mi propio lugar. En este ficticio universo no habría batallas de poder puesto que “mi” lugar tendría lo mismo que tienen los lugares de los otros, no lucharía por arrebatarles “su lugar” porque sería estúpido pelear por algo que ya tengo, si ellos tienen montañas, yo también, si mares, yo también, si minas de oro y pozos de petróleo, yo también. Digamos que cada uno tendría su propio universo y no habría necesidad de luchar por nada y las relaciones interpersonales no buscarían “poseer”, alcanzar poder sobre los otros, sino “comunicarse”.

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Ahora visualicemos un ascensor donde van, tan apretados como en el camarote de los hermanos Marx, un montón de personas, con un espacio tan reducido que incluso para respirar tuvieran que pedir permiso a los de al lado. En este lugar se establecería una terrible lucha de poder. Cada uno pugnaría por conseguir el mejor sitio, el más espacioso, el más cómodo, por arrebatar dos centímetros de espacio a los que le rodean, por conseguir sus ropas si en el ascensor hace frío, por estar más cerca de la puerta por si ésta se abriera, por poder estirarse y dormir cómodamente. En este ficticio supuesto la lucha de poder podría llegar a ser infernal si no se llega a un pacto, esto y no otra cosa es el pacto social. Vivimos en sociedad porque somos muchos, el espacio es reducido, las fuentes de energía son las que son, las fuerzas individuales no llegan a mucho, porque un trabajo conjunto y repartido nos evita gastar fuerzas inútilmente. La sociedad se organiza y nos permite, mediante la distribución de trabajo, de responsabilidades, que el “hormiguero” funcione, mal, pero funcione. Pero una vez hecho este pacto básico, la lucha de poder continúa porque los recursos son limitados, el espacio es limitado, el dinero es limitado, los bienes de consumo son limitados… Y si apuramos aún más, todos buscamos también un espacio psíquico, este es mi terreno, hasta donde alcanza mi mirada, si los demás me miran sin mi permiso están invadiendo mi espacio, si hacen ruido me molestan, si echan abajo la puerta de mi domicilio están invadiendo mi propiedad privada. Si voy en coche por una autovía comunal me molesta que todos se hayan puesto de acuerdo para ir al mismo tiempo que yo. Me molesta que no respeten las normas, ellos, porque yo me considero con derecho a no respetarlas cuando me coartan.

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El pacto social es tan complejo, tan laberíntico, tan infernal, que no es extraño que se produzcan toda clase de luchas de poder, desde las más terribles e inhumanas, como las guerras, hasta las más elementales, como la lucha por la supervivencia, por un pedazo de pan, por un trozo de acera para dormir envuelto en cartones. Pero hay una lucha invisible que es aún más infernal. Es la lucha por defender la propia personalidad, las propias ideas, las propias emociones, la manifestación de lo que somos, de nuestra personalidad, de nuestras ideas, de nuestras emociones… Es aquí donde se desarrolla la gran batalla de poder en la que las farsas de control tienen un papel predominante. No podemos echar a nadie de un espacio público por la fuerza, a puñetazos, pero podemos mirarle mal hasta que retroceda, hasta que se marche, o decirle cosas, insultarle, o “convencerle” de que estaría mejor lejos de nosotros. “El qué dirán” es una de las farsas de control más simples y demoledoras. Funciona porque todos sabemos que en algún momento ha funcionado. Todos hemos sufrido la vergüenza de que nos reprochen algo en publico. Sabemos que es más duro que si lo hacen en privado, sabemos que los ojos de los demás mirándonos, la expresión de sus rostros es algo acumulativo, un reproche de una persona en privado nos afecta, en público parece acumular el poder personal de todos los que están presentes y el efecto es demoledor. Por eso vemos cómo el poder de los “medios” puede ser terrible, echar abajo una imagen, “convencer” de que alguien es culpable o inocente, de que tienes razón o no la tienes, de que hay que apoyarte o arrojarte al cubo de la basura. El qué dirán es una terrible farsa de poder, basta solo con que alguien nos mire como si nos dijera, si haces eso te voy a mirar mal, se lo voy a decir a fulanito y menganito y no te hablarán, te mirarán mal y ya verás cómo se va extendiendo la ola, ya verás, ya.

Tenemos farsas de control para todo y en todos los terrenos, desde el bebé que llora para conseguir sobrevivir hasta las batallas de poder que libran las parejas, las familias, el entorno laboral, el entorno social, las “tribus”, las naciones, las mayorías… Luchamos por conseguir trabajo, porque en una relación de pareja nosotros llevemos la voz cantante, porque en la familia nosotros seamos los líderes, porque una tribu determinada tenga un territorio determinado, las nacionalidades son lo que son y todos sabemos la fuerza que pueden llegar a tener. Y como no podemos “suprimir” al otro, porque hemos hecho un pacto social en el que las leyes caen sobre la cabeza de los asesinos, de lo secuestradores, de los delincuentes… entonces buscamos una forma de batallar que no arroje la ley sobre nosotros, que nos permita vencer en pequeñas batallas sin necesidad de litigios judiciales, de echarnos encima el poder físico de las llamadas fuerzas del orden, de los cuerpos policiales, de los ejércitos. Las farsas de control son formas de vencer con poco gasto de energía, sin derramar sangre, con herramientas fáciles de manejar y efectivas. Son una forma de “vampirizar” al prójimo. La mentira, la manipulación, la compasión… hay tantas que nos llevará mucho tiempo examinarlas todas. Todo el mundo las utiliza, solo que la diferencia entre cómo las utilizamos los enfermos mentales y los “otros” es muy importante, por las repercusiones sociales y los efectos en las personas. Es por ello que voy a examinar las farsas de control desde la perspectiva del enfermo mental, aunque todos las utilicen, porque en el enfermo mental se ven más claras y es más fácil desentrañar su enorme complejidad o su sencillez apabullante.

A veces los enfermos mentales pensamos que lo único que tenemos es nuestro sufrimiento, por eso lo utilizamos con tanta frecuencia en las farsas de control. Digamos que nuestro patrimonio consiste en una vida de sufrimiento, estancias en psiquiátricos, intentos de suicidio, repudio social y público, soledad, falta de trabajo, falta de futuro… Mientras otros pueden comprar con dinero, porque lo tienen, el enfermo mental solo puede comprar con su sufrimiento, consiguiendo la compasión de su entorno. Mientras los demás pueden “seducir” con sus cuerpos, con su labia, con su posición social, con todo lo que han ido acumulando en una vida de “lucha por el poder”, esa casa, ese coche, ese puesto de trabajo, esa fama en un entorno social, el apoyo de su pareja, de la familia, de la sociedad que les respeta porque forman parte de ella, porque siguen sus leyes y sus normas, porque pagan sus impuestos… el enfermo mental, habitualmente, ni tiene dinero, ni trabajo, ni casa, ni coche, ni respeto social, ni paga impuestos…no tiene nada, salvo su sufrimiento y su familia. Por eso será este magro patrimonio el que utilice en las farsas de control. Exhibirá su sufrimiento para comprar lo que necesita, buscará el apoyo de la familia, con manipulaciones y mentiras, porque sabe que solo no conseguirá nada. Es como en el ejemplo que ya he puesto muchas veces, los enfermos mentales vamos desnudos por la vida y nuestra imagen no es precisamente para tirara cohetes, digamos que hablando metafóricamente somos unos desechos humanos, no despertamos confianza, nos miran con recelo, no podemos “comprar” nada en esta vida de la forma que lo hacen los demás, por eso nuestro sufrimiento es nuestro gran peculio.

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En el próximo capítulo analizaremos cómo explotamos ese sufrimiento. Nos auto-otorgamos una especie de bula y acabamos creyendo en ella. Como sufrimos tanto podemos hacer lo que no se les permite hacer a los demás, podemos ser egoístas, podemos mentir y manipular, podemos no sentirnos culpables por conseguir las cosas que los demás logran con facilidad a través de nuestras farsas de control. Durante esta etapa de mi vida he podido ver con claridad, reflejado en el espejo de mis hermanos, cómo han sido mis farsas de control. Por eso ahora que lo he perdido todo, que no tengo a nadie con quien utilizarlas, que he asumido mi absoluta soledad, puedo analizar con objetividad mis farsas de control, las de mis hermanos, pero también las farsas de control de los “otros”, las que utilizan con nosotros y entre ellos. Esto va a ser como ir desnudo por la calle, con aparato de rayos X. Todos verán mi desnudez pero yo también podré ver la suya si conecto los rayos X, sus vestidos no les servirán de nada. De nuevo estoy arriesgando mucho, demasiado si tuviera algo que perder. No busco la polémica, no busco cambiar nada ni a nadie, me conformo con intentar mirarme en el espejo sin necesidad de ser tan discreto como para ocultar que alguna vez “los otros” pasan por delante de mi espejo y así puedo verlos como son. Creo que ellos salen ganando porque su paso por delante del espejo será fugaz mientras que yo voy a permanecer desnudo, con mis vergüenzas y michelines, todo lo que dure mi vida, lo que aún me quede por vivir.





FARSAS DE CONTROL V

25 04 2014

FARSAS DE CONTROL V

LA CADENA DE FAVORES

Hay una película con ese título en la que se aprecia muy bien el lado positivo del favor y de lo que supone una cadena de favores, hoy vamos a ver el lado negativo, el lado oscuro de esta farsa de control. Como sucede con todo en la vida nada es en sí bueno o malo, todo depende de cómo lo instrumentalicemos. El favor no es otra cosa que un acto generoso que hacemos por alguien –normalmente por nuestros seres queridos, amigos o personas con las que nos sentimos vinculados afectivamente- no esperando nada a cambio. No se trata de una deuda que estamos pagando o de remordimiento por algún daño causado. El favor es el brazo amoroso que extendemos, como un puente, para que la comunicación con el otro se afiance y por ese puente se produzca todo tipo de intercambios.

El favor nos vincula con aquel a quien hacemos el favor y asimismo cada vez que nos hacen uno nos sentimos vinculados con la persona que nos lo está haciendo. Forma parte de esa vinculación afectiva que es una tupida tela de araña en nuestras vidas. Dentro de la teoría de los tres círculos, el favor sería un paso que estamos dando para atraer al primer círculo a quienes están en el segundo o tercero.

Un favor es siempre un don que se da sin esperar nada a cambio, un regalo que hacemos, no para que nos lo devuelvan, sino para mostrar nuestro afecto y hacer más sólido el vínculo afectivo. No es malo ser conscientes de que aún en el caso de generosidad más extrema y espiritual de alguna forma siempre estamos buscando una respuesta, un “toma y daca”. Puede que no se trate tanto de pesar en la balanza lo que damos y lo que nos dan o esperamos recibir, como de crear vínculos afectivos o espirituales con otras personas, algo que a la postre es mucho más valioso e importante que cualquier respuesta material a un favor o a un regalo.

Damos regalos en fechas señaladas o tenemos un detalle con un ser querido aunque no sea una fecha establecida, simplemente porque nuestro afecto nos impulsa a ello. Dentro del primer círculo, entre los seres queridos, los regalos suelen ser frecuentes y los favores algo cotidiano. Esta estrategia en las relaciones interpersonales es positiva y hace más sólidas nuestras relaciones, pero como sucede con todo en la vida siempre hay un lado oculto, un reverso oscuro, siempre hay personas que utilizan y se aprovechan hasta de los instrumentos más positivos o aparentemente inocuos para intentar “captarnos”, controlarnos, manipularnos. Vamos a estudiar cómo funciona esta farsa de control.

Incluso en el primer círculo, entre los seres queridos, entre la pareja, las farsas de control de la cadena de favores están al día. Si la relación es positiva, afectiva, amorosa, los regalos, los favores, no se “interpretan”, simplemente se dan y se reciben, se agradecen. Ahora bien, cuando se busca una respuesta excesiva a nuestra “súplica” estamos cayendo en la farsa. Un familiar nos pide que avalemos un crédito que ha pedido al banco, él sabe y nosotros sabemos que si no paga nosotros tendremos que hacerlo en su lugar o nos embargarán. El favor que se pide es excesivo, el riesgo inasumible. Y, sin embargo, el familiar insistirá y nos achacará falta de afecto, egoísmo, si no aceptamos caer en la trampa. Lo mismo que la cadena de favores puede vincularnos espiritualmente, también puede atraparnos en una tela de araña o atarnos con grilletes a otra persona o personas y tendremos que ir donde vayan ellos. En el caso del crédito también se ha podido desarrollar antes una estrategia de araña acechante, ese familiar ha insistido en hacernos favores que no queríamos durante un tiempo y de alguna manera ha conseguido que nos sintamos deudores. Si no andamos con cuidado podremos acabar como avalistas de un préstamo y candidatos al embargo y al desalojo de nuestro propio hogar. Si decidimos hacer el favor siempre debe ser con plena consciencia de todo lo que está sucediendo. Nosotros sabemos el riesgo, él sabe el riesgo y nos lo explica, buscamos alternativas y no las encontramos, decidimos arriesgarnos porque la persona que nos pide el favor es para nosotros más importante que los bienes materiales. Bien, en ese caso no existiría farsa de control, cada uno es muy dueño de hacer lo que considere oportuno por sus seres queridos, como si quiere sacrificar su vida si es necesario. Aquí estamos hablando de esos chantajes psicológicos, de esas farsas de control que buscan atarnos con grilletes, atraparnos en una tela de araña para que la araña de turno nos sorba la energía.

La farsa de control de la cadena de favores es mucho más frecuente de lo que nos imaginamos, incluso en la convivencia diaria con nuestros seres queridos. No es infrecuente que en la pareja que en los malos momentos se echen en cara lo que uno hace o ha hecho por el otro y el otro por el uno. Que si yo soy tu esclava porque hago todas las tareas de la casa y tú no colaboras; que si yo soy el que traigo el dinerito a casa porque tú no tienes trabajo; que si yo quiero favores sexuales y tú no me los das porque quieres que haga esto, lo otro o lo demás allá. Suena muy mezquino, pero es muy frecuente. Hay parejas en las que se necesitaría una balanza de precisión para pesar y medir los favores que se hacen uno al otro y el otro al uno y si uno es acreedor en un momento determinado o deudor y si debe más o menos, o si… Caer en esta farsa de control es jugar un partido de tenis en el que ambos jugadores terminarían agotados y con ganas de darse de raquetazos. Es aquí cuando hay que emplear la estrategia del guerrero impecable. No vuelvo la vista atrás, no peso en la balanza lo que me deben o debo, hago lo que tengo que hacer y confío en que todo salga bien y si se producen nuevas circunstancias que exigen nuevas decisiones vuelto a actuar como un guerrero impecable y hago lo que tengo que hacer.

Todos funcionamos de una manera u otra con esta farsa de control en nuestras vidas y la sociedad se mueve al ritmo de la cadena de favores. En la política esto resulta especialmente visible y claro. Tú haces el favor de votar a un partido político y él te dice que te devolverá el favor haciendo aquello por lo que tú le votaste. Luego resulta que donde dije digo ahora es Diego. O puede que alguien done una cantidad importante a un partido y a cambio pida una concesión de una obra. Los enchufismos laborales, políticos, es tú me haces este favor y a cambio yo te haré este otro, o eres familiar y me debes esto o lo otro cuando llegues al poder, es algo tan cotidiano en nuestras vidas que casi ni nos fijamos en ello. Sin embargo es una de las farsas de control más efectivas y terribles, es la imagen perfecta de la araña que atrapa a la mosca y luego la va devorando poco a poco.

Por eso hay personas que son muy reacias a que les hagan favores. De alguna manera inconsciente saben que si reciben muchos favores luego se sentirán en deuda y no quieren estar en deuda con ciertas personas en ninguna circunstancia. En cambio otras parecen estar siempre dispuestas a hacer favores, pero solo determinados favores, en determinadas circunstancias y con determinadas personas. Esto resulta bastante sospechoso. Es como aquel que te presta un bolígrafo BIC cuando observa que tienes que anotar algo y te has olvidado tu bolígrafo. Luego te dicen aquello de quédate con él y no aceptan una negativa. Tiempo más tarde un día te ven con una pluma estilográfica de valor que te han regalado por tu cumpleaños y te la piden para anotar algo. Si te descuidas se quedan con la pluma y te hacen creer tácitamente que no debes quejarte puesto que él te hizo aquel “favor”, ¿recuerdas? Es un ejemplo basto pero que ilustra ciertas conductas farsantes. Hay quienes creen que hacerte un pequeño favor les da derecho a luego pedirte un gran favor. El caso de los acosadores es patológico. Hay hombres que hacen el favor de contratar a mujeres para su empresa y luego a cambio les piden sus favores más íntimos, como si el contrato de trabajo, yo te doy un sueldo y a cambio tú me das tu trabajo, no fuera suficiente. Los acosadores sexuales son auténticos depredadores que acostumbran a engañar a sus presas con una sutil cadena de favores.

Hay quienes son invitados a comer a casa de alguien y luego tienen a ese alguien todos los días en su casa, comiendo, cenando, desayunando, a por sal, a por huevos, a por lo que sea. Es un típico caso de la farsa de control. Hay quienes no son capaces de medir ni el valor material de los favores, ni el valor afectivo, ni el valor espiritual. Hay familiares que por el mero hecho de llevar tu misma sangre ya se consideran con derecho a chupártela, como si fueran vampiros. Mucho cuidado con los desvergonzados, los que no tienen el menor rubor en utilizar otras farsas de control como la mentira, porque acabarán utilizando también ésta y con la sutileza de la araña. Mucho cuidado con quienes se ofrecen a hacerte favores sin que tú se los pidas porque detrás puede haber gato encerrado.

Incluso hay personas que son buenas, generosas, que se han propuesto como la meta de su vida ayudar al prójimo allí donde se encuentre, se lo pida o no y hasta las últimas consecuencias. Personas que están convencidas de su bondad sublime y de su sacrificio hasta el martirio y que luego se enfadan muchísimo contigo si no estás de acuerdo con sus ideas, si no te consideras deudor de favores que no has pedido, si te niegas a abdicar de tu libertad y dejarte controlar y manipular. Lo curioso de muchas de estas personas es que no actúan de forma consciente, buscando atrapar a la mosca en su tela de araña, no, te lo dan todo, son unos verdaderos mártires, unos héroes, pero luego, a la hora de la verdad, son incapaces de respetar tu libertad, tus ideas, tu dignidad, tu personalidad. ¡Con lo que yo he hecho por ti! Te lo dicen con tal sentimiento que se les cae el alma a los pies. ¡Pero quién te pidió nada! Acabas sintiéndote como un auténtico verdugo. Estas cadenas son las más difíciles de romper, te sientes culpable, porque al fin y al cabo es verdad que el otro hizo mucho por ti y cosas importantes y te dio de comer cuando tenías hambre y de beber cuando tenías sed y te acogió en su casa cuando estabas en la calle y te vistió cuando estabas desnudo e incluso te dio sexo cuando estabas desesperado, cuando llevabas años sin un contacto piel con piel. Hay quienes son capaces de llegar hasta esos extremos, hasta de acostarse con las personas a las que quieren hacer favores a toda costa. Hay quienes son capaces de transformarse en verdaderos esclavos a tu servicio. Y entonces, poco a poco, día a día, te van pidiendo pequeñas cosas, que les dejes decidir en esto o aquello, que cambies esa forma de pensar que les gusta tan poco, que dejes de ser asertivo y digas a todo que sí. Mucho cuidado con estos farsantes. El verdadero amor respeta la libertad del otro y no mide en una balanza lo que ha hecho por ti para que se lo devuelvas, hasta el último céntimo. Abdicar de nuestra libertad, de nuestra dignidad, de nuestra personalidad, de nuestras ideas más profundas, de lo que somos y queremos, solo porque alguien nos hizo o nos está haciendo un montón de favores que no hemos pedido, es caer prisionero en esta sutil farsa de control que tanto se parece a la verdadera bondad, generosidad, al verdadero amor. Nada engaña tanto como lo mejor y lo máximo. Ojo con la trampa de comprar una prenda de diseño, de los mejores diseñadores del mundo, en el rastro, a un precio de ganga. Podemos hacerlo si queremos pero conscientes de que no estamos comprando un carísimo diseño a un precio ridículo, estamos comprando lo que estamos comprando. Podemos aceptar, si así lo queremos, la farsa del supuesto amor, del sexo que se entrega con generosidad casi surrealista, de los favores sin pedir nada a cambio que se repiten una y otra vez, un día y otro, pero si lo hacemos tenemos que ser conscientes de que en algún momento nos van a pedir la devolución y puede que el precio sea demasiado alto para nosotros. No nos engañemos, un favor recibido de una persona que no está en nuestro primer círculo, a la que no conocemos bien, que he demostrado ser más interesada que bondadosa, puede ser la trampa de la tela de araña. Incluso entre nuestros seres queridos se pueden producir estas farsas. Ahora bien, la convivencia estrecha e íntima con las personas hace que no sea posible el engaño por mucho tiempo. Todos podemos caer en la tentación de utilizar esta farsa de control contra un ser querido, pero solo durará un instante, será un “calentón” porque quien ama verdaderamente no se pasa la vida pesando en la balanza lo que él hace por el otro y lo que el otro hace por él. Y si estamos intentando atraer a un desconocido a nuestro primer círculo tendremos que medir mucho cada paso que damos porque en una cadena de favores nada es más fácil que los anillos de desposados se transformen en grilletes.





LAS FARSAS DE CONTROL IV

7 11 2013

FARSAS DE CONTROL IV

LA FARSA DE CONTROL DE LA COMPASIÓN

Reconozco que hablar de las farsas de control es desagradable, es como hurgar en la herida. A nadie le gusta que diseccionen su conducta como si estuviéramos cortando rodajitas de un salchichón. Mirar la conducta de los demás y la nuestra como si fuéramos cazadores y presas (el arte de acechar) o teniendo mucho cuidado de no caer en una farsa de control ajena, resulta un tanto paranoico y gélido, como si esto fuera una selva y no pudiéramos esperar otra cosa de los demás que nos tomen por presas o nos causen dolor.

Es cierto que lo que hay que buscar es la comunicación, el amor, la solidaridad, la empatía y una vida más feliz para todos. Esa es nuestra meta, pero por el camino hay que cuidar de dónde se pisa y mirar las posibles trampas. Para un enfermo mental caer en estas trampas es como recaer en una depresión, nunca sabes cuándo vas a salir y cómo.

La observación de las conductas ajenas y de la nuestra no es algo tan “antinatural”. De hecho todos lo hacemos y existen terapias basadas en ello, por ejemplo el psicoanálisis o la psicoterapia de grupo. Don Juan le dice a Castaneda que en la vida, en nuestra sociedad existe una lucha de poder. Ese poder no es tanto la riqueza o el poder político o la fama o estar en la cresta de la ola, se trata de un poder más sutil. Somos seres energéticos y sin energía no podemos funcionar. Sin el alimento para el cuerpo, que le proporciona energía vital nos iríamos deteriorando hasta morir. Sin el alimento para la mente, la cultura y el arte, nuestra evolución se ralentizaría hasta desaparecer. Sin el alimento para el espíritu, el afecto y la comunicación, caemos en la depresión, en la patología, en la incapacidad para regir nuestra vida y convivir con los demás.

Esa energía la adquirimos de diversas formas, como hemos visto. Quien tiene poder para estar bien alimentado controlará al que no lo está. Quien consigue llegar a lo alto de la pirámide de poder controlará a quien está por debajo de él. No es tanto tener cosas o alcanzar jerarquía social o poseer grandes riquezas o que la fama le permita acceder a lo que la persona corriente no puede, como disponer de medios, de herramientas para “abastecernos de energía”. Si tienes poder para ordenar dispondrás de más tiempo para ti mismo y para los tuyos, otros harán el trabajo por ti, podrás disponer de más tiempo para cultivarte, adquirir cultura y conocimientos. Si tienes poder podrás lograr que tu batería vital, psíquica y espiritual esté cargada de continuo mientras que los demás se las verán y desearán para “enchufarse a la red”.

Es de este poder del que le habla don Juan a Castaneda. La energía es poder y para conseguirla empleamos todo tipo de “añagazas”. Estas son las farsas de control. Hoy vamos a tratar de la compasión.

LA COMPASIÓN

No es mala, al contrario. Se puede decir que en el universo nada es bueno o malo, según y cómo, algo maravilloso, en este caso la compasión, será utilizada como la trampa del cazador para hacerse con la presa. La compasión nos hace empáticos, solidarios, nos permite amar.

Es cierto, pero mal empleada puede ser un arma mortal. Si la empleamos para conseguir cosas que no podemos lograr de otra manera, si intentamos que los demás nos sirvan, si la utilizamos para controlarles, esto deja de ser compasión para transformarse en una poderosa arma de control.

Todos conocemos algún caso, aunque sea por los medios de comunicación, en los que un mendigo que ha estado pidiendo limosna en nuestra ciudad durante muchos años y por el que alguna vez hemos sentido compasión, al morir se descubre que tenía una cantidad importante en el banco. He sido testigo directo de uno de estos casos. Es cierto que no son frecuentes pero nos sirve para ilustrar la farsa de control de la compasión.

Alguien pone cara compungida, se viste con ropas de pordiosero, pide limosna por el amor de Dios, y resulta que está consiguiendo una pequeña fortuna que tiene a buen recaudo en el banco. No ha trabajado, no ha contribuido a la sociedad, se ha limitado a explotar la farsa de control de la compasión para lograr sus metas egoístas. Puede ser cierto que estas personas sean enfermos, que padezcan una severa patología, que su avaricia y mezquindad sea algo más digno de lástima que de reproche. Pero no se trata de esto, sino de cómo esa farsa de control funciona.

Todos conocemos verdaderos “profesionales de la compasión”. Nos piden algo porque no tienen nada y se lo damos, luego resulta que tienen mucho más que nosotros. Están muy “malitos” para no ir a trabajar y luego cuando nosotros pillamos una baja de un día porque nos duelen las muelas a rabiar, es un decir, porque la muela del juicio ha perdido el juicio, entonces se nos echan encima como lobos feroces. Nos cuentan sus desgracias cada vez que los vemos y cuando nosotros les contamos las nuestras se burlan. La muerte de un ser querido es para ellos una espantosa tragedia y en cambio la muerte de uno de nuestros seres queridos es algo “que pasa”, es inevitable, todos tenemos que morir. Nos despachan con la frasecita y en cambio nosotros hemos tenido que pasarnos horas y horas escuchando sus terribles desgracias.

Y así podríamos seguir. Todos conocemos a “profesionales de la compasión” en nuestro entorno. Podríamos pensar que no somos tan tontos como para hacerles caso, que no consiguen lo que buscan porque no somos tontos, que… ¿Es realmente así? Observemos su vida y comparemos los resultados. No tienen nada pero su cuenta en el banco tiene más números positivos que la nuestra. Están siempre muy malitos (¡pobrecitos!) pero si un día fuéramos a una fiesta determinada les veríamos reír y festejar mientras nosotros estamos en casa deprimidos. Consiguen los mejores turnos en el trabajo porque nosotros hemos sentido compasión por ellos. Les hemos escuchado durante horas y horas y luego resulta que ellos se marchan “tan panchos” y nosotros hemos agarrado una depresión de caballo.

Por supuesto que no siempre es así. Hay enfermos muy enfermos y hay personas que se mueren de hambre y hay quienes sufren auténticos tormentos porque se quedan de baja y hacen que los compañeros trabajen más, cuando ellos padecen un cáncer galopante o tienen una depresión que les hace los seres más infelices del mundo. Eso es cierto, pero no estoy hablando de ellos sino de los “profesionales”. Nada más fácil que observar sus vidas y analizar si realmente son tan dignos de compasión como intentan hacernos creer. Si en realidad nosotros tenemos menos que ellos, somos más desgraciados, nuestras condiciones laborales son peores , logramos menos con nuestra autenticidad que ellos con su compasión… entonces, mucho ojo, porque estamos ante auténticos profesionales. Nos vampirizarán nuestra energía y ellos, los mosquitas muertas, vivirán una vida apacible y satisfactoria.

No todo el mundo vale para ser “profesional” de la compasión. Es preciso poseer una capacidad portentosa para ser insensibles, para bloquear la empatía, una capacidad memorable para le desvergüenza, unas facultades interpretativas propias de un actor shakespeariano. Y muchas cosas más. Hay quienes no podríamos utilizar esa farsa de control ni aunque nos estuviéramos muriendo.

Puede parecer que ceder a esta farsa no nos traerá consecuencias. Al fin y al cabo si hemos dado limosna ha sido con la mejor de las intenciones, no importa que el dinero haya ido a parar a la mafia explotadora de turno. Puede parecer que ser compasivo con alguien no nos suponga mucho, pero podemos terminar llevando en la chepa al “pobrecito” de turno. Nos quedamos sin energía, sin tiempo, sin dinero, en medio de una terrible oscuridad. Pero eso no tiene importancia. ¿Es así?

Los enfermos mentales tenemos la tentación de caer en esta farsa. Al fin y al cabo somos frágiles, nos marginan, se burlan de nosotros, no nos dan trabajo, sufrimos mucho y los demás se ríen mientras nosotros lloramos. ¿Por qué no utilizarla para sobrevivir? Craso error, es lo peor que puede hacer un enfermo mental. Lo que consigue es muy poco y las consecuencias negativas de esta farsa de control son terribles. Los demás se aprovecharán y puesto que somos “incapaces” de casi todo tomarán las riendas de nuestras vidas, nos exprimirán cuando tengamos algo de zumo y cuando estemos secos por dentro nos arrojarán al cubo de la basura.

Confieso que durante buena parte de mi enfermedad mental sentí la tentación de caer en esta farsa de control y lo hice. De esta forma ya nunca he podido superar mi fama de “loco” ni obtener la confianza de nadie. Ahora todo el mundo cree que si estoy bien acabaré cayendo y que si estoy mal es porque quiero. Solo cuando decidí actuar como un guerrero impecable, hacer lo que tenía que hacer cuando tenía que hacerlo, sin buscar compasión, afrontando todas las consecuencias, logré empezar a superar mi enfermedad mental.

Esa precisamente es la estrategia para combatir cualquier farsa de control que utilice la compasión como un arma arrojadiza. Hago lo que tengo que hacer cuando tengo que hacerlo, no me siento culpable por no enjugar lágrimas de cocodrilo, no voy a permitir que “un malito cualquiera” me amargue la vida.
No es fácil, de hecho en ciertas circunstancias todos caemos en la trampa y las consecuencias no son moco de pavo. Saber cuándo algo merece nuestra compasión o es una farsa de control es importante, actuar siempre como guerrero impecable es fundamental, y dejar de quejarnos de nuestras desgracias y actuar es lo único que puede hacer un guerrero, su única libertad. No somos libres para evitar las desgracias pero sí lo somos para actuar como guerreros impecables, afrontando cualquier circunstancia vital y enfrentándonos incluso a la muerte bailando la danza del guerrero.





FARSAS DE CONTROL III

31 10 2013

FARSAS DE CONTROL III

Hoy vamos a añadir una cuarta pata al taburete que nos va a permitir sentarnos con cierta comodidad y enfocar las relaciones interpersonales con una perspectiva nueva que nos ayudará a no perdernos en este laberinto.

Antes habíamos tratado la estrategia del guerrero impecable, la ley de los tres círculos y las farsas de control. Hoy haremos un pequeño esbozo del arte de acechar. Pero antes hablemos un poco de una nueva farsa de control.

LA MENTIRA

Se puede decir que todas las farsas de control las aprendemos en la infancia, como una forma de sobrevivir en un mundo de adultos. El niño es frágil y cualquier ayuda le vendrá bien en un juego que no conoce y donde todo el mundo parece hacer trampas.

El niño miente con ingenuidad, con una bondad innata que no haría daño ni a una hormiga. Sus mentiras son descubiertas antes de ser formuladas. Por un momento piensa que la mentirijilla de turno le librará del castigo. No suele ser así, salvo que el niño se haya endurecido y aprendido a mentir con aplomo.
En el mundo de los adultos la mentira es el pan de cada día, la coraza del guerrero que teme asaltos por todos los lados. El adulto vive en una sociedad de mentiras donde la hipocresía es tan aceptable como aceptada. Los políticos nos mienten porque quieren nuestro voto y luego se olvidan de las promesas que nos han hecho, de las mentiras de ayer y hasta de las de mañana. Miente quien quiere el poder o la riqueza o tan solo sobrevivir. La mentira forma parte de nuestra vida cotidiana.

Si la farsa de control de la autoestima consiste en explotar las debilidades ajenas, la farsa de la mentira se basa en engañar al contrario haciendo ver que vas a darle a la pelota para que vaya a la izquierda del contrario y luego se la envías a la derecha. Siguiendo con la metáfora del partido de tenis, podríamos decir que la farsa de la autoestima consiste en explotar las debilidades del otro, si corre poco le hacemos correr, si sube muy mal a la red le tiramos pelotas muy cortas, etc. En la segunda farsa lo que hacemos es amagar, miramos para un lado y tiramos la pelota para el otro. Esperamos a que esté descuidado y “zaca” pelota al cuerpo.

En nuestra vida cotidiana mentimos como bellacos, intentamos por todos los medios sobrevivir en la selva y si para ello debemos camuflarnos como camaleones lo hacemos sin el menor remordimiento. Incluso en el primer círculo, con nuestros seres queridos, con nuestras parejas, la mentira se convierte en algo natural, lo hacemos para evitar la bronca, para ocultar nuestros tejemanejes, para conseguir algo sin tener que organizar una guerra de trincheras…

Esta farsa de control, como las demás, no casa muy bien con las relaciones interpersonales del primer círculo donde debería reinar la confianza, el afecto, la comunicación. Claro que cuando empleamos esta farsa con alguien del primer círculo es que ya lo hemos mandado al segundo o al tercero.
Toda farsa de control, y la mentira más que ninguna, nos aleja de los demás, bloquea la comunicación y el afecto, es solo una trampa para incautos que nos da un breve respiro. A pesar de ello un guerrero impecable la emplea, como emplea cualquier cosa, en un momento determinado, formando parte de su estrategia de guerrero impecable. Así por ejemplo se miente para evitar el acoso de un jefe. Puede que esto no aumente la confianza y la comunicación pero se supone que ya se han perdido y nunca se recobrarán. Se miente a la pareja que quiere controlarnos y que considera que nuestro terreno es también su terreno. Una mentira nos libra de una bronca, quien no ve no sufre.

La mentira es una estrategia de guerra. En la guerra todo vale, dicen algunos. Puede que sea imprescindible para sobrevivir pero no es buena y solo debería usarse cuando el guerrero no tiene otra opción. Evitar males mayores no es una mala estrategia. Sin embargo la mentira también es una tela de araña que nos acabará atrapando. Como dice el refrán, antes se pilla a un mentiroso que a un cojo. La mentira exige memoria, seguridad en uno mismo, meticulosidad, interpretación, es algo así como interpretar el papel de tu vida cuando ni siquiera has ensayado en un escenario de aficionados.
Y aquí avanzamos un paso más para esbozar la cuarta pata del taburete en las relaciones interpersonales: el arte de acechar.

EL ARTE DE ACECHAR

Don Juan le dice a Castaneda que solo hay dos clases de guerreros: los enseñadores y los acechadores. El ensoñador viaja con su mente a mundos extraños y allí encuentra tesoros que le servirán en este. El acechador cambia su punto de encaje a voluntad y se convierte en un maestro de la interpretación. Según le interese será una cosa u otra. El acechador se mueve en la vida cotidiana como pez en el agua, mientras el ensoñador se siente tan a disgusto que mueve su punto de encaje para ir a otros mundos.
Cuando Don Juan le habla a Castaneda del cazador y la presa éste último se siente un tanto desorientado. ¿A qué viene esto? Don Juan le dice que la vida es en realidad una lucha de poder en la que todos somos necesariamente cazadores o presas.

¿Qué hace un cazador? Le pregunta a Castaneda y éste responde: se esconde, se disimula y observa a la presa hasta que pueda echarle el guante. ¿Y una presa? Se mueve de acá para allá, confiada.
Esa es la gran diferencia entre el cazador y la presa. Un cazador es imprevisible, hoy puede esconderse aquí y mañana allí, hoy puede estar detrás de un matorral y mañana detrás de un peñasco. Es invisible y es observador. Observa la conducta de su presa, sus pautas y pronto todo lo que haga la presa se hace previsible. Puede poner las trampas sabiendo que por allí, precisamente por allí, pasará su presa.
Es una buena metáfora. La lucha por el poder no significa matar para subir al trono o llegar a lo alto para aplastar al de abajo. En realidad es algo más sencillo y más sutil. Cuando dominamos al otro, le controlamos, le manipulamos, le estamos robando su energía, nosotros tenemos la batería cargada y el otro vacía. Con la batería cargada podemos movernos mientras el otro se queda tirado. Podemos llamar mientras el otro solo puede dar voces en el desierto. Con la batería llena podemos luchar con la seguridad de que saldremos vencedores. Con la batería baja somos víctimas, presas fáciles. De ahí la importancia ser un cazador, de permanecer invisible observando la conducta de los demás, de resultar totalmente imprevisible para quien nos enfrenta.

En otro capítulo ahondaremos más en este tema. Quienes piensen que es una forma un tanto contradictoria de afrontar las relaciones interpersonales, que se planteen qué está sucediendo ahora con el tema del espionaje y si en un momento determinado, cuando se vieron acosados por el jefe, no hubieran preferido conocer todas sus debilidades que ver cómo él se aprovecha de las nuestras.

Lo ideal es siempre relacionarse en el primer círculo. Lo ideal es la amistad, el afecto, el amor, la comunicación, la confianza…Pero no siempre en la vida es eso posible. Cuando estamos en otros círculos, cuando la supervivencia depende de la buena estrategia del guerrero impecable, cuando incluso tenemos que enfrentarnos a enemigos mortales, en el cuarto círculo, ser cazador y no presa puede ser una cuestión de vida o muerte.





LAS FARSAS DE CONTROL II

23 10 2013

bajaautoestima

FARSAS DE CONTROL II

Si ciertas farsas de control son disculpables, como es el caso de los bebés que deben llorar hasta desgañitarse para que a la madre y a las personas que le cuidan no les quepa la menor duda de su necesidad, y en el caso de los adultos también podría ser disculpable la mentira para evitar el férreo control y manipulación del semejante (la mentira es una poderosa farsa de control que veremos en otro capítulo), lo cierto es que toda farsa de control en el mundo adulto genera problema tras problema y no resuelve ninguno. Hoy vamos a ver una de las más frecuentes, socorridas y efectivas, a pesar de su uso y abuso.

LA FARSA DE CONTROL DE BAJAR LA AUTOESTIMA DEL OPONENTE

Siguiendo con la metáfora del partido de tenis podríamos decir que la técnica de bajar la autoestima al contrario sería utilizar los defectos del oponente para lanzarle pelotas envenenadas. Si sabemos que le va peor el lado derecho que el izquierdo, allí le van las pelotas, si no domina el revés, pelota al revés, si no tiene fondo físico… pues a hacerle correr todo el partido.
La estrategia de la farsa de control para bajar la autoestima del contrario es muy parecida. Todos tenemos defectos, no hay ser humano que sea perfecto. Si bien en el evangelio el maestro Jesús nos pedía que “fuéramos perfectos como nuestro padre celestial es perfecto” lo cierto es que estamos muy lejos de la perfección, quien no cojea ve mal de un ojo o tiene un poco de chepa o tartamudea… y los hay que parecen reunir todos los defectos a la vez. Pues bien, bajar la autoestima al oponente no es difícil, basta con fijarse en sus defectos de carácter más sobresalientes y hablar de ellos. Es curioso pero es habitual entre los que utilizan con frecuencia esta farsa de control que no se conformen con su lengua viperina o su habilidad para el histrionismo o la pantomima, necesitan público que les jalee. Es como si en un partido de tenis un jugador se burlara del contrario y se lo señalara al público, como diciendo: ¡Veis que tonto es este “gachó”!
Cuantos más espectadores le animen y abucheen al contrario… pues más presión para el oponente y mejor le pinta al farsista de turno. Es por eso que muchos “profesionales” no tienen empacho en utilizar esta farsa con otro en público. Los “no profesionales” huyen de se indiscretos y procuran que el partido se juegue en la intimidad, en casita.
Esta farsa de control se utiliza tanto en el primer círculo de las personas queridas como el segundo de “los conocidos y ya es bastante” o incluso en el tercer círculo, el de los desconocidos. Hay quienes son capaces de utilizarla al segundo siguiente de serles presentada una persona. Ya comienzan a decir en voz alta y sin la menor vergüenza que el otro es esto o es lo otro. Si se lo ha presentado una persona querida del primer círculo son capaces de comentar en voz alta, para que el otro se entere “bien enterado” de que le sobresale demasiado la nariz o le bizquea un ojo. Las personas queridas que no son profesionales de estas farsas se sienten avergonzadísimas y procuran que la otra persona les presente a muy pocos desconocidos. Ya les han dicho un millón de veces que no soportan que hagan esos comentarios en voz alta, pero que “si quieres arroz Catalina”, no hay manera, repiten y repiten la farsa de control hasta encender de rabia a quienes procuran ser discretos.
El argumento que suelen emplear estos descarados es más o menos éste: “Yo no soy un hipócrita, digo lo que pienso, no ando por ahí poniendo paños calientes, si uno es bizco le digo que es bizco y si tuerto que es tuerto”. Claro que parece que no quieren darse cuenta de una ley elemental de la física: donde las dan las toman. En un partido de tenis podríamos decir que si te han mandado una bola al cuerpo, con toda intención, donde más duele, tu podrás tener serias dificultades en devolver la pelota y el punto será del otro, pero hay muchos puntos en un juego y se la guardas… ¡vaya si se la guardas!

LA FARSA DE CONTROL EN EL PRIMER CÍRCULO

Todos hemos visto algunos programas televisivos, comedias sobre parejas o matrimonios, donde el marido le dice a la esposa, por ejemplo, que es una foca y ella le responde que él es un tortugo, un hipopótamo y un rinoceronte a la vez. Claro que es un diálogo metafórico y ficticio, aunque no se aleja mucho de la realidad. La peleas matrimoniales, las broncas, están sembradas de farsas de control para bajar la autoestima al contrario. Tu eres… y tú más… y el doble… y el triple… Esto es muy común en la infancia, lo que significa que los adultos en realidad no evolucionamos tanto como nos gusta pensar.

Mi hija Sara, para quien va un cariñoso besito por si se le ocurre leer esto, llama a estos diálogos, “diálogos de besugos” y con toda razón. No sé quién inventaría la frase pero la verdad es que lo bordó porque los peces no hablan, se lanzan burbujitas unos a otros, burbujitas que estallan y no pasa nada, el agua sigue tan tranquila y los demás peces ni se inmutan, pero hay que jugar el partido de tenis, pelota tras pelota, a ver si el otro termina agotado y pidiendo la hora.

A mí me sucede en mi relación de pareja y a todo el mundo (si hay alguno al que no le suceda que se ponga en contacto conmigo porque quiero saber el truco). Cuando tu pareja te echa en cara esto o aquello, que puede ser verdad y muchas veces lo es, no te limitas a tomar la pelota del suelo, guardarla en el bolsillo y decirle: “punto, juego, set y partido, tú ganas”. No, no hacemos eso, tenemos que seguir ese estúpido juego del peloteo. Le respondemos que ella es esto o es lo otro y que basta ya de pedirnos que cambiemos si ella no cambia y… Estos partidos son interminables, agotadores y nadie gana y todos pierden, hasta el perrito que pasaba por allí y que puede recibir una patada perdida si se descuida.

Es común en la pareja y entre hermanos y padres e hijos y primos y tíos y… Aquí todo el mundo gusta de jugar, a ver si da muchos pelotazos y no recibe ninguno. Lo que suele pasar es que de tanto pelotazo mandamos al otro al tercer círculo y él nos manda a nosotros y nos comportamos como dos desconocidos, y no nos hablamos, ni nos miramos, y procuramos que uno esté en el polo norte y el otro en la Antártida, o lo que es lo mismo, que uno esté en el salón y el otro en la cocina, uno en el retrete y el otro en el dormitorio. Lo cierto es que estés donde estés siempre hará un frío que pela porque el ambiente es gélido, realmente gélido.

Como esta farsa de control se las trae, dejaremos el tema por hoy y hablaremos más y mejor del “gobierno” en próximos capítulos. Buscaremos sus mecanismos, quiénes la utilizan, cómo, para qué y sus efectos devastadores. La solución es casi siempre la misma: “punto, juego, set, partido, tú ganas, la bola queda en mi terreno, concretamente en mi bolsillo, pero no quiero seguir con el partido, esto se acabó-yseacabó-yseacabó y ya está”. Es la única forma de que el maldito partido se acabe de una vez.
Continuará.





LAS FARSAS DE CONTROL I

17 10 2013

CURSILLO DE YOGA MENTAL

APÉNDICES

CÓMO ENFOCAR LAS RELACIONES INTERPERSONALES

Como ya os dije en las diferentes recapitulaciones que hemos estado haciendo a lo largo del cursillo, para un enfermo mental las relaciones interpersonales son una piedra de toque de su enfermedad y una necesidad ineludible. Sin buenas relaciones interpersonales un enfermo mental jamás podrá mejorar lo suficiente como para sobrellevar su enfermedad con una calidad de vida mínima.

También os dije que asentaríamos este taburete sobre tres patas:

-LA ESTRATEGIA DEL GUERRERO IMPECABLE
-LA LEY DE LOS TRES CÍRCULOS.
-LAS FARSAS DE CONTROL

ESTRATEGIA DEL GUERRERO IMPECABLE

Ya os di el archivo de las máximas del guerrero impecable que podéis consultar también en el blog. Recordad que hay una máxima básica y una estrategia. Aquí veremos luego todo lo referente a la estrategia del guerrero impecable a través del arte de acechar.

MÁXIMA DEL GUERRERO IMPECABLE
“Un guerrero impecable hace lo que tiene que hacer cuando tiene que hacerlo y confía en que las poderosas fuerzas que controlan el universo le sean favorables”.

LA LEY DE LOS TRES CÍRCULOS

Vimos que en el primero están los seres queridos, en el segundo los conocidos con los que mantenemos una relación más o menos amistosa y en el tercero los desconocidos a los que intentamos acercarnos o ellos intentan aproximarse a nosotros. Podríamos hablar de un cuarto círculo donde están las personas que no solo son desconocidas sino a las que incluso hemos anulado, como si no existieran, sería el círculo del odio, el auténtico círculo infernal.
Las relaciones interpersonales en los tres círculos están mediatizadas por la conducta de las farsas de control que vamos a ver a continuación.

LAS FARSAS DE CONTROL

Voy a citar un párrafo del libro de James Redfiel donde se habla de qué son las farsas de control.

“Y la cuarta expone la tendencia humana a robar energía de otros seres humanos a través de ejercer el control de éstos sobreponiéndonos a su mente, un crimen que cometemos porque con demasiada frecuencia nos sentimos vacíos de energía y desconectamos. Esta carencia de energía puede remediarse, por supuesto, cuando conectamos con la fuente superior. El universo nos proporciona toda la que necesitamos, sólo con que nos abramos a él. He aquí lo que revela la quinta revelación.
(…) nuestro estilo particular de control sobre los demás es un truco que aprendimos en la infancia para atraer la atención, (…) “la farsa de control”.
Lo llamo farsa porque es una representación, con la que estamos familiarizados igual que con muchas sucesivas películas, para la cual escribimos el guión siendo niños. Después hemos repetido la escena un número incontable de veces en nuestra vida cotidiana, sin percatarnos. (…) si estamos repitiendo sin cesar una determinada escena, entonces las restantes escenas (…) marcadas por las coincidencias, no pueden desarrollarse.

EL PARTIDO DE TENIS DE LAS FARSAS DE CONTROL

Esta metáfora no la utiliza James Redfield en su libro pero se me ha ocurrido a mí para visualizar con más claridad cómo funcionan las farsas de control y sus efectos en nosotros.

Vamos a imaginarnos que estamos jugando un partido de tenis con otra persona, de forma virtual o psíquica, digamos. El partido consiste en que la pelota, metafóricamente hablando, esté siempre en terreno contrario. Eso es en realidad un partido de tenis normal, un jugador le da un raquetazo a la pelota y la manda por encima de la red (límite del terreno personal) a terreno contrario, allí el otro la recibe, la da otro raquetazo y la devuelve. Digamos que uno saca, el otro devuelve de drive con la derecha, el otro devuelve con un buen revés y así sucesivamente. Esto en un partido de tenis funciona hasta que uno falla, punto para el otro, cuando obtiene tantos puntos tiene un juego, cuando obtiene tantos juegos tiene un set y cuando tiene tantos sets tiene el partido ganado. No puede haber empate, uno siempre es el ganador.
En el partido de tenis de las farsas de control nunca hay un ganador, ni siquiera se puede empatar el partido, los dos jugadores siempre pierden. ¿Por qué sucede así?
En otro capítulo estudiaremos detalladamente las principales farsas de control, ahora voy a hablarles de una para que nos sirva para visualizar el partido que estamos jugando.
FARSA DE CONTROL DE LA BAJA AUTOESTIMA
Consiste en mostrar al otro algún defecto de carácter que suele ser real aunque tal vez no tan extremado. Pongamos por ejemplo que un jugador saca la pelota diciendole al otro: Eres tan tonto que nadie te dice nada por miedo a que no lo entiendas. Bien la pelota ya está en terreno contrario. Ahora es el otro el que tiene el problema. Responde con un drive de derecha: Eres tan listo que todos los tontos, que somos muchos, huímos de tí como del mismo demonio. Ya tenemos la pelota en terreno contrario, ahora el otro responde con un revés, pongamos por caso… etc. etc.
El partido puede seguir indefinidamente, durante toda la eternidad, si los jugadores no lo dejan. No hay vencedores porque en cualquier momento el otro puede devolver la pelota. Digamos que la meta del juego consiste en que la pelota esté en terreno contrario para que el otro se canse, se enfade, pierda el control (de ahí el nombre, farsas de control). De esta manera le estamos vampirizando la energía porque al contrario de lo que sucede en un partido de tenís real, si uno se cansa el otro se aprovecha pero no está mejor físicamente, no le sorbe la sangre, como si fuera un vampiro. En las farsas de control la energía que uno pierde devolviendo la pelota el otro la consigue como si fuera un vampiro psíquico, es decir que el agotamiento del otro es porque el uno le está robando la energía.
Se supone que tendría que haber un ganador puesto que el vampiro se queda con toda la sangre del otro, pero esto no es así porque como sabemos siempre podemos devolver la pelota. Si uno le dice al otro que es tonto, le está robando la energía, pero si el otro responde que él es demasiado listo, la pelota está en su terreno, se cansa intentando devolverla y esa energía la absorbe el otro. Esto es algo parecido al cuento de la buena pipa que me contaba mi padre: Niño, ¿quieres que te cuente el cuento de la buena pipa? Si yo respondí que sí, él me decía si realmente quería que le contara el cuento y si decía que no el me respondía que me lo pensara mejor y si no me interesaría que me contara el cuento de la buena pipa. Esto es un juego eterno, sin principio ni fin, como las comidas del Buscón de Quevedo, y donde todo el mundo pierde, porque quien gana un punto pierde otro y así sucesivamente.
En el siguiente capítulo hablaremos de las farsas de control más comunes, de su efecto en nosotros y de cómo debemos evitarlas a toda costa salvo que la estrategia del guerrero impecable nos pida que la utilicemos como último recurso.
La forma de acabar con este partido de tenis es la siguiente: Tomas la pelota del suelo, la guardas en el bolsillo del pantalón y le dices al otro: punto, juego, set y partido. Has ganado. Estoy harto de este partido. Se acabó. Hasta pronto. Chao.

Ya hermos terminado el partido y acabado con las farsas de control.