RELATOS DEL OTRO LADO VII

15 06 2018

RELATOS DEL OTRO LADO

SEGUNDO RELATO

EL CÁNCER DE LA DEPRESIÓN

EL PILOTO DE IBERIA

B-747

Cuando en el año 1978 o 1979 ingresé en el psiquiátrico Alonso Vega de Madrid, tras un muy serio intento de suicidio, me encontré de pronto en otra dimensión, en un universo limitado, un rectángulo compuesto de un ancho pasillo que seguía sus líneas, jalonado de puertas que conducían a habitaciones, para cuatro enfermos, si no recuerdo mal, con un comedor, un hall donde estaba el despacho del psiquiatra y el cubículo de la enfermería, de donde la enfermera, en este caso monja, sacaba el carrito con las medicinas.

No recuerdo bien si fueron dos estancias separadas en el tiempo o una sola, tras el intento de suicidio, que se prolongó más de un año, tal vez cerca de dos, si no me falla la memoria. Por lo menos tuvo que ser un año ya que como consecuencia de aquella larga estancia mi jefe intentó incapacitarme. Entonces ya existían los interinos cuando la plaza no se había cubierto por el titular, por lo que supongo, y en base a mi dilatada experiencia como funcionario, que el intento de incapacitarme tuvo más que ver con el carácter del jefe, quien te obligaba a presentar el bolígrafo BIC vacío antes de darte otro, entre otras cosas, que con lo dilatado de la baja, que lo fue y mucho, porque he visto otros casos semejantes sin que la sangre llegara al río, y no estoy hablando de una enfermedad tan terrible como el cáncer. En aquellos tiempos aún no había llegado la reforma psiquiátrica a España por lo que podríamos decir que los enfermos mentales estábamos en la Edad Media, con todo lo que eso significa. Si en lugar de haber padecido una enfermedad mental hubiera sufrido un cáncer estoy convencido de que aquel jefe hubiera tenido más consideraciones hacia mí.

Durante aquella larga estancia, meses y meses, intenté pasar el tiempo lo mejor posible, dentro de mis escasas posibilidades. Había llevado un tomo de las obras completas de Shakespeare, de editorial Aguilar, una edición fantástica, pero muy cara, que intentaba leer sin mucho éxito, porque la medicación te dormía las neuronas y no lograbas pasar de la primera página porque al terminarla tenías que recomenzarla otra vez ya que no recordabas lo leído. Tuvo que ser así,  cuando le entregué esta edición a mi buen amigo A… un alcohólico de quien hablo en “Algunas historias sórdidas” no tenía permiso para salir de allí, permiso que conseguiría, ayudado también por su insistencia, mucho tiempo después. No era capaz de leer y tampoco me centraba escuchando el transistor, las noticias o música, mientras me lo dejaron, porque a raíz de un intento de suicidio con las pilas, me lo retiraron ipso facto.

Todos los enfermos paseábamos por aquel pasillo, el circuito de los locos, intentando mover un poco el cuerpo, agitar la coctelera de medicamentos, para evitar que el sueño demoledor te hiciera derrumbarte en cualquier parte. Recuerdo que había algunas sillas a lo largo de aquel pasillo en las que yo me sentaba cada pocos pasos y me quedaba dormido como un tronco… hasta que el celador de turno me sacudía, diciéndome que el psiquiatra había dado órdenes de que no se me dejara dormir fuera de las reglamentadas horas de sueño. Lo único que te apetecía hacer en aquel pequeño universo dantesco era dormir, y no te dejaban.

Tampoco hablar era un buen entretenimiento porque la monjita enfermera era bastante seca y hablaba poco, los celadores eran amables pero tenían cosas que hacer y los enfermos estábamos todos grogui con la medicación. De hecho yo era el enfermo menos grave, o dicho de otra forma, el que tenía la mente más centrada, con lo que está dicho casi todo. Alguien que intentaba suicidarse cada dos por tres no podía sufrir una enfermedad precisamente leve, con lo que si era el enfermo menos grave, también está dicho todo. No podías hablar con nadie, no eras capaz de leer, me habían quitado el transistor, no podía andar cuatro pasos por el pasillo sin quedarme dormido, de pie o sentado. Aquel era un bonito panorama.

No es de extrañar que un día se me acercara un hombre que sufría una depresión, pero que no había intentado suicidarse, al menos hasta ese momento, con lo que me había arrebatado el puesto de enfermo menos grave. Se dirigió directamente a mí, con mirada un poco preocupada pero seguro de lo que iba a hacer. Como luego me confesaría, después de haber observado a todos los enfermos unos cuantos días, los que llevaba internado, había decidido que yo era el más “cuerdo” o normal o el menos “tocado”, es decir con el único que se podía hablar, en su opinión. También él tenía algún libro y un transistor – entonces no existían los teléfonos móviles, pero aunque hubieran existido no habrían servido de nada porque al parecer los requisan al entrar a los centros psiquiátricos- pero no era capaz de centrarse en nada. Normal, debí decirle con un intento de sonrisa.

Aquel hombre tendría unos cuarenta años, era delgado, alto, guapo, con una presencia y unas maneras que no encajaban para nada en aquel universo de locos. Cuando me preguntó si podíamos hablar yo no dije nada, estaba procesando lo que me estaba diciendo, lo que me llevó algún tiempo, porque la medicación ralentizaba hasta tal punto el funcionamiento de mis neuronas que tenía que hacer un tremendo esfuerzo para saber lo que me estaban diciendo y aún más para saber lo que yo quería responder y cómo hacerlo. Entiendo que quienes jamás han tomado medicación para la depresión, antipsicóticos, antidepresivos, o lo que sea, no pueden hacerse una idea de cómo queda tu mente, pura fosfatina. De ahí la fama que tenemos los enfermos mentales de no enterarnos de nada de lo que se nos dice, de pasarnos minutos y minutos en Babia, y luego contestar con cualquier tontería, si es que la lengua no se convierte en un estropajo ininteligible. Si alguien tomara nuestra medicación se daría perfecta cuenta de que no se puede pensar, sentir o hablar con esa medicación y nos comprendería mejor. Pero no es cuestión de medicar a todo el mundo para que se nos entienda. Con que se diga y se explique creo que se puede comprender.

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Cuando logré procesar la información, tuve que plantearme el tomar una decisión, lo que me llevó más tiempo. Aquel hombre era paciente porque ya llevaba varios días allí, nos conocía y también sabía que tiempo, lo que se dice tiempo, era lo único que sobraba en aquel limitado universo. En otras circunstancias yo hubiera tardado unos segundos en analizar su propuesta, en pesar los prós y los contras y tomar una decisión, pero tal como estaba debió llevarme mucho más tiempo, un tiempo aprovechado para seguir la ruta del colesterol…¡Uy qué digo! El circuito de los locos. Me siguió por el pasillo, intentando no caminar muy deprisa porque yo iba tan lento que una tortuga me pillaría, me sobrepasaría y aún sería capaz de sacarme una vuelta.

Mi razonamiento fue más o menos el siguiente: Escucharle y entenderle me supone un terrible esfuerzo, mejor estar sentado y dormido… pero viene el celador y se cabrea conmigo, ergo mejor hablar con este hombre que sentarme y dormirme. No sé si podré contestarle, al menos con un poco de sentido, que se me entienda. Vale, pero si está aquí seguro que no está mucho mejor que yo, y también estará medicado, con lo que comprenderá mis silencios y el esfuerzo que me supone, y con un poco de comprensión mutua seguro que nos entendemos, aunque nos lleve su tiempo. Por otro lado parece un hombre agradable, inteligente, tal vez culto, aunque eso es difícil de encontrar, en estos tiempos y en todos los tiempos. Tal vez podamos hablar de literatura o de cine o de cualquier otra cosa interesante. Sí, cierto que tengo miedo, pánico, a hablar, con alguien, con cualquiera (la fobia social ya estaba latente allí, pero yo no lo sabía) pero la alternativa es quedarme dormido en cualquier parte y que el celador, sobre todo el pequeño, porque el grande parece más bondadoso, me pueda dar un par de bofetadas, o de “ostias” y me quedo con ellas. Así pues, mejor será hablar con este hombre. Mejor será decir sí, que no.

Como me diría aquel hombre más tarde, yo era un joven con las ideas muy claras, con mucha lucidez. De lo que me hubiera reído de haber podido, porque si con aquella medicación era capaz de encontrar una idea en mi cabeza, la hubiera cuidado como a una querida mascota. Le llamo “hombre” porque no recuerdo su nombre. Recuerdo otros nombres, es cierto, pero es que conviví durante más tiempo con ellos, y sobre todo porque una vez me dijo que era piloto de Iberia, ya solo le conocería por aquel apelativo.

Para quienes nunca han estado en un centro psiquiátrico les podría decir que una conversación dentro de aquellos muros se parece a la que podrían mantener unos “locos” dentro de un tren que no va a parte alguna, que da vueltas y más vueltas al planeta Tierra, sin ver nada, porque las ventanas están herméticamente cerradas con persianas metálicas. Como sucedía en los viajes largos, cuando no existía el teléfono móvil, o el ordenador portátil, o el hilo musical, o el diminuto monitor donde puedes ver una película cualquiera, uno acaba mostrándose receptivo a los intentos de conversación de las personas más próximas. El tema y tipo de conversación dependerá mucho de los interlocutores, algunos teníamos tendencia a contarlo todo, pensando que ya no volveríamos a ver a los receptores de nuestras confidencias. Otros, más vergonzosos y sensibles al qué dirán, se limitaban a hablar del tiempo, algo de lo que no se puede hablar en un psiquiátrico porque allí no sabes si hace sol o llueve, salvo que tengas permiso para salir al patio, y yo no lo tenía.

En estas condiciones precarias uno está más dispuesto a hablar de cosas íntimas, hasta de secretos, siempre que la otra persona te comprenda o parezca comprenderte, que en otros momentos y circunstancias de la vida. No es de extrañar que me hablara de su profesión, y yo seguramente le hablara de la mía. Aquel dato era para mí muy importante. Porque ser piloto, de Iberia o de cualquier otra compañía, suponía que era un hombre inteligente, que seguramente había estudiado una o varias carreras universitarias, que había estudiado mucho, pasado muchos exámenes y alcanzado un estatus profesional y social de primera. Eso sin tener en cuenta el sueldazo que debía de ganar. Ni lo podía imaginar. Seguramente tendría una casa o chalet en una urbanización de alto standing, su vida sería tan fantástica como la de un millonario, solo que él tenía que trabajar y a cambio recibía un sueldo todos los meses. Por lo demás en poco se debía diferenciar su vida de la de un millonario. Un jovencito como yo aún sabía poco de la vida, por lo que la tendencia a fantasear y a hinchar globitos tenía que ser muy fuerte. A pesar de la hibernación a que estaba sometida mi mente, la fantasía seguía funcionando bastante bien, para todo, no solo para el erotismo que era una de mis grandes debilidades y lo sería siempre. Por eso al conjuro mágico de esta palabra “piloto de Iberia” mi mente se debió de liberar de todas sus ataduras y se lanzó por el espacio sideral, buscando otras formas de vivir, mucho más satisfactorias que la mía.

El siguiente paso no pudo ser otro que preguntarle por su enfermedad. Seguro que la depresión debió de estar a la cola en mi lista de enfermedades posibles, porque como ya he dicho yo era un jovencito, casi recién diagnosticado como enfermo mental, y sabía de la depresión y de otras enfermedades lo justo y creo que ni eso. Para mí era mucho más lógico pensar que tal vez se tratara de un alcohólico, como mi amigo A… o como aquel otro que fuera compañero de habitación en el segundo psiquiátrico que pisaron mis alados pies, justo a los diez días de haber sido internado en el psiquiátrico de mi localidad por intento de suicidio. Un piloto de Iberia bien podría beberse una botella de bourbon de Kentacky, de veinte o treinta años, y si no tenía mucho cuidado acabar en el alcoholismo. O tal vez se tratara de un esquizofrénico, aunque no tenía pinta de ello. Lo que menos me esperaba es que se tratara de un “simple” depresivo. Con ese trabajo, ese sueldo, esa vida, seguramente con una hermosa mujer, unos niños rubios y maravillosos (él tenía el pelo más bien rubio que de otro color), la depresión no tenía mucho sentido. ¿Por qué iba a deprimirse? ¿No lo tenía todo? Esa era la frase que escucharía mucho en aquella época. La depresión solo se entendía si el que la sufría había sido machacado por la vida con alguna tragedia infernal, o sometido a las pruebas del santo Job por un Dios incomprensible o por las fuerzas poderosas de las que yo aún no había oído hablar en aquel tiempo. Sin duda aquella era la frase mágica de quienes no sabían nada de enfermedad mental y pensaban que una depresión era como una anemia, que la pillas si no te alimentas bien. ¿Acaso no tienes un trabajo para toda la vida? ¿Acaso no eres joven y con toda la vida por delante? ¿Acaso no vas a encontrar una buena mujer con la que te casarás y formarás una linda familia, tendrás hijos y disfrutarás de una vida placentera que para sí quisieran otros? Eso es lo que tenía que escuchar cuando alguien se enteraba de mis depresiones, intentos de suicidio, estancias en psiquiátricos. La depresión era la anemia que uno pilla cuando no come bien, y punto. En el caso de un piloto de Iberia era aún más difícil de entender, porque se suponía que él comía mejor que el resto de trabajadores del mundo mundial.

Continuará.

ALONSO VEGA

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EL BÚNKER IV

4 05 2018

PARÁBOLA SOBRE CÓMO EL HABITANTE DEL BUNKER DESCRUBRE INTRUSOS

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La imaginación es una de nuestras facultades más hermosas, sin ella seríamos prisioneros en celdas de cristal, podríamos ver lo que nos rodea pero no podríamos acceder a ello, tan solo movernos por esa diminuta celda donde nosotros mismos nos hemos hecho prisioneros.

Tiene un fuerte componente visual. La vista es primordial en toda fantasía. También utilizamos otros sentidos, como el oído, cuando imaginamos estar oyendo una melodía, por ejemplo; como el olfato, cuando fantaseamos con el delicioso olor de un guiso que nos vamos a hacer; como el tacto, cuando imaginamos las caricias sobre la piel de nuestra futura pareja; como el gusto, cuando nos adelantamos al gusto del plato que el camarero acaba de colocar ante nosotros en el restaurante.

En este viaje imaginativo la vista es imprescindible, aunque el resto de sentidos ayudarán mucho si deciden acompañarme en este viaje. Les invito a realizar un viaje fantástico que les ayudará a comprender las consecuencias de la expansión de la consciencia. Olvídense por un momento de lo que consideran real y acepten su vida en el bunker como hipótesis de trabajo. Cuando el viaje termine serán libres para decidir si el viaje ha sido o no “real”.

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Imaginen que están dormidos en el lecho de su búnker. Si les disgusta sentirse atrapados en un búnker, si se sienten claustrofóbicos, cámbienlo por su propia casa, con algunas “mejoras”. Visualicen este hogar hipotético con todos los detalles que deseen y sean capaces, cuantos más mejor, la visualización mejora con los detalles que se le vayan añadiendo al cuadro.  Les voy a recordar unas claves que ya les di anteriormente, añadiendo algunas más. Les ayudará a no perderse en esta fantasía. Las claves son éstas:

-El búnker o su hogar mejorado: su cuerpo físico.

-El residente: su consciencia.

-Los intrusos: otras consciencias, mentes, espíritus, almas o como quieran denominarlos.

-El día: el yo consciente.

-La noche: el yo subconsciente o sueño.

-La televisión y el vídeo: sus propias ideas y fantasías observadas objetivamente.

-El entorno fuera del búnker: lo que ustedes llaman realidad.

-La policía: los otros fuera del búnker, cuando es de día.

Están dormidos, recuerden. Algo les despierta. Puede ser un ruido, una sensación, lo que quieran. Se levantan. Van recorriendo las dependencias de su búnker encendiendo todas las luces. Todo está como siempre, vacío, están solos como siempre. Recorren el pasillo, el dormitorio de invitados, la cocina… Nada raro. Llegan al salón. No… No. ¿Qué ocurre? Hay un intruso. ¿Quién es? Lo ignoran, puede ser un ladrón que se ha colado de forma totalmente imprevisible, porque recuerdan haber seguido la rutina de todas las noches antes de irse a la cama: recorrer toda la casa, mirando que las ventanas estén bien cerradas, las persianas bajadas, la puerta o las puertas cerradas, don doble vuelta de llave y la llave por dentro; la alarma activada, han mirado incluso dentro de los armarios, en el cuarto de baño, han recorrido cada habitación, incluso han mirado dentro del frigorífico… por si acaso. Reconocen que son un poco paranoicos, pero son así, les gusta saber que están solos en su casa, que están protegidos. Den un paso más, su casa es un bunker a prueba de intrusos, con la alarma última generación, con todas las medidas de seguridad posibles, no hay ventanas solo ventanucos con barras de hierro, con una persiana de acero que se cierra automáticamente. Si están dispuestos a llevar hasta las últimas consecuencias esta fantasía, esta hipótesis de trabajo, imaginen que el bunker tiene por fuera ametralladoras, cañones, misiles, lo que quieran, todos conectados con la alarma, cuando algún intruso intente forzar su búnker será recibido y bien recibido por su armamento a prueba de intrusos. Pueden imaginarse, llevando la fantasía hasta el delirio, que los países, las naciones, funcionan de forma parecida, son auténticos búnkers.

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Se detienen en la puerta y observan. El intruso ha encendido “su” televisor y está contemplando un vídeo tranquilamente. Es una grabación realizada por ustedes tiempo atrás. En ella aparecen ustedes, su familia, sus seres queridos, las personas que forman o han formado parte de su vida, de su pasado o de su presente.

Se enfadan. Alguien ha penetrado su intimidad, sin su permiso, con toda desvergüenza y desfachatez. ¿Quién es este intruso? Deciden echarlo a patadas. Pero antes van a ser corteses, lo que él no ha sido, van a ser amables, van a intentar solucionar este problema por las buenas. Para ello alzan la voz, le hablan, procurando ser muy, muy, pero que muy amables:

-Oiga, amigo. No sé si se ha dado usted cuenta, pero está en “mi” casa. No sé cómo ha entrado, pero yo no le he dado permiso. Le ruego que salga cuanto antes. Me gustaría que me explicara cómo lo ha hecho, si quiere, de todas formas redoblaré las medidas de seguridad de mi búnker.

El intruso no se mueve, parece que ni siquiera le oye. Está muy concentrado viendo el vídeo, no se ha dado por aludido, ni siquiera ha movido la cabeza para saber quién le está hablando. Avanzan unos pasos, con prudencia, con mucho cuidado, les gustaría ver el rostro del intruso, quieren descartar que pueda ser un familiar, un amigo, un amante al que le han facilitado las llaves y las instrucciones para desactivar la alarma. No lo recuerdan, pero hay muchas cosas que no recuerdan, puede haber sucedido. Lo descartan. Esto es un bunker para su exclusivo uso, solo ustedes pueden estar en él, solo ustedes pueden acceder a él.

Como esto es una fantasía, una hipótesis de trabajo, una novela, pueden ustedes fantasear lo que quieran, pasar algunas líneas rojas, todas las líneas rojas, todo les está permitido. Al fin y al cabo cuando quieran pueden despertar de su fantasía, de su sueño, anular la hipótesis de trabajo, regresar a su vida corriente y aquí no ha pasado nada. Pero ¿por qué hacerlo? No van a sufrir ningún daño, están dentro de su mente donde nadie puede entrar salvo ustedes, todo se desarrolla dentro de su cráneo, al que nadie puede acceder, salvo que ustedes decidan contar sus experiencias íntimas, sus pensamientos y sentimientos más escondidos, será como invitar a alguien a su casa, a su búnker, y eso lo hacen muy pocas veces. Dentro de su cráneo ustedes son los amos, los reyes, ¿por qué no fantasear, jugar, divertirse, formular cualquier hipótesis de trabajo? Pues bien, hagámoslo. Estamos en el año tres mil, cuatro mil, diez mil, cien mil… Bueno, eso no, sin pasarse, porque resulta poco verosímil que la especie humana dure tanto, con su estupidez congénita y la ciencia y la técnica inventando constantemente nuevas formas de destruir, de eliminar todo lo que se ponga a su alcance.  En ese futuro hipotético se ha inventado algo que permite a los seres humanos llevar la casa a cuestas, como los caracoles. Son auténticos búnkers a prueba de intrusos que incluso se pueden desplazar, por el suelo, por el aire, subir en vertical, bailar la danza del vientre entre las nubes.

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Así pues, llamar a la policía para que eche a ese “supuesto” intruso sería una gran tontería. Se reirían en su cara. Nadie puede entrar en el búnker de otro sin su permiso, sin que éste haya desactivado las alarmas o serían electrocutados, barridos por las ametralladoras y cañones. Es así por definición. En esto se basa su civilización actual, portentosa, alcanzada tras miles de años de evolución. No permitirán que la eche abajo anunciando que los intrusos se pueden colar en los búnkers. Incluso ustedes lo dudan. Esto no está pasando, estaré soñando, etc etc.

Solo les queda echar al intruso a patadas, pero no se atreven a hacerlo porque tienen miedo de descubrir que el intruso no existe, que es producto de su imaginación, estarían delirando, sufriendo alucinaciones, estarían enfermos, muy enfermos. Además el intruso no está haciendo nada malo, no rompe nada, no saquea su despensa, solo sacia su curiosidad morbosa. Puede ver sus vídeos cuantas veces quiera, incluso los más íntimos, que han grabado solo para ustedes, cuando estén solos y que ocultan en una caja fuerte escondida. Pueden ver las escenas familiares más tiernas e íntimas, cuando dejan pasar a sus búnkers a sus seres más queridos para celebrar cualquier cosa. Suponiendo que exista el intruso y no sea producto de su imaginación, no recordará nada de lo visto al salir de su búnker, tampoco podrá llevarse nada, porque todo forma parte de un organismo vivo que no permite que le arranquen ni una sola célula sin quejarse y reaccionar de forma violenta.

Se lo piensan un buen rato y regresan al lecho. Pero no pueden dormir. Cada poco se levantan, para ver si el intruso sigue ahí o su mente ha recobrado la normalidad y todo está como debería estar. Continúa viendo vídeos, su curiosidad parece insaciable. Ustedes no pueden quedarse dormidos con un intruso dentro de su búnker por lo que continúan levantándose hasta que pasadas unas horas observan pasmados que ya no hay nadie. El intruso se ha ido. No puede ser. Recorren la casa abriendo armarios, cajones, el frigorífico, la lavadora, miran bajo la cama, bajo las mesas, las sillas, miran en la despensa. Les da igual que alguien pudiera pensar que se han vuelto locos, porque no hay nadie para observar sus ires y venires. Saben que un intruso no puede esconderse en un cajón, salvo que fuera un gnomito y aquel no lo era, pero por si acaso hasta levantan los cubiertos, no sea que se esconda debajo. Si el intruso ha conseguido entrar a pesar de las alarmas sería capaz de cualquier cosa, hasta de esconderse bajo una cuchara. Al fin se quedan tranquilos, regresan a la cama y se quedan dormidos. Sabiendo que cuando despierten y el día ilumine su búnker tendrán que recapitular lo ocurrido, deberán replantearse muchas cosas, entre ellas la impenetrabilidad de un búnker. Lo pasarán muy mal durante un tiempo, sin embargo esperan que todo lo vuelva a la normalidad en un periodo más o menos largo de tiempo.

 

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EL BUNKER III

18 06 2017

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LA PARÁBOLA DEL VIDENTE Y DEL INVIDENTE

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Antes de proseguir con la historia del búnker, detengámonos un instante para contar otra breve parábola. Ésta nos dará las claves para entender muchos episodios que ocurren en la otra historia.

En cierta ocasión un vidente salió de su casa con la intención de llevar a cabo ciertas tareas rutinarias. Encontrándose en la acera, a la espera de que el semáforo se pusiera verde para pasar al otro lado, sufrió un fuerte empellón por detrás. Al volverse se encontró con un invidente, quien le pidió prolijas disculpas. Al parecer alguien le había robado el bastón con el que tanteaba al andar. Nuestro personaje aceptó las disculpas cortésmente y se ofreció para ayudarle a pasar al otro lado, en cuanto el semáforo lo permitiera.

 

Mientras esperaban el invidente entabló una conversación que a nuestro hombre le pareció totalmente surrealista. El invidente estaba convencido, vamos que creía a pies juntillas, que todos los habitantes del planeta eran ciegos como él. No esperó su respuesta para expresar con todo detenimiento su filosofía de la vida, su “visión” de la existencia.

El vidente escuchó con paciencia hasta que su interlocutor trató de idiotas a quienes sostenían que la visión  no formaba parte de la naturaleza humana. En realidad el universo era una negra noche, solo se podían percibir sus formas palpando o hacerse una vaga idea de cómo era a través de los sonidos que emitían todos los objetos. Es cierto que algunos tenían sabor y hasta podían comerse, pero la mayoría eran duros o demasiado frágiles y se rompían entre los dedos. El mundo era una plataforma muy dura por abajo, arriba estaba el vacío, el aire y algún que otro objeto que sobresalía del suelo.

El vidente perdió un poco los nervios y le respondió con cierta acritud. ¿Acaso pretendía darle lecciones de cómo era la “realidad” a él, que podía verla todos los días, mientras el invidente estaba obligado a deducirlo todo de los escasos datos que le proporcionaban otros sentidos más limitados?

El dogmático invidente montó en cólera, le llamó “pazguato”, utópico, idealista de mierda y otras lindezas. No contento con los insultos utilizó todo su repertorio de gestos groseros, convencido como estaba de que el otro, de que los otros, de que todo el mundo, era ciego y por lo tanto nadie estaba viendo sus gestos. Para él un gesto obsceno era como un pensamiento íntimo, nadie puede saber lo que uno está pensando a no ser que se exprese en palabras y aún así, el oyente solo se hará una vaga idea de sus pensamientos y emociones.

Aún se atrevió a llegar más lejos. Como el vidente no dijera palabra, pasmado como estaba de semejante atrevimiento, intentó patearle el trasero y darle de puñetazos con muy malas intenciones. A nuestro vidente le bastó con separarse un poco del otro para no ser alcanzado.

La escena era ya tan ridícula que nuestro personaje no sabía si echarse a reír o a llorar. El invidente, entonces, encolerizado hasta el paroxismo por no poder alcanzarle, le mentó a la madre, que era una prostituta de mucho cuidado.

El vidente perdió la paciencia. El poder de su videncia le hubiera permitido darle una tremenda paliza a aquel estúpido dogmático, que había creado un universo adecuado a su limitada consciencia y no admitía que nadie le apeara de su burro.

El vidente intentó calmarse y se dijo que semejante conducta por su parte sería de todo punto mezquina e imperdonable. Sin embargo el otro continuó echando sapos y culebras por su negra boca, maldijo a los hijos del vidente y le pidió a gritos que le presentara a su esposa, él daría buena cuenta de su cuerpo y no como él, que era un eunuco de mierda.

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Nuestro hombre ya no pudo soportarlo más y se planteó muy seriamente acabar con la vida del invidente, de una forma tan limpia como contundente. ¿Y si le invitaba a pasar, ahora que estaba verde el semáforo? En realidad el semáforo se había estropeado y los vehículos pasaban a toda velocidad, como si se burlaran de los pobres peatones. El vidente se imaginó susurrándole a la oreja de aquella acémila con patas, para que nadie le oyera, que ahora sí, ahora podía pasar tranquilamente.

Así son los dogmáticos recalcitrantes y estúpidos, se atreven a insultar la inteligencia de todo el mundo y luego se fían de quien menos deberían hacerlo, de aquel a quien han insultado gravemente de aquel a quien han intentado golpear con furia unos segundos antes.

El vidente sonrió a su pesar, imaginando la escena. Al invidente bajando al asfalto y caminando en mitad del furioso tráfico. Si lograba sobrevivir sería un milagro. Lo que era totalmente seguro es que aquel estúpido recibiría una lección que nunca olvidaría.

¿De qué me serviría eso a mí?, pensó nuestro hombre. El poder de mi videncia me capacita para acabar con cualquier invidente, de forma limpia, irreprochable e inimputable. Nadie podría detenerme y juzgarme. ¿Qué delito he cometido? Puede que moralmente mi conducta sea reprochable, pero nadie lo sabe y aunque lo supieran, nada podrían hacer contra mí sin el amparo de la ley. No hay pruebas y sin pruebas cualquier juicio está perdido. El invidente no podrá hablar, estará muerto, y los demás se callarán como muertos, porque la sospecha no es una prueba. El pensamiento no delinque. ¿Qué he hecho yo hasta ahora sino pensar? ¿Quién me podría acusar de ser el instigador, el autor mental del crimen?

Semejantes disquisiciones acabaron por enfriar su cólera. Lo ridículo de la situación hizo aflorar una sonrisa a sus labios. ¿Hay algo más estúpido que escupir al cielo? ¿De qué le serviría asesinar “limpiamente”, sin verse obligado a pagar el precio establecido? ¿Se sentiría mejor? ¿Acaso el poder no está también sometido a poderes más altos?

Nuestro vidente se mordió los labios hasta hacerse sangre. Era muy cierto que los insultos habían sido de extrema gravedad y que si el otro hubiera podido pillarle le habría dado una paliza de muerte. Pero la situación no sería más ridícula si en lugar del invidente se hubiera enfrentado a una hormiguita parlanchina.  Es preciso tomarse la vida con humor, de otra forma todo el mundo estaría matando a todo el mundo.

Nuestro hombre tomó del brazo al invidente y gentilmente dio la vuelta a la esquina hasta encontrar un semáforo que no estaba averiado. Esperó a que se pusiera verde y lo dejó al otro lado, despidiéndose con palabras amables. Regresó por donde había venido y siguió su camino, cruzando de acera cuando el tráfico se lo permitió.

Se permitió un último pensamiento para el invidente. Aquel pobre hombre terminaría muy mal. Algún día sería atropellado al hacer caso de los consejos de la persona a la que acabara de insultar, o sería apaleado brutalmente por otro vidente con menos paciencia que la suya. ¿Pero qué podía hacer él? No hay peor ciego que el que no quiere ver. Ahora el invidente estaría ligeramente despistado y tendría que pedir la ayuda de alguien para caminar hacia su meta. Pero bien podría darse con un canto en los dientes, porque al menos estaba vivo.

Nuestro hombre siguió reflexionando. Sí, tal vez exista otra peor forma de ceguera, la de forzar a otros ciegos a que te sigan, dándoles de palos o atemorizándoles con el infierno eterno. Si un ciego guía a otro ciego, ambos acabarán en el abismo, y si un ciego guía a mil ciegos todos terminarán rompiéndose la crisma, el número solo es eso, un número y la matemática no genera personas.

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La moraleja de esta parábola es bastante simple. La sabiduría oriental habla de los ciegos y el elefante. Cada uno toca una parte y cree que el todo es como esa parte. El maestro habló en el evangelio de un ciego que guía a otro ciego. Me he permitido copiar estas parábolas y modificarlas a mi gusto. En realidad la lección es siempre la misma.

Mi consejo para todos ustedes, para todos nosotros, es que si son ciegos sean humildes y si no lo son sean humildes también, porque podrían ser ciegos sin saberlo. Todos deberíamos admitir la posibilidad de que existan más cosas en el cielo y en la tierra de las que ven nuestros sentidos. Todos deberíamos aceptar la posible existencia de seres más poderosos que nosotros, de consciencias más expandidas que las nuestras, de mundos invisibles, de la divinidad como una luz que solo pueden ver los videntes.

Una actitud abierta y humilde ante la realidad, infinita y misteriosa, bien podría librarnos de muchos problemas, incluso de una muerte inesperada y violenta.

Somos muy poquita cosa, somos mortales, somos limitados, puede que el destino no exista, que sean los “dioses”, videntes y poderosos los que manejan nuestros destinos. Enfadarles es una actitud estúpida e irreverente. Puede que solo se rían de nosotros, pobres ciegos, pobres hormiguitas, y nunca oigamos sus risas porque son inaudibles para nuestros oídos; pero puede que algún día un dios se deje llevar por la cólera y acabemos atropellados en cualquier semáforo de la vida.

Y si no existieran dioses violentos piensen que tal vez fueran tan benevolentes que no soportaran el sufrimiento que nos ocasiona nuestra estúpida ceguera e intentaran remediarlo abriéndonos los ojos, sacándonos del estupor de nuestra ceguera. Ellos saben que es ley de vida caminar hacia adelante, acabar viendo, expandir la consciencia. Cuanto antes los hagamos menos sufriremos. ¿Seremos tan tontos de agradecerles sus desvelos escupiendo al cielo?

La actitud respetuosa ante el misterio de la vida y otras formas de existencia posibles es algo que cualquier iniciado, que ha comenzado a ver un poco,  acaba adoptando de inmediato. La expansión de la consciencia nos hace más poderosos, pero es un poder limitado y ridículo. Utilizarlo en beneficio propio y perjudicando al prójimo es una actitud tan esperpéntica como la del invidente intentando golpear al vidente, como la del vidente intentando golpear a los dioses invisibles, como la de los dioses invisibles rebelándose contra Dios.

El karma caerá sobre nuestras espaldas y los dioses, nos reservarán un destino aciago. Se troncharán de risa mientras ven cómo somos atropellados en cualquier semáforo de la vida. Incluso los más benevolentes admitirán que necesitamos una lección, no podemos seguir siendo ciegos por toda la eternidad. Cuanto antes aprendamos la lección antes comenzaremos a evolucionar. Ni el dios colérico, ni el dios benevolente, podrán librarnos de un paso irremediable.

Antes de proseguir con la parábola del búnker quiero pedir disculpas a los invidentes por utilizar esta metáfora, pero no he encontrado otra que exprese mejor lo que deseaba decirles.

Y ahora, sigan pensando que un día nacieron por casualidad, que otro día morirán porque así funciona la ley de la entropía, y que todo lo que sucede, la vida y la muerte, son producto de la suerte, de combinaciones aleatorias, piensen que Dios juega a los dados y no tiene un plan para nosotros, sus hijos. Sigan pensando que todo el mundo es tan ciego como ustedes y algún día se llevarán una desagradable sorpresa. Tal vez no se encuentren con un “vidente” colérico que les engañe para atravesar la calle en pleno tráfico furioso, pero es casi seguro que antes o después se encontrarán con un “vidente” a quien no verán, porque han decidido seguir ciegos. Piensen en ello cuando se encuentren lejos del camino que seguían. Tal vez esa haya sido toda la lección que han recibido, estar más lejos del hogar de lo que estaban antes. Pero no se envalentonen, no comiencen a imaginar planes para darle de patadas y puñetazos al vidente que los extravió un rato, como una lección benévola, porque la paciencia es limitada en todos los seres que pueblan el universo. Solo Dios tiene una paciencia ilimitada y gracias a ello seguimos vivos.

Cuando la parábola del búnker termine me dirán si desean seguir pensando que el destino maneja sus vidas o prefieren saber qué “destinos” intentan manejar sus vidas y cómo controlarlos. Si prefieren seguir siendo marionetas o el que las maneja. No hay prisa. El tiempo, como acabarán sabiendo, en realidad no existe. El tiempo lo creamos nosotros para aprender las lecciones que no se pueden aprender fuera del tiempo. Pero recuerden que quejarse de no alcanzar a los dioses con un colérico puñetazo es totalmente ridículo. Si quieren alcanzar a su destino en pleno plexo solar, dejarlo k.o. abran los ojos y miren. Puede que lo que vean al principio no les guste nada y puede que lo que vean más tarde les guste menos, pero así es la vida, la dura existencia, nada se aprende sin pagar un precio.

Si desean seguir les espero en el próximo capítulo. Si ya se han cansado regresen a su vida de ciegos y disfruten mientras puedan, porque lo que es seguro es que la felicidad no dura siempre, ni siquiera un día, a veces una hora de felicidad nos mataría, por eso los momentos felices se cuentan por segundos y los tristes por semanas y meses. El shamadi, el nirvana, el éxtasis, la felicidad duradera, solo está al alcance de los videntes. Como dijo San Juan de la Cruz, caminando por esos valles y fronteras, no cogeré las flores ni temeré las fieras… O algo así, porque cito de memoria. Los videntes poco a poco se van desprendiendo de la atracción de las flores del camino y acaban por perderle el miedo a las fieras.

BUNKERU

Gracias a Milarepa por sus sabios consejos, canalizados a través de mi subconsciente. El me perdonó siempre que le mentara a la madre e intentará patearle el trasero. Ni siquiera se burló de mí. Como me dijo, cuando me tranquilicé un poco: “Yo también fui ciego, hermano, nunca me burlaré de otro ciego”.

Un abrazo de Milarepa para todos, hermanos en el Todo, seres de luz, chispas divinas. Hoy por ti, mañana por mí. Hoy soy ciego, mañana seré vidente. Todo es transitorio, menos la divinidad.

BUNKERF





RELATOS DEL OTRO LADO Y VI

20 05 2017

UN ENFERMO BIPOLAR Y VI

Mi vida como enfermo mental está repleta de recuerdos ridículos, patéticos, pero éste supera a muchos. Cuando pienso en ello y en las razones que me llevaron a una conducta tan estúpida y sin sentido no puedo por menos de recordar la desesperación que me ha acompañado a lo largo de toda mi existencia desde aquel momento terrible en que mi vida pendió de un hilo, en el que alguien que se creía casi omnipotente, decidió jugar conmigo, como una especie de cruz en la doble cara divina, una especie de dios malvado que juega a los dados, algo que no haría el dios einsteniano.

Debo remontarme años atrás. Acababa de salir del despacho del doctor… donde éste me había anunciado que yo le había decepcionado profundamente. Le había suplicado, casi de rodillas, que me dejara salir a Madrid. Necesitaba sentirme libre, aunque fuera por unas pocas horas. El había confiado en mí, haciendo un gran esfuerzo, porque yo no me merecía aquella confianza. ¿Y cómo le pagaba? Ni siquiera me lo había pensado, había ido directamente a la boca de metro más cercana y allí me arrojé de cabeza al primer tren que pasó. Estaba vivo de milagro, pero eso no era lo peor, lo peor era que había decepcionado su confianza en mí. De haber muerto él se habría sentido culpable el resto de su vida y aunque nadie le hubiera pedido responsabilidades por aquel error su carrera habría quedado seriamente dañada.

Me había tratado como a un hijo y yo le respondí como una bestia sin entrañas, haciéndole el mayor daño posible, un daño inimaginable. Merecía quedarme allí internado el resto de mi vida, encerrado para siempre. Incluso ese castigo era poco para mi gran pecado. Sí, lo iba a hacer. No, no cambiaría de opinión por mucho que yo le suplicara, ya no creía en mí, era peor que una bestia.

A pesar de toda la medicación que llevaba encima la rebeldía que sentí, el odio feroz hacia aquel doctor omnipotente y hacia toda la especie humana, fueron superiores al atontamiento de la mente y la catalepsia del cuerpo. En medio de un comedor vacío apreté los puños hasta clavarme las uñas en la piel, rechiné los dientes, alcé la cabeza al techo, buscando a Dios y maldije a todo y a todos, maldije a la vida, a los seres humanos, al mismísimo Dios. Y juré que aunque pasara allí el resto de mis días, nunca perdería la dignidad como ser humano, podían encarcelar mi cuerpo, pero mi mente era libre, mi consciencia era dueña y señora y nadie podría nunca esclavizarla.

Cuando analizo la causa profunda de mis muchas conductas patológicas, la raíz de ciertos comportamientos inexplicables, me encuentro siempre con este momento. Es algo que permanece siempre ahí, escondido en el fondo de mi mente, aunque ni siquiera lo recuerde, sigue acechando, como un reptil maligno y venenoso, dispuesto a terminar con la especie humana si eso fuera posible. Estaba harto de disimular, de clavar la mirada en cualquier sitio, para intentar ocultar aquel impulso maligno. Como un demonio de pacotilla decidí que mirar fijamente los pechos de la doctora, imaginando lo que había bajo la ropa, desnudando su cuerpo con mi mente, era un acto propio de un demonio que había decidido dejar de luchar contra su naturaleza y pasarse el resto de su existencia siendo malo, tan malo que el propio Dios debería intervenir para terminar con su existencia.

La entereza de aquella mujer puso de manifiesto lo ridículo de mi conducta. Se limitó a hacerme ver lo que estaba haciendo, a preguntarme si le gustaban sus pechos y a decirme que mi comportamiento era inaceptable, propio de un hombre grosero y maleducado. Pocas veces en mi vida de enfermo mental me he sentido tan idiota. Por eso cuando se habla de enfermos que son capaces de las mayores atrocidades, incluso de matar casi sin parpadear, recuerdo aquel momento y me digo que si incluso alguien como yo, un suicida desesperado, alguien que no tiene nada que perder, que ha sido amenazado con pasar toda su vida encerrado en un frenopático, que ha lanzado una espantosa maldición sobre todo bicho viviente, a lo más que llega cuando quiere ser malo es a mirar los pechos de una mujer como si estuviera en toplés, entonces los enfermos que matan tienen que haber pasado todas las barreras imaginables, tienen que haber sido malas personas antes de ser enfermos. Cuando alguien decide matar cruza la línea roja de la consciencia, renuncia a toda empatía, decide pasar al otro lado del abismo que separa el bien del mal. Incluso en un estado de absoluta pérdida de control el ser humano sigue siendo libre. Yo lo fui entonces, cuando pensé seriamente en matar a aquel doctor a la primera ocasión. Podría haber vuelto a su despacho, haberme lanzado contra él, haber puesto mis manos en su cuello y apretar sin compasión hasta percibir su último suspiro. Podría haberlo hecho… pero no lo hice.

Elegí permanecer encerrado de por vida antes que quitarle la vida a otro ser humano. Recuerdo que todo aquello pasó por mi cabeza en aquellos momentos, los más terribles de mi vida, porque si morir es duro, vivir encerrado en un frenopático hasta la muerte aún lo es más. Creo que de allí han nacido todas las conductas esperpénticas que he desarrollado a lo largo de mi vida como enfermo mental. Cualquier cosa es mejor que matar a otro ser humano. Creo que incluso si alguien intentara matar a un ser querido me costaría dar ese paso.

Cuando salí de aquel despacho me sentí tan humillado que tal vez, aunque me cueste creerlo, fuera la semilla que me llevaría a dar el paso definitivo, a dejar la medicación, la terapia y a luchar contra mi enfermedad a pecho descubierto, aceptando y asumiendo todos los riesgos, asumiendo una posible muerte por suicidio.

A lo largo de mis estancias en psiquiátricos he llegado a conocer a todo tipo de enfermos mentales, muy pocas veces alguno de ellos me dio la impresión de ser una mala persona, maligna, venenosa, infernal. Como yo mismo, la mayoría de ellos luchaban contra fuerzas inexplicables que les superaban, faltos de voluntad no eran capaces de dar un paso en la dirección correcta, aunque a cualquier persona normal le hubiera parecido lo más fácil del mundo. He hablado con depresivos para quienes la muerte era la única solución posible a sus problemas; con drogadictos que no podían imaginarse verse libres de esa esclavitud; con alcohólicos para quienes la posibilidad de encontrar una alternativa al alcohol cada vez que tenían que enfrentarse a sus problemas era algo inimaginable, un milagro, y ellos no creían en milagros; con ludópatas que parecían luchar a brazo partido con el destino, intentando doblarle la mano para que el dado mostrara la cara de la vida y no de la muerte; con mentes pilladas en un bucle eterno como trampa de un demonio infernal. No he podido hablar con viejos enfermos babeantes, de mirada extraviada, a quienes había que dar de comer a la boca y cambiarles los pañales, con enfermos sufriendo un brote psicótico o esquizofrénicos que me confundían con cualquier personaje histórico, no he podido hablar con la mayoría de aquellos enfermos que poblaban los corredores de mis días y las pesadillas de mis noches, pero aún así he decidido ponerme en su piel y narrar estas historias del otro lado, para que todo el mundo comprenda que aún en la muerte hay vida, que aún en el basurero crecen flores, que aún en lo que consideramos la noche oscura y absoluta de la consciencia aún hay una luz que se tambalea, buscando la salida.

Hablaré de aquel piloto de aviación, internado conmigo en un psiquiátrico, que luchaba a brazo partido con la depresión y no podía soportar pensar en que se podía quedar sin trabajo y su esposa y sus hijos le podían abandonar. Hablaré de aquel esquizofrénico perfectamente trajeado y encorbatado que me confundió con Julio-César y a quien sin querer provoqué una grave crisis al negar que yo fuera en efecto un personaje tan afín a mi propio nombre César-Antonio. Hablaré de aquel hombre maduro, alcohólico, con quien compartiera habitación en un psiquiátrico, en mis primeros pasos como enfermo mental. Hablaré de aquella mujer, funcionaria de prisiones, que no era capaz de superar el ambiente de trabajo y a quien su marido visitaba dándole mucho cariño, y que parecía tan normal que yo no entendía qué hacía allí, con todos nosotros. Hablaré de todos aquellos compañeros de reclusión frenopática que aún recuerdo y de aquellos que conocí en la vida civil, llamémosla así, y contaré más historias del otro lado, el lado oculto de la luna, el que nadie puede ver y no se atreve a imaginar.

Pero antes debo rematar esta historia que tanto me ha costado escribir y luego tomarme un respiro para iniciar la siguiente. Alguien pensará que no tiene el menor sentido recordar tanto dolor, bucear en un pasado que está muerto, intentar describirles a los demás el lado oculto de la luna, que no les interesa lo más mínimo y que ni siquiera quieren imaginar. Hay que rescatar todo dolor oculto, olvidado, enterrado en los cementerios, en las fosas comunes, en lo más profundo de las almas de las víctimas, en los sumideros de la vida, porque es este dolor el que abonará la nueva tierra donde se construirá la nueva Jerusalém espiritual. La oscuridad aborrece que el dolor salga a la luz, porque cada dolor de una vida es la antorcha que ilumina el camino del futuro. Los demonios de la maldad intentan ocultar el dolor que causan, el dolor de las víctimas, de sus seres queridos, el dolor de los niños emponzoñados por armas químicas, muertos en cualquier playa o costa, el dolor de los supervivientes de los bombardeos, de los atentados terroristas, el dolor que genera una sociedad injusta y demencial solo preocupada por lo material y los placeres hedonistas que buscan conseguir a cualquier precio. El dolor de las personas con enfermedad mental y sus familiares también debe ser rescatado, porque aunque parezca que en él nadie tiene la culpa, como en las catástrofes naturales, la sociedad también es culpable y todos debemos enjugar tantas lágrimas con las dosis necesarias de cariño. Porque en el juicio final, en el apocalipsis que se avecina, solo este dolor podrá ser utilizado para equilibrar la balanza de la justicia divina, de la justicia kármica, desequilibrada por tanta violencia gratuita y tanta maldad.

Cuando salí de aquel despacho, cuando mi esposa regresó a la soledad del hogar, yo me refugié en mi habitación, me encamé hasta que me obligaran a salir del cubil y allí rumié todo lo que había pasado, todo lo que me quedaba por hacer.

Mi hermano, el enfermo bipolar, sufrió un gran cambio a raíz del episodio que he narrado, y también, sin duda, debido a la medicación que iba produciendo su efecto. Al verle caminar apagado por los pasillos y entrar en mi habitación a paso de tortuga, después de llamar cortésmente a la puerta, nadie hubiera dicho que se trataba de la misma persona, el cambio era tan radical que me sentí anonadado, compungido y aún más deprimido de lo que estaba. Me pregunté cómo lo prefería y me dije que no tenía la menor duda, por muy incordión y pesado que fuera como huracán, ciclón o torbellino, era infinitamente mejor verlo así que como un zombi, decaído, alicaído, tan tristón que me recordó a Tristón, la famosa hiena de los dibujos animados que me gustaba ver en mi infancia. Me pregunté si eso era curar a un enfermo y me respondí que eso era hibernarle, sacarle de la circulación, convertirle en un vegetal, para que no incordiara, pero eso no era curar a nadie, que Dios me librara de ser curado de esa terrible forma.

Y allí fue donde comenzó a incubarse mi rebeldía y donde comencé a rumiar la decisión que cambiaría mi vida. Los días que siguieron fueron muy tristes, por suerte me dieron pronto el alta. Mi hermano bipolar me pidió las señas al despedirme de él y me escribió durante un tiempo, luego dejó de hacerlo o yo dejé de contestarle porque volvía a estar mal o puede que ambas cosas a la vez. No volví a saber de él. Con el tiempo conocería a más hermanos bipolares y todos me parecieron clavados, puede que con los ciclos más cortos o más largos, más histriónicos o menos, pero todos igualmente sometidos a esa espantosa oscilación que supone la montaña rusa del ánimo en un enfermo bipolar. Puede que yo mismo sea un enfermo bipolar o tenga algo de bipolar, de acuerdo a las nuevas etiquetas que se confeccionaron después de que fuera diagnosticado por primera vez. De ser así mis ciclos son muy irregulares, largos periodos depresivos y otros en los que me siento eufórico, pasado de revoluciones, agresivo, despectivo, cínico, delirante, el rey del mambo. Pero estos periodos suelen ser mucho más cortos, porque basta un episodio de mala suerte, no ya dramático, una pequeña bronca, un traspié en cualquier terreno para que la euforia se transforme en una profunda depresión y el rey del mambo se convierta en un “Ceniciento” que trata de escapar por la chimenea. No hay derecho a que algunas personas pasen por esos ciclos infernales, incapaces de encontrar un mínimo equilibrio en alguna parte, pero hasta ahora no se ha descubierto ese clic que apaga o enciende una bombillita en el cerebro del enfermo bipolar. La medicación no deja de ser otra cosa que curar una gripe a puñetazos, encontrar la medicación perfecta y equilibrada para el enfermo bipolar es como buscar la piedra filosofal que lo transmuta todo, nunca se acaba encontrando.

Aquel sería mi último internamiento, Carmen sería la última psiquiatra que me trataría, faltaba ya muy poco para que diera el paso feroz y definitivo de abandonar la medicación, las terapias, para decidir que prefería sufrir sin anestesia que pasarme la vida anestesiado, que prefería morir de pie que vivir de rodillas. Sería una etapa terrible, pero mil veces preferida a mi etapa como vegetal ambulante.

En el próximo episodio retrocederé en el tiempo, hasta aquel internamiento eterno e infernal en el psiquiátrico Alonso Vega de Madrid. Tenía yo unos veintidós o veintitrés años y no era mi primer internamiento, antes había estado en el psiquiátrico Santa Isabel de León y en el de San Juan de Dios, en Palencia. Allí conocería al esquizofrénico que me confundió con Julio-Cesar o Napoleón, ya no lo recuerdo, y al piloto de Iberia que había caído en una terrible depresión cuando lo tenía todo, un maravilloso trabajo muy bien remunerado, una bella y maravillosa mujer, unos hijos muy cariñosos, una buena casa, una buena vida, y sin embargo la enfermedad mental no le respetó, como no respeta a nadie. También conocería a mi buen amigo…un alcohólico que me invitaría al salir a su piso, con el que conviviría casi tres años y al que vería morir de cirrosis hepática a los treinta y tres años. Su historia la cuento aparte, en la serie “Algunas historias sórdidas”. Conocería al grupo de abueletes que vivían perpetuamente en el nirvana, con la baba cayendo de la comisura de sus bocas. El doctor que me trató seguramente habrá fallecido hace ya tiempo porque yo era muy joven y él un madurito, tal vez todo el personal haya fallecido o esté ya muy mayor, nadie me recordará y puede que hasta mi historia clínica se haya perdido. Con la llegada de la antipsiquiatría todo cambió y los enfermos salimos al asfalto con una mano delante y otra detrás, nos arrojaron desnudos al frío del invierno, sin una triste manta sobre nuestros hombros. Cada enfermo sobrevivió como pudo, aunque desde luego yo siempre preferiré la nueva etapa a aquella en la que te podían condenar a cadena perpetua en cualquier psiquiátrico y no podías esperar que un milagroso “habeas corpus” te sacara de allí.

Aún no sé si comenzaré este segundo episodio de Relatos del otro lado con el piloto de Iberia o con cualquier otro enfermo que me venga a la mente, superados los bloqueos para olvidar lo que siempre llamé “La etapa negra” de mi vida, o mi temporada en el infierno, recordando a Rimbaud. Si las personas que nos han despreciado y nos desprecian por nuestra condición de enfermos mentales supieran lo fácil que resulta caer en la enfermedad mental y acabar en un psiquiátrico, como yo, intentarían caernos simpáticos a cualquier precio, no fuera que les echáramos el mal de ojo. Esta serie de relatos del otro lado pretende tan solo mostrar a quienes nunca dieron un paso más allá de la línea, que al otro lado no hay monstruos, solo seres humanos como tú y como aquel, que habéis tenido la suerte de no conocer qué es la enfermedad mental, ni en vuestra propia piel ni en la de algún ser querido.

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RELATOS DEL OTRO LADO (UN ENFERMO BIPOLAR) V

19 02 2016

UN ENFERMO BIPOLAR V

Como narrador omnisciente puedo remontarme en el tiempo y comparar experiencias. Aquel fue mi primer contacto con un enfermo bipolar, ni siquiera conocía que existiera ese término. Las etiquetas en psiquiatría duran menos que una piruleta a la puerta de un colegio, según sople el viento sobre las cabezas de los grandes sabios en esta materia, hoy te puedes acostar siendo un bipolar y mañana, según las listas de la OMS (La organización mundial de la salud) te levantas padeciendo un trastorno biocinético compulsivo o el síndrome del “tonto-laba” o el que corresponda. No voy a ser muy sádico con ellos, les entiendo, los pobres se enfrentan a una enfermedad que no es visible, ni siquiera al microscopio electrónico (tal vez dentro de poco descubran qué parte del cerebro está dañada, los tiempos adelantan que es una barbaridad) y cuando no hay materia que palpar, que diseccionar, que echar en la probeta a que cuezca, todo el mundo anda desorientado.

Con el tiempo llegaría a conocer otros enfermos bipolares y debo decir que tal vez pueda estar distorsionando un poco los hechos, al fin y al cabo han pasado muchos años y solo me queda el recuerdo, aún así debo decir que un bipolar en fase alta o hipomaniaca no se diferencia en exceso de lo que estoy contando de este viejo amigo de desgracias con el que compartí un tiempo en la cárcel del alma o psiquiátrico. Como solíamos decir en mi juventud, a ese hay que echarle de comer aparte. En efecto a un bipolar en fase hipomaniaca hay que echarle de comer aparte, es decir que su ritmo nada tiene que ver con el nuestro. Por suerte para mí todos los bipolares que he ido conociendo con el tiempo han sido excelentes personas y buenos amigos, creo que es fácil ser amigo de un bipolar si tienes paciencia y sabes qué le pasa cuando se pone a ir de acá para allá. Ahora mismo entre mis mejores amigos están G. y L. No voy a dar más datos de L porque seguro que me va a leer, baste con decir que, en broma y muy afectuosamente, yo la llamo el ciclón de V. y no digo más. G. no es muy propenso a los periodos hipomaniacos, pero cuando entra en ellos también tiene su aquél, aunque no se mueva tanto como el ciclón de V.

No recuerdo cómo dormí aquella noche, pero imagino que muy bien, no en vano la medicación puede derrumbar a un caballo y hacer que se doblen sus cuatro patas. Al día siguiente, aunque bien pudiera ser el siguiente del siguiente – porque en un psiquiátrico no existe el tiempo y la memoria no da para tanto, aunque fueran menos los años transcurridos- tuve que pasar por la batería de preguntas que los psiquiatras llaman test y yo prefiero llamar “cómo no enterarse de nada haciendo muchas preguntas”. Sí, no voy a negar que quienes hicieron los test eran personas muy sabias, enjundiosas, meticulosas y por supuesto muy trapaceras, porque de otra manera serían incapaces de descubrir tu patología oculta ya que tratarías de enmascararla por todos los medios posibles, pero una persona es una persona, no una estadística, o un número matemático o un lapsus lingúe o un lapsus mentalis. A una persona se la conoce cuando te vinculas a ella afectivamente y decides que la mejor forma de conocerla es desnudar tu alma para que ella desnude la suya y así se pueda ir por la vida en plan nudista, sin los vestidos que ocultan todo, sobre todo nuestras vergüenzas.

Aquella sería la primera psiquiatra que no se mojó al diagnosticarme. En el informe que aún obra en mi poder se califica mi patología como trastorno de la personalidad indefinido. Mi primer diagnóstico fue “psicosis maniaco depresiva”, algo que me sonó muy fuerte, muy mal, porque yo había visto la película “Psicosis” del maestro, como todos ustedes. Luego me comentaron que en aquella época ponían esa etiqueta tan llamativa a lo que hoy sería un depresivo normal y corriente, con una depresión endógena de caballo o también se le podría equiparar a un bipolar, pongamos por caso. Todo iba bien hasta que hace unos días, buscando enfermos mentales para la serie de mi blog “locos egregios” o “locos famosos” (el primero es una copia descarada del libro de Vallejo Nájera) me encontré con Louis Althuser, un filósofo francés del que se habla en la biografía de Michael Foucault, el conocido filósofo francés, escrito por James Millar, que estoy leyendo ahora, lo mismo que alguna de las obras de este filósofo, homosexual confeso, con una vida extraña, que yo calificaría de enfermo mental y que acabó muriendo del SIDA tal vez por su forma de vivir, siempre al límite, con mucho riesgo. He comenzado a leer su historia de la locura, que me parece muy interesante, me he informado sobre Althuser, que al parecer llegó a ser su profesor en La escuela normal superior de Paris de la que tantas lumbreras salieron, y he descubierto que fue uno de esos enfermos mentales que dan miedo, terminó ahogando a su esposa, la tomó del cuello y apretó. Según me he informado existe una polémica respecto a si la asesinó y luego intentó salir irresponsable alegando locura o realmente fue uno de esos enfermos con patologías tan agudas y tan mal tratados y poco cuidados, sin una buena terapia, que terminan haciendo alguna auténtica locura en su delirio. Pues bien, al parecer Althuser fue diagnosticado en su momento, de eso hace ya muchos, muchos años, de psicosis maniaco depresiva.

No he podido evitar que mis pocos pelos se pusieran de punta. Si Althuser fue un psicótico maniaco depresivo y acabó matando a su mujer, yo, que fui diagnosticado de la misma patología, ¿debo considerar que soy un enfermo mental grave y debo tener mucho cuidadito con mis fantasías, imaginaciones e ideas tétricas? Sinceramente todo esto me parece una tomadura de pelo. Al parecer al maniaco depresivo ahora se le llama bipolar y desconozco si la psicosis maniaco depresiva ha sido borrada de la lista de la OMS de enfermedades mentales y sustituida por bipolar. No he querido liarme mirando en Google todos los cambios de etiqueta sufridos por las enfermedades mentales, por la cuenta que me trae.

Sí recuerdo bien que tras aquel episodio trágico, tragi-cómico, o como cada cual lo califique, mi amigo y hermano se sintió muy afectado y dejó de seguirme a todas partes, al menos durante un tiempo, aunque solo fueran unas horas. Tal vez  mi entrevista con la doctora fuera unos días después, como narrador omnisciente que soy he decidido situarlo justo a la mañana siguiente del episodio relatado en el capítulo anterior, aunque puede que no ocurriera así, la memoria nos juega malas pasadas, a veces buenas y a veces ni sabe ni contesta.

LA HERMOSA DOCTORA DE LOS TESTS

Recuerdo cómo me sentía, muy afectado por el episodio tantas veces ya repetido y machacado, recuerdo que estaba harto, saturado de mi estancia en aquél psiquiátrico, recuerdo que me juraba que nunca volvería a ingresar, ni allí ni en otra parte, que se iban a terminar para siempre las pastillas, la medicación, las conversaciones con los psiquiatras, los tests, que se iba a terminar todo, puede que no lo consiguiera y mi siguiente estancia sería en el cementerio, pero ya no podía soportarlo más, se estaba fraguando la decisión que me llevaría a romper con mi pasado y a convertirme en un enfermo mental nuevo, sin medicación, sin psiquiatras, sin estancias en psiquiátricos, un enfermo mental que se apoyaría exclusivamente en el yoga mental y en su fuerza de voluntad, en “mis santos huevos”, por decirlo mal y pronto, con esa forma de hablar tan faltona que reconozco he tenido muchas veces en mis crisis.

Con estos antecedentes entrar al despacho de la doctora para contestar a montones de preguntas, trescientas, cuatrocientas, mil, millones, trillones de preguntas, no era el mejor momento, no podía salir bien, como no salió. Mi memoria no es visual y entonces no existían los móviles para sacarle una foto a la doctora, y aunque hubieran existido me los habrían recogido al ingresar, como hacen ahora, por eso solo puedo basarme en la sensación, esa sensación que nunca me engaña cuando veo a una mujer hermosa. Creo recordar que debí echarle unos treintaytantos, no creo que llegara a los cuarenta. No puedo recordar a estas alturas si era rubia o morena, tal vez teñida. Sí recuerdo el detalle de que su melena era media melena, es decir no le llegaba a los hombros. También recuerdo que su cara me pareció muy hermosa, de rasgos suaves, no diría que angelical pero sí sensual. Pero sobre todo lo que llamó mi atención fueron sus pechos, hermosos, rotundos, perfectos, llamativos, turgiendo desde un jersey, tal vez de cachemir, muy ajustado.

No recordaría su nombre si no apareciera en el informe. Se llamaba Carmen y me gustó tanto que no pude controlarme. Para que los lectores tuvieran una idea cabal de lo que para mí significaban los pechos de las señoras en aquel momento de mi vida personal y como enfermo mental, tendría que remontarme a otros momentos  que relataré en el Gran secreto de mi diario de un enfermo mental. Que a un hombre le gusten los pechos femeninos no es un delito… al menos que yo sepa, que eso no le impida ser discreto, es lo normal; que algunos hombres, tal vez más de los que acepten reconocerlo, acostumbren a desnudar mentalmente a la mujer que acaban de conocer, que están conociendo, no deja de ser un efecto bastante natural de la libido, la lujuria, el deseo carnal, o como quieran llamarlo. Que esto suene a machismo del malo en estos tiempos, es posible, aunque si uno disimula, es discreto, y la mujer no lo nota en exceso, podría ser perfectamente aceptable. Pues bien, conductas que en personas normales son naturales y perfectamente aceptadas, en un loco son un signo más de su locura, porque uno de los más graves problemas que tenemos los locos es que disimulamos mal, somos pésimos hipócritas, malísimos sepulcros blanqueados, nos descontrolamos y se nos nota todo, absolutamente todo.

Recuerdo que una de las primeras ocasiones en las que utilicé mi deseo carnal por los pechos femeninos como un arma arrojadiza, como una piedra tirada a la cabeza de la otra persona, fue tras una terrible discusión con mi madre. Recuerdo muy bien que ella quiso que habláramos y me llevó hasta el saloncito cutre de nuestro piso de alquiler, cutre, sucio, viejo y poca cosa. Allí me pidió que me sentara en el sofá y se puso muy seria, como fuera una ocasión solemne, casi trágica. Quería pedirme que renunciara a casarme con mi novia, con la que luego sería mi esposa, con la que luego sería mi “ex esposa”. Las razones alegadas eran terminantes para ella, era una mujer divorciada, tenía un hijo… y además era enfermera, algo así como la profesión ideal para que una mujer de aquella época fuera considerada ligera de cascos. Para mi madre casarse con una divorciada era un pecado gravísimo, para quienes se sorprendan ahora, que recuerden ciertas manifestaciones en los medios de comunicación, de obispos o del mismo Papa respecto a los divorciados. Ya no serán excomulgados (¡loado sea Dios!). En aquella época, recién salidos del franquismo, en plena transición, recién aprobada la ley del divorcio, las separadas y divorciadas eran anatemizadas socialmente, eran consideradas más putas que las gallinas, digámoslo así, en lenguaje vulgar, coloquial, obsceno, en un lenguaje que hace vomitar pero que se empleaba antes y se emplea ahora. Una separada o divorciada era lo peor de lo peor, la creme de la creme de aquella época. Porque los hombres separados o divorciados, y más si eran unos don juanes, si se “tiraban a todo lo que se moviera”, si tenían amantes y todas estaban muy buenas… entonces eso era otra cosa, muy diferente…¡ya lo creo!

Pues bien, para mi madre era inaceptable que yo, un joven educado en un colegio religioso, que en su tiempo fue para fraile y sacerdote, ahora le dijera que le importaba un pito que alguien estuviera divorciado o no, yo había dejado de lado mis creencias religiosas católicas y andaba en coqueteos con el esoterismo, los rosacruces, el budismo, el zen y un montón de cosas más. Que no, madre, que no, que para mí el que ella esté divorciada no significa nada, no es importante, yo la amo, estoy enamorado de ella y punto. De punto nada, no quiero que te cases con una divorciada, ¡qué van a decir en el pueblo, qué va a decir el resto de la familia! Y punto. Además tiene un hijo que no es tuyo. Que ya lo sé madre, que no me importa, que le querré como a un hijo, que para mí la sangre no es más que sangre, lo que cuenta es el afecto. Se echó a llorar, no podía soportar la tensión. ¡Tanto como hice por ti! Me recordó el sacrificio que les supuso dejarme ir interno al colegio religioso, y cuando estuve a punto de morir de anemia, los filetes de hígado que me compraba y el ponche con jerez y… Yo estaba ya muy harto, hartísimo, pero cuando me dijo que se habían informado de la vecina, que trabajaba en el hospital como costurera y que según ella había escuchado, no solo a sus compañeras, sino al parecer a ella, comentar cosas sobre sexo y cómo muchas se acostaban con médicos y aquello parecía, según ella, la costurera, Sodoma y Gomorra, la depravación más grande que jamás se viera, y por lo tanto no podía casarme con una mujer que me iba a poner los cuernos siempre que quisiera, a mí que era un pazguato, un tonto, buena persona, eso sí, pero tonto hasta decir basta, no se atrevió a llamarme loco porque sabía de mis cóleras. Según le dije hacía más caso a una vecina cotilla, costurera en un hospital, solterona avinagrada y demás que yo sabía porque la conocía, que a su hijo que llevaba tiempo con una mujer a la que quería, con la que había hablado mucho y que no era tan tonto, como ella pensaba, como para no darse cuenta de que era una maravillosa mujer, una buena persona, que había sufrido mucho, que intentaba salir adelante en una sociedad gazmoña, estúpida, recién salida del franquismo, donde la religión le salía a uno por las orejas, una religión sin sentido, dogmática, dictatorial. Que nada de lo que ella me dijera me importaba, que no iba a hacer caso a una mierdecilla de persona, a una vecina cotilla, solterona, avinagrada. Que ya estaba bien de tonterías, que yo no pensaba como ella, como ellos, que yo era un hombre culto, inteligente, que me dejara en paz con esas monsergas.

Pero no me dejó, insistió y terminé por perder los estribos. Para evitar darle un sopapo, algo imperdonable (incluso en una persona que intentaba chantajearme con su condición de madre para que renunciara al amor de mi vida, para renunciar a todo, solo por el qué dirán de cuatro payasos en el pueblo, del resto de la familia, personas con poca cultura, de pueblo, que vivían la religión como una costumbre ancestral que era preciso respetar a cualquier precio) hice algo que sería muy largo de explicar, por eso lo dejo para el Gran secreto de mi diario. Miré sus pechos como si estuviera en toplés, como si en lugar de ser mi madre fuera una desconocida, la vecina. Era rabia no lujuria, era cólera brutal, no deseo. La desconcerté por completo, no se lo podía creer, finalmente, cuando se lo creyó, se echó a reír, era una risa malvada, de bruja, era algo espantoso, como si en lugar de tratarse de mi madre fuera una bruja del bosque del cuento de hadas, del tonto de capirote y la bruja malvada. Finalmente se calmó, nos calmamos, insistió por última vez. ¿No vas a dejarla? No, y si insistes, si me pones entre la espada y la pared, si me obligas a elegir entre ella y tú, que sepas que la elegiré a ella, no tengo la menor duda.

Sigo estando orgulloso de mí, de lo que hice. A pesar de ser un enfermo mental, a pesar de estar ya en la etapa del loco de León, a pesar del pánico que sentía a perder los estribos, de montar en cólera, tuve la frialdad de actuar como actué, de utilizar la herramienta de los pechos para tirarle a la cara que nunca, jamás, le haría caso. Me costó Dios y ayuda, me desgarré por dentro, pero lo tenía claro, siempre lo he tenido claro, aún ahora, divorciado y solo, aunque supiera que la vida me hubiera ido mejor de no haberme casado con ella, lo habría hecho sin dudar.

No es de extrañar que ahora, enfrentado a Carmen, a la doctora, que deseaba hacerme una batería de tests para diagnosticar mi enfermedad mental, me dejara llevar también por esa conducta, que nadie jamás ha comprendido pero que yo sigo comprendiendo muy bien, y utilizara los pechos de Carmen como un instrumento para hacer daño, como una pedrada en la cabeza. Sabía que si decía “NO” me retendrían más tiempo, me aumentarían la medicación, tal vez me ataran con correas. Quienes no han vivido nunca una experiencia de este tipo en un psiquiátrico no pueden saber lo que se puede llegar a hacer para evitarlas, mentir, manipular, engañar, decir verdades a medias, perder la dignidad… Todo sirve para alcanzar el objetivo de librarse de una reclusión mayor a muerte en un centro psiquiátrico. Además los pechos de Carmen eran preciosos, rotundos, llamativos, una delicia. Mataré dos pájaros de un tiro, me dije, dejaré bien claro que sus tests me parecen una mierda, que lo hago por lo que lo hago, porque no tengo otro remedio, y al mismo tiempo disfrutaré de esa delicia que me está volviendo loco.

Pero aquella era una mujer de carácter, de armas tomar, no se dejaría impresionar por un loco de tres al cuarto que pretendía amedrentarla.

Continuará.





EN EL CENTRO DE LA OSCURIDAD

24 11 2015

 

BREVE INTRODUCCIÓN: Aprovechando que le he mandado por correo este relato a V. un enfermo con una fobia como la mía, que por lo que veo lo está pasando muy mal y que me contactó en mi blog, El guerrero impecable, quiero subir aquí este relato, tal vez el más negro que haya escrito nunca, y que si bien coincidió con la tragedia del 11S ya lo venía mascando durante algún tiempo antes. Fue mientras escribía este terrible relato que aún me aterroriza cuando decidí ponerme en serio con el humor. Fue por entonces cuando nacieron gran parte de mis personajes humorísticos. Al mismo tiempo, según recuerdo, este relato me dejó tan, tan tocado, que decidí o comenzar o darle un gran empujón a Diario de un gigoló, un relato erótico muy delirante que sirvió de contrapeso a la espantosa oscuridad que me envolvía. De nuevo Eros y Thanatos en un estrecho coito, tan espantoso como placentero.

NARRACION.- Relato corto nacido del trauma del 11 de septiembre. Acontecimientos como aquella terrible tragedia contemplada en directo por la televisión le hacen preguntarse a uno qué es el ser humano y qué puede esperarse de él.

EN EL CENTRO DE LA OSCURIDAD

Algunas veces intento atisbar un rayo de luz que alegre mis ojos, pero no es fácil ver el sol, aquí en el centro de la oscuridad. Me acerco a la puerta e intento mirar a través de una rendija. Pongo mi mano temblorosa en el picaporte y empujo suavemente, muy suavemente hacia mi. La puerta se entreabre chirriando, con angustia, y casi, casi puedo palpar esa luz en la que he depositado toda mi esperanza de salvación. De pronto, ¡zas!, la puerta se cierra violentamente.
Es el demonio de la manía, el viejo mito de la obsesión: no le hagas caso. No soporta que te sientas libre bajo su férrea mano oprimiendo tu cogote; aprieta, oprime tu nuca, está a punto de descoyuntarte los huesos. El demonio de la manía se disfraza de mil formas: hoy tienes miedo de la gente, ayer no soportabas la luz, mañana no serás capaz de sufrir la angustia de mirar el invisible rostro de la nada. Hagas lo que hagas todo es vacío: el sin sentido de encontrar una razón para seguir viviendo.

Vuelvo al centro de la oscuridad y doy una, dos vueltas; al menos así me siento seguro. No puedo ver a nadie, es cierto, pero nadie puede verme a mí. Desahogo mi locura gritando, dando patadas en el suelo; finalmente me dejo caer como un peso muerto. Agotado, el cuerpo se encoge como un fetillo, la mente comienza a moverse circularmente como un trenecito de juguete, cada vuelta la locomotora pita una vez, es un sonido largo, vibrante, horrísono, que se repite en el mismo intervalo de tiempo. Cuento: un, dos, tres. Me detengo, es inútil; el tiempo se repliega una y otra vez aterrorizándome como la visión de una serpiente de cascabel escondida en la maleza.

SERPIENTE CASCABEL

Desde el centro de la oscuridad alargo la mano hacia el teléfono, marco un número que es un hito en mi vacía memoria. Espero el sonido de llamada, cuento: un, dos, tres. Una voz dice:

-¿Sí?

Está al otro lado de la oscuridad. Mi boca se abre como caverna apestosa y farfulla incoherencias. La voz que responde desde el otro lado te conoce bien, dice: “No te preocupes, ya sabes que es una simple manía neurótica, mañana te habrás olvidado de todo. Necesitas compañía; sal de ti mismo y busca a cualquier persona con la que charlar un poco, te vendrá bien”.

Se oye un golpe en el silencio, has colgado el teléfono, ahora buscas a tientas un lecho revuelto donde has pasado un tiempo indefinido de tu vida. La negrura es cómoda; en ella sabes que hay una puerta, un teléfono y un cómodo lecho. Te dices que no hay motivo para hacer de ello una tragedia, otros que viven en la luz no tienen una puerta que les proteja del exterior; imaginas que tampoco tienen teléfono por lo que se ven obligados a hacer señales de humo como los indios en la gran llanura; también imaginas que al acostarse se dejan caer sobre un lecho de puntiagudas piedras. Pero eso no te consuela, piensas….pienso, luego …. existo (creo).

En el centro de la oscuridad las noches se repiten, se transforman en una única noche eterna. Anhelas dormir, dormir el sueño eterno, pero el engranaje desquiciado de tu mente lo impide, te obliga a despertar una y otra vez, una… y otra vez. Decides contar ovejitas: una, dos, tres… Caes en la cuenta de que no sabes qué es una oveja, solo por referencias; en el centro de la oscuridad las ovejas son de color negro lo mismo que los caballos, las perros, los otros, tu cuerpo, tus pensamientos…. todo se confunde en la negrura. Te maldices en silencio y también maldices a los otros; acabas blasfemando para terminar echándote a reír: “Si Dios existiera no podría encontrarme aquí en el centro de la oscuridad”.

 
Por fin tu mente se detiene con un chasquido. Despiertas porque alguien te ha pisado, notas cómo te patean. Oyes voces: “es un depresivo, un loco, pero podría tener un poco de consideración y quitarse de en medio”. Te haces el dormido. Los que están despiertos, los que ven la luz tienen la obligación de ser normales. Los normales hablan, escuchan, asienten o discrepan, trabajan o disfrutan de vacaciones tomando el sol en una playa repleta de hermosos cuerpos semidesnudos de mujer. Deseas esos cuerpos, anhelas esas almas, pero están al otro lado, al otro lado de la oscuridad. En cambio tú dices odiar todo eso porque sabes que todo es vanidad. Repites: “Vanidad de vanidades y todo es vanidad”.

Las voces se alejan, te preguntas cómo han llegado hasta allí, hasta el centro de la oscuridad: la puerta estaba cerrada con mil cerrojos. Te preguntas: qué puerta, qué paredes, qué casa. No se puede construir una puerta con puntos de negrura, es imposible formar paredes con lienzos de oscuridad. Te preguntas: ¿entonces si no estoy aislado por qué me siento solo?

Te levantas y das una, dos vueltas. Si nada me lo impide encontraré a un amigo, formaré una familia, tendré un amor. Caminas en línea recta. Si mis pasos me llevan hacia delante al fin encontraré lo que busco, porque lo que uno busca siempre está delante: solo hay que caminar siguiendo esa bendita línea recta que siempre conduce a la meta. De pronto te das cuenta de que caminas en círculo, te paras, sitúas tu rostro mirando a la oscuridad, pones tus manos en los muslos y levantas una pierna, suavemente, luego la otra. Deberías seguir una línea recta, es lo que te dice la lógica. Te preguntas: qué lógica.. Te respondes: la lógica de la vida. Te preguntas: ¿la vida tiene lógica?. Te respondes: Aún no la he encontrado.

Click…

Tu mente se ha detenido de nuevo. Ahora notas que tu cuerpo dice: “Tengo hambre”. Buscas el refrigerador, lo abres, encuentras algo, se lo das a tu cuerpo a través de una rendija que llaman boca. El alimento baja por un tubo, se detiene; un proceso mecánico se pone en marcha. Notas que has calmado el hambre y piensas: “No puedo quejarme, tengo un frigorífico repleto de comida en el centro de la oscuridad. Otros que viven en la luz pasan días sin nada que llevarse a la boca excepto piedras para llenar su barriga y a veces hasta eso se les niega”. Piensas: “Me cambiaría por ellos ahora mismo, hasta las piedras deben tener buen sabor cuando se comen a la luz del día”. Te pones de nuevo cara a la oscuridad, sitúas las manos en los muslos, levantas una pierna, luego la otra. Caminas. Un…dos…Un…dos…Es preciso encontrar un ser hambriento iluminado por la hermosa luz del sol. Esa es la salvación: cambiar tu mente por la suya. Cuando percibas la luz no te importará comer piedras, tragar tierra. Te preguntas si a él le molestará no ver la luz mientras acaba con tu frigorífico repleto aquí en el centro de la oscuridad.

Sigues caminando. Un…dos…Un…dos. Te preguntas: ¿Y si esta oscuridad es un castigo por haber sido injusto con los comedores de piedras?. Te respondes: “No he sido yo quien ha hecho a los comedores de piedras, cuando nací ellos ya existían. Nací en la oscuridad, vine a un mundo de negrura y nadie me pidió permiso para nacer, no sé dónde estaba antes de ser consciente de esta noche. ¿Cómo puedo ser culpable de nada?”. Levantas la pierna derecha, luego la izquierda. Te sigues moviendo, no sabes si en línea recta o en círculo. Desearías oír otro “click” pero tu mente no se detiene, te absorbe, te regurgita, te empuja para acá, luego para allá. Piensas: “Si esto es la mente tal vez no sea tan malo ser un demente”.
Puede que ayer conociera la luz, si es así es fácil que haya perdido la memoria. Me he vuelto amnésico, esa es la razón de estar girando como una peonza en el centro de la oscuridad. Bajo la cálida luz del sol dividí a los hombres en comedores de piedras y ciudadanos del primer mundo. Tracé fronteras, la humanidad se dividió en enemigos que disparan y enemigos que reciben la metralla, dejé pasar un tiempo prudencial para darle la vuelta a la tortilla, así pude empezar otra vez el mismo estúpido juego. Hice a los torturadores, enseñé a los violadores, entrené a los terroristas, pagué a los mercenarios, estreché la mano de canallas sin escrúpulos y todo ello bajo una luz cegadora. Soy ese diablo del que hablan, un demonio del infierno, Satanás, Azazel, el ángel de la oscuridad. He perdido la memoria, esa es la causa de seguir caminando. Un…dos…Un …dos… aquí en el centro de la oscuridad.

Click…

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Por fin la mente se ha bloqueado. La locura es un bello mundo circular. Estoy agotado, detengo mi pierna derecha, luego la izquierda. Caigo hacia atrás, me encojo como un fetillo. Antes de hundirme en la nada pienso:” Si la mente pudiera crear mundos reales ya habría encontrado la respuesta pero por mucho que divague aún sigo aquí en el centro de la oscuridad”.
Me despierto, alargo la mano hacia el teléfono, repito el proceso y oigo una voz conocida diciéndome: “Te acecha la paranoia, la psicosis, la esquizofrenia, la locura. Sal de ahí, muévete, habla con alguien. La gente es buena, no la temas. Todos sabemos que los dictadores, los torturadores, los generales que aprietan los rojos botones que disparan misiles, los hombres de negocios que tiran al mar toneladas de alimentos, los políticos que han dictado las normas de la sociedad de consumo que se consume a sí misma día a día, todos ellos están hechos de la misma carne que recubre tus huesos; pero no temas, el dictador está a miles de kilómetros, el torturador vive en profundos subterráneos donde no llega tu mirada; los generales están en sus bunkers, los hombres de negocios en sus mansiones, los políticos en sus parlamentos; los terroristas que se esconden en la multitud con la pistola amartillada en su cinturón no te conocen, nunca han oído hablar de ti. Hitler fue una mutación genética. No encontrarás a nadie como ellos cuando salgas a la luz. Habla con tu hermano y la oscuridad se desvanecerá para siempre”.

¡Blum!…

He golpeado con tanta furia que el teléfono se ha roto en mil pedazos. Ahora esperaré pacientemente la locura absoluta.

Click…

La mente ha vuelto a detenerse, todo es silencio aquí en el centro de la oscuridad. No me consuela que el mundo de la luz no sea tan agradable como he imaginado, necesito salir de aquí. Busco a tientas la pared y golpeo contra ella la cabeza. Un…dos…Un …dos… Me digo: “ Tienes que ser normal”. Un…”Tienes que ser normal”…dos…”No tengas miedo”…Un…”No tengas miedo”…dos. “Olvídate de la neurosis, no eres un loco”…Un…”Olvídate de la neurosis, no eres un loco”…dos …”Soy un hombre feliz”…Un… “Soy un hombre feliz”…dos… “La vida es bella”…Un ..”La vida es bella”…dos… “Por mal que vayan las cosas siempre te quedará la muerte”….Un….Por mal que vayan las cosas siempre te quedará la muerte”…. Dos….
Estás sangrando, sangrando aquí en el centro de la oscuridad; puedo ver en el suelo el color rojo de tu sangre brillando: resplandece. Es un milagro, la negrura está retrocediendo.

S.O.S….

¿Alguien me escucha?….

S.O. S….

¿Alguien me escucha?…

S.O.S.

Click.





EL PROFETA MILAREPA Y SU DISCÍPULO KARMAFINITO

25 09 2015

EL PROFETA MILAREPA

NARRADO POR SU DISCÍPULO FAVORITO, UN GORDITO ESPAÑOL QUE TOMÓ EL NOMBRE DE ADEPTO KARMAFINITO.-

Es difícil saber con antelación los vericuetos que tomará tu Karma, bien sea individual o formes parte de un karma colectivo. En mi caso, mi karma colectivo es una entidad abstracta, aunque muy concreta a la hora de pagar los impuestos llamada España, porque algún nombre era preciso elegir para diferenciarla del resto. El karma que padece esta buena entidad no es moco de pavo (la inquisición, la guerra civil y otros muchos desastres que han dejado en su piel kármica un fuerte olor a chamusquina) aunque no mucho mayor que otros karmas colectivos que se arrastran por la superficie del planeta Tierra.

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En cuanto a mi karma individual, lo cierto es que pesaba tanto que lo iba arrastrando por los caminos, hasta que tuve la suerte kármica de darme de bruces con Milarepa, el gran profeta y sabio del siglo XXI. Puede que fuera suerte o sencillamente que el joven lama me atrajera como un imán, lo importante fue encontrarlo, porque a partir del momento en que me puso la vista encima noté como si el peso de mi zurrón kármico ( un “totum revolutum” de lujuria, santa cólera, gula, soberbia infinita y el resto de pecados capitales, aparte de algunos defectillos menores que no merecen ser nombrados) se aliviara, hasta el punto de respirar con más entusiasmo. Creo que en ello también influyó bajar diez kilos casi de golpe, debido a la dieta de arroz, bambú y tsam-pa (en otro momento les daré la receta) a que me sometió Milarepa.

Uno se encuentra  con muchas personas en el camino de la vida, con demasiadas, diría yo, pero son pocas las que te dejan alguna huella y menos aún quienes llegan a tocar tu corazón un instante. Encontrarse con alguien que cambie tu vida se puede calificar de auténtico milagro. Solo los auténticos elegidos tienen esa suerte. En mi caso además de suerte hallé un amigo, aunque como me dijo Milarepa en cierta ocasió: “son los enemigos los que nos transforman en profundidad, por eso deberías arrodillarte, amado chela karmafinito, ante cada uno de tus enemigos”.

Antes de conocer a mi maestro me resbalaban las religiones, las filosofías de oriente, los espiritistas, los ovnis, el esoterismo y hasta los valores morales. Llevaba una vida apática, comiendo abundantemente (con exquisitez si podía), refocilándome como un cerdo con las bellezas de la televisión o las procacidades de las películas porno (la lujuria es uno de mis karmas más pesados), trabajando lo menos posible y ocupándome tan poco de la cultura, que ni sabía quién había escrito el Quijote. Era un auténtico azote para los devotos y la gente de bien. Quien me hubiera dicho que al cabo de unos años me encontraría con un joven de cráneo mondo y lirondo, vistiendo túnica azafranada, los pies descalzos y portando una escudilla de madera, con la que pedir limosna de puerta en puerta, y que semejante esperpento iba a introducir su mano en mi interior, a través de la barriga, y darle la vuelta a mi alma, quien me hubiera referido semejante delirio habría tenido que aguantar mis risas durante años. Sin embargo sucedió y si me permiten les contaré a gruesos trazos esta caída del caballo sobre el duro adoquín de la calzada de Damasco.

En este desolado y pecaminoso páramo apareció Milarepa, como un carrito de helados en medio del desierto y de pronto me vi abocado a la más apasionante de las aventuras que puede emprender un ser humano: la búsqueda de sí mismo. Milarepa era un joven tibetano, que por azares de la fortuna y coacción del destino, en forma de chinito con coleta y fusil, tuvo que emprender un doloroso exilio por medio mundo hasta recalar en este país de nuestros pecados. Había hollado nuestro sacro suelo con objeto de dar unas cuantas conferencias sobre mística tibetana y así poder recaudar unas pesetillas para ayudar a los refugiados, que desde las llanuras de la India contemplaban, los ojos llorosos, el Himalaya, donde están situadas las cumbres místicas del planeta.

No entiendo cómo semejante noticia llegó a mis castas orejas, que pocas veces escuchan la radio o penetró por mis ojillos picarones, que huyen de los telediarios y de la prensa. Fuera como fuese el caso es que me veo entrando en un salón de actos de alguna entidad bancaria (¡santa paradoja!) de mi ciudad, donde el lama Milarepa daba una conferencia titulada: “Misticismo tibetano y la realidad de nuestro tiempo”. Ni me imagino cómo pude llegar hasta allí. Tal vez fuera invierno –de los crudos- y yo me encontrara paseando cerca, el rostro amoratado por el frío y las orejas tiesas y rojas como brasa de pitillo (por aquel entonces fumaba como un carretero). Seguro que busqué la puerta más cercana, a través de la cual se perdiera una vaharada de calorcito. El caso es que entré, sentándome en la última fila de butacas, y me puse a soplarme las manos con fruición.

Nadie niega hoy que Milarepa tenga el don de la palabra, que sea capaz de encandilar al oyente con sus historias de misticismo tibetano, repletas de humor, de interés humano y con su pizca de suspense. Pero la conferencia que entonces escuché fue un auténtico rollo macabeo, si me permiten utilizar la jerga con la que entonces intentaba comunicarme con mis semejantes. Solo hablaba tibetano, ni una palabra de inglés(de nada me hubiera servido) o de castellano. Para traducir su discurso, que iba escupiendo sin la menor prisa, habían puesto una intérprete del Ministerio de Asuntos Exteriores Español que había estado destinada en Katmandú una temporada. La tal señorita era guapa, guapísima, pero su traducción generaba constante hilaridad entre la concurrencia. Creo que fue su atractivo el que me ayudó a entrar en calor en unos minutos. Entonces hubiera podido levantarme y salir a la calle, donde podría haber tomado un taxi y haberme plantado en casita en un santiamén. Pero fue su carita de rosa la que me clavó al asiento. Porque lo cierto es que las palabras tibetanas de Milarepa me interesaban muy poco.

Y aquí debo tomarme un respiro porque en mi vida hay un antes y un después, un antes de la conferencia de Milarepa y un después de la conferencia de Milarepa. Dicho así parece una tontería, pero hoy ni mi propia madre me reconocería (la pobre expió su karma hace unos años y ahora estará reencarnada en algún cuerpo modelado a la medida de su evolución espiritual). En cuanto a la intérprete volví a encontrarla, siendo ya discípulo de Milarepa, en Calcuta, vistiendo un precioso shari. Era la esposa del cónsul español y su atractivo sensual había madurado y aquilatado como un diamante en manos de un genial tallador. ¿Pueden creerme que ni siquiera noté un cosquilleo libidinoso en la yema de mis dedos?. Estaba en el camino de la budeidad y nada ni nadie iba a obstaculizar mi ascensión hacia la Luz Suprema.

Continuará.