EL LOCO DE CIUDADFRÍA IX (NOVELA)

21 03 2017

El loco logró tranquilizarse, se levantó sangrando por manos y frente y salió del salón. Yo lo seguí, temiendo una desgracia. En realidad se dirigió a la cocina para hacerse con una escoba y un recogedor. Suspiré aliviado. Me ofrecí como señora de la limpieza, no sin antes sugerirle que lo primero era curar las heridas, porque lo estaba poniendo todo perdido. Me dio las gracias, con mansedumbre franciscana y ambos tomamos el camino del baño.  El loco puso las manos bajo el chorro del grifo, en el lavabo. Observé preocupado que en su palma izquierda se había incrustado un trozo de vidrio. Le hice notar la necesidad de sacarlo y desinfectar la herida. Él me señaló un tarro de cristal, en el que pude ver un peine, unas tijeras y curiosamente unas pinzas, como las que usan las mujeres para depilarse las cejas. Ese detalle me sorprendió. A punto estuve de preguntarle si lo había olvidado alguna mujer.  Los efectos de la borrachera se me hacían más y más evidentes. Como bien sabía mi esposa, una cantidad indiscreta de alcohol acostumbra a ponerme rijoso e insufrible. La imagen de una mujer desnuda, depilando las cejas del loco, me hizo soltar una risita nerviosa. Comprendí que el alcohol había arrinconado definitivamente las emociones dramáticas en mi subconsciente y en su lugar las sensaciones eróticas no dejarían de molestarme el resto de la noche. 

 Loco b

Pero lo primero era lo primero. Con las pinzas extraje el pequeño cristal de su carne. Debió de ser muy doloroso, aunque el loco no protestó, se limitó a cerrar los ojos y apretar los dientes. Busqué en el armarito un desinfectante. Rocié la herida con agua oxigenada. Esta vez el loco soltó un “cagamento”. Así los llamaba mi padre siendo yo un niño, “cagamentos” o reniegos. “Caguen tal, caguen cual”.  Así renegaban en mi pueblo. Por mi parte nunca pasé de un ingenuo “caguen diez”. 

 Con un trozo de algodón limpié las heridas de la frente y luego las vendé todas con mucho algodón y trozos de venda que pegué con esparadrapo. El loco me quedó tal como una momia recién salida del sarcófago. Hubiera disfrutado mucho embalsamándolo y vendándolo de cuerpo entero. Luego podría llamar a una prostituta. Estaba dispuesto a pagarla de mi bolsillo, con tal de ser espectador de la escena. Mi cerebro bullía con imágenes eróticas de todo tipo. La borrachera llevaba ese derrotero y no habría ya forma humana de parar su andadura.

 

 Decidí llevar a cabo la broma de la puta. Llamaría por teléfono y luego se la embriscaría al loco. Puede que con un poco de suerte me dejara presenciar su coito. Al fin y al cobo yo sería el pagano.  Todo se vino abajo cuando recordé que nunca había utilizado los servicios de estas profesionales.

¿De dónde sacaría un número al que llamar? No precisamente de las páginas amarillas.  Volví a reírme, comprendiendo que aquella fantasía era solo producto del alcohol. Estaba tan tomado que necesitaba urgentemente sentarme en el sofá y dejar que los efectos de la borrachera fueran remitiendo con el tiempo. 

Obligué al loco a regresar al salón, lo senté en el sofá y ante sus protestas me vi obligado a hacerme cargo de la limpieza. Con la escoba y el recogedor despejé el suelo. Cuando regresé de la cocina me dejé caer en el sofá y estuve riéndome un largo rato.  El loco observó la botella vacía, se levantó y sacó otra del mueble bar, esta vez de vodka. Bebió a morro. Después, con vocecilla de maricón me pidió disculpas.

 -Lo siento mucho. Le ruego me perdone. Cuando me dejo llevar por la cólera y pierdo el control soy capaz de las mayores barbaridades. 

-No importa, jaja. No importa. 

 No era yo quien hablaba, sino la borrachera. A pesar de tener los ojos entrecerrados era capaz de verlo todo con gran nitidez. El loco presentaba una estampa verdaderamente ridícula, con las manos vendadas y una gran venda circundando su oronda cabeza. Yo no era precisamente una maravillosa enfermera. Mi esposa se habría caído de culo de la risa de habernos visto en aquel momento. El suelo del salón aparecía salpicado de manchas de sangre, como seguramente estarían el pasillo y el cuarto de baño. Muy propio de una película barata de terror. Bastaría con apagar las luces y mezclar con la sangre un producto fosforescente para que cualquiera que entrara se cagara en los pantalones. 

 No pude controlar otra vez la risa floja, que como un esfínter sin control expulsaba todo lo que le iba llegando. En la euforia etílica –le arrebaté al loco la botella y eché otro trago- estuve a punto de plantearme seriamente llamar a una puta y rematar la noche. Imaginé la escena.

¿Información? ¡Dígame! Me gustaría que me facilitara el teléfono privado de una buena puta, limpia, bella, rubia, una auténtica madraza. ¿Está usted loco? Consulte los anuncios de la prensa.  Eso era. Me bastaba con mirar en los anuncios de cualquier periódico.  Pero yo no había visto un solo ejemplar y no era cuestión de preguntarle. Creo que lo habría hecho, de no pensar un segundo en la posible reacción violenta del loco. Eso me volvió sobrio un instante, el tiempo suficiente para descartar definitivamente esa posibilidad. 

-Lo siento. Le ruego me perdone. Se lo pido de corazón. Volvió a insistir el loco, que se echó el gollete de la botella a los labios y trasegó hasta quedarse sin respiración. Creo que estaba más borracho que yo, aunque lo llevaba de forma mucho más trágica. 

-No importa, jaja. No importa. 

Era incapaz de repetir otra frase, la risa me atragantaba y tuve que ponerme en pie e intentar darme con una mano en la espalda para desbloquear mis tubos respiratorios. El loco no se molestó por mi risa. Al contrario parecía asumirlo todo como una penitencia necesaria para redimir sus terribles pecados. 

 -¿Quiere que le cuente cómo salí del frenopático? 

-Si usted quiere…

  Lo que yo realmente deseaba saber era el mayor número de detalles sobre la vida sexual del loco. Pasarme el resto de la noche charlando sobre sexo. Reconozco que mis borracheras son insufribles en ese aspecto. Me pongo muy faltón, sobre todo si hay mujeres presentes. Gracias a Dios allí no había ninguna. El loco estaba más calmado, como un actor que acaba de representar una escena durísima, y al que le basta con carraspear unos instantes para adoptar su verdadera personalidad. Se mostraba muy serio y compungido. Cerré los ojos y me dejé llevar por la historia, al tiempo que la imagen de la puta entrando en ese momento al salón y arrojándose sobre aquel loco trágico y ridículo a un tiempo, casi me hace reír de nuevo. 

-Odio la hipocresía, la mentira, la farsa. No obstante reconozco su utilidad, porque fueron ellas las que me permitieron salir de aquel infierno. 

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“Me transformé en un gusano con patas. Un gusano que adoptara la forma antropomórfica (como en el relato de Kafka, solo que al revés) no se hubiera comportado de forma diferente. Me convertí en un joven alegre, simpático, cordial. Reconocí humildemente mis errores. Admití mi locura y confesé mis deseos de curarme. Al cabo de un mes todos estaban convencidos de que yo era un hombre nuevo. El psiquiatra se pavoneó de lo efectivo de sus métodos. Al cabo de dos meses me dio el alta, encantado de haberme conocido. Mis padres… 

-Perdone. Pero después de la escenita que me ha obligado a presenciar, me gustaría pedirle un favor. 

-Dígame.  Espero que no se moleste, pero llevo toda la noche deseando hacerle esta pregunta. 

-Hágala. No importa de qué se trate. Aunque fuera la pregunta más íntima e indiscreta, estoy deseando purgar mi pecado. 

-Me alegro de que piense así. Verá… ¿Qué saca usted de mirarle el pecho a las damas? ¿Se pone cachondo? 

El loco me miró con una tristeza infinita en sus enrojecidos ojos. Me sentí mal, viendo en su mirada la profunda decepción que mi pregunta le había producido. Con el tiempo llegaría a saber que después de un estallido de cólera era posible lograr de él casi cualquier cosa. Su humillación y su deseo de hacerse perdonar resultaban repugnantes, algo hediondo, algo que uno nunca puede olvidar. Me recordó al personaje de Dickens, Uriap Heep, creo que se llamaba, en su novela David Coperfield. Sin duda el personaje más repugnante y hediondo de toda la historia de la literatura. 

 -Está bien. Se lo contaré. Nada tengo que perder. Seré totalmente sincero con usted. A cambio algún día le pediré igual sinceridad. 

-Se lo prometo.

-Pues bien… Se trata de una especie de técnica tántrica. ¿Sabe qué es el tantrismo? 

-Algo he oído. 

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-Las filosofías materialistas todo lo achacan al cuerpo y a las leyes de la materia. Sin embargo la mente es mucho más poderosa. La energía es más elevada que la materia. El orgasmo no es solo ni principalmente un efecto hormonal. Un estímulo que hace acudir sangre a los órganos sexuales y éstos se disparan hasta llevar a efecto aquello para lo que están preparados. Nuestra mente controla nuestro cuerpo y la energía que somos está a su servicio. Estoy convencido de que el orgasmo es algo mental, lo mismo que la vida y el universo. La materia solo es el ropaje, el vestido, que adapta la energía, que es la esencia de todo lo creado. 

“Pues bien. Le aseguro por propia experiencia que se puede alcanzar el orgasmo solo con la mente. La fantasía puede llevarnos aún más lejos que el contacto de dos cuerpos desnudos, piel con piel. 

“Aunque no se lo crea, de esta manera he alcanzado los orgasmos más intensos y maravillosos de mi vida. Solo se me ocurre una metáfora: el éxtasis erótico. Creo que el éxtasis místico y el erótico proceden del mismo tronco, aunque el primero es aún más elevado y espiritual. 

“Me basta con relajarme, con entrar en un estado alterado de consciencia e imaginarme haciendo el amor con una mujer, para que esto se haga realidad de una forma que resulta incomprensible para quienes no lo hayan experimentado… 

-¿También le ha sucedido con mi esposa?

 Me arrepentí antes de haber formulado aquella pregunta. ¿Qué me estaba sucediendo? La maldita borrachera me llevaba más lejos de lo que nunca me habría llevado fuera de la presencia del loco. Solo con el tiempo llegaría a saber el terrible error que acababa de cometer. Es de mal narrador adelantar los acontecimientos, sin embargo como esto no es exactamente un relato, sino más bien la documentación de una locura, me puedo permitir ese lujo. Aquella estúpida pregunta cambió mi vida para siempre. De no haberla hecho tal vez hubiera continuado siendo un cuerdo normal y feliz. A partir de ese momento mi vida entraría en la locura y solo Dios sabe lo que pagaría por hacer retroceder el tiempo y no haberla formulado. Debí haberme mordido la lengua o llenado la boca con algodón y cerrado mis labios con esparadrapo. ¡Maldita sea mi estampa! Como diría el loco. Pude haber elegido otro camino y no lo hice. Pagaría esa culpa el resto de mi vida. 

 El loco me miró casi con lástima, una tristeza infinita latía en sus ojos apagados. El sí era consciente, como supe más tarde, de que yo había pasado el límite del que ya nunca se puede regresar. 

 -Su conducta solo es explicable por la borrachera que lleva encima, aún mayor que la mía. Aún así le prometo que un día, no muy lejano, tal vez más próximo de lo que yo mismo pienso, se arrepentirá de sus palabras. 

-¿Qué piensa hacerme? 

-Yo no haré nada. Pero el karma actuará sobre usted, antes o después.

 

 





CARTAS SOBRE EL ENFERMO MENTAL V

20 03 2017

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Perdona, te mandé el correo sin haber terminado. Continúo en este.

¿Te importa cambiarme el puesto, tú te quedas con él cáncer y yo
me quedo en tu cuerpo, viéndote sufrir?

Muchos familiares no soportan no poder hacer nada y por ello se
pasan el día observando al enfermo, sus síntomas, sufriendo con él,
tomando decisiones que solo competen al enfermo. Les hacen un daño
terrible controlando sus vidas y no se dan cuenta. Cuando intentas
convencerles de que nos bastaría con que nos escucharan, con que nos
abrazaran de vez en cuando, con su cariño, se quedan muy sorprendidos,
como si esperaran que un mendigo, en lugar de pedirles un abrazo, les
tuviera que pedir todo su dinero, su casa, su coche, sus ropas, todo.
Pues no, ese mendigo solo necesita un abrazo en ese momento, eso es
todo. Una vez que los familiares lo comprenden pueden ayudar mejor al
enfermo, de esta manera ellos no están tan tristes, tan deprimidos,
tan agotados de ese esfuerzo terrible de vivir la vida de otro, y
cuando el enfermo los necesita están a su lado, vitales, alegres, con
fuerzas renovadas. Como yo les he dicho a muchas madres,
especialmente, si tú no te cuidas, si enfermas, si estás peor que tu
familiar enfermo mental, ¿cómo le vas a cuidar? Casi habría que dejar
de tratar al enfermo para tratarte a ti,porque estás peor.

Punto 3.- Esto es algo que resulta incomprensible a la
mayoría de las personas que tratan con enfermos. ¿Cómo no va a poder
hablar si no es un mudo, si puede hablar como nosotros? ¿Por qué se
encama, se aísla, y no quiere saber nada de nosotros, que podemos
ayudarle? ¿Cómo que es incapaz de contarnos lo que le pasa? ¿Acaso es
tan difícil?

Esta incomprensión hace que algunos familiares piensen que el
enfermo está haciendo comedia, que es un mentiroso, un manipulador,
que actúa así para chantajear a sus familiares y conseguir cosas que
todo el mundo consigue con normalidad, hablando, intercambiando, con
una frase amable, pidiendo un favor. Cuando el enfermo se encama es un
vago, cuando no habla es que se está vengando de nosotros por algo que
le dijimos, cuando nos miente y nos oculta algo lo que busca es tratar
de esconder su mal carácter, su maldad, como los malos se ocultan para
cometer sus fechorías. De aquí a negar la enfermedad mental solo hay
un paso. Muchos familiares llegan a negar la enfermedad mental de su
ser querido solo porque son incapaces de comprender este tipo de
conductas y creen que si admiten que el otro está enfermo están
aceptando sus mentiras, su chantaje, su manipulación para siempre y
esto es tan absolutamente inaceptable para ellos que prefieren negar
la evidencia, negar la enfermedad mental. Puede que la OMS diga que
existen las enfermedades mentales, no lo niego, pero concretamente mi
familiar no está enfermo, lo que hace es mentir y utilizar una
supuesta enfermedad mental para hacernos daño, porque está claro que
es una mala persona y su conducta así lo demuestra.

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La respuesta de todo enfermo mental (la he presenciado
muchas veces) es la misma: si tú estuvieras en mi piel lo
comprenderías. Y en efecto es así. Porque cuando un familiar te dice
que él también sabe lo que es estar deprimido, está comparando un
estado de ánimo bajo durante unos días, con un estado de ánimo
desesperado, infinitamente angustiado durante meses y meses, sin
descanso. Cuando él te dice que él sabe muy bien lo dura que es la
vida, está comparando un estado de ánimo triste ante las tragedias de
la vida con lo que es un deseo intenso, desesperado, infinito de morir
para olvidarte de las tragedias de la vida, para no tener que pasar
por eso. Un familiar, por triste y deprimido que esté, por mucho que
sienta las tragedias de otros al verlas en los telediarios, por mucho
que acepte y comprenda que la vida a veces es terrible, no ha llevado
este sentimiento hasta el extremo, hasta no poder respirar, hasta
sufrir una angustia infinita que lleva al enfermo al intento de
suicidio. Ante algo tan evidente intenta manipular, también él,
haciendo ver al enfermo que sus intentos de suicidio son una farsa,
una comedia teatral, que solo  lo hace para llamar la atención.

Y aquí te dejo un enlace, sobre las estadísticas de suicidios en
España en el año 2013

http://www.elconfidencial.com/espana/2015-03-16/el-suicidio-un-eterno-tabu-en-espana-pese-a-las-3-870-personas-que-murieron-asi-en-2013_727954/

Es cierto que muchas veces un enfermo planifica suicidios de
pacotilla solo para llamar la atención, es un mecanismo de defensa
bastante mezquino pero que el enfermo utiliza porque no tiene otra
cosa para intercambiar. Los demás pueden intercambiar muchas cosas en
las relaciones sociales, interpersonales, el enfermo solo cambia su
dolor, su sufrimiento, porque no tiene otra cosa. El hecho de que
tantos suicidas lleguen a conseguirlo indica bien a las claras que no
lo han hecho para llamar la atención, que lo han ocultado para que no
se enteraran y pudieran ayudarles, que su planificación del suicidio
ha sido  meticulosa y efectiva. Solo los que hemos vivido lo que se
siente el minuto antes de intentar el suicidio, sabiendo que existe un
99 por ciento de posibilidades de que pasado ese tiempo no estés vivo,
podemos hablar con base real de la infinita angustia que te acomete y
de lo que debe ser el sufrimiento de la enfermedad para intentar hacer
algo así, para luchar a sangre y fuego contra los instintos de
supervivencia, intentando anularlos.

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Si fuéramos capaces de comunicar esos sentimientos
terribles de angustia tal vez nunca llegáramos a intentarlo, porque
como se suele decir un enfermo que habla de suicidarse es más fácil
que no lo intente en comparación con otro enfermo en su misma
situación que no habla de ello.  No hablamos porque la enfermedad
produce esos efectos en nosotros, como una enfermedad física concreta
genera un dolor concreto en una parte del cuerpo. Es cierto que sería
más fácil hablar y comunicarnos si en nuestro entorno, familiares y
demás personas, fueran más receptivos y cariñosos. Si les dices que
estás mal te responden que tú siempre estás mal, con lo que te callas.
Si les dices que quieres morir te responden que ellos están peor que
tú y no piensan en morir porque no dejan que la tristeza se apodere de
ellos, que lo que sucede es que no tienes voluntad, que eres tan
infantil como un chupete. Entonces te sigues callando. Si les dices
que no puedes ir a trabajar porque la depresión es terrible y te
paraliza el cuerpo, te responden que eres un vago de siete suelas.
Cuando te obligan a hacer algo que no quieres hacer y en lugar de ser
asertivo y fuerte, dejarles bien claro que tú tienes las riendas de tu
vida y tú decides, en lugar de ello adoptas conductas patológicas de
mentira y manipulación, de chantaje emocional, dicen aquello de “no se
le puede decir nada porque luego se deprime y quiere morir”, “en
cuanto le fuerzas a hacer algo que no quiere hacer saca la enfermedad
y no le sacas de ahí”.

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Si un enfermo actúa como actúa no es porque sea un
masoquista o porque quiera hacer daño. Algo falla en algún lugar, tal
vez en el alma. Puede que la química del cerebro no esté bien, puede
que haya un gen torcido, pueden ocurrir muchas cosas, pero lo cierto
es que la depresión del enfermo no es como la depresión de otra
persona que no ha sido diagnostica de enfermedad mental, ni toma
medicación, ni ha intentado suicidarse nunca. Puede que en el enfermo
fallen las hormonas cerebrales, la química del cerebro, los genes, y
en los demás no. No lo sabemos puesto que las farmacéuticas están más
ocupadas en ganar dinero con la medicación para enfermos mentales que
en investigar la química del cerebro para descubrir realmente porqué
se produce la enfermedad mental.

Un enfermo mental en plena crisis o brote psicótico suele estar
en su mundo de “colorines”,fuera de realidad, delirando. No le puedes
pedir a un delirante que se comunique contigo porque tú estás en tu
mundo, el real, o el supuestamente real, y él está en otra dimensión,
en un delirio alucinatorio, donde sea, pero en otra parte, los puentes
se han roto y entonces solo queda el cariño.

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Punto 4.- La ley de los tres círculos me la inventé yo, como
una metáfora de cómo son las relaciones interpersonales y sociales. En
cada círculo están unas determinadas personas y no otras, están allí
porque el tipo de relación es diferente, cada círculo tiene unas leyes
de obligado cumplimiento, y la estancia en cada círculo no es
indefinida ni eterna, vamos saltando de círculo en círculo, bien hacia
dentro, hacia el primero, el círculo del afecto más íntimo y profundo,
o bien hacia afuera, somos expulsados del primer círculo como Adán y
Eva lo fueron del paraíso terrenal. Teniendo en cuenta que cada
persona se crea sus círculos y que el hecho de que tú tengas a una
persona en tu primer círculo no implica necesariamente que él te tenga
en el suyo la complejidad de este entramado es casi infinita.

Una persona no enferma tiene sus protocolos, sus normas
de conducta, suele estar mucho más sometida a las reglas sociales o
“al qué dirán” que un enfermo mental. La razón es simple, el no
enfermo tiene mucho que perder y el enfermo no tiene nada que perder.

Mientras que una persona no enferma puede discutir con
un familiar, alguien del primer círculo, y decidir expulsarla, es
decir, retirarle su afecto, el trato, la convivencia, este tipo de
decisiones son muy difíciles y siempre se intenta “arreglar las cosas”
de alguna manera. Vamos a ver si podemos hablar, si calmamos los
ánimos, si retomamos donde lo habíamos dejado, tú me pides perdón, yo
te pido perdón y todo fue un calentón ( y perdón por el pareado
humorístico).

Mientras que el no enfermo está muy preocupado por las
consecuencias sociales de sus actos, por cómo les verán los demás, si
hacen esto o aquello. Un enfermo puede tomar la decisión de arrojar a
alguien de su primer círculo, sin muchas dudas, sin tener que
pensarlo, le basta con un estallido de cólera y ya está. Unos padres
quieren internarlo contra su voluntad, les llama de todo,les maldice,
rompe con ellos, les arroja de su primer círculo y no pasa nada. No
pasa nada porque el enfermo no tiene nada que perder. No importa que
le llamen loco porque se lo están llamando desde que afloró su
enfermedad mental, hace ya muchos años. No importa que sus padres se
sientan ofendidos y le rechacen porque él está convencido de que lo
llevan haciendo mucho tiempo, porque nunca le han aceptado como
enfermo ni le han dado cariño. El enfermo no tiene nada que perder
porque ya lo ha perdido todo, el cariño, la consideración,la dignidad,
la imagen social, la esperanza. ¿Qué más podría perder? Sabe que sus
familiares, sus seres queridos, tienen mucho que perder y se lo
pensarán dos veces antes de arrojarle del primer círculo. Por lo tanto
si tiene que hacerlo los chantajea sin la menor vergüenza.

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Cuando un enfermo está tan desesperado que quiere morir,
que está pensando en suicidarse, nada de lo que ocurre a su alrededor
le interesa lo más mínimo. Puede perder el afecto de sus seres
queridos, el alojamiento, los medios para alimentarse, puede perderlo
absolutamente todo. ¿Qué le importa si el suicidio, la muerte, se lo
va a quitar, le va a quitar todo eso y además la vida? Un enfermo
mental puede arrojar mil veces a los seres queridos de su primer
círculo y no se siente mal al hacerlo, porque considera que él ya ha
sido arrojado del primer círculo de sus familiares que le tratan con
absoluta falta de cariño y de respeto a su dignidad como persona. Por
eso a los enfermos les cuesta tanto luego pedir perdón, reparar el
daño causado e intentar volver a atraer a las personas que ha arrojado
de su primer círculo. En primer lugar porque si vas a morir no tienes
interés en nada, ni siquiera en eso. En segundo lugar porque crees que
por mucho que hayas ofendido tú, los demás te han ofendido mucho más.
En tercer lugar porque tu sufrimiento es tan terrible que nada más
importa. Y en cuarto lugar porque sabes que los demás tienen mucho más
que perder que tú y entonces serán ellos los que den el primer paso
hacia la reconciliación.

Punto 5.- Lo único que realmente le importa al enfermo mental
en esta vida es curarse, todo lo demás es secundario y tiene poca
importancia. Sabe que si no se cura el afecto y cariño de su familia
no servirá de nada. En cualquier crisis les dirá cosas terribles o les
arrojará de su primer círculo. Sabe que está mal, le gustaría
evitarlo, hará todo lo que pueda por evitarlo. pero no lo conseguirá,
todo se repite una y otra vez como los tormentos del infierno en
Dante.

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Todos los enfermos mentales con los que he hablado, sin
excepción, intentan parecer optimistas pero en el fondo, y lo acaban
diciendo, no creen que vayan a curarse, están convencidos de que es
una enfermedad crónica, que les durará toda la vida. Algunos ni
siquiera tienen la esperanza de que van a mejorar, ni con la
medicación ni con nada. Toman la medicación por la presión familiar y
social, a veces porque saben que pueden estar peor no tomándola, que
tomándola, por muy mal que estén con la medicación. Todos los enfermos
mentales conocemos muy bien los efectos secundarios de la medicación y
son tan terribles que si pudiéramos vivir sin medicación, lo haríamos.
En mi caso lo conseguí tras una lucha titánica y asumiendo una
decisión muy arriesgada, consciente de lo podía ocurrirme y aceptando
las consecuencias.

Aunque la mayoría de los enfermos te negarán que están
enfermos, que son enfermos mentales, te dirán que son personas con una
sensibilidad especial y que la culpa de todo la tiene esta sociedad, o
su familia,o cualquier otro chivo expiatorio que se les ocurra, en
realidad saben muy bien que algo no funciona en ellos y lo acaban
reconociendo antes o después, cuando ya tienen confianza en ti.

No le puedes pedir a un enfermo terminal que esté alegre, vital,
que se comunique maravillosamente contigo, que siga teniendo sentido
del humor, que disfrute con lo que tú le cuentas, que comparta tus
alegrías y penas, tu vida, que sienta interés por lo que te está
ocurriendo. Un enfermo terminal está pendiente de su muerte y el que
tú seas feliz o desgraciado o el que te haya tocado la lotería le
tiene sin cuidado puesto que su muerte acabará con todo, no puede
hacer planes, no puede engañarse con su curación para seguir aferrado
a la vida. Eso nos pasa a los enfermos mentales, nos consideramos
enfermos terminales y cualquier cosa que les ocurra a los demás deja
de interesarnos, cualquier cosa deja de tener interés para nosotros,
la comunicación no nos sirve puesto que estaríamos hablando de la vida
y la vida ya no nos interesa. Solo la recepción de cariño alivia el
dolor de nuestra enfermedad, es lo único que nos interesa en la
comunicación y como ya hemos aceptado, como ya desesperamos de que
alguien nos quiera dar cariño… pues no nos comunicamos ni nos
interesan para nada las relaciones interpersonales.

Un abrazo amigo.





IN MEMORIAM 11M-2017

10 03 2017

NOTA ACTUAL/ En este año 2017 he sentido el impulso de reanudar aquella serie de pequeños relatos que iniciara tras los atentados del año 2004. No sé la razón, tal vez el sufrimiento como enfermo mental a lo largo de toda mi vida me parece ahora muy poca cosa comparado con el sufrimiento infernal que generó aquel atentado brutal e inhumano. Aprovecho también para reiterar que aunque algunos de estos relatos están basados en alguna de las víctimas reales del 11-M buena parte de ellos son pura ficción, es decir, me he imaginado lo que pudo haber ocurrido, aunque no me consta que ocurriera. Los nombres, biografías y datos sobre las víctimas mortales están recogidos en las correspondientes y siniestras listas y los he podido encontrar sin dificultad en Internet, no así los de todos los heridos que no fallecieron ni tampoco el de todos los viajeros de aquellos trenes de la muerte, como tampoco el de todas aquellas personas que por un motivo u otro no subieron a aquellos trenes cuando era habitual que lo hicieran o pensaban hacerlo aquel día infernal pero el destino decidió que sus vidas no fueran segadas en aquel momento. Estoy convencido de que no todos los pasajeros de aquellos trenes contaron su experiencia o facilitaron sus nombres y biografías a los medios de comunicación. También imagino que no todos los que por un motivo u otro no subieron al tren aquella mañana se atrevieron a contarlo, bien porque están solos, no tienen familia o porque decidieron callar por respeto a las víctimas o por no preocupar a sus seres queridos. Con el relato sobre el enfermo mental, que añado a esta serie sobre las víctimas del 11-M, quiero acordarme de todos aquellas personas anónimas que viajaron en los trenes y salieron ilesas y nunca quisieron contar su historia, también de aquellos que fueron atendidos de lesiones leves y pasaron desapercibidos en medio de aquel apocalíptico caos, así como de aquellos que aunque tenían previsto subir a los trenes no lo hicieron por algún motivo y decidieron no hablar de ello.

Estoy convencido de que esta historia ficticia no puede ofender a nadie y tampoco hará olvidar a las verdaderas víctimas de aquella tragedia, sobre las que espero seguir escribiendo, esperando que el paso del tiempo no sea sinónimo de olvido. Aunque solo sea por mi condición de enfermo mental creo que siempre les seguiré debiendo a las víctimas, familiares y supervivientes de aquella tragedia mi fraternidad en el dolor, siendo muy consciente de que hay un matiz importante entre su dolor y el nuestro, el de los enfermos mentales, el suyo es el dolor causado por la violencia, el terror y la inhumanidad de sus semejantes, y el nuestro, el de los enfermos mentales, es producto de una enfermedad, que aunque nunca escogimos libremente, sí es cierto que no estamos haciendo todo lo que está en nuestra mano para superarla y con ello atenuar tanto nuestro sufrimiento como el de nuestros seres queridos. Pienso y seguiré pensando que debería haber una gran fraternidad entre todos los seres humanos que sufren, entre todas las víctimas de la violencia, el terrorismo, la enfermedad o la falta de fraternal y generosa empatía por parte de quienes no sufren hacia todos los que sufren, todas las víctimas, sobre este planeta de nuestros pecados. Una vez más mi fraternal abrazo espiritual y afectivo hacia las víctimas del 11-M y sus familiares.

IN MEMORIAM VÍCTIMAS 11-M-DESCANSEN EN PAZ

UN HOMBRE SIN SUERTE

Todos hemos confesado alguna vez, en tono de broma, eso de que no tenemos suerte, estamos “gafados”, mira que tengo mala suerte, tío. Todos hemos utilizado alguna vez esos viejos tópicos del habla popular: Si alguna vez se me ocurre poner un circo, me crecen los enanos; nunca me ha tocado nada, ni una muñeca pepona en una rifa, ni siquiera la “pedrea” en la lotería de Navidad, nada de nada.

Muchas gracias, hombre, por lo que a mí me toca, nos puede responder nuestra esposa, nuestra pareja, nuestra novia. Sonreímos y farfullamos: No es eso, hermosa, no quería decir eso. Y ella lo sabe y nosotros también. Me refería a que me han robado el coche tres veces. ¿Es eso normal? Parece como si fuera el mismo ladrón que ha decidido hacerme la puñeta porque le caigo mal, aunque no me conoce. Ha debido tomar la matrícula y cuando ve mi coche aparcado por ahí, ¡pues dale!, ¿para qué voy a buscar otro? Solo tienes que preguntar en tu entorno. ¿Cuántas veces te han robado a ti el coche? A mi ninguna. A mí una vez, pero es que vivo en un barrio muy problemático. Pues a mí tres veces, lo ponga donde lo ponga, y no es un coche llamativo, no es un coche de alta gama.

A todos nos pasa alguna vez, sobre todo cuando estamos bajos de ánimo, cuando atravesamos una mala racha. Hay días aciagos. Se va la corriente y no teníamos pilas en el radio-despertador, llegamos tarde al trabajo, el jefe nos echa la bronca; se me ocurre comer en una tasca y algo me hace daño, toda la tarde con diarrea; por si fuera poco me dan un golpe en el coche al salir del parking, y juro que yo no tuve la culpa, para rematar el día pierde mi equipo y por goleada. Es que soy gafe, te lo juro, si monto un circo me crecen los enanos.

Algunos llegamos a sugestionarnos con esas cosas y cuando un día la mala suerte nos da una bofetada nos preparamos para lo que sigue. Salta el diferencial con el frigorífico, voy a tener que comprar otro; al gatito se le ha ocurrido jugar con el móvil que había dejado encima de la mesa, y ¡zás!, cae al suelo y luego escucho a los que me llaman como si estuvieran en Siberia. Por si fuera poco…Algunos llegan a obsesionarse con su supuesta “gafería” y deciden no jugar a la lotería en el trabajo porque entonces no les va a tocar a los compañeros, o terminan creyendo en el mal de ojo, a escondidas, aquel me ha mirado mal, por eso hoy he tenido un día tan puñetero.

Él no era de esos. Lo del coche sí es mala suerte, pero sin duda se trata de algo puntual. Tengo una maravillosa mujer, dos hijos responsables y cariñosos, un carguito en un banco, económicamente vamos bien, no tendría sentido quejarme de cómo me va en la vida. Pero algo hay que decir cuando te toman el pelo con lo del coche. No, no me he obsesionado con ello, aunque la noche del tercer robo no pude dormir, dando vueltas y más vueltas en la cama, pensando en eso de la suerte y la mala suerte. Todo parece aleatorio, lo sé porque trabajo con números, un número es un número y si lo sumas o lo restas te da otro número, eso es todo. Cualquiera puede ir por la carretera y el conductor suicida te toca a ti y no a otro, es mala suerte, es aleatorio.

Tres meses antes de la tragedia había sido trasladado a una sucursal de Madrid desde una ciudad del extrarradio. De haber seguido allí seguramente no hubiera tenido que tomar aquel tren, aunque nunca se sabe cómo se las gasta el destino. Era un hombre sencillo y hogareño, le gustaba pasar algunas tardes disfrutando de una tortilla de patata y jugando a las cartas. Durante la semana iba al polideportivo a nadar un rato, le encantaba este deporte y le gustaba disfrutar de la piscina comunitaria en verano. Se le consideraba una buena persona y un buen compañero de trabajo. Todo parecía ir perfectamente encarrilado hasta que esa mañana alguien decidió que iba a matar, aleatoriamente a quienes iban en unos determinados trenes, a una determinada hora. Cuando un ser humano decide quitar la vida a otros seres humanos, por las sinrazones que sea, ha decidido quitarle a Dios sus prerrogativas, ocupar su lugar, y se transforma en una bestia sin entrañas, porque la divinidad es algo demasiado misterioso para interpretar su papel en la representación de la vida.

Una esposa destrozada, unos hijos sin padre, unos amigos y compañeros traumatizados. Nadie entiende nada. Por muy misteriosa e impredecible que sea la vida, todo ser humano tiene el sagrado derecho de lidiar con su propia suerte, fuere cual fuere. Una bomba colocada por el odio nada tiene que ver con la suerte, es un asesinato vil, perpetrado por quien se cree Dios cuando es solo una partícula infinintesimal en un universo infinito, como todos. Aunque la vida sea corta, frágil, inesperada y la mayoría de las veces injusta –o al menos así lo creemos- el derecho a la vida y a la libertad es sagrado y quienes lo pisotean sin la menor conciencia de culpa sufrirán la justicia kármica en la que algunos confiamos, aunque no pueda ser demostrada matemáticamente.

Nos podríamos preguntar qué es en realidad la suerte. Poseer algunas cosas no implica haber tenido suerte en la vida, cada uno tiene sus valores y lo que es buena suerte para unos es pésima suerte para otros. Aunque la caprichosa suerte nos concediera todo lo que deseamos, siempre sería algo fugaz. Tal vez a lo único a lo que se le podría llamar suerte es haber amado y sido amado, haber disfrutado del cariño de otras personas y haber sido capaz de entregarlo a todas las personas que pasan a nuestro lado en cualquier momento de nuestras vidas. Pero eso no es suerte, esa es una decisión libre de una voluntad firme plenamente consciente de que lo único que puede llenar nuestro infinito vacío es el amor.

QUIEN AMA A LOS NIÑOS AMA LA VIDA

De niño estudié el catecismo, como todos los niños de mi generación, luego, en un colegio religioso, llegaría a saber casi de memoria la Biblia. Las frases del evangelio que más me impactaron entonces tenían que ver con los niños. Si no os hiciereis como niños no entraréis en el reino de los cielos. Quien escandalizare a uno de estos pequeñuelos más le valdría que le ataran una piedra de molino al cuello y lo arrojaran al mar. Entonces no dejaba de preguntarme por qué los niños éramos tan valiosos y por qué los adultos eran tan distintos de nosotros, tanto que si no dejaban de ser adultos y se volvían de nuevo niños jamás llegarían a pisar el reino de los cielos.

Ahora, camino de la vejez y de la muerte, veo al niño que fui y lo comprendo todo. Como seguramente lo comprendió con la luz que se abría ante ella. Era una chica de veintiocho años y daba clases de español a chicos rumanos y chinos. Era una chica alegre que amaba la vida, como no podría ser de otra manera si amaba a los niños. Era dinámica, comprometida, tenía novio, una hermana pequeña, unos padres, pero sobre todo tenía a sus niños. Desde pequeña había tenido clara su vocación y había dado todos los pasos necesarios al respecto. Nada tuvo esto que ver con su destino, porque fueron otros los que decidieron segar su vida. No se muere porque alguien juega a los dados en alguna parte, o mueres porque la muerte te lleva cuando ella quiere, sin que se pueda hacer nada al respecto, o te mueres porque te matan quienes no respetan la vida, ni quieren a los niños, ni comprenden que Dios no puede aceptar sacrificios humanos, y menos de víctimas inocentes, ni siquiera su propio sacrificio, porque el único Dios posible no es un Dios vengativo y cruel, sino un Dios amoroso que sobre todo quiere a los niños.

Aquella chica debió comprender todo esto mientras ante ella se abría una puerta de luz, porque quien ama a los niños tiene asegurado el reino de los cielos.

ADVERTENCIA

Este relato es pura ficción, nunca ocurrió, y cualquier parecido con una persona concreta sería pura coincidencia no buscada, salvo que el personaje se parezca al autor. Las personas con enfermedad mental no somos egoístas, incapaces de actos generosos, no carecemos de empatía hacia el prójimo y podríamos entregar nuestra vida para salvar a otros, pero nuestra enfermedad nos lleva a donde no queremos ir, huyendo de una vida que no somos capaces de afrontar. Me llama la atención que buscando documentación para esta serie de relatos no haya encontrado a una sola persona con enfermedad mental que viajara en aquellos trenes o que ayudara tras la espantosa tragedia. Los enfermos mentales parecemos no existir porque nunca salimos a la luz. ¿Es enfermedad mental el síndrome postraumático? Muchas personas que sufrieron en sus propias carnes aquella tragedia luego tuvieron que ser tratadas psicológicamente, conforme a unos protocolos que he encontrado en Internet, y algunas de ellas, por desgracia, se puede decir que ahora sufren de una enfermedad mental, creo que les podría llamar hermanos sin ofenderles. Hace unos días, por casualidad, pude ver un documental sobre el 11-S, que tenía con otros en una cinta grabada hace años. Estaba dedicado a los heroicos bomberos y policías que estuvieron en la zona cero tras la catástrofe. Muchos de ellos contrajeron enfermedades físicas debido a la inhalación del polvo de los edificios derribados. El documental no hablaba de enfermedades mentales, pero sí dejaba bien claro cómo aquellos increíbles seres humanos fueron abandonados a su suerte por los políticos que prometieron que se saltarían la burocracia para ayudarles. Los políticos siempre se lavan las manos en estos casos y siempre se arrojan las víctimas unos a otros. El personaje de este relato no existe y su historia nunca ocurrió, pero bien pudo ocurrir. Tal vez el enfermo mental que fui hace años se hubiera comportado como nuestro personaje de haber ido en uno de aquellos trenes, o tal vez hubiera dado su vida por salvar a otro, de haber podido, de haber surgido la ocasión, porque ciertamente si hay una persona a la que le costaría menos que a otras dar su vida por los demás es un enfermo mental que quiere morir y que ha intentado suicidarse unas cuantas veces. Este relato no es un homenaje a las personas con enfermedad mental, es simplemente la constatación de una realidad, todo el mundo sabe que existimos, pero no nos pueden encontrar porque una de nuestras obsesiones es pasar desapercibidos. Este relato sí es un homenaje a las personas con enfermedad mental que iban en aquellos trenes. Porque seguro que iba alguna, no puede ser que con unas estadísticas tan elevadas de enfermos mentales ninguno de ellos hubiera subido a alguno de ellos.

EL ENFERMO MENTAL

Su jefe le había dicho que no podía tomarse otra licencia por enfermedad, que no podía volver a quedarse de baja lo que restaba de año o se atendría a las consecuencias. Por eso había pedido las vacaciones para disfrutarlas durante aquel mes de marzo. Estaba mal, muy mal, vamos como casi siempre, necesitaba un tiempo para estar solo, tomarse la medicación y dormir sin el terrible esfuerzo que suponía levantarse todas las mañanas e intentar concentrarse en el trabajo. Curiosamente había decidido madrugar aquel día porque así le daría tiempo a comprar una nueva tienda de campaña –la otra estaba muy vieja y con agujeros- y ha hacer otros recados y compras antes de tomar el autobús, que enlazando con otros, le llevaría a un lugar solitario de una montaña poco concurrida. Allí pasaría el supuesto mes de vacaciones, solo, durmiendo, comiendo si tenía hambre y tratando de llevar las cuentas para regresar a tiempo al trabajo. Tal vez –esto también se le había pasado por la cabeza la última noche- encontrara la forma de suicidarse sin llamar la atención y sin sufrir demasiado. Llevaba suficiente medicación para un mes –le había contado a su psiquiatra lo de las vacaciones- y sería suficiente para dormirse para siempre, en el caso de que así lo decidiera, algo que no podía descartar.
La noche anterior había reducido la medicación para no quedarse dormido y escuchar el radio-despertador, aún así no pudo evitar cerrar los ojos y dormitar en el tren. La explosión lo lanzó contra las paredes del vagón y quedó atrapado entre los hierros. Desde allí pudo escuchar los quejidos, las voces, los gritos horrísonos de otros viajeros. Forcejeó por librarse para poder ayudar, pero al hacerlo descubrió una gran mancha roja sobre el pecho de su camisa. Se sentía tan mal que no era capaz de pensar con claridad. Solo una idea daba vueltas en su cabeza. Me voy a morir, ya no necesitaré suicidarme. Espero al menos que el destino haya cambiado mi vida por la de otro que se merece vivir más que yo.
Fue en ese momento cuando comprendió que no podía ser encontrado allí y tratado como el resto de las víctimas. El no se lo merecía. Quería morir solo, esa era una de las obsesiones de su patología como enfermo mental. Que nadie supiera que había muerto, que nadie pudiera identificarle, que su cuerpo se pudriera en cualquier lugar solitario y reposar entre los arbustos, como un ser inanimado.

Tengo poco tiempo, pensó, y redobló los esfuerzos. Pudo salir de donde estaba atrapado y se movió como pudo hasta encontrar un hueco por el que salir de aquel amasijo de hierros. Nunca supo lo que hubiera hecho de haberse encontrado con alguna víctima que necesitara de su ayuda. Los cuerpos que encontró estaban desechos, eran auténticos despojos. Su mente recibió tal impacto que luego sería incapaz de recordar los detalles de aquel infierno. Seguramente debió de arrastrarse como pudo por las vías hasta alejarse lo suficiente del tren de la muerte. Se encontró en un descampado, escondido tras unos arbustos. Tenía el cuerpo tan magullado y dolorido y su mente estaba tan trastornada que cerró los ojos y se dejó ir, pensando que al fin la muerte le acogería en su seno. Antes de perder la consciencia sintió la viva necesidad de rezar e inició un padrenuestro que murió en sus labios secos antes de poder terminar la primera frase.
Cuando despertó era de noche. Tardó en recordar lo sucedido. Estaba vivo. No era posible. Se desabotonó la camisa y tanteó su pecho. No encontró herida alguna. Se palpó el resto del cuerpo, no parecía tener heridas graves, solo moratones, magulladuras, rasguños. La sangre lo había engañado. Una idea macabra acudió a su cabeza. ¿Y si se tomara ahora todas las pastillas? Había tenido la precaución de meter los dos tubos en el bolsillo del pantalón. Se conocía bien y sabía que la posibilidad de perder la bolsa de viaje con la ropa era algo más que probable. ¿Seguirían allí? Vació los bolsillos. En efecto, allí estaban las pastillas, la cartera, las llaves y una navaja multiusos a la que tenía mucho apego.
Lo estuvo pensando mientras contemplaba las luces a lo lejos. Por fin decidió que no les podía hacer semejante afrenta a las víctimas de aquel atentado, porque ahora no tenía la menor duda de que era un atentado, alguien había puesto una bomba en el tren, no existía otra explicación. Seguramente habría muchos muertos y heridos, muchas familias rotas para siempre. Se maldijo, maldijo su suerte, gritó de impotencia. Dios no le podía haber hecho aquello. A él no le importaba morir, al contrario no dejaba de suplicar porque la parca se lo llevara cuanto antes. Se habría cambiado por cualquiera sin dudarlo, por un niño, por una mujer, por cualquiera. Era una maldita jugarreta sin sentido. ¿Por qué Dios no aceptaba aquel intercambio? Aún estaba a tiempo. Alguien estaría en el hospital debatiéndose entre la vida y la muerte. Pues bien, Dios, llévame a mí y deja que él viva. Pero sabía muy bien que las cosas no funcionaban así. Si Dios existía no era humano y sus designios nada tenían que ver con nuestros pensamientos y deseos. Y si no existía y todo era aleatorio alguien estaba metiendo la mano en algún sitio para que él siguiera vivo cuando quería morir y otros morían cuando querían vivir. Seres queridos destrozados por la tragedia. A él no lo esperaba nadie, estaba solo. ¿Por qué Dios no iba a aceptar el intercambio?

Como en un sueño creyó recordar una parada en aquella huída hacia la muerte. Su obsesión era alejarse lo más posible y cuanto antes, mientras escuchaba las sirenas. Convencido de que iba a morir decidió librarse de la documentación, enterrándola en un agujero que cavó en el suelo terroso. Tampoco podían encontrarle con los tubos de pastillas,, nadie debería saber que era un enfermo mental. ¿Lo había hecho? Recordó que tenía los tubos en las manos. Miró en la cartera. La documentación continuaba allí. ¿Había sido un sueño? ¿Un delirio? No podía soportar aquella angustia. Respiró con fuerza, jadeó. No podría pasar la noche así. Abrió uno de los tubos y se tomó un par de tranquilizantes. Se lo pensó dos veces antes de poner la tapa. Sin agua no se podría tragar tanta pastilla. El cansancio, la angustia y el efecto de las pastillas le sumieron en un sueño profundo.

Nunca tuvo claro cómo regresó a la ciudad y cómo logró llegar a su piso. Encontró una camisa que no era suya en el cesto de la colada. Seguramente debió robarla de algún tendedero, al pasar. Nunca habló de aquella infernal experiencia. Nunca admitió haber estado en uno de los trenes de la muerte. Nadie supo de él. Se sentía culpable por haber sobrevivido. Cuando escuchaba hablar del tema se alejaba discretamente y en una ocasión que no pudo hacerlo sufrió un desmayo. Se preocupó por saber quiénes habían sido las víctimas y archivó toda la documentación que pudo encontrar sobre el tema. En sus delirios se imaginaba lanzándose sobre el terrorista, arrojándolo del tren, cayendo sobre él y explotando los dos juntos. Una muerte heroica para un cobarde como él. Seguramente sufrió el síndrome postraumático pero no lo comentó con su psiquiatra. Pasó las vacaciones encamado, tomando más medicación de lo que hubiera sido prudente. Apenas comió y adelgazó hasta tener dificultades en reconocerse cuando se miró al espejo antes de volver al trabajo. Su vida cambió, la discreción se hizo su norma, hablaba lo menos posible, nunca se quejaba de su enfermedad, nadie volvió a escucharle recitar el mantra del quiero morir. Se sentía tan avergonzado que a veces tenía pesadillas por las noches en las que un periodista le reconocía del tren del infierno y le amenazaba con sacar a relucir su historia. Sabía que muchas noches gritaba y pateaba temeroso de que su vergonzoso secreto saliera a la luz. Pidió el traslado y nunca pudo regresar a Madrid.





LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XVII

5 03 2017

LAS HISTORIAS DE BAUTISTA XVII

LA RECAPITULACIÓN DE BAUTISTA II

He interrumpido estas historias durante demasiado tiempo, me costaría mucho escribirlas de un tirón, son demasiados recuerdos, vivencias, sufrimiento, toda una vida como enfermo mental para que pueda recapitular de seguido, sin tomarme un descanso, un respiro. Me ha venido bien porque eso me ha permitido encontrar la libreta donde anoté mis conversaciones con Bautista e intentar poner un poco de orden en tanto material como obra en mi poder, un auténtico caos de datos. Aprovecharé este capítulo, no solo para continuar con la recapitulación que hizo Bautista sobre la historia de la enfermedad mental en España al cumplirse el treinta aniversario de la reforma psiquiátrica en España, sino también para decirme a mí mismo sobre qué enfermos mentales que conociera Bautista en el psiquiátrico de Alcohete voy a escribir, convertidos en parte en personajes, y hacer un pequeño esquema de cómo era Alcohete y de las experiencias de Bautista en sus visitas a este centro durante años.

Durante las entrevistas que mantuvimos en su antigua tienda de pinturas le pedí expresamente que me hablara de los enfermos que había conocido allí y con los que había tenido más trato. Aunque no doy por cerrada la historia de los dos hermanos, primos carnales de Bautista, sobre los que ya he escrito en esta serie de historias, sí voy a hacer un inciso para hablar de Alcohete, intercalando las vidas noveladas de estos enfermos sobre los que me hablara Bautista. Quiero hacer aquí una pequeña lista antes de que vuelva a perder la libreta y me pase otra temporada buscándola, algo muy típico de mi patología como enfermo mental.

Estas son las personas con enfermedad mental de las que me habló Bautista y sobre las que escribiré en futuros capítulos:

-La Señorita collares,como la llama Bautista. Cincuenta años, bajita, portaba un montón de collares al cuello.

-El fotógrafo. Una delirante historia de un joven que fue escondido en un psiquiátrico para librarle de la muerte durante la guerra civil española y que acabó sufriendo una enfermedad mental aunque al parecer no existen datos de que ya fuera un enfermo cuando se le internó. Le regalaron una cámara fotográfica, sin carrete, y con ella no cesaba de hacer fotos a todo el que aparecía por allí, inmortalizando personas y eventos. Aunque se trata de un caso muy poco habitual no deja de ser una perspectiva distinta sobre la enfermedad mental que algunos se empeñan en reducir a un problema genético. Parece claro que el entorno es también fundamental en el nacimiento y evolución de la enfermedad mental.

-El tahur, así lo llamo yo. Un enfermo que al parecer fue croupier en un casino francés y que terminó en el psiquiátrico de Alcohete. Al parecer tenía una portentosa memoria matemática.

-El niño Jesús. En Alcohete se hacía todas las navidades un belén viviente en el que participaban los enfermos. Mis notas son confusas al respecto puesto que también aparece otro enfermo que quería ser rey mago y lo vestían siempre de pastor. No tengo claro si se trata de dos personas distintas o de una sola. Antes de escribir esta historia tengo que hablar con Bautista para que me refresque la memoria.

-La hija adoptada de Bautista. Así la llamo yo en broma. Se trataba de una enferma mental, joven, que se sentía hija de Bautista, de alguna manera lo adoptó como padre y sentía auténticos celos de otras enfermas que se le acercaban. Los datos que tengo anotados son incompletos y un tanto confusos, también hablaré con Bautista al respecto. Al parecer tenía veintisiete años, tenía un hijo de un embarazo, siendo enferma mental con un trastorno severo de conducta. Al parecer pudo ser violada por su padre a los ocho años. Alcohólica. Se escapa de casa a la muerte de su madre, con diez o doce años y vive en la calle.

-El peripatético. Lo llamo así porque al parecer le gustaba caminar casi corriendo. Tenía treinta y nueve años. Era alcohólico y sufría a veces de delirium tremens. Al parecer comenzó a beber de estudiante, finalizado el PREU. A los veinte años le pegó, en una borrachera, a un guardia civil. Quería hacerse famoso y ayudar a la gente. Su sueño era que le tocara la lotería y repartirla entre todos. También las anotaciones que tengo son un tanto confusas y tendré que aclararlas con Bautista.

Debo tener anotadas más historias de enfermos pero no las encuentro, tal vez haya otra libreta que aún no he encontrado. Creo recordar que cambié de libreta durante las entrevistas, al terminarse la primera. Confiaba en mi buena memoria para estos temas y solo pensaba utilizar las anotaciones para recordar algún dato concreto o matiz, pero ha pasado demasiado tiempo y voy a necesitar todas las notas que tomé en su momento e incluso las cintas que grabé, si logro encontrarlas.

Respecto a la historia de Alcohete utilizaré los datos anotados para hacer un esquema básico de su historia. Creo que también voy a utilizar el formato de “Un día en la historia de Alcohete” para dar unidad a la gran variedad de datos que tengo anotados sobre el personal, el edificio con sus dependencias y los acontecimientos que Bautista me fue contando. Por último iré insertando, cuando proceda, la gran aventura de Bautista con la fundación Madre y el comienzo del asociacionismo de los familiares de enfermos mentales. No daré nombres cuando no tenga permiso expreso de las personas que participaron en esta aventura, aunque hay un caso especialísimo del que tendré que hablar necesariamente porque su trabajo tiene un enorme mérito y Bautista expresamente me pidió que dejara bien claro que su contribución fue superior incluso a la del propio Bautista. Me limitaré a dar detalles imprescindibles dejando en la oscuridad si esta persona era hombre o mujer y sobre todo me cuidaré mucho de no hablar de su biografía o cualquier otro detalle que pueda identificar a la persona. También me veré obligado a contar como ficticios algunos acontecimientos de que me hablara Bautista, no porque haya en ellos nada de inmoral o vergonzoso, todo lo contrario, considero que así es como deberían haber sido tratados los enfermos mentales incluso antes de la reforma psiquiátrica. Cuando sea preciso haré constar expresamente en el título y notas que lo que voy a narrar es una historia ficticia, aunque al final, si así procediere, haré constar los datos reales en que he basado la historia que cuento. Y sin más proseguiremos con la tarea que resta pendiente.

LA RECAPITULACIÓN DE BAUTISTA/CONTINUACIÓN

LUCES DE LA REFORMA PSIQUIÁTRICA/CONTINUACIÓN

3-AUMENTO DE LA INVESTIGACIÓN, CON LA APARICIÓN DE SEGUNDA Y TERCERA GENERACIÓN DE MEDICAMENTOS MENOS AGRESIVOS Y MÁS EFECTIVOS

COMENTARIO PERSONAL

Por suerte no puedo hablar de este tema por experiencia propia ya que cuando decidí dejar la medicación, hace ya más de dos décadas, los nuevos medicamentos estaban justo apareciendo en el mercado y aunque yo era el conejillo de indias favorito de mis psiquiatras para probarlos, apenas puedo hablar de uno de ellos, el p…, que fue el último medicamento que tomara.

Es preciso e imprescindible agradecer el esfuerzo de profesionales y empresas farmacéuticas que llevan décadas trabajando en la investigación de medicamentos para la enfermedad mental. No me duelen prendas en reconocer que sin estos medicamentos, algunos con efectos secundarios terribles, sobre todo los primeros, muchos enfermos mentales no hubiéramos podido sobrevivir a la enfermedad. Durante las crisis más terribles de mi enfermedad, en mi juventud, sin la medicación que me hicieron tomar es más que probable que yo no estaría aquí para contarlo. Ya de por sí es un auténtico milagro que esté, no quiero ni imaginarme cómo hubiera terminado de no haber sido “amansado”, digámoslo así, por la medicación.

Por desgracia esto es lo que entonces, e incluso ahora, es lo máximo que se puede pedir a la medicación, que “amanse” al enfermo durante sus crisis, para que una vez pasadas se pueda trabajar con él en otras terapias menos drásticas y más positivas. Los efectos de la medicación que tomé durante mis años de enfermo mental medicado y con patologías severas, se podrían dividir en dos efectos básicos: adormecerme, dormirme, hibernarme, convertirme en un vegetal y por otro lado animarme, producirme euforia artificial, drogarme para que pasara de un deseo irresistible de morir, de acabar con mi vida, de un estado de ánimo oscuro, negro como la noche, a otro de una euforia irreal, casi delirante.
Ninguno de estos efectos era real, quiero decir que ni el adormecimiento era normal, ni convertirse en un vegetal sea algo que yo eligiera voluntariamente ni siquiera en los peores momentos de mi enfermedad, ni tampoco esa euforia artificial y a veces ridícula sea un estado de ánimo que yo elegiría para vivir habitualmente. Por mucho que dormir pueda ser positivo durante una crisis grave, no deja de ser una fuga de la realidad y desde luego si estoy aquí quiero estarlo a todos los efectos. Por otro lado por mucho que uno se sienta en la cumbre de la montaña y capaz de despegar con alas ficticias y volar por el universo mundo, no deja de ser algo artificial, efecto de una droga. Aún recuerdo aquel episodio último con el P…, antes de que tomara la firme decisión de abandonar la medicación. Yo estaba asomado a la ventana de nuestro piso y en un estado tal de euforia que por un momento –gracias a Dios solo fue un instante- estuve convencido de que si extendía mis manos como alas podría salir por la ventana, volando como un pájaro. Para quienes nunca hayan vivido este tipo de experiencias, el delirio o la alucinación, les tiene que resultar complicado ponerse en mi piel y hacerse una idea de hasta qué punto nos puede parecer real a los enfermos hacer ciertas cosas que son claramente conductas patológicas de un demente. Aquella experiencia me asustó tanto, puesto que hubo un momento en que temí que fuera arrojarme por la ventana, convencido de que podría volar, que tras pensarlo seriamente tomé la decisión de mi vida. Prefiero mil veces afrontar el mayor de los sufrimientos posibles en estado de plena lucidez que vivir artificialmente, dopado por drogas. Por suerte para mí conseguí superar los peores momentos, tal vez una especie de síndrome de abstinencia, que llegó a durar unos seis meses y durante los cuales muchas veces creí que no lo superaría y estuve a punto de abandonar, y acostumbrarme a enfrentarme a los problemas de la vida y de mi enfermedad a pecho descubierto, sin el consuelo de que en caso de emergencia podré tomar unas pastillas y regresar al limbo del que salí.
Jamás aconsejaré a una persona con enfermedad mental, más en las enfermedades muy graves, que deje la medicación. Yo no tenía nada que perder y algo a ganar. Fue la decisión libre de un auténtico guerrero, pero sin la ayuda del yoga mental que llevaba practicando ya algunos años, sin la ayuda de la familia, sin mi férrea voluntad de no volver jamás a intentar el suicidio, ocurriera lo que ocurriera, estoy convencido de que no habría logrado salir adelante. A pesar de ello mi vida no fue fácil precisamente. Todo esto lo estoy contando y espero terminar de hacerlo algún día en Diario de un enfermo mental, el gran secreto. No estoy orgulloso de las conductas patológicas que siguieron jalonando mi vida después de haber dejado la medicación, pero volvería a hacerlo, incluso ahora, cuando lo he perdido todo, realmente todo, entre vivir como un vegetal o como un Sísifo, empujando el pedrusco hasta la cima de la montaña, para ver cómo vuelve a caer, yo elegiré siempre ser un Sísifo.

Algunos medicamentos que llegué a tomar en mi juventud, durante mi etapa negra, fueron auténticas drogas alucinógenas y con unos efectos secundarios terribles. Muchos de ellos me transformaron en un auténtico vegetal durante largos periodos de mi vida. Aunque no soy un profesional puedo decir que los efectos sobre mi cerebro fueron drásticos y perviven en el tiempo. Desde luego yo no los hubiera empleado, ahora que conozco sus efectos, ni torturando a mi peor enemigo.

Desconozco los efectos de la medicación actual, como ya he dicho, por los efectos que producen en otros enfermos mentales con los que trato considero que la medicación ha mejorado mucho, muchísimo, desde mi época, aún así observo esos efectos secundarios tan demoledores, la somnolencia, la ralentización del proceso mental, el casi bloqueo de algunos reflejos, la enorme dificultad que supone vivir una vida normal con la medicación. Pienso que se podría hacer más si se estudiara más a fondo el cerebro y se buscaran y experimentaran medicamentos cada vez con menos efectos secundarios y que fueran directos a la causa de la enfermedad y no a dormir al enfermo como única salida a sus crisis. Me temo que la enfermedad mental, como enfermedad psíquica, del alma, que es, requiere una terapia totalizadora de la personalidad del enfermo, pero una medicación que permitiera disminuir la intensidad de las crisis sin dormir o convertir en un vegetal al enfermo sería un gran avance.

Estoy de acuerdo con Bautista en que la medicación ha progresado mucho, pero debería hacerlo aún más. Me apena profundamente ver a otros enfermos luchando con el sueño, intentando expresarse con enorme dificultad, adaptando su vida a los ciclos de la medicación, perdiendo muchas horas simplemente permaneciendo pasivo hasta que pase lo peor del efecto de la medicación. Teniendo en cuenta el mercantilismo en el que vivimos, cómo es nuestra sociedad, cómo son los recortes durante las crisis que cada vez parecen más frecuentes y más largas, me temo que esto va a tener que esperar un tiempo.

Me estoy basando para esta recapitulación en las fotocopias que me dio Bautista sobre sus apuntes para una conferencia. Hasta ahora solo hemos visto los tres primeros puntos de las luces, de nueve. Intentaré que mis comentarios sean más sobrios con los restantes puntos o esto se prolongará en exceso. Acompaño a este texto una foto que le hicieron para acompañar una entrevista periodística y finalizo con la frase que la encabeza, que yo entiendo que está un poco adornada por el periodista, porque conociendo como conozco a Bautista sé lo que le cuesta salir de su anonimato y más con frases grandilocuentes. Tomo nota de que deberé trabajar un poco más en estas historias, aunque con cierta prudencia, a pesar de mi condición de guerrero impecable los recuerdos de mi pasado pueden tumbarme a poco que me descuide. Me lo tomaré con una cierta calma, pero sabiendo que esto sigue pendiente, lo mismo que los relatos del otro lado que inicié hace ya mucho tiempo con gran entusiasmo y que ahora están bloqueados porque me cuesta ponerme a recordar aquella época de mi vida. Y termino con la mencionada frase de Bautista.

DIEZ VECES QUE VIVIERA, DIEZ VECES QUE QUISIERA VIVIR LO MISMO
Bautista.





DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLVII

27 02 2017

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLVII

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MI PRIMER INVIERNO EN SORIA

Ha sido mucho mejor de lo que esperaba. Claro que los inviernos ya no son lo que eran, como dice todo el mundo. Apenas un par de nevadas, si se las puede llamar así, que no llegaron a dejar en el suelo ni una capita de nieve de unos centímetros de nada. Ha hecho frío, especialmente durante las olas de frío, hasta llegar a los once bajo cero, pero no ha sido el frío que me esperaba, la sensación térmica ha sido menor que en León, o al menos es el recuerdo que tengo porque hace ya muchos años que no voy por allí. Lo he podido pasar tan pimpante con un nórdico que compré por Internet y unas horas de calefacción, no todos los días, y nunca por las noches.  Encendí la chimenea tres veces, una para probarla y otras dos con las nevadas. Me bebí una copa de vino, un Ribera, mirando por la ventana del salón la nieve, como me había prometido, mientras la chimenea reflejaba una luz rojiza que atraía mucho a los gatitos.

UN DÍA EN LA VIDA DE UN ENFERMO MENTAL…JUBILADO

Creo que me resultará más sencillo hilvanar los recuerdos si me centro en lo que hago habitualmente un día cualquiera. Solo tendré que matizar y añadir detalles puesto que todos los días son iguales, haga sol o esté nublado, llueva o nieve, sople una buena ventolera o todo esté tranquilo y calmo como un paisaje hibernado.

Desde siempre me imaginé que cuando me jubilara dormiría muchas, muchas horas y me levantaría muy tarde. Tal vez se deba a mis peculiares biorritmos, pero la mañana es para mí el peor momento del día. También lo achaqué al peculiar ciclo energético del enfermo mental. Luego a lo bien que lo pasaba en sueños, fueran estos idiotas o terribles pesadillas, pero lo he ido descartando conforme comencé a anotar todos los días los sueños, hace ya bastante más de una década. Sigo disfrutando de los sueños pero no he conseguido encontrar en ellos esa puerta mágica al más allá, a otra dimensión, ni tampoco ese control que me permita programar sueños a gusto y gana, especialmente sueños eróticos. Sin embargo los gatitos han demolido esa tonta fantasía. Observo que los gatos duermen mucho, especialmente cuando son pequeños, se pasan el día durmiendo, sobre todo cuando no tienen nada más interesante que hacer o no encuentran esos divertidos jueguecitos que tanto les gustan. Han despreciado todos los juguetitos que les compré y se divierten mucho más con un tapón de botella que ruedan por el suelo, jugando a una especie de futbito gatuno, o desplumando el plumero como si fuera un pájaro o olisqueando por todas partes. He aprendido mucho de ellos, esa facilidad para dormirse a cualquier momento del día, con una facilidad portentosa, solo tienen que encontrar la postura adecuada, y la encuentran pronto, su lugar favorito,  y se duermen como bebés, luego pueden despertarse con cualquier ruido o simplemente para cambiar de postura. Se estiran con esa maravillosa postura gatuna que también es una postura de yoga físico, elevando la espalda, la chepa y estirando los patitas, luego bostezan un poco abriendo su boquita, dan unas vueltas sobre sí mismos, encuentran la postura que buscan y se duermen en un plis plás. Me acabo de acordar que aún no he comenzado el relato que me he prometido, Las aventuras y desventuras de Mici y Zapi, un cuento para niños…grandes. Tal vez se deba a que siempre retraso todo acontecimiento que conlleva una fuerte intensidad emocional, lo voy retrasando hasta que me produce más molestias el pensar siempre en ello que en hacerlo. Como decía los gatitos demolieron mi fantasía de jubilado. Se despiertan apenas hay un rayo de luz, sino lo han hecho antes, y ya no paran quietos. Antes, al principio, iniciaban su consabida sesión de lametazos. Les gusta especialmente el párpado, quizás por lo suave de su piel. Lamen y lamen hasta que decido que es mejor despertar de una vez y levantarse que soportar esa sesión más tiempo, un tiempo impredecible, puesto que por las noches hasta se quedan dormidos lamiendo, resulta simpático observar su lengüita moverse en el aire cuando están dormidos y yo he retirado mi cara o mis manos. Al principio solía remolonear un poco antes de bajarme de la cama, hubo días que a las ocho y media o nueve ya estaba trasteando un poco. Hace algunas semanas he descubierto que si les abro la puerta del jardín salen a dar una vuelta y yo puedo regresar a la cama a dormir otro rato, cuando lo consigo, hasta las diez o las once.

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Lo primero que hago al levantarme es tomar el cuaderno grande de sueños y anotar los sueños de la noche con una de mis dos plumas, baratas y que tengo que lavar con agua cada poco para que la tinta circule. Cada noche me levanto tres o cuatro veces como mínimo a orinar. Debe ser la próstata que hace años un urólogo me dijo que estaba crecida pero eso era normal para mi edad. Fue una experiencia absolutamente insólita, desconocía los efectos de un tacto rectal para saber cómo está la próstata. De haberlo sabido hubiera elegido a una uróloga, porque el orgasmo está servido, te pongas como te pongas. El hecho es que sea la próstata, la vejez o la gordura, y aunque no beba nada antes de irme a la cama, es imposible que duerma toda la noche de un tirón como fue el caso la mayor parte de mi vida. Esto tiene sus ventajas para recordar los sueños, aunque rara vez recuerdo los que tuve antes del primer despertar, porque no los anoto al momento, espero al despertar definitivo. Si consigo titularlos es más fácil que los recuerde como digo en el manual del perfecto soñador. Poner título a un sueño nada más despertarte y recordarlo supone una alta posibilidad de que lo recuerdes cuando vas a anotarlo. La anotación de sueños matinal me lleva un tiempo, no solo anoto los sueños que recuerdo, sino los acontecimientos del día anterior que han podido influir en ellos, una especie de diminuto diario que luego me sirve para saber qué ocurrió tal día de tal año. Ahora hasta anoto el tiempo, si el día está despejado o nublado, si está lloviendo o sopla fuerte viento.  Suelo anotar también las conversaciones telefónicas con mis amigos enfermos mentales con los que mantengo una relación habitual, o si he recibido una consulta a través del blog, mi estado de ánimo para supervisar cómo puede ir evolucionando una posible depresión, y sobre todo cómo veo el futuro. No puedo evitar recapitular el pasado en el estado de duermevela que precede al despertar definitivo. El pasado se lanza sobre mí y clava sus dientes afilados. Solo las técnicas de yoga mental que he aprendido a manejar, me permiten soportarlo, y cuando no es posible decido que ese momento angustioso me puede servir como recapitulación.

Al principio los gatitos no me dejaban escribir con tranquilidad, tenían que olisquear qué estaba haciendo o aposentaban su culito sobre el cuaderno y tenía que empujarles con delicadeza. Ahora suelen estar dando su paseo matinal y puedo escribir con total tranquilidad. Una vez terminada la anotación decidía ir al huerto, a dar unos azadazos, para limpiar las malas hierbas y prepararlo para la siembra, como me aconsejó Bautista. Hacer un poco de ejercicio cuando hace un frío que pela, viene muy bien antes del desayuno. Luego comenzaron las heladas y la tierra del huerto se endureció como el cemento.  Ahora me limito a subir la trapa de la cochera y sacar el arenero de los gatitos para amontonar sus excrementos en el montón de estiércol que ya había. Espero que me den unas buenas hortalizas.

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El desayuno nunca fue mi comida favorita, y aunque ahora podría hacer un desayuno inglés, con huevos, beicon y demás -nadie me lo impide y mi gordura me importa un pito, teniendo en cuenta que ya he renunciado definitivamente al sexo, lo que me ha costado un… podría hacer un chiste fácil con esta expresión vulgar, pero el que esté solo no debe hacerme zafio- me limito a mi desayuno clásico, kéfir de leche o té o leche con café descafeinado, unos cereales, alguna galleta de fibra o cuando me doy el capricho, un cruasán untado con margarina anticolesterol y mermelada de naranja amarga. Muchos días, cuando he comprado, me doy el capricho de un zumo de naranja natural. Eso es todo. Los gatitos han aprendido que no hay nada en el desayuno que les pueda gustar.

Nunca fumé por las mañanas, pero con la jubilación no me puedo resistir a fumarme un pitillo después del desayuno, siempre en el porche, sentado a la mesa de jardín que hay allí, llueva o diluvie, haga calor o un intenso frío, no importa. Fumo mirando la montaña de enfrente, la naturaleza, y aún medio dormido no puedo evitar que el pasado regrese, son los peores momentos del día, el despertar y el abotargamiento tras el desayuno. Nunca he fumado dentro de casa, a pesar de que ahora estoy solo y esta es mi casa, tal vez se deba a la rutina establecida durante el matrimonio y la vida familiar. Siempre reconocí el derecho de los demás a no tragarse mis humos, aunque tuviera que salir a dar un largo paseo hasta encontrar un sitio solitario. El tabaco es una adicción que asumo como un defecto de carácter. Me llamó la atención, estudiando los chakras, que esta adicción tenga mucho que ver con la falta de desarrollo del chakra garganta, no está abierto, tiene problemas y se producen determinados problemas físicos y de conducta. Comencé a fumar bastante tarde, tal vez a los treinta años, cuando iba de pub y discotecas con un amigo que me ofreció tabaco cuando notó mi nerviosismo en las discotecas, mirando a las chicas. Acepté debido a su insistencia y fue una decisión tonta que tal vez me pase seria factura ahora. Nunca fumé mucho, no más de medio paquete diario, y eso en los peores días. Durante determinadas etapas de mi vida llegué a fumar tan solo cuatro o cinco pitillos al día. Podía haberlo dejado, creo que tengo voluntad suficiente para hacerlo aún hoy, pero nunca quise hacerlo. Cuando sufría serias crisis depresivas y aún pensaba en el suicidio, porque morir de un cáncer de pulmón no me parecía una tragedia tan terrible, y luego porque consideraba que bastante había sufrido y bastante tenía que reprimirme socialmente en multitud de terrenos, como para privarme de un pequeño vicio. Soy consciente de que es un vicio arriesgado y ahora muy mal considerado socialmente (hubo un tiempo en el que fumé en las discotecas sin el menor problema) pero no puedo evitar la rebeldía frente a otros vicios y otras formas de deterioro socialmente aceptadas. Me parece muy hipócrita que papá Estado se preocupe tanto por los fumadores, los bebedores y tantos otros y tan poco por quienes no tienen trabajo, no tienen techo, apenas consiguen algo para comer, y todo eso a pesar de ser derechos reconocidos constitucionalmente. Si papá Estado fuera tan bueno y estuviera tan preocupado por nuestro bienestar no solo se preocuparía de los fumadores, hay temas sangrantes de los que debería preocuparse y mucho, como la pobreza extrema, la violencia de género (ahora, por fin, parece que comienza la lucha en serio). Sé que no son razones, y como guerrero impecable, no puedo aceptarlas, pero es una decisión que he tomado y asumo todas sus consecuencias, intentando perjudicar lo menos posible, vive y deja vivir.

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Los gatitos han salido conmigo al jardín. Al principio eran tan urbanitas que hasta el césped del jardín les daba reparo, como mucho movían una patita, con delicadeza, para tocar una hierba.  Tuve que enseñarles a pisar el jardín sin miedo, para ello daba una vuelta con ellos –me seguían a todas partes- alrededor de la casa, por el camino de baldosas. Al menos dos veces al día hacía ese recorrido, deteniéndome en el huerto y junto a los árboles. Eran demasiado pequeños para trepar a un árbol, pero no tardaron mucho en hacerlo. Fui consciente de que en cuanto crecieran comenzarían a trepar a los árboles y saltarían la tapia del jardín. Quería que fueran gatos pueblerinos, amantes de la naturaleza, y a pesar de los riesgos lo sigo deseando. La amiga que me los regaló los había educado para temer a los coches. Ella vive en una casa, cuya puerta da a la calle, por donde pasan coches habitualmente. Tenían tanto miedo de ellos que en cuanto escuchaban el ruido del motor de un coche por el camino de tierra hasta la casa –algo que ocurre muy pocas veces- salían disparados hacia el interior de la casa. Con el tiempo han ido aprendiendo y acostumbrándose, ahora trepan a los árboles y saltan la tapia como si tal cosa. Aún recuerdo la primera noche que Mici pasó fuera porque no regresaba y decidí irme a la cama y cerrar la puerta porque hacía mucho frío. Luego apareció por la mañana subido a un árbol en un chalet vecino. Estas divertidas anécdotas las contaré en los relatos a ellos dedicados.

Llega el momento de la mañana en que hay que hacer algo. Cuando estoy mal me cuesta no regresar a la cama. Intento llevar a cabo, con determinación férrea, el programa que he confeccionado. Así escucho música. Decidí repasar todos los vinilos que tengo, la mayoría comprados en mi juventud. Comencé con Pink Floyd, luego seguí con música electrónica, jazz y blues y ahora estoy con música celta. Algunos discos están muy rayados, tanto que debería tirarlos, por suerte hace años decidí grabar los que estaban en peores condiciones en cintas. Debió ser hace bastante, cuando ni imaginaba que pudieran llegar a existir cedés o pendrives. Anoto en la agenda correspondiente las audiciones y el estado de los discos. Tengo un montón de agendas para todo, novelas que estoy escribiendo, índice de relatos y dónde están, películas que he visto y que veo, documentales, diccionarios de todo tipo como herramientas del escritor, agendas dedicadas a la recapitulación de mi vida. Es increíble cómo he caído en esta manía obsesivo-compulsiva. Desde hace ya muchos años caí en todo tipo de manías, recuerdo cómo grababa en cintas películas, documentales, programas interesantes, que luego no tenía tiempo de ver. Me consolaba pensando que lo haría cuando me jubilara. Tal vez intuía que mi jubilación iba a ser muy solitaria y muy larga. Cuando recuerdo todo el tiempo perdido en estas cosas, lo mismo que cuando me inicié en Internet y comencé en las comunidades literarias, los talleres literarios y sobre todo con el Hotel de los disparates (ahora lo estoy recuperando y subiendo a Internet) el tiempo que dediqué a todo esto ahora me asusta. No fui una buena pareja ni un buen padre, es algo que ahora veo con mucha más claridad, aunque en aquel entonces también lo veía, pero necesitaba escapar de mi enfermedad, de la fobia, de la realidad. Mi vida era una fuga constante y cualquier cosa me servía, especialmente mis manías “culturales”.  El tiempo dedicado a estas manías y a otras que no lo son tanto, como escribir, leer, escuchar música, es realmente impactante. Yo mismo me asombro, aunque luego, pensándolo mejor, me digo que ese es el tiempo que los demás suelen dedicar a las relaciones sociales. Algo humanamente mucho más positivo, bueno, lo sería si las relaciones fueran realmente “humanas” y no estúpidamente sociales, no me parece que emplear ese tiempo en hablar de futbol con los amigotes, en salir a tomar birras, en reuniones sociales en las que solo se habla de lo que uno se ha comprado o se piensa comprar, etc etc, sea mucho mejor que la forma en que yo pierdo el tiempo. Unas relaciones interpersonales humanas y profundas serían realmente envidiables, pero hablar del tiempo, de que me voy a comprar un piso, un nuevo coche, que los hijos se van a las chimpanpas, que determinados fulanitos y menganitas han hecho o dejado de hacer, o simplemente ver reality shows en la tv no es algo que me resulte envidiable precisamente.  Envidio las verdaderas relaciones interpersonales y me hubiera gustado tener más y mejores amigos, haber tenido actividades sociales generosas y humanas, disfrutar de pequeñas tonterías como tomarse una birra charlando amistosamente, o incluso tampoco está mal hablar y bromear un poco sobre futbol, pero si eso es todo prefiero pasarme horas y horas escribiendo, leyendo, escuchando música, viendo cine, incluso martirizado por esas manías obsesivas de anotarlo todo en mis agendas, que perder el tiempo, horas y horas, días y días, hablando bobadas con personas de las que al cabo de los años acabas no sabiendo nada, excepto que son de un equipo de fútbol o de otro y que tienen un coche marca no sé qué.  Como estudio en la ley de los tres círculos, en el blog, una persona del primer círculo no puede ignorar lo más importante de otra por la que siente afecto, escuchar las desgracias, conocer la intimidad más profunda del otro, aunque duela mucho, forma parte de las leyes del primer círculo, cuando ignoras todo del otro puedes estar en un segundo o tercer círculo aunque creas que son grandes amigos o personas con las que tienes un vínculo maravilloso. Huir del dolor ajeno no es precisamente la mejor manera de establecer un primer círculo, por eso incluso las familias se deshacen, se odian, no vuelven a verse, porque si no compartes el dolor tampoco podrás compartir la alegría y la felicidad. Esto lo veo ahora especialmente claro en mis relaciones con los enfermos mentales, puede que seamos incapaces de relacionarnos, es cierto, pero cuando intentan darnos envidia con esas relaciones de chichinabo, como diría mi padre, uno siente el deseo de echarse a reír y no parar. ¿Un solitario como yo puede tener envidia de personas que se saludan, hablan del tiempo, preguntan cómo estás y tratan de escabullirse si les vas a contar una historia desgraciada, de personas que llevan años hablando contigo y desconocen que eres un enfermo mental, por ejemplo, o que una vez intentaste suicidarte, o que leíste a Dostoievski a los catorce años y te dejó impactado, o que no saben que la música que más te gusta es la de Bach, o que en realidad el sexo es para ti el mayor placer de la vida, pero nunca te atreverías a decírselo ni ellos a escucharlo?

Bueno, acabo de empezar la mañana y ya tengo que pasar a otro capítulo del diario. Esto llevará tiempo. Ahora recuerdo aquella novela, Un día en la vida de Ivan Denisovich, de Soltsenizin, o como se escriba, que no me apetece buscarlo en google. Por mucho que me queje debo de estar agradecido a que un día de mi vida pueda ser tan tranquilo, bucólico y lleno de pequeñas cosas.

Sin noticias de Sara. No es que me preocupe por ella, intuyo que está bien, pero me siento muy triste cuando constato que mi primer círculo está vacío. La vida es un paisaje vacío y desolado cuando no hay nadie en el primer círculo. He comido unos macarrones, me he fumado un pitillo en el porche, está nublado y sopla un viento fuerte y frío, de nieve, los gatitos se han ido a dar un paseo, han llegado los dos perritos que se han acostumbrado a entrar al jardín como perro por su casa, la tapia ya no les resulta ningún obstáculo, han descubierto que por detrás, por fuera, hay un montículo que les permite saltarse el muro de piedra, no puedo hacer nada, no puedo subir la tapia ni cavar el montículo. Me sentaré ante el televisor y me dormiré como casi siempre. Un día más, lleno de pequeñas cosas y de melancolía.

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TEORÍA DE LA VINCULACIÓN (RECAPITULACIÓN)

24 02 2017

CARTAS DE MILAREPA DESDE EL TIBET

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TEORÍA DE LA VINCULACIÓN/RECAPITULACIÓN

Querido amigo y hermano en el Todo: Me alegra que hayas decidido prestarme tus manos para seguir tecleando mis mensajes sobre la teoría de la vinculación. Sé muy bien que tu estado de ánimo no es el mejor para enfrentarte a esta gran verdad que nos llena de esperanza, no en vano aún sigues sin recuperarte de tu desvinculación de pareja y prefieres no pensar en nada que te recuerde este doloroso momento, por eso te agradezco de corazón el doloroso esfuerzo que vas a hacer.

Ha pasado mucho tiempo desde que te dictara los últimos capítulos, ni tú mismo recuerdas muy bien su contenido, por eso vamos a hacer una breve recapitulación que nos permitirá establecer un esquema básico de lo dicho hasta ahora para poder seguir, peldaño a peldaño, ascendiendo esta escalera de Jacob, esta pirámide en cuyo vértice está la divinidad. Permíteme que te recuerde lo dicho hasta ahora.

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LA METÁFORA DEL ÁTOMO

Si imaginas el átomo como un individuo, una personalidad, te darás cuenta de que en realidad todo lo que gira alrededor de su núcleo, que sería su alma-personalidad, se ha formado a través de sucesivas vinculaciones. Sabes que éste átomo va captando electrones de otros átomos y a su vez se va desprendiendo de los propios. En lugar de átomo podríamos hablar de molécula, que es una vinculación de diferentes átomos, y así ir ascendiendo hasta llegar a un universo y estos universos se irían vinculando hasta alcanzar una dimensión superior y así sucesivamente hasta llegar a la divinidad, a la Trinidad, al círculo primigenio, al átomo increado del que todo surgió.  Pero es mejor que nos centremos en la partícula más elemental porque en realidad los seres humanos somos muy básicos, diminutos átomos que apenas inician su camino de vinculación hasta llegar a la Totalidad.

A lo largo de la vida del átomo se van produciendo sucesivas vinculaciones y desvinculaciones que harían individuos distintos, personalidades distintas, sino fuera porque el núcleo, el alma-personalidad, sigue siendo la misma. Es por ello que conforme recapitulamos las etapas de nuestra vida a menudo nos sentimos tentados a pensar que han sido personalidades distintas las que han vivido esos acontecimientos, tan diferentes son nuestros “yoes” que se han enfrentado a esos eventos. Cada vez que el núcleo del átomo atrae nuevos electrones y se desprende de algunos suyos se produce un cambio, un cambio importante que bien pudiera parecer un cambio de personalidad a los no avisados, a quienes aún son incapaces de ver el núcleo y solo atisban alguna ligera capa de electrones.

Dejando aparte ese núcleo inmortal que nunca cambia, las restantes capas de electrones serían como diferentes pieles de la personalidad, cambiantes con el tiempo. Permite que te recuerde lo que ya te dijera en mi primera carta.

EL SER DE LUZ O NÚCLEO DEL ÁTOMO

Ese núcleo, ese alma-personalidad, sería, como ya te dije:

-Inmortal, puesto que es pura energía y como ya conoces el famoso principio, la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Las capas de electrones pueden ir cambiando muchas veces a lo largo de una vida y parecer completamente distintas en las diferentes vidas que atravesamos.

-No estaría sometido al espacio ni al tiempo, por lo que podría viajar hacia atrás y hacia delante. Digamos que son las capas de electrones las que nos vinculan a los demás y a un espacio-tiempo concreto, el núcleo del átomo permanece inalterable, fuera del espacio y del tiempo, percibiendo las diferentes realidades a través de los electrones que se van vinculando a su núcleo.

-Este núcleo, esta alma-personalidad, existiría al margen de las capas de electrones, es decir, sería diferente a las vidas que iría viviendo porque en realidad éstas no son otras cosas que capas de electrones que se van vinculando y desvinculando.

-La consciencia de ese núcleo, de esa alma-personalidad, sería total y perfecta en su círculo nuclear pero conforme mira hacia fuera, a través de las capas de electrones, la sensación que tiene es la de estar viviendo en el tiempo numerosos acontecimientos que le vinculan y desvinculan con personas y cosas, de estar viviendo vidas muy repletas de eventos y si pudiera saltar esa barrera invisible, ese río Leteo que separa una vida de las demás, también recordaría todas y cada una de las capas de electrones que han conformado sus numerosas vidas. Digamos que esa barrera, ese abismo en la memoria exterior de las capas de electrones, ha sido generado para evitar el impacto de las diferentes personalidades exteriores que supone la vinculación con diferentes cuerpos.

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EL VELO DE MAYA

No sería otra cosa que esta tupida red de capas de electrones que nos van vinculando y desvinculando con las cosas y las personas.  Nos dan la sensación de que nuestra personalidad va cambiando, va evolucionando en el tiempo, pero no es cierto, nuestra verdadera personalidad, nuestra verdadera realidad está en el núcleo que forma parte del núcleo primordial de la divinidad, del gran círculo, de la Totalidad. Creemos que la única realidad es la de las capas de electrones que van formando parte de la órbita del núcleo, unas son atraídas por primera vez y comienzan a formar parte de esa órbita, otras son expulsadas, desvinculadas, y dejan de formar parte de la atracción del núcleo.

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LA METÁFORA DE LA RADIO Y LAS DIFERENTES EMISORAS

Para explicarte cómo nos vinculamos con las diferentes realidades, las diferentes vidas, utilicé la metáfora de la radio, un artilugio que conoces bien y que te resulta muy sugerente. En efecto, vives tu vida normal, o si prefieres, cuando estás en el tonal –en la terminología chamánica que tanto te gusta- estás conectado a una emisora concreta, con una programación concreta, por eso tienes la sensación de que tu vida es lineal, cada día la misma programación con algunos matices diferentes. Así es como sientes tu vida, sin embargo cuando por algún acontecimiento inesperado y dramático se produce un cambio de emisora, o el punto de encaje –siguiendo con términos chamánicos- es decir, el dial, se mueve, comienzas a vivir la programación de otra emisora. Estos son los choques dramáticos que se generan cuando el tonal se comprime y aparece el nagual.

Durante el sueño el dial, el punto de encaje, queda suelto y puedes captar muchas emisoras y muchas programaciones, de las que solo recuerdas, al despertar, alguna imagen confusa, si es que recuerdas algo. También cuando el aparato de radio se golpea o sufre algún desperfecto, se puede acceder a emisoras desconocidas, debido a que el dial se ha movido por fuerzas ajenas a tu mano. Son las vivencias del nagual, como tú dices, que no se recuerdan cuando el aparato de radio es reparado y regresa el dial o punto de encaje a su estado primitivo.

La muerte sería la rotura definitiva del aparato de radio que ya no puede captar más emisoras y debe ser sustituido por un aparato nuevo, es decir el cuerpo físico se deteriora hasta el punto de morir y solo cuando recibes un cuerpo nuevo, un nuevo aparato de radio vuelves a captar emisoras.

Como bien sabes, cuando rompes un móvil, te puede servir la tarjeta para uno nuevo, en el que además de grabarse las nuevas llamadas tienes acceso a los datos guardados con el otro –al menos en teoría- de esta manera estarías accediendo a la memoria de dos móviles, o dicho de otra manera, de dos vidas. Esto no sucede con los cuerpos, porque el fabricante ha decidido que la tarjeta del móvil roto no te sirva para el móvil nuevo, o dicho de otra manera, cuando recibes un nuevo cuerpo la memoria del anterior ha desaparecido. No tendría que ser así necesariamente, sin embargo el fabricante ha tomado esa decisión que puede parecer sin sentido, aunque los fabricantes de cuerpos, digámoslo así, parecen ser bastante más listos que los fabricantes de móviles. Conoces bien el mito clásico del río Leteo, que al atravesarlo los que están en el más allá, para regresar al más acá, pierden por completo la memoria, una cualidad de las aguas de ese río mitológico. Ese aparente capricho de los dioses tiene plena razón y sentido, ya que pocos soportarían recordar en el más acá lo que fueron e hicieron en el más allá. El fabricante ha decidido que la tarjeta del móvil roto no sirva para el nuevo y deberíamos agradecérselo ya que de otra manera la confusión de móviles, de identidades y personalidad, crearía tal caos en nuestra vida actual que la locura sería la única salida.

Esto es más o menos lo que te decía en la carta que titulé “Nuestros “yoes” y el tiempo. Aunque el núcleo del átomo permanezca intacto cuando se renueva por completo la capa de electrones que lo acompañó durante lo que podríamos considerar una vida subatómica al yo externo, o “yo electrónico”, no le es posible acceder a la memoria grabada por los antiguos electrones que al “morir” se han desvinculado por completo del núcleo.  Aunque el núcleo del átomo puede tener acceso a todas las memorias grabadas por las capas de electrones de una vida anterior no puede hacerlo el yo externo, vinculado a las capas de electrones actuales.

En mi siguiente carta te hacía recorrer un día estándar en la vida de un ser humano vinculado a una emisora de radio concreta y luego en la siguiente te hablaba de los cambios de emisora, de la vinculación y desvinculación con los seres queridos. Este es un breve resumen de lo que hemos tratado hasta ahora, desde ahí partiremos en mi siguiente carta, que espero recibas pronto y que no obstaculices con tus consabidas disculpas del estado de ánimo y tu deseo de apartarte de todo lo que te conmueve, para dejar pasar el tiempo sin que su filo cortante te hiera demasiado.

Que la paz profunda te acompañe en el camino, querido amigo, querido hermano en el Todo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 





LOCOS EGREGIOS VI

20 02 2017

ALGUNOS MÚSICOS LOCOS

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¿ERA BEETHOVEN UN ENFERMO BIPOLAR?

Aunque la etiqueta es muy moderna parece claro que Beethoven tiene todos los síntomas de un depresivo y dadas sus variaciones de humor catalogarlo como bipolar no parece una excentricidad. Como apasionado admirador de su música encuentro en ella esos extremos tan comunes en el enfermo mental, era capaz de la alegría más intensa y espiritual como lo demuestra su novena sinfonía, al tiempo que podía llegar a la tristeza más profunda de sus últimos cuartetos, era explosivo e intenso, sufría graves accesos de cólera, era misántropo, tenía serias dificultades para las relaciones interpersonales y su aislamiento, especialmente a raíz de su sordera, es tan típica del enfermo mental que aunque nunca fuera diagnosticado como tal -en su época la psiquiatría y el estudio de la enfermedad mental estaban en mantillas- es fácil que de haber vivido hoy en día se le habría etiquetado como tal. Los enfermos mentales sufrimos un grave complejo de baja autoestima y tratamos de paliarlo intentando meter en el saco a grandes genios de la literatura, el arte, la música o cualquier otra faceta del conocimiento humano, nosotros mismos buscamos fórmulas mágicas para autoconvencernos de que somos especiales, poseemos una sensibilidad extrema que creemos raya en la genialidad. Yo mismo intento convencerme de que soy un gran escritor y de que mi enfermedad mental tiene que ver mucho con esa hipersensibilidad que nos incapacita para enfrentarnos con la dureza de la vida. Puede que con frecuencia nos pasemos en eso de buscar referentes geniales que hagan más llevadera nuestra condición de enfermos. No obstante, cuando lees la biografía de Beethoven y descubres que su padre era un alcohólico, que lo maltrató, que nunca recibió ni la más mínima dosis de cariño, que se vio obligado a cuidar de su familia a temprana edad, que tuvo la desgracia de padecer una sordera que es la peor enfermedad que puede sufrir un músico, que sufrió una grave intoxicación de plomo que le produjo problemas digestivos y tal vez problemas mentales, uno se siente tentado a verlo como un hermano, un hermano enfermo mental. Uno de esos hermanos que luchan toda la vida con la enfermedad, que no toman medicación, que procura refugiarse en la soledad para pasar desapercibido y que intenta por todos los medios crear una obra genial que compense su imagen de monstruito inadaptado. En algunas cartas se comprueba que sus ideas de suicidio estuvieron muy presentes en algunas etapas de su vida. Como suele ser frecuente muchas obras geniales de estos enfermos mentales se han creado durante las crisis más agudas de su enfermedad.

http://blogs.20minutos.es/yaestaellistoquetodolosabe/5-genios-locos/

http://historiaybiografias.com/arte03/

https://www.personasque.es/trastorno-bipolar/salud/bienestar/genialidad-inteligencia-creatividad-581

LA COMPLEJA HISTORIA CLÍNICA DE SCHUBERT

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Una personalidad con un carácter muy inestable, promiscuo hasta llegar a sufrir la sífilis, fumador empedernido, parece que también fumaba opio, alcohólico con fuertes explosiones de cólera…conductas patológicas muy comunes en la enfermedad mental.Sus estados de ánimo variaban tanto que podría calificársele de ciclotímico o bipolar.

http://www.nexos.com.mx/?p=8685

http://www.filomusica.com/filo83/fantasmas.html

SCHUMAN

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Pocas dudas puede haber sobre la enfermedad mental de este gran compositor que tras varios intentos de suicidio acabó muriendo en un manicomio a los 46 años de edad.

http://legadodeuntitan.com/blog/?p=349

http://www.elmundo.es/cultura/2015/03/06/54f8e60a22601da90c8b4572.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Robert_Schumann