MI VIDA ONÍRICA X

19 08 2016

SUEÑOS 27-12-2007 LEÓN

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SUEÑO J.R.

He vuelto a soñar con J.R. y J. Este último muy bien trajeado, como siempre y con gafas, estaba perdiendo la memoria. Intentaba leer algo de un libro sin conseguirlo. J.R. habla conmigo en una cafetería. No ha conseguido sacar la oposición de Justicia a pesar de los esfuerzos de su padre que se siente decepcionado/ No siento gran aprecio por él. Sueño extraño y reiterativo.

COMENTARIO

Hay personas con la que sueño reiteradamente, a pesar de que no pienso mucho en ellas ni siento un especial afecto ni vinculación. Anoche mismo soñé con otra persona a la que no veo desde hace años y con la que acabé mal debido a conflictos en unas circunstancias especiales. A pesar de todos mis esfuerzos durante años, anotando y estudiando los sueños, no he conseguido encontrar una pauta para explicar estos sueños que desentonan mucho con la vida real y cotidiana. Salvo contadas excepciones los sueños parecen seguir su propio criterio, es decir el criterio de otro yo que parece tener pensamientos, emociones e intereses diferentes a los de mi yo consciente cotidiano. Su vida paralela parece ser muy diferente a la que yo llevo en la vida real, sin que exista una cronología válida ni una estructura vital lógica y racional. Incluso la programación de sueños me ha dado escasos resultados, no sueño con lo que quiero ni con quien quiero, sino que la temática y las personas se me imponen por alguna razón que desconozco.

Hace años, incluso anteriores a la fecha de este sueño, pensaba que todo podía explicarse debido a que en el mundo onírico no existe espacio ni tiempo. Ahora, tras largos años de anotaciones de sueños y análisis de los mismos, he llegado a la conclusión de que aunque ese factor explica muchas cosas no lo explica todo ni la mayoría de las contradicciones oníricas. Me inclino a pensar, como explica don Juan en el arte de ensoñar, que cuando ensoñamos podemos viajar a otros mundos o dimensiones paralelas, que son tan reales como ésta como no se cansa de decirle don Juan a Castaneda. La existencia del doble también explicaría ciertos sueños que parecen no tener la menor lógica. Aunque esto no he podido constatarlo de forma fehaciente, tal vez debido a que aún no soy un guerrero auténtico.

La relación con J.R. y J. me fue impuesta por las circunstancias. Yo no la busqué y me limité a aceptar lo que se me daba o imponía. En aquel tiempo me sentía muy solo, una constante en mi vida, y cualquier relación me venía bien. Debido a mi falta de carácter, timidez, falta de asertividad y la típica falta de voluntad del enfermo mental, dejé que éstas dos personas se impusieran en muchos aspectos de mi vida. A pesar de que la relación interpersonal llegó a ser aceptable, incluso buena, yo nunca estuve de acuerdo con su forma de pensar y su filosofía de la vida y me dejé llevar por ciertos caminos con los que nunca estuve de acuerdo. La ruptura se debió a circunstancias que se impusieron. Se puede decir que yo nunca tomé decisiones personales que me llevaran por el camino que yo quería, simplemente me dejé llevar, incluso a la hora de la ruptura. Acepté que formaran parte de mi vida sin hacer mucho en ese sentido y también acepté que dejaran de formar parte de ella, sin tomar más decisiones que las imprescindibles para hacer frente a las circunstancias que se produjeron.No existía afinidad humana, ni espiritual, ni nuestras formas de pensar y ser eran suficientemente afines como para que acabaran formando parte de mi primer círculo, en realidad nunca salieron del segundo.

Las circunstancias que aparecen en el sueño son bastante lógicas y razonables, algunos datos son reales, es decir que coinciden los datos del sueño con la vida real. Desconozco si el sueño fue premonitorio puesto que hace muchos años que no sé nada de ellos. La posibilidad de que una persona mayor pierda la memoria a cierta edad es bastante verosímil. Yo mismo he tenido muchos sueños en los que perdía la memoria, bien fuera por una enfermedad o simplemente por el deterioro propio de la edad. Incluso hoy en día acepto y asumo esa posibilidad con naturalidad. Tal vez en sueños achaque a los demás la falta de memoria que podría ser algo que me sucediera a mí.

 

Proust

SUEÑO CLASES DE INGLÉS

Estoy en una casa con pupitres/ recibo lecciones de un amable profesor/ La mayoría son extranjeros con pinta de ingleses/ Entiendo todo a pesar de ello/ El profesor le da un libro a otro para que haga un trabajo/ A mí me da un tomo de Proust/ Doy una conferencia magistral/ Curiosamente no recuerdo detalles de ellas, es como si pensara que lo iba a hacer y la fuera construyendo en mi mente/Lógica perfecta en la disertación sobre Proust/ A la salida me habla un inglés que va a tomar algo en un bar.

 

COMENTARIO

La enorme dificultad que conlleva distinguir un sueño propio de uno ajeno, es decir de un sueño compartido hace que muchos sueños sin sentido no puedan ser explicados con un mínimo de lógica. Para detectar los sueños compartidos diseñé una programación que me pareció original pero que luego descubrí que no lo era tanto viendo la conocida película sobre los sueños que vería años más tarde y creo que está protagonizada por Mat Dillon, aunque ahora no recuerdo el título. En ella utilizaban una especie de peonza que se movía en el sueño, un objeto personal del soñador que también le ayudaba a saber cuándo dejaba de controlar el sueño, al caer sobre la mesa por no poder seguir dando vueltas. En mi caso utilizaba objetos personales con los que tenía contacto durante todo el día y con los que estaba muy unido, por ejemplo mi reloj de pulsera, la cartera, las gafas, etc. Cuando en el sueño yo llevaba alguno de esos objetos, que podía ver y palpar, asumía que el sueño era mío y no un sueño compartido. Aunque eso es algo que ahora no tengo muy claro.

En cambio mi convencimiento de que existen sueños compartidos sigue siendo absoluto. Se podría decir que el contacto de nuestras proyecciones mentales o cuerpos astrales en sueños genera un intercambio de ideas, emociones, vivencias e incluso de la propia personalidad. Esto último es un hecho realmente terrorífico, puesto que indicaría que nuestras personalidades no son tan sólidas y firmes como parecen. No podemos intercambiar los cuerpos físicos en el mundo real, no podemos pensar y sentir como los demás, por mucha empatía que tengamos, esto nos hace creer que nuestras personalidades son islas a las que nadie puede llegar porque están protegidas por la naturaleza o búnkeres tan sólidos y perfectos que nadie se puede colar, como explico en mi novela “El búnker”. Sin embargo parece claro que esto no es así y que en sueños el mero contacto de la energía mental puede trastocar una personalidad hasta el punto de convencerla de que es otra. Si esto ocurriera en el mundo físico nuestras vidas serían caóticas y sin sentido, eso sí, muy divertidas, tal como contaré algún día en un relato y que ya he esbozado en mi personaje el Sr. Múltiple Personalidad, que aparece en la novela Crazyworld.  Es como si en sueños se encontraran dos ectoplasmas o cuerpos astrales y con solo tocarse intercambiaran sentimientos, pensamientos y hasta la propia identidad. El que uno se imponga al otro imagino que tiene mucho que ver con la personalidad fuerte de uno de ellos y de otras circunstancias que ya estudiaremos en otros comentarios.

En este caso hay un detalle que me hace dudar de que fuera un sueño compartido, se trata de Proust. Hay pocas personas que hayan leído a Proust. Ello no significa que yo me considere una persona muy culta y los demás unos analfabetos, pero sí he leído la obra completa de Proust, he anotado numerosas frases y tengo en la cabeza desde hace años un ensayo sobre él, por lo que me parece que no sería fácil encontrar a otro soñador que me pudiera transmitir sus impresiones sobre el escritor. Además, aunque no concreto al anotar el sueño, parece que todo lo que desarrollo sobre el discurso magistral sobre Proust tiene sentido. Así pues, lo mismo que existen objetos personales para identificar como propio un sueño, también existen conocimientos o emociones propias que nos hacen pensar que el sueño puede ser nuestro. Como nunca ocurrió que yo fuera a una escuela de inglés con pupitres, donde hubiera mayoría de ingleses (una contradicción onírica) me inclino a pensar que el sueño fue compartido en cuanto al estudio del inglés y que en el mismo sueño yo pensé sobre Proust imaginando lo que diría sobre él si pudiera dar una clase magistral. Este es un tema muy interesante que veremos en otros comentarios. Quiero decir que se puede pensar en sueños y que muchas veces algunas ideas casi mágicas que nos llegan cuando estamos despiertos son nuestras propias ideas en sueños. El propio Castaneda reconoce en el libro Diálogos con Castaneda, que los libros que escribió le fueron dictados en sueños.

 





ERRORES DE CONDUCTA RESPECTO AL ENFERMO MENTAL IV

10 08 2016

ERRORES DE CONDUCTA RESPECTO AL ENFERMO MENTAL IV

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Ahora sí nos centraremos en la aceptación de su enfermedad por parte del enfermo mental y de esta forma contestaré a una consulta hecha en el blog al respecto.  Una enfermedad mental debe ser diagnosticada, los autodiagnósticos están bien para andar por casa pero no para tomar las decisiones correctas que nos ayuden a vivir de la mejor forma posible. Todo diagnóstico debe hacerse por un profesional y nunca viene mal que sea revisado por alguno más. La enfermedad mental tiene muchas complicaciones, tanto a la hora del diagnóstico como en las siguientes etapas, el conocimiento de la enfermedad y su tratamiento, no digamos a la hora de que el enfermo acepte su enfermedad, respecto a los familiares y el entorno ya hablamos de ello en el anterior capítulo.

Una enfermedad mental no es como una enfermedad física, te duele la barriguita, pongamos por caso, poniendo un ejemplo y tratando el tema con humor, como a mí me gusta, y esperas un poco, a ver si mañana estás mejor, si no lo estás comienzas a pensar qué es lo que te pasa, habré comido algo en mal estado, me habré enfriado, me destapé anoche, etc.  Se toma una infusión digestiva, un caldo caliente, un protector de estómago, lo que sea, y si el dolor sigue persistiendo se va al médico de familia que nos diagnostica y nos da medicación, si entiende que puede ser algo más serio te remite al especialista, te hacen pruebas de todo tipo y al cabo de un tiempo, mayor o menor, acabas sabiendo qué te pasa y los tratamientos posibles y la evolución de la enfermedad, desde las posibilidades más leves a las más graves.

En el caso de la enfermedad mental todo es mucho más complicado, infinitamente complicado. Porque un momento de tristeza lo tiene cualquiera, un periodo de bajón del ánimo, de profundo decaimiento, también es bastante habitual, sobre todo si  se han producido acontecimientos externos, como el fallecimiento de un ser querido, la pérdida de un trabajo, una ruptura sentimental, etc. ¿Cómo sabemos entonces si estamos tristes por una causa “normal” o si es un síntoma de una posible enfermedad mental?

Es la pregunta del millón, por desgracia no existe una cultura en nuestra sociedad sobre el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad mental. La única cultura que ha existido a lo largo de los siglos ha sido la cultura del “palo y tente tieso”, es decir, todos eran más o menos raritos, si uno lo era más que el resto, mientras no complicara las cosas podía ser diagnosticado como “un loco amable”. Si era peligroso y violento, el diagnóstico era inmediato e inmediato el “tratamiento”, palo y tente tieso. Según las épocas un loco podía pasar a ser un poseído por el demonio, un brujo o bruja, o aspirante a chivo expiatorio de los asesinos en serie de la época. Aún hoy día sigue existiendo una incultura supina, crasa y trascendental, como nos decía a nosotros el profesor de latín, que teníamos ese tipo de cultura, vamos que éramos unos burritos. En nuestra sociedad hay campañas para la prevención de diferentes enfermedades, cáncer, enfermedades infecciosas de todo tipo, las campañas están a la orden del día, pero jamás he visto una campaña o un protocolo para la detección de una enfermedad mental y cómo deben comportarse familiares y entorno. Aquí te diagnostican después de un intento de suicidio, si sobrevives, que ese es otro tema que trataremos en otro momento, porque para la mayoría de la gente comienzas a ser un enfermo mental después de un intento de suicidio, entonces sí comienzan a tomarte en serio, pero las estadísticas dicen que somos pocos los que sobrevivimos a serios intentos de suicidio, es como si a un enfermo de cáncer le diagnosticaran cuando está agonizando, esto no es de recibo. Es cierto que también comienzan a preocuparse por ti cuando te encamas y te pasas quince días, pongamos por caso, sin levantarte, sin comer, sin hablar, etc, entonces un familiar sensible y compasivo decide llevarte al médico de familia por si tienes anemia o alguna otra enfermedad. Como los adolescentes son muy raritos, esto suele pasar desapercibido, si lo haces de joven primero se piensa en una enfermedad física, si te ocurre de adulto enseguida te preguntan si se te ha muerto alguien o has roto con la novia o has perdido el trabajo. Y si de niño comienzas a presentar síntomas o conductas un poco “raritas” te llevan al psicólogo para que te trate como a un niño “rebelde” e insufrible. Normalmente los enfermos mentales somos diagnosticados de jóvenes, de los dieciocho años en adelante, cuando ya hemos sufrido alguna crisis grave.

INQUISICIÓN

Pondré el ejemplo de mi propio diagnóstico para que nadie se sienta ofendido o avergonzado. Yo ya soy un enfermo mental público, no tengo nada que perder, nadie se va a ofender o avergonzar por lo que diga y como ya tengo una edad y he vivido la mayor parte de mi vida como enfermo, para mí hablar de ello es como para un diabético al que todo el mundo ha visto pincharse, reconocer que efectivamente lo es. En esta loca sociedad en la que vivimos, caótica, sin valores, agresiva, violenta, competitiva hasta el salvajismo, en la que vemos y hemos visto tanto, en la que todo el mundo es serio candidato a enfermo mental, reconozco que darse cuenta de que alguien efectivamente lo es, no es nada fácil. Incluso las pruebas genéticas, que ya son bastante comunes para ciertas enfermedades físicas, no dejan de ser una entelequia para la enfermedad mental. El hecho de tener determinados genes, de haber existido enfermos mentales en la familia, ya indica la seria posibilidad de que nosotros podamos sufrirla también, pero como me dijeron cuando sufrí una úlcera de duodeno, la helicobacter pílori, la bacteria causante, la tenemos todos, solo que a algunos se nos manifiesta y a otros no. La “bacteria” de la enfermedad mental la tenemos todos, solo que la manifestación dependerá de muchas causas, algunas muy elementales.

Yo, particularmente, tengo un diagnóstico “mágico” para la enfermedad mental. Claro que yo no soy nadie y mis manifestaciones deben tomarse como las de un enfermo que se mete a “autodiagnosticarse”, con mucha reserva. Aún así me atrevo a decir que si observamos con este “aparatito” mágico de mi invención a las personas, pequeñas o grandes, encontraremos con facilidad la semilla de la enfermedad. Un niño que no recibe cariño suficiente o que es maltratado es un serio candidato a la enfermedad mental, con genes o sin genes. Todas las víctimas del maltrato, de la tortura, los que han sufrido la pérdida de un ser querido, los que están solos, incapaces de relacionarse, misántropos, bloqueados emocionalmente, son candidatos a la enfermedad mental. Cuando escucho a los vecinos de los asesinos en serie, decir aquello de que “parecía una buena persona” porque no “daba guerra” y saludaba al pasar, aunque en realidad no se relacionara con nadie, se me cae el alma a los pies, como si “las buenas personas” fueran aquellas que permanecen en sus casas, sin relacionarse, sin insultar a nadie, capaces de morirse sin dar ni una vez la lata a un vecino. Esto nos indica el paupérrimo criterio que existe en esta sociedad sobre las buenas personas, los sanos y los enfermos. No importa cómo seas o lo que hagas o no hagas mientras estés solito y no te metas con nadie. Esto indica bien a las claras el nivel espiritual de esta sociedad y lo que podemos esperar de ella. Si no eres productivo, competitivo, si no eres capaz de triunfar consiguiendo muchos bienes materiales, o fama o poder, o lo que sea, al menos apártate del camino y no molestes.

Yo fui un niño muy sensible, no es que esto te haga candidato a enfermo mental, pero sí es cierto que no hago otra cosa que escuchar a los hermanos enfermos mentales autocalificarse de “sensibles”. En una sociedad como la nuestra, ser sensible, empático, blandito por dentro, es poner el cuello bajo el hacha del verdugo. Esto es cierto y por mucho que los “triunfadores” nos digan que el secreto de su éxito es haber sido duros y haber alcanzado las metas sin echar una lagrimita por el prójimo, yo particularmente siempre preferiré seguir siendo “sensible”. Una persona sensible, imaginativa, creativa, empática, tímida, que sufre mucho por todo, que no se “endurece” por muchos palos que la den es una excelente candidata a enfermo mental. Si además tus padres no son cariñosos o si has presenciado el maltrato físico o psicológico, si en tu familiar un abuelo o abuela o tío o tía o bisabuelo o bisabuela, han sido”locos” o enfermos mentales no diagnosticados, lo más fácil es que te toquen muchos números en la rifa de la enfermedad mental. Si  además sufres una educación represiva en todos los sentidos, como yo la sufrí, si ya de niño te inculcan que puedes ir al infierno por una mentirijilla y allí quemarte por toda la eternidad, entonces ya estás en el camino de la enfermedad mental. Si no hubiera sido un niño tan sensible habría hecho la primera comunión sin antes pedirle al cura que me volviera a confesar porque había dicho una mentirijilla para salir del paso, o no me habría sentido tan culpable por masturbarme que no podía dormir por las noches pensando en que si moría en ese momento me iría al infierno. Mucho cuidado con la educación que reciben los niños en este terreno, los estamos preparando para la enfermedad mental. No puedes educar a un niño diciéndole que existe el infierno y se va a ir a él con solo una mentirijilla, no digamos si se masturba y luego además va a comulgar sin confesarse, o decirle a un adolescente que bajo ningún concepto arroje la semilla antes del matrimonio o Dios se enfadará. Incluso en estos tiempos escucho a prelados de la iglesia católica hablar como me hablaban a mí los frailes que me educaron, y me rebelo sin poder evitarlo. Educar en la represión, el dogmatismo, sin cariño, con amenazas, con coacciones, destroza la psicología del niño, que se transforma en un adolescente misántropo y atormentado, luego en un joven incapaz de enfrentarse a la vida y propenso a la desesperación y al suicidio.

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Esa fue en parte mi historia. En mi familia ha conocido algunos casos que hoy se calificarían de enfermedad mental. Debo admitir que en mí debe haber más de un gen torcido. Si además nací sensible e imaginativo, creativo, como he demostrado en mi faceta de escritor, si además, mis padres, por educación y por la época en la que vivieron,no fueron muy cariñosos, si presencié algunas escenas que hoy podrían calificarse de maltrato físico o psicológico, aunque entonces eran bastante normales, si además fui educado interno en un colegio religioso durante ocho años, de forma tan represiva que hoy me da la risa, aunque no fue tan divertido, como lo cuento en mi novela “Los pequeños humillados”, si además yo “iba para cura” como se decía entonces, y lo abandoné porque no soportaba el dogma y la represión, entonces tan solo falta “un pelo” para que algo desencadenara mi enfermedad mental.  Incapaz de relacionarme al salir del colegio, huyendo de las chicas como del demonio, porque así me habían educado, sin trabajo, a pesar de mi formación, para le época más que aceptable, el que en un momento determinado intentara el suicidio, me tirara por una ventana, estaba más que cantado.

No digo que de niño debieron haberse dado cuenta de lo que me pasaba, que de adolescente estaba claro que yo era un buen candidato a enfermo mental, no digo que tuviera que ser diagnosticado antes, dada la época que me tocó vivir, pero al menos alguien debió haberse dado cuenta de lo que me pasaba y llevarme a donde fuera posible en aquellos momentos, antes de que me arrojara por una ventana. Porque entonces todo fue muy sencillo. Internamiento en un psiquiátrico, diagnóstico de enfermo mental, tratamientos de choque… todo demasiado tarde y mal. Debería haber un protocolo para el diagnóstico del enfermo mental a edad temprana, por mucho que pueda doler a los familiares y al propio enfermo. Desde luego que yo hubiera preferido que un profesional me hubiera dicho, a los catorce años, por ejemplo, que necesitaba tratamiento psicológico porque era candidato a enfermo mental, que no que me lo dijeran después de haberme roto la crisma al tirarme por una ventana. Aquellos eran otros tiempos, desde luego, pero hoy estamos en “otros tiempos” y todo sigue igual o casi igual. Creo que en parte la culpa es del “estigma”, de ser considerados como unos enfermos más ya se habrían establecido protocolos de diagnóstico y tratamiento a edad temprana, aunque yo sigo creyendo “erre que erre” que la gran medicina para el enfermo mental es el cariño y debería establecerse un protocolo de emergencia para que todo el mundo abrazara por la calle a una persona que acaba de ser diagnosticada como enfermo mental, creo que incluso antes, mucho antes, si todos recibiéramos cariño suficiente desde el nacimiento y a lo largo de toda la vida, no digo que no habría enfermedad mental, pero ésta no sería el gran problema escondido y vergonzoso de la humanidad que es ahora.

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Y como siempre me alargo en demasía, dejaré para otro capítulo el proceso que sigue un enfermo hasta que consigue aceptar su enfermedad y cómo la dificultad de este camino hace que muchos se echen atrás constantemente y cómo somos muy pocos los que decimos: sí, aquí estoy, soy un enfermo mental, hago lo que puedo, lucho con garras y dientes, he vivido esta experiencia, de la que no me avergüenzo porque es una enfermedad y cada día aprendo más de mi enfermedad, cada día me enfrento a ella, cada día avanzo, cada día me transformo un poco más en un guerrero impecable. Nos queda un camino tan largo a los enfermos mentales que yo mismo me asusto. Algún día estas mis palabras parecerán tan elementales que se asombrarán de que en esta sociedad y en estos tiempos los enfermos fuéramos tratados como lo estamos siendo, lo mismo que ahora nos asombrábamos de que en la Edad Media se nos considerara poseídos por el demonio.

 





EL LOCO DE CIUDADFRÍA (NOVELA)

6 08 2016

  EL LOCO DE CIUDAD-FRÍA

 

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NOTA DEL AUTOR

Han pasado algunos años desde que escribiera la introducción a esta novela que pueden leer a continuación. Desde entonces muchas cosas han cambiado en mi vida, la mayoría para mejor. La obsesión que transmito en ese texto por mi supuesta locura y lo que se supone que los demás piensan, han pensado o pensarán de ese pobre loco ha ido remitiendo con el tiempo, gracias a Dios. He superado casi por completo mis viejos problemas depresivos y estoy en vías de solucionar mi fobia social. No me considero un loco, más allá de lo que implica ese concepto en el sentido de rebelde, peculiar, original o minoritario y por lo tanto no me siento obligado a dar explicaciones de lo que pienso, hago o de cómo es, o deja de ser, mi vida. Aún así sigo pensando lo mismo o parecido sobre el trato recibido de un gran número de personas de mis diferentes entornos a lo largo de las distintas etapas de mi vida. No me apeo del burro en cuanto a cómo creo que somos tratados los enfermos mentales en esta sociedad y sobre cuánta hipocresía y “mala leche” es desplegada por los “normales” o “intocables”  para marginarnos, aislarnos y mantenernos constantemente fuera de sus vidas y sus presencias. Sigo en mis trece cuando expreso mi convencimiento de que solo el amor, el cariño, la proximidad física y afectiva a los enfermos mentales puede acabar curando o atenuando sus patologías. Si hay genes torcidos será complicado curar completamente a un enfermo mental, aún así nadie me convencerá de que el amor y el cariño no podrían, incluso, enderezar un gen torcido.

En cuanto a lo novela en sí, es sin duda mi novela más ambiciosa, también la más autobiográfica. Eso no quiere decir que todo lo que en ella se cuenta sea cierto y real hasta la médula. La manipulación a la que he sometido mis vivencias, mi pasado y todo lo que soy o me ha sucedido, es tan fuerte que solo un iniciado, alguien que me conociera muy a fondo, podría descubrir dónde miento descaradamente o dónde me acerco a lo más real de mí mismo o de mi trayectoria vital. No importa lo que el autor haya hecho con sus vivencias porque lo verdaderamente importante es lo que en esta novela se cuenta de la supuesta o real “locura”, de cómo reaccionan los demás ante quienes se niegan sistemáticamente a formar parte del rebaño, de cualquier rebaño, y cómo toda vida que se precie no es sino una profundización espiritual en uno mismo. Como diría Milarepa, hemos venido a esta vida para aprender las lecciones espirituales que nuestros maestros han considerado indispensables para nuestra evolución como seres espirituales. Algunos parece que necesitábamos más lecciones y mucho más severas que otros o puede ser que voluntariamente hayamos elegido las experiencias más terribles para dar un salto de gigante en nuestro progreso espiritual. Hay muchas cosas que ignoramos, sin embargo de algo sí deberíamos estar seguros: todos acabaremos aprendiendo las mismas lecciones, de una forma o de otra, todos procedemos del Todo y a él regresaremos, todos estamos expuestos a que la tortilla se voltee y cuando pensábamos que nuestro orondo trasero estaba a salvo de quemarse, lo encontremos chamuscado y maloliente. Quien crea que a él nunca le sucederá nada de lo que nos ha sucedido alguna vez a los “locos”, que las desgracias están para que las sufran los demás, no él y que su buena estrella le acompañará hasta la muerte y más allá de ella, es un auténtico ciego y más le vale que abra los ojos y empiece a ver la auténtica realidad o el golpe que acabará recibiendo antes o después será todo un apocalipsis.

Aprovechando la nueva subida de capítulos que ya tengo en otras páginas he decidido hacer una revisión concienzuda y casi definitiva del texto que me servirá para guardar en mi biblioteca, con ilustraciones y todo, a la espera de que algún día otro “loco” como yo se atreva a publicar esta novela que seguramente revolverá muchos estómagos y muchas almas sensibles, para siempre.

No espero que les guste. Mi máxima ambición sería que les disgustara hasta el límite de hacer que se replanteen sus propias vidas. Un abrazo.

 

                        EL LOCO DE CIUDAD-FRÍA

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                 A MODO DE PRÓLOGO

 

Hace unos días pude leer en la prensa una pequeña nota, perdida entre otras muchas informaciones, tal vez más importantes. En ella se decía que el 6% -han leído bien- de la población mundial, padece trastorno bipolar. Teniendo en cuenta que con casi total seguridad la mayoría de los bipolares están en países ricos ( a los pobres solo les preocupa el hambre y ni se enteran del resto de trastornos) y si a esto añadimos que además de bipolares hay paranoicos, psicóticos, neuróticos leves o menos leves, fóbicos, obsesivo-compulsivos … y podríamos seguir y seguir… la conclusión, al menos por mi parte, es que la enfermedad mental no es moco de pavo, ni por el número de enfermos, ni por las consecuencias para la persona que la sufre.

Para completar esta información pude escuchar en un programa de radio que en este país somos más de ochocientas mil personas las que hemos sufrido algún tipo de enfermedad mental a lo largo de nuestras vidas y que 1 de cada 4 españoles sufre algún trastorno psicológico. No es una estadística para olvidar, desde luego. La estadística se centraba en las pérdidas económicas que esto producía en la economía del país y creo recordar que se atrevía a cuantificarlas. Lo cierto es que a mí, particularmente, me interesa mucho más el sufrimiento por milímetro cuadrado de piel o de neurona que las pérdidas que esto puede suponer para una economía globalizada (sobre todo si quienes pierden tienen mucho, porque a los que tienen muy poco les da igual morirse de hambre hoy que mañana… es un decir sarcástico… ustedes me entienden).

Si algún día el bienestar del planeta se cuantificara por el sufrimiento de sus enfermos mentales nos daríamos cuenta que el bienestar económico es en realidad una paparrucha. El enfermo mental, aparte del sufrimiento intrínseco de su enfermedad, tiene que padecer una marginación social de no te menees, y a veces un acoso por parte de ciertos grupitos que es más propio de depredadores sin escrúpulos que de seres humanos. Se llaman a sí mismo cuerdos y normales y se burlan desvergonzadamente de quienes han tenido la desgracia de que su psiquis se resquebraje por una infinidad de motivos. A ellos, a los cuerdos y normales, los encerraría yo en una isla desierta, a ver si se devoraban entre sí o por el contrario demostraban que su cordura es auténtica y no un simple dar cuerda a los demás para que se ahorquen.

Suena duro, lo sé, muy duro, pero les aseguro que si se les ocurre leer el relato que sigue a este largo prólogo, “El loco de Ciudadfría”, tal vez cambien un poco de opinión. Si bien las fronteras entre la locura y la cordura nunca han estado muy claras; si es cierto que muchas veces se confunde lo políticamente correcto con la cordura y la filosofía personal con la locura; si los surrealistas de principios del siglo XX trabajaron mucho este aspecto de la locura –el enfrentamiento con una sociedad patéticamente cuerda, hasta extremos vomitivos- y si Dalí utilizó el método paranoico-crítico ( como él lo definió) para mantener ciertos estratos de su vida y de su obra –delirios de loco- al margen del resto de su personalidad ( ” La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco”), no deja de ser absolutamente cierto que la enfermedad mental y la locura existen. Bien sea debido a causas sociales, culturales, psicológicas, o a la herencia genética o a malformaciones biológicas, lo cierto es que la enfermedad mental y la locura existen….

Pocos seres tan marginados e incomprendidos como el loco. ¿Han visto ustedes a algún profesional de la mendicidad utilizar a un loco como gancho de su negocio? A un amputado, a un niño, a un ser deforme, sí, a un loco nunca. El loco no produce compasión, sino instintivo rechazo. Tal vez sea debido a que lo mismo que sucede con el cáncer, nadie está libre de la depresión, la locura o la demencia senil.

Quienes se consideren cuerdos confesos e irredimibles puede que no estén aún preparados para leer estas páginas. Si este prólogo contiene palabras duras (de las que no me arrepiento) la lectura del relato que sigue “El loco de Ciudad-fría”, encuadrado dentro de mi serie de “Relatos urbanitas” les revolverá la hiel, se lo garantizo. Como en el Lobo estepario de Hesese, concretamente en su Teatro Mágico (donde aparece la leyenda: solo para locos) lo que va a seguir es solo para locos, absténganse cuerdos, su vesícula biliar no soportaría el impacto.

 

No me hubiera perdonado nunca si no aprovechara la presentación de mi relato para romper una lanza, mil, todas, en favor del enfermo mental. Puede que se sientan incapaces de mirarle a la cara, pero recuerden que la condición humana es frágil, nadie está libre de padecer cáncer o de terminar loco. La vida es a veces espantosamente justa. Quizás el loco del que ustedes se burlan hoy, mañana puede estar a la puerta de su casa riéndose locamente del cáncer que arruina sus vidas.

Son palabras duras, lo sé, pero creanme si les digo que tengo serios motivos para pronunciarlas aquí. Una panda de psiquiatras ( a quienes mejor les hubiera venido un corazón más grande que tantos datos en las neuronas) me diagnosticaron en mi juventud todo tipo de patologías, con nombres terribles, incluso uno de ellos se atrevió a profetizar que yo nunca saldría adelante, y que lo mejor sería abandonarme en el monte, con las cabras.

Años más tarde, una mujer (¡tenía que ser mujer!, ellas tienen una especial sensibilidad para estos temas) una psiquiatra, tras unas horas de conversación y una batería de tests me dijo, con justa dureza, que lo mío no era una patología mental irreversible, sino mi cobardía, mi incapacidad para enfrentarme a la vida. En una palabra: yo no tenía c…. para darle cara a mis problemas.

Me reboté como el loco que me habían dicho que era y miré sus rotundos y hermosos senos con ojos de sátiro lujurioso (quería ofenderla en lo más profundo de su femineidad) pero el tiempo me hizo apreciar el inmenso favor que me regaló aquella mujer valiente y excepcional. Liberado del peso de la locura me enfrenté a la vida con valor, con arrojo. No fue fácil, pero con la ayuda de una férrea voluntad, de métodos y técnicas mentales de relajación (yoga y otras técnica que encontré buscando sin parar) y sobre todo gracias a mi esposa, que apareció en mi vida como un ángel y en el momento más oportuno, pude superar con los años el infierno en el que habité, como el más loco entre los locos.

Aquellos estúpidos psiquiatras no fueron capaces de ver en mí un joven destrozado por una educación religiosa represiva y miserable, que le fue embutida a trompazos a un niño tan necesitado de cariño que lo buscaba de las formas más insólitas y surrealistas. Me diagnosticaron la locura y muchoa gente en mi entorno me señaló con el dedo y se burló del pobre loco de “Ciudad-fría”. Si ellos hubieran conocido mis pensamientos se habrían encerrado en un bunker, para que mis maldiciones lo les alcanzaran. Habría ido a la puerta de su casa para reírme del cáncer que les acababan de descubrir en los c….

Son palabras duras, muy duras, lo sé, pero no me arrepiento de ellas. Solo Dios y yo conocemos el infierno en el que tuve que vivir tantos años, porque, fuera lo que fuera lo que me estaba ocurriendo, en ninguna parte encontré una brizna de cariño, de comprensión y de respeto.

El loco de Ciudad-fría no es mi autobiografía. Forma parte de mis “Relatos urbanitas”. Se desgajó de esta serie al adquirir vida propia. ¿Cuánto hay de realidad en éste texto y cuánto de ficción? Sería complicado poner un número. Digamos un 50%, mitad y mitad. En algunos episodios la realidad superará a la ficción y en otros será al contrario.

¿Por qué no escribo una autobiografía y doy la cara con todas las consecuencias? Pues sencillamente porque soy un loco, lo reconozco, pero no soy tonto. Los locos no tenemos que ser necesariamente tontos. Al contrario, muchos locos son tan inteligentes que algunos han acuñado aquella frase de que la locura y la genialidad se tocan y no se sabe dónde. Si yo escribiera todo lo que me ocurrió, con pelos y señales, nadie me creería. Es demasiado fuerte y crudo para ser real, me dirían. Como siempre la realidad supera a la ficción. Si esta ficción les parece dura y cruda imaginen cómo sería la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Para evitarles el mal trago he utilizado el material autobiográfico para manipularlo a mi gusto y gana y hacer más asimilable una historia que ninguno de ustedes creería. Estoy seguro. Como además hay mucho material lo he dividido en muchas partes. El loco de Ciudad-fría tiene la parte “más suave” y en cambio una novela que tal vez conozcan a mi muerte, una obra póstuma, y que titulo “Una temporada en el infierno” , les dará a conocer el resto.

Pero dejémonos de prólogos y vayamos al grano. Como verán el autor se ha desdoblado en el personaje del loco y en el periodista y escritor que escribe la historia para un supuesto suplemento dominical de un diario de provincial. En ambos hay mucho de mí. Las reflexiones del narrador intentan ser las mías propias, vistos los acontecimientos desde un futuro lejano y con la frialdad que da el no ser parte de ellos –supuestamente,claro-.

LES REITERO. ESTA ES UNA HISTORIA SOLO PARA LOCOS COMO LEYÓ EL LOBO ESTEPARIO DE HESSE. ABSTÉNGANSE LOS CUERDOS, PORQUE PUEDE HERIR SU SENSIBILIDAD.

 

 

 

 





ERRORES DE CONDUCTA RESPECTO AL ENFERMO MENTAL III

28 07 2016

ERRORES DE CONDUCTA RESPECTO AL ENFERMO MENTAL III

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Hay una conducta patológica que afecta mucho al entorno familiar y social del enfermo y a su vez hay una conducta de este entorno que afecta mucho, tanto o más, al enfermo. Si nos ponemos finos podríamos sacar a relucir la conocida frase evangélica: “Ves la mota en el ojo ajeno y no ves la viga en el tuyo. Solo que en este caso funciona casi con igual intensidad en las dos direcciones.

El enfermo tiene un serio hándicap en este terreno. Por muchas debilidades de carácter, a veces terribles, que tengan los otros, si las ponemos en una balanza de precisión, el platillo siempre parece inclinarse en sentido negativo para el enfermo mental. Esto no es así de forma absoluta y sistemática, como veremos, pero la impresión funciona en la mayoría de los casos en contra del enfermo, lo mismo que un defecto de la vista, pongamos por caso, siempre funciona negativamente en contra del que lo padece, en el terreno de la vista, haga lo que haga éste.

Comparados los defectos de carácter de un “no enfermo” con las conductas patológicas de un enfermo mental, no hay color, en expresión popular, ya que los efectos de los otros nunca le llegan a la suela del zapato a la conducta patológica del enfermo, sobre todo en momentos de crisis o cuando el enfermo sufre un brote. Así, los insultos del enfermo son más terribles que los que le pueden dirigir a él sus familiares o el entorno social, cuando aquellos pierden el control, los estribos. La mentira y la manipulación del enfermo gana por goleada a la conducta de los otros, por mucho “calentón” que sufran. No hay color.

En esto estamos de acuerdo y no hay que darle muchas más vueltas. Pero sigamos una metáfora que nos puede ayudar a comprender la esencia de la situación, aunque como sabemos ninguna metáfora se adapta al cien por cien a lo que pretende explicar.

ERRORES DE CONDUCTA DE LOS OTROS RESPECTO AL ENFERMO MENTAL

-Imaginemos que un enfermo físico, debido a cualquier circunstancia, accidente, secuelas de una enfermedad, etc pierde una pierna, porque se la han tenido que amputar para salvar su vida.

Imaginemos queun familiar, a partir de ese momento, no deja de quejarse de las molestias y sufrimientos que le ocasiona el enfermo amputado. Al principio, cuando sale del hospital, el familiar se queja de que tiene que empujar la silla de ruedas, de las antiguas, porque no le han facilitado una automática por los recortes, porque la sanidad pública está como está. Solo proporcionan herramientas básicas, como muletas o sillas de ruedas tradicionales, o porque en la sanidad privada contratada no entra ese plus.

Éste, el enfermo, está tan deprimido, tan hundido que ni quiere empujar la silla, poniendo las manos en las ruedas, no se ha preocupado de aprender, no tiene voluntad pafra hacer un esfuerzo, solo quiere morir y terminar de una vez.

Las quejas del familiar pueden tener su razón de ser, su lógica, su verdad. Bien, ¿pero alguien puede pensar que el familiar hace bien en meterse con el recién amputado y tratarle como si fuera un estorbo, una basura? Salvo casos puntuales y circunstancias muy especiales todos pensamos que el familiar no tiene sensibilidad, empatía, no es generoso, incluso podríamos llegar a pensar que es una mala persona un canallita.

Bien, ¿qué ocurre con el enfermo mental? No se le reconoce su incapacidad o sus dificultades porque tiene las dos piernas, hablando metafóricamnete, es un hecho y físicamente nada le impide moverse por si mismo. Correcto. Pero ha podido sufrir una amputación de su voluntad, como si le hubieran cortado una pierna, solo que en este caso es algo invisible.

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Este es uno de los graves problemas del enfermo mental, como hemos dicho repetidas veces en otros textos. Su enfermedad no es reconocida por el simple hecho de que es invisible. Su cuerpo físico está entero, no tiene más enfermedad física que el común de los mortales. No se ha descubierto aún ninguna malformación cerebral grave que pueda ser vista con un escáner. Si no hay nada visible que pueda hacernos conscientes de la existencia de una enfermedad mental hay que concluir que estamos exigiendo a los demás que crean en lo que no ven. Puede parecer duro, pero hay mucha gente que cree en lo que no se puede ver, no podemos ver a Dios, porque es invisible, no podemos ver el amor, solo sus signos, no podemos ver un agujero negro, aunque todos los científicos admiten que existen. La tendencia habitual respecto a la enfermedad mental es la de no creer en ella, por lo tanto el enfermo está interpretando, está chantajeando, está utilizando farsas de control para conseguir sus fines. Se le pide que corra los cien metros lisos y en un buen tiempo, como si tuviera las dos piernas en buen estado, cuando en realidad la tiene amputas, hablando metafóricamente. Los enfermos nos rebelamos contra semejantes exigencias, nos sentimos así, amputados y para nosotros sería lo mismo que a un amputado físico se le exigiera correr los cien metros lisos como cualquier otro. Nos resulta repugnante y vomitivo. Un enfermo que sufre una severa depresión no tiene voluntad, está hundido, hasta respirar le cuesta, en esa situación no se le puede pedir que haga lo mismo que hacen los que no están enfermos. Es inhumano. No busquemos, por ahora, las causas de esta depresión, de esta severa falta de voluntad, puede que en parte sea culpa suya, como veremos, pero lo cierto es que aquí y ahora carece de voluntad, carece de piernas, hablando metafóricamente, por lo tanto exige un mínimo de respeto y sensibilidad hacia su enfermedad, hacia su problema. También puede ser verdad que la incapacidad de los otros por aceptar lo que no se puede ver sea su problema. Puede que sea su problema la falta de sensibilidad hacia realidades espirituales que no pueden verse. Cada cual tiene derecho a pensar y sentir lo que considere oportuno, a vivir su vida como le parezca conveniente, pero si decide ser materialista, agnóstico, ateo, cientifista, “tomasiano”, solo veo que lo puedo ver y tocar, solo tengo esta vida, solo tengo un cuerpo, pues bien, que viva de acuerdo a sus creencias siempre que respete las ajenas, pero los que creemos en realidades espirituales invisibles, los que no necesitamos meter nuestra mano en el costado abierto de los demás para saber que en su interior habita la chispa divina, que son nuestros hermanos, también merecemos un respeto. Nos molesta mucho que se utilice con nosotros la ley del embudo, lo ancho para mí, para que pueda caminar erguido, lo estrecho para ti, para que debas arrastrarte como un gusano por la vida. No es aceptable, de ninguna manera. No veo razón alguna para que quienes creen en un Dios que no pueden ver, en un amor que solo pueden percibir por signos, en un alma que no puede ser fotografiada, en la existencia de realidades invisibles al ojo humano, luego tengan tanta dificultad para creer en la existencia de la enfermedad mental, invisible también al ojo humano. Lo entendería más en los agnósticos, materialistas y cientifistas, pero luego ves sus contradicciones, creen en el amor, aunque no lo puedan ver, consideran que estar enamorado es cuestión de química cerebral, pero cuando lo están actúan como si su enamorada fuera algo divino. Y así podríamos seguir y seguir. Te puedes encontrar con agnósticos, materialistas y cientifistas que luego son maravillosas personas, que te tratan como si fueras su hermano, que son capaces de sacrificarse por ti, su generosidad y su humanidad no tiene límites. ¿En base a qué, si para ellos, teóricamente, solo somos un saco de células? Estas contradicciones son muy llamativas cuando vemos cómo se nos trata a los que padecemos una enfermedad invisible. Puedo creer en un agujero negro que no veo, en un Dios que no ven mis ojos de carne, en el amor que está detrás de ciertos signos, pero que no es visible, puedo creer incluso en fenómenos paranormales, pero no puedo creer que mi hermano tenga una enfermedad mental porque es invisible. Esto es inaceptable. Pocas cosas nos molestan más.

Tenemos que defender que somos enfermos porque solo nos queda la alternativa de aceptar que somos malas personas. No es justo, no lo es, ¡vive Dios! Es cierto que en parte es culpa nuestra por utilizar farsas de control, por manipular, por mentir, por utilizar la bula papal de autorizarnos a hacer cosas que no se permiten a los demás solo porque hemos sufrido mucho. Es cierto, pero también lo es que no los otros no tienen tantas dificultades cuando se trata de una enfermedad física, saben muy bien cuándo un amputado, para seguir con el ejemplo, no puede hacer ciertas cosas y cuándo busca la compasión y la manipulación para que se lo den todo a la boca. Eso parece estar muy claro para los otros, pero no lo está en el caso de la enfermedad mental y sigo sin saber la razón.

Como ya he repetido hasta cansarme en otros textos, al familiar solo le queda la opción de considerar una mala persona al enfermo si no se acepta que sufre una enfermedad. ¿Qué camino intermedio queda? ¿Esto significa que debe convertirse en su esclavo? Ya sabemos que con la enfermedad física parece estar todo mucho más claro. Hagamos un esfuercito para que también ocurra con la enfermedad mental, por favor.

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Se puede alegar que las conductas patológicas del enfermo mental se parecen mucho a las que son propias de la mala persona, que miente, manipula, hace daño a los demás y no siente remordimiento, que busca su bien, de forma egoísta, que actúa como si en la vida solo existiera él. Cierto, no vamos a negar a estar alturas el parecido. Pero hay diferencias muy grandes. Un malvado siempre actúa como un malvado y si no lo hace es porque disimula, porque se oculta para no ser castigado. Un enfermo mental puede ser una maravillosa persona cuando está bien y una persona insufrible, incluso malvada en ciertos actos, cuando está mal. Aquí hay algo que no encaja, nadie se vuelve malo de la noche a la mañana, luego bueno, luego vuelve a ser malo, etc. Un malvado mata en lugar de matarse. Un enfermo mental se suicida en lugar de matar a otros. Aquí nos encontramos con el problema de los asesinos que luego se suicidan, sean terroristas o asesinos de género. Sin negar lo que ya dije en otro momento, que los enfermos somos personas normales y como entre los normales, entre nosotros también hay de todo, hasta malas personas, lo cierto es que en una proporción elevadísima un enfermo mental se suicida antes de matar, puede actuar muy mal con los otros cuando sufre crisis o brotes, pero luego se echa la culpa de todo y termina intentando acabar con su vida. No es de recibo que a cualquier asesino se le considere un enfermo mental porque  los otros sean incapaces de aceptar la existencia del mal y todo el que asesina y hace el mal de forma demoniaca tiene que ser necesariamente un enfermo mental. Estamos hartos de ser chivos expiatorios. La existencia de asesinos entre los enfermos mentales es una proporción bajísima, algo que por otro lado no lo es tanto si consideramos que entre los “no enfermos” hay una proporción mucho mayor, como de violentos y delincuentes. Un enfermo de cáncer podría ser un asesino, eso está claro, pero todos sabrían diferenciar entre su enfermedad y su conducta homicida, lo que no se hace con el enfermo mental, si mata es porque está enfermo de la mente, no es cierto somos muchos, en una proporción aplastante los enfermos mentales que no matamos, que no somos violentos, que no somos delincuentes. Si alguien cae en la trampa de considerar enfermo mental a un asesino, a un terrorista, solo porque lo diga él cuando le conviene o lo digan otros a los que les conviene que así se crea, no es nuestro problema. Estamos hartos de ser chivos expiatorios, de que pongan en nuestras filas a todos los desechos que a los otros no les interesa aceptar en las suyas, porque no son capaces de creer en al mal en estado puro. Porque hay muchos asesinos que no son enfermos mentales, que han decidido ser malvados libremente. Si somos libres, somos libres para todo, y quien decide libremente asesinar, ser corrupto, ser un violador, ser un pedófilo, creer que no existe más vida que ésta y por lo tanto solo tiene que pensar en sí mismo y en divertirse lo más posible, aún a costa de los demás, ha decidido ser malvado ejercitando su voluntad, decidiendo libremente lo que quiere hacer con su vida. Si además es un enfermo mental habrá que ver si es cierto y no lo está utilizando para librarse por el castigo de sus actos. Desde luego que es mucho más difícil saber si alguien está enfermo de la mente que del cuerpo, pero no es imposible, y solo con un pequeño esfuerzo se podría conseguir, en lugar de seguir utilizándonos como chivos expiatorios, que es lo más fácil.

Los que hemos estudiado lógica sabemos qué es un silogismo falso, sabemos que un silogismo es falso cuando una premisa también es falsa. Veamos un silogismo falso:

-Quien se comporta de esta manera es una mala persona.

-Tú te comportas así.

ERGO-CONCLUSIÓN

Tú eres una mala persona.

¿Dónde está aquí la premisa falsa? No en “tú te comportas así” Los hechos son inconmovibles. Pero estudiemos la primera premisa. Puede parecer verdadera sin la menor duda, pero si analizamos algunas circunstancias concretas descubriremos que esa premisa exige muchas matizaciones. Uno puede comportarse así porque ha perdido la memoria y está reaccionando con violencia a estímulos que antes no generaban ese comportamiento. Puede que alguien se comporte así tras haber sufrido torturas y toda clase de humillaciones. Puede que a algunos les parezca bien el síndrome de Estocolmo, disculpar a los torturadores, pero a otros no nos parece tan bien. Puede que una persona, cualquiera haya sufrido un calentón y diga cosas de las que luego se arrepiente. O puede que un enfermo esté delirando, esté fuera de la realidad, y tratarle como a un malvado no parece justo.

Así pues, si la primera premisa necesita matizaciones o se la podría considerar falsa, la conclusión no puede ser verdadera al cien por cien.

Si no se acepta la enfermedad mental con todas sus consecuencias, la primera premisa no puede ser cambiada ni matizada y la conclusión tampoco. Es aquí donde los familiares de los enfermos mentales se sienten atrapados. Si fueran lógicos, al no creer en la enfermedad, deberían actuar con el enfermo como actúan con los malvados. No hay vuelta de hoja. Pero no lo hacen. Podría pensarse que se dejan llevar por un falso afecto, una falsa obligación, lo mismo que el familiar de un asesino dice seguir queriéndole sin negar su culpa. Pero no es el caso, de hecho es mucho más fácil que los familiares de los asesinos o grandes delincuentes abjuren de ellos que un familiar lo haga de un enfermo mental. En realidad quieren creer en su enfermedad pero no pueden aceptar sus conductas y en lugar de diferenciar entre patología de la enfermedad y conductas manipulatorias inaceptables prefieren negar la enfermedad porque les resulta más cómodo, así el enfermo haga lo que haga, esté como esté, es siempre un teatrero al que no hay que hacer caso.

También entran en juego otras consideraciones sociales y culturales. La firme creencia que los lazos de sangre son sagrados lleva a muchos familiares a soportar a personas a las que no soportarían si no existieran estos lazos. En realidad como veremos en la ley de los tres círculos, solo el afecto vincula en el primer círculo, las restantes consideraciones, incluidos los lazos de sangre o genéticos no sirven de nada. De esta manera si un familiar no quiere a un enfermo deberían sobrar las consideraciones de sangre, y si le quiere debería actuar como actúan las personas que quieren a otras.

Curiosamente los familiares que son malas personas acaban saliendo de este dilema mucho antes que las buenas personas. Abandonan al enfermo a su suerte mientras que las buenas personas se sacrifican, algunas veces hasta llegar a la heroicidad, otras solo por el qué dirán, hasta convertirse en auténticos esclavos del enfermo mental, incapaces de diferenciar su enfermedad y sus conductas patológicas, solo asumibles y con reparos, durante las crisis o brotes, de lo que es una clara manipulación del enfermo que está utilizando su bula papal con absoluto descaro.

Nos pongamos como nos pongamos, si el familiar no acepta la enfermedad mental, aunque sea una buenísima persona, terminará por tratarlo como a una mala persona, como a un canalla, lo mismo que un maltratado puede llegar a convertirse en maltratador si no tiene mucho cuidado. Es algo tan inevitable como las consecuencias de la ley de la gravedad, si te tiras por la ventana sin paracaídas o sin poner un colchón debajo te “esnafras”, ¡menudo tortazo!

En resumen, no es tan difícil saber cuándo un enfermo mental está haciendo teatro. No somos actores tan maravillosos como creen algunos, en realidad se nos ve el plumero con tanta facilidad que luego nos avergonzamos y lo pasamos fatal. Lo que tiene que hacer el familiar es no caer en las farsas de control. Y me remito a la sección de este blog con el mismo nombre. Si dejamos que un enfermo mental consiga todo lo que quiera amenazándonos con ponerse “muy malito” la culpa es del familiar, no del enfermo.

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¿Qué ocurre con una enfermedad física? Si vemos que fallan las constantes vitales, la tensión está por las nubes o bajo mínimos, que su rostro está blanco como el papel, que se ha desmayado cayendo a plomo sobre el suelo, decidimos que realmente está muy enfermo y avisamos a urgencias. Con la enfermedad mental también hay signos claros: el delirio, su postración evidente y prolongada, su agresividad incontrolada y sin motivo, sus monotemas en la conversación, signos de ideas obsesivo-compulsivas, comportamientos erráticos y sin sentido, despilfarro, ausencias prolongadas sin explicación, etc etc Hay infinitos signos de que el enfermo realmente está enfermo y no haciendo teatro.

En estos casos, si nos equivocamos y le tratamos como si hiciera teatro cuando realmente está enfermo, cuando los signos vitales están descompensados, cuando la tensión le ha subido por las nubes, hablando de nuevo metafóricamente, nos encontraremos con las correspondientes reacciones. Muy parecidas a cómo se comportaría alguien que estuviera para llevarle a urgencias y un gracioso le tomara el pelo con su teatro, más vale que salgrsea corriendo, porque si el enfermo físico puede moverse irá tras él, lo mismo que hará el enfermo mental, solo que éste no tiene impedimentos físicos y puede moverse muy deprisa cuando algo le acucia mucho.

Y con esto damos por terminado este capítulo en el que me he extendido mucho. En el próximo remataremos la faena y hablaremos con detenimiento de la aceptación de la enfermedad mental por parte del enfermo. Un tema delicado y harto difícil pero imprescindible si entre todos queremos llevar la enfermedad mental lo mejor posible. Y de esta forma responderé a una consulta que se hizo como comentario en el blog.

 





LOCOS EGREGIOS V

27 07 2016

LUIS II DE BAVIERA, EL REY LOCO

Es un personaje muy conocido sobre todo por la película de Visconti, del mismo título, una obra maestra del cine. Así supe yo de su existencia. Como enfermo mental me llamó la atención su personalidad e intenté documentarme más sobre el tema, encontrando algunas características típicas de la enfermedad mental. Así, por ejemplo, su herencia genética estaba clara, existían claros antecedentes de enfermedad mental en su familia, por parte materna y paterna. Su abuelo Luis I también fue considerado un desequilibrado.

Por otro lado la educación recibida y su infancia, fundamental en el desarrollo de la enfermedad mental, fueron muy propicias para que ésta acabara manifestándose. Fue desatendido por sus padres y la soledad formó parte de su vida desde muy niño, algo que como veremos al repasar estos casos de enfermos mentales célebres es muy común, como lo es también en la mayoría de enfermos mentales. La necesidad de cariño es una constante en todo enfermo mental. Aunque pueden existir casos -siempre hay excepciones- en los que un enfermo reciba mucho cariño familiar, la regla sigue siendo que todo enfermo mental ha recibido muy poco cariño a lo largo de su vida, especialmente en las etapas críticas, infancia, adolescencia y juventud. De ahí que una de las terapias básicas para mejorar la vida de un enfermo sea la de darle mucho cariño. Lo mismo que la falta de alimento o una mala alimentación es la base del raquitismo y de todo tipo de enfermedades, la falta de cariño origina siempre un raquitismo emocional y y todo tipo de patologías. Si al hablar con un enfermo mental le preguntamos por su infancia y por el cariño recibido siempre descubriremos que éste ha brillado por su ausencia, cuando no se han producido malos tratos, agresiones físicas o maltrato psicológico. Nunca falla.

La vinculación de causa-efecto es muy clara. Asumiendo que existe una herencia genética, lo cierto es que, lo mismo que sucede en las enfermedades físicas, un cuidado exquisito sobre los factores que pueden desarrollar la enfermedad ayuda mucho a que ésta no se manifieste con virulencia. Si uno tiene antecedentes diabéticos en su familia, como es mi caso, un descuido en la alimentación hará que sea más fácil heredar la enfermedad que si uno se cuida mucho. En el caso de la enfermedad mental la falta de cariño es una apuesta segura para que ésta se desarrolle y con mayor virulencia cuanta mayor sea esta falta de cariño. La educación espartana, la dureza en el trato, la mala alimentación, la negativa sistemática a dar cariño, por parte del entorno del enfermo, ayuda mucho a que la enfermedad se manifieste y en algunos casos con extrema virulencia, como es el caso de Luis II de Baviera. Si a esto se une una personalidad tímida, hipersensible, imaginativa, un carácter apocado, falta de voluntad, baja autoestima, rebajada aún más por la familia y el entorno, entonces lo raro es que al cabo del tiempo la enfermedad pueda llegar a apoderarse por completo de la personalidad del enfermo.

Si además se echan sobre las espaldas del enfermo graves responsabilidades que no es capaz de soportar, como fue la realeza, en el caso que nos ocupa, la enfermedad mental está servida. Desconozco si existe un estudio serio y profundo sobre la enfermedad mental de Luis II, pero basta con ver la película de Visconti y documentarse un poco para encontrar signos evidentes de su enfermedad mental. Estos signos son claros: la misantropía, esa dificultad terrible que todos los enfermos mentales tenemos a la hora de las relaciones interpersonales, la búsqueda de la soledad como un refugio, un búnker para filtrar o bloquear a personas o estímulos que hacen daño a una sensibilidad muy acusada, esa tendencia al delirio que se manifiesta, aunque se trate de ocultar, en conductas patológicas, el desarrollo de la fantasía, de forma más o menos creativa, que suele terminar en ideas obsesivo-compulsivas y en delirios, sobre todo cuando no se posee una educación sobre técnicas de control mental o unos conocimientos psicológicos que nos ayudan a desentrañar cómo funciona la psiquis y la mente en estos casos, la clara tendencia a buscar personas que aporten la dosis de cariño necesaria o que puedan dar alas a una imaginación vivísima, sin ser muy conscientes de la personalidad, a veces patológica, a veces incluso malvada, de esas personas, la confianza excesiva en personas que no se la merecen y la dificultad para confiar en personas que sí son dignas de confianza y que sí pueden darnos apoyo y cariño, por la sencilla razón de que cantan las verdades del barquero, de que no halagan ni hacen la pelota, de que nos enfrentan al espejo… Todo esto se manifiesta con claridad en la vida de Luis II.

 

Fue tratado con dureza en su infancia, alejado de sus padres que no se ocupaban de él, vivió una intensa soledad, se le privó del cariño que necesitamos todos, pero especialmente los niños, sufrió castigos que rebajan la autoestima y hacen daño físico, como la privación de alimento, estar a pan y agua. Se puso sobre sus hombros una carga muy pesada, como fue la realeza, y a una edad muy temprana, los dieciocho años. Su hipersensibilidad, la dificultad para filtrar o bloquear los estímulos y su incapacidad para las relaciones interpersonales le convirtieron en un misántropo. En la película de Visconti se aprecia con claridad cómo se siente incapaz de asumir sus responsabilidades, cómo busca la soledad, cómo comete graves errores a la hora de apreciar a las personas que merecen su confianza. El caso de Richar Wagner es sintomático. Un genio de la música, un creador excepcional, al que una sensibilidad como la de Luis II no puede evitar entregarse con las consecuencias históricas de todos conocidas. Porque el ser un gran creador, un gran artista, no implica que al mismo tiempo se deba ser una gran persona. El caso de Wagner es paradigmático, todo lo que tenía de genio de la música lo tenía de mala persona, vividor, manipulador, con escasos valores éticos que le llevan a seducir a la esposa del gran director de orquesta Hans Von Bulow, e hija del gran músico Frank Listz. No se puede decir que Wagner fuera una persona ideal para ser amigo de un enfermo mental, pero la admiración que sentimos todos los enfermos mentales por los grandes creadores y grandes genios, por aquellos que pueden proporcionarnos un mundo imaginativo y artístico que nosotros somos incapaces de darnos a nosotros mismos, le llevó a entregarse, casi atado de pies y manos a este hombre problemático que fue un verdadero terremoto en la vida de Luis II.

No es difícil imaginar lo que supondría para este enfermo mental ser investido rey y asumir responsabilidades que muy pocos entre los no enfermos serían capaces de asumir con cierta dignidad y normalidad. Si luego pensamos en las personas que le rodearon buscando dinero, poder, trepar en la escala social, de las que se podía esperar todo menos cariño y afecto, si imaginamos los consejos que le dieron, los chantajes, las coacciones psicológicas que siempre sufre una figura pública, lo raro hubiera sido que Luis II no terminara como terminó. El poder con el que fue investido le proporcionó alas a sus delirios, para no tener que luchar con garras y dientes contra ideas obsesivas, como nos sucede al resto de enfermos mentales, que sabemos muy bien lo que nos ocurre si no nos controlamos. Sus crisis le llevaron a refugiarse en la soledad, lo peor que puede hacer un enfermo mental que sufre delirios, a buscar la compensación del sexo de forma desequilibrada, a dejarse llevar por romanticismos infantiles y a enfrentarse al entorno de forma agresiva. Y acabó como acabamos todos los enfermos que no nos controlamos, internados, bajo la supervisión casi omnipotente de profesionales mejores o peores pero en la mayoría de los casos incapaces de aceptar que un abrazo, una muestra de cariño hace mucho más por el enfermo que todas las medicaciones y terapias habidas y por haber. Privado de su dignidad, sometido a privaciones que resultaban aún más dura en alguien que alcanzó un altísimo nivel social, no es sorprendente que su mente se dedicara a buscar fórmulas para conseguir el suicidio. En eso me recuerda a mí, cuando amenazado con permanecer toda la vida en un psiquiátrico busqué la forma de que me dieran un permiso. Para ello no dudé en rebajarme, en interpretar el papel de niño bueno, en halagar y en mostrarme amable hasta el empalago con el psiquiatra que me supervisaba. Al final logré que me diera un permiso para salir a Madrid, permiso que utilicé sin más para arrojarme al metro.

Luis II, como se ve en la película de Visconti, también ocultó su deterioro psíquico y logró convencer a la persona más afectiva y empática para que le dejara pasear solo cerca del lago. En realidad este permiso fue condicionado a que esta persona le acompañara. No se sabe lo que ocurrió, pero teniendo en cuenta las consecuencias y la conducta patológica del enfermo mental en estos casos, parece muy probable que se librara de su acompañante por la violencia (un enfermo la usa cuando está desesperado y su decisión de suicidarse encuentra obstáculos) y que lograra alcanzar el suicidio de una forma que no parece muy indolora precisamente, por ahogamiento. También es posible que Luis II se escapara, se arrojara al lago y su acompañante se ahogara al intentar rescatarlo. Es posible, cierto, pero parece más probable la anterior hipótesis. Rara vez los enfermos intentamos el suicidio en presencia de otras personas, y cuando se hace está claro que no quieren morir y solo es una llamada de auxilio. En el caso de este personaje su reclusión hacia obligado que lo intentara de cualquier forma posible, solo o en compañía. La violencia que puede desarrollar un enfermo que ha decidido suicidarse, que está desesperado, que considera que ha sido privado de su dignidad de ser humano, con quien intenta impedírselo, solo puede ser imaginada por quienes no la hayan vivido. En cierto modo se parece a la violencia y la fuerza descomunal que tienen los drogadictos bajo el síndrome de abstinencia y de la que  fui testigo presencial por mi trabajo. Quien no lo haya visto no se lo puede creer. También me ocurrió a mí cuando se me echaron encima varios celadores y me pegaron una paliza, de no haber sido por un ataque de asma que me impidió respirar y defenderme me asusta imaginar lo que hubiera ocurrido.

Luis II fue un caso atípico de enfermo mental, en el sentido de que rara vez alcanzamos el poder o la posición social que nos permita tener un ascendiente sobre gran número de personas, pero en todo lo demás es un caso típico, incluida su muerte, desesperada, buscada con astucia y manipulación. Una muerte por ahogamiento no debe ser algo sencillo, lo único que se puede desear en estos casos es que el sufrimiento haya sido el menor posible.

https://elsitiodeconcha.wordpress.com/2011/07/17/luis-ii-de-baviera-un-rey-lleno-de-debilidades/

https://es.wikipedia.org/wiki/Luis_II_de_Baviera

 

 

 

 

 





DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLIII

21 07 2016

DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL XLIII


LA JUBILACIÓN

Todo llega en esta vida, lo bueno y lo malo, y llega muy deprisa, sobre todo lo malo, aunque en este caso lo bueno también llega deprisa y eso se agradece, aunque signifique que la vida ha pasado en un suspiro. Así de confuso me sentí hace dos meses, el uno de mayo, el día de mi jubilación, aunque en realidad la firma y el papeleo se hicieron el día dos, porque el uno era domingo. Me alegraba y mucho por dejar de trabajar, pero no podía alegrarme por alcanzar una edad provecta y buscar poco a poco el cementerio de los elefantes.

En realidad creo que actué como un guerrero impecable, maestro del arte de acechar, del desatino controlado, que interpreta su papel y desorienta a todos los espectadores. Lo del desatino controlado estuvo muy bien, hasta me permití el lujo de dar una zapatiesta en el aire, según llegábamos de tomar un café para celebrarlo. Antes había firmado todos los papeles necesarios e imprescindibles e intentado dar la mínima información necesaria sobre cómo quedaban las cosas, a mi sustituta, quien no parecía muy interesada en ello, tal vez porque me veía a mi nervioso, porque no quería que me molestara o porque, sencillamente, ya se encargaría ella de ponerse al día de la mejor manera posible.

De cara a los demás actué como el hombre más feliz del mundo, no paraba de hablar de lo maravilloso que sería vivir sin trabajar, creo que hasta me pasé un poco en mi interpretación, porque dar envidia cochina tampoco es sano. ¡Oh sí, maravilloso, me jubilo, me siento muy feliz, todo va a ir bien! Pero en el fondo sentía una tristeza infinita. Me había hecho otra idea de la jubilación, en familia, una celebración hogareña, una planificación del futuro contando con los intereses de todos. No es que jubilarse solo no sea agradable, que lo es, y mucho, pero no es lo mismo.

Una profunda y abisal tristeza me embargaba. Ahora, por fin, soy consciente de que esa es la tristeza del guerrero, cuando rasga el velo y se encuentra ante el misterio de la vida, de la existencia, de todo…Como le dice don Juan a Castaneda, la tristeza es tan profunda que hasta algunos guerreros mueren a causa de ella. Ahora sé por qué tuve, en mi juventud, que buscar la muerte con tanta desesperación que los intentos de suicidio más parecían los esfuerzos de un moribundo por aferrarse a la vida, que los de un vivo por aferrarse a la muerte.

“En la vida de los guerreros es extremadamente natural el estar triste sin ninguna razón aparente, y que, como campo de energía, el huevo luminoso presiente su destino final cada vez que se rompen las fronteras de lo conocido. Vislumbrar la eternidad que queda fuera del capullo es suficiente para romper la seguridad de nuestro inventario. En ocasiones, la melancolía resultante es tan intensa que puede provocar la muerte”.

Ahora lo entiendo, desde niño vislumbré la eternidad cada vez que se rompían las fronteras de lo conocido y desde mi capullito de energía presentir ese destino final me producía una tristeza tan honda que me sentaba a mirar las paredes de los cementerios o buscaba la soledad del bosque para quedarme allí, sufriendo, sin hacer nada. Luego busqué refugio en la religión y cuando abandoné toda esperanza de encontrar algo en ella que me calmara, busqué la muerte con la infinita tristeza del guerrero que ha vislumbrado la eternidad por las grietas generadas al romperse el muro de acero de todo lo conocido.

Una tristeza así sentí al despedirme de mis años de trabajo e iniciar el camino hacia el cementerio de los elefantes. Era la tristeza del guerrero que se enfrenta al misterio. No sabemos cuánto nos queda de vida, cuándo moriremos, si existirá un más allá que nos compense de todo esto; si nos volveremos a encontrar con los seres queridos, si podremos perdonarnos y reconciliarnos, si hemos vivido muchas vidas y tenido muchos seres queridos; si la eternidad nos permitirá recapitular todo lo vivido y vivir en otra dimensión espiritual con todos nuestros seres queridos, sin que nadie reciba menos que otro ni nosotros recibamos menos de unos que de otros. Si existirá una entidad infinita, incomprensible, llamada Dios, que nos abrirá las puertas de la eternidad y nos enseñará sus secretos. Si todo en la vida ha merecido la pena y las desgracias y pérdidas, son en realidad lecciones, lo mejor que pudo pasarnos para subir en la escala evolutiva, para ser más espirituales y mejores personas. Si ciertas decisiones que se tomaron sin saber muy bien por qué, se nos revelan ahora como la sabia decisión del yo superior o yo interno o yo espiritual. O puede que nada haya tenido sentido, que todo sea una mierda, que al final vuelvas a la nada, de donde saliste, sin saber por qué te sacaron y por qué te mandan de regreso a ella, si hay un Dios o solo un maldito algoritmo de la ley antrópica que consigue que unas cuentas células se unan y alcancen la consciencia.

El misterio, el vislumbrar la eternidad, hace caer al guerrero en una tristeza tan profunda que bien podría morir. Sí, yo también podía haber muerto de tristeza. Me jubilo y me voy a mi apartamento a celebrarlo yo solo y a buscar el mejor camino para llegar a la senda de los elefantes y una vez en ella, caminar tan despacio como se pueda hasta el cementerio de los elefantes. Todo lo ocurrido ya no sirve de nada, el pasado está muerto, el sufrimiento no ha tenido su recompensa, los seres queridos han desaparecido de tu lado como lo haría cualquier desconocido que te encontraras por el camino. El amor ha muerto, el cariño se ha volatilizado, lo que diste y te dieron es como si fuera humo, años y años que ahora son lo mismo que un globo que explota. Así no veía yo mi jubilación.

Y a pesar de ello hay que disimular y celebrarlo con los amigos e invitar y cambiar las consabidas expresiones. Y no podía faltar el toque fóbico final, cuando me encuentro con la sustituta, con C. con A. en una cafetería y me empiezo a poner nervioso y fóbico y triste y desesperado y sé que las viejas manías han vuelto. Es inevitable, como si fuera un diabético y me comiera una tarta, las consecuencias son lógicas. Como estudio en la Ley de los tres círculos, en mi blog, las relaciones interpersonales humanas funcionan de acuerdo a unas leyes implacables, si no se cumplen las leyes te atienes a las consecuencias. Aquellas personas no pertenecían a mi primer círculo y por lo tanto no podía esperar de ellas lo que se espera de personas que están en tu círculo más interno, en el primer círculo. Puedes convivir durante mucho tiempo con determinadas personas, por obligación laboral o social, y la convivencia puede ir incluso muy bien, pero no es una relación libremente elegida y trabajada. Cuando desaparecen las circunstancias que obligan a la convivencia, desaparece ésta y desaparece la relación interpersonal. Lo tenía asumido, pero nunca es fácil. Cada uno tiene sus secretos, su intimidad, que va desvelando conforme las otras personas acceden a tu primer círculo. Cuando las circunstancias cambian solo se mantiene el vínculo que se ha logrado en el largo viaje de los círculos exteriores al interior, y si el vínculo no es suficiente todo desaparecerá. A… sabía de mi enfermedad, yo era su jefe, era una relación obligada, cuando yo me voy las obligaciones desaparecen y solo queda lo que se ha trabajado y conseguido en la ley de los tres círculos. C…sabía también de mi enfermedad, así como de otros pequeños detalles íntimos que le hice saber cuando mi divorcio. No era una relación amistosa del primer círculo y por lo tanto no podía sobrevivir. La sustituta era una desconocida del tercer círculo y al darse cuenta de mis rarezas no podía tener el menor interés en ir avanzando de círculo. Por lo tanto era cuestión de un adiós cortés y olvidar. Lo mismo que ha ocurrido con todas las relaciones laborales que he tenido durante estos años que llevo por aquí. Eran solo circunstanciales, obligadas por el trabajo, cuando me jubilo, desaparecen sin más.

Los enfermos mentales tenemos una clara patología de conducta, la desconfianza, nos han tratado tan mal, se han burlado tanto de nosotros, nos han llamado locos, que es muy difícil que alguna vez demos nosotros el primer paso. Dejamos que sean los otros los que hagan eso, y si no lo hacen pensamos que es porque no les interesamos y nos olvidamos de ellos. Es lo que me ha ocurrido en estos dos meses con Mc. Los dos desconfiamos y a los dos nos cuesta dar el primer paso. Era natural lo que iba a ocurrir. Además a mi no me gustan las farsas de control que otros enfermos pueden utilizar conmigo, las conozco demasiado bien y no funcionan. Puede que les pida demasiado, pero que no esperen de mí falsa compasión, palabras amables sin el menor sentido. Les muestro el camino del guerrero como el único que puede ayudarles a salir adelante, si no lo quieren seguir que no me pidan otra cosa, porque no la tendrán. Es curioso pero les cuesta mucho aceptarlo, tanto a enfermos como familiares. Es un camino solitario y nadie quiere la soledad; es un camino sin vuelta atrás, no puedes arrepentirte y retroceder; es un camino en el que abandonas todo, un camino de desapego, de impecabilidad, no sirven las normas sociales, no sirven los autoengaños y los falsos consuelos.

Hace unos días leía en “Diálogos con Castaneda”, uno de los pocos libros sobre Castaneda que me quedaban por leer, la diferencia entre detective y guerrero. Los detectives son todos aquellas personas que se pasan la vida investigando si los demás les quieren o no, observan sus miradas, sus gestos, sus palabras, sus actos y analizan si están causados por el afecto o no. Es una formidable pérdida de tiempo y de energía. Un guerrero en cambio comienza suponiendo que nadie le quiere y se ahorra todo ese inútil juego. ¿Por qué le iban a querer si es una partícula infinintesimal en un universo infinito –pérdida de la importancia personal- y de qué le iba a servir pasarse la vida analizando al microscopio si los demás le quieren o no? Los enfermos mentales tenemos una patológica tendencia a ser detectives, analizamos si los familiares y seres queridos nos siguen queriendo a pesar de nuestra enfermedad; analizamos si los otros nos quieren, aunque sea un poco, a pesar de nuestra enfermedad o nos consideran locos y entonces ya está dicho todo, porque nadie quiere a un loco. Ponemos a prueba a los otros, de forma constante, si realmente están interesados en nosotros, nos llamarán primero, darán el paso de acercamiento primero. Rara vez un enfermo mental llama primero a alguien que acaba de conocer y le ha facilitado su número de teléfono, o se atreve a invitar primero, aunque sea a tomar café. Los ponemos a prueba, ponemos obstáculos en su camino, y si no los superan es que no les interesamos, les olvidamos, les enterramos y seguimos nuestro triste camino.

Es lo que ha pasado con Mc, no quiere seguir el camino del guerrero y por mi parte yo no quiero dar falsas esperanzas ni consuelos. La mayoría de enfermos o familiares que me contactan en el blog desaparecen pronto, el camino del guerrero es arduo. A pesar de ello me gustaría seguir manteniéndolo. No sé si será posible. En mi ingenuidad daba por supuesto que en el medio rural, si había toma de teléfono habría posibilidad de instalar ADSL, Internet. Por lo visto no es así. Me he informado sobre el Internet por satélite y parece una tomadura de pelo y además muy caro. Es posible que tenga que renunciar a Internet, a no ser que el Ayuntamiento, como me dijo el propietario de la casa a alquilar, tenga wifi gratis para los vecinos. He diseñado estrategias de guerrero para hacer frente a esa contingencia. Me sentía muy feliz de haber encontrado el paisaje y la casa que andaba buscando, pero las fuerzas poderosas nunca te dan todo el lote de una vez. Voy a tener que renunciar a mi perrito y a Internet, no es moco de pavo.

Pero peor hubiera sido si mi delirio se hubiera realizado.


LA ESTRATEGIA DEL GUERRERO

¿Cómo diferenciar la intuición de un delirio de enfermo mental? No es fácil saber si lo que está llegando a tu mente es una intuición, una premonición o un delirio. Un número importante de intuiciones se han cumplido, a lo largo de mi vida, pero un número mayor de lo que yo consideraba intuiciones no se han cumplido. Muchas de estas intuiciones cumplidas se referían a muertes, a desgracias. Su cumplimiento fue implacable e inexorable. En cambio otras no se cumplieron, no sé si porque el futuro se puede cambiar o porque la intuición no era tal. Son tantas las circunstancias que pueden modificar el futuro de una persona que cualquiera de ellas puede cambiarlo todo. Si hablamos de un grupo numeroso de personas, o de toda la humanidad, esto se multiplica hasta el infinito.

En mis sueños había visto la independencia de Cataluña en tiempos de Zapatero. No se cumplió, tal vez porque un voto en un tribunal constitucional puede cambiar muchas cosas y una persona en un cargo importante que toma una decisión, saliendo de la duda, puede modificar el resultado final. Pensé que me había equivocado de tiempo, sería durante la presidencia de Rajoy, las cosas estuvieron feas, pero tampoco ocurrió. Como el estado de alarma, de excepción y de sitio, recogidos en el artículo 116 de la Constitución. En mis sueños había visto la posibilidad de que se declarara el estado de sitio en Cataluña y el ejército patrullara sus calles. No ocurrió, por supuesto, gracias a Dios, pero me temo que anduvo muy cerca. Vi cómo su presidente se iba a casita, pero podía no haber ocurrido, todo estuvo en la cuerda floja. Lo del Brexit estaba más claro y ocurrió. Como la escalada terrorista. Pero no lo que vi tras el 11S, una auténtica guerra biológica, una pandemia de ántrax o lo que fuera. También el tema de los refugiados está ocurriendo, pero de momento no con la virulencia que vi. El auge de la ultraderecha también estaba en mis sueños, pero no ha llegado al punto de virulencia que vi en ellos. Europa se hunde como el Titanic y todos tan panchos. Aún queda por ver lo de las elecciones en España, espero que no vayamos a unas terceras elecciones, porque lo que vi no era precisamente agradable, los políticos prácticamente se iban a casa con una patada en el culo y no precisamente entre vítores. ¿Y luego qué?

Todo comenzó con una fantasía inocua que fue degenerando. Estaba muy triste, como un guerrero que vislumbra la eternidad y la melancolía está a punto de matarlo. La primera semana estaba tan confuso y desorientado que algunas mañanas me despertaba asustado porque no había sonado la alarma y llegaba tarde a trabajar. Pequeños sustos. Tampoco me apetecía mucho levantarme de la cama, ninguna obligación, nada que hacer con urgencia. ¿Por qué no quedarme todo el día acostado? Por las noches la fantasía se desbocaba. Una casa en la montaña, perdida en cualquier parte, me encierro allí y nadie se acuerda de mí. En invierno los lobos aúllan frente a mi ventana. Me voy a la cama con el cachorrito de perro y el gatito, pongo mi mano sobre ellos para sentir el calor del afecto y me duermo sabiendo que estoy irremediablemente solo. La fantasía es muy vívida, pero la realidad siempre se ocupa de desbaratar cualquier escena fantástica. No es fácil encontrar casas aisladas en alquiler. También me informé sobre pueblos abandonados, tampoco es fácil, por barato que sea, encontrar un pueblo abandonado donde haya una casa que tenga luz y agua corriente, signos esenciales de civilización.

Mientras doy vueltas en la cama la fantasía se va ampliando en círculos y acaba llegando al precipicio. ¿Y si no me pagaran la pensión? Sí, he cesado, me he jubilado voluntariamente, anticipadamente, no ha existido ningún problema, pero ¿y si Hacienda pone pegas? Hubiera sido un problema grave, porque ¿cómo vuelvo al trabajo después de haber cesado por jubilación? Y si no me pagan tengo que ir a un contencioso-administrativo con Hacienda y ya sabemos cómo son esos juicios. Quienes consideren inverosímiles estas cosas no han trabajado como yo en la burocracia de la administración durante muchos años. Todo puede pasar, todo. Un funcionario despistado que comete un error que luego no hay forma de corregir, la interpretación personal y peculiar del correspondiente jefe de negociado, instrucciones que llegan desde arriba, no hay dinero en las arcas del Estado, retrasad jubilaciones, poned pegas. Con la suerte que me ha acompañado toda la vida que algo así pudiera pasar con mi jubilación no era precisamente descabellado. Mientras seguía dando vueltas y vueltas en la cama, sin prisa por dormirme, porque mañana no trabajo, el abismo se fue ahondando. ¿Y si el pago de la pensión se retrasa muchos meses? ¿De qué voy a comer? ¿Y si tengo que ir a un contencioso-administrativo, de qué voy a comer, dónde voy a dormir, qué hago con mi vida?

Estoy deprimido, hundido, desesperado, es la infinita tristeza del guerrero. Y entonces lo que parece un disparate se transforma en una supuesta intuición. Así me ocurrió con lo de mi divorcio y no me lo pude quitar de encima, y sucedió. Y lo mismo con tantas cosas. ¿Y si esto fuera intuición y no delirio de enfermo mental? Y es aquí donde la diferencia entre uno y otro resulta muy sencilla. Durante años no fui capaz, pero ahora sí. Un enfermo mental delira y delira y cada vez se hunde más en el abismo, entra en bucle y ya no sale. Un guerrero diseña una estrategia y se olvida.

La estrategia de guerrero no era complicada porque no había mucho donde escoger. Si se retrasa el pago de la pensión puedo echar mano del plan de pensiones. Ya me había informado meses antes. Voy sacando dinero para sobrevivir, aunque luego tenga que pagar a Hacienda más de la cuenta. En caso extremo pido un préstamo al banco, seguro que me lo conceden. ¿Y si me rechazan la pensión, por silencio administrativo, o una denegación en debida forma, citando artículos legales? Entonces sí que estoy en un serio apuro. Veámoslo.

Tengo que irme del apartamento por no poder pagar el alquiler, mejor antes que después para no gastar dinero a lo tonto. ¿De qué voy a comer? Caritas, comedores sociales, no es una solución. ¿Me dedico a hurtar en los supermercados hasta que los hurtos se acumulan y salen los juicios y me mandan a la cárcel, donde por fin tendré techo y comida? Es una supervivencia brutal, para dormir y comer me privo de libertad y entro en una selva, no parece una solución muy buena. No, necesito una buena estrategia. No puedo pedirle a Bautista que me acoja en su casa, seguro que lo haría, pero yo no voy a ser una carga para nadie, me niego. No tengo familia, no tengo a quien recurrir, por lo tanto necesito una estrategia de guerrero.

Veamos. Tengo algo de dinero en el banco y puedo ir sacando del plan de jubilaciones todos los meses. Lo primero será buscar un abogado que acepte llevar la demanda contenciosa-administrativa, que acepte una provisión de fondos modesta y que le pague cuando ganemos el juicio, con un tanto por ciento de la indemnización que me corresponda, si tengo que ceder, hasta un cincuenta por ciento, si no encuentro a nadie, podría ceder la indemnización completa. Una vez puesta en marcha la demanda, necesito un lugar para vivir. El coche. Pongo en el maletero la tienda de campaña y el saco de dormir, algún libro, algún cuaderno y el resto todo comida imperecedera. Legumbre, arroz, sopas, latas. Buscando lo más barato para que el dinero se estire. Tengo el camping-gas y unas bombonas, tengo la sartén-cazo para freír y cocer.
Me voy a la montaña, porque vivir así en una ciudad llamaría la atención y no duraría mucho, y porque me gusta mucho más la montaña. Encuentro un lugar alejado, solitario, que aún deben quedar. Estaciono el coche en un lugar discreto, poco visible, cerca de un prado para montar la tienda de campaña, cerca de un arroyo por lo del agua. Me dedico a vivir en plena naturaleza, el tiempo necesario hasta que gane la demanda.,. Pero hay algo que he pasado por alto. ¿Còmo me comunico con el abogado? Movil prepago, no llamo a nadie si no es necesario, tengo en el banco dinero para recargarlo cuando sea preciso. Lo tendré apagado casi todo el tiempo porque no quiero que me llamen los pocos amigos que aún me quedan. Antes de hacer esto habré subido un capítulo del diario de un enfermo mental explicando lo que voy a hacer. Espero que se lo tomen con filosofía. En la cuenta del banco siempre debe quedar algún dinero para emergencias. Gasolina para el coche, cargar el móvil, comprar comida cuando se vaya acabando. Llevaré ropa de invierno porque en la montaña hace frío. Los veranos serán mejores que los inviernos, el tiempo irá transcurriendo. Algún día ganaré la demanda, me pagarán la pensión o me readmitirán en el trabajo. ¿Está todo previsto? Bueno, le habría pedido a Bautista que se quedara con mis libros, mis cuadernos, mis álbumes de novelas ilustradas, mi ordenador, el televisor, el equipo de música, los pendrives, los discos duros externos…Por si regreso, esas son todas mis posesiones. Seguro que lo aceptará, aunque me resultará difícil librarme de él porque querrá que me quede en su casa.

Bueno, parece que está todo listo. Es la estrategia de un guerrero. Mientras haya un solo aliento de vida hay esperanza, hay que seguir luchando. Cuando llegue la muerte… a bailar la última danza con ella. Es posible que enferme, que pille algo grave viviendo al aire libre, pero si no recuerdo mal nuestros ancestros vivían así y sobrevivían. De todas las estrategias de guerrero para enfrentarme a una posible denegación, ésta es la mejor. Hecho. Un guerrero se olvida de la estrategia diseñada hasta que llegue el momento de utilizarla, si es que llega. Un enfermo mental entra en bucle, las ideas obsesivo-compulsivas se apoderan de él, se deprime, se desespera, no deja de dar vueltas y vueltas al tiovivo, cada día está peor, un metro más bajo tierra. Esta es la gran diferencia entre delirio de enfermo y estrategia de guerrero. En realidad el delirio se ha diferenciado muy poco de la estrategia, tan solo hay una diferencia importante, el guerrero sigue adelante y no recordará la estrategia hasta que sea necesario, el enfermo vivirá en el delirio todo el tiempo y si nunca se realiza no importará porque su mente lo ha estado viviendo tanto tiempo que ya forma parte de su realidad y de su vida, acabará internado o acabará en un intento de suicidio, no es un guerrero, no vive y lucha como un guerrero.

Así eran mis delirios, los que me condujeron al suicidio en mi juventud, así continúan siendo mis delirios, solo que ahora soy un guerrero y cuando digo basta es basta. Se acabó, a dormir, si ocurriera sé lo que tengo que hacer y lo haré. Esto me puede servir para una novela, lo mismo que aquel delirio en el coche, cuando me perdí en la circunvalación a Madrid y me puse a dar vueltas hasta encontrar de nuevo la salida que me había pasado. Temía más meterme por el centro que dar vueltas. De ahí salió una bonita historia, “Perdido en el tiempo”.

En realidad todo salió bien, por fin he cobrado mi primera pensión, un inmenso alivio, porque una vez que la maquinaria burocrática se pone en marcha ya es más difícil pararla que conseguir que siga dando vueltas. Es posible que tengamos problemas con las pensiones, más si no tenemos gobierno, es posible que el estado quiebre, que venga el apocalipsis económico, que llegue otra depresión del 29. Todo es posible, pero yo al menos ahora estoy jubilado, soy pensionista. Lo que ocurra en el futuro deberá ser enfrentado en el futuro.

Decidí ir a Soria, buscando un lugar que me gustara, también estuve por Segovia, Ávila, hay pocas zonas montañosas de España que no conozca. Me quedaba Soria a donde nunca había ido. Me gustaron los Picos de Urbión. Busqué en Internet y encontré la casa que me gustaba. Puse la maquinaria en marcha. Pude ver la casa, me gustó mucho. Un momento fóbico que luego me hizo pensar que se iban a echar atrás al darse cuenta de que yo era un enfermo mental. En estos casos nunca lo digo por anticipado, hay que sobrevivir y sigue existiendo mucha gente que cree que un enfermo mental es peligroso, que le puede quemar la casa, que su deterioro puede convertirla en una pocilga, etc etc. El arte de acechar, la estrategia del guerrero. No necesitan saber eso de momento y no lo sabrán.

Todo sobre ruedas, pero no quieren que tenga perro, no sé si han tenido alguna vez mascota, intuyo que no. Entiendo que es una casa preciosa, de piedra, una maravilla, que nadie ha vivido allí, excepto ellos, que duele dejarla en manos de otro, que seguro que preferirían venderla, pero tal como está el mercado inmobiliario, eso está difícil. ¡Que me lo digan a mí! Consigo sacarles lo del gatito, algo tan diminuto que no puede hacer daño a nadie. Luego me dirán amigos con mascotas que un gato puede deteriorar más que un perro con sus uñas y sus movimientos bruscos. Bueno. Si al menos consigo un gatito creo que no me sentiré tan solo y falto de afecto.

Otro problema, del que me entero más tarde es Internet. Mis abuelos fueron ganaderos en los Picos de Europa, conozco bien lo que es pertenecer al mundo rural, un tercer mundo dentro del primero. Sin embargo creía que eso formaba parte de la historia. Parece que no es así. La banda ancha no llega al mundo rural, hay que conformarse con la conexión vía satélite, de la que todo el mundo habla pestes en los foros. Ciudadanos de segunda. Pensaba que ahora tienen tractores y todo tipo de maquinaria, hay explotaciones ganaderas mecanizadas, el campo parece haber llegado también al siglo XXI. Pero no, ya he visto en la tele que en los pueblos que no tienen bastantes niños se cierran las escuelas y algunos tienen que ir andando hasta la próxima, porque tampoco hay dinero para el transporte. Tampoco hay sanidad, se quitan los centros de atención primaria y hay que ir a las ciudades. Todo está en las ciudades. Y ahora voy yo, un urbanita de toda la vida, y decide irse al campo para vivir su jubilación y morir, sin asistencia médica, sin Internet, solo porque le gusta la montaña, la naturaleza, y eso es un pecado capital en nuestra sociedad. Pues lo haré. Tal vez el ayuntamiento tenga wifi gratuita para el pueblo y al menos podré seguir subiendo mis textos y haciendo alguna cosilla por aquí. Si no la hay y la conexión vía satélite es muy cara y mala, buscaré estrategias de guerrero. En Vinuesa hay biblioteca pública con wifi. Tal vez pueda llevar mi portátil o tal vez pueda conectarme allí de vez en cuando, escribir algún texto o copiar alguno del pendrive, suponiendo que en los ordenadores de las bibliotecas públicas se pueda enchufar el pendrive. O podré aprovechar los viajes, que seguiré haciendo, para buscarme un hotel con wifi gratis y pasarme la noche subiendo textos atrasados. Ya dormiré cuando regrese a mi casita de papel. Como decía aquella canción tan antigua. ¡Qué felices seremos los dos, en tu casita de papel!

Bueno, creo que eso es todo. Las estrategias de guerrero ya están implementadas. Cuando surja algo nuevo, nos enfrentaremos a ello. Mientras tanto fuera bucles y delirios. Un enfermo no es un guerrero, y yo estoy harto de haber sido un enfermo toda la vida.

Creo que resumiendo estos dos meses, podría decir que la primera semana fue confusa, durante la segunda entré en mi delirio sobre el pago de la pensión. A finales de mayo de fui en un viaje por Soria que resultó de lo más agotador. Decidí dormir en el coche para ahorrar y comer lo que llevaba. La tercera noche dormía en un hostal barato, para ducharme, dormir a gusto y recargar el móvil. Sí, porque esa es otra. Muchos me creen un avanzado de las tecnologías, de risa. No había caído en que podía comprar un cargador para el coche, así que tuve apagado el móvil los tres primeros días. Asusté a algunos wasaperos. Mc se enfadó conmigo porque estaba convencida de que era que no quería hablar con ella. Típico de la patología del enfermo mental, todo el mundo tiene que estar cuidándole como si fuera un bebé.

Me encantó Soria. Un paseíllo por Segovia y Ávila y la sierra madrileña. Nada, me quedo con los Picos de Urbión. Regresé agotado. Comida con Bautista y familia. Cena con G. Comida con Dr. Creo que he celebrado la jubilación de la mejor manera posible dentro de mis posibilidades. Comienza el calor, malo. El final de la primavera y el comienzo del verano es la peor época del año para mí. En estas fechas tengo registrados la mayoría de mis intentos de suicidio, depresiones, internamientos. No me va el calor y no me va el cambio de estación. Estaré atento. Ahora solo queda firmar el contrato e iniciar la mudanza, que esa será otra.
He vivido la infinita tristeza del guerrero que vislumbra la eternidad. Ahora solo me queda comenzar mi nueva y definitiva etapa. Ha sido un enorme alivio recibir la carta de Hacienda confirmando la pensión y cobrar la primera pensión de mi vida. Espero vivir todo el tiempo posible en aquella bonita casa. Que tampoco sé el tiempo que estaré, porque el alquiler es renovable anualmente y hay cláusulas de uso para familiares que lo necesiten, y la posibilidad de que les surja un comprador y la quieran vender, entonces tendría que irme al cumplirse el año. Todo está en el aire, pero en realidad la vida no es otra cosa, un alquiler permanente, un paseo por la cuerda floja. Tal vez sea el lugar físico de mi muerte. Tuve una experiencia extraña y terrible. Al abrir la esposa del dueño una ventana desde la que se veía la montaña, sentí un estremecimiento, como un deja vu. Yo estaba allí, de pie, solo, con la ventana abierta, contemplando la montaña, en lo alto la niebla, o el cierzo, como decimos en mi pueblo, bajando hacia el valle. Un intenso dolor físico, el deterioro de la enfermedad, la proximidad de la muerte. Lo peor, la soledad. Allí, de pie, viejo y enfermo, iba a morir solo. Pero eso tampoco era lo peor. La sensación terrible de que no era allí donde debería estar. Ese era el plan B, el plan alternativo por si fallaba el plan bueno. Yo estaba viviendo el plan B, y la sensación de fracaso fue espantosa. Tal vez por eso luego viviría algún momento fóbico mientras hablábamos de las condiciones del alquiler.

No debería haberme asustado tanto, porque en realidad todos, este país, está ya viviendo el plan B. Este planeta está viviendo un plan B, la única alternativa al apocalipsis que debería habernos fulminado ya a todos.

 





DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL(EL GRAN SECRETO) XVII

6 07 2016

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DIARIO DE UN ENFERMO MENTAL

EL GRAN SECRETO XVII

EL DOBLE

Llevo años releyendo los libros de Carlos Castaneda y con cada relectura encuentro algo, sino nuevo, al menos distinto, visto con nuevas perspectivas.  Es el caso del doble. Releyendo Relatos de poder me llamaron la atención los episodios relacionados con el doble. Aún sin yo saberlo o ser muy consciente de ello, porque aunque en mi etapa del “Loco de León”, hace ya muchos años, también leía a Castaneda y es posible que esos párrafos de Relatos de poder me fueran conocidos, lo cierto es que llegué a experimentar muchos delirios relacionados con el doble, hasta el punto de que hubo momentos en que creí haber perdido la razón.

Según le dicen don Juan y don Genaro a Castaneda, durante los experimentos o iniciaciones del doble, éste, el doble, es construido o generado en sueños. Este es un dato muy interesante puesto que todas mis experiencias y delirios respecto al doble se iniciaron en sueños. Durante la vigilia tenía la experiencia real de las proyecciones mentales que podía ver si cerraba los ojos, pero fue en sueños, cuando conseguí recordar muchos sueños y con mucha intensidad, cuando alcancé estados de lucidez, sino perfecta al menos muy aceptable, en sueños, que llegué a plantearme con lógica aplastante, no basado en la pura fantasía que siempre me ha acompañado, la posibilidad de una vida onírica muy diferente a la que llevamos cuando estamos despiertos en el mundo físico.

Como ya hemos visto en otros textos del blog, somos seres multidimensionales que existimos en diferentes dimensiones y llevamos allí vidas diferentes a ésta, aunque no las recordemos. Esta posibilidad está claramente expuesta por algunos gurús en sus enseñanzas y en algunas corrientes esotéricas. La posibilidad de que en sueños nuestro cuerpo astral se desprenda del cuerpo físico y viaje a otros lugares y tiempos, experimentando otras experiencias diferentes a las que recordamos haber experimentado en el mundo físico, parece de una lógica aplastante si aceptamos que somos algo más que un cuerpo físico, que poseemos otros cuerpos, como dice el budismo. El único problema sería el de restablecer los puentes de la memoria respecto a las experiencias vividas con otros cuerpos.

Sin embargo en los libros de Castaneda las enseñanzas de don Juan y don Genaro al respecto son muy novedosas y realmente inquietantes.  Ya no se trata del conocido y clásico “viaje astral” en el que el cuerpo astral sale del cuerpo físico en sueños y tiene experiencias que en gran parte son recordadas luego al despertar (porque la memoria del viaje astral en sueños funciona mucho mejor que la memoria normal de nuestros sueños) sino de algo novedoso y aterrador, tal como lo vivió Castaneda, como de alguna manera también lo viví yo y como lo viven todos los guerreros impecables que alcanzan la totalidad de uno mismo, en la terminología chamánica de don Juan.

- Carlos Castañeda

Durante una larga etapa, hace ya muchos años, de aterradores delirios que me llevaron al límite de la locura, no solo la creencia, sino la sensación casi palpable e inevitable de poseer una especie de doble que actuaba a mis espaldas, se convirtió en una idea obsesivo-compulsiva, en un bucle de tal magnitud que mi conducta en el mundo real se vio muy seriamente alterada, hasta el punto de que fue percibida con claridad por todo mi entorno que llegó a calificarme del “loco de León”, según pude escuchar claramente en numerosas ocasiones a través de mi oído físico y no solo debido a las voces telepáticas de aquel enfermo mental que años más tarde se calificaría a sí mismo, con cínico humor, del “telépata loco”. Una cuestión muy espinosa respecto al trato que nos dan los otros a los enfermos mentales es la obsesión que les atrapa de querer convencernos de que todo lo que según ellos “nos hace daño” no existe en realidad y es solo producto de nuestra imaginación. Así el que te llamen loco por la calle acaba siempre por ser producto de tu delirio y es inútil cualquier intento por parte del enfermo mental de que acepten una realidad que todos conocen y que él mismo ha vivido con claridad en el mundo físico. Esta inútil obsesión termina en situaciones tan ridículas y esperpénticas que si los enfermos mentales poseyéramos el sentido del humor, como es debido, nos troncharíamos de risa ante semejantes desaguisados. Mis seres queridos en aquella época llegaron a extremos casi patológicos. Aún recuerdo con sorprendente lucidez e intensidad aquel episodio de mi madre preguntándole a mi hermano si había guardado los periódicos. Nunca llegué a verlos, aunque supuse, tal vez con razón, que tras aquel claro episodio delirante de telépata en la estación de Chamartín en Madrid, que había salido en “los papeles”, incluso es posible que con fotos.

Si mi fase delirante como telépata fue terrible, si la obsesión con las proyecciones mentales me hizo muchísimo daño, si las premoniciones en sueños y las intuiciones durante la vigilia, relacionadas con muertes y desgracias, me angustiaron hasta el límite de la locura, nada comparable con el delirio del doble que me llevó más allá de los límites de la demencia, de donde solo pude volver gracias a un extraño milagro que aún no soy capaz de explicarme.

Según don Juan solo un guerrero que alcanza la totalidad de sí mismo es capaz de crear un doble. Está claro que yo entonces no era un guerrero impecable y que hoy, aunque lo sea, no he alcanzado la totalidad de mí mismo, por lo que la cuestión del doble queda descartada. Sin embargo algo me ocurría, puesto que en el mundo de los sueños, desde donde se crea el doble, me estaban pasando cosas muy extrañas. No se trataba solo de premoniciones, de saber cosas que en el mundo físico yo no podía conocer de ninguna forma, parecía como si hubiera comenzado a actuar en sueños de acuerdo a una programación.

Que no era un guerrero estaba claro porque un guerrero sabe que no se puede cambiar nada ni a nadie y por lo tanto no lo intenta. Yo entonces quería cambiar muchas cosas, mejorar la situación de otras personas y la mía propia, mejorar a la propia humanidad. Es el típico delirio profético que sufrimos algunos enfermos mentales, convencidos de haber sido designados para una misión salvífica. De acuerdo a una lógica implacable, si tenemos un cuerpo astral y éste puede salir de viaje por las noches, en sueños, algo podremos hacer con él, aunque no pueda interactuar con la realidad física. Se me ocurrió que podría convertirme en una especie de superhéroe onírico, en el superhéroe Espiritualín, como luego me parodiaría a través de mi personaje humorístico. Con mi invisible capa de supermán iría en sueños de acá para allá, arreglando las cosas que no tenían arreglo en el mundo físico. Lo curioso es que comencé a tener sueños muy extraños y muy lúcidos. En una de ellos estaba en la habitación de unos terroristas que montaban una bomba. Mi mente, en contacto con la de uno de los terroristas, lograba distraerle para que cometiera un error. Por supuesto que solo era un sueño y que en los sueños no se pueden hacer estas cosas…pero unos días más tarde en un telediario dieron la noticia de que a los terroristas les había fallado una bomba. Y no sería la primera vez que un sueño sincronizaba de esta forma con la realidad cotidiana.

Comencé a obsesionarme, hasta el punto de que un tiempo después sufrí un delirio angustioso que no me pude quitar de la cabeza. Los terroristas me habían descubierto y venían a por mí y a por mi familia. Era algo tan real que fue uno de los delirios más realistas y terroríficos que he tenido nunca. Recuerdo que hasta llegué a mirar los bajos de mi coche por si se les había ocurrido poner allí una bomba lapa. Los sueños “terroristas” como los llamo yo menudearon durante aquella etapa llena de pesadillas en los que parecía seguir en sueños a un grupo terrorista, escuchar sus conversaciones, ver cómo planificaban sus atentados mientras yo, el superhéroe Espiritualín, trataba de minimizar los daños todo lo que estuviera en mi mano.

TERRORISTAS

Esta obsesión por utilizar los sueños para mejorar las cosas llegó a convertirse en un estado de angustia permanente. Por las noches, antes de dormir, me programaba para viajar al futuro y ver todo aquello que pudiera influir en mi vida, y no me conformaba solo con arreglar los supuestos desaguisados y desgracias que me esperaban, también continuaba con mis misiones oníricas de superhéroe. Había decidido que si viajaba al futuro y veía lo que iba a ocurrir, bien podría, a través de los sueños modificar algo que lo cambiara todo. Simplemente con una sugerencia mental a la persona adecuada, con una pesadilla que avisara a las víctimas, en fin, algo se podría hacer.

De pronto, como si estuviera programado, acontecimientos de la vida cotidiana me fueron confirmando lo que supuestamente había descubierto en sueños. Personas que guardaban celosamente sus secretos, eran descubiertas por tonterías; personas de mi entorno a las que yo había creído descubrir telepáticamente y a través de los sueños, eran puestas al descubierto por conocidos que me contaban secretos que ya conocía o creía conocer gracias a mis supuestas misiones oníricas.

Años más tarde llegaría a leer el diario de… y descubriría, aterrorizado, que todos mis sueños al respecto eran ciertos. La persona que decía amarme en realidad me veía como una especie de monstruo perverso de quien manifestaba tener miedo. No hay secreto que no haya de ser descubierto, dice el  Evangelio. Puede que en el mundo físico podamos ocultar nuestros más íntimos secretos, puesto que los demás no pueden leer nuestra mente y emociones, puesto que la carne física recubre un rostro ocultando lo que no podría ser ocultado si todos nuestros pensamientos y emociones se imprimieran en una impresora 3D o fueran revelados en el cuarto oscuro, fijando, mediante procedimientos químicos imágenes claras de pensamientos y sentimientos, pero en el mundo onírico, en el mundo astral, el rostro astral refleja con claridad lo que estamos pensando y sintiendo. Muchos de esos monstruos y demonios de los que se habla en el budismo o en otras corrientes esotéricas, con los que tenemos que enfrentarnos en el mundo intermedio, no son en realidad otra cosa que durmientes que están de viaje onírico o personas que debido a traumas están realizando viajes incontrolados, o drogadictos que han salido de su cuerpo físico en un mal viaje, o alcohólicos que ya no controlan su mente, o enfermos terminales que casi se han desprendido de su cuerpo, o fallecidos que no han sido capaces de despegarse de sus cuerpos físicos, o larvas, o entidades del astral, o ¡vaya usted a saber!

Durante mi etapa de “Loco de León” me obsesioné con mi supuesta capacidad de ver las proyecciones mentales de los otros. Cuando podía ver ese rostro ectoplasmático reflejando supuestos pensamientos o emociones del otro montaba en santa cólera. Todos eran mentirosos y trapaceros, hipocritillas de tres al cuarto. Me estaban hablando muy serios y de pronto yo cerraba los ojos y veía su rostro ectoplasmático distorsionado en una mueca repugnante de burla. Se estaba riendo por dentro. Es curioso cómo muchas expresiones populares, vulgares, que parecen metafóricas, descriptivas, en realidad son auténtica sabiduría esotérica. Como este “reírse por dentro”. En efecto, yo podía ver que personas que se mostraban amables conmigo, compasivas, deferentes, que parecían comprenderme y aceptarme, en realidad se estaban riendo por dentro de mí. Incluso podía ver con claridad, como dibujado en un cuadro, cómo me veían y lo que realmente pensaban de mí.

La experiencia más terrible al respecto fue la lectura de aquel diario personal que me abrió los ojos a la aceptación de un mundo onírico contra el que llevaba muchos años luchando, como si fueran las tentaciones del mismísimo Satanás. Era como si viviera en varios mundos diferentes, relacionándome con varias personalidades diferentes. Fue algo demoledor, no he vivido experiencia semejante. Creánme si les digo que no hay nada parecido a descubrir un diario íntimo de una persona con la que te relacionas estrechamente y verte reflejado en su particular espejo. Tus mejores gestos, palabras, actos, pueden ser interpretados desde otra perspectiva completamente distinta. Te creías una buena persona y descubres que eres una especia de bestia parda, un malvado de película. Creías que te amaban y descubres que en realidad  te tienen miedo, un miedo atroz, que solo resulta comprensible cuando eres un enfermo mental y sabes que todo el mundo tiene la idea del psicótico de la película del maestro con su cuchillo en alto, clavándolo una y otra vez en el cuerpo juvenil de la chica. Descubres que creías haber pasado desapercibido, haber sido una persona discreta, pero todo el mundo te tiene fichado, y no como un enfermo mental sino como un loco peligroso. Los muy hipócritas son amables contigo, te sonríen, parecen sentir una maravillosa compasión espiritual por un enfermo que sufre, pero en realidad saldrían corriendo y no regresarían, sino fuera por el qué dirán y el miedo ridículo que tienen a la masa, a la sociedad.

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Tras aquella lectura pasé casi una década intentando olvidar, buscando una fórmula que me permitiera aceptar como delirios lo que yo ahora sabía que eran crudas realidades. Pero no fue posible. Ni siquiera los errores de bulto en la interpretación de algunos sueños, de algunas intuiciones, de las confusas visiones a través del tercer ojo, de las proyecciones mentales, pudieron ayudarme a renegar de otros mundos, de mi personalidad multidimensional. Todo aquello contribuyó a mi fobia social, a la desconfianza patológica en los demás, a los comportamientos estúpidos y delirantes que me acompañarían buena parte de mi vida. De alguna manera les odiaba, no podía soportarles, soportar su hipocresía, sus mentiras, sus conductas estúpidas buscando siempre ocultar lo que no se puede ocultar. Como no podía superar este odio y sin embargo intentaba vivir en sociedad y ser amable mi personalidad se escindió de alguna manera, caí en la neurosis, en las ideas obsesivo-compulsivas, en conductas patológicas esperpénticas. Nunca lo vi tan claro como aquella mañana, en el trabajo, cuando al cerrar los ojos pude ver el rostro ectoplasmático de un profesional solo obsesionado por el dinero, avaro, rácano, cuya aparente única ilusión en la vida era hacer dinero a cualquier precio, como hay muchos en nuestra sociedad, y que lo manifestaba claramente en aquel ectoplasma que reflejaba con claridad sus pensamientos y emociones. No pude contenerme y con conducta de loco le hice ver mi desprecio. Aquel buen hombre, que creo que en el fondo me apreciaba, se conmovió, hasta lloró y me dijo algo que nunca olvidaré. Si pudieras ver tu mente tal como crees ver la mía, seguro que no harías lo que estás haciendo. En efecto, como comprendí reflexionando luego, yo no podía verme a mí mismo, ni mis pensamientos y emociones, en mi propio rostro ectoplasmático, así que no tenía ni idea de cómo podría verme un espectador imparcial.  Luego, con el tiempo, sí llegué a verme y comprendí muchas cosas.

La lectura de aquel diario fue mucho más contundente que el resto de mis experiencias. En efecto, así me veían los demás, era increíble, pero cierto. Si por un milagro apocalíptico todos nuestros pensamientos y emociones fueran desvelados y se produjera un día milagroso de puertas abiertas, de nudismo absoluto, tal como parece que ahora intentan en Madrid, el día sin bañador en las piscinas, descubriríamos asombrados que habíamos estado viviendo en mundos de colorines, irreales. Algo así como escuchar las conversaciones telefónicas grabadas entre personas que no creen estar siendo espiadas y se manifiestan como son a personas que las conocen muy bien.  Sus ocultos pensamientos y sentimientos quedan al descubierto y nosotros, al verlo y escucharlo, sentimos una incontrolable repugnancia, unas ganas infinitas de vomitar. Como cuando me enteré de que determinada persona que me consideraba una especie de loco de atar no tenía inconveniente en poner en mis manos la vida de sus seres queridos a cambio de que pudieran seguir disfrutando de mi nómina mensual.

Cuando me he visto en estos diarios personales que son los rostros ectoplasmáticos de los otros he llegado a sentir miedo de mí mismo. Sí, parece increíble pero es cierto. Llegué a sentir tanto miedo que tuve sueños, pesadillas, en los que yo era un asesino en serie y me daba tanto terror poder hacer daño físico a mis seres queridos que hubiera aceptado ser atado de pies y manos para el resto de mi vida con tal de no tener la menor posibilidad de ser violento con nadie. Luego he visto la confirmación de muchas de mis experiencias en la vida real, personas respetables que son halladas corruptas, personas amables que se preocupan supuestamente de los demás a través de obras benéficas que ocultan al fisco unos dineros que podrían ayudar en obras sociales imprescindibles. Personas que dicen buenas palabras de boquilla para afuera y luego descubres, cuando les graban sus conversaciones privadas que no tienen la menor vergüenza, ni ética, si empatía, ni les preocupa nada que no sea ellos y cómo conseguir dinero, meterse monedas en la boca y guardarlas en la caja fuerte de sus intestinos hasta que revienten. Secretos revelados que nos hacen pensar que vivimos en una sociedad de hipócritas redomados, de auténticos enfermos que son los primeros en arrojar la piedra sobre la cabeza de los enfermos mentales.

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Durante muchos años sentía terror de lo que mi “doble” pudiera estar haciendo a mis espaldas. De que se vengara en sueños de los que me habían hecho daño sin que yo tuviera la menor posibilidad de pararle los pies, de tomar mis propias decisiones. Al tiempo que impedía que bombas terroristas explotaran bien podría estar poniendo zancadillas a mis enemigos. Cuando veía mi propio cuerpo astral salir de mi cuerpo físico y luego regresar, cuando veía mis proyecciones mentales ir y venir, sentía terror de que mis clones estuvieran organizando sus propias vidas y sus propios mundos  a mis espaldas. No hay mayor terror que ser matado por uno mismo. Esto que ya conocía de mis intentos de suicidio en la vida física, se convirtió en un infierno en aquella vida onírica y esotérica que estaba viviendo. ¿Cómo impedir que mis dobles, mis clones, reaccionaran mal ante las claras asechanzas de mis enemigos, como dice la Biblia, de las que solo nos puede proteger el Padre, y ayudándose, utilizando sus supuestos poderes, que los demás no tienen, organizarles una buena, para que se j… y me dejen en paz? ¿Se imagina cómo quedaría alguien que tramara algo contra nosotros si pudiéramos escuchar lo que dice, no a través de aparatos espías, sino telepáticamente, si pudiéramos leer en su rostro ectoplasmático todo lo que está tramando?  Quedaría como un auténtico idiota. Sería como ir pregonando por ahí a voz en grito los planes que tenemos para hacer daño a alguien. Los demás nos mirarían como locos y harían bien. Y sin embargo todos nos comportamos así en el mundo físico, creyendo que nuestros secretos no pueden ser desvelados, ocultamos nuestra verdadera personalidad a los demás, decimos lo que no sentimos, sonreímos cuando nos gustaría morder, somos unos hipócritas de tomo y lomo y luego nos llevamos las manos a la cabeza y rompemos nuestras filacterias, como los fariseos, cuando alguien  graba nuestras conversaciones íntimas y todo el mundo puede ver cómo somos realmente.

Todos aquellos terrores hubieran desaparecido de haber sabido que un doble solo puede crearse cuando el guerrero alcanza la totalidad de sí mismo. Es ridículo sentir terror de lo que hará nuestro doble cuando nosotros mismos somos guerreros impecables y estamos conformes con nuestros propios actos. Según don Juan y don Genaro el doble tiene poderes portentosos, pero sería ridículo de que los utilizara mal cuando es nuestro doble, el doble de un guerrero impecable y sus poderes le hacen muy superior a nosotros, le permiten conocer más cosas, le permiten tomar decisiones mejor fundadas.  Sufrí una angustia indecible pensando que mi cuerpo astral, que en sueños, yo podía estar haciendo cosas que mi yo físico no aceptaría ni compartiría. De alguna manera aún sigo sintiendo ese temor, porque al contrario de lo que sucede con el doble, que según don Juan no puede transmitirnos lo que hace –un guerrero nunca sabe lo que hace su doble- el cuerpo astral en sueños sí puede transmitirnos sensaciones e información.

Carlos Castaneda, Un Guerrero Espiritual De Nuestro Tiempo - 14

Don Juan reconoce desconocer la naturaleza del doble, así como otras cuestiones, sin embargo hay cosas de las que sí está absolutamente seguro, de que el doble existe, de que tiene poderes portentosos, de que el guerrero nunca sabe lo que hace su doble y de que éste es creado por el guerrero que alcanza la totalidad de uno mismo, en sueños. Pero estas cuestiones ya las veremos en su momento en al capítulo correspondiente de Las enseñanzas de don Juan.

 








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